Reseña: La falsa medida del hombre

Ficha Técnica

Título: La falsa medida del hombre
Autor: Stephen Jay Gould
Edita: Editorial Crítica, 2017
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Número de páginas: 400 p.
ISBN: 978-8416771714

Reseña del editor

Esta es una de las obras fundamentales del gran paleontólogo recientemente fallecido y uno de los alegatos científicos más devastadores de las teorías racistas. En sus páginas, Gould estudia los diversos intentos realizados a lo largo del tiempo para medir la inteligencia humana: primero a través de los cráneos y del tamaño del cerebro, más tarde por medio de los tests para averiguar el «coeficiente intelectual» y, finalmente, recurriendo a análisis sociológicos como los de «La curva de Bell», siempre con la intención de afirmar la naturaleza hereditaria de la capacidad intelectual y, por lo tanto, la inutilidad de cualquier esfuerzo cultural y educativo. Gould denuncia con sagacidad la falsedad científica de estos planteamientos que condujeron en el siglo XX a la matanza de millones de seres humanos y que pretenden hoy perpetuar la pobreza y las injusticias sociales explicándolas como una consecuencia inevitable de la inferioridad innata de determinados seres humanos.

Reseña

Llevaba mucho tiempo queriendo leer este libro porque considero a Stephen Jay Gould como uno de mis héroes intelectuales, y porque el tema central de la obra es la inteligencia, un tema que me interesa mucho explorar.

Nos encontramos ante un texto denso, repleto de información, detalles y razonamientos profundos acerca de la inteligencia, pero de la inteligencia «como entidad singular, su localización en el cerebro, su cuantificación como número único para cada individuo, y el uso de esos números para clasificar a las personas en una sola escala de méritos». Los estudios que se hicieron con este objetivo en mente –comprender qué es la inteligencia y clasificar a las personas en función de la misma– llevó a postulados que no sólo defendían que los grupos (razas, clases o sexos) oprimidos y menos favorecidos eran inferiores por nacimiento y merecían ocupar esa posición, sino que debían ser esterilizados para evitar que propagasen su condición.

El profesor Gould dejó claro que su libro era una crítica de una «concreta» teoría de la inteligencia sostenida por las interpretaciones interesadas de un «determinado» estilo de test psicológicos: la teoría de la inteligencia unitaria, de base biológica e inmodificable.

El libro se apoya en tres pilares fundamentales:

Primero: el determinismo biológico

El determinismo biológico consiste en afirmar que tanto las normas de conducta como las diferencias sociales y económicas que se dan en las diferentes poblaciones ­­­­­­­­–básicamente, diferencias de «razas», clases o sexos– tienen su raíz en ciertas condiciones heredadas, innatas (y por tanto, inmodificables), y que, en este sentido, la sociedad es un reflejo fiel de la biología.

Lo que hace el autor es analizar la tesis defendida por muchos científicos en los siglos XIX y XX de que el «valor» de los individuos y de los grupos puede establecerse a través de la medida de la inteligencia como una cantidad aislada.

«Este libro analiza la abstracción de la inteligencia como entidad singular, su localización en el cerebro, su cuantificación como número único para cada individuo, y el uso de esos números para clasificar a las personas en una sola escala de méritos, descubrir en todos los casos que los grupos ­­­­­­­­–razas, clases o sexos– oprimidos y menos favorecidos son innatamente inferiores y merecen ocupar esa posición.»

Segundo: los «grandes» argumentos

Para exponer su planteamiento –y rebatir las ideas de esos teóricos— se centra en los «grandes» argumentos y errores que cometieron los iniciadores de esta corriente de pensamiento. Así, el libro se divide claramente en dos mitades que representan las piedras centrales de esta teoría, en orden cronológico, durante los doscientos últimos años en que ha sido prominente:

«El siglo XIX se centró en las mediciones físicas de cráneos, ya fuera por el exterior, o desde dentro (para medir el volumen de la caja craneal). El siglo XX pasó al método, supuestamente más directo, de medir el contenido del cerebro mediante los test de inteligencia. En suma, de medir las propiedades físicas de los cráneos a medir el contenido interno de los cerebros.»

Tercero: aplicación del método científico

En su titánica tarea de desmontar las falaces argumentaciones de quienes defienden el determinismo biológico, el profesor Gould aplica el método científico: las diferencias entre los individuos son análogas a la variación de las poblaciones, y las diferencias que se miden entre los grupos son análogas a las diferencias temporales de los linajes a lo largo del tiempo. Por lo tanto, procede a hacer un profundo y sopesado análisis de los datos que manejaron los propios ideólogos para mostrar las falacias en sus argumentaciones sobre las diferencias en la «inteligencia» medidas entre los grupos humanos.

«La falsa medida del hombre se centra, por lo tanto, en el análisis de los grandes conjuntos de datos que hay en la historia del determinismo biológico. Este libro es una crónica de las falacias profundas y aleccionadoras (no de los errores tontos y superficiales) que hay en el origen y en la defensa de la teoría de la inteligencia unitaria, linealmente clasificable y muy poco alterable.»

El autor hace hincapié en dos falacias principalmente. La primera es la reificación o tendencia a convertir los conceptos abstractos en entidades. Todos nosotros somos conscientes de la importancia de la mente en nuestras vidas y deseamos caracterizarla. Por lo tanto, sostiene:

«[…] bautizamos con la palabra “inteligencia” ese conjunto de capacidades humanas prodigiosamente complejo y multifacético. Una vez que la inteligencia se ha convertido en una entidad, los procedimientos normales de la ciencia prácticamente deciden que debe dotársela de una localización y de un substrato físico. Puesto que el cerebro es la sede de la mentalidad, la inteligencia debe residir allí.»

Siguiendo este hilo argumental llegamos a la segunda falacia, la de la «gradación» o tendencia a ordenar la compleja variación de esa entidad en una escala ascendente:

«El estilo común en que se expresaron ambas falacias mentales fue el de la cuantificación, o medición de la inteligencia como número único para persona. En el siglo XX los test de inteligencia desempeñan la misma función que supuso la craneometría en el siglo pasado [en referencia al siglo XIX]: según ellos, la inteligencia (o al menos una parte dominante de la misma) es una cosa separada, innata, heredable y medible.»

En definitiva, los argumentos clásicos del determinismo biológico fracasan porque los caracteres que invoca para hacer diferencias entre grupos son producto de la evolución cultural. Los deterministas buscaron pruebas de la idea de que estamos «programados» desde que nacemos en caracteres anatómicos creados por la evolución biológica. Su profundo error –y que muchos siguen cometiendo hoy en día– es que trataron de utilizar la anatomía para hacer inferencias acerca de unas capacidades y conductas que vinculaban con la anatomía, cuando éstas tienen un origen cultural (sabemos que la «inteligencia» depende de numerosísimos factores entre los que destacan el desarrollo, la capacidad económica de los progenitores, el ambiente etc.)

«La falsa medida del hombre» no es un libro fácil de leer, y así lo reconoce el propio autor, pero alega en su defensa que dirigió el libro «[…] a todas las personas serias que se interesaran por el tema». Para ello siguió las dos reglas cardinales que siempre ha usado al escribir sus ensayos. En primer lugar, no detenerse en generalidades y sí centrarse en esos detalles pequeños pero fascinantes, que son capaces de captar el interés de los lectores. En segundo lugar, simplificar la escritura eliminando la jerga, por supuesto, por sin «adulterar» los conceptos; nada de compromisos, nada de aturdir.

«La divulgación forma parte de la gran tradición humanística de la erudición seria, no es un ejercicio de aturdir por placer ni por sacar provecho.»

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Los libros de 2017

 

Como siempre por estas fechas, toca hacer un repaso a los libros que he leído este año 2017. En esta pequeña selección hay un poco de todo, muy buenos libros de divulgación, novelas clásicas por las que no pasan los años, descubrimientos inesperados y, todo hay que decirlo, enormes decepciones —aunque era capaz de intuir de antemano cuáles iban a ser los de este tipo.

Dado que nuestro tiempo en esta vida es limitado —a pesar de los recurrentes anuncios acerca del descubrimiento de la píldora de la inmortalidad— como propósito para el 2018 voy a proponerme en serio ser más exigente con los libros que decido leer. Me siento orgulloso de haber dejado pocos libros sin terminar una vez que los empiezo pero, a partir de ahora, si un texto no me convence en unas decenas de páginas, pasarán a vivir el resto de su existencia en una caja en mi trastero. Pero como la vida me ha enseñado que no debemos ser tan severos con determinadas lecturas —la edad es sabia, y en gustos literarios hay que estar abiertos a los cambios— podrán redimir su condena si recibo alguna recomendación positiva.

En fin, os deseo a todos lo mejor para este nuevo año que está a punto de comenzar.

 

ENERO

López-Goñi, I. (2015), Virus y pandemias. Valladolid: Glyphos publicaciones, 222 p.

Hoy en día, en pleno siglo XXI, ¿puede un virus cambiar el mundo?, ¿puede haber una nueva pandemia mundial? En este libro explicaremos qué es un virus y cómo es la vida de un virus dentro de una célula, veremos qué es una pandemia y hablaremos sobre cómo se originan los nuevos virus de la gripe. Contestaremos a preguntas como: ¿por qué es tan difícil curar el SIDA?, ¿el ébola acabará siendo una pandemia? Hablaremos también de mosquitos, murciélagos, camellos y de los virus que transmiten. Repasaremos la historia para ver cómo los virus han influido en la construcción del canal de Panamá o en la conquista de América. Después de leer este libro, serás consciente de que sin virus la vida en la Tierra sería muy diferente e incluso puede que no existiera. Los virus son la causa de muchas enfermedades infecciosas, varias de ellas mortales, pero podemos manipular algunos virus y emplearlos como terapia contra el cáncer. Otros, como los retrovirus endógenos, son parte de nuestro genoma y probablemente hayan influido en nuestra propia evolución como humanos. Contestaremos a estas y muchas otras preguntas con rigor científico pero con un lenguaje divertido y muy divulgativo.

Alvargonzález, D. (1992), El sistema de clasificación de Linneo. Oviedo: Pentalfa Ediciones, 91 p.

Carlos Linneo (1707-1778) ocupa, sin duda, un lugar destacado entre los clásicos de la historia de la biología y continúa siendo una referencia inexcusable a la hora de discutir los problemas relativos a las clasificaciones biológicas. Tradicionalmente se ha considerado a Linneo como el paradigma de la biología esencialista y fijista, anclada firmemente en el aristotelismo y en la escolástica: efectivamente las obras de Linneo anteriores a 1753 ofrecen gran cantidad de textos que explícitamente avalan esta interpretación, de modo que no es difícil entender las razones por las que el célebre botánico sueco ha llevado siempre asociada la etiqueta del fijismo.

Sin embargo, al autor de este libro sostiene que es posible hablar de una evolución del pensamiento de Linneo, evolución que habría venido, de algún modo, forzada por los propios materiales con los que tuvo la oportunidad de trabajar. Según esto, las obras de Linneo posteriores a 1753 se habrían ido alejando de los planteamientos escolásticos que, sin duda, estaban presentes con anterioridad: los géneros anteriores, propios de un sistema de clasificación descendente (que va de lo general a lo especial), habrían dejado paso a géneros posteriores, asociados a una vía de clasificación ascendente (que parte de las especies para construir los géneros); el sistema de denominación esencialista porfiriano habría resultado desbordado por la propia variedad de los especímenes y habría conducido a la nomenclatura binomial; por último, la tesis sobre el carácter primitivo y fijo de las especies habrían dejado paso a concepciones en las que la hibridación, gobernada por las leyes de la Naturaleza, sería la responsable de las especies actualmente presentes. En este sentido, Alvargonzález estudia las condiciones que llevaron al propio Linneo a desbordar el marco conceptual tradicional, con el objeto de rectificar el tópico simplista de un Linneo fijista escolástico y hacer así mayor justicia a la complejidad de su obra. De este modo, se contribuye a hacer más inteligible el hiato entre las taxonomías de inspiración escolástica y el transformismo y evolucionismo posteriores.

MARZO

Bradbury, R. (1984), Fahrenheit 451. Barcelona: Orbis, 183 p.

Fahrenheit 451, la temperatura a que arde el papel, es la historia de Guy Montag, un bombero que en un futuro previsible tiene como oficio principal el de quemar libros. Montag, rebelde, es —ha dicho el crítico Charles Dobzinky— «uno de los tipos más puros de la literatura mundial».

«Al escribir esta novela corte pensé que describía un mundo que podía aparecer dentro de cuatro o cinco décadas. Pero una noche, en Beverly Hills, hace sólo unas semanas, se cruzaron conmigo un hombre y una mujer que paseaban con su perro. Me quedé mirándolos, estupefacto. La mujer llevaba en la mano una radio del tamaño de un paquete de cigarrillos, con una antenita temblorosa. Salían del aparato unos alambres que terminaban en un cono insertado en la oreja derecha de la mujer. Allí iba ella, olvidada del hombre y el perro, escuchando vientos lejanos, murmullos, y gritos de folletines musicales, caminando como sonámbula; y el marido, que bien podía no haber estado allí, la ayudaba a subir y bajar las aceras. Esto no era literatura. Esto era un hecho nuevo en nuestra cambiante sociedad». Ray Bradbury.

¿Te suena de algo todo esto?

ABRIL

Martínez Ron, A. (2016), El ojo desnudo: Si no lo ven, ¿cómo saben que está ahí? El fascinante viaje de la ciencia más allá de lo aparente. Barcelona: Editorial Crítica, 312 p.

En los sótanos del museo de Ciencia e Industria de Manchester hay una caja de cristal con unas pequeñas virutas que parecen fragmentos de piel seca. Estos restos son lo que queda de los globos oculares de John Dalton, el padre de la teoría atómica y el primer científico en describir la ceguera al color. Dalton dejó encargado a su médico personal que tras su muerte le extrajera los ojos y los «desnudara» para aclarar un misterio que no pudo resolver en vida: ¿por qué él veía el mundo de manera distinta a los demás?

A partir de esta anécdota, y con la vida de Dalton como hilo conductor, El ojo desnudo reconstruye una historia de nuestro conocimiento de la visión y de la luz y nos ofrece la explicación de por qué vemos como vemos y cómo hemos alcanzado a comprender fenómenos que van mucho más allá de lo que nuestros sentidos nos permiten detectar. En sus páginas, el periodista científico Antonio Martínez Ron intenta dar respuesta a cuestiones como qué es el color, qué es la luz y cómo hemos aprendido a mirar el universo. Un viaje desde el ojo de los primeros hombres que observaron el cielo a simple vista hasta el de aquellos que dieron la vuelta a los instrumentos para mirar dentro de nosotros mismos. Y una aventura que nos ha llevado a superar nuestras limitaciones para convertirnos en la especie que todo lo ve.

MAYO

Maugham, W. S. (1961), El agente secreto. Barcelona: Ediciones G. P., 269 p.

Somerset Maugham, agente secreto del espionaje británico durante la I Guerra Mundial, plasmó sus propias vivencias en este libro fascinante, que encadena una serie de relatos que reflejan a la perfección la rudeza y la brutalidad de los servicios secretos, las intrigas y traiciones y, sobre todo, el absurdo de su existencia. Su tono y su estructura de mosaico sirvieron de modelo a los padres fundadores del género: Eric Ambler, Ian Fleming o Graham Greene.

Dicen que Ashenden o el agente secreto fue el primer libro de espías modernos que se escribió jamás. Somerset Maugham lo publicó en 1928, con historias al parecer recreadas de las cosas en las que anduvo cuando él mismo fuera un espía durante la I Guerra Mundial, después de conducir ambulancias en el frente como hicieran Dashiell Hammett o Ernest Hemingway. A Ashenden, el primer agente sofisticado, el primer espía con voz y traje de tweed de la historia, no le mueven ni el afán de aventura ni la pasión patriótica sino una especie de mal de Montano o de hambre de jugador de ajedrez que le achaca en algún momento el coronel R., un extravagante coronel del servicio secreto que propone a un escritor llamado Ashenden que ya que anda paseándose por Suiza y sus aledaños, por qué no hace unos trabajitos patrióticos y maneja a unos agentes infiltrados, recoge sus informes y les paga sus honorarios, todo muy burocrático. Maugham es un observador increíblemente perspicaz del comportamiento de los otros, del color de los muebles y de los sombreros ajenos.

Pepys, S. (2014), Diarios (1660-1669). Sevilla: Renacimiento, 560 p.

Las memorias y diarios más o menos íntimos constituyen todo un género en la literatura inglesa (mucho más rica en este sentido que la española e incluso que cualquier otra literatura). Entre este riquísimo acervo destacan, singularmente, la biografía de Johnson escrita por Boswell y los diarios de Samuel Pepys (Londres, 1633-1703), de los que presentamos ahora una amplia selección. Leer a Pepys es mirar el siglo XVII inglés como a través del ojo de una cerradura. Pepys, miembro del Parlamento y Secretario del Almirantazgo, uno de los principales responsables de que su país alcanzase la supremacía naval, habla con total sinceridad, gracias al uso de un sistema encriptado, lo mismo de su vida más íntima, que del Gobierno, la Corte y el Londres de su tiempo. En estos Diarios aparece a menudo España (Pepys conocía la lengua española y una importante parte de su biblioteca estaba formada por libros en castellano), la potencia declinante en ese momento histórico. Para esta nueva edición, la tercera publicada por Renacimiento, hemos añadido 150 páginas, espigadas a lo largo de los diez años que abarca el diario, que tratan sucesos a menudo relacionados con nuestro país; gracias a eso, la reedición de este volumen, hacía ya tiempo agotado, adquiere carácter de auténtica novedad. Samuel Pepys (Londres, 1633-1703) era hijo de un modesto sastre londinense, pero su parentesco con Sir Edward Montagu, futuro Lord Sandwich, le permitió colocarse en un puesto oficial e iniciar una carrera de funcionario que le colmaría de honores. Llegó a ocupar el cargo de Secretario del Almirantazgo y fue miembro del Parlamento.

A los veintisiete años comenzó la redacción de esta obra que terminaría diez años después, obligado por una enfermedad de la vista. El diario permaneció inédito hasta 1825. A través de la lectura de estas páginas podemos representarnos claramente la personalidad del autor. Pepys era un hombre inteligente, estudioso, lleno de ambiciones y con muchas y muy profundas debilidades. Tenía dos innegables virtudes: la sinceridad ante sí mismo y la capacidad de trabajo. Le interesaban todas las manifestaciones de cultura: la música, la pintura, la literatura, el teatro. Dominaba varias lenguas, vivas y muertas. Tocaba el laúd y componía música. Pero, a la vez, y con igual entusiasmo le atraían el dinero, las mujeres, los halagos, el vino y la buena mesa. He aquí, pues, el hombre más indicado para ofrecernos el verdadero cuadro de la Inglaterra del siglo XVII. Gracias a sus virtudes, Pepys nos hace vivir con toda naturalidad los grandes acontecimientos de su tiempo, la terrible peste de Londres o el incendio de la ciudad; y son sus defectos y vicios los que nos revelan la vida íntima de Carlos I, las costumbres pintorescas y licenciosas de la Corte, las intrigas palaciegas o la cantidad de platos que ofrecía un menú de la época. Esta dualidad de carácter le ha prestado un estilo al autor y sus páginas resultan amenas y vívidas, porque en ellas se han mezclado, por caprichos de la vida, los nombres famosos de un Shakespeare, un Holbein o un Cromwell con aquellos otros, más humildes, de un librero, un posadero o una prostituta. Pepys recurrió a un sistema encriptado para redactar sus notas. Probablemente, si Pepys no hubiese dispuesto de algo parecido, hubiera contenido su sinceridad evitando estampar nombres y sucesos que, de ser conocidos por sus contemporáneos, podrían haberle costado la carrera o la vida.

JUNIO

Berger, L. R. y  Hawks, J. (2017), Almost human: the astonishing tale of Homo naledi and the discovery that changed our human story. Washington, D.C.: National Geographic, 239 p.

Esta narración en primera persona de un descubrimiento arqueológico está reescribiendo la historia de la evolución humana. Lee Berger, un científico polémico, nos cuenta una historia de desafío y determinación acerca de la búsqueda de Homo naledi, una especie totalmente nueva en el árbol de la familia humana y uno de los mayores descubrimientos del siglo XXI. En 2013, Berger, explorador residente de National Geographic, se enteró de la existencia de una acumulación de huesos en una cueva subterránea de difícil acceso en Sudáfrica. Buscó por todo el mundo la ayuda de colaboradores –hombres y mujeres aventureros y de una estatura lo suficientemente pequeña como para poder atravesar túneles de 20,32 centímetros de diámetro, para llegar a una oscura cueva a 12 metros bajo tierra. Con este equipo de «astronautas subterráneas», Berger hizo un descubrimiento único en la vida: cientos de huesos, incluyendo esqueletos completos, de al menos 15 individuos. El equipo de Berger había descubierto una especie totalmente nueva a la que bautizaron Homo naledi. La cueva se convirtió rápidamente en el yacimiento de homínidos primitivos más rico jamás descubierto en África, con implicaciones que sacuden los mismos fundamentos acerca de cómo definimos lo que nos hace humanos. ¿Esta especie apareció antes, durante o después de que lo hiciera Homo sapiens en nuestro árbol evolutivo? ¿Cómo es posible que la cueva contuviera nada más que los restos de estos individuos? ¿Enterraban a sus muertos? Si es así, debieron poseer un nivel de autoconsciencia, además de la conciencia de la muerte. Y sin embargo, éstas son las mismas características que utilizamos para definir lo que nos hace humanos. ¿Existía una especie tan avanzada habitando la Tierra junto a nosotros, o antes de nosotros? Berger no duda en responder a todas estas preguntas.

Berthoud, E. y  Elderkin, S. (2017), Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con los libros. Madrid y Barcelona: Siruela y Círculo de Lectores, 430 p.

Un original y divertido tratado de biblioterapia que condensa todo el poder curativo de la palabra escrita. ¿Qué tal una dosis de las Brontë para sanar el corazón roto? ¿Y una inyección de Hemingway para sobrellevar los días de resaca? El libro adecuado en el momento preciso puede cambiarnos la vida y los amantes de la literatura llevamos siglos utilizándola como tónico contra cualquier enfermedad, pero nunca antes habíamos tenido a nuestro alcance un manual como este.

Tanto si sufrimos jaquecas como si es el alma lo que tenemos maltrecho, en sus páginas encontraremos un ingenioso remedio en forma de novela que nos ayudará a curar nuestro mal. Un compendio que es además una buena manera de descubrir nuevas lecturas, de recuperar algunas ya olvidadas o de resolver los problemas más habituales entre los lectores: qué hacer si tenemos demasiados títulos pendientes, si solemos dejarlos siempre a medias… Nuestros males y cómo sanarlos con libros de la A a la Z.

Rymill, J.; Stephenson, A. y  Mill, H. R. (1943), Luces del sur: informe oficial de la expedición inglesa a la Tierra de Graham. 1934-1937. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 284 p., 1 hoj., 4 maps.

La expedición Británica a la Tierra de Graham (1934-1937), encabezada por John Rymill, zarpó hacia la península Antártica en el barco de vapor Penola. La embarcación transportaba un aeroplano De Havilland Fox Moth equipado con flotadores y esquíes que fue usado para el reconocimiento del hielo y para aprovisionar a los equipos en el terreno. Pasaron el primer invierno en una cabaña prefabricada de la expedición en las islas Argentinas, pero las oportunidades para desplazarse en trineo no eran buenas. Concluido el invierno, el barco regresó a la isla Decepción con el fin de cargar madera para una nueva cabaña que debía construirse para pasar el segundo invierno más al sur, en las islas Debenham y la bahía Margarita. Se recorrieron largas distancias en trineos de perros para trazar mapas y efectuar estudios geológicos, incluyendo una larga travesía a lo largo del canal Jorge VI hasta los 720 S entre el continente de la península y la isla Alejandro I. También se realizaron estudios ornitológicos, biológicos y meteorológicos, pero quizá el resultado más importante fue mostrar que la península era un elemento continuo, no dividido por canales en un archipiélago como Wilkins había sugerido con anterioridad.

AGOSTO

Dumas, A. (1935), Los tres mosqueteros. Barcelona: Ramon Sopena, 336 p.

Un joven gascón, D’Artagnan, es enviado por su padre a París con objeto de que haga carrera en el cuerpo de los mosqueteros. Una vez ingresado en él, entabla amistad con tres caballeros pertenecientes al mencionado instituto, Athos, Porthos y Aramis, al tiempo que se enamorará de la angélica, aunque casada, Constance Bonacieux. En lucha contra la duplicidad y la intriga política, los cuatro compañeros tendrán que vérselas con el cardenal Richelieu y sus temibles agentes: el conde de Rochefort y una tan bella como misteriosa inglesa conocida como Milady de Winter, con objeto de salvar el honor de la reina, doña Ana de Austria, que Richelieu pretende comprometer. Para ello tienen que recuperar unos herretes que ésta dio a su amante, el duque de Buckingham. Tan sólo D’Artagnan conseguirá escapar de la persecución de sus tenaces enemigos y presentarse en Londres. Toda la tensión de la intriga estriba en conocer si llegará a tiempo para entregar los herretes a la reina, de modo que ésta pueda presentarlos ante su marido, el rey Luis XIII y frustrar de este modo la intriga del ambicioso y taimado cardenal.

Rosas González, A. (2015), Los primeros homininos: paleontología humana. Madrid: CSIC, Los libros de la Catarata, 127 p.

La evolución humana, lejos de ser un proceso lineal y simple, es un complejo entramado del que han surgido múltiples géneros, especies y formas de relacionarse con la naturaleza. Tras más de un siglo de trabajo de campo y laboratorio, hoy disponemos de un respetable registro de fósiles que nos permiten indagar, aunque con carencias, el curso de nuestra evolución. La paleontología humana aporta a este conocimiento un caudal de pruebas empíricas con las que tratamos de reconstruir las pautas y procesos que nos han modelado. Y entre estos, el origen y la diversidad de los primeros homininos constituyen uno de los temas más apasionantes de abordar porque nos ayudan a entender cómo se han configurado las bases de nuestra anatomía. Desde este libro, queremos mostrar un ensayo de superación de este modelo lineal y abrirnos a esquemas en los que la ramificación y la diversidad sean la base de nuestra ordenación de los procesos de la naturaleza.

Marchamalo, J. y  Gomá Lanzón, J. (2011), Cortázar y los libros: un paseo por la biblioteca del autor de «Rayuela». Madrid: Fórcola, 107 p.

El autor de «Tocar los libros» (un libro que se ha convertido ya en un pequeño objeto de culto para los amantes de los libros) se adentra en «Cortázar y los libros» en el mundo más íntimo y curioso de Julio Cortázar, el de su biblioteca personal, el rastro de sus libros subrayados, con esquinas dobladas, apostillas y papeles-hojas de calendario, recortes de periódico, un pedazo de cartulina garabateado, dibujando un retrato imaginario sobre el autor de «Rayuela» que hará las delicias de bibliófilos y bibliópatas.

Marchamalo, J. (2016), Los reinos de papel: bibliotecas de escritores. Madrid: Siruela, 221 p.

Toda biblioteca se rige por una serie de códigos que trazan un retrato de sus dueños. Jesús Marchamalo recorre las bibliotecas de una veintena de autores y nos muestra sus obsesiones y secretas manías. Decía Marguerite Yourcenar que la mejor manera de conocer a una persona es ver sus libros. En el caso de los escritores, conocer sus bibliotecas, sus lecturas, adquiere el interés adicional de explicar su universo literario. Jesús Marchamalo —el inspector de bibliotecas, le bautizó con poético acierto Antonio Gamoneda— lleva años visitando e inspeccionando bibliotecas de escritores.

En 2011 publicó en Siruela un primer libro dedicado a este tema, «Donde se guardan los libros», y ahora presenta esta nueva entrega de sugerente título, «Los reinos de papel». Un recorrido por las bibliotecas personales de una veintena de autores a quienes nos acercamos a través de esos pequeños detalles que marcan su relación con los libros: la perrita Lola, de Elvira Lindo, que adoptó un libro de Caravaggio; la celda monacal en la que ha acabado convirtiendo su biblioteca Manuel Vicent; las fotografías de artistas del Hollywood dorado que salpican los estantes de Marta Sanz; el libro que Ezra Pound dedicó, hosco y malhumorado, a Antonio Colinas… Cada una de las bibliotecas que contiene Los reinos de papel traza un retrato original, inesperado a veces, de su dueño, al tiempo que desvela esas historias prodigiosas que guardan en su interior los libros.

Numbers, R. L. y  Kampourakis, K. (2017), La manzana de Newton. Valencia: Ediciones de Intervención Cultural/Biblioteca Buridán, 305 p.

La caída de una manzana inspiró a Newton el descubrimiento de la ley de la gravedad, o eso nos habían dicho siempre. ¿Es verdad? Quizás no. «La manzana de Newton y otros mitos acerca de la ciencia» –continuación de «Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión», también publicado en Biblioteca Buridán– refuta una serie de errores o ideas falsas que han llegado a ser tan populares que suelen pasar acríticamente por verdades indiscutibles y los sustituye por una descripción más veraz de los grandes avances científicos que están en su base.

Entre los mitos refutados en este volumen está la idea de que durante la Edad Media la ciencia estuvo totalmente estancada y que de hecho no hubo actividad científica alguna entre la antigüedad griega y la Revolución científica; que la alquimia y la astrología eran puras supersticiones sin el menor contenido cognitivo; que solo por temor a la reacción pública Darwin demoró tantos años la publicación de su teoría de la evolución; que Gregor Mendel estuvo muy por delante de su tiempo como pionero de la genética. Varios mitos del siglo XX acerca de la física de partículas, la teoría de la relatividad de Einstein y muchos otros son igualmente desacreditados. Los mitos se resisten a morir por mucho que sean refutados, y en esta colección de ensayos, editada por Ronald L. Numbers y Kostas Kampourakis, los colaboradores, la mayoría de ellos profesores de historia de la ciencia, abordan algunos de los mitos más persistentes y nocivos para el conocimiento, refutándolos y situándolos en su contexto histórico.

SEPTIEMBRE

Yoshikawa, E. (2014), Musashi. Vol. 1, La leyenda del samurai: Tierra, agua, fuego. Madrid: Quaterni, 437 p.

Miyamoto Musashi es, quizás, el más famoso de todos los samurais que poblaron la época feudal del Japón. Vivió en unos tiempos convulsos, en los cuales Japón se recuperaba de una guerra civil que desencadenó el inicio del shogunato Tokugawa, y donde la nueva paz reinante reformulaba una serie de reformas sociales que afectaba de forma especial a los ronin, aquellos samurais que, como Musashi, carecían de amo.

Musashi, escrita por Eiji Yoshikawa y publicada inicialmente por entregas entre 1935 y 1939, rápidamente se convirtió en todo un éxito al tiempo que se ha ido haciendo con un hueco cada vez más importante en el panorama tanto nipón como del resto del mundo. Con su mezcla de ficción y realidad es una obra fundamental para acceder al mito, gozando de una popularidad e influencia inigualables que siguen acrecentándose a medida que pasan los años. Pero Musashi es además una novela en la mejor tradición de la narrativa japonesa. Es un relato vivo, sutil e imaginativo, rebosante de personajes memorables, que pinta vívidamente un mundo que durante mucho tiempo fue impenetrable para Occidente. Llena de brío y humor, posee una épica repleta de calidad y un atractivo universal.

OCTUBRE

Yoshikawa, E. (2009), Musashi. Vol. 2, El camino de la espada: Viento, cielo. Madrid: Quaterni, 431 p.

Musashi ha progresado en el Camino de la Espada y sus tempranos éxitos empiezan a hacer de él un espadachín de renombre. Durante su peregrinaje vence a los estudiantes de la prestigiosa escuela Yoshioka de Kyoto, quienes heridos en su orgullo no están muy dispuestos a aceptar su derrota. Musashi es desafiado a un duelo con Seijuro, el joven maestro de los Yoshioka, quien espera poder vengar a su escuela y restablecer el prestigio perdido…

Dumas, A. (1933). Veinte años después (continuación de «Los tres mosqueteros»). Barcelona: Ramón Sopena, 352 p.

Veinte años después, novela de tintes otoñales, es más melancólica. Los mosqueteros han llegado a la cuarentena, se han dispersado y sirven en bandos distintos: unos están con Mazarino, otros con los sublevados de La Fronda. Sin embargo, siguen siendo fieles a la vieja amistad y juntos correrán de nuevo innumerables peligros y aventuras, tanto en Francia como en Inglaterra. Una espectacular novela de acción que después de un siglo y medio perdura en la memoria por su ingenio y su garbo. Veinte años después es la continuación de una de las obras más conocidas del autor francés Alejandro Dumas, Los tres mosqueteros.

Yoshikawa, E. (2010), Musashi. Vol. 3, La luz perfecta: Sol y luna. La perfección absoluta. Madrid: Quaterni, XXIV, 288 p.

En su peregrinar por Japón, la fama de Musashi ha ido aumentando a la par que su creciente dominio del Camino de la Espada. Convertido en un espadachín ejemplar, los grandes señores del Japón feudal quieren emplearlo y hacer de él su siervo, convencidos de la tremenda valía de su brazo. Sin embargo, Musashi no es el único guerrero cuyo nombre está en boca de todos: como él, Sasaki Kojiro se ha hecho con una reputación sin parangón. Convertidos ambos sin discusión en los dos espadachines más importantes de su tiempo, sólo uno de ellos puede quedar como el más grande, en una batalla épica e inmortal. Con este tercer volumen llega a su fin la epopeya de Musashi, cuya vida y hechos sedujeron el imaginario mítico japonés como quizás ninguna otra figura lo logró jamás. En Miyamoto Musashi (1584-1645) la vida se reviste de un luminoso halo de leyenda que se superpone a su historia real y sería, por su importancia, el equivalente nipón al Cid Campeador en España.

NOVIEMBRE

Martín Jiménez, C. (2013), Perdidos. ¿Quién maneja los hilos del poder?. Los planes secretos del Club Bilderberg. Madrid: Martínez Roca, 284 p.

¿Quién se ha quedado nuestro dinero? ¿Quién dirige nuestra política e instituciones? ¿Los despidos y recortes se deciden desde aquí o se pactan desde despachos en la otra punta del mundo? ¿Existe una mano invisible, férreamente organizada, que ha creado una crisis artificial con un objetivo específico: la instauración de un único gobierno mundial, una única moneda o mercado y una sola religión? ¿Es esta la crisis tan anhelada por David Rockefeller, el alma del Club Bilderberg? ¿Quiénes son los verdaderos amos del mundo?

Si estás dispuesto a conocer otra realidad diferente a la «oficial»; si estás cansado de seguir creyendo lo que dicen nuestros políticos a través de sus altavoces oficiales: los medios de comunicación; si quieres saber quién ha planeado este fraude mundial…, lee este libro.

Lo de arriba es la reseña del editor y es evidente que están obligados a tratar de vendernos libros aunque no valgan el papel en que están impresos.

Para mí, lo que sí es un fraude mundial es que esta escritora (¿periodista?) tenga vía libre en algunas de las editoriales de más éxito de nuestro país. Una verdadera lástima para la enorme cantidad de buenos autores que están esperando su oportunidad.

DICIEMBRE

Tolkien, J. R. R. y Tolkien, C. (2016), El Silmarilion. Barcelona: Minotauro, 432 p.

Tolkien comenzó a escribir El Silmarillion mucho antes que El Hobbit, obra concebida como historia independiente, pero que fue parte de lo que él llamaba un «tema que copia y se ramifica», y del que emergió El Señor de los Anillos.

El Silmarillion cuenta la historia de la Primera Edad, el antiguo drama del que hablan los personajes de El Señor de los Anillos, y en cuyos acontecimientos algunos de ellos tomaron parte, como Elrond y Galadriel.

Los tres Silmarils eran gemas creadas por Fëanor, el más dotado de los Elfos, y contenían la Luz de los Dos Árboles de Valinor antes de que los Árboles mismos fueran destruidos por Morgoth, el primer Señor Oscuro. Desde entonces la inmaculada Luz de Valinor vivió sólo en los Silmarils, pero Morgoth se apoderó de ellos, y los engarzó en su corona, guardada en la fortaleza impenetrable de Angband en el norte de la Tierra Media.

En este volumen se incluyen otras obras cortas, como el Ainulindalë o la Música de los Ainur, la creación mítica del mundo, y el Valaquenta, sobre la naturaleza y poderes de los dioses. A El Silmarillion sigue el Akallabeth, que vuelve a narrar la caída del reino de Númenor al fin de la Segunda Edad, y por último la historia De los Anillos de Poder, en la que el tema de El Señor de los Anillos reaparece en la perspectiva más amplia de El Silmarillion.

El Silmarillion no es una novela, ni un cuento de hadas, ni una historia ficticia. Podría definirse como una obra de imaginación inspirada, una visión sombría, legendaria o mítica, del interminable conflicto entre el deseo de poder y la capacidad de crear.

Reseña: La manzana de Newton

Ficha Técnica

Título: La manzana de Newton
Editores: Ronald L. Numbers y Kostas Kampourakis
Edita: Biblioteca Buridán, 2017
Encuadernación: Tapa blanda.
Número de páginas: 308 p.

RESEÑA DEL EDITOR

La caída de una manzana inspiró a Newton el descubrimiento de la ley de la gravedad, o eso nos habían dicho siempre. ¿Es verdad? Quizás no. «La manzana de Newton y otros mitos acerca de la ciencia» –continuación de «Galileo fue a la cárcel y otros mitos acerca de la ciencia y la religión», también publicado en Biblioteca Buridán– refuta una serie de errores o ideas falsas que han llegado a ser tan populares que suelen pasar acríticamente por verdades indiscutibles y los sustituye por una descripción más veraz de los grandes avances científicos que están en su base.

Entre los mitos refutados en este volumen está la idea de que durante la Edad Media la ciencia estuvo totalmente estancada y que de hecho no hubo actividad científica alguna entre la antigüedad griega y la Revolución científica; que la alquimia y la astrología eran puras supersticiones sin el menor contenido cognitivo; que solo por temor a la reacción pública Darwin demoró tantos años la publicación de su teoría de la evolución; que Gregor Mendel estuvo muy por delante de su tiempo como pionero de la genética. Varios mitos del siglo XX acerca de la física de partículas, la teoría de la relatividad de Einstein y muchos otros son igualmente desacreditados. Los mitos se resisten a morir por mucho que sean refutados, y en esta colección de ensayos, editada por Ronald L. Numbers y Kostas Kampourakis, los colaboradores, la mayoría de ellos profesores de historia de la ciencia, abordan algunos de los mitos más persistentes y nocivos para el conocimiento, refutándolos y situándolos en su contexto histórico.

RESEÑA

«La manzana de Newton» es un libro necesario: era necesario que alguien lo escribiera –y no podría recomendar mejores colaboradores–, y también era necesario que alguna editorial se lanzara a publicarlo en castellano. Es un libro que nos enseña que los mitos históricos acerca de la ciencia –porque el primer paso es admitir que esos mitos existen y están muy arraigados– dificultan la alfabetización científica y presentan una imagen distorsionada de cómo se ha hecho –y como se hace también hoy– la ciencia.

Entendiendo por mitos en este texto aquellas afirmaciones que son falsas, vemos que no sólo han adquirido una gran difusión, sino que pese a haber sido refutados en muchas ocasiones, mantienen todavía su poder porque la falsificación de los hechos es muy duradera. Pero un mito no es simplemente una completa invención de un suceso.

Las historias tradicionales acerca de determinados acontecimientos relacionados con la ciencia a menudo ocultan otros componentes muy importantes de esos logros científicos, como la contribución de colegas o ayudantes del descubridor, o la posibilidad de que la suerte haya desempeñado un papel muy relevante en el descubrimiento. Las historias que se centran en un componente concreto de un logro científico pueden llegar a pasar por alto otros componentes que son igualmente importantes.

Esto puede llevar a una serie de estereotipos sobre cómo se producen los avances científicos. Algunos de estos estereotipos se exponen en los últimos capítulos del libro, que se centran en cómo se practica la ciencia y en el tipo de conocimientos que produce. Los primeros capítulos, en cambio, exploran algunos tópicos acerca de la ciencia y algunas falsas representaciones relativas a los métodos empleados y a los logros realizados por algunos de los más famosos científicos.

Por ejemplo, entre estos últimos podemos destacar el mito relativo a que no hubo actividad científica desde la antigüedad griega a la revolución científica (aquí Carl Sagan jugó un negativo papel al defender el mito en su, por otra parte, memorable libro «Cosmos»); que antes de Colón, los geógrafos y otros personajes cultos de la época creían que la Tierra era plana; o que las explicaciones acerca de la evolución biológica de ofrecieron Darwin y Wallace eran prácticamente idénticas.

Estudiantes, educadores y el público en general necesitan no solo adquirir el conocimiento de estas cuestiones científicas, sino también entender lo que se conoce como «la naturaleza de la ciencia», es decir, cómo se practica la ciencia, qué tipo de cuestiones se plantean los científicos y qué tipo de conocimientos producen. En definitiva, podríamos resumir esta aspiración diciendo que ciudadanos más y mejor informados son capaces de tomar decisiones razonables.

Se trata de un libro tremendamente interesante. Tras su lectura obtenemos no sólo un mejor conocimiento de algunos de los momentos más importantes de la historia de la ciencia –y de sus protagonistas–, sino que se convierte en una herramienta muy útil para cualquiera que quiera profundizar en ellos y obtener una comprensión global de los mismos desde diferentes perspectivas.

El libro se divide en cuatro partes. Como hemos apuntado, la primera se dedica a analizar los mitos relativos a los precursores de la ciencia moderna durante la Edad Media y Moderna; la segunda parte se centra en el siglo XIX, y la tercera en el siglo XX. Por último, la cuarta parte aborda cuestiones generales relacionadas con «la naturaleza de la ciencia». En general, el libro trata de refutar los mitos clásicos acerca de sucesos históricos, los relativos a cómo se practica la ciencia y también aquellos que implican a los propios científicos.

Sucede muy a menudo –más de lo que cualquier divulgador científico serio quisiera admitir– que a fuerza de tomar determinados datos de un mismo tipo de fuentes, repetimos sin contrastar historias acerca de cómo nacieron algunas teorías, de cómo funciona el método científico o cómo se produjo realmente ese hecho que removió los cimientos de la ciencia en su época. Este libro nos recuerda que debemos ser cuidadosos a la hora de acercarnos al pasado, que hemos de evitar caer de forma perezosa en manidos clichés y que, para evitarlo, debemos recurrir a distintas fuentes para contrastar toda la información que creemos saber.

Libros como el presente nos ayudan no solo a situar en su debido contexto histórico algunos de los momentos más trascendentales de la historia del pensamiento humano, sino que nos hacen pensar en qué es realmente la ciencia, cómo desarrollan su trabajo diariamente miles de científicos y a entender que ellos, como nosotros, tenemos limitaciones –en el sentido de sesgos– que debemos saber que existen para poder contrarrestarlos.

Más de treinta páginas de notas al final del texto nos guiarán si queremos profundizar en cualquiera de los temas tratados; y junto a ellas, contamos con un completo índice onomástico y por materias que facilitará la labor de localizar cualquier pasaje que estemos buscando.

En definitiva, se trata de un libro muy recomendable y que vamos a consultar a menudo, así que debe estar en la biblioteca de toda persona interesada en el desarrollo del conocimiento que hemos acumulado sobre la naturaleza.

Reseña: ¿Qué sabemos de la epigenética?

Ficha Técnica

Título: La epigenética
Autor: Carlos Romá Mateo
Edita: Los libros de la catarata. Madrid, 2016
Colección: ¿Qué sabemos de?
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 126
ISBN: 9788490971543
Precio: 12 €

Reseña del editor

Investigar los principios básicos por los que se rige la vida es el primer paso hacia la comprensión, y posible cura, de las enfermedades que amenazan nuestra especie. Existe un código por encima de la secuencia del ADN, un conjunto de modificaciones químicas que deciden qué genes funcionan en cada momento y en cada lugar. Esta modificación del destino de las células se conoce como epigenética y ha cambiado nuestra manera de entender el desarrollo de la vida y de avanzar en la comprensión del genoma. Los mecanismos epigenéticos consiguen añadir una pieza al intrincado puzle de las relaciones entre genes y condicionantes externos (lo que conocemos como ambiente) y logran explicar algunas características finales del individuo (el fenotipo) de resultas de su conjunto de genes particular (el genotipo). En este libro descenderemos hasta las entrañas del ADN para poder comprobar la importancia de todo lo que hay por encima y alrededor de la más famosa e importante molécula para los seres vivos.

Reseña

Como su título indica, estamos ante un trabajo donde encontraremos la respuesta a la complicada pregunta de qué sabemos de la epigenética. Esta palabra, que cada vez oímos con más asiduidad en los medios de comunicación, encierra cuestiones de trascendental importancia tanto para nuestra salud como para nuestra comprensión de cómo funcionamos los seres vivos. Por este motivo, la epigenética es, desde hace años, un campo de investigación en plena ebullición.

A la hora de escribir el texto, Carlos Romá se ha enfrentado a un difícil reto por dos motivos: tiene que hablarnos de un tema que los científicos aún están empezando a comprender y, en segundo lugar, debe hacerlo en un lenguaje que permita la comprensión del contenido por el mayor número de personas posible —y aquí deberíamos añadir la limitación de espacio impuesto con seguridad para evitar la desbandada de los lectores antes siquiera de abrir la cubierta del volumen. Mi opinión es que ha superado el reto con creces.

El texto se divide en seis capítulos (1. La genética celular y la lista de la compra; 2. Organizando la lista; 3. Tres maneras de cambiar el destino (celular); 4. La importancia de un buen ambiente; 5. La epigenética nos pone malos; 6. Lo que no es epigenética) y un epílogo que lleva por título “La auténtica revolución epigenética”. Debemos insistir en que a pesar de que la extensión del libro no permite profundizar demasiado en algunos aspectos (lo que sin duda agradecerán algunos lectores), realiza un recorrido bastante completo por el tema, abriendo la puerta a que podamos profundizar en aquellos aspectos que nos resulten más interesantes (la bibliografía está perfectamente escogida para lograr esta tarea).

Los dos primeros capítulos actúan a modo de introducción acerca del código genético y su funcionamiento. En el primero de ellos introduce una metáfora que nos acompañará a lo largo del texto y nos servirá para asimilar mejor los difíciles conceptos que por fuerza nos vamos a encontrar, y es la de que nuestro código genético es como una lista de la compra: si nos dan un libro de instrucciones para construir un organismo, “la casa sería el organismo y las distintas habitaciones y elementos los diferentes tipos celulares, formados y regulados por las proteínas derivadas de sus listas de genes particulares. Y la epigenética sería lo que explicaría cómo se tachan determinadas piezas de cada lista, por qué y en qué momento concreto”. Por lo tanto, estamos ante “un nivel de regulación extra llevado a cabo por moléculas concretas que señalan o esconden los genes, marcándolos para que se activen o no. Este nivel de regulación se encuentra por encima de la propia presencia o ausencia de los genes, y de ahí el nombre de “epigenética”, que literalmente significa “por encima de la genética”.

Acto seguido pasamos a la definición de los cromosomas y cómo actúa la regulación génica: “los genes, las instrucciones, están ahí siempre, pero solo se leerán, solo se llegará a construir lo que sus páginas contienen en determinado momento”. Y es que tenemos que comprender qué son y cómo funcionan los ribosomas, las histonas etc. para poder pasar al siguiente nivel.

En el tercer capítulo aprenderemos qué es lo que hace a un organismo “ser como es, en función de lo que hace que sus células sean como son”. Es decir, una vez que hemos entendido qué es la información genética y cómo se presenta en los seres vivos, tenemos que saber que existen distintos mecanismos de regulación que hacen que esa información adquiera su enorme potencial. Veremos que la metilación del ADN es “un mecanismo que sirve para tachar algunas páginas del libro de instrucciones del genoma, incluso capítulos enteros, pero sin la necesidad de arrancarlos”; que las histonas tienen su propio código, donde “las instrucciones no se alteran en absoluto, sólo se abren los capítulos requeridos en cada momento, al tiempo que se cierran y grapan los que no se deben tocar, puesto que entorpecerían la lectura del resto”; y que los ácidos ribonucleicos pueden destruir de forma específica la copia de un gen evitando que se fabrique la proteína cuyas instrucciones contiene. Algunos ejemplos perfectamente escogidos sirven como perfecto colofón para asentar los conceptos.

El cuarto capítulo nos permite subir otro nivel más: ¿Cómo se traslada ese tipo de efectos a un organismo completo? Es relativamente sencillo estudiar el funcionamiento de una célula concreta, pero lo realmente complicado es saber interpretar el funcionamiento de estos mecanismos en todo el organismo.

En el quinto capítulo hacemos un recorrido por los esfuerzos que realizan a diario cientos de investigadores en todo el mundo para utilizar y mejorar nuestro conocimiento de la epigenética con el objetivo de tratar y (algún día) poder curar determinadas enfermedades: cáncer, enfermedades neurodegenerativas etc. Proyectos como ENCODE tratan de arrojar luz en todo este complejo desarrollo.

Por último, el sexto capítulo es un apartado muy necesario ya que, ante la dificultad de comprender en todos sus términos algo tan complejo como la epigenética, siempre es de agradecer una aclaración sobre aquello que no es epigenética.

Os dejo una cita que sirve de broche de oro del libro:

Que no podamos responder aún a todo esto no hace sino empujarnos a seguir analizando todas estas cuestiones, no solo para responder estas preguntas, sino para llegar a formular otras nuevas, más impactantes, más sugerentes, más cruciales. Esa es la única y auténtica revolución.

Mi recomendación es que si tenéis un mínimo de curiosidad, compréis este libro porque no os va a defraudar.

Reseña: Luces del sur

Ficha Técnica

Título: Luces del sur. Informe oficial de la expedición inglesa a la Tierra de Graham (1934-1937)
Autor: John Rymill
Edita: Espasa Calpe Argentina, 1943
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 284 p.

La expedición Británica a la Tierra de Graham (1934-1937), encabezada por John Rymill, zarpó hacia la península Antártica en el barco de vapor Penola. La embarcación transportaba un aeroplano De Havilland Fox Moth equipado con flotadores y esquíes que fue usado para el reconocimiento del hielo y para aprovisionar a los equipos en el terreno. Pasaron el primer invierno en una cabaña prefabricada de la expedición en las islas Argentinas, pero las oportunidades para desplazarse en trineo no eran buenas. Concluido el invierno, el barco regresó a la isla Decepción con el fin de cargar madera para una nueva cabaña que debía construirse para pasar el segundo invierno más al sur, en las islas Debenham y la bahía Margarita. Se recorrieron largas distancias en trineos de perros para trazar mapas y efectuar estudios geológicos, incluyendo una larga travesía a lo largo del canal Jorge VI hasta los 72º S entre el continente de la península y la isla Alejandro I. También se realizaron estudios ornitológicos, biológicos y meteorológicos, pero quizá el resultado más importante fue mostrar que la península era un elemento continuo, no dividido por canales en un archipiélago como Wilkins había sugerido con anterioridad.

RESEÑA

Lo primero que tengo que decir –aunque lo he dicho ya muchas veces– es que me apasionan los libros que narran las expediciones polares (éste no es el primer libro de esta temática que reseño en el blog). «Luces del sur» es el relato de la expedición inglesa a la Tierra de Graham entre los años 1934 y 1937.

La Tierra de Graham es el nombre que recibe la porción de la península Antártica que tiene como límite sur convencional la línea que une el cabo Jeremy (69°24′S 68°51′O) y el cabo Agassiz (68°29′S 62°56′O). Sin embargo, esta definición fue acordada treinta años después de la expedición que estamos comentando ya que, por aquel entonces, para los ingleses la Tierra de Graham comprendía toda la península (otros países tenían sus propias denominaciones: Tierra de Palmer para los americanos, Tierra de San Martín para Argentina y Tierra de O´Higgins para Chile).

La Expedición Británica a la Tierra de Graham (o BGLE, por sus siglas en inglés), fue una expedición geofísica y de exploración comandada por John Rymill que partió de Inglaterra el 10 de septiembre de 1934. Los exploradores emplearon varios medios de transporte tras su llegada a la Antártida: equipos de perros (muchos de ellos nacidos durante el viaje) que fueron entrenados por los miembros de la expedición para los desplazamientos largos; y un avión monomotor para viajes de planificación de rutas, traslado de equipo de aprovisionamiento y toma de fotografías. El viaje a tierras polares se hizo en un viejo velero de tres mástiles bautizado «Penola» en honor al lugar de nacimiento de Rymill.

Medios de transporte empleados por los exploradores: el Penola (a la izquierda), el aeroplano (centro) y los trineos de perros (derecha).

Aunque la expedición contó con un presupuesto muy reducido –el coste total fue de menos de 20.000 libras esterlinas de la época– tuvo éxito en alcanzar los objetivos científicos propuestos. Se tomaron abundantes fotografías aéreas y se cartografió alrededor de 1.600 km de la costa de la península antártica.

El libro no cuenta los descubrimientos científicos, aunque Rymill reconoce que durante toda la expedición «los investigadores aprovechaban todas las ocasiones posibles para acrecentar su caudal de conocimientos sobre las regiones que se exploraban». Por ejemplo, durante el largo viaje en barco, «cuando los vigías escrudiñaban el océano, combinaban la ciencia con los deberes marinos observando la distribución y las costumbres de los pájaros del mar, o tratando de interpretar la formación de las rocas o el hielo en las islas».

Tras su llegada a la Tierra de Graham, se construyeron dos casas (una al norte y otra al sur) que sirvieron de bases estables desde las que se iniciaron distintos viajes de exploración en trineo. Hemos de saber que el equipo trabajó en una parte del Antártico que no había sido explorada con anterioridad, realizando dos descubrimientos de gran importancia: primero, demostraron que la Tierra de Graham forma parte del continente antártico y no se trata de un archipiélago como se creía anteriormente; y segundo, que la Tierra de Graham está separada de la Tierra de Alejandro (hoy Isla de Alejandro I) por un gran canal que corre de norte a sur. Este canal recibió el nombre de Canal Rey Jorge VI.

Mapa de la Tierra de Graham en 1934 (antes de la expedición), y en 1937, con los nuevos datos aportados.

Todos los miembros de la expedición realizaban las tareas rutinarias de mantenimiento de equipos, carga y descarga de material, cocina, limpieza etc.; pero además, tenían asignadas tareas específicas:

A. Stephenson, el meteorólogo y topógrafo de la expedición, realizaba mapas exactos de las regiones que se exploraban basados tanto en observaciones astronómicas como en cientos de apuntes realizados con teodolito y compás. Además, después de cada vuelo en el avión dibujaba un mapa de la región que había visto.

W. L. S. Fleming era el geólogo. Examinaba las rocas y coleccionaba ejemplares. En este sentido, el descubrimiento geológico más importante fue el comprobar que la parte sur de la Tierra de Alejandro se diferenciaba de la Tierra de Graham ya que estaba formada por rocas sedimentarias. Esto supuso otro descubrimiento de gran importancia ya que en esta región, Fleming encontró fósiles de conchas y de plantas. Llevó de vuelta a Inglaterra 48 ejemplares en total.

C. Bertram, zoólogo y botánico, y Brian Birley Roberts, ornitólogo, estudiaban la vida de las plantas y los animales. Bertram acumuló un gran número de cráneos y otras partes de las focas que servían de alimento a los hombres y a los perros. También realizó estudios de los líquenes y las algas y consiguió bastantes ejemplares de los animales que vivían en aguas poco profundas. Por su parte, Roberts estudiaba el comportamiento de los pájaros día a día durante el trayecto en barco y la propia expedición. También construyó un aparato para medir las mareas. Más tarde, Roberts contribuyó a la redacción del Tratado Antártico.

La relación con los perros fue muy especial, como ha ocurrido en todas las expediciones polares. En este sentido, Rymill escribió que los perros «resultaron excelentes trabajadores y admirables compañeros y es de lamentar que no pudieran participar de las emociones y placeres derivados de ese viaje. No obstante, nuestros resultados vienen a ser tanto un testimonio de su devoción y amistad leal, como de nuestros poderes de observación y deducción».

En definitiva, el 4 de agosto de 1937 el «Penola» atracó en Portsmouth, poniendo fin a tres años de exploración que sirvieron para incrementar nuestro conocimiento de esta región de la Antártida.

En 1985, el United Kingdom Antarctic Place-Names Committee estableció el nombre de «costa Rymill» para designar la porción de la costa oeste de la península Antártica (extremo noroeste de la Tierra de Palmer), entre el cabo Jeremy y los nunataks Buttress, para honrar al líder de la Expedición Británica a la Tierra de Graham.

Aún más impresionante era la inmensidad desnuda de la región y la atmósfera de misterio que parecía empequeñecernos, las grandes montañas hieráticas y los ventisqueros avanzando, lenta pero inexorablemente, para recordarnos que aún allí el tiempo sigue su marcha. Me subleva pensar que una de las primeras cosas que probablemente nos preguntaría al llegar a Inglaterra algún hombre bien alimentado, cuyo Dios es su libro de cheques, sería lo siguiente: “¿Por qué fue allí?” ¿Cómo no replicar sino con una impertinencia a semejante mentalidad?

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