Mirando con otros ojos … los insectos

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Cuando uno mira a través de los oculares de un microscopio espera adentrarse en un mundo extraño, llamativo y profundamente misterioso, quizás por la cantidad de veces que ha oído frases como «es sorprendente la cantidad de detalles que resultan imposibles de ver a simple vista» o «ni te imaginas cómo son en realidad los insectos que nos rodean». Pues bien, esa fue precisamente la sensación que me embargó cuando coloqué mi primera muestra en la platina y comencé a enfocar con el objetivo de cuatro aumentos de mi microscopio.

Había decidido realizar mi primera preparación con un piojo (Pediculus humanusy tenía la suerte de contar tanto con una liendre  ya vacía (el huevo desde el que eclosionan) y otra que aún tenía dentro a nuestro molesto amigo. Permitid que no entre en detalles acerca de la forma en que obtuve esos ejemplares, baste decir que tengo dos hijas pequeñas que estudian en un colegio rodeado de árboles, y por supuesto, de otros niños.

Las preparaciones microscópicas en general están formadas por cuatro elementos, de los cuales al menos tres deben ser transparentes: un portaobjetos (de cristal y con una medida estándar de 26 x 76 mm) es el elemento que conforma la base; el medio de inclusión, que puede ser agua, aire o, si queremos que sea permanente, otra sustancia ópticamente más densa con un índice de refracción aproximado de 1,50 (generalmente se trata de una resina que endurece con el tiempo y sella el objeto de estudio manteniendo todas sus estructuras); el objeto de estudio y, por último, un cubreobjetos (una delgada lámina de cristal de 0,17 mm de grosor por lo general).

Para realizar una observación a través del microscopio, el primer paso siempre consiste en desengrasar bien el portaobjetos. En mi caso, y dado que estoy comenzando mi camino en las técnicas microscópicas, no he utilizado los productos químicos habituales para este cometido. Para nuestros propósitos, bastará limpiarlo bien con productos de limpieza caseros (lavavajillas) o un limpiador de cristales con base de isopropanol.

Una vez limpio, y si queremos una preparación permanente como es nuestro caso, depositamos una pequeña gota de la resina en el portaobjetos (yo utilizo una resina DPX, que es una resina acrílica con base de xileno). Acto seguido se introduce el objeto de estudio (la muestra) con unas pinzas y se coloca acto seguido el cubreobjetos desde un lateral con un ángulo de 45º. A continuación se baja con lentitud para evitar la formación de burbujas de aire que estropearían la visión. Y ya está, ya podemos ponernos manos a la obra.

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Pasos necesarios para montar una preparación permanente.

Para que veáis que no es nada sencillo y la práctica sin duda se convierte en la mejor aliada, os dejo con una imagen de la primera preparación que hice para la liendre:

Burbujas de aire en una preparación
Burbujas de aire en una preparación

Vemos como en este primer intento aparecieron no una, sino tres burbujas de aire que estropean bastante la preparación y dificultan bastante la observación (sin que tengamos en cuenta aún la calidad fotográfica de la imagen, algo que analizaremos más adelante).

En cualquier caso, una vez superados estos primeros obstáculos, pude lograr mejores imágenes de la liendre de nuestro intruso Pediculus humanus:

Liendre de Pediculus humanus (40x). Canon EOS 550D. Tokina AT-X 11-16 / 2.8 Pro DX V (f/0, 1/125 s, ISO 100)
Liendre de Pediculus humanus (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).

 

Liendre de Pediculus humanus (100x). Canon EOS 550D. Tokina AT-X 11-16 / 2.8 Pro DX V (f/0, 1/125 s, ISO 100)
Liendre de Pediculus humanus (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).

 

Liendre de Pediculus humanus (400x). Canon EOS 550D. Tokina AT-X 11-16 / 2.8 Pro DX V (f/0, 1/50 s, ISO 100)
Liendre de Pediculus humanus (400x). Canon EOS 550D (f/0, 1/50 s, ISO 100).

Para que comprendamos mejor la sutileza de la naturaleza, en la imagen inferior vemos representado dónde estaría situado el pelo sobre el que se engancha la liendre hasta que el piojo madura:

Liendre de Pediculus humanus (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).
Liendre de Pediculus humanus (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).

Bien, ya tenemos una imagen bastante clara de cómo es la liendre ya vacía. Ahora toca la misma imagen pero con su huésped aún dentro esperando a salir:

Liendre de Pediculus humanus (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).
Pediculus humanus (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/125 s, ISO 100).

Si os interesa ver mejor esta preparación, he realizado un vídeo muy breve para que podáis apreciar mejor el volumen y la textura:

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Tengo que reconocer que me ha impresionado bastante el enorme poder de este instrumento, y las posibilidades de observar con exquisito detalle estos especímenes. Sin duda, las fotografías que aquí reproduzco no tienen la calidad suficiente como para hacer justicia a la visión directa a través de los oculares, pero seguro que os podéis hacer una idea. Mis hijas desde luego se quedaron asombradas al ver los «bichitos» con ese detalle, ya que cuando les enseñaba el portaobjetos no conseguían distinguir nada.

En fin, a raíz de este éxito (o lo que al menos para mí así lo es), conseguí que las niñas se unieran a la causa y me trajeran todos los insectos que quisieran ver «más grandes». Así que dos pájaros de un tiro, no solo han perdido miedo a esos inseparables habitantes de nuestras casas, sino que estoy consiguiendo que se interesen por hacer nuevos «descubrimientos» (sólo hay que verles las caras cuando cada dos por tres me vienen con una nueva captura para examinar).

En fin, que lo siguiente que pudimos ver es una hormiga (tened presente que aún no estoy realizando técnicas complejas de preparación de muestras):

Hormiga (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).
Hormiga (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).

 

Hormiga (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).
Hormiga (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).

 

Hormiga (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).
Hormiga (100x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).

 

Hormiga (400x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).
Hormiga (400x). Canon EOS 550D (f/0, 1/40 s, ISO 100).

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Y como no quiero cansaros demasiado, para terminar os dejaré con algunas imágenes de otro «molesto» visitante de nuestros hogares: el mosquito. No voy a poner ahora muchas fotografías porque quiero hacer algo especial, pero permitidme que os deje con algunos detalles que me han llamado mucho la atención:

Ala de mosquito (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/80 s, ISO 100).
Ala de mosquito (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/80 s, ISO 100).

Se trata del ala de un mosquito macho (cuyo tamaño es considerablemente mayor que las hembras) aunque no puedo determinar la especie. De nuevo, para que podáis apreciar mejor los detalles, os dejo otro vídeo: Ala de mosquito.

Quizás lo más llamativo de estos insectos sea la boca, el órgano mediante el que se alimentan y culpable de dejarnos las molestas picaduras. Así es como la podemos ver:

Boca de mosquito (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/80 s, ISO 100).
Boca de mosquito (40x). Canon EOS 550D (f/0, 1/80 s, ISO 100).

Esto es todo por ahora. Seguiré informando acerca de mi incursión en el mundo de lo más pequeño…

Las partes de un microscopio óptico

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By the means of Telescopes, there is nothing so far distant but may be represented to our view; and by the help of Microscopes, there is nothing so small as to escape our inquiry.

Con la ayuda de los Telescopios, no hay nada tan lejano que no podamos visualizar; y con la ayuda de los Microscopios, no hay nada tan pequeño que escape a nuestro análisis.

Robert Hooke, Micrografía, o algunas descripciones fisiológicas de los cuerpos diminutos realizadas con cristales de aumento con observaciones y disquisiciones sobre ellas. 1665. Prefacio.

Hace unos días os comentaba que había comprado un microscopio óptico y que iba a comenzar una nueva serie en este blog para adentrarme en el fascinante mundo de lo más pequeño. Bueno, para ello, lo primero que vamos a hacer es conocer cuáles son las partes y el funcionamiento general del microscopio.

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A rasgos generales, un microscopio óptico consta de las siguientes partes:

Ocular (1): Es la lente donde situamos nuestros ojos para observar y que amplía la imagen que proviene del objetivo (normalmente ofrece un aumento de 10x). En nuestro caso, este microscopio posee tres tubos de observación —uno para cada ojo (1), y un tercero para la inserción de una cámara (2)— por lo que se trata de un microscopio trinocular. El instrumento nos permite ajustar la distancia interpupilar, es decir, la separación entre nuestros ojos (3) (en un rango que va de los 53 a los 75 mm) además de las dioptrías (4). Ajustando la distancia interpupilar logramos que, al mirar por los dos oculares, el campo de visión izquierdo y derecho se fundan en uno solo. Para ajustar las dioptrías elegimos el objetivo de 40 aumentos y observamos la muestra con el ojo derecho, ajustando el enfoque hasta ver una imagen clara (más abajo explico esta operación). Acto seguido observamos con el ojo izquierdo y ajustamos el control de dioptrías (4) hasta ver una imagen clara con ambos ojos.

Los oculares se insertan en el cabezal (que ya hemos comentado que en nuestro caso es trinocular) por medio del tubo óptico. El cabezal por su parte se une a la caja de prismas donde hay un prisma cuya función es la de desviar la imagen que se recibe desde la lente de los diferentes objetivos hacia el ocular formando un ángulo de 120 grados. La caja de prismas se puede girar sin necesidad de mover todo el microscopio para facilitar y hacer más cómoda la observación por varias personas.

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Soporte: Mantiene la parte óptica y está formado a su vez por dos partes: el pie o base (con un peso considerable que garantiza la estabilidad del instrumento, y donde se encuentra, por ejemplo, la fuente de luz) y el brazo (que sirve de ayuda en el transporte del instrumento).

Objetivo: Cada una de las lentes (5) situada cerca de la preparación que sirven para ampliar la imagen de ésta. Su principal función consiste en recoger la luz que proviene de la preparación y proyectar una imagen nítida, real, invertida y aumentada hacia el cuerpo del microscopio. El revólver (6) es la pieza del microscopio que se encuentra bajo la caja de primas que soporta los lentes objetivos. Recibe este nombre porque semeja el tambor circular de un revólver, permitiendo el cambio de objetivo con solo girarlo y que éste quede alineado con el ocular. En nuestro caso, el microscopio posee cuatro objetivos con diferentes aumentos: 4x, 10x, 40x y 100x (objetivo de inmersión en aceite).

Platina: Plataforma horizontal donde se deposita la preparación (7). La platina es una placa metálica con un hueco en el centro sobre el que se coloca la muestra que se va a observar y por donde pasa el rayo de luz generado por la fuente luminosa. Generalmente posee un par de pinzas para sostener la preparación (8) y un sistema mecánico denominado carro, que permite mover la platina y, por lo tanto, desplazar longitudinal y transversalmente la preparación. Estos movimientos se realizan con un par de tornillos (9).

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Condensador: Lente que concentra los rayos luminosos sobre la preparación (10) (en nuestro caso, se trata de un condensador Abbe) con la finalidad de formar conos luminosos grandes, con aperturas mayores, necesarios para ver con los objetivos de mayor aumento. El condensador se localiza debajo de la platina y recoge la luz de la fuente de iluminación (11). Se puede mover hacia arriba o abajo mediante el correspondiente mando (12). Para observaciones con objetivos de gran aumento se requiere que el condensador esté cerca de la platina, concentrando la luz sobre la pequeña porción de la muestra que está siendo magnificada. Sin embargo, trabajando con objetivos de poco aumento es aconsejable retirar el condensador por poder obtener una iluminación en todo el campo observado.

Las dos lentes sin corrección y el diafragma de iris (13) —que regula la cantidad de luz que entra en el condensador y se controla mediante una palanca lateral (14)—, nos permite controlar la brillantez, contraste, profundidad de campo, e iluminación uniforme de la preparación.

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Detalle del condensador Abbe
Detalle del condensador Abbe.

Fuente de luz: El microscopio está dotado con una lámpara halógena de 20W (11). Estas lámparas son radiadores térmicos que emiten una luz continua en un espectro comprendido entre los 300 y los 1200 nm. Este tipo de lámparas permite un control de la intensidad de la luz con una rueda (15) situada en el pie del microscopio. En nuestro caso empleamos la iluminación Köhler, que ilumina la preparación con un campo uniforme de luz del mismo diámetro que el área de captura del objetivo. La utilización adecuada de esta fuente de luz junto con el condensador y el diafragma la analizaremos en próximas anotaciones.

Mecanismo de enfoque: El enfoque se consigue desplazando en sentido vertical, o bien la platina donde se coloca la preparación, o bien el revólver donde están colocados los objetivos. En nuestro caso se desplaza la platina mediante dos mecanismos, uno rápido (de enfoque grueso o aproximado) por medio del tornillo macrométrico (16), y otro lento (de mayor precisión) gracias al tornillo micrométrico (17). El enfoque macrométrico se utiliza con los objetivos de poco aumento, y también para bajar la platina cuando queremos colocar o retirar la preparación.

Por contra, el tornillo micrométrico posee una graduación tal que cada división de la rosca permite un movimiento vertical casi imperceptible en el orden de 0,001 mm. Además de obtener una imagen nítida, nos permite evaluar de manera aproximada el espesor de los objetos, contando el número de vueltas que damos al tornillo desde que enfocamos la parte más superficial del espécimen, hasta la más profunda.

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Si queréis conocer más detalles de la historia de este instrumento esencial para la investigación científica os recomiendo los siguientes artículos de la serie Apparatus escrita por César Tomé en el Cuaderno de Cultura Científica:

La homeopatía no funciona

La homeopatía no funciona. ¿De verdad? Que estemos en pleno siglo veintiuno y que aún tengamos que ir repitiendo que la homeopatía es un engaño día sí, día también, parece una broma pesada. Hace días que internet hierve debido a una serie de comentarios y noticias publicadas en varias páginas web —incluso periódicos— que se hacen eco de un estudio de revisión publicado el año pasado sobre la homeopatía y que vamos a analizar a continuación. Como digo, el informe en cuestión se conoce desde hace casi un año, pero ahora vuelve a la palestra por diversos motivos.

El pasado 16 de febrero, Paul Glasziou, profesor en la facultad de medicina y ciencias de la salud de la Universidad de Bond (Australia), publicó una anotación en el blog del British Medical Journal donde se desahogaba ante una nueva campaña de recogida de fondos del Consejo Internacional para la Homeopatía. Esta “organización” busca fondos no para realizar estudios, investigaciones o ensayos que traten de demostrar la eficacia de sus productos, sino para atacar el informe antedicho. Glasziou fue el presidente del grupo de trabajo a quien el Consejo Nacional de Salud e Investigación Médica de Australia (NHMRC por sus siglas en inglés) encargó la tarea de revisar las conclusiones de 176 ensayos sobre la homeopatía para comprobar si los tratamientos eran efectivos.

Tratamientos electro-homeopáticos del Conde Cesare Mattei, Bolonia, Italia, 1873. Wellcome Images. CC
Tratamientos electro-homeopáticos del Conde Cesare Mattei, Bolonia, Italia, 1873. Wellcome Images. CC

Lo que hizo el panel de expertos del NHMRC fue revisar la evidencia científica sobre la eficacia de la homeopatía en el tratamiento de una variedad de cuadros clínicos con el objetivo de proporcionar a los australianos una información fiable sobre su uso. Los trabajos consistieron en:

  • Una revisión sistemática de la evidencia de los estudios sistemáticos disponibles sobre la eficacia de la homeopatía en el tratamiento de una variedad de enfermedades en los seres humanos.
  • Elaboración de un informe sobre las pruebas presentadas al NHMRC antes del comienzo de la revisión.
  • Elaboración de un informe sobre las pruebas presentadas al NHMRC durante el periodo de consulta pública sobre el borrador del informe; y
  • La toma en consideración de las directrices publicadas y otros informes del gobierno.

Entre las directrices de trabajo se definió que un tratamiento se considera eficaz cuando da lugar a una mejoría en la salud que no se puede explicar por el efecto placebo, al tiempo que esas mejoras deben ser significativas para el estado general de salud de la persona. Además, tiene que haber pruebas de que esas mejoras en la salud de quienes siguen el tratamiento no se deben al azar. Por último, el resultado se debe comprobar en varios estudios, no en casos aislados.

Las pruebas sobre la eficacia de la homeopatía se obtuvieron identificando en primer lugar las revisiones sistemáticas que habían evaluado la eficacia de la homeopatía en el tratamiento de diferentes enfermedades en los seres humanos. Se localizaron 57 revisiones sistemáticas de este tipo que hacían referencia a 176 estudios individuales. Sólo se tuvieron en cuenta los estudios en los que se comparaban los efectos en un grupo que había recibido tratamiento homeopático frente a otro grupo que no lo había recibido (el llamado grupo de control).

Aparte de esta información, se aceptaron para su análisis los datos aportados por grupos con intereses en la homeopatía (laboratorios, asociaciones y otros grupos de presión), así como del público en general. Esta información se obtuvo antes del análisis de las revisiones sistemáticas y durante la elaboración del borrador del informe definitivo.

Las conclusiones del estudio son contundentes. No existen pruebas fiables en la investigación en seres humanos de que la homeopatía sea eficaz para el tratamiento de la gama de enfermedades consideradas. Entre los principales problemas detectados al analizar las investigaciones se destaca que gran parte de los estudios analizados no son de buena calidad y están mal diseñados (por ejemplo, el número de participantes es insuficiente para obtener resultados significativos).

Para algunas enfermedades, los estudios indicaron que la homeopatía no era más eficaz que el placebo. Sin embargo, para otras, había estudios de baja calidad que concluyeron que la homeopatía era más eficaz que el placebo, o tan eficaz como otro tratamiento. Sin embargo, debido precisamente a sus limitaciones, esos estudios no eran fiables para llegar a conclusiones acerca de la eficacia real de la homeopatía. Para las restantes enfermedades analizadas simplemente no era posible llegar a ninguna conclusión porque no había suficientes pruebas.

Glasziou reconoce que comenzó el proceso de revisión con una mentalidad abierta, una actitud de duda y curiosidad acerca de si realmente podían funcionar estos productos. Como él mismo sostiene, «¿quién habría creído hace no demasiado tiempo que las bacterias pudieran causar úlceras, o que las vacunas contra el cáncer se convertirían en una rutina?» Sin embargo, al final perdió el interés tras analizar las 57 revisiones sistemáticas (referidas a 68 enfermedades) y no encontrar convincentes efectos perceptibles más allá del placebo.

Lo más grave de todo esto es que las organizaciones que promueven/defienden la homeopatía las publicitan como útiles para tratar enfermedades infecciosas —como el SIDA o la malaria— en lugares de África donde constituyen un auténtico problema nacional. Teniendo en cuenta los tratamientos actuales que sí son efectivos frente a estas enfermedades, este comportamiento no sólo es condenable éticamente, sino que debería ser perseguido legal y judicialmente. Como afirma la declaración final del NHMRC: «Las personas que eligen la homeopatía pueden poner en riesgo su salud si rechazan o retrasan los tratamientos sobre los que existe una buena evidencia de seguridad y eficacia».

Dos médicos luchan sobre el método a utilizar en un paciente; dramatiza el conflicto entre la alopatía y la homeopatía. Grabado en madera coloreado. Wellcome Images. CC
Dos médicos luchan sobre el método a utilizar en un paciente; dramatiza el conflicto entre la alopatía y la homeopatía. Grabado en madera coloreado. Wellcome Images. CC

Edzard Ernst, profesor emérito de la Universidad de Exeter, también se ha aportado su punto de vista en relación con esta publicación. Un periodista del diario The Independent le pidió que le mandara un breve artículo (unas 500 palabras) sobre el informe australiano, cosa que hizo gustoso. Su sorpresa vino cuando editaron sus palabras y cambiaron el sentido de sus conclusiones. Como no había cobrado nada por escribir este artículo decidió publicar el original en su propia página web.

Afirma que la conclusión de que los remedios homeopáticos altamente diluidos son placebos puros es algo que ya se apreció en la época en que Hahnemann propuso sus teorías inverosímiles: que lo semejante cura lo semejante, y que diluir un remedio no lo hace débil sino más fuerte.

Los homeópatas han defendido durante los últimos 200 años que la ciencia aún no ha sido capaz de explicar cómo funciona la homeopatía. Insisten en que no se sabe si algo es bueno hasta que se prueba. Es decir, «si los pacientes se benefician de la homeopatía, significa que funciona independientemente de lo que diga la ciencia». En realidad, los pacientes se benefician del efecto placebo y de otros fenómenos que no están relacionados con las pastillas de azúcar que “recetan” los homeópatas. De hecho, para transmitir estos beneficios a sus pacientes, los médicos no necesitan placebos.

Por este motivo, Ernst sostiene que la pretensión de que hay un espacio para un debate legítimo acerca de la efectividad de la homeopatía es simplemente engañar a la gente. Después de investigar el tema durante más de dos décadas, está convencido de que el único lugar legítimo para la homeopatía está en los libros de historia. Y así debe ser.

Referencias

Pseudoarqueología no, falsa arqueología (y II)

Esta anotación es la segunda y última parte de la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

Los constructores de montículos

Bajo el apelativo de cultura de los montículos o constructores de montículos (Mound builders en inglés) se engloban una serie de grupos étnicos, habitantes prehistóricos de América del Norte, que se caracterizaron por levantar enormes estructuras artificiales de tierra, con formas, tamaños y fines muy diversos (podemos destacar el uso ceremonial, residencial o de enterramiento). En ellos se han hallado gran cantidad de objetos ornamentales, herramientas y restos humanos.

Durante los siglos XVIII y XIX, al tiempo que se producía la expansión de la frontera de los Estados Unidos hacia la costa del océano Pacífico, los colonos se fueron topando con una cantidad cada vez mayor de estas estructuras, dando pie a numerosas teorías acerca de quienes habitaron esos lugares y cómo podían haber levantado esas impresionantes construcciones. Sin embargo, en algo se pusieron de acuerdo casi de inmediato: no podían ser obra de los nativos americanos —a pesar de que llevaban viviendo en aquellas tierras mucho tiempo antes de que ningún europeo soñara siquiera con llegar hasta allí—.

Una vez descartada la posibilidad de que los nativos americanos fueran capaces de levantar esas estructuras y mantener unos asentamientos tan grandes, surgió la cuestión de encontrar a los posibles responsables. Las propuestas fueron tan variadas como sorprendentes: Benjamin Smith Barton propuso que habían sido los vikingos; otros hablaron de los egipcios, israelitas, griegos, chinos, polinesios, fenicios o incluso los belgas. La lista se hace interminable y no mencionan los sumerios por desconocer siquiera su existencia. Por supuesto, en fechas más recientes, no han faltado quienes han atribuido estos trabajos a los mismísimos atlantes, los incas o los mayas.

Quien ha sido considerado como el primer arqueólogo de América, Thomas Jefferson, también se interesó por los constructores de montículos al encontrar varios vestigios de esa cultura en sus tierras de Virginia. Realizó cuidadosas excavaciones donde desenterró varios restos humanos aunque no obtuvo ninguna conclusión clara acerca de sus autores.

El interés por descifrar el misterio de la cultura de los montículos fue en aumento a medida que pasaba el tiempo sin obtener una respuesta concluyente. Así, el recientemente creado Instituto Smithsoniano destinó gran parte de sus fondos a tratar de resolver este enigma. Fruto de este esfuerzo fue la primera publicación de la institución: Ancients monuments of the Mississippi Valley.

Este trabajo, la primera investigación seria sobre el tema, fue realizado por Ephraim G. Squier (un ingeniero civil) y Edwin Davis (médico y arqueólogo). Los dos investigadores analizaron más de doscientos yacimientos, llevaron a cabo excavaciones en muchos de ellos y levantaron los primeros mapas detallados y dibujos de los artefactos que encontraron: cerámicas, adornos y herramientas de metal, objetos de hueso y piedra, esculturas etc. Se dedicaron a su tarea desechando todos los prejuicios y teorías existentes a pesar de lo cual mantuvieron que la calidad de las obras de arte halladas en los montículos estaba muy lejos de cualquier cosa producida por los nativos americanos. Concluyeron que había una conexión, más o menos profunda, entre los constructores de los montículos y las antiguas civilizaciones de México, América central y Perú. Por lo tanto, serían obra de un grupo diferente de los nativos americanos, y culturalmente superior.

A la labor del Instituto Smithsoniano se unió la Oficina de Etnología Americana que destinó la quinta parte de todo su presupuesto (5.000 $) a resolver el misterio. En 1882, el entomólogo Cyrus Thomas fue nombrado director de la División de exploración de montículos e inició el que sería el mayor y más extenso estudio sobre la cuestión. Su enfoque partió de la base de obtener la mayor cantidad de información posible antes de formular ninguna hipótesis acerca de la función de los montículos, su antigüedad, orígenes y constructores. Para ello, él y su equipo investigaron durante más de dos años alrededor de 2000 yacimientos en un total de 21 Estados, y lograron reunir más de 40.000 artefactos, que más tarde pasaron a formar parte de la colección del Instituto Smithsoniano.

Vamos a analizar el argumentario que se empleó en contra de la idea de que los nativos americanos fueran los constructores de los montículos y que podemos resumir en cinco puntos:

Los nativos americanos eran demasiado primitivos como para haber realizado los finos trabajos en piedra, metal y arcilla que se habían encontrado en los montículos y sus alrededores.

J. W. Foster, a la sazón presidente de la Academia de las Ciencias de Chicago, afirmaba en 1873:

Su carácter [del indio], desde que se conoce por el hombre blanco, se ha caracterizado por la traición y la crueldad. Rechaza todos los esfuerzos por elevarle de su posición rebajada: y pese a que no tiene la naturaleza moral para adoptar las virtudes de la civilización, sus instintos brutales le llevan a acoger sus vicios. Nunca se ha sabido que se haya involucrado voluntariamente en una empresa que requiriera un trabajo metódico; habita en viviendas temporales y portátiles; sigue a la caza en sus migraciones; impone una vida monótona a su esposa; no presta atención al futuro. Suponer que esa raza construyó las fuertes líneas de circunvalación y los montículos simétricos que coronan muchos de los terraplenes de nuestros ríos, es tan absurdo, casi, como suponer que construyeron las pirámides de Egipto.

¿Es excesivo definir estos comentarios como racistas? Desde luego, carecen del más mínimo rigor intelectual y no digamos ya científico.

Tanto los montículos como los artefactos asociados a los yacimientos son mucho más antiguos que los restos más tempranos de la cultura india.

Aunque la estratigrafía ―el análisis de las capas del suelo― no se aplicó a la investigación arqueológica hasta bien entrado el siglo XIX, varios estudiosos emplearon un rudimentario antecedente de este método para determinar la antigüedad de los artefactos. Además, se apoyaron en la dendrocronología aplicada sobre algunos troncos de roble hallados en la cumbre de varios montículos llegando a la conclusión de que éstos se construyeron antes del año 1300 a.e.c.

Las dataciones de los montículos realizadas hasta ese momento se pusieron en tela de juicio aunque en un sentido equivocado: Thomas concluyó que las construcciones se habían erigido tras la llegada de los europeos al Nuevo Mundo.

Hoy en día sabemos que no hubo una única cultura de los montículos, sino que fueron varios pueblos los que levantaban estas enormes estructuras. La evidencia más antigua de esta tradición la encontramos en el yacimiento de Watson Brake en Luisiana (ver este artículo), con una datación comprobada que oscila entre hace 5400 y 5000 años. Este dato nos demuestra que la construcción de montículos tiene una larga historia en Norte América.

Se han encontrado piedras talladas con inscripciones en alfabetos europeos, asiáticos o africanos. Dado que los nativos americanos no poseían ningún tipo de alfabeto ni escritura antes de la llegada de los colonizadores, ésta constituyó una de las pruebas más sólidas contra la posibilidad de que ellos fueran los responsables de levantar esas estructuras.

El ejemplo más citado de estas piedras es el de las llamadas “piedras sagradas de Newark”. En 1860, David Wyrick, un arqueólogo aficionado, afirmó haber encontrado en unos montículos de Ohio una piedra pulida parecida a una plomada con una serie de letras hebreas talladas en la superficie. La llamó “Piedra angular” (Keystone) y rápidamente avivó la idea de que los constructores de los montículos pertenecían a una de las tribus perdidas de Israel.

A pesar de la importancia que se le dio dado al hallazgo, muchos pusieron en duda su autenticidad ya que la escritura hebrea era demasiado moderna teniendo en cuenta la antigüedad que se atribuía al objeto.

Algunos meses después se produjo un nuevo descubrimiento: una tablilla de piedra caliza que también incluía caracteres hebreos aunque esta vez más antiguos. Se la llamó “El Decálogo” (Decalogue) ya que su traducción indicaba que se trataba de una versión de los Diez Mandamientos que Moisés recibió directamente de Dios según las Sagradas Escrituras.

¿Qué oportuno verdad? Cuando se pone en entredicho la autenticidad del primer hallazgo porque los caracteres eran demasiado modernos, aparece una segunda piedra esta vez mejor elaborada. A pesar de que muchos hoy en día siguen manteniendo la autenticidad de estos dos artefactos, lo cierto es que las investigaciones más recientes vienen a demostrar que estas piedras fueron fabricadas y colocadas expresamente para ser descubiertas.

Los nativos americanos ya no construían montículos cuando los colonizadores europeos llegaron a sus tierras. Cuando se les preguntaba acerca de quién los había construido o cuál era su uso, desconocían todo acerca de ellos.

Si ellos eran los constructores, ¿por qué no continuaron sus trabajos a pesar de la llegada de los europeos? Al menos deberían ser capaces de recordar quienes lo habían hecho. Al contrario, los nativos americanos no sólo no sabían quién las había levantado, sino que insistían en afirmar que habían encontrado las ruinas en el mismo estado en que se ven hoy en día.

En este caso los estudiosos anteriores también estaban equivocados. Los trabajos de Thomas demostraron que ya en los siglos XVI y XVII las crónicas españolas mencionaban la construcción de montículos por parte de los nativos americanos. Garcilaso de la Vega narra cómo construían los montículos de tierra e instalaban sobre ellos los templos y las viviendas de los jefes de la comunidad. Del mismo modo, William Clark, quien comandó junto con Meriwether Lewis la primera expedición terrestre que alcanzó la costa del Pacífico partiendo del este, observó la construcción de estos montículos por los nativos de Misuri.

Una explicación para el declive de muchas de las poblaciones de nativos americanos que mantenían viva esta cultura fue la introducción de la viruela por parte del explorador español Hernando de Soto. Murió una gran parte de los indígenas y sus grandes ciudades fueron abandonadas junto con sus tradiciones ancestrales.

Se han encontrado artefactos de metal (hierro, plata, cobre etc.) y otras aleaciones enterrados en los montículos.

Los nativos americanos conocían métodos rudimentarios de metalurgia y utilizaban el cobre y la plata que encontraban en vetas naturales o en pepitas; pero no las técnicas de fundición necesarias para producir cobre, plata o las aleaciones para obtener bronce.

Las investigaciones de Cyrus Thomas confirmaron que todos los artefactos encontrados en los montículos estaban hechos del llamado cobre nativo, es decir, el cobre hallado en vetas naturales. Es cierto en cualquier caso que estos minerales fueron objeto de un comercio intensivo ya que desde Michigan, la fuente de la mayoría del metal empleado, alcanzaron una amplia distribución.

En conclusión, salvando la fabricación de pruebas falsas como las piedras y tablillas talladas, lo cierto es que la creencia en que una misteriosa raza desaparecida había levantado los montículos y edificado una gran civilización se debió más bien a la ignorancia y la aceptación selectiva e interesada de los datos disponibles.

Sin embargo, estas creencias calaron hondo y sirvieron de excusa perfecta para justificar la persecución, expulsión y matanza de los nativos americanos. Éstos se veían como intrusos, e incluso invasores, que habían destruido la cultura más civilizada de los constructores de montículos. De esta manera, los colonizadores europeos pudieron racionalizar su conducta ya que solo estaban reclamando el territorio que sus antepasados habían poseído antes de la llegada de los “indios”.

Conclusiones

Los científicos —ya hablemos de físicos, astrónomos, biólogos, arqueólogos etc.— realizan su labor bajo cuatro principios bastante sencillos pero esenciales:

  1. Existe un universo real que se puede conocer.
  1. El universo opera de acuerdo a ciertas reglas o leyes entendibles.

En lo que hace referencia a las ciencias históricas, aunque sabemos que las sociedades humanas son sistemas muy complejos, y que las personas no actuamos de acuerdo a unas reglas de comportamiento rígidas, los científicos pueden hacer generalizaciones similares a leyes que predicen con exactitud cómo reaccionan los grupos humanos a los cambios en su entorno y cómo evolucionan sus culturas a través del tiempo.

Lo que hemos aprendido de las sociedades del pasado nos enseña que la evolución de las grandes civilizaciones parece mostrar unos mismos patrones generales. Aunque se han desarrollado en diferentes ambientes físicos y culturales, podemos señalar unos hitos comunes a todas ellas: el nacimiento de la civilización fue precedido por el desarrollo de una economía agrícola y el surgimiento de sociedades estratificadas; existió un crecimiento de la población, así como un aumento de la densidad de la población en determinadas áreas (el surgimiento de ciudades). También encontramos en cada caso la construcción de monumentos, comercio a larga distancia, y desarrollo de métodos para llevar registros de propiedades, bienes, impuestos etc.

  1. Estas leyes son inmutables, lo que significa que, en general, no cambian en función de dónde o cuándo estés.
  1. Por último, podemos conocer y comprender estas leyes por medio de la investigación.

Este último tal vez sea el principio más importante. Sabemos que el universo es, al menos teóricamente, cognoscible. Puede ser complicado, puede llevarnos muchos años entender el fenómeno más sencillo; pero cada intento nos lleva a recopilar más datos y probar, reevaluar y refinar las explicaciones propuestas.

Así, aunque todos podemos tener nuestro punto de vista sobre la historia, sobre la forma en que se desarrollaron las culturas del pasado, debemos tener claro que no todos los puntos de vista son igualmente válidos. Algunos son históricos y otros pseudohistóricos. ¿Cómo distinguirlos?

Para ello debemos acudir al concepto de carga de la prueba (para una comprensión clara de este concepto netamente jurídico, os recomiendo la lectura de esta anotación de César Tomé para el Cuaderno de Cultura Científica).

Este principio supone que quien realiza una afirmación (como la de que existieron astronautas en la prehistoria) debe probarla. Pero esa prueba debe cumplir una serie de premisas como nos explica César Tomé: debe ser comprobable/reproducible por cualquiera siguiendo una metodología conocida, en cualquier momento y que no valen ni textos revelados, ni palabras de una “autoridad”.

De esta forma, tanto si defendemos que la losa de la tumba de Pakal representa a un astronauta, como si postulamos que en realidad simboliza la muerte y resurrección de dicho gobernante, tenemos que aportar pruebas de ello. A pesar de que la arqueología o la historia no pueden emplear el método de experimentación reproducible que se sigue en otras disciplinas, ello no es óbice para la existencia de este tipo de pruebas.

El método de investigación estándar en historia y arqueología se basa en la proposición de hipótesis con apoyo en los datos obtenidos gracias a las excavaciones arqueológicas y al resto de métodos para obtener información del pasado. A continuación, éstas se comprueban con otros datos, se someten a escrutinio y a la reconsideración por otros colegas. La clave por tanto está en la capacidad para verificar esas hipótesis. En cierto sentido, la ciencia histórica se vuelve experimental cuando las predicciones basadas en las observaciones iniciales son verificadas, o rechazadas, por observaciones posteriores.

Ahora bien, los arqueólogos reconocen que en ocasiones sus hipótesis se apoyan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado, y que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista si aparecen nuevos datos que así lo aconsejen.  De ahí que al contrario de lo que afirman los defensores de la pseudoarqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o una doctrina inmutable.  Son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez aparecen nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos, es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición. Este último paso, la aceptación de explicaciones diferentes cuando hay nuevos datos, es algo que los pseudoarqueólogos son incapaces de hacer.

En definitiva, hemos de ser conscientes de que el pensamiento crítico o científico no surgen de manera natural. Son necesarias formación, experiencia y esfuerzo. Es más fácil explicar los hechos con extraterrestres, ovnis, fantasmas y demás, que dedicar mucho tiempo y esfuerzos para comprender todos los aspectos de una cultura ya desaparecida. Por esto ninguno de estos libros profundiza en las culturas que abordan. Son una mera recopilación de hechos aislados, sin un contexto adecuado, que están ahí para sostener un argumento preconstituído. Tenemos que esforzarnos en eliminar nuestra necesidad de certezas y control absolutos y nuestra tendencia a buscar la solución más sencilla y cómoda a cualquier problema. De vez en cuando la solución puede ser sencilla, pero la mayor parte de las veces no lo es.

Como hemos señalado, hay muchísima gente interesada en conocer nuestro pasado pero que acaba completamente desinformada sobre el tema. Creo que parte del problema reside en que los arqueólogos profesionales dedican la mayor parte de su tiempo a escribir y discutir entre ellos acerca de sus descubrimientos (algo imprescindible), descuidando una parte esencial de su labor como es la de comunicar sus hallazgos a la sociedad en un lenguaje claro. Deben divulgar más y mejor. En caso contrario, la gente buscará información por otras vías (internet, libros pseudohistóricos etc.) cuya principal función no es enseñar, sino ganar dinero.

Concluyendo, si a esto lo llamamos pseudoarqueología le estamos dando un estatus que no merece, una justificación de sus afirmaciones. Es como si dentro de la arqueología racional hubiera una frontera más o menos difusa donde podrían tener cabida estos argumentos. Es decir, como si formaran parte del conocimiento racional pero alejados del centro, de una visión arcaica y obsoleta de la historia. Esto es un error.

Llamemos a las cosas por su nombre, esto no es pseudoarqueología, es falsa arqueología.

 

Referencias

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Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

Esta anotación es la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

¿Qué es la arqueología?

Aunque pueda parecernos raro, si preguntamos a un buen número personas qué hace un arqueólogo, todavía hay muchos que responden —casi sin dudar— con el ejemplo de Indiana Jones: un arqueólogo es un aventurero que busca templos ocultos en la selva y desentierra objetos de valor para exponerlos en un museo. Y aunque lo cierto es que Indiana Jones no era más que un caza tesoros, no hace mucho tiempo los arqueólogos actuaban exactamente de esa forma: el destino de gran parte de sus recursos y, por tanto, la dirección de sus investigaciones, estaban determinados por la demanda de los museos que necesitaban objetos para realizar exposiciones que atrajesen el interés del público.

Sin embargo, la arqueología moderna no tiene como objetivo desenterrar objetos para que acaben expuestos en una vitrina. Intenta reconstruir del modo más completo posible el comportamiento del hombre, las bases de su economía y su vida individual y social. De esta forma, la arqueología podría definirse como el método que estudia las diferentes culturas del pasado y su evolución mediante el análisis de los vestigios materiales que han dejado tras de sí.

Por este motivo se ha llegado a comparar la arqueología con el trabajo de un detective: trata de reconstruir las actividades de nuestros antepasados a partir de las huellas que dejaron, restos que tenemos que ser capaces de encontrar y analizar.

La mayoría de las evidencias que encontramos en los yacimientos son de tipo circunstancial, es decir, se trata de rastros incompletos y en demasiadas ocasiones, muy fragmentarios. Pero recurriendo a las ciencias naturales podemos obtener una información mucho más completa. Es decir, lo que el arqueólogo pueda aprender sobre el pasado dependerá en gran medida de la forma en que utilice los recursos que ponen a su disposición otras disciplinas científicas (como, por ejemplo, los análisis de ADN antiguo, estudios químicos de los suelos, polen y restos de fauna y flora etc.).

En definitiva, los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para lograr sus objetivos, la arqueología cuenta un método que comienza con el planteamiento teórico de la prospección y el proceso de excavación del yacimiento, y continúa con el estudio de los materiales encontrados, su seriación y caracterización cronológica. Esta información permite avanzar una hipótesis de trabajo sobre la época a la que pertenecen, su función etc.

  1. Trabajo de campo. La prospección es el conjunto de trabajos previos que se llevan a cabo en el campo y en el propio laboratorio con la finalidad de encontrar el mayor número de yacimientos. Se trata de conocer el terreno (tanto en términos geográficos como geológicos) por medio del estudio de la cartografía, la fotografía aérea o imágenes vía satélite. Como resulta enormemente costoso hacer prospecciones en un área de investigación extensa, es habitual realizar muestreos en zonas más concretas con el uso de sistemas como el georradar, o los métodos magnéticos, que aprovechan la presencia de partículas férricas en la composición de los diferentes suelos y las alteraciones que han podido sufrir por la alteración humana (especialmente indicado para detectar estructuras de hornos). A partir de esa información se puede tomar la decisión de excavar en el yacimiento que sea más prometedor. En segundo término, la excavación del yacimiento permite conocer las actividades humanas en un periodo determinado del pasado y conocer los cambios experimentados en ese lugar de una época a otra. Para poder analizar y comprender un yacimiento es necesario tener en cuenta la estratigrafía, que no es más que la sucesión de capas u ocupaciones que constituyen una secuencia y que se acumulan a lo largo del tiempo. Destacaremos dos leyes que rigen su funcionamiento. La ley de superposición implica que el sedimento que se depositó hace más tiempo estará en la parte inferior de la secuencia estratigráfica, mientras que el más moderno estará encima de éste (en términos generales, cuanto más profundo excavamos, más lejos en el tiempo llegamos). Por otro lado, y como complemento de la anterior, la ley de horizontalidad original se refiere a que, en condiciones perfectas, los sedimentos se depositan de manera horizontal.
  2. Trabajo de laboratorio. Una vez obtenidos los materiales hay que analizar todas las muestras obtenidas en el yacimiento. Estos trabajos permiten conocer el medio ambiente en el momento de ocupación del yacimiento (gracias al estudio de la microfauna, pólenes, composición del sedimento, carbones, semillas, etc.), las estrategias de caza, los esquemas de obtención de herramientas, así como la identificación de restos humanos.
  3. Trabajo de gabinete. Una vez estudiados y clasificados los materiales, procede la interpretación de los datos obtenidos y su puesta en contexto con los conocimientos previos de la disciplina. De esta forma, el resultado de los estudios de los especialistas en cada materia se verá reflejado en artículos en revistas científicas, monografías o trabajos de divulgación.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a las interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados. Estas interpretaciones emplean los datos arqueológicos fuera de contexto, se utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo o, directamente, presentan datos falsos o falsifican pruebas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión. documentales etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico a pesar de que sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  Disfrazan sus afirmaciones de científicas para gozar de la credibilidad que ésta representa.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, o que nuestros antepasados no pudieron construir sin ayuda las pirámides de Egipto o de Mesoamérica. Sin embargo, la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito.  También debemos reconocer que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como comprobamos con su utilización por el partido nazi en la Alemania de comienzos del siglo XX.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no constituye un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado.  Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.

Debemos hacer un esfuerzo mayor para rechazar sus falsedades. A continuación abordaremos esta tarea con tres ejemplos concretos.

La tumba del rey Pakal.

En 1948, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier realizó un importante descubrimiento en el interior de una pirámide escalonada de casi veintitrés metros de altura en el yacimiento de Palenque ¾conocida como el Templo de las Inscripciones, el edifico ceremonial-funerario más grande del periodo clásico-tardío: halló unas escaleras ocultas que descendían bajo el nivel del suelo. Tras casi cuatro años de duros esfuerzos para limpiar los veinticinco metros de relleno de mampostería con que se había obstruido el paso de forma intencionada, en 1952 accedió a una antecámara funeraria donde se habían inhumado seis personas, aparentemente sacrificados en honor del gobernante. En la habitación contigua estaba la tumba de Pakal, señor de B´aakal, en cuyo interior encontró su cuerpo con una máscara y diversos objetos funerarios de jade.

A pesar del excepcional hallazgo, y su importancia para comprender mejor la historia del pueblo maya y la región, lo que generó más expectación en los círculos pseudoarqueológicos fue la losa rectangular de 3,8 metros que cubría el sarcófago. En lo que supone un maravilloso trabajo artístico, presenta motivos esculpidos en bajorrelieve y una larga inscripción alrededor del borde. Muchos interpretaron esta losa como la representación de un astronauta de la antigüedad.

Todo surgió cuando dos “investigadores” (Millou y Tarade) publicaron en 1966 un artículo en la revista Clypeus de Turín titulado L’enigma di Palenque (El enigma de Palenque) donde hacen esta descripción:

«El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto, lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato. Sus dos manos manipulan unos resortes. La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los coches Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico.

La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios solar. La palabra “energía” sería más apropiada que la de “dios”, ya que en la descomposición de la luz mediante un prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de un papagayo.

En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos diez acumuladores, y también son visibles más condensadores de energía. El motor se halla en cuatro compartimientos en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego».

A pesar de la imaginación que derrochan esos “investigadores”, la escena que vemos recoge en realidad el instante de la muerte de Pakal y su caída al inframundo. Es decir, vemos simbolizada —según las creencias mayas— su muerte y resurrección.

En los mitos recogidos en la época colonial, la imagen del cosmos de los mayas se presenta como una estructura de tres niveles: el cielo; la tierra, vista como una plancha plana cuadrangular; y por último, el inframundo (con nueve niveles). Según la mitología maya, el acceso de los difuntos al inframundo obligaba recorrer los nueve escalones desde el nivel terrestre, por eso la entrada a la tumba está en el suelo del Templo, que corresponde simbólicamente a la superficie de la tierra.

Pakal aparece en el centro de la losa como símbolo del nivel terrestre; sobre él vemos una cruz formada por una serpiente bicéfala (la barra horizontal), y otra cabeza de serpiente remata el eje vertical. Esta cruz es una representación del árbol de la creación que en la mitología maya se encuentra en el centro del mundo. Debajo de éste, en la parte inferior de la losa, vemos las fauces abiertas del inframundo. El esqueleto de dos dragones, unidos por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de U que representa la entrada al mundo de los muertos.

Y es ahí donde arranca el Árbol del Mundo, centro del Universo. El Pájaro Serpiente, símbolo del reino celeste, está posado sobre la copa del árbol. El Pájaro Serpiente, en este y otros relieves de Palenque, se acompaña de glifos y mascarones solares lo que refuerza la interpretación de que se trata del Sol en el cenit.

Entre las mejores representaciones del Árbol del Mundo están las que encontramos precisamente en Palenque. Formado por serpientes bicéfalas, aparece en las lápidas de los Templos de las Inscripciones y de la Cruz; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se le representa como una planta de maíz. Todas estas cruces presentan al Pájaro Serpiente posado en lo alto; mientras que en la parte inferior vemos los símbolos de la noche, la tierra y el inframundo. Para reforzar la idea de que este pájaro representa el Sol, vemos que en el tablero del Templo de la Cruz y en la lápida del Templo de las Inscripciones, el Pájaro Serpiente tiene a los lados escudos del dios solar; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se posa sobre un mascarón solar que se ubica en la parte superior de la cruz.

En la losa de Pakal, los extremos de las ramas terminan en cabezas de serpiente xiuhcóatl (un animal que simboliza la renovación del fuego y del tiempo); y el tronco tiene sus raíces en una cabeza monstruosa, de mandíbulas descarnadas, símbolo de la Tierra devoradora y engendradora de la Vida. Éste monstruo aparece en un estado de transición entre la vida y la muerte: es esquelético de la boca para abajo, pero sus ojos tienen las pupilas dilatadas de los seres vivos.

Pakal parece tambalearse en una postura incómoda, lo que remarca que también él está en transición de la vida a la muerte: lo vemos con las rodillas flexionadas, las manos relajadas y el rostro sereno, no cae aterrado porque espera vencer a la muerte. El hueso de su nariz significa que incluso en la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento.

Lo que esta losa viene a decir es que Pakal fue dios durante su vida, y también es dios al caer en la muerte.

En su libro, Tomas recopila decenas de ejemplos “misteriosos”, sacados de contexto y aportando datos equivocados, para ofrecer un hilo conductor que sirva de apoyo a su visión de nuestro pasado. En este caso concreto, se presenta la iconografía de la losa de la tumba como única y especial, como una señal unívoca de que los mayas querían representar a un astronauta de la antigüedad. Sin embargo, no menciona los datos y pruebas que han ido recopilado arqueólogos, paleógrafos etc. que contradicen esa visión.

Así, basta que nos desplacemos unas decenas de metros desde el Templo de las Inscripciones para encontrar otros paneles que idéntica simbología en los Templos de la Cruz y de la Cruz Foliada.

El 12º planeta

Zecharia Sitchin fue un escritor de origen ruso que nació en 1922. Deberíamos añadir que fue un escritor de éxito que logró vender millones de ejemplares (sus libros fueron traducidos a más de 25 idiomas). Todos ellos tienen un denominador común: nos habla de los orígenes de la humanidad y sostiene que seres extraterrestres han intervenido en la historia de la Tierra. Según afirma, la primera civilización histórica —la sumeria— fue creada por los Anunnaki, una raza de extraterrestres que provenían de un planeta llamado Nibiru, de ahí el título de su primer libro publicado en 1976. Sitchin se apoya en la rica mitología mesopotámica para defender la existencia de un planeta desconocido para la ciencia de donde provienen los Anunnaki (que relaciona con los Nefilim citados en el Antiguo Testamento).

En síntesis, sus argumentos son los siguientes:

  • El origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otro lugar (lo que hoy en día conocemos como la teoría de la panspermia dirigida).
  • El ser humano moderno, Homo sapiens, es un extraño en la Tierra. Pone en tela de juicio las afirmaciones de la paleoantropología “oficial” al afirmar que la aparición de Homo sapiens fue súbita e inexplicable. El desarrollo de sus herramientas, su capacidad de hablar, y otros rasgos modernos no tienen conexión con los primates anteriores, ni puede explicarse con el lento proceso evolutivo (se apoya en una cita de Theodosius Dobzhansky ―y su obra Mankind evolving― según la cual «el hombre moderno tiene muchos parientes fósiles colaterales, pero no tiene progenitores; de este modo, la aparición del Homo sapiens se convierte en un enigma»). La respuesta que ofrece Sitchin es que, como afirma el Antiguo Testamento y otras fuentes antiguas, fuimos creados por los dioses.
  • En relación con lo anterior, dado el escaso tiempo transcurrido desde su aparición, el hombre debería estar incivilizado: «al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su “industria de la herramienta”; sin embargo, desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, […] y menos de 50.000 años después del Hombre de Neanderthal [sic], hemos llevado astronautas a la luna».
  • Refiere que a pesar de que nuestros estudiosos no pueden explicar la aparición de Homo sapiens, al menos no hay duda “por ahora” de que la civilización surgió en Oriente Próximo.
  • Sitúa el origen de la agricultura en Oriente Próximo desde donde se extendió al resto del mundo. El hombre comenzó cultivando y “domesticando” el trigo y la cebada, para luego aparecer en “rápida sucesión” el mijo, el centeno y la escanda; el lino que proporcionaba fibras y aceite comestible; y una amplia variedad de arbustos y árboles frutales: «era como si en Oriente Próximo hubiera existido una especie de laboratorio botánico genético, dirigido por una mano invisible, que producía de vez en cuando una planta domesticada» Siguiendo este argumento, identifica el “Edén” bíblico como este lugar, como el lugar del origen de la vid.
  • Tras la domesticación de plantas y animales, y el origen del culto a los muertos, que comienza en los alrededores del 11000 a.C., tuvo lugar la aparición de la cerámica en las tierras altas de Oriente Próximo en un lapso de no más de 3.600 años ―esta cifra temporal es importante como veremos más adelante― «el descubrimiento de los múltiples usos que se le podía dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles»
  • Tras esto, el progreso se ralentizó y se produjo una regresión hacia el 4500 a.C., aunque después, «súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable».

Estos seres vinieron a la Tierra para obtener recursos minerales, fundamentalmente oro. Los Anunnaki decidieron crear unos “esclavos” para que hicieran el trabajo duro: nosotros. Mediante ingeniería genética, emplearon sus propios genes para modificar el ADN de Homo erectus y así crear una raza lo suficientemente inteligente como para ser capaz de seguir sus órdenes y hacer el trabajo que se le exigía.

En definitiva, argumenta que el resultado de su “investigación” contaba con el respaldo de los textos bíblicos, y que éstos tienen su origen en los textos sumerios. De hecho, se jacta de haber traducido directamente el lenguaje sumerio, confirmando de esta forma que dicha lengua refleja la realidad de sus afirmaciones.

Hoy en día conocemos bien la civilización mesopotámica aunque sólo podamos conocer su historia, en el sentido propio de esta palabra, desde aproximadamente unos 3.000 años antes de la era común. Es decir, somos capaces de conocer su historia desde el momento en que se desarrolló por primera vez un sistema de signos apto para materializar y fijar el pensamiento y la palabra: las lenguas sumeria y acadia.

Los arqueólogos llevan décadas trabajando en los desiertos de lo que actualmente son Irak, Irán, Siria y Líbano, donde han desenterrado alrededor de medio millón de tablillas escritas con signos cuneiformes (nombre que recibe la escritura con forma de cuña empleada en Mesopotamia). Aunque puede parecer que esta información es considerable, en realidad es bastante escasa en comparación con toda la que se debió producir a lo largo de los miles de años que pervivió esa civilización, y ello sin contar todos aquellos datos que no se llegaron a poner por escrito ni los que han desaparecido para siempre en las arenas del tiempo y el desierto. Además debemos tener presente que en Mesopotamia, tanto en la ciencia como en la jurisprudencia, la adivinación o la medicina, no existía más escritura y más literatura que la profesional: sólo los profesionales escribían y leían. De ahí que estos textos circulasen únicamente entre ellos.

Tantos años de estudio han permitido una comprensión bastante completa de la lengua y de la forma de pensar de los antiguos mesopotámicos. Sin embargo, en la época en la que Sitchin escribió su libro, los estudiosos que investigaban la civilización que surgió entre dos ríos formaban un grupo reducido que publicaban sus hallazgos en sesudas revistas especializadas. El desconocimiento de esta cultura entre el público era total.

Y eso lo aprovechó convenientemente nuestro protagonista para dar a su versión de los hechos una apariencia de verdad.

En uno de los capítulos más curiosos de su libro —Los Nefilim: el pueblo de los cohetes ígneos— Sitchin sostiene que los escribas sumerios reflejaron en su escritura un hecho real: existían unos astronautas que surcaban los cielos en naves propulsadas por cohetes.

Para apoyar su argumentación utiliza como ejemplo la palabra DIN.GIR que analiza descomponiéndola en dos. Según afirma, GIR es un término utilizado para describir un objeto de bordes afilados (describe el pictograma como un cohete de dos fases con aletas); mientras que DIN lo traduce como “justo”, “puro”, “brillante”. Por lo tanto, cuando unimos las dos palabras para formar DIN.GIR —una palabra que existe efectivamente y que se traduce como “dioses” o “seres divinos”—, Sitchin defiende que transmitía una idea más profunda: los dioses eran “los justos de los objetos en punta brillantes” o, de forma más explícita, “los puros de los cohetes ardientes”.

Sin embargo la realidad es bien distinta.

Gracias a la labor de los arqueólogos (rescatando las tablillas de barro del desierto) así como a los estudiosos de las lenguas muertas, tenemos un conocimiento bastante completo de las lenguas sumeria y acadia. Además, contamos con muchos diccionarios de lengua sumeria que permiten comprender el significado de los términos —diccionarios que también estaban disponibles cuando Sitchin escribió su libro—. Si tomamos cualquiera de ellos vemos que, efectivamente, existe la palabra GIR y podemos traducirla como “cuchillo” o “espada” (podemos decir que Sitchin acierta porque un cuchillo o una espada encajan perfectamente con su traducción de “objeto de bordes afilados”). La palabra DIN también existe, pero se traduce al castellano como “vida”, “salud”, “vigor”.

Analicemos ahora la forma de los pictogramas. Si seguimos el planteamiento de Sitchin, al unir los pictogramas de las palabras DIN y GIR vemos esto:

¿Se parece a la imagen que ilustra el libro? Hombre, un aire se dan, pero hay un pequeño problema: en este orden, los pictogramas sumerios se leerían GIR.DIN. Si los ponemos en el orden “correcto”, desparece el efecto que buscaba nuestro autor.

Y si utilizamos el signo adecuado para la palabra DIN.GIR vemos claramente que ésta se representa por un pictograma concreto que no es la unión de los dos anteriores.

En definitiva, el 12º Planeta es una colección de textos mal traducidos elegidos únicamente para sostener la argumentación que expone en la obra (de esta forma, lo que en un lugar traduce de una forma, no tiene encaje cuando se traslada a otros textos). Y todo ello con un problema de fondo que el autor no puede (o quiere) solventar: toma de forma literal los mitos sumerios.

Dado el éxito que tuvieron sus textos y las “llamativas” afirmaciones que se hacían en nombre de la ciencia, la comunidad académica no se limitó a ignorar sus afirmaciones. Muy al contrario, podemos encontrar muchas reseñas de sus libros hechas por historiadores, arqueólogos y antropólogos que critican las afirmaciones de Sitchin, haciendo hincapié en su falta de rigor a la hora de traducir e interpretar los textos que cita.

Por su parte, Sitchin se limitaba a contestar que los académicos se negaban a ver la realidad por sus prejuicios y su afán de “quedar por encima” de quien veían como un simple aficionado. Sin embargo, nunca dio una explicación clara y concreta a las evidentes contradicciones y falsedades que se pusieron sobre la mesa.

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