ANTROPOLOGÍA

Homo naledi usó fuego

Homo naledi usó fuego

Homo naledi usó fuego en Rising Star. El pasado día 2 de diciembre (en la madrugada española), el paleoantropólogo Lee Berger ofreció una conferencia para hablar de la nueva era de descubrimientos en la que estamos inmersos en el campo del estudio de la evolución humana.

Para ello se centró en los casi diez años que él y su equipo llevan trabajando en el complejo de cuevas Rising Star en Sudáfrica donde, como sabrás, se han recuperado en varias campañas de excavación cientos de fósiles atribuidos a una nueva especie: Homo naledi.

Pero lo más importante de la conferencia fue el anuncio que hizo público: el hallazgo de pruebas inequívocas de uso del fuego por parte de esta especie, no sólo para iluminar sus desplazamientos dentro de las cuevas, sino para quemar huesos de animales y mantener hogueras encendidas (¿quizás para alimentarse?).

Es importante señalar que aún no hemos podido leer los artículos científicos donde se describen y analizan con detalle estos descubrimientos (que están siendo valorados por los editores y revisores de diferentes revistas científicas), por lo que se ha generado un intenso debate no sólo acerca de porqué se hacen este tipo de anuncios antes de publicarse los datos; sino también sobre la propia forma de comunicar la ciencia.

Os dejo mis impresiones sobre la conferencia y lo que puede suponer este descubrimiento:

Más información relevante:

Puedes ver la conferencia completa aquí.

Anotaciones de este blog para más contexto:

Una estrella en ascenso para buscar el origen de la humanidad. La cueva Rising Star.

Nueva campaña de excavación en la cueva Rising Star.

Evolución del tamaño de los dientes y el cerebro en nuestros antepasados.

Shanidar. Nuevas excavaciones, nuevas oportunidades.

Charla Paleoantropología 2.0

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La primera familia

La primera familia

Cuando Don me enseñó la primera articulación de rodilla le dije que volviera allí y me encontrara el animal entero. Respondió a mis deseos con Lucy. Por lo tanto, le dije que volviera otra vez y me consiguiera algunas variedades. Al año siguiente encontró a Papi, Mami y los niños.

(Johanson y Edey 1987)

Reconstruir lo que realmente sucedió, conocer cómo vivieron nuestros antepasados no es tan fácil.

La ciencia necesita que contemos historias, como una forma de acercarnos al pasado, pero también para despertar la curiosidad en las mentes de las personas.

Vamos a hablar de maravillosos descubrimientos y de casualidades, serendipias.

«La primera familia»

La primera parte de nuestro viaje nos lleva a Hadar, una zona situada en el triángulo de Afar.

Se trata de una extensa región desértica alrededor del río Awash, situada a unos 300 kilómetros al nordeste de Addis Abeba, la capital de Etiopía.

Los protagonistas son Donald Johanson –un paleoantropólogo norteamericano– y los fósiles que descubrió aquí, y que le valieron fama y reconocimiento mundiales.

Su primer descubrimiento de un homínido fue en 1973: una articulación de rodilla de más de 3 millones de años (Ma.) de antigüedad.

Este hallazgo fue importante, en primer lugar, porque permitía comprender mejor el bipedismo de nuestros ancestros; pero también porque supuso la renovación automática de las subvenciones necesarias para continuar sus trabajos. También significó que el gobierno etíope el apoyara sin reservas.

Así, al año siguiente, se produjo el descubrimiento que ha marcado toda su carrera y por el que, seguramente, todos lo conocéis hoy. El 30 de noviembre de 1974, Donald Johanson y Tom Gray estaban explorando la localidad 162 de Hadar, cuando tropezaron con numerosos fragmentos de huesos (debemos recordar que la inmensa mayoría de los hallazgos se hacían en superficie, es decir, los fósiles se localizaban directamente sobre el suelo).

El hecho de que estuvieran juntos les hizo pensar que podían corresponder a un único individuo, cosa que se confirmó más tarde. Los fósiles fueron catalogados como A.L. 288-1, pero todos los conocemos como «Lucy». Datación: 3,2 Ma. Especie: nueva, Australopithecus afarensis.

La historia del nombre es bien conocida: esa misma noche, durante la celebración del hallazgo en el campamento, hubo bebidas, bailes y canciones. El magnetófono tocaba una y otra vez la canción de los Beatles «Lucy in the sky with diamonds» y, sin que nadie recuerde cuándo ni a propuesta de quién, el esqueleto quedó bautizado con el mundialmente famoso nombre del que goza desde entonces.

Al año siguiente, en la campaña de 1975, se produjo un nuevo y sorprendente hallazgo. Johanson estaba explorando en el campo con Mike Bush, un médico interesado en la arqueología, cuando le llamó porque pensaba que había encontrado algo. Ese «algo» eran dos premolares de hominino que sobresalían de un bloque de piedra.

Rápidamente llamaron a David Brill, el fotógrafo enviado por National Geographic para documentar los hallazgos. Sin embargo, éste se quejó de que se les había ocurrido encontrar un fósil a una hora muy mala para tomar buenas fotografías (era plena mañana), así que decidieron posponer la extracción de los fósiles hasta las ocho de la mañana siguiente, cuando la luz sería mejor.

Al día siguiente, con las condiciones «ideales» y una vez que Brill hubo montado las cámaras, comenzaron los trabajos para extraer los fósiles. También les acompañaban una pareja francesa amiga de Brill que iban a documentar en vídeo el momento.

Pero claro, extraer fósiles es un trabajo muy lento y el calor comenzaba a pegar fuerte, así que Michèle, la mujer del cámara, se sentó a la sombra de un matorral. Notó que algo le molestaba y, pensando que era una simple piedra, lo cogió para lanzarlo lejos. Sin embargo, se levantó del suelo con un fémur en una mano, y un calcáneo (el hueso del talón) en la otra.

Esta fue la primera vez que fotógrafos profesionales pudieron captar el momento exacto, «real», en que se habían descubierto unos fósiles. Hasta ese momento, todas las ilustraciones y fotografías que mostraban el hallazgo de un fósil no eran más que meras «repeticiones» (como la que ellos mismos estaban haciendo con los premolares de Bush).

Este yacimiento quedó registrado con el número 333.

El resto de la campaña –y casi todo el año siguiente– se dedicó a recuperar los fósiles localizados. Eran muchísimos. A día de hoy suman más de 250 fósiles entre dientes y fragmentos de huesos.

La duplicidad de partes del esqueleto ha permitido constatar que se hallan representados por lo menos 17 individuos: 9 adultos, 3 adolescentes y 5 juveniles (el menor de unos dos años); tanto masculinos como femeninos. Todos los restos se han asignado a la misma especie que Lucy: Australopithecus afarensis.

El hecho de recuperar esa cantidad de fósiles juntos, de edades y sexos diferentes, llevó a los investigadores a llamarlos «la primera familia».

Y claro, la pregunta que había que responder era evidente: ¿cómo murieron todos esos individuos?

Uno de los primeros pasos era averiguar cuántos había, una tarea nada sencilla. Las estimaciones de su número han fluctuado desde 5 hasta 22 individuos, debido a que no tenemos esqueletos siquiera parciales: sólo contamos con pequeños fragmentos. Aunque se acepta de forma general como número mínimo de individuos el de 17, en realidad, el número exacto es imposible de saber con seguridad.

Respecto a la causa de la muerte, los primeros análisis sugirieron que habían sido víctimas de una repentina inundación. Los sedimentos del yacimiento apuntaban a que los homininos vivían (o deambulaban) por un hábitat de bosque seco cerca de un río. Una tromba de agua pudo matarlos, los cuerpos descomponerse y sus huesos quedar esparcidos (lo que explicaría por qué no había esqueletos articulados ni marcas de carroñeo por animales). En cuestión de semanas o meses otra inundación enterraría los restos hasta que fueron descubiertos 3 Ma después.

Esta posibilidad era tan llamativa, que algunos autores plantearon la dramática escena de una familia de Afarensis ahogados mientras dormían a la orilla de un río.

Sin embargo, estudios más recientes rechazan este planteamiento. Varios fósiles muestran signos de haber estado expuestos al clima, por lo que es probable que los homínidos murieran en el lugar por una causa desconocida, estuvieran expuestos en la superficie durante un período relativamente corto, y posteriormente quedaran agrupados y enterrados por una corriente de agua de poca fuerza. Además, es probable que fueran objeto de carroñeo por la propia fragmentación de los fósiles recuperados.

Las huellas de Laetoli

Ahora terminaremos nuestro viaje en Laetoli (Tanzania) un enclave de gran valor paleontológico, aunque quizás conozcas el lugar por las huellas encontradas allí.

De nuevo, situémonos en esta región hace unos 3,5 Ma.

El ambiente en el pasado se podría comparar con la parte oriental del Serengueti: una sabana semiárida con una extensa temporada seca cada año y unas temperaturas tan cálidas al menos como las de hoy en día.

Y nuestros protagonistas son Mary Leakey y su equipo, y unas huellas sorprendentes.

Un tarde, durante la campaña de excavación de 1976, Jonah Western, Kaye Behrensmayer y Andrew Hill volvían al campamento después de una larga caminata. Se estaban lanzando boñigas de elefante –cada uno pasa el rato como quiere– cuando Hill se tiró al suelo para esquivar una. Al mirar dónde había caído, se dio cuenta de había huellas de animales «grabadas» en el suelo. De nuevo la serendipia…

En esta zona, llamada «yacimiento A», se han recuperado más de 18000 huellas individuales.

Pero la sorpresa llegó dos años después, en 1978, cuando Paul Abell localizó la impresión de un talón de hominino. La excavación del nuevo yacimiento –identificado como «G»– mostró dos rastros paralelos de huellas de hominino de más de 27 metros de largo.

Hace 3,6 millones de años, tres Au. afarensis iban caminando por esta zona, justo después de que las cenizas de un volcán cercano se asentaran, y tras la caída de una lluvia ligera que las convirtió en algo parecido a cemento húmedo.

Cuando el volcán entró de nuevo en erupción, las nuevas capas de ceniza cubrieron y conservaron las huellas hasta hoy.

Se ha considerado que tres individuos produjeron dos senderos muy juntos:

  • Una de las series (G1) corresponde a las pisadas de un afarensis pequeño (un metro veinte de estatura) que en un momento parece que se detiene y da la vuelta, antes de seguir.
  • Otro de mayor tamaño (G2) habría dejado un rastro sobre cuyas huellas iría pisando, a su vez, otro mediano (G3) (un metro cuarenta centímetros) que le sigue los pasos.

¿Estamos ante un juego tan propio de los niños humanos como es el de ir saltando sobre las pisadas que deja otro?

Además, las dos series G1 y G2 están separadas por unos 25 cm; demasiado juntas para que los dos afarensis hubiesen caminado uno al lado del otro sin tocarse. O bien no andaban juntos a la misma altura, sino uno por delante del otro, o lo hacían agarrados.

Esta imagen —el macho lleva del hombro a su compañera mientras caminan, un tanto perplejos, por la sabana— es la que aparece en la portada del libro de Ian Tattersall, The Fossil Trail.

Conclusiones

No sabemos si AL 333 eran una familia que murieron juntos; tampoco sabemos si quienes dejaron sus huellas sobre cenizas volcánicas tenían una relación de parentesco o si se comportaban como lo haría un grupo de humanos hoy en día; lo que es seguro es que tenemos que seguir buscando respuestas, es esencial que comprendamos nuestro pasado; porque es la forma de estar preparados para lo que nos depara el futuro.

Muchas gracias

Bibliografía

BEHRENSMEYER, Anna K., 2008. Paleoenvironmental context of the Pliocene A.L. 333 “First Family” hominin locality, Hadar Formation, Ethiopia. Geological Society of America Special Papers, 446, pp. 203-214.

CELA-CONDE, Camilo José y AYALA, Francisco J., 2013. Evolución humana. El camino de nuestra especie. Madrid: Alianza Editorial. ISBN: 978-84-206-7848-1.

JOHANSON, Donald C. y EDEY, Maitland Amstrong, 1987. El primer antepasado del hombre. 3ª ed. Barcelona: Planeta. ISBN: 84-320-4729-5.

MASAO, Fidelis T., et al., 2016. New footprints from Laetoli (Tanzania) provide evidence for marked body size variation in early hominins. eLife, vol. 5, pp. e19568. ISSN: 2050-084X.

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Primera ocupación de la amazonia colombiana: pinturas rupestres en la selva

Primera ocupación de la amazonia colombiana: pinturas rupestres en la selva

     Última actualizacón: 9 marzo 2021 a las 18:58

INTRODUCCIÓN

Hace unas semanas saltó a todos los medios de comunicación el descubrimiento de unas pinturas rupestres en lo más profundo de la selva amazónica colombiana. Con el provocativo apelativo de la «capilla Sixtina del Amazonas», las noticias hacían referencia a un enorme número de pinturas en tonos ocres que representaban diferentes animales, figuras humanas y otros objetos. Sin duda se trataba de un hallazgo espectacular.

En casi todas esas noticias se mencionaba que un grupo de científicos había realizado excavaciones arqueológicas y recuperado numerosas herramientas de piedra y otros elementos que demostrarían que la zona había estado habitada. La conclusión era que los primeros habitantes llegaron a la región hace alrededor de 12 600 años antes del presente (AP).

Como suele pasar con este tipo de noticias, la realidad es diferente aunque mucho más interesante. Antes de entrar en materia voy a daros un par de consejos si queréis «descifrar» este tipo de anuncios para llegar al verdadero fondo de la cuestión (y que deberíais seguir siempre):

  • El primero es que tenéis que acudir a las fuentes originales. En este caso, habría que conseguir una copia del artículo científico en el que se basa la noticia para leerlo con detenimiento (puedes acceder a él más abajo).

Esa debería ser la primera tarea de cualquier periodista que va a escribir acerca de cualquier noticia científica aunque, desgraciadamente y por diferentes motivos, no suele ser habitual. La mayoría se limitan a reproducir las notas de prensa que envían los grupos de investigación o las diferentes universidades implicadas.

  • El segundo consejo es que profundicéis en el contexto, el trasfondo de ese anuncio. La ciencia no existe en un vacío, y por supuesto que la arqueología tampoco. Es muy poco habitual que se publique un descubrimiento sin que antes se hayan ido dando «pistas», sin que ningún trabajo o artículo anterior haya ofrecido una imagen más global.

En cualquier caso, conocer el contexto es esencial para dar más profundidad a la noticia, y que los lectores tengan una idea más general donde poder ubicar la novedad que se está ofreciendo.

LO QUE NOS HAN CONTADO LOS MEDIOS

Todas las noticias publicadas en medios generalistas han contado más o menos la misma historia: en la selva amazónica colombiana –concretamente en la Serranía La Lindosa– se han descubierto decenas de miles de pinturas rupestres de animales y humanos creadas hace unos 12 600 años. Se ha bautizado este impresionante hallazgo como «la Capilla Sixtina de los antiguos», tratándose de una de las mayores concentraciones de arte prehistórico documentadas hasta ahora en el mundo.

Para la datación se han analizado las imágenes que representan a especies de animales que desaparecieron en la Edad de Hielo (como los mastodontes, perezosos gigantes y los caballos).

El descubrimiento se mantuvo en secreto porque se quería hacer público al tiempo de la emisión de un documental del canal 4 británico titulado «Misterios de la jungla: reinos perdidos del Amazonas»

Y quizás aquí esté la clave de todo este revuelo mediático: la profusión de artículos y noticias no tenía demasiado que ver con el deseo de ofrecer una información arqueológica o antropológica relevante, sino de actuar como «publicidad» para el documental.

UN PRIMER ANÁLISIS

El gancho de todo —si se me permite la expresión— fue un artículo publicado por arqueólogos y antropólogos de las Universidades Nacional y de Antioquia (en Colombia), y la Universidad Exeter (Reino Unido) en la revista científica Quaternary International en el mes de abril de 2020 (puedes acceder al él aquí). En él se describen tres yacimientos arqueológicos en la Sierra de La Lindosa: Cerro Azul, Limoncillos y Cerro Montoya. El objetivo de los investigadores era entender cómo nuestros antepasados llegaron a la Amazonia, cuáles eran sus estrategias de supervivencia y cómo se adaptaron a la complejidad de la vida en los bosques tropicales.

Lo primero que nos debería llamar la atención, en un intento de analizar lo sucedido, es que cuando apareció el artículo (recordemos, en abril de 2020) pasó casi desapercibido. Esto, unido al hecho de no apareciera en una revista puntera, de las importantes en su campo, nos confirma que su contenido no es precisamente «rompedor».

Antes de pasar al artículo, vamos a profundizar un poco en el contexto de la noticia: qué sabemos de los primeros pobladores de la amazonia colombiana, y qué rastros arqueológicos se han podido estudiar hasta ahora.

LA ARQUEOLOGÍA EN LA AMAZONIA COLOMBIANA

Serranía La Lindosa

En primer lugar, la Serranía de La Lindosa, en Guaviare, es un punto arqueológico clave para Colombia desde hace décadas, además de una zona de conservación vital ya que es la última frontera antes del Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.

Pero, ¿qué es el Chiribiquete, y qué relación tiene con el tema que estamos tratando? En 2018 la UNESCO declaró Chiribiquete patrimonio de la humanidad. Se trata de una formación rocosa que se sitúa en el corazón de la amazonia colombiana, entre Caquetá y Guaviare, dos de los 32 departamentos administrativos en los que está dividido el país.

Para los indígenas karijona, el Chiribiquete era el centro del mundo. Lo veneraban de tal manera que dedicaron buena parte de su tiempo a pintar en sus paredes animales de la selva, rituales y todo tipo de representaciones. Según el Ministerio de Cultura colombiano, se han identificado más de 50 paneles de 7 metros de largo en promedio, que incluyen aproximadamente 70 000 pinturas de estilo hiperrealista y con escenas que dan la sensación de movimiento.

Dado que se trata de una reserva natural donde viven comunidades indígenas no contactadas que desean permanecer así, el gobierno tomó la decisión de prohibir la entada en Chiribiquete tanto a los turistas como a los investigadores. De hecho, se pretende incrementar el área protegida hacia la Serranía La Lindosa, que se encuentra a unos 50 kilómetros.

Volviendo a La Lindosa, esta serranía forma parte de la misma formación geológica y comparte casi los mismos biomas. Aquí aparecen documentados 60 murales de pintura rupestre con las mismas características culturales de Chiribiquete y, desde el punto de vista iconográfico y estilístico, pertenece a la misma tradición cultural.

Por lo tanto, el turismo en La Lindosa ha sido estratégico para evitar la entrada en el PNN Serranía de Chiribiquete: quien quiere contemplar algunas de las pinturas rupestres del Chiribiquete las puede ver en La Lindosa.

Las pinturas de La Lindosa no son nuevas. En los años cincuenta del siglo XX, el arqueólogo y poeta francés Alain Gheerbrant describió algunos de sus paneles y pinturas; y en los sesenta del mismo siglo, P. Pinto y Helena Bischler hicieron una expedición a la Sierra de la Macarena en donde también describen algunas de estas pinturas. En 1980, varios profesores del departamento de Geografía de la Universidad Nacional organizaron la expedición «Punto Amazónico» en donde estudiaron un nuevo mural a nueve kilómetros de Cerro Azul.

¿Qué suponen el Chiribiquete y la Lindosa para el arte rupestre? Son los lugares con mayor número de representaciones de arte rupestre en Colombia, sobre todo si se suman. Para Carlos Castaño-Uribe, principal experto mundial, en el Chiribiquete hay aproximadamente 70 000 representaciones; y en la Lindosa, contabilizadas por el profesor Virgilio Becerra, se calcula que hay cerca de 45 000. Esto demostraría que el país tiene una riqueza mayor que Europa, sobre todo que España y Francia, donde se encuentran las más famosas.

Sin embargo, dado que los estudios donde se han hecho públicos estos hallazgos en las últimas décadas se han llevado a cabo por investigadores que hablan español —y que los artículos han aparecido también en español— han pasado desapercibidos para gran parte de la comunidad científica (angloparlante en su mayoría). Guillermo Muñoz, experto en arte rupestre del Grupo de Investigación del Patrimonio Rupestre Indígena de Colombia (GIPRI), ha definido perfectamente la situación al afirmar que «Europa aún está descubriendo América».

Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete

Como hemos comentado, los estudios que durante más de tres décadas llevan realizándose en Chiribiquete han permitido comprender que las simples bandas de cazadores-recolectores no eran ni tan simples, ni tan itinerantes como se suponía; y que quizás habían llegado a esta región con un modelo cosmogónico y espiritual más elaborado de lo que se había pensado.

Pocos lugares en la Amazonia tienen afloramientos del Escudo Guayanés, es decir, formaciones rocosas precámbricas y paleozoicas, en medio de la extensa cobertura selvática. Debe tenerse en cuenta que la mayoría de los tepuyes —una clase de meseta especialmente abrupta, con paredes verticales y cimas relativamente planas— del norte de Suramérica están en medio de sabanas naturales. La inmensidad de la selva y la dificultad de navegar sus ríos debido a sus fuertes corrientes, permitieron el aislamiento cultural de sus habitantes y la protección del medio ambiente hasta nuestros días. Al mismo tiempo, sí que pudieron aprovechar el gran río Amazonas como eje de movilidad permanente durante varios siglos.

En el PNN Serranía de Chiribiquete no se ha encontrado hasta el momento ninguna prueba material arqueológica de presencia humana —es decir, no se han recuperado objetos hallados bajo tierra— ni restos óseos de sus ocupantes. No hay herramientas, armas ni puntas de piedra.

Lo que sí tenemos es una prueba extraordinaria y documental de su cultura pictórica y de su gran proyección espiritual y guerrera en miles de dibujos pintados sobre las paredes de los tepuyes y en muchos abrigos, que nunca sirvieron de campamento de caza o de uso doméstico. En definitiva, todos los lugares que se han documentado hasta el momento están inalterados: no hay prueba de actividades humanas diferentes a las realizadas exclusivamente por grupos indígenas. La conclusión que podemos extraer de todo ello es que la finalidad de este lugar era, y sigue siendo, exclusivamente ritual y ceremonial.

Remarquemos esto último: Chiribiquete sigue siendo hoy en día un lugar ceremonial. Una de las principales conclusiones de los investigadores fue constatar que estos dibujos se han seguido realizando hasta fechas muy recientes y, quizás más sorprendentemente aun, que los siguen haciendo y usando hoy.

Hasta 2019 se han documentado 63 abrigos rocosos con pinturas rupestres. De estos yacimientos, se han llevado a cabo excavaciones arqueológicas en 17, completado el registro pictórico de 48 y adelantado el registro fotográfico preliminar de 9. Se han documentado pictografías en murales, abrigos rocosos y rocas conexas, que suman 70 500 representaciones.

Podemos asumir que la preparación de los murales tomaba mucho tiempo y exigía la permanencia de los artistas en el lugar durante muchos días —quizás semanas— y que esta actividad requería la presencia de un grupo de personas bajo el mando de uno o varios especialistas espirituales y operativos.

Otro aspecto importante de la infraestructura necesaria para hacer los dibujos de los grandes murales tiene que ver con las técnicas empleadas para pintar cómodamente en paredes que tienen cientos de metros cuadrados —a veces 50 metros de largo por 6 metros de altura—; y las peripecias necesarias para dibujar en los techos de algunos aleros o en sitios muy altos que exigieron el uso de andamios, que también aparecen pintados en los murales, algunos con hamacas colgadas para que los chamanes pudieran sentarse más cómodamente para pintar o para recostarse e inspirarse.

Las figuras más representadas son animales, humanos, plantas, antropozoomorfos y biomorfos, geométricas, artefactos y objetos, por ese orden.

La presencia de rasgos culturales en Chiriquibete empieza posiblemente hace 22 000 años AP (es decir, aproximadamente 19 882 años a.E.C.). Aunque para esa época no encontramos rocas exfoliadas pintadas, sí hallamos fogones en los que se recuperaron nódulos de ocre y semillas comestibles carbonizadas. Estas fechas muestran un contexto cronológico prolongado y sorprendente, convirtiendo Chiribiquete quizás en el único lugar del mundo donde se mantiene una tradición cultural de milenios, más o menos sin interrupción.

Como hemos apuntado, lo más probable es que este mundo simbólico no se haya desarrollado en América sino que se trataba de un bagaje cultural que ya poseían y que fue reinterpretado por los primeros pobladores que llegaron a la región. Quizás, el sentido y las expresiones de las representaciones que llegaron a América, por varias rutas migratorias, no sean tan monolíticas como creemos y, quizás, no todas llegaron por el norte como única vía y en el mismo momento. Como indican los investigadores que llevan tanto tiempo estudiando estas pinturas, la verdadera tarea está en evaluar si podemos constatar un origen diferente al asiático, tal como lo apuntan parte de las pruebas. No podemos ir más allá por ahora.

EL ARTÍCULO CIENTÍFICO

El artículo científico que aparece en Quaternary International (puedes descargarlo y leerlo desde aquí) informa de unas excavaciones llevadas a cabo en Serranía La Lindosa que permiten —según los autores— conocer la fecha de llegada de los primeros habitantes de esa región, así como conocer sus interacciones con el ambiente.

Para ello se han realizado excavaciones en tres abrigos rocosos —Cerro Azul, Cerro Montoya y Limoncillos— y obtenido varias dataciones por radiocarbono, lo que permitiría confirmar que la primera ocupación humana se produjo hace alrededor de 12 600 años AP.

Se han llevado a cabo dos campañas de excavación con sondeos, excavaciones de muestreo y un posterior análisis de los materiales arqueológicos y líticos recuperados. En 2017 se abrió una excavación de 12 m2 en Cerro Azul, un lugar ya estudiado con anterioridad, cuyo éxito al recuperar material arqueológico motivó una nueva exploración de la región. Así, en 2018 se descubrieron dos nuevos abrigos rocosos donde se hicieron excavaciones de muestreo (1×1 m): Cerro Montoya y Limoncillos.

Cronología

Gracias a estos trabajos se pudieron obtener 11 fechas radiocarbono por medio de espectrometría de masas con acelerador (accelerator mass spectrometry) en capas precerámicas del yacimiento de Cerro Azul, y que los autores marcaban como el comienzo de la ocupación (en el Pleistoceno Superior); mientras que sólo se pudo conseguir una fecha radiocarbono en cada uno de los otros dos nuevos yacimientos.

En Cerro Azul, dos muestras de carbón arrojaron fechas entre los 20 500 y 19 200 años AP (ya calibradas), tratándose de unas de las fechas más antiguas de todo el continente americano. Ambas muestras se recuperaron en el «Estrato II» (situado entre 105 y 95 cm de profundidad) formado por sedimentos naturales mezclados con algunas láminas de sílex, semillas quemadas y restos de carbón. Sin embargo, los investigadores han querido ser prudentes y no dan por buenas estas muestras hasta que futuras excavaciones permitan obtener un contexto más seguro y definido para la parte inferior de este estrato y que permita confirmar sin género de dudas el origen cultural o antrópico de ese carbón (es decir, descartar que no sea producto de un fuego natural, por ejemplo).

De esta forma, solo aceptan las fechas que apuntan al Pleistoceno Superior y que se han obtenido de semillas de palmera quemadas con una antigüedad de entre 12 100 y 11 800 años AP.

En cambio, para Limoncillos y Cerro Montoya, los dos nuevos yacimientos identificados, tenemos una horquilla de fechas entre los 12 642 y 12 424 años AP para el primero; y los 12 388 y 12 008 años AP para el segundo.

Pinturas rupestres

En cuanto a las pinturas, los investigadores reconocen que hay miles ellas documentadas a lo largo de las paredes rocosas de toda la Sierra La Lindosa, que hemos visto que supone uno de los yacimientos artísticos más ricos de toda Sudamérica, junto al cercano Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete.

En este sentido, nada nuevo nos ofrece este artículo ya que se han documentado pinturas que ya se conocían.

Lo «novedoso» (por ser muy generosos) de este trabajo ha sido tratar de «datar» esas pinturas. Sin embargo, no han aplicado los novedosos métodos que ya se emplean en otros lugares del mundo para datar pigmentos; sino que lo han hecho identificando las especies animales que se han pintado. Esto requiere una explicación: lo que han hecho los autores es identificar las especies representadas en los murales para, a partir de ahí, hacer una «estimación» de su antigüedad en función de lo que sabemos acerca de cuándo se extinguieron.

Viendo las imágenes uno puede encontrar parecidos con especies que sabemos que vivieron durante el Pleistoceno pero que se extinguieron tras unos procesos que aún no conocemos en detalle: es la megafauna, un término especialmente asociado en la literatura científica a los grandes animales del Pleistoceno Superior y el Holoceno que ha venido extinguiéndose en un proceso conocido como extinción masiva del Cuaternario.

El argumento que siguen los investigadores es que si en las paredes de Cerro Azul se representa lo que podría ser un megaterio (un perezoso gigante), eso es porque quienes hicieron esas pinturas los vieron con sus propios ojos. Por lo tanto, si los megaterios se extinguieron en Sudamérica hace 10 000 años, las pinturas son más antiguas.

El problema de esta aproximación creo resulta evidente para cualquiera: nada hay más subjetivo que tratar de identificar qué quisieron representar los autores de esas pinturas hace miles de años. Desde luego es una interpretación que deja demasiados interrogantes como para poder ofrecer un método eficaz de datación.

COMPLEMENTO

Para tener una visión más completa de este tema, he creado una página en Wakelet con accesos a varios artículos, entrevistas y un documental sobre Colombia donde se describe visualmente el PNN Serranía de Chiribiquete.

MÁS INFORMACIÓN

BAENA PREYSLER, J., et al., 1992. Hallazgos de arte rupestre en la serranía de Chiribiquete, Colombia. Misión arqueológica 1992.

BAENA PREYSLER, J., et al., 1996. Pinturas rupestres y ocupación humana en la Sierra del Chiribiquete. Revista de arqueología, 180, pp. 14-23.

CASTAÑO-URIBE, Carlos. 2008. Tradición Cultural ChiribiqueteRupestreweb.

URBINA, Fernando y PEÑA, Jorge, 2016. Perros de guerra, caballos, vacunos y otros temas en el arte rupestre de la serranía de La Lindosa (río Guayabero, Guaviare, Colombia). Una conversación. Ensayos: Historia y Teoría del Arte, 20, 31, pp. 7-37.

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Cómo los genes nos hablan de apellidos e historia, y viceversa

Cómo los genes nos hablan de apellidos e historia, y viceversa

Shutterstock / paula sierra

Xulio Sousa, Universidade de Santiago de Compostela

En la década de los ochenta del siglo pasado el genetista italiano Luigi Luca Cavalli-Sforza comenzó la publicación de una serie de trabajos que descubrían la existencia de similitudes entre la diversificación y distribución territorial de grupos genéticos y de familias lingüísticas.

Desde los años cincuenta Cavalli-Sforza, formado en genética bacteriana, se había interesado por la genética de poblaciones, movido por el propósito de reconstruir la historia de dispersión de las poblaciones humanas. A lo largo de los tiempos, los humanos se han organizado en grupos que comparten tradiciones culturales, características lingüísticas y rasgos genéticos. Cavalli-Sforza sugirió que el análisis de los datos genéticos podría permitir trazar un árbol de los linajes de las poblaciones humanas y comenzar a reconocer la existencia de paralelismos entre la clasificación genética y la clasificación de las lenguas y otros rasgos culturales.

Las conclusiones de los trabajos de Cavalli-Sforza y de sus colaboradores originaron controversias que resultaron muy fructíferas para el avance de los distintos ámbitos científicos concernidos: ¿derivan las lenguas actuales de una única lengua?, ¿tienen las lenguas africanas características más arcaicas que el resto?, ¿apoyan las diferencias genéticas la singularidad lingüística de lenguas como el vasco? Como todos los trabajos sólidos y singulares, sirvieron también de acicate para muchas investigaciones interdisciplinares.

Los trabajos del grupo de Cavalli-Sforza se fundamentaban en el estudio de genes y tenían como objetivo poblaciones y familias lingüísticas de continentes enteros o bien de todo el mundo. Investigaciones posteriores comenzaron a indagar si existía también algún paralelismo entre la diversidad genética y lingüística a menor escala. En el ámbito europeo se han realizado estudios fundamentalmente en los dominios de las lenguas germánicas y románicas, muchos de ellos echando mano de un indicador menos preciso que los genes y que había sido aprovechado en lo estudios de poblaciones desde hacía tiempo: los apellidos. Como ejemplo, en 2015 un grupo de investigadores identificaron conexiones entre la fragmentación de los reinos medievales de España, los romances peninsulares y la organización regional de los apellidos contemporáneos.

Apellidos y poblaciones

El uso de los apellidos en los estudios genéticos se remonta al siglo XIX, cuando George Darwin, hijo de primos hermanos (Charles y Emma), estudió la consanguinidad en poblaciones rurales de Inglaterra a partir de la coincidencia de apellidos de los dos miembros de la misma pareja (la estimación de la isonimia). En la mayoría de las sociedades europeas, los apellidos se hicieron hereditarios a partir de la Edad Media, y desde el siglo XVIII, buena parte de los estados oficializaron su uso.

Pocos años después del estudio de Darwin, su compatriota Henry Guppy mostró que los apellidos (family names) se distribuían territorialmente de forma organizada y tenían límites de difusión similares a las fronteras políticas y naturales. Trabajos posteriores descubrieron que algunos apellidos, como los originados a partir de nombres de lugar (Ariza, Barceló, Orozco, Ares, etc.), se extendían trazando un radio que marcaba la movilidad y extensión de los grupos poblacionales. Los apellidos, como los genes, funcionan como contenedores de información que podían ser aprovechados para indagar en la historia, las vinculaciones y la distribución de las poblaciones.

Apellidos y dialectos

Siguiendo el método empleado en algunos de estos trabajos, un grupo interdisciplinar de lingüistas y matemáticos hemos emprendido el estudio de los apellidos de distintas zonas peninsulares para descubrir qué nos pueden decir estos nombres propios sobre las poblaciones que los portan. En nuestro estudio, publicado en la revista Journal of Linguistic Geography, analizamos la distribución territorial de los apellidos de Asturias.

A diferencia de trabajos previos basados en datos provinciales y más parciales, nuestra investigación parte de censos completos de los 78 municipios asturianos. Estos registros fueron filtrados de dos modos para obtener un conjunto más significativo:

  1. Se eliminaron aquellos apellidos que por su frecuencia dificultan el descubrimiento de las agrupaciones regionales (los más frecuentes –García, Fernández, Rodríguez, etc.- y los más raros);
  2. Además, se realizó un corte temporal (apellidos de personas nacidas antes de 1960) para minimizar la repercusión de los movimientos de población consecuencia de las migraciones a las ciudades.

El conjunto resultante se trató con procedimientos estadísticos que permitieron identificar las principales regiones de apellidos de Asturias.

El resultado muestra cuatro agrupaciones compactas, separadas por barreras que corren de norte a sur y que se asemejan bastante en su trazado a las isoglosas que separan las variedades lingüísticas asturianas.

Asimismo, es posible reconocer que los dos primeros grandes bloques de la fragmentación de los apellidos muestra coincidencias evidentes con la partición del territorio de Asturias entre un área lingüística occidental, con características compartidas con el gallego, y otras tres zonas, identificadas con trazos exclusivos del asturiano.

Regiones de apellidos y límites lingüísticos en Asturias.

Un campo de datos a explotar

Los lingüistas interesados por la variación lingüística investigamos los datos con la intención de descubrir las causas que ayuden a comprender cómo y por qué divergen las lenguas. El estudio de la distribución de apellidos en una población permite obtener información sobre su movilidad y sobre la extensión de las relaciones grupales.

Las características lingüísticas se difunden socialmente en la interacción y, por lo tanto, son dependientes de las relaciones y movimientos de las comunidades, que pueden ser observadas a partir de la información proporcionada por los apellidos.

Los resultados destacados en nuestro trabajo dan cuenta de que las similitudes entre las dos clases de datos pueden ser consecuencia de formas de ocupación del territorio del pasado. Con seguridad, la cooperación de investigadores de distintas disciplinas contribuirá a continuar explotando todo el valor informativo de esta clase tan peculiar de nombres propios.


Xulio Sousa, Profesor titular e investigador, Universidade de Santiago de Compostela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

The Conversation

Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 0 comentarios
«Cerutti Mastodon» tres años después

«Cerutti Mastodon» tres años después

     Última actualizacón: 15 junio 2020 a las 16:34

Introducción

Tres años han pasado desde la publicación del artículo científico que describía los restos del yacimiento Cerutti Mastodon, un trabajo que «aportaba pruebas» que avalaban la presencia humana en América hace alrededor de 130 000 años: nos referimos a Holen, S. R., et al. (2017), «A 130,000-year-old archaeological site in southern California, USA«. Nature, vol. 544, núm. 7651, p. 479-483.

Brevemente, el asunto giraba en torno al esqueleto parcial de un mastodonte junto al que habrían aparecido herramientas de piedra (unas en forma de yunques y otras como martillos). Todo el conjunto parecía indicar que un grupo humano había fracturado los huesos para extraer la médula del animal, ya que no presentaban marcas de corte propias del consumo de carne.

Para estar al tanto de lo que sabemos sobre la forma en que se pobló América basta con que visites esta página del blog. Hasta ahora, tanto las pruebas arqueológicas como genéticas apuntan a que los primeros pobladores del continente americano habrían llegado hace entre 15 000 y 25 000 años. Por lo tanto, la idea de que hubiera grupos humanos viviendo en América 100 000 años antes implicaría poner «patas arriba» todo lo que sabemos sobre la evolución humana, no solo acerca de la migración hacia el continente.

A pesar de que las críticas al artículo de Holen y colaboradores (para simplificar, a partir de aquí me referiré a este trabajo como «el artículo original») comenzaron desde el mismo momento de su publicación, en estos tres años han aparecido varios artículos en diferentes revistas especializadas que ponen en entredicho sus conclusiones así como varios aspectos de la metodología empleada. Estos trabajos han recibido respuesta –en la mayoría de los casos– por los autores del artículo original, permitiéndonos de esta forma «participar» en un interesante intercambio de opiniones.

Ha llegado el momento por tanto de poner al día esta cuestión.

Debate en PaleoAmérica

La revista PaleoAmerica publica la primera serie de artículos en relación a este debate. Se trata de tres artículos principales, dos de los cuales han tenido respuesta. Puedes acceder a ellos pinchando en los respectivos enlaces:

Boëda, E.; Griggo, C. y Lahaye, C. (2017), «The Cerutti Mastodon site: Archaeological or paleontological?«. PaleoAmerica, vol. 3, núm. 3, p. 193-195.

Haynes, G. (2017), «The Cerutti Mastodon«. PaleoAmerica, vol. 3, núm. 3, p. 196-199.

Holen, S. R., et al. (2018), «Broken bones and hammerstones at the Cerutti Mastodon site: A reply to Haynes«. PaleoAmerica, vol. 4, núm. 1, p. 8-11.

Haynes, G. (2018), «Reply to Holen et al. regarding the Cerutti Mastodon«. PaleoAmerica, vol. 4, núm. 2, p. 99-100.

Braje, T. J., et al. (2017), «Were hominins in California ∼130,000 Years Ago?«. PaleoAmerica, vol. 3, núm. 3, p. 200-202.

Holen, S. R., et al. (2018), «Disparate perspectives on evidence from the Cerutti Mastodon site: A reply to Braje et al«. PaleoAmerica, vol. 4, núm. 1, p. 12-15.

Boëda y colaboradores: The Cerutti Mastodon site: Archaeological or paleontological?

Eric Boëda, Christophe Griggo y Christelle Lahaye defienden que Cerutti Mastodon es, efectivamente, un yacimiento arqueológico que demuestra la presencia humana en América hace 130 000 años.

Los autores apoyan todas las interpretaciones del artículo original acerca del uso de las herramientas de piedra, la colocación intencionada de los huesos, su fractura para extraer la médula y la datación del yacimiento. En lo tocante a quiénes pudieron ser los que manipularon los huesos del mastodonte, sostienen que:

La situación cronológica hace difícil discutir los orígenes de este grupo de individuos y el proceso de su migración. […] Quizás, sin embargo, no eran unos recién llegados sino descendientes de generaciones ya presentes en las Américas. Pero dejad que nos protejamos durante este tiempo de agitación científica para dar prioridad solo a aquellos hechos que tienen valor heurístico por sí mismos.

En fin. En este punto es necesario recordar que Boëda ya planteó en 2016 que un yacimiento en Sudamérica tenía una antigüedad de 40 000 años 1. Es decir, que el yacimiento de Cerutti, de ser una verdadera prueba de la presencia humana en América hace 130 000 años, se convierte en un apoyo ideal para las propias conclusiones de Boëda en Sudamérica.

Gary Haynes: The Cerutti Mastodon

Gary Haynes por su parte, profesor emérito de antropología de la Universidad de Nevada hace hincapié, en primer lugar, en un tema interesante que no podemos dejar de lado al analizar todo lo relacionado con Cerutti Mastodon.

El hecho de que el artículo se publicara en una de las revistas científicas más importantes del mundo, y que en él se afirme que se aportan «pruebas indiscutibles» de la presencia humana en América hace 130 000 años, va a obligar al resto de académicos que traten este tema a citarlo, aunque sea para rebatirlo. Este asunto de las citas, aunque el trabajo sea malo, hará que el factor de impacto de Nature crezca en cualquier caso.

A partir de aquí, Haynes señala las incoherencias y errores que ha visto en el artículo original aunque no profundiza demasiado en ellas:

  • Las fracturas de los huesos –que son las que permiten calificar el yacimiento como «arqueológico»– pudieron causarlas los trabajos pesados que se estaban haciendo para construir una autopista; trabajos que, precisamente, fueron los que sacaron a la luz los huesos. Los autores del artículo descartaron cualquier posibilidad que no fuera la intervención humana para esas marcas, aunque lo hicieron sin realizar un estudio detallado de la cuestión. Según Haynes, esto no hace sino demostrar su ignorancia al no reconocer que otros procesos tafonómicos pudieron causar esas marcas.
  • La datación del pretendido yacimiento tampoco es clara: recordemos que cuando se descubrieron los restos (en 1992) se llevó a cabo una datación que no coincide con la que ahora se plantea. Pese a lo llamativo –y lo trascendental– de esa discrepancia, no se aporta ninguna explicación en el artículo que se ha publicado veinte años después.

Respuesta de Holen y colaboradores: Broken bones and hammerstones at the Cerutti Mastodon site: A reply to Haynes

La respuesta de los autores del artículo original a los comentarios de Haynes insiste en que la excavadora no trabajaba sobre el yacimiento, sino que lo hacía sobre un terraplén a bastante altura. Con ello defienden que su peso no pudo perturbar el yacimiento ni causar daños a los huesos. Cuando la pala de la excavadora expuso el colmillo, cortándolo (se trata de las unidades etiquetadas como A1, A2, B1 y B2 del yacimiento), el paleontólogo detuvo inmediatamente los trabajos de movimiento de tierras. Todo el material alterado se recuperó a mano, incluidos todos los fragmentos de hueso, colmillo y roca, y la superficie se tamizó.

Dicho esto, el principal argumento de Holen y colaboradores para defender que los huesos se fracturaron hace 130 000 años es que aparecieron con incrustaciones de carbonato de calcio formado en aquel momento. Dado que las costras no estaban rotas, quedaba claro que las fracturas en los huesos –insistimos, cubiertas de ese carbonato– deberían haberse producido antes de esa incrustación y no por una comprensión moderna del suelo. Por tanto, los trabajos de construcción no habrían tenido nada que ver.

Respecto a las primeras dataciones del yacimiento realizadas en 1995 2 y que suponen una contradicción con las presentadas en 2017, mantienen que aquellas contenían errores ya que el método de datación empleado no se conocía bien. En definitiva, en ausencia de otras explicaciones plausibles para las diferentes pruebas aportadas, mantienen su interpretación de que fueron unos homininos quienes fracturaron los huesos del yacimiento usando martillos y yunques de piedra.

Haynes responde a Holen y colaboradores: Reply to Holen et al. regarding the Cerutti Mastodon

Haynes responde animando a los autores del artículo original a descartar por completo la posibilidad de que cualquier otra máquina pesada haya impactado el suelo antes de la construcción del terraplén.

Lo dice porque cuando se publicó el artículo en 2017 aparecieron algunas imágenes en diferentes artículos periodísticos cedidas por el propio Museo de Historia Natural de San Diego (más abajo vamos a analizar estas fotografías así que por ahora basta decir que Haynes insiste en que es importante descartar cualquier otra potencial fuente de presión sobre el suelo en el yacimiento).

Todd Braje y colaboradores: Were hominins in California ∼130,000 years ago?

Todd Braje y colaboradores plantean en su editorial un análisis más detallado y hacen unas críticas más concretas al artículo original que las hechas por Haynes.

En primer lugar, reconocen que no ponen en duda la datación de los huesos del mastodonte, aunque si el material no ha sido modificado por el hombre, su antigüedad sería arqueológicamente irrelevante.

Para un arqueólogo, establecer un contexto estratigráfico controlado e íntegro es fundamental para poder extraer conclusiones fiables. Este comentario debería ser innecesario ya que es algo que se enseña en todas las universidades. Sin embargo, este tema cobra especial relevancia porque los restos cuya descripción y análisis se publicó en 2017, se habían recuperado 25 años antes, mientras se llevaban a cabo trabajos de construcción de una autopista.

Lo que Braje y colaboradores sostienen es que los datos de la estratigrafía del yacimiento aportados en el artículo son incompletos (a pesar de la información suplementaria que acompañaba al trabajo publicado en Nature) por lo que es imposible saber a ciencia cierta si las piedras a las que se atribuye una función de herramientas son tales, o en realidad llegaron al yacimiento de forma natural.

Hay abundantes ejemplos de piedras que se han desprendido de colinas debido a los efectos del agua y otros procesos geológicos. Además, en este caso resulta más llamativa la ausencia de herramientas de piedra claramente identificables como tales. Hemos de recordar que por aquel entonces, hace 130 000 años, los humanos disponían de un abundante repertorio y sin embargo, no vemos nada de eso en el yacimiento de Cerutti.

Por último, en lo tocante a las fracturas de los huesos, las conclusiones de Holen y colaboradores no contemplan, y por lo tanto no analizan, otras posibles explicaciones tafonómicas. Es decir, como ya apuntaba Haynes, los autores han fallado a la hora de demostrar que esas marcas «sólo» pudieron hacerlas unos humanos que pretendían alimentarse con la médula de su interior.

Respuesta de Holen y colaboradores: Disparate perspectives on evidence from the Cerutti Mastodon site: A reply to Braje et al.

En su respuesta, los autores del trabajo original recuerdan que la excavación del yacimiento duró cinco meses durante los que se siguieron estrictos protocolos. Por lo tanto, rechazan el comentario de Braje y colaboradores de que se tratara de un «proyecto paleontológico de rescate» apresurado. Sostienen que esa metodología les permitió determinar con precisión la posición de cada objeto mayor de 2 cm, y confirmar que los materiales arqueológicos quedaron depositados sin intervención de corrientes de agua activas.

El hecho de que no se hayan encontrado herramientas de piedra se debe a que no hay evidencia de trabajos de carnicería o despiece en el yacimiento, donde habrían sido necesarias. Lo único que necesitaban nuestros ancestros para romper los huesos del mastodonte son los martillos y yunques que han aparecido.

Concluyen discutiendo la afirmación de Braje y colaboradores de que «si la antigüedad de los homininos en el Nuevo Mundo se extendiera más de 110 000 años, deberíamos tener pruebas arqueológicas inequívocas». Pero, ¿quién va a decidir qué es «inequívoco»? Defienden que las pruebas individuales raramente son –si es que lo son alguna vez– «inequívocas», pero la ciencia avanza por medio de la valoración racional de todos los datos disponibles, analizándolos en su conjunto, incluso aunque no se disponga de toda la información completa.

Debate en Nature

La revista Nature, donde se publicó el artículo original, sólo ha publicado un trabajo crítico que ha recibido respuesta por parte de los autores:

Ferraro, J. V., et al. (2018), «Contesting early archaeology in California«. Nature, vol. 554, p. E1.

Holen, S. R., et al. (2018), «Holen et al. reply«. Nature, vol. 554, p. E3.

Ferraro y colaboradores: Contesting early archaeology in California

Para Ferraro y colaboradores –de los departamentos de antropología, arqueología y paleoclimatología de la Univeridad Baylor de Texas– hay una interpretación más parsimoniosa –más sencilla– del yacimiento de Cerutti Mastodon: se trata del resultado de procesos geológicos y tafonómicos habituales –por bien conocidos– que no implican la intervención humana en su formación.

Al igual que argumentaban Braje y colaboradores, consideran extraño que no haya restos de talla de herramientas ni de otro tipo de industria lítica. Las pretendidas «herramientas» (yunques y martillos) bien pueden ser meros cantos rodados que han acabado en el yacimiento tras desprenderse de las laderas de las colinas circundantes. Y esto es así porque ninguno de los criterios que usan los autores del artículo original para catalogar esas piedras como herramientas requiere la participación de homininos ni cumple los criterios aceptados para falsear «geofactos» 3 naturales. Es decir, el número de posibles interpretaciones geológicas para las piedras recuperadas pone de relevancia una cuestión crítica: la equifinalidad. Un producto final, como una piedra rota, puede producirse de maneras diferentes no relacionadas entre sí.

Lo mismo puede decirse de las marcas en los huesos. ¿Analizaron otras posibles explicaciones para la aparición de esas marcas? No lo hicieron ¿Hay pruebas en otros yacimientos de marcas similares debidas a procesos no humanos? Sí, bastantes.

Huesos con fracturas similares a las descritas por Holen y colaboradores recuperados en el yacimiento Waco Mammoth National Monument (WMNM), en Waco, Texas, EE.UU. Este yacimiento contiene 26 mamuts. No se han hallado pruebas de presencia humana y esas marcas se atribuyen a procesos geológicos en la formación del yacimiento.

Respuesta de Holen y colaboradores

Holen y colaboradores también respondieron a este trabajo.

Sostienen que no hay pruebas sedimentológicas o geomórficas de un abanico aluvial (que podría explicar la caída de rocas en el yacimiento); y el escenario planteado por Ferraro y colaboradores deja sin respuesta un buen número de aspectos tafonómicos observados: las concentraciones de piedras y la posición junto a ellas de los huesos fracturados y el colmillo en posición vertical.

De nuevo dan mucha importancia a la capa de carbonato que cubre los huesos, lo que constituye una prueba de que la fractura y colocación de los huesos tuvo lugar hace muchos miles de años, antes de que fueran enterrados. Terminan por afirmar que Ferraro y colaboradores no han ofrecido una alternativa convincente a la hipótesis de la formación del yacimiento y sí que ofrece una explicación coherente a todas las pruebas recuperadas.

Debate en PaleoAmerica

De nuevo, la revista PaleoAmerica publica tres trabajos entre finales de 2018 y 2019 con diferentes enfoques sobre el yacimiento de Cerutti Mastodon. En esta ocasión, los autores del trabajo original no han publicado réplicas.

Gruhn, R. (2018), «Observations concerning the Cerutti Mastodon site«. PaleoAmerica, vol. 4, núm. 2, p. 101-102.

Ferrell, P. M. (2019), «The Cerutti Mastodon site reinterpreted with reference to freeway construction plans and methods«. PaleoAmerica, vol. 5, núm. 1, p. 1-7.

Sutton, M. Q.; Parkinson, J. y Rosen, M. D. (2019), «Observations regarding the Cerutti Mastodon«. PaleoAmerica, vol. 5, núm. 1, p. 8-15.

Ruth Gruhn: Observations concerning the Cerutti Mastodon site

Ruth Gruhn, arqueóloga de la Universidad de Alberta (Canadá), asistió a principios de marzo de 2018 a la conferencia anual de la Sociedad para la arqueología de California.

Allí tuvo la oportunidad de recorrer la exposición especial organizada por el Museo de Historia Natural de San Diego sobre el yacimiento junto a Richard Cerutti y Tom Deméré, y comprobó lo que los autores del artículo original vienen repitiendo en diferentes lugares: que la capa de carbonato que cubre los huesos demuestra que las fracturas son antiguas. Por lo tanto, insta a la comunidad científica a dar por cerrada la cuestión de si la intervención de maquinaria pesada en el yacimiento tuvo o no que ver con esas fracturas, descartando esta posibilidad. El artículo –que no alcanza una página de texto– no va más allá. Tenemos que fiarnos de la agudeza visual y el criterio de esta arqueóloga para dar por buena su apreciación.

Patrick Ferrell: The Cerutti Mastodon site reinterpreted with reference to freeway construction plans and methods

Patrick Ferrell es topógrafo y licenciado en geología, y por ese motivo firma este artículo como «investigador independiente», es decir, como un investigador no adscrito a ninguna universidad o centro de investigación. En este trabajo utiliza los planos de construcción de la autopista estatal, un mapa de prioridad de paso de la obra, su experiencia en construcción de carreteras y varias fotografías, para concluir que los daños de los huesos del mastodonte fueron provocados por esos mismos trabajos de construcción.

Gracias a este artículo conocemos detalles precisos de las obras llevadas a cabo en 1992 para ampliar la autopista del Condado de San Diego (California). En concreto, podemos ver los planos de situación del yacimiento en relación con las obras. Analicémoslos con más detalle:

Este es el plano de situación del yacimiento (bajo la leyenda «CM site», enmarcado) en relación a la autopista. W/B: ramal sentido oeste de la autopista; DR SYS: sistema drenaje; R/W: carretera preferencia de paso.
En este plano vemos un corte trasversal de la obra. Como vemos, el yacimiento se encontró cuando se estaban haciendo los trabajos de construcción del terraplén que separa las viviendas de la autopista.

Para construir el sistema de drenaje y el terraplén (que hace de pantalla sonora) se emplearon grandes camiones para mover ingentes cantidades de tierra, y que pasaban continuamente sobre el yacimiento. Además, la proximidad de las viviendas obligó a usar un camión cargado de agua para para rociar el área y así controlar el polvo.

Aquí vemos al paleontólogo Richard Cerutti comprobando los trabajos para ampliar el área de excavación del yacimiento. Vemos el terraplén y la ubicación de los restos. Fotografía aparecida en Popular Archaeology.

Al llevar a cabo la excavación y los movimientos de tierra es habitual encontrar rocas que deben dejarse de lado para no obstaculizar los trabajos. Es exactamente lo que vemos en la fotografía que ilustra un artículo de Carl Zimmer sobre el yacimiento:

Esta imagen se tomó cuando comenzaba el relleno del yacimiento una vez retirados todos los materiales recuperados. Se pueden ver las piedras que han aparecido durante las obras de la autopista, colocadas a la izquierda de la pala de la excavadora. Estas rocas son iguales a las descritas en el artículo original de Holen y colaboradores, que ahora están expuestas en el Museo de Historia Natural de San Diego. Imagen aparecida en The New York Times.

Ferrell considera que los trabajos de la excavadora no pudieron afectar al yacimiento: como vemos en las imágenes de arriba, la máquina siempre trabajaba sobre el terraplén. Sin embargo, para la construcción del camino que corre paralelo a ese terraplén sí que fue necesaria la intervención de maquinaria pesada: otras excavadoras y, sobre todo, decenas de camiones moviendo toneladas de tierra (de hecho, el autor calcula que cada camión pesaría unas 20 toneladas).

Este quizás sea el plano más clarificador. Los círculos numerados indican las ubicaciones de las pretendidas «herramientas de piedra»; las áreas sombreadas muestran el camino seguido por los camiones cargados de tierra a través del yacimiento; DR SYS: sistema drenaje; R/W: carretera preferencia de paso. Los cuadrados se corresponden con las cuadrículas realizadas por los arqueólogos durante los trabajos de toma de datos.

Tras comprobar que la trayectoria de los camiones atravesaba el yacimiento, se constató además que cruzaban las dos concentraciones de huesos rotos, cada uno centrada en una de las grandes rocas (marcadas con círculos en el plano superior). Lo que parece haber sucedido es que estas rocas han concentrado la presión de los camiones sobre los huesos, aplastándolos y fracturándolos en más de 300 fragmentos.

¿Los autores del trabajo original no pensaron que el daño que vemos en los huesos es mucho más del necesario para acceder a la médula, o para obtener material para la fabricación de herramientas? La médula, de haberse extraído, habría quedado esparcida por el suelo mezclada con fragmentos de hueso.

Sutton y colaboradores: Observations regarding the Cerutti Mastodon

Gracias a este artículo podemos añadir algunos retazos más de información sobre la excavación del yacimiento Cerutti Mastodon: Deméré explicó a unos de los autores (Sutton) que casi el 50% del yacimiento quedó destruido por la construcción de unas viviendas; otro 25% fue el que excavaron entre 1992 y 1993, mientras que el resto permanece intacto (bajo la autopista, se supone).

Dado que Mark Sutton y Martin Rosen son arqueólogos y trabajan en la Universidad de San Diego (cerca por tanto del museo donde se custodian todos los materiales recuperados), contactaron con Deméré para que les permitiera estudiar con detalle todos los objetos (de hecho, Rosen trabajó un tiempo en el propio yacimiento durante la campaña de 1992). Éste les dio permiso, así que en febrero de 2018 acudieron al Museo para analizar los huesos, rocas y demás objetos expuestos allí. Sin embargo, cuando solicitaron llevar a cabo un estudio más detallado y sistemático en su laboratorio, Deméré se negó argumentando que todavía estaban llevado a cabo sus propios análisis (a pesar de que el artículo describiendo sus conclusiones se había publicado en 2017).

Por lo tanto, en este artículo, Sutton y colaboradores sólo exponen sus impresiones basándose en lo que vieron (a simple vista), y las descripciones y fotografías publicadas en el artículo original de Nature:

  • ¿Las rocas son artefactos? Según su criterio, éstas no poseen ninguna característica que permita asociarlas a artefactos culturales. Descartan por tanto que se traten de herramientas.
  • En lo tocante a cómo pudieron acabar esas rocas en el yacimiento si no fueron utilizadas por humanos, argumentan que pudieron ser los propios mastodontes quienes las transportaron. Se trata de un comportamiento que ha sido descrito en elefantes: utilizan rocas o troncos para lanzarlos contra otros individuos en sus luchas.
  • Fractura de los huesos. Los huesos de unos animales tan grandes como un mastodonte permanecen «frescos» durante mucho tiempo, años incluso, por lo que esas fracturas pudieron producirse después de haber muerto el animal. Además, los huesos analizados por los autores del artículo original no tienen las marcas características que veríamos en un hueso que hubiera sigo golpeado con un percutor.
  • Pruebas de modificación de los huesos por humanos. Nada permite afirmar que los seres humanos hubieran cazado o despiezado al mastodonte. Los huesos no presentan marcas de corte, ni tampoco las necesarias marcas de impacto que deberían aparecer junto a las fracturas si éstos hubieran sido golpeados con piedras.
  • Colmillo vertical. Se dio mucha importancia a esta circunstancia por los autores del artículo original, argumentando que era una «prueba de peso» de la intervención humana en el yacimiento. Sin embargo, sabemos que los elefantes interactúan con los cráneos y los colmillos de sus congéneres, por lo que es posible que otros mastodontes hayan movido y enterrado esa pieza. Esta explicación sería más «parsimoniosa» para la posición de ese colmillo.
  • ¿Daño en los huesos de tipo mecánico? Los autores descartan que los daños en los huesos tuvieran su origen en la maquinaria pesada usada en la construcción de la autopista. Para ellos, la capa de carbonatos que los cubre es una prueba suficiente para descartar esa posibilidad.

Sutton y colaboradores coinciden con los autores del artículo original en que hay fracturas espirales en los huesos que sugieren que se produjeron mientras estaban frescos, y que no hay pruebas de un daño mecánico. A pesar de todo concluyen que la intervención humana en el yacimiento sigue siendo ambigua como mucho.

El principal problema para aceptar como cultural –modificado por el hombre– el yacimiento de Cerutti Mastodon tiene que ver con la equifinalidad, un argumento que hemos visto mencionado por Ferraro y colaboradores. El hecho de que los humanos puedan causar unos patrones de fractura como los que vemos en los huesos del yacimiento no significa que los humanos causaran esos daños.

Hay muchas explicaciones alternativas a la participación humana para dar cuenta de las fracturas de los huesos: pudieron ser pisoteados por otros mastodontes (las marcas estriadas que presentan son típicas de este mecanismo), pudo romperlos un oso de cara corta (u oso bulldog, un animal del género Arctodus), o bien haberse causado tras el proceso de fosilización puesto que los huesos permanecen frescos durante años. La única forma de descartar todos estos mecanismos es hacer un profundo y detallado análisis de los restos, no basta con una identificación superficial (que es lo único que tenemos por ahora, ya que Deméré se negó a que la hicieran los autores de este artículo). Hasta conocer los resultados de ese análisis (si es que se llega a hacer), Sutton y colaboradores descartan la intervención humana en Cerutti Mastodon.

Debate en Antiquity

Llegamos al final de esta anotación, con los cinco artículos publicados en la revista Antiquity en junio de 2019. Hasta la fecha, son los últimos trabajos relacionados con el controvertido yacimiento de Cerutti Mastodon.

Magnani, M., et al. (2019), «Evaluating claims for an early peopling of the Americas: experimental design and the Cerutti Mastodon site«. Antiquity, vol. 93, núm. 369, p. 789-795.

Holen, K.; Fullagar, R. y Holen, S. R. (2019), «Archaeological site interpretation using experimental quantitative and qualitative data: a response to Magnani et al. (2019)«. Antiquity, vol. 93, núm. 369, p. 798-801.

Eren, M. I. y Bebber, M. R. (2019), «The Cerutti Mastodon site and experimental archaeology’s quiet coming of age«. Antiquity, vol. 93, núm. 369, p. 796-797.

McNabb, J. (2019), «Evaluating claims for an early peopling of the Americas: the broader context«. Antiquity, vol. 93, núm. 369, p. 802-807.

Magnani, M., et al. (2019), «Experimental futures in archaeology«. Antiquity, vol. 93, núm. 369, p. 808-810.

Magnani y colaboradores: Evaluating claims for an early peopling of the Americas: experimental design and the Cerutti Mastodon site.

Magnani y colaboradores cuestionan básicamente la forma en que los autores del trabajo original diseñaron los experimentos que hicieron con los huesos y que sirvieron para apoyar sus conclusiones acerca de que las fracturas eran compatibles con el uso de martillos por grupos humanos.

Los autores recuerdan que el primer paso en el diseño y posterior desarrollo de un experimento arqueológico consiste en la formulación de una hipótesis. El método por el que se generan las ideas debe establecerse de forma clara, ya que la interpretación de los resultados depende directamente de las asunciones previas de los autores. Es decir, la hipótesis tiene que formularse según un esquema de causa y efecto falsable, y para ello hace falta una hipótesis nula contraria.

Los autores del trabajo original no actuaron así, no plantearon dos hipótesis opuestas: hicieron sus experimentos y confirmaron que los patrones de fracturas de los huesos coincidían con los del yacimiento de Cerutti. A pesar de que conocían otras alternativas posibles para que se produjeran ese tipo de fracturas, no evaluaron esas otras explicaciones. Lo que deberían haber hecho es comparar de forma cuantitativa dos conjuntos de datos: por un lado, herramientas de piedra y restos de huesos modificados por otros procesos tafonómicos; y por otro, los encontrados en el yacimiento.

Además el experimento debe configurarse de forma que todas las variables estén lo más cerca posible de la observación que se intenta replicar. Sin embargo, los experimentos que hicieron Holen y colaboradores fueron demasiado variables e inconsistentes para permitir una valoración de su hipótesis. No solo utilizaron materias primas diferentes, sino que la forma de ejecutar los golpes también: de los experimentos, dos se hicieron con huesos de elefante, mientras que otros dos se hicieron con huesos de ganado y/o canguro. En el primer caso, los huesos de elefante se apoyaron en un bloque de madera y fueron golpeados con una piedra. El primer intento falló, así que en el segundo se usó una piedra más grande. Los detalles de los siguientes experimentos, utilizando huesos de ganado y canguro, son aún menos claros ya que no disponemos de informes detallados que permitan su replicación. En definitiva, todas estas variables anulan cualquier posibilidad de extraer conclusiones válidas.

La conclusión de Magnani y colaboradores es que los experimentos que han realizado los autores del artículo original no son suficientes por sí mismos para anular décadas de investigación arqueológica sobre la migración de nuestros antepasados.

Respuesta de Holen y colaboradores: Archaeological site interpretation using experimental quantitative and qualitative data: a response to Magnani et al. (2019).

Los autores del artículo original explican que los métodos experimentales actualísticos –los que ellos han hecho al golpear huesos con piedras–, a diferencia de los realizados en un laboratorio, se usan para probar escenarios hipotéticos usando materiales y condiciones «potencialmente» auténticos.

Para que entendamos esto, un estudio actualístico consiste en relacionar observaciones en especímenes modernos, con sucesos y procesos que ocurrieron en el pasado. La hipótesis de partida es una presunción: que las leyes naturales son iguales en cualquier momento y lugar del espacio (siempre y cuando se muevan en un marco temporal controlable por el experimento y las analogías observadas sean sustanciales).

Por lo tanto, para Holen y colaboradores, aunque los experimentos se hicieron con diferentes factores ambientales, diferencias en el peso y tamaño de los martillos, y distintos materiales del yunque, el proceso de percusión produjo las fracturas características vistas en el yacimiento. Por lo tanto, las conclusiones son válidas. Explican que decidieron no hacer experimentos cuantitativos porque el número de características diagnósticas de la percusión son demasiado pocas para llevar a cabo análisis estadísticos válidos. En lugar de eso, prefirieron hacer análisis cualitativos, usando analogías. En cualquier caso, insisten en que las fracturas de los huesos del yacimiento son sólo una de las múltiples pruebas que apuntan a que los huesos del mastodonte fueron «procesados» por homininos.

Por último, los autores están de acuerdo en que realizar experimentos en un laboratorio, incluyendo controles y muestras más grandes, sería de ayuda. De hecho, afirman que se están haciendo estudios sobre el uso y el desgaste de las rocas.

Metin Eren y Michelle Bebber: The Cerutti Mastodon site and experimental archaeology’s quiet coming of age

La aportación de Eren y Bebber a este debate es muy limitada, por no decir nula. En poco más de una página se limitan a decir que las críticas de Magnani, Braje, Haynes, Ferraro y demás investigadores al trabajo de Holen y colaboradores son válidas y convincentes. Hasta que el trabajo sea replicado, no hay razón para que los arqueólogos que estudian el poblamiento de América incluyan el yacimiento de Cerutti Mastodon en sus planteamientos.

John McNabb: Evaluating claims for an early peopling of the Americas: the broader context

John McNabb afirma que no son necesarias pruebas extraordinarias para afirmaciones extraordinarias, basta con que sean sólidas: cuanto más extraordinarias sean las afirmaciones, más sólidas deberán ser las pruebas.

Los problemas del yacimiento de Cerutti Mastodon giran en torno a tres cuestiones:

  • ¿Existe un hominino que haya podido migrar a América hacer unos 127 000 años?
  • ¿Hay pruebas arqueológicas que apoyen esa migración?
  • ¿Hay alguna interpretación plausible que explique la actividad de homininos en el yacimiento durante el Pleistoceno Superior?

En lo tocante a la primera cuestión, de todos los candidatos a ser los primeros cazadores recolectores del Nuevo Mundo, los denisovanos o los Homo sapiens arcaicos son los más probables. Sin embargo, las pruebas de que disponemos ahora mismo no apoyan la presencia ni de denisovanos ni de otros antepasados al norte del paralelo 40º o al noreste del meridiano 120º en ese momento.

Y esto nos lleva al trasfondo arqueológico. Beringia no fue ocupada hasta el Paleolítico Superior, y sólo de forma esporádica en las primeras fases 4. En cualquier caso, debemos tener presente que el trabajo de campo en el norte de Siberia es realmente complicado, y por eso se centra en lugares junto a asentamientos y carreteras por cuestiones de logística. Por eso debemos ser cautos ante la ausencia de pruebas arqueológicas, puede que todavía no se hayan encontrado.

Por último, McNabb hace una valoración de las «pruebas arqueológicas» recuperadas en el yacimiento de Cerutti, aunque lo hace únicamente sobre la base de observaciones generales ya que no ha visto por sí mismo los artefactos recuperados.

Para poder extraer la médula de huesos densos se necesitan técnicas sofisticadas, técnicas que sólo se han visto en yacimientos del Paleolítico Superior y posteriores, de ahí que no sea plausible que se intentara extraer la médula hace 130 000 años. Dado que no hay marcas de corte ni tampoco herramientas de piedra claramente identificables, volviendo a la plausibilidad, la interpretación de Holen y colaboradores carece de la solidez suficiente como para dar por cierta la presencia de humanos en América en ese momento.

Magnani y colaboradores: Experimental futures in archaeology

Magnani y sus colaboradores defienden que la arqueología experimental está ayudando a comprender los patrones de producción de nuestros antepasados, así como aportando información muy relevante en los debates acerca de la migración humana o la dieta. Sin embargo, cuando los experimentos no se llevan a cabo de forma sistemática y se utilizan para apoyar conclusiones que podemos considerar «atrevidas», se acerca peligrosamente a la mala ciencia.

Por eso, aunque ven con buenos ojos la disposición favorable de los autores del artículo original para realizar análisis cuantitativos e investigaciones más profundas, mantienen que se deberían haber diseñado unos experimentos más rigurosos antes de publicar esas afirmaciones.

Metin Eren escribió que:

[…] nos hemos encontrado con arqueólogos que piensan que el simple acto de «romper rocas» o usar una herramienta de piedra para matar a un animal suponen investigaciones que merecen publicarse. Pudo haber sido el caso hace tiempo, de la misma forma que el diseccionar un molusco pudo dar lugar a un artículo de biología publicado hace 150 años.

Test, model, and method validation: the role of experimental stone artifact replication in hypothesis-driven archaeology. Ethnoarchaeology, núm 8: pp. 103–136.

Por ese motivo, las afirmaciones extraordinarias como las hechas acerca del yacimiento de Cerutti Mastodon, deben hacerse conforme a los más exigentes estándares empíricos. Los experimentos que hicieron Holen y sus colaboradores serían adecuados para la investigación de un contexto arqueológico en sus primeras fases. Es decir, pueden servir como base para llevar a cabo más análisis, pero no para apoyar sus conclusiones.

Conclusiones

Tras haber leído y revisado todos los artículos que aparecen en esta anotación, creo que hay un aspecto del yacimiento que podría ser la base para acallar las numerosas críticas que se han planteado: la capa de carbonatos que, al parecer, recubren los huesos fracturados.

Por sí sola esta cuestión no sería suficiente para despejar todas las críticas, pero no cabe duda de que sería un primer paso. Sin embargo, quienes han querido realizar un estudio detallado de esta cuestión han recibido una negativa por parte de Deméré y el Museo de Historia Natural de San Diego.

Esta actitud no permite otra cosa que mantener –más que fundadas hasta el momento– que las interpretaciones sobre la presencia humana en América hace 130 000 años se han hecho de forma prematura y sin pruebas sólidas.

Notas

  1. Boëda, E., R. Rocca, A. Da Costa, M. Fontugne, C. Hatté, I. Clemente-Conte, J. C. Santos, et al. 2016. “New Data on a Pleistocene Archaeological Sequence in South America: Toca do Sítio do Meio, Piauí, Brazil.” PaleoAmerica, vol. 2, núm. 4, p. 286–302.
  2. Deméré, T. A., R. A. Cerutti, and C. P. Majors. 1995. “State Route 54 Paleontological Mitigation Program: Final Report.” Unpublished technical report prepared by San Diego Natural History Museum for Caltrans, District 11, 51 pp.
  3. Geofacto es el término utilizado para describir objetos, particularmente líticos, que han sido creados por procesos geológicos naturales en lugar de por la actividad humana.
  4. Puedes leer más sobre este tema aquí.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, CIENCIA, 0 comentarios