Mes: abril 2020

Avanzando en la comprensión del dolor y de su tratamiento

Avanzando en la comprensión del dolor y de su tratamiento

     Última actualizacón: 27 abril 2020 a las 16:25

[…] así como rechazamos una medicina amarga, nos resistimos a aceptar que el sufrimiento es esencial a la vida, de modo que no fluye hacia nosotros desde fuera, sino que cada uno lleva la fuente inagotable del mismo en su propio interior.

«El arte de ser feliz», Arthur Schopenhauer 1.

Introducción

En la Grecia clásica, con Platón, Demócrito y Alcmeón de Crotona, se defendía que el cerebro debía considerarse el centro de la razón y de las sensaciones, incluida la dolorosa. De hecho, Aristóteles definió las emociones básicamente como afecciones acompañadas de placer o dolor 2. Descartes, por su parte, contemplaba la experiencia dolorosa a partir del concepto dual de la naturaleza humana (que distinguía entre el cuerpo y el alma). Para él el dolor era una percepción del alma, que podía estar originada por la acción de agentes externos al cuerpo, o bien por el propio cuerpo. De esta forma, la biología tenía la capacidad de estudiar el «mecanismo» del dolor, describir objetivamente su origen, el recorrido y el destino del estímulo doloroso.

Solemos experimentar el dolor de forma transitoria cuando lo provoca alguna enfermedad o un traumatismo. Sin embargo, para muchas personas el dolor es crónico, se ha convertido en un «compañero» que no desaparece ni con los analgésicos 3 más potentes. La situación no es sencilla ya que el dolor es un complejo «sistema de defensa», que nos avisa de que algo no funciona, y cuya percepción es subjetiva, es desagradable y posee una importante carga emocional.

La Asociación internacional para el estudio del dolor (IASP, por «International Association for the Study of Pain») puntualiza que existen dos posibles fuentes del dolor: una emocional y otra sensorial. Así, la IASP define el dolor como «una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada con un daño tisular real o potencial, o descrita en términos de dicho daño 4. A partir de esta definición, podemos analizar sus dos componentes principales:

  • El componente sensorial. Proporciona la información nociceptiva como consecuencia de la transmisión del estímulo lesivo al córtex cerebral (se trata de la sensación dolorosa en sí). Distinguimos entre el «dolor nociceptivo», que es el causado por la activación de los receptores del dolor (son los «nociceptores», de los que hablaremos más adelante) en respuesta a un estímulo (lesión, inflamación, infección, enfermedad); mientras que el «dolor neuropático» se origina por un estímulo directo del sistema nervioso central o una lesión de los nervios periféricos.
  • El componente emocional. Confiere al dolor un carácter único y personal –subjetivo– al originar una respuesta emocional y de conducta secundaria a la sensación dolorosa. Aquí debemos mencionar el «dolor idiopático», en el que predominan los factores psicosociales, y que suele ser característico de dolores crónicos.

Para completar lo dicho hasta ahora, me gustaría añadir otra definición –quizás más amplia– del término «dolor» que encontramos en el diccionario Dorland de medicina, y que recoge dos acepciones: 1. Uno de los signos cardinales de la inflamación; y 2. Sensación más o menos localizada de malestar, molestia o aflicción, que resulta de la estimulación de terminaciones nerviosas especializadas. Actúa como mecanismo de protección, en la medida en que induce a quien lo sufre a retirarse o apartarse de la fuente.

Clasificación del dolor y analgésicos recomendados. Fuente: Kim, et al. (2020), "All about pain pharmacology: what pain physicians should know".
Clasificación del dolor y analgésicos recomendados. Fuente: Kim, et al. (2020), «All about pain pharmacology: what pain physicians should know».

La mayoría de textos que tratan sobre el dolor lo describen como un «síntoma». De hecho, la literatura recoge que se trata del principal motivo que lleva a los pacientes a acudir a los centros de atención sanitaria.

A pesar de que contamos con una variada gama de medicamentos para su tratamiento, lo cierto es que en las dos últimas décadas no se ha desarrollado un solo analgésico realmente innovador [ 1. Ver en este sentido Correll y Kissin. (2019).]. Muchos pacientes sufren esa carencia, mientras que otros deben hacer frente a los importantes efectos secundarios de aquellos con los que contamos y que complican los tratamientos prolongados. Por todo ello, el estudio de la biología del dolor y la búsqueda de medios más eficaces para el tratamiento del dolor crónico son ahora más urgentes que nunca.

Los trabajos de los científicos se están centrando, fundamentalmente, en dos parcelas relacionadas:

  • En primer lugar, existe un interés por comprender mejor el mecanismo por el que las señales dolorosas viajan desde los nervios hasta el cerebro, y la forma en que éste percibe esa sensación de dolor.
  • En segundo lugar, aumentan los estudios que tratan de desvelar el papel que algunos genes desempeñan en la regulación del dolor. Siguiendo esta vía se persigue explicar por qué algunas personas sienten y toleran el dolor de forma tan diferente.

Sintiendo el dolor

[…] limitémonos, pues, a hablar del dolor. Concedo de buen grado que sea la desgracia mayor de nuestra vida, pues soy de los que más la detestan y de los que más le huyen, por no haber tenido hasta el presente, gracias Dios, gran comercio con él; yo creo que en nosotros reside, si no el poder de reducirlo a la nada, al menos el de debilitarlo por la paciencia, y el de alcanzar, a pesar de los sufrimientos corporales, que el alma y la razón se mantengan resistentes y bien templadas.

«Ensayos», Michel de Montaigne, Libro I, capítulo XL.

Como hemos indicado, la capacidadde sentir dolor es un mecanismo de defensa del organismo que actúa para disminuir el riesgo de sufrir lesiones. Se trata de un sistema de alarma clave para la autopreservación ya que gracias a él somos conscientes de los peligros que amenazan nuestra integridad física. Para comprender su importancia, basta con imaginarnos lo complicada que sería nuestra vida sin él. Por ejemplo, la «insensibilidad congénita al dolor» es un conjunto de enfermedades hereditarias poco frecuentes que se caracterizan porque las personas afectadas no sienten el dolor. Los enfermos sufren quemaduras importantes (dado que no se percatan del daño en su piel), lesiones graves de huesos por fracturas que no detectan, úlceras en la piel por el roce o contacto continuo con superficies abrasivas, etc.

Sin embargo, el dolor no sólo puede ser «sensorial», también hay que tener presente el dolor «emocional». Este tipo de dolor se puede manifestar de muchas maneras y precisa de un abordaje especial. Por ejemplo, el compositor finlandés Jean Sibelius escribió en 1900 su Opus 20 para violonchelo y piano, titulada Malinconia, tras el fallecimiento de Kirsti, su hija más pequeña 5, a consecuencia de una epidemia de tifus. Oyendo esta pieza podemos «sentir» realmente el dolor del compositor en los «largos, desencajados e insistentes pasajes de piano y el tono intensamente sombrío e incluso irritante del violonchelo». La melancolía que emana de esta pieza sin duda nos perturba y provoca un peculiar cúmulo de emociones.

Ahora bien, siendo evidente que el dolor tiene una parte positiva, también es cierto que muchas personas sufren cuando el dolor provocado por una lesión se prolonga mucho tiempo después de que se haya resuelto la causa que lo ha originado. En estos casos el dolor se convierte en una enfermedad en sí misma.

Veamos por tanto con más de detalle cómo «sentimos» el dolor.

Acciones eferentes de los nociceptores. Un estímulo nocivo conduce a potenciales de acción en fibras nociceptivas que se propagan no sólo al sistema nervioso central sino también antidrómicamente hacia las ramas periféricas. Estos potenciales de acción antidrómica producen la liberación de neuropéptidos, como sustancia P, péptido relacionado con el gen de calcitonina (CGRP) y neurocinina A (NKA). Estas sustancias pueden estimular a las células epidérmicas (1) y a las células inmunes (2) o producir vasodilatación (3), extravasación plasmática (4) y contracción del músculo liso (5). Tomado de McMahon et al. (2007).

Las señales dolorosas viajan desde la piel o los órganos internos hasta la médula espinal a través de una clase especial de neuronas sensitivas llamadas «nociceptores». Sus fibras se extienden hasta la piel, los pulmones, los intestinos y otras partes del cuerpo, y están equipadas para percibir distintos tipos de estímulos nocivos. En este sentido, la naturaleza ha adoptado una estrategia mixta. Algunos nociceptores responden a diferentes tipos de estímulos térmicos y mecánicos, y transmiten con rapidez la señal a través de fibras mielinizadas; otros en cambio están conectados a las fibras amielínicas –de transmisión más lenta– que responden a la presión, temperatura y otro tipo de estímulos (así se explican las diferentes sensaciones que producen una quemadura, una punción o un pinchazo).

Cuando estas neuronas detectan una amenaza (un corte, una quemadura etc.) envían señales eléctricas a la médula espinal. Son las fibras aferentes las que penetran en la médula espinal a través de las raíces dorsales, y terminan en las astas posteriores de la sustancia gris. Ahí contactan con las neuronas medulares que llevan la señal a las regiones cerebrales donde se transforma esa información en la percepción del dolor 6.

El cerebro, al registrar el dolor, reacciona con una señal analgésica para calmarlo. Se trata de la «vía descendente del dolor» por la que las redes neuronales del cerebro envían señales eléctricas a través de la médula espinal que desencadenan la segregación de endorfinas y otros opioides naturales. Estas sustancias bioquímicas inhiben las señales ascendentes con lo que reducen el grado de dolor percibido.

El descubrimiento de la «sensibilización central» 7, un fenómeno según el cual podría existir dolor en ausencia de una lesión desencadenante, echó por tierra la opinión de algunos médicos de que los pacientes que se quejaban de dolor sin que mediase una lesión obvia debían estar mintiendo.

Esto sucede porque el sistema de transmisión del dolor puede hipersensibilizarse a raíz de una lesión; aunque también puede descontrolarse sin razón o quedarse atrapado en un estado hipersensible mucho después de la curación de la lesión original, con lo que la señal analgésica enviada por el cerebro no consigue contrarrestar el dolor. Hablamos del dolor neuropático, la fibromialgia etc. Como hemos comentado, para estos pacientes el dolor no es un síntoma, sino una enfermedad causada por el mal funcionamiento del sistema nervioso.

Tratando el dolor

No existe objetivo más noble que aliviar el dolor y el sufrimiento.

«Tratado del dolor». Ronal Melzack.

Llegados a este punto vamos a analizar algunos de los pasos que se están dando para mejorar el abordaje terapéutico del dolor.

Diseño de fármacos que impidan la transmisión de la señal dolorosa.

Varios investigadores trabajan en el diseño de un medicamento que impida o module la transmisión de la señal del dolor. Bastaría, por ejemplo, con bloquear los receptores de glutamato, el neurotransmisor que utilizan las neuronas nociceptivas. Este neurotransmisor juega un papel importante en la modulación del dolor ya que es el principal aminoácido excitatorio del sistema nervioso central (en su condición de principal responsable de la transmisión sináptica rápida). Y en este sentido estamos de suerte ya que contamos con un fármaco que hace precisamente eso: la ketamina.

El efecto analgésico de la ketamina se conoce desde su introducción en 1966 como un anestésico general. Sin embargo, ahora se ha descubierto un nuevo objetivo molecular, concretamente su función como un antagonista del receptor NMDA (receptor excitatorio del Glutamato N-metil D-aspartato). Pese a que la ketamina se emplea cada vez más como un analgésico para el tratamiento del dolor agudo y crónico, presenta un grave inconveniente: a dosis efectivas posee efectos secundarios muy severos (entre los que se encuentran sedación, náuseas, reacciones disociativas, modificación de la conducta etc.).

Por esa razón se busca otro enfoque. Un grupo de investigadores liderado por Lucía Hipólito sabía que esos receptores NMDA se encuentran regulados a su vez por otras proteínas de la membrana de la neurona, los llamados canales pequeños de potasio (SK channels). Lo que este grupo ha logrado –en modelos de ratón– ha sido obtener un efecto analgésico potente sin los efectos secundarios ya conocidos, gracias a la combinación de fármacos que interaccionan con los canales SK a dosis subefectivas (es decir, en dosis que no provocan ningún efecto observable), con dosis subefectivas de fármacos tipo ketamina 8.

A pesar de lo prometedor de este trabajo, problemas de financiación han impedido a la Dra. Hipótito continuar con esta investigación. Esperemos que la situación cambie, o que otro grupo tome el relevo y siga los pasos de esta investigadora.

Empleo del estado emocional de los pacientes para controlar el dolor.

Como hemos visto a lo largo de esta anotación, las investigaciones sobre el dolor han confirmado que se trata de un fenómeno complejo y subjetivo, y que la forma en que sentimos el dolor depende tanto del cerebro de la persona que lo experimenta, como del momento en que lo hace. Esto significa que la traducción de las señales de los nociceptores en sensaciones dolorosas se ve influida por el estado emocional de la persona. Al mismo tiempo, el contexto emocional en el que se percibe el dolor también puede alterar cómo se experimenta (un ejemplo de esta situación sería el dolor o las molestias que tienes después de una sesión de ejercicio intenso. Es una sensación dolorosa, pero placentera al mismo tiempo).

Ahora sabemos que en el cerebro no existe un centro del dolor como tal, sino que diferentes regiones se activan como reacción a los estímulos dolorosos. Entre ellas se incluyen las redes que también participan en la emoción, la cognición, la memoria y la toma de decisiones. Es decir, un mismo estímulo puede generar un patrón de activación distinto según el momento en que se produzca, de ahí que la experiencia personal del dolor pueda variar aunque el daño sea parecido.

La neurocientífica de la Universidad de Oxford Irene Tracey y su equipo, han planteado un enfoque innovador para sacar partido a esta situación. Diseñaron un experimento para el que reclutaron a un grupo de pacientes con dolor neuropático tras una toracotomía. A todos se les dijo que recibirían un nuevo tratamiento para el dolor, cuando lo cierto es que la mitad de ellos no recibieron esa medicación. El alivio que experimentaron los pacientes de ese segundo grupo no fue más que el resultado del efecto placebo.

Es decir, estamos ante un caso en el que la mera expectativa de ver reducido el dolor se traduce en un alivio auténtico. Parece ser que el placebo activa la «vía descendente», que provoca la liberación de opioides sintetizados en el cerebro.

Otro enfoque para el control emocional del dolor es el seguido por el equipo del Dr. Andre Machado 9. El Dr. Machado y su equipo implantaron microelectrodos en una zona del cerebro relacionada con el procesamiento de las emociones.

Se trata de un procedimiento similar a la estimulación cerebral profunda, utilizada para tratar algunos síntomas de la enfermedad de Parkinson como el temblor, rigidez, movimiento lento etc. Consiste en la estimulación eléctrica leve de alta frecuencia en una zona específica del tálamo, el globo pálido o el núcleo subtalámico por medio de un electrodo implantado en el encéfalo.  Su función es enviar una señal eléctrica a estas áreas específicas del cerebro que controlan el movimiento, bloqueando de esta forma las señales nerviosas anormales.

Los hallazgos sugieren que el cerebro de los pacientes con dolor crónico está condicionado por la exposición constante al dolor y reacciona como si todos los estímulos fuesen potencialmente dolorosos. Este tipo de tratamiento, que aún no está autorizado de forma generalizada, permite que el cerebro empiece a distinguir de nuevo lo doloroso de lo que no lo es.

La genética también juega su papel.

Por último, los estudios genéticos también están aportando su grano de arena para comprender tanto los procesos dolorosos, como potenciales vías terapéuticas.

James Cox, genetista del University College, ha descubierto que los genes FAAH y FAAH-OUT, presentan mutaciones que reducen la descomposición de un neurotransmisor llamado anandamida, lo que contribuye a aliviar el dolor 10. Es decir, aquellas personas con esas mutaciones poseen un exceso de esta sustancia bioquímica, lo que las vuelve prácticamente inmunes al dolor (algo que hemos visto que no es tan positivo como podría llegar a pensarse). Actualmente hay varios estudios en marcha que tratan de poner a prueba diversas posibilidades para el uso terapéutico de este hallazgo.

Otro gen, SCN9A, también está implicado en la señalización del dolor. SCN9A codifica para una proteína que resulta clave en la transmisión de las señales desde las neuronas nociceptivas hasta la médula espinal. Una proteína, Nav1.7, se sitúa sobre la superficie de la neurona y hace las veces de canal para que los iones de sodio accedan al interior, permitiendo que los impulsos eléctricos de la señal dolorosa se transmitan. Las mutaciones en este gen producen versiones deformes de esta proteína, que no pueden cumplir su función. Si por ese motivo los nociceptores no pueden de conducir las señales de dolor, los pacientes no lo sienten.

Dado que esta proteína  Nav1.7 sólo está presente en las neuronas sensibles al dolor, si podemos desarrollar un medicamento que cierre selectivamente ese canal, podría convertirse en un analgésico eficaz. Hasta el momento, el único efecto secundario conocido de esta condición es la pérdida de olfato.

Queda aún mucho camino para lograr verdaderos avances en la clínica, es decir, en el tratamiento eficaz y sin efectos secundarios del dolor de tantos y tantos pacientes que sufren a diario. Sin embargo, tampoco podemos dejar de lado que hay un buen número de investigadores en todo el mundo dedicados a esta tarea.

Más pronto que tarde veremos los resultados.

Bibliografía

Aydede, M. (2019), «Does the IASP definition of pain need updating?«. PAIN Reports, vol. 4, núm. 5, p.

Beard, D. J., et al. (2020), «Considerations and methods for placebo controls in surgical trials (ASPIRE guidelines)». The Lancet, vol. 395, núm. 10226, p. 828-838.

Correll, D. J. y Kissin, I. (2019), «Problems with developments of breakthrough analgesics: recent history via scientometric analysis». Journal of Anesthesia History, vol. 5, núm. 2, p. 49-57.

Dorland, W. A. N. (2005), Dorland diccionario enciclopédico ilustrado de medicina. Madrid [etc.]: McGraw-Hill Interamericana de España, xxvii, 2210 p.

Frizon, L. A., et al. (2019), «Deep brain stimulation for pain in the modern era: a systematic review«. Neurosurgery, vol. 86, núm. 2, p. 191-202.

Habib, A. M., et al. (2019), «Microdeletion in a FAAH pseudogene identified in a patient with high anandamide concentrations and pain insensitivity«. British Journal of Anaesthesia, vol. 123, núm. 2, p. e249-e253.

Hipólito, L., et al. (2015), «In vivo activation of the SK channel in the spinal cord reduces the NMDA receptor antagonist dose needed to produce antinociception in an inflammatory pain model«. Pain, vol. 156, núm. 5, p. 849-858.

Kim, K.-H., et al. (2020), «All about pain pharmacology: what pain physicians should know«. The Korean Journal of Pain, vol. 33, núm. 2, p. 108-120.

Le Breton, D. (1999), Antropología del dolor. Barcelona: Seix Barral, 284 p.

McDermott, L. A., et al. (2019), «Defining the functional role of Nav1.7 in human nociception«. Neuron, vol. 101, núm. 5, p. 905-919.e8.

McMahon, S. B., et al. (2007), Tratado del dolor. Madrid: Elsevier, XVIII, 1268 p., 20 p.

Vase, L. y Wartolowska, K. (2019), «Pain, placebo, and test of treatment efficacy: a narrative review«. British Journal of Anaesthesia, vol. 123, núm. 2, p. e254-e262.

Notas

  1. Arthur Schopenhauer (2000), El arte de ser feliz. Barcelona: Herder (ed. de F. Volpi y A. Ackermann Pilári)
  2. Ver «Ética a Nicómaco», libro 11.
  3. Fue el poeta y médico norteamericano Oliver Wendell Holmes quien sugirió que a los compuestos que suprimían el dolor se los denominara «anestésicos» (de las palabras griegas que significan «sin sensación»). Por su parte, la «analgesia» (una palabra que también proviene del griego) se define por la RAE como la «falta o disminución de las sensaciones dolorosas, que no afecta a los demás sentidos».
  4. Traducción propia de: «An unpleasant sensory and emotional experience associated with actual or potential tissue damage, or described in terms of such damage». Ver la terminología adoptada por la IASP aquí. En una nota a dicha definición se indica que el hecho de que dolor crónico se considere como una enfermedad o un trastorno en sí mismo no hace necesario un cambio en la definición.
  5. Falleció el 13 de febrero con solo quince meses de edad.
  6. Además de estos, existen otros circuitos neuronales que intervienen en la modulación del dolor y que están implicados en sus factores afectivos y emocionales.
  7. Cuando un tejido se daña y el dolor persiste durante unos días, se producen unos mecanismos de adaptación de los nociceptores y de la respuesta nociceptiva al daño. Este proceso se llama «hiperalgesia primaria» o sensibilización periférica, y representa una acción protectora del cuerpo humano frente a posibles daños futuros. La «hiperalgesia secundaria» se refiere al proceso de incremento de la respuesta en el asta dorsal, localizado en los segmentos del procesamiento de la nocicepción. Mientras que la sensibilización periférica es temporal, la hiperalgesia secundaria o «sensibilización central» es un proceso que engloba al sistema nervioso central.
  8. Ver el artículo de Hipólito et al. (2015).
  9. Ver Frizon, et al. (2019).
  10. Ver Habib et al. (2019).
Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, MEDICINA, 0 comentarios
Homo luzonensis

Homo luzonensis

     Última actualizacón: 11 abril 2020 a las 15:29

Ficha

Nombre taxonómico: Homo luzonensis ―Détroit, F., et al. (2019)―. Descubiertos en la cueva de Callao —en la isla de Luzón— el 24 de agosto de 2011, los fósiles pertenecen al menos a dos adultos y un niño. Antigüedad: entre 67000 y 50000  años.

Espécimen tipo: CCH6 (conjunto de cinco fósiles: CCH6-a a CCH6-e), que se corresponde a la dentición postcanina del maxilar de un único individuo.

Características y comportamiento: Los fósiles de Luzón presentan un conjunto único de rasgos físicos que los diferencia del resto de congéneres que vivían en esa misma época. Algunas de estas características parecen muy primitivas —como, por ejemplo, el pequeño tamaño y la forma sencilla de las coronas de los molares; o la curvatura de los dedos de las manos y los pies, que lo acercan más a los australopitecinos—; mientras que otras —en especial sus dientes— son similares a los parántropos, Homo erectus e incluso Homo sapiens.

Puesto que sus manos y pies son más primitivos que los de Homo erectus se plantea la cuestión de si el antepasado de Homo luzonensis sería incluso más antiguo que Homo erectus y si, por tanto, salió fuera de África antes de que lo hiciera aquél. Dada la antigüedad y localización de los fósiles, también surge la cuestión de la forma en que pudo llegar a Filipinas.

La pregunta de si algún hominino había salido de África antes de que lo hiciera Homo erectus ya se planteó cuando se descubrió Homo floresiensis. Ahora es una hipótesis que cobra más fuerza.

Referencia

Localización Cueva de Callao.
Cueva de Callao.

El descubrimiento

La cueva de Callao, en la isla filipina de Luzón, supone la más importante atracción turística de una región horadada por más de 300 cuevas. Además de constituir una fuente de ingresos, también se llevan a cabo excavaciones arqueológicas de forma ininterrumpida desde 2007, año en el que se descubrió una falange catalogada como CCH1 1, por Callao Cave Hominin 1, o «hominino 1 de la cueva de Callao».

Sucesivas campañas han permitido recuperar un total de 12 nuevos restos 2 que presentan una mezcla única de caracteres primitivos (es decir, rasgos más parecidos a los australopitecinos) y derivados (similares a los de Homo sapiens por ejemplo) que hace que sus descubridores los asignen a un nuevo miembro del género Homo: Homo luzonensis.

En un artículo publicado en la revista Nature el 10 de abril de 2019 los investigadores describen estos restos y confirman que pertenecieron a tres individuos: dos adultos y un niño 3. La datación del fósil más antiguo (CCH1), mediante la técnica de series de Uranio arroja una antigüedad mínima de 67000 años.

Caracteres

Dado que no contamos con fragmentos del cráneo no podemos hacer suposiciones acerca de su aspecto; y dado que el fémur recuperado está fracturado, tampoco podemos saber su altura.

Los dientes son «sencillos», con pocas protuberancias. Comparados con la dentición de Australopithecus, Paranthropus y otras especies del género Homo, los dientes de H. luzonensis son pequeños y están comprimidos mesiodistalmente. Además, hay un marcado contraste entre su tamaño relativo y la forma de los premolares y molares. En este sentido, los premolares de H. luzonensis tienen un tamaño relativo en relación a los molares muy grande, más que en el caso de H. floresiensis. Tienen varias raíces (P3 tiene tres, P4 tiene dos) muy robustas y divergentes, una característica arcaica que es típica de Australopithecus y Paranthropus. Así, los premolares combinan unos caracteres de tamaño y forma vistos en especies como H. neanderthalensis, H. floresiensis y H. sapiens. Por otro lado, los molares son extremadamente pequeños y se parecen mucho a los de H. sapiens y, en menor medida, a los de H. floresiensis.

En definitiva, el patrón de la morfología de los dientes de Homo luzonensis es fácilmente distinto, y distinguible, del resto de especies analizadas.

Conjunto dientes CCH6.

Por otro lado, los huesos de las manos y los pies son mucho más primitivos, comparables a los de los australopitecos que vivían en África alrededor de dos millones de años antes, y cuyas extremidades estaban adaptadas para subir a los árboles.

Por ejemplo, CCH2, una falange intermedia de la mano, es larga, estrecha y con una curva muy marcada. Presenta por tanto unos caracteres primitivos similares a los observados en Australopithecus y, en menor medida, en el holotipo de Homo habilis (OH 7), pero no en otras especies posteriores del género Homo (aunque en algunos aspectos sea similar a las falanges de Homo naledi). Por su parte, CCH4, una falange del pie, presenta unos caracteres primitivos similares a los de Australopithecus (en una combinación de varias especies), y concretamente es indistinguible de las vistas en Au. afarensis y Au. africanus.

CCH2. Falange intermedia de la mano.

Por el momento, probablemente sea razonable aceptar la nueva especie, al menos provisionalmente, mientras se esperan más hallazgos.

Chris Stringer.

¿Qué implicaciones tiene Homo luzonensis para la evolución humana?

Los autores admiten que establecer el origen de Homo luzonensis, así como sus relaciones filogenéticas con otros homininos, son cuestiones que quedan sin respuesta por el momento. Secuenciar su ADN ayudaría a clarificar el panorama, pero los intentos de extraer el material genético de los restos recuperados han resultado infructuosos debido a la humedad y la elevada temperatura de las islas del Sudeste Asiático.

A pesar de todo, con los datos de que disponemos es posible aventurar algunas hipótesis.

Sabemos que la isla de Luzón ha estado rodeada por mar desde hace dos millones y medio de años. Por lo tanto, es evidente que H. luzonensis ha tenido que llegar allí usando algún tipo de embarcación. De nuevo nos topamos con el mismo interrogante que se planteó cuando se encontraron los restos de H. floresiensis y que generó —y sigue generando— intensos debates.

También debemos señalar que en el yacimiento arqueológico de Kalinga, en un valle cercano a la cueva de Callao, se han encontrado herramientas de piedra y huesos de un rinoceronte con marcas de corte en las costillas y en las extremidades, así como de percusión en los huesos de una de las extremidades anteriores 4. Este hallazgo, con una antigüedad de más de 700000 años, confirma la presencia de homininos en la región en una época tan temprana. Aunque es posible que quien se alimentara del rinoceronte fuera H. luzonensis, aún no contamos con pruebas contundentes al respecto.

Llegados a este punto, los especialistas plantean al menos cuatro diferentes posibilidades acerca de su origen:

  1. Por lo que sabemos a día de hoy, sólo dos especies se aventuraron fuera de África hasta llegar al Sudeste Asiático: H. erectus, hace entre 2 y 1,5 Ma; y H. sapiens, que hace alrededor de 60000 años ya había llegado hasta Australia. Una posibilidad por tanto es que H. luzonensis fuera descendiente de los primeros H. sapiens que salieron de África y que sabemos con seguridad que poseían los conocimientos y la capacidad técnica para navegar por el océano. Tras llegar a Luzón, quizá evolucionaron de forma acelerada al carecer de intercambio genético con otros humanos, lo que hizo que presenten la extraña mezcla de rasgos que vemos ahora.
  2. Otra posibilidad es que descienda de los H. erectus que de algún modo llegaron a Luzón en su camino a lo que hoy es China. Al igual que H. floresiensis, representarían los últimos supervivientes de esa migración, y habría evolucionado durante decenas de miles de años aislado con las presiones evolutivas que eso supone.
  3. La tercera opción es que H. luzonensis provenga de una oleada que salió de África antes que H. erectus, posiblemente de algún australopitecino. Ahora mismo no hay fósiles ni datos que permitan sostener esta hipótesis.
  4. La cuarta opción, defendida por Chris Stringer, es que tanto H. luzonensis como H. floresiensis descienden de un antepasado común que pudo surgir en la isla de Sulawesi por ejemplo, donde se han hallado herramientas de piedra de unos 110000 años de antigüedad 5.

Las excavaciones en la cueva de Callao continúan, por lo que esperamos la recuperación de nuevos restos nos ayuden a despejar las dudas que esta nueva especie plantea.

Notas

  1. Se publicaron las características de este fósil en dos artículos: Mijares, A. S., et al. (2010), «New evidence for a 67,000-year-old human presence at Callao Cave, Luzon, Philippines«. Journal of Human Evolution, vol. 59, núm. 1, p. 123-132.; y Détroit, F., et al. (2013), «’Small size’ in the Philippine human fossil record: Is it meaningful for a better understanding of the evolutionary history of the Negritos?«. vol. 85, núm. 1/3, p. 45-66.
  2. Siete dientes maxilares (designados desde CCH6-a a CCH6-e, CCH8 y CCH9), dos falanges de la mano (CCH2 y CCH5), dos falanges del pie (CCH3 y CCH4) y un fémur fracturado (CCH7).
  3. Cinco de los dientes pertenecen a un mismo individuo (CCH6-a a CCH6-e). Por otro lado, la presencia de dos terceros molares superiores derechos (M3; CCH6-a y CCH9) confirman otro; mientras que el fragmento del fémur que pertenece a un juvenil (CCH7) representa al tercero.
  4. Ingicco, T., et al. (2018), «Earliest known hominin activity in the Philippines by 709 thousand years ago«. Nature, vol. 557, núm. 7704, p. 233-237.
  5. Ver el artículo: van den Bergh, G. D., et al. (2016), «Earliest hominin occupation of Sulawesi, Indonesia«. Nature, vol. 529, núm. 7585, p. 208-211.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 2 comentarios