Johannes Kepler. Pasado y futuro de la astronomía.

Ayer me despertaba con la noticia de que el telescopio espacial Kepler puede tener los días contados para continuar con su importantísima misión: encontrar planetas terrestres (es decir, aquellos que tienen entre la mitad y dos veces el tamaño de la Tierra), especialmente aquellos que se encuentren en la zona habitable de su estrella donde pueda haber agua líquida y, quizás, vida.  Os invito a todos a leer la magnífica (como siempre) entrada del blog Eureka sobre los recientes informes acerca de los progresos de esta misión.

Hace tiempo que rondaba por mi cabeza la idea de escribir sobre ello, pero la inauguración de la XXXVIII edición del Carnaval de física y de la III edición del Carnaval de Humanidades me han llevado por otro camino.  He preferido remontarme al pasado y recordar la vida de uno de los más importantes astrónomos de la historia.

Johannes Kepler nació el 21 de diciembre de 1571 en el seno de una familia de religión protestante luterana radicada en la ciudad de Weil der Stadt, en Würtemberg (actual Alemania).  Sus dos abuelos gozaban de una buena posición social; tanto Sebald Kepler, un artesano reconocido, como Melchior Guldenmann, que regentaba una hospedería, habían sido alcaldes de sus respectivas ciudades, aunque la familia se encontraba en decadencia.  Su padre, Heinrich, era oficial de bajo rango en el ejército del duque de Würtemberg y tanto él como su madre, Catherine, fueron descritos por un Kepler ya adulto en términos poco favorecedores.

Nació prematuramente a los siete meses y quizás por esta circunstancia no gozó de buena salud.  Tanto es así que a la temprana edad de tres años contrae la viruela (las secuelas de esta enfermedad le provocarán severos problemas de visión).  A pesar de todo y tener una constitución débil, damos las gracias por no haber formado parte de la dura estadística que constata que en el siglo XVI cerca del 20% de los niños morían durante el primer año de vida y casi la mitad no llegaba a los diez años.  En definitiva, su infancia se caracterizó, además de por su debilidad física, por la ausencia de su padres ya que Heinrich marchó en 1576 a combatir en los Países Bajos y su esposa se fue con él.  Ambos decidieron que el pequeño Johannes quedara al cuidado de su abuelo materno en Leonberg.

La participación de Heinrich en los combates no duró demasiado ―según se mire― y al año siguiente pudo regresar a casa pero, por diversos problemas que no han quedado demasiado claros, se vio obligado a vender todas sus posesiones (Kepler afirmó más tarde que su padre era un pendenciero impenitente).  Este revés motivó que toda la familia se estableciera en Leonberg donde se hicieron cargo de la hospedería del abuelo Melchior para poder ganarse la vida.

Para comprender en sus justos términos la mala relación que mantuvo Kepler con sus padres, decir que en una carta a un amigo reconoció que uno de los pocos momentos agradables que pasó junto a su madre y del que guardaba un buen recuerdo fue cuando, en 1577, ésta le animó a observar el cometa que cruzó los cielos.

Ese mismo año Kepler comienza su educación reglada al acceder a la escuela latina de la ciudad.

Debemos tener presente que el acceso a la enseñanza era una actividad voluntaria y muy cara.  Por este motivo la familia constituía una importante instancia educativa al asumir los padres, como parte de sus obligaciones, la formación de sus hijos.  Sin embargo, como es fácil imaginar, la situación variaba en función del estatus social: los miembros más acaudalados podían escoger el futuro de su progenie, mientras que los campesinos lo que necesitaban era ayuda en las labores agrícolas.

Por otro lado, la educación en Alemania, como en otros muchos lugares de Europa, se encontraba bajo el control de las instituciones eclesiásticas ―ya fueran católicas romanas o protestantes― al tiempo que cada gobernante usaba el sistema educativo como un medio para consolidar la lealtad de sus súbditos.  Recordemos que la Europa del siglo XVI se vio sacudida por la fuerte tensión religiosa provocada por la Reforma de Martín Lutero (y que arraigó profundamente en gran parte de Alemania).  Lutero consideraba las clases obligatorias y la creación de escuelas como un complemento esencial para la formación religiosa, y dado que la implantación de esta enseñanza universal fue lenta (en la época en que vivió Kepler sólo la mitad de las parroquias tenían una escuela), se idearon otros medios para fomentar al acceso a la educación, como el establecer un sistema de becas para los pobres.  De esta forma se esperaba que los jóvenes que se graduasen se convirtieran en maestros, religiosos o funcionarios del Estado.

Centroeuropa en el siglo XVI. Geacron.com.

Desde que empezó a estudiar, la idea de Kepler era acceder a la carrera eclesiástica y aunque terminó su primer ciclo de tres años en 1583 (el retraso estuvo motivado por tener que trabajar en el negocio de su padre), al año siguiente entra en el seminario protestante de Adelberg, y dos años más tarde, en la escuela monástica de Maulbronn, para completar el curso preparatorio de acceso a la universidad.  Los años de estudio en Maulbronn se caracterizan por los recurrentes problemas de salud que ya había padecido de niño, así como la pésima situación en el hogar familiar: su padre se marchó de casa tras una fuerte discusión con su madre, muriendo poco después en el extranjero.  Todas estas circunstancias no impidieron que obtuviera su diploma, por lo que en 1589 se matricula en la universidad de Tubinga para comenzar los estudios de teología.

Es en esta universidad donde conoce a quien determinará, en gran medida, su destino como científico: su profesor de matemáticas, Michael Mästlin.  Era, en privado, uno de los muchos partidarios de la teoría copernicana aunque era muy cauto a la hora de exponer sus puntos de vista por escrito, dados los conflictos religiosos que implicaba.  De hecho, en sus clases preparatorias únicamente enseñaba el sistema ptolemaico y reservaba a Copérnico para el curso superior.  Fue Mästlin quien le prestó a Kepler su copia de De revolutionibus orbium coelestium («Sobre las revoluciones de las esferas celestes») ―muy anotada por cierto― y éste rápidamente comprendió las ideas esenciales de la teoría de Copérnico.  De esta forma Kepler se convirtió en un copernicano convencido, manteniendo una relación muy estrecha con su profesor a lo largo de su vida, y a quien no vaciló en pedirle ayuda o consejo para sus trabajos.  Obtiene finalmente la Magister Artium (maestría en artes) en 1591.

Como hemos dicho, Kepler tenía intención de ingresar en la facultad de teología de la universidad de Tubinga tras su graduación, pero dado que en la escuela protestante de Graz había quedado vacante la cátedra de matemáticas, Mästlin le recomienda que acepte el puesto y, de esta forma, con 23 años abandona sus estudios y deja Tubinga para trasladarse a Austria.

Ya en Graz contrajo matrimonio con Bárbara Müller von Mühleck (hija de un rico propietario de molinos) y publicó Mysterium Cosmographicum (1596 – El misterio cosmográfico), al tiempo que obtenía otras ganancias publicando almanaques astrológicos y realizando otras predicciones de este tipo.

Mysterium Cosmographicum.

Esta obra fue la primera decididamente copernicana tras De revolutionibus y le granjeó una fama internacional.  En ella exponía los argumentos geométricos que justificaban que la existencia de seis planetas, así como las distancias entre sus esferas en el sistema copernicano.  Partiendo de los argumentos de la armonía celeste expuestos por Platón en su Timeo, los modificó y empleó los cinco cuerpos regulares, los sólidos platónicos (tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro), situando a cada uno de los planetas entre dos esferas, rodeado por la exterior y rodeando a la interior, de manera que las distancias resultantes entre las esferas coincidían bastante bien con las distancias relativas obtenidas en las mediciones (salvo la órbita de Mercurio):

La Tierra es el patrón de todas las otras esferas.  Circunscribamos un dodecaedro en ella, y la esfera que lo rodea será la de Marte; circunscribamos un tetraedro en la esfera de Marte y la esfera que lo rodea será la de Júpiter, circunscribamos un cubo en la esfera de Júpiter, la esfera que lo rodea será la de Saturno.  Coloquemos ahora un icosaedro dentro de la esfera de la Tierra y entonces su esfera inscrita será la de Venus; coloquemos un octaedro dentro de la esfera de Venus y la esfera en que se inscribe será la de Mercurio.

Siendo un hombre de gran vocación religiosa, Kepler veía en su modelo cosmológico una celebración de la existencia, sabiduría y elegancia de Dios.  Así, escribió en una carta a Mästlin:

yo deseaba ser teólogo, pero ahora me doy cuenta a través de mi esfuerzo de que Dios puede ser celebrado también por la astronomía

Cuando publicó el libro, Kepler envió un ejemplar a varios de los astrónomos más destacados de la época: Galileo rechazó el trabajo debido a su evidente carácter especulativo (tengamos en cuenta que nos movemos en la época pretelescópica de la astronomía: todas las observaciones se hacían a “simple vista”.  La primera exposición de Galileo sobre sus propias observaciones telescópicas, el Sidereus Nuncius, apareció en marzo de 1610).  En cambio, Tycho Brahe se sintió inmediatamente intrigado.  El trabajo de Kepler le pareció nuevo y excitante, y escribió una crítica detallada en apoyo del libro, aunque al final le aconsejaba que adaptara su modelo a su propio sistema más que al de Copérnico.  Es más, le recomendó que le visitara porque sus observaciones podrían ayudarle a precisar más las órbitas que describía.  Esta reacción, escribiría Kepler posteriormente, cambió el curso de toda su vida.

Astrónomo y noble danés, Tyge Ottesen Brahe demostró una capacidad y un tesón insuperables en lo tocante a la astronomía, ciencia que estudió desde su juventud con la intención de reformarla basándola en observaciones muy precisas.  Desde sus años universitarios se dedicó a construir instrumentos medidores de varios tipos.  Brahe tuvo la suerte de encontrar en el rey de Dinamarca, Federico II, un inigualable patrono dispuesto a subvencionarlo más allá de cualquier expectativa razonable: le fue otorgado como feudo la isla de Hven, en Øresund, donde construyó un observatorio ―el más grande de su época― dotado de instrumentos que él mismo había diseñado.  Lo llamó Uranienborg («el castillo de Urania» en honor de Urania, la musa de la astronomía).  Nada más terminarlo, construyó un anexo bajo tierra ―para protegerse a sí mismo y los instrumentos del duro clima― que llamó Stjerneborg.  Sin embargo, tras la muerte del rey de Dinamarca acaecida en 1588, y habiendo perdido el favor de su sucesor el rey Cristian, terminó por abandonar Dinamarca para recalar en la corte del emperador Rodolfo II, quien lo nombró Matemático Imperial.

En septiembre de 1598, el archiduque católico de Graz, que había recibido el encargo de eliminar de Austria el protestantismo, ordenó a quienes profesasen esta creencia herética que se convirtieran al catolicismo o abandonasen la ciudad (según las disposiciones adoptadas en el seno de la Contrarreforma), por lo que Kepler decidió marcharse con su familia a Hungría donde pasaría cerca de un año.  En 1599 fue llamado de nuevo para volver a ocupar su puesto de profesor en Graz, pero dado que la ciudad continuaba dividida entre católicos y protestantes, decidió optar por otra vía.

De esta forma, gracias al contacto epistolar que Kepler venía manteniendo con Brahe y tras una larga negociación, en octubre de 1600 se traslada al castillo de Benatky, próximo a Praga, para trabajar junto a él.  Kepler era un pragmático que se preocupaba, y mucho, por su situación económica, de ahí que no quisiera abandonar su puesto en Graz sin asegurarse el futuro.  Por ello, antes de aceptar la oferta de Brahe, escribió a Mästlin y otros amigos de Tubinga para que intercedieran por él con el duque de Würtemberg y obtener así la cátedra de medicina que había quedado vacante.  Cuando conoció sus planes, Brahe le presionó y ofreció una buena renta a expensas del tesoro del reino, consiguiendo que viajara a Praga.

Al principio el danés le trató como un subalterno, controlando minuciosamente sus tareas y sin darle demasiado acceso a los datos observacionales (mucho más precisos que los empleados por Copérnico).  Kepler anhelaba ser considerado como un igual y tener cierta independencia, pero el receloso Brahe quería utilizarle tan sólo para establecer su propio modelo del sistema solar, un modelo no copernicano que Kepler no soportaba (en este modelo, la Tierra reposaba en el centro del universo, el Sol y la Luna orbitaban en círculos en torno a ella, mientras que el resto de los planetas describían trayectorias circulares alrededor del Sol).  Por su parte, Brahe había hecho acopio de una gran riqueza de datos observacionales, aunque carecía de los instrumentos matemáticos para comprenderlos plenamente.

Al año siguiente, Brahe muere y Kepler lo sustituye en el puesto de matemático y consejero astrológico del emperador Rodolfo II.  El salario que recibió del emperador se vio considerablemente reducido por lo que tuvo que acudir de nuevo a las tablas astrológicas y horóscopos para obtener un sobresueldo.  No creía demasiado en ellas pero, hombre práctico, sabía que era un medio de obtener dinero.  La muerte de Brahe, que parecía ser un problema para nuestro astrónomo, se convierte en una oportunidad inmejorable: consciente de la oportunidad, Kepler se apropia de los anhelados datos de Brahe antes de que pasaran al control de sus herederos que ya habían solicitado que se les entregaran todos los documentos.  El resultado fueron las Tablas Rudolfinas, una compilación de los datos de treinta años de las observaciones de Brahe, que en su lecho de muerte le pidió que terminara y que, sin embargo, no fueron publicadas hasta 1627, porque los datos que iba descubriendo le lanzaban constantemente a direcciones muy diversas (gracias a estos valiosos datos, Kepler logró predecir los tránsitos del Sol por Mercurio y Venus aunque no vivió lo suficiente para verlos).

Tras un estudio concienzudo de las anotaciones, especialmente las relativas al movimiento retrógrado de Marte, se dio cuenta de que el movimiento de los planetas no podía ser explicado por su modelo de los poliedros perfectos y armonía de esferas.  Hombre profundamente religioso, incapaz de aceptar que Dios no hubiera dispuesto que los planetas describieran en su órbita figuras geométricas simples, se dedicó a probar con toda suerte de combinaciones de círculos.  Cuando se convenció de la imposibilidad de lograrlo con círculos, uso óvalos y, al fracasar con ellos, empleó elipses y con ellas sí dio en el clavo.

En 1609 publicó Astronomia nova («Nueva astronomía»), obra dedicada a exponer sus cálculos sobre la órbita de Marte y donde incluye dos de sus tres leyes: los planetas giran en órbitas elípticas con el Sol en uno de sus focos, y lo hacen con mayor velocidad cuanto más cerca del Sol se encuentran (la Tierra, dijo, está más cerca del Sol en enero y más lejos en julio durante su viaje por su órbita).  Su segunda ley, la ley de la igualdad de las áreas, establece una línea trazada desde el Sol a un planeta barre áreas iguales en tiempos iguales.

Primera ley de la elipse y segunda ley de las áreas.

Kepler colocó al Sol en el centro de fuerzas del sistema planetario; con su rotación impulsaba a los planetas mediante una especie de fuerza magnética, a los más cercanos más deprisa, y a los más lejanos más despacio.  Tenía dos ideas principales en mente: la noción pitagórica de una armonía matemática subyacente, y la convicción de que los cuerpos celestes eran objetos físicos cuyos movimientos estaban producidos por causas naturales.

A mediados de marzo de 1610 Kepler recibió la noticia, a través de un amigo, de que Galileo había descubierto con su telescopio cuatro nuevos planetas.  La noticia fue un golpe ya que, de ser cierta la existencia de esos nuevos planetas, su Mysterium quedaba en la cuerda floja ya que el número de seis planetas estaba fundamentado en la existencia de cinco cuerpos platónicos, de manera que un solo planeta de más arruinaría su argumento.  Antes de recibir el texto del Sidereus nuncius («El mensaje o mensajero de las estrellas») se tranquilizó pensando que Galileo había descubierto en realidad las lunas de Saturno, Júpiter, Marte y Venus.  El 8 de abril recibió el libro con el ruego de que expresara su opinión.

Cuando once días después el correo volvió a Italia llevaba la respuesta de Kepler, que en mayo sería publicada con el título Dissertatio cum Nuncio Sidereo («Conversación con el mensajero de las estrellas»).  El Sidereus Nuncius de Galileo y la Dissertatio de Kepler son dos escritos que apenas podrían expresar con mayor claridad la diferente actitud de los dos científicos.  Mientras que para Galileo las cosas sobre las que escribía no solo las había visto él primero con el telescopio que había inventado, sino que las había pensado primero; el escrito de Kepler transmitía la idea de que los descubrimientos de Galileo eran una contribución, esencial, a un vasto debate que en parte provenía de la Antigüedad (aunque no dudó en considerar los descubrimientos de Galileo dignos de crédito mucho antes de que él mismo tuviera la oportunidad de comprobarlos con un telescopio).

Frontispicio de la obra Astronomica institutio.  Se observa a Aristóteles sentado, a su izquierda vemos a Galileo Galilei y Kepler; mientras que a la derecha figuran Brahe, Copérnico y Ptolomeo.

La situación política en Europa y la enfermedad se cruzarán de nuevo en la vida de Kepler en 1611: las revueltas religiosas llegan a Praga y ponen en peligro su nueva patria de adopción;  y es el año en que fallecen su mujer y su hijo predilecto a causa de la peste.  Estos acontecimientos, unidos a la muerte del emperador Rodolfo II en 1612 (a pesar de que su sucesor Matías decidiera mantenerle en su puesto) hicieron que Kepler regresara a Linz donde obtiene un puesto de profesor de matemáticas en la Landschaftsschule.  Al año siguiente se casa con Susanne Reutinger tras estudiar diez candidatas para que, según sus palabras, pudiera cuidar de Susana, su hija de 10 años, y de Ludwig, su otro hijo de 5.  Kepler tendría seis hijos con su nueva esposa, aunque tres de ellos murieron muy pequeños.

En 1615 su madre, que había alcanzado la nada desdeñable edad de 68 años, es acusada de brujería por una mujer que afirmaba que le había intentado envenenar (apuntar que Catherine se había criado con una tía suya que también había sido acusada de brujería y fue quemada en la hoguera).  El abogado que se encargó de la defensa no lo hizo demasiado bien y fue condenada y torturada.  Sin embargo, en 1620 y tras cinco años de batalla legal, Kepler consiguió una remisión de la pena argumentando que el único problema de su madre era su lenguaje y actitud belicosa.  Su madre fue finalmente liberada en septiembre de 1621 aunque murió seis meses más tarde debido al agotamiento físico y mental a que había estado sometida.

Durante esta complicada época de su vida, apartó su atención de las Tablas Rudolfinas (que, como hemos dicho se publicaron en 1627) y empezó a trabajar en un nuevo proyecto.  Este vio la luz en 1619 bajo el título Harmonices Mundi (La armonía de los mundos) y constituye una serie de cinco libros donde extendió su teoría de la armonía a la música, la astrología, la geometría y la astronomía.  Aquí expone su tercera ley: los cuadrados de los periodos orbitales son proporcionales a los cubos de los semidiámetros orbitales.

La guerra de los treinta años que se inició en 1618 diezmó las tierras austríacas y alemanas y obligó a Kepler a abandonar Linz en 1626 tras un decreto impulsado por la Contrarreforma que obligaba a la salida de todos los protestantes.  Finalmente se estableció en la ciudad de Sagan, en Silesia, para entrar al servicio de Albrecht von Wallenstein.

Nos acercamos al final de su vida ya que en 1630 se halló de nuevo en apuros financieros y viajó a Ratisbona donde esperaba cobrar los intereses de algunos bonos que poseía.  También intentaba recuperar un dinero que se le debía por su nombramiento de Matemático Imperial así como por la publicación de las Tablas Rudolfinas.  Sin embargo, poco después de su llegada tuvo un acceso de fiebre y murió el 15 de noviembre a los 59 años de edad.

Fue un hombre enamorado del orden cósmico y la armonía estética, y todo lo que descubrió estuvo inextricablemente entrelazado con su visión de Dios.  En su epitafio, que escribió él mismo, dice:

Medí los cielos; ahora mediré las sombras de la tierra.  Mi alma era del cielo, pero la sombra de mi cuerpo reposa aquí.

Kepler construyó un modelo muy ajustado a la realidad del Sistema Solar y completado un programa científico que había dado comienzo en tiempos de los pitagóricos.  Sus leyes planetarias inspirarían unos sesenta años más tarde a Isaac Newton quien edificó la estructura teórica que proporcionó el marco de la física y la cosmología durante casi tres siglos.  En síntesis, Kepler descubrió cómo orbitan los planetas y, al conseguirlo, allanó el camino para que Newton descubriera el porqué.

Esta es la contribución de Afán por saber al XXXVIII Carnaval de la Física, organizado en esta ocasión por Eureka.

 

Este post también participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades que organiza El Cuaderno de Calpurnia Tate.

ENCODE – Enciclopedia de los elementos del ADN

En 1958, en el simposio de la Sociedad de Biología Experimental, Francis Crick 1 (descubridor junto con James Watson de la estructura molecular del ADN, la famosa “doble hélice”) propuso el dogma central de la biología molecular basado en el flujo unidireccional de información del ADN a la proteína: del ADN la información pasa por transcripción al ARN, y de éste, por traducción, a la proteína, elemento que realiza la acción celular.  Si bien fue reformulado más tarde en la revista Nature 2, no debemos olvidar que la ciencia no es amiga de los dogmas por muy claros que parezcan algunos procesos.

La ciencia ya ha conocido un intento de estudiar a fondo nuestro código genético.  El objetivo del Proyecto Genoma Humano era conocer en profundidad nuestros genes ya que cuando se decidió acometer la empresa, se pensaba que sobre ellos gravitaba la esencia de lo que somos: conociendo los genes ―se afirmaba―, las funciones que desempeña cada uno, se sabría todo lo que se precisa para entender la vida humana o, al menos, sus patologías.

De esta forma, en el año 2000 se presentó con gran bombo político y mediático por el entonces Presidente de los EE.UU. Bill Clinton y el Primer Ministro británico Tony Blair, un borrador de resultados que se completó en 2003 con la secuenciación completa del genoma humano.

Sin embargo, como sucede a menudo, las expectativas fueron más allá de unos hechos que suelen ser muy tozudos una vez se estudian en profundidad.  Cuando se analizaron los resultados, los científicos se toparon con un número inferior de genes de lo previsto: tenemos alrededor de 20.000 genes codificadores de proteínas, una suma muy pequeña para la gran cantidad de información que se les atribuía.  Además de esta circunstancia, nos percatamos de que no hay una relación lineal entre el número de genes y la complejidad del organismo: es cierto que las bacterias tienen alrededor de 5.000 genes, pero el ser humano tiene más o menos el mismo número de genes que los erizos de mar, y una cantidad notablemente inferior que una salamandra, el arroz (que posee 57.000 genes) u otros vegetales.  Para complicar aún más el panorama, estos genes codificadores de proteínas representan únicamente el 1% de los 30.000 millones de nucleótidos que encontramos en el ADN humano.

Introducción. Genética

Para comprender en su justa medida los avances que ha supuesto el Proyecto ENCODE, se hace necesario contar con unos conocimientos genéticos básicos.  Para todos aquellos que ya los posean, pueden continuar leyendo el siguiente bloque.

Para nuestros propósitos, definimos un gen desde el punto de vista molecular como una secuencia de ADN que influye en la función y forma de un organismo al codificar y dirigir la síntesis de una proteína.  Por otro lado, una proteína es una molécula formada por aminoácidos (una proteína de tamaño medio puede tener 150 aminoácidos) con funciones muy variadas y que resultan esenciales para la vida.  A modo de ejemplo, entre ellas se incluyen las enzimas (que actúan como catalizadores), los componentes estructurales de las células, de los tejidos (como las que forman parte de los músculos, del cartílago, el pelo etc.) así como factores controladores de la expresión del gen.

¿Cómo se forma una proteína? Para sintetizar una proteína se hace necesario contar con unas instrucciones: el código genético.  Un gen está constituido por una sucesión de nucleótidos.  El lenguaje genético se distingue de cualquier idioma moderno en que las letras no son nucleótidos únicos, sino combinaciones de tres de ellos.  Ya que el ADN posee cuatro tipos de nucleótidos (A, C, G y T por adenina, citosina, guanina y timina) existen 64 combinaciones distintas de tripletes (que llamamos codones porque codifican aminoácidos).  Estas 64 combinaciones o tripletes forman las 21 letras del alfabeto genético entre las que se incluyen los signos de puntuación (hay algunos tripletes que son redundantes, es decir, sinónimos): 61 tripletes codifican los 20 aminoácidos existentes necesarios para formar una proteína, mientras que los tripletes restantes son señales que indican cuando termina la secuencia.

Como hemos dicho, existen un total de veinte aminoácidos, diez de los cuales se denominan “esenciales” porque el ser humano no los puede sintetizar: debemos obtenerlos a través de la alimentación ya que su ausencia provoca daños graves en el organismo.

Pues bien, Crick definió el mecanismo básico a través del cual la información contenida en la secuencia de un gen pasa a sintetizar una proteína concreta: primero la “transcripción” y luego la “traducción”.  La transcripción es un proceso por el que la información contenida en la secuencia de bases (A, C, G y T) se transforma en una secuencia de ARN complementaria (llamada ARN mensajero).  Acto seguido entra en juego la traducción, que es el proceso por el que una vez formados los ARN mensajeros, éstos se encargan de tomar los aminoácidos que constituirán la proteína (esto sucede así porque el ADN no sale nunca del núcleo celular: las “fábricas” de las proteínas, los ribosomas, se encuentran fuera de él de modo que el ARN mensajero debe llevar ese “mensaje” al exterior).

En resumen, la secuencia de nucleótidos (a través de los codones o grupo de tres nucleótidos) determina el orden de los aminoácidos que formarán la proteína.  El ARN mensajero se encarga de trasladar esa secuencia a los ribosomas que fabricarán la proteína con esa sucesión concreta de aminoácidos.

Para que nos hagamos una idea de lo complejo que resulta nuestro código genético, las alrededor de 30.000 proteínas diferentes del cuerpo humano están constituidas por 20 aminoácidos, y es la molécula de ADN la que debe especificar el orden concreto en que unen esos aminoácidos.

Una vez comprendido el mecanismo básico de síntesis de proteínas, ahondemos un poco más en nuestro genoma.  En los seres humanos, como en otros animales y plantas, solo una fracción del ADN (aproximadamente un 1% en humanos) codifica la síntesis de proteínas: son los llamados genes estructurales.  El resto está implicado en tareas como regular la expresión del ADN, separar unos genes de otros y otras funciones: se trata de los genes reguladores, que determinan en qué tejidos, en qué momento o en qué cantidad se ha de sintetizar una proteína determinada.  Sin embargo, los investigadores observaron que la mayor parte del ADN parecía no tener función ninguna: de ahí que recibiera el nombre de “ADN basura” (“junk DNA” en inglés).

Fue el genetista japonés Susumu Ohno quien acuñó este término en 1972 3.  El llamado ADN basura o ADN no codificante, representa secuencias de nucleótidos que no parecen contener genes o tener ninguna función.  Porqué la evolución había mantenido una gran cantidad de ADN “inútil” era un misterio (llamado enigma o paradoja del valor de C), y parecía un despilfarro, algo que se ha desvelado en parte gracias a este proyecto de investigación que aún sigue en curso.

Proyecto ENCODE

El Proyecto ENCODE (enciclopedia de los elementos del ADN) ha sido diseñado para continuar los trabajos donde terminó el Proyecto Genoma Humano.  Aunque este proyecto reveló el diseño de la biología humana, quedó claro que el manual de instrucciones para leer ese diseño era, en el mejor de los casos,  impreciso.  Los investigadores pudieron identificar en sus treinta mil millones de letras muchas de las regiones que codificaban proteínas, aunque éstas constituyen, como hemos señalado, poco más del 1% del genoma en alrededor de 20.000 genes.

Ya antes de acometerse el proyecto, muchos biólogos sospechaban que la información responsable de la maravillosa complejidad de los humanos estaba en algún lugar de los “desiertos” entre los genes:

Aún hoy, mucho después del descubrimiento de secuencias repetitivas y los intrones, señalar que el 25 por ciento de nuestro genoma consiste en millones de copias de una secuencia aburrida no causa ninguna conmoción.  Todos encuentran convincente el argumento de que si este ADN fuera totalmente inútil, la selección natural ya lo habría eliminado.  En consecuencia, debe de tener una función aún por descubrir.  Algunos incluso piensan que podría estar ahí en previsión de una evolución futura (esto es, para permitir la creación de nuevos genes).  Si así se hizo en el pasado, argumentan ¿por qué no en el futuro?

Brenner, S. (1998), «Refuge of spandrels». Current Biology, vol. 8, núm. 19, p. R669.

Además de para la biología molecular, la especial configuración de nuestro genoma ha supuesto y sigue siendo un reto para la antropología evolutiva:

De los tres mil millones de letras que componen el genoma humano, sólo quince millones, menos de un 1%, han sufrido algún cambio desde que el linaje de los chimpancés y el de los humanos divergieron hace unos seis millones de años.  La teoría evolutiva sostiene que el efecto de la inmensa mayoría de estos cambios es pequeño o nulo en nuestra biología.  Sin embargo, entre estos 15 millones de bases se encuentran las diferencias que nos hacen humanos.  La evolución desde un ancestro de humanos y chimpancés hasta un ser humano no resulta de que se acelere el tic-tac del reloj molecular en su conjunto; el secreto radica en que se den cambios rápidos en lugares donde se producen cambios sustanciales en el funcionamiento del organismo.

Pollard, K. S. (2009), «¿Qué nos hace humanos?». Investigación y Ciencia, núm. 394, p. 24-29.

Por ello, tras una fase piloto entre los años 2003 y 2007, el estudio, financiado con 80 millones de dólares por EE.UU., se propuso como meta cartografiar este terreno que se creía baldío.  El objetivo es catalogar las secuencias funcionales de ADN que están escondidas ahí, enterarse de cuándo y en qué células están activas, y rastrear sus efectos en la forma de empaquetar, regular y leer el genoma.

El proyecto ha combinado los esfuerzos de 442 científicos de 32 laboratorios en Reino Unido, EE.UU., Singapur, Japón, Suiza y España (se incluyen el Centro de Regulación Genómica en Barcelona y el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO, en Madrid).  Los investigadores se han centrado en 24 tipos de experimentos estándar y aunque el genoma es el mismo en la mayoría de las células humanas, la forma en que este actúa no (el ADN contenido en las células de nuestros ojos por ejemplo, no necesita formar pelos o uñas).  Por este motivo, se han llevado a cabo estos experimentos en múltiples tipos celulares ―al menos 147― dando lugar a los 1.648 experimentos que ENCODE ha hecho públicos.

Por este motivo, precisamente porque el ADN se comporta de forma distinta en diferentes tipos de células, el proyecto de investigación continúa en marcha: faltan por estudiar muchas más células y tejidos para conocer mejor cómo funciona nuestro ADN y qué hace para producir unos órganos u otros.

Los resultados obtenidos hasta ahora son, en cualquier caso, sorprendentes: el 80% del genoma contiene elementos vinculados a funciones bioquímicas, dando al traste con la visión generalmente aceptada de que el genoma humano era en su mayor parte “ADN basura”.  Se han detectado más de 70.000 regiones promotoras ―los lugares donde las proteínas se unen para controlar la expresión de los genes― y cerca de 400.000 regiones potenciadoras ―que regulan la expresión de genes distantes (se trata de controladores que no tienen porqué estar localizados cerca de los genes sobre los que actúan, ni siquiera en el mismo cromosoma. La estructura tridimensional de nuestro genoma está formada de un modo que, aunque el controlador esté lejos de los genes si leemos la secuencia linealmente, geométricamente está próximo al promotor y al gen ya que se encuentran envueltos alrededor para contactar con ellos).

Hemos encontrado que una gran parte del genoma ―de hecho, una cantidad sorprendente― está implicada en controlar cuándo y dónde se producen las proteínas más allá de su simple fabricación.

Ewan Birney, coordinador de análisis del proyecto.

La imagen de un interruptor es perfectamente válida para comprender estos mecanismos.  Determinadas secuencias dicen cuándo y dónde deben encenderse o apagarse determinados genes, así como la intensidad del funcionamiento.

Los elementos reguladores son responsables de garantizar que las proteínas del cristalino estén en las lentes de tus ojos y que la hemoglobina esté en tu sangre, y no en cualquier otro lugar. Es muy complejo. El procesamiento de la información y la inteligencia del genoma reside en los elementos reguladores. Con este proyecto, probablemente hemos podido pasar de comprender menos del 5% a cerca del 75% de ellos.

Jim Kent, director del Centro de Coordinación de los Datos (UCSC) de ENCODE.

Con estos datos en la mano comenzamos a entender cómo los relativamente pocos genes que codifican proteínas bastan para proporcionar la complejidad biológica necesaria para hacer crecer y funcionar un ser humano.  Como propugnaba Katherine Pollard, «el secreto radica en que se den cambios rápidos en lugares donde se producen cambios sustanciales en el funcionamiento del organismo».

Gracias a esta visión más completa del funcionamiento de nuestro código genético, se ha creado la oportunidad para comprender cómo afectan las variaciones genéticas a los distintos rasgos humanos y las enfermedades.  Características como la altura y la inteligencia, o enfermedades como el Alzheimer van a poder ser analizadas desde un nuevo paradigma.  Desde 2005, los estudios a gran escala del genoma humano (GWAS, genome-wide association studies) que asocian variaciones en la secuencia del ADN con rasgos específicos y enfermedades han mostrado miles de puntos del genoma donde la diferencia en un simple nucleótido parece estar asociada con el riesgo de padecer una enfermedad.  Pero dado que casi el 90% de estas variaciones caen fuera de los genes que codifican proteínas, hasta ahora los investigadores tenían pocas pistas en la forma en que podían causar o afectar a una enfermedad o rasgo fenotípico.

Pero asociación no es causalidad, y la identificación de estas variantes y la comprensión de la forma en que ejercen esa influencia ha sido difícil.

Por ejemplo, las variantes de ADN asociadas a la diabetes se producen en la parte del genoma ahora estudiada, pero no en cualquier punto, sino en la zona que regula los genes que controlan aspectos del metabolismo del azúcar o de la secreción de insulina. Otro ejemplo son las variantes que se dan en las zonas que regulan en sistema inmunológico y que han podido vincular a enfermedades como la esclerosis múltiple, el asma o el lupus.

El proyecto Genoma Humano fue como viajar a la Luna, se hizo con una tecnología primitiva y a base de mucha fuerza bruta.  Encode, sin embargo, es como un viaje a Marte.

Alfonso Valencia, investigador del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO).

Del mismo modo, la exploración del gran número de elementos reguladores revelados por el proyecto y la comparación de sus secuencias con las de otros mamíferos promete cambiar la forma de pensar de los científicos acerca de la evolución del ser humano.

Esto es así porque uno de los grandes desafíos de la biología evolutiva es comprender cómo las diferencias en la secuencia del ADN entre especies determinan las diferencias en sus fenotipos.  El cambio evolutivo puede tener lugar tanto a través de cambios en las secuencias de codificación de proteínas como por cambios en la secuencia que alteran la regulación genética.

Se ha argumentado que los potenciales cambios adaptativos en las secuencias que codifican proteínas pueden ser impedidos por la selección natural porque, aun cuando pueden ser beneficiosas para un tipo celular u órgano, pueden ser perjudiciales en algún otro lugar del organismo.  Por el contrario, dado que las secuencias reguladoras de genes frecuentemente se hayan asociadas con patrones temporal y espacialmente específicos de expresión, los cambios en estas regiones pueden modificar la función sólo de determinados tipos celulares en momentos concretos, haciendo que sea más probable que confieran una ventaja evolutiva.

En definitiva, costará un gran trabajo identificar los cambios críticos en la secuencia de los nuevos elementos reguladores que han sido identificados y que suponen las diferencias entre los humanos y otras especies.

A pesar de la gran cantidad de información ofrecida por ENCODE, aún estamos lejos del objetivo final: comprender el funcionamiento del genoma en cada célula de cada persona, así como a través del tiempo en esa misma persona.  Serán necesarios muchos años más de investigación para completar el nuevo cuadro que se ha abierto ante nosotros.

Referencias

Maher, B. (2012). ENCODE: The human encyclopaedia Nature, 489 (7414), 46-48 DOI: 10.1038/489046a

Ecker, J., Bickmore, W., Barroso, I., Pritchard, J., Gilad, Y., & Segal, E. (2012). Genomics: ENCODE explained. Nature, 489 (7414), 52-55 DOI: 10.1038/489052a

Frazer, K. (2012). Decoding the human genome. Genome Research, 22 (9), 1599-1601 DOI: 10.1101/gr.146175.112

Para facilitar la labor de los investigadores, la revista Nature ha creado un portal específico para explorar los 30 artículos publicados mediante un sistema que complementa los documentos al poner de relieve los temas que son tratados sólo en las subsecciones de los trabajos individuales. Cada hilo o trama (thread en inglés) consta de los párrafos pertinentes, las figuras y las tablas de todos los artículos, unidos en torno a un tema específico.

Por mi parte, os dejo un listado de los artículos publicados con accesos directos para leer su contenido (su acceso es libre).

Notas

¿Por qué la nariz del reno Rudolph es roja?

En estas fechas tan especiales, donde los niños (y los no tan niños) esperan ansiosos los regalos que han estado aguardando todo el año, también los científicos hacen un guiño y se empapan del espíritu navideño.

Todos sabemos que Papá Noel se sube a un trineo tirado por nueve renos para llevar los regalos a todo el mundo.  Cuenta la leyenda que había un joven reno que era mal visto y estaba discriminado por el resto de la manada debido a que tenía una nariz que emitía una luz roja.  Un día de Navidad se desató una gran gran tormenta de nieve que impedía que el trineo, con sus tradicionales ocho renos, pudiera comenzar el viaje para repartir los regalos.  Así fue como Papá Noel conoció a Rudolph (Rodolfo), y lo puso al frente de los demás para que con la potente luz de su nariz los pudiera guiar en el difícil viaje.  Desde entonces, Rudolph ilumina el camino al resto de renos voladores para que Papá Noel pueda cumplir con su misión a tiempo.

Pues bien, el British Medical Journal publica un artículo en el que los científicos se plantean como objetivo caracterizar la morfología funcional de la microcirculación nasal en los seres humanos en comparación con renos, como medio de prueba de la hipótesis de que la nariz roja del reno Rudolph se debe a la presencia de una muy rica y densa microcirculación nasal.

Tras analizar la circulación sanguínea de cinco personas sanas, dos renos adultos y una persona con un pólipo nasal, los investigadores han llegado a la conclusión de que la microcirculación nasal del reno está ricamente vascularizada, haciendo que llegue una gran cantidad de glóbulos rojos a la zona gracias a una densidad un 25% más alta que en los seres humanos.  Estos resultados ponen de relieve que la nariz roja de Rudolph le ayuda a protegerse de la congelación durante los paseos en trineo, así como sirve para regular la temperatura del cerebro, factores esenciales para que los renos voladores puedan tirar del trineo de Papá Noel bajo temperaturas extremas (recordemos que la circulación de la sangre en la zona calienta el oxígeno que llega hasta los pulmones a través de las fosas nasales).

 

Aprovecho la oportunidad para desearos a todos unas felices fiestas y un próspero año nuevo.  Que vuestros mejores deseos se vean cumplidos.

Referencia:

Ince, C., et al. (2012), «Why Rudolph’s nose is red: observational study«. BMJ, vol. 345, p. e8311.

Torpedos voladores

Quién no se ha maravillado ante la imagen de un pingüino emperador.  Lo más seguro es que todos tengáis en mente la estampa de este precioso ejemplar de colores negro, blanco y un llamativo amarillo brillante.  Mientras me documentaba para escribir sobre la hazaña de los británicos comandados por Scott, me topé con un hecho curioso relativo a esta especie que ha sido estudiado en profundidad hace poco tiempo por un grupo de científicos.  Todos conocemos, por lo llamativo, el estilo de desplazarse por tierra de estos hermosos animales: debido a sus cortas patas parece que van a caerse hacia adelante en cualquier momento, como si estuviesen participando en una carrera de sacos.  Sin embargo, basta observarlos en el mar para verlos en todo su esplendor: semejan unos rapidísimos torpedos, desplazándose con movimientos precisos, demostrando sin lugar a dudas que su medio natural es el frío océano Antártico, a pesar de que tanto la cría como la reproducción se llevan a cabo en tierra firme, donde pasan la mayor parte de su vida.

A pesar de todo, lo que me llamó poderosamente la atención es lo bien que hace su trabajo la selección natural. Imaginémonos la situación: somos un pingüino emperador que debe zambullirse en el agua para cazar y alimentar a su cría.  El camino hasta el agua es relativamente sencillo, solo debemos desplazarnos hasta el borde de la masa de hielo y saltar al mar.  Una vez en el líquido elemento, nadamos con comodidad.  En cualquier caso debemos tener cuidado con nuestros principales predadores, las focas leopardo, lo que nos obliga a entrar en el agua lo más rápido posible.  Pues bien, una vez saciado el apetito, tenemos que salir del agua y volver junto a nuestro querido polluelo, y he aquí el principal escollo, ya que no podemos agarrarnos a nada en la superficie para ayudarnos a subir de nuevo al hielo.  Recordemos que el pingüino, pese a ser un ave, no puede volar.  La solución: descender a una profundidad de unos veinte metros para, acto seguido, ascender rápidamente ganando velocidad y salir literalmente disparados por el aire para aterrizar en tierra firme.  La incógnita: ¿cómo consiguen alcanzar la velocidad suficiente bajo el agua para salir disparados por el aire?

Debemos tener presente que este ave (Aptenodytes forsteri), endémica de la Antártida, puede llegar a medir ciento veinte centímetros y pesar cerca de cuarenta y cinco kilogramos.  Si tenemos en cuenta que a veces tiene que saltar un desnivel de casi dos metros de hielo sobre el nivel del mar, resulta evidente que necesitan un buen mecanismo de nado.

Roger Hughes, John Davenport, Marc Shorten y Poul Larsen.

Roger Hughes, biólogo marino de la Universidad de Bangor, en el norte de Gales, John Davenport y Marc Shorten, zoólogos del University College Cork en Irlanda y Poul Larsen, ingeniero mecánico de la Universidad Técnica de Dinamarca, se propusieron desentrañar el misterio.  Para ello, analizaron las imágenes de una colonia de pingüinos emperador tomadas por la BBC en el año 2001 en el mar de Ross.

Según informan los investigadores, el principal resultado de su estudio ha sido comprobar que los pingüinos, al nadar hacia arriba para saltar fuera del agua, dejan una larga y visible estela de burbujas.  ¿Por qué se forman esas burbujas?  Podría tratarse de la cavitación, es decir, la formación de burbujas ―o más bien cavidades― producidas por el paso directo del agua de estado líquido a vapor (algo que sucede en las hélices de los barcos).  Esto se descartó inmediatamente porque los pingüinos no podían alcanzar la velocidad suficiente para que se diera el fenómeno.

Por lo tanto, una vez descartada la cavitación, tenían que establecer su origen.  Ese aire puede tener dos fuentes: o bien es exhalado por las propias aves durante el ascenso, o por el contrario se trata de aire atrapado dentro de su plumaje.  Tras un examen detenido de las imágenes, rechazaron el origen pulmonar y confirmaron que el aire se encontraba dentro de las plumas.  Al mismo tiempo constataron que ninguno de los pingüinos que salían del agua lo hacía sin dejar tras de sí esta estela de burbujas.

 

Pues bien, llegados a este punto, hagámonos de nuevo la pregunta: ¿cómo consiguen alcanzar la velocidad suficiente bajo el agua para salir disparados por el aire?  La respuesta está en esas minúsculas burbujas de aire. Éstas disminuyen la densidad y viscosidad del agua alrededor del cuerpo del pingüino, lo que reduce la resistencia al avance y permite al ave alcanzar velocidades que de otro modo serían imposibles: según las mediciones lograron una media de 5,5 metros por segundo (con un pico máximo de 5,8 metros por segundo).

Antes de saltar fuera del agua, el pingüino nada sobre la superficie y luego comienza el buceo tras tomar aire.  La premisa de los científicos es que cuando el pingüino se sumerge lo hace con el aire atrapado entre sus plumas en una capa de 25 milímetros de espesor (el plumaje del pingüino emperador es muy denso: alrededor de unas 15 plumas por centímetro cuadrado, superpuestas como las tejas de un tejado).  Acto seguido se sumerge a una profundidad de entre 15 y 20 metros logrando que, en virtud de la presión, el volumen de aire disminuya considerablemente.  Cuando nadan rápidamente hacia la superficie, la descompresión del aire hace que éste envuelva al ave en una lubricante capa de burbujas, logrando una enorme ganancia de velocidad.

El estudio termina analizando una serie de cuestiones físicas: la tasa de liberación del aire, el grosor de la capa de burbujas, la fuerza que genera y el coste energético que supone, así como tasa de reducción de la resistencia del agua.

En definitiva, parece claro que la naturaleza seleccionó para su extinción a aquellas especies de pingüinos que no eran capaces de alcanzar estas velocidades de salida del agua: en primer lugar para salvar el evidente obstáculo de la capa de hielo, pero también para escapar de los predadores naturales ya que no solo la velocidad, sino también la reducción de la señal acústica que produce esta capa de burbujas, son medios para evitar ser devorados.

 

Referencia

Davenport, J., Hughes, R., Shorten, M., & Larsen, P. (2011). Drag reduction by air release promotes fast ascent in jumping emperor penguins—a novel hypothesis Marine Ecology Progress Series, vol. 430, p. 171-182 DOI: 10.3354/meps08868

 

Imágenes

Todas las imágenes de pingüinos reproducidas en este post han sido tomadas por Paul Nicklen para National Geographic.


La muerte helada

Parémonos un momento a imaginar la situación: una enorme extensión de nada, un vacío de hielo, viento y oscuridad que hace que apenas se pueda distinguir la tierra del cielo.  Por este páramo se arrastraron los exploradores británicos Robert Falcon Scott, Edward Adrian Wilson, Lawrence Oates, Henry Robertson Bowers y Edgar Evans hasta que sus cuerpos no pudieron resistir más el azote implacable del clima y perdieron finalmente la vida.  No tuvieron más consuelo que su soledad.

Esto es lo que cualquiera de nosotros puede recordar de la tragedia de la que este año se cumple el primer centenario: el equipo británico pretendía ser el primero en alcanzar el Polo Sur pero se vieron superados por los noruegos encabezados por Roald Amundsen.  Durante el regreso, desanimados y vencidos, dejaron su vida en el hielo.

Sin embargo, no es esto lo único que debemos saber de esta hazaña heroica.  La expedición, de dos años de duración, tenía por objeto no solo alcanzar en primer lugar el Polo Sur, sino también cumplir con un ambicioso programa científico.

Robert Falcon Scott, capitán de la Marina Real Británica, dirigió la Expedición Terra Nova a la Antártida ―oficialmente conocida como la British Antarctic Expedition 1910― que desembarcó en la isla de Ross en 1910 junto a otros 64 exploradores (en su mayoría científicos, oficiales de marina y navegantes británicos).  En la primera parte de la expedición (1910 y 1911) se estableció una base en el cabo Evans (isla de Ross), que sería el campamento base de la expedición, así como el lugar donde se llevarían a cabo los experimentos científicos.  Dado el retraso en el desembarco (el Terra Nova pasó 20 inmovilizado por los hielos) se adelantó la misión más importante de esta fase: situar los depósitos intermedios de víveres y combustible en el itinerario previsto hacia el Polo Sur, con vistas a la segunda parte de la expedición: la conquista del Polo.

Entre enero y marzo de 1911 comenzaron los trabajos científicos de exploración geológica en la zona costera del estrecho de McMurdo.  La segunda exploración se llevó a cabo entre los meses de noviembre y febrero de 1912 para continuar los trabajos de la primera.  Scott había coordinado un despliegue de equipos de investigación a lo largo de la bahía de Ross que recolectarían fósiles, datos y todo tipo de material científico.  Tenían la misión de explorar las montañas y los glaciares, estudiar los afloramientos rocosos y las bahías a lo largo de la costa norte de Tierra Victoria.

En febrero, cuando un pequeño equipo de la expedición intentaba llegar hasta la casi desconocida península de Eduardo VII, al este de la plataforma de Ross, se llevaron una enorme sorpresa al divisar otro grupo acampado sobre el borde externo de la plataforma.  Se trataba del equipo de nueve exploradores noruegos encabezados por Roald Amundsen.  Se suponía que Amundsen se hallaba en una expedición hacia el Polo Norte, a 19.000 kilómetros de distancia; sin embargo, había cambiado en secreto su objetivo hacia el Polo Sur, en lo que Scott vio una estrategia para sorprender a los británicos (a pesar de que Amundsen le envió un telegrama a Scott informándole del cambio de planes cuando éste se encontraba en Nueva Zelanda recabando fondos).  Puesto que la misión de Amundsen se centraba exclusivamente en alcanzar el Polo Sur, su equipaje era más ligero.  Lo que para la expedición Terra Nova había comenzado como una marcha hacia el Polo se convirtió, de improviso, en una carrera.

El capitán Scott escribe su diario (7-10-1911)

Scott debía elegir entre arriesgarlo todo por alcanzar el Polo en primer lugar o mantener su agenda investigadora, lo cual sin duda retrasaría su partida.  Optó por persistir:

«Lo correcto, así como lo más sensato, es continuar como si nada hubiera ocurrido»

escribió en su diario en referencia al desafío del noruego.

Por aquel entonces, la teoría de la evolución constituía una de las disciplinas que suscitaban mayor interés.  Los creacionistas habían llamado la atención sobre la repentina aparición de una planta del Paleozoico denominada Glossopteris en los registros fósiles de África, Australia y Sudamérica.  Sostenían que dada la separación física entre estos continentes, era imposible que la planta hubiera evolucionado de forma independiente: había sido creada y “colocada” allí de forma intencional por Dios.  Sin embargo, para rebatir esta afirmación, Darwin había postulado la existencia de una masa de tierra cercana al Polo Sur que, de algún modo, habría estado conectada con el resto de los continentes australes y en la que Glossopteris habría evolucionado.  La posterior separación de las masas continentales habría hecho el resto.

La primera expedición de Scott a la Antártida había encontrado vetas de carbón que demostraban que, en el pasado, habían crecido plantas en la Antártida.  Por lo tanto, el clima había sido templado.  Del mismo modo, la expedición de Shackleton había hallado fósiles de vegetales, pero no de Glossopteris.  Scott albergaba la esperanza de zanjar la cuestión.

Tomando datos (1912).

Entre febrero y marzo de 1911, el equipo más reducido, del que formaban parte los geólogos T. Griffith Taylor y Frank Debenham, se encargó de explorar los valles secos, los nunataks y los enormes glaciares de la región central de las costas de Tierra Victoria.  Si bien encontraron un buen número de fósiles, no había rastro de Glossopteris.  Taylor y Debenham se embarcaron en otra expedición aún más larga en noviembre, poco después de que Scott partiera hacia el Polo.

Sin embargo, el rodeo científico más peliagudo de la misión polar se debió a una promesa que Scott había hecho a Edward A. Wilson como contrapartida para que este aceptase emprender el viaje.  Scott había prometido a Wilson que podría visitar de nuevo una colonia de nidificación de pingüinos que habían descubierto en la expedición Discovery entre 1901 y 1904.  El objetivo era comprobar si los embriones de pingüino emperador mostraban vestigios de dentadura de reptil, ya que Wilson pretendía demostrar que el origen evolutivo de las aves se hallaba en los reptiles.  El segundo objetivo de este viaje era probar las raciones alimentarias y el material como preparación para el inminente viaje al Polo Sur.

La visita a la colonia forzó a Wilson, junto con el ayudante Apsley Cherry-Garrard y con H. R. Bowers, a abandonar la base durante la planificación de la expedición polar, por lo que se expusieron sin preparativos a los peligros de una travesía en trineo en la oscuridad del invierno antártico.  Partieron el 21 de junio y, después de tres semanas de viaje y 96 kilómetros recorridos llegaron al cabo Crozier, meta de su viaje, donde instalaron un refugio usando el trineo como viga de apoyo, hielo y rocas.  Aprovecharon la luz crepuscular del mediodía, que apenas iluminaba durante escasas horas, para abrirse paso por un laberinto de grietas glaciares y montículos de hielo descomunales para llegar a la colonia.

«Teníamos al alcance de la mano un material que podría haber sido de suma importancia para la ciencia.  Con cada observación convertíamos teorías en hechos, pero no disponíamos de mucho tiempo»

se lamentaba Cherry-Garrard.  Tomaron seis huevos y regresaron al refugio, con la intención de volver más tarde a la colonia.  Sin embargo, la temperatura bajó hasta los 60 grados bajo cero.

Llanura helada.

Aquella noche se desató una tempestad devastadora.  El intenso viento desbarató el refugio y dejó a los exploradores agazapados en sus sacos de dormir bajo una tormenta de nieve que duró tres días.  Cuando el temporal amainó, Wilson decidió abandonar.  “Debemos aceptar nuestra derrota ante la oscuridad y las inclemencias del cabo Crozier” escribió.  De los escasos huevos que habían recogido, la mayoría se perdieron o se congelaron, aunque pudieron recuperar tres de ellos que fueron enviados al Museo de Historia Natural de Londres.  A pesar del esfuerzo, ninguno de ellos ofreció las pruebas que buscaba Wilson.

Durante el regreso al campamento base la temperatura había descendido de nuevo hasta los 55 grados bajo cero y sus sacos de dormir no aislaban bien.  Por la noche apenas podían dormir por lo que el cansancio comenzó a hacer mella provocando caídas.  Las mandíbulas de Cherry-Garrard tiritaban tanto que sus dientes quedaron destrozados.  Al llegar al campamento base en agosto, cada mochila de 8 kilos había acumulado hasta 12 kilos de hielo debido a la congelación del sudor y la nieve fundida.

A pesar de todo Bowers se recuperó pronto y se reincorporó a las campañas.  En septiembre de 1911 realizó el último viaje previo a la expedición polar: él y Edgar Evans acompañaron a Scott durante dos semanas en una marcha de unos 280 kilómetros para comprobar la posición de unas estacas colocadas por otro equipo y estudiar el movimiento de los glaciares.  Scott había escrito en su diario:

«La situación se antoja realmente satisfactoria en todos los aspectos.  Si la travesía [hacia el Polo] tiene éxito, entonces nada, ni siquiera la prioridad en la llegada, impedirá que la expedición sea considerada como una de las más importantes que jamás se hayan realizado en regiones polares»

La expedición había sido diseñada para que varios grupos de apoyo abandonasen la travesía en etapas sucesivas y dejasen a un último equipo, más reducido, que tiraría de un solo trineo y marcharía a pie hasta el Polo.

Terra Nova (16-01-1911).

Mientras la expedición se dirigía hacia el Polo, un número de oficiales y científicos permanecerían en el campamento base tomando datos meteorológicos y magnéticos al tiempo que, en el barco, los marineros y científicos a bordo efectuarían investigaciones oceanográficas.  Nada de lo anterior se vio alterado por la presencia de Amundsen.

Scott había previsto que en su expedición hacia el Polo Sur recorrerían 2.842 kilómetros (contando el viaje de ida y vuelta)  con una duración aproximada de 144 días.  La expedición partió finalmente el 1 de noviembre de 1911, 12 días después que la de Amundsen.  Poco antes de marchar, Scott había escrito:

«No sé qué pensar sobre las posibilidades de Amundsen.  Desde el principio, he decidido actuar exactamente igual que si no existiera.  Cualquier intento de competir podría haber entorpecido mi plan.»

Scott había apostado por la seguridad antes que por la rapidez.  Como hemos visto, contaba con varios grupos de apoyo; uno con tractores, que arrastraría los trineos por la plataforma de hielo inicial, y otros con perros y ponis, capaces de alcanzar e incluso ascender por las montañas del glaciar Beardmore.  Sin embargo, la realidad sobre el terreno desbarató los planes: los tractores se averiaron casi enseguida y los ponis no se aclimataron a las duras condiciones existentes.  Todos estos inconvenientes provocaron enormes retrasos, obligando a los propios expedicionarios a arrastrar las provisiones con la ayuda de pocos perros, los únicos realmente capaces de desenvolverse en el inhóspito mar helado (como había comprendido perfectamente Amundsen).

Mapa de la expedición antártica.

Finalmente, el último grupo de apoyo abandonó la llanura el 3 de enero de 1912.  En el equipo final quedaron Scott, Wilson, Bowers, Evans y el capitán del ejército británico Lawrence Oates.  Se enfrentaban a 240 kilómetros de hielo que no ofrecían mayor interés científico que el de tomar medidas meteorológicas y contemplar la superficie barrida por el viento.

Mientras tanto, Amundsen y sus hombres avanzaban con rapidez gracias a sus buenos perros tiradores.  Alcanzaron el Polo el 14 de diciembre, tras dos meses de travesía.  El regreso fue aún más rápido: la superficie era firme y la ruta discurría cuesta abajo.

«Tuvimos el viento de espaldas, sol y buena temperatura todo el trayecto.»

escribiría después Amundsen.  Las raciones de víveres para los hombres y los perros iban apareciendo conforme llegaban los depósitos de provisiones.  Apenas tardaron cinco semanas en regresar; Amundsen incluso había ganado peso.

Una situación muy diferente esperaba a los incansables británicos.  Cuando Scott llegó al Polo, el 17 de enero de 1912, encontró allí una bandera noruega y descubrieron que Amundsen se les había adelantado.  Los noruegos habían dejado una tienda, algunos suministros y una carta para el rey Haakon VII con el fin de autentificar su hazaña, y una nota en la que pedía cortésmente a Scott que la entregara.

«Dios todopoderoso, este lugar es horrible»

En el Polo Sur.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar.  A pesar de que durante tres semanas el viaje regreso se desenvolvió bastante bien (avanzaban una media de 23 kilómetros diarios), a partir de ese momento, cuando comenzaron el descenso del glaciar Beardmore, las temperaturas bajaron de manera drástica y la nieve adquirió una textura arenosa, lo que dificultaba la adherencia de los esquís y hacía más duro tirar del trineo.  Disponían de comida, pero esta no bastaba para cubrir las necesidades calóricas de una travesía en aquellas condiciones.  La salud de los hombres empeoró.  Evans se hizo un corte en la mano y la herida se infectó.  Oates presentaba graves signos de congelación.  Aunque sin diagnosticar, todos mostraban síntomas de escorbuto.  A pesar de ello, se tomaron un tiempo para realizar algunas observaciones geológicas.  El 8 de febrero, después de comer, Scott escribió en su diario:

«La morrena resultaba tan interesante que… decidí acampar allí y pasar el resto del día realizando investigaciones geológicas […] Nos hallábamos ante precipicios perpendiculares de arenisca Beacon que se erosionaba con rapidez y presentaba auténticas vetas de carbón, en las que el ojo avizor de Wilson ha sabido distinguir huellas de plantas.  El último ejemplar es un trozo de carbón con preciosos dibujos de hojas dispuestas en capas»

Las plantas tenían el aspecto de Glossopteris.  Con la ayuda de Bowers, Wilson recogió unos 16 kilos de rocas y fósiles.

Evans y Oates fueron los primeros en perder la vida.  Tras una semana tambaleándose cuesta abajo por el glaciar, Evans se mostraba cada vez más desorientado; perdió el conocimiento y falleció el 17 de febrero.  El estado de congelación de Oates empeoró hasta que ya no pudo mantenerse en pie.  No consintió que su estado retrasara al grupo: para que eso no ocurriera abandonó la tienda durante una tormenta de nieve el 17 de marzo, el día de su 32 cumpleaños, sacrificándose de esta forma por el resto del grupo.  “Voy a salir y quizá me quede fuera un tiempo” informó al resto.  Jamás regresó.

Cuadro pintado por J. C. Dollman, 1913.  Representa la muerte Oates.

Los demás reanudaron la marcha el 19 de marzo.  Habían dejado atrás todo menos lo absolutamente esencial; a petición de Wilson, llevaron también consigo sus diarios, los cuadernos de campo y las muestras geológicas.  Los arrastraron hasta el que sería su último campamento, donde una tormenta de nieve los retuvo durante ocho días, a tan solo 18 kilómetros de un depósito de provisiones clave.  Se quedaron sin comida y sin combustible.  Murieron juntos, con Wilson y Bowers en posición durmiente y Scott situado entre ellos, con su saco abierto y un brazo sobre Wilson.

La última anotación del diario de Scott data del 29 de marzo de 1912, probablemente poco antes de morir:

«Perseveraremos hasta el final, pero cada vez nos encontramos más débiles, por supuesto, y el fin no puede estar lejos.  Es una pena, pero no creo que pueda escribir más. ―R. Scott.  Por el amor de Dios, velad por nuestra gente»

Un equipo de búsqueda los halló la primavera siguiente, congelados, junto a sus notas y muestras.  Wilson había acertado respecto a los fósiles: se trataba de la tan perseguida Glossopteris.  “Los 16 kilos de de especímenes recogidos por el equipo polar en el Monte Buckley”, escribió Debenham, “exhiben las mejores características para poner fin a una prolongada controversia entre geólogos respecto a una unión pasada entre la Antártida y Australasia”.  Wilson, investigador implacable y de gran fervor religioso habría estado satisfecho.  La teoría de la evolución era correcta, Darwin estaba en lo cierto y él había ayudado a demostrarlo.

Mucho se ha escrito sobre esta expedición y la forma que tuvo Scott de dirigirla.  Desde luego podemos criticar su falta de previsión al no confiar más en la destreza de los perros para tirar de los trineos en lugar de los tractores mecánicos, hecho que llevó a los miembros del equipo a pasar duras penalidades y finalmente a la muerte.  Del mismo modo hay quien opina que la suerte les jugó una mala pasada y que su destino era quedar inmortalizados a pesar de no haber alcanzado en primer lugar el Polo Sur.  Lo que nadie podrá negar es que prestaron un servicio impagable a la ciencia y a mejorar nuestro conocimiento sobre el planeta que habitamos.

Referencias

Canción: Mecano.  Los héroes de la Antártida.  Descanso dominical.

Las fotografías en blanco y negro son los originales de la época custodiados en el Instituto Scott de investigación polar.

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