Los libros del 2014 (1ª parte)

Internet es una herramienta muy útil pero también puede ser un problema. Basta que perdamos la conexión para sentir verdadero pánico, una sensación de vacío como si nos faltara el aire imprescindible para respirar. En este sentido hay quien ha acuñado el término «nomofobia» para referirse al miedo irracional a salir de casa sin el teléfono móvil (el término es una abreviatura de la expresión inglesa «no-mobile-phone phobia»). Creo que en realidad el miedo es a no estar conectado a la red ya que el teléfono móvil no es más que un instrumento de los muchos que nos permiten sumergirnos en el mundo virtual: poco importa que tengas el teléfono si no tienes internet. El porcentaje de tiempo de uso de los teléfonos que destinamos a llamadas no deja de disminuir.

Desde que la relación que mantenemos con internet se ha convertido en algo imprescindible, esencial y absorbente para una gran parte de la población, muchas voces opinan que ha aumentado de forma pareja nuestra necesidad de mostrarnos, de gritar quiénes somos, de exhibirnos en definitiva. La moda en el vestir aún mantiene su puesto privilegiado como medio para expresar quiénes somos (nadie pasa más tiempo frente a un espejo que los que quieren parecer desarreglados), pero nuestra relación con las redes sociales está cambiando la perspectiva (y podemos considerar a Whatsapp como otra red social). En una época en la que hacer visitas de cortesía a familiares o amigos para saber cómo están o cómo les trata la vida está tan desfasado como escribir en tablillas de arcilla, utilizamos cientos de aplicaciones para sumergirnos en el mundo digital y volcar nuestras vidas, experiencias, pensamientos, estados de ánimo y, cómo no, para husmear en las vidas ajenas: usamos facebook, twitter, instagram, tumblr, spotify etc. para que todos sepan dónde hemos ido a comer, qué película estamos viendo, qué música nos gusta o, sin ir más lejos, qué leemos. Se trata de una mezcla de voyerismo y exhibicionismo a partes iguales que eleva al siguiente —y en ocasiones perverso— nivel los formatos televisivos de gran hermano: es una vía en dos direcciones, espiamos y nos espían, nos exhibimos porque nos miran.

Pues bien, he de reconocer que yo mismo he caído en ese juego. A pesar de que evito por todos los medios hablar o mostrar mi vida privada a través de las redes sociales, es cierto por contra que estoy volcando mi biblioteca en una red social para lectores y escritores, Library Thing, donde cualquiera puede entrar y ver qué libros tengo, cuáles estoy leyendo y cuáles me gustan o aborrezco. Sin lugar a dudas se trata de otra forma de exponerse, de mostrarse a los demás, de buscar en cierta medida la aprobación de quien comparte tus gustos e intereses, porque ya lo dijo Jorge Luis Borges, «uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído». ¿Es malo? Bueno, depende de dónde ponga uno el listón.

Esta perorata viene a cuento de una discusión que mantuve a este respecto. Mi interlocutor, exponiendo sus argumentos con vehemencia, sostenía que el hecho de escribir un blog e interactuar en las redes sociales forma parte de esta tendencia exhibicionista. Puede que en parte tuviera razón (una pequeña parte, todo hay que decirlo), así que me surgieron dudas acerca de si publicar o no una anotación sobre los libros que he leído. Finalmente he optado por hacerlo.

Mi intención no es más que recomendar (o impedir a toda costa) aquellas lecturas que han ocupado gran parte de mi tiempo. Si hay quien piensa que pretendo exhibirme y alardear de algo, que no se engañe pues nada hay de cierto en ello. Sencillamente me apasiona leer, me apasionan los libros, y disfruto transmitiendo algo de ese sentimiento.

Hasta ahora escribía sobre este tema a finales de año como colofón productivo, pero, dada la extensión que está tomando la anotación, he optado por dividirla en dos entregas, esta primera comprende los libros que he leído los seis primeros meses del año; y a finales de año publicaré los de julio a diciembre.

ENERO

Santander Garcia, M. (2013), La costilla de Dios y otros relatos del final. Valladolid: Iniciativa Mercurio, 254 p.

Renacido gracias a los sacrificios de los elegidos, Él se prepara para gobernar a sus fieles. Pero hay un problema: no se siente como un dios. En lugar del recuerdo de su última vida y combates divinos, en su mente persisten los retazos inconexos de días más sosegados y el enigmático rostro de una mujer desconocida para él. Y, por si aquello fuera poco, el espejo solo le devuelve la imagen de una criatura horrenda, agotada y confusa. Su creciente obsesión por su identidad le embarcará en una peligrosa búsqueda de respuestas a través de un mundo cruel e injusto donde casi nada es lo que parece.

 

Este libro es una recopilación de relatos de este reconocido (y premiado) astrofísico, escritor y divulgador científico. Además de La costilla de Dios, este volumen incluye seis relatos que exploran la idea del final en sus múltiples facetas: la ansiedad de un pianista que pierde progresivamente lo que le une al mundo en su Apocalipsis personal; la certeza de un loco de que el fin del Universo es inminente de no detenerse un experimento; el coraje de una madre, dispuesta a viajar a Marte sin billete de vuelta para que su hijo pueda vivir; y la interrupción del transcurso del mismísimo Tiempo, son algunos de los finales que discurren por estas páginas.

Un libro muy recomendable que permite una lectura en varios niveles de profundidad. No dejará indiferente a nadie.

Verne, J. (2011), La esfinge de los hielos. Barcelona: Random House Mondadori, 399 p.

Esta obra surgió de la fascinación que sobre Verne ejerció siempre «La narración de Arthur Gordon Pym», de Edgar Allan Poe, y su misterioso final inacabado. Veinte años antes había escrito: «¿Quién la continuará algún día? Alguien más audaz que yo y más resuelto a avanzar en el dominio de las cosas imposibles». Al fin se decidió él mismo. Para ello ideó al capitán Len Guy, hermano del capitán Guy del relato de Poe, que emprende un viaje al polo tras las huellas de la desaparecida goleta de su hermano. Once años después, el geólogo Jeorling, el capitán Len y su piloto Jem West se embarcan en la goleta Halbrane para surcar los confines antárticos en busca de la tripulación del Jan desaparecida en los abismos polares. Y, en una sucesión de aventuras por un fantástico mar antártico, llegan a una tierra desconocida, donde descubren el helado secreto de la esfinge.

Descartes, R. (2002), Discurso del método; Meditaciones metafísicas. Madrid: Tecnos, 239 p.

El cartesianismo hace mucho tiempo que murió. El pensamiento de Descartes, sin embargo, pervive y pervivirá mientras exista como guía de reflexión la libertad de pensar. Este principio constituye la más deliciosa fábula que el hombre pudo inventar, y eso se lo debe a la humanidad, en buena parte, a Descartes y, especialmente, a las dos obras que el lector tiene entre sus manos. Leer a Descartes es uno de los mejores ejercicios para mantener vivo el más importante impulso de la filosofía moderna: una duda previa absoluta, un escepticismo como punto de partida del genuino saber. Con todo, el principal mérito del que pasa por ser el primer racionalista oficial de la historia de la filosofía, ha consistido en su matizada crítica al pensamiento dogmático. Nada, efectivamente, puede ser aceptado en virtud de una autoridad cualquiera.

A pesar de conocer esta obra fundamental, me acerqué a Descartes a raíz de la publicación de una anotación en el blog sobre las experiencias cercanas a la muerte, tratando de comprender cuál era su visión dualista del problema mente-cuerpo. una obra que requiere una lectura reposada y un paseo por obras de referencia de historia de la filosofía.

Moody, R. A. (1984), Vida después de la vida. Barcelona: Círculo de Lectores, 300 p.

En 1975, Raymond A. Moody publicaba Life after Life (Vida después de la vida), un libro donde recogía los testimonios de diferentes personas con algo en común: habían sentido lo que llamó experiencias cercanas a la muerte. El propio Moody reconoce que los datos recopilados en su libro no permiten hacer ningún tipo de valoración científica ya que se compone básicamente de informaciones de carácter anecdótico expuestas por los propios sujetos sin posibilidad alguna de corroboración etc.

Sin embargo, a pesar del nulo valor científico de sus afirmaciones ―cosa que el autor se esfuerza en dejar claro― el libro sí posee una gran virtud, que se ha visto reforzada con el paso del tiempo, y no es otra que la de abordar el fenómeno con una actitud de serena racionalidad que no solo ha contribuido a su popularización (permitiendo que otras personas que han sentido estas experiencias puedan afrontarlas abiertamente) sino que, más importante aún, ha servido de correa de transmisión para que este fenómeno llegue, finalmente, a los círculos médicos y científicos y sea tratado como un hecho que requiere una explicación (aún siendo cierto que durante el siglo XIX y parte del siglo XX se habían publicado en revistas de medicina casos de ECM ―unos 30 artículos aproximadamente― no dejaron de ser tratados como casos anecdóticos).

Martinez Ron, Antonio (2014) ¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?, 224 p.

Este libro es una recopilación de algunas de las mejores historias publicadas en Fogonazos.es en los últimos diez años (más de 50 artículos, algunos inéditos, otros ampliados para la ocasión) en torno a un eje común: el espacio, la guerra fría y lo que pasa en el interior de nuestros cerebros.

Como se dice en la contraportada, «éste no es un libro sobre Física y supernovas, sino sobre esa sensación que se tiene cuando se entiende que el mundo es mucho más raro y fascinante de lo que pensamos. Cuando recordamos que pueden suceder las cosas más rocambolescas e inimaginables a nuestro alrededor, con tramas que superan la mejor ficción literaria».

Imprescindible, realmente interesante y cómodo de leer. Lo leí de un tirón en un fin de semana.

Naukas (2013), Grandes enigmas de la ciencia: Las curiosidades más sorprendentes de nuestro mundo. Barcelona: Grijalbo, 224 p.

¿Conoces el mecanismo de funcionamiento de un microondas? ¿Sabes quién fue el primer hombre en morir en una misión espacial?, ¿Por qué las bolas de golf tienen agujeros? Los científicos del portal web Naukas han hecho una selección de sus artículos más sorprendentes e interesantes sobre astronomía, física, biología, tecnología y neurociencia. Explicados con un toque de humor, de manera cercana y con ilustraciones atractivas, los artículos aportan explicaciones completas, en textos breves, a cuestiones que, a priori, podrían parecer complejas. Además, este libro cuenta con una sección donde se deslegitiman antiguos mitos y creencias populares a partir de la experimentación científica. ¡Te convertirás en un apasionado de la ciencia!

Poco más que añadir. Si conoces Naukas y te gustan los buenos artículos de divulgación sabes qué te vas a encontrar.

FEBRERO

Lem, S. (2011), Fiasco. Madrid: Alianza, 461 p.

Nos hallamos en el siglo XXII y parece que por fin la humanidad va a hacer realidad un viejo sueño: entablar relación con seres inteligentes de otros sistemas planetarios. Con todo, la tripulación de la nave que tiene encomendada la misión, pese a hallar muestras de técnica bastante avanzada, no obtiene la respuesta esperada. La reacción del hombre ante el fracaso y la dificultad inherente a todo intento de comunicación desempeñarán, al cabo, un papel esencial en la cadena de decisiones que lleva a un amargo desenlace no exento de ironía. En FIASCO se dan cita una vez más la preocupación por las dimensiones moral y filosófica del hombre, la pugna entre técnica y ética, el derroche de fantasía dotada de sólida base científica y el vigor narrativo de Stanislaw Lem.

Descubrí la obra de Lem gracias a @cuantozombi, algo que le he agradecido porque me ha parecido un escritor magistral. Una novela de ciencia ficción que hace que nos planteemos cuestiones esenciales acerca de nuestra propia naturaleza.

Poe, E. A. (1969), Narraciones extraordinarias. Madrid: Salvat, 190 p.

Las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe constituyen la parte más conocida de su obra. El cine y la televisión han explotado lo que en Poe hay de misterioso y hasta terrorífico, dejando de lado la intensidad, el pulso y ese acento de campana gigantesca que suponen los valores primordiales de una obra concentrada y personalísima, en la cual lo humano se eleva por caminos pavorosos a tensiones muy superiores a su contenido melodramático. Como si la vida, con su fundamento de terrores y sombras, necesitase ser penetrada por un autor, preocupado por alumbrar inéditos caminos con sus descubrimientos.

MARZO

Stephenson, N. (2004), La era del diamante: manual ilustrado para jovencitas. Barcelona: Ediciones B, 667 p.

En un sorprendente Shangai del futuro, un acaudalado neovictoriano hace fabricar un manual informatizado para la educación de su nieta Elizabeth. El manual es completamente interactivo y se adapta automáticamente a las necesidades de su lector. Hackworth, el ingeniero que lo fabrica, decide sacar una copia de ese prodigio de la nanotecnología para usarlo en la educación de su hija Fiona. Lo hará con la ayuad del Dr. X, un hacker chino que parece tener otras ideas para el posible uso de ese manual tan especial. De retorno a su enclave neovictoriano, Hackworth es tacado por una pandilla de «tetes» desarrapados y el manual original acabará educando a la pequeña Nell, una niña china pobre.

Me encantan todos y cada uno de los libros de este genial y prolífico escritor. Si no lo conoces, esta obra es una buena forma de hacerlo, aunque su serie Criptonomicón y el Ciclo barroco son esenciales para todo aquel que ame la buena literatura, historias bien tramadas y una total despreocupación por la extensión de los relatos que permite introducirte de lleno en las historias.

McMahon, T. A. y  Bonner, J. T. (1986), Tamaño y vida. Barcelona: Prensa Científica, 255 p.

Si las patas del elefante guardaran con su cuerpo la proporción de las del ratón con el suyo, el elefante caería de bruces. la evolución produce organismos de diversos tamaños, y ella se encarga también de la adaptación a los mismos. Los autores, biólogo uno y el otro ingeniero, describen las consecuencias que del tamaño y la forma se derivan para los organismos, empezando por el sentido mismo del tamaño en la selección natural. pero eso es sólo la mitad de la historia. Tamaño y vida analiza por qué la talla impone restricciones específicas a la forma (y ésta condiciona a aquélla), por qué ciertos diseños resultan físicamente imposibles para los organismos grandes y cómo la selección natural y la física se alían para eliminar los menos dotados.

Valiéndose del microscopio, la cámara fotográfica y la abstracción matemática, los autores ilustran las hermosas regularidades de la naturaleza, unificando la gran diversidad de formas que tapizan la Tierra. Comprendemos así por qué hay ardillas voladoras y hormigas que levantan pesos 50 veces mayores que el suyo, en tanto que a los seres humanos nos cuesta alzar siquiera objetos de nuestro peso. ¿Por qué los micromamíferos y las más pequeñas aves vienen a pesar lo mismo?

Lectura que dio pie a la anotación Los números de la biología.

Wells, H. G. (1930), La guerra de los mundos. Buenos Aires: Editorial Tor, 189 p.

La guerra de los mundos (1898) es un relato trepidante que narra la invasión de la Tierra por los marcianos y que supuso por primera vez la irrupción de seres de otros planetas en el nuestro, marcó en buena medida la fantasía del siglo XX y abrió un filón –el del contacto de los hombres con seres extraterrestres– que no tardó en convertirse en uno de los más importantes de la ciencia ficción, sirviendo de inspiración a numerosos artistas posteriores en los ámbitos de la radio, el cine, la literatura, el cómic y la televisión.

Precisamente el abuso que de esta idea se ha hecho en el cine y la televisión me había alejado de esta novela. Un craso error. Cuando una idea se explota hasta la saciedad, lo mejor es acudir a la fuente original. Una obra que, pese al tiempo transcurrido desde que vio la luz, no debe perderse nadie.

ABRIL

Huxley, A. (2012), Un mundo feliz. Barcelona: Debolsillo, 255 p.

Un mundo feliz es un clásico de la literatura de este siglo. Con ironía mordiente, el genial autor inglés plasma una sombría metáfora sobre el futuro, muchas de cuyas previsiones se han materializado, acelerada e inquietantemente, en los últimos años. La novela describe un mundo en el que finalmente se han cumplido los peores vaticinios: triunfan los dioses del consumo y la comodidad, y el orbe se organiza en diez zonas en apariencia seguras y estables. Sin embargo, este mundo ha sacrificado valores humanos esenciales, y sus habitantes son procreados in vitro a imagen y semejanza de una cadena de montaje…

De nuevo cumpliendo recomendaciones, esta vez de @ununcuadio tras leer su anotación ¿Un mundo feliz es Kripón?, me pongo al día con los libros universales que todos deberían leer. El mundo de hoy se parece cada vez más al imaginado por Huxley.

Díez Jayo, J. C. (2013), Libros malditos, malditos libros. Barcelona: Piel de Zapa, 257 p.

Por las páginas de Libros malditos, malditos libros desfilan bibliófilos asesinos, bibliotecas malvadas,libros que han dirigido naciones, volúmenes encuadernados en piel humana y mil excentricidades más. Por inverosímiles que parezcan, todos los casos relatados aquí tienen base real y han sido rastreados concienzudamente en la literatura de todas las épocas. Pero Libros malditos, malditos libros es mucho más que un anecdotario, por muy amena que sea su lectura: constituye una declaración de amor a los libros. En sus páginas Juan Carlos Díez se interroga acerca del fenómeno de la lectura y su naturaleza más íntima, los límites de la ficción y las reglas últimas del juego narrativo.

Me apasionan los libros que tratan sobre libros y las pequeñas historias que el autor recopila en este volumen me han parecido fascinantes. Se lee de un tirón.

Fernández Urresti, M. (2013), La tumba de Verne. Madrid: Suma de Letras, 482 p.

El 9 de marzo de 1886, Gaston, sobrino de Julio Verne, disparó sobre su tío. Más de un siglo después, el periodista Miguel Capellán descubrirá horrorizado los verdaderos motivos del atentado mientras trata de descifrar el secreto que oculta la tumba del novelista. Gerardo García Ávalos, maestro jubilado y autor de libros sobre misterios, recibe un documento insólito remitido por alguien que dice llamarse Nemo. La información revela aspectos inéditos de la vida de Julio Verne, entre ellos su pertenencia a una sociedad literaria vinculada a una orden secreta desconocida y que ha manejado los hilos de cambios transcendentales de la Historia. El confidente asegura que aquella información es extremadamente peligrosa. Ávalos se dispone a descubrir la identidad de Nemo cuando muere en extrañas circunstancias. El periodista Miguel Capellán, amigo de Ávalos, y Alexia, la única hija del maestro, se verán envueltos en una increíble aventura cuando deciden desenmascarar al enigmático Nemo. Su investigación, que les conducirá hasta la tumba de Julio Verne, se convertirá en un viaje tan extraordinario que bien pudiera haber sido escrito por el propio novelista. Un viaje no exento de peligros nada imaginarios, pues alguien parece muy interesado en impedir que localicen el último gran secreto de Verne, un manuscrito inédito que revela el secreto de la eterna juventud.

Una novela que mantiene el pulso narrativo y el interés del lector … hasta el final que, bajo mi punto de vista, queda un poco deslucido. En cualquier caso, una lectura entretenida.

Scott, J. (1979), El cazador de barcos. Barcelona: Círculo de lectores, 420 p.

«El cazador de barcos» es una historia cargada de suspense, que Justin Scott nos relata con una vibrante narrativa y un profundo conocimiento del mundo del mar y de los barcos. Desde 1979, año de su primera edición, ha fascinado a millones de lectores en todo el mundo, y se ha convertido en la segunda novela de tema náutico más leída después de Moby Dick. La implacable persecución que Peter Hardin emprende contra el Leviathan –superpetrolero responsable del hundimiento de su barco y de la muerte de su esposa– a través de los mares del mundo, nos embarca en una trepidante navegación, al mismo ritmo que el del protagonista. La narración que hace Justin Scott de la confrontación final, en aguas del golfo Pérsico, figura ya para siempre como uno de los mejores relatos de la literatura marítima de todos los tiempos.

Descubrí esta novela gracias a Arturo Pérez Reverte. Magnífica.

MAYO

Fernández Ruiz, J. y  Márquez Romero, J. E. (2009), Dólmenes de Antequera: guía oficial del conjunto arqueológico. Sevilla: Consejería de Cultura, 212 p.

Guía oficial para la visita al Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, que he utlizado para documentarme al escribir la anotación sobre el sepulcro megalítico de Menga.

Tartt, D. (2014), El jilguero. Barcelona: Lumen, 1143 p.

Una novela de iniciación a la vida que tiene el ritmo de un thriller. Al acercarnos a El jilguero, vamos enfocando una habitación de hotel en Amsterdam. Theo Decker lleva más de una semana encerrado entre esas cuatro paredes, fumando sin parar, bebiendo vodka y masticando miedo. Es un hombre joven, pero su historia es larga y ni él sabe bien por qué ha llegado hasta aquí. ¿Cómo empezó todo? Con una explosión en el Metropolitan Museum hace unos diez años y la imagen de un jilguero de plumas doradas, un cuadro espléndido del siglo XVIII que desapareció entre el polvo y los cascotes. Quien se lo llevó es el mismo Theo, un chiquillo entonces, que de pronto se quedó huérfano de madre y se dedicó a desgastar su vida: las drogas lo arañaron, la indiferencia del padre lo cegó y su amistad con el joven Boris lo llevó a la delincuencia sin más trámites. Todo parecía a punto de acabar, y de la peor de las maneras, en el desierto de Nevada, pero no. Al cabo de un tiempo, otra vez las calles de Manhattan, una pequeña tienda de anticuario y un bulto sospechoso que ahora va pasando de mano en mano hasta llegar a Holanda. ¿Cómo acabará todo?

Ayala, F. J. (1987), La naturaleza inacabada: ensayos en torno a la evolución. Barcelona: Salvat, xiii, 270 p.

Los seres vivos, y en particular el ser humano, sólo pueden ser comprendidos plenamente si se observan bajo el prisma de la evolución. Toda la naturaleza viviente es un producto de la evolución biológica, y un producto inacabado, pues la selección natural sigue actuando.

En esta obra, el profesor Ayala nos proporciona una visión integral de la realidad viviente y del ser humano. En la primera parte del libro introduce —sin emplear tecnicismos incomprensibles— los conceptos básicos de la teoría de la evolución, mientras que en la segunda se discuten diversos temas que son motivo de apasionadas controversias, desde las consecuencias del desarrollo de la ingeniería genética hasta la supuesta derivación de las normas morales a partir de la naturaleza biológica del ser humano.

Schätzing, F. (2007), Noticias desde un universo desconocido. Barcelona: Planeta, 511 p.

La historia de los océanos se remonta a más de cuatro millones y medio de años, repletos de hechos misteriosos, dramas violentos, giros sorprendentes e inventos curiosísimos. Con su estilo directo y ágil, el autor de El quinto día nos habla de ese universo submarino y de la manera en que éste determina nuestro futuro. Tras conseguir un enorme éxito internacional, Frank Schätzing comparte con sus lectores todo el material sobre el que se articula su novela.

JUNIO

Horgan, J. (2001), La mente por descubrir. Barcelona: Paidós, 389 p.

John Horgan se centra en la que quizá sea la más importante de las empresas científicas: intentar comprender la mente humana. Hay una gran variedad de industrias que se disponen a observar el cerebro humano en todos sus aspectos, confiando en resolver el enigma de la conciencia, vencer a las enfermedades mentales e incluso reinventar la naturaleza humana. Horgan escudriña todas estas tendencias y nos lleva de la mano hasta el interior de laboratorios, hospitales y universidades no solo para transmitirnos la opinión de neurocientíficos, psicoanalistas, electroterapeutas, genetistas conductistas, psicólogos evolucionistas, expertos en inteligencia artificial y filósofos de la conciencia, sino también para desmitificar ciertos fenómenos que parecían incontestables: la psicoterapia, el Prozac y otros tratamientos de la enfermedad mental, en el fondo simples placebos; la robótica y disciplinas similares, cuyos logros más importantes hasta ahora son más que discutibles; los neurocientíficos que se dicen capaces de seccionar el cerebro y la mente, aunque luego se muestran incapaces de reconstruir dichas partes…

Gómez Cadenas, J. J. (2014), Spartana. Barcelona: Espasa, 430 p.

En una sociedad empobrecida y radicalizada, adormecida políticamente y donde un cruel deporte, la Spartana, se ha convertido en el panem et circenses global, Vega Stark, una joven atleta que lucha por hacerse un hueco en el mundo de la ciencia, se verá envuelta en un desafío crucial para el destino de la humanidad.

Una novela muy bien construida, con unos personajes llenos de matices que se desenvuelven en una sociedad del futuro, pero un futuro muy cercano. Te engancha desde el principio.

¡Vuelve DesGRANAndo Ciencia!

Bueno, ya es hora de que sepan todos ustedes que, al igual que el año pasado, ya están rodando los engranajes para conseguir que la segunda edición del evento de divulgación científica DesGRANAndo Ciencia sea una realidad.

Debo decir que la edición anterior fue un tremendo éxito a pesar de nuestra inexperiencia y lo difícil que es organizar un acontecimiento de estas caracterísitcas. Por eso espero con mucha ilusión que este año no sólo repitamos el número de personas que se pasaron por el Parque de las Ciencias de Granada, sino que la participación sea mucho mayor.

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Nuestra principal meta es conseguir que acudan y se interesen por las charlas y demás formatos divulgativos no sólo quienes, en mayor o menor medida, ya conocen este tipo de eventos, sino lograr llevar la ciencia y el conocimiento al grueso de la población porque tenemos la convicción de que cuando consigues enganchar a quien nunca se ha planteado determinadas cuestiones, y logras despertar su curiosidad, es algo que no olvidará nunca.

Datos de interés:

Lugar: Será de nuevo en el Parque de las Ciencias de Granada. El evento se extenderá desde el 8 al 14 de diciembre de 2014. Las visitas a los centros de investigación (que concretaremos en breve) serán la semana siguiente, del 15 al 19 de diciembre.

Novedades: El evento durará una semana entera, y el grueso de charlas, talleres y espectáculos se ampliará con una sesión extra durante la tarde del viernes. Habrá sesiones de matemáticas, ciencias cognitivas y arte y ciencia, por citar tres que no pudimos incluir el año pasado. Además, como en Broadway, habrá unOff-Desgranando Ciencia en el que llevaremos la ciencia a la calle: habrá charlas y talleres en bares y lugares emblemáticos de Granada.

En definitiva, vayan reservando estas fechas porque espero que podamos vernos y disfrutar de muchas cosas interesantes además de algunas cañas de cerveza y unas deliciosas tapas!

PS: Por cierto, se me olvidaba rogarles un último favor. No sólo la entrada al evento, charlas, espectáculos y visitas son gratuitos, sino que ninguno de nosotros ni los ponentes cobran cantidad alguna por su tiempo y dedicación. Como es natural, la organización debe contar con un pequeño presupuesto para hacer frente a gastos inevitables por lo que se ha iniciado una campaña de Crowdfunding para obtener financiación.

 

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Un museo virtual

La museología, como la ciencia en general, avanza a grandes pasos de la mano de la tecnología. El desarrollo imparable de internet y el enorme potencial que la informática y el procesado de la información ofrecen, están permitiendo una nueva forma de acercarnos a los muesos, lejos ya la clásica imagen de un lugar donde se amontonan objetos sin conexión entre sí. Se abre una ventana que nos permite un acceso privilegiado a los restos del pasado, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Felipe V fundó en 1716 la Real Biblioteca o Librería Pública con un pequeño museo, un Gabinete de Antigüedades que, pasado el tiempo, se convertiría en uno de los núcleos fundacionales del Museo Arqueológico Nacional (por cierto, recientemente remodelado y modernizado). Una Orden del rey, puesta en vigor en 1713, dictaba las normas para recoger y surtir de curiosidades de historia natural a la recién creada Librería Pública:

Las antigüedades dan luz de lo que fueron los países en los tiempos más remotos y por ellas se saca el conocimiento del aumento y disminución que han tenido: con este motivo se procura investigar lo conducente a su averigüación, dando noticia de los vestigios que permanezcan en algunos parajes.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces pero aún perdura la misma idea: es necesario preservar y estudiar los vestigios del pasado para saber quiénes somos, para conocer nuestro devenir por la historia.

En este sentido, el Museo de Historia Natural de Idaho se ha embarcado en la compleja misión de acercar y hacer totalmente accesibles sus colecciones al gran público. Para ello han creado una mediateca virtual de objetos arqueológicos y restos fósiles de muy diverso tipo, que han sido escaneados utilizando la más moderna tecnología.

El Laboratorio de Virtualización es una unidad de investigación del Museo de Historia Natural que pertenece al campus de la Universidad Estatal de Idaho. La labor de sus integrantes es documentar cada pieza y obtener una representación digital de sorprendente calidad (las imágenes pueden verse en 360o y ampliarse con una resolución superior a la que puede percibir el ojo humano). Se han propuesto escanear las colecciones del museo, los materiales procedentes de excavaciones arqueológicas y paleontológicas, restos de fauna etc.

Cráneo de coyote.

Los investigadores son conscientes de que muchos de estos objetos son perecederos o muy frágiles debido al daño que sufren por las manipulaciones repetidas. El objetivo por tanto es la creación de unos archivos virtuales de esas colecciones para preservar la integridad de las muestras y proporcionar un acceso global (y gratuito) a las colecciones.

Unido a lo anterior (y no menos importante) el laboratorio permite la aplicación de esta tecnología a la investigación, la docencia y otros proyectos desarrollados por científicos y educadores, permitiendo proyectos de colaboración interdisciplinares. Les dejo con unos vídeos que muestran el proceso de digitalización:

Ya se han escaneado más de 15.000 piezas y el trabajo continúa.

PS: Les recomiendo que curioseen por las bibliotecas digitales porque, estoy seguro, encontraran muchas curiosidades que no podían imaginar. Es lo que me ha pasado a mí cuando he visto el cráneo de la orca que aparece más arriba ya que hace unos días salió el último capítulo del podcast Catástrofe Ultravioleta que gira precisamente en torno a estos espectaculares odontocetos (que no ballenas). No se lo pierdan…

La buscadora

El frío viento nocturno se colaba por las rendijas de la desvencijada casa. Ese silbido agudo y el sordo entrechocar de las ventanas impedía que nadie pudiera conciliar el sueño, aunque tampoco ayudaba el hecho de que hubiese comenzado a llover con fuerza hacía apenas unos minutos. Así las cosas, los ocupantes de la casa se dedicaron a asegurar bien puertas y ventanas, así como a colocar cazos y otros cacharros allí donde el agua comenzaba a colarse por las goteras. Estaba claro que la casa había visto tiempos mejores. Cuando terminó de ayudar a su madre y a su hermano para evitar que la tormenta se llevara la casa con ellos dentro, la pequeña Mary ―con doce años recién cumplidos― ­se arrebujó en la cama bajo una colección de mantas de varios tamaños y colores para intentar desprenderse del pegajoso frío del cuerpo.

Pero en realidad no podía dormir, o deberíamos decir que no quería dormir. Estaba ansiosa y exultante porque sabía que esa fuerte lluvia sería su mejor aliada, una ayuda inestimable en la pesada y, en ocasiones, tediosa tarea que le esperaba al amanecer. A pesar de todo, no cambiaría su vida por nada del mundo ya que amaba el trabajo que venía haciendo desde hacía muchos años junto a su padre y su hermano mayor. Ocasiones como esta, en las que los elementos se conjuraban para verter sobre la tierra cantidades inimaginables de agua, eran en realidad las más idóneas para salir a pasear por la costa, martillo en mano, y tratar de devolver a la luz los testigos de un pasado remoto, los restos de los seres vivos que mucho tiempo atrás señorearon en ese mismo lugar y que se habían convertido en roca con el paso de los eones. Estaba convencida de que el día traería magníficas oportunidades, y con esa idea en mente, y la sensación de que su padre seguía junto a ella ―había fallecido dos años antes―, Mary cayó finalmente en un profundo sueño mecida por el rumor de las olas.

Y llegó el día. Llegó la mañana pero ningún rayo de luz se coló por las ventanas, y el cielo permanecía tan encapotado que se hacía difícil distinguir la línea del horizonte, dónde terminaba el mar y comenzaba el cielo. La grisácea monotonía sólo se quebraba por el sonido familiar del romper de las olas en la playa y en el acantilado.

―¡Joseph, rápido!, tenemos que salir cuanto antes para que nadie se nos adelante ―gritó Mary saltando de la cama y buscando ropa abrigada que ponerse― ¡Hoy va a ser un gran día!

―¿A qué tanta prisa? No ha dejado de llover en toda la noche y seguro que con este mal tiempo pocos serán los que quieran venir al pueblo ―protestó su hermano mientras se tapaba aún más con una gruesa manta― Tus piedras seguirán ahí mañana y pasado mañana y al día siguiente…

En realidad Mary no terminó de oír lo que su hermano pretendía decirle porque ya había salido de la habitación y bajaba rápidamente las escaleras al tiempo que llamaba a su perrito Tray para que saliera fuera con ella.

Lyme Regis, el pueblo donde vivían los Anning, había pasado por mejores momentos. En otro tiempo uno de los principales puertos de Inglaterra, había sufrido enormemente con el embargo comercial impuesto por las guerras que se libraban tanto en el continente contra Napoleón como en las colonias de ultramar contra Estados Unidos. En cualquier caso, Lyme había sabido sobreponerse al convertirse en un destino turístico que era visitado por ilustres personajes como la mismísima Jane Austen, quien plasmó el ambiente bucólico de la región en su novela Persuasión.

Pese a que había dejado de llover hacía poco, aún se palpaba y olía la humedad y el frío de la noche. El sol no conseguía despuntar a través de la gruesa capa de nubes pero a Mary no le afectaba, al contrario, eran el mejor presagio y lo sabía. Los acantilados se prolongaban durante muchos kilómetros a lo largo de la costa, una pared casi ininterrumpida de unos diez metros de alto que exponía claramente la disposición horizontal de los diferentes estratos, sucesivas capas de tierra y roca de diferentes grosores que mostraban, para quien sabía leer sus líneas, un detallado registro geológico así como el enorme lapso de tiempo comprimido en ellas. Estos acantilados habían brindado gran cantidad de fósiles que los hermanos Anning venían recogiendo desde hacía años junto a su padre. Una vez limpios los exhibían en un tenderete improvisado junto a la parada del carruaje que, cada cierto tiempo, dejaba grupos de turistas en la posada local, con la esperanza de venderlos a buen precio. Desde la muerte de su padre hacía dos años, los únicos ingresos de la familia provenían de la venta de estas curiosidades geológicas que no hacían sino atraer más curiosos a la costa.

Al poco rato de que Mary saliera de la casa, Joseph le dio alcance y se unió a ella y a Tray en la búsqueda de nuevos tesoros.

―Algo tiene que cambiar hermanita ―murmuró Joseph sin mirar a su hermana mientras caminaba y golpeaba el suelo con su bastón con punta de cobre.

―¿A qué te refieres?

―Estoy cansado de perder el tiempo recogiendo piedras para que nos den unos pocos peniques por ellas. Tengo tanto frío en los huesos que no recuerdo la última vez que pasé calor ―mientras se quejaba caminaba dando fuertes pisadas en un intento inútil de calentarse los pies.

Mary se detuvo en seco y miró fijamente a su hermano a los ojos.

―No te comprendo. Lo que hacemos no es ninguna pérdida de tiempo. ¿Es que ya te has olvidado de los buenos momentos que pasamos junto a padre recorriendo estas costas, todo lo que nos enseñó? Además ―añadió con un brillo repentino en la mirada― ¿no te das cuenta de que tenemos la oportunidad de rescatar del olvido el pasado? Yo tampoco quiero pasar el resto de mi vida vendiendo baratijas a los turistas, pero creo que si recuperamos y estudiamos estas “piedras” como tú las llamas, será como traer de nuevo a la vida los animales que vivieron hace muchísimo tiempo.

Mary no comprendía cómo era posible que alguien no sintiese curiosidad y fascinación por las maravillas que aguardaban en las rocas. A pesar de que no poseía una educación convencional (había aprendido a leer los domingos que asistía con sus padres a la iglesia congregacional) sabía que los fósiles eran vestigios de un pasado remoto, los restos olvidados por los hombres de antiguos seres que solo esperaban una nueva oportunidad de ver la luz. Y su tarea era precisamente esa, recuperarlos para estudiarlos y mostrarlos de nuevo al mundo.

Dibujo del cráneo de ictiosauro hallado por Joseph Anning en 1810.

―Yo lo único que digo ―continuó Joseph con su argumentación― es que en el telar necesitan ayuda. Me gustaría aprender un oficio donde trabajar sin pasarme el día tirado en el suelo revolviendo la tierra y calado hasta los huesos. Esta moda de los fósiles pasará y entonces no tendremos forma de llevar comida a casa.

Mary no prestó atención a sus últimas palabras, ensimismada como iba, y corrió adelantándose a su hermano. Habían llegado a un saliente de la costa donde se había producido un enorme desprendimiento de tierra. Una parte de la pared del acantilado se había desplomado sobre la playa, sin duda por la acción del torrente de agua caído durante la noche. Tray comenzó a trepar entre las rocas y Mary le siguió con cautela para no provocar un nuevo corrimiento de tierra. Cuando llegó a la cima y escuchó los ladridos de Tray apenas pudo contener un grito.

―¿Qué sucede?, ¿te has hecho daño? ―preguntó resoplando Joseph cuando finalmente pudo alcanzarla.

―Mira eso, te dije que hoy iba a ser un gran día.

Mary señalaba la parte baja del acantilado que quedaba al otro lado del desprendimiento. Parcialmente cubiertos de barro, y comprimidos entre varias rocas, asomaban unos enormes huesos fosilizados. De un color más oscuro que la roca circundante resaltaban con claridad y, a pesar de que todavía estaban enterrados en parte, se podían atisbar unas grandes vértebras que terminaban en lo que parecía ser la cola de un animal enorme. Con la emoción a flor de piel, los hermanos bajaron rápidamente mientras miraban extasiados el gran tamaño del esqueleto que habían descubierto.

―¡Es sorprendente! ―exclamó Mary con gran excitación― Tenemos que darnos prisa para terminar de desenterrarlo y vamos a necesitar mucha ayuda ―continuó mientras comenzaba a golpear los extremos del enorme bloque de piedra con su martillo.

―Iré a la cantera para que vengan a echarnos una mano ―apuntó Joseph mientras volvía a subir por donde habían venido― No podremos moverlo de aquí hasta que lo hayamos sacado por completo.

Ya sola y con tiempo para observar detenidamente, Mary se dio cuenta enseguida de que habían topado con algo muy importante. Golpeaba con el martillo con una delicadeza que sin duda sorprendería a cualquiera que no conociera el oficio, esa herramienta que le había fabricado su padre y sin la que no salía de casa. Viéndola ahí, en el suelo, apoyada con un brazo mientras con el otro manejaba el martillo uno se daba cuenta de que era muy buena en su trabajo, muy meticulosa y paciente, ya que sabía que un golpe en un lugar inadecuado o con más fuerza de la debida podía romper en pedazos aquellos testigos mudos atrapados en la piedra.

Esqueleto de ictiosauro.

Después de muchas horas de duro trabajo, con la ropa totalmente empapada pero con una amplia sonrisa en el rostro, Mary pudo contemplar el hallazgo en su integridad. Ante sí tenía un esqueleto de más de cinco metros de largo, con dos grandes aletas en la parte delantera y otras más pequeñas donde comenzaba la cola. Por desgracia no conservaba la cabeza pero pensó rápidamente que el cráneo que su hermano había encontrado el año anterior encajaba perfectamente con este ejemplar, tanto por el tamaño como la ubicación. ¡Qué gran descubrimiento!

Sin perder más tiempo tomó el papel y el lápiz que siempre llevaba consigo y comenzó a dibujar los restos con la mayor fidelidad posible. Mientras lo hacía no dejada de preguntarse cómo habría vivido este animal y cómo se habría alimentado para mantener un cuerpo tan enorme. Estaba claro por las aletas que era un animal marino, pero el cráneo que encontraron el año anterior mostraba unos dientes puntiagudos que sobresalían de la boca como los cocodrilos. ¿Podría respirar bajo el agua?, ¿caminaría sobre la tierra? Estas y muchas más preguntas no cesaron de abordarla, sabiendo con la certeza que sólo puede sentir alguien realmente apasionado por su trabajo, que pasaría el resto de su vida tratando de resolver todas esas incógnitas.

Post scriptum:

Mary Anning (1799-1847) tenía doce años cuando encontró el esqueleto casi completo de un ictiosaurio (cuyo cráneo descubrió su hermano Joseph un año antes), dedicando los siguientes treinta y cinco años de su vida desenterrando y analizando los fósiles de la región cercana a su casa de Lyme Regis.

Debido a su condición de mujer tuvo vetado el acceso a las instituciones científicas de la época, a pesar de que muchos artículos leídos ante la Sociedad Geológica describían sus trabajos pero sin mencionarla. Este injusto aislamiento académico no le desanimó a continuar con su labor investigadora, dibujando y diseccionando peces y sepias para comprender mejor la anatomía de los fósiles con los que trabajaba. Charles Lyell fue de los pocos científicos de la época (junto con William Buckland, Louis Agassiz y Roderick Murchinson) que reconoció y alabó su obra.

Joseph Anning, que pasó muchos años junto a su padre y su hermana buscando fósiles, se convirtió en tapicero en 1825, se casó y tuvo tres hijos.

Nota:

Todas las imágenes han sido tomadas de Wikimedia commons.

Esta entrada participa en el I Certamen de cuentos de ciencia organizado por el blog Cuantos y Cuerdas

El pingüino que se perdió en la Antártida

En su segunda expedición a la Antártida, el recién nombrado almirante de la armada estadounidense Richard Byrd pasó cinco meses solo en una estación meteorológica realizando diferentes estudios científicos. Este hecho por sí solo —el aislamiento en esos crudos meses de invierno— ya sería bastante para ser recordado en los anales de la exploración polar, pero ocurrió algo más. En un momento dado, en el campamento base de la expedición comenzaron a recibir por radio una serie de extraños mensajes enviados por Byrd. La incongruencia de las transmisiones alarmaron tanto a sus compañeros que decidieron organizar una misión de rescate cuya salida se vio abortada en dos ocasiones debido a la oscuridad y el mal tiempo. Finalmente, al tercer intento, consiguieron recorrer los 200 kilómetros que les separaban de la estación meteorológica donde encontraron a Byrd casi inconsciente debido a una intoxicación por monóxido de carbono.

Este dramático rescate in extremis hizo reflexionar a uno de los miembros de la misión de salvamento, el Dr. Thomas Poulter (segundo al mando de la expedición, profesor de física y explorador polar) quien comenzó a barajar la idea de construir un vehículo adaptado al frío que fuera capaz de recorrer grandes distancias sobre el hielo para llevar a cabo labores de exploración —y de rescate si era necesario—. Así surgió la idea de construir el ingenio que se apodó “Pingüino 1” (Snow Cruiser en inglés).

Bajo la dirección de Poulter, un equipo de la Research Foundation of the Armour Institute of Technology de Chicago, pasó los siguientes dos años ocupado en la tarea de diseñar el vehículo: el Instituto financiaría y supervisaría su construcción y, posteriormente, sería alquilado al Servicio Antártico de Estados Unidos quien lo utilizaría durante la expedición polar que Byrd encabezaría y que zarparía de la costa este norteamericana a finales de 1939.

El vehículo tenía unas dimensiones enormes: 16,75 metros de largo, 4,5 de altura y 6,10 de ancho; y dispondría de una autonomía de entre 6.500 y 9.500 kilómetros. La tripulación la formarían entre 4 y 6 miembros, con habitáculos para dormir, comer y realizar experimentos científicos. Se pensó que podría transportar un pequeño avión instalado en el techo del vehículo (para misiones de cartografía), siendo capaz de viajar todo el año y de forma ininterrumpida durante las 24 horas del día, a una velocidad superior a 8 km/h.

Una vez aprobado el diseño comenzó la construcción el 8 de agosto, por lo que los operarios disponían únicamente de once semanas para terminarlo, probarlo y enviarlo al puerto de Boston, lugar donde se embarcaría el resto de equipo y los miembros de la expedición. A pesar de lo complicado de las tareas, el 24 de octubre se finalizaron los trabajos de construcción y, para ahorrar tiempo, se decidió enviar el vehículo por carretera para aprovechar el viaje de 1.643 kilómetros desde Chicago a Boston para someter a diferentes pruebas la enorme máquina.

Podemos decir que el viaje no fue todo lo bien que se esperaba. Durante el trayecto por carretera quedó atascado durante tres días en un arroyo de Ohio al derrumbarse el puente por el que tenía que pasar; y en Erie (Pensilvania) fue necesario cambiar los dos motores que se habían quemado.

Tras estos contratiempos, el “Pingüino 1” llegó al puerto de Boston el 12 de noviembre justo a tiempo de ser embarcado, eso sí, una vez se hubo desmontado la parte trasera ya que no cabía en la cubierta del barco.

Por fin el quipo llegó a la Antártida el 11 de enero, aunque los percances no habían hecho más que comenzar. En primer lugar, el vehículo sufrió daños al ser desembarcado ya que la rampa de gruesos troncos y acero que se había instalado en el costado de babor cedió con el peso. Una vez sobre el hielo, los pilotos comprobaron que las enormes ruedas (de más de 3 metros de diámetro y unos 300 kg de peso cada una) se hundían en la nieve y patinaban continuamente. Para mejorar la tracción, decidieron instalar las dos ruedas de repuesto en el eje delantero (aumentando por tanto la superficie de contacto) y colocar cadenas en las ruedas traseras.

A pesar de todos los esfuerzos y de las continuas reparaciones que se hicieron no se pudo evitar el desenlace final: un par de meses después de llegar a la Antártida el vehículo fue abandonado y acabó sepultado bajo la nieve. En 1958 una expedición polar llegó a verlo aunque volvió a desaparecer sin que, desde entonces, nadie lo haya visto de nuevo. Quien sabe, quizás algún día en el futuro aparezca de nuevo sobre la nieve para recordarnos que, en muchas ocasiones, la mejor ingeniería no puede nada contra la fuerza de la naturaleza.

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