ARTE

Primera ocupación de la amazonia colombiana: pinturas rupestres en la selva

Primera ocupación de la amazonia colombiana: pinturas rupestres en la selva

     Última actualizacón: 9 marzo 2021 a las 18:58

INTRODUCCIÓN

Hace unas semanas saltó a todos los medios de comunicación el descubrimiento de unas pinturas rupestres en lo más profundo de la selva amazónica colombiana. Con el provocativo apelativo de la «capilla Sixtina del Amazonas», las noticias hacían referencia a un enorme número de pinturas en tonos ocres que representaban diferentes animales, figuras humanas y otros objetos. Sin duda se trataba de un hallazgo espectacular.

En casi todas esas noticias se mencionaba que un grupo de científicos había realizado excavaciones arqueológicas y recuperado numerosas herramientas de piedra y otros elementos que demostrarían que la zona había estado habitada. La conclusión era que los primeros habitantes llegaron a la región hace alrededor de 12 600 años antes del presente (AP).

Como suele pasar con este tipo de noticias, la realidad es diferente aunque mucho más interesante. Antes de entrar en materia voy a daros un par de consejos si queréis «descifrar» este tipo de anuncios para llegar al verdadero fondo de la cuestión (y que deberíais seguir siempre):

  • El primero es que tenéis que acudir a las fuentes originales. En este caso, habría que conseguir una copia del artículo científico en el que se basa la noticia para leerlo con detenimiento (puedes acceder a él más abajo).

Esa debería ser la primera tarea de cualquier periodista que va a escribir acerca de cualquier noticia científica aunque, desgraciadamente y por diferentes motivos, no suele ser habitual. La mayoría se limitan a reproducir las notas de prensa que envían los grupos de investigación o las diferentes universidades implicadas.

  • El segundo consejo es que profundicéis en el contexto, el trasfondo de ese anuncio. La ciencia no existe en un vacío, y por supuesto que la arqueología tampoco. Es muy poco habitual que se publique un descubrimiento sin que antes se hayan ido dando «pistas», sin que ningún trabajo o artículo anterior haya ofrecido una imagen más global.

En cualquier caso, conocer el contexto es esencial para dar más profundidad a la noticia, y que los lectores tengan una idea más general donde poder ubicar la novedad que se está ofreciendo.

LO QUE NOS HAN CONTADO LOS MEDIOS

Todas las noticias publicadas en medios generalistas han contado más o menos la misma historia: en la selva amazónica colombiana –concretamente en la Serranía La Lindosa– se han descubierto decenas de miles de pinturas rupestres de animales y humanos creadas hace unos 12 600 años. Se ha bautizado este impresionante hallazgo como «la Capilla Sixtina de los antiguos», tratándose de una de las mayores concentraciones de arte prehistórico documentadas hasta ahora en el mundo.

Para la datación se han analizado las imágenes que representan a especies de animales que desaparecieron en la Edad de Hielo (como los mastodontes, perezosos gigantes y los caballos).

El descubrimiento se mantuvo en secreto porque se quería hacer público al tiempo de la emisión de un documental del canal 4 británico titulado «Misterios de la jungla: reinos perdidos del Amazonas»

Y quizás aquí esté la clave de todo este revuelo mediático: la profusión de artículos y noticias no tenía demasiado que ver con el deseo de ofrecer una información arqueológica o antropológica relevante, sino de actuar como «publicidad» para el documental.

UN PRIMER ANÁLISIS

El gancho de todo —si se me permite la expresión— fue un artículo publicado por arqueólogos y antropólogos de las Universidades Nacional y de Antioquia (en Colombia), y la Universidad Exeter (Reino Unido) en la revista científica Quaternary International en el mes de abril de 2020 (puedes acceder al él aquí). En él se describen tres yacimientos arqueológicos en la Sierra de La Lindosa: Cerro Azul, Limoncillos y Cerro Montoya. El objetivo de los investigadores era entender cómo nuestros antepasados llegaron a la Amazonia, cuáles eran sus estrategias de supervivencia y cómo se adaptaron a la complejidad de la vida en los bosques tropicales.

Lo primero que nos debería llamar la atención, en un intento de analizar lo sucedido, es que cuando apareció el artículo (recordemos, en abril de 2020) pasó casi desapercibido. Esto, unido al hecho de no apareciera en una revista puntera, de las importantes en su campo, nos confirma que su contenido no es precisamente «rompedor».

Antes de pasar al artículo, vamos a profundizar un poco en el contexto de la noticia: qué sabemos de los primeros pobladores de la amazonia colombiana, y qué rastros arqueológicos se han podido estudiar hasta ahora.

LA ARQUEOLOGÍA EN LA AMAZONIA COLOMBIANA

Serranía La Lindosa

En primer lugar, la Serranía de La Lindosa, en Guaviare, es un punto arqueológico clave para Colombia desde hace décadas, además de una zona de conservación vital ya que es la última frontera antes del Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.

Pero, ¿qué es el Chiribiquete, y qué relación tiene con el tema que estamos tratando? En 2018 la UNESCO declaró Chiribiquete patrimonio de la humanidad. Se trata de una formación rocosa que se sitúa en el corazón de la amazonia colombiana, entre Caquetá y Guaviare, dos de los 32 departamentos administrativos en los que está dividido el país.

Para los indígenas karijona, el Chiribiquete era el centro del mundo. Lo veneraban de tal manera que dedicaron buena parte de su tiempo a pintar en sus paredes animales de la selva, rituales y todo tipo de representaciones. Según el Ministerio de Cultura colombiano, se han identificado más de 50 paneles de 7 metros de largo en promedio, que incluyen aproximadamente 70 000 pinturas de estilo hiperrealista y con escenas que dan la sensación de movimiento.

Dado que se trata de una reserva natural donde viven comunidades indígenas no contactadas que desean permanecer así, el gobierno tomó la decisión de prohibir la entada en Chiribiquete tanto a los turistas como a los investigadores. De hecho, se pretende incrementar el área protegida hacia la Serranía La Lindosa, que se encuentra a unos 50 kilómetros.

Volviendo a La Lindosa, esta serranía forma parte de la misma formación geológica y comparte casi los mismos biomas. Aquí aparecen documentados 60 murales de pintura rupestre con las mismas características culturales de Chiribiquete y, desde el punto de vista iconográfico y estilístico, pertenece a la misma tradición cultural.

Por lo tanto, el turismo en La Lindosa ha sido estratégico para evitar la entrada en el PNN Serranía de Chiribiquete: quien quiere contemplar algunas de las pinturas rupestres del Chiribiquete las puede ver en La Lindosa.

Las pinturas de La Lindosa no son nuevas. En los años cincuenta del siglo XX, el arqueólogo y poeta francés Alain Gheerbrant describió algunos de sus paneles y pinturas; y en los sesenta del mismo siglo, P. Pinto y Helena Bischler hicieron una expedición a la Sierra de la Macarena en donde también describen algunas de estas pinturas. En 1980, varios profesores del departamento de Geografía de la Universidad Nacional organizaron la expedición «Punto Amazónico» en donde estudiaron un nuevo mural a nueve kilómetros de Cerro Azul.

¿Qué suponen el Chiribiquete y la Lindosa para el arte rupestre? Son los lugares con mayor número de representaciones de arte rupestre en Colombia, sobre todo si se suman. Para Carlos Castaño-Uribe, principal experto mundial, en el Chiribiquete hay aproximadamente 70 000 representaciones; y en la Lindosa, contabilizadas por el profesor Virgilio Becerra, se calcula que hay cerca de 45 000. Esto demostraría que el país tiene una riqueza mayor que Europa, sobre todo que España y Francia, donde se encuentran las más famosas.

Sin embargo, dado que los estudios donde se han hecho públicos estos hallazgos en las últimas décadas se han llevado a cabo por investigadores que hablan español —y que los artículos han aparecido también en español— han pasado desapercibidos para gran parte de la comunidad científica (angloparlante en su mayoría). Guillermo Muñoz, experto en arte rupestre del Grupo de Investigación del Patrimonio Rupestre Indígena de Colombia (GIPRI), ha definido perfectamente la situación al afirmar que «Europa aún está descubriendo América».

Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete

Como hemos comentado, los estudios que durante más de tres décadas llevan realizándose en Chiribiquete han permitido comprender que las simples bandas de cazadores-recolectores no eran ni tan simples, ni tan itinerantes como se suponía; y que quizás habían llegado a esta región con un modelo cosmogónico y espiritual más elaborado de lo que se había pensado.

Pocos lugares en la Amazonia tienen afloramientos del Escudo Guayanés, es decir, formaciones rocosas precámbricas y paleozoicas, en medio de la extensa cobertura selvática. Debe tenerse en cuenta que la mayoría de los tepuyes —una clase de meseta especialmente abrupta, con paredes verticales y cimas relativamente planas— del norte de Suramérica están en medio de sabanas naturales. La inmensidad de la selva y la dificultad de navegar sus ríos debido a sus fuertes corrientes, permitieron el aislamiento cultural de sus habitantes y la protección del medio ambiente hasta nuestros días. Al mismo tiempo, sí que pudieron aprovechar el gran río Amazonas como eje de movilidad permanente durante varios siglos.

En el PNN Serranía de Chiribiquete no se ha encontrado hasta el momento ninguna prueba material arqueológica de presencia humana —es decir, no se han recuperado objetos hallados bajo tierra— ni restos óseos de sus ocupantes. No hay herramientas, armas ni puntas de piedra.

Lo que sí tenemos es una prueba extraordinaria y documental de su cultura pictórica y de su gran proyección espiritual y guerrera en miles de dibujos pintados sobre las paredes de los tepuyes y en muchos abrigos, que nunca sirvieron de campamento de caza o de uso doméstico. En definitiva, todos los lugares que se han documentado hasta el momento están inalterados: no hay prueba de actividades humanas diferentes a las realizadas exclusivamente por grupos indígenas. La conclusión que podemos extraer de todo ello es que la finalidad de este lugar era, y sigue siendo, exclusivamente ritual y ceremonial.

Remarquemos esto último: Chiribiquete sigue siendo hoy en día un lugar ceremonial. Una de las principales conclusiones de los investigadores fue constatar que estos dibujos se han seguido realizando hasta fechas muy recientes y, quizás más sorprendentemente aun, que los siguen haciendo y usando hoy.

Hasta 2019 se han documentado 63 abrigos rocosos con pinturas rupestres. De estos yacimientos, se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas en 17, completado el registro pictórico de 48 y adelantado el registro fotográfico preliminar de 9. Se han documentado pictografías en murales, abrigos rocosos y rocas conexas, que suman 70 500 representaciones.

Podemos asumir que la preparación de los murales tomaba mucho tiempo y exigía la permanencia de los artistas en el lugar durante muchos días —quizás semanas— y que esta actividad requería la presencia de un grupo de personas bajo el mando de uno o varios especialistas espirituales y operativos.

Otro aspecto importante de la infraestructura necesaria para hacer los dibujos de los grandes murales tiene que ver con las técnicas empleadas para pintar cómodamente en paredes que tienen cientos de metros cuadrados —a veces 50 metros de largo por 6 metros de altura—; y las peripecias necesarias para dibujar en los techos de algunos aleros o en sitios muy altos que exigieron el uso de andamios, que también aparecen pintados en los murales, algunos con hamacas colgadas para que los chamanes pudieran sentarse más cómodamente para pintar o para recostarse e inspirarse.

Las figuras más representadas son animales, humanos, plantas, antropozoomorfos y biomorfos, geométricas, artefactos y objetos, por ese orden.

La presencia de rasgos culturales en Chiriquibete empieza posiblemente hace 22 000 años AP (es decir, aproximadamente 19 882 años a.E.C.). Aunque para esa época no encontramos rocas exfoliadas pintadas, sí hallamos fogones en los que se recuperaron nódulos de ocre y semillas comestibles carbonizadas. Estas fechas muestran un contexto cronológico prolongado y sorprendente, convirtiendo Chiribiquete quizás en el único lugar del mundo donde se mantiene una tradición cultural de milenios, más o menos sin interrupción.

Como hemos apuntado, lo más probable es que este mundo simbólico no se haya desarrollado en América sino que se trataba de un bagaje cultural que ya poseían y que fue reinterpretado por los primeros pobladores que llegaron a la región. Quizás, el sentido y las expresiones de las representaciones que llegaron a América, por varias rutas migratorias, no sean tan monolíticas como creemos y, quizás, no todas llegaron por el norte como única vía y en el mismo momento. Como indican los investigadores que llevan tanto tiempo estudiando estas pinturas, la verdadera tarea está en evaluar si podemos constatar un origen diferente al asiático, tal como lo apuntan parte de las pruebas. No podemos ir más allá por ahora.

EL ARTÍCULO CIENTÍFICO

El artículo científico que aparece en Quaternary International (puedes descargarlo y leerlo desde aquí) informa de unas excavaciones llevadas a cabo en Serranía La Lindosa que permiten —según los autores— conocer la fecha de llegada de los primeros habitantes de esa región, así como conocer sus interacciones con el ambiente.

Para ello se han realizado excavaciones en tres abrigos rocosos —Cerro Azul, Cerro Montoya y Limoncillos— y obtenido varias dataciones por radiocarbono, lo que permitiría confirmar que la primera ocupación humana se produjo hace alrededor de 12 600 años AP.

Se han llevado a cabo dos campañas de excavación con sondeos, excavaciones de muestreo y un posterior análisis de los materiales arqueológicos y líticos recuperados. En 2017 se abrió una excavación de 12 m2 en Cerro Azul, un lugar ya estudiado con anterioridad, cuyo éxito al recuperar material arqueológico motivó una nueva exploración de la región. Así, en 2018 se descubrieron dos nuevos abrigos rocosos donde se hicieron excavaciones de muestreo (1×1 m): Cerro Montoya y Limoncillos.

Cronología

Gracias a estos trabajos se pudieron obtener 11 fechas radiocarbono por medio de espectrometría de masas con acelerador (accelerator mass spectrometry) en capas precerámicas del yacimiento de Cerro Azul, y que los autores marcaban como el comienzo de la ocupación (en el Pleistoceno Superior); mientras que sólo se pudo conseguir una fecha radiocarbono en cada uno de los otros dos nuevos yacimientos.

En Cerro Azul, dos muestras de carbón arrojaron fechas entre los 20 500 y 19 200 años AP (ya calibradas), tratándose de unas de las fechas más antiguas de todo el continente americano. Ambas muestras se recuperaron en el «Estrato II» (situado entre 105 y 95 cm de profundidad) formado por sedimentos naturales mezclados con algunas láminas de sílex, semillas quemadas y restos de carbón. Sin embargo, los investigadores han querido ser prudentes y no dan por buenas estas muestras hasta que futuras excavaciones permitan obtener un contexto más seguro y definido para la parte inferior de este estrato y que permita confirmar sin género de dudas el origen cultural o antrópico de ese carbón (es decir, descartar que no sea producto de un fuego natural, por ejemplo).

De esta forma, solo aceptan las fechas que apuntan al Pleistoceno Superior y que se han obtenido de semillas de palmera quemadas con una antigüedad de entre 12 100 y 11 800 años AP.

En cambio, para Limoncillos y Cerro Montoya, los dos nuevos yacimientos identificados, tenemos una horquilla de fechas entre los 12 642 y 12 424 años AP para el primero; y los 12 388 y 12 008 años AP para el segundo.

Pinturas rupestres

En cuanto a las pinturas, los investigadores reconocen que hay miles ellas documentadas a lo largo de las paredes rocosas de toda la Sierra La Lindosa, que hemos visto que supone uno de los yacimientos artísticos más ricos de toda Sudamérica, junto al cercano Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.

En este sentido, nada nuevo nos ofrece este artículo ya que se han documentado pinturas que ya se conocían.

Lo «novedoso» (por ser muy generosos) de este trabajo ha sido tratar de «datar» esas pinturas. Sin embargo, no han aplicado los novedosos métodos que ya se emplean en otros lugares del mundo para datar pigmentos; sino que lo han hecho identificando las especies animales que se han pintado. Esto requiere una explicación: lo que han hecho los autores es identificar las especies representadas en los murales para, a partir de ahí, hacer una «estimación» de su antigüedad en función de lo que sabemos acerca de cuándo se extinguieron.

Viendo las imágenes uno puede encontrar parecidos con especies que sabemos que vivieron durante el Pleistoceno pero que se extinguieron tras unos procesos que aún no conocemos en detalle: es la megafauna, un término especialmente asociado en la literatura científica a los grandes animales del Pleistoceno Superior y el Holoceno que ha venido extinguiéndose en un proceso conocido como extinción masiva del Cuaternario.

El argumento que siguen los investigadores es que si en las paredes de Cerro Azul se representa lo que podría ser un megaterio (un perezoso gigante), eso es porque quienes hicieron esas pinturas los vieron con sus propios ojos. Por lo tanto, si los megaterios se extinguieron en Sudamérica hace 10 000 años, las pinturas son más antiguas.

El problema de esta aproximación creo resulta evidente para cualquiera: nada hay más subjetivo que tratar de identificar qué quisieron representar los autores de esas pinturas hace miles de años. Desde luego es una interpretación que deja demasiados interrogantes como para poder ofrecer un método eficaz de datación.

COMPLEMENTO

Para tener una visión más completa de este tema, he creado una página en Wakelet con accesos a varios artículos, entrevistas y un documental sobre Colombia donde se describe visualmente el PNN Serranía de Chiribiquete.

MÁS INFORMACIÓN

BAENA PREYSLER, J., et al., 1992. Hallazgos de arte rupestre en la serranía de Chiribiquete, Colombia. Misión arqueológica 1992.

BAENA PREYSLER, J., et al., 1996. Pinturas rupestres y ocupación humana en la Sierra del Chiribiquete. Revista de arqueología, 180, pp. 14-23.

CASTAÑO-URIBE, Carlos. 2008. Tradición Cultural ChiribiqueteRupestreweb.

URBINA, Fernando y PEÑA, Jorge, 2016. Perros de guerra, caballos, vacunos y otros temas en el arte rupestre de la serranía de La Lindosa (río Guayabero, Guaviare, Colombia). Una conversación. Ensayos: Historia y Teoría del Arte, 20, 31, pp. 7-37.

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Un día en el Museo de Altamira

Un día en el Museo de Altamira

Hace unos días se cumplía el 18 aniversario de la inauguración del Museo de Altamira, y dado que pocos días antes tuve la ocasión de visitarlo por primera vez junto a mi familia, quiero ofreceros en esta anotación un pequeño «paseo» por su exposición permanente y el interior de la Neocueva.

Lo primero que debéis saber es que la visita a la cueva original está muy restringida por razones obvias de conservación. Únicamente se permite el acceso a cinco personas cada viernes, elegidas mediante un sorteo entre los visitantes presentes ese día y que deseen participar. Si por cualquier razón no puedes ir un viernes, o no tienes suerte con el sorteo, siempre puedes visitar la Neocueva –una reproducción tridimensional muy rigurosa de la cueva original– que te permitirá comprender, admirar y disfrutar plenamente las pinturas que realizaron sus ocupantes originales. Mi recomendación es que escojas una visita guiada (no supone un incremento del precio de la entrada) ya que tendrás una información mucho más completa de todo lo que vas a ver en su interior; así como de los trabajos arqueológicos que se están llevando a cabo.

Voy a dejar la Neocueva para el final (y no me extenderé demasiado porque creo que las imágenes nunca hacen justicia a toda su belleza) y comenzaré este recorrido por la exposición permanente.

Exposición permanente

Dividida en cuatro bloques temáticos, el recorrido empieza con una introducción acerca de la labor de investigación arqueológica. Podemos contemplar cuál sería la «típica» mesa de trabajo de un prehistoriador (aunque como podéis ver, haría falta actualizar un poco su contenido).

Los diferentes paneles explicativos nos cuentan cómo se lleva a cabo el proceso para clasificar y analizar el material recuperado en las excavaciones; y cuáles son las distintas fuentes de las que podemos obtener información acerca de la vida de nuestros antepasados: el estudio de la macro y micro fauna, análisis de sedimentos, pólenes, tipología de las herramientas de piedra, hueso o asta y un largo etcétera.

El segundo bloque está dedicado a explicar cómo han evolucionado los homininos hasta llegar al Homo sapiens que habitó Altamira; centrándose en el análisis del Pleistoceno, es decir, el periodo de tiempo que comprende los últimos 2,6 millones de años (Ma). Como sin duda sabréis, la mayor parte de este proceso tuvo lugar en África Oriental, que es donde se han recuperado gran parte de los restos de Australopithecus, Homo habilis y Homo erectus.

De una forma muy gráfica, y con la ayuda de grandes paneles expositores, se reconstruyen los paisajes y ambientes, y así podemos hacernos una idea de cómo vivían y se desenvolvían nuestros antepasados, qué comían etc. Algunas de las dataciones que aparecen han sido refinadas gracias a recientes trabajos de investigación, pero en ningún caso supone un inconveniente para obtener una imagen de conjunto de nuestra evolución.

Por último, se analiza cuál es el posible origen de Homo sapiens y cómo migramos por el resto de los continentes.

El tercer bloque temático de la exposición permanente se centra en cómo era la vida en tiempos de Altamira.

Sabemos que los hombres que habitaron la cueva durante el Pleistoceno encontraron un clima más frío que el actual, y por tanto una flora y fauna similares a las que hoy podemos ver en latitudes más altas de Eurasia o América. Nuestros antepasados disponían de los conocimientos, la tecnología y la organización social necesarios para poder adaptarse a las duras condiciones ambientales. Y prosperaron.

En diferentes dioramas a tamaño real, podemos ver cómo se alimentaban: conoceremos tanto las técnicas que emplearon para cazar ciervos y bisontes o la recolección de vegetales, así como  la incorporación de moluscos, truchas y salmones a su dieta.

Hay un espacio dedicado a conocer cómo se fabricaban las herramientas de piedra, lo que conocemos como «industria lítica». Podemos entender, paso a paso, cómo nuestros antepasados fueron capaces de fabricar los útiles que necesitaban para distintas funciones: desde los más primitivos «cuchillos», a las más perfeccionadas herramientas para tratar las pieles, o fabricar otras herramientas. Del mismo modo, vemos la progresiva modificación de estas herramientas con una disminución del uso de la piedra en favor del asta o el hueso, lo que les permitió obtener formas de más precisión, como son los arpones, anzuelos, punzones o las agujas de coser para confeccionar ropa de abrigo.

Además podemos visualizar cómo en el entorno o en el interior de las cuevas se llevaban a cabo las tareas domésticas  como el procesado de alimentos, curtido de pieles, la fabricación de ropa y adornos, así como de las propias herramientas. Por supuesto, los ocupantes de Altamira conocían el uso del fuego.

Como veis en las imágenes, la exposición es muy visual, aunque también hay varios vídeos explicativos donde escuchamos de forma más detallada todos estos procesos. Una parte que me llamó mucho la atención, por lo acertado de su inclusión, fue la posibilidad de reproducir –a elección de los visitantes– una serie de vídeos cortos donde vemos a bosquimanos, esquimales o aborígenes australianos, realizar las tareas que suponemos análogas a las que los hombres de Altamira hicieron, desde la caza y recolección de alimentos, a la confección de prendas de abrigo y un largo etcétera.

Los investigadores suponen que Altamira era un lugar de agregación, un espacio en el que se reunían con cierta periodicidad grupos humanos que normalmente se hallaban dispersos por el territorio, tal vez para realizar algún tipo de ritual. Las investigaciones al respecto siguen su curso.

Y así llegamos a una de las partes que me han resultado más interesantes de toda la exposición: el arte.

Todos sabemos que Altamira es un lugar singular por la calidad de sus pinturas rupestres. Sin embargo, tenemos que saber que el primer problema al que se enfrentan los investigadores para su estudio es establecer su antiguedad. La técnica de datación empleada de forma más habitual para este tipo de pinturas es el método del radiocarbono con el que podemos datar restos orgánicos (hasta un máximo de unos 50000 años) ya que podemos analizar el carbón vegetal usado para la fabricación de los pigmentos.

Gracias a una serie de ejemplos, podemos comprender también cuál fue la técnica empleada para crear las magníficas pinturas de la cueva de Altamira: comenzando con el rayado y estriado para hacer un bosquejo o «modelo» del objeto a representar, y al mismo tiempo dar volumen al interior de una figura; siguiendo por la definición del contorno sobre el que finalmente se aplicarían los distintos pigmentos.

Éstos eran de origen mineral, con la salvedad del carbón vegetal empleado para los trazos negros. Los más habituales eran óxidos de hierro –ocres, hematites– que combinados con otros elementos permitían obtener tonos amarillos, rojos o pardos.

Los pigmentos se aplicaban bien con los dedos, o mediante tampones de cuero, o incluso «soplados» al modo de un aerosol con la boca; y en algunos casos se matizaban mediante raspado o lavado parcial.

Pero en Altamira no todo son pinturas rupestres. Destaca la interesantísima colección de arte mueble: útiles y herramientas (como puntas, arpones, buriles); piezas de adorno (colgantes); bastones perforados y otras piezas de hueso decoradas. Son numerosísimos los ejemplos de este tipo de objetos que podemos admirar en sus vitrinas.

Por último, hay una parte dedicada a la música con la que finaliza el recorrido por la exposición permanente.

Neocueva

Como dije al principio, he querido dejar las imágenes de la Neocueva para el final, aunque no voy a poner muchas por dos motivos:

  1. Por muchas fotografías que veas de este espacio, nunca podrán sustituir a la experiencia que supone entrar en ese lugar y contemplar el techo plagado de maravillosas pinturas. Es un lugar que tienes que visitar y experimentar de primera mano.
  2. Quiero escribir una anotación más en profundidad sobre este tema, que espero tener lista lo antes posible.

En cualquier caso, lo prometido es deuda:

Finalmente, no puedo terminar este texto sin reconocer lo mucho que me impactó un cuadro colgado a las espaldas de la reconstrucción del despacho de D. Marcelino Sanz de Sautuola, el descubridor científico de la cueva de Altamira.

Se trata de una obra de Fernando Vicente titulada «Gran explosión»:

Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)

Con la siguiente explicación

La Humanidad tuvo su origen en África. Somos africanos más o menos despigmentados, todas las personas que actualmente poblamos los cinco continentes formamos una misma y única Humanidad. Este cuadro expresa la idea de nuestro origen común. Además, y al igual que sus primeros colegas paleolíticos, el autor emplea las formas naturales del soporte (la forma del continente africano en este caso), para crear una imagen simbólica, para crear Arte.

Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)
Detalle. Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)

Conclusiones

Puedo aseguraros que la visita al Museo de Altamira es obligada; y aunque no puedas entrar en la cueva de Altamira, te garantizo que la Neocueva no te defraudará lo más mínimo. El personal del Museo es amable y atento; y el trabajo de las guías que explican todos los detalles de la Neocueva impecable.

Además, si vas con niños pequeños no tienes que preocuparte de nada. Hay numerosas actividades y talleres programados a diario para que ellos puedan pasar un rato más lúdico aprendiendo sobre la vida en la prehistoria, mientras lo más mayores podemos sumergirnos plenamente en la exposición. En cualquier caso, te aconsejaría que llevaras a los más pequeños a visitar tanto la exposición permanente como la Neocueva, porque es una experiencia que seguro les encantará.

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Angkor, la ciudad perdida

Angkor, la ciudad perdida

     Última actualizacón: 13 septiembre 2017 a las 18:47

Ambicioso Oriente se despoja

de las cosas que guarda en sí más bellas;

Ceilán cuantas su esfera exhala roja 1

engasta en el mejor metal centellas 2;

de sus veneros registró Camboya

las que a pesar del sol ostentó estrellas 3:

el esplendor, la vanidad, la gala,

en el templo, en el coso y en la sala 4.

Luis de Góngora. Extracto del Panegírico al duque de Lerma.


Estos versos, surgidos en 1617 de la mano de uno de los mayores exponentes del Siglo de Oro de las letras españolas reflejan el conocimiento que se tenía en Europa del sudeste asiático y, concretamente, de una ciudad perdida en la selva. Muy pocos sabrán a qué lugar me refiero, pero la imagen que encabeza esta anotación quizás ayude a despejar la incógnita.

Efectivamente, vamos a hablar del reino de los jemeres, constructores de los monumentos de Angkor, testimonio de una cultura desaparecida en el siglo XV que controló durante siglos amplias extensiones de Extremo Oriente.

Según la leyenda, el poderoso reino jemer tuvo su origen en la unión conyugal entre Kambu Swayambhuva, un asceta indio, y Mera, una ninfa divinizada hija del legendario rey Naga. Los Kambuya, hijos de Kambu, dieron nombre al país (Camboya). Sus soberanos eran elegidos por sus aptitudes para la lucha y por su capacidad para garantizar la seguridad de sus súbditos, por lo que incorporaban a sus nombres el sufijo –varman (protección).

Para lograr el desarrollo ordenado de su civilización, los gobernantes planearon una audaz y complicada obra de ingeniería 5: se diseñó una vasta red de canales para controlar las inundaciones del río Mekong, lo que permitió contar con un suministro estable de agua, y el desarrollo de la que quizás sea la nota más llamativa de la cultura jemer, su arquitectura, con la ciudad de Angkor como muestra más representativa 6.

Cuando pensamos en la arquitectura jemer nos imaginamos enormes edificios de piedra, con elaboradas tallas y enigmáticas caras sonrientes. Pero ni los reyes, ni los dignatarios, ni el pueblo vivían en aquellos edificios, sino en chozas de madera y paja (ya desaparecidas) situadas en el recinto del templo o en sus alrededores. De ahí que con sus templos y sus creaciones arquitectónicas la ciudad de Angkor sea el mayor complejo sagrado que haya existido en todo el mundo.

Edificios como los de Angkor Vat presentaban todas las superficies de piedra, desde los cimientos hasta los frontones, cubiertas por una exuberante decoración tallada y de esculturas. Algunos han calculado que fue necesaria la participación de cientos de miles de personas trabajando año tras año —hasta 60 o 70 años— en el mismo monumento, así como  enormes cantidades de oro, plata, perlas y piedras preciosas puestas al servicio de la naturaleza divina de los reyes.

El Bayón. Angkor Wat. Delaporte.

El descubrimiento de las ruinas de Angkor

Cuando uno acude a las fuentes para saber cómo llegaron a Europa las noticias sobre esta importante cultura se mencionan dos personajes (franceses para más señas) como los primeros europeos que dieron a conocer los misterios de la ciudad perdida de Angkor: Henri Mouhot y Louis Delaporte.

El naturalista Henri Mouhot viajó a principios de 1860 al reino de Siam 7 por encargo de la Real Sociedad Geográfica y de la Sociedad Zoológica de Londres con el objetivo de explorar y recoger muestras de los especímenes de la región. Una vez allí oyó rumores acerca de la existencia de unas antiguas ruinas y decidió visitarlas por sí mismo. Con la ayuda de un guía local y tras no pocas penalidades, surgió ante sí la impactante visión de unas construcciones en piedra —de enormes dimensiones— que, literalmente, estaban siendo devoradas por la selva. En su obra Voyage dans les royaumes de Siam, de Cambodge, de Laos dejó por escrito sus impresiones:

Uno de estos templos [Angkor Wat], rival del templo de Salomón y erigido por algún antiguo Miguel Ángel, podría ocupar un puesto de honor junto al más bello de nuestros edificios. Es más grandioso que los que nos dejaron Grecia o Roma.

A pesar de atribuir erróneamente la construcción de estos edificios a las antiguas civilizaciones de Oriente Medio (catalogó las cabezas de Buda como de “estilo egipcio”), la romántica descripción de Mouhot cautivó al público europeo.

Poco después de su muerte, Francia estableció un protectorado sobre Camboya y enseguida se planteó abrir una ruta comercial hasta la región china de Yunnan a través del río Mekong, uno de los más grandes ríos del mundo y de complicada navegación. Ernest Doudard de Lagrée y Francis Garnier fueron los encargados de dirigir la expedición que tenía como misión principal cartografiar la región, aunque no perdieron la oportunidad de desviarse para explorar Angkor: durante una semana se dedicaron a levantar planos de los templos y documentar las ruinas, al tiempo que el joven artista Louis Delaporte realizaba una serie de grabados que tendrían gran eco en Europa.

La expedición desapareció en los bosques tropicales del sureste asiático, aunque lograron volver dos años después a pesar de sufrir importantes bajas.

El Bayón. Angkor Wat. Delaporte.

¿Fueron los franceses los primeros en ofrecer noticias del reino jemer tras su desaparición?

Como hemos visto, los franceses Mouhot y Delaporte dejaron una profunda huella en la imaginación de los europeos gracias a los relatos (adornados con bellas imágenes) de sus aventuras, pero los cierto es que no fueron los primeros en llamar la atención sobre esta ciudad en ruinas. Las referencias escritas más tempranas de la existencia de la ciudad de Angkor se las debemos a los españoles.

La expansión marítima protagonizada por España y Portugal en el sudeste asiático durante los siglos XV y XVI, trajo consigo la llegada a esas tierras de conquistadores, comerciantes y misioneros que comenzaron a ver con otros ojos la vida que habían dejado atrás. Varios misioneros y militares escribieron “libros de viajes” en los que explicaban a sus respectivas coronas cómo era aquel otro mundo de ultramar. En ellos explicaban las costumbres, la religión, el orden político, la geografía y naturaleza, el clima o la economía de aquel nuevo territorio explorado.

Entre estos escritos merece especial atención la Historia de las islas del archipielago y reynos de la gran China, Tartaria, Cuchinchina, Malaca, Sian, Camboxa y Iappon, y de lo sucedido en ellos a los religiosos descalços 8 publicada en Barcelona en 1601. Escrita por Fray Marcelo de Ribadeneyra, misionero franciscano, consta de seis libros donde se describe la vida, costumbres, creencias y economía de diversos países asiáticos.

Página de Historia de las islas del archipielago … de Ribadeneyra.

Ribadeneyra no estuvo en Siam ni en gran parte de los territorios de los que habla en su libro. Construyó su historia a partir de los testimonios de algunos franciscanos que habían ejercido el apostolado en aquellos países y que, por una u otra razón, recalaban en Manila, lugar donde él residía. Ribadeneyra por tanto fue más un hombre de letras que un hombre de acción aunque, leyendo su libro, comprobamos su rigor literario y su preocupación por describir ese mundo con la mayor exactitud posible:

Es la ciudad muy agradable y de apacible vista, en su gran circuito tiene muchas torres, y pirámides doradas, y plateadas, y de diversas pinturas. Las casas reales son muy grandes y curiosas, y los templos son todos dorados y plateados, dentro y fuera, y de buena labor edificados. Todas las demás casas son pajizas.

[…]

Y la grandeza de aquella ciudad y de los muros curiosamente labrados, se colige, por lo que hoy día se ve en las ruinas de los edificios grandes que han quedado. De esta ciudad tuve yo particular noticia, de algunos españoles que estuvieron en el reino de Camboya.

Otros libros similares fueron escritos por Diego Aduarte y fray Gabriel Quiroga de San Antonio 9 quienes ya narraban en sus cartas enviadas a principios del siglo XVII al rey Felipe III, las experiencias vividas en Camboya por los aventureros españoles que había llegado a esas tierras en busca de fortuna y nuevos territorios para la corona española. Quiroga de hecho fue el primero en citar el nombre de Angkor Wat al referirse a un “templo de cinco torres llamado Angkor”.

No siendo arqueólogos ni historiadores, los misioneros no profundizaron en el estudio de la cultura jemer ya desaparecida y sus monumentos. Ribadeneyra atribuyó su construcción a Alejandro Magno o a los romanos, mientras que Quiroga creía que eran obra de los judíos, que habrían estado en la región antes de asentarse en China. Uno de los principales motivos por los que estos textos pasaron relativamente desapercibidos fue que carecían de los grabados que tanta impresión causaron más tarde.

Ta Prohm. Construido en 1186. Los templos de Ta Prohm no fueron liberados de la imparable jungla de forma intencionada para mostrar la fuerza de la naturaleza que se había apoderado de Angkor.

En este momento las ruinas camboyanas no despertaron demasiado interés ya que los españoles estaban más preocupados por la explotación comercial y la conversión de almas que por el estudio erudito de la historia de la región. Así, después de que el pequeño destacamento español en Camboya fuera masacrado en 1599 por un grupo de mercaderes malayos y los españoles abandonaran el país, los misteriosos templos de Angkor Wat se desvanecieron de la imaginación hasta la llegada de los franceses.

Notas

  1. Rubíes.
  2. Piedras preciosas.
  3. Diamantes.
  4.  Oriente ambicioso se despoja de las cosas más bellas que guarda en sí; Calan engasta en el mejor metal cuantas centellas exhala su esfera roja; Camboya registró de sus veneros las estrellas que ostentó a pesar del sol: el esplendor en el templo, la vanidad en el coso y la gala en la sala.
  5. Como ya se había hecho en Mesopotamia y Egipto mucho tiempo antes.
  6. La urbe fue fundada en el siglo VII por Jayavarman II y saqueada por los siameses en 1431, cuando la ciudad se hallaba en plena decadencia.
  7. Un reino situado en el centro del sudeste de Asia que comprendía los territorios de lo que hoy es Tailandia, Camboya y Laos.
  8. Historia de las islas del archipiélago, y reinos de la gran China, Malaca, Siam, Camboya y Japón, y de lo sucedido en ellas a los religiosos descalzos.
  9.  Breve y verdadera relación de los sucesos del reino de Camboya, publicado en 1604.
Publicado por José Luis Moreno en ARTE, HISTORIA, 1 comentario
El mapa de Vinlandia (I)

El mapa de Vinlandia (I)

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 13:05

Creo que todos conocemos la historia que voy a resumir: dos horas después de la medianoche del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritó desde La Pinta «¡Tierra a la vista!», poniendo fin de esta manera a una larga travesía por el Océano Atlántico. La expedición española, capitaneada por Cristóbal Colón, había llegado a la isla de Guanahaní, perteneciente al archipiélago de Las Bahamas. A la mañana siguiente Colón desembarcaba acompañado de Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón, capitanes de La Pinta y La Niña respectivamente, y tomaba posesión de la tierra descubierta en nombre de la Corona de Castilla. Colón, desde ese momento, pasaría a la historia como el descubridor de América.

 Colón desembarca en la isla de Guanahaní

Colón desembarca en la isla de Guanahaní

La trascendencia de ese momento llega hasta nuestros días ya que el 12 de octubre se ha escogido como efeméride para la celebración de la Fiesta Nacional de España (Día de la Hispanidad, de Cristóbal Colón y otros tantos apelativos en diferentes países hispanohablantes), como símbolo del momento en que se inició el contacto entre Europa y América y que culminó con el llamado «encuentro de dos mundos». Sin embargo, hay quienes no están de acuerdo con esta versión de los hechos.

Más de cuatro siglos después de ese desembarco histórico, concretamente el 11 de octubre de 1965, se organizó una fiesta en la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut. Asistieron como invitados especiales un numeroso grupo de diplomáticos, universitarios y periodistas escandinavos a quienes se hizo partícipes en primicia del que fue considerado el descubrimiento cartográfico más fascinante del siglo: un mapa sobre pergamino de color beige de 27,8 centímetros de alto por 40 centímetros de largo —bautizado como el mapa de Vinlandia— que se afirmó era el único ejemplo de cartografía escandinava medieval que existía 1. Según los expertos que analizaron el documento, el mapa era auténtico y constataba que los vikingos —encabezados por Leif Eriksson— habían descubierto, explorado y colonizado una tierra fértil al oeste de Groenlandia en el siglo XI. Y además habían dejado constancia escrita de su hazaña. Por tanto, sostenían que ese mapa era la prueba palpable de que éstos se habían adelantado a Cristóbal Colón en más de tres siglos 2.

El mapa de Vinlandia se dio a conocer al público en general cuando la editorial universitaria de Yale lazó la obra The Vinland map and the Tartar relation 3 de forma simultánea a ambos lados del Atlántico (en nueva York y Londres); una monografía que pronto se convirtió en un best seller internacional.

Los periódicos de medio mundo se hicieron eco de la noticia y las reacciones ante este hallazgo no se hicieron esperar. Aunque de interés intrínseco para comprender mejor la historia de los tártaros (por el texto que lo acompañaba), el mapa no hubiera causado tanta sensación si no fuera por la descripción de una tierra situada en el noroeste del Océano Atlántico y al oeste de Groenlandia llamada Vinlandia. Igual de llamativo era que Groenlandia apareciera como una isla, cuando este hecho no se verificó hasta 1912 cuando se circunnavegó por primera vez.

Mapa de Vinlandia (falso color)

Mapa de Vinlandia (falso color)

En cualquier caso, para quienes recibieron la noticia no pasó desapercibida la fecha escogida para dar publicidad al hallazgo: la víspera de la conmemoración del descubrimiento “oficial” de América por Cristóbal Colón. En este sentido, y con un tono que desborda ironía, Torcuato Luca de Tena analizó lo sucedido en un artículo publicado en ABC dos días después 4. Además de poner en duda la autenticidad del mapa, criticó duramente que por parte de las autoridades académicas de la universidad americana se hubiera escogido precisamente ese día, considerando que se trató de una cuestión política más que científica:

La gesta escandinava producirá una huella interesante en el campo de las artes. Va a ser preciso arrinconar los cuadros de las carabelas colombinas de Rodrigo de Triana, empinado sobre la cofa, y de Colón, con el mandoble desenvainado, mientras se remoja los pies al desembarcar en el hemisferio de Ericsson. Las puertas de bronce del Capitolio de Washington recogen la escena de Colón cuando estaba en el lecho de muerte. Habrá que enterrar pronto a este enfermo, para poner a Ericsson en la misma cama. […] Gracias a ese reajuste muy pronto se podrá hablar de las grandes universidades de Vinlandia, de las famosas aguas de Vinlandia a base de colas, y del Presidente Johnson de los Estados Unidos de Vinlandia.

Cuando supe que Scientia, anfitrión de la décimo primera edición del carnaval de humanidades, había elegido como tema central el arte y la química, me vino a la mente de inmediato la historia de este mapa, que quizás muchos ya conozcan, pero que aún guarda interesantes incógnitas que vamos a analizar en esta serie de anotaciones. Para mí resulta un tema apasionante porque combina algunas de las cuestiones que más me atraen: historia, navegación, arqueología, manuscritos antiguos y un enfrentamiento científico que ha durado varias décadas (y que aún sigue vivo como vamos a comprobar) a cuenta de los numerosos análisis químicos realizados sobre el mapa.

El mapa de Vinlandia

El primer trabajo de estudio y análisis de los documentos (mapa de Vinlandia y Relación tártara) fue llevado a cabo como hemos apuntado por el Dr. R. A. Skelton, superintendente de la sala de mapas del Museo Británico; el Dr. Thomas E. Marston, conservador de literatura medieval y renacentista de la biblioteca de la Universidad de Yale; y George D. Painter, ayudante de conservador a cargo de los incunables del Museo Británico.

Según refieren estos investigadores en la monografía publicada en 1965, el mapa fue elaborado alrededor del año 1440 por un escriba desconocido, empleando como modelo un original de fecha anterior del que no se tiene constancia. Junto al mapa apareció una versión manuscrita —también desconocida hasta entonces— 5 del informe del viaje que el misionero franciscano de origen italiano Giovanni da Pian del Carpine hizo a la corte mongola en 1245 (texto que por ese motivo recibe el nombre de Relación tártara) escrita por un fraile llamado C. de Bridia, y cuyo nombre tampoco aparece en ningún registro histórico. La Relación tártara es un texto breve que ofrece una versión algo diferente de la bien conocida Ystoria Mongalorum escrita por Carpine, jefe de la misión enviada por el Papa Inocencio IV al rey de los tártaros. La expedición dejó Lion en abril de 1245 y estuvo fuera durante dos años y medio. Se trata de uno de los varios informes que describen los viajes de los misioneros durante el siglo XIII a Asia Central así como la historia y naturaleza de los mongoles.

Un año después, la misma universidad compró otro manuscrito, el Speculum historiale de Vincent de Beauvais, la tercera parte de una obra mayor que pretendía ser un relato histórico del devenir del mundo. La importancia fundamental de esta última adquisición proviene del hecho de que, según sostienen los investigadores, las tres piezas formaban parte de un mismo libro y fueron redactadas por una misma mano (más adelante ahondaremos en esta cuestión). Por lo tanto, afirman que el Speculum fue separado físicamente de un volumen donde el mapa se situaba al principio y la Relación tártara al final.

Describamos el mapa. Está dibujado en una hoja de pergamino doblada por la mitad y contiene, en líneas generales, una descripción de las tres partes conocidas en el mundo medieval —Europa, África y Asia— rodeadas por el océano, con islas y grupos de islas tanto en el este como en el oeste. El mapa se ha dibujado con orientación norte, es decir, con los nombres y referencias escritos de forma horizontal en una alineación este-oeste del territorio (una cuestión nada baladí porque no era lo habitual en la época. De hecho se desconoce si esta disposición fue deliberada o suponía el método más conveniente para ordenar los elementos del mapa dentro del espacio rectangular del que disponía el escriba).

En el contorno de las costas se representan las características hidrológicas (ríos y mares interiores) aunque los detalles orográficos no aparecen reflejados. El dibujo se ha hecho con una línea de tinta gruesa, y muestra una generalización evidente en algunas partes y una considerable elaboración más detallada en otras.

Lo más relevante a efectos de esta anotación es que en el extremo noroeste del mapa aparecen tres grandes islas, llamadas respectivamente isolanda Ibernica, Gronelada, y Vinlanda Insula a Byarno repa et leipho socijs —es decir, Islandia, Groenlandia y Vinlandia—. El hecho de que estas islas aparezcan fuera del marco oval del resto del mapa sugiere que no estaban en el modelo original que el cartógrafo siguió al copiar el resto. En la esquina superior izquierda se incluye una larga referencia al viaje del obispo Erik Gnupsson a Vinlandia:

Por la voluntad de Dios, después de un largo viaje desde la isla de Groenlandia hacia las partes más distantes del mar océano occidental, navegando hacia el sur, en medio del hielo, los compañeros Bjarni [Herjolfsson] y Leif Eriksson descubrieron una nueva tierra, extremadamente fértil, que incluso tenía viñas, a la que llamaron Vinlandia. Erik, legado de la Sede Apostólica y obispo de Groenlandia y las regiones vecinas, llegó a esta tierra verdaderamente inmensa y muy rica, en el nombre de Dios Todopoderoso, en el último año de nuestro bienaventurado padre Pascal, permaneció mucho tiempo, tanto en verano e invierno, y más tarde regresó hacia el noreste hacia Groenlandia y luego se dirigió en la mayor humilde obediencia a la voluntad de sus superiores.

Detalle del mapa de Vinlandia (esquina superior izquierda)

Detalle del mapa de Vinlandia (esquina superior izquierda)

Para los investigadores, la asociación física del mapa con el resto de manuscritos quedaba demostrada más allá de toda duda por tres pares de agujeros causados por gusanos y que atraviesan sus dos hojas. Éstos coinciden perfectamente con los que se encuentran en las hojas de comienzo del Speculum, coincidiendo a su vez los de éste con los que presenta la Relación tártara. De ahí que el hallazgo de la obra de Beauvais fuera tan importante: era la pieza que otorgaba autenticidad a todo el conjunto.

¿De dónde ha salido el mapa?

Desde el mismo momento en que se hizo público el hallazgo de este singular documento cartográfico, tanto periodistas como estudiosos de diferentes nacionalidades pusieron en tela de juicio su autenticidad.

Uno de los principales problemas a los que tuvo que enfrentarse la Universidad de Yale tras su adquisición fue la falta de un registro ininterrumpido de su posesión, es decir, no había un conocimiento detallado de sus anteriores propietarios y las incidencias por las que habían atravesado los textos. Skelton, Marston y Painter (que, recordemos, llevaron el peso de la investigación incial) reconocieron desde el principio que sin ese registro no podía haber una absoluta e irrefutable demostración de que el mapa no era una falsificación 6. Conviene por tanto conocer cómo apareció el mapa.

La historia del volumen se conoce desde el verano de 1957 cuando Enzo Ferrajoli de Ry, un librero italiano afincado en Barcelona, lo dio a conocer en el reducido mundillo del mercado de libros raros. En Londres, acompañado por el librero Joseph Irving Davis, de Davis y Orioli Ltd., Ferrajoli se lo ofreció al Museo Británico, donde George Painter, el Dr. Skelton y el Dr. Schofield pudieron echarle un vistazo. Éstos apreciaron de inmediato las características novedosas del mapa aunque, en ese momento, expresaron serias dudas acerca de algunas inscripciones latinas que contenían aparentemente algunos “errores monumentales”. La venta no se materalizó.

Continuando con su periplo, en septiembre de ese mismo año tenemos a Ferrajoli en la oficina que Nicholas Rauch tenía en Ginebra, donde el anticuario de New Haven Laurence Claiborne Witten II vio por primera vez tanto el mapa como de la Relación tártara. Esta vez nuestro barcelonés de acogida sí tuvo éxito. Más tarde, en la Conferencia sobre el mapa de Vinlandia celebrada en noviembre de 1966 en la Smithsonian Institution (de la que hablaremos luego), el propio Witten rehusó revelar la procedencia de los manuscritos más allá de indicar que eran propiedad de una familia en cuya biblioteca habían permanecido durante un par de generaciones y que él visitó personalmente. Reconoció haber pagado 3.500 dólares al propietario por el volumen que contenía el mapa de Vinlandia y la Relación tártara, abonando a Ferrajoli una comisión por su participación. Esto es lo que mantuvo Witten cuando, de forma insistente, se le pidió que aclarase cómo supo de la existencia del mapa aunque, como veremos al final, hay otra versión más plausible. Baste que sepamos esto por ahora.

Finalmente, con Witten ya de vuelta en Estados Unidos en octubre de 1957, entran en escena Thomas Marston y Alexander Vietor, conservador de literatura medieval y renacentista, y conservador de mapas respectivamente, trabajando ambos en la biblioteca de la Universidad de Yale. Witten les llevó los documentos con la intención de que la biblioteca los adquiriese aunque, cuando Marston y Vietor vieron el mapa, no pudieron verificar su autenticidad: se dieron cuenta de que la encuadernación era moderna (del siglo XIX) mientras que el texto de la Relación tártara era del siglo XV. Además, se suponía que el mapa era una ilustración de la Relación pero los agujeros producidos por los gusanos no coincidían. Por último, había una inscripción extraña en el reverso del mapa: “Descripción de la primera parte, segunda parte (y) tercera parte del Speculum”. Esta anotación se refería por tanto a un libro diferente a la Relación tártara. En cualquier caso, la Universidad de Yale no disponía de medios económicos para su compra así que Witten regaló a su esposa el manuscrito.

Éste estaba aún investigando la autenticidad del documento cuando Marston le encargó a principios de 1958 que adquiriera del catálogo de Davis y Orioli (recordemos, la empresa de libreros británica que intervino en el intento de venta de los textos al Museo Británico) un manuscrito con parte del trabajo de un monje dominico del siglo XIII llamado Vincent de Beauvais: se trataba del Speculum historiale, por el que pedían 75 libras. Cuando Witten sostuvo en sus manos el libro tuvo una intuición que más tarde se confirmó, era la pieza que faltaba en la composición original: el mapa de Vinlandia al principio, el Speculum en medio, y la Relación tártara al final. Las marcas de agua en el papel de los dos libros eran las mismas 7 y permitieron situar su fecha de origen en 1440, probablemente en la ciudad suiza de Basilea. Tanto el Speculum como la Relación tártara parecían el trabajo del mismo escriba, quien empleaba en ambos la misma caligrafía conocida como “Upper Rhineland bastard» (o cursiva del Alto Rin). Pero lo que entusiasmó a Marston y Witten fue que la letra parecía la misma también en el mapa.

El Dr. Marston, después de mucho pensarlo, regaló el Speculum a la Sra. Witten aunque ahora los tres pergaminos se habían vuelto enormemente valiosos, económica e históricamente. Marston esperaba que ese gesto de generosidad le daría a la biblioteca de Yale alguna posibilidad de control sobre el mapa en el caso de que la Sra. Witten decidiera venderlo, como finalmente sucedió.

De esta forma, el mapa fue adquirido por Paul Mellon, antiguo alumno de la universidad, quien accedió a pagar lo que pedía Witten para donarlo a la biblioteca de Yale si podía ser autentificado. Reconociendo su importancia potencial como el mapa más antiguo en mostrar América, Mellon insistió en que su existencia se mantuviera en secreto hasta la publicación de un libro donde se estudiase y analizase en profundidad. Incluso los tres autores que debían escribir la obra fueron escogidos entre el pequeño número de personas que habían visto el mapa antes que él. Una vez publicado en 1965, cumpliendo su compromiso, lo donó a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale, donde se custodia en la actualidad.

Primer folio de la Relación tartara

Primer folio de la Relación tartara

Primeros análisis

Debemos tener en cuenta que es difícil que una investigación científica aporte una prueba definitiva sobre la autenticidad de un objeto artístico antiguo, salvo que sea posible demostrar de forma directa el momento de su fabricación. Así sucede, por ejemplo, cuando se emplea la técnica de datación por termoluminiscencia a la cerámica recuperada en yacimientos arqueológicos. Por tanto, la prueba casi perfecta de la autenticidad de un objeto es disponer de un registro de custodia ininterrumpida desde una conocida y probada fecha de origen (algo casi imposible en la mayoría de los casos).

Por suerte, cualquier documento, manuscrito o texto impreso, presenta una serie de componentes que sí pueden ser objeto de un detallado análisis: el papel o pergamino; la tinta; la encuadernación (en el caso de un libro) y otros aspectos accidentales como pueden ser la actividad de determinados insectos, las manchas etc. Cada uno de estos componentes puede someterse en mayor o menor medida a un examen científico con el fin de determinar la identidad o la forma de preparación de los mismos y cuyos resultados pueden ser comparados con muestras conocidas para proceder a su autentificación.

En la monografía publicada en 1965, los autores expusieron que se habían realizado todas las pruebas que no implicaban causar daños o destruir el pergamino (lo que en términos prácticos, y teniendo en cuenta la tecnología disponible en ese momento, no era demasiado). De hecho, reconocían sentirse frustrados porque aún no se hubiera perfeccionado algún tipo de análisis químico que sirviera para determinar tanto la antigüedad como el punto de origen aproximado del pergamino, ya que las que existían en ese momento no eran lo suficientemente precisas. Tampoco se hicieron análisis químicos de la tinta ya que era necesario raspar una gran cantidad de escritura para producir suficiente material con el que trabajar 8.

Sin embargo, pasaron por alto —o se negaron a hacer— unas pruebas bastante sencillas y no invasivas sobre la tinta utilizada en los textos que hubieran arrojado luz acerca de la autenticidad del mapa de Vinlandia.

Las tintas más utilizadas en la Edad Media para escribir sobre pergamino eran las metaloácidas o ferrogálicas dado su poder de fijación sobre ese soporte 9. La tinta ferrogálica está compuesta por cuatro ingredientes básicos: extractos de ácidos gálico y tánico (obtenido de las nueces de agalla del roble), vitriolo (minerales como sulfato ferroso o sal de hierro), y como aglutinantes goma arábiga y agua. La tinta fabricada según esta “receta” era transparente, lo que obligaba a añadir una pequeña cantidad de carbón en polvo (hollín) para guiarse durante la escritura. De esta forma, a medida que se iba secando el agua, los metales reaccionaban con los ácidos, provocando la oxidación y el oscurecimiento del compuesto que formaba un tanino férrico. El color original de estas tintas era azul intenso, casi negro, pero dado que la oxidación que sufren los metales es progresiva, el paso del tiempo produce alteraciones químicas que generan distintas variaciones cromáticas que van desde el pardo oscuro hasta el anaranjado.

Cuando el estado de corrosión es evidente, las características más significativas de la tinta ferrogálica son su difusión en el soporte, pérdida de nitidez y una apariencia quemada. Los ácidos presentes en estas tintas causan la “migración” de la escritura de una página a otra, o que se transfiera hasta aparecer visiblemente en el reverso del documento. Por lo tanto, el mero paso del tiempo (proceso que puede acelerarse o retardarse en función del cuidado que se dispense en la conservación) permite que la corrosión sea identificada a simple vista, ya que produce una apariencia de manchas borrosas y sombras.

Así, tras un examen no invasivo, los investigadores concluyeron que la caligrafía y la naturaleza física de los materiales empleados (tanto el pergamino, como el papel y la tinta) eran compatibles con la fecha que se había fijado para la fabricación del soporte físico: el año 1440, décadas antes de que Colón emprendiese su viaje de descubrimiento.

¿Los vikingos descubrieron América?

¿Los vikingos descubrieron América?

Tras el revuelo causado por la publicación del mapa, el 24 de febrero de 1966 se celebró una reunión privada de la Sociedad de Anticuarios británica donde Skelton leyó una nota en la que, tras escuchar las críticas que habían planteado algunos especialistas, reconoció que era necesario llevar a cabo un minucioso análisis químico de la tinta antes de poder aceptar la premisa de que tanto el manuscrito como el mapa habían sido confeccionados por la misma persona. En cambio, Marston defendió que los análisis químicos no aportarían nada nuevo, insistiendo en que no merecía la pena realizarlos dado el posible daño que se causaría al manuscrito.

En cualquier caso, las críticas no se ciñeron únicamente al poco peso de las pruebas aportadas que pretendían determinar la antigüedad de los materiales empleados. G. R. Crone, bibliotecario y conservador de mapas de la Real Sociedad Geográfica británica, planteó cuestiones estrictamente cartográficas 10, al igual que la doctora Eva Taylor, quizás la mayor autoridad mundial en mapas medievales de la época. Taylor pudo ver una reproducción del mapa en 1962 mientras Skelton trabajaba en él, y tras un examen largo y minucioso, elaboró una lista de objeciones de las que le hizo partícipe aunque finalmente ninguna fue tomada en consideración por el equipo de Yale. Por ese motivo preparó un artículo para ser publicado tras la aparición del libro donde ofrecería su versión del mapa 11. La Dra. Taylor mantenía que el mapa no podía ser un producto cartográfico del siglo XV porque dibujaba el contorno de Groenlandia como una isla y con gran detalle, algo que no se supo hasta siglos después (sus palabras textuales fueron que «colocado [el mapa de Vinlandia] junto a un mapa del siglo XX de una escala aproximadamente igual, ambos resultan casi indistinguibles a primera vista»). Otros puntos conflictivos eran la situación equivocada de Creta, el dibujo incorrecto del mar Egeo y la ausencia del mar de Mármara, todo en una época en la que ya existían mapas detallados del Mediterráneo que sí recogían todas estas características.

A pesar de todo, el mapa seguía levantando una importante expectación. A comienzos de 1967 los manuscritos comenzaron una gira europea para ser exhibidos en Noruega, Holanda y Gran Bretaña. Tanto el mapa como la Relación tártara permanecieron un par de días en el laboratorio de investigación del Museo Británico para someterlo a un estudio comparativo de la escritura mediante el empleo de métodos ópticos sencillos: iluminación ultravioleta y microscopía de baja potencia. Los resultados constataron que no había hierro en la tinta del mapa de Vinlandia, un hecho muy extraño para la época en que supuestamente fue dibujado. Por ese motivo se llevó a cabo una búsqueda sistemática de manuscritos del siglo XV que no emplearan hierro entre los componentes de sus tintas. No hubo éxito en dicha búsqueda.

Este fue uno de los factores que llevó a la Universidad de Yale —presionada por el siempre escéptico Departamento de Historia de la institución— a poner los manuscritos y el mapa en manos del químico norteamericano Walter McCrone. Su laboratorio debía realizar un análisis de las tintas utilizadas en el mapa, en el Speculum historiale y la Relación tártara. Para ello se tomaron distintas muestras, aunque no fue hasta 1972 cuando se contó con las herramientas y técnicas de microanálisis adecuadas para el trabajo. Los resultados se hicieron públicos el 26 de enero de 1974 12 y cayeron como un jarro de agua fría: el mapa parecía ser una falsificación realizada en algún momento posterior a 1920, mientras que el Speculum y la Relación tártara parecían ser genuinamente antiguos.

Continúa… con la segunda parte.

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Esta entrada participa en la XI Edición del Carnaval de Humanidades, cuyo blog anfitrión es SCIENTIA.

Esta entrada participa en el XXXVIII Carnaval de la Química cuyo blog anfitrión es Pero esa es otra historia…

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Notas

  1.  Los vikingos eran tan buenos navegantes que no necesitaban cartas, se bastaban con seguir las estrellas.
  2.  Tres años después de que el mapa de Vinlandia viera la luz, el descubrimiento llevado a cabo por un equipo de arqueólogos noruegos de unas ruinas escandinavas del siglo XI en Terranova reforzó esta teoría. Para algunos, las ruinas representan la prueba física de que navegantes vikingos habían surcado el Atlántico Norte desde Islandia y Groenlandia hacia el oeste. Volveremos sobre este tema más adelante.
  3.  Skelton, R. A.; Marston, T. E. y  Painter, G. D. (1965), The Vinland map and the Tartar relation. New Haven: Yale University Press, xii, 291 p.
  4.  En la última parte de esta serie he incluido algunos recortes de periódicos de la época que ofrecen una visión fresca del revuelo mediático que desde entonces ha tenido todo lo relacionado con el mapa.
  5.  Todo en una encuadernación del siglo XIX.
  6.  En cualquier caso, añadieron que el análisis del contenido y la forma en el contexto histórico puede crear —y, en este caso, estaban convencidos de que había creado— una presunción de autenticidad que era muy difícil, si no imposible, discutir.
  7.  Aunque la historiadora Kirsten Seaver ha señalado que los sellos presentes en páginas aleatorias del libro indican una propiedad institucional, no privada, algo sobre lo que volveremos luego.
  8.  Debido a la menor capacidad de absorción del pergamino sobre el papel, las tintas se depositan en la superficie sin llegar a penetrar entre sus fibras.
  9.  De hecho, es curiosa la etimología de la palabra tinta: deriva del latín encaustum o incaustum —quemado—, que son el origen del francés encre, del inglés ink, y del italiano inchiostro. El término podría provenir de la oxidación de los ácidos gálico y tánico (dos de los componentes de la tinta) que hace que se perfore o queme la superficie escrita.
  10.  Crone, G. R. (1966), «How authentic is the «Vinland Map»?». Encounter, núm. 26, p. 75-78.
  11.  Richey, M. W. (1966), «The Vinland map». The Journal of Navigation, vol. 19, núm. 01, p. 124-125.
  12.  McCrone, W. C. y  McCrone, L. B. (1974), «The Vinland map ink». The Geographical Journal, vol. 140, núm. 2, p. 212-214.
Publicado por José Luis Moreno en ARTE, CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, NAUTA, 7 comentarios
Mastica tú mismo la fruta

Mastica tú mismo la fruta

     Última actualizacón: 31 julio 2017 a las 18:55

Soy consciente de que quizás les pida demasiado, pero me lo agradecerán.  Pasen unos minutos dejando que estás imágenes, y la música ambiente, les absorba por completo. No quedarán defraudados.

 

«El Monje mandó a su discípulo a limpiar el jardín. Una vez que este barrió todas las hojas caídas en el otoño avisó al maestro que había terminado el trabajo. El Maestro, después de contemplar el jardín, tomo un puñado de hojas de Arce y lanzándolas al aire sentenció, —ahora sí esta terminado el trabajo—.»

Densho anónimo

La versión japonesa de hogar es «katei» 家庭. Está compuesto por dos kanjis: 家 (ka)=casa y 庭 (tei)=jardín.  Esta es una indicación muy significativa de la relación indisoluble que existe entre ambos conceptos en la mentalidad japonesa.

En épocas pasadas en el diseño de un jardín japonés se buscaba la mayor naturalidad posible; un jardín debía dar la impresión de madurez.  Para resaltar la belleza de las diferentes estaciones del año, se incorporaban a su estructura diferentes tipos de árboles y plantas: pinos, camelias y las perfumadas flores de ciruelo para el frío invierno; flores de cerezos, azaleas y lirios para la primavera; hortensias, plantas acuáticas y azucenas para el verano; césped, campánulas y crisantemos para el otoño.

Como es natural, el agua constituye un elemento fundamental de los jardines, en los que habría al menos una fuente de piedra, o mejor aún, cuando las circunstancias y los medios económicos lo permitían, un estanque de formas naturales irregulares, en cuyas orillas crecían plantas acuáticas y cañas.  Los continuos cuidados y actuaciones garantizaban que no tardarían en cubrirse de musgo.  De esta manera parecía que, como sucede en las montañas rocosas, la piedra brotaba del suelo de un modo natural.

Los objetos creados por la mano del hombre quedaban reducidos al mínimo; en el mejor de los casos había un farol de piedra y una fuente alimentada con agua a través de una caña de bambú, pero estas cosas debían tener aspecto de viejas y erosionadas, de modo que hiciesen suponer que estaban allí desde siempre.

Los jardines japoneses producen la impresión de una naturaleza domesticada, controlada y disimulada. Están cercados porque son parte integrante de la casa y por tanto pertenecen a la esfera privada.

Una imagen totalmente distinta es la que ofrecen algunos parques de los templos zen, en los que prácticamente están proscritas todas las plantas, pues la disposición de las piedras debe actuar por sí misma y servir de fuente de inspiración para la meditación y concentración espiritual (están concebidos para la contemplación y no para el paseo). Las descripciones desbordantes de fantasía de las guías de viaje, que hablan de las formaciones rocosas como de «cumbres de montaña sobre las nubes» o como de «tigresas con sus cachorros», dejan de lado superficialmente el verdadero núcleo de la cuestión.  Este jardín no invita a  la comprensión ni simboliza nada, pues cualquiera de las dos cosas supondría una traba en relación con su verdadera finalidad: ayudar al espíritu a alcanzar el plano del «no espíritu» o del «no pensar» en el que se abre la puerta de la aprehensión intuitiva de la verdad suprema.

Desgraciadamente en las modernas ciudades japonesas un jardín es un lujo y, si queda algo de sitio, se reserva para unas pocas plantas de tiesto que de vez en cuando se llevan a casa con el fin de disponer al menos de un leve indicio de la naturaleza, tan lejana en la actualidad.

Durante la clase el discípulo increpa al maestro: «Maestro, siempre que nos cuenta una historia, no nos revela su auténtico significado». A lo que el Maestro responde: «¿Te gustaría que alguien, al ofrecerte una jugosa fruta, la masticara antes?».

Densho anónimo

 

Referencias

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La primera canción es obra de Toshiko Yonekawa, lleva por título Sakura (Cherry Blosssoms) y aparece en el disco Popular Koto Melodies Of Japan (quiero agradecer la autorización para su reproducción aquí).

La segunda canción es obra de Goro Yamaguchi, lleva por título Aokaku Reibo (quiero agradecer la autorización para su reproducción aquí).

Fahr-Becker, G. (2000), Arte asiático. Köln: Könemann Verlagsgesellschaft mbH, 739 p.

Publicado por José Luis Moreno en ARTE, 4 comentarios