José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Reseña: El emperador de todos los males

Reseña: El emperador de todos los males

     Última actualizacón: 29 agosto 2018 a las 20:45

Ficha Técnica

Título: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer
Autor: Siddhartha Mukherjee
Edita: Debate, 2017
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 688 p.
ISBN: 978-8499924496

Reseña del editor

En 2010, siete millones de personas murieron de cáncer en todo el mundo. Con esta fría estadística Siddhartha Mukherjee, médico e investigador oncológico, arranca su amplia y absorbente «biografía» de una de las enfermedades más extendidas de nuestro tiempo.

El emperador de todos los males es una crónica completa del cáncer desde sus orígenes hasta los modernos tratamientos (quimioterapia de diversos tipos, radioterapia y cirugía, además de la prevención) que han surgido gracias a un siglo de investigación, ensayos y pequeños avances trascendentales en muchos lugares distintos.

Este libro es un repaso a la ciencia del cáncer y a la historia de los tratamientos que le han hecho frente, pero también es una reflexión sobre la enfermedad, la ética médica y las complejas y entrelazadas vidas de los oncólogos y sus pacientes. La empatía que muestra Mukherjee hacia los enfermos de cáncer y sus familias, así como hacia los médicos que muy a menudo tan pocas esperanzas les pueden ofrecer, hacen de este libro una historia llena de humanidad de una enfermedad compleja e inasible.

Reseña

Hoy sabemos mucho acerca del cáncer. Y, precisamente, una de las cosas que más ha costado comprender es que el cáncer no es una sola enfermedad sino muchas. En un afán simplificador las llamamos cáncer porque todas ellas poseen una característica común: el crecimiento anormal de células. En este libro vamos a profundizar en todos sus aspectos.

Mukherjee ha escrito un libro excepcional. Ampliamente galardonado, estamos ante una biografía en el sentido más fiel de la palabra. Como su propio autor afirma, es «un intento de entrar en la mente de esta enfermedad inmortal, entender su personalidad, desmitificar su comportamiento». Quizás logrando comprender sus mecanismos de funcionamiento —que nos han sido esquivos durante mucho tiempo— podamos ser capaces de ponerle fin. El objetivo último del libro es por tanto responder a dos preguntas: ¿puede imaginarse en el futuro un final del cáncer? ¿Es posible erradicar para siempre esta enfermedad de nuestro cuerpo y nuestras sociedades?

El libro comienza con una dedicatoria muy especial:

A Robert Sandler (1945-1948) y a quienes vivieron antes y después de él.

El pequeño Sandler tiene un papel relevante en esta historia así que permitidme que, pese a la extensión, reproduzca en esencia lo que nos cuenta Mukherjee:

Robert Sandler tenía dos años. Su hermano mellizo, Elliott, era un niño que apenas empezaba a andar, activo y angelical de salud perfecta.

Diez días después de su primera fiebre, el estado de Robert empeoró de manera significativa. La temperatura subió. El color de la tez pasó de rosado a un espectral blanco lechoso. Lo trasladaron al Hospital Infantil de Boston. El bazo, un órgano del tamaño de un puño que almacena y produce sangre (por lo común apenas palpable debajo de la caja torácica), estaba notoriamente agrandado, sobre todo en la parte inferior, como una bolsa cargada en exceso. Una gota de sangre observada bajo el microscopio de Farber [Sydney Farber, un médico con un protagonismo esencial en el libro] reveló la identidad de su enfermedad: miles de inmaduros blastos leucémicos linfoides se dividían a un ritmo frenético y sus cromosomas se aglomeraban y desaglomeraban, como diminutos puños apretados que se abrieran y volvieran a cerrarse [se trataba de leucemia].

Sandler llegó al Hospital Infantil apenas unas semanas después de que Farber recibiera su primer paquete de Lederle [un laboratorio farmacéutico]. El 6 de septiembre de 1947 el médico comenzó a inyectarle ácido pteroilaspártico (PAA por sus siglas en inglés), el primero de los antifolatos de Lederle.

El PAA surtió escaso efecto. A lo largo del siguiente mes el letargo de Sandler fue en aumento. El niño desarrolló una cojera como consecuencia de la presión de la leucemia sobre la médula espinal. Aparecieron dolores en las articulaciones y otros violentos dolores migratorios. Luego, la leucemia irrumpió en uno de los huesos del muslo, causando una fractura y desencadenando un dolor cegadoramente intenso e indescriptible. Hacia diciembre el caso parecía desesperado. La punta del bazo de Sandler, más densa que nunca a causa de las células leucémicas, cayó hasta la pelvis. El niño estaba retraído, indiferente, hinchado y pálido y se encontraba al borde de la muerte.

Sin embargo, el 28 de diciembre Farber recibió de Subbarao y Kiltie una nueva versión del antifolato, la aminopterina, un fármaco que mostraba un pequeño cambio con respecto a la estructura del PAA. En cuanto tuvo la sustancia farmacológica en sus manos, Farber comenzó a inyectar al niño con la esperanza, a lo sumo, de un breve aplazamiento en la evolución del cáncer.

La respuesta fue notoria. El recuento de glóbulos blancos, que había escalado a niveles astronómicos —diez mil en septiembre, veinte mil en noviembre y casi setenta mil en diciembre— dejó de repente de crecer y se mantuvo en una meseta. Luego, hecho aún más notable, comenzó a caer efectivamente y los blastos leucémicos menguaron poco a poco en la sangre hasta casi desaparecer. Para fin de año, el recuento había disminuido hasta alrededor de una sexta parte de su valor máximo y rozaba un nivel casi normal. El cáncer no había desaparecido —bajo el microscopio todavía se observaban glóbulos blancos malignos—, pero había cedido temporalmente, congelado en un punto muerto hematológico en el helado invierno bostoniano.

El 13 de enero de 1948 Sandler volvió a la clínica, caminando por sí solo por primera vez en dos meses. El bazo y el hígado se habían reducido de manera tan espectacular que la ropa del niño, señaló Farber, caía «floja en torno al abdomen». Robert ya no tenía hemorragias. Mostraba un hambre voraz, como si tratara de recuperar seis meses de comidas perdidas. En febrero, indicó Farber, el estado de alerta, la nutrición y la actividad del niño eran iguales a los de su hermano mellizo. Durante más o menos un mes, Robert y Elliott Sandler volvieron a parecer idénticos.

[…] Como señaló un cirujano, los niños con cáncer solían estar «escondidos en los lugares más recónditos de las salas del hospital». De todas maneras, estaban en su lecho de muerte, argumentaban los pediatras; ¿no sería más amable y generoso, insistían algunos, «dejarlos morir en paz»? Cuando un clínico sugirió que los novedosos «productos químicos» de Farber se reservaran como recurso de última instancia para los niños leucémicos, este, recordando su anterior labor de patólogo, replicó: «Para entonces, el único producto químico que necesitaremos será el líquido para embalsamar».

El pequeño Sandler finalmente sucumbió a la leucemia. Pero su muerte no hizo sino espolear más aún el frenesí por comprender el cáncer y tratar de buscarle una cura. Este caso fue el comienzo de la quimioterapia, y gracias a sus resultados se desató una lucha encarnizada por vencer la enfermedad.

Y en este sentido, la historia del cáncer es una historia militar, «la lucha contra un enemigo informe, intemporal y ubicuo». A lo largo de las páginas de este libro vamos a alegrarnos por las victorias y a sufrir con las derrotas, asistiremos a los esfuerzos de médicos, pacientes, políticos y la sociedad en general por vencer campaña tras campaña; en esta historia hay actos de heroísmo y también de arrogancia, de supervivencia y resiliencia y, huelga decirlo, de «heridos, condenados, olvidados, muertos». En definitiva, el cáncer aparece verdaderamente, tal cual escribió un cirujano decimonónico en la portada de un libro, como «el emperador de todos los males, el rey de los terrores».

El libro está escrito en un tono cálido porque entremezcla los datos «asépticos» de la historia de la ciencia con las experiencias personales de médicos, enfermos y la suya propia, tejiendo de esta forma un texto que no te deja indiferente. Pese a la abundancia de información, su lectura te acompaña y te guía como sólo consiguen los buenos escritores al contar historias complejas: se trata de embarcarnos en un viaje del que sabemos el punto inicial pero desconocemos a dónde nos va a llevar. Mukherjee nos cuenta que su idea inicial era la de escribir un diario del curso de formación avanzada en medicina del cáncer que había recibido en el Instituto del Cáncer Dana-Farber y el Hospital General de Massachusetts, en Boston.

Lo que pasó es que lo que iba a ser un «sencillo» manual, se convirtió en un viaje más grande de exploración que le llevó a las profundidades no solo de la ciencia y la medicina, sino de la cultura, la historia, la literatura y la política, al pasado del cáncer y a su futuro.

El futuro. Como decía al comienzo, una de las cuestiones que trata de resolver el autor es qué ocurrirá en el futuro, si conseguiremos acabar con la enfermedad. Hemos asistido a demasiados anuncios que vaticinaban una cura —tras la publicación de los resultados del Proyecto Genoma Humano con la secuenciación de nuestro ADN se pensó que habíamos llegado— que luego han probado ser meras desilusiones. Y es que ya lo dijeron los antiguos griegos. Los griegos utilizaban una evocadora palabra para describir los tumores: onkos, que significa «masa» o «carga». Hoy sabemos que el cáncer es, en efecto, «el peso incorporado a nuestro genoma, el contrapeso de plomo a nuestras aspiraciones de inmortalidad».

La ciencia médica ha comprendido que los oncogenes (los genes cuyo anormal funcionamiento provocan la enfermedad) surgen de mutaciones en genes esenciales que regulan el crecimiento de las células. Estas mutaciones se acumulan cuando los carcinógenos dañan el ADN, pero también debido a errores aparentemente azarosos cuando las células se dividen. Evitar la exposición a los carcinógenos es algo que podríamos llegar a conseguir, pero evitar las mutaciones en nuestro ADN es imposible. La vida evoluciona gracias a esas mutaciones.

Entonces, la conclusión sería que solo podremos liberarnos del cáncer en la medida en que podamos liberarnos de los procesos de nuestra fisiología que dependen del crecimiento: el envejecimiento, la regeneración, la curación y la reproducción.

Mukherjee reconoce que «no está claro si una intervención que discrimine entre crecimiento maligno y crecimiento normal es siquiera posible. Tal vez el cáncer defina el límite exterior intrínseco de nuestra supervivencia. Cuando nuestras células se dividen y nuestro cuerpo envejece, y las mutaciones se acumulan inexorablemente unas sobre otras, el cáncer bien podría ser el término final en nuestro desarrollo como organismos».

Mi padre murió de cáncer hace tres años. No llegó a sobrevivir más de un mes desde el diagnóstico inicial. Dos de mis tíos, mis dos abuelos y otros familiares también han muerto de cáncer. Y estoy seguro de que lo mismo podéis decir la mayoría de quienes estáis leyendo esto. Este libro me ha permitido comprender muchas de las cosas que en mi completa ignorancia yo llamaba «incoherencias» cuando el oncólogo trataba de explicar la evolución de la enfermedad de mi padre.

Pero también me ha hecho tener claras otras perspectivas:

  • Nosotros, como sociedad, no podemos permitir que gente sin escrúpulos quiera beneficiarse del estado de desolación que provoca un diagnóstico de cáncer en determinados enfermos. Estamos acostumbrados a que charlatanes y estafadores de la peor calaña mientan al afirmar que siguiendo determinada dieta o tomando cualquier brebaje vamos a curarnos de la enfermedad. O que el cáncer es producto de un trastorno mental. Esas personas deberían estar en la cárcel. Y si no lo están es porque tenemos leyes que no son claras a la hora de atajar esas conductas. En nuestra mano está el obligar a los políticos a que esta situación cambie.
  • Las enfermedades —como el cáncer, Parkinson, Alzheimer y un largo etcétera— sólo pueden vencerse a través de la investigación científica. Sólo la ciencia posee los mecanismos adecuados para comprender cómo se desarrollan, cómo evolucionan y, en definitiva, qué terapias son las más adecuadas para ponerles coto. Apoyar la ciencia, apoyar la investigación biomédica, es la mejor forma de que cuando oigamos la palabra «cáncer» no sintamos un escalofrío que nos recorra todo el cuerpo.
  • Por último, y en particular en el caso del cáncer, quizás deberíamos concentrarnos en prolongar la vida en vez de tratar de eliminar la muerte; en convertir la enfermedad en una situación crónica que permita llevar una vida lo más normal posible gracias a la medicación. A lo mejor, «la manera de “ganar” la guerra contra el cáncer consiste, quizá, en redefinir la victoria».

 

Por último, no puedo dejar de recomendarte que escuches la conversación que mantuvo Luis Quevedo con el propio Mukherjee y Josep Baselga, director médico del Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York:

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Evolución humana. Un mapa con información de yacimientos, fósiles y cultura

Evolución humana. Un mapa con información de yacimientos, fósiles y cultura

     Última actualizacón: 31 agosto 2018 a las 12:27

«the pleasure of the first days partridge shooting or first days hunting

cannot be compared to finding a fine group of fossil bones,

which tell their story of former times with almost a living tongue». 1

«el placer de los primeros días de tiro a la perdiz o de caza

no se puede comparar a encontrar un buen grupo de fósiles,

que cuentan su historia de tiempos pasados casi con lengua viva».

 

La paleoantropología, el estudio de la evolución humana, se centra fundamentalmente en el análisis de los fósiles. Esta afirmación es una simplificación, pero es innegable que a la hora de comprender el proceso y la historia evolutiva de nuestra especie, es necesario contar con testigos del pasado que nos cuenten cómo fue ese camino.

Tras años leyendo libros, artículos y todo tipo de material relacionado con la evolución humana, tengo claro que es necesario organizar adecuadamente la enorme cantidad de información disponible en relación tanto a los fósiles como a los yacimientos donde se han encontrado. Estoy seguro de que cualquiera que se haya interesado en este tema habrá comprobado que llega un momento en que resulta difícil seguir la pista de los nuevos hallazgos que, casi cada semana, se producen en relación a esta disciplina.

En mi caso, confieso que la solución que se me ocurrió fue bastante obvia y al mismo tiempo útil. La imagen que encabeza esta anotación es la del mapa que utilizo para marcar los yacimientos, los fósiles interesantes, dejar notas de artículos que he leído y, en definitiva, toda información relevante para estar al día y no perderme entre la maraña de datos.

Pero está claro que esa solución no es todo lo buena que cabría esperar. De nuevo, llegó un momento en que no cabían físicamente más datos así que tuve que ponerme manos a la obra. La solución, como suele pasar en estos casos, llegó de la mano del mundo digital. Utilizando la herramienta de Google «MyMaps» he creado una versión digital de mi mapa en papel, que ahora pongo a vuestra disposición por si la consideráis de utilidad.

El mapa

Como digo, he utilizado la herramienta de «MyMaps» —gratuita para cualquier usuario con un cuenta en Google— que permite diseñar mapas incluyendo información que es posible organizar en varias capas. Se trata de una herramienta muy interesante y versátil. A día de hoy, el mapa que estoy construyendo cuenta con cinco capas diferentes que pretenden ofrecer información relevante para el estudio de la evolución humana.

En el caso de este mapa sobre «La evolución humana», la primera capa recibe el nombre de «yacimientos»: es la base sobre la que pivotará el resto de información. Lo primero que hago cuando incluyo una nueva referencia (por ejemplo, la publicación de la descripción de un nuevo fósil) es localizar el punto exacto (las coordenadas geográficas) donde se ha encontrado y marcar el lugar como «yacimiento». Acto seguido, cuando he introducido esa información, paso a otra capa (en el ejemplo que estamos viendo sería la de «fósil») y sigo el mismo patrón.

Cada «entrada» en el mapa consta de tres campos: nombre, descripción y artículos. Mi objetivo no es ofrecer solamente una herramienta que permita saber dónde se recuperó tal o cual fósil o dónde están esas pinturas rupestres tan fascinantes, sino facilitar la labor de investigación o el interés por profundizar en cada ejemplo, ofreciendo la información bibliográfica en cada caso. La información contenida en estos apartados es propia salvo que se indique lo contrario. Igualmente, las imágenes provienen en su mayor parte de los propios artículos científicos que se indican.

Leyenda

Como he señalado más arriba, el mapa cuenta ahora mismo con cinco capas diferentes identificadas con los siguientes símbolos 2:

Este icono representa la capa básica del mapa, llamada «yacimientos». Con ella se marca la ubicación exacta de cada yacimiento arqueológico 3 que ha aportado información relevante. Se incluye el nombre, una descripción, y el/los artículos científicos que lo describen.

Este icono representa cada fósil de hominino. Aunque sea la imagen de un cráneo, se refiere a cualquier hueso del esqueleto. En ocasiones he agrupado todo un conjunto de restos (como el caso de Orrorin tugenensis) para simplificar. Actuaré así salvo que sea relevante individualizar más de un fósil de un mismo ejemplar.

Este icono representa cualquier fósil que no pertenezca a un hominino. Se trata, en la mayor parte de los casos, de fósiles que aportan pruebas de manipulación humana y que, por tanto, acreditan la presencia de nuestros antepasados en un yacimiento, época o lugares concretos.

Este icono representa las huellas que han sido identificadas como pertenecientes a homininos. Las más famosas son las huellas de Laetoli, pero cada vez más a menudo se describen nuevos yacimientos con este tipo de restos que permiten dibujar mejor los movimientos de migración de nuestros antepasados.

Este icono representa ejemplos llamativos o destacados por su importancia de industria lítica (herramientas de piedra individualizadas), o bien, conjuntos de este tipo de herramientas. Destacan ejemplos individuales como «Excalibur», un bifaz recuperado en Atapuerca, o el conjunto de herramientas más antiguas hasta ahora localizadas en Lomekwi 3.

Este icono representa objetos artísticos. De nuevo, como en el caso de la industria lítica, puede identificar una única estatuilla o representar un panel de pinturas en una cueva. Soy consciente de lo complicado de catalogar un objeto como «artístico», así que trataré de argumentar en cada caso el porqué de su inclusión en esta categoría.

Por último, utilizaré este icono para identificar cualquier elemento de las categorías anteriores cuando no conozca las coordenadas exactas de su ubicación. Sucede que en los artículos científicos de hace unos años no se consideraba necesario incluir las coordenadas como parte de la descripción de los yacimientos. Agradeceré vuestra ayuda para completar las lagunas.

Utilizando el mapa

He de reconocer que la utilización de la herramienta es bastante sencilla e intuitiva. En cualquier caso, os voy a explicar de forma rápida algunas de sus principales características:

Las capas del mapa se pueden visualizar u ocultar marcando o desmarcando las diferentes casillas de verificación. Dado que, por ejemplo, cada fósil está situado exactamente en el mismo lugar de un yacimiento, si están marcadas todas las capas sólo se verá la última de ellas. Por ese motivo, mi recomendación cuando se visita por primera vez el mapa es desmarcar todas las capas excepto la primera («yacimientos») hasta acostumbrarse a su uso.

En cualquier caso, el mapa cuenta con una magnífica herramienta de búsqueda que permite encontrar fácilmente cualquier elemento. Solo hay que pulsar sobre cada uno para que despliegue el menú de información.

En la imagen superior veis el ejemplo del yacimiento Kara-Bom, las cuevas de Denisova.

Y como os he comentado, en muchos casos incluyo enlaces directos que permiten leer y descargar los artículos científicos recogidos.

 

En definitiva, la mejora de este mapa es un trabajo que no tendrá fin dado que tampoco se detendrán los esfuerzos por la búsqueda de nuestros orígenes. El mapa estará en permanente construcción así que solo me resta deciros tres cosas:

  1. Sed indulgentes porque falta muchísima información. Todos los días trato de añadir nuevos elementos y completar la información que falta en los ya existentes. Creedme si os digo que no es un trabajo sencillo.
  2. Agradeceré cualquier ayuda sobre todo en conseguir coordenadas correctas de los yacimientos. Hay mucha información en internet en diferentes páginas, pero la mayoría de las coordenadas que se facilitan no son exactas (creo que de forma intencionada para evitar «visitas» no queridas en esos lugares). Por ese motivo busco la información en los propios artículos científicos y a veces cuesta bastante dar con el dato concreto.
  3. Espero que os parezca una herramienta útil e interesante. Estoy abierto a cualquier consejo para su mejora.

Notas

  1. Carta de Charles Darwin a su hermana Catherine. 6 de abril de 1834.
  2. Todos los iconos los he tomado de Flaticon (http://www.flaticon.com/), y han sido creados por Freepik (http://www.freepik.com/).
  3. En el caso de no conocer las coordenadas exactas, se utiliza otro icono que veremos más abajo.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 2 comentarios
Huellas humanas en la isla Calvert

Huellas humanas en la isla Calvert

     Última actualizacón: 15 junio 2018 a las 09:40

Hemos comentado en varias ocasiones (ver por ejemplo las anotaciones «¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?» o «La ruta costera de entrada en América») que se están haciendo importantes esfuerzos por recuperar restos arqueológicos que permitan conocer con más detalle cuál fue la ruta seguida por nuestros antepasados para entrar en el continente americano.

Los últimos descubrimientos apuntan a que la hipótesis de que los colonizadores emplearon una ruta costera con la ayuda de embarcaciones cobra cada vez mayor fuerza. La utilización de esta ruta no excluye que el llamado «corredor libre de hielo» 1 jugara un papel relevante, pero lo que los investigadores tratan de averiguar es por dónde y cuándo se produjo esa migración.

Hoy traemos a este blog la publicación de un artículo científico 2 en la revista PLoS ONE que describe un total de 29 huellas halladas en la isla Calvert situada en la provincia canadiense de la Columbia Británica. El pasado mes de febrero ya nos hicimos eco de este descubrimiento cuando se anunció en un congreso de arqueología, pero no hemos podido profundizar hasta conocer todos los detalles gracias a este trabajo.

Localización de la isla Calvert. Fuente imagen: Google Earth.

Contexto geológico

Durante el último máximo glaciar, el borde occidental del glaciar de la Cordillera llegó a cubrir casi por completo la costa del Pacífico de América del norte. Sin embargo, algunas porciones de tierra permanecieron libres de hielo durante largos periodos de tiempo, convirtiéndose en refugios donde la vegetación y los grandes mamíferos terrestres pudieron prosperar. Las pruebas geológicas demuestran que hace entre 19.000 y 16.000 años antes del presente 3 estos refugios se hicieron cada vez más grandes y más abundantes a lo largo de la costa.

Por ese motivo, esa región es un lugar ideal para intentar localizar rastros de la presencia humana aunque, hasta ahora, las pruebas arqueológicas recuperadas a lo largo de esta posible ruta de migración han sido escasas. Esta situación se debe en parte al hecho de que pocos de los arqueólogos que están trabajando allí se han planteado sacar adelante proyectos de investigación con el objetivo de probar si esta hipótesis es correcta.

Sin embargo, los yacimientos arqueológicos de la costa noroeste del continente americano demuestran que las poblaciones humanas del Pleistoceno final utilizaron embarcaciones para llegar a las islas donde la mayoría de ellos están localizados. Por eso es muy probable que aprovecharan esos refugios costeros para su subsistencia.

En cualquier caso, lo cierto es que los arqueólogos que trabajan en esta región se enfrentan a numerosos problemas:

  • Es difícil localizar posibles yacimientos porque la erosión que podría facilitar la tarea, dejando al descubierto pistas de la presencia humana, es bastante rara.
  • A lo dicho anteriormente se suma que la acumulación de materia orgánica en el suelo es abundante, lo que complica esa labor.
  • La mayor parte de la línea de costa actual solo es accesible en barco ya que existen un sinnúmero de archipiélagos, canales marinos y vías fluviales. La logística es enormemente compleja.
  • Por último, la línea de costa durante el Pleistoceno final variaba mucho de una región a otra debido a los complejos procesos geológicos relacionados con las masas glaciares.

Por eso, para afrontar estos inconvenientes, las investigaciones arqueológicas que tratan de descifrar cómo se produjo el poblamiento de América comienzan a menudo con estudios para comprender los procesos geomórficos y, en particular, cartografiando cuál era el nivel del mar en diferentes lugares y momentos.

Hemos de tener en cuenta que en la mayor parte del planeta el nivel del mar se encontraba por entonces 120 metros más bajo que hoy en día –ya que las masas glaciares acumulaban una enorme cantidad de agua. Sin embargo, en algunas regiones a altas latitudes, ese descenso se vio contrarrestado por la isostasia mientras los glaciares avanzaban hacia los márgenes continentales (es decir, el peso de los glaciares hundía la masa continental y de esa forma aumentaba el nivel del mar). Por lo tanto había un enorme contraste: en algunas zonas de la costa el nivel del mar se encontraba hasta 200 metros por encima del actual, mientras que en las islas exteriores podía estar 150 metros más bajo.

La isla Calvert se encuentra entre dos de esas áreas de enorme variación de nivel del mar. Concretamente, hace entre 14.000 y 11.000 años el nivel del mar se encontraba 2 o 3 metros más bajo que hoy en día.

Teniendo esos datos en cuenta, los firmantes de este estudio desarrollaron un programa de muestreo en las playas –haciendo pequeñas prospecciones– entre la subida y la bajada de la marea con la intención de localizar depósitos arqueológicos de esa época. La sorpresa para todos fue enorme cuando se encontraron un conjunto de huellas humanas.

Detalle de la zona de excavación en la isla Calvert. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

La excavación arqueológica

La primera huella apareció en 2014 a una profundidad de 60 cm del actual nivel de la playa. Justo debajo de esa huella se encontraron varios trozos de madera, dos de los cuales fueron datados mediante la técnica del radiocarbono arrojando una antigüedad el primero, de entre 13.169 y 13.095 años antes del presente; y el segundo, de entre 13.317 y 13.241 años antes del presente.

Fotografía de la huella #17, correspondiente a un pie derecho. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

En las campañas de 2015 y 2016 se amplió la zona de excavación y así aparecieron 28 huellas adicionales que estaban orientadas en diferentes direcciones. En algunas de ellas se podían distinguir claramente los dedos de los pies, mientras que en otras fue necesario aplicar técnicas digitales para apreciar todas sus características. En realidad se encontraron muchas más huellas que las 29 descritas en el estudio, pero dado que eran parciales y no se podían estudiar en detalle, no fueron incluidas finalmente.

Vista general del yacimiento. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Plano general de la zona de excavación (4×2 metros) donde se incluyen las muestras utilizadas para la datación y las fechas que arrojaron los análisis de radiocarbono. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Estratigrafía y datación

La excavación sistemática del yacimiento (denominado Meay Channel I o EjTa-4) ha revelado la existencia de doce (XII) niveles o estratos de deposición. Vamos a centrarnos en los estratos inmediatamente superiores e inferiores a las huellas:

El estrato X es un paleosuelo que conforma la superficie donde quedaron impresas las huellas.

El estrado IX, que es el inmediatamente superior, constituye el relleno superpuesto a las huellas.

Las fechas radiocarbono de este estrato son inconsistentes, es decir, arrojan unas cifras muy dispares, que van desde la horquilla de 12.640 y 12.576 años, a entre 5.706 y 5.608 años antes del presente.

En la parte sudeste de la zona de excavación se halló parte de lo que se ha interpretado como un hogar, aunque no se han recuperado restos de carbón vegetal o de otros materiales que hubieran permitido una datación. Es posible que dado que la zona ha estado sometida a la acción del agua de forma continuada, todo resto de fuego haya desaparecido.

En el estrato VIII se tomaron muestras de madera –restos de los árboles circundantes– que arrojaron una datación con una horquilla que va de los 12.849 a los 12.751 años antes del presente. También se encontraron en esta capa ocho láminas, ocho herramientas líticas. El estrato VIII recubre claramente las huellas, por lo que la fecha indicada permite suponer –de forma conservadora– que el límite temporal superior de las huellas es ese, es decir, al menos son así de antiguas.

Los sedimentos del estrato VII se han datado entre los 2.757 y 2.764 años y los 2.752 y 2.742 años antes del presente.

Niveles estratigráficos. Las zonas marcadas con letras C, D, E, F y G son huellas. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

El estudio de la estratigrafía del yacimiento ha permitido aventurar una hipótesis acerca del proceso de formación del mismo:

Al final del último evento glacial se depositó una arcilla marina (estrato XI) hace entre 14.500 y 14.000 años antes del presente cuando el nivel del mar era superior al actual. Cuando el nivel del mar descendió hace aproximadamente 13.300 años, se formó una capa por encima de esa arcilla (el actual estrato X). Este es el suelo donde quedaron impresas las huellas. De hecho, los trozos de madera y demás restos de los árboles que han permitido las dataciones que se publican en el artículo, quedaron presionados y hundidos por las pisadas de nuestros antepasados.

Las huellas quedaron finalmente cubiertas por arena y guijarros (estrato IX) y después otra capa de arcilla (estrato VIII) en algún momento hace entre 12.850 y 12.750 años antes del presente. Entre estas fechas y hace 11.350 años, la superficie de las huellas quedó en una zona intermareal donde se formaron piscinas de agua que dieron lugar a los hoyos con forma de campana que interrumpen la superficie de las huellas en la parte suroriental del área de excavación.

Procesos de formación del yacimiento. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Huellas humanas

De todos los elementos que pueden encontrarse en una excavación arqueológica las huellas tienen un carácter muy especial. Desde que salieron a la luz las que quizás sean las huellas más famosas de nuestros antepasados –las que posiblemente dejaron miembros de Australopithecus afarensis en Laetoli (Tanzania)– este tipo de restos levantan un enorme interés.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que algunos animales pueden dejar unas huellas similares a las nuestras. De todos los grandes mamíferos que viven en la zona de la Columbia Británica hoy en día, sólo las huellas que deja la pata trasera de un oso pardo o un oso grizzli son parecidas a la del ser humano. En este sentido, los investigadores concluyen que se trata de las huellas de seres humanos y no de animales por varias razones:

  • La presencia de un arco plantar y talones claramente definidos.
  • Ausencia de marcas de garras.
  • Las huellas no son triangulares en su forma general.
  • Ausencia de una tercera falange larga (al contrario, las primeras y segundas falanges son más largas).
  • En conjunto son más estrechas que las huellas de oso.

Quizás lo más importante sea que no se han encontrado huellas de las patas delanteras de oso, que son completamente diferentes a las humanas. En cualquier caso, los investigadores son cautos dado que el rastro de huellas se extiende más allá del perímetro de la actual zona de excavación, por lo que es posible que se encuentren otras huellas realizadas por animales cuando la excavación se extienda.

Fotografía de la huella #22, correspondiente a otro pie derecho. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Conclusiones

Las huellas desenterradas en la isla Calvert demuestran la presencia humana en el margen occidental del glaciar de la Cordillera durante el Pleistoceno final, hace entre 13.300 y 13.000 años antes del presente. Este marco temporal es algo más tardío que la antigüedad atribuida al yacimiento de Manis Mastodon, situado en el borde sur del área sobre la que influyó esa masa de hielo 4.

Las mediciones de las huellas han permitido determinar que al menos tres individuos diferentes dejaron aquellas marcas y que, al contrario de otros yacimientos famosos, las huellas no forman una línea, no indican un camino, sino que más bien representan una congregación. Este tipo de patrón es el que se produce cuando las personas concentran su actividad en un área, centradas quizás alrededor de un punto central. Aquí cobra especial relevancia los rastros de un posible hogar, una zona de cocina, identificado en el estrato IX.

La información paleoambiental del norte de la isla Calvert ofrece un contexto que apoya la afirmación de los investigadores de que las huellas se realizaron en el Pleistoceno final. Las pruebas recopiladas en los sedimentos muestran que la isla no estaba «congelada», no estaba sometida a la acción de masas de hielo hace 15.000 años. Después de ese momento, la parte norte de la isla sí que estuvo sometida a un avance local y corto en el tiempo del glaciar del Monte Buxton, periodo que finalizó hace 14.500 años.

Los datos combinados de la estratigrafía, los paleoambientes y del nivel del mar apoyan la horquilla de fechas conservadoras de entre 13.317 y 12.633 años que se ofrecen en este estudio para la antigüedad de las huellas. Los investigadores sin embargo son conscientes de que existen limitaciones en las pruebas aportadas como la presencia de dataciones que no encajan, concretamente en el estrato IX, que es el que cubre la superficie de las huellas y que ha sufrido una perturbación en algunos puntos debido a la erosión.

Dado que la investigación continúa al haberse decidido ampliar la zona de excavación, más pronto que tarde tendremos nuevos datos que, probablemente, vendrán a confirmar y ajustar en el tiempo las fechas y datos expuestos en este trabajo.

Notas

  1. El camino que se abrió tras el retroceso de los glaciares Laurentino y de la Cordillera, y permitió el paso a través del valle del Yukón hacia el sur por el valle del río Mackenzie al este de las Montañas Rocosas.
  2. McLaren, D., et al. (2018), «Terminal Pleistocene epoch human footprints from the Pacific coast of Canada». PLoS ONE, vol. 13, núm. 3, p. e0193522.
  3. Mientras no se indique lo contrario, todas las fechas incluidas en esta anotación están calibradas.
  4. Ver por ejemplo Waters, M. R., et al. (2011), «Pre-Clovis mastodon hunting 13,800 years ago at the Manis Site, Washington». Science, vol. 334, núm. 6054, p. 351-353.
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Hablar de evolución sin amedrentar

Hablar de evolución sin amedrentar

     Última actualizacón: 8 junio 2018 a las 11:15

Hace unas semanas leí un artículo en la revista Undark titulado Speaking of Evolution, in Non-Threatening Tones escrito por Rachel E. Gross. He decidido traducir esta pieza al castellano −con el permiso de los editores− porque nos cuenta la iniciativa de Rick Potts (que trabaja en el Museo Nacional de Historia Natural en Washington D.C.), de llevar la explicación sobre la teoría de la evolución, y más concretamente, sobre la evolución del hombre, a aquellas comunidades que por diversos motivos (fundamentalmente religiosos) no acuden a la exposición permanente que se exhibe el museo. Es decir, se trata de una labor divulgativa en la que se pretende ir más allá del tradicional papel de los museos como receptores pasivos de visitantes, para llevar cuestiones tan importantes como la evolución directamente a quienes son más reacios a aceptarlas.

Este es un tema realmente esencial ya que considero que el estudio de la evolución biológica en general, y de la evolución humana en particular, es fundamental no solo para comprender cuál es nuestro lugar en el mundo, sino para afrontar los problemas que nos depara el futuro.

Hablando de evolución de forma no amenazadora

Durante dos años, los investigadores del Instituto Smithsoniano han viajado por el país para discutir, con calma, la ciencia de la evolución humana. Este es el por qué.

 

Rick Potts es un evolucionista y darwinista no-ateo. Esto sorprende a menudo a las comunidades religiosas con las que trabaja como jefe del programa «Orígenes del hombre» del Museo Nacional de Historia Natural en Washington D.C.

Criado como protestante —con «énfasis en la palabra “protesta”» como le gusta decir— el paleoantropólogo dedica los fines de semana a cantar en un coro que interpreta canciones sagradas y seculares. A los 18 años se convirtió en objetor de conciencia de la guerra de Vietnam porque sentía que era antitética con las personas que trataban de entenderse entre sí. En la universidad estudió religión comparada. «Quería comprender esa universalidad de los seres humanos», explica enmarcado por los moldes de cráneos de los primeros homininos que se alinean en su oficina en el National Mall. « ¿Cómo entender a todos los seres humanos como una totalidad, en lugar de las divisiones entre las personas?»

Por eso, para él, la evolución humana es el tema perfecto para derribar las profundas barreras que hay entre la gente en un mundo cada vez más polarizado y politizado.

Potts se incorporó en 1985 al Instituto Smithsoniano, la amplia red de museos públicos y centros de investigación de los Estados Unidos, y supo que quería crear un nuevo tipo de exposición sobre la evolución humana, una que fuera más allá de la filogenia y la taxonomía. La elección del título de la sala –¿Qué significa ser humano?– no es accidental. «La nuestra es la única que se hace esta pregunta tan amplia» dice sobre la instalación.

Aun así, Potts se dio cuenta en 2010 que los únicos que acudían a la exposición eran quienes no discrepaban con la ciencia de la evolución. Para llegar a los más de cien millones de estadounidenses que todavía dudan acerca de esa ciencia tendría que llevar hasta ellos las pruebas cuidadosamente empaquetadas.

Ese fue el origen de la «Human origins traveling exhibit», que terminó el año pasado. La idea era llevar las partes fundamentales de la exposición que puede verse de forma permanente en la capital de la nación, a diversas comunidades incluidas las rurales, las religiosas y las remotas. Al menos 10 de los 19 lugares visitados por el Smithsonian se consideraban «desafiantes», lugares donde los investigadores sospechaban que la evolución todavía podía ser un tema polémico por razones religiosas o de otro tipo. La exposición estaría acompañada por un equipo de miembros del clero y científicos cuidadosamente seleccionados por el Smithsonian, e involucrarían al público y al clero local en las conversaciones sobre este tema delicado.

Este proyecto fue financiado en parte por la Fundación John Templeton que respalda los esfuerzos para armonizar la religión y la ciencia, así como el fondo Peter Buck del Instituto Smithsoniano para la investigación de los orígenes del hombre. Parte del objetivo era la educación científica. Después de todo, la teoría de la evolución es la columna vertebral de la química y la biología, el hilo conductor que da sentido a todas las ciencias. La evolución humana es también «uno de los mayores obstáculos —si no el más importante— para la educación científica en Estados Unidos», dice Potts, un hombre de 64 años con gafas de montura metálica y un semblante amable.

Pero enseñar únicamente la ciencia evolutiva no era el objetivo. Potts buscaba algo más sutil: no una conversión, sino una conversación.

«Nuestro objetivo es bajar la temperatura» dice.

«Explorando los orígenes del hombre». Muestra de la exposición en la biblioteca de Historia Natural del Instituto Smithsoniano durante un taller para las 19 bibliotecas participantes.

Si no estás en uno de los bandos del debate sobre la evolución puede ser difícil comprender de qué va todo este alboroto. Aquí tienes la versión corta: el crimen de Charles Darwin no fue refutar a Dios. Más bien, la teoría evolutiva que defendió en «Sobre el origen de las especies» hizo innecesario a Dios. Darwin proporcionó una explicación para el origen de la vida –y, lo que era más problemático, los orígenes de la humanidad– que no requerían un creador.

¿Qué pensaría Darwin si pudiera ver la ira de las guerras sobre la evolución hoy en día?, ¿si supiera que, año tras año, las encuestas nacionales muestran que un tercio de los estadounidenses cree que los humanos siempre han existido en su forma actual? (En muchos grupos religiosos, ese número es mucho mayor). ¿Que entre todas las naciones occidentales, solo Turquía tiene más probabilidades que los Estados Unidos de rechazar rotundamente la noción de evolución humana?

Quienes investigan este tema llaman a este paradigma el «modo conflicto» porque enfrenta la religión y la ciencia entre sí, con poco espacio para la discusión. Y los investigadores están comenzando a darse cuenta de que se hace poco para aclarar la ciencia de la evolución a quienes más lo necesitan. «La aceptación es mi objetivo», dice Jamie Jensen, profesor asociado que enseña biología para universitarios en la Brigham Young University. Casi todos los estudiantes de Jensen se identifican como mormones. «Al final de la asignatura Biology 101 [asignatura introductoria] pueden responder todas las preguntas realmente bien, pero no creen una palabra de lo que digo», dice. «Si no la aceptan como algo real, entonces no están dispuestos a tomar decisiones importantes basadas en la evolución –como vacunar o no a sus hijos, o darles antibióticos».

En 2017, unos investigadores en educación de la biología de la Universidad Estatal de Arizona evaluaron si las estrategias de enseñanza podrían reducir esta sensación de conflicto. Para un estudio añadieron módulos de dos semanas de duración en las clases de biología para abordar directamente los obstáculos filosóficos de los estudiantes, y llevaron a científicos contemporáneos con antecedentes religiosos. Los autores señalaron en el artículo científico que al final de las clases los estudiantes que percibían un conflicto se habían reducido a la mitad, lo que les permitió concluir que discutir la compatibilidad de la religión y la evolución «puede tener un impacto positivo en los estudiantes que se puede extender más allá del aula».

Este trabajo es parte de un movimiento más amplio que busca cerrar la brecha entre la ciencia evolutiva y la religión, ya sea real o percibida. Entre los principales implicados se incluye la Fundación BioLogos, una organización que subraya la compatibilidad del cristianismo y la ciencia, financiada por el director de los Institutos Nacionales de Salud, Francis Collins, un cristiano evangélico; y la Asociación estadounidense para el avance del diálogo científico sobre ciencia, ética y religión (DoSER [por sus siglas en inglés]), un programa que tiene como objetivo fomentar el diálogo científico dentro de las comunidades religiosas.

Estos grupos reconocen que son las barreras culturales, no la falta de educación, las que impiden que más estadounidenses acepten la evolución. «No quiero restar importancia a la enseñanza de la evolución a nuestros estudiantes, creo que es lo más importante que hacemos», dice Elizabeth Barnes, una de las coautoras del estudio sobre educación en biología. «Pero no es suficiente si queremos que los estudiantes acepten realmente la evolución».

La exposición itinerante sobre evolución del Museo Nacional de Historia Natural puede estar entre los esfuerzos más ambiciosos para cerrar la brecha ciencia-religión. La idea de pasar de un debate a una conversación «cambia las reglas del juego, en relación a cómo escuchas y cómo hablas con alguien» dice Potts. Para hacerlo buscó llevar la evolución humana no solo a las personas que querían oír hablar de ella, sino también a aquellos que realmente no querían.

La exposición itinerante incluye esta reproducción de una estatua de bronce creada por John Gurche de un curioso Homo neanderthalensis de dos años que está aprendiendo de su madre.

«Sabíamos que habría reacciones en contra», dice Penny Talbert, una mujer de 47 años que nació en una familia holandesa de Pensilvania y ahora trabaja como bibliotecaria y directora ejecutiva de la Biblioteca Pública de Ephrata en Pensilvania. «No esperábamos la ira».

De todas las comunidades elegidas para albergar la exposición del Smithsonian en 2015, Efrata demostraría ser la más desafiante. La ciudad, cuyo nombre significa «fructífera» y lo recibe del lugar bíblico Ephrath, se encuentra en el corazón del país amish. La mayoría de sus residentes son conservadores cristianos y anabaptistas (amish, menonitas, Brethren); más del 70 por ciento votó por Donald Trump. Efrata también fue la única ciudad que organizó un boicot significativo contra la exposición del Smithsonian, que incluía puntos de información con pantallas táctiles, moldes de cráneos prehistóricos y un panel que señalaba que Homo sapiens comparte el 60 por ciento de sus genes con los plátanos, el 85 por ciento con los ratones y el 75 por ciento con los pollos.

Pero fue una reproducción casi a tamaño real de una mujer neandertal y su hija desnuda lo que provocó el mayor escándalo entre las 30.000 personas del área que atiende la biblioteca. La estatua estaba colocada sobre un soporte de madera en la entrada principal de la biblioteca. Cuando las familias entraban, tapaban a menudo los ojos de sus hijos durante la exposición. Un grupo llamado Young Earth Action abrió una página web titulada «El diablo viene a Efrata», y un editorial en el periódico local acusó a Talbert de «librar una guerra espiritual» en su comunidad.

«Lo que más me molestó fue la estatua de una mujer y un niño pequeño desnudo justo a la entrada de la biblioteca», escribió una mujer en el tablón de la biblioteca. «Me quedé impactada. Nuestra biblioteca debe ser un lugar seguro para nuestros niños, no un sitio donde tengamos que preocuparnos por lo que verán nuestros hijos cuando vayamos a la biblioteca». La carta estaba firmada «una madre molesta».

Cuando visité a Talbert el verano pasado le pregunté si podía pensar en algún tema más ofensivo para su comunidad que la evolución humana. Llevaba unos pantalones vaqueros y unas gafas de sol granate; su cabello era marrón con algunas canas.

«Los abortos probablemente serían más ofensivos», respondió Talbert, «pero también podría ser esto».

Por supuesto, nadie que acude a la exposición «Orígenes del hombre» entra como un papel en blanco; los visitantes vienen moldeados por toda una vida de cultura y ambiente. Y un número cada vez mayor de investigaciones científicas sugieren que los hechos no cambian las creencias de las personas, particularmente cuando esas creencias están embebidas en su seña identitaria.

«En lo que se ha convertido en una sociedad relativamente polémica, ¿podemos crear espacios comunes cuando las personas que tienen diferencias serias y profundas entablan una conversación?» pregunta Jim Miller, presidente de la Asociación presbiteriana de ciencia, tecnología y fe cristiana, y asesor del programa Human Origins. La esperanza, dice Miller, es «que podamos alcanzar sino un nivel de acuerdo, al menos cierto nivel de entendimiento».

Dan Kahan, un experto en comunicación científica en la Facultad de derecho de Yale, cree que es posible, pero solo si abandonamos el terreno retórico trillado. Preguntar a las personas si «creen» o no en la evolución es hacer una pregunta equivocada –sugiere el trabajo de Kahan– porque les obliga a decidirse entre lo que saben y quiénes son.

Cuando le hablé a Kahan sobre el proyecto del Smithsonian, estuvo de acuerdo con la premisa. «Creo que los organizadores están tocando un punto realmente importante, que es el no querer poner a la gente en la posición de tener que elegir entre lo que la ciencia sabe y el ser quienes son como miembros de su comunidad», dice.

«De hecho, los estudios sugieren que eso es lo peor que se puede hacer si quieres que las personas que tienen esa identidad se impliquen abiertamente con la evolución», agrega.

Sugiere que es mejor preguntar a esas comunidades cómo creen que la ciencia debería explicar los mecanismos de la evolución. «La ciencia debe ser fiel a sí misma y averiguar cómo hacer que la experiencia sea lo más accesible posible para la mayor cantidad posible de personas», dice Kahan. Esto implica «enseñarles lo que sabe la ciencia, no convertirlos en otra persona».

Breve vídeo introductorio en el que Rick Potts nos explica algunas de las pruebas de la evolución humana.

Aproximadamente hacia la mitad de la sala de la exposición de los «Orígenes del hombre» se encuentra un punto de información interactivo que plantea la pregunta principal: «¿Qué significa ser humano?». En él los visitantes pueden ver respuestas antiguas: «Apreciamos la belleza», dice una. «Creer en el bien contra el mal», dice otra. «Escribe poesía y ecuaciones… Crea y habla sin cesar sobre eso… Imagina lo imposible… Ríe… Llora por la pérdida de un ser querido… Comprende nuestra conexión con otros seres vivos».

Luego se invita a los visitantes a escribir sus propias respuestas. Muchas de ellas, que aparecen en la página web de Human Origins, están centradas en Dios, son anti-evolución o no tienen nada que ver con la ciencia, pero eso no preocupa a Potts. Por supuesto que le gustaría ver una sociedad que aceptase más fácilmente la ciencia de la evolución. «Pero mi filosofía sobre esto es que la aceptación tiene que venir desde dentro», dice. «No vendrá de un esfuerzo externo para conseguir esa aceptación».

Lo que puede venir del exterior es la comprensión a través de la conversación. Incluso en Efrata, sugiere Talbert, la mayor sorpresa fue ver cuánto compromiso había alrededor de la exposición. «No todos terminaron esas conversaciones sintiéndose increíblemente emocionados», dice Talbert, «pero creo que todos se fueron sintiendo que los habían escuchado».

Y para Potts ese fue siempre el objetivo: pasar de la retórica nacional de un debate turbulento a una conversación a fuego lento. «El “modo conflicto” es algo que hemos heredado de las generaciones pasadas y depende de nosotros realmente si queremos continuar con él», dice. «Tenemos una alternativa».

La exhibición itinerante incluía un conjunto de réplicas de cráneos en 3D que representan importantes descubrimientos en el campo de la evolución humana. Estas réplicas quedaron finalmente en cada comunidad que albergó la exposición.

Notas

  • Tengo que agradecer a los editores de Undark el permiso para traducir este artículo.
  • Las imágenes que ilustran esta anotación se han tomado de la página que el Instituto Smithsoniano tiene abierta sobre esta exposición itinerante. Se ha hecho siguiendo el código ético de la propia institución sobre el uso de sus publicaciones.

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Primates con plumas. La inteligencia de los córvidos

Primates con plumas. La inteligencia de los córvidos

Huginn ok Muninn
fljúga hverjan dag
Jörmungrund yfir;
óumk ek of Hugin,
at hann aftr né komi-t,
þó sjámk meir of Munin.
Hugin y Munin
vuelan todos los días
alrededor del mundo
temo menos por Hugin
de que no regrese,
aún más temo por Munin.
Edda poética – Grímnismál, estrofa 20

En la mitología nórdica, Hugin y Munin son un par de cuervos asociados con el dios Odín. Hugin –el «pensamiento»– y Munin –la «memoria»– viajaban alrededor del mundo recogiendo noticias e información para Odín. Cuando regresaban cada tarde, se posaban en los hombros del dios y susurraban a sus oídos todas las noticias que habían conocido, transmitiéndole de este modo su sabiduría.

Los humanos hemos considerado a los córvidos como unas aves especialmente «inteligentes» desde tiempos inmemoriales. Esta idea, desarrollada en primera instancia por la mera observación de su comportamiento en la multitud de ambientes en que se desenvuelven, se ha visto reforzada y modulada con el paso del tiempo gracias a la labor de un buen número de científicos. Pero éstos, para llevar a cabo sus investigaciones y plantear experimentos con los que someter a prueba sus hipótesis, han tenido que tener muy presente el «canon de Morgan».

A finales del siglo XVIII, el psicólogo inglés Conwy Lloyd Morgan puso el énfasis en el peligro de caer en el antropocentrismo cuando se trataba de estudiar el comportamiento de los animales, y propuso el principio que hoy conocemos como «canon de Morgan». Según este –similar en espíritu al de la navaja de Occam– no deberíamos interpretar el comportamiento animal en términos de procesos cognitivos superiores si podemos explicarlo a partir de mecanismos psicológicos más simples.

También deberíamos mencionar la «objetividad» como otra cualidad esencial para este tipo de estudios –básica por otro lado en cualquier ámbito de la ciencia. En este sentido, me gusta la explicación que de este término da S. J. Gould en su libro «La falsa medida del hombre»:

La objetividad puede definirse desde una perspectiva funcional como el justo tratamiento de los datos, no como la ausencia de preferencias. […] La mejor forma de objetividad consiste en identificar explícitamente las preferencias, de modo que su influencia pueda reconocerse y contrarrestarse. […] Debemos identificar las preferencias con objeto de limitar su influencia en nuestro trabajo.

Los córvidos, ¿primates con plumas?

Los córvidos (Corvidae) son una familia de aves que comprende aproximadamente 120 especies diferentes que se hallan diseminadas por todo el planeta (excepto en las regiones polares). Podemos destacar entre ellas a los cuervos, los grajos y las urracas.

Este tipo de aves han sido objeto de un interés cada vez mayor por parte de científicos de diversos campos, quienes han llevado a cabo numerosos experimentos tratando de comprender algo que ya se intuía –como hemos comentado– pero que no resultó por ello menos llamativo: algunos córvidos no sólo son más «inteligentes» que otras especies de aves, sino que podrían ser rivales para algunos primates no humanos.

Antes de profundizar en los aspectos que hacen tan especiales a estas aves, debemos tener en cuenta algunos datos. En primer término, el tamaño del cerebro de un cuervo es mayor del que cabría esperar según su tamaño corporal y, además, tiene el mismo tamaño relativo que el cerebro de un chimpancé. En segundo lugar, cuando viven en libertad, los córvidos precisan al nacer de un largo tiempo de desarrollo antes de ser completamente independientes de sus padres, y muchos viven en grupos sociales complejos. ¿Te suenan algunas de estas características?

El trabajo que Nathan Emery y Nicola Clayton vienen realizando los últimos años ha permitido que tengamos una visión más completa del comportamiento de estas aves. En este sentido, ambos investigadores consideran a los córvidos y los psitácidos (la familia de los loros) como verdaderos «primates con plumas». Veamos con más detalle cuáles son estos comportamientos tan llamativos.

Esconder comida

Muchos córvidos esconden comida cuando disponen de ella en abundancia para poder alimentarse en el futuro. Ya se trate de esconder una gran cantidad de semillas en un área amplia de forma estacional, o bien ocultar una cantidad más pequeña de alimentos perecederos con la intención de recuperarlos horas o escasos días más tarde, este comportamiento exige el desarrollo de diferentes habilidades cognitivas que son esenciales para que esta estrategia tenga éxito.

Los científicos defienden que esta habilidad de recordar el qué, dónde y cuándo de eventos pasados se asemeja bastante a la memoria episódica de los humanos. La memoria episódica es la memoria relacionada con sucesos autobiográficos (momentos, lugares, emociones asociadas y demás conocimientos contextuales) que pueden evocarse de forma explícita. En nuestro caso, las aves tienen que recordar un episodio particular que ha tenido lugar en el pasado (el acto de esconder la comida), el lugar donde la han escondido y, al mismo tiempo, tener en cuenta el marco temporal, es decir, cuándo pueden ir a recuperarla (esencial en el caso de alimentos perecederos).

Estudios recientes han mostrado por ejemplo que el cascanueces americano o de Clark​ (Nucifraga columbiana) recuerda hitos verticales como árboles y grandes rocas porque es poco probable que esos elementos salgan volando o queden sepultados bajo la nieve, sirviendo como elementos clave a la hora de identificar los lugares escogidos para ocultar comida. Del mismo modo, estas aves recuperan primero la comida que se echa a perder en pocos días y, en caso de no poder hacerlo en su momento, la abandonan sabiendo que ya no será comestible.

Si este comportamiento es interesante de por sí, quizás nos sorprenda más saber que los córvidos también emplean una serie de estrategias para reducir el riesgo de que otros pájaros roben sus provisiones. Por ejemplo, prefieren escoger sitios ocultos tras grandes rocas, árboles, maleza etc. porque son elementos que dificultan la visión a los posibles ladrones (y usan estas barreras sólo cuando saben que alguien los está observando, no cuando están completamente solos).

Espías y ladrones

Los pájaros que en un alarde de previsión ante un futuro incierto deciden esconder parte de su alimento, tienen que prestar atención al contexto social en el que se realiza esa conducta: cuando se esconde comida es posible que alguien que te haya visto vaya y te la robe.

En este vídeo podemos ver una de las estrategias que utilizan los cuervos para evitar que otros le roben su comida. Sabiéndose observado, un cuervo «simula» esconder un trozo de carne y taparlo con algunas hierbas. El otro cuervo piensa que ha dejado ahí comida pero cuando llega al escondite se da cuenta de que está vacío.

Para las aves que roban, la habilidad de localizar rápida y eficazmente los almacenes de comida de otros puede ser la diferencia entre un robo exitoso o ser objeto de un ataque. Algunos córvidos observan a sus parientes cuando esconden comida y demuestran una excelente memoria espacial para localizar esos almacenes cuando sus dueños hace tiempo que se han marchado. En este sentido, el contexto social del almacenaje de comida puede verse como una carrera de armamento entre los que esconden la comida y los que la roban. Y en esa carrera, los primeros usan contramedidas para minimizar el riesgo de que roben sus provisiones.

Por ejemplo, se ha observado la conducta de algunos pájaros que deciden cambiar de sitio la comida que habían escondido porque estaban siendo observados por otros pájaros. Es decir, vuelven al escondite a cambiar la comida de lugar cuando el hipotético ladrón ya no está cerca.

Yendo más lejos, un trabajo demostró que la chara californiana (Aphelocoma califórnica) no cambiaba sus piñones de escondite al ver que otras charas la espiaban, sino que únicamente lo hacía cuando ella misma había robado antes a sus congéneres. Esta conducta es la traducción animal del famoso refrán: «piensa el ladrón que todos son de su condición». En este sentido, utilizar tu propia experiencia para predecir el comportamiento futuro de otro individuo ­–o lo que es lo mismo, ponerte en el lugar de otro– es uno de los sellos distintivos de la «teoría de la mente», otra habilidad considerada únicamente humana.

En definitiva, lo que podemos deducir de este comportamiento es que estos pájaros, que han sido ladrones en el pasado, relacionan esa información sobre su experiencia como ladrones con la posibilidad de que otro individuo les robe su comida, de forma que modifican su conducta para evitar esa posibilidad.

Uso y fabricación de herramientas

Hasta que Jane Goodall descubrió que los chimpancés fabricaban herramientas, los científicos pensaban que los humanos éramos los únicos animales con esa capacidad. De hecho, los paleoantropólogos defendían que la habilidad para fabricar herramientas habría actuado como un catalizador para el crecimiento de nuestro encéfalo (lee más: Evolución del tamaño de los dientes y el cerebro en nuestros antepasados) haciéndonos ser lo que somos. Es decir, la fabricación de herramientas habría podido impulsar la evolución de la inteligencia humana.

La propia Goodall definió hace más de cuatro décadas el uso de herramientas como «el empleo de un objeto externo como una extensión funcional de la boca, pico, mano o garra, para la consecución de un objetivo inmediato». En la actualidad sabemos que muchos animales (aves, primates y peces) usan herramientas, pero no tenemos claro si alguno de ellos sabe cómo funcionan y las fuerzas que subyacen a ese funcionamiento.  Los chimpancés (lee más: Comportamiento animal: uso de herramientas en primates), los orangutanes y solo un ave, el cuervo de Nueva Caledonia, destacan precisamente por fabricar herramientas en libertad.

Los cuervos de Nueva Caledonia​ (Corvus moneduloides) son extraordinariamente habilidosos fabricando y usando herramientas para conseguir comida que de otra manera sería inaccesible. Un buen ejemplo de ello es el empleo de ramas cortadas que las aves modifican hasta que consiguen que tenga un gancho al final. Luego la usan para sacar las larvas de insectos de los agujeros de los árboles. También fabrican herramientas aserradas a partir de hojas de pandano que utilizan para cazar: bajo las hojas del suelo del bosque, realizan una serie de movimientos rápidos hacia adelante y hacia atrás o movimientos lentos y deliberados que terminan por atrapar diferentes insectos. Este tipo de herramientas se fabrican según un patrón «estandarizado» y se transportan cuando las aves salen a buscar alimento.

En experimentos de laboratorio, estas aves fueron capaces de modificar un alambre dándole forma de gancho a una de las puntas para acceder a la comida introducida en un tubo.

Un grajo llamado Fry se ayuda de una herramienta fabricada con alambre para sacar un pequeño cubo con un gusano de un tubo. Imagen extraída del artículo: Bird, C. D. y Emery, N. J. (2009), «Insightful problem solving and creative tool modification by captive nontool-using rooks». Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 106, núm. 25, p. 10370-10375.

Existe una posible evolución acumulativa en la complejidad de las herramientas escalonadas (aumentando el número de pasos necesarios para hacer una herramienta más compleja), análoga a las innovaciones tecnológicas menores en humanos. Por lo tanto, las pruebas del uso y fabricación de herramientas sugieren que estos cuervos en ocasiones pueden combinar experiencias pasadas para encontrar nuevas soluciones a los problemas que se les plantean.

¿Cultura?

Emery y Clayton sostienen que los córvidos y los simios han desarrollado habilidades cognitivas complejas notablemente similares, pese a no ser parientes cercanos –los dos grupos divergieron hace más de 300 millones de años–, porque han tenido presiones evolutivas muy similares. Los dos son animales sociales, lo que requiere una comprensión de los motivos y deseos de los demás; y ambos buscan y procesan una extensa variedad de alimentos, algunos de los cuales solo pueden obtenerse mediante la fabricación y empleo de herramientas.

Estos investigadores sugieren que la solución de los problemas con los que se enfrentan viene de la utilización de cuatro herramientas cognitivas que han impulsado la evolución de la cognición compleja en los córvidos y otras aves: el razonamiento causal, la flexibilidad, la imaginación y la previsión.

Razonamiento causal

Algunos de los ejemplos de uso de herramientas que hemos descrito sugieren que las aves pueden entender las relaciones causales que explican por qué esas herramientas funcionan o son efectivas: el hecho de que se transforme un trozo de alambre en una herramienta con un gancho sugiere esta posibilidad.

Flexibilidad

La habilidad de actuar de forma flexible según la información de que se dispone es uno de los conceptos básicos del comportamiento inteligente. El desarrollo de estrategias flexibles de aprendizaje puede ser la base de la creatividad (como sucede cuando tienes que adaptar tu comportamiento de recogida de alimentos perecederos en función del clima).

En este sentido, un aspecto importante que subyace en todo comportamiento flexible es la habilidad de generalizar las reglas que se han aprendido en una situación concreta para aplicarlas a nuevas situaciones.

Imaginación

Cuando hablamos de imaginación nos referimos al proceso en el que los escenarios y las situaciones que ya no son percibidas se forman en la mente. Una de las ventajas de la imaginación es que se pueden practicar situaciones internamente (simuladas) antes de que se lleven a cabo, lo que puede ser importante cuando tenemos que enfrentarnos a un nuevo estímulo dentro de un contexto familiar. Por lo tanto, la habilidad para representar mentalmente la forma de objetos que están fuera de la percepción (como cuando se fabrica una herramienta a partir de cero) puede ser un precursor de la imaginación.

En otro experimento con córvidos se planteó el siguiente problema: se colocó un trozo de carne atado a una cuerda que colgaba del posadero del pájaro. La única forma de hacerse con la comida implicaba tirar de la cuerda con el pico, poner la pata sobre la cuerda después de cada tirón (para que no volviera a caer) y repetir esto varias veces hasta que la comida llegaba a su alcance. Muchos cuervos llegaron a la solución de este problema a la primera (lo que descartaba el aprendizaje por «ensayo y error»).

Aquí vemos como se plantea un experimento en el que un cuervo tiene que seguir varios pasos concretos en orden para poder alcanzar la comida. Según nos cuentan, los pájaros han realizado algunos de los pasos de forma aislada antes de la grabación, pero nunca los habían hecho todos juntos y siguiendo esta secuencia.

Previsión

Prever es la capacidad de imaginar posibles eventos futuros. El ejemplo que hemos estado viendo a lo largo de esta anotación sería el de esconder comida, ya que la comida se esconde en el presente para disponer de ella en el futuro. Otro ejemplo sería el del córvido que vuelve a esconder la comida cuando alguien le estaba observando. Dado que esa conducta no se producía cuando no había nadie vigilando, el ave está siguiendo una estrategia de futuro para protegerse frente a posibles robos.

Tomado de: Clayton, Nicola S. y Emery, Nathan J. (2015), «Avian models for human cognitive neuroscience: a proposal». Neuron, vol. 86, núm. 6, p. 1330-1342.

En conclusión, este tipo de trabajos son esenciales no sólo porque nos permiten conocer mejor la maravillosa variedad de estrategias cognitivas que desarrollan distintos tipos de animales en su vida cotidiana, sino porque la comprensión de este tipo de conductas son importantes para comprender cómo ha evolucionado la mente humana, una cuestión que sigue intrigando a científicos de muy diversos campos y que tiene importantes repercusiones éticas y morales.

Referencias

Bird, C. D. y  Emery, N. J. (2009), «Insightful problem solving and creative tool modification by captive nontool-using rooks«. Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 106, núm. 25, p. 10370-10375.

Clayton, Nicola S. y  Emery, Nathan J. (2015), «Avian models for human cognitive neuroscience: a proposal«. Neuron, vol. 86, núm. 6, p. 1330-1342.

Emery, N. J. y  Clayton, N. S. (2004), «The mentality of crows: convergent evolution of intelligence in corvids and apes». Science, vol. 306, núm. 5703, p. 1903-1907.

Emery, N. J. y  Clayton, N. S. (2009), «Tool use and physical cognition in birds and mammals». Current Opinion in Neurobiology, vol. 19, núm. 1, p. 27-33.

Van Lawick-Goodall, J. (1971), «Tool-using in primates and other vertebrates». En: Lehrman, Daniel S., et al. (eds.). Advances in the study of behavior. Academic Press, 195-249.

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