Mes: julio 2017

Reseña: Luces del sur

Reseña: Luces del sur

Ficha Técnica

Título: Luces del sur. Informe oficial de la expedición inglesa a la Tierra de Graham (1934-1937)
Autor: John Rymill
Edita: Espasa Calpe Argentina, 1943
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 284 p.

La expedición Británica a la Tierra de Graham (1934-1937), encabezada por John Rymill, zarpó hacia la península Antártica en el barco de vapor Penola. La embarcación transportaba un aeroplano De Havilland Fox Moth equipado con flotadores y esquíes que fue usado para el reconocimiento del hielo y para aprovisionar a los equipos en el terreno. Pasaron el primer invierno en una cabaña prefabricada de la expedición en las islas Argentinas, pero las oportunidades para desplazarse en trineo no eran buenas. Concluido el invierno, el barco regresó a la isla Decepción con el fin de cargar madera para una nueva cabaña que debía construirse para pasar el segundo invierno más al sur, en las islas Debenham y la bahía Margarita. Se recorrieron largas distancias en trineos de perros para trazar mapas y efectuar estudios geológicos, incluyendo una larga travesía a lo largo del canal Jorge VI hasta los 72º S entre el continente de la península y la isla Alejandro I. También se realizaron estudios ornitológicos, biológicos y meteorológicos, pero quizá el resultado más importante fue mostrar que la península era un elemento continuo, no dividido por canales en un archipiélago como Wilkins había sugerido con anterioridad.

RESEÑA

Lo primero que tengo que decir –aunque lo he dicho ya muchas veces– es que me apasionan los libros que narran las expediciones polares (éste no es el primer libro de esta temática que reseño en el blog). «Luces del sur» es el relato de la expedición inglesa a la Tierra de Graham entre los años 1934 y 1937.

La Tierra de Graham es el nombre que recibe la porción de la península Antártica que tiene como límite sur convencional la línea que une el cabo Jeremy (69°24′S 68°51′O) y el cabo Agassiz (68°29′S 62°56′O). Sin embargo, esta definición fue acordada treinta años después de la expedición que estamos comentando ya que, por aquel entonces, para los ingleses la Tierra de Graham comprendía toda la península (otros países tenían sus propias denominaciones: Tierra de Palmer para los americanos, Tierra de San Martín para Argentina y Tierra de O´Higgins para Chile).

La Expedición Británica a la Tierra de Graham (o BGLE, por sus siglas en inglés), fue una expedición geofísica y de exploración comandada por John Rymill que partió de Inglaterra el 10 de septiembre de 1934. Los exploradores emplearon varios medios de transporte tras su llegada a la Antártida: equipos de perros (muchos de ellos nacidos durante el viaje) que fueron entrenados por los miembros de la expedición para los desplazamientos largos; y un avión monomotor para viajes de planificación de rutas, traslado de equipo de aprovisionamiento y toma de fotografías. El viaje a tierras polares se hizo en un viejo velero de tres mástiles bautizado «Penola» en honor al lugar de nacimiento de Rymill.

Medios de transporte empleados por los exploradores: el Penola (a la izquierda), el aeroplano (centro) y los trineos de perros (derecha).

Aunque la expedición contó con un presupuesto muy reducido –el coste total fue de menos de 20.000 libras esterlinas de la época– tuvo éxito en alcanzar los objetivos científicos propuestos. Se tomaron abundantes fotografías aéreas y se cartografió alrededor de 1.600 km de la costa de la península antártica.

El libro no cuenta los descubrimientos científicos, aunque Rymill reconoce que durante toda la expedición «los investigadores aprovechaban todas las ocasiones posibles para acrecentar su caudal de conocimientos sobre las regiones que se exploraban». Por ejemplo, durante el largo viaje en barco, «cuando los vigías escrudiñaban el océano, combinaban la ciencia con los deberes marinos observando la distribución y las costumbres de los pájaros del mar, o tratando de interpretar la formación de las rocas o el hielo en las islas».

Tras su llegada a la Tierra de Graham, se construyeron dos casas (una al norte y otra al sur) que sirvieron de bases estables desde las que se iniciaron distintos viajes de exploración en trineo. Hemos de saber que el equipo trabajó en una parte del Antártico que no había sido explorada con anterioridad, realizando dos descubrimientos de gran importancia: primero, demostraron que la Tierra de Graham forma parte del continente antártico y no se trata de un archipiélago como se creía anteriormente; y segundo, que la Tierra de Graham está separada de la Tierra de Alejandro (hoy Isla de Alejandro I) por un gran canal que corre de norte a sur. Este canal recibió el nombre de Canal Rey Jorge VI.

Mapa de la Tierra de Graham en 1934 (antes de la expedición), y en 1937, con los nuevos datos aportados.

Todos los miembros de la expedición realizaban las tareas rutinarias de mantenimiento de equipos, carga y descarga de material, cocina, limpieza etc.; pero además, tenían asignadas tareas específicas:

A. Stephenson, el meteorólogo y topógrafo de la expedición, realizaba mapas exactos de las regiones que se exploraban basados tanto en observaciones astronómicas como en cientos de apuntes realizados con teodolito y compás. Además, después de cada vuelo en el avión dibujaba un mapa de la región que había visto.

W. L. S. Fleming era el geólogo. Examinaba las rocas y coleccionaba ejemplares. En este sentido, el descubrimiento geológico más importante fue el comprobar que la parte sur de la Tierra de Alejandro se diferenciaba de la Tierra de Graham ya que estaba formada por rocas sedimentarias. Esto supuso otro descubrimiento de gran importancia ya que en esta región, Fleming encontró fósiles de conchas y de plantas. Llevó de vuelta a Inglaterra 48 ejemplares en total.

C. Bertram, zoólogo y botánico, y Brian Birley Roberts, ornitólogo, estudiaban la vida de las plantas y los animales. Bertram acumuló un gran número de cráneos y otras partes de las focas que servían de alimento a los hombres y a los perros. También realizó estudios de los líquenes y las algas y consiguió bastantes ejemplares de los animales que vivían en aguas poco profundas. Por su parte, Roberts estudiaba el comportamiento de los pájaros día a día durante el trayecto en barco y la propia expedición. También construyó un aparato para medir las mareas. Más tarde, Roberts contribuyó a la redacción del Tratado Antártico.

La relación con los perros fue muy especial, como ha ocurrido en todas las expediciones polares. En este sentido, Rymill escribió que los perros «resultaron excelentes trabajadores y admirables compañeros y es de lamentar que no pudieran participar de las emociones y placeres derivados de ese viaje. No obstante, nuestros resultados vienen a ser tanto un testimonio de su devoción y amistad leal, como de nuestros poderes de observación y deducción».

En definitiva, el 4 de agosto de 1937 el «Penola» atracó en Portsmouth, poniendo fin a tres años de exploración que sirvieron para incrementar nuestro conocimiento de esta región de la Antártida.

En 1985, el United Kingdom Antarctic Place-Names Committee estableció el nombre de «costa Rymill» para designar la porción de la costa oeste de la península Antártica (extremo noroeste de la Tierra de Palmer), entre el cabo Jeremy y los nunataks Buttress, para honrar al líder de la Expedición Británica a la Tierra de Graham.

Aún más impresionante era la inmensidad desnuda de la región y la atmósfera de misterio que parecía empequeñecernos, las grandes montañas hieráticas y los ventisqueros avanzando, lenta pero inexorablemente, para recordarnos que aún allí el tiempo sigue su marcha. Me subleva pensar que una de las primeras cosas que probablemente nos preguntaría al llegar a Inglaterra algún hombre bien alimentado, cuyo Dios es su libro de cheques, sería lo siguiente: “¿Por qué fue allí?” ¿Cómo no replicar sino con una impertinencia a semejante mentalidad?

Publicado por José Luis Moreno en RESEÑAS, 0 comentarios
¿Humanos en América hace 130.000 años? (y II)

¿Humanos en América hace 130.000 años? (y II)

     Última actualizacón: 11 marzo 2018 a las 14:53

En la primera parte de esta anotación hemos hecho una breve introducción al yacimiento de «Cerutti Mastodon» que según los investigadores encargados del yacimiento proporciona pruebas de presencia humana en el continente americano hace 130.000 años. Ahora vamos a someter a prueba esta hipótesis analizando los datos aportados en la investigación.

Sometiendo a prueba la hipótesis

Dado que la entrada de nuestros antepasados en América es una cuestión sujeta a intensos debates (puedes leer más sobre este tema aquí), la comunidad científica ha apuntado cuatro características básicas para aceptar un yacimiento como válido (puntos que los propios investigadores del estudio que analizamos aceptan como correctos):

  1. Las pruebas deben encontrarse en un contexto geológico claramente definido y sin perturbar.
  2. La antigüedad tiene que establecerse mediante un proceso radiométrico fiable.
  3. Los resultados deben ser consistentes, es decir, han de aportarse varias líneas de evidencia mediante diferentes estudios interdisciplinares.
  4. Tienen que hallarse artefactos de indudable factura humana en un contexto primario.

Analicemos cada uno de ellos con algo más de detenimiento:

1. Contexto del yacimiento de «Cerutti Mastodon». ¿Hubo perturbación?

Ya hemos explicado al inicio que el descubrimiento de los huesos de mastodonte se hizo mientras se llevaban a cabo unas obras de construcción. Uno de los principales argumentos en contra de la afirmación de que las fracturas de estos fósiles tienen un origen antrópico (es decir, que fueron realizadas por el hombre de forma intencionada) es que las retroexcavadoras y otros equipos pesados pueden causar ese mismo tipo de daños. Es decir, los críticos sostienen que los patrones de fracturas que vemos en los fósiles de Cerutti fueron provocados por los trabajos de construcción y no por nuestros antepasados hace decenas de miles de años.

Excavadora empleada en las obras de la carretera.

Los autores responden que la maquinaria pesada produce un daño distintivo a los huesos que no se ve en estos restos. Además, insisten en que los trabajos de los paleontólogos para recuperar los huesos y las piedras implicaron excavar unos tres metros por debajo del área expuesta originalmente por los equipos pesados 1.

Sin embargo, esta afirmación no es del todo correcta si nos atenemos al propio artículo cuando se dice que:

The backhoe did not disturb all of Bed E in the northern grid units (B1, C1, D1, E1, B2, C2 and D2) and many fossils and the few cobbles in these units remained in situ.

La excavadora no distorsionó toda la capa E en las unidades más al norte (B1, C1, D1, E1, B2, C2 and D2) y muchos fósiles y los pocos cantos en estas unidades permanecieron en el mismo lugar.

Es decir, que la excavadora sí que perturbó la capa Bed E del yacimiento (aunque no en su totalidad), afectando las cuadrículas donde se hallaron precisamente los huesos del mastodonte y las piedras que ahora se consideran herramientas. Es más, refieren que esa zona fue procesada con más cuidado para retirar todos los fósiles y cantos rodados que habían sido desplazados por la máquina. Es significativo además el hecho de que la excavadora seccionó el colmillo que estaba incrustado verticalmente, lo que indica que ya había llegado al mismo nivel donde aparecieron los demás huesos.

A la izquierda vemos el colmillo seccionado por la excavadora. A la derecha, las cuadrículas del yacimiento afectadas por la maquinaria pesada de construcción (rayadas en rojo).

Otra cuestión es la posición que tienen los huesos y las piedras en el yacimiento.

De nuevo, los críticos indican que en esta región de California pudo haber cursos de agua que podrían haber desplazado los huesos del mastodonte junto con las piedras desde lugares distintos hasta el lugar donde finalmente fueron desenterrados. Ese traslado pudo causar los daños y fracturas que vemos en los huesos.

Los autores del estudio responden que los análisis de los sedimentos del yacimiento permiten concluir que no hubo desplazamiento de los huesos y las piedras por una corriente de agua:

Hay un contraste llamativo entre el contenido de la «capa E» y el de las capas superior e inferior («capas F» y «D» respectivamente) que únicamente albergaban conchas y dientes de roedor sin ningún tipo de herramienta de piedra. Los detallados análisis de los sedimentos realizados por los autores no apoyan el desplazamiento del material debido a la acción del agua, por el pisoteo de animales u otros procesos de enterramiento o fosilización que pudieran explicar las especiales características de la capa E.

2. La antigüedad del yacimiento

Para datar algunos de los huesos descubiertos en el yacimiento los investigadores han empleado un método conocido como «series del uranio». El uranio es un elemento radiactivo que podemos encontrar en la naturaleza y que está presente en forma de tres isótopos: 238U (que representa el 99,27 % del total), 235U (un 0,72 %) y 234U (el restante 0,005 %). Lo relevante para esta técnica de datación es que los isótopos son inestables, es decir, que con el paso del tiempo sufren una transmutación mediante la descomposición de sus neutrones en protones y electrones y la emisión de energía (es lo que conocemos como radiactividad).

El método de datación por desequilibrio de las series del uranio, también conocido como método de uranio-torio, utiliza dos de estas familias radiactivas, la del 238U y del 235U, que por desintegración dan lugar a una serie de elementos intermedios y finalizan en algún isotopo estable del plomo. Entre los elementos intermedios que se generan durante el proceso encontramos el 235U, el torio (230Th) y el protactinio (231Pa). La vida media del 238U y del 235U es muy elevada (4.510 y 713 millones de años respectivamente) por lo que no resultan de utilidad para datar yacimientos prehistóricos. Sin embargo, la vida media de varios de los productos intermedios, como el 234U, el 230Th y el 231Pa es mucho más corta y, por tanto, más útil para este propósito (250.000, 75.380 y 32.400 años respectivamente).

Veamos con un poco más de detalle cómo funciona este método. Debemos tener en cuenta que en un sistema natural que no haya sufrido perturbaciones durante un largo periodo de tiempo (más o menos 1 millón de años) se produce un equilibrio dinámico en el que los isótopos hijos se van formando al mismo ritmo que los elementos padres se van destruyendo, de forma que la relación entre unos y otros permanece constante. Si el sistema se ve perturbado, el balance de producción y destrucción se altera y las proporciones relativas entre los diferentes isótopos cambian. Si se mide la velocidad a la que el sistema alterado –que ha generado productos de desintegración– regresa de nuevo al equilibro, se puede saber el tiempo que ha pasado desde el inicio de la perturbación hasta el momento en que se hace la medida.

El método de las series del uranio se emplea desde hace décadas para conocer la edad de las rocas. El problema con el presente trabajo es que muy pocos especialistas en datación mediante series de uranio comparten la opinión de que un hueso pueda ser datado de forma fiable. El motivo es que el uranio se mueve dentro de los huesos, lo que impide obtener fechas fiables a menos que se utilice un modelo matemático de ese movimiento para compensar las cifras. Eso es exactamente lo que los autores de este trabajo han intentado hacer.

Cuando un hueso queda depositado en la tierra, el uranio es absorbido por la fase mineral del hueso y comienza la formación del torio, de forma que el cociente entre el uranio y el torio aumenta paulatinamente. El cociente de actividad del 230Th y el 234U proporciona la edad del fósil. En cualquier caso, es fundamental tener en cuenta el desequilibrio entre 234U y 238U que existe en el lugar del enterramiento para calcular la edad así como los posibles aportes de uranio de fuentes como el agua circundante (estas perturbaciones hacen que el hueso no se comporte como un sistema cerrado por completo y añaden incertidumbre a la datación definitiva).

En este punto es conveniente traer a colación los comentarios de un especialista sobre los datos expuestos en este trabajo.

En primer lugar, las concentraciones de uranio en los huesos deben mostrar un patrón en forma de U, es decir, ser más altas en los bordes e inferiores en el centro (según un patrón de absorción paulatino). En este sentido, en el primer diagrama de la imagen «a» publicada en el estudio, vemos que se cumple el patrón en los tres huesos sometidos a análisis, aunque el hueso etiquetado como CM-292 tiene una disminución hacia la parte derecha que podría indicar una inhomogeneidad. La comparación de la relación entre los isótopos hallados en las muestras con los previstos según el modelo matemático –segunda y tercera columnas de la imagen «c»– indica que el hueso CM-292 presenta el mejor ajuste, mientras que las otras dos muestras tienen distribuciones más irregulares. Por este motivo vemos diferentes valores en la incertidumbre de la antigüedad de cada hueso –primera columna de la imagen «c». La incertidumbre en los resultados es mayor en el primer y tercer hueso analizados y menor en el CM-292.

En segundo lugar, y como ya hemos indicado, hay que tener en cuenta la cantidad de uranio que el agua subterránea aporta a las muestras. Los investigadores afirman que las proporciones de actividad inicial entre el 234U y el 238U calculadas para los huesos analizados presentan un rango (1.38-1.50) similar al rango de la medición moderna del agua del río Sweetwater, cercano al yacimiento (con un valor de 1.45-1.54). El punto clave aquí es que los autores no ofrecen ningún argumento que apoye que las mediciones en las aguas actuales sean comparables al valor que podían arrojar las aguas de hace 130.000 años con un ciclo glaciar completo.

Aunque en general los datos ofrecidos en este trabajo son bastante consistentes, hemos de remarcar que los métodos de datación científica no existen en el vacío. Las muestras provienen de un contexto estratigráfico concreto que proporcionan restricciones y controles a  las fechas obtenidas. Para comprobar los resultados sería útil tener una imagen más amplia del contexto estratigráfico que mostrase correlaciones con lugares cercanos y estimaciones de las edades de esos estratos. Por ese motivo es muy difícil poner en contexto una única fecha de alta calidad (la del hueso CM-292) que es la que tenemos en el estudio que estamos analizando.

Y esta afirmación hemos de ponerla en relación con el primer informe técnico del yacimiento publicado en 1995 y firmado por Thomas Deméré, Richard Cerutti y C. Paul Majors (los dos primeros, firmantes asimismo del artículo publicado en Nature). No he logrado acceder al contenido íntegro del mismo, pero sí podemos leer el resumen ejecutivo. En él se afirma que:

[…] la datación radiométrica del marfil y del carbonato de suelo del yacimiento ofreció fechas de 335 ± 35 Ka (miles de años antes del presente) y 196 ± 15 Ka respectivamente.

¿Cómo se obtuvieron estas dataciones? ¿Cuál fue el procedimiento empleado? Y quizás la pregunta más importante ¿por qué no se mencionan estos datos en el artículo publicado ahora?

Dado que estas fechas difieren mucho, no solo entre sí, sino también con las fechas atribuidas hoy en día al yacimiento de Cerutti, parece evidente que los autores deberían haberlas mencionado en este trabajo y explicar por qué estaban equivocadas para que podamos dar por fiable la nueva datación del yacimiento.

3. ¿Resultados consistentes?

Este punto implica que un hallazgo concreto no puede interpretarse de forma aislada, es decir, que no podemos dar verosimilitud a una única prueba que ponga en tela de juicio numerosos trabajos de investigación que apuntan en otra dirección. En este sentido, los críticos afirman que si tenemos en cuenta que las pruebas arqueológicas más antiguas de la presencia de nuestra especie en Asia (concretamente en el sur de China) son de una antigüedad menor de 100.000 años, es imposible que poblaciones de Homo sapiens fueran los autores de las supuestas fracturas de los huesos de mastodonde de Cerutti.

Por lo tanto, de seguir la hipótesis defendida por Holen y colaboradores, la autoría de esas herramientas habría que buscarla en alguna especie más antigua que estuviera presente en Asia en esa época. El problema es que no hay constancia de que especies como Homo erectus u otras llegaran tan al norte como para poder pasar a América hace tanto tiempo.

Del mismo modo, los estudios genéticos ofrecen una imagen diferente a la planteada en este trabajo.

4. ¿Artefactos de indudable factura humana?

Bajo mi punto de vista, este es el aspecto más discutible de todo lo que hemos comentado hasta ahora. Como ya hemos señalado, el yacimiento ofrece únicamente pruebas indirectas, es decir, presuntas herramientas de piedra con las que se pudieron romper los huesos para extraer la médula (de ahí se concluye la presencia humana en el yacimiento). Veamos por tanto con más detalle estos signos:

  • Las fracturas en los huesos

La tafonomía es la ciencia que analiza los numerosos procesos que intervienen sobre los restos enterrados. En lo referente a los huesos, los especialistas tratan de averiguar todo lo que les afecta tanto antes como después de su enterramiento: posibles fracturas y roturas, las marcas de haber sido manipulados antes de su consumo o los rasguños provocados por el carroñeo de otros animales.

Entre las huellas más comunes que podemos encontrar en un hueso están las marcas dejadas por los instrumentos de corte (herramientas de piedra fundamentalmente), así como las causadas por los animales. Entre estas últimas distinguimos las siguientes: puntures (agujeros de contorno redondeado provocados por el impacto directo de los caninos de los animales); pitting (pequeños orificios que denotan un masticado intensivo); scoring (ranuras transversales al eje del hueso que son consecuencia del arrastre de los dientes sobre él); y furrowing (ahuecado para extraer el tejido esponjoso de los extremos articulares de los huesos largos).

La investigación arqueológica considera esenciales las marcas de corte antrópico, es decir, las marcas provocadas por el hombre cuando utiliza herramientas para descuartizar los cadáveres de los animales y así consumir su carne. En este sentido, debemos tener presentes dos conceptos clave a la hora de analizar estas marcas: la fragmentación y la fracturación. La fragmentación de un hueso tiene un origen natural y depende de factores geológicos, hidrotérmicos y climáticos como la desecación y la deshidratación entre otros. La fracturación por el contrario es fruto de una acción biológica o antrópica. En el caso de la fracturación antrópica, la finalidad de romper el hueso –con el esfuerzo que ello implica– es acceder al nutritivo contenido medular.

Experimentos realizados con huesos de elefante.

Los especialistas son capaces de diferenciar los patrones generados tanto por la fragmentación como por la fracturación: los primeros se dan cuando el hueso está «seco»; mientras que la fracturación se produce cuando el hueso aún está «fresco».

Pensemos un momento en cómo podrían nuestros antepasados acceder a la médula del interior de un enorme hueso de mastodonte. Pongamos por caso que han cazado un mastodonte −o que lo han encontrado muerto− y se llevan varios de sus huesos como botín. Para romper el hueso es necesario disponer de una buena piedra y golpearlo con fuerza. Mientras los huesos están «frescos», la fuerza del impacto se distribuye entre el contenido orgánico del hueso que absorbe el golpe. En este sentido, tenemos que saber que la fuerza de los huesos proviene de los minerales que contiene (calcio y fósforo principalmente) y de su estructura, sustentada por una proteína llamada colágeno. Como decimos, la presencia de este contenido orgánico obliga a aplicar una fuerza suficiente para poder superar los límites de la resistencia del tejido óseo. Cuando se supera ese límite, el hueso comienza a romperse a partir de una microfractura que se propaga desde la zona de impacto hacia el exterior siguiendo las líneas de debilidad del hueso.

No obstante, desde el momento en que un animal muere, el hueso comienza a perder esa fuerza estructural al deteriorarse el colágeno. De esta manera, con el paso del tiempo el hueso se «seca» y se convierte en un objeto poco elástico y poco flexible (susceptible por tanto a sufrir daños por factores ambientales).

Los huesos fracturados en estado fresco presentan en el punto de rotura ángulos oblicuos, obtusos y agudos, frente a los ángulos rectos que vemos cuando un hueso seco se fragmenta. Por lo tanto, en estos últimos destaca un perfil diagonal, longitudinal o transversal de las líneas de fractura frente a las líneas curvas de los huesos frescos. Sin embargo, las fracturas helicoidales presentan una peculiaridad y es que pueden producirse tanto en huesos secos como frescos aunque en los secos la fractura tiene una superficie rugosa mientras que en el fresco está pulida y bruñida, con bordes suaves y alisados.

Paños y ángulos de fractura de los huesos.

Volviendo al artículo que estamos analizando, los investigadores no hacen un estudio detallado de las líneas de fractura o fracturación que presentan los huesos. Se limitan a indicar que algunos tienen fracturas espirales (helicoidales) y atribuyen estas marcas al uso de piedras basándose en unos experimentos donde utilizaron cantos rodados para golpear huesos de elefante. Después de realizar varias pruebas de este tipo se convencieron de que la única manera de producir el daño que habían observado en los huesos del yacimiento era mediante su aplastamiento con piedras.

Sin embargo, ya hemos visto que una rotura helicoidal también se puede producir cuando el hueso está «seco», por lo que los resultados de estos experimentos no permiten discriminar el origen de estas marcas. Además, pese a reconocer que algunos huesos sí que presentan grietas y roturas longitudinales –propias de una fragmentación «seca»– sostienen que éstas se produjeron después de que el hueso fuera fracturado intencionadamente por el hombre. Es decir, aun reconociendo que hay pruebas de fragmentación de los huesos debida a procesos geológicos naturales, mantienen que ésta se produjo después de que nuestros antepasados hubieran roto los huesos para acceder a la médula. ¿Ofrecen datos para apoyar esta afirmación? No.

Otro de los argumentos que se emplean para defender un origen antrópico de estas marcas es que estos patrones de rotura no se observaron en otros esqueletos encontrados en el yacimiento: un caballo, un lobo gigante y un ciervo.

Sin embargo, a nadie se le escapa que para poder comparar el proceso tafonómico de los enterramientos de los cuatro esqueletos deberíamos tener información precisa de la localidad 3677 (donde se encontró el esqueleto parcial del caballo) y de la localidad 3698 (donde se hallaron los otros dos). Esta información no se ofrece en el artículo (posiblemente porque no se dispone de ella) por lo que no sabemos a qué distancia estaban unos de otros ni a qué procesos geológicos pudieron verse sometidos. Por lo tanto, es imposible contrastar esta suposición.

Por último, los autores descartan otras hipótesis alternativas: una modificación de los huesos por carnívoros, por aplastamiento o que el desgaste se deba a procesos naturales. En concreto, niegan la posibilidad de que un carnívoro del Pleistoceno fuera capaz de romper un fémur fresco o de producir una marca de impacto profunda. Sin embargo, lo cierto es que sí tenemos un posible candidato. Ruth Blasco, experta en procesos de fosilización del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, ha comentado que «los animales que producen este tipo de fracturación necesitan un potente aparato masticatorio, como los carnívoros durófagos, y uno de estos carnívoros al que no hay que perderle la pista en el continente americano es el lobo gigante». ¿Es casualidad que se haya encontrado un esqueleto de lobo gigante junto al de un ciervo y un caballo cerca del yacimiento de Cerutti?

  • Las herramientas de piedra

En cuanto a las presuntas herramientas de piedra, vuelve a ser necesario que nos familiaricemos con la terminología. En inglés, los cantos rodados reciben el nombre de peeble tool o cobble. Si la piedra se trabaja sobre una cara se llama chopper (en castellano protobifaz) o chopping tool si se actúa sobre las dos (bifaz o hacha de mano). Las lascas o esquirlas que se obtienen cuando se rompe un núcleo se denominan flakes. Por último, también se han catalogado como herramientas los cantos rodados que no tienen un filo cortante pero que presentan señales evidentes de haberse utilizado para golpear otras piedras: es lo que conocemos como martillos (hammer o hammerstone en inglés).

En el yacimiento de Cerutti los investigadores refieren la presencia de dos tipos de herramientas líticas: martillos y yunques (anvil en inglés) 2. Ya hemos indicado que los cantos catalogados como CM-281 y CM-114 se interpretan como yunques, mientras que los identificados como CM-423, CM-7 y CM-383 se interpretan como martillos.

En cuanto a sus características físicas, el yunque CM-281 tiene marcas dentadas, iniciaciones hertzianas, rastros de abrasión y estrías que los autores consideran pruebas de golpes realizados con martillos. Por otro lado, el yunque CM-114 no presenta marcas y tiene una superficie suave producida por abrasión (es decir, por fricción con un elemento más duro). Una roca de pegmatita (CM-423) y dos de andesita (CM-7 y CM-383) han sido catalogadas como martillos en función de las marcas de desgaste y de impacto. Además, los autores del estudio señalan que todas las pretendidas herramientas del yacimiento presentan en mayor o menor medida rastros de golpes de piedra contra piedra, que atribuyen a golpes perdidos al golpear contra un yunque.

La tafonomía también se encarga de analizar la industria lítica presente en un yacimiento para determinar si es el resultado de una manipulación por el hombre. Sabemos que distintos procesos naturales (llamados procesos geomórficos) pueden alterar los cantos rodados de forma que parezcan artefactos o herramientas, por lo que un análisis detenido de estos elementos se hace esencial.

En 1896, el físico H. Hertz llevó a cabo los primeros experimentos científicos para entender cómo se podía fabricar una herramienta de piedra sin emplear metal. Así, se centró en saber qué pasaba cuando dos rocas eran golpeadas entre sí. Observó que cuando un cuerpo esférico golpea la superficie plana de un sólido frágil isotrópico, en éste se producía una fractura en forma de cono (que hoy conocemos como cono hertziano). En cambio, cuando se desprende una lasca no se forma un cono completo, sino un cono parcial.

Por su parte, Caleb Vance Haynes –un reputado arqueólogo norteamericano– estudió estos y otros mecanismos y acuñó el término geofact para referirse a las rocas que habiendo estado sometidas a procesos naturales, parecían artefactos hechos por el hombre.

Entre los  procesos geológicos que pueden alterar una roca podemos mencionar los movimientos del suelo, las glaciaciones, fuertes corrientes de agua, cambios rápidos de temperatura, presión interna etc. Los procesos de baja energía (por ejemplo, procesos eólicos, fluviales y de solifluxión) pueden dar lugar a estrías, picoteo, desprendimiento de bordes o trituración. Los procesos glaciales son particularmente eficientes en la modificación de las rocas ya que durante el transporte glacial se ven sometidas a empuje, cizallamiento y estrés de carga.

Llegados a este punto debemos saber que numerosos yacimientos están hoy en día bajo discusión porque se ha defendido la presencia humana en ellos contando únicamente con presuntas herramientas líticas.

Por ese motivo, desde hace tiempo la arqueología plantea un enfoque sistemático para abordar este problema. Para asignar un estatus cultural a un conjunto de rocas o sus desechos (lo que llamamos debitage) no basta con demostrar que no existieron en el pasado procesos geomórficos que pudieran haber alterado las piedras. Es preciso analizar cada pretendida herramienta y puntuar sus características según una lista que varía en extensión, pero que comprende 18 atributos en los estudios más modernos. Los investigadores han demostrado que la presencia de un único atributo (por ejemplo, marcas de estrías en los bordes o marcas dentadas) es insuficiente para diferenciar entre artefactos y geofactos, además de que algunos atributos son más subjetivos que otros, es decir, que su apreciación depende de la interpretación que haga cada arqueólogo. Así que, una vez analizados todos y cada uno de los elementos del yacimiento y puntuados en función de la presencia o ausencia de esos atributos, se aplica una prueba chi-cuadrado como método de análisis estadístico. Es importante señalar que esta técnica no proporciona información sobre artefactos individuales sino que se utiliza para comparar poblaciones de muestra. Por eso se debe contar con tablas de referencia de rocas modificadas por el hombre y restos de rocas sometidas a procesos geomórficos para llegar a una conclusión.

Leyendo el estudio de las pretendidas herramientas líticas del yacimiento de Cerutti vemos que no se ha seguido este método de análisis. Los investigadores se han limitado a señalar algunas características en las rocas que ellos atribuyen a una intervención del hombre, sin tener en cuenta que esas mismas marcas pueden haberse producido por muy diversos procesos naturales.

En definitiva, lo que tratamos de decir es que no es posible establecer el estatus arqueológico de un objeto o herramienta siguiendo únicamente criterios subjetivos y apelando a la experiencia del analista. La arqueología hace tiempo que aplica métodos científicos y procesos explicativos con la intención de que sean replicables.

Conclusiones

Si analizamos el yacimiento en su conjunto y la información de contexto que hemos tratado de exponer, vemos que hay varios aspectos que no son «coherentes»:

–Dado que no hay marcas de corte en los huesos, los autores afirman que nuestros antepasados se llevaron parte del esqueleto del mastodonte en una actividad de carroñeo. Es decir, ellos no cazaron el animal y no se alimentaron de su carne, sino que únicamente trataron de obtener la médula de sus huesos.

Siguiendo esta argumentación, las marcas que vemos en los huesos bien pudieron producirlas los animales que sí se alimentaron de la carne; mientras que su fragmentación puede deberse a procesos geomórficos y no a la intervención del hombre.

–Las pretendidas herramientas de piedra son muy «básicas», es decir, no han sido trabajadas en absoluto. Esto descartaría a Homo sapiens como el autor de las mismas ya que éstos tenían una cultura lítica mucho más desarrollada.

Pero la alternativa no es más creíble. Si atribuimos su fabricación a parientes más lejanos como Homo erectus, tenemos el problema de atribuirles unos conocimientos avanzados de navegación así como la capacidad de superar temperaturas extremas con la confección de ropa de abrigo, que no casarían con unas habilidades tan básicas en la fabricación y utilización de herramientas. ¿Cómo pudieron ser capaces de construir embarcaciones resistentes para recorrer miles de kilómetros de costa y no disponer siquiera de un cuchillo de piedra?

–Por último, la datación tampoco es un dato que ofrezca demasiada seguridad. Hemos visto que el yacimiento cuenta ahora con tres dataciones muy diferentes, sin que los investigadores hayan explicado los motivos de las discrepancias entre ellas.

En definitiva, creo que con la publicación de este trabajo, y sobre todo con las conclusiones que se exponen, se ha perseguido únicamente obtener un impacto mediático (algo que sin duda han conseguido).

Con esto no pretendo negar la posibilidad de que nuestros antepasados hayan llegado al continente americano con anterioridad a las fechas que manejan de forma mayoritaria los especialistas. Lo que digo es que las pruebas descritas en el estudio que estamos analizando no son suficientes para afirmar que los humanos llegaron a América hace 130.000 años.

 

Referencias

  • Holen, S. R., et al. (2017), «A 130,000-year-old archaeological site in southern California, USA». Nature, vol. 544, núm. 7651, p. 479-483. Descarga el artículo aquí.
  • Información suplementaria del artículo. Descarga el archivo aquí.

 

Más información

Bibliografía para la datación

Bibliografía para la fractura de los huesos

  • García, V., et al. (2006), “Determinación de procesos de fractura sobre huesos frescos: un sistema de análisis de los ángulos de los planos de fracturación como discriminador de agentes bióticos”. Trabajos de prehistoria, vol. 63, núm. 1, p. 37-45.
  • Johnson, E. V.; Parmenter, P. C. R. y Outram, A. K. (2016), «A new approach to profiling taphonomic history through bone fracture analysis, with an example application to the Linearbandkeramik site of Ludwinowo 7». Journal of Archaeological Science: Reports, vol. 9, p. 623-629.
  • Outram, A. K. (2001), «A new approach to identifying bone marrow and grease exploitation: why the “indeterminate” fragments should not be Ignored». Journal of Archaeological Science, vol. 28, núm. 4, p. 401-410.
  • Pickering, T. R. y Egeland, C. P. (2006), «Experimental patterns of hammerstone percussion damage on bones: implications for inferences of carcass processing by humans». Journal of Archaeological Science, vol. 33, núm. 4, p. 459-469.

Bibliografía para el estudio de las herramientas líticas

  • Andrefsky, W. (2005), Lithics: macroscopic approaches to analysis. Cambridge; New York: Cambridge University Press, xxiv, 301 p.
  • Gillespie, J. D.; Tupakka, S. y Cluney, C. (2004), «Distinguishing between naturally and culturally flaked cobbles: A test case from Alberta, Canada». Geoarchaeology, vol. 19, núm. 7, p. 615-633.
  • Haynes, V. (1973), «The Calico Site: artifacts or geofacts?». Science, vol. 181, núm. 4097, p. 305-310.
  • Johnson, L. L., et al. (1978), «A history of flint-knapping experimentation, 1838-1976 [and Comments and Reply]». Current Anthropology, vol. 19, núm. 2, p. 337-372.
  • Lubinski, P. M.; Terry, K. y McCutcheon, P. T. (2014), «Comparative methods for distinguishing flakes from geofacts: a case study from the Wenas Creek Mammoth site». Journal of Archaeological Science, vol. 52, p. 308-320.

Notas

  1. Eventually the back wall of the excavation was up to 3 m high between the base of Bed E and the top of the sound-berm.
  2. El yunque no es más que una roca, de mayor tamaño que el resto y generalmente plana, sobre la que se apoyan los elementos a golpear.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 4 comentarios
¿Humanos en América hace 130.000 años? (I)

¿Humanos en América hace 130.000 años? (I)

     Última actualizacón: 11 marzo 2018 a las 14:47

Hace varias semanas se publicó un trabajo en la revista Nature que ha causado un enorme revuelo. Se trata de un nuevo análisis (el primero data de 1995) del yacimiento conocido como «Cerutti Mastodon» por parte de un equipo de investigadores de EE.UU. y Australia. Aseguran haber encontrado pruebas que avalarían la presencia humana en América hace alrededor de 130.000 años. Hasta ahora, tanto las pruebas arqueológicas como genéticas apuntaban a que los primeros colonos del continente americano habrían llegado hace entre 15.000 y 25.000 años. La controversia por tanto está servida.

Dada la relevancia y la trascendencia mediática que ha tenido este asunto, en esta anotación quiero analizar críticamente el artículo y tratar de ponerlo en su contexto para, al final, ofrecer mi punto de vista de la cuestión. Por lo tanto, aún a riesgo de extenderme un poco, voy a ofrecer la información necesaria para que el lector tenga a su disposición los datos relevantes para comprender el estudio y así pueda extraer sus propias conclusiones.

El yacimiento de «Cerutti Mastodon»

En 1992, mientras se llevaban a cabo unas obras para ampliar la autopista del Condado de San Diego (California), el operario de una retroexcavadora desenterró unos huesos enormes. Las obras se paralizaron y se avisó a los paleontólogos del Museo de Historia Natural de San Diego para que se hicieran cargo de documentar el hallazgo antes de retomar los trabajos.

Levantamiento planimétrico del yacimiento.

La estratigrafía del yacimiento de Cerutti (llamado así en honor de Richard Cerutti, el paleontólogo que se encargó de su estudio inicial) nos muestra sedimentos del Pleistoceno 1 depositados por una corriente de agua. En una de esas capas de depósitos, llamada Bed E –de entre 20 y 30 centímetros de espesor– se encontraron los restos de un mastodonte macho adulto y otros fósiles de roedores, aves, reptiles y otros invertebrados terrestres.

Los investigadores detallan que el esqueleto parcial del mastodonte apareció desarticulado y en un área aproximada de 50 m2. No han aparecido todos los huesos, pero destacan los dos colmillos (uno de ellos incrustado verticalmente en el sedimento, lo que probaría según los autores del trabajo su colocación intencionada), tres molares y más de 300 fragmentos de otros huesos. Los fémures estaban rotos, con la cabeza femoral separada del resto del hueso, y presentaban fracturas en espiral hechas al parecer mientras los huesos estaban frescos. Por el contrario, algunas vértebras y costillas, más frágiles, no presentaban fractura alguna. Curiosamente, un molar superior también se halló fracturado en tres partes por percusión.

Como hemos apuntado, los huesos largos, los molares y los colmillos se encontraron muy fragmentados y presentaban marcas que los investigadores afirman son similares a las producidas por un martilleo repetido con herramientas de piedra. Del mismo modo, las partes distales de algunos huesos aparecieron separadas, lo que hace presumir que se extrajo la nutritiva médula de su interior. Los autores insisten además en que la distribución de estos huesos en el yacimiento era inusual si tenemos en cuenta la forma en que se descompone un animal después de morir ya sea por causas naturales o accidentales. Es decir, que la posición de los huesos está alterada.

Para completar el cuadro, junto a los huesos de este animal se encontraron lo que ha sido interpretado como herramientas de piedra: cantos rodados sin trabajar que habrían servido como «martillos» para golpear, y como «yunques» sobre los que se apoyarían los huesos para su fractura. Por ejemplo, los cantos catalogados como CM-281 y CM-114 se interpretan como yunques a partir de las marcas de desgaste y su ubicación dentro del yacimiento. Por otro lado, los cantos identificados como CM-423, CM-7 y CM-383 se interpretan como martillos.

Los múltiples fragmentos de huesos y molares, que muestran signos de percusión, junto con las marcas de los golpes y varias lascas de piedra, apoyan la hipótesis –según los autores del estudio– de que esas fracturas han sido realizadas por el hombre.

Cantos rodados hallados en el yacimiento. a Yunque identificado como CM-281. e-f Martillo de piedra identificado como CM-383.

Por otro lado, el patrón de enterramiento de estos huesos también es diferente al de otros esqueletos hallados en el mismo yacimiento: un caballo y un lobo gigante. Estos esqueletos están más completos, no muestran fracturas en espiral o impactos de percusión y, además, tampoco aparecen cantos rodados junto a ellos.

En definitiva, no se han encontrado pruebas directas de la presencia humana, sino que la conclusión de los investigadores se basa en pruebas indirectas: el descubrimiento de restos óseos de un mastodonte con evidencias de haber sido manipulados con unas herramientas de piedra que han aparecido junto a los mismos.

Datación

La fecha que se adjudica al yacimiento ha sido el detonante de toda la controversia. Los investigadores han aplicado sobre los huesos un método de datación basado en la descomposición de átomos de uranio que ha arrojado una antigüedad de 130.700 años con un margen de error de más o menos 9.400 años. Esa época coincide con el comienzo del último periodo interglaciar, un tiempo cálido y húmedo. Se plantea por tanto que el clima habría facilitado los asentamientos de nuestros antepasados en la región.

¿Quiénes fueron, según los investigadores, los primeros colonizadores de América?

De ser correcta esta hipótesis, es posible que los denisovanos o los neandertales pudieran haber sido los primeros colonizadores de América ya que esas dos especies estaban presentes hace unos 130.000 años. Lo que sería imposible es que Homo sapiens haya tenido algo que ver, ya que su primera salida de África está datada aproximadamente en ese mismo momento.

En cualquier caso, varias especies de homininos deambulaban por Eurasia hace 130.000 años, aunque no hayan desarrollado necesariamente los mismos comportamientos tecnológicos. Además de los mencionados, otro posible candidato para ser el artífice de estas herramientas es Homo erectus.

En cuanto a la forma en que se produjo la entrada al continente, los autores proponen una entrada por la costa utilizando canoas u otro tipo de embarcaciones. A pesar del aumento del nivel del mar durante el último interglaciar, la distancia a América por mar podría estar dentro de las capacidades de las poblaciones humanas en esa época.

En apoyo de esta hipótesis se argumenta que diversos análisis genéticos emparentan a los actuales nativos de la cuenca del Amazonas con las poblaciones indígenas de Asia y Australia quienes, a su vez, están relacionadas con los denisovanos. Por otro lado, estas relaciones genéticas son más débiles o inexistentes con los nativos de centro y norte América. Esto apuntaría a que América fue colonizada en varias oleadas diferentes.

Por último, los datos arqueológicos que sustentarían la versión de una entrada temprana en las Américas provienen de los yacimientos de «Calico Hills» en California, «Pedra Furada» en Brasil y «Old Crow» en el territorio del Yukón. Sin embargo, los investigadores reconocen que las conclusiones publicadas acerca de estos yacimientos están sujetas a importantes críticas, tanto en lo relativo a su datación como a su ocupación efectiva por nuestros antepasados.

 

Continúa…

  1. Esta época geológica va desde hace 2 millones de años hasta hace 10.000 años. La secuencia del yacimiento tiene 12 metros de espesor en total
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 5 comentarios