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Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

     Última actualizacón: 23 enero 2017 a las 13:30

Esta anotación es la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

¿Qué es la arqueología?

Aunque pueda parecernos raro, si preguntamos a un buen número personas qué hace un arqueólogo, todavía hay muchos que responden —casi sin dudar— con el ejemplo de Indiana Jones: un arqueólogo es un aventurero que busca templos ocultos en la selva y desentierra objetos de valor para exponerlos en un museo. Y aunque lo cierto es que Indiana Jones no era más que un caza tesoros, no hace mucho tiempo los arqueólogos actuaban exactamente de esa forma: el destino de gran parte de sus recursos y, por tanto, la dirección de sus investigaciones, estaban determinados por la demanda de los museos que necesitaban objetos para realizar exposiciones que atrajesen el interés del público.

Sin embargo, la arqueología moderna no tiene como objetivo desenterrar objetos para que acaben expuestos en una vitrina. Intenta reconstruir del modo más completo posible el comportamiento del hombre, las bases de su economía y su vida individual y social. De esta forma, la arqueología podría definirse como el método que estudia las diferentes culturas del pasado y su evolución mediante el análisis de los vestigios materiales que han dejado tras de sí.

Por este motivo se ha llegado a comparar la arqueología con el trabajo de un detective: trata de reconstruir las actividades de nuestros antepasados a partir de las huellas que dejaron, restos que tenemos que ser capaces de encontrar y analizar.

La mayoría de las evidencias que encontramos en los yacimientos son de tipo circunstancial, es decir, se trata de rastros incompletos y en demasiadas ocasiones, muy fragmentarios. Pero recurriendo a las ciencias naturales podemos obtener una información mucho más completa. Es decir, lo que el arqueólogo pueda aprender sobre el pasado dependerá en gran medida de la forma en que utilice los recursos que ponen a su disposición otras disciplinas científicas (como, por ejemplo, los análisis de ADN antiguo, estudios químicos de los suelos, polen y restos de fauna y flora etc.).

En definitiva, los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para lograr sus objetivos, la arqueología cuenta un método que comienza con el planteamiento teórico de la prospección y el proceso de excavación del yacimiento, y continúa con el estudio de los materiales encontrados, su seriación y caracterización cronológica. Esta información permite avanzar una hipótesis de trabajo sobre la época a la que pertenecen, su función etc.

  1. Trabajo de campo. La prospección es el conjunto de trabajos previos que se llevan a cabo en el campo y en el propio laboratorio con la finalidad de encontrar el mayor número de yacimientos. Se trata de conocer el terreno (tanto en términos geográficos como geológicos) por medio del estudio de la cartografía, la fotografía aérea o imágenes vía satélite. Como resulta enormemente costoso hacer prospecciones en un área de investigación extensa, es habitual realizar muestreos en zonas más concretas con el uso de sistemas como el georradar, o los métodos magnéticos, que aprovechan la presencia de partículas férricas en la composición de los diferentes suelos y las alteraciones que han podido sufrir por la alteración humana (especialmente indicado para detectar estructuras de hornos). A partir de esa información se puede tomar la decisión de excavar en el yacimiento que sea más prometedor. En segundo término, la excavación del yacimiento permite conocer las actividades humanas en un periodo determinado del pasado y conocer los cambios experimentados en ese lugar de una época a otra. Para poder analizar y comprender un yacimiento es necesario tener en cuenta la estratigrafía, que no es más que la sucesión de capas u ocupaciones que constituyen una secuencia y que se acumulan a lo largo del tiempo. Destacaremos dos leyes que rigen su funcionamiento. La ley de superposición implica que el sedimento que se depositó hace más tiempo estará en la parte inferior de la secuencia estratigráfica, mientras que el más moderno estará encima de éste (en términos generales, cuanto más profundo excavamos, más lejos en el tiempo llegamos). Por otro lado, y como complemento de la anterior, la ley de horizontalidad original se refiere a que, en condiciones perfectas, los sedimentos se depositan de manera horizontal.
  2. Trabajo de laboratorio. Una vez obtenidos los materiales hay que analizar todas las muestras obtenidas en el yacimiento. Estos trabajos permiten conocer el medio ambiente en el momento de ocupación del yacimiento (gracias al estudio de la microfauna, pólenes, composición del sedimento, carbones, semillas, etc.), las estrategias de caza, los esquemas de obtención de herramientas, así como la identificación de restos humanos.
  3. Trabajo de gabinete. Una vez estudiados y clasificados los materiales, procede la interpretación de los datos obtenidos y su puesta en contexto con los conocimientos previos de la disciplina. De esta forma, el resultado de los estudios de los especialistas en cada materia se verá reflejado en artículos en revistas científicas, monografías o trabajos de divulgación.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a las interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados. Estas interpretaciones emplean los datos arqueológicos fuera de contexto, se utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo o, directamente, presentan datos falsos o falsifican pruebas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión. documentales etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico a pesar de que sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  Disfrazan sus afirmaciones de científicas para gozar de la credibilidad que ésta representa.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, o que nuestros antepasados no pudieron construir sin ayuda las pirámides de Egipto o de Mesoamérica. Sin embargo, la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito.  También debemos reconocer que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como comprobamos con su utilización por el partido nazi en la Alemania de comienzos del siglo XX.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no constituye un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado.  Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.

Debemos hacer un esfuerzo mayor para rechazar sus falsedades. A continuación abordaremos esta tarea con tres ejemplos concretos.

La tumba del rey Pakal.

En 1948, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier realizó un importante descubrimiento en el interior de una pirámide escalonada de casi veintitrés metros de altura en el yacimiento de Palenque ¾conocida como el Templo de las Inscripciones, el edifico ceremonial-funerario más grande del periodo clásico-tardío: halló unas escaleras ocultas que descendían bajo el nivel del suelo. Tras casi cuatro años de duros esfuerzos para limpiar los veinticinco metros de relleno de mampostería con que se había obstruido el paso de forma intencionada, en 1952 accedió a una antecámara funeraria donde se habían inhumado seis personas, aparentemente sacrificados en honor del gobernante. En la habitación contigua estaba la tumba de Pakal, señor de B´aakal, en cuyo interior encontró su cuerpo con una máscara y diversos objetos funerarios de jade.

A pesar del excepcional hallazgo, y su importancia para comprender mejor la historia del pueblo maya y la región, lo que generó más expectación en los círculos pseudoarqueológicos fue la losa rectangular de 3,8 metros que cubría el sarcófago. En lo que supone un maravilloso trabajo artístico, presenta motivos esculpidos en bajorrelieve y una larga inscripción alrededor del borde. Muchos interpretaron esta losa como la representación de un astronauta de la antigüedad.

Todo surgió cuando dos “investigadores” (Millou y Tarade) publicaron en 1966 un artículo en la revista Clypeus de Turín titulado L’enigma di Palenque (El enigma de Palenque) donde hacen esta descripción:

«El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto, lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato. Sus dos manos manipulan unos resortes. La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los coches Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico.

La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios solar. La palabra “energía” sería más apropiada que la de “dios”, ya que en la descomposición de la luz mediante un prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de un papagayo.

En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos diez acumuladores, y también son visibles más condensadores de energía. El motor se halla en cuatro compartimientos en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego».

A pesar de la imaginación que derrochan esos “investigadores”, la escena que vemos recoge en realidad el instante de la muerte de Pakal y su caída al inframundo. Es decir, vemos simbolizada —según las creencias mayas— su muerte y resurrección.

En los mitos recogidos en la época colonial, la imagen del cosmos de los mayas se presenta como una estructura de tres niveles: el cielo; la tierra, vista como una plancha plana cuadrangular; y por último, el inframundo (con nueve niveles). Según la mitología maya, el acceso de los difuntos al inframundo obligaba recorrer los nueve escalones desde el nivel terrestre, por eso la entrada a la tumba está en el suelo del Templo, que corresponde simbólicamente a la superficie de la tierra.

Pakal aparece en el centro de la losa como símbolo del nivel terrestre; sobre él vemos una cruz formada por una serpiente bicéfala (la barra horizontal), y otra cabeza de serpiente remata el eje vertical. Esta cruz es una representación del árbol de la creación que en la mitología maya se encuentra en el centro del mundo. Debajo de éste, en la parte inferior de la losa, vemos las fauces abiertas del inframundo. El esqueleto de dos dragones, unidos por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de U que representa la entrada al mundo de los muertos.

Y es ahí donde arranca el Árbol del Mundo, centro del Universo. El Pájaro Serpiente, símbolo del reino celeste, está posado sobre la copa del árbol. El Pájaro Serpiente, en este y otros relieves de Palenque, se acompaña de glifos y mascarones solares lo que refuerza la interpretación de que se trata del Sol en el cenit.

Entre las mejores representaciones del Árbol del Mundo están las que encontramos precisamente en Palenque. Formado por serpientes bicéfalas, aparece en las lápidas de los Templos de las Inscripciones y de la Cruz; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se le representa como una planta de maíz. Todas estas cruces presentan al Pájaro Serpiente posado en lo alto; mientras que en la parte inferior vemos los símbolos de la noche, la tierra y el inframundo. Para reforzar la idea de que este pájaro representa el Sol, vemos que en el tablero del Templo de la Cruz y en la lápida del Templo de las Inscripciones, el Pájaro Serpiente tiene a los lados escudos del dios solar; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se posa sobre un mascarón solar que se ubica en la parte superior de la cruz.

En la losa de Pakal, los extremos de las ramas terminan en cabezas de serpiente xiuhcóatl (un animal que simboliza la renovación del fuego y del tiempo); y el tronco tiene sus raíces en una cabeza monstruosa, de mandíbulas descarnadas, símbolo de la Tierra devoradora y engendradora de la Vida. Éste monstruo aparece en un estado de transición entre la vida y la muerte: es esquelético de la boca para abajo, pero sus ojos tienen las pupilas dilatadas de los seres vivos.

Pakal parece tambalearse en una postura incómoda, lo que remarca que también él está en transición de la vida a la muerte: lo vemos con las rodillas flexionadas, las manos relajadas y el rostro sereno, no cae aterrado porque espera vencer a la muerte. El hueso de su nariz significa que incluso en la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento.

Lo que esta losa viene a decir es que Pakal fue dios durante su vida, y también es dios al caer en la muerte.

En su libro, Tomas recopila decenas de ejemplos “misteriosos”, sacados de contexto y aportando datos equivocados, para ofrecer un hilo conductor que sirva de apoyo a su visión de nuestro pasado. En este caso concreto, se presenta la iconografía de la losa de la tumba como única y especial, como una señal unívoca de que los mayas querían representar a un astronauta de la antigüedad. Sin embargo, no menciona los datos y pruebas que han ido recopilado arqueólogos, paleógrafos etc. que contradicen esa visión.

Así, basta que nos desplacemos unas decenas de metros desde el Templo de las Inscripciones para encontrar otros paneles que idéntica simbología en los Templos de la Cruz y de la Cruz Foliada.

El 12º planeta

Zecharia Sitchin fue un escritor de origen ruso que nació en 1922. Deberíamos añadir que fue un escritor de éxito que logró vender millones de ejemplares (sus libros fueron traducidos a más de 25 idiomas). Todos ellos tienen un denominador común: nos habla de los orígenes de la humanidad y sostiene que seres extraterrestres han intervenido en la historia de la Tierra. Según afirma, la primera civilización histórica —la sumeria— fue creada por los Anunnaki, una raza de extraterrestres que provenían de un planeta llamado Nibiru, de ahí el título de su primer libro publicado en 1976. Sitchin se apoya en la rica mitología mesopotámica para defender la existencia de un planeta desconocido para la ciencia de donde provienen los Anunnaki (que relaciona con los Nefilim citados en el Antiguo Testamento).

En síntesis, sus argumentos son los siguientes:

  • El origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otro lugar (lo que hoy en día conocemos como la teoría de la panspermia dirigida).
  • El ser humano moderno, Homo sapiens, es un extraño en la Tierra. Pone en tela de juicio las afirmaciones de la paleoantropología “oficial” al afirmar que la aparición de Homo sapiens fue súbita e inexplicable. El desarrollo de sus herramientas, su capacidad de hablar, y otros rasgos modernos no tienen conexión con los primates anteriores, ni puede explicarse con el lento proceso evolutivo (se apoya en una cita de Theodosius Dobzhansky ―y su obra Mankind evolving― según la cual «el hombre moderno tiene muchos parientes fósiles colaterales, pero no tiene progenitores; de este modo, la aparición del Homo sapiens se convierte en un enigma»). La respuesta que ofrece Sitchin es que, como afirma el Antiguo Testamento y otras fuentes antiguas, fuimos creados por los dioses.
  • En relación con lo anterior, dado el escaso tiempo transcurrido desde su aparición, el hombre debería estar incivilizado: «al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su “industria de la herramienta”; sin embargo, desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, […] y menos de 50.000 años después del Hombre de Neanderthal [sic], hemos llevado astronautas a la luna».
  • Refiere que a pesar de que nuestros estudiosos no pueden explicar la aparición de Homo sapiens, al menos no hay duda “por ahora” de que la civilización surgió en Oriente Próximo.
  • Sitúa el origen de la agricultura en Oriente Próximo desde donde se extendió al resto del mundo. El hombre comenzó cultivando y “domesticando” el trigo y la cebada, para luego aparecer en “rápida sucesión” el mijo, el centeno y la escanda; el lino que proporcionaba fibras y aceite comestible; y una amplia variedad de arbustos y árboles frutales: «era como si en Oriente Próximo hubiera existido una especie de laboratorio botánico genético, dirigido por una mano invisible, que producía de vez en cuando una planta domesticada» Siguiendo este argumento, identifica el “Edén” bíblico como este lugar, como el lugar del origen de la vid.
  • Tras la domesticación de plantas y animales, y el origen del culto a los muertos, que comienza en los alrededores del 11000 a.C., tuvo lugar la aparición de la cerámica en las tierras altas de Oriente Próximo en un lapso de no más de 3.600 años ―esta cifra temporal es importante como veremos más adelante― «el descubrimiento de los múltiples usos que se le podía dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles»
  • Tras esto, el progreso se ralentizó y se produjo una regresión hacia el 4500 a.C., aunque después, «súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable».

Estos seres vinieron a la Tierra para obtener recursos minerales, fundamentalmente oro. Los Anunnaki decidieron crear unos “esclavos” para que hicieran el trabajo duro: nosotros. Mediante ingeniería genética, emplearon sus propios genes para modificar el ADN de Homo erectus y así crear una raza lo suficientemente inteligente como para ser capaz de seguir sus órdenes y hacer el trabajo que se le exigía.

En definitiva, argumenta que el resultado de su “investigación” contaba con el respaldo de los textos bíblicos, y que éstos tienen su origen en los textos sumerios. De hecho, se jacta de haber traducido directamente el lenguaje sumerio, confirmando de esta forma que dicha lengua refleja la realidad de sus afirmaciones.

Hoy en día conocemos bien la civilización mesopotámica aunque sólo podamos conocer su historia, en el sentido propio de esta palabra, desde aproximadamente unos 3.000 años antes de la era común. Es decir, somos capaces de conocer su historia desde el momento en que se desarrolló por primera vez un sistema de signos apto para materializar y fijar el pensamiento y la palabra: las lenguas sumeria y acadia.

Los arqueólogos llevan décadas trabajando en los desiertos de lo que actualmente son Irak, Irán, Siria y Líbano, donde han desenterrado alrededor de medio millón de tablillas escritas con signos cuneiformes (nombre que recibe la escritura con forma de cuña empleada en Mesopotamia). Aunque puede parecer que esta información es considerable, en realidad es bastante escasa en comparación con toda la que se debió producir a lo largo de los miles de años que pervivió esa civilización, y ello sin contar todos aquellos datos que no se llegaron a poner por escrito ni los que han desaparecido para siempre en las arenas del tiempo y el desierto. Además debemos tener presente que en Mesopotamia, tanto en la ciencia como en la jurisprudencia, la adivinación o la medicina, no existía más escritura y más literatura que la profesional: sólo los profesionales escribían y leían. De ahí que estos textos circulasen únicamente entre ellos.

Tantos años de estudio han permitido una comprensión bastante completa de la lengua y de la forma de pensar de los antiguos mesopotámicos. Sin embargo, en la época en la que Sitchin escribió su libro, los estudiosos que investigaban la civilización que surgió entre dos ríos formaban un grupo reducido que publicaban sus hallazgos en sesudas revistas especializadas. El desconocimiento de esta cultura entre el público era total.

Y eso lo aprovechó convenientemente nuestro protagonista para dar a su versión de los hechos una apariencia de verdad.

En uno de los capítulos más curiosos de su libro —Los Nefilim: el pueblo de los cohetes ígneos— Sitchin sostiene que los escribas sumerios reflejaron en su escritura un hecho real: existían unos astronautas que surcaban los cielos en naves propulsadas por cohetes.

Para apoyar su argumentación utiliza como ejemplo la palabra DIN.GIR que analiza descomponiéndola en dos. Según afirma, GIR es un término utilizado para describir un objeto de bordes afilados (describe el pictograma como un cohete de dos fases con aletas); mientras que DIN lo traduce como “justo”, “puro”, “brillante”. Por lo tanto, cuando unimos las dos palabras para formar DIN.GIR —una palabra que existe efectivamente y que se traduce como “dioses” o “seres divinos”—, Sitchin defiende que transmitía una idea más profunda: los dioses eran “los justos de los objetos en punta brillantes” o, de forma más explícita, “los puros de los cohetes ardientes”.

Sin embargo la realidad es bien distinta.

Gracias a la labor de los arqueólogos (rescatando las tablillas de barro del desierto) así como a los estudiosos de las lenguas muertas, tenemos un conocimiento bastante completo de las lenguas sumeria y acadia. Además, contamos con muchos diccionarios de lengua sumeria que permiten comprender el significado de los términos —diccionarios que también estaban disponibles cuando Sitchin escribió su libro—. Si tomamos cualquiera de ellos vemos que, efectivamente, existe la palabra GIR y podemos traducirla como “cuchillo” o “espada” (podemos decir que Sitchin acierta porque un cuchillo o una espada encajan perfectamente con su traducción de “objeto de bordes afilados”). La palabra DIN también existe, pero se traduce al castellano como “vida”, “salud”, “vigor”.

Analicemos ahora la forma de los pictogramas. Si seguimos el planteamiento de Sitchin, al unir los pictogramas de las palabras DIN y GIR vemos esto:

¿Se parece a la imagen que ilustra el libro? Hombre, un aire se dan, pero hay un pequeño problema: en este orden, los pictogramas sumerios se leerían GIR.DIN. Si los ponemos en el orden “correcto”, desparece el efecto que buscaba nuestro autor.

Y si utilizamos el signo adecuado para la palabra DIN.GIR vemos claramente que ésta se representa por un pictograma concreto que no es la unión de los dos anteriores.

En definitiva, el 12º Planeta es una colección de textos mal traducidos elegidos únicamente para sostener la argumentación que expone en la obra (de esta forma, lo que en un lugar traduce de una forma, no tiene encaje cuando se traslada a otros textos). Y todo ello con un problema de fondo que el autor no puede (o quiere) solventar: toma de forma literal los mitos sumerios.

Dado el éxito que tuvieron sus textos y las “llamativas” afirmaciones que se hacían en nombre de la ciencia, la comunidad académica no se limitó a ignorar sus afirmaciones. Muy al contrario, podemos encontrar muchas reseñas de sus libros hechas por historiadores, arqueólogos y antropólogos que critican las afirmaciones de Sitchin, haciendo hincapié en su falta de rigor a la hora de traducir e interpretar los textos que cita.

Por su parte, Sitchin se limitaba a contestar que los académicos se negaban a ver la realidad por sus prejuicios y su afán de “quedar por encima” de quien veían como un simple aficionado. Sin embargo, nunca dio una explicación clara y concreta a las evidentes contradicciones y falsedades que se pusieron sobre la mesa.

Continúa

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, 6 comentarios
Entrevista a Julio Verne

Entrevista a Julio Verne

     Última actualizacón: 9 junio 2018 a las 18:56

Hace unos meses recibí un mensaje de Galiana porque había leído mi anotación sobre Julio Verne y quería que preparásemos una recreación de una entrevista al escritor francés; ella prepararía el guión y yo pondría voz al maestro de las letras.

Acepté de inmediato aunque, como suele pasar en estos casos, cuando tuve que ponerme a la tarea y asimilé el trabajo que tenía por delante, me di verdadera cuenta de que quizás no estaba preparado. En fin, que al final lo hice lo mejor que pude. Estaba previsto que la grabación apareciese en el podcast El Astrolabio pero dado que el proyecto no siguió adelante lo metimos en un cajón.

Creo que el trabajazo de Galiana no merece perderse así que he decido publicar el audio aquí. Sean indulgentes conmigo ya que cualquier error es únicamente mío.

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 6 comentarios
La deuda de la genética con Thomas D. Brock

La deuda de la genética con Thomas D. Brock

     Última actualizacón: 14 marzo 2018 a las 09:49

Quien más quien menos ha experimentado alguna vez un momento “eureka”, ese instante de lucidez que, a modo de fogonazo, nos revela la solución a un problema cuando ya nos habíamos dado por vencidos. Para algunos científicos, desconectar y dejar vagar los pensamientos libremente puede considerarse poco productivo y perjudicial, sin embargo, la realidad es que Arquímedes —si tomamos como verídica su historia— no fue el único que se aprovechó de estos momentos de relajación.

El primer protagonista de nuestra historia experimentó uno de estos destellos de lucidez un viernes por la noche en abril de 1983 1. Kary Mullis, biólogo molecular que trabajaba para Cetus Corporation, tenía una cabaña en el valle de Anderson (en el condado californiano de Mendocino) donde había decidido pasar el fin de semana con una amiga. Todo sucedió mientras se aferraba al volante de su coche que serpenteaba a la luz de la luna por una carretera de montaña que atraviesa un bosque de secuoyas (la famosa ruta 101). La noche estaba saturada de humedad y del aroma de la floración de los castaños.

En ese momento de relajación, propio de la conducción nocturna por carreteras desiertas, fue cuando le llegó la inspiración (aunque algunos afirman, con indudable mala intención, que el LSD también jugó su papel). Mullis llevaba tiempo buscando la forma de evitar el tedioso trabajo de laboratorio necesario para hacer múltiples copias de una secuencia particular de ADN por lo que, intuyendo que había dado con algo importante, paró el coche, cogió papel y lápiz y comenzó a hacer cálculos (la parada repentina molestó tanto a su acompañante que, refunfuñado, se pasó al asiento trasero del coche sin prestar atención al momento de revelación de su compañero). Por fin había dado con un proceso que permitía fabricar un número ilimitado de copias de cualquier gen: la reacción en cadena de la polimerasa (más conocido como PCR, por las siglas en inglés de polymerase chain reaction).

Al principio nadie creyó en su idea, aunque con perseverancia consiguió que el proceso funcionase, recibiendo por ello el Premio Nobel de Química en 1993. Desde ese momento, Mullis se volvió cada vez más excéntrico —por emplear un término suave— convirtiéndose, por ejemplo, en un firme defensor de la teoría de que el VIH no causa el SIDA, una postura que ha dañado tanto su credibilidad como los esfuerzos de la comunidad científica por hacer frente a la enfermedad.

Bien, pero, ¿qué es la PCR?

Esta técnica supuso una auténtica revolución en un campo que a mediados de los ochenta del siglo pasado comenzaba a despegar: la biología molecular. Si queremos saber qué es lo que hace un gen, o cuando necesitamos determinadas proteínas para el tratamiento de una enfermedad genética, o fabricar determinadas vacunas, se emplea una técnica llamada del ADN recombinante. Consiste en tomar una molécula de ADN de un organismo (ya sea un virus, una planta o una bacteria) para manipularla en el laboratorio e introducirla de nuevo en otro organismo para que produzca, por ejemplo, una proteína que le sea totalmente extraña. Es lo que venimos haciendo con la insulina que requieren los diabéticos 2. Pues bien, un requisito previo para aplicar esta técnica es contar con grandes cantidades de un segmento específico de ADN. Y eso es lo que hace precisamente la PCR.

Antes del perfeccionamiento de esta técnica solo podían obtenerse cantidades mínimas de un gen concreto, pero tras su invención, incluso un único gen puede amplificarse hasta obtener 100 billones de moléculas similares en una tarde. De esta forma se evita la clonación y permite emplear la PCR en fragmentos de ADN que estén presentes, inicialmente, en cantidades infinitesimalmente pequeñas.

Aunque parece algo sencillo a primera vista —podemos pensar que no es más que de una mera “fotocopia” de una molécula existente— lo cierto es que resulta bastante complicado de por sí obtener una molécula bien definida de ADN natural de cualquier organismo (con la excepción de algunos virus extremadamente sencillos). La doble cadena de ADN está rodeada y enrollada, dentro de la célula, por muchas proteínas. Cuando los biólogos tratan de aislar una cadena desnuda de ADN, ésta es tan larga y delgada que incluso las suaves fuerzas de corte empleadas la rompen en puntos aleatorios. De esta forma, si tomamos ADN de 1000 células idénticas, habrá 1000 copias de un gen concreto, pero cada copia estará en un fragmento de ADN de diferente longitud. Este proceso es en cualquier caso lento y costoso.

En realidad, lo que hace la PCR es simular lo que sucede en una célula cuando se sintetiza el ADN, aunque en nuestro caso mezclamos todos los ingredientes necesarios en un tubo Eppendorf: una ADN polimerasa, el tramo ADN del organismo que queremos estudiar, los oligonucleótidos (también llamados primers, iniciadores, cebadores, “oligos”, etc.) necesarios para que se inicie la transcripción, y los desoxirribonucleótidos trifosfato (dNTPs, con las cuatro bases nitrogenadas: adenina, timina, guanina y citosina); todo ello en las condiciones precisas para que la ADN polimerasa trabaje adecuadamente (cierto pH, determinadas cantidades de magnesio en forma de MgCl2, KCl, y algunas otras sales o reactivos, en función de cada polimerasa).

¿Cómo funciona?

El método consiste en realizar ciclos repetitivos que comienzan calentando el ADN para lograr que las dos hebras que lo conforman se separen y, al enfriarse, unos cebadores se acoplen en los extremos. La reacción de copia se lleva a cabo en presencia de ADN polimerasa y de los cuatro nucleótidos (A, T, G y C), donde cada hebra hace de plantilla para la síntesis de la nueva cadena. La función de la ADN polimerasa es añadir los nucleótidos libres a los de la cadena original. Una vez concluida la síntesis de las hebras complementarias se acaba el primer ciclo (que puede repetirse cuantas veces sea necesario). Por lo tanto, la cantidad de ADN que podemos obtener sólo está limitada, en teoría, por el número de veces que se repitan estos pasos. Analicémoslos con un poco más de detalle:

En primer lugar, se toma un fragmento de ADN y se calienta a unos 95ºC hasta que se disocia en dos cadenas sencillas (este proceso se denomina desnaturalización y dura normalmente 5 minutos).

Por métodos químicos se han sintetizado e incluido en la “mezcla primaria” dos cebadores 3 —tramos cortos de ADN de una sola cadena, por lo general de una longitud de alrededor de veinte pares de bases—, cuyas secuencias encajan en las regiones que flanquean el fragmento de ADN que nos interesa (por eso es indispensable conocer los dos extremos de la región del ADN que se quiere amplificar para que los cebadores hibriden con cada extremo, es decir, se combinen entre sí las dos cadenas de ácidos nucleicos). De esta forma, los cebadores delimitan nuestro tramo de ADN o gen diana. Se necesitan dos cebadores diferentes, uno para cada una de las cadenas disociadas: uno es idéntico al extremo terminal 5’ de la hebra codificante y el otro idéntico al extremo 3’ de la hebra no codificante. Este paso, conocido como alineamiento o hibridación, es el de menor temperatura de la PCR y el que marca la especificidad de la reacción.

Por último, en el último paso, de extensión, interviene la ADN polimerasa, la enzima que facilita el proceso de replicación del ADN mediante el emparejamiento de los desoxirribonucleótidos trifosfato (dNTP) libres con los desoxirribonucleótidos complementarios del ADN molde. Aquí la temperatura sube a 72ºC porque esa es la temperatura en la cual la polimerasa alcanza su máxima actividad. Debemos tener presente que esta replicación sólo comienza donde el ADN ya es de doble cadena, es decir, en el lugar donde el cebador se ha hibridado en el paso anterior. La polimerasa hace una copia complementaria de la plantilla de ADN a partir de cada cebador, y por lo tanto, copia la región diana. Las ADN polimerasas pueden añadir hasta 1000 nucleótidos por segundo, y el producto final es una molécula de ADN de doble cadena.

Cada grupo de tres pasos (desnaturalización, alineamiento y extensión) se denomina ciclo; y la sucesión de una serie de ciclos en los que tiene lugar la desnaturalización del molde, la hibridación con los cebadores y la extensión de la síntesis por acción de la ADN polimerasa produce un aumento de forma geométrica del ADN resultante. Es decir, partiendo de cantidades mínimas (del orden de femtogramos), tras 30 ciclos se pueden obtener cantidades enormes (microgramos). Esto es así porque los productos de un ciclo se emplean como moldes del ciclo siguiente.

Hoy en día todos estos pasos se llevan a cabo en una máquina llamada termociclador, que calienta o enfría los tubos que contienen todos los “ingredientes” de forma precisa.

¿Qué pinta un microbiólogo en todo esto?

Nuestro segundo protagonista, y parte esencial en esta historia, es el microbiólogo Thomas Dale Brock, conocido por sus trabajos pioneros con bacterias extremófilas, los microorganismos que son capaces de prosperar en condiciones extremas (ya sean de temperatura, acidez, radiación o anoxia). Ha publicado más de 250 artículos y 20 libros, además de haber obtenido numerosos premios científicos 4.

Cuando comenzó a utilizarse la PCR surgió un problema importante con la ADN polimerasa, la enzima que hace el trabajo de copia. El método original empleaba la polimerasa de la bacteria Escherichia coli, pero su temperatura óptima de funcionamiento (37ºC) queda muy por debajo de los 95ºC necesarios para la desnaturalización del ADN, con lo que se destruía en el proceso. Por ese motivo era necesario añadir más enzima a la reacción tras cada ciclo. Si tenemos presente que la polimerasa es cara, comprenderemos que se viera que la PCR, a pesar de su enorme potencial, no era una herramienta económicamente práctica.

Entonces la madre naturaleza, la serendipia y nuestro microbiólogo vinieron al rescate.

Debemos situarnos a comienzos del verano de 1964 y, de nuevo, con un largo trayecto por carretera como telón de fondo. Brock tenía que viajar desde Indiana (donde residía) a los laboratorios Friday Harbor de la Universidad de Washington en Seattle, donde tenía previsto pasar unas semanas llevando a cabo estudios de microbiología marina. Este trayecto, de unos 3.700 kilómetros por carretera, atraviesa Montana, Idaho y Wyoming, estados por donde se extiende el famosísimo Parque Nacional Yellowstone. Al igual que otros muchos norteamericanos, Brock había oído hablar maravillas de este prodigio de la naturaleza pero nunca había tenido ocasión de visitarlo así que esta vez no dejó pasar la oportunidad: el día que tomó ese desvío cambió el rumbo de la biología molecular.

Su primera parada fue en la West Thumb Geyser Basin, una de las cuencas de géiseres más pequeñas de Yellowstone aunque una de las más pintorescas. Allí experimentó un súbito impacto al ver las alfombras de algas de fuertes colores naranja, rojo y verde que tapizaban los manantiales que había por doquier.

A pesar de ser plenamente consciente de que las algas vivían en ambientes termales no estaba preparado para lo que vio. Continuó su viaje a la costa oeste donde pasó el verano en los laboratorios Friday Harbor, aunque no se pudo quitar Yellowstone de la cabeza. En el viaje de regreso a Indiana recaló allí de nuevo, esta vez con un poco más de tiempo, y tomó varias muestras.

En el verano siguiente decidió pasar allí dos semanas intensivas de investigación junto a su mujer antes de un viaje que tenía previsto realizar a Islandia. En Mushroom Spring fue donde se fijó por primera vez en unas masas de bacterias filamentosas rosadas, a partir de cuyas muestras (y gracias a la ayuda de Hudson Freeze) lograron aislar un organismo al que llamaron Thermus aquaticus 5.

Lo cierto es que dos años antes de la publicación de este descubrimiento, Brock ya había llamado la atención de la comunidad científica acerca de la importancia de investigar a fondo las fuentes termales del Parque Nacional Yellowstone. Lo hizo en un artículo que apareció como artículo principal de la revista Science 6, tras cuya publicación un buen número de bioquímicos de diferentes Universidades y de la industria se interesaron por estos microorganismos. Nuestro microbiólogo señaló entonces que una buena vía de investigación sería centrarse en las enzimas que actúan sobre el ADN, como las polimerasas. Su trabajo, sin embargo, continuó por otros derroteros.

Cuando muchos años más tarde se descubrió la reacción en cadena de la polimerasa, el valor de la enzima de Thermus aquaticus se puso de relieve.

La ADN polimerasa de este organismo (Polimerasa Taq) se caracterizó en 1976 en la Universidad de Cincinnati por Alice Chien, David Edgar, y John Trela; pero no fue hasta 1987 cuando se produjo el hito final: en diciembre de ese año se aceptó para la publicación en Science el artículo escrito por Kary Mullis y otros colegas 7 donde se explicaba la trascendencia de utilizar la ADN polimerasa de Thermus aquaticus para la reacción en cadena de la polimerasa 8.

El hecho clave es que esta enzima es activa y estable a altas temperaturas, lo que significa que no pierde su función tras el primer paso de la desnaturalización del ADN, y sólo tiene que añadirse al comienzo de la reacción: su temperatura óptima de funcionamiento se sitúa entre los 70ºC y 80ºC, momento en que la bacteria sintetiza ADN a la velocidad de 35–100 nucleótidos por segundo.

El primer termociclador para la PCR salió al mercado en 1987 y supuso la automatización de todo el proceso. La revista Science eligió la PCR como el desarrollo científico más importante de 1989, y otorgó a la Taq el premio a la molécula del año.

Conclusión

Esta historia nos sirve para traer a colación la importancia de la investigación básica —que la mayoría de las veces se lleva a cabo por científicos individuales o pequeños grupos de científicos en las universidades—. En estos casos es muy difícil predecir cuándo, dónde y a quién beneficiarán los eventuales rendimientos de las diferentes líneas de investigación pero, como hemos visto, incluso un trabajo que puede parecer tedioso o demasiado teórico puede tener un impacto decisivo en el avance de la ciencia.

Artículos principales

Brock, T. D. y Freeze, H. (1969), «Thermus aquaticus gen. n. and sp. n., a nonsporulating extreme thermophile«. Journal of Bacteriology, vol. 98, núm. 1, p. 289-297.

Mullis, K., et al. (1986), «Specific enzymatic amplification of DNA in vitro: The polymerase chain reaction«. Cold Spring Harbor Symposia on Quantitative Biology, vol. 51, p. 263-273.

Saiki, R. K., et al. (1985), «Enzymatic amplification of beta-globin genomic sequences and restriction site analysis for diagnosis of sickle cell anemia». Science, vol. 230, núm. 4732, p. 1350-1354.

Saiki, R. K., et al. (1988), «Primer-directed enzymatic amplification of DNA with a thermostable DNA polymerase«. Science, vol. 239, núm. 4839, p. 487-491.

Más información

Brock, T. D. (1967), «Life at high temperatures». Science, vol. 158, núm. 3804, p. 1012-1019.

─── (1978), Thermophilic microorganisms and life at high temperatures. New York: Springer-Verlag, xi, 465 p.

Brock, T. D. (1997), «The value of basic research: discovery of Thermus aquaticus and other extreme thermophiles». Genetics, vol. 146, núm. 4, p. 1207-1210.

Celada, A. (1994), Inmunología básica. Barcelona: Labor, 654 p.

Eguiarte, L., et al. (2007), Ecología molecular. México D.F.: Instituto Nacional de Ecología, 594 p.

Elliott, W. H., et al. (2002), Bioquímica y biología molecular. Barcelona: Ariel, XXVII, 788 p.

Izquierdo Rojo, M. (1999), Ingeniería genética y transferencia genética. Madrid: Pirámide, 335 p.

Klug, W. S. y Cummings, M. R. (1999), Conceptos de genética. Madrid: Prentice Hall, 840 p.

Mullis, K. B. (1990), «The unusual origin of the polymerase chain reaction». Scientific American, vol. 262, núm. 4, p. 56-65.

Watson, J. D. y Berry, A. (2003), DNA: the secret of life. New York: Alfred A. Knopf, xiv, 446 p.

Notas

  1.  Al menos es lo que ha explicado hasta la saciedad cada vez que le han dado una oportunidad para ello. La versión que se ofrece aquí proviene del artículo escrito por él mismo para Scientific American titulado The unusual origin of the polymerase chain reaction.
  2. Algo que es bueno recordar a quienes rechazan de plano cualquier organismo genéticamente modificado.
  3. También llamados primers.
  4. Pero, sorprendentemente, no el Nobel.
  5. Que fue descrito en un artículo publicado en el Journal of Bacteriology titulado Thermus aquaticus gen. n. and sp. n., a nonsporulating extreme thermophile.
  6.  Life at high temperatures. Este artículo se ha convertido en uno de los más citados en su campo.
  7. El artículo vio la luz en enero de 1988 bajo el título Primer-directed enzymatic amplification of DNA with a thermostable DNA polymerase.
  8. La idea de usar una bacteria termófila como fuente de la ADN polimerasa fue de David Gelfand, coautor de este artículo, aunque John Trela había realizado un trabajo similar en 1975, lo que derivó en una batalla legal entre ambos al discutirse la validez de la patente de la “Taq” presentada por Gelfand.
Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, Historia de la ciencia, 3 comentarios
(Des)igualdad en la ciencia

(Des)igualdad en la ciencia

     Última actualizacón: 7 agosto 2017 a las 15:13

Si tuviéramos que elegir un apellido que representara los logros de las mujeres en el ámbito científico, un símbolo que aunara un consenso general, bien podría ser el de Joliot-Curie.

Se han escrito océanos de tinta sobre la vida, los descubrimientos y el talento de Marie Curie (1867-1934): la primera mujer en obtener un Premio Nobel, la primera mujer en dar clases en la Facultad de Ciencias de la Sorbona, la primera mujer francesa en ser doctora en Ciencias, la primera persona a la que se le concedieron dos Premios Nobel en dos campos diferentes (física y química)… En definitiva, una mujer excepcional que rompió moldes y que, además de una pasión irrefrenable por entender los misterios de la naturaleza, destacó por su lucha incansable por lograr un trato igualitario para la mujer en la sociedad francesa de su época (para quienes quieran disfrutar con algunos detalles más de su vida recomiendo la magnífica anotación de Laura Morrón titulada «El diario de Manya»).

Por otro lado, su hija mayor, Irène Joliot-Curie (1897–1956), estudió física y química en la Universidad de París durante la Primera Guerra Mundial. Cuando terminó la conflagración trabajó como ayudante de su madre en el Instituto del Radio de París (más tarde rebautizado como Instituto Curie) donde conoció al asistente personal de ésta, Frédéric Joliot, con quien contrajo matrimonio. De su madre heredó ―entre otras muchas cosas― su combativo espíritu de lucha contra la desigualdad de la mujer. Fruto de este coraje (porque méritos académicos e intelectuales no le faltaban) fue conseguir en 1935 que la nombraran directora de investigación de la Fundación Nacional de Ciencias (necesitó presentarse al puesto hasta en tres ocasiones). Ese mismo año obtuvo el Premio Nobel de Química junto a su marido «por sus trabajos en la síntesis de nuevos elementos radiactivos».

Y llegamos a la tercera generación, Hélène Langevin-Joliot (hija de Irène). Se educó en el Institut de physique nucléaire de Orsay (un laboratorio creado por sus padres) y en la actualidad es profesora de física nuclear en el Instituto de Física Nuclear en la Universidad de París y directora de Investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia. Sin embargo, a sus 86 años, sigue tan combativa como su madre y su abuela y centra sus esfuerzos en fomentar que las mujeres sigan carreras en los campos científicos y lucha porque sean tratadas en condiciones de igualdad.

Porque hoy en día, aunque a algunos les cueste creerlo, el ámbito científico no es un mundo estanco y no es inmune a los mismos comportamientos discriminatorios hacia la mujer que podemos ver en la sociedad.

Lo dicho hasta ahora viene a cuento de una entrevista que Hélène concedió al diario El País y fue publicada hace menos de un mes. En ella nos recordó que hubo una campaña durísima contra su abuela porque era mujer y también polaca:

A ella le afectó mucho y no volvió a presentarse [a un puesto en la Fundación Nacional de Ciencias francesa]. El caso de mi madre fue distinto. Se postuló hasta tres veces. Y no porque le hiciera especial ilusión, sino para defender sus derechos. Creía firmemente que la mujer tenía las mismas capacidades que los hombres para dedicarse a la investigación y debía ser igualmente reconocida.

Respecto a la situación actual de la mujer en la ciencia confirma:

Es un mundo muy competitivo y resulta más duro para las mujeres. Todavía queda mucho por hacer. La igualdad llegará cuando en las academias se elija a científicas de nivel medio, igual que ahora hay muchos hombres que no son especialmente brillantes.

Tengo que reconocer que estos comentarios sobre la situación de la mujer en la ciencia me sorprendieron bastante porque no era plenamente consciente de esta situación, pensaba que eran cosas de pasado. Cualquiera que haya estudiado en la universidad sabrá que las mujeres son más capaces, más constantes y obtienen, en general, mejores calificaciones en sus estudios. El Índice Europeo de Igualdad de Género, en la dimensión educativa, constata que se ha alcanzado la igualdad en el porcentaje de hombres y mujeres con estudios universitarios en España, aunque aún se mantiene una clara división entre “carreras de hombres y carreras de mujeres”. Y aunque según las estadísticas que maneja el Instituto de la Mujer dependiente del Ministerio de Sanidad español, el porcentaje de mujeres empleadas en I+D (en universidades, empresas y otros organismos públicos) no ha dejado de crecer en los últimos años (el último dato disponible del año 2012 arroja un porcentaje del 39,97 %, más información aquí) aún es patente la desigualdad existente ya que las mujeres constituyen una minoría en la profesión científica en España (ver el informe “Científicas en cifras 2011: Estadísticas e indicadores de la (des)igualdad de género en la formación y profesión científica” para un desarrollo más profundo de esta cuestión).

Científicas en cifras 2011: Estadísticas e indicadores de la (des)igualdad de género en la formación y profesión científica. Página 42.

Pues bien, tras leer la entrevista de Hélène Langevin-Joliot me interesé por este tema y decidí analizar por mí mismo el cuadro que había descrito. Fue entonces cuando me topé con una noticia aparecida el año pasado (2013). Se trata de un informe que se hizo público en el simposio de ética de la 82ª reunión anual de la Asociación Americana de Antropología Física y, a pesar de que su objetivo no era verificar la existencia de desigualdad en el ámbito de la ciencia, sacó a la luz una situación mucho más grave que guarda relación con esta cuestión.

Como muchos ya sabrán, la antropología es la ciencia que estudia al ser humano de forma global, combinando en una sola disciplina los enfoques de las ciencias naturales, sociales y humanas. Se trata de un campo de investigación muy amplio que ofrece cientos de posibles especialidades académicas (en la mayoría de las universidades americanas el programa se divide en departamentos de arqueología, antropología biológica ―que incluyen la paleoantropología y el estudio de la evolución humana― y antropología sociocultural). Una parte esencial de esta disciplina consiste en realizar trabajos de campo que, en muchas ocasiones, se llevan a cabo en lugares situados en países remotos de África, Asia o Sudamérica.

Los datos revelados en el informe sacaron a la luz una serie de abusos psicológicos, físicos y sexuales de los estudiantes (en la mayoría de los casos del sexo femenino) mientras realizaban el trabajo de campo necesario para la obtención de sus títulos universitarios, sus tesis doctorales o completar sus currículos. El informe se basa en una encuesta realizada a través de internet y una serie de entrevistas telefónicas por parte de cuatro investigadores encabezados por la profesora de antropología de la Universidad de Illinois Kathryn Clancy (aunque la encuesta está cerrada, puede consultarse aquí el cuestionario completo).

Clancy considera que ningún aspecto de ninguna investigación tiene que primar sobre el apoyo a los científicos jóvenes, proporcionándoles los recursos necesarios para prosperar y protegiéndolos del daño mental, físico y emocional. Sin embargo, señala que estudiantes universitarias, estudiantes de postgrado, investigadoras postdoctorales e incluso profesoras universitarias vienen sufriendo acoso sexual y agresiones no sólo por sus iguales, sino por sus jefes y mentores de investigación.

Se encuestó a un total de 124 personas (el 79% eran mujeres), dieciséis de las cuales accedieron a mantener una conversación telefónica para facilitar información adicional. Del total de entrevistados, más de la mitad reconoció haber experimentado o presenciado acoso sexual, abuso físico o una agresión sexual a manos de los directores de proyectos o compañeros que compartían vivienda y lugar de trabajo en los lugares donde se realizaba la investigación de campo (en el estudio se define la agresión sexual como «cualquier tipo de contacto físico inapropiado, contacto físico no deseado, una agresión o una violación»).
Veamos los datos:

¿Con qué frecuencia has observado o escuchado a otros investigadores y colaboradores hacer comentarios inadecuados o sexuales? (tabla adaptada del estudio publicado).

 

Distribución entre sexos de las víctimas de comentarios inadecuados o sexuales, comentarios sobre la belleza física, las diferencias cognitivas de sexo u otras bromas (tabla adaptada del estudio publicado).

A la pregunta: ¿Alguna vez has experimentado personalmente comentarios inadecuados o sexuales, comentarios sobre la belleza física, las diferencias cognitivas de sexo u otras bromas, durante el trabajo de campo?, el 59% de los entrevistados (73 personas) contestaron afirmativamente. Como vemos en la gráfica superior, el 63% de las víctimas de este tipo de conductas denigrantes fueron mujeres.

A la pregunta: ¿Alguna vez ha sufrido acoso sexual físico o un contacto sexual no deseado?, el 18% de los participantes respondieron que sí (un total de 21 personas), veinte de las cuales eran mujeres.

Tras un análisis de los datos obtenidos se ha comprobado que los lugares de investigación más grandes y mejor organizados tienden a tener un menor número de incidentes de este tipo que los lugares de trabajo más pequeños y menos formales. De igual forma, quienes trabajaron en equipos donde eran mujeres quienes ocupaban las posiciones de liderazgo informaron menos de estos sucesos (se dio el caso de que algunos encuestados indicaron que hubo un aumento de la conducta abusiva cuando las directoras estaban ausentes).

La profesora Clancy se lamenta:

Necesitamos la aprobación de los sujetos humanos [que son objeto de investigación], aprobación para la investigación con animales, planes para la gestión de datos, planes de seguridad en el laboratorio, planes de tutoría postdoctoral para dirigir la investigación. Es hora de exigir algún tipo de código de conducta para los investigadores que realizan trabajos de campo, con mecanismos claros para hacer más fácil que las personas puedan denunciar el acoso.

Los datos hablan por sí solos. La publicación del estudio provocó un notable revuelo que tuvo eco tanto en periódicos generalistas como en revistas científicas como Science, y obligó a la Asociación Antropológica Americana a emitir una declaración en la que dejaba sentado que la Asociación mantenía una política de tolerancia cero con el acoso sexual.

Hasta ahora no se tenían datos sobre esta situación, algo que se comprende perfectamente si tenemos en cuenta cuál es la posición de las víctimas:

Dejar el yacimiento, no completar y publicar la investigación, y/o perder la carta de recomendación puede tener graves consecuencias para la carrera académica. En conjunto, estos factores dan como resultado una población de víctimas particularmente vulnerable, así como testigos impotentes para interponerse. Como disciplina, tenemos que reconocer y remediar que un apreciable número de nuestros colegas más jóvenes, especialmente las mujeres, tienen que soportar el acoso y un entorno de trabajo hostil con el fin de ser científicos.

 

Más información

— I had no power to say ‘that’s not okay”: Reports of harassment and abuse in the field («No tenía poder para decir que esto no está bien»: Informes de acoso y abuso en el trabajo de campo). Anotación de Kathryn Clancy en su blog de Scientific American.

— A can of worms worth opening (una lata de gusanos que merece la pena abrir). Artículo de Robert Muckle para la Asociación Americana de Antropología.

— Survey Finds Sexual Harassment in Anthropology. Artículo de John Bohannon para Science.

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 1 comentario