FILOSOFÍA

Quién quiere vivir para siempre

Quién quiere vivir para siempre

     Última actualizacón: 10 agosto 2018 a las 06:41

En su cuento El inmortal —del que he destacado algunos fragmentos— Jorge Luis Borges ahonda en uno de los temas claves de su literatura y también en uno de los deseos más íntimos del ser humano: alcanzar la inmortalidad.

El bonaerense relata la historia de Marco Flaminio Rufo, un tribuno romano que emprende un viaje para encontrar un río que, según dicen, otorga la vida eterna a quien bebe de sus aguas. Pese a que los filósofos le advierten del error de su propósito, emprende la tarea con determinación y finalmente logra su objetivo. Sin embargo, la Ciudad de los Inmortales “[…] es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz”. La desazón que experimenta nuestro protagonista le impide permanecer en esta situación y tras varios siglos emprende una nueva búsqueda junto con otros inmortales: abandonan su retiro para localizar el río que les devuelva la mortalidad.

La idea de vivir eternamente está presente en infinidad de cuentos, mitos y leyendas. Pero no ha calado solamente en la mente de escritores y artistas; también los científicos han perseguido la meta de prolongar indefinidamente la vida.

El microbiólogo ruso Ilya Metchinkoff —galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908 junto a Paul Ehrlich por sus trabajos relacionados con el sistema inmune— quizás fue el primero en buscar la vida eterna a través de la ciencia. Para él, el envejecimiento  era un proceso de intoxicación crónica relacionado de alguna manera con la sífilis, y creyó haber encontrado en los microbios de la leche ácida —el yogur— su solución. Fue pionero en varias disciplinas científicas como la gerontología y la tanatología, pero falleció de un infarto de miocardio a la edad de 71 años (sin lograr, por supuesto, su ansiada meta).

El envejecimiento es un tema que preocupa —y mucho­­— no solo por su importancia para el bienestar de las personas, sino también por el enorme impacto que provoca en las sociedades. La población mundial ya ha superado la cifra de 7.000 millones y, según datos de la ONU, la proporción de personas mayores (con 60 años o más) aumentó del 9% en 1994 al 12% en 2014, y se espera que alcance el 21% en 2050 (en términos absolutos, se espera que el número de personas de 60 años o más aumente de 605 millones a 2000 millones en 2050 1.

Porcentaje de la población mundial mayor de 60 años. Fuente: La situación demográfica en el mundo 2014. ONU

En este sentido, hay muchos malentendidos cuando tratamos de responder la pregunta de si es posible o no intervenir en el proceso de envejecimiento para alargar la vida, y parte del problema reside en la dificultad de distinguir entre tres de los cuatro fenómenos que caracterizan la finitud de la misma: el envejecimiento, las enfermedades relacionadas con la edad y los factores determinantes de la longevidad. El cuarto aspecto es la propia muerte, y sobre él no debería haber dudas.

El término envejecimiento hace referencia a los procesos que tienen lugar tras la madurez sexual y que conllevan una disminución de la homeostasis; mientras que la longevidad se refiere a la duración máxima posible de la vida que, por acuerdo unánime, se ha establecido en los 120 años para el ser humano. Así, es posible distinguir el proceso de envejecimiento de las enfermedades que, por sus circunstancias, surgen como consecuencia del mismo. El envejecimiento no es una enfermedad.

La esperanza de vida

La esperanza de vida 2 está aumentando de forma general en todo el mundo: desde 1900, cuando la esperanza de vida al nacer era de 49 años, se ha producido un incremento de 27 años en los países desarrollados. Este logro ha sido posible gracias fundamentalmente a la reducción de las muertes causadas por las enfermedades infecciosas, éxito que debemos a la mejora de las condiciones higiénicas y al descubrimiento de las vacunas y los antibióticos.

Sin embargo, la prueba de que la medicina moderna no es la única responsable del aumento de nuestra longevidad la encontramos en los estudios antropológicos. Numerosas investigaciones han constatado que la esperanza de vida de los grupos de cazadores-recolectores actuales es de 32,7 años; mientras que si alcanzan la edad adulta, pueden llegar a vivir 40 años más. De hecho, algunos ancianos del pueblo hadza viven hasta los 80 años. Estos datos demuestran que su esperanza de vida tiene poco que ver con los avances médicos, sanitarios y técnicos que disfrutamos en las sociedades industrializadas.

¿Por qué envejecemos?

El biólogo ruso Zhores Medvedev contabilizó alrededor de 100 teorías que trataban de explicar el envejecimiento 3. Por su parte, João Pedro de Magalhães, investigador de la Universidad de Liverpool, ha aumentado la lista a cerca de 300, lo que nos da una idea clara de las dificultades que hay para comprender cómo funciona realmente este mecanismo. Sin embargo, Caleb Finch, autor de uno de los textos más influyentes de la disciplina 4, critica que muchas de estas teorías son variantes unas de otras, y que es posible agruparlas alrededor de una idea común: el envejecimiento se produce por el daño que se acumula en las distintas moléculas y células.

Debemos tener presente que el envejecimiento está muy extendido entre las especies animales pero no es universal; y que no todas las especies envejecen como lo hacemos nosotros, de forma progresiva y gradual. En un extremo tenemos la hidra de agua dulce, un organismo que parece no envejecer —no aumenta su mortalidad ni disminuye su fertilidad con el transcurso del tiempo— y que consigue regenerarse por completo a partir de un diminuto fragmento de su cuerpo (algunos la califican de inmortal). Por otro lado, el salmón del pacífico envejece de golpe: los salmones adultos mueren tras la reproducción, un proceso que parece estar dirigido por las hormonas sexuales ya que si eliminamos sus gónadas, el salmón vive más tiempo.

Con lo dicho hasta ahora, una pregunta relevante sería determinar si los genes controlan el envejecimiento. El hecho de que diferentes especies tengan esperanzas de vida distintas apoya la idea de que la genética influye. Así, los estudios que comparan la esperanza de vida entre parejas de gemelos mono y dicigóticos han revelado una clara heredabilidad de ésta; mientras que las investigaciones realizadas con la mosca de la fruta y los gusanos nematodos han dado como resultado el descubrimiento de una serie de mutaciones genéticas que afectan notablemente a la duración de la vida.

En este sentido, la teoría evolutiva del envejecimiento pretendía explicar el fenómeno como un mecanismo programado genéticamente para evitar la superpoblación. Sin embargo, hoy sabemos que el envejecimiento es raro que se dé entre las especies salvajes ya que los individuos mueren antes de alcanzar la edad adulta (a causa de los accidentes, las enfermedades, la acción de los predadores etc.). Por lo tanto, estos factores exógenos son los que realmente evitan la superpoblación.

Además, si existiera un gen específico (o un conjunto de ellos) que regulara el envejecimiento, sería posible que una mutación lo eliminara, dando como resultado mutantes inmortales. Esta mutación resultaría adaptativa 5 y, en consecuencia, la selección positiva para la inmortalidad sería elevada. En cambio, ninguna de las mutaciones que se sabe que incrementan la esperanza de vida llega a detener el envejecimiento, sólo lo retrasan.

Por lo tanto, se hizo necesario replantear la teoría: dado que la evolución tiene como objetivo prioritario maximizar la capacidad de los organismos de dejar descendencia, una vez alcanzada la etapa reproductiva no habría problema en que el envejecimiento hiciera acto de presencia.

Fallos, fallos y más fallos

Tom Kirkwood formuló en 1977 6 la teoría del soma desechable que, en esencia, propone que el envejecimiento está relacionado con el impacto que produce el daño molecular durante la vida, lo que es lo mismo que decir que el envejecimiento está relacionado con el coste energético de mantener al organismo en buenas condiciones de funcionamiento.

Como sabemos, las células sufren daños todo el tiempo: el ADN muta, las proteínas se deterioran, los radicales alteran las membranas etc. Estos daños deben ser reparados, y para ello nuestras células poseen sistemas específicos que, si bien son bastante fiables, también son energéticamente costosos de mantener.

Para que la especie sobreviva, un genoma necesita, básicamente, mantener el organismo en buena forma y lograr que se reproduzca eficazmente. Por este motivo se dedican abundantes recursos a la reproducción, y de ahí que pasemos los primeros 20 años de nuestra vida fabricando, reparando y sustituyendo nuestras moléculas con absoluta fidelidad. Superado ese umbral, el daño molecular comienza a acumularse, y aparecen las enfermedades relacionadas con la edad. Se trata de una solución de compromiso entre el daño molecular continuado y la eficiencia de los mecanismos de reparación.

En definitiva, Kirkwood sostiene que sería posible combatir el envejecimiento si lográsemos modificar los mecanismos que poseen las células para contrarrestar esa acumulación de daños: la apoptosis y la senescencia celular.

En esencia, la apoptosis —o suicidio celular­­­— consiste en la muerte programada de una célula cuando sufre daños. Sabemos que en los tejidos envejecidos aumenta su frecuencia —lo que realimenta el propio envejecimiento ya que cuando se destruyen demasiadas células el órgano deja de funcionar— pero que también es una estrategia de supervivencia puesto que el proceso elimina las células que, de otra forma, podrían volverse cancerosas.

Por otro lado la senescencia celular implica que las células simplemente dejan de multiplicarse. Fue Leonard Hayflick quien descubrió que las células pueden dividirse un número determinado de veces ­­—llamado el límite de Hayflick— superado el cual éstas se detienen.

«Tapas de telómeros» por el U.S. Department of Energy Human Genome Program.

Cada célula posee en los extremos de los cromosomas unas secuencias de ADN llamadas telómeros que son necesarios para que el ADN cromosómico se duplique durante la división celular, y que son sintetizados por una enzima llamada telomerasa. Dado que la mayoría de las células de nuestro cuerpo no producen telomerasa, aquéllos se van acortando en cada división y llega un momento en que son tan cortos que no pueden realizar su función. En ese momento la célula deja de dividirse y muere. Este mecanismo también nos protege de una división celular descontrolada pero, a cambio, impide el recambio de las células dañadas por otras nuevas.

Pero, ¿y si hubiera un término medio? Actualmente hay varios tratamientos farmacológicos en fase de investigación que tratan de abrir otra vía: lograr que la célula permanezca en un estado en el que siga desempeñando funciones útiles para el organismo pero sin tener capacidad de dividirse. En teoría, si evitamos la apoptosis o la senescencia de las células dañadas e inducimos este “rejuvenecimiento”, podremos proteger a los órganos de los efectos indeseados de las células dañadas al tiempo que éstas continúan con su actividad durante mucho más tiempo —incrementando de esta forma nuestra longevidad—.

Enfermedades relacionadas con la edad

En cualquier caso, a día de hoy sólo hemos logrado un verdadero aumento en la esperanza de vida actuando sobre las enfermedades relacionadas con la edad.

Leonard Hayflick

El proceso de envejecimiento afecta lógicamente a nuestro sistema inmunitario que pierde, de esta forma, su eficacia. Los investigadores han averiguado que la responsabilidad de esta merma se haya en los linfocitos T, los principales encargados de la producción de anticuerpos y de la destrucción de las células anormales. Si los linfocitos acumulan muchos daños en su ADN pueden transformarse en células tumorales (y provocar linfomas). De ahí que, como ya hemos visto, sea conveniente que se desactiven con el tiempo, aunque como contrapartida perdamos la capacidad de lucha contra las infecciones (ahora comprenderemos como, al llegar a cierta edad, hasta un simple resfriado puede llegar a matarnos).

Sin embargo, los investigadores han identificado la enzima responsable del envejecimiento de estos linfocitos T que tiene como función frenar la expresión de la telomerasa, interrumpiendo de esta forma su ciclo celular. Este descubrimiento ha permitido el uso de inhibidores químicos que han permitido que los linfocitos T senescentes vuelvan a producir telomerasa y recuperen así su capacidad proliferativa. De esta forma, se espera poder fabricar nuevos medicamentos que renueven el sistema inmunitario, lo que supondrá una mejor calidad de vida para las personas mayores, que podrán luchar eficazmente contra estas enfermedades.

Epílogo

Richard Erskine Leakey y Roger Amos Lewin

Algún día quizás podamos mantener a raya las enfermedades relacionadas con la edad, o incluso seamos capaces de lograr el crecimiento de órganos completos para reemplazar los dañados, esquivando de esta forma el límite de Hayflick y nuestra imperfecta capacidad de autorregeneración 7.

Sin embargo, aunque pudiéramos reemplazar cualquier parte de nuestro organismo, aún habría que hacer frente a otro problema: reponer o cambiar nuestro cerebro. Esto conllevaría una pérdida de nuestra identidad, nuestra memoria y, en definitiva, de nuestra misma individualidad.

El Marco Flaminio Rufo de Borges, y el Connor McLeod de la película “Los inmortales” poseen en común haber alcanzado la inmortalidad y, pese a todo, desear fervientemente volver a ser mortales. Como dijo el tribuno romano, quizás sea mejor dejar la inmortalidad para aquellas criaturas que ignoran la muerte.

Referencias

  • Finch, C. E. (1990), Longevity, senescence, and the genome. Chicago: University of Chicago Press, xv, 922 p.
  • Hayflick, L. (2004), «Aging: The reality. “Anti-Aging” is an oxymoron». The Journals of Gerontology Series A: Biological Sciences and Medical Sciences, vol. 59, núm. 6, p. B573-B578.
  • “Human Aging System Diagram” (HASD). Research Center of Advanced Technologies (Moscow, Russia).
  • de Jaeger, C. y Cherin, P. (2011), «Les théories du vieillissement». Médecine & Longévité, vol. 3, núm. 4, p. 155-174.
  • Kirkwood, T. B. L. (1977), «Evolution of ageing». Nature, vol. 270, núm. 5635, p. 301-304.
  • Kirkwood, T. B. L. (2008), «Understanding ageing from an evolutionary perspective». Journal of Internal Medicine, vol. 263, núm. 2, p. 117-127.
  • Medvedev, Z. A. (1990), «An attempt at a rational classification of theories of ageing». Biological Reviews, vol. 65, núm. 3, p. 375-398.
  • Tamparillas Salvador, M. (2005), Progresos en genética humana del envejecimiento y longevidad. Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas, Químicas y Naturales de Zaragoza, 57 p.
  • Watts, G. (2011), «Will medicine ever be able to halt the process of ageing?». BMJ, vol. 343, p. d4119.
  • Zhang, W., et al. (en prensa), «A Werner syndrome stem cell model unveils heterochromatin alterations as a driver of human aging». Science.

Notas

  1. Según datos de la OMS: http://www.who.int/features/factfiles/ageing/ageing_facts/es/.
  2. Definida por el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas como los «años que un recién nacido puede esperar vivir si los patrones de mortalidad por edades imperantes en el momento de su nacimiento siguieran siendo los mismos a lo largo de toda su vida».
  3. Medvedev, Z. A. (1990), «An attempt at a rational classification of theories of ageing». Biological Reviews, vol. 65, núm. 3, p. 375-398.
  4.  Longevity, senescence, and the genome.
  5. Una adaptación es una característica que aumenta su frecuencia en la población por su efecto directo sobre la supervivencia o el número de descendientes que dejan aquellos individuos que la portan.
  6. Kirkwood, T. B. L. (1977), «Evolution of ageing». Nature, vol. 270, núm. 5635, p. 301-304.
  7. Algo para lo que se ha dado un paso recientemente. Se han publicado los resultados de una investigación que ha desarrollado la primera metodología fiable para la integración de células madre humanas en un embrión animal. Se trata del trabajo dirigido por Juan Carlos Izpisúa-Belmonte y publicado en la revista Nature bajo el título An alternative pluripotent state confers interspecies chimaeric competency. Esta técnica promete manipular células pluripotentes humanas para su implante en animales donde puedan convertirse en los órganos que luego no generarán rechazo al trasplantarlos al paciente donante.
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Donde hay educación no hay distinción de clases

Donde hay educación no hay distinción de clases

     Última actualizacón: 1 junio 2017 a las 10:20

A Confucio (Kǒngzǐ en chino mandarín, literalmente «Maestro Kong») le tocó vivir un momento turbulento en la historia de China. En la época Chunqiu (época de los anales de primavera y otoño, 722-426 a.C.), el poder de la dinastía Zhou estaba en decadencia mientras que los reyes locales lograban progresivamente aumentar el suyo. Esto supuso la instauración del feudalismo tal y como lo conocemos en Europa: la nobleza continuó su desarrollo de forma jerárquica mediante el derecho de sucesión del primogénito y aparecen nuevas categorías nobiliarias, mientras que los campesinos se consideran siervos sujetos al pago de tributos y prestaciones personales. En la escala de prestigio de las clases sociales, la nobleza se encontraba a la cabeza, seguida de los sabios, los campesinos, los artesanos (siempre al servicio exclusivo de la nobleza) y, por último, los comerciantes.

Hacia el año 409 a.C. se deshizo la alianza feudal de estados, instaurándose un periodo durante el que cada uno de los príncipes luchó por conseguir el poder sobre todo el reino.

Es con este telón de fondo como debemos contemplar las enseñanzas del Maestro. Confuzio vivió en lo que Trauzettel definió como el “paso de la religiosidad mágica a la racionalidad”, construyendo un ideal de virtud cuyo modelo extrajo del pasado. Planteó exigencias morales a su entorno: si todos ―tanto si ocupaban un puesto elevado como bajo en la escala social― vivían según el ideal moral, el individuo, la familia, el pueblo y el soberano gozarían de mayor bienestar y en el país reinaría la paz. El contenido político de su doctrina es la exigencia de paz, unidad y el ejercicio del poder por parte del hombre más cualificado, más capaz, como era el caso de los emperadores y reyes de la época precedente:

Los ancianos que deseaban demostrar la virtud más alta por todo el imperio, primero ordenaban bien sus propios Estados. Deseando ordenar bien sus Estados, primero regulaban sus familias. Deseando regular bien sus familias, primero se cultivaban a sí mismos. Deseando cultivarse a sí mismos, primero rectificaban sus corazones. Deseando rectificar sus corazones, primero procuraban ser sinceros en sus pensamientos. Deseando ser sinceros en sus pensamientos, primero extendían hasta el máximo sus conocimientos. Tal extensión de conocimientos yace en la investigación de las cosas.

Investigadas las cosas, el conocimiento se completaba. Completos sus conocimientos, sus pensamientos eran sinceros. Sinceros sus pensamientos, sus corazones eran entonces rectificados. Rectificados sus corazones; ellos mismos eran cultivados. Cultivados ellos mismos, sus familias eran reguladas. Reguladas sus familias, sus Estados eran gobernados rectamente. Gobernados rectamente sus Estados, todo el imperio estaba tranquilo y era feliz.

Desde el Hijo del Cielo hasta la masa de gentes, todos deben considerar el cultivo de la persona como la raíz de todo lo demás.

Analectas de Confucio (wikimedia commons).

Con el mismo propósito de que los destinos del país quedasen en manos de los más capaces, expuso las seis cualidades y las seis perversiones:

El Maestro preguntó: «Zilu, ¿has oído hablar de las seis cualidades y de las seis perversiones?» —«No.» —«Siéntate, te las diré. Amar la humanidad sin amar el aprendizaje degenera en necedad. Amar la inteligencia sin amar el conocimiento degenera en frivolidad. Amar la caballerosidad sin amar el conocimiento degenera en bandidismo. Amar la franqueza sin amar el conocimiento degenera en brutalidad. Amar el valor sin amar el conocimiento degenera en violencia. Amar la fuerza sin amar el conocimiento degenera en anarquía.»

Amar la humanidad sin amar el conocimiento degenera en necedad: cualquiera que dude de la relevancia actual de esta máxima debería pararse a contemplar lo que nos rodea, no solo en ese activismo bien intencionado, pero ignorante, que está tan de moda, sino en quienes elegimos como gobernantes, como administradores etc. Por una extraña lógica, presuponemos a menudo que la bondad debería por sí misma conllevar una especie de dispensa de la inteligencia, pero, de hecho, estas dos cualidades están orgánicamente relacionadas, como si la bondad y la estupidez fueran compatibles.

Unas palabras para detenernos un minuto a reflexionar.

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¿Qué es para mí la «verdad»?

¿Qué es para mí la «verdad»?

     Última actualizacón: 6 junio 2017 a las 11:38

Lo primero que ve viene a la cabeza para explicar este concepto es que la verdad es lo opuesto a lo falso, aunque esta aproximación no es de mucha utilidad porque nos exige definir qué entendemos por “falso” o la “falsedad”, encontrándonos con el mismo problema de inicio.

Para tratar de sortear este inconveniente podríamos decir que la verdad es una característica de determinados hechos si éstos existen, si son “reales” (como propuso en primer lugar Aristóteles) aunque, de nuevo,  nos veríamos obligados a ofrecer una definición precisa de qué es “real”, o de la propia “realidad”. Por ejemplo, la afirmación “la nieve es blanca” debe su verdad a cierta característica del mundo externo: el hecho de que la nieve es blanca. Esto nos lleva concluir que una creencia (un enunciado, una proposición, etc.) es verdadera si existe un hecho externo que la corresponda. Sin embargo, la solución no es tan sencilla porque lo que es real para mí puede no serlo para otro observador, o no serlo de la misma forma (pensemos que veo la nieve desde cierta distancia y me parece de un blanco inmaculado, pero alguien situado más cerca puede ver barro o suciedad en la nieve que la haga grisácea).

Siguiendo con este argumento, el problema de la verdad como verdad epistemológica reside en los distintos sentidos en que podemos entender la correspondencia entre el enunciado y el hecho externo. Esto nos lleva a la importancia de definir claramente el contexto y ser precisos con el lenguaje que utilizamos al afirmar una proposición (en el ejemplo de la nieve, deberíamos concretar que la nieve es blanca vista desde 10 metros, que nos referimos a la nieve recién caída etc.)

Sin embargo, en nuestra vida diaria no es necesario ser tan estrictos como lo seríamos si estuviéramos analizando y describiendo un fenómeno cualquiera con un objetivo científico, donde la precisión es esencial (necesaria para la corroboración de la hipótesis).  En nuestro quehacer diario podemos contrastar las proposiciones con nuestro propio conocimiento, nuestro bagaje cultural y, también, teniendo en cuenta la credibilidad de nuestro interlocutor.

Por estos mismos motivos la verdad se puede manipular con relativa facilidad. Por ejemplo, algunos medios de comunicación ofrecen noticias sesgadas por intereses políticos, sociales o económicos, ofreciendo un único punto de vista de un suceso (una sola perspectiva interesada) y por lo tanto, impidiendo al oyente una valoración de lo sucedido de forma que pueda saber si la noticia es verdad. Alguien podría pensar que la noticia es verdadera de la forma en que se narra pero, al no ofrecer toda la información disponible, se puede estar distorsionando y ser así falsa. Lo miso sucede con la historia. Es conocida la frase atribuida a Winston Churchill «la historia la escriben los vencedores”: aunque contenga parte de verdad, el relato de los hechos que han ocurrido en el pasado no es completo, no es verdadero, si no se tienen en cuenta todos los puntos de vista y se hace una interpretación de los mismos según el contexto en que se desarrollaron.

En los casos planteados, la solución para detectar una verdad manipulada podría ser acudir a diferentes fuentes para escuchar diferentes versiones de la noticia, lo que nos daría una imagen más completa de lo ocurrido. De la misma forma, para conocer la verdad de algún hecho que haya tenido lugar en el pasado deberemos actuar de la misma forma, acudir a diferentes fuentes de información y hacer un análisis crítico, buscando posibles contradicciones.

Podemos concluir por tanto que la verdad no se puede analizar desde un punto de vista único. Si queremos describir lo más exactamente posible (léase objetivamente posible) un fenómeno dado, tendremos que hacerlo tomando en consideración el contexto, empleado un lenguaje preciso y ofreciendo la mayor cantidad de perspectivas. Sin embargo, esto trae consigo el problema de no terminar nunca porque tal grado de exhaustividad puede ser muy limitante ya que, ¿cómo sabemos que hemos incluido todos los puntos de vista posibles?

Esto me trae a la memoria la expresión incluida en una sátira del poeta Juvenal: «rara avis in terris nigroque simillima cygno» (que en español vendría a significar «un pájaro raro en tierra muy semejante a un cisne negro»). En la antigüedad se pensaba que todos los cisnes eran blancos porque jamás se había visto uno negro, ni tampoco había registro histórico alguno de cisnes con plumas negras. De esta forma, la proposición “todos los cisnes son blancos” era verdadera y nadie la ponía en duda. Sin embargo, en 1697, una expedición holandesa a la costa occidental de Australia (entonces conocida como Nueva Holanda) dirigida por el explorador Willem Hesselsz de Vlamingh, y cuya misión era rescatar a los supervivientes de una expedición anterior, descubrió una gran cantidad de cisnes negros en un río. El río que surcaban fue bautizado Zwaanenrivier (hoy río Swan, “cisne” en inglés).

La afirmación que antes era verdad, se convirtió en falsa al conocer más datos.

Nota: esta anotación es parte de un trabajo del curso Pensamiento Científico de la UNAM cuyo enunciado es: elabora un comentario de 500 a 1000 palabras sobre la verdad.  Como guía, puedes expandir alguna de estas u otras preguntas (no necesariamente todas): ¿Qué es para mí la verdad? ¿De qué depende la verdad? ¿Cómo puedo decidir sobre la verdad en situaciones diarias? ¿Cómo se puede manipular la verdad? ¿Cómo podría detectar una verdad manipulada?

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Experiencias cercanas a la muerte (y II)

Experiencias cercanas a la muerte (y II)

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:53

En la primera parte de esta anotación hemos analizado qué son las experiencias cercanas a la muerte. Ahora vamos a glosar los principales artículos científicos que han estudiado estas experiencias para, acto seguido, ofrecer una explicación de qué es la consciencia y las implicaciones que las investigaciones en el campo de las ECM pueden tener en la neurociencia.

Bruce Greyson (que creó la escala que lleva su nombre para determinar la existencia de una ECM) ya planteó en los años ochenta del siglo pasado la necesidad de llevar a cabo estudios prospectivos en pacientes con riesgo de sufrir una muerte repentina por paro cardíaco como el medio más idóneo para eliminar el sesgo en la elección de los casos. A continuación vamos a analizar los primeros estudios de este tipo.

El Dr. Sam Parnia (actualmente profesor asistente de medicina de cuidados críticos en la Universidad Estatal de Nueva York) junto con sus colaboradores llevaron a cabo un estudio piloto en 2001 diseñado para evaluar la frecuencia en que se daban ECM en personas que habían sobrevivido a paros cardíacos, así como para determinar las características de estas experiencias. Los resultados se publicaron en la revista Resuscitation.

Se incluyeron en el estudio todas aquellas personas que habían sobrevivido a un paro cardíaco y que habían permanecido ingresadas en un hospital del Reino Unido (el Southampton General Hospital). El estudio se realizó durante un periodo de un año y se interrogó a los pacientes (mientras permanecían aún hospitalizados) acerca de si guardaban algún recuerdo del tiempo en que habían permanecido inconscientes (no se realizó ninguna pregunta directa sobre si habían experimentado una ECM, si habían tenido la sensación de estar fuera del cuerpo u otras experiencias similares). Se aplicó la escala de Greyson como criterio de demarcación y se incluyeron datos fisiológicos como los niveles de gasometría arterial y periférica (junto con niveles de sodio y potasio), datos de la medicación administrada así como cualquier registro de anormalidades en el ritmo cardíaco durante la parada.

Para comprobar la realidad de las afirmaciones de algunos pacientes que afirmaban haber experimentado la sensación de estar fuera del cuerpo, flotando sobre el equipo médico durante las maniobras de reanimación, los investigadores cubrieron con tablones los techos de las habitaciones, colocando en la cara superior unas figuras de forma que sólo desde una posición ventajosa sobre el techo podían verse. Desgraciadamente, y también de forma atípica, ninguno de los pacientes que afirmaron vivir una ECM en esta muestra experimentó esta sensación.

Un total de 63 pacientes cumplieron todos los requisitos del estudio: siete de ellos indicaron que guardaban recuerdos de su periodo de inconsciencia (11,1%), cuatro de los cuales (6,3% del total de la muestra) habían experimentado una ECM según los criterios de la escala de Greyson (siete puntos o más).

Tabla del estudio de Greyson.

Debido al pequeño número de pacientes que tuvieron una ECM no fue posible extraer conclusiones claras acerca de las posibles causas fisiológicas, aunque se constató que la presión parcial de oxígeno era más alta en el grupo que experimentó una ECM que en el grupo control (a pesar de que en el artículo se sugiere que este dato podía descartar la influencia de la anoxia en el origen del fenómeno, los investigadores fueron precavidos y no destacaron esta conclusión dado el poco valor estadístico de los datos).

Los investigadores concluyeron que las ECM tienen lugar mientras los pacientes permanecen inconscientes, lo que contraviene los postulados médicos que niegan la posibilidad de que haya ningún tipo de experiencia subjetiva o capacidad de memorizar dada la nula actividad del cerebro en este estado. Como se ha apuntado que estas experiencias pueden tener lugar justo antes de perder la consciencia (a pesar de que el paso al estado comatoso tras un paro cardíaco sucede en pocos segundos) o en la fase de recuperación, reconocen que se precisan más datos para confirmar el desarrollo temporal de las ECM y descartar o probar esta hipótesis.

Ese mismo año se publicaron los resultados de otro estudio a gran escala realizado en diez hospitales holandeses. Dirigido por el cardiólogo Pim Van Lommel, incluyó un total de 344 personas que habían sufrido un paro cardíaco y fueron resucitadas con éxito. Todo ellos fueron entrevistados pocos días después, y del total de pacientes estudiados, 62 de ellos (un 18%) reconocieron haber experimentado una ECM, de los cuales 41 (12%) informaron de una experiencia profunda. Todos los pacientes estuvieron clínicamente muertos (según los registros electrocardiográficos).

En el estudio se definen las ECM como los recuerdos de todas las impresiones referidas durante un estado especial de consciencia, que incluyen elementos específicos tales como la sensación de estar fuera del cuerpo, sentimientos agradables, la visión de un túnel, una luz, estar junto a parientes fallecidos, o una revisión de la vida. Por otro lado, la muerte clínica se define como un periodo de inconsciencia provocado por un suministro deficiente de sangre al cerebro provocado bien por una circulación sanguínea insuficiente, respiración insuficiente o ambas causas. Si en esta situación la reanimación cardiopulmonar no comienza en 5 o 10 minutos, se produce un daño irreparable al cerebro y el paciente muere.

Para determinar si ha habido o no una ECM los investigadores utilizaron la escala WCEI (con una puntuación de 6 o más para considerar que la experiencia ha sido profunda). Compararon el grupo de 62 pacientes que experimentaron una ECM con los supervivientes que no habían referido ningún recuerdo (el grupo control) en relación a una serie de índices demográficos, médicos, farmacológicos y psicológicos. El objetivo era calcular la frecuencia en la que se producían las ECM en pacientes que habían sufrido un paro cardíaco (una situación médica crítica objetiva) y determinar los factores que afectaban a la frecuencia, el contenido y la profundidad de la misma.

Comprobaron que factores como la duración del paro cardíaco o la duración del periodo de inconsciencia, la medicación, el miedo a la muerte antes del infarto o el tiempo que transcurrió entre la ECM y la entrevista para recabar los datos no guardaban relación con el hecho de sufrir una ECM. Sin embargo, si constataron que las personas menores de 60 años eran más susceptibles a sufrir una ECM que las mayores. Otro dato relevante fue que la mayoría de los pacientes que experimentaron una ECM, especialmente una de tipo profundo, murieron finalmente en los 30 días posteriores a la reanimación.

Este estudio incluyó un aspecto longitudinal al seguir los dos grupos después de dos años y luego a los ocho años, para evaluar el efecto del tiempo, la memoria y los mecanismos de supresión en el proceso de transformación vital tras una ECM (los datos se recabaron entre 1988 y 1992). Los resultados confirmaron los estudios previos al indicar que las ECM producían efectos a largo plazo en las personas en términos de, por ejemplo, perder el miedo a morir, una intuición aumentada etc.

En cuanto a las causas, los investigadores concluyeron que los factores médicos no podían explicar las ECM y, aunque todos los pacientes analizados estuvieron clínicamente muertos, la mayoría no experimentó una ECM. Sostienen que si se tomaran en cuenta como desencadenantes de una ECM los factores puramente fisiológicos que resultan de la anoxia cerebral, la mayoría de los pacientes analizados deberían haber tenido esta experiencia. Concluyen que ni la medicación de los pacientes ni tampoco los factores psicológicos son determinantes para sufrir una ECM.

Quizás lo más llamativo sea que un estudio sobre este tema tan polémico fuese publicado en una de las revistas líderes en la investigación médica (The Lancet). Van Lommel explicó en una entrevista que nunca antes se había realizado un estudio tan sistemático sobre las experiencias de personas que fueron declaradas muertas y después volvieron a la vida. Afirma:

En ese momento estas personas no sólo están conscientes; su consciencia está incluso más expandida que nunca. Pueden pensar con extrema claridad, tienen recuerdos que se remontan a su niñez más temprana y experimentan una conexión intensa con todo y con todos a su alrededor. ¡Y sin embargo el cerebro no muestra ninguna actividad en absoluto!

Como ya hemos indicado, algunos científicos sostienen que estas experiencias pueden ocurrir en el momento en el que aún queda alguna función cerebral, aunque sea mínima. Van Lommel responde:

Cuando el corazón deja de latir, el riego sanguíneo se detiene en el plazo de un segundo. Entonces, 6,5 segundos más tarde, la actividad del EEG [electroencefalograma] comienza a cambiar debido a la escasez de oxígeno. Después de 15 segundos hay una línea recta y plana, y la actividad eléctrica en la corteza cerebral desaparece completamente. No podemos medir la actividad en el tallo cerebral, pero experimentos en animales han demostrado que esa actividad también se ha detenido allí.

Más aún, se puede demostrar que el tallo cerebral ya no está funcionando porque regula nuestros reflejos básicos, tales como la respuesta de la pupila y el reflejo de tragar, que ya no responden. De ese modo puedes introducir fácilmente un tubo por la garganta de una persona. El centro respiratorio también se detiene. Si el individuo no es reanimado en un plazo de 5 a 10 minutos, sus células cerebrales se dañan de forma irreversible.

Por último, en el análisis que estamos haciendo de los principales estudios prospectivos sobre las ECM, vamos a hablar del estudio que el Dr. Greyson llevó a cabo con todos los pacientes admitidos en la unidad de cuidados intensivos cardíacos del Hospital de la Universidad de Virginia durante un periodo de 30 meses (se excluyeron aquellos que estaban demasiado enfermos, psicóticos o disminuidos cognitivamente como para ser entrevistados). Los resultados se publicaron en la revista General Hospital Psychiatry en 2003 tomando como base de partida la hipótesis de que la incidencia de las ECM sería mayor entre los pacientes que habían sufrido un paro cardíaco de aquellos con otros problemas cardíacos (para diferenciar los problemas que pueden afectar al corazón recomiendo este enlace).

De la muestra total de 1595 pacientes admitidos en la unidad de cuidados intensivos cardíacos, a 116 (7%) se les diagnosticó un paro cardíaco. La ECM se determinó siguiendo la escala de Greyson y las entrevistas a los pacientes se llevaron a cabo dentro de los seis días posteriores a la admisión. Del número total de pacientes estudiados, 27 mostraron una puntuación de siete o más en la escala de Greyson, por lo que fueron catalogados dentro del grupo ECM; el resto, 1568 pacientes, fueron incluidos en el grupo de control. Comparados con los pacientes que no vivieron una ECM, el grupo ECM no difería en términos sociodemográficos, de apoyo social, calidad de vida, aceptación de su enfermedad, función cognitiva, capacidad para actividades físicas, grado de disfunción cardíaca, proximidad objetiva a la muerte o prognosis coronaria.

Entre las conclusiones del estudio destacaremos que se confirmó la diferente incidencia en ECM que existe entre los pacientes que entraron en el hospital por un paro cardíaco frente al resto de enfermos coronarios (según los datos facilitados, un paciente con paro cardíaco tiene una posibilidad 10 veces mayor de experimentar una ECM que el resto). Según Greyson, este dato apoya el vínculo que hay entre vivir este tipo de experiencias y la proximidad de la muerte. La pregunta obvia ante esta afirmación sería cuestionarse porqué la frecuencia de pacientes que afirman haber experimentado una ECM tras un paro cardíaco es tan baja (un 10%) del global de pacientes que sobrevivieron tras ese paro.

La respuesta es que este porcentaje no representa la proporción de personas que han sobrevivido a un paro cardíaco y que han experimentado una ECM, sino aquellos que han sido capaces de recordar esta experiencia y además han querido contarla a los investigadores. Tres factores pueden incidir en esta circunstancia. En primer lugar, es habitual padecer amnesia tras un paro cardíaco; en segundo término, este factor está relacionado con la edad: al igual que en el estudio holandés, en éste se constata que las personas menores de 60 años tienen mejores recuerdos de una ECM quizás debido a que los pacientes de mayor edad tienen más probabilidad de sufrir isquemia cerebral (es decir, cuando la sangre no puede llegar a ciertas partes del cerebro y se interrumpe el suministro de oxígeno a esas zonas); por último, otro factor que puede reducir el porcentaje de personas que cuentan su experiencia es el miedo a que sean ridiculizados o considerados enfermos mentales.

El Dr. Greyson concluye finalmente que ningún modelo fisiológico ni psicológico puede explicar por sí mismo todas las características de las ECM. Sin embargo, reconoce que algunas de estas características sí que pueden atribuirse a mecanismos neuroquímicos pero que, en cualquier caso, como las anteriores investigaciones han apuntado, los complejos procesos sensoriales y de percepción que se manifiestan durante un periodo de aparente muerte clínica suponen un reto para la idea de que la consciencia está localizada exclusivamente en el cerebro.

Lo que quedó patente con estos resultados es que era necesario llevar a cabo más investigaciones a gran escala, empleando métodos cada vez más precisos para intentar desentrañar el origen o causas que provocaban las ECM. Así, en 2008 el Dr. Sam Parnia presentó formalmente el denominado The Human Consciousness Project (Proyecto Conciencia Humana), donde convergían un grupo internacional de científicos para investigar en condiciones de laboratorio los procesos neuronales implicados en las diferentes facetas de la conciencia humana, su naturaleza y su relación con el cerebro.

El primer estudio lanzado por el proyecto se denominó AWARE (del inglés AWAreness during REsuscitation o conciencia durante la reanimación) con el objeto de analizar la relación de la mente con el cerebro durante el estado de muerte clínica. A pesar de que se había anunciado la publicación de los resultados durante el pasado año 2013, a fecha de hoy, la página web del proyecto sigue sin concretar cuándo se harán públicos y cuáles serán las conclusiones. Actualizaremos esta anotación si algún día se concluye.

Consciencia

Hasta ahora hemos analizado con cierta profundidad todos los aspectos relacionados con las experiencias cercanas a la muerte, pero para tener una visión completa de esta materia necesitamos comprender qué entendemos por consciencia y cuál es el estado actual de la investigación neurológica en este campo.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece cuatro acepciones del término conciencia:

(Del lat. conscientĭa, y este calco del gr. συνείδησις).

1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.

2. f. Conocimiento interior del bien y del mal.

3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.

4. f. Actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto.

5. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

Poro otro lado, encontramos tres acepciones del término consciencia:

(Del lat. conscientĭa).

1. f. conciencia.

2. f. Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.

3. f. Capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.

Bien, una vez sentado lo anterior, la pregunta esencial que deberíamos responder es ¿cómo surge la conciencia? En la investigación y análisis de esta materia hay dos grandes corrientes de pensamiento: una es la perspectiva que podríamos llamar localizacionista, que señala que la conciencia ocurre en ciertas regiones concretas del cerebro; la otra argumenta que la conciencia es un proceso holístico, global, que resulta de la actividad de redes de neuronas que se comunican entre sí y originan propiedades emergentes (las propiedades emergentes son aquellas que no se pueden explicar analizando los componentes de un sistema, es decir, son propiedades que estos componentes no tendrían de forma aislada sino que surgen únicamente como producto de la interacción entre ellos).

Siguiendo estas dos corrientes, vamos a exponer los puntos de vista de dos neurocientíficos cada uno de los cuales sostiene una visión diferente pero que comparten la convicción de que el enigma de la conciencia no es un problema único; antes bien, engloba múltiples fenómenos pendientes de explicación: la autoconciencia (la facultad de poder examinar nuestros propios deseos y pensamientos), el contenido de la conciencia (aquello de lo que se es consciente en un momento cualquiera) y la forma en que los procesos cerebrales se relacionan con la conciencia y la no-conciencia, entre otros.

Según plantea Christof Koch, profesor en el Instituto Tecnológico de California y jefe científico del Instituto Allen para la Ciencia del Encéfalo en Seattle, para generar la experiencia consciente un único grupo de neuronas se activa en regiones concretas del encéfalo de manera específica. Por tanto, cada “percepto consciente” (término que se refiere a la representación e interpretación que el cerebro hace de los estímulos procedentes de los sentidos) está asociado con una coalición específica de neuronas.

Junto con este concepto debemos tratar el de “correlato neuronal de conciencia” (CNC). Los neurocientíficos prefieren este complejo término al más simple de conciencia quizás por la dificultad de hallar una definición clara que sea aceptada por todos. Podemos definirlo como el conjunto mínimo de eventos (externos) y mecanismos (internos) que son suficientes para generar una percepción consciente específica. La perturbación o interrupción de cualquier correlato neuronal de conciencia altera su percepto asociado o provoca la desaparición del mismo.

En el plano fisiológico, el sustrato probable de un CNC es una coalición de neuronas piramidales (un tipo de neurona que establece comunicaciones a larga distancia) alojadas en la corteza cerebral. Según esta aproximación, las neuronas forman parte de bastas redes y sólo en tal contexto generan experiencia consciente. La mente o conciencia se hallaría de esta forma claramente situada en la corteza cerebral.

Por su parte, Susan Greenfield opina que para cada experiencia consciente las neuronas distribuidas por el cerebro se sincronizan en “asambleas” coordinadas y luego se dispersan; la conciencia, por tanto, se genera por un incremento cuantitativo en la actividad neuronal del cerebro. Parte de la hipótesis de que no existe ninguna cualidad “mágica” e intrínseca en ninguna región cerebral o conjunto de neuronas que sea responsable de la conciencia, la clave está en el proceso en sí. Según este modelo, la conciencia varía de forma gradual desde un momento al siguiente. La gran cuestión que queda por resolver es la forma en que los fenómenos fisiológicos que tienen lugar en el cerebro se traducen en lo que nosotros experimentamos como conciencia.

Volviendo a Van Lommel, opina que las ECM sólo pueden explicarse si asumimos que la consciencia, junto con todas nuestras experiencias y memorias, se localiza fuera del cerebro. La siguiente pregunta es obvia, ¿dónde? Esta es su respuesta:

Sospecho que hay una dimensión en la que se almacena esta información, una clase de consciencia colectiva a la que sintonizamos para acceder a nuestra identidad y nuestras memorias

Ahí es nada. En un artículo que escribió en 2006 (Near-Death Experience, Consciousness and the Brain) ahondó más en esta propuesta acudiendo a la mecánica cuántica como forma de explicar esa otra “dimensión” donde se hallaría la consciencia. No nos vamos a detener en esta explicación porque, bajo nuestro punto de vista, no es más que una exposición en voz alta de una idea incoherente. El físico Victor Stegner ha reiterado en numerosas ocasiones su preocupación del surgimiento de un «nuevo mito» en el pensamiento moderno que sostiene que la física cuántica ha invalidado la visión materialista y reduccionista del universo, cuando lo que sucede llanamente es que se malinterpretan o no se entienden sus postulados. En cualquier caso, en las referencias incluyo el artículo por si alguien tiene más interés y desea profundizar. Van Lommel finalmente decidió abandonar su carrera de cardiología para dedicarse a tiempo completo a investigar estas experiencias. Fundó la Fundación Merkawah en La Haya, como una rama autónoma de la “Asociación Internacional para Estudios Cercanos a la Muerte” (IANDS – International Association for Near-Death Studies).

No quería terminar esta anotación sin exponer los puntos de vista del Dr. Francisco Mora Teruel. A él le gusta explicar qué es el cerebro y la mente acudiendo a un símil según el cual el cerebro es un instrumento musical (pensemos en un piano). Este instrumento puede ser analizado desmontándolo para separar sus componentes y así poder comprender su funcionamiento. Para muchos, el cerebro es un órgano capaz de ser analizado en todos y cada uno de sus elementos moleculares, celulares y anatómicos. Por su parte, la mente también sería fácil entenderla como una melodía, una composición musical. Algo que aún siendo temporal, no tiene espacio, no es material.

La cuestión es que la resolución del problema mente-cerebro sería como analizar las partes de un piano tratando de encontrar en ellas la melodía que acaba de sonar. Para resolver este inconveniente habría que invocar la existencia de algo o alguien que tocara el piano, es decir, un elemento extracerebral, de otra naturaleza (lo que algunos llaman espíritu).

Sin embargo, para el profesor Mora no hay misterio. Sostiene que ni en la filosofía ni en la neurociencia se mantienen hoy posiciones dualistas. Hay un posicionamiento general, casi unánime, acerca de la idea de que es el propio cerebro el generador y último responsable de los procesos mentales. Las disensiones entre filósofos, entre los propios neurocientíficos y entre filósofos y neurocientíficos están únicamente en lograr comprender cómo se establece la relación, causal o no, entre los mecanismos cerebrales y los procesos mentales.

Su posicionamiento a este respecto está con la llamada teoría de la identidad. Lo que defiende esta teoría es que entre el cerebro y la mente no hay causación, la actividad cerebral son los procesos mentales. Es decir, la actividad neurobiológica del cerebro cuando se expresa en la conducta y el pensamiento es lo que llamamos procesos mentales o mente, y es entonces cuando surgen con una naturaleza aparentemente inmaterial, espiritual si se quiere. A la luz de esta forma de pensar, los procesos cerebrales y los procesos mentales son una misma cosa sólo que estudiados, analizados y expresados utilizando técnicas, instrumentos de análisis y lenguajes diferentes.

Por supuesto que el materialismo no es un hecho establecido en el sentido que, por ejemplo, lo es la estructura helicoidal del ADN. En este sentido, todavía es posible (aun cuando las evidencias actuales no lo apoyen) que el dualismo pueda ser verdad. Aun así, y a pesar de la remota posibilidad de que nuevos descubrimientos reivindiquen a Descartes, el materialismo, como lo es la revolución darwiniana, es la hipótesis de trabajo más segura.

 

Referencias:

Parnia, S., et al. (2001), «A qualitative and quantitative study of the incidence, features and aetiology of near death experiences in cardiac arrest survivors«. Resuscitation, vol. 48, múm. 2, p. 149-156.

Lommel, Pim Van, et al. (2001) «Near-death experience in survivors of cardiac arrest: a prospective study in the Netherlands«, The Lancet, núm. 358, p. 2039-2045.

Greyson, B. (2003), «Incidence and correlates of near-death experiences in a cardiac care unit«. General Hospital Psychiatry, vol. 25, núm. 4, p. 269-276.

Van Lommel, P. (2006), «Near-death experience, consciousness, and the brain: A new concept about the continuity of our consciousness based on recent scientific research on near-death experience in survivors of cardiac arrest«. World Futures, vol. 62, núm. 1-2, p. 134-151.

Mora, F. y  Barraquer Bordás, L. (1995), El problema cerebro-mente. Madrid: Alianza, 288 p.

Koch, C. y  Greenfield, S. (2007), «¿Cómo surge la consciencia?». Investigación y Ciencia, núm. 375, p. 50-57.

Pueden descargar la anotación completa en en los siguientes formatos:

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, FILOSOFÍA, HETERODOXIA, 6 comentarios
Humanidades para humanizar

Humanidades para humanizar

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:54

Casi no llego…  Esta es la última participación de este blog en la quinta edición del Carnaval de Humanidades. Desde que leí la magnífica presentación de nuestra anfitriona, tuve claro que tenía que esforzarme para lograr plasmar algunas de las ideas que rondan mi mente desde hace algún tiempo y que provocaron, en cierta medida, que empezara a escribir esta bitácora.

Y que mejor forma de hacerlo que a través de las preguntas que tan acertadamente se nos han planteado:

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las “Humanidades” ―del latín humanitas― se han venido considerando como el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana. Dicho así, tan genérica definición no sirve para nada, por lo que es más habitual definir las disciplinas humanísticas en contraposición con las disciplinas científicas: de aquí la división curricular de la mayoría de estudios académicos entre “letras” y “ciencias”. En el diccionario de la RAE, el término “humanidades” tiene la acepción de “letras humanas”, esto es, la literatura (especialmente la clásica), por lo que deja de lado otras disciplinas tradicionalmente atribuidas a las “letras” como la historia, la filosofía, el arte, la música etc. Por todo ello, y vista la dificultad de encontrar una definición que sea comúnmente aceptada, no me detendré en esta cuestión y daré por bueno lo que la mayoría de nosotros tenemos en mente cuando hablamos de Humanidades.

Sentada cual es mi intención al escribir esta entrada, no voy a discutir aquellos temas que se han tratado con profundidad en otros lugares como, por ejemplo, la celebérrima obra de Charles Percy Snow titulada “Las dos culturas” —intelectuales de letras por un lado y científicos por otro— porque considero que nos encontramos inmersos, como ha defendido John Brockman, en la “tercera cultura”: una época en la que científicos y otros pensadores del mundo empírico, a través de su trabajo y artículos explicativos, han ocupado el lugar de los intelectuales tradicionales (intelectuales de letras) para hacer visibles los significados más profundos de nuestras vidas, redefinir quién y qué somos. Así, los intelectuales de letras ya no se comunican con los científicos, sino que los propios científicos han pasado a comunicarse directamente con el gran público, haciendo notables esfuerzos por expresar sus pensamientos más profundos de forma que sean accesibles para quienes los leen o escuchan.

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

El enunciado de esta pregunta ya nos deja entrever que las Humanidades no se encuentran en su mejor momento. Comprobamos que esto es cierto por ejemplo cuando la posibilidad de desarrollar en nuestro país una carrera investigadora en Humanidades depende exclusivamente de la docencia, es decir, no existe en puridad una carrera investigadora ya que sólo se convocan plazas cuando quedan vacantes puestos docentes a los que habitualmente solo pueden optar quienes ya son profesores. Esta situación dificulta enormemente la incorporación de las nuevas generaciones y genera una profunda frustración personal.

Para ilustrar esta situación no hace falta más que examinar la tabla que se muestra a continuación y que recoge las estadísticas de publicación de artículos científicos referidos a las Humanidades en España y su relación con el resto del mundo. Los datos hablan por sí solos.

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

La situación por tanto no es halagüeña. A pesar de todo, si queremos que las Humanidades recuperen su pasado esplendor, opino que es esencial fomentar el interés de la sociedad por estas disciplinas. Hoy en día se piensa que estudiar Humanidades no es más que recitar con mayor o menor exactitud una larga serie de datos aprendidos de memoria: genealogías de reyes, fechas históricas, datos de las principales obras de arte etc. Nada más lejos de lo que debería ser.

Sinceramente pienso que la sociedad está interesada en conocer nuestra cultura, presente y pasada, aunque es reacia a sumergirse de lleno en ella por la metodología que se emplea en su enseñanza. Por eso debemos fomentar la curiosidad por conocer nuestras raíces, nuestros antepasados, personas como nosotros que se esforzaban por adaptarse a los diferentes tiempos que les tocaron vivir. Como ha expuesto Arturo Leyte:

Hay que reivindicar el estudio de la cultura humana, el cultivo de lenguas, textos y objetos que nos precedieron. No con un fin arqueológico, sino con el de constituir un modelo democrático de ciudadanía

Se hace necesario sacar las clases fuera de las aulas. Por suerte para nosotros vivimos en un país, en un entorno, con un patrimonio artístico, cultural y monumental de primer orden que apenas valoramos. Qué útil sería que la historia se enseñara visitando las ruinas arqueológicas, que los arqueólogos, geógrafos, historiadores y demás humanistas pudieran transmitir con verdadera pasión su quehacer diario, permitir a los jóvenes palpar nuestro pasado y experimentar de primera mano quienes fuimos.

Del mismo modo, estudiar literatura no debería consistir únicamente en aprender la biografía y la lista de obras de los escritores. Como insistía un premio nobel de literatura que escuché hace poco ―perdonadme por no recordar su nombre― la asignatura de literatura debería consistir, simplemente, en enseñar a leer y escribir. Fomentar la visita asidua de las inmejorables bibliotecas españolas, tanto públicas como de nuestro Patrimonio Histórico. Leer libros sin tener que seguir un guión preestablecido a escritores españoles de la Generación del 27 por ejemplo, enseñar a leer profundizando en los textos, haciendo valer la imaginación, la construcción de los personajes, la creación de historias, la descripción, en definitiva, de la concreta realidad que acompaña a cada obra y escritor. Si para ello es preciso acudir a “El Señor de los Anillos”, “20.000 leguas de viaje submarino” o las novelas de Jane Austen, desde luego hay libros peores que estos.

Vista la situación actual, tengo mis dudas de que el estudio de las Humanidades tenga futuro en nuestra sociedad cada vez más tecnificada. Quizás su destino sea desaparecer en el olvido. Desde luego, si la única salida de un estudiante de Humanidades es la enseñanza, y si la forma de medir el éxito en estas disciplinas es ocupar un puesto docente, mejor que dejemos de esforzarnos.

¿Quiere una sociedad, por medio de su Gobierno, formar a sus jóvenes ciudadanos en estudios como la historia, la literatura, el arte, las lenguas clásicas o la filosofía?, ¿o prefiere una educación de la que haya desaparecido la posibilidad de leer, escribir, interpretar, juzgar y decidir cultivadamente?

Hoy por hoy la respuesta es clara.

globo

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

Por supuesto que hay Humanidades en la ciencia.  La ciencia es cultura.

Debemos partir de que el conocimiento científico es un devenir esencialmente histórico, avanza sobre la base de descubrimientos realizados con anterioridad y gracias al continuo afán por saber del ser humano. Ya lo dijo Newton: la ciencia avanza a hombros de gigantes.

El nacimiento del lenguaje articulado, las primeras manifestaciones del arte rupestre, el nacimiento de la agricultura, la ganadería, el sedentarismo, la formación de las primeras ciudades, el nacimiento de la escritura, el surgimiento del primer sistema de gobierno y demás logros del ser humano no son más que pasos en nuestro desarrollo como especie. La filosofía surgió cuando la cultura griega había alcanzado su madurez; la revolución científica de los siglos de oro tuvo sus antecedentes en los trabajos de los pensadores medievales y en la nueva interpretación de los textos clásicos. Podría decirse que es la evolución lógica del pensamiento humano.

La tecnología impregna nuestra vida. En mi opinión, los científicos están cumpliendo con enorme éxito el papel que les otorga la tercera cultura que propone Brockman: divulgar sus descubrimientos y hacerlos accesibles a los legos. Hoy en día hay un apetito voraz por comprender nuestro entorno, saber qué nos depara el futuro, como avanza la tecnología y cómo evolucionaremos como especie: horas de documentales, miles de blogs y páginas de internet así como la edición de cientos de libros anualmente, dan fe de que la ciencia está a nuestro alrededor de forma constante y que es relativamente sencillo informarse con rigurosidad de cualquier tema.

Por ello, quizás el esfuerzo no debamos pedírselo a los científicos sino a los intelectuales de letras para que su mensaje llegue a la sociedad con mayor eficacia. El conocimiento de las Humanidades no debe reducirse a leer algunos libros y saber algo historia, sino profundizar realmente en nuestro pasado, en las diferentes culturas que viven ―y han vivido― en nuestro planeta, aprender a valorar el arte y la música como reflejo de lo que nos hace humanos.

mapamundi

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las Humanidades son importantes porque desarrollan la imaginación, el espíritu crítico y el juicio ético, así como fomentan la exploración y permiten la conservación y transmisión de nuestra memoria colectiva. Las Humanidades sitúan a la ciencia en su contexto temporal. El ser humano es cultura.

Como he expuesto más arriba, la investigación científica y los avances tecnológicos que lleva aparejada no se pueden entender separados de la sociedad y de su historia, son productos culturales que viajan en paralelo al desarrollo de una capacidad crítica y de unos criterios éticos que son imprescindibles para nuestro desenvolvimiento como sociedad. La ciencia sin humanidad es inútil.

Termino con la explicación del título de este artículo: las Humanidades son imprescindibles para hacernos más humanos, para que comprendamos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde debemos ir. La humanidad sin ciencia no tiene futuro.

Este post participa en la V Edición del Carnaval de Humanidades acogido en Pero eso es otra historia

Publicado por José Luis Moreno en FILOSOFÍA, 5 comentarios