Ciencia, científicos y libros

Una de las cosas que más me llaman la atención del mundo de los libros es la pasión que experimentan los bibliófilos al tener en sus manos un determinado ejemplar. Este afán de posesión, de pertenencia, se manifiesta y se hace patente de forma llamativa con el ex libris.

Podemos definir el ex libris como la marca de propiedad que se coloca en un libro para dejar constancia de la misma o de su fabricación, encuadernación, iluminación etc. Desde el mismo comienzo de la historia del libro, cada una de las personas o colectivos que intervienen en el proceso de darle vida o, por el simple deseo de mostrar orgullo por una adquisición, han rubricado sus trabajos mediante marcas peculiares que procuraban dejar visibles en sus obras.

Marcar, en general, es señalar con signos distintivos, y la marca sirve para diferenciar unas cosas de otras, o para demostrar su pertenencia. La propia definición del diccionario de la RAE de marca nos lleva a la palabra señal, que en rigor viene a ser sinónima para nuestros propósitos.

Un libro es la unión material de dos partes bien diferenciadas: su concepción y escritura por un lado; y por otro, la realidad tangible como objeto. Como sucede en muchas ocasiones, un libro ya editado puede ser motivo de admiración (con independencia de su contenido) como obra de arte por poseer características especiales en la impresión del texto o en la encuadernación.

El impresor pone su marca generalmente en el colofón (inscripción o emblema que identifica la imprenta o el editor al final de un libro. También puede incluir el número de tirada y el escudo del impresor); mientras que el editor lo hace en la cubierta o en la portada (cada una de las partes, anterior y posterior, que cubre los pliegos de un libro). El librero adhiere una etiqueta (en la actualidad casi siempre retirable) o se identifica mediante sello; y el encuadernador suele firmar su trabajo en la cubierta o al reverso, o en el borde sobre la guarda (las hojas de papel pegadas en las cubiertas interiores, que unen el bloque del libro a las cubiertas. Sirven para proteger el interior de la encuadernación).

Por último, y en lo que a nosotros nos interesa ahora, quien adquiere un libro puede colocar su ex libris, y a veces estampa el superlibros, sobre una o ambas tapas de cubierta (el superlibros es cuando la inscripción o marca del propietario aparece incorporada a la encuadernación en la cubierta, generalmente en obras antiguas de gran valor artístico). Cuando un propietario coloca su ex libris, no sólo deja una marca física sino una impronta ya que permite, si el volumen cambia de dueño con el paso del tiempo, que se vayan acumulando los ex libris y así poder seguir la historia vital de ese ejemplar. Se puede aprender mucho sobre la forma de pensar de una persona estudiando su biblioteca (recomiendo para los interesados el delicioso libro de Jesús Marchamalo “Donde se guardan los libros”)

La expresión más sencilla del ex libris consiste, como tantos hemos hecho, en escribir el nombre del propietario normalmente en la guarda de portada. Los entendidos en la materia sostienen sin embargo que el ex libris ha de ser dibujado expresamente para el uso a que se destina, que debe desarrollar una idea decorativa o un símbolo referente a su propietario, y que no se pueden emplear en ninguna otra misión. Como ya habrán supuesto, el propio ex libris puede acrecentar el valor de un libro si es particularmente artístico y, sobre todo, si el titular es o ha sido una personalidad relevante.

La historia de los propietarios está unida a la historia misma de los libros. En principio, y por lo costoso de aquéllos, la condición de bibliófilo iba aparejada a la del poder social y económico ya que sólo los poseían los miembros de la aristocracia y, sobre todo, las bibliotecas de los monasterios, que los intercambiaban para hacer copias.  Y como ocurre con el linaje de los blasones, así se pasaban en herencia los libros, añadiendo a los escudos (y por ende a los ex libris) los méritos y títulos adquiridos por cada generación.

Antes de mostrar algunos ejemplos que considero relevantes, veamos una sencilla clasificación:

  • Ex libris manuscritos: están hechos con pluma, lápiz o pincel, a mano, reproduciendo nombres y apellidos, o bien sentencias, divisas o blasones en relación con el propietario del libro, colocándose generalmente en las primeras páginas de su interior.
  • Superlibros: es la reproducción, en la cubierta de los libros, de nombres y apellidos de los propietarios, o bien monogramas, escudos de armas etc.
  • Ex libris: que son impresos y estampados en hojas de papel, generalmente hechos por medio de planchas de metal, madera o piedra etc. y que se colocan en la primera guarda del libro.  En tiempos más recientes se ha optado por el modelado de un sello de caucho.

La diferencia se caracteriza en que los primeros están hechos a mano, los segundos, grabados en la cubierta de los libros, y los terceros, en que necesitan para su multiplicidad un sistema de reproducción.

Jacobus Breynius (Jacob Breyne 1637-1697)

Comerciante y botánico alemán, publicó varias obras de botánica. Se formó con Johann Hevelius y estudió las plantas extraueropeas, sobre todo las de Japón y Asia, lo que continuó su hijo Johannes Philippus Breynius, especialista en las de Sry Lanka

Como vemos, su ex libris es manuscrito, limitándose a escribir su nombre.

Chrétien Guillaume Lamoignon de Malesherbes (1721-1794)

Jurista francés nacido en París, era hijo del canciller Lamoignon de Blancmesnil. Trabó amistad con los intelectuales de su tiempo, como Diderot, y fue capital su colaboración para que la famosa Encyclopédie pudiera editarse. En 1775 fue hecho ministro de la casa del Rey. Retirado, fue un experto botánico que mantuvo sonadas disputas con Georges Louis Leclerc, conde de Buffon. Llegó a reunir una rica biblioteca especializada en autores clásicos aunque, tras acudir en defensa jurídica del rey Luis XVI en sus últimos momentos, murió guillotinado en 1794.

Su ex libris no contiene su nombre, aunque es perfectamente identificable.  Se trata de un estampado colocado en la primera guarda del libro.

Philibert-Charles-Marie Varenne de Fenille (1730-1794)

Hijo de Jacques Varenne, secretario de los Estados de Bourgogne y receptor general de finanzas de Bretaña, nació en Dijon y estudió leyes en Lyon, aunque era un abogado poco brillante. Decidió por ello seguir la carrera paterna y fue receptor de impuestos desde 1757. Se instaló en Bourg-en-Bresse, y allí se dedicó al estudio de la agricultura, agronomía y algunas artes.

Se convirtió en gran propietario y buen conocedor de la jardinería, llegando a ser conservador de los bosques de l’Ain en 1791. Gracias a sus escritos y acciones se convirtió en el padre de la ciencia forestal francesa, siendo amigo de Buffon y de Malherbes. Fue arrestado y condenado por un tribunal revolucionario a la muerte: murió guillotinado en 1794.

Comprobamos que este ex libris es más elaborado que los dos anteriores y sigue el diseño que podríamos llamar de escudos de armas heráldicos (escudo: De azur, doble faja de oro y tres alas de plata, dos en el jefe y una en el abismo; al timbre, corona de marqués y dos leones, a diestra y siniestra).

Joan Gibert Queraltó (1907-1998)

Joan Gibert Queraltó, médico nacido en Barcelona, fue consejero y miembro de un sinfín de sociedades médicas internacionales y recibió numerosas distinciones y reconocimientos académicos en España. Durante tres décadas fue el médico con mayor presencia en los medios de comunicación barceloneses. Sus idas y venidas al extranjero, la asistencia a congresos, los ciclos de conferencias y sus representaciones y cargos médicos siempre tenían reservado un espacio en la prensa de Barcelona.

Hubo de costearse su propia carrera trabajando en los muelles de carga en la estación del ferrocarril y, tras tres años de estudio, en 1931 se licenció en la Facultad de Medicina de Barcelona. Completa estudios en París y Austria, país donde se sintió atraído por el rigor científico de la cardiología alemana. Su vida profesional transcurrió como Catedrático de Cardiología en la Universidad de Barcelona hasta 1978, año de su jubilación.

Vivía en el número 301 de la calle Muntaner, y enfrente —en el 292— tenía su consulta privada, que era donde estaba instalada su biblioteca. En este piso de unos 500 metros cuadrados, más de la mitad estaba dedicada a libros: además de dos salas de espera con numerosos títulos, tenía un despacho-biblioteca y una biblioteca adosada. Su fondo estaba formado principalmente por dos bloques: el mayor volumen era el representado por libros técnicos de medicina; de estos, una parte fue a parar a la biblioteca de la Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares. La otra parte significativa venía a estar formada por ediciones de bibliófilo. El doctor Juan Gibert Queraltó vivía para su profesión y para los libros (en su casa siempre eran bien recibidos los corredores de libros de bibliófilo de la época).

Aquí mostramos su ex libris, uno de los más bellos entre los firmados por E. C. Ricart, con el lema en latín “Fractis Obicibus Opus Exigo”.

Hasta ahora hemos visto ex libris de personas individuales, pero hemos de señalar que muchas sociedades, asociaciones e instituciones (como bibliotecas y universidades) también cuentan con estas marcas para sus libros.  He seleccionado algunos:

Sociedad literaria de Nueva York.

 

Biblioteca Dibner.

 

Universidad de California en Davis.

Y, por supuesto:

Royal Society.

Bien, ya me he alargado demasiado pero no quería terminar sin mencionar un caso bastante peculiar. Charles Darwin, a quien todos ustedes seguro conocen, era un lector ávido y sistemático. Gracias a la labor de su hijo Francis, hoy disponemos de la mayor parte de su biblioteca ya que en 1908 la donó a la Facultad de Botánica de la Universidad de Cambridge. Se compone de un total de 1480 libros, aunque quizás, el principal atractivo de este legado sea poder leer las anotaciones a lápiz que hizo en gran parte de esas obras. Gracias a estos rastros de su intelecto, podemos comprender mejor cómo pensaba y cómo evaluaba las reacciones a sus propias publicaciones.

En fin, un regalo que todos podemos disfrutar gracias a la labor de digitalización de la Biodiversity Heritage Library y de Darwin Online.  Les recomiendo que dediquen unos minutos (o mejor horas) a navegar por las obras que Darwin poseyó.

Este ex libris perteneció a Francis Darwin, hijo de Charles Darwin, que lo utilizó para marcar las obras que había heredado de su padre y que, más tarde, pasarían a formar parte del patrimonio de la Universidad de Cambridge.  Charles Darwin no usó ex libris propio.

Referencias

Bouza, A. L. (1990), El Ex libris, tratado general: su historia en la corona española. Madrid: Patrimonio Nacional, 148 p.

Dexter Allen, Charles (1905), American book-plates: a guide to their study with examples … With a bibliography by Eben Hewins … Illustrated with many reproductions of rare and interesting book-plates and in the finer editions with many prints from the original coppers both old and recent. New York: The Macmillan Company.

Henry-André (1908), Les ex-libris de médecins et de pharmaciens: ouvrage complété par des listes internationales des ex-libris et devises des membres de ces corporations, suivi d’une étude sur les marques personnelles macabres. Chez l’Auteur.

Colección de la Real Biblioteca. Patrimonio Nacional

Este post participa en la VII Edición del Carnaval de Humanidades, acogido en este blog.

Ilustrar la ciencia es un arte

Hoy en día, la comunicación científica formal se realiza mediante la publicación de los descubrimientos o avances científicos en un artículo de una revista especializada, ya sea en el tradicional formato impreso, o bien en soporte digital con acceso a través de internet. De esta forma, publicar en una revista de prestigio internacional y de alto impacto es la aspiración y la necesidad de los científicos que buscan el reconocimiento de sus iguales, la contrastación de sus hallazgos y, sobre todo, fondos para poder seguir investigando.

Los artículos científicos se han convertido en un texto extremadamente reglado en cuanto a forma y estilo, y limitado por cuestiones de espacio (salvo los casos menos exigentes de las revistas digitales). En su propósito de permitir una lectura rápida y efectiva de los resultados de cualquier investigación —lo que además de una obligación se ha convertido en una necesidad dada la enorme cantidad de artículos que hay que leer para estar al tanto de los últimos avances—, el autor debe presentar las ideas y la información de manera objetiva, pre­cisa, clara y uniforme.

Por este motivo, tradicionalmente ha habido cierto rechazo a incluir imágenes en estos artículos por considerarse en muchos casos como algo subjetivo y trivial en contraposición a la objetividad del número y del concepto. El uso de fotografías a color o imágenes más allá de los gráficos se ha aceptado ge­neralmente para fines de divulgación científica y como un medio de reforzar la memorización y la comprensión en los libros de texto, pero no para una comunicación entre pares en revistas serias (a pesar de la importancia de la imagen técnica, sobre todo en las ciencias naturales, gracias a la objetividad que le otorga el hecho de obtenerse mediante instrumentos de precisión).

Desde luego no siempre fue así. En la transmisión del conocimiento a lo largo de la historia, los científicos (en sentido lato) se han servido de las representaciones pictóricas y gráficas para explicar sus descubrimientos y teorías, así como también han buscado la visualización de objetos y fenómenos no perceptibles por el ojo humano para su mejor comprensión y estudio.

Antes de la publicación de las primeras revistas científicas a mediados del siglo XVII, lo más común eran las comunicaciones personales entre científicos mediante el envío de cartas (en otra ocasión analizaremos la importancia del servicio postal en los albores de la revolución científica), o a través de escritos impresos pero con una tirada limitada. La inclusión de imágenes, una práctica habitual, se hacía mediante el grabado, una técnica de impresión consistente en el dibujo sobre una superficie rígida de la imagen deseada que permitía su transferencia al papel tras su entintado.

A continuación expondré algunos ejemplos que me han llamado la atención (más allá del orden cronológico, no existe ningún ánimo de exhaustividad):

La geografía quizás sea una de las ciencias que primero empleó la imagen como medio de transmitir el conocimiento acerca de nuestro planeta. Por ejemplo, Abraham Ortelius, un geógrafo y cartógrafo flamenco, realizó en 1570 una selección de los mejores mapas disponibles que redibujó con un formato uniforme para la edición de su obra «Theatrum Orbis Terrarum» en forma de mapamundi:

En 1667, Niels Stensen publicó «Elementorum Myologiae Specimen, seu Musculi Descriptio Geometrica. Cui accedunt canis carchariae dissectum caput, et dissectus piscis ex canum genere». Este danés, más conocido por Steno (1638-1686) estableció los dos primeros principios de la estratigrafía, el de superposición (los estratos tienen superficies de separación horizontales de modo que los que están más abajo son los más antiguos) y el de secundariedad de la inclinación (los estratos que aparecen inclinados han sufrido necesariamente algún tipo de deformación).

En la obra citada se encuentra la siguiente imagen (que ha sido reproducida en múltiples ocasiones):

Según los estándares actuales puede parecer extraña, pero este grabado de la cabeza disecada de un tiburón blanco ya extinto (Carcharodon megalodon) supuso un notable progreso no solo para la biología marina, sino también para la geología. Durante mucho tiempo se pensó que los dientes de tiburón fosilizados eran lenguas de serpiente (lingue di serpi) convertidas en piedra por San Pablo ―de ahí el nombre por el que se los conoce: glossopetrae o «lenguas de piedra»― y que tenían propiedades médicas, siendo empleadas como antídotos.  Niels Stensen identificó correctamente las glossopetrae como dientes de tiburón, hecho que le permitió comprender que el lugar donde estaban depositados los sedimentos estuvo rodeado de agua en otra época. El grabado fue copiado de una obra inédita del siglo XVI escrita por el médico papal Michele Mercati.

A mediados del siglo XVII, el famoso impresor Matthäus Merian el Viejo publicó una historia natural de los animales en cinco volúmenes escrita por el médico Joannes Jonstonus (John Jonston). El libro copiaba las ilustraciones de otros naturalistas y reproducía los rumores acerca de la existencia de serpientes aladas, dragones y otras bestias de cabeza humana, así como la existencia de unicornios (como los que se muestran en la imagen inferior). La hija del impresor, María Sibylla Merian, se dedicaba a copiar algunas de las ilustraciones para perfeccionar su talento artístico.  María ―que llegaría a ser asimismo impresora y una naturalista de considerable habilidad― prefería pintar las plantas y los animales a partir de modelos vivos, y viajó a las selvas de Surinam para estudiar las orugas. Su pasión marcaría un cambio significativo respecto de los trabajos de los naturalistas que publicó su padre.

Por su parte, Albertus Seba publicó una magna obra bajo el título «Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio, et iconibus artificiosissimis expressio, per universam physices historiam: Opus, cui, in hoc rerum genere, nullum par exstitit». Dividida en cuatro partes, la obra se compone de 446 grabados de gran tamaño, 175 de ellos dobles. Cada volumen pesa alrededor de 9 kilogramos y mide 51 cm. de alto. El texto del Thesaurus era escueto y fue criticado por no seguir la clasificación binomial de Carl Linnaeus a quien, de hecho, se le invitó a participar en la redacción del catálogo aunque finalmente declinó la oferta.

Los libros no eran los únicos que incluían ilustraciones mediante grabados. Ya en 1830, en las «Transactions of the American Philosophical Society», se incluían también bellas imágenes como estas de Isaac Lea pertenecientes al artículo Observations on the Naïades, and descriptions of new species of that and other families.

Si la geografía fue, como dijimos al comenzar, una de las primeras ramas de la ciencia en emplear ilustraciones, la geología le ha seguido a la zaga. George Fleming Richardson escribió en 1843 un interesantísimo libro titulado The world´s foundations, or geology for beginners donde se ilustran los sustratos geológicos, se recrean ambientes remotos y se describen con minuciosidad los fósiles encontrados (qué lector no dejaría llevar su imaginación ante semejantes paisajes e imágenes):

Y para finalizar llegamos al hombre. Ernst Haeckel fue un gran defensor de la idea de la selección natural aunque ignoró el papel del azar en la teoría darwinista. Su evolucionismo aceptaba muchas de las ideas de Lamarck y la Naturphilosophie, defendiendo que la evolución estaba dirigida hacia una progresiva complejidad que tendría al hombre como meta última y culmen de los seres vivos (claro ejemplo de ello es la cúspide del árbol evolutivo mostrado más abajo donde aparece representado el hombre).

En el transcurso de su carrera, Haeckel produjo en torno a mil grabados en base a sus bocetos y acuarelas. Muchos de los mejores fueron incluidos en la obra «Kunstformen der Natur». Reproducimos a continuación algunos detalles de su obra Anthropogenie publicada en dos volúmenes en 1891:

 

Este post participa en la VI Edición del Carnaval de Humanidades, acogido en el blog Cajón Desastre

 

Todas las imágenes se han tomado de las obras originales, disponibles en formato digital gracias a la labor de Archive.org.

La muerte de Sócrates

Presenta denuncia bajo juramento Meleto, hijo de Meleto, del demo de Pitto, acusando a Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alópece: Sócrates comete el delito de no reconocer a los dioses en que cree la ciudad, e introduce nuevas divinidades. También delinque corrompiendo a los jóvenes. Pena solicitada: la muerte.

Este es el texto de la acusación con la que, en el año 399 a.C. el filósofo Sócrates, ya septuagenario, fue llevado a juicio en Atenas, acusado por sus enemigos de un grave delito: impiedad.  El propósito último de la acusación era claro, querían silenciar para siempre a un ciudadano demasiado molesto por sus críticas a las tradiciones y al que muchos identificaban como un sofista más, es decir, como uno de aquellos falsos sabios que habían introducido el desapego a la religión así como ideas perturbadoras entre la juventud.

Sócrates fue juzgado por un tribunal popular compuesto por 500 ciudadanos (otras fuentes dan la cifra de 501) seleccionados mediante un sorteo entre un grupo de ciudadanos voluntarios varones (recordemos que la ciudadanía griega no incluía las mujeres, los esclavos ni los extranjeros residentes). Éstos debían emitir su veredicto tras escuchar al acusador y al acusado (Platón ―en su diálogo Apología de Sócrates― y Jenofonte ―Recuerdos de Sócrates―, recogen el largo discurso que pronunció en su defensa).

Tras oír la acusación formulada por Meleto, y decidido a evitar cualquier gesto de súplica, Sócrates expuso la conducta que había mantenido toda su vida y que en su opinión, siempre había estado al servicio de la verdad y de la educación de sus conciudadanos.  En lo tocante a la acusación de sofista, era más bien un subterfugio, pues los sofistas no eran condenados a muerte en Grecia; al contrario, en ocasiones eran reclamados por algunos padres para ser tutores de sus hijos.  Sócrates afirmó que no podía ser confundido con un sofista, ya que éstos eran sabios y estaban bien pagados, mientras que él era pobre (sostuvo que ni daba clases ni cobraba por ellas), y decía no saber nada (el famoso dicho atribuido a Sócrates «solo sé que no sé nada» proviene de la Apología de Sócrates: «Este hombre, por una parte, cree que sabe algo, mientras que no sabe [nada].  Por otra parte, yo, que igualmente no sé [nada], tampoco creo [saber algo]».  Vemos que en realidad quería decir que no se puede saber nada con absoluta certeza).

También rechazó la acusación de ser un enemigo de la democracia, pues se había negado a obedecer un mandato de los Treinta Tiranos con grave riesgo para su vida.  Insistió en que su propósito no era intervenir en los asuntos y procesos de la democracia, sino únicamente perfeccionar la moral de los ciudadanos instándoles a que se cuidaran de saber lo esencial.

Pese a sus argumentos, el veredicto fue de culpabilidad, aunque tan sólo por una pequeña diferencia de votos.  En Atenas, los condenados en esta primera votación tenían derecho a proponer una pena alternativa a la solicitada previamente por la acusación.  Sócrates, pecando de ironía, propuso a los jueces que se le mantuviera en el Pritaneo (la sede del gobierno) subvencionado por la ciudad ―un honor reservado a atletas y otros ciudadanos importantes―.  Agregó que, por complacer a sus amigos, aceptaría pagar una pequeña multa dado el escaso valor que tenía para el Estado un hombre dotado de una misión filosófica, pero a lo que no estaba dispuesto era a cambiar de conducta, porque no temía a la muerte.

En efecto, ¡oh Simmias y Cebes!, si yo no creyera, primero, que iba a llegar junto a otros dioses sabios y buenos, y después, junto a hombres muertos mejores que los de aquí, cometería una falta si no me irritase con la muerte.  Pero el caso es, sabedlo bien, que tengo la esperanza de llegar junto a hombres que son buenos; y aunque esto no lo afirmaría yo categóricamente, no obstante, el que he de llegar junto a dioses que son amos excelentes insistiría en afirmarlo, tenedlo bien sabido, más que cualquier otra cosa semejante.  De suerte que, por esta razón, no me irrito tanto como me irritaría en caso contrario, sino que tengo la esperanza de que hay algo reservado a los muertos: y, como se dice desde antiguo, mucho mejor para los buenos que para los malos.

Fedón.

Tras este alegato se celebró la segunda votación en la que el jurado, molesto tal vez por la arrogancia mostrada por el filósofo y su negativa a pedir disculpas, lo condenó a muerte por una mayoría de 360 frente a 140 votos (bastante más holgada que la anterior votación).  En unas breves palabras de despedida, Sócrates manifestó que no guardaba rencor contra los que le habían acusado y condenado, y en un acto de total confianza, pidió a todos que cuidaran de sus tres hijos.

Pese a que la ejecución de los condenados solía ser casi inmediata a la lectura del veredicto, en el caso de Sócrates se retrasó un mes.  Durante ese periodo, sus amigos pudieron visitarle y charlar con él, llegando incluso a proponerle la fuga de la prisión:

CRITÓN. […] yo siento vergüenza, por ti y por nosotros tus amigos, de que parezca que todo este asunto tuyo se ha producido por cierta cobardía nuestra: la instrucción del proceso para el tribunal, siendo posible evitar el proceso, el mismo desarrollo del juicio tal como sucedió, y finalmente esto, como desenlace ridículo del asunto, y que parezca que nosotros nos hemos quedado al margen de la cuestión por incapacidad y cobardía, así como que no te hemos salvado ni tú te has salvado a ti mismo, cuando era realizable y posible, por pequeña que fuera nuestra ayuda.  Así pues, procura, Sócrates, que esto, además del daño, no sea vergonzoso para ti y para nosotros.  Pero toma una decisión; por más que ni siquiera es ésta la hora de decidir, sino la de tenerlo decidido.  No hay más que una decisión; en efecto, la próxima noche tiene que estar todo realizado.  Si esperamos más, ya no es posible ni realizable.  En todo caso, déjate persuadir y no obres de otro modo.

Critón.

Sin embargo, Sócrates rechazó de plano esta salida airosa pues debía obedecer las leyes de la ciudad en la que siempre había vivido en coherencia con sus principios y defensa de la legalidad.

En el Fedón, Platón relata en forma de diálogo la conversación de Sócrates con sus amigos en las últimas horas de su vida, donde el filósofo trató de consolarlos discutiendo sobre la inmortalidad del alma.  Finalmente, Sócrates se despidió de ellos, bebió la cicuta y murió cuando el veneno le paralizó el corazón.

―Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?

―Nada más que beberlo y pasearte ―le respondió― hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte.  Así hará su efecto.  Y, a la vez que dijo esto, tendió la copa a Sócrates.

Tomóla éste con gran tranquilidad, Equécrates, sin el más leve temblor y sin alterarse en lo más mínimo ni en su color ni en su semblante, miró al individuo de reojo como un toro, según tenía por costumbre, y le dijo:

―¿Qué dices de esta bebida con respecto a hacer una libación a alguna divinidad? ¿Se puede o no?

―Tan sólo trituramos, Sócrates ―le respondió― la cantidad que juzgamos precisa para beber.

―Me doy cuenta ―contestó―.  Pero al menos es posible, y también se debe, suplicar a los dioses que resulte feliz mi emigración de aquí a allá.  Esto es lo que suplico: ¡que así sea!  Y después de decir estas palabras, lo bebió conteniendo la respiración, sin repugnancia y sin dificultad.

Hasta este momento la mayor parte de nosotros fue lo suficientemente capaz de contener el llanto; pero cuando le vimos beber y cómo lo había bebido, ya no pudimos contenernos.  A mí también, y contra mi voluntad, caíanme las lágrimas a raudales, de tal manera que, cubriéndome el rostro, lloré por mí mismo, pues ciertamente no era por aquél por quien lloraba, sino por mi propia desventura, al haber sido privado de tal amigo.  Critón, como aún antes que yo no había sido capaz de contener las lágrimas, se había levantado.  Y Apolodoro, que ya con anterioridad no había cesado un momento de llorar, rompió a gemir entonces, entre lágrimas y demostraciones de indignación, de tal forma que no hubo nadie de los presentes, con excepción del propio Sócrates, a quien no conmoviera.  Pero entonces nos dijo:

―¿Qué es lo que hacéis, hombres extraños? Si mandé afuera a las mujeres fue por esto especialmente, para que no importunasen de ese modo, pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio.  Ea, pues, estad tranquilos y mostraos fuertes.

Y, al oírle nosotros, sentimos vergüenza y contuvimos el llanto.  El, por su parte, después de haberse paseado, cuando dijo que se le ponían pesadas las piernas, se acostó boca arriba, pues así se lo había aconsejado el hombre.  Al mismo tiempo, el que le había dado el veneno le cogió los pies y las piernas y se los observaba a intervalos.  Luego, le apretó fuertemente el pie y le preguntó si lo sentía.  Sócrates dijo que no.  A continuación hizo lo mismo con las piernas, y yendo subiendo de este modo, nos mostró que se iba enfriando y quedándose rígido.  Y siguióle tocando y nos dijo que cuando le llegara al corazón se moriría.

Tenía ya casi fría la región del vientre cuando, descubriendo su rostro ―pues se lo había cubierto―, dijo éstas, que fueron sus últimas palabras:

―Oh Critón, debemos un gallo a Asclepio.  Pagad la deuda, y no la paséis por alto.

―Descuida, que así se hará ―le respondió Critón―. Mira si tienes que decir algo más.

A esta pregunta de Critón ya no contestó, sino que, al cabo de un rato, tuvo un estremecimiento, y el hombre le descubrió: tenía la mirada inmóvil.  Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.

Así fue, oh Equécrates, el fin de nuestro amigo, de un varón que, como podríamos afirmar, fue el mejor a más de ser el más sensato y justo de los hombres de su tiempo que tratamos.

Fedón.

Para finalizar, vamos a analizar el cuadro pintado por el genial David (mostrado al inicio) y que representa el momento en que se le tiende a Sócrates la copa con el veneno que ha de terminar con su vida (la obra permanece en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York y ha sido tomada de Wikimedia Commons gracias al proyecto Google Art.  Los diferentes detalles han sido elaborados por el autor):

1. Jantipa, la esposa de Sócrates, sale de prisión precedida por dos criados de Critón. En realidad, se la llevaron por la mañana, chillando y golpeándose el pecho, y no con la muestra de tranquilidad que se aprecia en la obra.
2. Platón. Pese a estar representado, no acudió a la prisión por hallarse enfermo según se refiere en el Fedón.
3. Rollo de papiro con los textos escritos por Sócrates durante su cautiverio.

4. La lámpara de aceite encendida indica que ya ha caído el sol.
5. Uno de los carceleros de Sócrates, miembro de la Junta de los Once, rompió a llorar tras entregarle la copa con la cicuta.
6. Copa que contiene el veneno.
7. Los grilletes que llevó en prisión.
8. Sócrates. Se ha creído que el filósofo apunta con el dedo indicando su próxima marcha al Más Allá, aunque quizás lo que representa es que está dando su última lección.

9. Simias y Cebes discutieron temas filosóficos con Sócrates durante su último día.
10. Critón acompañó al filósofo a lo largo de su última jornada.
11. Asiento con el símbolo de Atenas: una lechuza.
12. Fedón. Según Platón, lloró la muerte del maestro con la cara tapada.
13. Apolodoro.
La lechuza, símbolo de Atenas.

Fuentes

  • Platón.  Diálogos: Fedón.
  • Platón.  Diálogos: Critón.
  • Platón.  Apología de Sócrates.  Proyecto Filosofía en Español.
  • Jenofonte (2007), Recuerdos de Sócrates y Diálogos. Madrid: Gredos, 388 p.

 

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