Comportamiento animal: uso de herramientas en primates

Cada vez leemos más estudios que hablan de la capacidad de nuestros parientes más cercanos, los primates, de manipular y fabricar herramientas de muy diferentes tipos con el objetivo de acceder a alimentos o resolver problemas complejos.  En el año 2010 se publicó un trabajo donde se explicaba que unos lémures de cola anillada habían sido capaces de manipular un comedero artificial para acceder al alimento que contenía, lo que constituye el primer caso documentado de uso de herramientas por estos primates en libertad 1.

Hemos visto el uso sistemático de herramientas (e incluso una limitada capacidad para su fabricación) en los monos capuchinos; y es de sobra conocida la habilidad de los macacos japoneses (Macaca fuscata) de manipular alimentos para hacerlos más sabrosos (como el acto de introducir las patatas en agua salada, un comportamiento que se trasmitió por toda la población).

Los investigadores han puesto de manifiesto que los grandes simios muestran una importante capacidad de imitación, un reconocimiento explícito de esa imitación, y que son capaces de ponerse en lugar de los otros, comprendiendo por tanto la intencionalidad y la causalidad de sus actos.

Chimpancés que enseñan a su descendencia

Un trabajo publicado recientemente en la revista Scientific reports 2 nos cuenta que los chimpancés (Pan troglodytes troglodytes) que viven en el Triángulo Goualougo enseñan a sus crías cómo manejar las herramientas que utilizan para “pescar” termitas.

El Parque Nacional de Nouabalé-Ndoki, situado en la República del Congo –del que Goualougo forma parte– ha permanecido prácticamente al margen de toda intervención humana. Gracias a su situación geográfica y a que el poblado más cercano (habitado por 400 pigmeos bantú-bangombé) está a 50 kilómetros de distancia a pie, las únicas personas que pueden encontrarse alguna vez los chimpancés de este parque son los miembros del equipo de investigación que publica este estudio y que lleva años trabajando en la zona. Estas condiciones casi únicas les han permitido llevar a cabo un estudio en profundidad de la conducta de estos primates, utilizando cámaras de vídeo para documentar sus actividades.

Estos chimpancés emplean una herramienta muy peculiar para capturar las termitas que constituyen una parte importante de su alimentación: se trata de una especie de caña de pescar que fabrican con el tallo de plantas de la familia Marantaceae a las que quitan las hojas y luego deshilachan una de las puntas para crear una especie de cepillo. Este tallo con la punta deshilachada puede recoger hasta diez veces más terminas que uno acabado sencillamente en punta.

Pues bien, lo que los científicos han documentado es que varias hembras entregaban a sus crías estas herramientas y las enseñaban a utilizarlas junto a un termitero. Se han analizado un total de 96 entregas, y en todos los casos la conducta se daba entre una hembra adulta y su descendencia (hubo un solo caso de una hembra juvenil que interactuó con su hermana pequeña). Los resultados refieren 13 donantes únicos (todas hembras adultas) y 13 destinatarios únicos (todos ellos chimpancés inmaduros: 5 hembras, 4 machos y 4 jóvenes de sexo desconocido).

Es sabido que el aprendizaje social es un medio idóneo para la transmisión de información adaptativa en un amplio número de taxones animales, y que pueden generar patrones de comportamiento específicos de cada grupo. Cuando estos comportamientos prevalecen durante generaciones y se transmiten a través del aprendizaje social se consideran culturales.

¿Entonces podemos decir que las mamás chimpancés enseñaron a sus crías? Los científicos consideran que podemos hablar de enseñanza cuando se cumplen ciertos criterios –independientemente de si existen pruebas de un intento deliberado de favorecer el aprendizaje por parte del pupilo. Los criterios más aceptados son que el comportamiento tenga lugar en presencia de un aprendiz, con algún coste (o al menos sin beneficio) para el maestro, y que mejore la práctica del aprendiz.

Volviendo a nuestros chimpancés, éstos son muy selectivos a la hora de elegir las especies de plantas que usan para fabricar estas herramientas, y ya hemos comentado que modifican de forma intencionada los tallos para que terminen en una especie de cepillo que mejora la eficacia de captura de termitas. De hecho, los chimpancés usan dos tipos diferentes de herramientas en función de si el termitero se encuentra por encima o por debajo del nivel del suelo. Por lo tanto, al compartir estas herramientas con sus crías, las madres pueden enseñarles cuál es el material adecuado y la forma de fabricar esas «cañas de pescar».

El coste de este comportamiento para las «maestras» se ha podido verificar gracias al análisis detallado de las grabaciones en vídeo, y viene del menor tiempo que pasaron recolectando termitas y, por lo tanto, con una reducción en el consumo de este alimento. Por otro lado, el aumento de conocimientos por parte del aprendiz ­–o la oportunidad de obtener una habilidad– se pudo comprobar ya que al recibir esas herramientas, las crías aumentaron el tiempo que pasaban recolectando termitas y vieron aumentadas sus tasas de captura.

Además, otro dato relevante es que las madres se anticipaban a estas entregas. Expliquemos esto mejor. Las «maestras» chimpancés elaboraban estrategias para disminuir el coste de esa enseñanza mediante dos conductas: una vez fabricadas las herramientas las dividían en dos para poder cazar termitas al mismo tiempo que sus pupilas; o bien transportaban varias cañas de pescar al termitero con antelación y utilizaban alguna de ellas después de una entrega. La división no consistía en partir por la mitad el tallo, sino de forma longitudinal: pensemos que dividir los tallos en dos longitudinalmente es más efectivo para producir dos cañas viables que romperlos por la mitad, ya que en este caso una perdería el cepillo de la punta o no tendría la suficiente longitud para la profundidad del termitero.

Con estas estrategias no solo reducen el coste que supone enseñar (en términos de pérdida de alimentos), sino que también la enseñanza es más eficaz al permitir la repetición de comportamientos in situ.

Monos que fabrican herramientas de piedra

Para un paleoantropólogo tan importante como encontrar fósiles en un yacimiento es desenterrar restos de la cultura material producida por nuestros antepasados. En este sentido, la tecnología lítica ha sido considerada como un atributo del género humano, de ahí que se llamase Homo habilis al primero de nuestros ancestros que se asoció claramente con herramientas de piedra (aunque el tiempo –y nuevos hallazgos– han puesto en tela de juicio esta presunción).

Por eso resulta tan interesante el artículo publicado en la revista Nature 3 que nos muestra que los monos silvadores (Sapajus libidinosus) de Brasil rompen deliberadamente piedras y producen lascas con bordes afilados y núcleos que poseen las características y la morfología de las herramientas fabricadas intencionadamente por los homininos. Hemos de puntualizar que la ruptura de las piedras es intencionada, no así la fabricación de herramientas afiladas ni, por supuesto, su uso directo como tales.

En cualquier caso, este descubrimiento añade una dimensión adicional a la interpretación de los registros humanos del Paleolítico, la posible función de las primeras herramientas de piedra, y los requisitos cognitivos para el surgimiento de la manipulación de las piedras.

Los signos distintivos de la primera tecnología de las herramientas de piedra incluyen:

  • Fractura concoidea
  • Producción de bordes afilados.
  • Obtención repetida de diferentes lascas de un mismo núcleo.
  • Búsqueda intencionada de los bordes del núcleo para producir la fractura.
  • Empleo de patrones específicos de las lascas.

Estas características constituyen la base para poder identificar herramientas de piedra intencionadas en todos los yacimientos arqueológicos, dado que no se dan bajo condiciones geológicas naturales. Pero como decimos, con el trabajo que ahora comentamos se abre una nueva perspectiva que quizás haga replantearse muchas asunciones previas.

Los monos silvadores del Parque nacional de la Sierra de Capivara en Brasil usan las herramientas de piedra en una variedad de formas que no se ha visto antes en cualquier otro primate no humano (algunos de los usos incluyen el golpeo de comida, como ayuda para excavar en busca de alimento, así como en actividades sexuales). Ya se habían descrito con anterioridad algunos casos de monos silvadores y macacos japoneses que golpeaban unas piedras contra otras, pero hasta ahora sólo los analizados en este estudio lo han hecho con el propósito expreso de romperlas.

Esta actividad, que los investigadores han denominado «percusión de piedra sobre piedra» implica primero elegir un canto rodado de cuarcita para, acto seguido, golpearlo contra otro que se encuentra en el suelo (tenemos por tanto un martillo activo y otro pasivo). Esta acción provoca la fractura de la superficie y el desprendimiento de lascas afiladas.

Ya hemos dicho que no se ha observado que los monos utilicen estas lascas como elementos de corte, sino que chupan o esnifan los restos, de donde se infiere que lo hacen para ingerir cuarzo en polvo o líquenes.

Quizás lo más relevante de este trabajo sea que las muestras de piedras fracturadas que se recuperaron con posterioridad son prácticamente indistinguibles de las piedras modificadas intencionadamente por nuestros ancestros halladas en yacimientos arqueológicos (siguiendo una clasificación tradicional, las piedras de estos monos silvadores podrían clasificarse como protobifaces). El equipo examinó 111 piedras fragmentadas recogidas del suelo inmediatamente después de su uso: alrededor de la mitad de ellas exhibían una fractura concoidea que normalmente se asocia con la producción homínida. Nunca se había visto algo semejante en monos modernos.

Los investigadores concluyen que será necesario redefinir los criterios usados por los arqueólogos para identificar y diferenciar las lascas de piedra producidas por nuestros ancestros de las hechas por estos parientes no tan cercanos. Del mismo modo, este hallazgo plantea preguntas sobre el origen de esta tecnología y desafía las ideas anteriores acerca del nivel mínimo de complejidad cognitiva y morfológica necesaria para producirlas.

 

En definitiva, estos trabajos nos deben llevar a profundizar más aún en la comprensión de la cultura de los primates, redoblando los esfuerzos para despojarnos de visiones antropocéntricas que, hasta no hace mucho tiempo, impregnaban los trabajos de etología animal.

 

Referencias

Artículos principales

Más información

Falótico, T. y  Ottoni, E. B. (2016), «The manifold use of pounding stone tools by wild capuchin monkeys of Serra da Capivara National Park, Brazil». Behaviour, vol. 153, núm. 4, p. 421-442.

Koops, K.; Furuichi, T. y  Hashimoto, C. (2015), «Chimpanzees and bonobos differ in intrinsic motivation for tool use«. Scientific Reports, vol. 5, p. 11356.

Thornton, A. y  Clutton-Brock, T. (2011), «Social learning and the development of individual and group behaviour in mammal societies«. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, vol. 366, núm. 1567, p. 978-987.

separador2

Notas

¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?

Hace poco hablamos aquí de quiénes habían sido los primeros pobladores de América y cómo habían llegado al “nuevo” continente. Si bien aquella anotación trataba de desmentir la llamada “hipótesis Solutrense” (la idea de que una migración transatlántica fue el punto de origen del poblamiento de América), ya planteaba el escenario de la colonización americana desde Siberia al afirmar que la entrada en el continente “no pudo verificarse hasta que se produjo el deshielo de la franja costera del Pacífico hace unos 13.000 años y con él, la apertura de rutas de tránsito en el interior de América del Norte”. Pues bien, hace unos días se publicó un interesante trabajo en la revista Nature que analiza precisamente esta cuestión y despeja bastantes dudas al respecto.

El contexto

Antes de profundizar en las conclusiones de este estudio debemos saber que se han planteado distintas hipótesis acerca de la forma de entrada al continente americano desde Beringia: hace unos 30.000 años (mientras no se diga lo contrario, emplearemos fechas radiocarbónicas calibradas a lo largo de este artículo) el hielo de los glaciares Laurentino y de la Cordillera cubría gran parte de lo que hoy en día es Canadá, impidiendo el paso tanto de la fauna como de la flora al resto del continente. Sin embargo, diferentes periodos cálidos provocaron la progresiva retirada del hielo y, con ello, la apertura de vías de paso a lo largo tanto de la costa del Pacífico como de las llanuras al este de las Montañas Rocosas. Así, hace aproximadamente 13.500 años, nuestros ancestros desarrollaron un complejo de herramientas de piedra distintivo que hoy conocemos como “cultura Clovis”. Siguiendo la abundante caza representada por los grandes mamuts, bisontes y otros animales —fáciles de cazar debido a que no estaban acostumbrados a la presencia humana— se expandieron rápidamente hacia el sur colonizando todo el continente en un corto plazo de tiempo (alrededor de 1.000 años).

Como vemos, se han venido barajando dos principales rutas como posible acceso de nuestros ancestros desde las estepas siberianas al norte del continente americano: una costera y otra por las llanuras del interior.

La investigación

El estudio que ahora analizamos, encabezado por Mikkel Winther Pedersen de la Universidad de Copenhague, ha analizado restos de polen, macrofósiles y ADN metagenómico 1 de muestras obtenidas en el corredor libre de hielo (ice-free corridor, IFC) que se formó entre las placas de hielo Laurentina y de la Cordillera, es decir, en la ruta que discurrió por el interior de lo que hoy es Canadá.

Evolución glaciares América del Norte. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.
Evolución glaciares América del Norte. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.

Como ya hemos apuntado y podemos ver en esta serie de imágenes, durante el último máximo glaciar enormes masas de hielo mantenían aislada Beringia del resto de América. Sin embargo, hace aproximadamente 15.000 años se abrió un corredor de unos 1.500 km de longitud que permitió el paso entre ambas regiones. Hasta ahora se desconocía a ciencia cierta cuándo se había producido la colonización de dicha franja de terreno por animales y plantas, cuestión de crucial importancia ya que la presencia de caza y vegetación para su recolección es una premisa ineludible para cualquier migración humana (insistamos en que nuestros antepasados tenían que recorrer a pie 1.500 kilómetros). Pedersen y su equipo han encontrado pruebas de la existencia de vegetación esteparia, bisontes y mamuts en dicho corredor desde hace aproximadamente 12.600 años; de ahí que se concluya que antes de esa fecha no fuera posible cruzar por dicha vía (aunque el corredor quedó físicamente libre de hielo hace entre 15.000 y 14.000 años, la deglaciación trajo consigo una inundación de la región que duró unos 2.000 años más).

ice-free-corridor
Momento en que se abre el corredor libre de hielo (ice-free corridor): a. Hace unos 13.000 años aún quedaba una masa de hielo que conectaba los dos glaciares; b. Hace unos 12.500 años quedó despejado el paso. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.

La primera consecuencia que podemos extraer de estos resultados es que confirman que el paso a través de las llanuras al este de las Rocosas no estaba disponible para quienes llegaron a Sudamérica hace 14.700 años y se asentaron en lo que hoy conocemos como el yacimiento de Monte Verde. La segunda consecuencia es que el paso se abrió también demasiado tarde para explicar la presencia de la cultura Clovis. De hecho, las pruebas arqueológicas más antiguas encontradas en la región del río de la Paz y la zona del lago Charlie (ambos en la actual Columbia Británica, en pleno corredor libre de hielo), son posteriores a 12.600 años.

Por lo tanto, los investigadores concluyen que nuestros ancestros debieron entrar en América por una ruta diferente a la del corredor libre de hielo: tuvieron que hacerlo por la costa del Pacífico.

modelos-colonizacion-1-2

modelos-colonizacion-3-4
Resumen de las hipótesis barajadas por Pedersen, M. W., et al. (2016), «Postglacial viability and colonization in North America’s ice-free corridor». Nature, En línea.

Profundizando aún más

Tras la publicación de este trabajo aparecieron una serie de noticias (tanto en medios más especializados en tratar noticias científicas como en otros de carácter generalista) cuyos titulares grandilocuentes afirmaban que los libros de historia estaban equivocados y que había que reescribir nuestro conocimiento sobre la colonización de América. Como suele pasar, las cosas no son tan drásticas.

El trabajo de Pedersen y sus colaboradores es muy importante ya que consigue datos cruciales de una región donde el solo hecho llegar a ella es en sí mismo una proeza. Además, tanto las técnicas empleadas como el propio análisis de los datos abren la puerta a nuevas investigaciones ya que es preciso contar con más pruebas como las ofrecidas para completar el cuadro de la colonización del nuevo continente. Sin embargo, hemos de tener presente que la hipótesis de la colonización América a través de las costas de Beringia y del Pacífico por zonas ahora sumergidas debido al ascenso del nivel del mar se planteó por primera vez en 1960 por Calvin Huesser y en 1979 por Kurt Fladmark.

Este modelo de colonización afirma que las poblaciones que vivían a lo largo del margen noroccidental de la costa asiática del Pacífico comenzaron su expansión desde Beringia hacia la costa de América del Norte hace entre 16.800 y 15.600 años. Como hemos apuntado, el nivel del mar durante el final del último máximo glaciar era mucho menor que hoy en día, lo que dejaba expuestas amplias zonas de costa para la habitación humana y donde no alcanzaban los hielos del glaciar de la Cordillera (lo que permitía además la presencia de fuentes de alimento).

En cualquier caso, nuestros antepasados tuvieron que subsistir en el ambiente extremo del ártico siberiano y sabemos que lo lograron porque hace alrededor de 32.000 años dejaron su huella en el yacimiento que hoy conocemos como “Cuerno de rinoceronte” en la cuenca del río Yana (Rhinoceros Horn site – RHS). Este yacimiento se encuentra en el noroeste de Beringia y está formado por varios estratos congelados y bien conservados que albergan artefactos de piedra y restos de animales ya extintos (quien esté interesado en ampliar esta información puede seguir el trabajo del arqueólogo Vladimir Pitulko y su equipo).

Por otro lado, la prueba arqueológica más fiable que poseemos del este de Beringia procede del yacimiento de Swan Point (en Alaska central) datado en 14.000 años, que nos sirve para documentar la dispersión de nuestros antepasados por esa ruta.

(A) En verde claro se muestra la tierra firme cuando los niveles del mar eran más bajos. En verde oscuro, la tierra emergida en la actualidad. Durante el Último Máximo Glacial, las capas de hielo bloqueaban el acceso a América desde Beringia y las poblaciones no pudieron traspasar el cinturón de hielo de las Aleutianas. Los yacimientos Yana Rinoceros Horn (hace 32 ka) y Swan Point (hace 14 ka) ilustran las diferencias temporales y geográficas en el registro arqueológico. (B) Las capas de hielo comenzaron a retirarse hace cerca de 17 ka, y la ruta costera quedó practicable hace cerca de 15 ka. El rápido crecimiento demográfico hace cerca de 16 ka probablemente marca las migraciones hacia el sur.
(A) En verde claro se muestra la tierra firme cuando los niveles del mar eran más bajos. En verde oscuro, la tierra emergida en la actualidad. Durante el Último Máximo Glacial, las capas de hielo bloqueaban el acceso a América desde Beringia y las poblaciones no pudieron traspasar el cinturón de hielo de las Aleutianas. Los yacimientos Yana Rinoceros Horn (hace 32 ka) y Swan Point (hace 14 ka) ilustran las diferencias temporales y geográficas en el registro arqueológico.
(B) Las capas de hielo comenzaron a retirarse hace cerca de 17 ka, y la ruta costera quedó practicable hace cerca de 15 ka. El rápido crecimiento demográfico hace cerca de 16 ka probablemente marca las migraciones hacia el sur.

Por lo tanto, el trabajo de Pedersen y colaboradores nos aporta datos que se esperan desde hace mucho tiempo. Ya en 2004 Madsen apuntaba que los intensos debates dentro de la comunidad científica acerca del momento en que se produjo la apertura tanto del corredor costero como del interior se debían a las dataciones imprecisas y al hecho de que varios de los glaciares de la Cordillera habían reaccionado de forma diferente al cambio climático.  De hecho, defendía que el corredor costero pudo quedar libre de hielo y por tanto abierto a la colonización humana al menos hace 15.000 años. En cambio, el corredor interior (el situado al este de las Rocosas) no se habría abierto hasta hace 14.000 o 13.500 años (fechas no muy lejanas de las que Pedersen refiere en el trabajo que ahora analizamos).

Aunque aún falta encontrar pruebas arqueológicas de la presencia humana en dichas zonas (y es algo que quizás nunca logremos), los restos humanos hallados en Arlington Springs, en la isla Santa Rosa (en la costa de California) y que han sido datados en 13.000 años, demuestran a las claras que los primeros americanos usaban embarcaciones y conocían los rudimentos de la navegación.

Una vez que nuestros antepasados llegaron a la costa noroeste del Pacífico americano, podrían haber continuado su expansión costera hacia el sur hasta Chile, así como hacia el este a lo largo del borde sur de las masas de hielo continentales, posiblemente siguiendo las manadas de mamuts hacia lo que hoy en día es el estado de Wisconsin.

Otras alternativas

Hemos analizado la llegada de nuestros antepasados a América por la costa del Pacífico, pero también se han propuesto otras alternativas. Por ejemplo, el modelo llamado pre-último máximo glaciar (pre-Last Glacial Maximum – pre-LGM) sostiene que las poblaciones que se encontraban en Siberia pudieron cruzar el puente de Beringia hacia América hace entre 29.000 y 23.700 años, es decir, antes de la formación de la barrera de glaciares en lo que hoy es Canadá, y de la barrera ecológica en la parte occidental de Beringia.

Cuando los humanos llegaron a la cuenca del río Yana (el yacimiento RHS que hemos mencionado) hace 32.000 años, las capas de hielo se habían reducido debido al clima cálido, dejando pasillos abiertos a través de los cuales podrían haber pasado hacia América. Ocho mil años después, las capas de hielo habrían crecido lo suficiente como para obstruir esos pasos, debiendo esperar otros ocho mil años más para verlos libres de hielo de nuevo.

Referencias

Artículo principal:

Pedersen, M. W., et al. (2016), «Postglacial viability and colonization in North America’s ice-free corridor«. Nature, En línea.

Más información:

Dyke, A. S. (2004), «An outline of North American deglaciation with emphasis on central and northern Canada». En: Ehlers, J. y Gibbard, P. L. (ed.). Developments in Quaternary Sciences. Elsevier, 373-424.

Ehlers, J. y  Gibbard, P. L. (2004), Quaternary glaciations: extent and chronology. Amsterdam; San Diego: Elsevier.

Erlandson, J. M. y  Braje, T. J. (2011), «From Asia to the Americas by boat? Paleogeography, paleoecology, and stemmed points of the northwest Pacific». Quaternary International, vol. 239, núm. 1–2, p. 28-37.

Fladmark, K. R. (1979), «Routes: alternate migration corridors for early man in North America.». American Antiquity, vol. 44, núm. 1, p. 55-69.

Heusser, Calvin J. (1960), Late-Pleistocene environments of North Pacific North America. An elaboration of late-glacial and postglacial climate, physiographic, and biotic changes. New York: American Geographical Society, Special Publication nº 35, 308 pp.

Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum. Salt Lake City: University of Utah Press, vi, 486 p.

Goebel, T.; Waters, M. R. y  O’Rourke, D. H. (2008), «The Late Pleistocene dispersal of modern humans in the Americas». Science, vol. 319, núm. 5869, p. 1497-1502.

Pitulko, V. V., et al. (2004), «The Yana RHS Site: humans in the arctic before the Last Glacial Maximum». Science, vol. 303, núm. 5654, p. 52-56.

separador2

Notas

La importancia de enseñar la evolución humana

La frase de Theodosius Dobzhansky «Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución» es mi cita científica favorita, ya que resume perfectamente lo importante que es la evolución para nuestra comprensión de la biología. Por desgracia, en demasiadas escuelas no se enseña en absoluto la evolución, o no se enseña en toda su extensión. Cuando se trata de la evolución humana en particular, las estadísticas son aún más deprimentes. De acuerdo con una encuesta realizada en 2008 por Berkman y Plutzer, el 17% de los profesores de biología de secundaria omiten la evolución humana en su totalidad, mientras que la mayoría (60%) dedican entre una y cinco horas de clase para ello. En Estados Unidos, hay muy pocos estados (siete más el Distrito de Columbia en 2007) con unos estándares en ciencia que incluyen específicamente la evolución humana; y la evolución humana ha desaparecido de las normas NGSS aprobadas en 2013 [Next generation science standards]. Hay muchas razones por las que la evolución humana puede no formar parte del programa oficial, pero la «controversia» en torno a nuestros orígenes y el temor a una respuesta negativa de los padres por motivos religiosos están sin duda entre ellas.

Bipedalism

Sin embargo, omitir o minimizar el debate sobre la evolución humana es perder una oportunidad para involucrar a los estudiantes. Desde pequeños nos preguntamos de dónde venimos; la evolución lo explica. A partir de la increíble variedad de fósiles que se han encontrado en África, Asia y Europa podemos reconstruir nuestro linaje evolutivo desde Australopithecus a los primeros Homo sapiens y explorar las diferentes especies que se separaron en medio. Estudiando el registro fósil podemos entender cuándo comenzamos a caminar erguidos, observando los grandes cambios morfológicos que nos distinguen del resto de grandes simios, como una pelvis ancha en forma de cuenco, dedos gordos en línea con el resto de dedos de los pies y brazos más cortos. Podemos ver cuando aumentó el tamaño de nuestro cerebro (cuando apareció Homo erectus) y el consiguiente gran cambio en nuestra tecnología. Como se suele decir, el resto es historia.

Aprovechar nuestra curiosidad inherente acerca de nuestra historia y nuestro origen es una forma estupenda de motivar a los estudiantes sobre la ciencia. ¿Quién no quiere saber por qué hacemos las cosas que hacemos y tenemos el aspecto que tenemos? Aprender acerca de nuestra propia evolución ayuda a los estudiantes a sentirse conectados con la ciencia. Puede ser divertido ver experimentos de química, pero éstos no se identifican con nuestra propia vida. Muchos estudiantes nunca se imaginarían a sí mismos como un «típico» científico con una bata blanca trabajando en un laboratorio durante todo el día. Pero nos podemos identificar al instante con la evolución humana, y lo ven los estudiantes que están interesados en la ciencia pero no se dan cuenta que pasar tiempo en el campo excavando fósiles u observando a nuestros parientes primates en su hábitat natural son ejemplos de «hacer ciencia». Yo era una de esas estudiantes que nunca pensó que podría dedicarme a la ciencia. Estaba concentrada en convertirme en actriz. Las matemáticas me costaban, pero siempre me fue bien en biología. Tras no acceder a la escuela de teatro sino a la Universidad de Bucknell, mi amor por los animales me llevó a estudiar el comportamiento animal. Fue la mejor decisión que he tomado, y mientras estuve en Tanzania durante mi semestre en el extranjero, rodeada de monos verdes durante mi proyecto de investigación, supe que quería ser primatóloga. Mi amor por los primates fue lo que me llevó al campo de la antropología evolutiva y me hizo interesarme y apasionarme por ella.

Monkey_&_Baby

Estudiar la evolución humana es una lente a través de la cual los estudiantes, y la gente en general, puede ver cómo estamos conectados con el mundo. Somos primates, igual que los animales que llamamos simios y monos, aunque nuestro propio camino evolutivo nos recompensó haciendo que camináramos sobre dos piernas y teniendo un cerebro realmente grande. La evolución no es direccional; no se esfuerza para mejor. Los animales que están mejor adaptados a su ambiente sobreviven el tiempo suficiente para reproducirse y dejar sus genes a su descendencia. Los rasgos únicos que nos definen como humanos no nos hacen mejores que nuestros parientes primates— simplemente nos hacen diferentes. Los chimpancés están bien adaptados a los ambientes en los que viven y prosperan; de ninguna manera son «menos evolucionados» que nosotros. Es cierto que los seres humanos hemos dominado y alterado el mundo que nos rodea, pero si entendemos nuestro lugar evolutivo en el mundo, se hace más difícil justificar la idea de que somos mejores que los organismos con los que compartimos el planeta. De este modo, el estudio de la evolución humana nos enseña humildad, y hoy en día, todos necesitamos un poco de humildad.

Nos enfrentamos a un cambio climático de una escala sin precedentes a causa de nuestras acciones, poniendo en riesgo la Tierra tanto para nosotros como para el resto de plantas y animales que viven aquí. Debemos empezar a utilizar bien nuestros grandes cerebros para detener los cambios que podrían significar el fin de nuestro camino en este planeta. Hubo especies de homínidos, como Australopithecus afarensis, que vivieron durante unos 900.000 años, casi cuatro veces más de lo que hemos existido nosotros, pero finalmente se extinguieron. Estos ejemplos enseñan a los estudiantes que nuestra especie no es el sine qua non de la evolución humana. No somos inmunes a las fuerzas que pueden causar la extinción. Ahora podemos ver lo vulnerables que somos a enfermedades epidémicas como el ébola, el VIH, e incluso la gripe común. Los desastres naturales —en aumento debido al cambio climático— pueden dejarnos indefensos y vulnerables. La tecnología nos puede ayudar, pero no podemos dar por sentado que nos salvará.

teachinghumanevolution

Tenemos el deber de enseñar a la próxima generación de dónde viene, evolutivamente hablando, y luchar contra la idea de que somos de alguna forma invencibles y omnipotentes. Los estudiantes deben comprender cuál es nuestro lugar biológico en el mundo. La enseñanza de la evolución humana es demasiado importante como para eludirla por miedo a la controversia que la rodea. He visto el momento en el que un estudiante comienza a entender la imagen general de dónde venimos, y es increíble contemplarlo. Tenemos que darles más oportunidades para que vivan momentos como este, que pueden cambiar su perspectiva y mostrarles una nueva forma de pensar. Sólo cuando eso suceda será cuando esta generación vea lo precario que es nuestro lugar en este mundo, y estará motivada para hacer todo lo que pueda por evitar que el cambio climático cause estragos en el único lugar que nosotros, y el resto de la vida en la Tierra, llamamos hogar.

 

Traducción de la anotación The Importance of Teaching Human Evolution escrita por Lauren Saville.

Gracias al Centro Nacional por la Educación Científica por autorizar la traducción del texto.

Courtesy of the National Center for Science Education, www.ncse.com.

Buscando agujas en un pajar planetario

Volvamos ahora la vista a nuestros museos geológicos más ricos, y ¡qué triste espectáculo contemplamos! Que nuestras colecciones son incompletas, lo admite todo el mundo. Nunca debiera olvidarse la observación del admirable paleontólogo Edward Forbes, a saber, que muchísimas especies fósiles son conocidas y clasificadas por ejemplares únicos, y a menudo rotos, o por un corto número de ejemplares recogidos en un solo lugar. Tan sólo una pequeña parte de la superficie de la tierra se ha explorado geológicamente, y en ninguna con el cuidado suficiente, como lo prueban los importantes descubrimientos que cada año se hacen en Europa.

Charles Darwin, El Origen de las especies.

Yacimiento de Dmanisi - cortesía de David Lordkipanidze
Yacimiento de Dmanisi – cortesía de David Lordkipanidze

Comencemos contando una historia. Y como en toda buena historia, tenemos un héroe y un largo viaje por recorrer. Nos situaremos primero en una selva tropical como pudiera ser la de Guinea Ecuatorial. Vemos un pequeño animal en una rama que, protegido por el denso follaje, degusta lo que parece una sabrosa fruta. Aunque él no lo sabe, hace tiempo que el clima está cambiando, lo que ha provocado una importante reducción de la masa boscosa que forma su hábitat natural. Pasado el tiempo, cada vez tiene que desplazarse más lejos para obtener alimento y además, en lugar de hacerlo de rama en rama como era su costumbre, tiene que bajar al suelo ya que la sabana está ganando terreno.

De moverse a cuatro patas a hacerlo sobre las dos traseras fue un paso que, por supuesto, él no buscó pero que le resultó muy útil: desarrolló extremidades vigorosas que le permitieron cubrir grandes distancias, unos pulmones potentes para poder correr, y una vista ágil y movimientos furtivos para cazar las presas que ahora constituyen su principal fuente de alimento. La lucha por la existencia era dura, y se vio obligado a poner en juego todas sus facultades de inventiva e ingenio: fabricó y utilizó por primera vez armas de madera y, más adelante, comprobó que la piedra era más resistente para ese fin, perfeccionando diferentes técnicas para obtener una mayor variedad de utensilios.

Sus desplazamientos se hicieron cada vez más largos, llegando a recorrer miles de kilómetros. Encontrar hábitats cada vez más fríos ya no supuso ningún problema, gracias a su inteligencia y la cooperación con otros congéneres, pudo fabricar ropas con que abrigarse, controló el uso del fuego para calentarse y cocinar, y llegó a convertirse, en definitiva, en la especie dominante del planeta 1.

Contando historias

Misia Landau se graduó en biología en la Universidad de Oxford, pero su verdadero interés estaba en la neurología. Por ese motivo se matriculó en el programa de posgrado en antropología de la Universidad de Yale para estudiar la historia evolutiva de nuestro cerebro. Sin embargo, su otra pasión de la juventud, la literatura, trastocó sus planes. En lugar de seguir investigando acerca de la evolución del cerebro, planteó en su tesis la existencia de un fuerte vínculo entre la literatura y la paleoantropología 2. Descubrió en definitiva que los sesudos análisis científicos donde se explicaba la evolución del hombre no hacían otra cosa que narrar historias, relatos similares a los cuentos de hadas que todos conocemos y también nuestros hijos.

Landau sostenía que la descripción de la evolución humana que se hacía en las publicaciones especializadas seguía una estructura perfectamente reconocible, unos puntos recurrentes que Vladímir Propp había detectado hacía tiempo en los cuentos populares: en primer lugar se nos presenta un humilde héroe (en nuestro caso, un simio) en un entorno inicialmente estable. A continuación es expulsado de ese lugar seguro (como consecuencia de un cambio climático) y se ve obligado a iniciar un viaje peligroso donde debe superar una serie de pruebas (nuevas condiciones ambientales, enfrentamientos con otros depredadores…) que le obligan a demostrar su valor (mediante la adopción de la postura bípeda, el desarrollo de la inteligencia etc.). Tras estos primeros logros, nuestro héroe desarrolla nuevas ventajas (las herramientas) sólo para verse sometido a nuevas pruebas (los rigores de las glaciaciones) que al final le llevan a triunfar. Ese triunfo es el Homo sapiens 3.

Así, aunque a veces en diferente orden, los paleoantropólogos de comienzos del siglo pasado reconocían cuatro hitos fundamentales en nuestra evolución: el paso de los árboles al suelo; la postura erguida al andar; la expansión del cerebro y el desarrollo de la inteligencia y del lenguaje; y por último, el nacimiento de la tecnología, la moral y la sociedad, en definitiva, la civilización.

A pesar de que hoy en día sabemos que las cosas no sucedieron exactamente así, que el proceso evolutivo no persigue un fin (la creación de Homo sapiens) ni tampoco que «la evolución del hombre debió responder a un plan deliberado de algún poder espiritual» 4, hoy en día siguen vigentes antiguos debates acerca de la importancia de cada uno de esos momentos claves. Debates que se avivan con los descubrimientos de nuevos fósiles, la mejora de las técnicas de análisis, y el concurso de otras disciplinas científicas.

Reconozcamos por tanto que la paleoantropología es apasionante. ¿Cómo podría ser de otra manera si es el medio que tiene el ser humano racional de buscar las respuestas sobre su origen?

Cita Broom

Pero como hemos apuntado, para llevar a cabo su tarea los científicos necesitan contar con fósiles, esos vestigios de nuestro pasado evolutivo que han llegado a convertirse en auténticas agujas en un pajar planetario. No en balde la fosilización es un proceso tremendamente complejo que comienza con la muerte del animal, pero que culmina miles e incluso millones de años más tarde. Pensándolo bien, el hecho de que seamos capaces de encontrar algunos restos ya es de por sí una proeza.

Aunque por suerte hoy vivimos un momento dulce. En primer lugar, se ha producido un notable incremento del número de fósiles que han visto la luz: once nuevas especies y cuatro nuevos géneros identificados desde 1987. Los descubrimientos en los yacimientos de Atapuerca, Dmanisi, Denisova, o la cueva Rising Star en Sudáfrica, han permitido añadir nuevas ramas a nuestro arbusto genealógico. Además, la mejora en las técnicas de datación y los estudios paleoclimáticos han proporcionado la precisión cronológica necesaria para relacionar adecuadamente esos fósiles con el ambiente en el que evolucionaron (aunque no en todos los casos: el flamante Homo naledi, descrito recientemente, sería el más llamativo fracaso).

En segundo término, se están planteando atrevidas soluciones para los graves problemas detectados en la reconstrucción de esta enmarañada genealogía; propuestas que generan debates acalorados como el surgido hace poco en una cuestión clave, la aparición del género Homo, y que la adelanta a hace 2,8 millones de años, una fecha demasiado cercana a los australopitecinos para desaprobación de algunos.

La tercera razón a destacar es el peso cada vez mayor que tienen los análisis de ADN antiguo que permiten secuenciar muestras de hace cientos de miles de años. Este tipo de análisis ayudan a establecer las relaciones de parentesco entre nuestros antepasados, así como a conocer la forma en que nuestra especie sigue evolucionando hoy en día.

Pero no es oro todo lo que reluce, y la afirmación de Darwin con la que comienza este artículo sigue siendo tan válida ahora como cuando se publicó hace más de ciento cincuenta años. De hecho, algunos capítulos de la historia humana simplemente no aparecen en el registro fósil, mientras que otros se apoyan en pruebas tan escasas que son poco más que especulaciones.

Por ejemplo, sólo conocemos unos pocos fósiles de más de dos millones de años de antigüedad que podamos atribuir sin dudas al género Homo, y los que hay, son restos dispersos y fragmentados. Como ha dicho William Kimbel, paleoantropólogo de la Universidad del Estado de Arizona: «Hay muy pocos especímenes. Podrías meterlos todos en una caja de zapatos y todavía te sobraría espacio para guardar los zapatos. 5» La situación con el resto de homininos no es mucho mejor.

Un poco de historia

El principal motivo de esta carestía tiene que ver con el proceso mismo de fosilización que hace muy difícil que los restos se conserven adecuadamente. A esta dificultad hay que añadir lo complicado que resulta localizar yacimientos productivos puesto que los fósiles tienen que volver a la superficie tras la erosión de los sedimentos que los cubren. De ahí que la suerte, la casualidad o el azar hayan sido los principales aliados de esta ciencia: hay investigadores que han pasado décadas de su carrera excavando sin hallar nada de interés; mientras que otros, en su primera o segunda temporada, han descubierto un espécimen que ha cambiado por completo la disciplina 6.

Formacion de un yacimiento
Formacion de un yacimiento

Veamos algunos ejemplos. El primer resto de un Neandertal se encontró en unas canteras de Gibraltar en 1848 (antes incluso de los hallazgos en el valle Neander que daría nombre a la especie). Cuando el nuevo gobernador de la prisión militar llegó al Peñón, decidió que los presos no se dedicarían únicamente a partir las rocas destinadas a la reconstrucción de las instalaciones militares, sino que también excavarían en nuevas zonas con el objetivo de encontrar fósiles (el gobernador era un ávido coleccionista). Así apareció el cráneo conocido hoy como Gibraltar 1.

Sin embargo, debemos reconocer que fue Eugène Dubois el primero que viajó deliberadamente a un lugar (las Indias Orientales Holandesas, la actual Indonesia) con el objetivo de encontrar el eslabón perdido entre los simios y los seres humanos modernos (a diferencia de Darwin y otros, Dubois consideraba Asia y no África como la “cuna de la humanidad”). Tras años de esfuerzos, sus “excavadores” (entre comillas porque eran presos condenados a trabajos forzados) encontraron un fémur y parte de un cráneo que este médico apasionado de la evolución humana designó como Pithecanthropus erectus, y que hoy reconocemos como un miembro más de nuestro género: Homo erectus 7.

Cita Le Gros

Por otro lado, unos mineros localizaron las famosas cuevas de Sudáfrica donde han aparecido importantes restos de Australopithecus (de hecho, el famoso cráneo del niño de Taung se extrajo de la roca por los propios mineros, quienes lo entregaron a Raymond Dart para su análisis). Lo mismo sucedió en Etiopía, donde gracias a unos geólogos que buscaban minerales se descubrió la riqueza de los yacimientos del Awash medio; o en Tanzania, donde un lepidopterólogo encontró la garganta de Olduvai.

Para último, no podemos olvidar dos descubrimientos muy mediáticos que han tenido como protagonista al paleoantropólogo Lee Berger. El primero fue el hallazgo de Australopithecus sediba. El espécimen tipo de este hominino lo encontró Matthew, el hijo de Berger, mientras paseaba cerca del lugar donde su padre llevaba excavando casi dos décadas. Matthew tropezó, literalmente, con una mandíbula con un diente 8. El segundo caso es el de Homo naledi. Berger contrató a un geólogo y varios espeleólogos para que inspeccionaran paulatinamente el inmenso sistema de cuevas calizas que forman parte del yacimiento sudafricano llamado Cuna de la Humanidad. Ellos realizarían la tediosa y casi siempre improductiva labor de buscar yacimientos, y así él podía centrar sus esfuerzos en otras tareas. En cualquier caso, su idea tuvo éxito y fruto de ello se localizó la impresionante cueva Rising Star que promete ofrecer muchas sorpresas.

Nuevas técnicas, nueva ciencia

bibliografia
Parte de los libros consultados para escribir esta anotación (colección del autor).

Sabemos que debido al proceso de fosilización, los restos de nuestros antepasados se encuentran mayoritariamente en ciertos conjuntos de rocas de características similares, de ahí que conocer la geología del terreno sea fundamental para localizar con éxito yacimientos relevantes. Por ello los paleoantropólogos han venido analizando mapas geológicos y topográficos para saber dónde pueden encontrar fósiles expuestos en la superficie. Sin embargo, al final hay que peinar muchos kilómetros a pie y soportando duras condiciones climáticas, además de que, a pesar de tener los ojos bien entrenados, en demasiadas ocasiones los fósiles pasan desapercibidos.

Pero, ¿y si pudiéramos utilizar las imágenes vía satélite para localizar yacimientos fósiles productivos? Eso es precisamente lo que persiguen varios equipos de investigadores: optimizar esa búsqueda mediante el uso de técnicas de teledetección y el empleo de herramientas como sistemas de información geográfica, que permite combinar y apilar múltiples capas de información espacial para identificar patrones. La idea es que si contamos con imágenes vía satélite de alta resolución de una región dada, y algunos yacimientos ya conocidos con los que “entrenar” el modelo, seremos capaces de generar un mapa personalizado que indique nuevos lugares donde, con gran probabilidad, podamos encontrar fósiles.

El primer uso de la teledetección para la búsqueda de fósiles de nuestros antepasados lo emplearon Berhane Asfaw, Tim White y sus colegas del proyecto de inventario paleoantropológico de Etiopía. Utilizaron este tipo de imágenes para identificar afloramientos rocosos que pudieran albergar fósiles en el valle del Rift y la depresión de Afar, conocidas áreas de interés pero que debido a su extensión y complicada climatología eran difíciles y costosas de explorar. Este proyecto creó un nuevo paradigma de investigación que ha cosechado grandes éxitos, y que sigue perfeccionándose con cada avance en las distintas técnicas empleadas.

En cualquier caso debemos ser conscientes que este tipo de tecnologías servirán para reducir los costes de exploración y extracción de los fósiles. Pero al final, el trabajo más delicado seguirá haciéndose sobre el terreno en calurosos desiertos, llanuras rocosas y en profundas cuevas con pequeñas herramientas de mano.

 

Referencias

Anemone, R.; Emerson, C. y Conroy, G. (2011), «Finding fossils in new ways: an artificial neural network approach to predicting the location of productive fossil localities». Evolutionary Anthropology, vol. 20, núm. 5, p. 169-180.

Anemone, R. L.; Conroy, G. C. y Emerson, C. W. (2011), «GIS and paleoanthropology: incorporating new approaches from the geospatial sciences in the analysis of primate and human evolution». American Journal of Physical Anthropology, vol. 146, núm. 54, p. 19-46.

Ciochon, R. L. y  Corruccini, R. S. (1983), New interpretations of ape and human ancestry. New York: Plenum Press, xxiv, 888 p.

Cole, S. (1975), Leakey’s luck: the life of Louis Seymour Bazett Leakey, 1903-1972. Londres: William Collins Sons & Co, 448 p.

Delson, E. y  History, A. M. o. N. (1985), Ancestors, the hard evidence: proceedings of the symposium held at the American Museum of Natural History April 6-10, 1984 to mark the opening of the exhibition «Ancestors, four million years of humanity». New York: A. R. Liss, xii, 366 p.

Johanson, D. C. y  Edey, M. A. (1987), El primer antepasado del hombre. Barcelona: Planeta, 347 p.

Kalb, J. E. (2001), Adventures in the bone trade: the race to discover human ancestors in Ethiopia’s Afar Depression. New York: Copernicus Books, xv, 389 p.

Landau, M. (1984), «Human evolution as narrative: have hero myths and folktales influenced our interpretations of the evolutionary past?». American Scientist, vol. 72, núm. 3, p. 262-268.

Leakey, R. E. y  Lewin, R. (1977), Origins: what new discoveries reveal about the emergence of our species and its possible future. London: Macdonald and Jane’s, 264 p.

Leakey, R. E. (1989), Leakey. Barcelona: Salvat, 195 p.

Leakey, L. S. B. (1937), White African. London: Hodder and Stoughton, 320 p.

Lewin, R. (1989), La interpretación de los fósiles: una polémica búsqueda del origen del hombre. Barcelona: Planeta, 328 p.

Tobias, P. V. (1985), Hominid evolution: past, present, and future. Proceedings of the Taung Diamond Jubilee International Symposium, Johannesburg and Mmabatho, Southern Africa, 27th January-4th February 1985. New York: Alan R. Liss Inc., xxix, 499 p.

separador2

El sacrificio humano como forma de control social

Cuando hablamos de sacrificios humanos, seguro que les viene a la mente la imagen de un sacerdote maya o azteca sosteniendo en sus manos el corazón aún palpitante de un pobre muchacho. No en balde, Octavio Paz, en su ensayo titulado «Voluntad de forma» ya nos advertía que «[…] el fundamento de la religión mesoamericana, su mito fundador y el eje de sus cosmogonías y de su ética, era el sacrificio: los dioses se sacrificaban para salvar al mundo y los hombres pagan con su vida el sacrificio divino”.

Sacrificio humano mesoamerica - Códice Tudela
Sacrificio humano mesoamerica. Códice Tudela. CC

Sin embargo, podemos encontrar pruebas de sacrificios humanos en muchos otros lugares. Han quedado huellas en el registro arqueológico de las primeras civilizaciones, en los registros etnográficos de las culturas indígenas de todo el mundo, así como en los textos sagrados de gran parte de las religiones contemporáneas.

Buscando una explicación para esta conducta, algunos sociólogos como Émile Durkheim, Robertson Smith y Edward Evans-Pritchard, sostuvieron que el sacrificio humano —entendido como la eliminación deliberada y ritualizada de un individuo con el fin de agradar o aplacar a seres sobrenaturales— tenía como función básica fortalecer los lazos de solidaridad de un pueblo. Sería un mecanismo para afianzar la cohesión de la comunidad y garantizar el mantenimiento del grupo social, legitimando la autoridad política y el propio sistema de clases: de ahí que los sacrificios se repitan de forma constante, que la celebración del ritual suponga una importante inversión de trabajo colectivo, y la obligación de que todos los miembros del grupo participen.

Por otro lado, desde la antropología se ha visto como un mecanismo de catarsis social, una manera de justificar los conflictos políticos y la lucha por los medios de subsistencia. Cuando el sacrificio se combinaba con el canibalismo, se explicaba como un medio para superar la escasez de proteínas.

En definitiva, los investigadores han sostenido que los sacrificios humanos permitirían legitimar las diferencias de poder basadas en las clases sociales. No habría contestación por parte del resto de la sociedad porque la decisión de las élites de eliminar una vida tendría su justificación en el mundo sobrenatural, vendría impuesta por la autoridad divina. Recordemos que la estratificación social ha sido una de las primeras formas de dirección institucionalizada que surge en los diferentes grupos humanos, dando lugar a los reinos, las monarquías y los estados políticos modernos.

Sacrificio hawaiano. Jacques Arago. CC
Sacrificio hawaiano. Jacques Arago. CC

Sin embargo, los apoyos a esta hipótesis se limitan en gran medida a anécdotas históricas y tradiciones orales que no se han sometido a un análisis cuantitativo riguroso. Para tratar de ofrecer una imagen más real de esta conducta se ha publicado un estudio que ha puesto a prueba esta hipótesis del control social empleando métodos bayesianos (un tipo de inferencia estadística) a una muestra de 93 culturas austronesias (Los austronesios son un grupo de pueblos presentes en Oceanía y el Sureste Asiático que hablan, o cuyos antepasados hablaban, alguna de las lenguas austronesias. Estos pueblos son originarios de la isla de Taiwán e incluyen a los malayo-polinesios que se expandieron por toda Oceanía, excepto Australia, además de Madagascar).

La conclusión a la que han llegado los investigadores es que los sacrificios humanos fueron una herramienta utilizada para mantener la estratificación social una vez que el grupo social ya había alcanzado ese nivel de jerarquización. Es decir, más que propiciar la estratificación de las sociedades, la ritualización de los sacrificios humanos habría ayudado a estabilizar y mantener esos sistemas de clases una vez que éstos habían surgido con anterioridad.

Los datos

Para este estudio, los investigadores han empleado los datos contenidos en la base de datos Pulotu (Pulotu significa “morada de los dioses”), un reservorio de información acerca de las creencias y prácticas religiosas de las culturas austronesias (entendiendo “cultura” como el conjunto de tradiciones que son características de un determinado grupo de personas, o, a la inversa, el grupo de personas que se caracterizan por un conjunto particular de tradiciones). Esta base de datos analiza las distintas culturas considerando 62 variables, de las cuales 17 están relacionadas con las creencias religiosas, 4 con la práctica religiosa, 10 tienen que ver con el entorno social y 12 con el medio físico. Este conjunto de variables se divide en tres secciones principales en función de distintos períodos de tiempo: la primera y más grande es la sección “estado tradicional” que contiene información sobre cada cultura  antes de la modernización, la segunda sección cubre el momento en que se produjo el contacto con el “mundo moderno” y, por último, la tercera sección documenta el estado actual de cada cultura.

Distribución geográfica de las culturas incluidas en la base de datos Pulotu.
Distribución geográfica de las culturas incluidas en la base de datos Pulotu.


Antes de analizar con más detalle las conclusiones del estudio es necesario que tengamos claros algunos conceptos:

  • Se entienden por austronesios los pueblos que históricamente han hablado lenguas austronesias, es decir, que el criterio de inclusión para la investigación viene referido al origen común de los distintos idiomas y dialectos.
  • Se define el ritual como una secuencia o conjunto de acciones llevadas a cabo en la forma prescrita por la tradición. Además, la explicación causal o la justificación para ese comportamiento es opaca o afecta a las fuerzas sobrenaturales.

El análisis

Desde hace décadas los antropólogos han considerado las culturas austronesias como un laboratorio natural debido tanto a la diversidad de ambientes que habitan (desde diminutos atolones a continentes) como a la riqueza de sus caracteres culturales (sus estructuras sociales abarcan desde pequeñas sociedades igualitarias basadas en el parentesco, a entidades políticas más grandes y complejas como las de los hawaianos). Desde su tierra ancestral en Taiwán, los pueblos austronesias se extendieron hacia el oeste llegando a Madagascar; al este hasta la isla de Pascua (Rapa Nui); y hacia el sur hasta Nueva Zelanda.

Lo que han hecho los investigadores con este trabajo ha sido registrar la existencia o no de sacrificios humanos en cada una de las 93 culturas sometidas a estudio, catalogando su nivel de estratificación social según el siguiente esquema:

  • Las culturas que carecían de diferencias en riqueza o estatus de sus miembros se han definido como sin estratificación social y se han codificado como igualitarias.
  • Se han considerado moderadamente estratificadas aquellas culturas que presentaban diferencias en la riqueza y posición social, pero existía la posibilidad de cambiar la situación en el lapso de una generación.
  • Por último, las culturas se codificaron como muy estratificadas si presentaban diferencias en la riqueza y posición social, habiendo pocas o ninguna posibilidad de cambio de estado dentro de una generación.

Como hemos adelantado, la hipótesis del control social predice que la existencia de este tipo de rituales (que incluyen sacrificios humanos) en las diferentes culturas coevolucionan con la estratificación social, es decir, a mayor estratificación social, más sacrificios. Así, aumenta la posibilidad de que una cultura incremente su estratificación social, al tiempo que reduce la posibilidad de que se abandone la estratificación social por una sociedad más igualitaria una vez que ha aquélla ha aparecido.

En este trabajo se han realizado dos series de análisis: el primero ha consistido en estudiar los efectos de los sacrificios humanos en la evolución en general de la estratificación social en cada cultura; mientras que el segundo se ha centrado en determinar los efectos que esos sacrificios han tenido en la evolución de una alta estratificación social.

Tras estudiar los datos, los investigadores comprobaron que tanto la presencia de una sociedad estratificada, como la práctica del ritual del sacrificio humano, variaban de forma importante entre las diferentes regiones geográficas y los distintos grupos culturales. Se hallaron pruebas de sacrificios humanos en 40 de las 93 culturas incluidas en la muestra (lo que supone un 43%). Los sacrificios humanos se practicaban en 5 de las 20 sociedades que fueron calificadas como igualitarias (25%); en 17 de las 46 sociedades moderadamente estratificadas (37%); y en 18 de las 27 sociedades muy estratificadas (67%).

En la primera serie de análisis se agruparon los resultados de las sociedades moderada y altamente estratificadas. Para comprobar si había existido una evolución conjunta de la práctica de sacrificios humanos y la estratificación social, se comparó la distribución posterior entre dos modelos: uno en el que el sacrificio humano y la estratificación social evolucionaban de forma independiente; y otro en el que ambos rasgos evolucionaban conjuntamente. De esta manera, la probabilidad de cambio en un rasgo se hacía depender del valor del otro rasgo. Acto seguido llevaron a cabo dos análisis más para comprobar si el sacrificio humano había servido para dirigir y estabilizar la evolución de la estratificación social tal y como ha venido propugnando la hipótesis del control social.

En conjunto, los resultados indican que el sacrificio humano jugó un papel fundamental en el origen y el mantenimiento de las sociedades estratificadas. Aunque el sacrificio humano se practicaba en la mayoría de las sociedades calificadas como muy estratificadas, era escaso en las sociedades igualitarias, apareciendo una correlación entre ambos, es decir, que el efecto dependía del nivel de estratificación.

En concreto, la práctica de sacrificios humanos aumentó considerablemente la estratificación social, al tiempo que sirvió para mantenerla (estabilizarla en el tiempo). Por el contrario, la práctica de este ritual no sirvió para aumentar la estratificación social en aquellas sociedades que eran igualitarias. Esta imagen tiene su apoyo en diferentes relatos históricos que ya apuntaban que para que el sacrificio humano pudiera ser explotado por las élites como mecanismo de control social, primero tenía que haber élites sociales, es decir, que la sociedad ya debía estar estratificada.

Esta investigación indica además que mientras que la desigualdad social puede fomentar la toma de decisiones colectivas y la eficiencia, las jerarquías de poder se vuelven inestables cuando carecen de un estatus sancionador. En este sentido, en las culturas austronesias se utilizó el sacrificio humano como castigo por violaciones de los tabúes, como medio para desmoralizar a las clases bajas, para marcar los límites entre las diferentes clases sociales y, por supuesto, para infundir miedo hacia las élites. Vemos por tanto una amplia gama de posibles mecanismos para el mantenimiento y la construcción del control social.

Y si bien hay muchos factores que pueden servir para crear y mantener una estratificación social, los sacrificios humanos son un medio particularmente eficaz de control social porque minimiza las posibles represalias por la muerte de la víctima: recordemos que el propio ritual lleva a la sociedad al convencimiento de que la responsabilidad última de lo sucedido debe atribuirse al mundo sobrenatural.

James Cook es testgio de un sacrificio humano en Taihiti (en la isla de Otaheite) en 1773. CC
James Cook es testigo de un sacrificio humano en Taihiti (en la isla de Otaheite) en 1773. CC

Conclusión

Desde hace tiempo se afirma que la religión juega un papel funcional en la sociedad y que ha sido un motor clave de la moralidad y la cooperación. Así, las actuales teorías evolutivas de la religión se han centrado en el potencial de las creencias religiosas como mecanismo para aumentar la cooperación entre los individuos. Sin embargo, las conclusiones de este nuevo estudio sugieren que los rituales religiosos desempeñaron un papel más oscuro en la evolución de las sociedades complejas: en las culturas austronesias había una importante superposición entre la política y la religión, donde el sacrificio humano se utilizó por las élites como un medio de control social sancionado por la divinidad.

Por desagradable que pueda parecer, los sacrificios humanos fueron una fuerza motriz que predispuso a las sociedades para aceptar la existencia de clases, para admitir una fuerte estratificación social. La práctica de este ritual ayudó a los seres humanos en la transición de los pequeños grupos igualitarios de nuestros antepasados, a las grandes sociedades estratificadas en las que vivimos hoy en día.

 

Referencias

Paz, Octavio (1991), Voluntad de forma. En México. Esplendores de treinta siglos, Nueva York: The Metropolitan Museum of Art, pp. 3-37

Watts, J., et al. (2015), «Pulotu: database of austronesian supernatural beliefs and practices«. PLoS ONE, vol. 10, núm. 9, p. e0136783. (Con acceso al artículo)

Watts, J., et al. (2016), «Ritual human sacrifice promoted and sustained the evolution of stratified societies«. Nature, vol. 532, núm. 7598, p. 228-231.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.