Los constructores de montículos

Cuando oímos hablar de las “pseudociencias” tendemos a pensar en primer lugar en temas relacionados con la salud: homeopatía, acupuntura, curación por imposición de manos etc. Sin embargo, si nos paramos a pensar más detenidamente, nos vienen a la cabeza los avistamientos de ovnis, la astrología, los encuentros con extraterrestres, la existencia de animales extraordinarios (como el yeti, pies grandes o el monstruo del lago Ness) y, finalmente, los recuerdos de un pasado remoto en el que los hombres atesorábamos unos conocimientos extraordinarios que nos fueron arrebatados por nuestra soberbia (el mito de la Atlántida es el más conocido).

En Wikipedia encontramos una definición bastante acertada del término “pseudociencia”: es una afirmación, creencia o práctica que, a pesar de presentarse como científica, no se basa en un método científico válido, le falta el apoyo de evidencias científicas o no puede ser verificada de forma fiable.  Suele caracterizarse por el uso de afirmaciones exageradas o de imposible verificación, una falta de examen por parte de otros expertos, y una ausencia general de procesos para desarrollar teorías de forma racional.

En la actualidad, y dejando de lado relatos míticos como los de la Atlántida, un gran número de personas mantiene unas interpretaciones del pasado que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados (porque, por si aún no lo sabe, la historia, la arqueología y la antropología son disciplinas que poseen sus propios métodos científicos). Estas interpretaciones pseudocientíficas emplean los datos históricos y arqueológicos legítimos de forma descontextualizada, en ocasiones falsifican pruebas, utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo, y todo ello con la finalidad de construir teorías sobre el pasado que difieren radicalmente de las verificadas por la comunidad académica. El objetivo de esta forma de actuar queda bastante claro: obtener un beneficio económico que en muchas ocasiones se promueve sobre bases xenófobas y racistas.

indio

En esta ocasión vamos a hablar de la llamada cultura de los montículos o constructores de montículos (Mound builders en inglés). Bajo este apelativo se engloban una serie de grupos étnicos, habitantes prehistóricos de América del Norte, que se caracterizaron por levantar grandes montículos (enormes estructuras artificiales de tierra), con formas, tamaños y fines muy diversos entre los que podemos destacar el uso ceremonial, residencial o de enterramiento. En ellos se han hallado profusión de objetos ornamentales, herramientas y restos humanos.

Durante los siglos XVIII y XIX, al tiempo que se producía la expansión de la frontera de los Estados Unidos hacia la costa del océano Pacífico, los colonos se fueron topando con una cantidad cada vez mayor de estas estructuras, dando pie a numerosas teorías acerca de quienes habitaron esos lugares y cómo podían haber levantado esas impresionantes construcciones. En algo se pusieron de acuerdo casi de inmediato: no eran obra de los nativos americanos a pesar de que llevaban viviendo en las grandes llanuras mucho tiempo antes de que ningún europeo soñara siquiera con hollar sus tierras.

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Principales yacimientos.

Una vez se descartó de esta forma la posibilidad de que los nativos americanos hubieran sido capaces de levantar esas estructuras y mantener unos asentamientos tan grandes, surgió la cuestión de encontrar a los posibles responsables. Las propuestas fueron tan variadas como sorprendentes: Benjamin Smith Barton propuso que habían sido los vikingos; otros hablaron de los egipcios, israelitas, griegos, chinos, polinesios, fenicios o incluso los belgas. La lista se hace interminable y no mencionan los sumerios por desconocer siquiera su existencia. Por supuesto, en fechas más recientes, no han faltado quienes han atribuido estos trabajos a los mismísimos atlantes, los Incas o los Mayas.

Quien ha sido considerado como el primer arqueólogo de América, Thomas Jefferson, también se interesó por los constructores de montículos al encontrar varios vestigios de esa cultura en sus tierras de Virginia. Realizó cuidadosas excavaciones donde desenterró varios restos humanos aunque no obtuvo ninguna conclusión clara acerca de sus autores.

El interés por descifrar el misterio de la cultura de los montículos fue en aumento a medida que pasaba el tiempo sin obtener una respuesta concluyente. Así, el recientemente creado Instituto Smithsoniano destinó gran parte de sus fondos a tratar de resolver este enigma. Fruto de este esfuerzo fue la primera publicación de la institución: Ancients monuments of the Mississippi Valley.

Este trabajo, la primera investigación seria sobre el tema, fue realizado por Ephraim G. Squier (un ingeniero civil) y Edwin Davis (médico y arqueólogo). Los dos investigadores analizaron más de doscientos yacimientos, llevaron a cabo excavaciones en muchos de ellos y levantaron los primeros mapas detallados y dibujos de los artefactos que encontraron: cerámicas, adornos y herramientas de metal, objetos de hueso y piedra, esculturas etc. Se dedicaron a su tarea desechando todos los prejuicios y teorías existentes a pesar de lo cual mantuvieron que la calidad de las obras de arte halladas en los montículos estaba muy lejos de cualquier cosa producida por los nativos americanos. Concluyeron que había una conexión, más o menos profunda, entre los constructores de los montículos y las antiguas civilizaciones de México, América central y Perú. En definitiva, serían obra de un grupo diferente de los nativos americanos, y culturalmente superior. Estaban equivocados aunque al menos les atribuyeron un origen indígena.

A la labor del Instituto Smithsoniano se unió la Oficina de Etnología Americana que destinó la quinta parte de todo su presupuesto (5.000 $) a resolver el misterio. En 1882, el entomólogo Cyrus Thomas fue nombrado director de la División de exploración de montículos e inició el que sería el mayor y más extenso estudio sobre la cuestión. Su enfoque partió de la base de obtener la mayor cantidad de información posible antes de formular ninguna hipótesis acerca de la función de los montículos, su antigüedad, orígenes y constructores. Para ello él y su equipo investigaron durante más de dos años alrededor de 2000 yacimientos en un total de 21 Estados, y lograron reunir más de 40.000 artefactos, que más tarde pasaron a formar parte de la colección del Instituto Smithsoniano.

Gran montículo de la serpiente.  Condado de Adams, Ohio, Estados Unidos (Wikimedia commons)
Gran montículo de la serpiente.  Condado de Adams, Ohio, Estados Unidos (Wikimedia commons)

Vamos a analizar el argumentario que se empleó en contra de la idea de que los nativos americanos fueran los constructores de los montículos y que podemos resumir en cinco puntos:

1. Los nativos americanos eran demasiado primitivos como para haber realizado los finos trabajos en piedra, metal y arcilla que se habían encontrado en los montículos y sus alrededores.

Uno de los primeros defensores de esta postura fue John Denison Baldwin. Político, editor de periódicos, ministro congregacionista y escritor, a ratos, sobre temas antropológicos. En 1872 publicó un volumen titulado Ancient America, in Notes on American Archaeology donde exponía de forma cruda su tesis:

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¡Quién puede imaginarse a los Iroqueses o a los Algonquinos trabajando en las minas de cobre con tanta inteligencia y habilidad, y una combinación tal de industria sistemática y duradera! No tenían tradición de tal condición de vida, ni rastro de ella. Es absurdo suponer una relación, o una conexión de cualquier tipo, entre el barbarismo original de estos Indios y la civilización de los Constructores de Montículos. Los dos pueblos eran completamente diferentes y estaban separados unos de otros. Si pertenecían realmente a la misma raza, lo que es sumamente dudoso, debemos retroceder innumerables años para encontrar su origen común y la fecha de su separación.

No menos ilustrativo de esta línea de pensamiento fue la aportación de J. W. Foster, a la sazón presidente de la Academia de las Ciencias de Chicago, que afirmaba en 1873:

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Su carácter [del indio], desde que se conoce por el hombre blanco, se ha caracterizado por la traición y la crueldad. Rechaza todos los esfuerzos por elevarle de su posición rebajada: y pese a que no tiene la naturaleza moral para adoptar las virtudes de la civilización, sus instintos brutales le llevan a acoger sus vicios. Nunca se ha sabido que se haya involucrado voluntariamente en una empresa que requiriera un trabajo metódico; habita en viviendas temporales y portátiles; sigue a la caza en sus migraciones; impone una vida monótona a su esposa; no presta atención al futuro. Suponer que esa raza construyó las fuertes líneas de circunvalación y los montículos simétricos que coronan muchos de los terraplenes de nuestros ríos, es tan absurdo, casi, como suponer que construyeron las pirámides de Egipto.

¿Es excesivo definir estos comentarios como racistas? Desde luego, carecen del más mínimo rigor intelectual y no digamos ya científico.

El trabajo de Cyrus Thomas vino a echar por tierra estos prejuicios al constatar que los primeros cronistas de la colonización del Nuevo Mundo ya habían dejado descripciones de grandes asentamientos permanentes y enormes extensiones de terrenos cultivados. Las pruebas mostraban por tanto que al menos algunas poblaciones de nativos americanos habían desarrollado la agricultura, lo que les permitió mantener grandes centros urbanos y alcanzar de este modo un alto nivel de organización.

2. Tanto los montículos como los artefactos asociados a los yacimientos son mucho más antiguos que los restos más tempranos de la cultura india.

Aunque la estratigrafía ―el análisis de las capas del suelo― no se aplicó a la investigación arqueológica hasta bien entrado el siglo XIX, varios estudiosos emplearon un rudimentario antecedente de este método para determinar la antigüedad de los artefactos. Además, se apoyaron en la dendrocronología aplicada sobre algunos troncos de roble hallados en la cumbre de varios montículos llegando a la conclusión de que éstos se construyeron antes del año 1300 a.C.

Las dataciones de los montículos realizadas hasta ese momento se pusieron en tela de juicio aunque en un sentido equivocado: Thomas concluyó que las construcciones se habían erigido tras la llegada de los europeos al Nuevo Mundo.

Hoy en día sabemos que no hubo una única cultura de los montículos, sino que fueron varios pueblos los que levantaban estas enormes estructuras. La evidencia más antigua de esta tradición la encontramos en el yacimiento de Watson Brake en Luisiana (ver este artículo), con una datación comprobada que oscila entre hace 5400 y 5000 años. Este dato nos demuestra que la construcción de montículos tiene una larga historia en Norte América.

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3. Se han encontrado piedras talladas con inscripciones en alfabetos europeos, asiáticos o africanos. Dado que los nativos americanos no poseían ningún tipo de alfabeto ni escritura antes de la llegada de los colonizadores, ésta constituyó una de las pruebas más sólidas contra la posibilidad de que ellos fueran los responsables de levantar esas estructuras.

El ejemplo más citado de estas piedras es el de las llamadas “piedras sagradas de Newark”. En 1860, David Wyrick, un arqueólogo aficionado, afirmó haber encontrado en unos montículos de Ohio una piedra pulida parecida a una plomada con una serie de letras hebreas talladas en la superficie. La llamó “Piedra angular” (Keystone) y rápidamente avivó la idea de que los constructores de los montículos pertenecían a una de las tribus perdidas de Israel.

keystone

A pesar de la importancia que se le dio dado al hallazgo, muchos pusieron en duda su autenticidad ya que la escritura hebrea era demasiado moderna teniendo en cuenta la antigüedad que se atribuía al objeto.

Algunos meses después se produjo un nuevo descubrimiento: una tablilla de piedra caliza que también incluía caracteres hebreos aunque esta vez más antiguos. Se la llamó “El Decálogo” (Decalogue) ya que su traducción indicaba que se trataba de una versión de los Diez Mandamientos que Moisés recibió directamente de Dios según las Sagradas Escrituras.

decalogue

¿Qué oportuno verdad? Cuando se pone en entredicho la autenticidad del primer hallazgo porque los caracteres eran demasiado modernos, aparece una segunda piedra esta vez mejor elaborada. A pesar de que muchos hoy en día siguen manteniendo la autenticidad de estos dos artefactos, lo cierto es que las investigaciones más recientes vienen a demostrar que estas piedras fueron fabricadas y colocadas expresamente para ser descubiertas.

4. Los nativos americanos ya no construían montículos cuando los colonizadores europeos llegaron a sus tierras. Cuando se les preguntaba acerca de quién los había construido o cuál era su uso, desconocían todo acerca de ellos.

Si ellos eran los constructores, ¿por qué no continuaron sus trabajos a pesar de la llegada de los europeos? Al menos deberían ser capaces de recordar quienes lo habían hecho. Al contrario, los nativos americanos no sólo no sabían quién las había levantado, sino que insistían en afirmar que habían encontrado las ruinas en el mismo estado en que se ven hoy en día.

En este caso los estudiosos anteriores también estaban equivocados. Los trabajos de Thomas demostraron que ya en los siglos XVI y XVII las crónicas españolas mencionaban la construcción de montículos por parte de los nativos americanos. Garcilaso de la Vega narra cómo construían los montículos de tierra e instalaban sobre ellos los templos y las viviendas de los jefes de la comunidad. Del mismo modo, William Clark, quien comandó junto con Meriwether Lewis la primera expedición terrestre que alcanzó la costa del Pacífico partiendo del este, observó la construcción de estos montículos por los nativos de Misuri.

Una explicación para el declive de muchas de las poblaciones de nativos americanos que mantenían viva esta cultura fue la introducción de la viruela por parte del explorador español Hernando de Soto. Murió una gran parte de los indígenas y sus grandes ciudades fueron abandonadas junto con sus tradiciones ancestrales.

5. Se han encontrado artefactos de metal (hierro, plata, cobre etc.) y otras aleaciones enterrados en los montículos.

Los nativos americanos conocían métodos rudimentarios de metalurgia y utilizaban el cobre y la plata que encontraban en vetas naturales o en pepitas; pero no las técnicas de fundición necesarias para producir cobre, plata o las aleaciones para obtener bronce.

Las investigaciones de Cyrus Thomas confirmaron que todos los artefactos encontrados en los montículos estaban hechos del llamado cobre nativo, es decir, el cobre hallado en vetas naturales. Es cierto en cualquier caso que estos minerales fueron objeto de un comercio intensivo ya que desde Michigan, la fuente de la mayoría del metal empleado, alcanzaron una amplia distribución.

Yacimiento arqueológico de Cahokia. Collinsville, Illinois, Estados Unidos (Wikimedia commons)
Yacimiento arqueológico de Cahokia. Collinsville, Illinois, Estados Unidos (Wikimedia commons)

En conclusión, salvando la fabricación de pruebas falsas como las piedras y tablillas talladas, lo cierto es que la creencia en que una misteriosa raza desaparecida había levantado los montículos y edificado una gran civilización se debió más bien a la ignorancia y la aceptación selectiva e interesada de los datos disponibles.

Sin embargo, estas creencias calaron hondo y sirvieron de excusa perfecta para justificar la persecución y expulsión de los nativos americanos. Éstos se veían como intrusos, e incluso invasores, que habían destruido la cultura más civilizada de los constructores de montículos. De esta manera, los colonizadores europeos pudieron racionalizar su conducta ya que solo estaban reclamando el territorio que sus antepasados habían poseído antes de la llegada de los “indios”.

Y usted, querido lector, podría pensar que todos estos engaños, falsedades y creencias erróneas fueron cosas del pasado. Pues se equivoca. A finales de 2011 se publicó un artículo en el Examiner cuyo título dejaba poco margen a la imaginación: Unas ruinas en las montañas de Georgia prueban una conexión maya. Las enormes críticas que atrajo este artículo, que fue reproducido sin contrastar por numerosos medios españoles, hizo que se escribiera una especie de retractación (aunque en realidad no llegó a tanto) de la que, por supuesto, ningún medio español que publicó la primera parte se molestó en reseñar.

Referencias:

Baldwin, John D. (1872), Ancient America in notes on American archaeology. New York: Harper.

Foster, J. W. (1887), Prehistoric races of the United States of America. Chicago: S. C. Griggs and Company.

Squier, Ephraim G.; Davis, Edward H. (1848), Ancient Monuments of the Mississippi Valley. New York: Bartlett & Welford.

Thomas, Cyrus (1894), Report on the mound explorations of the Bureau of ethnology. Washington: Government printing office (Smithsonian institution).

Silverberg, Robert (1986), The mound builders. Ohio University Press, 276 p.

Saunders, J. W., et al. (1997), «A mound complex in Louisiana at 5400-5000 years before the present«. Science, vol. 277, núm. 5333, p. 1796-1799.

Feder, K. L. (2011), Frauds, myths, and mysteries: science and pseudoscience in archaeology. New York: McGraw-Hill, xix, 396 p.

Experiencias cercanas a la muerte (y II)

En la primera parte de esta anotación hemos analizado qué son las experiencias cercanas a la muerte. Ahora vamos a glosar los principales artículos científicos que han estudiado estas experiencias para, acto seguido, ofrecer una explicación de qué es la consciencia y las implicaciones que las investigaciones en el campo de las ECM pueden tener en la neurociencia.

Bruce Greyson (que creó la escala que lleva su nombre para determinar la existencia de una ECM) ya planteó en los años ochenta del siglo pasado la necesidad de llevar a cabo estudios prospectivos en pacientes con riesgo de sufrir una muerte repentina por paro cardíaco como el medio más idóneo para eliminar el sesgo en la elección de los casos. A continuación vamos a analizar los primeros estudios de este tipo.

El Dr. Sam Parnia (actualmente profesor asistente de medicina de cuidados críticos en la Universidad Estatal de Nueva York) junto con sus colaboradores llevaron a cabo un estudio piloto en 2001 diseñado para evaluar la frecuencia en que se daban ECM en personas que habían sobrevivido a paros cardíacos, así como para determinar las características de estas experiencias. Los resultados se publicaron en la revista Resuscitation.

Se incluyeron en el estudio todas aquellas personas que habían sobrevivido a un paro cardíaco y que habían permanecido ingresadas en un hospital del Reino Unido (el Southampton General Hospital). El estudio se realizó durante un periodo de un año y se interrogó a los pacientes (mientras permanecían aún hospitalizados) acerca de si guardaban algún recuerdo del tiempo en que habían permanecido inconscientes (no se realizó ninguna pregunta directa sobre si habían experimentado una ECM, si habían tenido la sensación de estar fuera del cuerpo u otras experiencias similares). Se aplicó la escala de Greyson como criterio de demarcación y se incluyeron datos fisiológicos como los niveles de gasometría arterial y periférica (junto con niveles de sodio y potasio), datos de la medicación administrada así como cualquier registro de anormalidades en el ritmo cardíaco durante la parada.

Para comprobar la realidad de las afirmaciones de algunos pacientes que afirmaban haber experimentado la sensación de estar fuera del cuerpo, flotando sobre el equipo médico durante las maniobras de reanimación, los investigadores cubrieron con tablones los techos de las habitaciones, colocando en la cara superior unas figuras de forma que sólo desde una posición ventajosa sobre el techo podían verse. Desgraciadamente, y también de forma atípica, ninguno de los pacientes que afirmaron vivir una ECM en esta muestra experimentó esta sensación.

Un total de 63 pacientes cumplieron todos los requisitos del estudio: siete de ellos indicaron que guardaban recuerdos de su periodo de inconsciencia (11,1%), cuatro de los cuales (6,3% del total de la muestra) habían experimentado una ECM según los criterios de la escala de Greyson (siete puntos o más).

Tabla del estudio de Greyson.

Debido al pequeño número de pacientes que tuvieron una ECM no fue posible extraer conclusiones claras acerca de las posibles causas fisiológicas, aunque se constató que la presión parcial de oxígeno era más alta en el grupo que experimentó una ECM que en el grupo control (a pesar de que en el artículo se sugiere que este dato podía descartar la influencia de la anoxia en el origen del fenómeno, los investigadores fueron precavidos y no destacaron esta conclusión dado el poco valor estadístico de los datos).

Los investigadores concluyeron que las ECM tienen lugar mientras los pacientes permanecen inconscientes, lo que contraviene los postulados médicos que niegan la posibilidad de que haya ningún tipo de experiencia subjetiva o capacidad de memorizar dada la nula actividad del cerebro en este estado. Como se ha apuntado que estas experiencias pueden tener lugar justo antes de perder la consciencia (a pesar de que el paso al estado comatoso tras un paro cardíaco sucede en pocos segundos) o en la fase de recuperación, reconocen que se precisan más datos para confirmar el desarrollo temporal de las ECM y descartar o probar esta hipótesis.

Ese mismo año se publicaron los resultados de otro estudio a gran escala realizado en diez hospitales holandeses. Dirigido por el cardiólogo Pim Van Lommel, incluyó un total de 344 personas que habían sufrido un paro cardíaco y fueron resucitadas con éxito. Todo ellos fueron entrevistados pocos días después, y del total de pacientes estudiados, 62 de ellos (un 18%) reconocieron haber experimentado una ECM, de los cuales 41 (12%) informaron de una experiencia profunda. Todos los pacientes estuvieron clínicamente muertos (según los registros electrocardiográficos).

En el estudio se definen las ECM como los recuerdos de todas las impresiones referidas durante un estado especial de consciencia, que incluyen elementos específicos tales como la sensación de estar fuera del cuerpo, sentimientos agradables, la visión de un túnel, una luz, estar junto a parientes fallecidos, o una revisión de la vida. Por otro lado, la muerte clínica se define como un periodo de inconsciencia provocado por un suministro deficiente de sangre al cerebro provocado bien por una circulación sanguínea insuficiente, respiración insuficiente o ambas causas. Si en esta situación la reanimación cardiopulmonar no comienza en 5 o 10 minutos, se produce un daño irreparable al cerebro y el paciente muere.

Para determinar si ha habido o no una ECM los investigadores utilizaron la escala WCEI (con una puntuación de 6 o más para considerar que la experiencia ha sido profunda). Compararon el grupo de 62 pacientes que experimentaron una ECM con los supervivientes que no habían referido ningún recuerdo (el grupo control) en relación a una serie de índices demográficos, médicos, farmacológicos y psicológicos. El objetivo era calcular la frecuencia en la que se producían las ECM en pacientes que habían sufrido un paro cardíaco (una situación médica crítica objetiva) y determinar los factores que afectaban a la frecuencia, el contenido y la profundidad de la misma.

Comprobaron que factores como la duración del paro cardíaco o la duración del periodo de inconsciencia, la medicación, el miedo a la muerte antes del infarto o el tiempo que transcurrió entre la ECM y la entrevista para recabar los datos no guardaban relación con el hecho de sufrir una ECM. Sin embargo, si constataron que las personas menores de 60 años eran más susceptibles a sufrir una ECM que las mayores. Otro dato relevante fue que la mayoría de los pacientes que experimentaron una ECM, especialmente una de tipo profundo, murieron finalmente en los 30 días posteriores a la reanimación.

Este estudio incluyó un aspecto longitudinal al seguir los dos grupos después de dos años y luego a los ocho años, para evaluar el efecto del tiempo, la memoria y los mecanismos de supresión en el proceso de transformación vital tras una ECM (los datos se recabaron entre 1988 y 1992). Los resultados confirmaron los estudios previos al indicar que las ECM producían efectos a largo plazo en las personas en términos de, por ejemplo, perder el miedo a morir, una intuición aumentada etc.

En cuanto a las causas, los investigadores concluyeron que los factores médicos no podían explicar las ECM y, aunque todos los pacientes analizados estuvieron clínicamente muertos, la mayoría no experimentó una ECM. Sostienen que si se tomaran en cuenta como desencadenantes de una ECM los factores puramente fisiológicos que resultan de la anoxia cerebral, la mayoría de los pacientes analizados deberían haber tenido esta experiencia. Concluyen que ni la medicación de los pacientes ni tampoco los factores psicológicos son determinantes para sufrir una ECM.

Quizás lo más llamativo sea que un estudio sobre este tema tan polémico fuese publicado en una de las revistas líderes en la investigación médica (The Lancet). Van Lommel explicó en una entrevista que nunca antes se había realizado un estudio tan sistemático sobre las experiencias de personas que fueron declaradas muertas y después volvieron a la vida. Afirma:

En ese momento estas personas no sólo están conscientes; su consciencia está incluso más expandida que nunca. Pueden pensar con extrema claridad, tienen recuerdos que se remontan a su niñez más temprana y experimentan una conexión intensa con todo y con todos a su alrededor. ¡Y sin embargo el cerebro no muestra ninguna actividad en absoluto!

Como ya hemos indicado, algunos científicos sostienen que estas experiencias pueden ocurrir en el momento en el que aún queda alguna función cerebral, aunque sea mínima. Van Lommel responde:

Cuando el corazón deja de latir, el riego sanguíneo se detiene en el plazo de un segundo. Entonces, 6,5 segundos más tarde, la actividad del EEG [electroencefalograma] comienza a cambiar debido a la escasez de oxígeno. Después de 15 segundos hay una línea recta y plana, y la actividad eléctrica en la corteza cerebral desaparece completamente. No podemos medir la actividad en el tallo cerebral, pero experimentos en animales han demostrado que esa actividad también se ha detenido allí.

Más aún, se puede demostrar que el tallo cerebral ya no está funcionando porque regula nuestros reflejos básicos, tales como la respuesta de la pupila y el reflejo de tragar, que ya no responden. De ese modo puedes introducir fácilmente un tubo por la garganta de una persona. El centro respiratorio también se detiene. Si el individuo no es reanimado en un plazo de 5 a 10 minutos, sus células cerebrales se dañan de forma irreversible.

Por último, en el análisis que estamos haciendo de los principales estudios prospectivos sobre las ECM, vamos a hablar del estudio que el Dr. Greyson llevó a cabo con todos los pacientes admitidos en la unidad de cuidados intensivos cardíacos del Hospital de la Universidad de Virginia durante un periodo de 30 meses (se excluyeron aquellos que estaban demasiado enfermos, psicóticos o disminuidos cognitivamente como para ser entrevistados). Los resultados se publicaron en la revista General Hospital Psychiatry en 2003 tomando como base de partida la hipótesis de que la incidencia de las ECM sería mayor entre los pacientes que habían sufrido un paro cardíaco de aquellos con otros problemas cardíacos (para diferenciar los problemas que pueden afectar al corazón recomiendo este enlace).

De la muestra total de 1595 pacientes admitidos en la unidad de cuidados intensivos cardíacos, a 116 (7%) se les diagnosticó un paro cardíaco. La ECM se determinó siguiendo la escala de Greyson y las entrevistas a los pacientes se llevaron a cabo dentro de los seis días posteriores a la admisión. Del número total de pacientes estudiados, 27 mostraron una puntuación de siete o más en la escala de Greyson, por lo que fueron catalogados dentro del grupo ECM; el resto, 1568 pacientes, fueron incluidos en el grupo de control. Comparados con los pacientes que no vivieron una ECM, el grupo ECM no difería en términos sociodemográficos, de apoyo social, calidad de vida, aceptación de su enfermedad, función cognitiva, capacidad para actividades físicas, grado de disfunción cardíaca, proximidad objetiva a la muerte o prognosis coronaria.

Entre las conclusiones del estudio destacaremos que se confirmó la diferente incidencia en ECM que existe entre los pacientes que entraron en el hospital por un paro cardíaco frente al resto de enfermos coronarios (según los datos facilitados, un paciente con paro cardíaco tiene una posibilidad 10 veces mayor de experimentar una ECM que el resto). Según Greyson, este dato apoya el vínculo que hay entre vivir este tipo de experiencias y la proximidad de la muerte. La pregunta obvia ante esta afirmación sería cuestionarse porqué la frecuencia de pacientes que afirman haber experimentado una ECM tras un paro cardíaco es tan baja (un 10%) del global de pacientes que sobrevivieron tras ese paro.

La respuesta es que este porcentaje no representa la proporción de personas que han sobrevivido a un paro cardíaco y que han experimentado una ECM, sino aquellos que han sido capaces de recordar esta experiencia y además han querido contarla a los investigadores. Tres factores pueden incidir en esta circunstancia. En primer lugar, es habitual padecer amnesia tras un paro cardíaco; en segundo término, este factor está relacionado con la edad: al igual que en el estudio holandés, en éste se constata que las personas menores de 60 años tienen mejores recuerdos de una ECM quizás debido a que los pacientes de mayor edad tienen más probabilidad de sufrir isquemia cerebral (es decir, cuando la sangre no puede llegar a ciertas partes del cerebro y se interrumpe el suministro de oxígeno a esas zonas); por último, otro factor que puede reducir el porcentaje de personas que cuentan su experiencia es el miedo a que sean ridiculizados o considerados enfermos mentales.

El Dr. Greyson concluye finalmente que ningún modelo fisiológico ni psicológico puede explicar por sí mismo todas las características de las ECM. Sin embargo, reconoce que algunas de estas características sí que pueden atribuirse a mecanismos neuroquímicos pero que, en cualquier caso, como las anteriores investigaciones han apuntado, los complejos procesos sensoriales y de percepción que se manifiestan durante un periodo de aparente muerte clínica suponen un reto para la idea de que la consciencia está localizada exclusivamente en el cerebro.

Lo que quedó patente con estos resultados es que era necesario llevar a cabo más investigaciones a gran escala, empleando métodos cada vez más precisos para intentar desentrañar el origen o causas que provocaban las ECM. Así, en 2008 el Dr. Sam Parnia presentó formalmente el denominado The Human Consciousness Project (Proyecto Conciencia Humana), donde convergían un grupo internacional de científicos para investigar en condiciones de laboratorio los procesos neuronales implicados en las diferentes facetas de la conciencia humana, su naturaleza y su relación con el cerebro.

El primer estudio lanzado por el proyecto se denominó AWARE (del inglés AWAreness during REsuscitation o conciencia durante la reanimación) con el objeto de analizar la relación de la mente con el cerebro durante el estado de muerte clínica. A pesar de que se había anunciado la publicación de los resultados durante el pasado año 2013, a fecha de hoy, la página web del proyecto sigue sin concretar cuándo se harán públicos y cuáles serán las conclusiones. Actualizaremos esta anotación si algún día se concluye.

Consciencia

Hasta ahora hemos analizado con cierta profundidad todos los aspectos relacionados con las experiencias cercanas a la muerte, pero para tener una visión completa de esta materia necesitamos comprender qué entendemos por consciencia y cuál es el estado actual de la investigación neurológica en este campo.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece cuatro acepciones del término conciencia:

(Del lat. conscientĭa, y este calco del gr. συνείδησις).

1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta.

2. f. Conocimiento interior del bien y del mal.

3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas.

4. f. Actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto.

5. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

Poro otro lado, encontramos tres acepciones del término consciencia:

(Del lat. conscientĭa).

1. f. conciencia.

2. f. Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.

3. f. Capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.

Bien, una vez sentado lo anterior, la pregunta esencial que deberíamos responder es ¿cómo surge la conciencia? En la investigación y análisis de esta materia hay dos grandes corrientes de pensamiento: una es la perspectiva que podríamos llamar localizacionista, que señala que la conciencia ocurre en ciertas regiones concretas del cerebro; la otra argumenta que la conciencia es un proceso holístico, global, que resulta de la actividad de redes de neuronas que se comunican entre sí y originan propiedades emergentes (las propiedades emergentes son aquellas que no se pueden explicar analizando los componentes de un sistema, es decir, son propiedades que estos componentes no tendrían de forma aislada sino que surgen únicamente como producto de la interacción entre ellos).

Siguiendo estas dos corrientes, vamos a exponer los puntos de vista de dos neurocientíficos cada uno de los cuales sostiene una visión diferente pero que comparten la convicción de que el enigma de la conciencia no es un problema único; antes bien, engloba múltiples fenómenos pendientes de explicación: la autoconciencia (la facultad de poder examinar nuestros propios deseos y pensamientos), el contenido de la conciencia (aquello de lo que se es consciente en un momento cualquiera) y la forma en que los procesos cerebrales se relacionan con la conciencia y la no-conciencia, entre otros.

Según plantea Christof Koch, profesor en el Instituto Tecnológico de California y jefe científico del Instituto Allen para la Ciencia del Encéfalo en Seattle, para generar la experiencia consciente un único grupo de neuronas se activa en regiones concretas del encéfalo de manera específica. Por tanto, cada “percepto consciente” (término que se refiere a la representación e interpretación que el cerebro hace de los estímulos procedentes de los sentidos) está asociado con una coalición específica de neuronas.

Junto con este concepto debemos tratar el de “correlato neuronal de conciencia” (CNC). Los neurocientíficos prefieren este complejo término al más simple de conciencia quizás por la dificultad de hallar una definición clara que sea aceptada por todos. Podemos definirlo como el conjunto mínimo de eventos (externos) y mecanismos (internos) que son suficientes para generar una percepción consciente específica. La perturbación o interrupción de cualquier correlato neuronal de conciencia altera su percepto asociado o provoca la desaparición del mismo.

En el plano fisiológico, el sustrato probable de un CNC es una coalición de neuronas piramidales (un tipo de neurona que establece comunicaciones a larga distancia) alojadas en la corteza cerebral. Según esta aproximación, las neuronas forman parte de bastas redes y sólo en tal contexto generan experiencia consciente. La mente o conciencia se hallaría de esta forma claramente situada en la corteza cerebral.

Por su parte, Susan Greenfield opina que para cada experiencia consciente las neuronas distribuidas por el cerebro se sincronizan en “asambleas” coordinadas y luego se dispersan; la conciencia, por tanto, se genera por un incremento cuantitativo en la actividad neuronal del cerebro. Parte de la hipótesis de que no existe ninguna cualidad “mágica” e intrínseca en ninguna región cerebral o conjunto de neuronas que sea responsable de la conciencia, la clave está en el proceso en sí. Según este modelo, la conciencia varía de forma gradual desde un momento al siguiente. La gran cuestión que queda por resolver es la forma en que los fenómenos fisiológicos que tienen lugar en el cerebro se traducen en lo que nosotros experimentamos como conciencia.

Volviendo a Van Lommel, opina que las ECM sólo pueden explicarse si asumimos que la consciencia, junto con todas nuestras experiencias y memorias, se localiza fuera del cerebro. La siguiente pregunta es obvia, ¿dónde? Esta es su respuesta:

Sospecho que hay una dimensión en la que se almacena esta información, una clase de consciencia colectiva a la que sintonizamos para acceder a nuestra identidad y nuestras memorias

Ahí es nada. En un artículo que escribió en 2006 (Near-Death Experience, Consciousness and the Brain) ahondó más en esta propuesta acudiendo a la mecánica cuántica como forma de explicar esa otra “dimensión” donde se hallaría la consciencia. No nos vamos a detener en esta explicación porque, bajo nuestro punto de vista, no es más que una exposición en voz alta de una idea incoherente. El físico Victor Stegner ha reiterado en numerosas ocasiones su preocupación del surgimiento de un «nuevo mito» en el pensamiento moderno que sostiene que la física cuántica ha invalidado la visión materialista y reduccionista del universo, cuando lo que sucede llanamente es que se malinterpretan o no se entienden sus postulados. En cualquier caso, en las referencias incluyo el artículo por si alguien tiene más interés y desea profundizar. Van Lommel finalmente decidió abandonar su carrera de cardiología para dedicarse a tiempo completo a investigar estas experiencias. Fundó la Fundación Merkawah en La Haya, como una rama autónoma de la “Asociación Internacional para Estudios Cercanos a la Muerte” (IANDS – International Association for Near-Death Studies).

No quería terminar esta anotación sin exponer los puntos de vista del Dr. Francisco Mora Teruel. A él le gusta explicar qué es el cerebro y la mente acudiendo a un símil según el cual el cerebro es un instrumento musical (pensemos en un piano). Este instrumento puede ser analizado desmontándolo para separar sus componentes y así poder comprender su funcionamiento. Para muchos, el cerebro es un órgano capaz de ser analizado en todos y cada uno de sus elementos moleculares, celulares y anatómicos. Por su parte, la mente también sería fácil entenderla como una melodía, una composición musical. Algo que aún siendo temporal, no tiene espacio, no es material.

La cuestión es que la resolución del problema mente-cerebro sería como analizar las partes de un piano tratando de encontrar en ellas la melodía que acaba de sonar. Para resolver este inconveniente habría que invocar la existencia de algo o alguien que tocara el piano, es decir, un elemento extracerebral, de otra naturaleza (lo que algunos llaman espíritu).

Sin embargo, para el profesor Mora no hay misterio. Sostiene que ni en la filosofía ni en la neurociencia se mantienen hoy posiciones dualistas. Hay un posicionamiento general, casi unánime, acerca de la idea de que es el propio cerebro el generador y último responsable de los procesos mentales. Las disensiones entre filósofos, entre los propios neurocientíficos y entre filósofos y neurocientíficos están únicamente en lograr comprender cómo se establece la relación, causal o no, entre los mecanismos cerebrales y los procesos mentales.

Su posicionamiento a este respecto está con la llamada teoría de la identidad. Lo que defiende esta teoría es que entre el cerebro y la mente no hay causación, la actividad cerebral son los procesos mentales. Es decir, la actividad neurobiológica del cerebro cuando se expresa en la conducta y el pensamiento es lo que llamamos procesos mentales o mente, y es entonces cuando surgen con una naturaleza aparentemente inmaterial, espiritual si se quiere. A la luz de esta forma de pensar, los procesos cerebrales y los procesos mentales son una misma cosa sólo que estudiados, analizados y expresados utilizando técnicas, instrumentos de análisis y lenguajes diferentes.

Por supuesto que el materialismo no es un hecho establecido en el sentido que, por ejemplo, lo es la estructura helicoidal del ADN. En este sentido, todavía es posible (aun cuando las evidencias actuales no lo apoyen) que el dualismo pueda ser verdad. Aun así, y a pesar de la remota posibilidad de que nuevos descubrimientos reivindiquen a Descartes, el materialismo, como lo es la revolución darwiniana, es la hipótesis de trabajo más segura.

 

Referencias:

Parnia, S., et al. (2001), «A qualitative and quantitative study of the incidence, features and aetiology of near death experiences in cardiac arrest survivors«. Resuscitation, vol. 48, múm. 2, p. 149-156.

Lommel, Pim Van, et al. (2001) «Near-death experience in survivors of cardiac arrest: a prospective study in the Netherlands«, The Lancet, núm. 358, p. 2039-2045.

Greyson, B. (2003), «Incidence and correlates of near-death experiences in a cardiac care unit«. General Hospital Psychiatry, vol. 25, núm. 4, p. 269-276.

Van Lommel, P. (2006), «Near-death experience, consciousness, and the brain: A new concept about the continuity of our consciousness based on recent scientific research on near-death experience in survivors of cardiac arrest«. World Futures, vol. 62, núm. 1-2, p. 134-151.

Mora, F. y  Barraquer Bordás, L. (1995), El problema cerebro-mente. Madrid: Alianza, 288 p.

Koch, C. y  Greenfield, S. (2007), «¿Cómo surge la consciencia?». Investigación y Ciencia, núm. 375, p. 50-57.

Pueden descargar la anotación completa en en los siguientes formatos:

Tutankamón disponía de un arsenal nuclear

Antes de que empiecen a leer lo que sigue debo pedirles disculpas por lo tendencioso y grosero del título de esta anotación. Sin embargo, como podrán comprobar tras su lectura, es relevante para los fines de lo que pretendo explicar así que les ruego su indulgencia.

Hace unos días varios medios de comunicación publicaron la noticia de que se ha obtenido la prueba del impacto de un cometa sobre la Tierra, así como restos macroscópicos de su núcleo. La noticia en sí ya es importante, pero lo que ha hecho que se multipliquen los comentarios y su impacto en las redes sociales es haberla relacionado con una joya encontrada en la tumba del joven faraón Tutankamón.

La historia en realidad tiene más de siete años y el artículo científico que pretenden dar a conocer los medios trata tangencialmente, siendo generosos, ese objeto arqueológico.

Empecemos por el reciente descubrimiento

En el número de noviembre de la revista Earth and Planetary Science Letters se publicará un artículo (ya disponible en versión digital) titulado Unique chemistry of a diamond-bearing pebble from the Libyan Desert Glass strewnfield, SW Egypt: Evidence for a shocked comet fragment. Los científicos refieren que han estudiado una pequeña piedra, muy inusual ―que han llamado «Hipatia» en honor de la filósofa nacida en Alejandría― que fue recuperada en una amplia zona desértica del suroeste de Egipto. Allí se produjo un evento de recalentamiento extremo de la superficie que conformó lo que hoy se conoce como el desierto libio de cristal, con una antigüedad estimada de 28,5 millones de años.

La hipótesis para explicar los resultados de los análisis practicados sobre la roca ―donde el carbono es el elemento dominante aunque presenta proporciones heterogéneas de los isótopos de oxígeno y carbono así como de diversos gases nobles― es que nos encontramos ante los restos del núcleo de un cometa que impactó contra el suelo después de incorporar gases de la atmósfera. Su presencia en el desierto libio de cristal sugiere que esta roca pudo haber formado parte de un bólido que se fragmentó en la explosión que creó los cristales.

Como decíamos, el análisis llevado a cabo y la hipótesis planteada por los científicos ―aunque serán necesarios estudios posteriores que confirmen y corroboren los datos obtenidos― son lo suficientemente relevantes en sí mismos como para hacer contraproducente la propaganda egiptológica; sin embargo, se ha convertido en una práctica habitual utilizar titulares impactantes que atraigan lectores a la noticia: el diario ABC titula «El último secreto de Tutankhamón: una joya creada por un cometa», La Razón «El tesoro de Tutankamón evidencia el primer impacto de un cometa contra la Tierra» y Muy Interesante «Hallan evidencias del impacto de un cometa en una piedra del tesoro de Tutankhamon»

Más allá de los defectos en la ortografía, podemos comparar estos titulares con los que aparecieron en el año 2006: El portal de internet Astroseti, haciéndose eco de una noticia publicada en el diario británico The Times, afirmaba «El escarabajo de cristal del rey Tutankamón vino del espacio exterior»; por su parte BBC Mundo titulaba «Tutankamón y la bola de fuego» ¿Encuentran alguna semejanza?

El pectoral de Tutankamón

Pectoral hallado por Howard Carter en la KV 62 (tumba de Tutankamón).

¿A qué se refieren los titulares cuando relacionan al faraón del Antiguo Egipto con el posible núcleo de un cometa?

En realidad todo este revuelo tiene su origen en un artículo publicado en mayo de 1999 en la revista especializada «Sahara» por el mineralogista Vincenzo de Michele. El científico italiano decidió estudiar la composición química de una joya bastante llamativa encontrada en la tumba del rey Tutankamón, que en ese momento se hallaba expuesta en el Museo Egipcio de El Cairo. Tras realizar varios análisis ópticos (no invasivos) llegó a la conclusión de que el escarabajo central de la joya estaba compuesto de vidrio y no de calcedonia, un mineral de sílice formado por una mezcla de cuarzo y moganita, que es lo que había supuesto el arqueólogo Howard Carter cuando lo describió por primera vez. Una vez concretada la composición química del material, De Michele localizó su origen en una región del desierto del Sáhara donde desde hacía años se venía estudiando la existencia de una gran cantidad de cristales, los llamados cristales del desierto libio.

Creo que no me equivoco al pensar que han oído al menos una vez el nombre de Howard Carter. Artífice del que quizás sea el descubrimiento arqueológico más importante del siglo XX, ha pasado a la historia como la persona que encontró la tumba casi intacta del rey Tutankamón y sacó a la luz no solo la momia del joven faraón (con su espectacular sarcófago), sino el magnífico conjunto de objetos que lo acompañaban.

La entrada en la tumba se realizó en noviembre de 1922, pero no fue hasta el 29 de octubre de 1926 (como podemos leer en su diario) cuando se inventarió el contenido de un joyero o cofre, catalogado con el número 267, donde se encontró el ya famoso pectoral reproducido a continuación:

Fotografía original tomada por Burton del pectoral. Etiquetado con el número 267 D del inventario (parte superior). Cortesía de The Griffith Institute.
Tarjeta descriptiva.

Anverso y reverso de la tarjeta original donde Howard Carter describió el pectoral nº 267 D. Cortesía de The Griffith Institute.El motivo central de este pectoral es un escarabajo de color amarillo verdoso translúcido, que sirve como cuerpo de un ave de presa (un halcón o un buitre) con las alas extendidas. El escarabajo tiene las patas de ave, en una de cuyas garras sostiene un lirio abierto y en la otra una flor de loto y varias yemas.

A cada lado hay una cobra con el disco solar en su cabeza ―la cobra wadjet se asocia con el Bajo Egipto― mientras que su larga cola forma un marco exterior en la parte superior de las alas del escarabajo. Éste se encuentra sujetando con sus patas delanteras y las puntas de sus alas una barca solar, donde viaja el ojo izquierdo de Horus ―wedjat, udjat o ugiat, símbolo lunar― así como una luna creciente horizontal que alberga un disco plateado con pequeñas figuras en oro representando a Thoth, el Rey y Ra-Horakhty. El conjunto se completa con otras dos cobras con un disco solar en su cabeza.

Como una especie de franja en la base del pectoral se aprecian flores de loto azul, yemas, y capullos de flores de papiro, todos separados en el punto donde se une el tallo de la flor y que constituyen los símbolos del Ato y Bajo Egipto.

Toda la iconografía de la pieza se asocia con los ciclos lunar y solar, la resurrección, el reinado perdurable del soberano así como con la identidad del propio Egipto.

Además de estos simbolismos, era común fabricar joyas utilizando las imágenes de los jeroglíficos para representar uno de los nombres del rey ―el rey poseía varios nombres, cinco durante la mayor parte de la historia antigua de Egipto―. En esta joya es identificable el nombre del trono de Tutankamón Neb-Jeperu-Ra: la barca solar define el jeroglífico Neb, el escarabajo en el centro la palabra Jeper que, junto con las tres flores de loto de la base del pectoral se transforma en el plural Jeperu, mientras que el disco solar de la parte superior es Ra.

El misterio

Como no podía ser de otra forma, hacía falta un misterio para que todas las piezas comenzasen a encajar.

Cristal del desierto libio (wikimedia commons).

Como hemos señalado más arriba, De Michele situó la procedencia del cristal del pectoral en una remota región del desierto del Sahara donde, en 1846, se habían encontrado una gran cantidad de ellos y cuyo origen era indeterminado. Numerosas expediciones acudieron al lugar, pese a lo recóndito, y se bautizaron las rocas como cristales del desierto libio aunque en realidad su localización se situaba en Egipto ―las fronteras eran difusas en aquella época y, desierto Libio era el nombre que, en época clásica, Herodoto había dado a la parte nororiental del desierto del Sahara―.

Por su parte, el geoquímico Christian Koeberl, de la Universidad de Viena, publicó los resultados de un análisis en profundidad de estos cristales y comprobó que eran muy ricos en sílice (entre un 96,5 y un 99%  de SiO2) y, pese a que no se había encontrado en la zona ninguna huella física, su opinión era que se habían formado tras el impacto de un meteorito.

Localización de la zona de cristales del desierto libio según el trabajo de Koeberl.

Sin embargo, como hemos dicho, parecía no haber rastro alguno del impacto de un meteorito en la zona. Y es aquí donde entra la «bola de fuego» que mencionan los titulares de 2006: Mark Boslough, experto en física de impactos, planteó que el meteorito responsable de la formación de estos cristales no llegó a chocar contra la superficie sino que se habría fragmentado al entrar en la atmósfera, creando una enorme bola de fuego que habría provocado una explosión de aire tan caliente que derritió la arena y roca sobre el suelo. Recreó el efecto con la ayuda de programas informáticos para concluir que un objeto con un diámetro de 199 metros viajando a una velocidad de 20 kilómetros por segundo habría podido producir el suficiente calor (1.800 grados centígrados) como para derretir la arena y dejar a su paso una estela de cristal. La revista Science se hizo eco de su análisis, aunque su hipótesis alcanzó fama mundial cuando la BBC emitió el documental titulado «La bola de fuego del rey Tutankamón».

Pero no todo estaba dicho, como suele ocurrir en ciencia. En octubre del año 2004 se hicieron públicos los resultados preliminares del hallazgo por parte de una misión franco-egipcia (CNRS-Universidad de El Cairo) del mayor campo de cráteres de impacto de meteoritos de la Tierra (que abarca una superficie de alrededor de 5000 Km2) entre las latitudes 23º 10’N y 23º 40’N y longitudes 26º 50’E y 27º 35’E, una región situada a 115 kilómetros de la meseta de Gilf Kebir en el desierto occidental egipcio.

Situación del campo de cráteres de impacto. Meseta de Gilf Kebir.

Tras la publicación del artículo definitivo en la revista C. R. Geoscience, supimos que gracias a la ayuda del satélite JERS-1 de la JAXA (agencia espacial japonesa), el equipo ―dirigido por el geólogo francés Philippe Paillou― había logrado detectar un centenar de impactos de entre 0,5 y 2 kilómetros de diámetro y con una profundidad de hasta 80 metros. Se realizó una expedición al lugar y se examinaron con detalle 13 de estos puntos de colisión.

La conclusión que alcanzaron los científicos fue que varios meteoritos se fragmentaron al entrar en la atmósfera terrestre y colisionaron contra la superficie ya que la ruptura de un solo meteorito no habría podido provocar los cráteres en un espacio tan enorme. Según refieren, los estudios químicos y la determinación de la antigüedad de los cráteres de impacto se han dejado para estudios posteriores.

Cráter GKCF13 de 950 m de diámetro.

Hasta aquí la información ofrecida por los estudios científicos

Cuando se comprobó que el cristal de la joya hallada en la tumba del rey Tutankamón tenía 29 millones de años de antigüedad, los defensores de las teorías pseudocientíficas comenzaron su labor de intoxicación habitual afirmando, entre otras cosas, que los egipcios (como el cristal) provenían del espacio exterior, que éste era el producto del estallido de un arma atómica —extrapolando los efectos de la creación de cristales tras la detonación de la bomba atómica en el desierto de Nuevo México en 1945— y otras mucho más extravagantes (si es que eso es posible).

¿Guardan relación los campos de cráteres de impacto descubiertos por el equipo de Paillou con la zona donde se han hallado los cristales del desierto libio? Hasta la publicación del artículo con el que iniciábamos esta anotación, la opinión general era que uno o varios meteoritos eran responsables del suceso; sin embargo, los nuevos hallazgos conducen a la idea de que se trataba de un cometa. Creo que estas son las cuestiones a resolver y lo que debería llamar nuestra atención y la de los medios de comunicación.

Sin entrar a fondo en la valoración de las diferentes teorías acerca de la formación de los famosos cristales —posturas que se irán aclarando cuando se realicen nuevas investigaciones— opino que los descubrimientos científicos son importantes en sí mismos, y que el hecho de intentar responder cuestiones fundamentales acerca de la formación de nuestro Sistema Solar supone un reto lo suficientemente complejo como para que los medios de comunicación empañen la labor de los investigadores con titulares sensacionalistas.

Como he hecho yo mismo al titular esta anotación, es innecesario, engañoso y aleja la atención de lo verdaderamente relevante. El público asociará Egipto con extraterrestres (alimentando el mito de la construcción de las pirámides y demás) mientras que el verdadero descubrimiento científico pasará desapercibido.

Del mismo modo, tampoco es preciso envolver en un aura de misterio la formidable labor de los orfebres del Antiguo Egipto para dar a conocer y valorar su trabajo. La joya que hemos reproducido es lo suficientemente bella, y su factura lo bastante compleja, como para desmerecer esa labor haciendo afirmaciones pseudocientíficas carentes de toda base sobre su propósito u origen. Sostener que unos extraterrestres crearon la joya es, sencillamente, un insulto a nuestro pasado, a quienes somos.

El 12º planeta — Introducción

Vamos a analizar un libro ampliamente conocido, que pese a haber sido publicado originalmente hace más de 35 años, aún hoy en día se sigue editando (al menos en castellano hay nueve ediciones, la última de febrero de 2013). Me refiero al libro “El 12º Planeta” escrito por Zecharia Sitchin.

Debo reconocer que me sorprendió poder encontrar fácilmente un ejemplar sin necesidad de acudir a libreros de ocasión, ya que hay una gran cantidad de libros escritos en fechas muy posteriores que han desaparecido por completo. Esta circunstancia, unida al hecho de que se ha editado nueve veces en España en los últimos once años, demuestra a las claras que se trata de un texto que genera mucho interés entre el público.

El libro se anuncia como el primero de una serie titulada “Crónicas de la Tierra”, se divide en 15 capítulos y consta de 437 páginas en total.

En la solapa leemos, entre otros datos biográficos e información, que Zecharia Sitchin (1920-2010) se educó en Palestina (durante el mandato británico), se licenció en Historia económica en la London School of Economics and Political Science; y que adquirió un profundo conocimiento de numerosas lenguas, entre ellas el hebreo clásico, lenguas semíticas y el sumerio.

Nuestro autor posee una página web oficial y también hay otras páginas donde sus lectores se pueden comunicar y así mantener su interés en sus ideas.

Entrando a analizar el texto, en la contracubierta del libro leemos el siguiente resumen de los contenidos de la obra:

EDICIÓN ESPECIAL ILUSTRADA

CON NUMEROSOS MAPAS, DIAGRAMAS Y FOTOGRAFÍAS.

A partir de los textos antiguos, la arqueología y la mitología, Zecharia Sitchin entreteje el relato de los orígenes de la humanidad y documenta la intervención extraterrestre en la historia de la Tierra. Centrándose en la antigua Sumeria, el autor nos revela con extraordinaria precisión la historia completa del Sistema Solar según la versión de los visitantes procedentes de otro planeta que gira a corta distancia de la Tierra cada 3600 años. El 12º planeta es, sin duda, el libro de referencia obligada sobre los antiguos astronautas ya que en él se nos narra cuándo y cómo llegaron y de qué modo la tecnología y la cultura de estos astronautas influyen en la raza humana desde hace ya cientos de miles de años.

La finalidad de la obra queda clara desde el comienzo. El autor afirma en el prólogo que una civilización de otro planeta envió astronautas a la Tierra en algún momento de nuestro pasado, siendo su intención responder a las preguntas de ¿Cuándo lo hicieron? ¿Cómo llegaron aquí? ¿De dónde venían? ¿Y qué hicieron aquí durante su estancia?

Para lograr su propósito, utilizará «el Antiguo Testamento como ancla, y no presentando como evidencia otra cosa que los textos, los dibujos y los objetos que nos dejaron los antiguos pueblos de Oriente Próximo».  Sostiene que identificará el planeta del cual vinieron estos astronautas (llamado duodécimo planeta) exponiendo una nueva cosmología acerca de la formación de la Tierra y el Sistema Solar «que explica mejor que nuestras ciencias actuales»; y será capaz de describirlos físicamente así como su tecnología y el secreto de su «inmortalidad».

Este será el preámbulo para describir la «Creación» del hombre por estos astronautas así como los métodos que emplearon para lograrlo. En definitiva, su intención es mostrar que «el Hombre no está solo, y que las generaciones futuras tendrán otro encuentro con los súbditos del Reino de los Cielos».

De esta forma, si bien la tesis central es que nuestro planeta ha sido visitado por seres extraterrestres, la realidad es que sus planteamientos son más extensos:

  • Para él, el origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otro lugar (lo que hoy en día conocemos como la teoría de la panspermia dirigida)
  • El hombre moderno, Homo sapiens, es un extraño en la Tierra. Pone en tela de juicio las afirmaciones de la paleoantropología “oficial” sosteniendo que la aparición de Homo sapiens fue súbita e inexplicable.  El desarrollo de sus herramientas, su capacidad de hablar, y otros rasgos modernos no tienen conexión con los primates anteriores, ni puede ser explicado con el lento proceso evolutivo (se apoya en una cita de Theodosius Dobzhansky ―Mankind evolving― quien concluye que «el hombre moderno tiene muchos parientes fósiles colaterales, pero no tiene progenitores; de este modo, la aparición del Homo sapiens se convierte en un enigma»). Su respuesta es que, como afirma el Antiguo Testamento y otras fuentes antiguas, fuimos creados por los dioses.
  • En relación con lo anterior, dado el escaso tiempo transcurrido desde su aparición, el hombre debería estar incivilizado: «al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su “industria de la herramienta”, desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, […] y menos de 50.000 años después del Hombre de Neanderthal, hemos llevado astronautas a la luna».
  • Refiere que a pesar de que nuestros estudiosos no pueden explicar la aparición de Homo sapiens, al menos no hay duda “por ahora” de que la civilización surgió en Oriente Próximo.
  • Sitúa el origen de la agricultura en Oriente Próximo desde donde se extendió al resto del mundo.  El hombre comenzó cultivando y “domesticando” el trigo y la cebada, para luego aparecer en “rápida sucesión” el mijo, el centeno y la escanda; el lino que proporcionaba fibras y aceite comestible; y una amplia variedad de arbustos y árboles frutales: «era como si en Oriente Próximo hubiera existido una especie de laboratorio botánico genético, dirigido por una mano invisible, que producía de vez en cuando una planta domesticada» Siguiendo este argumento, identifica el “Edén” bíblico como este lugar, como el lugar del origen de la vid.
  • Tras la domesticación de plantas y animales, y el origen del culto a los muertos, que comienza en los alrededores del 11000 a.C., tuvo lugar la aparición de la cerámica en las tierras altas de Oriente Próximo en un lapso de no más de 3.600 años ―esta cifra temporal es importante como veremos más adelante― «el descubrimiento de los múltiples usos que se le podía dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles»
  • Tras esto, el progreso se ralentizó y se produjo una regresión hacia el 4500 a.C., aunque después, «súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable».

 

Esta imagen representa según el autor «la cabeza tallada de un «dios» cubierta por un casco rayado y portando una especie de «gafas»». Sin embargo, únicamente nos informa que fue hallada en el norte de Israel y datada en el noveno milenio a.C. No ofrece datos del yacimiento donde se descubrió ni dónde se encuentra el original con lo que se hace imposible corroborar su afirmación.

En resumidas cuentas, ni la vida ni el origen de Homo sapiens se explican sin la intervención de seres de otro planeta (nada afirma acerca del resto del mundo animal, de cómo surgen las diferentes especies o evolucionan). Todos los hitos culturales del ser humano, la fabricación de herramientas, la domesticación de plantas y animales, el origen de la cerámica etc. los achaca a estos seres sin quienes no habríamos sido capaces de evolucionar (al menos en el “corto” espacio de tiempo en que lo hemos hecho). En idénticos términos describe el origen de la civilización con la construcción de las primeras ciudades, la invención de la escritura  etc.

Bien, hasta aquí el planteamiento de su tesis. En próximas entradas iremos desgranando y discutiendo la veracidad de sus afirmaciones paso a paso, siguiendo el orden expositivo de su obra.

Pseudoarqueología, ¿estás de broma?

 

  • Stan: Yo quiero ser mujer
  • Reg: ¿Qué?
  • Stan: Quiero ser una mujer. Desde ahora quiero que me llaméis Loreta
  • Reg: ¿¿¡Qué!??
  • Stan/Loreta: Es mi derecho como hombre
  • Judith: ¿Por qué quieres ser Loreta, Stan?
  • Stan/Loreta: Porque quiero tener hijos
  • Reg: ¿¿¡Quieres tener hijos!??
  • Stan/Loreta: Los hombres también tienen derecho a tener hijos si quieren
  • Reg: Pero … ¡tú no puedes parir!
  • Stan/Loreta: No me oprimas
  • Reg: No es que te oprima Stan, ¡es que no tienes matriz! … ¿Dónde vas a gestar el feto? … ¿¡lo vas a meter en un baúl!?

Este maravilloso diálogo de la película “La vida de Brian” nos sirve para explicar, con una fina ironía, lo que supone la pseudociencia.  La conclusión de que Stan no puede tener hijos no tiene nada que ver con la imposición de ninguna clase dominante, no es una cuestión negociable o discutible según se interprete la realidad.  Tiene que ver con hechos reales y observables y con proposiciones que se pueden demostrar materialmente: para gestar y concebir un hijo se necesita una matriz; las hembras tienen matriz y los machos no; Stan es un macho; Stan no puede tener hijos.

¿Podemos considerar el deseo de Stan/Loreta de tener hijos una alternativa válida frente a una visión biológica inflexible impuesta por Reg como consecuencia de un adoctrinamiento científico antidemocrático?, ¿realmente Reg está oprimiendo a Stan/Loreta por decirle que no puede tener hijos?, ¿o no será que, sencillamente, la pretensión de Stan es absurda?

¿Qué es la pseudociencia?

En wikipedia podemos encontrar una definición bastante acertada del término: es una afirmación, creencia o práctica que, a pesar de presentarse como científica, no se basa en un método científico válido, le falta el apoyo de evidencias científicas o no puede ser verificada de forma fiable.  Suele caracterizarse por el uso de afirmaciones exageradas o de imposible verificación, una falta de examen por parte de otros expertos, y una ausencia general de procesos para desarrollar teorías de forma racional.

Para comprender mejor su significado quizás sea conveniente recordar que entendemos por “ciencia” el conocimiento sistemático que se deriva de la observación, el estudio y la experimentación.  Por lo tanto, sólo se ocupa de los fenómenos que se pueden examinar empíricamente y, contrariamente a la opinión popular, no se trata de un conjunto de hechos inmutables, sino una manera racional de hacer preguntas y evaluar las distintas respuestas posibles.

Por este motivo, las observaciones se llevan a cabo bajo condiciones controladas con el fin de reducir al mínimo el impacto de los posibles prejuicios y expectativas de los propios investigadores (es interesante aprender más sobre el sesgo cognitivo), así como las posibles influencias aleatorias del medio ambiente.  La posibilidad de que el público pueda acceder a los métodos empleados y los resultados, así como una evaluación escéptica de los mismos por otros investigadores, son aspectos de suma importancia en la comunidad científica.

Por último deberemos señalar otro aspecto fundamental de la ciencia: su provisionalidad.  Nos referimos a que las leyes pueden ser las mejores de conjeturas que tenemos en la actualidad, pero están sujetas a revisión si se desarrollan mejores herramientas o métodos que hagan generar nuevas conclusiones.

En definitiva, las pseudociencias tratan de apropiarse del prestigio de la verdadera ciencia aunque están muy lejos de cumplir las normas aceptadas de investigación y de verificación que existen en los campos de conocimiento legítimos que tratan de imitar.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a aquellas interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica (aunque esto no siempre sucede así) y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados.  Estas interpretaciones pseudocientíficas emplean los datos históricos y arqueológicos de forma descontextualizada, en ocasiones falsifican pruebas, utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo, y todo ello con la finalidad de construir teorías sobre el pasado que difieren radicalmente de las aceptadas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico aunque al mismo tiempo sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  No podemos dejar de recordar que la arqueología es una ciencia, sujeta por tanto a unos principios científicos fundamentados como veremos más adelante.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, la construcción de grandes monumentos como las pirámides de Egipto o Mesoamérica con ayuda de seres superiores etc., aunque también la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa para la disciplina que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito. Reconozcamos que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como ya sucedió en el pasado con los trágicos ejemplos de la Alemania Nazi.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no se trata de un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado —la llamada arqueología popular—. Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Garrett G. Fagan, profesor de historia antigua en la Universidad de Penn State, y Kenneth L. Feder, profesor de arqueología en Central Connecticut State University, han dedicado gran parte de su tiempo y esfuerzo a desenmascarar el fraude.  Reconocen que su trabajo es difícil porque los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a sostener que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que exponen nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.  Es difícil por tanto para una persona poco versada en la historia o arqueología ser capaz de detectar la desinformación.  Sentencian: no se puede justificar la arqueología “alternativa” frente a la arqueología racional, como tampoco se puede justificar el “diseño inteligente” frente la biología evolutiva.

El método de investigación en la arqueología

El objeto de investigación de la arqueología es la sociedad como totalidad histórica concreta, y se rige por regularidades y leyes generales que adquieren particularidades en cada periodo histórico.  Por tanto, la arqueología es una disciplina de las ciencias sociales y su objeto de investigación no es diferente del de la historia, la sociología, la economía o la antropología.  Sin embargo, no es una “rama” de la antropología ni una “ciencia auxiliar” de la historia.

A pesar de ser cierto que las ciencias históricas no pueden emplear el método de experimentación reproducible habitual en las ciencias naturales, el método de investigación estándar en historia y arqueología tiene su fundamento en el procedimiento de proposición de hipótesis mediante ensayo y error, hipótesis que son contrastadas con los datos, sometidas a escrutinio y reconsideración por los especialistas.  Los arqueólogos racionales reconocen que en ocasiones las hipótesis se fundamentan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado por lo que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista cuando aparecen nuevos datos.  Este último rasgo es algo que los pseudoarqueólogos son incapaces de hacer.

Hay muchas versiones del pasado que son debatidas hasta la saciedad en libros y publicaciones especializadas, y los arqueólogos discuten las diferentes proposiciones sobre los objetos desenterrados, los métodos empleados, las interpretaciones y, de hecho, sobre prácticamente cualquier aspecto de la disciplina.  Lo que subyace a esta forma de proceder es una adhesión al método universal del discurso racional, un respeto por los métodos probados y acreditados que han demostrado su utilidad (y que están sometidos constantemente a mejoras).  Al contrario de lo que afirman los defensores de la pseudoarqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o doctrina inmutable.  Al contrario, son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez se han descubrimiento nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición.

Mi intención en este tema

Es curioso que muchas de las afirmaciones de los pseudoarqueólogos se refieran sobre todo a nuestros antepasados de Egipto y Mesoamérica, lo que da muestra de que el racismo es a menudo un factor de motivación (además del más común de todos: el dinero), en el sentido de que dan a entender que personas que no son caucásicos, o extraterrestres, no podrían contar con los medios o la inteligencia necesaria para construir esas estructuras monumentales.  Es una postura intolerable.

Numerosos científicos, periodistas y divulgadores dedican una parte importante de su tiempo a escribir artículos, libros y blogs denunciando las prácticas de quienes pretenden aprovecharse del desconocimiento y la credulidad de la gente para obtener un beneficio.  En la blogosfera son conocidos los nombres de J. M. Mulet con su blog Los productos naturales ¡vaya timo!, Luis Alfonso Gámez con Magonia, José Manuel López Nicolás con Scientia, César Tomé López con Experientia docet, la ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y tantos otros.

Estos grandes divulgadores me han hecho ver lo necesario que es intentar hacer entender a ese público ávido de conocer nuestro pasado que algunas de las afirmaciones de escritores de éxito (no los llamo arqueólogos o historiadores a propósito) son completamente falsas y dan una imagen de nuestros antepasados totalmente errónea. Por este motivo, como ya anuncié cuando me marché de vacaciones, voy a abrir una nueva página temática donde escribiré analizando de forma crítica y concienzuda las obras de algunos autores que se definen a sí mismos como estudiosos de la historia y nuestro pasado.

Espero que sea, como siempre, de vuestro interés.

P.S.  Como habrán comprobado, el logo que abre esta entrada contiene la palabra «heterodoxia».  He escogido este término a propósito pensando en la tercera acepción del adjetivo «heterodoxo» que incluye el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: disconforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas.

En este tipo de debates es fácil caer en el insulto y las agresividad verbal (o escrita).  Por ello, y para demostrar que no abordo la tarea con una idea preconcebida, no juzgaré ninguna de las obras que vamos a analizar hasta haber terminado su lectura y expuesto sus argumentos, contrastándolos con el resto de datos disponibles para comprobar su validez.  Entonces, y sólo entonces, ustedes mismos podrán hacer la valoración.

Referencias

Bate, L. F. (1998), El proceso de investigación en arqueología. Barcelona: Crítica, 275 p.

Brothwell, D. y  Higgs, E. (1980), Ciencia en arqueología. Madrid: Fondo de Cultura Económica España, 768 p.

Fagan, G. G., & Feder, K. L. (2006). Crusading against straw men: an alternative view of alternative archaeologies: response to Holtorf (2005) World Archaeology, 38 (4), 718-729 DOI: 10.1080/00438240600963528

Feder, K. L. (1984). Irrationality and popular archaeology American Antiquity, 49 (3), 525-541 DOI: 10.2307/280358

Holtorf, C. (2005). Beyond crusades: how (not) to engage with alternative archaeologies World Archaeology, 37 (4), 544-551 DOI: 10.1080/00438240500395813

Michlovic, M. G. (1990). Folk archaeology in anthropological perspective Current Anthropology, 31 (1), 103-107 DOI: 10.1086/203813

 

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