Historia antigua

A vueltas con los titulares tendenciosos: la construcción de las pirámides egipcias

A vueltas con los titulares tendenciosos: la construcción de las pirámides egipcias

     Última actualizacón: 13 septiembre 2017 a las 10:38

No hace mucho hablamos de lo tendenciosos que llegan a ser los titulares de algunos medios de comunicación cuando tratan noticias relacionadas con las grandes civilizaciones del pasado como la egipcia. Hoy volvemos de nuevo con este tema en relación a la publicación de un artículo en la prestigiosa revista Physical Review Letters titulado “Fricción deslizante en arena mojada y seca”.

Estos son algunos de los titulares que se han publicado en diversos medios digitales al tratar este artículo:

Titular noticia Mirror.

Titular noticia BBC Mundo.

Titular noticia El Confidencial.

 

En el estudio publicado el mes pasado, los investigadores de diversas instituciones (principalmente del Instituto Van der Waals-Zeeman para la física experimental de la Universidad de Ámsterdam) han demostrado empíricamente que la fricción deslizante en la arena se reduce en gran medida añadiendo algo de agua ­―pero no demasiada―.

Es sobradamente conocida la forma en que los egipcios trasladaban grandes bloques de piedra, estatuas y otros elementos arquitectónicos sobre trineos de madera. Los trineos eran empujados por los obreros desde las canteras o los puertos a través el desierto hasta su ubicación final siguiendo unas calzadas construidas al efecto. Para reproducir esta forma de desplazamiento, los investigadores han empleado una versión de laboratorio de este trineo, midiendo la fuerza necesaria para tirar de él con una baja velocidad constante y sobre tres tipos diferentes de arena mezclada con diferentes cantidades de agua. De esta forma han sido capaces de establecer tanto la fuerza de tracción requerida como la rigidez de la arena en función de la cantidad de agua que tuviera.

Modelo de trineo usado en el laboratorio.

Los experimentos han revelado que la fuerza de tracción necesaria para mover el trineo disminuye de forma proporcional a la rigidez de la arena. Este sucede porque cuando se vierte agua en la arena surgen los llamados puentes capilares, pequeñas gotas de agua que juntan los granos de arena. Cuando se vierte la cantidad correcta de agua, la arena húmeda del desierto es aproximadamente dos veces más rígida que la arena seca, facilitando el desplazamiento del trineo sobre ella ya que evita que se acumule delante d él. En cambio, un exceso de agua hace que los puentes capilares se unan y que el coeficiente de fricción aumente de nuevo. Esto es más fácil de entender si pensamos en los típicos castillos de arena que hacemos en la playa: para que la arena se compacte es necesario que esté húmeda, pero si la mojamos demasiado, el castillo se deshace.

Podemos definir la fricción como la fuerza existente entre dos superficies en contacto, aquella que se opone al movimiento entre ambas superficies. La fricción entre sólidos (como es el caso que estamos tratando) se suele clasificar en tres tipos: estática, deslizante (cinética) y rodante. La fricción estática incluye todos los casos en que la fuerza de fricción es suficiente para impedir un movimiento relativo entre las superficies. Supongamos que queremos mover un escritorio grande. Lo empujamos, pero el escritorio no se mueve. La fuerza de fricción estática entre las patas del escritorio y el suelo se opone a la fuerza horizontal que estamos aplicando y la anula, de forma que no hay movimiento.

La fricción deslizante se da cuando hay un movimiento relativo (deslizamiento) entre las superficies en contacto. En el ejemplo anterior, si empujamos con más fuerza el escritorio, llega un momento en que logramos deslizarlo aunque todavía haya mucha resistencia entre las patas y el suelo.

Por último, la fricción de rodamiento se da cuando una superficie gira conforme se mueve sobre otra superficie, pero no desliza o resbala en el punto de contacto. Este caso se daría si las patas del escritorio tuviesen unas ruedas.

En el rozamiento dinámico, dado un cuerpo en movimiento sobre una superficie horizontal, deben considerarse las siguientes fuerzas: (F) la fuerza aplicada, (Fr) la fuerza de rozamiento entre la superficie de apoyo y el cuerpo, y que se opone al deslizamiento, (P) el peso del propio cuerpo, igual a su masa por la aceleración de la gravedad y (N) la fuerza normal, que la superficie hace sobre el cuerpo sosteniéndolo ( wikimedia commons).

Bien, ya hemos analizado los aspectos básicos del artículo en cuestión y la pregunta que debemos hacernos ahora es si los titulares de los periódicos reflejan de forma congruente los resultados de la investigación, porque en la mayoría de los casos el desarrollo de la noticia es bastante correcto.

En primer lugar, todos refieren que se ha logrado resolver un misterio, un secreto que había permanecido oculto desde que se levantaron las pirámides egipcias. En realidad tenemos que decir que, en este tema en particular, no hay tal secreto ni misterio. Como los propios investigadores señalan, en los frescos de varias tumbas y otros monumentos de Egipto se puede ver una imagen que habla por sí sola: frente a un enorme trineo sobre el que descansa una estatua sedente podemos ver a un obrero vertiendo agua mientras un grupo de trabajadores tira de él.

Fresco de la tumba de Djehutihotep (año 1800 a.C.) y detalle del obrero vertiendo agua delante del trineo (wikimedia commons)

Los científicos no mencionan en ningún momento que hayan resuelto ningún misterio, sino que se limitan a constatar que los experimentos realizados confirman la función que desempeñaba este obrero que vierte agua delante del trineo (algunos egiptólogos barajaban la posibilidad de se tratara de un acto puramente ceremonial) y que los constructores de las pirámides fueron capaces de entender, y aprovechar, que la arena húmeda facilita el desplazamiento de los enormes bloques.

En cualquier caso, como hemos dicho la técnica ya era conocida y ha sido descrita hace tiempo por los egiptólogos. Baste como ejemplo el relato que John Romer hace en su obra The great pyramid: ancient Egypt revisited (página 197) [la traducción es propia]:

«Egyptian deserts still hold some of the ramps and trackways that aided the progress of the quarried stone onto the Nile barges. A few rare pictures too, from later ages of Egyptian history, show gangs of men engaged in moving heavy stones and statues, and they are drawn, so modern calculations show, with a fidelity to life.»

«Just as the ancient pictures show, the simple machine of muddy rampways generously slicked with water are so efficient that small crews of workmen could move many times their own weight up long sloping ramps; just ten men with skill, strong ropes and a lot of lubricating water could have delivered one of the Pyramid´s standard building blocks up onto the rising Pyramid.»

Los desiertos egipcios todavía mantienen algunas de las rampas que ayudaron al avance de las piedras de las canteras hasta las barcazas en el Nilo. Unas cuantas imágenes raras muestran también, en épocas posteriores de la historia de Egipto, a grupos de hombres ocupados en mover pesadas piedras y estatuas, que están dibujados, por lo que muestran los cálculos modernos, con gran fidelidad.

Como muestran las antiguas imágenes, la simple máquina de rampas enfangadas, alisadas generosamente con agua, es tan eficiente que pequeñas cuadrillas de obreros podían mover varias veces su propio peso a largo de rampas inclinadas; sólo diez hombres habilidosos, con fuertes cuerdas y una gran cantidad de agua lubricante podrían haber entregado uno de los bloques estándar de construcción de la Pirámide.

En segundo lugar, este técnica se utilizó para desplazar los bloques de piedra, pero nada más (y nada menos). Los datos que hemos conocido no nos sirven para comprender cómo se construyeron las pirámides —un tema que aún hoy es objeto de acalorados debates entre los especialistas— ya que todavía tenemos que explicar cómo se transportaron por el río Nilo los bloques de piedra (las canteras de granito de Asuán estaban situadas a más de 600 kilómetros al sur de la meseta de Giza), cómo se pudieron subir a grandes alturas para conformar las diferentes hiladas (recordemos que no se conocía la rueda), como se trabajó el interior de la pirámide etc.

Y lo cierto es que escribir un titular más ajustado a la verdad es bastante fácil. El redactor de la noticia del diario ABC lo hizo mejor, a pesar de que también habla del «secreto»:

Titular noticia publicada en ABC.

Más información

— Fall, A., et al. (2014), «Sliding Friction on Wet and Dry Sand«. Physical Review Letters, vol. 112, núm. 17, p. 175502.

Nota de prensa del equipo de investigación.

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HISTORIA, Historia antigua, 5 comentarios
Tutankamón disponía de un arsenal nuclear

Tutankamón disponía de un arsenal nuclear

     Última actualizacón: 22 abril 2019 a las 20:52

Antes de que empiecen a leer lo que sigue debo pedirles disculpas por lo tendencioso y grosero del título de esta anotación. Sin embargo, como podrán comprobar tras su lectura, es relevante para los fines de lo que pretendo explicar así que les ruego su indulgencia.

Hace unos días varios medios de comunicación publicaron la noticia de que se ha obtenido la prueba del impacto de un cometa sobre la Tierra, así como restos macroscópicos de su núcleo. La noticia en sí ya es importante, pero lo que ha hecho que se multipliquen los comentarios y su impacto en las redes sociales es haberla relacionado con una joya encontrada en la tumba del joven faraón Tutankamón.

La historia en realidad tiene más de siete años y el artículo científico que pretenden dar a conocer los medios trata tangencialmente, siendo generosos, ese objeto arqueológico.

Empecemos por el reciente descubrimiento

En el número de noviembre de la revista Earth and Planetary Science Letters se publicará un artículo (ya disponible en versión digital) titulado Unique chemistry of a diamond-bearing pebble from the Libyan Desert Glass strewnfield, SW Egypt: Evidence for a shocked comet fragment. Los científicos refieren que han estudiado una pequeña piedra, muy inusual ―que han llamado «Hipatia» en honor de la filósofa nacida en Alejandría― que fue recuperada en una amplia zona desértica del suroeste de Egipto. Allí se produjo un evento de recalentamiento extremo de la superficie que conformó lo que hoy se conoce como el desierto libio de cristal, con una antigüedad estimada de 28,5 millones de años.

La hipótesis para explicar los resultados de los análisis practicados sobre la roca ―donde el carbono es el elemento dominante aunque presenta proporciones heterogéneas de los isótopos de oxígeno y carbono así como de diversos gases nobles― es que nos encontramos ante los restos del núcleo de un cometa que impactó contra el suelo después de incorporar gases de la atmósfera. Su presencia en el desierto libio de cristal sugiere que esta roca pudo haber formado parte de un bólido que se fragmentó en la explosión que creó los cristales.

Como decíamos, el análisis llevado a cabo y la hipótesis planteada por los científicos ―aunque serán necesarios estudios posteriores que confirmen y corroboren los datos obtenidos― son lo suficientemente relevantes en sí mismos como para hacer contraproducente la propaganda egiptológica; sin embargo, se ha convertido en una práctica habitual utilizar titulares impactantes que atraigan lectores a la noticia: el diario ABC titula «El último secreto de Tutankhamón: una joya creada por un cometa», La Razón «El tesoro de Tutankamón evidencia el primer impacto de un cometa contra la Tierra» y Muy Interesante «Hallan evidencias del impacto de un cometa en una piedra del tesoro de Tutankhamon»

Más allá de los defectos en la ortografía, podemos comparar estos titulares con los que aparecieron en el año 2006: El portal de internet Astroseti, haciéndose eco de una noticia publicada en el diario británico The Times, afirmaba «El escarabajo de cristal del rey Tutankamón vino del espacio exterior»; por su parte BBC Mundo titulaba «Tutankamón y la bola de fuego» ¿Encuentran alguna semejanza?

El pectoral de Tutankamón

Pectoral hallado por Howard Carter en la KV 62 (tumba de Tutankamón).

¿A qué se refieren los titulares cuando relacionan al faraón del Antiguo Egipto con el posible núcleo de un cometa?

En realidad todo este revuelo tiene su origen en un artículo publicado en mayo de 1999 en la revista especializada «Sahara» por el mineralogista Vincenzo de Michele. El científico italiano decidió estudiar la composición química de una joya bastante llamativa encontrada en la tumba del rey Tutankamón, que en ese momento se hallaba expuesta en el Museo Egipcio de El Cairo. Tras realizar varios análisis ópticos (no invasivos) llegó a la conclusión de que el escarabajo central de la joya estaba compuesto de vidrio y no de calcedonia, un mineral de sílice formado por una mezcla de cuarzo y moganita, que es lo que había supuesto el arqueólogo Howard Carter cuando lo describió por primera vez. Una vez concretada la composición química del material, De Michele localizó su origen en una región del desierto del Sáhara donde desde hacía años se venía estudiando la existencia de una gran cantidad de cristales, los llamados cristales del desierto libio.

Creo que no me equivoco al pensar que han oído al menos una vez el nombre de Howard Carter. Artífice del que quizás sea el descubrimiento arqueológico más importante del siglo XX, ha pasado a la historia como la persona que encontró la tumba casi intacta del rey Tutankamón y sacó a la luz no solo la momia del joven faraón (con su espectacular sarcófago), sino el magnífico conjunto de objetos que lo acompañaban.

La entrada en la tumba se realizó en noviembre de 1922, pero no fue hasta el 29 de octubre de 1926 (como podemos leer en su diario) cuando se inventarió el contenido de un joyero o cofre, catalogado con el número 267, donde se encontró el ya famoso pectoral reproducido a continuación:

Fotografía original tomada por Burton del pectoral. Etiquetado con el número 267 D del inventario (parte superior). Cortesía de The Griffith Institute.

Tarjeta descriptiva.

Anverso y reverso de la tarjeta original donde Howard Carter describió el pectoral nº 267 D. Cortesía de The Griffith Institute.El motivo central de este pectoral es un escarabajo de color amarillo verdoso translúcido, que sirve como cuerpo de un ave de presa (un halcón o un buitre) con las alas extendidas. El escarabajo tiene las patas de ave, en una de cuyas garras sostiene un lirio abierto y en la otra una flor de loto y varias yemas.

A cada lado hay una cobra con el disco solar en su cabeza ―la cobra wadjet se asocia con el Bajo Egipto― mientras que su larga cola forma un marco exterior en la parte superior de las alas del escarabajo. Éste se encuentra sujetando con sus patas delanteras y las puntas de sus alas una barca solar, donde viaja el ojo izquierdo de Horus ―wedjat, udjat o ugiat, símbolo lunar― así como una luna creciente horizontal que alberga un disco plateado con pequeñas figuras en oro representando a Thoth, el Rey y Ra-Horakhty. El conjunto se completa con otras dos cobras con un disco solar en su cabeza.

Como una especie de franja en la base del pectoral se aprecian flores de loto azul, yemas, y capullos de flores de papiro, todos separados en el punto donde se une el tallo de la flor y que constituyen los símbolos del Ato y Bajo Egipto.

Toda la iconografía de la pieza se asocia con los ciclos lunar y solar, la resurrección, el reinado perdurable del soberano así como con la identidad del propio Egipto.

Además de estos simbolismos, era común fabricar joyas utilizando las imágenes de los jeroglíficos para representar uno de los nombres del rey ―el rey poseía varios nombres, cinco durante la mayor parte de la historia antigua de Egipto―. En esta joya es identificable el nombre del trono de Tutankamón Neb-Jeperu-Ra: la barca solar define el jeroglífico Neb, el escarabajo en el centro la palabra Jeper que, junto con las tres flores de loto de la base del pectoral se transforma en el plural Jeperu, mientras que el disco solar de la parte superior es Ra.

El misterio

Como no podía ser de otra forma, hacía falta un misterio para que todas las piezas comenzasen a encajar.

Cristal del desierto libio (wikimedia commons).

Como hemos señalado más arriba, De Michele situó la procedencia del cristal del pectoral en una remota región del desierto del Sahara donde, en 1846, se habían encontrado una gran cantidad de ellos y cuyo origen era indeterminado. Numerosas expediciones acudieron al lugar, pese a lo recóndito, y se bautizaron las rocas como cristales del desierto libio aunque en realidad su localización se situaba en Egipto ―las fronteras eran difusas en aquella época y, desierto Libio era el nombre que, en época clásica, Herodoto había dado a la parte nororiental del desierto del Sahara―.

Por su parte, el geoquímico Christian Koeberl, de la Universidad de Viena, publicó los resultados de un análisis en profundidad de estos cristales y comprobó que eran muy ricos en sílice (entre un 96,5 y un 99%  de SiO2) y, pese a que no se había encontrado en la zona ninguna huella física, su opinión era que se habían formado tras el impacto de un meteorito.

Localización de la zona de cristales del desierto libio según el trabajo de Koeberl.

Sin embargo, como hemos dicho, parecía no haber rastro alguno del impacto de un meteorito en la zona. Y es aquí donde entra la «bola de fuego» que mencionan los titulares de 2006: Mark Boslough, experto en física de impactos, planteó que el meteorito responsable de la formación de estos cristales no llegó a chocar contra la superficie sino que se habría fragmentado al entrar en la atmósfera, creando una enorme bola de fuego que habría provocado una explosión de aire tan caliente que derritió la arena y roca sobre el suelo. Recreó el efecto con la ayuda de programas informáticos para concluir que un objeto con un diámetro de 199 metros viajando a una velocidad de 20 kilómetros por segundo habría podido producir el suficiente calor (1.800 grados centígrados) como para derretir la arena y dejar a su paso una estela de cristal. La revista Science se hizo eco de su análisis, aunque su hipótesis alcanzó fama mundial cuando la BBC emitió el documental titulado «La bola de fuego del rey Tutankamón».

Pero no todo estaba dicho, como suele ocurrir en ciencia. En octubre del año 2004 se hicieron públicos los resultados preliminares del hallazgo por parte de una misión franco-egipcia (CNRS-Universidad de El Cairo) del mayor campo de cráteres de impacto de meteoritos de la Tierra (que abarca una superficie de alrededor de 5000 Km2) entre las latitudes 23º 10’N y 23º 40’N y longitudes 26º 50’E y 27º 35’E, una región situada a 115 kilómetros de la meseta de Gilf Kebir en el desierto occidental egipcio.

Situación del campo de cráteres de impacto. Meseta de Gilf Kebir.

Tras la publicación del artículo definitivo en la revista C. R. Geoscience, supimos que gracias a la ayuda del satélite JERS-1 de la JAXA (agencia espacial japonesa), el equipo ―dirigido por el geólogo francés Philippe Paillou― había logrado detectar un centenar de impactos de entre 0,5 y 2 kilómetros de diámetro y con una profundidad de hasta 80 metros. Se realizó una expedición al lugar y se examinaron con detalle 13 de estos puntos de colisión.

La conclusión que alcanzaron los científicos fue que varios meteoritos se fragmentaron al entrar en la atmósfera terrestre y colisionaron contra la superficie ya que la ruptura de un solo meteorito no habría podido provocar los cráteres en un espacio tan enorme. Según refieren, los estudios químicos y la determinación de la antigüedad de los cráteres de impacto se han dejado para estudios posteriores.

Cráter GKCF13 de 950 m de diámetro.

Hasta aquí la información ofrecida por los estudios científicos

Cuando se comprobó que el cristal de la joya hallada en la tumba del rey Tutankamón tenía 29 millones de años de antigüedad, los defensores de las teorías pseudocientíficas comenzaron su labor de intoxicación habitual afirmando, entre otras cosas, que los egipcios (como el cristal) provenían del espacio exterior, que éste era el producto del estallido de un arma atómica —extrapolando los efectos de la creación de cristales tras la detonación de la bomba atómica en el desierto de Nuevo México en 1945— y otras mucho más extravagantes (si es que eso es posible).

¿Guardan relación los campos de cráteres de impacto descubiertos por el equipo de Paillou con la zona donde se han hallado los cristales del desierto libio? Hasta la publicación del artículo con el que iniciábamos esta anotación, la opinión general era que uno o varios meteoritos eran responsables del suceso; sin embargo, los nuevos hallazgos conducen a la idea de que se trataba de un cometa. Creo que estas son las cuestiones a resolver y lo que debería llamar nuestra atención y la de los medios de comunicación.

Sin entrar a fondo en la valoración de las diferentes teorías acerca de la formación de los famosos cristales —posturas que se irán aclarando cuando se realicen nuevas investigaciones— opino que los descubrimientos científicos son importantes en sí mismos, y que el hecho de intentar responder cuestiones fundamentales acerca de la formación de nuestro Sistema Solar supone un reto lo suficientemente complejo como para que los medios de comunicación empañen la labor de los investigadores con titulares sensacionalistas.

Como he hecho yo mismo al titular esta anotación, es innecesario, engañoso y aleja la atención de lo verdaderamente relevante. El público asociará Egipto con extraterrestres (alimentando el mito de la construcción de las pirámides y demás) mientras que el verdadero descubrimiento científico pasará desapercibido.

Del mismo modo, tampoco es preciso envolver en un aura de misterio la formidable labor de los orfebres del Antiguo Egipto para dar a conocer y valorar su trabajo. La joya que hemos reproducido es lo suficientemente bella, y su factura lo bastante compleja, como para desmerecer esa labor haciendo afirmaciones pseudocientíficas carentes de toda base sobre su propósito u origen. Sostener que unos extraterrestres crearon la joya es, sencillamente, un insulto a nuestro pasado, a quienes somos.

Publicado por José Luis Moreno en HETERODOXIA, Historia antigua, 5 comentarios
La caída o decadencia del Imperio romano (y II)

La caída o decadencia del Imperio romano (y II)

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:56

En la anterior entrada, habíamos dejado nuestro repaso de la caída del Imperio romano con las reformas fiscales de Diocleciano, que habían motivado la huida de numerosos ciudadanos para evitar el pago de impuestos.

Tras la muerte de Diocleciano asumió el poder Flavio Valerio Constantino, hijo bastardo de Constancio Cloro, el César nombrado por Maximiano.  Galerio, el otro Augusto, veía cada vez con mayor aprensión el poder que acumulaba Maximiano por lo que decidió que Constantino debía residir como oficial militar en su cuartel general, pensando de esta forma tenerlo cerca y controlarlo.  Sin embargo Constantino, quizás consciente del peligro que entrañaba acatar ese deseo, decide desobedecer y opta por reunirse con su padre en Bretaña, llegando justo a tiempo para su fallecimiento.  Las tropas de la isla aclaman a Constantino como Augusto aunque él prefiere adoptar el título de César.

Nos encontramos de nuevo con la pretensión de diferentes aspirantes de ocupar los cargos del Estado.  Tras algunas escaramuzas, el 27 de octubre de 312 d.C. se produce el enfrentamiento de los ejércitos de Constantino y Majencio a unos 20 kilómetros de Roma.  Se ha querido ver en este choque un combate en nombre de la religión: el cristianismo defendido por Constantino, y el paganismo por Majencio.  Constantino salió victorioso aunque aún tuvo que vérselas con Licinio y Maximino Deza (nombrados Augusto y César por Galerio respectivamente).  Con el primero de ellos llegó a un acuerdo para el reparto del Imperio (mediante el famoso Edicto de Milán del año 313 d.C. que también proclamaba el respeto a todas las religiones y devolvía los bienes confiscados a los cristianos), mientras que Maximino facilitó las cosas muriendo prematuramente.  Tras la ruptura del acuerdo con Licino, Constantino dirigió su ejército contra él obteniendo una nueva victoria.  Así, consiguió reunir todo el poder en sus manos.

A pesar de lograr unificar el poder no mejoró la situación política ya que Constantino I decidió dar continuidad a las ideas descentralizadoras adoptadas por Diocleciano: acuerda la fundación de una Nueva Roma ―difuminando aún más el poder de Roma como capital imperial― en la antigua ciudad de Bizancio que será conocida como Constantinopla cuando, finalmente, traslada allí su residencia en el año 330 d.C.  Del mismo modo, en el año 332 d.C. firma un pacto entre el Imperio y los bárbaros, regulando su migración y establecimiento en sus territorios, empleándolos en los ejércitos para la defensa de las fronteras.

Constantino I fue el único de los sucesores de Augusto que permaneció en el trono más de 30 años pero estropeó su gran obra de reconstrucción al redactar su testamento: decidió dividir el Imperio entre sus hijos, Constantino, Constancio y Constante, y sus dos nietos sobrinos, Delmacio y Anibalino.  Resulta sorprendente que, tras todo lo vivido hasta ese momento, no fuera consciente de lo que sucedió nada más fallecer: en las luchas que tuvieron lugar casi de inmediato murieron Constantino y Constante, quedando como único soberano Constancio.  Éste nombró como sucesor a su primo Flavio Claudio Juliano ―posteriormente apodado el Apóstata porque trató de reavivar la religión pagana y de impedir la expansión del cristianismo― quien, tras la muerte de aquél fue nombrado emperador (cargo que ocupó durante menos de dos años)

Así, tras la muerte de Juliano en una batalla contra los persas y un breve sucesor, las tropas nombraron emperador en el año 364 d.C. a uno de sus generales, Valentiniano, quien asoció en el poder a partes iguales a su hermano Valente.  Éste gobernó Constantinopla y las provincias orientales, mientras que Valentiniano retuvo las provincias occidentales con Milán como capital.  Sin embargo, esta situación duró poco ya que Valentiniano falleció en el año 375 d.C. y fue sucedido por hijo Graciano.

Los Hunos vía Wikimedia Commons.

Entran en escena los hunos

Por estos años llegaban de Rusia aludes de bárbaros mucho más terribles que los demás: los hunos.  Procedían de Asia central de donde fueron expulsados por los emperadores chinos en el siglo I de nuestra era.  Desde entonces vagaban por las estepas comenzando su periplo hacia occidente donde, en el curso del siglo IV, expulsaron a los germanos asentados entre el mar Negro y el Báltico.

Este empuje imparable provocó que los germanos abandonaran las tierras en las que habían vivido durante largo tiempo: los vándalos, los alanos y los suevos se desplazaron a la Galia a partir del año 406 y penetraron en la península ibérica.  Por su parte, los anglos y sajones ocuparon Britania, mientras que  los francos se hicieron dueños del norte de Francia y los visigodos fundaron un reino con Tolosa como capital.

Debemos destacar que los vándalos, los alanos y los suevos no se detuvieron en Hispania ya que, con el rey Genserico a la cabeza, atravesaron el estrecho de Gibraltar y fundaron en el norte de África el primer reino germánico independiente (con capital en Cartago), pasando a controlar las provincias cerealísticas del Imperio.

Valente, el encargado de las provincias orientales del Imperio había aceptado el establecimiento en tierras imperiales de los visigodos, aunque se arrepintió en seguida cuando comprobó que se dedicaban al saqueo.  Pese a que tenía preparado un ejército para enfrentarse a los persas, tuvo que dejar a un lado el proyecto para acudir en defensa de  Adrianópolis, donde habían llegado los visigodos.  Valente atacó solo y sufrió una completa derrota.  Él mismo, herido, fue quemado vivo en la cabaña donde sus asistentes le habían resguardado.

Graciano, que había subido al trono al fallecimiento de su padre Valentiniano, se encontró solo en el poder por lo que decidió asociarse con el general Teodosio a quien le confirió el Imperio de oriente.  Estamos en el año 378 d.C.

Estos importantes movimientos migratorios no supusieron únicamente un desplazamiento de grandes masas de personas, sino que provocaron la aparición y difusión de una nueva estrategia bélica y una nueva organización política.  La caballería se convierte en el arma predominante y en los pueblos germanos de los reinos mediterráneos, el antiguo orden es reemplazado por una autocracia de origen militar que concentra en manos del monarca la totalidad del poder político.

Teodosio I el Grande

Teodosio firmó un pacto con la nación goda por el que ésta se convertía en una nación autónoma bajo la autoridad nominal del emperador.  Se le permitió ocupar las tierras abandonadas al sur del Danubio (Tracia) y además, a cambio de un subsidio, proporcionarían reclutas al ejército romano.  Los visigodos estaban exentos del pago de impuestos y conservaban sus leyes, por lo que no fueron considerados ciudadanos romanos.  Desde el punto de vista administrativo, son completamente autónomos aunque dependen del apoyo económico del imperio y, a cambio, se convierten así en una primera línea de resistencia frente a las invasiones de los hunos, cada vez más peligrosas.

En el año 383, otro usurpador, Magno Máximo (general de las tropas de Britania) ataca al emperador de Occidente Graciano a quien vence y mata en Lyon.  Al morir Graciano, la sucesión legítima le correspondía a Valentiniano II, cuñado de Teodosio, pero dado que Magno Máximo dirigió sus ejércitos contra Constantinopla, Teodosio se vio obligado a hacerle frente derrotándolo.

A pesar de que durante un tiempo pareció que la situación política comenzaba a estabilizarse, en el año 392 el joven Valentiniano II muere misteriosamente.  En la actualidad se desconoce si se suicidó o bien fue asesinado por su propio tutor, el jefe militar de origen bárbaro Arbogasto.  Una vez muerto el emperador, Arbogasto decide enfrentarse a Teodosio aunque sale perdedor.  De esta forma, en el año 394 Teodosio I logra reunir en su mano el poder sobre las dos partes del Imperio.

Esta unidad fue una mera ilusión.  La división que se venía fraguando desde hacía tiempo se hizo más evidente a la muerte de Teodosio (acaecida en Milán en el año 395 d.C., apenas un año después de unificar el poder).  El último emperador que gobernó las dos partes del Imperio y que, curiosamente nunca llegó a pisar Roma, dejó como herederos a sus hijos: Arcadio, de 18 años gobernaría en Oriente, mientras que Honorio, de apenas 11 años, lo haría en Occidente: de esta forma se consuma una nueva división, con la diferencia de que ésta será permanente y definitiva.

Dos Imperios

La frontera entre ambos Imperios discurría al este de Italia y atravesaba Iliria (la antigua Yugoslavia sufrió esta división entre sus provincias que desembocó en la cruenta Guerra de los Balcanes).  La capital del Imperio de Oriente permanece en Constantinopla, mientras que Roma, ya en decadencia, cede su lugar como capital del Imperio de Occidente primero a Milán en el siglo IV, y luego a Rávena a partir del año 404.

El de Occidente, que correspondió a Honorio, era un Imperio que ya Teodosio había considerado como satélite del de Oriente.  A su lado, debido a su minoría de edad, situaron al general Estilicón, un bárbaro de raza germánica.  Lo mismo sucede con Arcadio, ya que quien gobierna como regente es el general Flavio Rufino, un encarnizado adversario de los germanos.  De nuevo tenemos a la vista motivos de enfrentamiento.

A la muerte de Teodosio I, el Imperio sufre derrotas en todos los frentes y los romanos se ven obligados a abandonar fronteras que habían mantenido durante siglos.  De esta forma, entre los años 406 y 407 las legiones romanas se retiran del Rin, situación que aprovechan los suevos y francos para atravesar el río y ocupar primero la Galia y, desde allí, introducirse en Hispania.  Las últimas unidades romanas dejan Britania y la isla cae en manos de anglos, sajones y jutos.

El prólogo de esa invasión de los pueblos bárbaros se había registrado entre los años 401 y 403 cuando Estilicón se vio obligado a utilizar todos los medios militares a su disposición para detener a los visigodos de Alarico quien se dedicaba a saquear el Véneto y la fértil llanura del Po hasta que fue vencido por Estilicón en Pollenza, haciendo prisioneros a la mujer e hijos del rey godo.

A cambio de los rehenes y el pago de importantes sumas, los godos se comprometieron a abandonar la península itálica.  Tras una serie de incumplimientos de pago por parte de los romanos, así como la muerte de Estilicón, Alarico volvió a entrar en la península Itálica y, tras perseguir sin éxito al emperador —que se había refugiado en Rávena— se puso en camino hacia Roma donde comenzó un largo asedio tras exigir el pago de elevadas sumas en oro y plata, así como la liberación de todos los esclavos bárbaros.  La ciudad se rindió sin combatir y el Senado, que ya solo existía simbólicamente, aceptó la petición de Alarico de que destituyera a Honorio.

De esta forma, en el Imperio de Occidente se veía con impotencia cómo sus territorios eran paulatinamente conquistados por los pueblos germánicos mientras que la parte oriental, gracias a la posición casi inaccesible de Constantinopla, sobrevivía sin demasiados contratiempos (de hecho, mantuvo su independencia hasta la Edad Moderna).

Señalemos una situación de esencial interés para comprender los profundos cambios sociales que se vivían en esta época turbulenta.  Dado que el ejército romano no podía defender a las pequeñas comunidades de aldea y de provincia, enfrascado como estaba en continuas guerras, la población confía cada vez más, para su defensa, en los señores que pueden disponer de milicias propias.  Recibieron el nombre de potentes y fueron adquiriendo una mayor independencia de la autoridad central al tiempo que ésta se iba debilitando.  La legislación impuesta desde Diocleciano en adelante favoreció esta situación ya que, como vimos, “petrificó” la sociedad, ligando irrevocablemente al campesino a la tierra y a su señor, así como al artesano a su oficio.  De esta forma, cada señor comenzó a ocupar el puesto del Estado creándose una miríada de feudos, cada uno con su propio señor al frente, armados hasta los dientes.  La Edad Media se acerca irremisiblemente.

Los últimos estertores

Orestes recibió en el año 475 la dignidad de patricio por parte del emperador Julio Nepote —el más alto honor que se podía conceder a un noble— así como el nombramiento de general de las tropas imperiales destinadas a contener los ataques de los visigodos y los burgundios en el sur de la Galia.  Sin embargo, en lugar de cumplir las órdenes, Orestes se rebeló y marchó contra el emperador que huyó de Rávena.  Dos meses más tarde, el 31 de octubre, el hijo de Orestes, Rómulo Augusto, era proclamado emperador de occidente aunque, como era de esperar, Orestes se constituyó en el “hombre fuerte” asumiendo el mando del ejerció y ejerciendo el poder en nombre de su hijo durante los escasos diez meses que duró su mandato.

Por su parte, Odoacro, rey de los hérulos, se había puesto al frente de una revuelta de soldados del ejército imperial en Italia y, tras ocupar Ticino (Pavía) dio muerte a Orestes y a su hermano Paulo en la misma Rávena.

De esta forma, el fin “oficial” del Imperio de Occidente se produjo en 476 cuando fue depuesto el último emperador de Occidente, Rómulo Augusto, por parte de Odoacro, que es aclamado nuevo emperador por el ejército.  De esta forma, quien fuera hijo de uno de los más influyentes consejeros de Atila, establece la primera dominación germánica sobre la península italiana.

Odoacro fue muy hábil al ser capaz de sintetizar las tradiciones romanas y bárbaras en su mandato: en su calidad de caudillo bárbaro se cuidó de ganarse la lealtad del ejército, mientras que la administración del Imperio siguió en manos de los romanos y se mantuvieron las antiguas instituciones.  Como muestra de lealtad, se apresuró a jurar fidelidad a Zenón, emperador de Oriente, y decidió permanecer en Roma como representante imperial.  Al principio, el emperador Zenón aceptó la figura de Odoacro como regente, pero muy pronto decidió acabar con él gracias a la ayuda de las tropas bárbaras de Teodorico.  Tras ser derrotado por los ostrogodos, Odoacro tuvo que aceptar, en el año 463, compartir el gobierno del Imperio de Occidente con el propio Teodorico.

Conclusiones

Como hemos visto, pretender que el fin del Imperio romano tuvo como desencadenante una única causa es desconocer la compleja realidad.  Hemos comprobado que durante un largo periodo de tiempo hubo distintas circunstancias que, en conjunto, desembocaron en el final de una época y, al propio tiempo, en el surgimiento de otra nueva.  Sin embargo, podemos decir que la irrupción progresiva de los bárbaros es la clave que explica el desmoronamiento final del Imperio romano de occidente y lo que sucedió a continuación: el nacimiento de la Europa medieval por medio de los reinos que formaron a partir de la evolución social de los pueblos bárbaros que se habían establecido en el antiguo territorio imperial.

Estas invasiones coinciden con el largo y complejo proceso de descomposición del Imperio romano.  Ese proceso comenzó con los emperadores militares, entre los años 235 y 305, cuando se estableció la práctica de que eran las unidades militares acantonadas en las provincias quienes designaban a los emperadores.  Un nuevo paso hacia la decadencia fue la división del Imperio en cuatro partes, la llamada tetrarquía, y el traslado de la residencia del emperador a Constantinopla.  Desde ese momento, la importancia política de Occidente no hizo más que disminuir, al mismo tiempo que el peso de las decisiones se circunscribía cada vez más a Oriente.

En cambio, otros estudiosos discuten la trascendencia de las invasiones.  Sostienen que Roma estaba habituada desde hacía siglos a combatir y vencer a los extranjeros que llegaban a sus fronteras:  “Los visigodos, los vándalos y los hunos que se asomaban a los Alpes no eran más feroces y expertos guerreros que los cimbros, los teutones y los galos que César y Mario habían afrontado y destruido”.

Así, afirman que Roma había nacido con una misión, la cumplió y con ella acabó.  Esa misión fue la de reunir las civilizaciones que la habían precedido, la griega, la oriental, la egipcia, la cartaginesa, fusionándolas y difundiéndolas en toda Europa y la cuenca del Mediterráneo.  No inventó gran cosa en Filosofía, ni en Artes, ni en Ciencias.  Pero señaló los caminos a su circulación, creó ejércitos para defenderlas, un formidable complejo de leyes para garantizar su desarrollo dentro de un orden, y una lengua para hacerlas universales.  No inventó siquiera formas políticas, pero Roma hizo modelos de ellas, y en cada una brilló su genio práctico y organizador.

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La caída o decadencia del Imperio romano (I)

La caída o decadencia del Imperio romano (I)

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:52

Este concepto historiográfico, el de la caída o decadencia del Imperio romano, ha sido y es en la actualidad objeto de múltiples interpretaciones por parte de los historiadores.  Se trata además de un tema recurrente ya que se ha querido ver en sus causas un reflejo de las crisis económicas, sociales y políticas que vivimos en la actualidad.

Tradicionalmente, se ha considerado el proceso desde dos puntos de vista: como una larga transformación debida a fenómenos endógenos (la «decadencia»); o un derrumbamiento repentino por causas fundamentalmente exógenas (la «caída»).  En concreto, los términos “decadencia” y “caída” nos traen a la memoria la obra maestra del historiador inglés Edward Gibbon (The history of the decline and fall of the Roman Empire – Historia de la decadencia y caída del Imperio romano), quien renovó la ciencia historiográfica gracias a su análisis del período tardo-romano, asumiendo una postura a medio camino entre las causas endógenas y las exógenas.  Este trabajo continua vigente en muchas de sus conclusiones y es de lectura obligada para quien quiere profundizar en este tema.

Las invasiones bárbaras

Al recapacitar sobre las causas del fin del Imperio romano, lo primero que nos viene a la mente son las llamadas “invasiones de los pueblos bárbaros”.  Los romanos emplearon el término “bárbaro” ―cuyo origen etimológico es griego― para referirse a los pueblos extranjeros limítrofes con el Imperio.  Por influencia celta, de donde pasó a los escritores latinos, también los conocemos como “germanos” a pesar de que su origen es multiétnico.

Debemos tener en cuenta que la primera migración de estos pueblos se produce alrededor del año 500 a.C. cuando alcanzan el curso inferior del Rin, Turingia y la Baja Silesia, momento en que entran en contacto con los celtas.  Las migraciones germánicas comprendidas entre los siglos III y I a.C. no cesaron hasta la conquista de la Galia por Julio César (58-51 a.C.) y la organización de la frontera (limes) danubiana por Augusto alrededor del año 16 a.C.  Desde entonces, y hasta los tiempos de Marco Aurelio, los germanos dejaron de constituir un peligro inmediato para el mundo romano.

Sin embargo, durante todo este tiempo se produjeron contactos intensos entre ambas culturas que fueron difuminando las barreras que los separaban: a la instalación de colonos germanos en las tierras semivacías de Galia en el norte, se une la transmisión de las técnicas agrarias romanas y el comienzo de fecundos intercambios comerciales.  Al propio tiempo, Roma empleó una táctica que, vista en retrospectiva y a la larga, constituyó un error: la celebración de pactos con los germanos fronterizos permitiendo su entrada en el ejército imperial en calidad de mercenarios para que sirvieran de defensa frente al resto de invasores.

La segunda oleada migratoria, si podemos llamarla así, tiene lugar a lo largo del siglo III d.C. y se produjo por el empuje de los germanos orientales: los godos se desplazan hacia el sureste, por tierras danubianas y de la actual Ucrania; los vándalos y los burgundios hacia el suroeste.  En el siglo siguiente surgirían cerca de la frontera del Rin las potentes confederaciones de alamanos y francos, que provocarían nuevas invasiones entre los años 254 y 278 d.C.

De igual forma, alrededor del año 375 d.C., después de haber sido expulsados de China tras largas décadas de lucha, los hunos invaden el sur de Rusia y destruyen el reino Ostrogodo del rey Ermanarico.  Ante la presión de los invasores asiáticos, volvemos a ser testigos de otra oleada migratoria de los bárbaros hacia tierras occidentales.

Otras circunstancias a tener en cuenta

Sin embargo, para comprender adecuadamente el proceso que desembocó en el colapso final, debemos tener en cuenta la situación social, política y económica que se vivió durante este tiempo.

Desde el año 235 d.C. Roma vive presa de su enorme ejército.  Con la llegada al trono de Maximino el Tracio comienza la época de los emperadores militares, que se prolongaría hasta finales del siglo III.  Durante esta etapa, las legiones son las que imponen a los emperadores, elegidos entre los más destacados generales.  Al tiempo, surgen usurpadores con ansias independentistas en varios rincones del Imperio.  Por ejemplo, el general romano Marco Casiano Latino Póstumo, responsable de la administración de las Galias y de la protección de la frontera del Rin, decide constituir un reino independiente en el año 259 d.C.  Su ejército, que había derrotado a los francos, le proclama emperador y da origen al imperio Galo ―que comprende las provincias germánicas y galas, así como Hispania y Britania― que perdurará hasta el año 273 d.C.

Lucio Domicio Aureliano, nombrado emperador en el año 270 d.C., comprendió que no podía combatir contra todos los enemigos al mismo tiempo, por lo que cedió la provincia de Dacia a los godos con la finalidad de calmar su ansia de expansión.  Acto seguido atacó separadamente a vándalos y germanos que invadían Italia consiguiendo dispersarles.  Finalmente logró recuperar el control sobre el Imperio Galo, así como sofocar el levantamiento de la reina Zenobia de Palmira, reconstituyendo la unidad del Imperio.  En este contexto toma una decisión que tendrá irremediables consecuencias que más adelante analizaremos: ordena a todas las ciudades del Imperio, Roma incluida, que construyan murallas en su perímetro para defenderse con sus propias fuerzas.

Diocleciano, nombrado emperador en el año 274 d.C., decidió dividir el Imperio en cuatro grandes territorios (la reforma, con el nombre de “tetrarquía”, entró en vigor en el año 293 d.C.).  El poder quedó repartido entre dos Augustos, Diocleciano y Maximiano, y dos Césares, subordinados a aquéllos.  Con esta reforma se pretendía completar la vasta obra de descentralización administrativa y militar que se había iniciado con anterioridad, para lo cual cada uno se estableció en ciudades próximas a las fronteras con la finalidad de mejorar la defensa y controlar más de cerca los ejércitos imperiales.

Diocleciano, con su título de Augusto y la mayor parte del ejército, se ocupó sobre todo de los asuntos de oriente; mientras que para occidente designó a Maximiano, general del ejército, que se instaló en Milán.  Cada uno de ellos escogió a su propio César, que se convierte desde ese momento en su hijo adoptivo y sucesor natural en un plazo de 20 años: Diocleciano nombró a Galerio, que situó su capital en Mitrovitza, en la actual Yugoslavia; mientras que Maximiano designó a Constancio Cloro, que se trasladó a Tréveris (Augusta Treverorum), en Germania.  De esta forma, Roma quedó convertida tan sólo en la mayor ciudad de un Imperio que cada vez se volvía menos romano.

Diocleciano impulsó además una serie de medidas económicas.  Los ciudadanos fueron obligados a ejercer una profesión determinada que no podían abandonar, al tiempo que los campesinos quedaban vinculados a las tierras que cultivaban pasando a sus hijos a su fallecimiento.  Del mismo modo, obreros y artesanos fueron incorporados a corporaciones hereditarias, de las que tampoco podían salir.  Se fijaron los precios máximos de los bienes de primera necesidad así como los salarios.  Debido a los cuantiosos gastos militares, el Estado se vio obligado a acuñar cada vez más cantidad de dinero en monedas de menor peso provocando un aumento incontrolado de la inflación.

A causa de la asfixiante administración tributaria, y la multiplicación de detenciones y condenas por los intentos de evasión, muchos ciudadanos romanos deciden huir para ponerse a salvo de los recaudadores de impuestos y buscan refugio entre los “bárbaros”.  Hasta aquel momento habían sido los bárbaros quienes buscaron refugio en tierras del imperio, cuya ciudadanía codiciaban como el más precioso de los bienes.  Ahora sucedía justo lo contrario.

Continúa…

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¿Desvelado por fin el secreto de Tutankamon?

¿Desvelado por fin el secreto de Tutankamon?

     Última actualizacón: 2 abril 2018 a las 17:52

El 17 de febrero se publicó en el Journal of the American Medical Association (JAMA) un artículo que ha provocado muy diversas reacciones. Encabezado por el Dr. Zahi Hawass, Secretario General del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, han participado en el estudio 17 personas (entre colaboradores y científicos de diversos campos) que han puesto su empeño en resolver uno de los misterios que más ha llamado la atención del público en general: desvelar la causa de la muerte de Tutankamón. Aunque no era éste el único objetivo del estudio, ha sido el que más titulares ha provocado, así como el centro de diversas críticas provenientes tanto de la comunidad científica, como de otros estudiosos y de algunos medios de comunicación (parte importante de esta reacción ha tenido que ver con la personalidad del propio Dr. Hawass y su desmesurado interés por mediatizar todos los descubrimientos).

Faraón de Egipto durante el Imperio Nuevo (periodo de tiempo comprendido entre los años 1550 a.C. y 1295 a.C. aproximadamente) el rey Tutankamón cobró relevancia mundial por el descubrimiento de su tumba, hallada relativamente intacta, por Howard Carter en 1922. La tumba se identifica con las siglas KV62, que significa la tumba 62 del Valle de los Reyes (King Valley). Poco se conoce acerca de su reinado, salvo que murió relativamente joven, a los 19 años, tras nueve o diez años en el trono (la cronología convencional de la dinastía XVIII establece que reinó entre los años 1345 a.C. y 1335 a.C.).

Tiempo después de su fabuloso descubrimiento, Howard Carter escribió un libro titulado «La tumba de Tutankamón» en el que realizó el siguiente comentario acerca de lo que se conocía de su biografía:

Sabemos que nació, reinó y fue enterrado en el Valle de los Reyes.

Siguiendo a Kuhrt (2000), podemos exponer de forma aproximada la sucesión de los acontecimientos de este periodo: a Amenofis III (1403-1364) le sucedió su hijo, Amenofis IV (1364-1347) quien cambió su nombre por el de Akhenatón en un momento dado (cambio relacionado con lo que ha venido en denominarse la “herejía de Amarna” al suprimir el culto al dios Amón, y sustituirlo por el de Atón). Se casó con Nefertiti, con la que tuvo por lo menos seis hijas. Según parece, al morir Nefertiti poco después del decimocuarto año de su reinado, contrajo matrimonio con una de sus hijas. Tras el fallecimiento de Akhenatón lo sucedió Tutankhatón (posiblemente un hermano), que cambió su nombre por el de Tutankamón y reinó durante unos nueve años (1345-1335); se casó con una de las hijas de Akhenatón, Ankhes-en-pa-atón, quien también cambió su nombre por el de Ankhes-en-amón.

Aunque en la actualidad se ha avanzado algo más en el conocimiento de los detalles de su vida, es cierto que aún siendo el faraón del que más páginas se han escrito, son muy fragmentarios y todavía inciertos algunos de sus aspectos biográficos, lo que es comprensible, teniendo en cuenta el momento turbulento de la historia de Egipto en el que le tocó vivir y reinar.

Los objetivos del artículo titulado «Ancestry and pathology in King Tutankhamun´s family» son avanzar en la egiptología molecular y médica, con la intención de determinar las posibles relaciones familiares entre 11 momias reales del periodo estudiado (Imperio Nuevo), así como buscar rasgos patológicos que puedan determinar la causa de la muerte, consanguinidad, enfermedades hereditarias y enfermedades infecciosas del linaje real. Para lograrlo, se han escaneado mediante un tomógrafo (instalado en un camión) todas las momias, así como se han llevado a cabo estudios de ADN analizando muestras tomadas de los huesos.

Los resultados del análisis genético han determinado que los bisabuelos de Tutankhamón son Yuya (KV46) y Tuya (KV46), sus abuelos Amenhotep (Amenofis) III y Tiy (KV35EL), mientras que sus padres serían Akhenatón (KV55) y la momia denominada KV35YL (que aún no ha sido identificada con certeza).

Hasta ahora se habían planteado varias hipótesis acerca de los posibles progenitores de Tutankamón. La que agrupaba más consenso entre los estudiosos era la que consideraba a Akhenatón y Kiya como sus padres, aunque algunos autores, como Amélie Khurt, se han decantado por Amenofis III, siendo su madre una concubina de su harén (por lo tanto, Tutankamón sería hermano –hermano de padre- de Akhenatón). Esta posibilidad está apoyada por numerosas inscripciones halladas en diversos templos y otros lugares. Sin embargo, dado el largo periodo de reinado de Akhenatón (17 años) y que Tutankamón fue coronado cuando tenía alrededor de 9 años, solo sería posible si Amenofis III hubiera compartido el trono con Akhenatón durante al menos 12 años, hecho que está completamente descartado. En definitiva, lo que la comunidad científica podía afirmar era que no existía una teoría que pudiera considerarse científicamente histórica puesto que no había datos suficientes que permitieran establecer claramente la genealogía de Tutankamón.

Una posibilidad de superar este obstáculo se presentó en 1996 cuando el egiptólogo Alain Zivie descubrió en Saqqara la tumba de Maia, la nodriza de Tutankamón. El arqueólogo pensó que por fin podría desvelar el misterio de la ascendencia del joven faraón con un estudio en profundidad de la tumba, sus frescos e inscripciones, pero sufrió una gran decepción ya que los nombres de los padres de Tutankamón no aparecieron.  De nuevo se hurtaba la posibilidad de desvelar este misterio.

Por lo tanto, ha sido necesario realizar un estudio genético completo a numerosas momias reales, convenientemente autorizado por el Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, para intentar hallar una solución a la cuestión y poder así salir de dudas, ¿o es que aún quedan algunos interrogantes al respecto?

Linaje real Tutankamon.

Hemos de tener en cuenta que los análisis genéticos de este tipo (que deben realizarse a partir de muestras muy antiguas, y en ocasiones muy deterioradas por el propio proceso de momificación) no siempre ofrecen resultados concluyentes. Sin embargo, el estudio confirma que la momia identificada como KV55 es el padre de Tutankamón con una probabilidad del 99,99999981%, mientras que la momia KV55YL (apodada younger lady) es la madre con una probabilidad del 99,99999997%. Queda totalmente descartado que Amenofis III fuera el padre de Tutankamón, mientras que sí lo es de la momia KV55 con una probabilidad del 99,99999999%. Por lo tanto, los análisis confirman que Amenofis III es el padre de la momia KV55, y que ésta es, a su vez, el padre de Tutankamón.

Pero, ¿cómo se ha identificado la momia encontrada en la tumba KV55 con Akhenatón?  Los análisis antropológicos han establecido que esta momia no vivió los 20 años que se pensaba hasta ahora, sino que tenía entre 35 y 45 años cuando murió. Este hecho, unido a la prueba de que Amenofis III y la reina Tiy son los padres de la momia KV55, junto con otros datos arqueológicos, llevan a los autores a afirmar que la momia de la tumba KV55 es casi con total seguridad Akhenatón.

Bien, tras lograr identificar al padre del joven faraón, queda por tanto determinar quién es la momia denominada KV55YL, que con seguridad es la madre de Tutankamón .

A este respecto se puede negar con rotundidad que Nefertiti fuera la madre de Tutankamón. Según los resultados del estudio genético, la momia KV55YL era hermana de Akhenatón (hija de Amenofis III y de Tiy) por lo que se descarta su identificación con Nefertiti o Kiya, ya que no hay constancia alguna de que éstas fueran hijas de Amenofis III. Así, Tutankamón tuvo que ser el descendiente de una de las cinco hijas de Amenofis III y deja por tanto como candidatas más probables a ocupar el puesto a Nebetiah o Beketatón, ambas por tanto hermanas de Akhenatón. Dado que faltan más datos que apoyen esta afirmación, el estudio únicamente deja abierta esta posibilidad y pone un interrogante sobre la momia KV55YL, que permanece por tanto sin identificar de forma concluyente.

Hasta aquí la parte del trabajo destinada a establecer el linaje real de Tutankamón. Sin embargo, hay otros aspectos que han sido tratados en el estudio y que, como ya hemos señalado, tienen que ver con las enfermedades que padeció y con la posible causa de su muerte.

Se descarta que falleciera asesinado. En su lugar, se ha podido establecer que no podía caminar debido a una enfermedad necrótica de los huesos (enfermedad de Köhler) que le obligaba a usar bastones (se encontraron más de 130 en su tumba). Del mismo modo, se afirma que padeció malaria, aunque estos datos no son concluyentes.

De hecho, un artículo publicado en la revista Nature en el que se incluyen aportaciones de numerosos investigadores, cuestiona las conclusiones médicas del estudio acerca de las enfermedades que sufrió Tutankamón y que le pudieron causar la muerte. No se sugiere que el grupo exagerara o malinterpretara los datos, sino que las afirmaciones del estudio acerca de la causa de la muerte del faraón son especulativas.

Evaluar las enfermedades de las momias antiguas es una tarea muy difícil dados los efectos producidos por el proceso de embalsamamiento y el mero transcurso del tiempo, así como por el hecho de que la mayoría de los órganos internos no han podido ser analizados. Por lo tanto, concluyen, las afirmaciones acerca del linaje genético de las momias reales son mucho más convincentes que la determinación de las posibles causas de la muerte de Tutankamón que se sugieren.

En definitiva, podemos congratularnos de que se comiencen a realizar estudios de este tipo en los que se empleen los medios y las tecnologías más modernas para aportar más datos con los que contrastar los descubrimientos arqueológicos realizados sobre el terreno.

Referencias

Hawass, Z. (2010). Ancestry and Pathology in King Tutankhamun’s Family. JAMA: The Journal of the American Medical Association, 303 (7) DOI: 10.1001/jama.2010.121

KUHRT, A. 2000. El Oriente Próximo en la Antigüedad (c. 3000-330 a. C.). Barcelona: Editorial Crítica. 2 vols. 493 p.; 416 p.

TYLDESLEY, J. 2006. Los descubridores del antiguo Egipto. Barcelona: Destino. 293 p., [28] p. de lám.

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