HETERODOXIA

¿Por qué la pseudociencia es peligrosa para nuestros estudiantes?

¿Por qué la pseudociencia es peligrosa para nuestros estudiantes?

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 12:39

Es posible que haya visto en las noticias del mes pasado el Arca de Noé de «tamaño natural» que ha construido Ken Ham en Kentucky, del grupo religioso cristiano “Respuestas en el Génesis” (AiG [por sus siglas en inglés], que creen que la tierra se hizo hace 6.000 años, exactamente como se indica en la Biblia). Ham y su grupo no aceptan la evolución, piensan que los seres humanos y los dinosaurios vagaban juntos felizmente por la tierra y que hubo una inundación catastrófica, nada de lo cual tiene base científica o pruebas que lo respalden. Siempre habrá grupos con sus propias ideas y cada uno es libre de creer lo que quiera. El peligro de este Arca es que con la publicidad que está recibiendo y los muchos turistas que van a visitarla, significa que tienen un público más amplio donde difundir sus ideas que presentan como hechos y ciencia real, en lugar de una opinión y una pseudociencia que es lo que son realmente.

Los científicos y la mayoría de la gente sabe que la tierra tiene una antigüedad de 4.500 millones de años, que los dinosaurios vivieron hace 65 millones de años y que se extinguieron antes de que los humanos ni siquiera estuvieran cerca de aparecer en escena. Pero AiG presenta la historia de una manera sesgada y falsa, y está arruinando el duro trabajo que los científicos y los educadores han hecho para enseñar a los estudiantes la historia real de nuestra Tierra. Como expliqué en una anotación acerca de la importancia de la enseñanza de la evolución humana en el blog del Centro Nacional para la Educación Científica [que he también traducido aquí] es fundamental que entendamos nuestro lugar en este mundo y la fragilidad de nuestra especie a la hora de afrontar el cambio climático de forma que estemos motivados para hacer todo lo posible para frenar sus efectos. Proponer la idea de que cuando las cosas vayan mal Dios enviará una inundación o que hará entrar en éxtasis a las personas temerosas de Dios y así todo será mejor, no contribuye a lograr que la gente actúe para salvar nuestro hogar.

Al parecer, todos los dinosaurios eran pacíficos herbívoros según AiG

Al parecer, todos los dinosaurios eran pacíficos herbívoros según AiG

La ciencia se basa en hechos obtenidos a partir de pruebas y experimentación, y en conclusiones obtenidas de los resultados de esos experimentos y descubrimientos que se pueden comprobar y reproducir. Las teorías se forman a partir de un conjunto de hechos. AiG ha utilizado mucha imaginación en la creación del Arca ya que la historia del arca de Noé en la Biblia consta sólo 98 versículos y omite una gran cantidad de detalles. AiG hace todo lo posible por parecer seria y científica contratando científicos en su plantilla, pero éstos creen en esa rama del cristianismo, y uno de ellos, Nathaniel Jeanson, incluso dijo que «la ciencia no es la mejor herramienta para encontrar la verdad absoluta».

El Arca recibió fondos estatales y Ham anunció que los estudiantes que fueran de excursión con sus colegios podían visitarlo pagando 1 $ y sus profesores de forma gratuita. Podría ser el incentivo necesario para que un colegio con falta de fondos haga una excursión, pero sería extremadamente perjudicial para los estudiantes que están aprendiendo evolución, biología e historia. El Arca está configurada como si se tratase de un museo y rezuma ese aire de autoridad y sería difícil que una persona joven no quedara atrapada en las mentiras que venden. Por este motivo la pseudociencia es tan peligrosa y perjudicial para la educación; tratando de parecerse a otros, a museos educativos y de historia natural acreditados, el Arca parece auténtico pero no lo es. Es manipulador usar a niños a quienes les encantan los dinosaurios, los animales y las grandes atracciones estilo Disney para conseguir que se crean sus ideas.

El desarrollo intelectual y el conocimiento de nuestros hijos es demasiado importante como para mancharlos con cosas como el Arca de Ham. Este es sólo un ejemplo de cómo la pseudociencia puede ser subversiva y manipuladora. Otro ejemplo son los escépticos del cambio climático. Es esencial equipar a nuestros hijos con las habilidades del pensamiento crítico para que no sean manipulados por la pseudociencia y sean capaces de hacer juicios por sí mismos acerca de lo que tiene sentido y lo que no. Por eso la ciencia y la STEM son tan importantes para la educación de un niño. Dándoles las herramientas que necesitan para sopesar las pruebas y las ideas que se les enseñan pueden llegar por sí mismos a las conclusiones acertadas.

Traducción de la anotación Why pseudoscience is dangerous to our students escrita por Lauren Saville.

Gracias a la autora por autorizar la traducción del texto.

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Carta al director El Correo. Falsa arqueología

Carta al director El Correo. Falsa arqueología

     Última actualizacón: 17 septiembre 2017 a las 15:29

El pasado día 19 de abril se publicó un artículo en la edición de Álava del diario El correo titulado «Hay muchos capítulos de la historia que están mal explicados», firmado por Natxo Artundo. En él se explican las afirmaciones de muy dudosa veracidad de Francisco González, redactor jefe de la revista Año Cero, tras la publicación de su último libro «Arqueología imposible».

Artículo El Correo

Haz clic en la imagen y podrás leer el artículo en formato .pdf

En la contraportada del libro escrito por el Sr. González podemos leer:

¿Cómo es posible que encontremos construcciones semejantes en puntos tan alejados del planeta? Como si de un relato de detectives se tratara, el autor va descubriendo asombrosos vínculos entre los maestros constructores de la antigüedad. Escrito por uno de los investigadores más respetados en el ámbito de las civilizaciones desaparecidas, Arqueología Imposible desvela las claves ocultas tras algunos de los más insondables misterios de nuestro pasado.

Pues bien, decidí escribir una carta al director de dicho diario a fin de que fuera publicada, cosa que no sucedió. Por ello la reproduzco a continuación:

Sr. Director:

He leído con interés y atención el artículo aparecido en la sección “Culturas y sociedad” de su periódico el pasado martes día 19. En él se analiza de forma somera el último libro publicado por Francisco González titulado Arqueología imposible. El legado oculto de los maestros constructores.

Creo que es innecesario discutir que un periodista —léase cualquier persona que no ha seguido estudios reglados en historia antigua o arqueología— pueda tratar el tema que Francisco González investiga en su libro. Cualquier persona que sienta interés por un tema concreto, aun cuando carezca de un título oficial, puede profundizar en su estudio y plantear nuevas hipótesis, aunque puedan considerarse “atrevidas”. Lo determinante aquí no es poseer un título, sino qué es lo que se dice y qué argumentos se emplean para defender esa postura. Hay arqueólogos buenos y malos, como también sucede con los periodistas, los abogados o los médicos.

Que el Sr. González afirme que ha leído a Däniken, Kolosimo «y gente así», no lo desacredita para tratar temas históricos —es bien sabido que estos autores gozaron de una enorme popularidad entre el público en general y mucho éxito en la venta de sus libros— pero que acto seguido sostenga que esoteristas como René Guénon plantean cosas más «serias» que aquéllos sí que es preocupante.

Las críticas a los postulados de autores como Dániken Kolosimo, Sitchin y otros se vienen planteando desde hace décadas precisamente con los mismos argumentos que expone el Sr. González: sus libros se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, grandes fotografías, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real.

Esto sucede porque es más fácil hablar de extraterrestres, ovnis, fantasmas y demás, que dedicar tiempo y esfuerzo a comprender todos los aspectos de una cultura ya desaparecida. De ahí que ninguno de esos libros profundice en las culturas que abordan —es el salto de la “a” a la “z” que refiere el autor, omitiendo todo el abecedario que está en medio. Son una mera recopilación de hechos aislados, sin un contexto adecuado, que están ahí para sostener un argumento preconstituido.

Dicho lo cual, se me antoja que el Sr. González viene a hacer exactamente lo mismo que aquéllos que critica en el libro que está promocionando: como él mismo reconoce «doy unos saltos un poco grandes, en contraste con el arqueólogo de carrera, ortodoxo».

En primer lugar, debemos tener en cuenta que los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para ello, la arqueología cuenta con métodos y análisis científicos generalmente aceptados. En lo que hace referencia a las ciencias históricas, aunque sabemos que las sociedades humanas son sistemas muy complejos, y que las personas no actuamos de acuerdo a unas reglas de comportamiento rígidas, los científicos pueden hacer generalizaciones similares a leyes, que predicen con exactitud cómo reaccionan los grupos humanos a los cambios en su entorno y cómo evolucionan sus culturas a través del tiempo.

Lo que hemos aprendido de las sociedades del pasado nos enseña que la evolución de las grandes civilizaciones parece mostrar unos mismos patrones generales. Aunque se han desarrollado en diferentes ambientes físicos y culturales, podemos señalar unos hitos comunes a todas ellas: el nacimiento de la civilización fue precedido por el desarrollo de una economía agrícola y el surgimiento de sociedades estratificadas; existió un crecimiento de la población, así como un aumento de la densidad de la población en determinadas áreas (el surgimiento de ciudades). También encontramos en cada caso la construcción de monumentos, comercio a larga distancia, y desarrollo de métodos para llevar registros de propiedades, bienes, impuestos etc. Que haya similitudes arquitectónicas en algunos monumentos no debe por tanto sorprendernos.

Por este motivo es importante no dar esos «saltos» tan grandes cuando tratamos de comprender cómo vivieron nuestros antepasados, ya que es fácil que caigamos en la falsa arqueología. Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» —esas que diferencian entre arqueólogos de carrera, ortodoxos, y los llamados arqueólogos populares— encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

El método de investigación estándar en historia y arqueología se basa en la proposición de hipótesis con apoyo en los datos obtenidos gracias a las excavaciones arqueológicas etc. A continuación, éstas se comprueban con otros datos y se someten a escrutinio y a la reconsideración por otros colegas. La clave por tanto está en la capacidad para verificar esas hipótesis. En cierto sentido, la ciencia histórica se vuelve experimental cuando las predicciones basadas en las observaciones iniciales son verificadas, o rechazadas, por observaciones posteriores.

Ahora bien, los arqueólogos reconocen que en ocasiones sus hipótesis se apoyan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado, y que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista si aparecen nuevos datos que así lo aconsejen.  De ahí que al contrario de lo que afirman los defensores de la falsa arqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o una doctrina inmutable.  Son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez aparecen nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos, es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición. Este último paso, la aceptación de explicaciones diferentes cuando hay nuevos datos, es algo que los falsos arqueólogos son incapaces de hacer.

Llega un momento en que hay que ser tajantes. El Sr. González mantiene el manido argumento de que dentro de la arqueología racional hay una frontera más o menos difusa donde podrían tener cabida argumentos como la existencia de la Atlántida, Lemuria, monumentos que no pudieron construirse por seres humanos etc. Para él, son argumentos que formarían parte del conocimiento racional pero alejados del centro, de la postura defendida por «arqueólogos ferozmente ortodoxos», de una visión arcaica y obsoleta de la historia. Esto es un error.

El conocimiento de las grandes culturas ya desaparecidas se construye mediante una cuidadosa recopilación y análisis de numerosos datos. Con ellos se formulan hipótesis que son puestas a prueba continuamente. Quien no sigue este método, quien deja de lado la importancia de reconstruir la imagen de nuestros antepasados de forma racional, no hace sino perpetuar la falsa arqueología y servir a intereses muy diferentes del deseo de aumentar nuestro conocimiento del pasado.

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Pseudoarqueología no, falsa arqueología (y II)

Pseudoarqueología no, falsa arqueología (y II)

     Última actualizacón: 23 enero 2017 a las 13:40

Esta anotación es la segunda y última parte de la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

Los constructores de montículos

Bajo el apelativo de cultura de los montículos o constructores de montículos (Mound builders en inglés) se engloban una serie de grupos étnicos, habitantes prehistóricos de América del Norte, que se caracterizaron por levantar enormes estructuras artificiales de tierra, con formas, tamaños y fines muy diversos (podemos destacar el uso ceremonial, residencial o de enterramiento). En ellos se han hallado gran cantidad de objetos ornamentales, herramientas y restos humanos.

Durante los siglos XVIII y XIX, al tiempo que se producía la expansión de la frontera de los Estados Unidos hacia la costa del océano Pacífico, los colonos se fueron topando con una cantidad cada vez mayor de estas estructuras, dando pie a numerosas teorías acerca de quienes habitaron esos lugares y cómo podían haber levantado esas impresionantes construcciones. Sin embargo, en algo se pusieron de acuerdo casi de inmediato: no podían ser obra de los nativos americanos —a pesar de que llevaban viviendo en aquellas tierras mucho tiempo antes de que ningún europeo soñara siquiera con llegar hasta allí—.

Una vez descartada la posibilidad de que los nativos americanos fueran capaces de levantar esas estructuras y mantener unos asentamientos tan grandes, surgió la cuestión de encontrar a los posibles responsables. Las propuestas fueron tan variadas como sorprendentes: Benjamin Smith Barton propuso que habían sido los vikingos; otros hablaron de los egipcios, israelitas, griegos, chinos, polinesios, fenicios o incluso los belgas. La lista se hace interminable y no mencionan los sumerios por desconocer siquiera su existencia. Por supuesto, en fechas más recientes, no han faltado quienes han atribuido estos trabajos a los mismísimos atlantes, los incas o los mayas.

Quien ha sido considerado como el primer arqueólogo de América, Thomas Jefferson, también se interesó por los constructores de montículos al encontrar varios vestigios de esa cultura en sus tierras de Virginia. Realizó cuidadosas excavaciones donde desenterró varios restos humanos aunque no obtuvo ninguna conclusión clara acerca de sus autores.

El interés por descifrar el misterio de la cultura de los montículos fue en aumento a medida que pasaba el tiempo sin obtener una respuesta concluyente. Así, el recientemente creado Instituto Smithsoniano destinó gran parte de sus fondos a tratar de resolver este enigma. Fruto de este esfuerzo fue la primera publicación de la institución: Ancients monuments of the Mississippi Valley.

Este trabajo, la primera investigación seria sobre el tema, fue realizado por Ephraim G. Squier (un ingeniero civil) y Edwin Davis (médico y arqueólogo). Los dos investigadores analizaron más de doscientos yacimientos, llevaron a cabo excavaciones en muchos de ellos y levantaron los primeros mapas detallados y dibujos de los artefactos que encontraron: cerámicas, adornos y herramientas de metal, objetos de hueso y piedra, esculturas etc. Se dedicaron a su tarea desechando todos los prejuicios y teorías existentes a pesar de lo cual mantuvieron que la calidad de las obras de arte halladas en los montículos estaba muy lejos de cualquier cosa producida por los nativos americanos. Concluyeron que había una conexión, más o menos profunda, entre los constructores de los montículos y las antiguas civilizaciones de México, América central y Perú. Por lo tanto, serían obra de un grupo diferente de los nativos americanos, y culturalmente superior.

A la labor del Instituto Smithsoniano se unió la Oficina de Etnología Americana que destinó la quinta parte de todo su presupuesto (5.000 $) a resolver el misterio. En 1882, el entomólogo Cyrus Thomas fue nombrado director de la División de exploración de montículos e inició el que sería el mayor y más extenso estudio sobre la cuestión. Su enfoque partió de la base de obtener la mayor cantidad de información posible antes de formular ninguna hipótesis acerca de la función de los montículos, su antigüedad, orígenes y constructores. Para ello, él y su equipo investigaron durante más de dos años alrededor de 2000 yacimientos en un total de 21 Estados, y lograron reunir más de 40.000 artefactos, que más tarde pasaron a formar parte de la colección del Instituto Smithsoniano.

Vamos a analizar el argumentario que se empleó en contra de la idea de que los nativos americanos fueran los constructores de los montículos y que podemos resumir en cinco puntos:

Los nativos americanos eran demasiado primitivos como para haber realizado los finos trabajos en piedra, metal y arcilla que se habían encontrado en los montículos y sus alrededores.

J. W. Foster, a la sazón presidente de la Academia de las Ciencias de Chicago, afirmaba en 1873:

Su carácter [del indio], desde que se conoce por el hombre blanco, se ha caracterizado por la traición y la crueldad. Rechaza todos los esfuerzos por elevarle de su posición rebajada: y pese a que no tiene la naturaleza moral para adoptar las virtudes de la civilización, sus instintos brutales le llevan a acoger sus vicios. Nunca se ha sabido que se haya involucrado voluntariamente en una empresa que requiriera un trabajo metódico; habita en viviendas temporales y portátiles; sigue a la caza en sus migraciones; impone una vida monótona a su esposa; no presta atención al futuro. Suponer que esa raza construyó las fuertes líneas de circunvalación y los montículos simétricos que coronan muchos de los terraplenes de nuestros ríos, es tan absurdo, casi, como suponer que construyeron las pirámides de Egipto.

¿Es excesivo definir estos comentarios como racistas? Desde luego, carecen del más mínimo rigor intelectual y no digamos ya científico.

Tanto los montículos como los artefactos asociados a los yacimientos son mucho más antiguos que los restos más tempranos de la cultura india.

Aunque la estratigrafía ―el análisis de las capas del suelo― no se aplicó a la investigación arqueológica hasta bien entrado el siglo XIX, varios estudiosos emplearon un rudimentario antecedente de este método para determinar la antigüedad de los artefactos. Además, se apoyaron en la dendrocronología aplicada sobre algunos troncos de roble hallados en la cumbre de varios montículos llegando a la conclusión de que éstos se construyeron antes del año 1300 a.e.c.

Las dataciones de los montículos realizadas hasta ese momento se pusieron en tela de juicio aunque en un sentido equivocado: Thomas concluyó que las construcciones se habían erigido tras la llegada de los europeos al Nuevo Mundo.

Hoy en día sabemos que no hubo una única cultura de los montículos, sino que fueron varios pueblos los que levantaban estas enormes estructuras. La evidencia más antigua de esta tradición la encontramos en el yacimiento de Watson Brake en Luisiana (ver este artículo), con una datación comprobada que oscila entre hace 5400 y 5000 años. Este dato nos demuestra que la construcción de montículos tiene una larga historia en Norte América.

Se han encontrado piedras talladas con inscripciones en alfabetos europeos, asiáticos o africanos. Dado que los nativos americanos no poseían ningún tipo de alfabeto ni escritura antes de la llegada de los colonizadores, ésta constituyó una de las pruebas más sólidas contra la posibilidad de que ellos fueran los responsables de levantar esas estructuras.

El ejemplo más citado de estas piedras es el de las llamadas “piedras sagradas de Newark”. En 1860, David Wyrick, un arqueólogo aficionado, afirmó haber encontrado en unos montículos de Ohio una piedra pulida parecida a una plomada con una serie de letras hebreas talladas en la superficie. La llamó “Piedra angular” (Keystone) y rápidamente avivó la idea de que los constructores de los montículos pertenecían a una de las tribus perdidas de Israel.

A pesar de la importancia que se le dio dado al hallazgo, muchos pusieron en duda su autenticidad ya que la escritura hebrea era demasiado moderna teniendo en cuenta la antigüedad que se atribuía al objeto.

Algunos meses después se produjo un nuevo descubrimiento: una tablilla de piedra caliza que también incluía caracteres hebreos aunque esta vez más antiguos. Se la llamó “El Decálogo” (Decalogue) ya que su traducción indicaba que se trataba de una versión de los Diez Mandamientos que Moisés recibió directamente de Dios según las Sagradas Escrituras.

¿Qué oportuno verdad? Cuando se pone en entredicho la autenticidad del primer hallazgo porque los caracteres eran demasiado modernos, aparece una segunda piedra esta vez mejor elaborada. A pesar de que muchos hoy en día siguen manteniendo la autenticidad de estos dos artefactos, lo cierto es que las investigaciones más recientes vienen a demostrar que estas piedras fueron fabricadas y colocadas expresamente para ser descubiertas.

Los nativos americanos ya no construían montículos cuando los colonizadores europeos llegaron a sus tierras. Cuando se les preguntaba acerca de quién los había construido o cuál era su uso, desconocían todo acerca de ellos.

Si ellos eran los constructores, ¿por qué no continuaron sus trabajos a pesar de la llegada de los europeos? Al menos deberían ser capaces de recordar quienes lo habían hecho. Al contrario, los nativos americanos no sólo no sabían quién las había levantado, sino que insistían en afirmar que habían encontrado las ruinas en el mismo estado en que se ven hoy en día.

En este caso los estudiosos anteriores también estaban equivocados. Los trabajos de Thomas demostraron que ya en los siglos XVI y XVII las crónicas españolas mencionaban la construcción de montículos por parte de los nativos americanos. Garcilaso de la Vega narra cómo construían los montículos de tierra e instalaban sobre ellos los templos y las viviendas de los jefes de la comunidad. Del mismo modo, William Clark, quien comandó junto con Meriwether Lewis la primera expedición terrestre que alcanzó la costa del Pacífico partiendo del este, observó la construcción de estos montículos por los nativos de Misuri.

Una explicación para el declive de muchas de las poblaciones de nativos americanos que mantenían viva esta cultura fue la introducción de la viruela por parte del explorador español Hernando de Soto. Murió una gran parte de los indígenas y sus grandes ciudades fueron abandonadas junto con sus tradiciones ancestrales.

Se han encontrado artefactos de metal (hierro, plata, cobre etc.) y otras aleaciones enterrados en los montículos.

Los nativos americanos conocían métodos rudimentarios de metalurgia y utilizaban el cobre y la plata que encontraban en vetas naturales o en pepitas; pero no las técnicas de fundición necesarias para producir cobre, plata o las aleaciones para obtener bronce.

Las investigaciones de Cyrus Thomas confirmaron que todos los artefactos encontrados en los montículos estaban hechos del llamado cobre nativo, es decir, el cobre hallado en vetas naturales. Es cierto en cualquier caso que estos minerales fueron objeto de un comercio intensivo ya que desde Michigan, la fuente de la mayoría del metal empleado, alcanzaron una amplia distribución.

En conclusión, salvando la fabricación de pruebas falsas como las piedras y tablillas talladas, lo cierto es que la creencia en que una misteriosa raza desaparecida había levantado los montículos y edificado una gran civilización se debió más bien a la ignorancia y la aceptación selectiva e interesada de los datos disponibles.

Sin embargo, estas creencias calaron hondo y sirvieron de excusa perfecta para justificar la persecución, expulsión y matanza de los nativos americanos. Éstos se veían como intrusos, e incluso invasores, que habían destruido la cultura más civilizada de los constructores de montículos. De esta manera, los colonizadores europeos pudieron racionalizar su conducta ya que solo estaban reclamando el territorio que sus antepasados habían poseído antes de la llegada de los “indios”.

Conclusiones

Los científicos —ya hablemos de físicos, astrónomos, biólogos, arqueólogos etc.— realizan su labor bajo cuatro principios bastante sencillos pero esenciales:

  1. Existe un universo real que se puede conocer.
  1. El universo opera de acuerdo a ciertas reglas o leyes entendibles.

En lo que hace referencia a las ciencias históricas, aunque sabemos que las sociedades humanas son sistemas muy complejos, y que las personas no actuamos de acuerdo a unas reglas de comportamiento rígidas, los científicos pueden hacer generalizaciones similares a leyes que predicen con exactitud cómo reaccionan los grupos humanos a los cambios en su entorno y cómo evolucionan sus culturas a través del tiempo.

Lo que hemos aprendido de las sociedades del pasado nos enseña que la evolución de las grandes civilizaciones parece mostrar unos mismos patrones generales. Aunque se han desarrollado en diferentes ambientes físicos y culturales, podemos señalar unos hitos comunes a todas ellas: el nacimiento de la civilización fue precedido por el desarrollo de una economía agrícola y el surgimiento de sociedades estratificadas; existió un crecimiento de la población, así como un aumento de la densidad de la población en determinadas áreas (el surgimiento de ciudades). También encontramos en cada caso la construcción de monumentos, comercio a larga distancia, y desarrollo de métodos para llevar registros de propiedades, bienes, impuestos etc.

  1. Estas leyes son inmutables, lo que significa que, en general, no cambian en función de dónde o cuándo estés.
  1. Por último, podemos conocer y comprender estas leyes por medio de la investigación.

Este último tal vez sea el principio más importante. Sabemos que el universo es, al menos teóricamente, cognoscible. Puede ser complicado, puede llevarnos muchos años entender el fenómeno más sencillo; pero cada intento nos lleva a recopilar más datos y probar, reevaluar y refinar las explicaciones propuestas.

Así, aunque todos podemos tener nuestro punto de vista sobre la historia, sobre la forma en que se desarrollaron las culturas del pasado, debemos tener claro que no todos los puntos de vista son igualmente válidos. Algunos son históricos y otros pseudohistóricos. ¿Cómo distinguirlos?

Para ello debemos acudir al concepto de carga de la prueba (para una comprensión clara de este concepto netamente jurídico, os recomiendo la lectura de esta anotación de César Tomé para el Cuaderno de Cultura Científica).

Este principio supone que quien realiza una afirmación (como la de que existieron astronautas en la prehistoria) debe probarla. Pero esa prueba debe cumplir una serie de premisas como nos explica César Tomé: debe ser comprobable/reproducible por cualquiera siguiendo una metodología conocida, en cualquier momento y que no valen ni textos revelados, ni palabras de una “autoridad”.

De esta forma, tanto si defendemos que la losa de la tumba de Pakal representa a un astronauta, como si postulamos que en realidad simboliza la muerte y resurrección de dicho gobernante, tenemos que aportar pruebas de ello. A pesar de que la arqueología o la historia no pueden emplear el método de experimentación reproducible que se sigue en otras disciplinas, ello no es óbice para la existencia de este tipo de pruebas.

El método de investigación estándar en historia y arqueología se basa en la proposición de hipótesis con apoyo en los datos obtenidos gracias a las excavaciones arqueológicas y al resto de métodos para obtener información del pasado. A continuación, éstas se comprueban con otros datos, se someten a escrutinio y a la reconsideración por otros colegas. La clave por tanto está en la capacidad para verificar esas hipótesis. En cierto sentido, la ciencia histórica se vuelve experimental cuando las predicciones basadas en las observaciones iniciales son verificadas, o rechazadas, por observaciones posteriores.

Ahora bien, los arqueólogos reconocen que en ocasiones sus hipótesis se apoyan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado, y que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista si aparecen nuevos datos que así lo aconsejen.  De ahí que al contrario de lo que afirman los defensores de la pseudoarqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o una doctrina inmutable.  Son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez aparecen nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos, es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición. Este último paso, la aceptación de explicaciones diferentes cuando hay nuevos datos, es algo que los pseudoarqueólogos son incapaces de hacer.

En definitiva, hemos de ser conscientes de que el pensamiento crítico o científico no surgen de manera natural. Son necesarias formación, experiencia y esfuerzo. Es más fácil explicar los hechos con extraterrestres, ovnis, fantasmas y demás, que dedicar mucho tiempo y esfuerzos para comprender todos los aspectos de una cultura ya desaparecida. Por esto ninguno de estos libros profundiza en las culturas que abordan. Son una mera recopilación de hechos aislados, sin un contexto adecuado, que están ahí para sostener un argumento preconstituído. Tenemos que esforzarnos en eliminar nuestra necesidad de certezas y control absolutos y nuestra tendencia a buscar la solución más sencilla y cómoda a cualquier problema. De vez en cuando la solución puede ser sencilla, pero la mayor parte de las veces no lo es.

Como hemos señalado, hay muchísima gente interesada en conocer nuestro pasado pero que acaba completamente desinformada sobre el tema. Creo que parte del problema reside en que los arqueólogos profesionales dedican la mayor parte de su tiempo a escribir y discutir entre ellos acerca de sus descubrimientos (algo imprescindible), descuidando una parte esencial de su labor como es la de comunicar sus hallazgos a la sociedad en un lenguaje claro. Deben divulgar más y mejor. En caso contrario, la gente buscará información por otras vías (internet, libros pseudohistóricos etc.) cuya principal función no es enseñar, sino ganar dinero.

Concluyendo, si a esto lo llamamos pseudoarqueología le estamos dando un estatus que no merece, una justificación de sus afirmaciones. Es como si dentro de la arqueología racional hubiera una frontera más o menos difusa donde podrían tener cabida estos argumentos. Es decir, como si formaran parte del conocimiento racional pero alejados del centro, de una visión arcaica y obsoleta de la historia. Esto es un error.

Llamemos a las cosas por su nombre, esto no es pseudoarqueología, es falsa arqueología.

 

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Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, 1 comentario
Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

     Última actualizacón: 23 enero 2017 a las 13:30

Esta anotación es la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

¿Qué es la arqueología?

Aunque pueda parecernos raro, si preguntamos a un buen número personas qué hace un arqueólogo, todavía hay muchos que responden —casi sin dudar— con el ejemplo de Indiana Jones: un arqueólogo es un aventurero que busca templos ocultos en la selva y desentierra objetos de valor para exponerlos en un museo. Y aunque lo cierto es que Indiana Jones no era más que un caza tesoros, no hace mucho tiempo los arqueólogos actuaban exactamente de esa forma: el destino de gran parte de sus recursos y, por tanto, la dirección de sus investigaciones, estaban determinados por la demanda de los museos que necesitaban objetos para realizar exposiciones que atrajesen el interés del público.

Sin embargo, la arqueología moderna no tiene como objetivo desenterrar objetos para que acaben expuestos en una vitrina. Intenta reconstruir del modo más completo posible el comportamiento del hombre, las bases de su economía y su vida individual y social. De esta forma, la arqueología podría definirse como el método que estudia las diferentes culturas del pasado y su evolución mediante el análisis de los vestigios materiales que han dejado tras de sí.

Por este motivo se ha llegado a comparar la arqueología con el trabajo de un detective: trata de reconstruir las actividades de nuestros antepasados a partir de las huellas que dejaron, restos que tenemos que ser capaces de encontrar y analizar.

La mayoría de las evidencias que encontramos en los yacimientos son de tipo circunstancial, es decir, se trata de rastros incompletos y en demasiadas ocasiones, muy fragmentarios. Pero recurriendo a las ciencias naturales podemos obtener una información mucho más completa. Es decir, lo que el arqueólogo pueda aprender sobre el pasado dependerá en gran medida de la forma en que utilice los recursos que ponen a su disposición otras disciplinas científicas (como, por ejemplo, los análisis de ADN antiguo, estudios químicos de los suelos, polen y restos de fauna y flora etc.).

En definitiva, los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para lograr sus objetivos, la arqueología cuenta un método que comienza con el planteamiento teórico de la prospección y el proceso de excavación del yacimiento, y continúa con el estudio de los materiales encontrados, su seriación y caracterización cronológica. Esta información permite avanzar una hipótesis de trabajo sobre la época a la que pertenecen, su función etc.

  1. Trabajo de campo. La prospección es el conjunto de trabajos previos que se llevan a cabo en el campo y en el propio laboratorio con la finalidad de encontrar el mayor número de yacimientos. Se trata de conocer el terreno (tanto en términos geográficos como geológicos) por medio del estudio de la cartografía, la fotografía aérea o imágenes vía satélite. Como resulta enormemente costoso hacer prospecciones en un área de investigación extensa, es habitual realizar muestreos en zonas más concretas con el uso de sistemas como el georradar, o los métodos magnéticos, que aprovechan la presencia de partículas férricas en la composición de los diferentes suelos y las alteraciones que han podido sufrir por la alteración humana (especialmente indicado para detectar estructuras de hornos). A partir de esa información se puede tomar la decisión de excavar en el yacimiento que sea más prometedor. En segundo término, la excavación del yacimiento permite conocer las actividades humanas en un periodo determinado del pasado y conocer los cambios experimentados en ese lugar de una época a otra. Para poder analizar y comprender un yacimiento es necesario tener en cuenta la estratigrafía, que no es más que la sucesión de capas u ocupaciones que constituyen una secuencia y que se acumulan a lo largo del tiempo. Destacaremos dos leyes que rigen su funcionamiento. La ley de superposición implica que el sedimento que se depositó hace más tiempo estará en la parte inferior de la secuencia estratigráfica, mientras que el más moderno estará encima de éste (en términos generales, cuanto más profundo excavamos, más lejos en el tiempo llegamos). Por otro lado, y como complemento de la anterior, la ley de horizontalidad original se refiere a que, en condiciones perfectas, los sedimentos se depositan de manera horizontal.
  2. Trabajo de laboratorio. Una vez obtenidos los materiales hay que analizar todas las muestras obtenidas en el yacimiento. Estos trabajos permiten conocer el medio ambiente en el momento de ocupación del yacimiento (gracias al estudio de la microfauna, pólenes, composición del sedimento, carbones, semillas, etc.), las estrategias de caza, los esquemas de obtención de herramientas, así como la identificación de restos humanos.
  3. Trabajo de gabinete. Una vez estudiados y clasificados los materiales, procede la interpretación de los datos obtenidos y su puesta en contexto con los conocimientos previos de la disciplina. De esta forma, el resultado de los estudios de los especialistas en cada materia se verá reflejado en artículos en revistas científicas, monografías o trabajos de divulgación.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a las interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados. Estas interpretaciones emplean los datos arqueológicos fuera de contexto, se utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo o, directamente, presentan datos falsos o falsifican pruebas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión. documentales etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico a pesar de que sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  Disfrazan sus afirmaciones de científicas para gozar de la credibilidad que ésta representa.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, o que nuestros antepasados no pudieron construir sin ayuda las pirámides de Egipto o de Mesoamérica. Sin embargo, la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito.  También debemos reconocer que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como comprobamos con su utilización por el partido nazi en la Alemania de comienzos del siglo XX.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no constituye un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado.  Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.

Debemos hacer un esfuerzo mayor para rechazar sus falsedades. A continuación abordaremos esta tarea con tres ejemplos concretos.

La tumba del rey Pakal.

En 1948, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier realizó un importante descubrimiento en el interior de una pirámide escalonada de casi veintitrés metros de altura en el yacimiento de Palenque ¾conocida como el Templo de las Inscripciones, el edifico ceremonial-funerario más grande del periodo clásico-tardío: halló unas escaleras ocultas que descendían bajo el nivel del suelo. Tras casi cuatro años de duros esfuerzos para limpiar los veinticinco metros de relleno de mampostería con que se había obstruido el paso de forma intencionada, en 1952 accedió a una antecámara funeraria donde se habían inhumado seis personas, aparentemente sacrificados en honor del gobernante. En la habitación contigua estaba la tumba de Pakal, señor de B´aakal, en cuyo interior encontró su cuerpo con una máscara y diversos objetos funerarios de jade.

A pesar del excepcional hallazgo, y su importancia para comprender mejor la historia del pueblo maya y la región, lo que generó más expectación en los círculos pseudoarqueológicos fue la losa rectangular de 3,8 metros que cubría el sarcófago. En lo que supone un maravilloso trabajo artístico, presenta motivos esculpidos en bajorrelieve y una larga inscripción alrededor del borde. Muchos interpretaron esta losa como la representación de un astronauta de la antigüedad.

Todo surgió cuando dos “investigadores” (Millou y Tarade) publicaron en 1966 un artículo en la revista Clypeus de Turín titulado L’enigma di Palenque (El enigma de Palenque) donde hacen esta descripción:

«El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto, lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato. Sus dos manos manipulan unos resortes. La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los coches Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico.

La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios solar. La palabra “energía” sería más apropiada que la de “dios”, ya que en la descomposición de la luz mediante un prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de un papagayo.

En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos diez acumuladores, y también son visibles más condensadores de energía. El motor se halla en cuatro compartimientos en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego».

A pesar de la imaginación que derrochan esos “investigadores”, la escena que vemos recoge en realidad el instante de la muerte de Pakal y su caída al inframundo. Es decir, vemos simbolizada —según las creencias mayas— su muerte y resurrección.

En los mitos recogidos en la época colonial, la imagen del cosmos de los mayas se presenta como una estructura de tres niveles: el cielo; la tierra, vista como una plancha plana cuadrangular; y por último, el inframundo (con nueve niveles). Según la mitología maya, el acceso de los difuntos al inframundo obligaba recorrer los nueve escalones desde el nivel terrestre, por eso la entrada a la tumba está en el suelo del Templo, que corresponde simbólicamente a la superficie de la tierra.

Pakal aparece en el centro de la losa como símbolo del nivel terrestre; sobre él vemos una cruz formada por una serpiente bicéfala (la barra horizontal), y otra cabeza de serpiente remata el eje vertical. Esta cruz es una representación del árbol de la creación que en la mitología maya se encuentra en el centro del mundo. Debajo de éste, en la parte inferior de la losa, vemos las fauces abiertas del inframundo. El esqueleto de dos dragones, unidos por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de U que representa la entrada al mundo de los muertos.

Y es ahí donde arranca el Árbol del Mundo, centro del Universo. El Pájaro Serpiente, símbolo del reino celeste, está posado sobre la copa del árbol. El Pájaro Serpiente, en este y otros relieves de Palenque, se acompaña de glifos y mascarones solares lo que refuerza la interpretación de que se trata del Sol en el cenit.

Entre las mejores representaciones del Árbol del Mundo están las que encontramos precisamente en Palenque. Formado por serpientes bicéfalas, aparece en las lápidas de los Templos de las Inscripciones y de la Cruz; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se le representa como una planta de maíz. Todas estas cruces presentan al Pájaro Serpiente posado en lo alto; mientras que en la parte inferior vemos los símbolos de la noche, la tierra y el inframundo. Para reforzar la idea de que este pájaro representa el Sol, vemos que en el tablero del Templo de la Cruz y en la lápida del Templo de las Inscripciones, el Pájaro Serpiente tiene a los lados escudos del dios solar; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se posa sobre un mascarón solar que se ubica en la parte superior de la cruz.

En la losa de Pakal, los extremos de las ramas terminan en cabezas de serpiente xiuhcóatl (un animal que simboliza la renovación del fuego y del tiempo); y el tronco tiene sus raíces en una cabeza monstruosa, de mandíbulas descarnadas, símbolo de la Tierra devoradora y engendradora de la Vida. Éste monstruo aparece en un estado de transición entre la vida y la muerte: es esquelético de la boca para abajo, pero sus ojos tienen las pupilas dilatadas de los seres vivos.

Pakal parece tambalearse en una postura incómoda, lo que remarca que también él está en transición de la vida a la muerte: lo vemos con las rodillas flexionadas, las manos relajadas y el rostro sereno, no cae aterrado porque espera vencer a la muerte. El hueso de su nariz significa que incluso en la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento.

Lo que esta losa viene a decir es que Pakal fue dios durante su vida, y también es dios al caer en la muerte.

En su libro, Tomas recopila decenas de ejemplos “misteriosos”, sacados de contexto y aportando datos equivocados, para ofrecer un hilo conductor que sirva de apoyo a su visión de nuestro pasado. En este caso concreto, se presenta la iconografía de la losa de la tumba como única y especial, como una señal unívoca de que los mayas querían representar a un astronauta de la antigüedad. Sin embargo, no menciona los datos y pruebas que han ido recopilado arqueólogos, paleógrafos etc. que contradicen esa visión.

Así, basta que nos desplacemos unas decenas de metros desde el Templo de las Inscripciones para encontrar otros paneles que idéntica simbología en los Templos de la Cruz y de la Cruz Foliada.

El 12º planeta

Zecharia Sitchin fue un escritor de origen ruso que nació en 1922. Deberíamos añadir que fue un escritor de éxito que logró vender millones de ejemplares (sus libros fueron traducidos a más de 25 idiomas). Todos ellos tienen un denominador común: nos habla de los orígenes de la humanidad y sostiene que seres extraterrestres han intervenido en la historia de la Tierra. Según afirma, la primera civilización histórica —la sumeria— fue creada por los Anunnaki, una raza de extraterrestres que provenían de un planeta llamado Nibiru, de ahí el título de su primer libro publicado en 1976. Sitchin se apoya en la rica mitología mesopotámica para defender la existencia de un planeta desconocido para la ciencia de donde provienen los Anunnaki (que relaciona con los Nefilim citados en el Antiguo Testamento).

En síntesis, sus argumentos son los siguientes:

  • El origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otro lugar (lo que hoy en día conocemos como la teoría de la panspermia dirigida).
  • El ser humano moderno, Homo sapiens, es un extraño en la Tierra. Pone en tela de juicio las afirmaciones de la paleoantropología “oficial” al afirmar que la aparición de Homo sapiens fue súbita e inexplicable. El desarrollo de sus herramientas, su capacidad de hablar, y otros rasgos modernos no tienen conexión con los primates anteriores, ni puede explicarse con el lento proceso evolutivo (se apoya en una cita de Theodosius Dobzhansky ―y su obra Mankind evolving― según la cual «el hombre moderno tiene muchos parientes fósiles colaterales, pero no tiene progenitores; de este modo, la aparición del Homo sapiens se convierte en un enigma»). La respuesta que ofrece Sitchin es que, como afirma el Antiguo Testamento y otras fuentes antiguas, fuimos creados por los dioses.
  • En relación con lo anterior, dado el escaso tiempo transcurrido desde su aparición, el hombre debería estar incivilizado: «al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su “industria de la herramienta”; sin embargo, desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, […] y menos de 50.000 años después del Hombre de Neanderthal [sic], hemos llevado astronautas a la luna».
  • Refiere que a pesar de que nuestros estudiosos no pueden explicar la aparición de Homo sapiens, al menos no hay duda “por ahora” de que la civilización surgió en Oriente Próximo.
  • Sitúa el origen de la agricultura en Oriente Próximo desde donde se extendió al resto del mundo. El hombre comenzó cultivando y “domesticando” el trigo y la cebada, para luego aparecer en “rápida sucesión” el mijo, el centeno y la escanda; el lino que proporcionaba fibras y aceite comestible; y una amplia variedad de arbustos y árboles frutales: «era como si en Oriente Próximo hubiera existido una especie de laboratorio botánico genético, dirigido por una mano invisible, que producía de vez en cuando una planta domesticada» Siguiendo este argumento, identifica el “Edén” bíblico como este lugar, como el lugar del origen de la vid.
  • Tras la domesticación de plantas y animales, y el origen del culto a los muertos, que comienza en los alrededores del 11000 a.C., tuvo lugar la aparición de la cerámica en las tierras altas de Oriente Próximo en un lapso de no más de 3.600 años ―esta cifra temporal es importante como veremos más adelante― «el descubrimiento de los múltiples usos que se le podía dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles»
  • Tras esto, el progreso se ralentizó y se produjo una regresión hacia el 4500 a.C., aunque después, «súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable».

Estos seres vinieron a la Tierra para obtener recursos minerales, fundamentalmente oro. Los Anunnaki decidieron crear unos “esclavos” para que hicieran el trabajo duro: nosotros. Mediante ingeniería genética, emplearon sus propios genes para modificar el ADN de Homo erectus y así crear una raza lo suficientemente inteligente como para ser capaz de seguir sus órdenes y hacer el trabajo que se le exigía.

En definitiva, argumenta que el resultado de su “investigación” contaba con el respaldo de los textos bíblicos, y que éstos tienen su origen en los textos sumerios. De hecho, se jacta de haber traducido directamente el lenguaje sumerio, confirmando de esta forma que dicha lengua refleja la realidad de sus afirmaciones.

Hoy en día conocemos bien la civilización mesopotámica aunque sólo podamos conocer su historia, en el sentido propio de esta palabra, desde aproximadamente unos 3.000 años antes de la era común. Es decir, somos capaces de conocer su historia desde el momento en que se desarrolló por primera vez un sistema de signos apto para materializar y fijar el pensamiento y la palabra: las lenguas sumeria y acadia.

Los arqueólogos llevan décadas trabajando en los desiertos de lo que actualmente son Irak, Irán, Siria y Líbano, donde han desenterrado alrededor de medio millón de tablillas escritas con signos cuneiformes (nombre que recibe la escritura con forma de cuña empleada en Mesopotamia). Aunque puede parecer que esta información es considerable, en realidad es bastante escasa en comparación con toda la que se debió producir a lo largo de los miles de años que pervivió esa civilización, y ello sin contar todos aquellos datos que no se llegaron a poner por escrito ni los que han desaparecido para siempre en las arenas del tiempo y el desierto. Además debemos tener presente que en Mesopotamia, tanto en la ciencia como en la jurisprudencia, la adivinación o la medicina, no existía más escritura y más literatura que la profesional: sólo los profesionales escribían y leían. De ahí que estos textos circulasen únicamente entre ellos.

Tantos años de estudio han permitido una comprensión bastante completa de la lengua y de la forma de pensar de los antiguos mesopotámicos. Sin embargo, en la época en la que Sitchin escribió su libro, los estudiosos que investigaban la civilización que surgió entre dos ríos formaban un grupo reducido que publicaban sus hallazgos en sesudas revistas especializadas. El desconocimiento de esta cultura entre el público era total.

Y eso lo aprovechó convenientemente nuestro protagonista para dar a su versión de los hechos una apariencia de verdad.

En uno de los capítulos más curiosos de su libro —Los Nefilim: el pueblo de los cohetes ígneos— Sitchin sostiene que los escribas sumerios reflejaron en su escritura un hecho real: existían unos astronautas que surcaban los cielos en naves propulsadas por cohetes.

Para apoyar su argumentación utiliza como ejemplo la palabra DIN.GIR que analiza descomponiéndola en dos. Según afirma, GIR es un término utilizado para describir un objeto de bordes afilados (describe el pictograma como un cohete de dos fases con aletas); mientras que DIN lo traduce como “justo”, “puro”, “brillante”. Por lo tanto, cuando unimos las dos palabras para formar DIN.GIR —una palabra que existe efectivamente y que se traduce como “dioses” o “seres divinos”—, Sitchin defiende que transmitía una idea más profunda: los dioses eran “los justos de los objetos en punta brillantes” o, de forma más explícita, “los puros de los cohetes ardientes”.

Sin embargo la realidad es bien distinta.

Gracias a la labor de los arqueólogos (rescatando las tablillas de barro del desierto) así como a los estudiosos de las lenguas muertas, tenemos un conocimiento bastante completo de las lenguas sumeria y acadia. Además, contamos con muchos diccionarios de lengua sumeria que permiten comprender el significado de los términos —diccionarios que también estaban disponibles cuando Sitchin escribió su libro—. Si tomamos cualquiera de ellos vemos que, efectivamente, existe la palabra GIR y podemos traducirla como “cuchillo” o “espada” (podemos decir que Sitchin acierta porque un cuchillo o una espada encajan perfectamente con su traducción de “objeto de bordes afilados”). La palabra DIN también existe, pero se traduce al castellano como “vida”, “salud”, “vigor”.

Analicemos ahora la forma de los pictogramas. Si seguimos el planteamiento de Sitchin, al unir los pictogramas de las palabras DIN y GIR vemos esto:

¿Se parece a la imagen que ilustra el libro? Hombre, un aire se dan, pero hay un pequeño problema: en este orden, los pictogramas sumerios se leerían GIR.DIN. Si los ponemos en el orden “correcto”, desparece el efecto que buscaba nuestro autor.

Y si utilizamos el signo adecuado para la palabra DIN.GIR vemos claramente que ésta se representa por un pictograma concreto que no es la unión de los dos anteriores.

En definitiva, el 12º Planeta es una colección de textos mal traducidos elegidos únicamente para sostener la argumentación que expone en la obra (de esta forma, lo que en un lugar traduce de una forma, no tiene encaje cuando se traslada a otros textos). Y todo ello con un problema de fondo que el autor no puede (o quiere) solventar: toma de forma literal los mitos sumerios.

Dado el éxito que tuvieron sus textos y las “llamativas” afirmaciones que se hacían en nombre de la ciencia, la comunidad académica no se limitó a ignorar sus afirmaciones. Muy al contrario, podemos encontrar muchas reseñas de sus libros hechas por historiadores, arqueólogos y antropólogos que critican las afirmaciones de Sitchin, haciendo hincapié en su falta de rigor a la hora de traducir e interpretar los textos que cita.

Por su parte, Sitchin se limitaba a contestar que los académicos se negaban a ver la realidad por sus prejuicios y su afán de “quedar por encima” de quien veían como un simple aficionado. Sin embargo, nunca dio una explicación clara y concreta a las evidentes contradicciones y falsedades que se pusieron sobre la mesa.

Continúa

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, 6 comentarios
El mapa de Vinlandia (I)

El mapa de Vinlandia (I)

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 13:05

Creo que todos conocemos la historia que voy a resumir: dos horas después de la medianoche del 12 de octubre de 1492, Rodrigo de Triana gritó desde La Pinta «¡Tierra a la vista!», poniendo fin de esta manera a una larga travesía por el Océano Atlántico. La expedición española, capitaneada por Cristóbal Colón, había llegado a la isla de Guanahaní, perteneciente al archipiélago de Las Bahamas. A la mañana siguiente Colón desembarcaba acompañado de Martín Alonso y Vicente Yáñez Pinzón, capitanes de La Pinta y La Niña respectivamente, y tomaba posesión de la tierra descubierta en nombre de la Corona de Castilla. Colón, desde ese momento, pasaría a la historia como el descubridor de América.

 Colón desembarca en la isla de Guanahaní

Colón desembarca en la isla de Guanahaní

La trascendencia de ese momento llega hasta nuestros días ya que el 12 de octubre se ha escogido como efeméride para la celebración de la Fiesta Nacional de España (Día de la Hispanidad, de Cristóbal Colón y otros tantos apelativos en diferentes países hispanohablantes), como símbolo del momento en que se inició el contacto entre Europa y América y que culminó con el llamado «encuentro de dos mundos». Sin embargo, hay quienes no están de acuerdo con esta versión de los hechos.

Más de cuatro siglos después de ese desembarco histórico, concretamente el 11 de octubre de 1965, se organizó una fiesta en la Universidad de Yale, en New Haven, Connecticut. Asistieron como invitados especiales un numeroso grupo de diplomáticos, universitarios y periodistas escandinavos a quienes se hizo partícipes en primicia del que fue considerado el descubrimiento cartográfico más fascinante del siglo: un mapa sobre pergamino de color beige de 27,8 centímetros de alto por 40 centímetros de largo —bautizado como el mapa de Vinlandia— que se afirmó era el único ejemplo de cartografía escandinava medieval que existía 1. Según los expertos que analizaron el documento, el mapa era auténtico y constataba que los vikingos —encabezados por Leif Eriksson— habían descubierto, explorado y colonizado una tierra fértil al oeste de Groenlandia en el siglo XI. Y además habían dejado constancia escrita de su hazaña. Por tanto, sostenían que ese mapa era la prueba palpable de que éstos se habían adelantado a Cristóbal Colón en más de tres siglos 2.

El mapa de Vinlandia se dio a conocer al público en general cuando la editorial universitaria de Yale lazó la obra The Vinland map and the Tartar relation 3 de forma simultánea a ambos lados del Atlántico (en nueva York y Londres); una monografía que pronto se convirtió en un best seller internacional.

Los periódicos de medio mundo se hicieron eco de la noticia y las reacciones ante este hallazgo no se hicieron esperar. Aunque de interés intrínseco para comprender mejor la historia de los tártaros (por el texto que lo acompañaba), el mapa no hubiera causado tanta sensación si no fuera por la descripción de una tierra situada en el noroeste del Océano Atlántico y al oeste de Groenlandia llamada Vinlandia. Igual de llamativo era que Groenlandia apareciera como una isla, cuando este hecho no se verificó hasta 1912 cuando se circunnavegó por primera vez.

Mapa de Vinlandia (falso color)

Mapa de Vinlandia (falso color)

En cualquier caso, para quienes recibieron la noticia no pasó desapercibida la fecha escogida para dar publicidad al hallazgo: la víspera de la conmemoración del descubrimiento “oficial” de América por Cristóbal Colón. En este sentido, y con un tono que desborda ironía, Torcuato Luca de Tena analizó lo sucedido en un artículo publicado en ABC dos días después 4. Además de poner en duda la autenticidad del mapa, criticó duramente que por parte de las autoridades académicas de la universidad americana se hubiera escogido precisamente ese día, considerando que se trató de una cuestión política más que científica:

La gesta escandinava producirá una huella interesante en el campo de las artes. Va a ser preciso arrinconar los cuadros de las carabelas colombinas de Rodrigo de Triana, empinado sobre la cofa, y de Colón, con el mandoble desenvainado, mientras se remoja los pies al desembarcar en el hemisferio de Ericsson. Las puertas de bronce del Capitolio de Washington recogen la escena de Colón cuando estaba en el lecho de muerte. Habrá que enterrar pronto a este enfermo, para poner a Ericsson en la misma cama. […] Gracias a ese reajuste muy pronto se podrá hablar de las grandes universidades de Vinlandia, de las famosas aguas de Vinlandia a base de colas, y del Presidente Johnson de los Estados Unidos de Vinlandia.

Cuando supe que Scientia, anfitrión de la décimo primera edición del carnaval de humanidades, había elegido como tema central el arte y la química, me vino a la mente de inmediato la historia de este mapa, que quizás muchos ya conozcan, pero que aún guarda interesantes incógnitas que vamos a analizar en esta serie de anotaciones. Para mí resulta un tema apasionante porque combina algunas de las cuestiones que más me atraen: historia, navegación, arqueología, manuscritos antiguos y un enfrentamiento científico que ha durado varias décadas (y que aún sigue vivo como vamos a comprobar) a cuenta de los numerosos análisis químicos realizados sobre el mapa.

El mapa de Vinlandia

El primer trabajo de estudio y análisis de los documentos (mapa de Vinlandia y Relación tártara) fue llevado a cabo como hemos apuntado por el Dr. R. A. Skelton, superintendente de la sala de mapas del Museo Británico; el Dr. Thomas E. Marston, conservador de literatura medieval y renacentista de la biblioteca de la Universidad de Yale; y George D. Painter, ayudante de conservador a cargo de los incunables del Museo Británico.

Según refieren estos investigadores en la monografía publicada en 1965, el mapa fue elaborado alrededor del año 1440 por un escriba desconocido, empleando como modelo un original de fecha anterior del que no se tiene constancia. Junto al mapa apareció una versión manuscrita —también desconocida hasta entonces— 5 del informe del viaje que el misionero franciscano de origen italiano Giovanni da Pian del Carpine hizo a la corte mongola en 1245 (texto que por ese motivo recibe el nombre de Relación tártara) escrita por un fraile llamado C. de Bridia, y cuyo nombre tampoco aparece en ningún registro histórico. La Relación tártara es un texto breve que ofrece una versión algo diferente de la bien conocida Ystoria Mongalorum escrita por Carpine, jefe de la misión enviada por el Papa Inocencio IV al rey de los tártaros. La expedición dejó Lion en abril de 1245 y estuvo fuera durante dos años y medio. Se trata de uno de los varios informes que describen los viajes de los misioneros durante el siglo XIII a Asia Central así como la historia y naturaleza de los mongoles.

Un año después, la misma universidad compró otro manuscrito, el Speculum historiale de Vincent de Beauvais, la tercera parte de una obra mayor que pretendía ser un relato histórico del devenir del mundo. La importancia fundamental de esta última adquisición proviene del hecho de que, según sostienen los investigadores, las tres piezas formaban parte de un mismo libro y fueron redactadas por una misma mano (más adelante ahondaremos en esta cuestión). Por lo tanto, afirman que el Speculum fue separado físicamente de un volumen donde el mapa se situaba al principio y la Relación tártara al final.

Describamos el mapa. Está dibujado en una hoja de pergamino doblada por la mitad y contiene, en líneas generales, una descripción de las tres partes conocidas en el mundo medieval —Europa, África y Asia— rodeadas por el océano, con islas y grupos de islas tanto en el este como en el oeste. El mapa se ha dibujado con orientación norte, es decir, con los nombres y referencias escritos de forma horizontal en una alineación este-oeste del territorio (una cuestión nada baladí porque no era lo habitual en la época. De hecho se desconoce si esta disposición fue deliberada o suponía el método más conveniente para ordenar los elementos del mapa dentro del espacio rectangular del que disponía el escriba).

En el contorno de las costas se representan las características hidrológicas (ríos y mares interiores) aunque los detalles orográficos no aparecen reflejados. El dibujo se ha hecho con una línea de tinta gruesa, y muestra una generalización evidente en algunas partes y una considerable elaboración más detallada en otras.

Lo más relevante a efectos de esta anotación es que en el extremo noroeste del mapa aparecen tres grandes islas, llamadas respectivamente isolanda Ibernica, Gronelada, y Vinlanda Insula a Byarno repa et leipho socijs —es decir, Islandia, Groenlandia y Vinlandia—. El hecho de que estas islas aparezcan fuera del marco oval del resto del mapa sugiere que no estaban en el modelo original que el cartógrafo siguió al copiar el resto. En la esquina superior izquierda se incluye una larga referencia al viaje del obispo Erik Gnupsson a Vinlandia:

Por la voluntad de Dios, después de un largo viaje desde la isla de Groenlandia hacia las partes más distantes del mar océano occidental, navegando hacia el sur, en medio del hielo, los compañeros Bjarni [Herjolfsson] y Leif Eriksson descubrieron una nueva tierra, extremadamente fértil, que incluso tenía viñas, a la que llamaron Vinlandia. Erik, legado de la Sede Apostólica y obispo de Groenlandia y las regiones vecinas, llegó a esta tierra verdaderamente inmensa y muy rica, en el nombre de Dios Todopoderoso, en el último año de nuestro bienaventurado padre Pascal, permaneció mucho tiempo, tanto en verano e invierno, y más tarde regresó hacia el noreste hacia Groenlandia y luego se dirigió en la mayor humilde obediencia a la voluntad de sus superiores.

Detalle del mapa de Vinlandia (esquina superior izquierda)

Detalle del mapa de Vinlandia (esquina superior izquierda)

Para los investigadores, la asociación física del mapa con el resto de manuscritos quedaba demostrada más allá de toda duda por tres pares de agujeros causados por gusanos y que atraviesan sus dos hojas. Éstos coinciden perfectamente con los que se encuentran en las hojas de comienzo del Speculum, coincidiendo a su vez los de éste con los que presenta la Relación tártara. De ahí que el hallazgo de la obra de Beauvais fuera tan importante: era la pieza que otorgaba autenticidad a todo el conjunto.

¿De dónde ha salido el mapa?

Desde el mismo momento en que se hizo público el hallazgo de este singular documento cartográfico, tanto periodistas como estudiosos de diferentes nacionalidades pusieron en tela de juicio su autenticidad.

Uno de los principales problemas a los que tuvo que enfrentarse la Universidad de Yale tras su adquisición fue la falta de un registro ininterrumpido de su posesión, es decir, no había un conocimiento detallado de sus anteriores propietarios y las incidencias por las que habían atravesado los textos. Skelton, Marston y Painter (que, recordemos, llevaron el peso de la investigación incial) reconocieron desde el principio que sin ese registro no podía haber una absoluta e irrefutable demostración de que el mapa no era una falsificación 6. Conviene por tanto conocer cómo apareció el mapa.

La historia del volumen se conoce desde el verano de 1957 cuando Enzo Ferrajoli de Ry, un librero italiano afincado en Barcelona, lo dio a conocer en el reducido mundillo del mercado de libros raros. En Londres, acompañado por el librero Joseph Irving Davis, de Davis y Orioli Ltd., Ferrajoli se lo ofreció al Museo Británico, donde George Painter, el Dr. Skelton y el Dr. Schofield pudieron echarle un vistazo. Éstos apreciaron de inmediato las características novedosas del mapa aunque, en ese momento, expresaron serias dudas acerca de algunas inscripciones latinas que contenían aparentemente algunos “errores monumentales”. La venta no se materalizó.

Continuando con su periplo, en septiembre de ese mismo año tenemos a Ferrajoli en la oficina que Nicholas Rauch tenía en Ginebra, donde el anticuario de New Haven Laurence Claiborne Witten II vio por primera vez tanto el mapa como de la Relación tártara. Esta vez nuestro barcelonés de acogida sí tuvo éxito. Más tarde, en la Conferencia sobre el mapa de Vinlandia celebrada en noviembre de 1966 en la Smithsonian Institution (de la que hablaremos luego), el propio Witten rehusó revelar la procedencia de los manuscritos más allá de indicar que eran propiedad de una familia en cuya biblioteca habían permanecido durante un par de generaciones y que él visitó personalmente. Reconoció haber pagado 3.500 dólares al propietario por el volumen que contenía el mapa de Vinlandia y la Relación tártara, abonando a Ferrajoli una comisión por su participación. Esto es lo que mantuvo Witten cuando, de forma insistente, se le pidió que aclarase cómo supo de la existencia del mapa aunque, como veremos al final, hay otra versión más plausible. Baste que sepamos esto por ahora.

Finalmente, con Witten ya de vuelta en Estados Unidos en octubre de 1957, entran en escena Thomas Marston y Alexander Vietor, conservador de literatura medieval y renacentista, y conservador de mapas respectivamente, trabajando ambos en la biblioteca de la Universidad de Yale. Witten les llevó los documentos con la intención de que la biblioteca los adquiriese aunque, cuando Marston y Vietor vieron el mapa, no pudieron verificar su autenticidad: se dieron cuenta de que la encuadernación era moderna (del siglo XIX) mientras que el texto de la Relación tártara era del siglo XV. Además, se suponía que el mapa era una ilustración de la Relación pero los agujeros producidos por los gusanos no coincidían. Por último, había una inscripción extraña en el reverso del mapa: “Descripción de la primera parte, segunda parte (y) tercera parte del Speculum”. Esta anotación se refería por tanto a un libro diferente a la Relación tártara. En cualquier caso, la Universidad de Yale no disponía de medios económicos para su compra así que Witten regaló a su esposa el manuscrito.

Éste estaba aún investigando la autenticidad del documento cuando Marston le encargó a principios de 1958 que adquiriera del catálogo de Davis y Orioli (recordemos, la empresa de libreros británica que intervino en el intento de venta de los textos al Museo Británico) un manuscrito con parte del trabajo de un monje dominico del siglo XIII llamado Vincent de Beauvais: se trataba del Speculum historiale, por el que pedían 75 libras. Cuando Witten sostuvo en sus manos el libro tuvo una intuición que más tarde se confirmó, era la pieza que faltaba en la composición original: el mapa de Vinlandia al principio, el Speculum en medio, y la Relación tártara al final. Las marcas de agua en el papel de los dos libros eran las mismas 7 y permitieron situar su fecha de origen en 1440, probablemente en la ciudad suiza de Basilea. Tanto el Speculum como la Relación tártara parecían el trabajo del mismo escriba, quien empleaba en ambos la misma caligrafía conocida como “Upper Rhineland bastard» (o cursiva del Alto Rin). Pero lo que entusiasmó a Marston y Witten fue que la letra parecía la misma también en el mapa.

El Dr. Marston, después de mucho pensarlo, regaló el Speculum a la Sra. Witten aunque ahora los tres pergaminos se habían vuelto enormemente valiosos, económica e históricamente. Marston esperaba que ese gesto de generosidad le daría a la biblioteca de Yale alguna posibilidad de control sobre el mapa en el caso de que la Sra. Witten decidiera venderlo, como finalmente sucedió.

De esta forma, el mapa fue adquirido por Paul Mellon, antiguo alumno de la universidad, quien accedió a pagar lo que pedía Witten para donarlo a la biblioteca de Yale si podía ser autentificado. Reconociendo su importancia potencial como el mapa más antiguo en mostrar América, Mellon insistió en que su existencia se mantuviera en secreto hasta la publicación de un libro donde se estudiase y analizase en profundidad. Incluso los tres autores que debían escribir la obra fueron escogidos entre el pequeño número de personas que habían visto el mapa antes que él. Una vez publicado en 1965, cumpliendo su compromiso, lo donó a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale, donde se custodia en la actualidad.

Primer folio de la Relación tartara

Primer folio de la Relación tartara

Primeros análisis

Debemos tener en cuenta que es difícil que una investigación científica aporte una prueba definitiva sobre la autenticidad de un objeto artístico antiguo, salvo que sea posible demostrar de forma directa el momento de su fabricación. Así sucede, por ejemplo, cuando se emplea la técnica de datación por termoluminiscencia a la cerámica recuperada en yacimientos arqueológicos. Por tanto, la prueba casi perfecta de la autenticidad de un objeto es disponer de un registro de custodia ininterrumpida desde una conocida y probada fecha de origen (algo casi imposible en la mayoría de los casos).

Por suerte, cualquier documento, manuscrito o texto impreso, presenta una serie de componentes que sí pueden ser objeto de un detallado análisis: el papel o pergamino; la tinta; la encuadernación (en el caso de un libro) y otros aspectos accidentales como pueden ser la actividad de determinados insectos, las manchas etc. Cada uno de estos componentes puede someterse en mayor o menor medida a un examen científico con el fin de determinar la identidad o la forma de preparación de los mismos y cuyos resultados pueden ser comparados con muestras conocidas para proceder a su autentificación.

En la monografía publicada en 1965, los autores expusieron que se habían realizado todas las pruebas que no implicaban causar daños o destruir el pergamino (lo que en términos prácticos, y teniendo en cuenta la tecnología disponible en ese momento, no era demasiado). De hecho, reconocían sentirse frustrados porque aún no se hubiera perfeccionado algún tipo de análisis químico que sirviera para determinar tanto la antigüedad como el punto de origen aproximado del pergamino, ya que las que existían en ese momento no eran lo suficientemente precisas. Tampoco se hicieron análisis químicos de la tinta ya que era necesario raspar una gran cantidad de escritura para producir suficiente material con el que trabajar 8.

Sin embargo, pasaron por alto —o se negaron a hacer— unas pruebas bastante sencillas y no invasivas sobre la tinta utilizada en los textos que hubieran arrojado luz acerca de la autenticidad del mapa de Vinlandia.

Las tintas más utilizadas en la Edad Media para escribir sobre pergamino eran las metaloácidas o ferrogálicas dado su poder de fijación sobre ese soporte 9. La tinta ferrogálica está compuesta por cuatro ingredientes básicos: extractos de ácidos gálico y tánico (obtenido de las nueces de agalla del roble), vitriolo (minerales como sulfato ferroso o sal de hierro), y como aglutinantes goma arábiga y agua. La tinta fabricada según esta “receta” era transparente, lo que obligaba a añadir una pequeña cantidad de carbón en polvo (hollín) para guiarse durante la escritura. De esta forma, a medida que se iba secando el agua, los metales reaccionaban con los ácidos, provocando la oxidación y el oscurecimiento del compuesto que formaba un tanino férrico. El color original de estas tintas era azul intenso, casi negro, pero dado que la oxidación que sufren los metales es progresiva, el paso del tiempo produce alteraciones químicas que generan distintas variaciones cromáticas que van desde el pardo oscuro hasta el anaranjado.

Cuando el estado de corrosión es evidente, las características más significativas de la tinta ferrogálica son su difusión en el soporte, pérdida de nitidez y una apariencia quemada. Los ácidos presentes en estas tintas causan la “migración” de la escritura de una página a otra, o que se transfiera hasta aparecer visiblemente en el reverso del documento. Por lo tanto, el mero paso del tiempo (proceso que puede acelerarse o retardarse en función del cuidado que se dispense en la conservación) permite que la corrosión sea identificada a simple vista, ya que produce una apariencia de manchas borrosas y sombras.

Así, tras un examen no invasivo, los investigadores concluyeron que la caligrafía y la naturaleza física de los materiales empleados (tanto el pergamino, como el papel y la tinta) eran compatibles con la fecha que se había fijado para la fabricación del soporte físico: el año 1440, décadas antes de que Colón emprendiese su viaje de descubrimiento.

¿Los vikingos descubrieron América?

¿Los vikingos descubrieron América?

Tras el revuelo causado por la publicación del mapa, el 24 de febrero de 1966 se celebró una reunión privada de la Sociedad de Anticuarios británica donde Skelton leyó una nota en la que, tras escuchar las críticas que habían planteado algunos especialistas, reconoció que era necesario llevar a cabo un minucioso análisis químico de la tinta antes de poder aceptar la premisa de que tanto el manuscrito como el mapa habían sido confeccionados por la misma persona. En cambio, Marston defendió que los análisis químicos no aportarían nada nuevo, insistiendo en que no merecía la pena realizarlos dado el posible daño que se causaría al manuscrito.

En cualquier caso, las críticas no se ciñeron únicamente al poco peso de las pruebas aportadas que pretendían determinar la antigüedad de los materiales empleados. G. R. Crone, bibliotecario y conservador de mapas de la Real Sociedad Geográfica británica, planteó cuestiones estrictamente cartográficas 10, al igual que la doctora Eva Taylor, quizás la mayor autoridad mundial en mapas medievales de la época. Taylor pudo ver una reproducción del mapa en 1962 mientras Skelton trabajaba en él, y tras un examen largo y minucioso, elaboró una lista de objeciones de las que le hizo partícipe aunque finalmente ninguna fue tomada en consideración por el equipo de Yale. Por ese motivo preparó un artículo para ser publicado tras la aparición del libro donde ofrecería su versión del mapa 11. La Dra. Taylor mantenía que el mapa no podía ser un producto cartográfico del siglo XV porque dibujaba el contorno de Groenlandia como una isla y con gran detalle, algo que no se supo hasta siglos después (sus palabras textuales fueron que «colocado [el mapa de Vinlandia] junto a un mapa del siglo XX de una escala aproximadamente igual, ambos resultan casi indistinguibles a primera vista»). Otros puntos conflictivos eran la situación equivocada de Creta, el dibujo incorrecto del mar Egeo y la ausencia del mar de Mármara, todo en una época en la que ya existían mapas detallados del Mediterráneo que sí recogían todas estas características.

A pesar de todo, el mapa seguía levantando una importante expectación. A comienzos de 1967 los manuscritos comenzaron una gira europea para ser exhibidos en Noruega, Holanda y Gran Bretaña. Tanto el mapa como la Relación tártara permanecieron un par de días en el laboratorio de investigación del Museo Británico para someterlo a un estudio comparativo de la escritura mediante el empleo de métodos ópticos sencillos: iluminación ultravioleta y microscopía de baja potencia. Los resultados constataron que no había hierro en la tinta del mapa de Vinlandia, un hecho muy extraño para la época en que supuestamente fue dibujado. Por ese motivo se llevó a cabo una búsqueda sistemática de manuscritos del siglo XV que no emplearan hierro entre los componentes de sus tintas. No hubo éxito en dicha búsqueda.

Este fue uno de los factores que llevó a la Universidad de Yale —presionada por el siempre escéptico Departamento de Historia de la institución— a poner los manuscritos y el mapa en manos del químico norteamericano Walter McCrone. Su laboratorio debía realizar un análisis de las tintas utilizadas en el mapa, en el Speculum historiale y la Relación tártara. Para ello se tomaron distintas muestras, aunque no fue hasta 1972 cuando se contó con las herramientas y técnicas de microanálisis adecuadas para el trabajo. Los resultados se hicieron públicos el 26 de enero de 1974 12 y cayeron como un jarro de agua fría: el mapa parecía ser una falsificación realizada en algún momento posterior a 1920, mientras que el Speculum y la Relación tártara parecían ser genuinamente antiguos.

Continúa… con la segunda parte.

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Esta entrada participa en el XXXVIII Carnaval de la Química cuyo blog anfitrión es Pero esa es otra historia…

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Notas

  1.  Los vikingos eran tan buenos navegantes que no necesitaban cartas, se bastaban con seguir las estrellas.
  2.  Tres años después de que el mapa de Vinlandia viera la luz, el descubrimiento llevado a cabo por un equipo de arqueólogos noruegos de unas ruinas escandinavas del siglo XI en Terranova reforzó esta teoría. Para algunos, las ruinas representan la prueba física de que navegantes vikingos habían surcado el Atlántico Norte desde Islandia y Groenlandia hacia el oeste. Volveremos sobre este tema más adelante.
  3.  Skelton, R. A.; Marston, T. E. y  Painter, G. D. (1965), The Vinland map and the Tartar relation. New Haven: Yale University Press, xii, 291 p.
  4.  En la última parte de esta serie he incluido algunos recortes de periódicos de la época que ofrecen una visión fresca del revuelo mediático que desde entonces ha tenido todo lo relacionado con el mapa.
  5.  Todo en una encuadernación del siglo XIX.
  6.  En cualquier caso, añadieron que el análisis del contenido y la forma en el contexto histórico puede crear —y, en este caso, estaban convencidos de que había creado— una presunción de autenticidad que era muy difícil, si no imposible, discutir.
  7.  Aunque la historiadora Kirsten Seaver ha señalado que los sellos presentes en páginas aleatorias del libro indican una propiedad institucional, no privada, algo sobre lo que volveremos luego.
  8.  Debido a la menor capacidad de absorción del pergamino sobre el papel, las tintas se depositan en la superficie sin llegar a penetrar entre sus fibras.
  9.  De hecho, es curiosa la etimología de la palabra tinta: deriva del latín encaustum o incaustum —quemado—, que son el origen del francés encre, del inglés ink, y del italiano inchiostro. El término podría provenir de la oxidación de los ácidos gálico y tánico (dos de los componentes de la tinta) que hace que se perfore o queme la superficie escrita.
  10.  Crone, G. R. (1966), «How authentic is the «Vinland Map»?». Encounter, núm. 26, p. 75-78.
  11.  Richey, M. W. (1966), «The Vinland map». The Journal of Navigation, vol. 19, núm. 01, p. 124-125.
  12.  McCrone, W. C. y  McCrone, L. B. (1974), «The Vinland map ink». The Geographical Journal, vol. 140, núm. 2, p. 212-214.
Publicado por José Luis Moreno en ARTE, CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, NAUTA, 7 comentarios