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Reseña: El emperador de todos los males

Reseña: El emperador de todos los males

     Última actualizacón: 29 agosto 2018 a las 20:45

Ficha Técnica

Título: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer
Autor: Siddhartha Mukherjee
Edita: Debate, 2017
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 688 p.
ISBN: 978-8499924496

Reseña del editor

En 2010, siete millones de personas murieron de cáncer en todo el mundo. Con esta fría estadística Siddhartha Mukherjee, médico e investigador oncológico, arranca su amplia y absorbente «biografía» de una de las enfermedades más extendidas de nuestro tiempo.

El emperador de todos los males es una crónica completa del cáncer desde sus orígenes hasta los modernos tratamientos (quimioterapia de diversos tipos, radioterapia y cirugía, además de la prevención) que han surgido gracias a un siglo de investigación, ensayos y pequeños avances trascendentales en muchos lugares distintos.

Este libro es un repaso a la ciencia del cáncer y a la historia de los tratamientos que le han hecho frente, pero también es una reflexión sobre la enfermedad, la ética médica y las complejas y entrelazadas vidas de los oncólogos y sus pacientes. La empatía que muestra Mukherjee hacia los enfermos de cáncer y sus familias, así como hacia los médicos que muy a menudo tan pocas esperanzas les pueden ofrecer, hacen de este libro una historia llena de humanidad de una enfermedad compleja e inasible.

Reseña

Hoy sabemos mucho acerca del cáncer. Y, precisamente, una de las cosas que más ha costado comprender es que el cáncer no es una sola enfermedad sino muchas. En un afán simplificador las llamamos cáncer porque todas ellas poseen una característica común: el crecimiento anormal de células. En este libro vamos a profundizar en todos sus aspectos.

Mukherjee ha escrito un libro excepcional. Ampliamente galardonado, estamos ante una biografía en el sentido más fiel de la palabra. Como su propio autor afirma, es «un intento de entrar en la mente de esta enfermedad inmortal, entender su personalidad, desmitificar su comportamiento». Quizás logrando comprender sus mecanismos de funcionamiento —que nos han sido esquivos durante mucho tiempo— podamos ser capaces de ponerle fin. El objetivo último del libro es por tanto responder a dos preguntas: ¿puede imaginarse en el futuro un final del cáncer? ¿Es posible erradicar para siempre esta enfermedad de nuestro cuerpo y nuestras sociedades?

El libro comienza con una dedicatoria muy especial:

A Robert Sandler (1945-1948) y a quienes vivieron antes y después de él.

El pequeño Sandler tiene un papel relevante en esta historia así que permitidme que, pese a la extensión, reproduzca en esencia lo que nos cuenta Mukherjee:

Robert Sandler tenía dos años. Su hermano mellizo, Elliott, era un niño que apenas empezaba a andar, activo y angelical de salud perfecta.

Diez días después de su primera fiebre, el estado de Robert empeoró de manera significativa. La temperatura subió. El color de la tez pasó de rosado a un espectral blanco lechoso. Lo trasladaron al Hospital Infantil de Boston. El bazo, un órgano del tamaño de un puño que almacena y produce sangre (por lo común apenas palpable debajo de la caja torácica), estaba notoriamente agrandado, sobre todo en la parte inferior, como una bolsa cargada en exceso. Una gota de sangre observada bajo el microscopio de Farber [Sydney Farber, un médico con un protagonismo esencial en el libro] reveló la identidad de su enfermedad: miles de inmaduros blastos leucémicos linfoides se dividían a un ritmo frenético y sus cromosomas se aglomeraban y desaglomeraban, como diminutos puños apretados que se abrieran y volvieran a cerrarse [se trataba de leucemia].

Sandler llegó al Hospital Infantil apenas unas semanas después de que Farber recibiera su primer paquete de Lederle [un laboratorio farmacéutico]. El 6 de septiembre de 1947 el médico comenzó a inyectarle ácido pteroilaspártico (PAA por sus siglas en inglés), el primero de los antifolatos de Lederle.

El PAA surtió escaso efecto. A lo largo del siguiente mes el letargo de Sandler fue en aumento. El niño desarrolló una cojera como consecuencia de la presión de la leucemia sobre la médula espinal. Aparecieron dolores en las articulaciones y otros violentos dolores migratorios. Luego, la leucemia irrumpió en uno de los huesos del muslo, causando una fractura y desencadenando un dolor cegadoramente intenso e indescriptible. Hacia diciembre el caso parecía desesperado. La punta del bazo de Sandler, más densa que nunca a causa de las células leucémicas, cayó hasta la pelvis. El niño estaba retraído, indiferente, hinchado y pálido y se encontraba al borde de la muerte.

Sin embargo, el 28 de diciembre Farber recibió de Subbarao y Kiltie una nueva versión del antifolato, la aminopterina, un fármaco que mostraba un pequeño cambio con respecto a la estructura del PAA. En cuanto tuvo la sustancia farmacológica en sus manos, Farber comenzó a inyectar al niño con la esperanza, a lo sumo, de un breve aplazamiento en la evolución del cáncer.

La respuesta fue notoria. El recuento de glóbulos blancos, que había escalado a niveles astronómicos —diez mil en septiembre, veinte mil en noviembre y casi setenta mil en diciembre— dejó de repente de crecer y se mantuvo en una meseta. Luego, hecho aún más notable, comenzó a caer efectivamente y los blastos leucémicos menguaron poco a poco en la sangre hasta casi desaparecer. Para fin de año, el recuento había disminuido hasta alrededor de una sexta parte de su valor máximo y rozaba un nivel casi normal. El cáncer no había desaparecido —bajo el microscopio todavía se observaban glóbulos blancos malignos—, pero había cedido temporalmente, congelado en un punto muerto hematológico en el helado invierno bostoniano.

El 13 de enero de 1948 Sandler volvió a la clínica, caminando por sí solo por primera vez en dos meses. El bazo y el hígado se habían reducido de manera tan espectacular que la ropa del niño, señaló Farber, caía «floja en torno al abdomen». Robert ya no tenía hemorragias. Mostraba un hambre voraz, como si tratara de recuperar seis meses de comidas perdidas. En febrero, indicó Farber, el estado de alerta, la nutrición y la actividad del niño eran iguales a los de su hermano mellizo. Durante más o menos un mes, Robert y Elliott Sandler volvieron a parecer idénticos.

[…] Como señaló un cirujano, los niños con cáncer solían estar «escondidos en los lugares más recónditos de las salas del hospital». De todas maneras, estaban en su lecho de muerte, argumentaban los pediatras; ¿no sería más amable y generoso, insistían algunos, «dejarlos morir en paz»? Cuando un clínico sugirió que los novedosos «productos químicos» de Farber se reservaran como recurso de última instancia para los niños leucémicos, este, recordando su anterior labor de patólogo, replicó: «Para entonces, el único producto químico que necesitaremos será el líquido para embalsamar».

El pequeño Sandler finalmente sucumbió a la leucemia. Pero su muerte no hizo sino espolear más aún el frenesí por comprender el cáncer y tratar de buscarle una cura. Este caso fue el comienzo de la quimioterapia, y gracias a sus resultados se desató una lucha encarnizada por vencer la enfermedad.

Y en este sentido, la historia del cáncer es una historia militar, «la lucha contra un enemigo informe, intemporal y ubicuo». A lo largo de las páginas de este libro vamos a alegrarnos por las victorias y a sufrir con las derrotas, asistiremos a los esfuerzos de médicos, pacientes, políticos y la sociedad en general por vencer campaña tras campaña; en esta historia hay actos de heroísmo y también de arrogancia, de supervivencia y resiliencia y, huelga decirlo, de «heridos, condenados, olvidados, muertos». En definitiva, el cáncer aparece verdaderamente, tal cual escribió un cirujano decimonónico en la portada de un libro, como «el emperador de todos los males, el rey de los terrores».

El libro está escrito en un tono cálido porque entremezcla los datos «asépticos» de la historia de la ciencia con las experiencias personales de médicos, enfermos y la suya propia, tejiendo de esta forma un texto que no te deja indiferente. Pese a la abundancia de información, su lectura te acompaña y te guía como sólo consiguen los buenos escritores al contar historias complejas: se trata de embarcarnos en un viaje del que sabemos el punto inicial pero desconocemos a dónde nos va a llevar. Mukherjee nos cuenta que su idea inicial era la de escribir un diario del curso de formación avanzada en medicina del cáncer que había recibido en el Instituto del Cáncer Dana-Farber y el Hospital General de Massachusetts, en Boston.

Lo que pasó es que lo que iba a ser un «sencillo» manual, se convirtió en un viaje más grande de exploración que le llevó a las profundidades no solo de la ciencia y la medicina, sino de la cultura, la historia, la literatura y la política, al pasado del cáncer y a su futuro.

El futuro. Como decía al comienzo, una de las cuestiones que trata de resolver el autor es qué ocurrirá en el futuro, si conseguiremos acabar con la enfermedad. Hemos asistido a demasiados anuncios que vaticinaban una cura —tras la publicación de los resultados del Proyecto Genoma Humano con la secuenciación de nuestro ADN se pensó que habíamos llegado— que luego han probado ser meras desilusiones. Y es que ya lo dijeron los antiguos griegos. Los griegos utilizaban una evocadora palabra para describir los tumores: onkos, que significa «masa» o «carga». Hoy sabemos que el cáncer es, en efecto, «el peso incorporado a nuestro genoma, el contrapeso de plomo a nuestras aspiraciones de inmortalidad».

La ciencia médica ha comprendido que los oncogenes (los genes cuyo anormal funcionamiento provocan la enfermedad) surgen de mutaciones en genes esenciales que regulan el crecimiento de las células. Estas mutaciones se acumulan cuando los carcinógenos dañan el ADN, pero también debido a errores aparentemente azarosos cuando las células se dividen. Evitar la exposición a los carcinógenos es algo que podríamos llegar a conseguir, pero evitar las mutaciones en nuestro ADN es imposible. La vida evoluciona gracias a esas mutaciones.

Entonces, la conclusión sería que solo podremos liberarnos del cáncer en la medida en que podamos liberarnos de los procesos de nuestra fisiología que dependen del crecimiento: el envejecimiento, la regeneración, la curación y la reproducción.

Mukherjee reconoce que «no está claro si una intervención que discrimine entre crecimiento maligno y crecimiento normal es siquiera posible. Tal vez el cáncer defina el límite exterior intrínseco de nuestra supervivencia. Cuando nuestras células se dividen y nuestro cuerpo envejece, y las mutaciones se acumulan inexorablemente unas sobre otras, el cáncer bien podría ser el término final en nuestro desarrollo como organismos».

Mi padre murió de cáncer hace tres años. No llegó a sobrevivir más de un mes desde el diagnóstico inicial. Dos de mis tíos, mis dos abuelos y otros familiares también han muerto de cáncer. Y estoy seguro de que lo mismo podéis decir la mayoría de quienes estáis leyendo esto. Este libro me ha permitido comprender muchas de las cosas que en mi completa ignorancia yo llamaba «incoherencias» cuando el oncólogo trataba de explicar la evolución de la enfermedad de mi padre.

Pero también me ha hecho tener claras otras perspectivas:

  • Nosotros, como sociedad, no podemos permitir que gente sin escrúpulos quiera beneficiarse del estado de desolación que provoca un diagnóstico de cáncer en determinados enfermos. Estamos acostumbrados a que charlatanes y estafadores de la peor calaña mientan al afirmar que siguiendo determinada dieta o tomando cualquier brebaje vamos a curarnos de la enfermedad. O que el cáncer es producto de un trastorno mental. Esas personas deberían estar en la cárcel. Y si no lo están es porque tenemos leyes que no son claras a la hora de atajar esas conductas. En nuestra mano está el obligar a los políticos a que esta situación cambie.
  • Las enfermedades —como el cáncer, Parkinson, Alzheimer y un largo etcétera— sólo pueden vencerse a través de la investigación científica. Sólo la ciencia posee los mecanismos adecuados para comprender cómo se desarrollan, cómo evolucionan y, en definitiva, qué terapias son las más adecuadas para ponerles coto. Apoyar la ciencia, apoyar la investigación biomédica, es la mejor forma de que cuando oigamos la palabra «cáncer» no sintamos un escalofrío que nos recorra todo el cuerpo.
  • Por último, y en particular en el caso del cáncer, quizás deberíamos concentrarnos en prolongar la vida en vez de tratar de eliminar la muerte; en convertir la enfermedad en una situación crónica que permita llevar una vida lo más normal posible gracias a la medicación. A lo mejor, «la manera de “ganar” la guerra contra el cáncer consiste, quizá, en redefinir la victoria».

 

Por último, no puedo dejar de recomendarte que escuches la conversación que mantuvo Luis Quevedo con el propio Mukherjee y Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York:

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La evolución humana en «2001: Una odisea del espacio»

La evolución humana en «2001: Una odisea del espacio»

El 6 de abril de 1968, en el Cinerama Theatre Broadway de la ciudad de Nueva York, se estrenó la película 2001: a space odyssey 1. Stanley Kubrick no solo dirigió la película, sino que escribió el guion junto al novelista Arthur C. Clarke basándose en un relato corto de este último titulado «El centinela», escrito en 1948 y publicado originalmente en la revista «10 Story Fantasy» en 1951 2.

«2001: Una odisea del espacio» es considerada hoy en día como una de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos.

Tráiler de la película 2001 A Space Odyssey.CC.

Dado que hoy se cumple el 50 aniversario de su estreno en EE.UU., quería aprovechar la ocasión para contaros algunos detalles que quizás no conozcáis de la escena inicial –ya convertida en un icono en sí misma– y que tiene especial relevancia para la paleoantropología.

2001: Una odisea del espacio

Al comienzo de la película, una frase sobreimpresa nos da cuenta de lo que vamos a ver: The dawn of man, que yo traduciría como «Los albores (o el origen) de la humanidad».

Un lento amanecer abre paso a un paisaje agreste, una región semiárida que fácilmente podemos asociar con una región de África, donde vemos a un grupo de animales de aspecto simiesco ­–en posición cuadrúpeda y con el cuerpo completamente cubierto de pelo– alimentándose de lo que encuentran a su alrededor, insectos, bayas y otros frutos.

La siguiente escena nos traslada a una charca donde el grupo está reunido desparasitándose y bebiendo tranquilamente, una conducta comparable a la que hoy en día realizan los chimpancés. Esta imagen apacible se ve alterada cuando otro grupo de «simios» asoma por una pequeña colina. Ambos grupos comienzan a gesticular, hacer aspavientos y gritar en un intento de defender, unos su territorio y otros su derecho a acceder al agua de la charca. La cosa no va más allá y, finalmente, el grupo «invasor» se hace con el acceso al líquido al tiempo que los otros se marchan.

Otra escena. Llega un nuevo día –y suponemos que ha transcurrido una gran cantidad de tiempo– y aparece uno de los personajes más importantes de la película: una piedra de color negro, con forma de paralelepípedo, perfectamente pulimentada y clavada en el suelo en posición vertical. Los simios se sorprenden de su presencia pero tampoco le dan mayor importancia.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

Al siguiente amanecer – ¿un nuevo salto temporal?– y, a la sombra del «monolito», vemos cómo uno de estos antepasados coge el hueso de un animal muerto y comienza a golpear su esqueleto al tiempo que se yergue sobre las dos piernas traseras. De golpear un cráneo a emplear ese hueso como arma para cazar animales transcurren unos pocos fotogramas. Ya tenemos a nuestro antepasado cazador.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

A partir de aquí las cosas comienzan a ir más deprisa: estos primates comienzan a comer carne, a manejar herramientas con las extremidades superiores, vemos a crías «aprendiendo» lo que es una maza 3 y por último, a un grupo rival caminar erguidos sobre dos piernas y a uno de sus miembros matar a golpes a otro de sus congéneres con la nueva arma. Como se suele decir, el resto es historia.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

Supongo que pocos de los que estáis leyendo estas líneas no habéis visto o no recordáis esta escena pero, por si acaso, os la dejo completa (podéis agrandar el reproductor):

Lo que Kubrick y Clarke quisieron poner de manifiesto en los primeros minutos de la película es la representación gráfica de la idea dominante en esa época acerca de la evolución de nuestros antepasados, la aparición de un animal que camina sobre dos piernas y es capaz de cazar y matar otros animales para su sustento. Un hueso se convierte «de pronto» en una herramienta para golpear, pero también para matar. Es un salto evolutivo gigantesco y dramático.

La hipótesis del «simio asesino»

Este planteamiento tiene su origen en una hipótesis defendida por uno de los paleoantropólogos pioneros en el estudio de la evolución humana: Raymond Dart. Él sostenía que Australopithecus africanus –que vemos «evolucionando» en los minutos iniciales de la película– eran una especie agresiva que utilizaba huesos y cuernos como armas y los empleaba para matar tanto a sus rivales como a otros animales. Llamada killer ape hypothesis o hipótesis del «simio asesino» tuvo una acogida desigual entre la comunidad científica 4.

El Dr. Dart había llegado a esa conclusión al quedar impresionado por la gran cantidad y diversidad de huesos fosilizados encontrados en Makapansgat, un yacimiento sudafricano que hoy forma parte de lo que conocemos como la Cuna de la Humanidad, donde Dart estuvo gran parte de su carrera realizando excavaciones.

Al recopilar diferentes restos fósiles se dio cuenta de que casi todos los huesos estaban fragmentados, aparecían literalmente destrozados debido a lo que él pensó eran golpes intencionados (como los golpes que vemos en la película). También se encontraron «porras» y «lanzas» hechas con huesos y cuernos de antílope cuyas puntas parecían coincidir con las marcas que presentaban algunos de los fósiles recuperados. Así, esos huesos se convirtieron en la prueba de las primeras «luchas» o «guerras» de la humanidad.

Una visión diferente.

Uno de los discípulos del Dr. Dart, Bob Brain, tenía una versión más «optimista». Brain se preguntó cómo se habían formado los fósiles y cuál era el motivo de que aparecieran incrustados literalmente en los bloques de roca (en brecha). Debemos recordar que el yacimiento de Makapansgat había sido una mina de la que se extraía el mineral empleando explosivos. No es necesario decir que los mineros tenían un nulo interés en el estudio de los restos fósiles. Su única preocupación era recuperar la mayor cantidad de mineral con el menor esfuerzo posible.

En este sentido, Brain se preguntó si las marcas que presentaban los fósiles ­—esas fracturas y marcas características— se debían más bien a la forma en que se había producido la fosilización, que a la manera en que habían muerto nuestros antepasados. Tras años de trabajos, concluyó que los fósiles presentaban esas marcas características porque en realidad eran los restos dejados por carnívoros después de cazarlos y comérselos 5.

Los leopardos, hienas, tigres dientes de sable y gatos gigantes con los que convivían nuestros antepasados, eran uno de nuestros principales depredadores. Literalmente nos daban caza, y conducían sus trofeos a la profundidad de las cuevas para devorarlos tranquilamente. El paso de decenas de miles de año hizo el resto.

The man hunters

 No quería terminar sin contaros otra anécdota en relación con la película. En términos generales, la opinión mayoritaria es que la película mantiene una buena coherencia científica tanto en los efectos especiales como en el argumento en sí mismo.

En lo que respecta a la escena inicial, los realizadores contaron con el asesoramiento científico y colaboración de los paleoantropólogos F. Clark HowellPhillip Tobias. Este último fue el encargado de trabajar con los actores que interpretaban a los «simios» bajo unos pesados y calurosos disfraces para que comprendieran cómo se comportaban y caminaban los australopitecinos. Algunas de las sesiones de trabajo aparecieron en un documental titulado The man hunters 6 emitido por primera vez en 1971. Puedes verlas a continuación:

El documental completo, para quien tenga interés, lo podéis ver aquí.

Notas

  1. Titulada en España como «2001: Una odisea del espacio».
  2. Y que más adelante, tras desarrollar más el argumento, se convertiría en una novela homónima, publicada el mismo año del estreno de la película.
  3. En la película utilizaron para esta escena a crías reales de chimpancés.
  4. El profesor Dart estaba acostumbrado a esta situación ya que su descripción del «niño de Taung» también fue acogida con escepticismo, aunque finalmente se impuso como acertada.
  5. Los agujeros de algunos cráneos coincidían exactamente con la posición de los colmillos de los depredadores.
  6.  The Man Hunters. Directed by NICHOLAS NOXON with F. CLARK HOWELL and PHILLIP TOBIAS as scientific consultants. Produced by MGM in association with Time-Life Books. 16mm, color, sound, 52 minutes.
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Reseña: La falsa medida del hombre

Reseña: La falsa medida del hombre

Ficha Técnica

Título: La falsa medida del hombre
Autor: Stephen Jay Gould
Edita: Editorial Crítica, 2017
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Número de páginas: 400 p.
ISBN: 978-8416771714

Reseña del editor

Esta es una de las obras fundamentales del gran paleontólogo recientemente fallecido y uno de los alegatos científicos más devastadores de las teorías racistas. En sus páginas, Gould estudia los diversos intentos realizados a lo largo del tiempo para medir la inteligencia humana: primero a través de los cráneos y del tamaño del cerebro, más tarde por medio de los tests para averiguar el «coeficiente intelectual» y, finalmente, recurriendo a análisis sociológicos como los de «La curva de Bell», siempre con la intención de afirmar la naturaleza hereditaria de la capacidad intelectual y, por lo tanto, la inutilidad de cualquier esfuerzo cultural y educativo. Gould denuncia con sagacidad la falsedad científica de estos planteamientos que condujeron en el siglo XX a la matanza de millones de seres humanos y que pretenden hoy perpetuar la pobreza y las injusticias sociales explicándolas como una consecuencia inevitable de la inferioridad innata de determinados seres humanos.

Reseña

Llevaba mucho tiempo queriendo leer este libro porque considero a Stephen Jay Gould como uno de mis héroes intelectuales, y porque el tema central de la obra es la inteligencia, un tema que me interesa mucho explorar.

Nos encontramos ante un texto denso, repleto de información, detalles y razonamientos profundos acerca de la inteligencia, pero de la inteligencia «como entidad singular, su localización en el cerebro, su cuantificación como número único para cada individuo, y el uso de esos números para clasificar a las personas en una sola escala de méritos». Los estudios que se hicieron con este objetivo en mente –comprender qué es la inteligencia y clasificar a las personas en función de la misma– llevó a postulados que no sólo defendían que los grupos (razas, clases o sexos) oprimidos y menos favorecidos eran inferiores por nacimiento y merecían ocupar esa posición, sino que debían ser esterilizados para evitar que propagasen su condición.

El profesor Gould dejó claro que su libro era una crítica de una «concreta» teoría de la inteligencia sostenida por las interpretaciones interesadas de un «determinado» estilo de test psicológicos: la teoría de la inteligencia unitaria, de base biológica e inmodificable.

El libro se apoya en tres pilares fundamentales:

Primero: el determinismo biológico

El determinismo biológico consiste en afirmar que tanto las normas de conducta como las diferencias sociales y económicas que se dan en las diferentes poblaciones ­­­­­­­­–básicamente, diferencias de «razas», clases o sexos– tienen su raíz en ciertas condiciones heredadas, innatas (y por tanto, inmodificables), y que, en este sentido, la sociedad es un reflejo fiel de la biología.

Lo que hace el autor es analizar la tesis defendida por muchos científicos en los siglos XIX y XX de que el «valor» de los individuos y de los grupos puede establecerse a través de la medida de la inteligencia como una cantidad aislada.

«Este libro analiza la abstracción de la inteligencia como entidad singular, su localización en el cerebro, su cuantificación como número único para cada individuo, y el uso de esos números para clasificar a las personas en una sola escala de méritos, descubrir en todos los casos que los grupos ­­­­­­­­–razas, clases o sexos– oprimidos y menos favorecidos son innatamente inferiores y merecen ocupar esa posición.»

Segundo: los «grandes» argumentos

Para exponer su planteamiento –y rebatir las ideas de esos teóricos— se centra en los «grandes» argumentos y errores que cometieron los iniciadores de esta corriente de pensamiento. Así, el libro se divide claramente en dos mitades que representan las piedras centrales de esta teoría, en orden cronológico, durante los doscientos últimos años en que ha sido prominente:

«El siglo XIX se centró en las mediciones físicas de cráneos, ya fuera por el exterior, o desde dentro (para medir el volumen de la caja craneal). El siglo XX pasó al método, supuestamente más directo, de medir el contenido del cerebro mediante los test de inteligencia. En suma, de medir las propiedades físicas de los cráneos a medir el contenido interno de los cerebros.»

Tercero: aplicación del método científico

En su titánica tarea de desmontar las falaces argumentaciones de quienes defienden el determinismo biológico, el profesor Gould aplica el método científico: las diferencias entre los individuos son análogas a la variación de las poblaciones, y las diferencias que se miden entre los grupos son análogas a las diferencias temporales de los linajes a lo largo del tiempo. Por lo tanto, procede a hacer un profundo y sopesado análisis de los datos que manejaron los propios ideólogos para mostrar las falacias en sus argumentaciones sobre las diferencias en la «inteligencia» medidas entre los grupos humanos.

«La falsa medida del hombre se centra, por lo tanto, en el análisis de los grandes conjuntos de datos que hay en la historia del determinismo biológico. Este libro es una crónica de las falacias profundas y aleccionadoras (no de los errores tontos y superficiales) que hay en el origen y en la defensa de la teoría de la inteligencia unitaria, linealmente clasificable y muy poco alterable.»

El autor hace hincapié en dos falacias principalmente. La primera es la reificación o tendencia a convertir los conceptos abstractos en entidades. Todos nosotros somos conscientes de la importancia de la mente en nuestras vidas y deseamos caracterizarla. Por lo tanto, sostiene:

«[…] bautizamos con la palabra “inteligencia” ese conjunto de capacidades humanas prodigiosamente complejo y multifacético. Una vez que la inteligencia se ha convertido en una entidad, los procedimientos normales de la ciencia prácticamente deciden que debe dotársela de una localización y de un substrato físico. Puesto que el cerebro es la sede de la mentalidad, la inteligencia debe residir allí.»

Siguiendo este hilo argumental llegamos a la segunda falacia, la de la «gradación» o tendencia a ordenar la compleja variación de esa entidad en una escala ascendente:

«El estilo común en que se expresaron ambas falacias mentales fue el de la cuantificación, o medición de la inteligencia como número único para persona. En el siglo XX los test de inteligencia desempeñan la misma función que supuso la craneometría en el siglo pasado [en referencia al siglo XIX]: según ellos, la inteligencia (o al menos una parte dominante de la misma) es una cosa separada, innata, heredable y medible.»

En definitiva, los argumentos clásicos del determinismo biológico fracasan porque los caracteres que invoca para hacer diferencias entre grupos son producto de la evolución cultural. Los deterministas buscaron pruebas de la idea de que estamos «programados» desde que nacemos en caracteres anatómicos creados por la evolución biológica. Su profundo error –y que muchos siguen cometiendo hoy en día– es que trataron de utilizar la anatomía para hacer inferencias acerca de unas capacidades y conductas que vinculaban con la anatomía, cuando éstas tienen un origen cultural (sabemos que la «inteligencia» depende de numerosísimos factores entre los que destacan el desarrollo, la capacidad económica de los progenitores, el ambiente etc.)

«La falsa medida del hombre» no es un libro fácil de leer, y así lo reconoce el propio autor, pero alega en su defensa que dirigió el libro «[…] a todas las personas serias que se interesaran por el tema». Para ello siguió las dos reglas cardinales que siempre ha usado al escribir sus ensayos. En primer lugar, no detenerse en generalidades y sí centrarse en esos detalles pequeños pero fascinantes, que son capaces de captar el interés de los lectores. En segundo lugar, simplificar la escritura eliminando la jerga, por supuesto, por sin «adulterar» los conceptos; nada de compromisos, nada de aturdir.

«La divulgación forma parte de la gran tradición humanística de la erudición seria, no es un ejercicio de aturdir por placer ni por sacar provecho.»

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La marcha del progreso: ilustrando la evolución.

La marcha del progreso: ilustrando la evolución.

     Última actualizacón: 24 febrero 2018 a las 18:51

Durante los últimos 10.000 años, Homo sapiens se ha acostumbrado tanto a ser la única especie humana que es difícil para nosotros concebir ninguna otra posibilidad. Nuestra carencia de hermanos y hermanas hace que nos resulte más fácil imaginar que somos el epítome de la creación, y que una enorme brecha nos separa del resto del reino animal.

Sapiens: De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad. Yuval Noah Harari.

 

He dicho en más de una ocasión y lugar que la imagen que está sobre estas líneas es una de las que más daño ha hecho a la comprensión de la evolución humana y a cuál es el lugar que corresponde a Homo sapiens en ese proceso. Lo que esta imagen nos transmite es una evolución lineal: a la izquierda vemos a nuestro antepasado más «primitivo», y vamos avanzando progresivamente hasta llegar al ser más evolucionado y «perfecto» en el extremo derecho (nosotros). No es de extrañar que hoy en día se conozca esta ilustración con el nombre de «La marcha del progreso».

Con el tiempo han aparecido –literalmente– miles de imágenes que en mayor o menor medida han parodiado esta idea, aunque hemos de saber que instituciones del ámbito científico y cultural también han acogido con gusto este diseño, movidos quizás porque ya se ha convertido en un icono con un significado que va más allá de lo que la paleoantropología nos enseña.

THE SIMPSONS: Flanders calls Homer an ape and makes a case for evolution revolution in THE SIMPSONS episode «The Monkey Suit» airing Sunday, May 14 (8:00-8:30 PM ET/PT) on FOX. THE SIMPSONS™

Logo del podcast Origin Stories de la Fundación Leakey (detalle).

Así que un día me pregunté de dónde habían salido todas estas imágenes, de dónde habían tomado esta idea que vemos repetida hasta la saciedad. Finalmente conseguí dar con la respuesta:

Se trata de una ilustración que apareció publicada por vez primera en el libro «El hombre primitivo» (Early man) escrito por el antropólogo Francis Clark Howell con la colaboración de los editores de Time-Life y publicado en 1965.

La ilustración, que por su tamaño hubo de reproducirse en una sección plegable (que comprende las páginas 41 a 45 del libro) lleva por título «El camino hacia Homo sapiens» y fue dibujada por Rudolph Franz Zallinger, ilustrador mundialmente famoso entre otras obras por un mural titulado «The Age of Reptiles» que se halla en el Museo Peabody de Historia Natural de la Universidad de Yale.

Portada «El hombre primitivo»

«La marcha del progreso» es una representación de los últimos 25 millones de años que incluye a 15 de nuestros «antepasados» alineados como si estuvieran marchando en un desfile. Como he comentado antes, la idea de evolución «lineal» que refleja esta imagen está muy lejos de ser cierta, por lo que una ilustración de este tipo no hace sino confundirnos acerca de la forma real en que se produjo la evolución humana. Hoy en día sabemos que este proceso se parece más a un arbusto intrincado que a una línea recta, y tampoco debemos olvidar las erróneas connotaciones de la «superioridad» de Homo sapiens que «La marcha del progreso» lleva aparejada.

Sin embargo, para mi sorpresa he de reconocer que en el libro escrito por Howell se explica bastante bien cómo se produjo la evolución del hombre y también por qué se escogió una representación gráfica como esa. Os traduzco algunos párrafos del texto para ofreceros una idea más completa del contexto:

Es un hecho científico probado que el hombre estuvo evolucionando durante millones de años. El camino de su evolución está marcado por callejones sin salida y nuevos comienzos, y los arcenes cubiertos de reliquias de sus variadas formas. Aunque muchos de estos restos son en el mejor de los casos mínimos, son suficientes para bosquejar las fases claves de su marcha a lo largo del tiempo; el principal problema al que se enfrentan los antropólogos hoy es rellenar los huecos.

Acto seguido explica con más detenimiento la ilustración en sí misma:

¿Cuáles fueron las etapas en la larga marcha del hombre desde los ancestros simiescos a sapiens? Comenzando por la derecha y avanzando a lo largo de cuatro páginas más se muestran los hitos de la evolución de los primates y los humanos tal y como los científicos los conocen hoy, reconstruidos a partir de pruebas fósiles incompletas. Es una historia reveladora, no sólo por las criaturas que muestra, sino también porque ilustra gráficamente cuánto podemos aprender de tan poco: la aparentemente caótica colección de huesos de la izquierda, por ejemplo, puede dar una imagen bastante completa acerca de cómo pudo haber caminado Australopithecus ­–una criatura bípeda en los mismos albores del hombre [aquí se está refiriendo a los restos fragmentarios atribuidos a Australopithecus y que se muestran en la página 40].

Muchas de las ilustraciones mostradas aquí han sido desarrolladas a partir de muy pocos fragmentos –una mandíbula, quizás algunos dientes, tal y como indican las partes resaltadas en blanco– y por lo tanto son producto de hipótesis fundamentadas. Pero incluso si descubrimientos posteriores impusieran cambios, estas reconstrucciones cumplen la función de mostrar cómo podrían haber sido. Puede verse cuándo vivieron gracias a la escala de tiempo geológico de la parte superior –en azul para los proto-simios, rojo y violeta para los homínidos y los primeros hombres, verde para Homo sapiens. Las discontinuidades de las barras indican la extinción de una línea evolutiva o los vacíos en el registro fósil. Aunque los proto-simios y los simios eran cuadrúpedos, se muestran todos de pie a efectos de comparación.

Algo que debemos tener presente es que las páginas 41 y 42 se pueden ver como una etapa independiente. La escala geológica incluida en la parte superior va desde los 25 a los 3 millones de años, y recoge los llamados proto-simios. Aunque los vemos dibujados caminando erguidos (en realidad eran cuadrúpedos), el texto recalca que se ha hecho así a efectos de comparación de tamaño:

Early man. Página 41.

Early man. Páginas 41 y 42.

Como vemos, al extender estas dos páginas podemos apreciar una verdadera separación entre los proto-simios y los parántropos, australopitecos y humanos que se analizan en el resto de páginas desplegables.

Estos son los proto-simios que el texto describe:

Pliopithecus

Uno de los proto-simios más antiguos, Pliopithecus se parece a un gibón moderno aunque sus brazos no eran tan desproporcionadamente grandes ni especializados para balancearse por los árboles. Sobre la base de sus dientes y cráneo ahora se clasifica como un antepasado de la línea evolutiva de los gibones.

Proconsul

Conocido por numerosos fragmentos que casi suman un esqueleto completo, se considera que Proconsul es uno de los primeros simios, el antepasado del chimpancé y quizás del gorila. Contemporáneo de Pliopithecus, a menudo se le encuentra junto a él en el mismo yacimiento fosilífero.

Dryopithecus

Aunque su esqueleto está incompleto, Dryopithecus puede describirse a partir de unas pocas mandíbulas y dientes. El primer fósil de un gran simio en ser descubierto, tuvo una distribución muy amplia: se han encontrado restos en Europa, el norte de la India y en China.

Oreopithecus

Sus dientes y la pelvis llevaron a los científicos a preguntarse si pudo ser un antepasado del hombre, pero ahora se conoce mejor y claramente era un simio aberrante [sic].

Ramapithecus

El primate más antiguo parecido al hombre encontrado hasta ahora, se considera que es el antepasado más antiguo en línea directa. Esta conclusión se alcanza a partir de unos pocos dientes, algunos fragmentos de mandíbula y un paladar con una forma inconfundiblemente humana.

Cuando volvemos la página 42 ya sí podemos contemplar de un vistazo el resto de nuestros antepasados hasta llegar a Homo sapiens:

Early man. Páginas 43 a 45.

Australopithecus

Ramapithecus y esta forma primitiva de Australopithecus, el primer homínido incuestionable, están separados por un vacío de 9 millones de años. En esta época, los prehumanos hicieron grandes avances –caminaban erguidos, vivían en el suelo y podían haber usado piedras para defenderse.

Paranthropus

Aunque caminaba erguido y tenía características homínidas, Paranthropus representa un callejón sin salida en el linaje del hombre. Vegetariano, según indican su gran mandíbula y los dientes adaptados para moler, compitió con los australopitecinos avanzados que pudieron acelerar su extinción.

Australopithecus avanzado

Se distinguen de los primeros australopitecinos por su mayor capacidad craneal. Eran contemporáneos de los parántropos. Se han recuperado herramientas primitivas junto a ambos, pero si uno u otro ­­­­–o los dos– produjeron esas herramientas es una cuestión no resuelta todavía.

Homo erectus

El primer miembro de nuestro propio género. Es moderno en las extremidades, pero más primitivo en las manos y el cerebro, con una capacidad craneal que llega únicamente a la parte baja del rango de Homo sapiens. Llevaba una vida en comunidad y sabía usar el fuego.

Primeros Homo sapiens

Tres fósiles europeos ­–Swanscombe, Steinheim y Montmaurin– quizás son los primeros ejemplos de Homo sapiens modernos. Su dentición es primitiva, pero la parte posterior del cráneo y la cara son modernos; la capacidad craneal está dentro del rango moderno.

Hombre de Solo

Una raza extinta de Homo sapiens hallada en Java. Reconocida hasta ahora por dos huesos de la barbilla y algunos cráneos fragmentados. Indican que sus extremidades eran modernas en apariencia; su cráneo sin embargo, era masivo y grueso con arcos superciliares muy marcados y una frente inclinada.

Hombre de Rhodesia

Otra raza extinta de Homo sapiens que vivió en África. Era más moderno que Homo erectus pero más primitivo que los primeros aborígenes. Se han encontrado los restos junto a herramientas de piedra.

Hombre de neandertal

No tan tosco como su nombre ha llegado a significar. El hombre de neandertal vivió en las riberas del Mediterráneo y salpicó toda Europa, con una capacidad craneal en algunos casos mayor que la del hombre moderno. Fabricó una variedad de herramientas con un diseño avanzado.

Hombre de Cromañón

A sólo un paso cultural tras el hombre moderno. Ha legado al mundo su arte –pinturas rupestres, grabados en la roca y figuras talladas. Reemplazó a los neandertales en Europa y, diferenciado en varias poblaciones, parece que colonizó el mundo.

Hombre moderno

Físicamente, el hombre moderno se diferencia poco del hombre de Cromañón. Lo que los separa es la cultura: el hombre moderno aprendió a cultivar su propia comida y domesticó los animales. Pudo permitirse abandonar la vida nómada y fundar asentamientos permanentes y civilizaciones.

 

Si pasamos por alto que muchos de los términos empleados en este texto han cambiado bastante en relación a los que se utilizan hoy en día (algo perfectamente comprensible dado que se escribió hace 60 años cuando la ciencia paleoantropológica todavía estaba comenzando a despegar), nos damos cuenta que la ilustración que se emplea no es tan desacertada como pudiera pensarse. El texto recalca que ha habido muchos callejones sin salida (extinciones) en la ruta que lleva a Homo sapiens, y que aún existían varios huecos en el registro fósil por rellenar. El hecho de haberse dibujado todos los ejemplares en línea obedece, sencillamente, a la intención de facilitar la comprensión del texto ya que de un vistazo podemos ver los principales rasgos que distinguen a cada uno de ellos.

El principal problema, bajo mi punto de vista, es que las reproducciones posteriores han malinterpretado la idea original y han pecado de simplismo.

Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 0 comentarios
Consejos prácticos para dar una charla

Consejos prácticos para dar una charla

     Última actualizacón: 7 marzo 2018 a las 13:37

Hace poco llegó a mis manos un texto breve escrito por Will Ratcliff, un biólogo evolutivo que actualmente ocupa un puesto de profesor asociado en el Instituto Tecnológico de Georgia, en el que exponía algunos consejos prácticos para dar una buena conferencia científica. Le puso el sonoro título de «estilo David Attenborough para hacer una presentación científica» (puedes acceder al texto original aquí).

El hecho es que me ha parecido una buena aproximación a un tema más complejo de lo que en un principio pudiera parecer, así que le pedí permiso para traducirlo al castellano. Dado que Ratcliff se dirige a científicos que tienen que hacer una presentación acerca de un determinado descubrimiento, o para exponer los resultados de una investigación, he querido hacer una serie de acotaciones para dar mi punto de vista con la idea de enfocar la cuestión para un público más general: divulgadores científicos o estudiantes que tienen que dar alguna charla en público.

Espero que sea de tu interés y que podamos enriquecer el debate en los comentarios.

Estilo David Attenborough para hacer una presentación científica

Uno de los mayores obstáculos a la hora de dar una buena charla es convencer a la gente de que vale la pena que dediquen su energía mental a escucharte. Esta estrategia de comunicación está diseñada para conseguir esto del público, sin que ellos se den cuenta siquiera de que lo están haciendo. La clave está en aprovecharse de un hecho simple: las personas son criaturas curiosas por naturaleza y prestarán atención a una buena historia siempre y cuando esa historia permanezca absolutamente clara.

En el estilo «David Attemborough» eres el narrador de una historia interesante. El objetivo es ofrecer una charla visualmente simple en la que el público esté tan metido en tu presentación que se olviden de que estás hablando delante de ellos. Te escuchan y ven las imágenes que acompañan tu historia y en ningún momento tienen que parar y tratar de darle sentido a lo que acabas de decir.

En esta introducción Ratcliff va directo al grano y nos da el mejor consejo que se puede dar a cualquier comunicador: si tienes que dirigirte a un grupo de personas y pretendes que te escuchen mientras lo haces, tienes que contarles algo interesante. El tiempo es un bien escaso —y por lo tanto valioso— así que tienes que se consecuente y ofrecer algo a cambio que merezca la pena escuchar.

Estos son los puntos principales:

1. Métete esto en la cabeza: tu principal trabajo es ser un entretenedor, no un científico. La mayoría de los científicos no hacen esto, razón por la cual la mayoría de las charlas científicas son malas. La verdad es que si el público no comprende y disfruta tu charla, no les importará si tu ciencia es buena.

Como dije al principio, estos consejos están dirigidos fundamentalmente a científicos que tienen que hacer una presentación. Pero como irás viendo, estos consejos son perfectamente válidos para cualquier persona que tenga que dar cualquier tipo de charla en público.

2. Cuenta una historia; no te limites a hablar de los métodos empleados y los resultados obtenidos.

Dicho así parece una tarea bastante sencilla, pero créeme si te digo que no lo es en absoluto. Más abajo hay algunos consejos para diseñar la estructura de la charla y veremos esto con un poco más de detalle, pero tienes que tener claro —casi antes de sentarte a escribir— que tienes que dar con una forma de crear una narrativa a partir del tema que tengas que exponer. Es decir, tienes que ser capaz de montar una historia sea cual sea el tema concreto del que debas hablar.

3. Una historia científica sólida es fundamental para una fácil comprensión, y la comprensión fácil es crítica en el estilo D. A. El público necesita comprender cada palabra que dices porque en el momento en que alguien deja de prestar atención el hechizo se rompe. Tu objetivo es no perder nunca la atención del público. Por eso una narrativa clara es esencial para el éxito. Mira algunas sugerencias más abajo.

4. Practica las transiciones entre las diapositivas y los temas. El momento más habitual en el que las personas pierden la atención es cuando hay una mala transición. Una vez que alguien pierde el ritmo, es difícil que retome el flujo de la charla.

Mi opinión personal es que las transiciones entre las diapositivas de tu presentación deben ser sencillas y uniformes: nada de artificios y mantén la coherencia durante toda la presentación.

5. Mata el desorden. Elimina texto. Debes desterrar de tu charla las frases completas. En lugar de escribir frases completas, pronúncialas mientras diriges la atención de la gente hacia las imágenes que refuerzan lo que estás diciendo. Excepción: una sola oración (o fragmento de oración) en la parte superior de cada diapositiva que resume de qué trata es una buena idea.

Yo tatuaría esta frase en el brazo de más de un conferenciante.

6. Únicamente enseña la parte de la diapositiva que las personas necesitan para entender lo que les estás explicando en ese preciso momento. A menudo oculto la mayor parte de la diapositiva, mostrando los detalles adicionales en el momento en que es necesario para que se entienda lo que estoy contando. Para que esto sea más efectivo, aprende a usar las animaciones personalizadas en PowerPoint.

Más allá del programa informático concreto que utilices para montar tu presentación (hay muchos programas gratuitos y de calidad para esta tarea) este consejo va encaminado en la misma dirección: la de utilizar la información que muestras al público como parte de una narrativa. Puedes incluir varias imágenes en una misma diapositiva que vas desvelando de forma progresiva, creando una suerte de suspense o tensión para evitar distracciones y, al mismo tiempo, mantener la atención del público.

7. Emociónate. Si no estás entusiasmado con tu trabajo, ¿por qué debería entusiasmar al público?

Otra buena frase para tatuarte.

8. Involúcrate. No le hables al techo, al suelo o (lo que es peor) a la presentación. No son el público. Fija tu mirada en la parte posterior de la sala de conferencias. Hace que la gente sienta que conectas con ellos y también los hace sentirse observados. Prestarán más atención de esta manera.

Este punto es esencial. La mirada ejerce un poder considerable. Puedes fijar la vista en un punto difuso al fondo de la sala como aconseja Ratcliff, pero yo te recomendaría en cambio que fueras desplazando tu vista por todo el público. Mírales directamente a los ojos. Empieza por la izquierda y ve trazando un arco hasta terminar en la parte derecha. No hay mejor forma de captar la atención y, al mismo tiempo, mostrar cercanía y seguridad en ti mismo, que ser capaz de mirar a tu público directamente a los ojos. Esto te permitirá además conocer su reacción (verás caras de asombro, interés o aburrimiento) lo que te permitirá adaptar tu forma de expresarte.

9. Las bromas son delicadas, probablemente tienes más que perder que ganar. Si bien su trabajo es ser un entretenedor, sigue siendo una charla científica, así que mantén las tonterías al mínimo. Es cierto que un buen chiste puede hacer que la gente se ponga de tu parte, pero el público tiene que tener una disposición positiva hacia ti para que esto funcione. Una broma a destiempo o sin gusto puede hacer mucho daño, así que minimiza las bromas a menos que realmente conozcas a tu público.

Esta es otra cuestión fundamental. He discutido largo y tendido con mucha gente sobre el uso de humor para ofrecer una buena charla de divulgación científica. Creo que no hay un consejo que puedas estandarizar. Lo mejor es que hagas lo que nos dice Ratcliff: «minimiza las bromas a menos que realmente conozcas a tu público». Y, por supuesto, nunca seas grosero u ofensivo.

Cómo diseñar tu charla

Fase 1

Montar la charla. Escribir la introducción es probablemente la parte más importante y difícil de la charla, pero esta sección es crítica para elaborar la narrativa. El resto de la charla se desarrolla de forma natural a partir de ahí. Hazla corta y directa.

  1. Contexto general. Imagina a David Attenborough hablando de lo guay que es Madagascar mientras la pantalla muestra imágenes aéreas de una majestuosa cadena montañosa. Tú quieres algo tan grande como esto. Me resulta útil para memorizar la visión general que explico durante la primera diapositiva.
  2. Asuntos clave que estás investigando (centra el foco a partir del contexto general). A los científicos les encantan las preguntas interesantes incluso más que las respuestas. Darás una buena charla si puedes hacerte algunas preguntas al principio que luego responderás.
  3. No ocultes las pistas. Explica rápidamente el resultado principal de tu investigación a grandes pinceladas, y sigue a partir de ahí. En realidad a la gente no le gusta el suspense y tienen mala memoria. Así que explícales la respuesta principal antes de entrar en los detalles. En lugar de tratar de adivinar a dónde vas podrán concentrarse en los pequeños detalles de tu charla.

La introducción es la parte más importante. Con una buena introducción (corta y directa) informas al público de lo que vas a hablar y les ofreces pistas para que puedan seguir el argumento de la charla. Cuando facilitas a la gente un sencillo esquema mental de lo que vas a exponer (piensa que a lo mejor vas a estar hablando durante media hora o más) es más fácil que retomen el hilo si se distraen en un momento dado.

Fase 2

Métodos y resultados.

  1. Explica brevemente los métodos. A la mayoría no les importan los métodos, es una distracción de la historia principal. Aporta suficientes detalles para que sepan lo que hiciste y ten confianza en que sabes lo que estás haciendo.
  2. Responde las preguntas que planteaste al principio. Cuenta la historia de la forma más clara posible, teniendo en cuenta que estás respondiendo las preguntas que presentaste en la introducción.

Este apartado está pensado específicamente para comunicar los resultados de una investigación o un experimento. Para una charla de contenido más general, aquí tendrías que exponer el cuerpo principal de tus argumentos. Puedes dividirlo en tantos apartados como necesites pero te recomendaría que cada vez que terminases un bloque, hicieras una breve recapitulación de lo dicho y explicaras brevemente lo que viene a continuación. La idea, de nuevo, es darle al público un esquema mental. Lo que yo hago en estos casos es poner una diapositiva al principio con todos los puntos que voy a tratar, y repetirla cada vez que empiezo un nuevo bloque (aunque, obviamente, esto no será necesario si tu charla es muy corta).

Fase 3

Terminando la charla.

  1. Resume brevemente las respuestas a las preguntas planteadas en la introducción.
  2. Explica por qué tus resultados son importantes en el contexto general. ¿Ves la simetría? Comenzamos con una visión global y terminamos con una visión global, y cómo tus resultados tienen que ver con la forma en que reflexionamos sobre el contexto general.

La conclusión es tan importante como la introducción. Es el momento de culminar con éxito todo el trabajo que has hecho lanzando un mensaje claro y directo que cierre el círculo de tu narrativa.

Últimos pasos                                         

  1. Busca los comentarios de tus colegas desde el principio para demostrar que no estás obcecado en tu forma de hacer las cosas.
  2. Practica la charla hasta que puedas darla dormido.

Algunos consejos finales para tu charla

  1. Conoce a tu público. Expón algo con lo que puedan disfrutar, para los científicos esto significa generalmente adaptar el nivel de detalle técnico (y la cantidad de material introductorio) a tu público.
  2. Anticipa las preguntas y respóndelas después de los agradecimientos. Además de permitirte precisar las preguntas y respuestas, es una buena forma de tratar detalles muy interesantes pero tangenciales que hayas omitido en la exposición principal de tu charla.
  3. No entierres tus conclusiones en los agradecimientos. No querrás que la gente olvide tus conclusiones justo antes de la sesión de preguntas y respuestas con una lista de agradecimientos de 5 minutos de duración. Me gusta integrar los reconocimientos más importantes en la charla. Una buena forma de hacerlo es mostrando una imagen en miniatura de las personas clave en una esquina de la pantalla cuando explico su contribución.

Como todo en la vida, las cosas necesitan un tiempo de aprendizaje. No te agobies pensando en todos estos puntos y tómalos como lo que pretenden ser: una pequeña guía para ayudarte a ser un buen comunicador. Tenemos que perder el miedo a hablar en público, y la mejor forma de hacerlo es hablando mucho en público.

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 0 comentarios