Estimulación cerebral profunda, una mejora de los síntomas de la enfermedad de Parkinson

Hace unos días leí a través del portal Divulgame.org una noticia que podría pasar desapercibida como un avance más en el tratamiento de la enfermedad de Parkinson si no llega a ser por el coraje de Andrew Johnson, un enfermo diagnosticado en el año 2009.

Les ruego se tomen menos de cinco minutos en ver íntegro el vídeo que el propio Johnson ha colgado en su blog y que ha sido reproducido más de un millón de veces en Youtube:

 

A pesar de lo llamativo de las imágenes, debemos señalar que el caso de Johnson es particular a pesar de no ser la única persona con esta enfermedad que ha obtenido unos resultados tan notables. Johnson se sometió a una intervención quirúrgica para la implantación de un electrodo en el cerebro pero, aunque esta operación se lleva practicando desde hace más de 10 años, los resultados varían en función de cada paciente, algo que es importante tener en cuenta para evitar caer en falsas esperanzas.

La estimulación cerebral profunda (ECP o DBS por las siglas en inglés de deep brain stimulation) es un procedimiento quirúrgico utilizado para tratar algunos síntomas de la enfermedad de Parkinson como el temblor, rigidez, movimiento lento etc. Consiste en la estimulación eléctrica leve de alta frecuencia en una zona específica del tálamo, el globo pálido o el núcleo subtalámico por medio de un electrodo implantado en el encéfalo.  Su función es enviar una señal eléctrica a estas áreas específicas del cerebro que controlan el movimiento, bloqueando de esta forma las señales nerviosas anormales.

El sistema consta de tres componentes: el electrodo, la extensión y el neuroestimulador. El electrodo (también llamado derivación) es un cable delgado y aislado que se inserta a través de una pequeña abertura en el cráneo y se implanta en el cerebro. La punta del electrodo se sitúa dentro del área objetivo del cerebro (afectando a un grupo de neuronas), que habrá sido determinada previamente con la ayuda de imágenes por resonancia magnética o tomografía computarizada.

La extensión es un cable aislado que se pasa bajo la piel de la cabeza, el cuello y el hombro, y conecta el electrodo al neuroestimulador. Éste (un «paquete de baterías» similar a un marcapasos cardíaco y aproximadamente del tamaño de un cronómetro) es el tercer componente y generalmente se implanta bajo la piel cerca de la clavícula. El paciente puede conectar y desconectar el neuroestimulador gracias a un dispositivo de control remoto como el que Johnson muestra en su vídeo.

Una vez colocado, se envían impulsos eléctricos desde el neuroestimulador hacia el cable de extensión y el electrodo para realizar análisis y así elegir la configuración de estimulación adecuada ya que la intensidad y frecuencia más eficaces de la estimulación eléctrica varían en función de la situación concreta de cada paciente. Cuando el dispositivo está calibrado, estos impulsos interfieren y bloquean las señales eléctricas que causan los síntomas de Parkinson.

A pesar de que toda intervención quirúrgica tiene riesgos, y una intervención de este tipo más aún (en adultos se necesitan dos cirugías separadas para implantar un ECP), es importante señalar que la estimulación cerebral profunda no daña el tejido cerebral sano al contrario que otras terapias. Por lo tanto, la técnica es reversible y puede retirarse el dispositivo sin daño alguno en el caso de que nuevos avances médicos ofrezcan un tratamiento que sea más beneficioso. A pesar de todo, actualmente el procedimiento se usa solamente en pacientes cuyos síntomas no pueden ser controlados adecuadamente con medicamentos.

En un artículo de revisión publicado en marzo pasado en la revista Neuropsychiatric Disease and Treatment, David J. Pedrosa y Lars Timmermann (miembros del departamento de neurología del Hospital Universitario de Colonia, Alemania) recuerdan que pese a que la enfermedad se describió por primera vez hace más de 200 años (por James Parkinson) aún necesitamos un conocimiento más profundo de las causas que la provocan. Para un médico resulta hoy en día complicado realizar un diagnóstico ya que los síntomas de la enfermedad de Parkinson coinciden con los de otras dolencias.

En lo tocante a la cirugía de estimulación cerebral profunda, los autores manifiestan que se ha revelado como una terapia eficaz en muchos casos aunque se desconoce la forma concreta en que sucede. Se discuten cuatro posibles mecanismos:

  • Bloqueo de la despolarización: bloqueo de la respuesta muscular a los impulsos nerviosos.
  • Inhibición de la sinapsis: impide la transmisión de los impulsos de una neurona a otra.
  • Depresión sináptica: disminuye de la actividad funcional de las neuronas.
  • Generación de impulsos que interfieren y bloquean las señales eléctricas.

La seguridad y eficacia del procedimiento quirúrgico se ha demostrado gracias a la experiencia clínica con miles de pacientes, aunque aún se debate en los círculos médicos la forma de realizar la intervención en determinadas zonas del cerebro (ya sea el globo pálido o el núcleo subtalámico por ejemplo). Al mismo tiempo, aunque la enfermedad de Parkinson es una enfermedad lateral (que afecta en principio a un único hemisferio del cerebro) lo cierto es que es progresiva, por lo que en ocasiones se hace preciso repetir la intervención para colocar otro electrodo. Evidentemente, esto duplica los riesgos máxime si tenemos presente la avanzada edad de la mayoría de los enfermos.

Por lo tanto, los investigadores previenen frente a la precipitación en la implantación del electrodo. En primer lugar, como hemos dicho más arriba, existe un riesgo de confusión con otros síndromes parkinsonianos o atípicos en los primeros años de la manifestación de la enfermedad. Y en segundo lugar, debe tenerse en cuenta que un gran número de pacientes pueden llevar una buena vida durante muchos años sólo con tratamiento farmacológico sin que se vean expuestos a los riesgos de la cirugía.

Tras lo expuesto, creo que las advertencias que hace el propio Johnson en su blog resumen perfectamente el estado actual de la cuestión:

  1. Esta intervención es un tratamiento, no una cura. Como todos los tratamientos, las personas responden de una manera diferente. Los resultados pueden variar.
  2. La ECP no es adecuada para todos los pacientes de Parkinson, sino para unos pocos cuyos síntomas motores no se pueden controlar con medicamentos. No detiene la enfermedad, ni tampoco la vuelve más lenta, actúa como parte de una terapia combinada (en mi caso) a los medicamentos. Algunas personas pueden suspender la medicación después de la ECP, yo no soy uno de ellos.
  3. La ECP no ayuda frente a los muchos y variados síntomas no motores de la enfermedad de Parkinson. De hecho, podría hacerlos mucho peores. Esta es la razón por la que se emplean estrictos criterios de idoneidad.
  4. Si tienen la enfermedad de Parkinson escuchen lo que los médicos le digan, saben lo que están haciendo y lo han visto antes. Esto no es una cura milagrosa, es un tratamiento eficaz que en mi caso es bastante espectacular, porque un subconjunto de mis síntomas eran más proclives a responder a la cirugía. No es que tuviera suerte, sino que se estudió cuidadosamente mi idoneidad.

No quiero terminar sin una reflexión personal: me sorprende enormemente la estrechez de miras de algunos que no se dan cuenta de que este tipo de avances médicos, que mejoran enormemente la vida de miles de personas, no se producirían sin una política dirigida a fomentar la investigación. Recortar en ciencia es recortar en nuestra salud y calidad de vida.

Referencias:

Pedrosa, David J., & Timmermann, Lars (2013). Review: management of Parkinson’s disease Neuropsychiatric Disease and Treatment, 9, 321-340 DOI: 10.2147/NDT.S32302

Instituto Nacional de trastornos neurológicos y accidentes cerebrovasculares de EE.UU.

Las mitocondrias, seres extraños en nuestro cuerpo

Cuando hablamos de nuestros genes ―del genoma humano― nos referimos a los genes que se hallan en el núcleo de cada una de nuestras células, que forman los cromosomas y que nos hacen ser lo que somos.  Sin embargo, existe un ADN distinto ―un ADN extranuclear― que se haya en el interior de unos orgánulos fundamentales para nuestro organismo: las mitocondrias.

Habitualmente se emplea un símil bastante sencillo para describir la función de las mitocondrias: se trata de las centrales energéticas de la célula, las encargadas de generar la energía necesaria, gracias principalmente al oxígeno que respiramos, para que la célula pueda llevar a cabo sus funciones fisiológicas.  Sin embargo, su importancia va más allá.  Por ejemplo, los paleoantropólogos y genetistas emplean el ADN mitocondrial para determinar el parentesco evolutivo de diferentes especies.

Una breve descripción

Encontramos las mitocondrias tanto en células animales como vegetales.  La mayor parte de los textos sobre bioquímica y biología molecular destacan sus tres características principales: se trata de pequeños orgánulos esféricos o alargados, que están presentes en el citoplasma de las células rodeados por una doble membrana con un espacio interno entre ellas.

Por término medio, una mitocondria tiene una longitud que varía de 1 a 10 micras, y un grosor de 0,5 micras (lo que supone un tamaño parecido al de la bacteria Escherichia coli).  La membrana externa es permeable al paso de iones, metabolitos y polipéptidos contenidos en el citosol, mientras que, por el contrario, la membrana interna es muy impermeable al paso de estas moléculas salvo que existan unos transportadores específicos.  Esta membrana se encuentra plegada formando una serie de crestas: cuanta mayor sea la necesidad de energía de un tejido, más crestas presentará al suponer un aumento de su área superficial y, con ello, la capacidad de producir energía.

Principales funciones

La digestión de los alimentos que consumimos diariamente no es más que su degradación en unidades más pequeñas, permitiendo de esta forma su utilización en los distintos procesos biológicos.  Esta descomposición es necesaria porque las macromoléculas no pueden acceder al interior de las células a menos que sean reducidas a sus elementos constituyentes, labor en la que intervienen determinadas enzimas.  Una vez degradados, estos productos son absorbidos por las células mediante proteínas específicas de transporte.  Con esta breve explicación ―muy esquemática― podemos comprender por tanto el significado del término metabolismo: constituye la red integrada de reacciones bioquímicas que mantienen la vida de un organismo.  Un concepto algo genérico ¿verdad?  Ahondemos un poco más.

En el metabolismo convergen dos mecanismos diferentes, el catabolismo y el anabolismo.  El primero consiste en la destrucción de moléculas complejas en sus constituyentes más simples y la obtención y almacenamiento de la energía liberada.  La otra cara de la moneda es el anabolismo: el proceso de construir moléculas complejas a partir de otras más sencillas.  El anabolismo es el encargado de generar los componentes celulares y los tejidos y, por tanto, el responsable del crecimiento de nuestro organismo.

Bien.  ¿Y dónde intervienen las mitocondrias?  Las mitocondrias constituyen el principal lugar de generación de energía de la célula a través del catabolismo mediante la oxidación de los alimentos.  La energía se obtiene en forma de ATP ―trifosfato de adenosina (o adenosín trifosfato, del inglés Adenosine TriPhosphate).  Para obtener energía en forma de ATP, nuestras células emplean varios caminos distintos llamados rutas metabólicas.  Vamos a exponer de forma breve y esquemática (que no se enfaden los bioquímicos) el metabolismo de la glucosa ―su degradación para el aprovechamiento de su energía― que puede dividirse en tres fases:

  1. Glucólisis.  Conlleva la lisis o escisión de la molécula de glucosa en dos fragmentos de tres carbonos (C3) en forma de ácido pirúvico, acompañada de la reducción de un transportador de electrones.  Esta fase tiene lugar en el citoplasma de las células en ausencia de oxígeno.  El rendimiento energético final serán dos moléculas de ATP consumidas por cuatro sintetizadas, por lo que se obtiene como resultado neto dos moléculas de ATP.
  2. El ciclo de Krebs, también llamado ciclo del ácido cítrico o ciclo de los ácidos tricarboxílicos (TCA), en el que los átomos de carbono dos y tres del piruvato son transformados en CO2.  El ciclo se lleva a cabo en el interior de las mitocondrias y su balance energético es la producción de dos moléculas de GTP, con enlaces ricos en energía.  Además se obtienen moléculas con poder reductor como el NADH y el FADH2.
  3. La cadena de transporte de electrones en la que los electrones son transferidos desde transportadores de electrones hasta el oxígeno y que, junto con protones de la disolución, forman agua.  En este tercer estadio es donde se genera la mayor cantidad de ATP.  Esta fase tiene lugar en la membrana interna mitocondrial.  Por cada NADH que entra en la cadena se obtienen tres ATP, mientras que cada FADH2 aporta dos ATP.

El proceso completo se denomina fosforilación oxidativa.  Mediante la oxidación de cada molécula de glucosa se obtienen alrededor de treinta moléculas de ATP.

Esquema actual del sistema mitocondrial de la fosforilación oxidativa. Los equivalentes reducidos que se generan en el metabolismo (NADH, FADH2) son oxidados por la cadena de transporte de electrones. La energía libre generada en esta reacción se emplea para bombear protones (puntos rojos) desde la matriz mitocondrial hasta el interior de las crestas mitocondriales, para dar lugar a la fuerza protón-motriz. Cuando éste se disipa a través del retorno a la matriz de los protones a través de la ATP sintasa, la energía almacenada se emplea para fosforilar el ADP con un grupo fosfato para formar ATP.
Esquema actual del sistema mitocondrial de la fosforilación oxidativa. Los equivalentes reducidos que se generan en el metabolismo (NADH, FADH2) son oxidados por la cadena de transporte de electrones. La energía libre generada en esta reacción se emplea para bombear protones (puntos rojos) desde la matriz mitocondrial hasta el interior de las crestas mitocondriales, para dar lugar a la fuerza protón-motriz. Cuando éste se disipa a través del retorno a la matriz de los protones a través de la ATP sintasa, la energía almacenada se emplea para fosforilar el ADP con un grupo fosfato para formar ATP.

Disculpad esta simple descripción ya que mi objetivo es que nos centremos en el ADN mitocondrial.

El ADN mitocondrial

Bajo mi punto de vista, el rasgo más llamativo de las mitocondrias es que poseen un genoma propio diferente al contenido en el núcleo celular.  Este AND mitocondrial (abreviadamente ADNmt o mtDNA en inglés) es una molécula de ADN circular que, en el caso de las mitocondrias humanas, tiene 16.569 pares de bases y ha sido secuenciado completamente (podéis verlo aquí).  Gracias a este ADN, las mitocondrias pueden replicarse casi de forma independiente de la maquinaria celular, pueden transcribir y traducir su información genética y, de esta forma, codificar la síntesis de algunas de sus proteínas.  Cada célula contiene cientos o miles de mitocondrias (siempre al menos una) y cada mitocondria contiene múltiples copias de su propio ADNmt.

Hasta la llegada del microscopio electrónico había cerca de veinte términos para estos pequeños corpúsculos, reconocidos finalmente como mitocondrias gracias a la labor del microbiólogo Carl Benda, quien los bautizó así en 1898 uniendo las palabras griegas mitos (hebra o hilo) y khondrion (pequeño gránulo).  Con el paso de los años, los diferentes términos se fusionaron y su significado se aclaró a medida que mejoraba la microscopía.  En esta labor resultó trascendental el descubrimiento de la existencia de un ADN mitocondrial realizado en 1963 por Margit M. K. Nass y Sylvan Nass, mientras formaban parte del Instituto Wenner-Gren de Biología Experimental de la Universidad de Estocolmo.

ADNmt en su configuración circular. Micrografía de electrones tomada de Nass, M. M. (1966), "The circularity of mitochondrial DNA". Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, vol. 56, núm. 4, p. 1215-1222.
ADNmt en su configuración circular. Micrografía de electrones tomada de Nass, M. M. (1966), «The circularity of mitochondrial DNA». Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, vol. 56, núm. 4, p. 1215-1222.

Sin embargo y a pesar de lo que pueda parecer, la mitocondria no funciona de forma completamente autónoma.  Hoy sabemos que alberga muchos cientos de proteínas, de las cuales sólo unas pocas (13 en los humanos) se sintetizan en su interior y son codificadas por genes mitocondriales.  Estas trece proteínas son subunidades de complejos macromoleculares implicados en el mecanismo de la fosforilación oxidativa que hemos explicado brevemente más arriba.  El resto de proteínas están codificadas por genes nucleares, cuyos ARNm se traducen en los ribosomas citoplasmáticos y finalmente liberadas en el citoplasma.  Desde allí son enviadas hacia receptores de la membrana mitocondrial, donde son transportadas hasta su interior.

Lo más interesante desde el punto de vista del estudio de la evolución humana es que el citoplasma es heredado casi exclusivamente por vía materna.  Es decir, en la formación de un cigoto, el gameto femenino (el óvulo) aporta un núcleo haploide y además el citoplasma, mientras que el gameto masculino (el espermatozoide) aporta casi exclusivamente un núcleo haploide, sin citoplasma (las mitocondrias de los espermatozoides, que se encuentran en la cola, quedan fuera del óvulo al ser fecundado).  Por lo tanto, dado que en los seres humanos las mitocondrias se encuentran en el citoplasma, todas ellas se heredan por vía materna (existe una excepción ya que hay estudios que afirman haber localizado mitocondrias del progenitor masculino en tejido muscular, aunque sus conclusiones son dudosas ).

Con este descubrimiento y los múltiples análisis del ADN mitocondrial que se han venido realizando desde entonces, aplicados como decimos al estudio de la evolución humana, se ha logrado reconstruir el árbol del ADNmt y, por tanto, llegar hasta la que se ha denominado «madre» de la especie humana, la “Eva mitocondrial”.  Esta cuestión la trataremos en breve con más detalle en nuestra sección “El viaje más largo”.

Origen evolutivo

Como colofón, y aunque no nos detengamos mucho en ello, no puedo dejar de recomendar la lectura de los trabajos de Lynn Margulis.  Fue una investigadora excepcional y quien defendió contra viento y marea la teoría de que las mitocondrias se incorporaron a la maquinaria celular en calidad de simbiontes, así como su origen bacteriano.  Hoy en día muy pocos discuten la realidad de esta teoría, que se conoce como endosimbiosis seriada (Serial Endosymbiosis Theory ―SET― en inglés):

Yo afirmo, como antes lo hicieron otros académicos frecuentemente ignorados, que los ancestros lineales de las mitocondrias vegetales y animales también empezaron como bacterias de vida libre.  Las mitocondrias, las fábricas intracelulares de energía, producen energía química dentro de las células de todos los animales, plantas y hongos.  Las mitocondrias también residen de manera regular en la mayoría de las miríadas de oscuros seres microbianos, los protoctistas, a partir de los cuales evolucionaron las plantas, los animales y los hongos.  Basándose puramente en las cifras, son los cloroplastos y las mitocondrias, y no los humanos, las formas de vida que dominan la Tierra.

[…]

Las mitocondrias viven en el interior de nuestras células pero no se reproducen al mismo tiempo que la célula que las aloja ni lo hacen de la misma manera.  Son descendientes de bacterias ancestrales que usaban oxigeno.  Atrapadas como presas o invadiendo la célula como parásitos, esas bacterias se establecieron en el interior de células distintas a ellas, en una extraña alianza en la que la célula invasora eliminaba los residuos y proporcionaba energía procedente del oxigeno a la célula parasitada a cambio de alimento y cobijo.  Sin mitocondrias, la célula nucleada vegetal o animal no puede respirar y muere.

Referencias

  • Elliott, W. H., et al. (2002), Bioquímica y biología molecular. Barcelona: Ariel, XXVII, 788 p.
  • Klug, W. S. y  Cummings, M. R. (1999), Conceptos de genética. Madrid: Prentice Hall, 840 p.
  • Lawrence, E. (2003), Diccionario Akal de términos biológicos. Madrid: Akal, 687 p.
  • Margulis, L. (2003), Una revolución en la evolución: escritos seleccionados. Valencia: Universidad de Valencia, 374 p.
  • Margulis, L. y  Sagan, D. (2003), Captando genomas: una teoría sobre el origen de las especies. Barcelona: Kairós, 308 p.
  • Nass, M. M. y  Nass, S. (1963), «Intramitochondrial fibers with DNA characteristics. I. Fixation and electron staining reactions». The Journal of cell biology, vol. 19, p. 593-611.
  • Nass, S. y  Nass, M. M. (1963), «Intramitochondrial fibers with DNA characteristics. II. Enzymatic and other hydrolytic treatments». The Journal of cell biology, vol. 19, p. 613-629.
  • Nass, M. M. (1966), «The circularity of mitochondrial DNA». Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, vol. 56, núm. 4, p. 1215-1222.

Devolver la vista a un ciego

La terapia génica –la técnica que consiste en la introducción de genes ausentes o disfuncionales en un organismo vivo para restaurar su función original– está comenzando a dar frutos en un área que va a tener un amplio recorrido: la restauración de la visión en pacientes que la han venido perdiendo desde que nacieron debido a diversas enfermedades.

Jean Bennett
Jean Bennett y Albert Maguire

Jean Bennett, neuróloga de la Universidad de Pensilvania, estudia la genética molecular de las degeneraciones hereditarias de retina con la idea de utilizar sus conocimientos para el tratamiento de estas enfermedades. Entre las enfermedades que investiga se incluyen la retinitis pigmentaria (enfermedad genética que es la forma hereditaria más común de ceguera) y la degeneración macular relacionada con la edad. Los estudios que lleva a cabo en su laboratorio van desde la identificación de las bases moleculares de la degeneración de la retina, la evaluación de nuevos vectores para la transferencia de genes a la retina, y la caracterización de las respuestas inmunitarias a la transferencia de genes.

Anatomía del ojo y la retina
Anatomía del ojo y la retina

Entre los años 2008 y 2011, ha venido utilizando la terapia génica para tratar la ceguera en doce adultos y niños con amaurosis congénita de Leber (ACL). Se trata de una enfermedad ocular muy infrecuente que destruye la visión al dañar los fotorreceptores, las células de la retina que son sensibles a la luz. Los niños afectados suelen presentar problemas de visión desde el nacimiento, que se van agudizando a medida que van perdiendo más y más fotorreceptores, hasta quedar completamente ciegos. Se trata quizás de la peor de este tipo de enfermedades puesto que, conforme vas creciendo, vas siendo consciente de que perderás la vista y la posibilidad de relacionarte con normalidad con el mundo que te rodea. Es una enfermedad progresiva que a menudo conlleva problemas psicológicos muy importantes.

Pues bien, el tratamiento que empleó la Dra. Bennett se basó en el hecho de que la enfermedad avanza debido a una serie de mutaciones genéticas en las células de la retina. Una de estas mutaciones impide la producción de una enzima que transforma el retinol ―o vitamina A― en la rodopsina, la sustancia que necesitan los fotorreceptores para detectar la luz y enviar señales al cerebro.

En un primer estudio, Bennet y sus colaboradores inyectaron una serie de genes funcionales directamente en la retina, que habían sido previamente “programados” para suplir los genes defectuosos. El objetivo consistía en tratar uno de los ojos de los doce participantes en el experimento, y los resultados no pudieron ser más sorprendentes: seis de los participantes mejoraron tanto en su visión que dejaron de cumplir los criterios legales de ceguera. En un trabajo posterior continuación del primero, que ha sido publicado este año en la revista Science Translational Medicine 1, volvieron a trabajar con los mismos pacientes que en el anterior. Tres de las mujeres recibieron el tratamiento en el ojo que no había sido tratado en el estudio previo, y se les realizó un seguimiento durante seis meses. Su visión en ese ojo mejoró en solo dos semanas desde la operación: podían evitar obstáculos con luz tenue, leer textos escritos con letra grande y reconocer rostros. Otro descubrimiento importante fue que los ojos de esas pacientes no solo se habían vuelto más sensibles a la luz, sino que sus cerebros también respondían mejor a los estímulos ópticos.

Es decir, la segunda fase de la terapia génica reforzó la respuesta del cerebro a los estímulos provenientes de los dos ojos, es decir, tanto al tratado al principio, como el que recibió tratamiento un año después. Se especula que este resultado tiene que ver con la binocularidad: dado que nuestros dos ojos actúan de forma coordinada, la mejoría en uno de ellos favorece la visión con el otro o, dicho de otra forma, mejora la forma en que el cerebro responde al estímulo de ese otro ojo.

Además de las terapias génicas, se están realizando avances importantes en otro campo relacionado y que ilustra a la perfección que la ciencia emplea varios caminos para llegar al mismo lugar y alcanzar el mismo objetivo.  Si los trabajos de Bennett buscan encontrar la base genética de las diferentes enfermedades para tratar de ponerles remedio, otro campo de investigación intenta suplir el funcionamiento biológico de los ojos a través de implantes electrónicos (lo que ha venido en llamarse biónica).

El caso más sobresaliente es el de Miika Terho, una persona totalmente ciega que durante tres meses, en el año 2008, recuperó la capacidad de diferenciar con la vista una manzana de un plátano gracias a un pequeño chip que se le implantó en el ojo izquierdo.

Aunque breve, el éxito inicial de la nueva técnica ha cambiado para siempre las perspectivas de Terho y de muchos otros como él, que sufren retinitis pigmentaria, la enfermedad genética que destruye los fotorreceptores, las células fotosensibles que revisten la retina en la parte posterior del ojo.  Terho presentó una visión normal hasta los 16 años, pero a partir de entonces su visión nocturna comenzó a fallar.  A los 20 años su capacidad de ver durante el día también se deterioró.  A los 35 había perdido la visión central de ambos ojos y finalmente, a los 40 años de edad, únicamente percibía indicios de luz en la periferia de su campo de visión.

Eberhart Zrenner
Eberhart Zrenner

Sin embargo, todo cambió en noviembre de 2008 cuando Eberhart Zrenner, de la Universidad de Tübingen, integró en su retina un chip que reemplazó a los fotorreceptores (los conos y bastones) dañados.  Como hemos dicho, en una retina sana los fotorreceptores transforman la luz en impulsos eléctricos que finalmente llegan al cerebro después de atravesar varias capas de tejido especializado, uno de ellos compuesto por las células bipolares.

Cada una de las 1500 celdas del chip implantado, dispuestas en una cuadrícula de unos 3 milímetros cuadrados, contiene un fotodiodo, un amplificador y un electrodo.  Cuando la luz incide sobre uno de los fotodiodos, genera una pequeña corriente eléctrica que se refuerza por el amplificador adyacente y se canaliza al electrodo, que a su vez estimula la célula bipolar más cercana.  Esta envía en última instancia una señal al cerebro a través del nervio óptico.  Cuanta más luz incide sobre un fotodiodo, mayor es la corriente eléctrica resultante.

Gracias a este implante, Terho pudo distinguir la formas básicas y los contornos de personas y objetos, aunque no contenía electrodos suficientes como para producir imágenes nítidas ni tampoco el color.  Otro inconveniente es que hubo que retirar el chip después de tres meses porque el diseño hacía a los pacientes vulnerables a las infecciones cutáneas (no olvidemos que la implantación del chip obliga a mantener una herida abierta permanentemente).  Además, los usuarios necesitaban estar cerca de un ordenador que controlara de forma inalámbrica la frecuencia de los impulsos eléctricos, así como aspectos de la visión tales como el brillo y el contraste.

Se está avanzando en la investigación para lograr superar estos obstáculos: implantes más eficaces, que permitan una mayor resolución ocular así como una menor invasión de tejido, mayor autonomía etc.  Es cuestión de tiempo, esperemos que sea un breve espacio de tiempo, que personas como Terho recuperen lo que perdieron en su niñez…

Hay ojos que miran, – hay ojos que sueñan,
hay ojos que llaman, – hay ojos que esperan,
hay ojos que ríen – risa placentera,
hay ojos que lloran – con llanto de pena,
unos hacia adentro – otros hacia fuera.
Son como las flores – que cría la tierra.
Mas tus ojos verdes, – mi eterna Teresa,
los que están haciendo – tu mano de hierba,
me miran, me sueñan, – me llaman, me esperan,
me ríen rientes – risa placentera,
me lloran llorosos – con llanto de pena,
desde tierra adentro, – desde tierra afuera.
En tus ojos nazco, – tus ojos me crean,
vivo yo en tus ojos – el sol de mi esfera,
en tus ojos muero, – mi casa y vereda,
tus ojos mi tumba, – tus ojos mi tierra.

Miguel de Unamuno

Referencias

Bennett, J, Ashtari, M, Wellman, J, Marshall, KA, Cyckowski, LL, Chung, DC, McCague, S, Pierce, EA, Chen, Y, Bennicelli, JL, Zhu, X, Ying, GS, Sun, J, Wright, JF, Auricchio, A, Simonelli, F, Shindler, KS, Mingozzi, F, High, KA, & Maguire, AM (2012). AAV2 gene therapy readministration in three adults with congenital blindness. Science translational medicine, 4 (120) PMID: 22323828

Hauswirth, W., Aleman, T., Kaushal, S., Cideciyan, A., Schwartz, S., Wang, L., Conlon, T., Boye, S., Flotte, T., Byrne, B., & Jacobson, S. (2008). Treatment of Leber Congenital Amaurosis Due to Mutations by Ocular Subretinal Injection of Adeno-Associated Virus Gene Vector: Short-Term Results of a Phase I Trial Human Gene Therapy, 19 (10), 979-990 DOI: 10.1089/hum.2008.107

Notas

¿Son idénticos los gemelos idénticos? (y III)

El tercer elemento en discordia: la epigenética

Los diferentes estudios con gemelos han permitido hacer un descubrimiento esencial para la comprensión del funcionamiento de nuestro ADN: la herencia y el entorno no son las únicas fuerzas en juego que modelan el aspecto, el carácter o la inteligencia del ser humano; debemos tener presente la importancia de un tercer elemento: la epigenética.

Fue el escocés Conrad Waddington quien acuñó el término en 1939 en su obra An introduction to modern genetics donde definió el “epigenotipo” como el conjunto de organizadores y relaciones organizativas a los que un determinado tejido está sujeto durante su desarrollo. Podemos explicar su punto de vista con la analogía de una pelota que cae a través de un valle. La pelota puede seguir varios caminos en su descenso, pero nunca podrá abandonar la dirección que le va marcando la orografía del terreno. Es decir, el desarrollo de un tejido u órgano puede variar según las condiciones genéticas y del entorno, pero sin salirse del “programa” establecido previamente en el genoma. Waddington añadió que el aspecto de un órgano determinado es el producto del genotipo y del epigenotipo que reaccionan con el ambiente externo. En otro artículo publicado en 1942 1 se refiere a la “epigenética” como «la rama de la biología que estudia las interacciones causales entre los genes y sus productos, que dan lugar al fenotipo». Apuntó lo que consideraba una visión ingenua de muchos genetistas de su época en el sentido de que afirmaban que había una correspondencia simple y directa entre los genes y los caracteres. Para él, la dirección del desarrollo biológico estaba determinada por la interacción de muchos genes entre sí, y de estos con el ambiente.

Tras estos primeros pasos, los estudios relativos a esta nueva visión de la biología evolutiva han sido múltiples y variados, lo que ha motivado el sentido que se le dio en origen a este término haya ido cambiando, adaptándose de conformidad a las nuevas investigaciones que se han desarrollado. Ya entrado el siglo XXI, la definición más comúnmente aceptada de epigenética es la de la ciencia dedicada al «estudio de los cambios heredables en la función génica que se producen sin un cambio en la secuencia del ADN».

A simple vista puede parecer que existe una contradicción. Todos sabemos que la herencia viene dada por el ADN de nuestros padres, aunque estamos hablando de cambios que se pueden observar en el fenotipo y que se heredan, pero sin un cambio en la secuencia del ADN. La diferencia radica en que esos cambios pasan a la progenie no a través del mecanismo normal de replicación del ADN, sino por otras vías.

Resulta clarificadora la explicación que ofrece Thomas Jenuwein (investigador del Instituto Max-Planck de Inmunobiología):

la diferencia entre genética y epigenética probablemente puede compararse con la diferencia que existe entre escribir y leer un libro. Una vez que el libro ha sido escrito, el texto (los genes o la información almacenada en el ADN) será el mismo en todas las copias que se distribuyan entre los lectores.  Sin embargo, cada lector podría interpretar la historia del libro de una forma ligeramente diferente, con sus diferentes emociones y proyecciones que pueden ir cambiando a medida que se desarrollan los capítulos. De forma muy similar, la epigenética permitiría diferentes interpretaciones de un molde fijo (el libro o código genético) y resultaría en diferentes lecturas, dependiendo de las condiciones variables en las que se interprete el molde.

Todas las células de nuestro organismo ―cuyo número es imposible de determinar a ciencia cierta― derivan de una única célula primordial que ha sufrido innumerables divisiones (nos referimos al óvulo fecundado por el espermatozoide). Por lo tanto, cada célula de nuestro cuerpo contiene exactamente el mismo ADN. La diferencia entre cada tipo de célula y la función que desempeña reside en el subconjunto particular de genes que se han activado para su desarrollo. Es decir, a medida que las células van creciendo y diferenciándose, su destino y función vienen determinados por la activación y el silenciamiento selectivo de algunos genes,  activación o silenciamiento que se produce según se den ciertas condiciones bioquímicas (como por ejemplo la metilación del ADN, las modificaciones covalentes de las histonas o la forma de la cromatina). Dado que este mecanismo está sujeto a factores epigenéticos, es ahí donde la epigenética influye en la expresión e interpretación de nuestro código genético y el modo en que cada gen se ve fortalecido o debilitado, e incluso activado o desactivado, para formar los huesos, el cerebro y todas las demás partes del cuerpo.

Para explicar un poco más este mecanismo, debemos tener presente que el ADN no se distribuye al azar dentro del núcleo celular, sino que la doble hélice compuesta por las bases nitrogenadas (la adenina (A), la guanina (G), la timina (T) y la citosina (C), así como su armazón, se enrollan alrededor de unos grupos de proteínas, las histonas, y se empaqueta después para formar los cromosomas en la visión clásica de una equis. Esta combinación de histonas y doble hélice de ADN en los cromosomas se conoce como cromatina.

Estructura de la cromatina

Teniendo en mente esta configuración del ADN, lo que hacen las señales epigenéticas es ordenar que un segmento de cromatina se halle aflojado o condensado. Cuando un determinado segmento está distendido permite que la maquinaria celular acceda a los genes que contiene para su lectura y, por ende, su activación: se produce la transcripción del ADN en una cadena de ARN que servirá de plantilla para generar la proteína codificada por ese gen. Por el contrario, cuando el segmento de cromatina está condensado, la maquinaria de activación no puede alcanzar a los genes en su interior y estos quedan silenciados (este silenciamiento puede ser temporal o permanente). Es definitiva, las señales epigenéticas son marcadores químicos que se unen a las histonas o al mismo ADN y cuya presencia en un determinado lugar viene determinada por diversas enzimas, algunas de las cuales añaden marcadores y otras los eliminan: la presencia de estas enzimas viene influenciada por el ambiente y, de una forma muy importante, por la dieta y otros hábitos de vida.

Una vez aclarado el mecanismo por el que el ambiente provoca cambios en la forma en que los genes se expresan o silencian, debemos preguntarnos cómo se pueden heredar estas marcas epigenéticas.

Actualmente conocemos tres participantes fundamentales en este proceso: el ARN, el nucleosoma y la metilación del ADN.

Por ejemplo, y sin afán de entrar en demasiados detalles debido a lo complejo de esta cuestión, podemos decir que a veces un pequeño grupo químico denominado metilo se une a una base, otorgándole así un nivel extra de información. La metilación se produce principalmente en la base citosina (C) de la cadena de nucleótidos y se asocia a la formación de una cromatina “cerrada” y, por tanto, con el mecanismo de desactivación de genes que hemos explicado más arriba. Las células parecen marcar con metilo las secuencias de ADN repetidas para desactivarlas, lo que sirve al mismo tiempo para proteger nuestros genes. Baste pensar un momento en el lío que se produciría si de los aproximadamente 30.000 genes que posee el ser humano, no hubiera una gran parte que estuvieran inactivados. No es preciso que cada célula pueda usar en cada momento los dos metros completos de ADN que contiene ya que, por ejemplo, no querríamos que las células de nuestros ojos fabricasen uñas. De este modo se ahorran además recursos energéticos imprescindibles para otros procesos metabólicos.

Una característica importante de la metilación es que puede copiarse con exactitud en el proceso de replicación del ADN. Cuando las células duplican sus cromosomas para la división celular la metilación pasa a la línea germinal a través del ADN que contiene el espermatozoide y el óvulo. Aunque en la actualidad se investiga la forma concreta en que se produce esta transmisión hereditaria, la presencia de estos marcadores epigenéticos puede ser, por ejemplo, resultado de lo que la madre comió cuando estaba embarazada. En este sentido, alimentos ricos en folato (vitamina B) como varias verduras, frutas cítricas y fresas, son fuentes alimenticias de metilo. Del mismo modo, la vitamina B12, presente en el pescado, la carne, la leche y los huevos, puede asimismo donar grupos metilo al metabolismo.

Concluyendo, en el caso de los gemelos idénticos, la constitución genética de ambos será igual desde su nacimiento hasta el fin de sus vidas, pero a medida que crezcan y se desarrollen, los dos sujetos experimentarán diferencias en su ambiente, algunas de las cuales podrán alterar su apariencia y su comportamiento, permitiendo incluso que éstas sean heredadas por sus hijos. Es decir, aunque los dos comparten los mismos genes, hemos visto como es posible que algunos de ellos estén activos en un gemelo y no en el otro. Puede que sean idénticos genéticamente pero no epigenéticamente.

Notas

¿Son idénticos los gemelos idénticos? (II)

Estudios modernos con gemelos

En ocasiones, hasta lo que sin duda es una tragedia puede ofrecer una oportunidad para el avance de la ciencia.  La situación nos parecerá hoy en día impensable, pero se han dado numerosos casos en los que dos hermanos gemelos han sido separados nada más nacer y entregados en adopción a familias diferentes.  No vamos a entrar en este momento en más detalles, pero incluso al llegar a la edad adulta, muchos de ellos ni siquiera son conscientes de que tienen un hermano o hermana, y la mayoría no se habían visto nunca.  El trabajo de Thomas Bouchard ha consistido en estudiar estas parejas de gemelos para desentrañar el origen bien genético, bien ambiental de determinados rasgos del ser humano.

Bouchard es profesor de psicología en la Universidad de Minnesota, y dedica sus esfuerzos a estudiar los gemelos para resolver algunas de las cuestiones más controvertidas, como por ejemplo, las relacionadas con la sociabilidad, enfermedades mentales o el origen de la inteligencia.  El principal proyecto de investigación llevado a cabo por el centro que dirige (Centro para la investigación de gemelos y la adopción de Minesota) ha sido el estudio de gemelos criados por separado 1.  El estudio comenzó en 1979, se ha completado en el año 2000 y la evaluación de los datos continúa actualmente.

Para afrontar la tarea, el profesor Bouchard ha formulado un concepto estadístico denominado «heredabilidad» (heritability).  En líneas generales, la heredabilidad determina en qué medida la influencia de los genes contribuye a la expresión de un determinado rasgo.  Ha enfocado su trabajo en la comparación de dos probabilidades: la de que dos gemelos idénticos presenten el mismo rasgo y la de que lo presenten dos mellizos.  De esta forma es posible calcular qué grado de la diferencia entre esas dos probabilidades es atribuible a la variación genética y que parte a la crianza (ambiente) u otros aspectos.  Según sus resultados, por ejemplo, la heredabilidad de la estatura es de 0,8, lo que significa que el 80% de las diferencias de estatura entre distintas personas se deben a diferencias genéticas (el 20% restante tiene que ver con la dieta y el ejercicio físico fundamentalmente).  Los investigadores calcularon que la heredabilidad de la inteligencia es de 0,75.  A pesar de que los resultados de estos estudios se han puesto en entredicho en por otros científicos, lo cierto es que existe una abundante literatura que los avala.

Resulta muy interesante el enfoque planteado por el Dr. Bouchard y sus colegas.  Cuando compararon el coeficiente intelectual de los gemelos idénticos criados en diferentes familias con los criados en la misma familia observaron que para ambas las parejas de gemelos los resultados eran similares.  Por lo tanto, se podría decir que ni el ambiente, ni la dedicación de los padres, los medios económicos destinados a la educación ni el empeño de los profesores son factores determinantes para que los niños sean más inteligentes; la herencia genética recibida al nacer ha marcado el coeficiente intelectual de cada uno de nosotros.  Sin embargo, estas semejanzas en el grado de inteligencia requieren tiempo para aflorar.  Aunque más adelante ahondaremos en este aspecto, es a los 16 años cuando el coeficiente intelectual de los gemelos adoptados por separado se parece al coeficiente intelectual de sus padres biológicos en la misma proporción que el coeficiente de los gemelos criados por sus padres biológicos.

¿Nuestro destino está realmente fijado en nuestro código genético?

Pese a todo, como ya hemos apuntado, las cosas nunca son tan sencillas.  Es cierto que cuando hay que explicar las diferencias, por ejemplo del cociente intelectual, dentro de un determinado grupo de niños, el 75% de la variación se puede atribuir a la genética y no a la crianza.  A pesar de todo, están surgiendo nuevas investigaciones que hacen que nos planteemos este determinismo genético y debamos tener en cuenta otras consideraciones.  Qué duda cabe que los genes desempeñan un papel clave en la inteligencia (como en otros rasgos de nuestra personalidad), pero parece que éstos no operan en solitario.

Robert Plomin es profesor de genética de la conducta adscrito al Instituto de Psiquiatría del King´s College de Londres.  El tema central de su investigación consiste en reunir las estrategias de investigación genética y ambiental para estudiar el desarrollo del comportamiento.  Entre otros aspectos, se ha propuesto desentrañar la naturaleza de la inteligencia realizando pruebas con gemelos.  En sus estudios emplea diversos test de inteligencia y ha demostrado que las puntuaciones obtenidas por los gemelos idénticos muestran una mayor semejanza entre sí que las de los gemelos no idénticos (mellizos).  Las de estos últimos difieren a su vez menos que las de los niños sin parentesco alguno entre sí.  Por tanto, la puntuación estos resultados viene a corroborar que nuestra carga genética posee una influencia notoria en la puntuación de los test de inteligencia.

Plomin es uno de los más destacados investigadores a nivel mundial en el campo de la genética del comportamiento.  Sus trabajos han sentado las bases de este campo de investigación que une la genética y las ciencias del comportamiento para desentrañar los mecanismos de las habilidades y discapacidades cognitivas, las psicopatologías y la personalidad.

En 1987 publicó el que quizá sea el artículo más influyente en este campo junto con Denise Daniels (reimpreso en 2011) 2.  Tal ha sido la importancia de este artículo que a partir de su publicación se creó todo un nuevo campo de investigación empírica para tratar de responder la pregunta formulada en su título: ¿Por qué son tan diferentes unos de otros los niños de la misma familia?  Dos nuevas aportaciones al tema se publicaron en 2001 3 y 2011 4.

Sus estudios tratan de arrojar algo de luz sobre la constante dicotomía entre genética y ambiente para explicar nuestro comportamiento, nuestras habilidades cognitivas, las enfermedades mentales que padecemos etc.  Los autores plantearon que una vez tenida en cuenta la genética, la mayor parte de la variación entre las personas proviene del ambiente, pero concretamente de factores ambientales no compartidos (nonshared environment).  El objetivo del primer artículo publicado 1987 era exponer que las diferencias ambientales entre los niños criados en una misma familia representan la mayor fuente de variación en rasgos como la personalidad, la psicopatología y las habilidades cognitivas.  Esto es, llegaron a la conclusión que dado que la influencia genética no puede explicar toda la diversidad de los fenotipos complejos (como ya indicamos, con fenotipo nos referimos a las características físicas y bioquímicas visibles o medibles de una persona), la varianza restante debe ser atribuida al ambiente.  Dado que la genética da cuenta del 50% de la variación fenotípica, el resto de esta variación debemos atribuirlo al ambiente, teniendo que distinguir entre el ambiente compartido por todos los niños criados en una misma familia, y el específico o no compartido ―hay que tener en cuenta además el posible error de medición­ que en los estudios se sitúa entre el 5% y el 10% de la variación total―

Y es en este punto donde entran los estudios con gemelos ya que permiten dividir la variación no genética en los dos componentes expuestos (compartidos y no compartidos).  El ambiente compartido incluye todas las influencias ambientales que hacen que los niños de una misma familia se parezcan entre sí, mientras que el ambiente no compartido da cuenta de las diferencias entre ellos.  En el caso de los gemelos idénticos criados en una misma familia, las diferencias que pueda haber entre ellos sólo pueden deberse a factores no genéticos (dado que su genoma es idéntico al 100%), al tiempo que  estos factores ambientales son no compartidos puesto que el ambiente compartido no hace sino que se parezcan más.

Como ejemplos de factores ambientales no compartidos podemos citar el caso de que uno de los gemelos sufra un accidente traumático, las diferentes enfermedades que hayan sufrido cada uno, el orden en el nacimiento, las diferencias de género, las diferencias en el trato por parte de los progenitores (los padres suelen tratar de forma diferente a los niños, a veces de forma inadvertida, y este trato diferencial se traduce en una adaptación diferencial), el diferente trato por parte de otros hermanos y de los gemelos entre sí, así como las redes extrafamiliares (diferentes amigos, diferentes profesores del colegio, la televisión, el deporte etc.)  Cuando hablamos de factores ambientales no compartidos tenemos que puntualizar que hacemos referencia más a los “efectos” de esos factores que a un “suceso” concreto.  Por ejemplo, el divorcio de los padres es un factor compartido por todos los niños de una familia, pero lo relevante es que cada niño puede experimentar de forma diferente esta situación, convirtiéndose de esta forma en un factor ambiental no compartido.

Es razonable suponer que las influencias clave en el desarrollo de los niños son aquellas compartidas: la personalidad de los padres, el grado de disciplina o la actitud de éstos hacia su educación, el estatus socioeconómico de la familia, el vecindario donde crecen etc.  Sin embargo, como hemos apuntado más arriba, en la medida en que estos factores son compartidos por todos los niños de la misma familia no pueden explicar las diferencias entre ellos que todos somos capaces de observar.  Hay algo más.  El mensaje que pretender hacer llegar los científicos no es que las experiencias familiares no sean importantes ―que lo son― sino que lo más relevante según el tema objeto de estudio es la experiencia individual de cada niño, teniendo en cuenta que ellos seleccionan, modifican y construyen y reconstruyen sus vivencias en parte sobre la base de sus tendencias genéticas.

En cualquier caso, echamos en falta en esta serie de estudios un planteamiento investigador que ya hemos tratado con anterioridad: el estudio de gemelos idénticos criados en diferentes familias.  Esta metodología nos permitiría restringir más aún la búsqueda de lo que hace que los gemelos idénticos sean diferentes entre sí, y que nos hace estar más cerca del tercer elemento en esta ecuación junto con la genética y el ambiente.

Notas

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