Mes: noviembre 2012

¿Einstein creía en Dios?

¿Einstein creía en Dios?

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 15:36

La pregunta encierra dificultades. Una respuesta simplista sería sí, Albert Einstein creía en Dios y era religioso. Sin embargo, para ofrecer una respuesta más ajustada a la realidad tenemos a nuestra disposición un buen número de testimonios escritos donde detalla su postura al respecto. Pasemos a analizarlos brevemente.

Sucedió que, estando Einstein celebrando una reunión en una casa de Berlín en 1927, el crítico teatral Alfred Kerr se extrañó de haber oído que era profundamente religioso, tomándoselo a broma. Einstein respondió con calma:

Sí, lo soy. Al intentar llegar con nuestros medios limitados a los secretos de la naturaleza, encontramos que tras las relaciones causales discernibles queda algo sutil, intangible e inexplicable. Mi religión es venerar esa fuerza, que está más allá de lo que podemos comprender. En ese sentido soy de hecho religioso.

Podemos atisbar por tanto que Einstein no compartía la concepción cristiana ni judía de la deidad. En varias ocasiones expuso esta idea, y en una carta escrita en 1929 sostuvo que creía en el Dios de Baruch Spinoza, que se revela en la armonía del mundo, no en un Dios que se ocupa del destino y los actos de los seres humanos. Esta explicación le valió la crítica de algunos medios religiosos conservadores, al tiempo que era empleada por algunos ateos para defender su punto de vista. Esta es otra manipulación simplista.

Dado el interés que despertaba cualquier comentario del científico vivo más famoso del mundo, escribió un artículo para el New York Times Magazine titulado Religion and Science donde ofreció su idea acerca del origen de la religión: en el hombre primitivo, es sobre todo el miedo el que produce las ideas religiosas: miedo al hambre, a los animales salvajes, a la enfermedad, a la muerte. Como en esta etapa de la existencia suele estar escasamente desarrollada la comprensión de las conexiones causales, el pensamiento humano crea seres ilusorios más o menos análogos a sí mismo de cuya voluntad y acciones dependen esos acontecimientos sobrecogedores.

Se refiere por tanto a la mitología, que surgió como un mecanismo para explicar los fenómenos naturales y los males que aquejaban a los hombres, otorgando a los dioses el control de su destino.

Continúa afirmando que en una segunda etapa, el deseo de guía, de amor y de apoyo empuja a los hombres a crear el concepto social o moral de Dios. Este es el Dios de la Providencia, que protege, dispone, recompensa y castiga; el Dios que, según las limitaciones de enfoque del creyente, ama y protege la vida de la tribu o de la especie humana e incluso la misma vida; es el que consuela de la aflicción y del anhelo insatisfecho; el que custodia las almas de los muertos.

Por último, aduce la existencia de un tercer estadio de experiencia religiosa común a todas ellas, y que denomina “sentimiento religioso cósmico”. Quien posee este sentimiento siente la inutilidad de los deseos y los objetivos humanos, mientras que se maravilla del orden sublime que revela la naturaleza y el mundo de las ideas. La existencia individual le parece una especie de cárcel y desea experimentar el universo como un todo único y significativo. Podemos ver en esta explicación algunos de los aspectos que caracterizan la religión budista.

En otro ensayo publicado en 1930 (Forum and Century, vol. 84, p. 193-194) expone claramente su visión de la religión:

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio (aunque mezclada con el  miedo) la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la  auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

Por lo tanto, deja a las claras que no cree en un dios personal, idea ésta ajena a las religiones monoteístas. Para él, el sentimiento religioso cósmico es el motivo más fuerte y más noble de la investigación científica. Podríamos decir que Einstein tenía fe en la racionalidad, en la capacidad del hombre de buscar una explicación causal al mundo que le rodea, en su búsqueda por desentrañar los secretos de la naturaleza para, una vez logrado el objetivo, darse cuenta de que siempre hay algo que queda oculto, inaccesible. Más allá de la comprensión humana:

¡Qué profundos debieron ser la fe en la racionalidad del universo y el anhelo de comprender, débil reflejo de la razón que se revela en este mundo, que hicieron consagrar a un Kepler y a un Newton años de trabajo en solitario a desentrañar los principios de la mecánica celeste!

Sólo quien ha dedicado su vida a fines similares puede tener idea clara de lo que inspiró a esos hombres y les dio la fuerza necesaria para mantenerse fieles a su objetivo a pesar de innumerables fracasos. Es el sentimiento religioso cósmico lo que proporciona esa fuerza al hombre. Un contemporáneo ha dicho, con sobradas razones, que en estos tiempos materialistas que vivimos la única gente profundamente religiosa son los investigadores científicos serios.

Para el científico, el sentimiento religioso adquiere la forma de un asombro extasiado ante la armonía de la ley natural, que revela una inteligencia de tal superioridad que, comparados con ella, todo el pensamiento y todas las acciones de los seres humanos no son más que un reflejo insignificante. Este sentimiento es el principio rector de su vida y de su obra, en la medida en que logre liberarse de los grilletes del deseo egoísta. Es sin lugar a dudas algo estrechamente emparentado con lo que poseyó a los genios religiosos de todas las épocas.

Para Einstein, la ciencia sólo pueden crearla los que están profundamente imbuidos de un deseo profundo de alcanzar la verdad y de comprender las cosas. Es la curiosidad que todo lo puede, esa necesidad de saber, de conocer, de desentrañar todos los misterios. Para él, este sentimiento brota, precisamente, de la esfera de la religión.

No puedo imaginar que haya un verdadero científico sin esta fe profunda. La situación puede expresarse con una imagen: la ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia ciega.

 

Bibliografía


Publicado por José Luis Moreno en Historia de la ciencia, 2 comentarios
La muerte helada

La muerte helada

     Última actualizacón: 28 marzo 2018 a las 12:43

Parémonos un momento a imaginar la situación: una enorme extensión de nada, un vacío de hielo, viento y oscuridad que hace que apenas se pueda distinguir la tierra del cielo.  Por este páramo se arrastraron los exploradores británicos Robert Falcon Scott, Edward Adrian Wilson, Lawrence Oates, Henry Robertson Bowers y Edgar Evans hasta que sus cuerpos no pudieron resistir más el azote implacable del clima y perdieron finalmente la vida.  No tuvieron más consuelo que su soledad.

Esto es lo que cualquiera de nosotros puede recordar de la tragedia de la que este año se cumple el primer centenario: el equipo británico pretendía ser el primero en alcanzar el Polo Sur pero se vieron superados por los noruegos encabezados por Roald Amundsen.  Durante el regreso, desanimados y vencidos, dejaron su vida en el hielo.

Sin embargo, no es esto lo único que debemos saber de esta hazaña heroica.  La expedición, de dos años de duración, tenía por objeto no solo alcanzar en primer lugar el Polo Sur, sino también cumplir con un ambicioso programa científico.

Robert Falcon Scott, capitán de la Marina Real Británica, dirigió la Expedición Terra Nova a la Antártida ―oficialmente conocida como la British Antarctic Expedition 1910― que desembarcó en la isla de Ross en 1910 junto a otros 64 exploradores (en su mayoría científicos, oficiales de marina y navegantes británicos).  En la primera parte de la expedición (1910 y 1911) se estableció una base en el cabo Evans (isla de Ross), que sería el campamento base de la expedición, así como el lugar donde se llevarían a cabo los experimentos científicos.  Dado el retraso en el desembarco (el Terra Nova pasó 20 inmovilizado por los hielos) se adelantó la misión más importante de esta fase: situar los depósitos intermedios de víveres y combustible en el itinerario previsto hacia el Polo Sur, con vistas a la segunda parte de la expedición: la conquista del Polo.

Entre enero y marzo de 1911 comenzaron los trabajos científicos de exploración geológica en la zona costera del estrecho de McMurdo.  La segunda exploración se llevó a cabo entre los meses de noviembre y febrero de 1912 para continuar los trabajos de la primera.  Scott había coordinado un despliegue de equipos de investigación a lo largo de la bahía de Ross que recolectarían fósiles, datos y todo tipo de material científico.  Tenían la misión de explorar las montañas y los glaciares, estudiar los afloramientos rocosos y las bahías a lo largo de la costa norte de Tierra Victoria.

En febrero, cuando un pequeño equipo de la expedición intentaba llegar hasta la casi desconocida península de Eduardo VII, al este de la plataforma de Ross, se llevaron una enorme sorpresa al divisar otro grupo acampado sobre el borde externo de la plataforma.  Se trataba del equipo de nueve exploradores noruegos encabezados por Roald Amundsen.  Se suponía que Amundsen se hallaba en una expedición hacia el Polo Norte, a 19.000 kilómetros de distancia; sin embargo, había cambiado en secreto su objetivo hacia el Polo Sur, en lo que Scott vio una estrategia para sorprender a los británicos (a pesar de que Amundsen le envió un telegrama a Scott informándole del cambio de planes cuando éste se encontraba en Nueva Zelanda recabando fondos).  Puesto que la misión de Amundsen se centraba exclusivamente en alcanzar el Polo Sur, su equipaje era más ligero.  Lo que para la expedición Terra Nova había comenzado como una marcha hacia el Polo se convirtió, de improviso, en una carrera.

El capitán Scott escribe su diario (7-10-1911)

Scott debía elegir entre arriesgarlo todo por alcanzar el Polo en primer lugar o mantener su agenda investigadora, lo cual sin duda retrasaría su partida.  Optó por persistir:

«Lo correcto, así como lo más sensato, es continuar como si nada hubiera ocurrido»

escribió en su diario en referencia al desafío del noruego.

Por aquel entonces, la teoría de la evolución constituía una de las disciplinas que suscitaban mayor interés.  Los creacionistas habían llamado la atención sobre la repentina aparición de una planta del Paleozoico denominada Glossopteris en los registros fósiles de África, Australia y Sudamérica.  Sostenían que dada la separación física entre estos continentes, era imposible que la planta hubiera evolucionado de forma independiente: había sido creada y “colocada” allí de forma intencional por Dios.  Sin embargo, para rebatir esta afirmación, Darwin había postulado la existencia de una masa de tierra cercana al Polo Sur que, de algún modo, habría estado conectada con el resto de los continentes australes y en la que Glossopteris habría evolucionado.  La posterior separación de las masas continentales habría hecho el resto.

La primera expedición de Scott a la Antártida había encontrado vetas de carbón que demostraban que, en el pasado, habían crecido plantas en la Antártida.  Por lo tanto, el clima había sido templado.  Del mismo modo, la expedición de Shackleton había hallado fósiles de vegetales, pero no de Glossopteris.  Scott albergaba la esperanza de zanjar la cuestión.

Tomando datos (1912).

Entre febrero y marzo de 1911, el equipo más reducido, del que formaban parte los geólogos T. Griffith Taylor y Frank Debenham, se encargó de explorar los valles secos, los nunataks y los enormes glaciares de la región central de las costas de Tierra Victoria.  Si bien encontraron un buen número de fósiles, no había rastro de Glossopteris.  Taylor y Debenham se embarcaron en otra expedición aún más larga en noviembre, poco después de que Scott partiera hacia el Polo.

Sin embargo, el rodeo científico más peliagudo de la misión polar se debió a una promesa que Scott había hecho a Edward A. Wilson como contrapartida para que este aceptase emprender el viaje.  Scott había prometido a Wilson que podría visitar de nuevo una colonia de nidificación de pingüinos que habían descubierto en la expedición Discovery entre 1901 y 1904.  El objetivo era comprobar si los embriones de pingüino emperador mostraban vestigios de dentadura de reptil, ya que Wilson pretendía demostrar que el origen evolutivo de las aves se hallaba en los reptiles.  El segundo objetivo de este viaje era probar las raciones alimentarias y el material como preparación para el inminente viaje al Polo Sur.

La visita a la colonia forzó a Wilson, junto con el ayudante Apsley Cherry-Garrard y con H. R. Bowers, a abandonar la base durante la planificación de la expedición polar, por lo que se expusieron sin preparativos a los peligros de una travesía en trineo en la oscuridad del invierno antártico.  Partieron el 21 de junio y, después de tres semanas de viaje y 96 kilómetros recorridos llegaron al cabo Crozier, meta de su viaje, donde instalaron un refugio usando el trineo como viga de apoyo, hielo y rocas.  Aprovecharon la luz crepuscular del mediodía, que apenas iluminaba durante escasas horas, para abrirse paso por un laberinto de grietas glaciares y montículos de hielo descomunales para llegar a la colonia.

«Teníamos al alcance de la mano un material que podría haber sido de suma importancia para la ciencia.  Con cada observación convertíamos teorías en hechos, pero no disponíamos de mucho tiempo»

se lamentaba Cherry-Garrard.  Tomaron seis huevos y regresaron al refugio, con la intención de volver más tarde a la colonia.  Sin embargo, la temperatura bajó hasta los 60 grados bajo cero.

Llanura helada.

Aquella noche se desató una tempestad devastadora.  El intenso viento desbarató el refugio y dejó a los exploradores agazapados en sus sacos de dormir bajo una tormenta de nieve que duró tres días.  Cuando el temporal amainó, Wilson decidió abandonar.  “Debemos aceptar nuestra derrota ante la oscuridad y las inclemencias del cabo Crozier” escribió.  De los escasos huevos que habían recogido, la mayoría se perdieron o se congelaron, aunque pudieron recuperar tres de ellos que fueron enviados al Museo de Historia Natural de Londres.  A pesar del esfuerzo, ninguno de ellos ofreció las pruebas que buscaba Wilson.

Durante el regreso al campamento base la temperatura había descendido de nuevo hasta los 55 grados bajo cero y sus sacos de dormir no aislaban bien.  Por la noche apenas podían dormir por lo que el cansancio comenzó a hacer mella provocando caídas.  Las mandíbulas de Cherry-Garrard tiritaban tanto que sus dientes quedaron destrozados.  Al llegar al campamento base en agosto, cada mochila de 8 kilos había acumulado hasta 12 kilos de hielo debido a la congelación del sudor y la nieve fundida.

A pesar de todo Bowers se recuperó pronto y se reincorporó a las campañas.  En septiembre de 1911 realizó el último viaje previo a la expedición polar: él y Edgar Evans acompañaron a Scott durante dos semanas en una marcha de unos 280 kilómetros para comprobar la posición de unas estacas colocadas por otro equipo y estudiar el movimiento de los glaciares.  Scott había escrito en su diario:

«La situación se antoja realmente satisfactoria en todos los aspectos.  Si la travesía [hacia el Polo] tiene éxito, entonces nada, ni siquiera la prioridad en la llegada, impedirá que la expedición sea considerada como una de las más importantes que jamás se hayan realizado en regiones polares»

La expedición había sido diseñada para que varios grupos de apoyo abandonasen la travesía en etapas sucesivas y dejasen a un último equipo, más reducido, que tiraría de un solo trineo y marcharía a pie hasta el Polo.

Terra Nova (16-01-1911).

Mientras la expedición se dirigía hacia el Polo, un número de oficiales y científicos permanecerían en el campamento base tomando datos meteorológicos y magnéticos al tiempo que, en el barco, los marineros y científicos a bordo efectuarían investigaciones oceanográficas.  Nada de lo anterior se vio alterado por la presencia de Amundsen.

Scott había previsto que en su expedición hacia el Polo Sur recorrerían 2.842 kilómetros (contando el viaje de ida y vuelta)  con una duración aproximada de 144 días.  La expedición partió finalmente el 1 de noviembre de 1911, 12 días después que la de Amundsen.  Poco antes de marchar, Scott había escrito:

«No sé qué pensar sobre las posibilidades de Amundsen.  Desde el principio, he decidido actuar exactamente igual que si no existiera.  Cualquier intento de competir podría haber entorpecido mi plan.»

Scott había apostado por la seguridad antes que por la rapidez.  Como hemos visto, contaba con varios grupos de apoyo; uno con tractores, que arrastraría los trineos por la plataforma de hielo inicial, y otros con perros y ponis, capaces de alcanzar e incluso ascender por las montañas del glaciar Beardmore.  Sin embargo, la realidad sobre el terreno desbarató los planes: los tractores se averiaron casi enseguida y los ponis no se aclimataron a las duras condiciones existentes.  Todos estos inconvenientes provocaron enormes retrasos, obligando a los propios expedicionarios a arrastrar las provisiones con la ayuda de pocos perros, los únicos realmente capaces de desenvolverse en el inhóspito mar helado (como había comprendido perfectamente Amundsen).

Mapa de la expedición antártica.

Finalmente, el último grupo de apoyo abandonó la llanura el 3 de enero de 1912.  En el equipo final quedaron Scott, Wilson, Bowers, Evans y el capitán del ejército británico Lawrence Oates.  Se enfrentaban a 240 kilómetros de hielo que no ofrecían mayor interés científico que el de tomar medidas meteorológicas y contemplar la superficie barrida por el viento.

Mientras tanto, Amundsen y sus hombres avanzaban con rapidez gracias a sus buenos perros tiradores.  Alcanzaron el Polo el 14 de diciembre, tras dos meses de travesía.  El regreso fue aún más rápido: la superficie era firme y la ruta discurría cuesta abajo.

«Tuvimos el viento de espaldas, sol y buena temperatura todo el trayecto.»

escribiría después Amundsen.  Las raciones de víveres para los hombres y los perros iban apareciendo conforme llegaban los depósitos de provisiones.  Apenas tardaron cinco semanas en regresar; Amundsen incluso había ganado peso.

Una situación muy diferente esperaba a los incansables británicos.  Cuando Scott llegó al Polo, el 17 de enero de 1912, encontró allí una bandera noruega y descubrieron que Amundsen se les había adelantado.  Los noruegos habían dejado una tienda, algunos suministros y una carta para el rey Haakon VII con el fin de autentificar su hazaña, y una nota en la que pedía cortésmente a Scott que la entregara.

«Dios todopoderoso, este lugar es horrible»

En el Polo Sur.

Sin embargo, lo peor estaba por llegar.  A pesar de que durante tres semanas el viaje regreso se desenvolvió bastante bien (avanzaban una media de 23 kilómetros diarios), a partir de ese momento, cuando comenzaron el descenso del glaciar Beardmore, las temperaturas bajaron de manera drástica y la nieve adquirió una textura arenosa, lo que dificultaba la adherencia de los esquís y hacía más duro tirar del trineo.  Disponían de comida, pero esta no bastaba para cubrir las necesidades calóricas de una travesía en aquellas condiciones.  La salud de los hombres empeoró.  Evans se hizo un corte en la mano y la herida se infectó.  Oates presentaba graves signos de congelación.  Aunque sin diagnosticar, todos mostraban síntomas de escorbuto.  A pesar de ello, se tomaron un tiempo para realizar algunas observaciones geológicas.  El 8 de febrero, después de comer, Scott escribió en su diario:

«La morrena resultaba tan interesante que… decidí acampar allí y pasar el resto del día realizando investigaciones geológicas […] Nos hallábamos ante precipicios perpendiculares de arenisca Beacon que se erosionaba con rapidez y presentaba auténticas vetas de carbón, en las que el ojo avizor de Wilson ha sabido distinguir huellas de plantas.  El último ejemplar es un trozo de carbón con preciosos dibujos de hojas dispuestas en capas»

Las plantas tenían el aspecto de Glossopteris.  Con la ayuda de Bowers, Wilson recogió unos 16 kilos de rocas y fósiles.

Evans y Oates fueron los primeros en perder la vida.  Tras una semana tambaleándose cuesta abajo por el glaciar, Evans se mostraba cada vez más desorientado; perdió el conocimiento y falleció el 17 de febrero.  El estado de congelación de Oates empeoró hasta que ya no pudo mantenerse en pie.  No consintió que su estado retrasara al grupo: para que eso no ocurriera abandonó la tienda durante una tormenta de nieve el 17 de marzo, el día de su 32 cumpleaños, sacrificándose de esta forma por el resto del grupo.  “Voy a salir y quizá me quede fuera un tiempo” informó al resto.  Jamás regresó.

Cuadro pintado por J. C. Dollman, 1913.  Representa la muerte Oates.

Los demás reanudaron la marcha el 19 de marzo.  Habían dejado atrás todo menos lo absolutamente esencial; a petición de Wilson, llevaron también consigo sus diarios, los cuadernos de campo y las muestras geológicas.  Los arrastraron hasta el que sería su último campamento, donde una tormenta de nieve los retuvo durante ocho días, a tan solo 18 kilómetros de un depósito de provisiones clave.  Se quedaron sin comida y sin combustible.  Murieron juntos, con Wilson y Bowers en posición durmiente y Scott situado entre ellos, con su saco abierto y un brazo sobre Wilson.

La última anotación del diario de Scott data del 29 de marzo de 1912, probablemente poco antes de morir:

«Perseveraremos hasta el final, pero cada vez nos encontramos más débiles, por supuesto, y el fin no puede estar lejos.  Es una pena, pero no creo que pueda escribir más. ―R. Scott.  Por el amor de Dios, velad por nuestra gente»

Un equipo de búsqueda los halló la primavera siguiente, congelados, junto a sus notas y muestras.  Wilson había acertado respecto a los fósiles: se trataba de la tan perseguida Glossopteris.  “Los 16 kilos de de especímenes recogidos por el equipo polar en el Monte Buckley”, escribió Debenham, “exhiben las mejores características para poner fin a una prolongada controversia entre geólogos respecto a una unión pasada entre la Antártida y Australasia”.  Wilson, investigador implacable y de gran fervor religioso habría estado satisfecho.  La teoría de la evolución era correcta, Darwin estaba en lo cierto y él había ayudado a demostrarlo.

Mucho se ha escrito sobre esta expedición y la forma que tuvo Scott de dirigirla.  Desde luego podemos criticar su falta de previsión al no confiar más en la destreza de los perros para tirar de los trineos en lugar de los tractores mecánicos, hecho que llevó a los miembros del equipo a pasar duras penalidades y finalmente a la muerte.  Del mismo modo hay quien opina que la suerte les jugó una mala pasada y que su destino era quedar inmortalizados a pesar de no haber alcanzado en primer lugar el Polo Sur.  Lo que nadie podrá negar es que prestaron un servicio impagable a la ciencia y a mejorar nuestro conocimiento sobre el planeta que habitamos.

Referencias

Canción: Mecano.  Los héroes de la Antártida.  Descanso dominical.

Las fotografías en blanco y negro son los originales de la época custodiados en el Instituto Scott de investigación polar.

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, Historia de la ciencia, 4 comentarios
Carl Linnaeus (y II)

Carl Linnaeus (y II)

     Última actualizacón: 23 mayo 2017 a las 11:32

Poco tiempo después terminó de escribir sus Fundamenta botanica (publicada en 1736), donde expuso en breves aforismos las bases de la ciencia botánica tal y como él la entendía.  Esta obra constituye un anuncio de intenciones, un bosquejo, donde delinea lo que será objeto de un profundo análisis en otras obras posteriores.

Durante su estancia en Holanda pasó la mayor parte del tiempo en Ámsterdam donde tuvo la oportunidad de conocer y trabar amistad con personas influyentes en diversos campos como la medicina y la botánica.  Debemos recodar que Linnaeus carecía de unos medios económicos estables, aunque su facilidad para relacionarse con diferentes personas le fue muy útil.  Una de las personas que influyó en la situación de Linnaeus fue un banquero llamado George Clifford, que disponía de un gran jardín botánico y un zoológico —gracias a sus contactos con los mercaderes, quienes le traían especímenes de todo el mundo—.  Su situación cambió enormemente porque gracias al tiempo que pasó en compañía de Clifford pudo dedicarse a estudiar las plantas y animales, y a escribir sus impresiones.  Fruto de este intervalo fue la conclusión de varios libros: Hortus Cliffortianus (una descripción del jardín botánico de Clifford), Critica Botanica, Flora Lapponica (continación de la obra que escribió tras su viaje por Laponia en 1732 llamada Florula Lapponica y donde empleó el que sería sus sistema de clasificación sexual de las plantas), y Genera Plantarum (donde expone las claves de su sistema sexual de clasificación de las plantas, y describía las partes de cada ejemplar, lo que llamaba el «carácter natural»).

Sara Lisa Moraea – retrato por Johan Henrik Scheffel, Linnaeus’ Hammarby.

En 1738 regresó a Suecia donde abrió una consulta médica en Estocolmo y obtener de esta forma ingresos económicos que le permitieran contraer matrimonio con el amor de su vida.  Al principio la consulta no fue bien, pero logra salir adelante especializándose en curar enfermedades venéreas como la sífilis.  Es en este año cuando publica su obra Classes Plantarum, trabajo en el que reúne todos los métodos de clasificación de las plantas empleados hasta la fecha por los diversos autores, explicándolos y exponiendo mediante tablas un índice universal de plantas, métodos de clasificación y autores que las habían descrito, demostrando poseer unas grandes dotes de sistematización al organizar una cantidad tan grande de información.

En 1739 contrae matrimonio finalmente con Sara Lisa Moraea, y colabora en la fundación de la Real Academia Sueca de las Ciencias, de la que será su primer presidente.

Ya en el año 1741 obtiene un puesto de profesor en la universidad de Upsala por lo que interrumpe su práctica médica.  Con el tiempo se convierte en uno de los profesores más populares entre los estudiantes debido al gran entusiasmo que derrochaba a la hora de enseñar, así como por la forma novedosa de hacerlo.  Por ejemplo, organizaba excursiones a los bosques de alrededor de Upsala con la finalidad de estudiar la naturaleza en estado puro y ofrecer sus explicaciones a los alumnos, al tiempo que recogían especímenes de todo tipo.  En estas excursiones llegaron a participar varios cientos de estudiantes.

Más de una veintena de ellos llegaron a convertirse a su vez en profesores, y otros muchos tuvieron la oportunidad de unirse a importantes expediciones organizadas para descubrir tierras lejanas, como las organizadas por el capitán Cook entre otros.  Gracias a estos viajes y a los especímenes que esos antiguos alumnos le enviaban —Linnaeus se refería a ellos como sus «apóstoles»— éste pudo aumentar su clasificación de las especies sin salir de su ciudad.

En 1751 publica Philosophia botánica, obra que podíamos definir como un compendio o reedición de sus Fundamenta botanica.  Se trata de un libro más extenso que el anterior ya que incluye definiciones, ejemplos y observaciones raras acompañadas de dibujos esquemáticos que ayudan a completar el texto.  Es sin duda de una de sus más importantes obras, aplaudida en su época por los más diversos estudiosos.

Otra de sus grandes obras fue Species plantarum (el título completo es «Species plantarum exhibentes plantas rite cognitas, ad genera relatas, cum differentiis specificis, nominibus trivialibus, synonymis selectis, locis natalibus, secundum sistema sexuale disgestas»), una obra en dos volúmenes cuya primera edición vio la luz en 1753.

Los botánicos europeos no aceptaron en un principio el sistema de clasificación sexual de las plantas propuesto por Linnaeus ya que era totalmente diferente a lo que se conocía hasta entonces.  Muchos incluso se sobresaltaron por las comparaciones que hacía con la sexualidad humana, aunque pronto se dieron cuenta de la utilidad de este método ya que bastaba contar los estambres y pistilos para clasificar una planta.  A pesar de su éxito, pronto quedó desfasado debido a que se trataba de un sistema artificial de clasificación.

Uno de los logros más importantes y fundamentales de Linnaeus lo encontramos en el establecimiento de la nomenclatura.  Dar nombre a las especies, lo mismo que ordenarlas, era cada vez más problemático a medida que aumentaba el número de plantas conocidas.  El antiguo método de encadenar adjetivos y referencias, formando largas etiquetas descriptivas, era cada vez menos manejable.  En Species plantarum, Linnaeus estableció el sistema binario latino para denominar las plantas, lo que hoy en día se conoce como nomenclatura binomial.

Al igual que en su Systema naturae, contempló cinco divisiones para catalogar cada ejemplar: clase, orden, género, especie y variedad.  Teniendo en cuenta que basó su sistema de clasificación en la comparación del sistema sexual de las plantas, hay tantos géneros como fructificaciones de estructura semejante tienen las especies.  Por tanto, y de forma jerárquica, la clase comprende distintos géneros que comparten similitudes en la fructificación; el orden es una subdivisión de las clases a fin de que no haya que distinguir demasiados géneros; habrá tantas especies como formas diversas de plantas, y tantas variedades como plantas diferentes que hayan nacido de la semilla de la misma especie.

Linnaeus reconocía que el género y la especie eran obra de la naturaleza, mientras que las categorías más altas eran divisiones artificiales impuestas por el estudioso para facilitar su labor.  Sostenía en cambio, que la variedad era fruto la mayoría de las veces del cultivo.   Esta afirmación es llamativa y demuestra las grandes dotes de observación y de razonamiento de Linnaeus ya que apunta a lo que hoy en día conocemos como selección artificial, debiendo tener presente que los aspectos genéticos de la herencia no serán descubiertos hasta comienzos del siglo XX.

En 1758 se publica la décima edición de su Systema naturae, momento en el que se hacen importantes cambios en la clasificación y donde se extiende por primera vez la nomenclatura binomial a los animales.  Esta edición es considerada hoy en día como el punto de partida de la taxonomía.  Consta de 2 volúmenes y una extensión de 1.384 páginas.  Como primera novedad en relación a las ediciones anteriores, Linnaeus cambia la clasificación dentro del reino animal.  Mantiene la división del reino en seis clases, aunque cambia la denominación de la primera de ellas: «Mammalia» (mamíferos), en lugar de «Quadrupedia».  Este reconocimiento de la forma de amamantar a las crías como rasgo característico del grupo «Mammalia», le llevó a ser el primer científico que incluyó a las ballenas y a los delfines en la clase de los mamíferos, dado que hasta la fecha eran considerados peces.

Billete de 100 coronas suecas.

La nomenclatura binomial, vigente hoy en día, tuvo como precedente un sistema más engorroso.  Cada ejemplar era descrito con una breve frase en latín, que contenía todas aquellas características sobresalientes.  Así, por ejemplo, dentro de la clase I Monandria (flores hermafroditas con un solo estambre), y el orden I Monogynia (flores con un pistilo), se incluye el género Canna que aparece descrito como: «Canna foliis ovatis utrinque acuminatis nervosis», o lo que es lo mismo: «caña con hojas aovadas, por una y otra parte aguzadas, y nerviosas».

Resulta evidente la dificultad que supone para un botánico tener que memorizar las descripciones de un gran número de géneros y especies, convirtiéndose en una tarea casi imposible en una época en la que el número de especímenes descritos aumentaba sin cesar.

Para evitar esto, Linnaeus escribió al margen del nombre genérico de cada especie una sola palabra.  Ésta, combinada con la primera palabra del género, formaba un nombre de dos términos mucho más fácil de recordar.  En el ejemplo expuesto anteriormente, añadió el término «Indica», con lo que la planta pasó a llamarse «Canna indica», o caña de indias en castellano.

Debemos señalar que Linnaeus no fue el primero en utilizar la nomenclatura binomial sino que adoptó este método del botánico suizo Gaspard o Caspar Bauhin quien lo utilizó en su obra Phytopinax publicada en 1596.  A diferencia de Linnaeus, Bauhin intentó describir las especies con el menor número de palabras posible, intentando que fuera una sola, logrando de esta forma nombrar cada ejemplar con dos vocablos (uno para el género y otro para la especie).  Muchos de los nombres de los géneros que Bauhin incluyó en esta obra fueron posteriormente empleados por Linnaeus.

Como reconocimiento por los grandes servicios prestados tanto a la ciencia como a Suecia, en 1761 fue nombrado caballero por el rey Adolf Fredrik —tras varios años de deliberaciones en el seno del consejo de ministros— por lo que su nombre pasó a ser el de Carl von Linné (o Carl Linné), con el que se le conocería desde entonces.

Siguió enseñando y escribiendo hasta su muerte, que tuvo lugar en enero de 1778.  Su viuda, siguiendo sus instrucciones expresas, decidió vender las colecciones de especímenes de su marido y sus libros a un inglés, Sir James Edward Smith, a fin de que fueran bien conservadas quedando desde entonces en lo que hoy se conoce como la Linnean Society en Londres.

Todos nosotros en general, y el mundo de la ciencia en particular, tenemos que agradecer a este incansable estudioso el haber facilitado la comprensión del mundo que nos rodea y creado un método para clasificar los animales y plantas que lo habitan.

Deus creavit, Linnaeus dispusuit

Dios creó, Linnaeus ordenó

Publicado por José Luis Moreno en Historia de la ciencia, 2 comentarios
Carl Linnaeus (I)

Carl Linnaeus (I)

     Última actualizacón: 4 diciembre 2019 a las 11:53

Carl Linnaeus (Carolus Linnaeus) o Carl von Linné [1] nació el 23 de mayo de 1707 (según el calendario gregoriano) en Råshult, provincia de Småland, en el sur de Suecia. Su padre, Nils Ingemarson, era un clérigo luterano que había contraído matrimonio con Cristina Brodersonia, hija a su vez de un pastor.

El nombre que Linnaeus recibió al nacer fue el de Carl Nilsson (Carl hijo de Nils), aunque cuando fue matriculado en la universidad lo hizo como Carolus Linnaeus. Esto se debe a que en los países escandinavos se empleaba el sistema patronímico para identificar a una persona, por lo que no se utilizaban los apellidos como lo hacemos en la actualidad. Sin embargo, cuando había que rellenar algún formulario oficial, como sucedía al acceder a la universidad, era preciso contar con uno para distinguir a los alumnos (por ejemplo, en el momento en que los tío-abuelos de Linnaeus decidieron comenzar sus estudios de teología, tuvieron que inventarse uno y escogieron Tileander). Dado que el latín era el idioma académico, Carl escogió Linnaeus, palabra latinizada a partir del término arcaico sueco linn que significa «tilo», un árbol que crecía en la propiedad familiar.

El padre de Linnaeus era aficionado a la botánica y la jardinería, un gusto por la naturaleza y las plantas que interesó a su hijo desde muy corta edad. Sentía mucha curiosidad por los nombres de las flores silvestres que veía a su alrededor, por lo que pedía continuamente a su padre que las identificase. Con tan solo cinco años su padre le permitió cultivar una pequeña parcela de terreno en el jardín parroquial.

A pesar del gran interés que mostraba por la naturaleza, en realidad estaba destinado a seguir los pasos de su padre en la carrera eclesiástica, comenzando sus estudios aunque, según contó él mismo más tarde, siempre hacía novillos para hacer excursiones al campo. Dado el poco interés que mostraba por sus obligaciones académicas, sus profesores recomendaron a su padre que lo colocase como aprendiz de un artesano a la vista de que no quería prestar demasiada atención a los libros. A pesar de esta recomendación, que por supuesto no agradó a su padre, Linnaeus continuó sus estudios pero por otro camino diferente. El doctor Rothman, amigo de la familia y a la sazón médico y profesor de historia natural, opinó que la carrera de medicina sería una buena alternativa para el joven, cambio que finalmente aceptó su progenitor (debemos tener en cuenta que Linnaeus admitió de buen grado el cambio ya para obtener el título de medicina se debían estudiar todas las ciencias naturales como, por ejemplo, la botánica). De esta forma, Linnaeus comenzó sus estudios en la universidad de Lund en 1727.

Una vez en Lund, alquiló una habitación en la casa de Kilian Stobaeus, un médico que poseía una importante colección de animales y plantas, así como una gran biblioteca. Al principio Stobaeus no se preocupó demasiado por su huésped, pero con el tiempo no sólo le ofreció manutención, sino que le permitió acudir a sus clases gratis y también acompañarle en sus visitas médicas.

Durante su estancia en Lund recibió una visita del doctor Rothman, su antiguo profesor, quien le recomendó la universidad de Upsala para completar sus estudios porque tenía mejores profesores, una biblioteca más completa y un jardín botánico. De nuevo, siguiendo su consejo, se trasladó allí en 1728.

Los comienzos de Linnaeus en Upsala no fueron demasiado afortunados hasta que conoció a Olof Celsius, un renombrado botánico y lingüista, con quien mantuvo una larga conversación, y a quien impresionó por sus conocimientos de botánica. Después de esto, y viendo la situación económica por la que atravesaba el estudiante, le ofreció comida y alojamiento gratis, así como libre acceso a su biblioteca. Fue en este lugar donde tomó conocimiento de los trabajos del botánico francés Sebastien Vaillant, convenciéndose de la importancia de los estambres y los pistilos para la clasificación de las plantas. Este hecho lo llevó a escribir en 1729 su primer libro, un pequeño tratado llamado Praeludia sponsaliorum plantarum que dedicó a su benefactor. En este mismo año conoció también a quien sería uno de sus mejores amigos y colaboradores, Peter Artedi, un estudiante de medicina considerado como el más brillante de la universidad.

Aunque las ideas contenidas en esta primera obra acerca del sexo de las plantas no eran propias, Linnaeus se convirtió en su firme defensor y dedicó gran parte de sus escritos a profundizar en la clasificación botánica. Su patrocinador le mostró este trabajo al profesor de botánica Olof Rudbeck el joven, quien quedó tan impresionado que ofreció al estudiante un trabajo en el jardín botánico y lo nombró su adjunto. En 1730, Linnaeus comenzó a dar clases en la universidad.

Durante los años 1732 y 1734 realiza varios viajes a Laponia y otras regiones auspiciados por la Real Sociedad de las Ciencias de la universidad de Upsala con el cometido de encontrar recursos naturales que fueran útiles para mejorar el comercio exterior del país. Linnaeus aprovechó estos viajes para observar, tomar notas y recopilar una gran cantidad de especímenes de plantas, animales y minerales, interesándose no sólo por la riqueza natural de los lugares que visitaba, sino también por las costumbres y la forma de vida de sus habitantes. Sostenía que el hombre debía descubrir, nombrar, contar, comprender y apreciar todas las criaturas de la Tierra, para lo que se necesitaban dos cosas: una observación incansable y aguda, y un sistema.

Es en esta época cuando, durante uno de sus viajes, conoce a quien será su futura esposa, Sara Lisa Moraea. Ésta aceptó casarse con Linnaeus aunque sus padres no autorizaron el enlace porque aún no poseía el título de medicina y carecía de medios para mantener a una familia. Dado que este título no se otorgaba en ninguna universidad sueca, hubo de trasladarse a la pequeña universidad de Harderwijk (Holanda) donde, una semana después de su llegada, obtiene su ansiado título de doctor en medicina (tardó tan poco tiempo en obtenerlo porque ya tenía escrita su tesis, y únicamente tuvo que imprimirla y defenderla el 23 de junio 1735).

Portada del «Systema naturae» de Linneo.

Entre los años 1735 y 1738 vive y trabaja en Holanda, realizando viajes por países como Dinamarca, Alemania, Francia e Inglaterra. Es en el año 1735 cuando publica la que sería la primera de un total de trece ediciones de una de sus más importantes obras: Systema naturae (cuyo título completo es «Systema naturae, sive regna tria naturae systematice proposita per classes, ordines, genera, & species», es decir, «Sistema natural, o la exposición sistemática de los tres reinos de la naturaleza por medio de clases, órdenes, géneros y especies»).

En esta época las obras científicas se escribían en latín, lo que facilitaba que cualquier científico o estudioso las entendiera independientemente de su nacionalidad o del idioma que hablase, otorgándoles además una mayor difusión. La primera edición de este libro tiene únicamente once páginas, y en él se esboza un sistema de clasificación jerárquica del conjunto de la naturaleza, agrupados en lo que él consideraba eran los tres reinos fundamentales: el reino animal, el vegetal y el mineral:

14. Corpora Naturalia in Tria Naturae Regna dividuntur:

Lapideum nempe, Vegetabile & Animale.

15. Lapides crescunt.  Vegetabilia crescunt & vivunt.  Animalia crescunt, vivunt & sentiunt.

14. Los cuerpos naturales están divididos en los tres reinos de la Naturaleza: el mineral, el vegetal y el animal.

15. Los minerales crecen.  Los vegetales crecen y viven.  Los animales crecen, viven y sienten.

En definitiva, debemos valorar este trabajo como un intento provisional, de gran alcance e integrado pero no esencialmente original, de poner orden en la diversidad de la naturaleza teniendo en cuenta los conocimientos y las creencias de la época.

[1] Para la biografía y otros datos de interés acerca de Carl Linnaeus, me he guiado por las siguientes referencias:

  • Dobson, A., et al. (2008), «Homage to Linnaeus: How many parasites? How many hosts?». Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 105, Supplement 1, p. 11482-11489.
  • Linné, Carl von (1735), Systema naturae, sive regna tria naturae systematice proposita per classes, ordines, genera et species. Leiden: Apud Theodorum Haak, ex Typographia Joannis Wilhelmi de Groot 1 h. de grab. col., [i-xiii]
  • Pulteney, R. y  Maton, W. G. (1805), A general view of the writings of Linnæus. London: J. Mawman, 1 p. l., v -xv, 595 p.
  • Quammen, D. (2007), «Pasión por el orden». National Geographic España, vol. 20, núm. 6, p. 54-69.

Lee la segunda parte de esta anotación aquí.

Publicado por José Luis Moreno en Historia de la ciencia, 2 comentarios
Devolver la vista a un ciego

Devolver la vista a un ciego

     Última actualizacón: 2 abril 2018 a las 17:50

La terapia génica –la técnica que consiste en la introducción de genes ausentes o disfuncionales en un organismo vivo para restaurar su función original– está comenzando a dar frutos en un área que va a tener un amplio recorrido: la restauración de la visión en pacientes que la han venido perdiendo desde que nacieron debido a diversas enfermedades.

Jean Bennett

Jean Bennett y Albert Maguire

Jean Bennett, neuróloga de la Universidad de Pensilvania, estudia la genética molecular de las degeneraciones hereditarias de retina con la idea de utilizar sus conocimientos para el tratamiento de estas enfermedades. Entre las enfermedades que investiga se incluyen la retinitis pigmentaria (enfermedad genética que es la forma hereditaria más común de ceguera) y la degeneración macular relacionada con la edad. Los estudios que lleva a cabo en su laboratorio van desde la identificación de las bases moleculares de la degeneración de la retina, la evaluación de nuevos vectores para la transferencia de genes a la retina, y la caracterización de las respuestas inmunitarias a la transferencia de genes.

Anatomía del ojo y la retina

Anatomía del ojo y la retina

Entre los años 2008 y 2011, ha venido utilizando la terapia génica para tratar la ceguera en doce adultos y niños con amaurosis congénita de Leber (ACL). Se trata de una enfermedad ocular muy infrecuente que destruye la visión al dañar los fotorreceptores, las células de la retina que son sensibles a la luz. Los niños afectados suelen presentar problemas de visión desde el nacimiento, que se van agudizando a medida que van perdiendo más y más fotorreceptores, hasta quedar completamente ciegos. Se trata quizás de la peor de este tipo de enfermedades puesto que, conforme vas creciendo, vas siendo consciente de que perderás la vista y la posibilidad de relacionarte con normalidad con el mundo que te rodea. Es una enfermedad progresiva que a menudo conlleva problemas psicológicos muy importantes.

Pues bien, el tratamiento que empleó la Dra. Bennett se basó en el hecho de que la enfermedad avanza debido a una serie de mutaciones genéticas en las células de la retina. Una de estas mutaciones impide la producción de una enzima que transforma el retinol ―o vitamina A― en la rodopsina, la sustancia que necesitan los fotorreceptores para detectar la luz y enviar señales al cerebro.

En un primer estudio, Bennet y sus colaboradores inyectaron una serie de genes funcionales directamente en la retina, que habían sido previamente “programados” para suplir los genes defectuosos. El objetivo consistía en tratar uno de los ojos de los doce participantes en el experimento, y los resultados no pudieron ser más sorprendentes: seis de los participantes mejoraron tanto en su visión que dejaron de cumplir los criterios legales de ceguera. En un trabajo posterior continuación del primero, que ha sido publicado este año en la revista Science Translational Medicine 1, volvieron a trabajar con los mismos pacientes que en el anterior. Tres de las mujeres recibieron el tratamiento en el ojo que no había sido tratado en el estudio previo, y se les realizó un seguimiento durante seis meses. Su visión en ese ojo mejoró en solo dos semanas desde la operación: podían evitar obstáculos con luz tenue, leer textos escritos con letra grande y reconocer rostros. Otro descubrimiento importante fue que los ojos de esas pacientes no solo se habían vuelto más sensibles a la luz, sino que sus cerebros también respondían mejor a los estímulos ópticos.

Es decir, la segunda fase de la terapia génica reforzó la respuesta del cerebro a los estímulos provenientes de los dos ojos, es decir, tanto al tratado al principio, como el que recibió tratamiento un año después. Se especula que este resultado tiene que ver con la binocularidad: dado que nuestros dos ojos actúan de forma coordinada, la mejoría en uno de ellos favorece la visión con el otro o, dicho de otra forma, mejora la forma en que el cerebro responde al estímulo de ese otro ojo.

Además de las terapias génicas, se están realizando avances importantes en otro campo relacionado y que ilustra a la perfección que la ciencia emplea varios caminos para llegar al mismo lugar y alcanzar el mismo objetivo.  Si los trabajos de Bennett buscan encontrar la base genética de las diferentes enfermedades para tratar de ponerles remedio, otro campo de investigación intenta suplir el funcionamiento biológico de los ojos a través de implantes electrónicos (lo que ha venido en llamarse biónica).

El caso más sobresaliente es el de Miika Terho, una persona totalmente ciega que durante tres meses, en el año 2008, recuperó la capacidad de diferenciar con la vista una manzana de un plátano gracias a un pequeño chip que se le implantó en el ojo izquierdo.

Aunque breve, el éxito inicial de la nueva técnica ha cambiado para siempre las perspectivas de Terho y de muchos otros como él, que sufren retinitis pigmentaria, la enfermedad genética que destruye los fotorreceptores, las células fotosensibles que revisten la retina en la parte posterior del ojo.  Terho presentó una visión normal hasta los 16 años, pero a partir de entonces su visión nocturna comenzó a fallar.  A los 20 años su capacidad de ver durante el día también se deterioró.  A los 35 había perdido la visión central de ambos ojos y finalmente, a los 40 años de edad, únicamente percibía indicios de luz en la periferia de su campo de visión.

Eberhart Zrenner

Eberhart Zrenner

Sin embargo, todo cambió en noviembre de 2008 cuando Eberhart Zrenner, de la Universidad de Tübingen, integró en su retina un chip que reemplazó a los fotorreceptores (los conos y bastones) dañados.  Como hemos dicho, en una retina sana los fotorreceptores transforman la luz en impulsos eléctricos que finalmente llegan al cerebro después de atravesar varias capas de tejido especializado, uno de ellos compuesto por las células bipolares.

Cada una de las 1500 celdas del chip implantado, dispuestas en una cuadrícula de unos 3 milímetros cuadrados, contiene un fotodiodo, un amplificador y un electrodo.  Cuando la luz incide sobre uno de los fotodiodos, genera una pequeña corriente eléctrica que se refuerza por el amplificador adyacente y se canaliza al electrodo, que a su vez estimula la célula bipolar más cercana.  Esta envía en última instancia una señal al cerebro a través del nervio óptico.  Cuanta más luz incide sobre un fotodiodo, mayor es la corriente eléctrica resultante.

Gracias a este implante, Terho pudo distinguir la formas básicas y los contornos de personas y objetos, aunque no contenía electrodos suficientes como para producir imágenes nítidas ni tampoco el color.  Otro inconveniente es que hubo que retirar el chip después de tres meses porque el diseño hacía a los pacientes vulnerables a las infecciones cutáneas (no olvidemos que la implantación del chip obliga a mantener una herida abierta permanentemente).  Además, los usuarios necesitaban estar cerca de un ordenador que controlara de forma inalámbrica la frecuencia de los impulsos eléctricos, así como aspectos de la visión tales como el brillo y el contraste.

Se está avanzando en la investigación para lograr superar estos obstáculos: implantes más eficaces, que permitan una mayor resolución ocular así como una menor invasión de tejido, mayor autonomía etc.  Es cuestión de tiempo, esperemos que sea un breve espacio de tiempo, que personas como Terho recuperen lo que perdieron en su niñez…

Hay ojos que miran, – hay ojos que sueñan,
hay ojos que llaman, – hay ojos que esperan,
hay ojos que ríen – risa placentera,
hay ojos que lloran – con llanto de pena,
unos hacia adentro – otros hacia fuera.
Son como las flores – que cría la tierra.
Mas tus ojos verdes, – mi eterna Teresa,
los que están haciendo – tu mano de hierba,
me miran, me sueñan, – me llaman, me esperan,
me ríen rientes – risa placentera,
me lloran llorosos – con llanto de pena,
desde tierra adentro, – desde tierra afuera.
En tus ojos nazco, – tus ojos me crean,
vivo yo en tus ojos – el sol de mi esfera,
en tus ojos muero, – mi casa y vereda,
tus ojos mi tumba, – tus ojos mi tierra.

Miguel de Unamuno

Referencias

Bennett, J, Ashtari, M, Wellman, J, Marshall, KA, Cyckowski, LL, Chung, DC, McCague, S, Pierce, EA, Chen, Y, Bennicelli, JL, Zhu, X, Ying, GS, Sun, J, Wright, JF, Auricchio, A, Simonelli, F, Shindler, KS, Mingozzi, F, High, KA, & Maguire, AM (2012). AAV2 gene therapy readministration in three adults with congenital blindness. Science translational medicine, 4 (120) PMID: 22323828

Hauswirth, W., Aleman, T., Kaushal, S., Cideciyan, A., Schwartz, S., Wang, L., Conlon, T., Boye, S., Flotte, T., Byrne, B., & Jacobson, S. (2008). Treatment of Leber Congenital Amaurosis Due to Mutations by Ocular Subretinal Injection of Adeno-Associated Virus Gene Vector: Short-Term Results of a Phase I Trial Human Gene Therapy, 19 (10), 979-990 DOI: 10.1089/hum.2008.107

Notas

  1. AAV2 gene therapy readministration in three adults with congenital blindness.
Publicado por José Luis Moreno en MEDICINA, 3 comentarios