Epigenética

Reseña: ¿Qué sabemos de la epigenética?

Reseña: ¿Qué sabemos de la epigenética?

     Última actualizacón: 31 agosto 2018 a las 12:56

Ficha Técnica

Título: La epigenética
Autor: Carlos Romá Mateo
Edita: Los libros de la catarata. Madrid, 2016
Colección: ¿Qué sabemos de?
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 126
ISBN: 9788490971543
Precio: 12 €

Reseña del editor

Investigar los principios básicos por los que se rige la vida es el primer paso hacia la comprensión, y posible cura, de las enfermedades que amenazan nuestra especie. Existe un código por encima de la secuencia del ADN, un conjunto de modificaciones químicas que deciden qué genes funcionan en cada momento y en cada lugar. Esta modificación del destino de las células se conoce como epigenética y ha cambiado nuestra manera de entender el desarrollo de la vida y de avanzar en la comprensión del genoma. Los mecanismos epigenéticos consiguen añadir una pieza al intrincado puzle de las relaciones entre genes y condicionantes externos (lo que conocemos como ambiente) y logran explicar algunas características finales del individuo (el fenotipo) de resultas de su conjunto de genes particular (el genotipo). En este libro descenderemos hasta las entrañas del ADN para poder comprobar la importancia de todo lo que hay por encima y alrededor de la más famosa e importante molécula para los seres vivos.

Reseña

Como su título indica, estamos ante un trabajo donde encontraremos la respuesta a la complicada pregunta de qué sabemos de la epigenética. Esta palabra, que cada vez oímos con más asiduidad en los medios de comunicación, encierra cuestiones de trascendental importancia tanto para nuestra salud como para nuestra comprensión de cómo funcionamos los seres vivos. Por este motivo, la epigenética es, desde hace años, un campo de investigación en plena ebullición.

A la hora de escribir el texto, Carlos Romá se ha enfrentado a un difícil reto por dos motivos: tiene que hablarnos de un tema que los científicos aún están empezando a comprender y, en segundo lugar, debe hacerlo en un lenguaje que permita la comprensión del contenido por el mayor número de personas posible —y aquí deberíamos añadir la limitación de espacio impuesto con seguridad para evitar la desbandada de los lectores antes siquiera de abrir la cubierta del volumen. Mi opinión es que ha superado el reto con creces.

El texto se divide en seis capítulos (1. La genética celular y la lista de la compra; 2. Organizando la lista; 3. Tres maneras de cambiar el destino (celular); 4. La importancia de un buen ambiente; 5. La epigenética nos pone malos; 6. Lo que no es epigenética) y un epílogo que lleva por título “La auténtica revolución epigenética”. Debemos insistir en que a pesar de que la extensión del libro no permite profundizar demasiado en algunos aspectos (lo que sin duda agradecerán algunos lectores), realiza un recorrido bastante completo por el tema, abriendo la puerta a que podamos profundizar en aquellos aspectos que nos resulten más interesantes (la bibliografía está perfectamente escogida para lograr esta tarea).

Los dos primeros capítulos actúan a modo de introducción acerca del código genético y su funcionamiento. En el primero de ellos introduce una metáfora que nos acompañará a lo largo del texto y nos servirá para asimilar mejor los difíciles conceptos que por fuerza nos vamos a encontrar, y es la de que nuestro código genético es como una lista de la compra: si nos dan un libro de instrucciones para construir un organismo, “la casa sería el organismo y las distintas habitaciones y elementos los diferentes tipos celulares, formados y regulados por las proteínas derivadas de sus listas de genes particulares. Y la epigenética sería lo que explicaría cómo se tachan determinadas piezas de cada lista, por qué y en qué momento concreto”. Por lo tanto, estamos ante “un nivel de regulación extra llevado a cabo por moléculas concretas que señalan o esconden los genes, marcándolos para que se activen o no. Este nivel de regulación se encuentra por encima de la propia presencia o ausencia de los genes, y de ahí el nombre de “epigenética”, que literalmente significa “por encima de la genética”.

Acto seguido pasamos a la definición de los cromosomas y cómo actúa la regulación génica: “los genes, las instrucciones, están ahí siempre, pero solo se leerán, solo se llegará a construir lo que sus páginas contienen en determinado momento”. Y es que tenemos que comprender qué son y cómo funcionan los ribosomas, las histonas etc. para poder pasar al siguiente nivel.

En el tercer capítulo aprenderemos qué es lo que hace a un organismo “ser como es, en función de lo que hace que sus células sean como son”. Es decir, una vez que hemos entendido qué es la información genética y cómo se presenta en los seres vivos, tenemos que saber que existen distintos mecanismos de regulación que hacen que esa información adquiera su enorme potencial. Veremos que la metilación del ADN es “un mecanismo que sirve para tachar algunas páginas del libro de instrucciones del genoma, incluso capítulos enteros, pero sin la necesidad de arrancarlos”; que las histonas tienen su propio código, donde “las instrucciones no se alteran en absoluto, sólo se abren los capítulos requeridos en cada momento, al tiempo que se cierran y grapan los que no se deben tocar, puesto que entorpecerían la lectura del resto”; y que los ácidos ribonucleicos pueden destruir de forma específica la copia de un gen evitando que se fabrique la proteína cuyas instrucciones contiene. Algunos ejemplos perfectamente escogidos sirven como perfecto colofón para asentar los conceptos.

El cuarto capítulo nos permite subir otro nivel más: ¿Cómo se traslada ese tipo de efectos a un organismo completo? Es relativamente sencillo estudiar el funcionamiento de una célula concreta, pero lo realmente complicado es saber interpretar el funcionamiento de estos mecanismos en todo el organismo.

En el quinto capítulo hacemos un recorrido por los esfuerzos que realizan a diario cientos de investigadores en todo el mundo para utilizar y mejorar nuestro conocimiento de la epigenética con el objetivo de tratar y (algún día) poder curar determinadas enfermedades: cáncer, enfermedades neurodegenerativas etc. Proyectos como ENCODE tratan de arrojar luz en todo este complejo desarrollo.

Por último, el sexto capítulo es un apartado muy necesario ya que, ante la dificultad de comprender en todos sus términos algo tan complejo como la epigenética, siempre es de agradecer una aclaración sobre aquello que no es epigenética.

Os dejo una cita que sirve de broche de oro del libro:

Que no podamos responder aún a todo esto no hace sino empujarnos a seguir analizando todas estas cuestiones, no solo para responder estas preguntas, sino para llegar a formular otras nuevas, más impactantes, más sugerentes, más cruciales. Esa es la única y auténtica revolución.

Mi recomendación es que si tenéis un mínimo de curiosidad, compréis este libro porque no os va a defraudar.

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Siete días … 19 a 25 de septiembre (migración Homo sapiens)

Siete días … 19 a 25 de septiembre (migración Homo sapiens)

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 10:25

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Reseña: ¿Qué sabemos de la epigenética?

NOTICIAS CIENTÍFICAS

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Cuatro artículos consecutivos en Nature para hablar de la migración de Homo sapiens

El ser humano anatómicamente moderno, Homo sapiens, salió de África y comenzó un viaje de migración por el planeta que se dividió en cuatro grandes oleadas que comenzaron hace 125.000 años. Una serie de estudios publicados en la revista Nature nos indican, a partir de datos paleoclimáticos, cuáles fueron los patrones de migración de nuestros antepasados.

Los datos hablan de cuatro salidas a través de la península arábiga y Oriente Medio durante periodos glaciales que ocurrieron en los intervalos de entre 106.000 y 94.000, 89.000 y 73.000, 59.000 y 47.000, y 45.000 y 29.000 años. El modelo confirma que los cambios en las temperaturas inducidos por ligeras variaciones de la órbita terrestre fueron el principal motor de estas migraciones. Otro dato relevante es que incluye la llegada temprana de los primeros Homo sapiens a China hace unos 90.000 años, un dato que pusieron de manifiesto el año pasado las investigaciones llevadas a cabo por María Martinón-Torres y José María Bermúdez de Castro junto a sus colegas chinos.

Referencias:

Timmermann, A. y  Friedrich, T. (2016), «Late Pleistocene climate drivers of early human migration«. Nature, publicado en línea.

Malaspinas, A.-S., et al. (2016), «A genomic history of Aboriginal Australia«. Nature, publicado en línea.

Pagani, L., et al. (2016), «Genomic analyses inform on migration events during the peopling of Eurasia«. Nature, publicado en línea.

Mallick, S., et al. (2016), «The Simons Genome Diversity Project: 300 genomes from 142 diverse populations«. Nature, publicado en línea.

Noticia en el Next: Recomponiendo el puzle de la expansión humana.

 

LIBRO DE LA SEMANA

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La esperanza del Síndrome de Rett

La esperanza del Síndrome de Rett

     Última actualizacón: 22 octubre 2018 a las 11:19

Hoy he conocido la grata noticia de la concesión del Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Biomedicina al bioquímico británico Sir Adrian Bird, llamado por algunos el “padre de la epigenética”. Como reconoce el acta que otorga el premio, entre los logros del Dr. Bird se encuentra el haber construido un mapa que describe las regiones del ADN donde se activan los genes por la unión de un tipo de moléculas ―llamadas grupos metilos― mediante el proceso llamado metilación (para más detalles, puedes leer la anotación de este blog sobre el tema: ¿Son idénticos los gemelos idénticos? (y III)

“todas las células de un mismo organismo poseen la misma secuencia de ADN. No obstante, las células que participan en diferentes funciones expresan distintos  subconjuntos de genes. Estos diferentes patrones de expresión se estabilizan por medio de marcas epigenéticas, de las cuales la primera descubierta y caracterizada fue la metilación del ADN, cuyas marcas se heredan a medida que las células se dividen y, en algunos casos, se heredan a través de varias generaciones”.

Estas señales epigenéticas son marcadores químicos que se unen a las histonas o al mismo ADN y cuya presencia en un determinado lugar viene determinada por diversas enzimas, algunas de las cuales añaden marcadores y otras los eliminan: la presencia de estas enzimas viene influenciada por el ambiente y, de una forma muy importante, por la dieta y otros hábitos de vida. En este sentido, alimentos ricos en folato (vitamina B) como varias verduras, frutas cítricas y fresas, son fuentes alimenticias de metilo.  Del mismo modo, la vitamina B12, presente en el pescado, la carne, la leche y los huevos, puede asimismo donar grupos metilo al metabolismo.

El desarrollo de estos trabajos le llevó al descubrimiento, insospechado para él mismo mientras planteaba los experimentos, que era posible corregir el defecto de una proteína asociada a una grave enfermedad englobada en el trastorno del espectro autista, concretamente, el síndrome de Rett.

El síndrome de Rett es un trastorno neurológico de base genética. Fue descubierto en 1966 por el doctor Andreas Rett de Viena que describió los casos de 22 niñas en una publicación médica alemana, sin embargo, esta publicación no recibió el reconocimiento esperado y la mayoría de los médicos no tuvieron conocimiento de la enfermedad debido a la escasa circulación del artículo. Los estudios realizados hasta la fecha han encontrado que la frecuencia del síndrome de Rett es de 1:12.000 a 1:15.000 nacimientos de niñas vivas.

Como síntomas podemos destacar que se observa un retraso grave en la adquisición del lenguaje y en la coordinación motriz, así como un retraso mental grave o severo. La pérdida de las capacidades es por lo general persistente y progresiva. Tras una fase inicial de desarrollo normal, se produce una detención del desarrollo y luego una pérdida de las capacidades adquiridas. Se observa una disminución de la velocidad de crecimiento del cráneo, y pese a que se da por término general un desarrollo psicomotor normal dentro de los primeros 5 meses de vida, asistimos acto seguido a un deterioro de las capacidades manuales anteriormente desarrolladas y aparecen movimientos estereotipados de las manos (agitarlas, morderlas, retorcerlas). Otro síntoma, quizás la característica más debilitante del síndrome de Rett, es la apraxia o la incapacidad de realizar funciones motoras (la apraxia interfiere con todos los movimientos del cuerpo, incluyendo la fijación de la mirada y el habla).

Pues bien, el trabajo de este eminente científico fue en la dirección de tratar de “identificar las proteínas que leen las señales de metilación del ADN, cuya mutación provoca enfermedades en el ser humano”. Y no pudo ser más afortunado en sus esfuerzos ya que dio con la proteína MeCP2, que detecta las señales de metilación del genoma.

Cuando funciona normalmente, el gen MECP2 contiene instrucciones para la síntesis de una proteína llamada proteína metilo citosina de enlace 2 (MeCP2), que actúa como uno de los muchos interruptores bioquímicos que indican a otros genes cuándo dejar de funcionar y parar de sintetizar sus propias proteínas. De ahí que la metilación se describa coloquialmente como un interruptor genético: tan importante es que un gen produzca una determinada proteína, como que lo haga en un momento concreto y deje de hacerlo según las circunstancias.

Debido a que el gen MECP2 no funciona correctamente en las personas que padecen el síndrome de Rett, no se producen cantidades suficientes de dicha proteína. Esta distorsión provoca que otros genes, cuya activación o desactivación depende de su presencia, se activen y se mantengan activos en momentos inadecuados. A largo plazo, esto puede causar los problemas de desarrollo neurológico que son característicos en este trastorno.

No conforme con este descubrimiento ya de por sí trascendental (debemos tener presente que por aquel entonces aún no se había secuenciado el genoma humano completo, estamos hablando de principios de los años 90 del siglo pasado) decidió reproducir mediante ingeniería genética el defecto del síndrome de Rett en un ratón. La formulación de este experimento partió de la base de que en esta enfermedad las neuronas no mueren, y por tanto se podía pensar en la posibilidad de restaurar su función. El múrido objeto de estudio manifestaba muy claramente los mismos síntomas de la enfermedad y por fin, en el año 2007, el equipo del Dr. Bird logró desarrollar un mecanismo que conseguía activar la síntesis correcta de la proteína con lo que los síntomas desaparecieron.

El jurado reconoce en el acta de concesión del galardón que

“Es la primera vez que se revierte una enfermedad neurológica en un contexto experimental, lo que genera la esperanza de que este enfoque se pueda trasladar a la clínica”

Ahí es nada…

El propio Bird explicó a la Fundación BBVA tras el anuncio del reconocimiento que

“No lo esperábamos, porque siempre se ha asumido que una enfermedad neurológica no tiene cura. Esperábamos como mucho retrasar la muerte de los animales, o tal vez hacer que mejoraran algunos de los síntomas. Pero lo que obtuvimos fue un resultado clarísimo, una mejora impresionante. Fue uno de esos momentos Eureka”.

Finalmente, Bird agradeció su premio y destacó la necesidad de que los distintos gobiernos sigan invirtiendo en investigación ya que, según ha lamentado, la inversión actual está en unos «mínimos históricos».

Es de lamentar que trabajos fundamentales para la mejora de nuestra calidad de vida permanezcan olvidados en los cajones de los laboratorios por falta de inversión pública. Últimamente se oyen voces que propugnan que, a falta de esta inversión institucional, la propia sociedad debería ser la que facilitase fondos para proseguir los trabajos (el famoso crowfunding o micromecenazgo) No dudo que estas sean unas iniciativas loables (en la mayoría de los casos) pero tampoco podemos olvidar que en ocasiones es muy complicado hacer comprender al común de los ciudadanos la importancia de determinadas investigaciones, máxime cuando no se espera puedan revertir a la sociedad a corto plazo en forma de productos acabados.

Nuestros impuestos (en parte) deberían destinarse al objetivo de mejorar nuestro bienestar a través de la ciencia ―sin etiquetas al uso de ciencia básica o ciencia aplicada―, algo que quizás se consiga si logramos concienciarnos de que nos va la vida en ello y elegimos a los políticos adecuados que nos gobiernen (¿para cuándo un verdadero científico rigiendo los controles del gobierno o de los ministerios implicados?)

“Aún estamos lejos de una cura para estas enfermedades, pero nuestro trabajo es una prueba de concepto que ha hecho que ahora muchos grupos de investigación, no solo el nuestro, estén trabajando en el desarrollo de terapias”

No obstante, aunque Bird se ha mostrado convencido de que «muchas enfermedades mentales podrían no ser irreversibles», ha advertido que «es imposible saber cuándo será posible» contar con un tratamiento disponible para las personas afectadas por trastornos del espectro autista.

Referencias

• Noticia La Razón

• Noticia La Vanguardia

• Noticia El Mundo

• Laboratorio de Sir. Adrian Bird

• Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento

• Acta de concesión del galardón

• Artículo original del estudio: Guy, J., et al. (2007), «Reversal of Neurological Defects in a Mouse Model of Rett Syndrome«. Science, vol. 315, núm. 5815, p. 1143-1147.

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¿Son idénticos los gemelos idénticos? (y III)

¿Son idénticos los gemelos idénticos? (y III)

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 10:47

El tercer elemento en discordia: la epigenética

Los diferentes estudios con gemelos han permitido hacer un descubrimiento esencial para la comprensión del funcionamiento de nuestro ADN: la herencia y el entorno no son las únicas fuerzas en juego que modelan el aspecto, el carácter o la inteligencia del ser humano; debemos tener presente la importancia de un tercer elemento: la epigenética.

Fue el escocés Conrad Waddington quien acuñó el término en 1939 en su obra An introduction to modern genetics donde definió el “epigenotipo” como el conjunto de organizadores y relaciones organizativas a los que un determinado tejido está sujeto durante su desarrollo. Podemos explicar su punto de vista con la analogía de una pelota que cae a través de un valle. La pelota puede seguir varios caminos en su descenso, pero nunca podrá abandonar la dirección que le va marcando la orografía del terreno. Es decir, el desarrollo de un tejido u órgano puede variar según las condiciones genéticas y del entorno, pero sin salirse del “programa” establecido previamente en el genoma. Waddington añadió que el aspecto de un órgano determinado es el producto del genotipo y del epigenotipo que reaccionan con el ambiente externo. En otro artículo publicado en 1942 1 se refiere a la “epigenética” como «la rama de la biología que estudia las interacciones causales entre los genes y sus productos, que dan lugar al fenotipo». Apuntó lo que consideraba una visión ingenua de muchos genetistas de su época en el sentido de que afirmaban que había una correspondencia simple y directa entre los genes y los caracteres. Para él, la dirección del desarrollo biológico estaba determinada por la interacción de muchos genes entre sí, y de estos con el ambiente.

Tras estos primeros pasos, los estudios relativos a esta nueva visión de la biología evolutiva han sido múltiples y variados, lo que ha motivado el sentido que se le dio en origen a este término haya ido cambiando, adaptándose de conformidad a las nuevas investigaciones que se han desarrollado. Ya entrado el siglo XXI, la definición más comúnmente aceptada de epigenética es la de la ciencia dedicada al «estudio de los cambios heredables en la función génica que se producen sin un cambio en la secuencia del ADN».

A simple vista puede parecer que existe una contradicción. Todos sabemos que la herencia viene dada por el ADN de nuestros padres, aunque estamos hablando de cambios que se pueden observar en el fenotipo y que se heredan, pero sin un cambio en la secuencia del ADN. La diferencia radica en que esos cambios pasan a la progenie no a través del mecanismo normal de replicación del ADN, sino por otras vías.

Resulta clarificadora la explicación que ofrece Thomas Jenuwein (investigador del Instituto Max-Planck de Inmunobiología):

la diferencia entre genética y epigenética probablemente puede compararse con la diferencia que existe entre escribir y leer un libro. Una vez que el libro ha sido escrito, el texto (los genes o la información almacenada en el ADN) será el mismo en todas las copias que se distribuyan entre los lectores.  Sin embargo, cada lector podría interpretar la historia del libro de una forma ligeramente diferente, con sus diferentes emociones y proyecciones que pueden ir cambiando a medida que se desarrollan los capítulos. De forma muy similar, la epigenética permitiría diferentes interpretaciones de un molde fijo (el libro o código genético) y resultaría en diferentes lecturas, dependiendo de las condiciones variables en las que se interprete el molde.

Todas las células de nuestro organismo ―cuyo número es imposible de determinar a ciencia cierta― derivan de una única célula primordial que ha sufrido innumerables divisiones (nos referimos al óvulo fecundado por el espermatozoide). Por lo tanto, cada célula de nuestro cuerpo contiene exactamente el mismo ADN. La diferencia entre cada tipo de célula y la función que desempeña reside en el subconjunto particular de genes que se han activado para su desarrollo. Es decir, a medida que las células van creciendo y diferenciándose, su destino y función vienen determinados por la activación y el silenciamiento selectivo de algunos genes,  activación o silenciamiento que se produce según se den ciertas condiciones bioquímicas (como por ejemplo la metilación del ADN, las modificaciones covalentes de las histonas o la forma de la cromatina). Dado que este mecanismo está sujeto a factores epigenéticos, es ahí donde la epigenética influye en la expresión e interpretación de nuestro código genético y el modo en que cada gen se ve fortalecido o debilitado, e incluso activado o desactivado, para formar los huesos, el cerebro y todas las demás partes del cuerpo.

Para explicar un poco más este mecanismo, debemos tener presente que el ADN no se distribuye al azar dentro del núcleo celular, sino que la doble hélice compuesta por las bases nitrogenadas (la adenina (A), la guanina (G), la timina (T) y la citosina (C), así como su armazón, se enrollan alrededor de unos grupos de proteínas, las histonas, y se empaqueta después para formar los cromosomas en la visión clásica de una equis. Esta combinación de histonas y doble hélice de ADN en los cromosomas se conoce como cromatina.

Estructura de la cromatina

Teniendo en mente esta configuración del ADN, lo que hacen las señales epigenéticas es ordenar que un segmento de cromatina se halle aflojado o condensado. Cuando un determinado segmento está distendido permite que la maquinaria celular acceda a los genes que contiene para su lectura y, por ende, su activación: se produce la transcripción del ADN en una cadena de ARN que servirá de plantilla para generar la proteína codificada por ese gen. Por el contrario, cuando el segmento de cromatina está condensado, la maquinaria de activación no puede alcanzar a los genes en su interior y estos quedan silenciados (este silenciamiento puede ser temporal o permanente). Es definitiva, las señales epigenéticas son marcadores químicos que se unen a las histonas o al mismo ADN y cuya presencia en un determinado lugar viene determinada por diversas enzimas, algunas de las cuales añaden marcadores y otras los eliminan: la presencia de estas enzimas viene influenciada por el ambiente y, de una forma muy importante, por la dieta y otros hábitos de vida.

Una vez aclarado el mecanismo por el que el ambiente provoca cambios en la forma en que los genes se expresan o silencian, debemos preguntarnos cómo se pueden heredar estas marcas epigenéticas.

Actualmente conocemos tres participantes fundamentales en este proceso: el ARN, el nucleosoma y la metilación del ADN.

Por ejemplo, y sin afán de entrar en demasiados detalles debido a lo complejo de esta cuestión, podemos decir que a veces un pequeño grupo químico denominado metilo se une a una base, otorgándole así un nivel extra de información. La metilación se produce principalmente en la base citosina (C) de la cadena de nucleótidos y se asocia a la formación de una cromatina “cerrada” y, por tanto, con el mecanismo de desactivación de genes que hemos explicado más arriba. Las células parecen marcar con metilo las secuencias de ADN repetidas para desactivarlas, lo que sirve al mismo tiempo para proteger nuestros genes. Baste pensar un momento en el lío que se produciría si de los aproximadamente 30.000 genes que posee el ser humano, no hubiera una gran parte que estuvieran inactivados. No es preciso que cada célula pueda usar en cada momento los dos metros completos de ADN que contiene ya que, por ejemplo, no querríamos que las células de nuestros ojos fabricasen uñas. De este modo se ahorran además recursos energéticos imprescindibles para otros procesos metabólicos.

Una característica importante de la metilación es que puede copiarse con exactitud en el proceso de replicación del ADN. Cuando las células duplican sus cromosomas para la división celular la metilación pasa a la línea germinal a través del ADN que contiene el espermatozoide y el óvulo. Aunque en la actualidad se investiga la forma concreta en que se produce esta transmisión hereditaria, la presencia de estos marcadores epigenéticos puede ser, por ejemplo, resultado de lo que la madre comió cuando estaba embarazada. En este sentido, alimentos ricos en folato (vitamina B) como varias verduras, frutas cítricas y fresas, son fuentes alimenticias de metilo. Del mismo modo, la vitamina B12, presente en el pescado, la carne, la leche y los huevos, puede asimismo donar grupos metilo al metabolismo.

Concluyendo, en el caso de los gemelos idénticos, la constitución genética de ambos será igual desde su nacimiento hasta el fin de sus vidas, pero a medida que crezcan y se desarrollen, los dos sujetos experimentarán diferencias en su ambiente, algunas de las cuales podrán alterar su apariencia y su comportamiento, permitiendo incluso que éstas sean heredadas por sus hijos. Es decir, aunque los dos comparten los mismos genes, hemos visto como es posible que algunos de ellos estén activos en un gemelo y no en el otro. Puede que sean idénticos genéticamente pero no epigenéticamente.

Notas

  1.  Waddington, C. H. (1942), «The epigenotype». Endeavour, núm. 1, p. 18-20
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