José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Reseña: La piedra que se volvió palabra: Claves evolutivas de la humanidad

Reseña: La piedra que se volvió palabra: Claves evolutivas de la humanidad

Ficha Técnica

Título: La piedra que se volvió palabra: Claves evolutivas de la humanidad
Autor: Camilo J. Cela Conde, Francisco José Ayala Carcedo
Edita: Alianza, 2006
Encuadernación: Tapa blanda con solapas.
Número de páginas: 184 p.
ISBN: 978-8420647838

Reseña del editor

Los humanos nos consideramos excepcionales: creemos ser los únicos entre todos los seres vivos que estamos regidos por la sabiduría y la razón. Hay motivos para creer que es así. Nuestra tendencia a crear obras de arte, nuestros códigos morales muy complejos y nuestro lenguaje plagado de metáforas nos distinguen de cualquier otro primate. Pero, desde la perspectiva de la evolución, ¿por qué razón surgieron tales capacidades y cuándo lo hicieron? Si lo que nosotros somos capaces de hacer ahora se define como «lo humano», ¿eran humanos los neandertales? ¿Y los australopitecos? ¿Lo serían tal vez los chimpancés? En este libro se narra en el lenguaje más sencillo posible, pero riguroso, lo que se conoce desde el punto de vista científico sobre una especie que cuenta con poetas, héroes y genios, y también con maleantes, asesinos y vándalos. Sabemos que somos eso y muchas otras cosas pero ¿cómo comenzó esa saga con tantos y tan contradictorios personajes?

Reseña

Mi idea cuando decidí leer este libro era encontrar un complemento o, sin querer ser tan exigente, una introducción a un tema que no aparece –o se toca de forma muy tangencial– en la obra divulgativa fundamental de estos dos autores: «Senderos de la evolución humana» 1. Ese texto, junto con la segunda edición puesta al día, es una guía esencial para el estudio de la evolución humana aunque centrada fundamentalmente en el estudio del registro fósil y su interpretación filogenética, dejando de lado otros temas tan importantes como la cognición o, por decirlo con otras palabras, el estudio de lo que nos hace «humanos».

Y es que nos consideramos seres excepcionales, creemos ser los únicos entre todos los seres vivos que estamos regidos por la sabiduría y la razón. Aunque los etólogos han desmontado parte de los argumentos acerca de nuestra superioridad en estos ámbitos, no es menos cierto que nuestra tendencia a crear obras de arte, construir códigos morales muy complejos y poseer un lenguaje plagado de metáforas, son suficientes para pensar que somos distintos de cualquier otro primate y del resto de seres vivos.

La pregunta que me interesaba responder, y el libro prometía resolver era: ¿por qué surgieron esas capacidades y cuándo lo hicieron? Si lo que nosotros somos capaces de hacer ahora se define como «lo humano», ¿eran humanos los neandertales? ¿Y los australopitecinos?

En este sentido, al final del prólogo encontré lo que yo buscaba saber:

«Pretendemos narrar lo que se conoce desde el punto de vista científico sobre una especie que cuenta con poetas, héroes y genios y también con maleantes, asesinos y vándalos».

El problema es que, y siento decirlo, conforme iba avanzando en la lectura –por otro lado bastante rápida– me di cuenta de que nada de lo que prometía el libro iba a cumplirse. Este texto que ahora reseño es sencillamente prescindible 2.

El libro, bastante breve, se divide en nueve capítulos. De éstos, solo dos (el primero, titulado «En busca de las claves evolutivas», y el séptimo, «De la biología a la cultura») aportan información relevante para el pretendido objetivo perseguido por los autores.

En el primer capítulo, que sirve como introducción general, se nos explica que las pruebas acerca la evolución de la mente se basan en tres tipos de indicios: las extrapolaciones al comparar nuestra conducta con la de otros animales, el registro arqueológico y el registro fósil.

La búsqueda de respuestas acerca de la cognición humana en el registro fósil es quizás la más compleja dado que los procesos cognitivos no fosilizan, como tampoco lo hace el cerebro. Sin embargo, sí podemos obtener información de los moldes endocraneales –las improntas que quedan en el interior de los cráneos fósiles– y, para comprender el origen del lenguaje, del estudio de la forma del hueso hioides.

Aún así, la mejor información que podemos obtener acerca del desarrollo de nuestras capacidades cognitivas quizás venga del estudio de aumento del volumen craneal o, mejor dicho, del incremento del coeficiente de encefalización, es decir, el aumento del tamaño relativo del cerebro, descontando el aumento de ese tamaño que se debe al crecimiento general del tamaño del resto de cuerpo.

Respecto a las pruebas arqueológicas, si bien los artefactos culturales parecen objetos idóneos para entender la posible evolución de la mente, lo cierto es que en la mayoría de casos es imposible (o es muy fácil equivocarse) asignar más allá de cualquier duda unos artefactos concretos –herramientas de piedra por ejemplo– a una especie fósil determinada.

Por último, en lo tocante al estudio del origen del lenguaje, desde hace décadas se viene ligando el gen FOXP2 a la función del habla. Aunque se trata de un gen muy común, que está presente en animales muy alejados de nuestra filogénesis como el ratón, desde la separación de los linajes que conducen a los seres humanos y a los chimpancés la versión humana de la proteína que codifica sufrió cambios en dos aminoácidos, mientras que la forma de esa proteína en los chimpancés no ha variado. Por lo tanto, muchos investigadores afirman que hay un gen FOXP2 «específicamente humano» y que ahí residiría nuestra capacidad para articular un lenguaje complejo.

Sin embargo, hoy en día hay un consenso bastante amplio que entiende que es poco probable que haya genes específicos y exclusivos del lenguaje. Los hallazgos relacionados con este gen sugieren:

  1. Que la facultad del lenguaje, aunque pudo aparecer de forma «repentina», está basada en circuitos neuronales implicados en otros procesos cognitivos y de control motor.
  2. La evolución del lenguaje no depende de la creación de nuevas áreas cerebrales sino que está relacionada con el cableado fino de estructuras cerebrales preexistentes.
  3. Que la relación entre los genes y el lenguaje es más compleja de lo que se pensaba con anterioridad.

En conclusión, si desechamos los datos morfológicos (como el incremento del tamaño del cerebro) y los arqueológicos (los objetos recuperados en los yacimientos) porque no podemos precisar en qué medida asignan a una u otra especie una cierta capacidad cognitiva, podemos concluir que hablar de la filogénesis de los procesos mentales que caracterizan a los humanos es una tarea sin un éxito previsible.

Porque debemos reconocer que si sabemos tan poco de nuestra propia mente, ¿cómo vamos a comprender la de nuestros ancestros? Los autores defienden en este libro que el punto de partida para el estudio de la evolución de la cognición humana debería ser tratar de desvelar los procesos cerebrales subyacentes a nuestras capacidades cognitivas y, mediante una perspectiva evolucionista, plantearnos después en qué forma llegaron a ser como son.

El primer capítulo termina con una declaración de intenciones:

El objetivo principal del libro es saber cómo llegó a ser nuestra especie como es: ¿Quiénes fueron los primeros bípedos? ¿Quiénes, cuándo y cómo tallaron las primeras herramientas? ¿Qué lograron hacer gracias a las técnicas descubiertas? ¿De qué forma se convirtieron aquellas primeras piedras en palabras?

Y a partir de aquí, los autores deberían ofrecer respuestas a estos interrogantes, pero en su lugar nos encontramos con temas tan genéricos como las «bases biológicas de la evolución» (capítulo 2, donde se habla de Darwin, la selección natural, y conceptos básicos de genética); la «historia filogenética» (capítulo 3, donde se estudian los primeros seres vivos, el origen de los primates, y los hominoideos del Mioceno); los «inicios de la evolución humana» (capítulo 4, donde se explica la aparición de los primeros homínidos, Sahelanthropus, los australopitecinos gráciles y los robustos); la «salida de África» (capítulo 5, donde vemos a los primeros Homo, el Homo erectus de Java, los erectus africanos y los europeos más antiguos); y «la humanidad moderna» (capítulo 6, con los neandertales y la hipótesis «Desde África» como origen de los humanos modernos).

Estos cinco capítulos, que conforman la parte más importante en extensión del libro, se dedican a temas tangenciales al objetivo fundamental del texto, por lo que si bien son necesarios para comprender aspectos básicos de la evolución humana, no enfrentan el tema principal del libro, dejando poco margen para profundizar en lo realmente importante.

El capítulo 7 está dedicado al paso de la «biología a la cultura». Según la hipótesis de Sherwood Washburn y Raymond Dart, la postura erguida dejó libres los miembros superiores de nuestros ancestros, que así podían utilizar para manejar objetos como piedras y palos para cazar. Mediante el carroñeo y la caza, la dieta se vería incrementada con el aporte de proteínas de la carne, permitiendo la pérdida de los grandes aparatos masticatorios propios de los australopitecinos y los parántropos. La desaparición de las estructuras óseas necesarias para la sujeción de la musculatura permitió la expansión del cerebro.

La cadena bipedia – caza – alimentación carnívora – disminución del aparato masticatorio no termina ahí. La presión selectiva en favor de las estrategias de caza actuaría también en el incremento del cerebro, ya que los individuos con cerebros mayores serían más inteligentes y anticiparían mejor el uso posible de los utensilios, llevándolos a construir más y mejores herramientas. Como consecuencia de esa presión selectiva coordinada, el cerebro fue aumentando de tamaño a través de miles y miles de generaciones.

A pesar de lo interesante y extendida de esta hipótesis, lo cierto es que los homininos con mayores aparatos masticatorios fueron coetáneos y no antecesores de los primeros Homo fabricantes de herramientas. Las grandes crestas sagitales y la construcción de herramientas supusieron estrategias adaptativas alternativas de una misma época, y no dos estados sucesivos en la evolución.

Además de la herencia biológica, los humanos pasamos a otros miembros de la especie una muy importante herencia cultural. Consiste en la transmisión de información a través de la enseñanza y la imitación, al margen del parentesco biológico. La cultura se recibe no sólo de los padres, sino de todos los seres humanos con los que se entra en contacto. En un sentido amplio, la «cultura» es todo lo que la humanidad conoce o hace como resultado de haberlo aprendido de otros seres humanos.

Las características que distinguen la evolución cultural de la biológica y hacen que la primera sea más efectiva pueden resumirse en tres:

  1. La herencia cultural puede ser dirigida para conseguir los objetivos deseados, mientras que las mutaciones biológicas son aleatorias.
  2. La herencia biológica se transmite verticalmente, sólo de padres a hijos (a través de los genes), mientras que la herencia cultural lo hace de forma tanto oblicua como horizontal, es decir, entre los miembros de la misma generación y entre los de distintas generaciones.
  3. La herencia biológica es «mendeliana»: sólo se transmite lo que se ha recibido de los padres y se posee desde el nacimiento. La herencia cultural es «lamarkiana»: incluye la transmisión de caracteres adquiridos, todo lo que se ha aprendido o descubierto durante la vida y no sólo aquello que se heredó de los padres.

Los dos últimos capítulos («Evolución cultural de la humanidad» e «Ingeniería genética y futuro biológico humanidad») hablan de la evolución actual de nuestra especie y las posibilidades de la clonación.

En definitiva, la corta extensión de cada capítulo hace que los temas tratados, por muy interesantes que puedan ser, resulten demasiado superficiales. Esto, unido al hecho de que sólo hay dos capítulos en todo el libro que realmente responden al interrogante que se plantea como objetivo del texto, hace que el libro sea completamente prescindible. Además, ni siquiera hay referencias bibliográficas.

Notas

  1. Que cuenta con una segunda edición actualizada y puesta al día: «Evolución humana: el camino de nuestra especie».
  2. Que quizás sea lo peor que se puede decir de un libro de divulgación científica.
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Los libros de 2018

Los libros de 2018

     Última actualizacón: 10 enero 2019 a las 10:38

Como ya es costumbre al llegar estas fechas, y como cierre del año que termina, os dejo con el listado de los libros que he leído durante el 2018. Esta es la típica anotación que casi nadie leerá, pero espero que si alguien siente curiosidad o quiere más detalles acerca de alguno de estos libros, que se sienta libre de preguntar y muy gustoso trataré de responder.

ENERO

Murakami, H. (2006), Kafka en la orilla. Barcelona: Tusquets, 584 p.

Crichton, M. (1992), Sol naciente. Barcelona: Plaza & Janés, 352 p.

Por regla general trato siempre de leer los libros en que se basan las películas antes de ver estas últimas, Sin embargo, en este caso vi primero la genial película protagonizada por Wesley Snipes y Sean Conery. Siendo una de mis favoritas, no podía dejar pasar la ocasión de leer la novela original y he de reconocer que el tiempo –y las libertades del guión del largometraje– no la hacen desmerecer en absoluto.

FEBRERO

Crichton, M. (1991), Parque Jurásico. Barcelona: Plaza & Janés, 471 p.

Todos los años trato de releer algunos de los libros que más me gustaron cuando los leí siendo más joven. Este es uno de ellos, un texto que ya se ha convertido en todo un clásico.

Gould, S. J. (2011), La falsa medida del hombre. Barcelona: Crítica, 587 p.

Un libro que, como me ha pasado con gran parte de los escritos por el gran Stephen Jay Gould, me ha hecho cambiar mi forma de pensar en ciertos temas y, al mismo tiempo, confirma mi impresión de lo importante que es conocer la historia del pensamiento y cómo ha ido evolucionando nuestra comprensión de algunos conceptos, como en este caso la inteligencia.

Escribí una reseña.

MARZO

Crichton, M. (1996), El mundo perdido. Barcelona: Plaza & Janés, 419 p.

Aramburu, F. (2018), Patria. Barcelona: Tusquets, 646 p.

Una novela que se ha convertido en un éxito de ventas, pero no por ser un libro de lectura fácil y que se olvide rápidamente. Debería leerla todo el mundo, sobre todo los jóvenes. Debemos recordar nuestro pasado –en este caso muy reciente–, para hacer un esfuerzo de comprensión y evitar cometer los mismos errores.

Murakami, H. (2008), Sputnik, mi amor. Barcelona: Tusquets, 244 p.

VV.AA. (2018), El dilema Turing y otros textos científicos. Sevilla: Jot Down Books, 147 p.

Un libro de recopilación de relatos. Mi primer texto impreso de divulgación científica aparece en este volumen, junto con el de otros grandísimos escritores y divulgadores. Todo un honor.

Torday, P. (2009), La pesca del salmón en Yemen. Barcelona: Salamandra, 346 p.

Como en el caso de «Sol naciente», vi la película antes de leer la novela y pese a que me gustó mucho el largometraje, prefiero con creces el libro de Torday. Sencillamente imprescindible.

Zweig, S. (2009), Mendel el de los libros. Barcelona: Acantilado, 57 p.

Leer a Zweig, cualquier cosa que haya escrito, es un acto de placer absoluto. Este relato breve sobre un bibliófilo es una auténtica joya.

Goldman, W. (1999), La princesa prometida. Barcelona: Martínez Roca, 252 p.

Nada se puede decir de esta novela que no se haya dicho ya. Todo niño cuando llega a los 12 o 13 años debe leer este libro. Y luego ver la película. Sin más.

ABRIL

Carrión, J. (2016), Librerías. Barcelona: Anagrama, 367 p.

Un delicioso recorrido por las más interesantes librerías del mundo a juicio de Jorge Carrión. La mezcla perfecta de libro de viajes y de los relatos apasionados de un bibliófilo.

MAYO

Stephenson, N. (2007), Criptonomicón. Barcelona: Ediciones B, 855 p.

Me encanta todo lo de Stephenson.

Harari, Y. N. (2015), Sapiens. De animales a dioses: breve historia de la humanidad. Barcelona: Debate, 492 p.

«Sapiens» de Harari se ha convertido en un «clásico» si se me permite la ligereza, dentro de la divulgación científica. El subtitulo hace honor a la verdad: es breve por necesidad dado que pretende contar la historia de la humanidad. Esa brevedad hace pecar al autor de simplismo en algunos aspectos pero, general, se trata de un libro interesante como primera aproximación a un tema tan apasionante y complejo como es el de conocer la historia de nuestra especie.

JUNIO

Bennett, M. R. y  Morse, S. A. (2014), Human footprints: fossilised locomotion? New York: Springer, 216 p.

Un ensayo técnico imprescindible para todo aquel que quiera adentrarse en la comprensión y análisis de las huellas de nuestros antepasados.

Espmark, K. (2008), El premio Nobel de literatura. Cien años con la misión. Madrid: Nórdica Libros, 363 p.

JULIO

Cela Conde, C. J. y  Ayala, F. J. (2006), La piedra que se volvió palabra: las claves evolutivas de la humanidad. Madrid: Alianza, 184 p.

Muy malo. Lo siento, pero este libro me parece un refrito de otros textos de los autores que no cumple con lo prometido en la introducción. Llevo meses queriendo escribir una reseña –muy crítica– pero la pereza me impide terminarla. Actualización 10/01/19: la reseña está lista.

Stephenson, N. (2012), Reamde. O el mundo a velocidad de videojuego. Barcelona: Ediciones B, Grupo Zeta, 982 p.

AGOSTO

Mukherjee, S. (2016), El emperador de todos los males: una biografía del cáncer. Barcelona: Debate, 681 p., 8 p. de lám.

Una obra maestra. Sin más. Lo he reseñado aquí.

Grine, F. E.; Fleagle, J. G. y  Leakey, R. E. (2009), The first humans: origin and early evolution of the genus Homo. Contributions from the third Stony Brook Human Evolution Symposium and Workshop, October 3-October 7, 2006. Dordrecht: Springer, xi, 218 p.

Pérez-Reverte, A. (2015), El maestro de esgrima. Barcelona: Debolsillo, 312 p.

SEPTIEMBRE

Larsson, S. (2005), Los hombres que no amaban a las mujeres: Millennium 1. Barcelona: Destino, 665 p.

Taschdjian, C. (2008), The Peking man is missing. New York: Felony & Mayhem, 339 p.

Un relato novelado del descubrimiento y desaparición de los primeros fósiles recuperados en Zhoukoudian de Homo erectus pekinensis. Lo importante de este texto es que la autora tuvo una implicación personal en todo lo que cuenta: fue colaboradora de Franz Weidenreich mientras estudió los fósiles.

OCTUBRE

Reyes, A. (2011), Libros y libreros en la Antigüedad. Madrid: Fórcola, 75 p.

Otra pequeña joya para los amantes de los libros.

Schwartz, G. A. y  Escobedo Bermúdez, V. (2017), #Nodos. Pamplona: Next door, 532 p.

Otro libro que este año me ha abierto los ojos acerca de temas de los que apenas había reflexionado y que ahora considero fundamentales. La reseña de la editorial lo dice perfectamente: «es un punto de encuentro transdisciplinar en el que artistas, científicos, escritores y humanistas de diferentes países comparten experiencias y reflexiones acerca de la relevancia y las posibilidades de interacción entre diferentes disciplinas».

Hughes, R. (1944), Huracán en Jamaica. Barcelona: Destino, 266 p.

King, S. (2017), El Pistolero. La torre oscura I. Barcelona: Debolsillo, 286 p., 8 f. de lám.

King, S. (2017), La llegada de los tres. La torre oscura II. Barcelona: Debolsillo, 539 p., 12 p. de lám.

NOVIEMBRE

Murakami, H. (2000), La caza del carnero salvaje. Barcelona: Anagrama, 329 p.

Yourcenar, M. y  Cortázar, J. (1983), Memorias de Adriano. Barcelona: Edhasa, 272 p.

King, S. (2017), Las tierras baldías. La torre oscura III. Barcelona: Debolsillo, 622 p., 24 p. de lám.

Lee, S.-H. y Yoon, S.-Y. (2018), ¡No seas neandertal! Y otras historias sobre la evolución humana. Madrid: Debate, 323 p.

Una explicación de algunas de las cuestiones que más llaman la atención a quienes se acercan por primera vez al estudio de la evolución humana. Muy ameno, es un libro perfecto para iniciarse en la disciplina. 

Hoffecker, J. F. (2017), Modern humans: their African origin and global dispersal. New York: Columbia University Press, 506 p.

Un libro acerca de la evolución del género Homo muy completo y puesto al día. Uno de los descubrimientos más interesantes de este año.

DICIEMBRE

Turner, T. (2005), Biological anthropology and ethics. From repatriation to genetic identity. Albany: State University of New York Press, x, 326 p.

King, S. (2017), Mago y cristal. La torre oscura IV. Barcelona: Debolsillo, 927 p., 12 p. de lám.

Para concluir, después de haber leído casi 15.000 páginas de libros este año, me quedo con lo siguiente:

  • Salvo que alguien me lo recomiende entusiásticamente, no leeré más libros de Murakami. He leído casi todos los que ha escrito y me queda la sensación de haber leído una y otra vez la misma historia contada de forma diferente.
  • Tras haber comenzado la serie de la «Torre oscura» de Stephen King (llevo más de la mitad de los libros) tengo muchas ganas de terminarla. Para ser los primeros libros que leo de King (lo sé, más de uno me mataría por esto) me han parecido muy interesantes y debo reconocer que el universo que ha creado es atrayente.
  • No me canso de leer libros que tratan de libros, o de libreros, o de librerías… Mi bibliofrenia no parece que vaya a remitir en un corto espacio de tiempo.

Y como colofón, os dejo con algunos de los libros que ya me esperan desde la mesa para 2019:

¡Os deseo lo mejor para este año 2019 que está a punto de comenzar!

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Ética en los estudios genéticos

Ética en los estudios genéticos

     Última actualizacón: 25 abril 2019 a las 11:00

Los estudios de ADN antiguo

El estudio del ADN antiguo (paleogenómica) está haciendo que cambie completamente la forma en que vemos nuestro pasado.

Desde el año 2010, cuando se secuenció el primer genoma humano antiguo 1, los investigadores han secuenciado el genoma de más de 1.300 individuos. Esta información se ha usado para conocer, por ejemplo, las rutas de migración de nuestros antepasados, el lugar de origen de la agricultura, o la forma en que se diseminaron los idiomas; temas sobre los que los arqueólogos llevan trabajando décadas estudiando los objetos –la cultura material– que hemos ido dejando en nuestro deambular por el mundo.

Sin embargo, esta nueva tecnología no concilia a todos: «La mitad de los arqueólogos piensa que el estudio del ADN antiguo puede resolver todos los interrogantes. La otra mitad piensa que es una pérdida de tiempo» afirma Philip Stockhammer 2, arqueólogo y codirector del Max Planck Harvard Research Center for the Archaeoscience of the Ancient Mediterranean (MHAAM). Lo que deberían hacer los arqueólogos, opinan algunos investigadores, es no dejar que los genetistas asuman solos la tarea de interpretar los resultados. Aquéllos, verdaderos especialistas en el estudio del pasado, deben involucrarse en el proceso de investigación para hacer ver a los «científicos de bata blanca» –calificativo que algunos dispensan a los genetistas– la enorme complejidad de la conducta de nuestros ancestros.

Para muchos, esta «confrontación» es un ejemplo más del choque entre las «dos culturas» que planteó C. P. Snow al lamentarse de la profunda división intelectual que existe entre las ciencias y las humanidades. Son habituales las quejas de que a menudo se da más importancia a los resultados de los análisis genéticos que a la información que la arqueología y la antropología nos brinda del pasado.

David Reich –genetista, y estrella emergente de la paleogenómica– afirma 3 que su papel es similar al de una «matrona» que entrega la tecnología de análisis paleogenómico a los arqueólogos para que éstos la apliquen como les parezca. Está seguro, sostiene, que «los arqueólogos no serán luditas» (en referencia al ludismo, un movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaron contra las nuevas máquinas que destruían el empleo).

Mientras algunos se tiran los trastos a la cabeza por ver quién debe llevar la voz cantante en relación a esta nueva tecnología, todas las semanas aparecen nuevas investigaciones que mejoran nuestra comprensión del pasado.

Denny, hija de una neandertal y un padre denisovano

Para mí, la noticia más importante –y sin duda la más emocionante– en relación con el estudio de ADN antiguo ha sido la secuenciación del genoma de Denny. Se trata de una joven «denisovana» que tenía, al menos, 13 años de edad cuando murió hace unos 90.000 años. Lo realmente extraordinario es que gracias al estudio de su ADN hemos podido comprobar que Denny tenía una madre neandertal y un padre denisovano.

Portada de la revista Nature dedicada al artículo que describe el genoma de Denny, hija de madre neandertal y padre denisovano.
Portada de la revista Nature dedicada al artículo que describe el genoma de Denny, hija de madre neandertal y padre denisovano.

Los resultados de este análisis, prueba palpable del entrecruzamiento entre los denisovanos y los neandertales, trae consigo una pregunta recurrente: ¿Formamos parte de la misma especie? Es decir, ¿Homo sapiens pudo tener descendencia fértil con los neandertales o los denisovanos? La respuesta, a raíz de este trabajo, es un evidente «sí»; aunque el problema está en que bajo esta definición, tanto los neandertales, como los denisovanos y los humanos modernos perteneceríamos la misma especie 4. Este es un tema que provoca no pocas discusiones entre los paleoantropólogos, aunque hay muchos que vienen reclamando no centrarse tanto en las «etiquetas» sino en «comprender los hitos biológicos y culturales que han jalonado la compleja genealogía de la humanidad desde sus inicios hasta el momento presente» 5.

Por ese motivo, Svante Pääbo –autor principal de este trabajo sobre Denny, y pionero en la secuenciación de ADN antiguo– reconoce que no le gusta mucho el término «híbrida» para referirse a esta joven porque eso implicaría que procede de dos especies distintas, cuando la realidad es que los límites taxonómicos entre estos grupos humanos (que podrían ser subespecies de Homo sapiens) todavía son bastante difusos y objeto de debate 6.

La cuestión ética

Más allá de la discusión acerca de cómo deben interpretarse los datos obtenidos tras analizar el ADN antiguo, lo que nadie duda es que esta tecnología ha llegado para quedarse. Se está avanzando a pasos agigantados en varios frentes para mejorar tanto los protocolos de extracción de muestras como la propia técnica empleada con el objetivo de sortear los límites tanto temporales como de precisión que ahora mismo tenemos.

Sin embargo, cada vez surgen más voces que piden tomar en consideración otro aspecto de este desarrollo tecnológico: las cuestiones éticas.

La perspectiva tradicional de los científicos que estudian restos antiguos ha sido considerar los restos humanos como objetos valiosos con un enorme potencial para la investigación. Por el contrario, quienes afirman ser descendientes de las personas cuyos restos son objeto de estudio, los tienen por objetos de veneración que deberían protegerse de «investigaciones indignas». Para éstos, las motivaciones de los científicos son «sospechosas» en el mejor de los casos, o «inmorales» en el peor 7.

Por este motivo, durante las últimas décadas los investigadores se han visto forzados a admitir que ya no tienen el control definitivo, o un acceso libre y sin restricciones a los restos de las antiguas poblaciones nativas de lugares como EE.UU., Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Israel y otros países.

Hay algunas preguntas que debemos responder: ¿Los científicos deberían estudiar restos humanos antiguos a pesar de que haya una oposición a ese trabajo –a veces muy firme– por parte de comunidades nativas que afirman tener una relación ancestral con esos restos? Ya hemos apuntado que la información que podemos obtener gracias a estos estudios es importantísima; pero, ¿la ética tiene algo que decir acerca de cómo debemos usar esta tecnología?

Parece absurdo pedir permiso a los «descendientes» de los neandertales para estudiar su ADN 8. Pero si queremos analizar el ADN de los cuerpos hallados en una fosa común de hace 50 años, ¿hay que pedir permiso? ¿A quién? ¿Y si los restos tienen 1000 años de antigüedad? ¿Y si sabemos que pertenecen a un nativo americano? ¿Es ético, en definitiva, realizar un estudio genético de una población sin su consentimiento?

Todas estas cuestiones se vienen planteando desde hace tiempo y las respuestas varían en función de la normativa del país donde se hallen los restos, de su antigüedad y un sinfín de particularidades. Pero un caso reciente ha espoleado el debate en torno a esta cuestión, y se están dando pasos para establecer un código de conducta que cuente con la implicación de las principales revistas científicas para que los investigadores, antes de ver publicados sus artículos, cumplan esas normas éticas en su investigación.

El caso «Ata»

Introducción

El 24 de abril de 2013 se estrenó en EE.UU. el documental Sirius dirigido por Amar Singh Kaleka. El guion está basado en la vida del Dr. Stephen Greer y sus afirmaciones de que las tecnologías energéticas existentes cambiarán el mundo tal como lo conocemos. Aunque eso es lo que podemos leer en la reseña del documental, en verdad los productores pretenden «desvelar la realidad que se esconde tras el fenómeno OVNI» y su encubrimiento por gobiernos de todo el mundo.

Carátula del documental Sirius.
Carátula del documental Sirius.

En ese documental se presentaba como «exclusiva mundial» la presunta prueba de la presencia de seres extraterrestres en nuestro planeta: un cuerpo momificado recuperado en el desierto de Atacama, Chile 9. Según cuenta Ramón Navia Osorio –el actual «poseedor» del cuerpo– en una entrevista, un «buscador de antigüedades» chileno llamado Óscar Muñoz lo «encontró» en un vertedero de basura de La Noria, un poblado minero abandonado. Éste lo vendió a un residente de la zona de ascendencia catalana, quien finalmente hizo lo propio vendiéndolo a Navia Osorio (no sin que éste se asegurase antes de que no se trataba de un fraude).

El cuerpo momificado se encontró a finales de 2002, y desde el año siguiente, Navia Osorio ha tratado de conseguir que científicos de varios países y especialidades le confirmaran que se trataba de un «ser» desconocido para la ciencia. Sin embargo, quienes tuvieron la ocasión de ver el cuerpo –ya fuera en persona o mediante las radiografías que se habían realizado– manifestaron que en realidad no había ningún «misterio» que resolver: se trataba claramente de un feto humano normal que había fallecido alrededor de las 15 semanas de gestación. Como esa conclusión no casaba con la idea que Ramón Navia tenía del «ser antropomórfico de Atacama» –como él lo llama–, decidió presentar el caso en forma de póster al VI Congreso Mundial de Estudios sobre momias celebrado en Tenerife en 2007.

Allí tuvo la oportunidad de mostrar el cuerpo a varios de los participantes en el congreso, entre los que estaba el Dr. Francisco Etxebarria Gabilondo, especialista en Antropología Forense por la Universidad Complutense de Madrid, a quien Navia pidió que emitiera un informe médico pericial con sus impresiones. El Dr. Etxebarria así lo hizo, y su contundente conclusión fue que, fuera de toda duda, «se trata de un feto humano momificado completamente normal».

El verano de ese mismo año (2007) es la primera vez que Stephen Greer ve el cuerpo momificado en Barcelona. Según explica Navia Osorio, su primera reacción fue la de afirmar que no era humano, pero todo quedó ahí. No fue hasta septiembre de 2012 cuando Greer volvió para examinarlo de nuevo y grabar metraje para la elaboración del documental Sirius (puedes ver el documental completo en YouTube, aunque en este enlace verás el momento a partir del que se habla de «Ata»).

Una vez explicada, brevemente, la historia de cómo se encontró el cuerpo momificado de «Ata», ha llegado el momento de que entre en escena el inmunólogo Garry Nolan, profesor de la facultad de medicina de la Universidad de Stanford, y autor principal del controvertido artículo publicado a principios de 2018 en la revista Genome Research que ha desatado la polémica sobre las cuestiones éticas en los estudios genéticos.

Un inmunólogo estudia el genoma de «Ata»

Durante la grabación del documental Sirius, Garry Nolan se enteró por un amigo de la existencia del cuerpo momificado y decidió ponerse en contacto con la productora para realizar un estudio de ADN completo. Quería ofrecer una explicación científica de su «naturaleza».

Para completar el estudio, y dado que Nolan sospechaba que el cuerpo podía sufrir algún tipo de problema óseo (por su corta estatura y la deformación del cráneo) se puso en contacto con el radiólogo pediátrico Ralph Lachman, un afamado experto en desórdenes pediátricos de los huesos, quien afirmó, según Nolan comentó más tarde a un editor de la revista Science: «Esto es algo que nunca había visto antes».

En el documental se explica que Nolan iba a realizar el estudio de ADN y que luego publicaría los resultados en una revista científica. Nolan cuenta en la pieza periodística publicada en Science que hemos mencionado más arriba, que cuando se comenzó a analizar la muestra pudo comprobar que el ADN era abundante y de alta calidad, lo que indicaba que el espécimen tenía unas pocas décadas de antigüedad. Tras hacer el análisis genético exhaustivo, confirmó que «Ata» era humano sin ninguna duda. Además, el haplotipo B2 detectado indicaba que su madre provenía de la costa oeste de Sudamérica: Chile.

Por su parte, tras el examen de unas radiografías, Lachman había concluido que el desarrollo esquelético de «Ata» era el equivalente a un niño de entre 6 y 8 años de edad. De ahí que Nolan afirmara (recordemos que por aquel entonces aún no se había publicado el artículo científico) que había dos posibilidades: o bien «Ata» sufría un tipo severo de enanismo, o que, dado su tamaño comparable al de un feto de 2 semanas de gestación, sufriera una forma severa de una enfermedad rara llamada progeria, y que muriera en el útero o justo después de un parto prematuro.

En esa misma noticia de Science, William Jungers, paleoantropólogo y anatomista de la Universidad Stony Brook afirmaba que se trata de un feto humano momificado de carácter normal. Según su experiencia profesional, sostenía que las anomalías genéticas no eran evidentes, posiblemente porque no hubiera ninguna.

El artículo en Genome Research

El artículo, publicado el 22 de marzo de 2018, lleva por título «Whole-genome sequencing of Atacama skeleton shows novel mutations linked with displasia» (publicado en acceso abierto, puedes acceder a su contenido completo siguiendo el enlace). Antes de comentar las conclusiones de ese trabajo, me gustaría destacar algunos aspectos del procedimiento que se ha seguido para analizar el ADN y estudiar la anatomía del cuerpo de «Ata».

Como el propio Nolan ha reiterado en varias ocasiones tras las críticas, él nunca tuvo ante sí el cuerpo momificado. No solo no lo examinó, sino que tampoco él, ni nadie de su equipo de Stanford, realizó la extracción de la muestra que finalmente se sometió a análisis.

Entre los autores del artículo figura el de Emery Smith, que pertenece a una institución llamada Ultra Intelligence Corporation, de la que reconozco no haber sido capaz de averiguar absolutamente nada. En cualquier caso, lo que sí sabemos con seguridad es que el Sr. Smith formó parte del equipo de producción del documental Sirius (aparece en el propio documental) y que fue él quien, estando en Barcelona, extrajo la muestra que finalmente llevó en avión a EE.UU. Además, el Sr. Smith ha publicado en su página web personal varias fotografías que «documentan» el proceso, incluso el desmembramiento del cuerpo (su lacónico comentario fue: «Whoops»).

Volviendo a los aspectos puramente «científicos», las principales conclusiones del estudio son las siguientes:

  • «Ata» presenta un fenotipo «extraño»: una talla reducida (poco más de 15 centímetros), sólo 10 pares de costillas (lo normal es tener 12), un cráneo alargado y un crecimiento acelerado de los huesos.
  • En una comunicación previa, que se confirma ahora con este trabajo, se refiere que «Ata» presenta una edad ósea de entre 6 y 8 años al momento de la muerte.
  • Para tratar de explicar esa «extraña» morfología, hacen un estudio de asociación del genoma completo (GWAS por sus siglas en inglés) y lo comparan con el genoma humano de referencia. Es ahí donde dicen haber encontrado una serie de genes mutados que ellos relacionan con enfermedades que provocan baja estatura, anomalías en las costillas, malformaciones craneales y displasia.

Una avalancha de críticas

Una vez publicado el trabajo, y dado el interés mediático despertado por el documental, las conclusiones aparecieron en los medios de comunicación de todo el mundo. Y fue entonces cuando periodistas y científicos alzaron la voz para poner de manifiesto la falta de ética que habían demostrado tanto Nolan como el resto de su equipo, así como los editores de la propia revista científica donde se publicó el estudio, en el tratamiento de los restos de «Ata».

El New York Times, The Conversation, la revista Forbes, por citar los más beligerantes; y un artículo donde expresaron su opinión el Presidente y la Directora de la Sociedad Chilena de Antropología Biológica (Etilmercurio), abrieron el camino de la avalancha de críticas que recibieron los autores del trabajo.

Tanto fue así, que de forma sorpresiva (por ir en contra de las propias normas de publicación de Genome Research) Garry Nolan y Atul Butte decidieron publicar en la misma revista una «nota» de aclaración sobre su trabajo 10.

La respuesta de los autores

Comienzan afirmando que ellos siempre han sostenido que los restos debían ser repatriados a Chile y recibir el respeto debido como restos humanos. Son conscientes de que es necesario incorporar una perspectiva cultural, histórica y política cuando se estudia el ADN antiguo (o moderno), aunque nada de eso hayan hecho en su trabajo.

Pero acto seguido pasan al contraataque incidiendo en que el cuerpo de «Ata» ha sido objeto de discusiones extravagantes y deshumanizantes durante años, tanto en medios chilenos como internacionales, y que se ha utilizado su fotografía para promover el turismo. Sin embargo, a pesar de esa publicidad, nunca hasta ahora se habían puesto de manifiesto preocupaciones éticas.

Y a modo de, ¿exculpación?, reiteran que nadie de su equipo de científicos ni técnicos de laboratorio tuvo nada que ver con el cuerpo: se extrajo 1 mm3 de hueso por parte de un miembro del equipo de rodaje en una visita a España, y esa misma persona llevó en avión la muestra a EE.UU. (hablan de Emery Smith).

Pero para mí, quizás lo más sonrojante de esta explicación sea que reconozcan que «solo a través de un análisis adicional fue posible determinar definitivamente que el ADN que obtuvimos del esqueleto era el de un humano moderno». Lo cierto es que como hemos explicado en lo que llevamos de anotación, no uno sino varios científicos ya habían dejado claro que «Ata» era un feto humano momificado completamente normal. Les bastó echar un vistazo al cuerpo o las radiografías ¿De verdad era necesario un análisis genético exhaustivo para llegar a esa conclusión?

Concluyen:

Esperamos que los restos sean tratados con respeto, y hemos pedido que sean devueltos a su país natal. También nos unimos a la petición de un énfasis renovado en la necesidad de educar a los genetistas y otros investigadores en el tratamiento delicado y ético de los restos humanos.

El editorial de Genome Research

Por su parte, la revista científica explicó en un editorial 11 que no se había incumplido ninguna disposición legal al realizar el análisis de la muestra de ADN.

En cualquier caso, reconocen que esta situación pone de manifiesto la naturaleza cambiante de este campo de investigación (la paleogenómica) y que a raíz de este caso han reforzado su compromiso para iniciar discusiones dirigidas al establecimiento de políticas en las revistas científicas y elaborar guías de obligado cumplimiento por los autores a la hora de la publicación de estudios con muestras históricas y antiguas de ADN.

La réplica a Nolan y colaboradores. El artículo en el International Journal of Paleopathology

Por otro lado, un grupo de científicos quiso publicar en Genome Research un artículo de réplica al estudio dirigido por Garry Nolan 12, pero dado que los editores se negaron, decidieron hacerlo en la revista International Journal of Paleopathology. El texto vio la luz el 28 de junio de 2018 bajo el título: «On engagement with anthropology: A critical evaluation of skeletal and developmental abnormalities in the Atacama preterm baby and issues of forensic and bioarchaeological research ethics» (como el anterior, este artículo también está publicado en acceso abierto).

Los autores examinan la hipótesis de que «Ata» tenga anomalías esqueléticas indicativas de displasia, al tiempo que critican la validez de interpretar una enfermedad basándose únicamente en análisis genéticos. Por último, hacen algunos comentarios sobre la ética de la investigación de este feto humano momificado.

La investigación de Nolan es un caso práctico perfecto para llamar la atención acerca de lo importante que es emplear un enfoque antropológico y una perspectiva más global cuando se analiza el ADN de restos humanos. Los autores defienden que la comprensión de los procesos biológicos del esqueleto –incluidos el crecimiento y el desarrollo normal y anormal– así como los procesos tafonómicos, el contexto ambiental y el deber de prestar atención a las cuestiones éticas relacionadas con los restos humanos, son aspectos vitales para llevar a cabo interpretaciones científicas.

Las críticas al estudio:

  1. No se ha publicado un análisis científico que analice el esqueleto. El informe de un forense español (que hemos mencionado más arriba) determina que «Ata» es un feto humano que murió aproximadamente en la décimo quinta semana de gestación.
  2. Pese a que Nolan insiste en que «Ata» tenía entre 6 y 8 años de edad según un análisis de la densidad ósea, termina por reconocer que nadie de su equipo pudo examinar el esqueleto, únicamente la muestra para el análisis genético y unas radiografías. Es un fallo crucial de metodología.
  3. En lo tocante al fenotipo «extraño», Nolan y sus colaboradores afirman que el esqueleto sólo tenía 10 pares de costillas en lugar de las 12 normales. La explicación para este hecho es sencilla: los pares 11 y 12 comienzan a formarse alrededor de la semana 11 y 12 de gestación. De hecho, la literatura clínica previene frente a la posibilidad de diagnosticar por error una displasia debido a la falta de osificación en los fetos en una fase temprana de gestación.
  4. El cráneo alargado puede explicarse por el propio proceso del parto y también por factores tafonómicos, es decir, por la forma en que el cuerpo quedó enterrado. El cráneo alargado de «Ata» es normal fenotípicamente teniendo en cuenta que se trata de un feto prematuro que ha sido expulsado.
  5. Por último, los autores ponen de manifiesto su escepticismo acerca de que los resultados genéticos apoyen las anomalías morfológicas, que por otro lado ya han comprobado que no existen. Según su criterio, es una casualidad que Nolan haya encontrado algunas mutaciones en los genes de «Ata» asociados con una predisposición a la displasia porque: 1) el impulso en su análisis se ha basado en una mala interpretación de la morfología esquelética; 2) las variantes genéticas específicas que ha descubierto no tienen un efecto funcional conocido sobre la morfología esquelética a esa edad; y 3) las otras variantes que han encontrado son novedosas pero tienen un significado desconocido.

Legislación arqueológica y ética en la investigación:

El otro motivo de crítica al trabajo de Nolan se centra en la forma en que se ha llevado a cabo la propia investigación.

Los autores indican que el análisis y la publicación de los datos de «Ata» en Genome Research no siguen los estándares éticos actuales exigidos en antropología. No hay consentimiento ético ni tampoco un permiso arqueológico de excavación, a pesar de que al menos uno de ellos es imprescindible. Además, el hecho de que el feto fuera vendido a su actual «poseedor» –lo que también es ilegal según la legislación chilena– sitúa a «Ata» en el contexto del tráfico de restos humanos.

Por último, hay una cuestión ética relativa a si «el fin justifica los medios». Es decir, podría darse el caso de que la publicación del trabajo estuviera justificada –pese a haberse hecho sin las consideraciones legales o éticas apropiadas– si ese estudio hubiera resuelto una cuestión antropológica, médica o de investigación genética realmente importante.

Lo que sucede es que vistos los resultados, no hay nada que sugiera que «Ata» tuviera alguna anormalidad esquelética, ni las conclusiones han despejado ninguna cuestión científica fundamental. Dado que Nolan ya realizó en 2013 un análisis preliminar de ADN que confirmó (sin sorpresas) que se trataba de un ser humano, en ese momento debió detenerse la investigación y el cuerpo repatriado a Chile.

Algunos aspectos bioéticos a tener en cuenta

Según han explicado el Presidente y la Directora de la Sociedad Chilena de Antropología Biológica 13, en Chile, la mayoría de los restos humanos de contexto arqueológico e histórico utilizados para la investigación científica están depositados en museos o universidades que se encargan de su conservación.

Como sucede en otros países, para acceder a ellos es preciso contar con una autorización de las instituciones encargadas de su custodia y conservación. En el mismo sentido, no se pueden llevar a cabo excavaciones arqueológicas sin el permiso del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile 14.

Todos estos supuestos están contemplados en la legislación chilena, entre ellas la Ley de Monumentos Nacionales nº 17.288 15, y la Ley nº 19.300 sobre el patrimonio arqueológico y bioantropológico. Además, la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo por parte de Chile ha supuesto la obligación de tener en cuenta el papel de las comunidades indígenas en la protección del patrimonio arqueológico y bioantropológico. Así, se requiere el consentimiento de las comunidades locales «que se consideren descendientes de las personas a quienes pertenecieron los restos».

Tampoco debemos dejar de lado que según el apartado 10 de las Pautas Éticas Internacionales para la Investigación y Experimentación Biomédica en Seres Humanos de la Organización Mundial de la Salud, en relación a la «Investigación en poblaciones y comunidades con recursos limitados», se establece que:

Antes de realizar una investigación en una población o comunidad con recursos limitados, el patrocinador y el investigador deben hacer todos los esfuerzos para garantizar que:

la investigación responde a las necesidades de salud y prioridades de la población o comunidad en que se realizará; y

que cualquier intervención o producto desarrollado, o conocimiento generado, estará disponible razonablemente para beneficio de aquella población comunidad.

En definitiva, dado que el equipo de Nolan desconocía el «origen» concreto de la muestra de ADN que se les entregó, tenían la obligación de buscar más información al respecto y cuestionarse seriamente si tanto el cuerpo como la muestra habían sido obtenidos de forma ilícita.

Conclusiones

El conocimiento que tenemos acerca del pasado se basa, en buena medida, en la información obtenida de los productos de la actividad cultural humana como, por ejemplo, los objetos o fuentes literarias. Estos productos culturales, especialmente aquellos registros escritos que documentan nuestro pasado, pueden interpretarse de muchas formas diferentes, a veces de forma contradictoria entre sí. Este problema se vuelve especialmente importante cuando tratamos de interpretar documentos históricos, ya que a menudo nos dicen más sobre el contexto cultural de sus autores, que de lo que sucedió realmente en el pasado.

De manera similar, los datos que nos aportan los esqueletos o restos humanos también están sujetos a sesgos y problemas de interpretación, pero de una clase distinta. Por ese motivo tienen tanto valor como fuente de información sobre el pasado. Son custodios de información –codificada en su genoma– sobre las relaciones personales y los procesos fisiológicos relacionados con el crecimiento, el desarrollo y la enfermedad, que constituyen un registro único de la vida y la muerte de nuestros antepasados.

La responsabilidad ética de los investigadores que estudian esos restos está en que deben tratarlos con dignidad y respeto; y hay un consenso bastante amplio en que sus descendientes deberían tener la autoridad necesaria para controlar la forma de disponer de los mismos. Por último, dada la importancia que tienen para comprender nuestro pasado común, deben ser conservados para que estén disponibles para la investigación científica, hoy y en el futuro.

Sin embargo, esto genera dos problemas. El primero estriba en que el término «respeto» es un concepto subjetivo que depende de cada cultura. Para un científico, un tratamiento respetuoso de los restos humanos puede consistir en obtener y preservar la información que contienen y que nos permita aprender todo lo posible acerca de la vida y muerte de esa persona. En cambio, un indígena pueda considerar intolerable su manipulación.

El segundo problema que se genera es en relación a la autoridad de las comunidades indígenas que se consideran descendientes de los restos. El dilema ético surge cuando tenemos que saber quién tiene el derecho de controlar la disposición de los restos cuando los individuos están relacionados muy lejanamente en el tiempo. ¿Cómo podemos establecer esa autoridad cuando hay un distancia de cientos, miles o, incluso, millones de años entre los vivos y los muertos? Y una vez establecida la conexión, ¿quién o quiénes deben tener esa autoridad? ¿Cada uno de los individuos, o el ente colectivo?

Hoy en día hay poca estructura legal o guías de conducta ética que ayuden a los investigadores a seguir las mejores prácticas en los estudios paleogenómicos. Sin embargo, hay criterios que sí están disponibles y se llevan aplicando durante años en otras disciplinas.

Parece evidente que en la actuación de Garry Nolan y su equipo en relación al caso de «Ata» ha tenido un peso importante el afán de notoriedad, dada la publicidad que recibió el caso tras la emisión del documental Sirius. Precisamente en casos como este, de tanta trascendencia mediática, es donde más falta hace proceder con cautela, congregar a un equipo multidisciplinar de científicos con conocimientos más amplios que los propiamente genéticos, lo que sin duda llevará a evitar abusos y evitará que se comentan errores y excesos tan gruesos como los que hemos visto en este caso.

Referencias

Notas

  1. Rasmussen, M., et al. (2010), «Ancient human genome sequence of an extinct Palaeo-Eskimo«. Nature, vol. 463, núm. 7282, p. 757-762.
  2. Callaway, E. (2018), «Divided by DNA: The uneasy relationship between archaeology and ancient genomics«. Nature, vol. 555, núm. 7698, p. 573-576.
  3. Callaway, E. (2018), ob cit.
  4. Tendríamos que hablar de Homo sapiens neanderthalensis, y de Homo sapiens denisova.
  5. Anotación «Especies “fósiles”» del blog de José María Bermúdez de Castro
  6. Warren, M. (2018), «Mum’s a neanderthal, dad’s a denisovan: First discovery of an ancient-human hybrid«. Nature, vol. 560, núm. 7719, p. 417-418.
  7. Ver a este respecto el libro: Turner, T. (2005), Biological anthropology and ethics. From repatriation to genetic identity. Albany: State University of New York Press, x, 326 p.
  8. Hay que solicitar otro tipo de permisos para realizar pruebas que pueden destruir un fósil, pero ese permiso generalmente lo concede un Estado como propietario en última instancia de los fósiles, que son considerados en la mayoría de los casos patrimonio nacional.
  9. Aunque decir que fue «recuperado» en el desierto es una forma demasiado suave para lo que debemos calificar como un expolio en toda regla.
  10. Nolan, G. y  Butte, A. (2018), «The Atacama skeleton«. Genome Research, vol. 28, núm. 5, p. 607-608.
  11. Editors Genome Research (2018), «A statement about the publication describing genome sequencing of the Atacama skeleton«. Genome Research, vol. 28, núm. 5, p. xiv.
  12. Una práctica muy común en el mundo de las publicaciones científicas porque así se fomenta el debate y el contraste de ideas.
  13. En el artículo “El caso de la niña de La Noria: implicancias éticas en la investigación con restos humanos”, publicado en Etilmercurio.
  14. Además se necesitan otros permisos para poder retirar cualquier resto humano de su contexto funerario.
  15. El artículo 21 de la Ley 17.288 afirma: «por el solo ministerio de la ley, son Monumentos Arqueológicos de propiedad del Estado los lugares, ruinas, yacimientos y piezas antropo-arqueológicas que existan sobre o bajo la superficie del territorio nacional. Para los efectos dela presente ley quedan comprendidas también las piezas paleontológicas y los lugares donde se hallaren…». Este concepto debe ser complementado con lo expresado por el artículo 1 de la misma Ley, en el sentido de que también son monumentos arqueológicos «los enterratorios o cementerios u otros restos de los aborígenes, las piezas u objetos antropo-arqueológicos, paleontológicos…, que existan bajo o sobre la superficie del territorio nacional o en la plataforma submarina de sus aguas jurisdiccionales y cuya conservación interesa a la historia, al arte o a la ciencia…». Estas disposiciones son importantes porque establecen claramente que los restos óseos de los pueblos originarios, de naturaleza arqueológica, son monumentos nacionales por el sólo ministerio de la ley y pertenecen al Estado.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 3 comentarios
Sacar a la luz nuestro pasado en América

Sacar a la luz nuestro pasado en América

     Última actualizacón: 22 octubre 2018 a las 18:31

Si eres un lector habitual de este blog sabrás que una de mis debilidades es el estudio de las migraciones de nuestros antepasados. En este sentido, es muy importante el trabajo que hacen los arqueólogos para resolver uno de los interrogantes que más debate genera en relación a este tema: cuándo y por dónde se produjo la entrada de Homo sapiens en el continente americano.

He publicado varias anotaciones sobre el particular, muchas de ellas basadas en los trabajos de un equipo de arqueólogos pertenecientes al Instituto Hakai 1 ubicado en la isla Calvert, en la Columbia Británica canadiense.

Hoy me gustaría que vierais un vídeo de corta duración (poco más de 10 minutos) donde vemos el trabajo que están haciendo en una región especialmente interesante para resolver la cuestión que planteábamos arriba.

Durante décadas se ha pensado que la entrada de Homo sapiens en América se produjo cuando los glaciares Laurentino y de la Cordillera se retiraron lo suficiente para dejar un «corredor libre de hielo». Ese espacio abrió la comunicación entre Beringia y el resto del continente americano, permitiendo el paso tanto de nuestros antepasados como del resto de fauna y flora.

Sin embargo, existen tradiciones orales —o leyendas— transmitidos por los pueblos indígenas que cuentan una entrada en el continente mucho más antigua 2. Se refieren a una travesía por la costa —libre de hielo— donde establecían residencias permanentes mientras se expandían hacia otras áreas del sur e interior.

Y lo cierto es que este pequeño equipo de arqueólogos llevan años cartografiando y excavando a lo largo de las islas del Descubrimiento en la costa oriental de la isla Vancouver en la Columbia Británica para tratar de validar esa hipótesis.

Su objetivo es encontrar pruebas de la presencia de nuestros antepasados así como intentar averiguar cómo fueron capaces de adaptarse a ese ambiente —un paisaje que ha cambiado completamente en los últimos 16.000 años— cuando los glaciares comenzaron a retirarse.

El primer paso en esta investigación ha sido obtener núcleos de sedimentos en pantanos y ciénagas. Estos testigos contienen granos de polen, semillas y restos de plantas cuyo estudio permite a los investigadores obtener información sobre el clima y cómo cambió, así como qué tipos de comunidades plantas había en una zona determinada. Y una de los hechos más importantes que ha permitido constatar el estudio de estos sedimentos es que la línea de costa no permaneció estable durante aquellos años.

Hace entre 14.000 y 12.000 años el nivel del mar cayó bastante rápido, a razón de un metro cada diez años aproximadamente, un cambio fácilmente perceptible para los pobladores según su esperanza de vida. Quizás lo más llamativo para estas personas es que el nivel del mar estuvo cambiando constantemente durante unos 2.000 años. Imagina que al nacer tu pueblo estuviese en la costa. Una tasa de cambio del nivel del mar de esta magnitud implicaría que cuando llegues a viejo ese pueblo estará bastante tierra adentro. Además, con una caída tan pronunciada, las islas comenzaron a quedar unidas por lenguas de tierra, mientras que otras se creaban, así como lagos etc. En definitiva, se ha comprobado un importante nivel de cambio ecológico.

Con los datos obtenidos por el estudio de los núcleos de sedimento se pudieron cartografiar las líneas de costa y junto al uso del LIDAR —un  escáner láser aerotransportado que permite cartografiar el terreno y «eliminar» la vegetación que lo cubre— se pudieron hacer una idea bastante aproximada de los lugares por los que estos pobladores se estuvieron moviendo. Esto les permitió trasladar esa información a sistemas de posicionamiento global y poder elegir así los mejores lugares donde realizar excavaciones de prueba.

Y al final esto es lo que le importa a un arqueólogo, excavar para recuperar objetos del pasado. Gracias a la información recabada se pueden excavar pequeños «parches» de terreno de unos 50 centímetros cuadrados a modo de «prueba», es decir, esa pequeña excavación les da una idea de lo que puede haber debajo. En el caso de que encuentren restos arqueológicos de interés, se abre una unidad de excavación mayor (de un metro cuadrado) y de esa forma se va ampliando la zona poco a poco y en sucesivas campañas.

Esta metodología ha sido bastante exitosa puesto que han localizado decenas de yacimientos interesantes y recuperado herramientas de piedra y, como ya comentamos aquí, las huellas de personas más antiguas de todo el continente americano.

Gracias a las sucesivas campañas de excavación (acaba de terminar la quinta temporada) el equipo comienza a hacerse una idea bastante clara de cómo era la vida en la costa de la Columbia Británica hace más de 10.000 años.

Las conclusiones que han sacado por ahora es que los primeros pobladores no solo estaban de paso, sino que fundaron establecimientos permanentes, utilizaban embarcaciones y lograban así sacar todo el partido a los recursos marinos.

Hay pruebas de un número reducido de grandes yacimientos muy complejos en términos de tecnología —cuatro o cinco de estos yacimientos están ubicados en la isla Quadra— con miles y miles de herramientas de piedra de una enorme variedad. Lo que demuestra que sus ocupantes pasaron mucho tiempo allí, quizás miles de años. De allí se desplazarían para obtener recursos que necesitaban, volviendo de nuevo. Es decir, no estamos ante el clásico ejemplo de cazadores-recolectores, aquí debieron de ser bastante estáticos.

Referencias

  1. Formado por Daryl Fedje, Nicole Smith, Alexander Mackie, Christine Roberts, Jenny Cohen, Quentin Mackie, Joanne McSporran, Louie Wilson y Colton Vogelaar.
  2. Estoy leyendo un libro: Wiget, A. (2012), Handbook of Native American literature. New York: Routledge, xviii, 598 p. para poder extenderme más sobre este tema en una nueva anotación, así que, ¡estad atentos!
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 0 comentarios
No, <em>Homo erectus</em> no se extinguió por ser «vago»

No, Homo erectus no se extinguió por ser «vago»

     Última actualizacón: 14 septiembre 2018 a las 17:11

Hace algunos días nos «asaltó» una noticia relacionada con la evolución humana que causó una gran impresión. Es cierto que ya estamos acostumbrados a este tipo de anuncios dado que la paleoantropología despierta cada vez más curiosidad entre el público. Sin embargo, los titulares y el contenido de la noticia chocaban tanto con lo que sabemos, que decidí estudiar el trabajo científico original para aclarar la cuestión. Me estoy refiriendo en definitiva al anuncio de que «según una nueva investigación», la especie Homo erectus se había extinguido porque eran «vagos».

Titular peiódico ABC (13/08/2018)

Titular periódico DailyMail (10/08/2018)

Titular medio digital Institución Smithsonian (13/08/2018)

Podemos resumir el contenido de las noticias publicadas en los medios de comunicación de la siguiente manera 1:

  • La conclusión principal es que «la vaguería 2 fue en parte responsable de la extinción de Homo erectus».
  • Tras el estudio de un yacimiento situado en Saffaqah, cerca de Dawadmi (Arabia Saudita), los investigadores comprobaron que Homo erectus optó por una «estrategia del mínimo esfuerzo» a la hora de fabricar herramientas de piedra y obtener recursos.
  • Esta actitud contrasta con la de los «excelentes constructores de herramientas» que eran los neandertales y Homo sapiens.
  • No hubo ningún tipo de progreso por parte de Homo erectus en la fabricación de herramientas.
  • Finalmente, no fueron capaces de adaptarse al cambio climático en la región –que derivaba hacia una mayor aridez– y desparecieron.

El artículo original: Tecnología Achelense y aprovechamiento del paisaje en Dawadmi, Arabia central («Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia»).

El artículo del que estamos hablando apareció publicado en la revista de acceso abierto PLoS ONE el 27 de julio de 2018.

Como su título indica, los investigadores publican los resultados de nuevas investigaciones de campo (realizadas en 2014), así como un nuevo análisis de trabajos de excavación previos llevados a cabo en el yacimiento de Saffaqah (206-76) cerca de Dawadmi, en Arabia central. El objetivo era saber cómo se adaptaron nuestros antepasados a vivir en esta región que hoy en día es una de las más áridas del planeta. Para ello es necesario conocer el comportamiento de esas especies en diferentes lugares de su ámbito de expansión geográfica. La información con la que contamos actualmente proviene de lugares como el Este de África (el Valle del Rift), el Levante y Europa occidental, por lo que es posible establecer comparaciones.

La importancia de realizar trabajos de este tipo en una zona como la península arábiga no es desdeñable. Hemos de tener presente que la colonización de Eurasia por debajo de los 55o de latitud da muestra del éxito evolutivo y de adaptación del género Homo durante el Pleistoceno Inferior y Medio. Sin embargo, hoy en día seguimos sin tener claro de qué eran capaces esos homininos cuando debían hacer frente a los paisajes que se encontraban en las latitudes medias.

Y es que Saffaqah es el lugar en el que sueña trabajar todo arqueólogo. Se trata de uno de los yacimientos Achelenses más grandes de Arabia, y se estima que en la superficie se pueden encontrar cerca de un millón de artefactos. Está situado en la intersección de dos grandes sistemas fluviales que estuvieron activos de forma periódica en el pasado: el Wadi al Batin y el Wadi Sabha, que fluyen hacia el norte y el sur del Golfo Pérsico. Además, es el primero que conserva depósitos estratigráficos con abundantes artefactos, lo que permite un estudio de las fases de ocupación del territorio.

Las dataciones con series de uranio-torio de la capa de nitratos adheridos a las herramientas de piedra arrojan la cifra de 200.000 años, lo que convierte a Saffaqah en el yacimiento arqueológico más antiguo de la península arábiga encontrado hasta el momento.

El estudio de la industria lítica

Ya hemos adelantado que el trabajo de los investigadores se ha centrado fundamentalmente en análisis de la abundante industria lítica recuperada en el yacimiento. Lo primero que podemos decir es que las herramientas eran en general bastante grandes: la gran mayoría de lascas medían más de 5 cm de largo, llegando a alcanzar una longitud máxima de 39 cm (sin embargo, también es posible que algunas de las lascas más pequeñas se hayan destruido o quedado irreconocibles debido a la erosión del viento).

Respecto a la formación del yacimiento en sí, se constata que la deposición de los restos tuvo lugar durante un considerable periodo de tiempo, lo que permitió la acumulación de más de un metro y medio de sedimentos en siete capas claramente diferenciadas (esto demuestra la permanencia prolongada en el lugar de nuestros antepasados).

Por último, otra característica que salta a la vista es el poco refinamiento en los bifaces. No se ha identificado modificaciones en las herramientas ni tampoco diferencias en su fabricación. En pocas palabras, la tecnología empleada a lo largo de la secuencia es la misma.

Muestra de la industria lítica recuperada. Fuente: Shipton, C., et al. (2018), «Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia». PLoS ONE, vol. 13, núm. 7, p. e0200497.

Conclusiones

Yacimientos como el estudiado no son únicos. En otros lugares de la península arábiga poblaciones de homininos fabricaban lascas y hendedores (usando la misma técnica Achelense) en yacimientos como Wadi Fatima, en la costa del Mar Rojo, y en el sur del desierto del Nefud. En Levante encontramos un yacimiento similar: Gesher Benot Ya’aqov. La industria lítica presente en este yacimiento sirve para trazar la ruta que siguieron nuestros antepasados al salir de África durante un periodo húmedo. El Achelense de Dawadmi representa la ocupación de la zona cuando los sistemas fluviales de Arabia permitieron a los homininos penetrar hacia el interior.

Lo que distingue el Achelense de Saffaqah del recuperado en Gesher Benot Ya’aqov es la relativa escasez de hendidores en el primero. Se piensa que los hendidores eran herramientas para trabajar la madera, por lo que su ausencia se podría explicar por la escasez de árboles en el centro de Arabia en comparación con el Levante, no por una falta de conocimientos técnicos.

Del mismo modo, la estabilidad en la tecnología que ya hemos comentado —el modo de fabricar las herramientas— coincide con el conservadurismo documentado en el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov.

Del mismo modo, los investigadores constatan una «estrategia del mínimo esfuerzo» en los pobladores de este yacimiento. Existe una pequeña colina en cuya cima hay material lítico de mejor calidad, pero se ha comprobado el uso sistemático de rocas situadas en la base. La explicación que ofrecen en este trabajo es bastante sensata: andar o correr cuesta arriba incrementa dramáticamente el gasto energético, mientras que el camino de vuelta hacia abajo incrementa el riesgo de sufrir lesiones. De nuevo, este comportamiento se ha documentado en otros yacimientos Achelenses donde los homininos fabricaron de forma preferente bifaces y eligieron lugares donde tenían fácil acceso tanto a la piedra como a fuentes de agua.

Resumiendo

  1. El artículo analiza la industria lítica de un yacimiento concreto para tratar de extraer conclusiones acerca de la forma de aprovechar el paisaje por parte de nuestros antepasados, en una región poco estudiada hasta la fecha.
  2. Dado que no se han hallado restos fósiles, en ningún lugar del trabajo se dice que Saffaqah fuera habitado por una población de Homo erectus (se emplea continuamente la expresión «población Achelense». Lo más probable es que se tratara de Homo erectus, aunque también pudieron llegar allí los neandertales, Homo sapiens u otros (teniendo en cuenta además la antigüedad atribuida al yacimiento). El análisis exclusivo de la cultura material no permite decir con certeza quienes fabricaron esas herramientas.
  3. La densidad de yacimientos alrededor de Saffaqah sugiere que nuestros antepasados florecieron en la región.
  4. La ausencia de características de transición en su tecnología y la baja densidad de artefactos del Paleolítico Medio (más avanzados) sugieren que la zona fue abandonada con la llegada de una fase más severa, árida, a la que no pudieron adaptarse.
  5. Finalmente, Arabia central quedó despoblada probablemente debido a un deterioro de las condiciones climáticas.

Mi crítica a los artículos periodísticos

La primera crítica que podemos hacer de los distintos artículos periodísticos que han «popularizado» el trabajo publicado en PLoS ONE (independientemente de si lo fueron en medios generalistas, en medios especializados en ciencia, e independientemente del idioma), es la burda generalización. Los investigadores exponen sus conclusiones al interpretar los hallazgos de un único yacimiento. Pasar de ahí a que toda una especie —Homo erectus, o cualquier otra— se extinguió por lo que allí vemos es absurdo.

Del mismo modo, argumentar que la «pereza» pudo ser la causante de la extinción de toda una especie carece del más mínimo sentido, no sólo científico, sino común.

Lo que sabemos en cambio de Homo erectus es que se trata con toda probabilidad del primer representante del género humano que salió de África, la cuna de todos nuestros antepasados. Esa primera oleada de migración los llevó a lugares tan distantes del continente africano como el Este de China. Más de 8.000 kilómetros de migración recorriendo los más dispares lugares que se pueda imaginar. Eso los obligó a adaptarse a muy diferentes ambientes. Constatar que un yacimiento situado en la península arábiga fue abandonado cuando el clima se volvió demasiado opresivo es adaptación pura y dura. Nuestros antepasados se marcharon de allí para buscar fortuna en otro lugar.

Por último, los autores explican los motivos por los que no han visto una «evolución» en la técnica empleada para la fabricación de las herramientas. No se trata de una conducta extraña —ni siquiera llamativa— porque ya se ha verificado en otros yacimientos del mismo periodo.

En definitiva, parece que nos encontramos ante un caso más de falta de interés y desconocimiento por parte unos periodistas que tienen mucho trabajo y poco tiempo para publicar. Sin embargo, no creo que debamos culpar en exclusiva a los periodistas de lo sucedido en este caso concreto.

Las notas de prensa

Una cosa importante que debéis saber —si no lo sabéis ya— es que la mayoría de noticias relacionadas con la ciencia están sometidas a «embargo». El embargo significa que cuando se va a publicar un artículo científico lo normal es que tanto la revista especializada donde se va a publicar (Nature, Science, PLoS ONE etc.), como la universidad o centro de investigación del que depende/n el/los científico/s que han llevado a cabo la investigación, emitan una nota de prensa cuyo destino es los profesionales de los medios de comunicación acreditados. Estas notas de prensa, donde se explica de forma «sencilla» el propio artículo, se envían con suficiente antelación a la fecha de publicación del trabajo en la revista científica. El objetivo no es otro que los periodistas dispongan de tiempo suficiente para preparar sus artículos y cuenten con suficiente información de «contexto» con la que producir sus piezas.

No entraremos ahora a valorar este sistema, pero baste decir que ese es el motivo por el que en un mismo día podemos ver la misma noticia publicada en numerosos medios de comunicación con escasos minutos de diferencia. Todos los periodistas han tenido acceso a la misma nota de prensa.

Y de nuevo, ese es el motivo por el que la mayoría 3 de noticias tienen el mismo contenido. Los periodistas no tienen tiempo de leerse en profundidad, por ejemplo, los 36 folios de este artículo científico para redactar algo que se salga de la misma idea común contenida en la nota de prensa; ni tampoco el científico que tiene que atender a los medios puede estar disponible las 24 horas del día.

Volviendo al caso que estamos viendo, mi impresión es que todo el problema con la desastrosa interpretación del artículo publicado en PLoS ONE tiene su origen en la nota de prensa que emitió la Universidad Nacional de Australia (donde el investigador principal de este trabajo, el Dr. Ceri Shipton, desarrolla su labor).

En esa nota de prensa aparecen recogidas las declaraciones textuales del profesor Shipton acerca del trabajo que él y el resto del equipo hicieron en Saffaqah:

  • «They really don’t seem to have been pushing themselves» («No parece que se hayan esforzado»)
  • «I don’t get the sense they were explorers looking over the horizon. They didn’t have that same sense of wonder that we have» («No tengo la sensación de que fueran exploradores que miraran hacia el horizonte. No tenían la misma capacidad de asombro que nosotros»)
  • «Not only were they lazy, but they were also very conservative» («No solo fueron perezosos, sino que también fueron muy conservadores»)

Lo importante es que estas frases (cuya traducción es propia) son textuales.

Creo que, como poco, las palabras del Dr. Shipton han sido poco afortunadas. Básicamente no reflejan la realidad de las conclusiones que él mismo, y el resto del equipo, firman en su trabajo, echando por tierra su credibilidad (esta es mi opinión personal, por supuesto).

Quizás por ese motivo, esta nota de prensa, publicada originalmente en la página web de noticias de la propia universidad, a día de hoy no puede leerse.

Nota de prensa. ANU

No sé si haberla eliminado de su repositorio ha sido un intento de enmendar su error (cosa harto complicada) haciendo que sea más difícil llegar a las declaraciones originales que el Dr. Shipton hizo a Aaron Walker, redactor de la nota de prensa y responsable ante los medios de comunicación. Aunque basta acceder al archivo del WayBackMachine para ver el contenido original de la nota (la página, según la información de ese servicio, debió borrarse entre el 10 de agosto y el 3 de septiembre pasados).

Las declaraciones del Dr. Shipton fueron repetidas textualmente en la nota de prensa emitida por el servicio EurekAlert! (servicio de comunicación de la ciencia de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, AAAS) y, por supuesto, en todos los artículos periodísticos que se nutrieron de ella.

Debemos señalar con justicia que el «culpable» del embrollo en este tema fue el investigador principal del artículo científico.

Referencias

Shipton, C., et al. (2018), «Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia«. PLoS ONE, vol. 13, núm. 7, p. e0200497.

Notas

  1. Cada imagen de más arriba enlaza con el artículo completo publicado en los diferentes medios.
  2. «Vaguería» es el término que aparece en el artículo publicado en ABC aunque yo prefiero utilizar, y así lo hago en esta anotación, el término «pereza» como traducción castellana del inglés «laziness».
  3. Digo «mayoría» porque hay muy honrosas excepciones, sobre todo en algunos medios de comunicación españoles.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 0 comentarios