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Humanidades para humanizar

Humanidades para humanizar

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:54

Casi no llego…  Esta es la última participación de este blog en la quinta edición del Carnaval de Humanidades. Desde que leí la magnífica presentación de nuestra anfitriona, tuve claro que tenía que esforzarme para lograr plasmar algunas de las ideas que rondan mi mente desde hace algún tiempo y que provocaron, en cierta medida, que empezara a escribir esta bitácora.

Y que mejor forma de hacerlo que a través de las preguntas que tan acertadamente se nos han planteado:

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las “Humanidades” ―del latín humanitas― se han venido considerando como el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana. Dicho así, tan genérica definición no sirve para nada, por lo que es más habitual definir las disciplinas humanísticas en contraposición con las disciplinas científicas: de aquí la división curricular de la mayoría de estudios académicos entre “letras” y “ciencias”. En el diccionario de la RAE, el término “humanidades” tiene la acepción de “letras humanas”, esto es, la literatura (especialmente la clásica), por lo que deja de lado otras disciplinas tradicionalmente atribuidas a las “letras” como la historia, la filosofía, el arte, la música etc. Por todo ello, y vista la dificultad de encontrar una definición que sea comúnmente aceptada, no me detendré en esta cuestión y daré por bueno lo que la mayoría de nosotros tenemos en mente cuando hablamos de Humanidades.

Sentada cual es mi intención al escribir esta entrada, no voy a discutir aquellos temas que se han tratado con profundidad en otros lugares como, por ejemplo, la celebérrima obra de Charles Percy Snow titulada “Las dos culturas” —intelectuales de letras por un lado y científicos por otro— porque considero que nos encontramos inmersos, como ha defendido John Brockman, en la “tercera cultura”: una época en la que científicos y otros pensadores del mundo empírico, a través de su trabajo y artículos explicativos, han ocupado el lugar de los intelectuales tradicionales (intelectuales de letras) para hacer visibles los significados más profundos de nuestras vidas, redefinir quién y qué somos. Así, los intelectuales de letras ya no se comunican con los científicos, sino que los propios científicos han pasado a comunicarse directamente con el gran público, haciendo notables esfuerzos por expresar sus pensamientos más profundos de forma que sean accesibles para quienes los leen o escuchan.

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

El enunciado de esta pregunta ya nos deja entrever que las Humanidades no se encuentran en su mejor momento. Comprobamos que esto es cierto por ejemplo cuando la posibilidad de desarrollar en nuestro país una carrera investigadora en Humanidades depende exclusivamente de la docencia, es decir, no existe en puridad una carrera investigadora ya que sólo se convocan plazas cuando quedan vacantes puestos docentes a los que habitualmente solo pueden optar quienes ya son profesores. Esta situación dificulta enormemente la incorporación de las nuevas generaciones y genera una profunda frustración personal.

Para ilustrar esta situación no hace falta más que examinar la tabla que se muestra a continuación y que recoge las estadísticas de publicación de artículos científicos referidos a las Humanidades en España y su relación con el resto del mundo. Los datos hablan por sí solos.

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

La situación por tanto no es halagüeña. A pesar de todo, si queremos que las Humanidades recuperen su pasado esplendor, opino que es esencial fomentar el interés de la sociedad por estas disciplinas. Hoy en día se piensa que estudiar Humanidades no es más que recitar con mayor o menor exactitud una larga serie de datos aprendidos de memoria: genealogías de reyes, fechas históricas, datos de las principales obras de arte etc. Nada más lejos de lo que debería ser.

Sinceramente pienso que la sociedad está interesada en conocer nuestra cultura, presente y pasada, aunque es reacia a sumergirse de lleno en ella por la metodología que se emplea en su enseñanza. Por eso debemos fomentar la curiosidad por conocer nuestras raíces, nuestros antepasados, personas como nosotros que se esforzaban por adaptarse a los diferentes tiempos que les tocaron vivir. Como ha expuesto Arturo Leyte:

Hay que reivindicar el estudio de la cultura humana, el cultivo de lenguas, textos y objetos que nos precedieron. No con un fin arqueológico, sino con el de constituir un modelo democrático de ciudadanía

Se hace necesario sacar las clases fuera de las aulas. Por suerte para nosotros vivimos en un país, en un entorno, con un patrimonio artístico, cultural y monumental de primer orden que apenas valoramos. Qué útil sería que la historia se enseñara visitando las ruinas arqueológicas, que los arqueólogos, geógrafos, historiadores y demás humanistas pudieran transmitir con verdadera pasión su quehacer diario, permitir a los jóvenes palpar nuestro pasado y experimentar de primera mano quienes fuimos.

Del mismo modo, estudiar literatura no debería consistir únicamente en aprender la biografía y la lista de obras de los escritores. Como insistía un premio nobel de literatura que escuché hace poco ―perdonadme por no recordar su nombre― la asignatura de literatura debería consistir, simplemente, en enseñar a leer y escribir. Fomentar la visita asidua de las inmejorables bibliotecas españolas, tanto públicas como de nuestro Patrimonio Histórico. Leer libros sin tener que seguir un guión preestablecido a escritores españoles de la Generación del 27 por ejemplo, enseñar a leer profundizando en los textos, haciendo valer la imaginación, la construcción de los personajes, la creación de historias, la descripción, en definitiva, de la concreta realidad que acompaña a cada obra y escritor. Si para ello es preciso acudir a “El Señor de los Anillos”, “20.000 leguas de viaje submarino” o las novelas de Jane Austen, desde luego hay libros peores que estos.

Vista la situación actual, tengo mis dudas de que el estudio de las Humanidades tenga futuro en nuestra sociedad cada vez más tecnificada. Quizás su destino sea desaparecer en el olvido. Desde luego, si la única salida de un estudiante de Humanidades es la enseñanza, y si la forma de medir el éxito en estas disciplinas es ocupar un puesto docente, mejor que dejemos de esforzarnos.

¿Quiere una sociedad, por medio de su Gobierno, formar a sus jóvenes ciudadanos en estudios como la historia, la literatura, el arte, las lenguas clásicas o la filosofía?, ¿o prefiere una educación de la que haya desaparecido la posibilidad de leer, escribir, interpretar, juzgar y decidir cultivadamente?

Hoy por hoy la respuesta es clara.

globo

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

Por supuesto que hay Humanidades en la ciencia.  La ciencia es cultura.

Debemos partir de que el conocimiento científico es un devenir esencialmente histórico, avanza sobre la base de descubrimientos realizados con anterioridad y gracias al continuo afán por saber del ser humano. Ya lo dijo Newton: la ciencia avanza a hombros de gigantes.

El nacimiento del lenguaje articulado, las primeras manifestaciones del arte rupestre, el nacimiento de la agricultura, la ganadería, el sedentarismo, la formación de las primeras ciudades, el nacimiento de la escritura, el surgimiento del primer sistema de gobierno y demás logros del ser humano no son más que pasos en nuestro desarrollo como especie. La filosofía surgió cuando la cultura griega había alcanzado su madurez; la revolución científica de los siglos de oro tuvo sus antecedentes en los trabajos de los pensadores medievales y en la nueva interpretación de los textos clásicos. Podría decirse que es la evolución lógica del pensamiento humano.

La tecnología impregna nuestra vida. En mi opinión, los científicos están cumpliendo con enorme éxito el papel que les otorga la tercera cultura que propone Brockman: divulgar sus descubrimientos y hacerlos accesibles a los legos. Hoy en día hay un apetito voraz por comprender nuestro entorno, saber qué nos depara el futuro, como avanza la tecnología y cómo evolucionaremos como especie: horas de documentales, miles de blogs y páginas de internet así como la edición de cientos de libros anualmente, dan fe de que la ciencia está a nuestro alrededor de forma constante y que es relativamente sencillo informarse con rigurosidad de cualquier tema.

Por ello, quizás el esfuerzo no debamos pedírselo a los científicos sino a los intelectuales de letras para que su mensaje llegue a la sociedad con mayor eficacia. El conocimiento de las Humanidades no debe reducirse a leer algunos libros y saber algo historia, sino profundizar realmente en nuestro pasado, en las diferentes culturas que viven ―y han vivido― en nuestro planeta, aprender a valorar el arte y la música como reflejo de lo que nos hace humanos.

mapamundi

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las Humanidades son importantes porque desarrollan la imaginación, el espíritu crítico y el juicio ético, así como fomentan la exploración y permiten la conservación y transmisión de nuestra memoria colectiva. Las Humanidades sitúan a la ciencia en su contexto temporal. El ser humano es cultura.

Como he expuesto más arriba, la investigación científica y los avances tecnológicos que lleva aparejada no se pueden entender separados de la sociedad y de su historia, son productos culturales que viajan en paralelo al desarrollo de una capacidad crítica y de unos criterios éticos que son imprescindibles para nuestro desenvolvimiento como sociedad. La ciencia sin humanidad es inútil.

Termino con la explicación del título de este artículo: las Humanidades son imprescindibles para hacernos más humanos, para que comprendamos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde debemos ir. La humanidad sin ciencia no tiene futuro.

Este post participa en la V Edición del Carnaval de Humanidades acogido en Pero eso es otra historia

Publicado por José Luis Moreno en FILOSOFÍA, 5 comentarios
¿Einstein creía en Dios?

¿Einstein creía en Dios?

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 15:36

La pregunta encierra dificultades. Una respuesta simplista sería sí, Albert Einstein creía en Dios y era religioso. Sin embargo, para ofrecer una respuesta más ajustada a la realidad tenemos a nuestra disposición un buen número de testimonios escritos donde detalla su postura al respecto. Pasemos a analizarlos brevemente.

Sucedió que, estando Einstein celebrando una reunión en una casa de Berlín en 1927, el crítico teatral Alfred Kerr se extrañó de haber oído que era profundamente religioso, tomándoselo a broma. Einstein respondió con calma:

Sí, lo soy. Al intentar llegar con nuestros medios limitados a los secretos de la naturaleza, encontramos que tras las relaciones causales discernibles queda algo sutil, intangible e inexplicable. Mi religión es venerar esa fuerza, que está más allá de lo que podemos comprender. En ese sentido soy de hecho religioso.

Podemos atisbar por tanto que Einstein no compartía la concepción cristiana ni judía de la deidad. En varias ocasiones expuso esta idea, y en una carta escrita en 1929 sostuvo que creía en el Dios de Baruch Spinoza, que se revela en la armonía del mundo, no en un Dios que se ocupa del destino y los actos de los seres humanos. Esta explicación le valió la crítica de algunos medios religiosos conservadores, al tiempo que era empleada por algunos ateos para defender su punto de vista. Esta es otra manipulación simplista.

Dado el interés que despertaba cualquier comentario del científico vivo más famoso del mundo, escribió un artículo para el New York Times Magazine titulado Religion and Science donde ofreció su idea acerca del origen de la religión: en el hombre primitivo, es sobre todo el miedo el que produce las ideas religiosas: miedo al hambre, a los animales salvajes, a la enfermedad, a la muerte. Como en esta etapa de la existencia suele estar escasamente desarrollada la comprensión de las conexiones causales, el pensamiento humano crea seres ilusorios más o menos análogos a sí mismo de cuya voluntad y acciones dependen esos acontecimientos sobrecogedores.

Se refiere por tanto a la mitología, que surgió como un mecanismo para explicar los fenómenos naturales y los males que aquejaban a los hombres, otorgando a los dioses el control de su destino.

Continúa afirmando que en una segunda etapa, el deseo de guía, de amor y de apoyo empuja a los hombres a crear el concepto social o moral de Dios. Este es el Dios de la Providencia, que protege, dispone, recompensa y castiga; el Dios que, según las limitaciones de enfoque del creyente, ama y protege la vida de la tribu o de la especie humana e incluso la misma vida; es el que consuela de la aflicción y del anhelo insatisfecho; el que custodia las almas de los muertos.

Por último, aduce la existencia de un tercer estadio de experiencia religiosa común a todas ellas, y que denomina “sentimiento religioso cósmico”. Quien posee este sentimiento siente la inutilidad de los deseos y los objetivos humanos, mientras que se maravilla del orden sublime que revela la naturaleza y el mundo de las ideas. La existencia individual le parece una especie de cárcel y desea experimentar el universo como un todo único y significativo. Podemos ver en esta explicación algunos de los aspectos que caracterizan la religión budista.

En otro ensayo publicado en 1930 (Forum and Century, vol. 84, p. 193-194) expone claramente su visión de la religión:

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio (aunque mezclada con el  miedo) la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la  auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

Por lo tanto, deja a las claras que no cree en un dios personal, idea ésta ajena a las religiones monoteístas. Para él, el sentimiento religioso cósmico es el motivo más fuerte y más noble de la investigación científica. Podríamos decir que Einstein tenía fe en la racionalidad, en la capacidad del hombre de buscar una explicación causal al mundo que le rodea, en su búsqueda por desentrañar los secretos de la naturaleza para, una vez logrado el objetivo, darse cuenta de que siempre hay algo que queda oculto, inaccesible. Más allá de la comprensión humana:

¡Qué profundos debieron ser la fe en la racionalidad del universo y el anhelo de comprender, débil reflejo de la razón que se revela en este mundo, que hicieron consagrar a un Kepler y a un Newton años de trabajo en solitario a desentrañar los principios de la mecánica celeste!

Sólo quien ha dedicado su vida a fines similares puede tener idea clara de lo que inspiró a esos hombres y les dio la fuerza necesaria para mantenerse fieles a su objetivo a pesar de innumerables fracasos. Es el sentimiento religioso cósmico lo que proporciona esa fuerza al hombre. Un contemporáneo ha dicho, con sobradas razones, que en estos tiempos materialistas que vivimos la única gente profundamente religiosa son los investigadores científicos serios.

Para el científico, el sentimiento religioso adquiere la forma de un asombro extasiado ante la armonía de la ley natural, que revela una inteligencia de tal superioridad que, comparados con ella, todo el pensamiento y todas las acciones de los seres humanos no son más que un reflejo insignificante. Este sentimiento es el principio rector de su vida y de su obra, en la medida en que logre liberarse de los grilletes del deseo egoísta. Es sin lugar a dudas algo estrechamente emparentado con lo que poseyó a los genios religiosos de todas las épocas.

Para Einstein, la ciencia sólo pueden crearla los que están profundamente imbuidos de un deseo profundo de alcanzar la verdad y de comprender las cosas. Es la curiosidad que todo lo puede, esa necesidad de saber, de conocer, de desentrañar todos los misterios. Para él, este sentimiento brota, precisamente, de la esfera de la religión.

No puedo imaginar que haya un verdadero científico sin esta fe profunda. La situación puede expresarse con una imagen: la ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia ciega.

 

Bibliografía


Publicado por José Luis Moreno en Historia de la ciencia, 2 comentarios