América

Siete días … 24 a 30 de abril (Mastodonte de Cerutti)

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     Última actualizacón: 8 octubre 2019 a las 11:43

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ÚLTIMAS ANOTACIONES

América

Nueva página en el blog que se enmarca dentro de «El viaje más largo» y que pretende ser una recopilación del conocimiento actual acerca de la forma y el momento en que se produjo la llegada de nuestros antepasados al continente americano. La página permanecerá estática aunque su contenido irá variando en función de las nuevas aportaciones de la ciencia.

NOTICIAS CIENTÍFICAS

 Se plantea la llegada de nuestros antepasados a América hace 130.000 años

Según sostiene un equipo de científicos del Museo de Historia Natural de San Diego, el territorio que hoy es California ya estaba habitado por homínidos hace 130.000 años. La investigación, publicada en Nature, no aporta pruebas de fósiles ni restos de ADN de ese homínido que habría vivido en América del Norte en tan temprana fecha, sino que su conclusión se basa en pruebas indirectas: el descubrimiento de restos óseos de un mastodonte de esa edad (huesos, molares y colmillos) con evidencias de haber sido manipulados con las piedras que han aparecido junto a los fósiles y que habrían sido utilizadas como martillos y yunques.

Referencia: Holen, Steven R., et al. «A 130,000-year-old archaeological site in southern California, USA«. Nature, núm 544, 479-483.

Lee el artículo aquí.

Noticias:

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Nuevas dataciones en las cuevas Bluefish. Datos para la colonización de América.

Nuevas dataciones en las cuevas Bluefish. Datos para la colonización de América.

     Última actualizacón: 24 febrero 2019 a las 16:55

Ya he publicado con anterioridad varias anotaciones relativas a la forma en la que se produjo el poblamiento de América (si te interesa, puedes leer ¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América? y ¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?) pero cada cierto tiempo surgen nuevos estudios, y cada nueva propuesta trae consigo un encendido debate.

Ahora, un estudio recientemente publicado en la revista PLoS ONE 1 ofrece nuevos datos que pretenden arrojar nueva luz para conocer mejor tanto la posible ruta de entrada en el continente americano como el momento en que ésta se produjo.

Introducción

Las pruebas arqueológicas sugieren que la primera colonización de América del norte se inició hace alrededor de 14.000 años AP (nos referiremos siempre a fechas calibradas), es decir, bastante tiempo después del Último Máximo Glacial, la época de máxima extensión de las capas de hielo durante el último período glacial, cuya duración aproximada fue entre hace 18.000 y 28.000 años AP.

Sin embargo, Lauriane Bourgeon y Ariane Burke (del departamento de antropología de la Universidad de Montreal) y Thomas Higham (del Oxford Radiocarbon Accelerator Unit de la Universidad de Oxford) proponen en este artículo una nueva datación mediante radiocarbono de unos huesos de animales que presentan marcas de corte que los investigadores atribuyen al uso de herramientas por parte de nuestros antepasados.

Estos restos óseos –y otros artefactos asociados– fueron recuperados en el yacimiento conocido como cuevas Bluefish (Yukón, Canadá). Provienen de unas excavaciones dirigidas por el arqueólogo Jacques Cinq-Mars entre 1977 y 1987, que han permanecido almacenadas en el Museo Canadiense de Historia en Gatineau, Quebec. En aquel entonces, Cinq-Mars y su equipo concluyeron que las cuevas Bluefish mostraban pruebas de un uso humano ocasional hasta hace 30.000 años. Esa datación era mucho más antigua que cualquier otro yacimiento descubierto en todo el continente americano, por lo que las conclusiones de Cinq-Mars fueron muy discutidas, y las tres pequeñas cuevas quedaron fuera de las discusiones sobre el poblamiento de las Américas.

El yacimiento se compone de un total de tres pequeñas cavidades kársticas que no superan los 30 m3 de volumen en total, cuya estratigrafía contiene una capa de loess (Unidad B) de hasta un metro de espesor, depositada en el lecho rocoso (Unidad A) y recubierta por una capa de humus mezclada con restos crioclásticos 2 (Unidad C) y finalmente una moderna capa de humus (Unidad D). En cuanto al material recuperado, se extrajeron artefactos líticos del loess de la cueva I (MgVo-1) y de la cueva II (MgVo-2); y también se obtuvieron abundantes restos de fauna de las tres cuevas.

Perfil estratigráfico de la cueva Bluefish II

Los resultados de la datación que se publica en este nuevo trabajo apoyarían la hipótesis de que los seres humanos ocupaban el yacimiento hace 24.000 años AP (dando validez a la afirmación que hiciera en su día Cinq-Mars) y otorgaría automáticamente a las cuevas Bluefish el título del yacimiento más antiguo de América. Además, el hecho de que nuestros antepasados habitaran la región en una época tan temprana daría respaldo al modelo de ocupación del continente conocido como «parada en Beringia» (o Beringian standstill hypothesis, también llamado modelo de incubación en Beringia), que propone que una población genéticamente aislada sobrevivió en Beringia durante el Último Máximo Glacial, dispersándose desde allí hacia el sur durante el periodo más cálido posterior. Este modelo de colonización se ha visto reforzado por estudios genéticos recientes que sugieren que algunas poblaciones superaron las condiciones hostiles del Último Máximo Glacial en una situación de aislamiento en la relativamente hospitalaria Beringia antes de desplazarse al interior de Norteamérica cuando las condiciones mejoraron. Las pruebas arqueológicas de su presencia, que hasta ahora eran esquivas, podrían provenir de este yacimiento tanto tiempo denostado.

Además, aunque parezca osado sostener que nuestros antepasados pudieran haber soportado un clima tan extremo, unos hallazgos arqueológicos recientes dan muestra de la capacidad del ser humano para adaptarse a ambientes árticos desde hace al menos 45.000 años. Los yacimientos del río Yana en Siberia demuestran que nuestros antepasados llegaron a la parte occidental de Beringia hace 32.000 años.

Sin embargo, en la parte oriental de Beringia –ya dentro del continente americano– sólo contamos con los yacimientos confirmados del valle Tanana (en el interior de Alaska), Swan Point, Broken Mamooth, Mead y el yacimiento Little John en el territorio del Yukón. Estos yacimientos no tienen una antigüedad mayor de 14.000 años. Por lo tanto, el único candidato por ahora para una ocupación temprana de Beringia, en pleno Último Máximo Glacial (recordemos que se dio hace entre 18.000 y 28.000 años) es el yacimiento controvertido de las cuevas Bluefish.

Los datos

La presencia de nuestros antepasados en estas cuevas no ha podido verificarse directamente al no haberse encontrado restos humanos en ellas. El método indirecto empleado para sostener que hubo presencia humana en la zona ha sido el hallazgo tanto de herramientas como de unos huesos de animales con lo que parecen ser marcas de corte por al uso de esa industria lítica y de hueso.

En un artículo publicado en 2015 por una de las investigadoras 3 se llevó a cabo un análisis de los restos de fauna hallados en la cueva II, y concluyó que los humanos habían contribuido «parcialmente» a la modificación del material óseo. Lo que hacen ahora es ampliar ese análisis a los restos de la cueva I para buscar señales indiscutibles de actividad humana y ofrecer nuevas dataciones, más precisas y fiables, de los huesos que muestran marcas de corte en ambas cuevas.

Por lo tanto, para afirmar que nuestros antepasados habitaron la región hace 24.000 años, los investigadores han tenido que responder de forma afirmativa a las siguientes cuestiones:

  • ¿Las piedras y herramientas de hueso con bordes cortantes halladas en el yacimiento son indiscutiblemente herramientas fabricadas por el hombre?
  • ¿Las marcas que presentan los huesos de animales hallados en el yacimiento se han producido indiscutiblemente por esas herramientas?
  • ¿Se han podido datar estos elementos (herramientas y huesos con marcas) y han arrojado una antigüedad de 24.000 años?

Vamos a analizarlas una a una:

Las herramientas

Las herramientas líticas (unas cien aproximadamente, sumando todas las tipologías) se extrajeron de la Unidad B de la cueva II, y aunque no se han podido datar con precisión, su tipología es similar a la cultura Dyuktai que apareció en el este de Siberia hace alrededor de 22.000 o 20.000 años AP.

En la cueva I se han encontrado también artefactos de este tipo, aunque la inmensa mayoría son de un tamaño tan pequeño (entre 1 y 3 mm) que no pueden considerarse más que como restos de talla en el mejor de los casos. Por su parte, las muestras más grandes apenas sobrepasan los 12 mm, por lo que no podemos decir que se hayan encontrado las herramientas de piedra empleadas para realizar los cortes en los huesos.

Ejemplos de industria lítica recuperada en las cuevas Bluefish.

Además de esta industria lítica, los investigadores refieren la existencia de varios huesos que han sido modificados para utilizarse como herramientas y que ya fueron datados en 1990. En este sentido, las fechas más antiguas sugeridas para la ocupación humana de la cueva II se basan en una tibia de caribú fechada en 24,820 ± 115 C14 años AP (código de referencia RIDDL-226) y otro fragmento de un hueso largo de mamut lanudo con su núcleo que arrojaron una datación de 23.910 ± 200 C14 AP (referencia RIDDL-224) y 23.200 ± 250 C14 AP (referencia RIDDL-225) respectivamente.

Las marcas de los huesos

Los autores reconocen que para poder identificar correctamente los huesos culturalmente modificados (como se denomina a los huesos manipulados por el hombre) se hace necesario un análisis tafonómico completo. Así, el contexto sedimentario y geológico de un yacimiento arqueológico es de crucial importancia. Como se ha indicado más arriba, el material recuperado en las cuevas Bluefish deriva de loess, es decir, de un sustrato formado por partículas finas de limo eólico que no producen arañazos en los huesos, aunque sí superficies pulidas. Por otro lado, los restos crioclásticos incorporados en el loess sí podrían haber desgastado las superficies óseas. Por último, es evidente que cualquier desprendimiento de rocas han podido modificar los huesos, produciendo estrías y patrones de rotura ósea.

Esto desde el punto de vista geológico. Por otro lado, la actividad de los carroñeros también puede dejar marcas en los huesos similares a las que dejaría el ser humano, aunque ojos expertos sí pueden ver un patrón de desgaste característico de los animales que permite distinguir la manipulación humana.

Pues bien, en orden a identificar correctamente los huesos manipulados por nuestros antepasados, los investigadores confeccionaron una lista con seis criterios morfológicos que nunca se dan en los huesos modificados por procesos naturales. De un total de 36.000 huesos de mamíferos recuperados en los yacimientos y analizadas en este estudio, se seleccionaron 15 muestras (10 en la cueva I y 5 en la cueva II) que reunían todas las características morfológicas atribuidas a la actividad humana; más otras 20 muestras con «probables» modificaciones humanas.

La datación

Seis de estas muestras fueron finalmente remitidas al laboratorio para su datación mediante la técnica de espectrometría de masas con acelerador. Los resultados obtenidos oscilan entre una antigüedad de 10.490 ± 55 C14 AP y 19.650 ± 130 C14 AP, es decir, entre 12.000 y 24.000 AP una vez calibrados los resultados.

Ejemplar J7.8.17, correspondiente a la parte de una mandíbula de caballo.

La fecha más antigua obtenida (19.650 ± 130 C14 AP, código de muestra OxA-33778) es la de una mandíbula de caballo (J7.8.17) de la cueva II. Este resultado coincide con la posición estratigráfica del hueso en el yacimiento, ya que se localizó en la parte basal del loess, a una profundidad de 142 cm. Por desgracia, la profundidad exacta a la que se encontraron los otros especímenes óseos datados en esta investigación no ha podido establecerse con los datos registrados en la excavación original llevada a cabo por el equipo de Cinq-Mars, aunque la gran mayoría del material proviene de las capas inferiores de loess en ambas cuevas.

En la cueva I, otros tres huesos han sido datados al final del Pleistoceno, ca. 22.000 – 15.000 años AP (un húmero de caballo (J7.1.1), un metatarsiano de caballo (K8.1.13) y un metacarpiano de caribú (K8.1.27).

Tabla que recoge las dataciones de los nuevos especímenes.

Conclusión

Mientras que los yacimientos del río Yana aportan pruebas de la presencia humana en el oeste de Beringia hace cerca de 32.000 años AP, los yacimientos de las cuevas Bluefish demostrarían que nuestros antepasados habitaron –aún de forma ocasional– el este de Beringia durante el UMG, por los menos hace 24.000 años AP.

Este resultado proporcionaría el apoyo arqueológico que necesitaba la hipótesis de la «parada en Beringia», también llamado modelo de incubación en Beringia.

A pesar de todo, no todo el mundo está convencido. El arqueólogo de la Universidad de Alaska en Fairbanks, Ben Potter afirma que la investigación es interesante pero que el pequeño número de huesos con marcas, y la falta de pruebas claras de que las herramientas halladas en la cueva causaran los cortes arrojan muchas dudas.

Hace más de una década que se plantean críticas como esta. Hemos apuntado que en la cueva II se encontraron restos óseos que han sido interpretados como herramientas. Sin embargo, en los niveles donde se hallaron los huesos con marcas de corte no han aparecido estas herramientas. Además, tenemos que recordar que la llamada industria lítica está formada por microfragmentos líticos (supuestamente restos de talla) que podrían tener un origen natural, y haber quedado acumulados por procesos eólicos.

Por lo tanto, debemos ser cautos y esperar pruebas más claras de nuevos yacimientos y futuras investigaciones. Aunque nada impide que disfrutemos con cada nueva hipótesis.

Referencias

Bourgeon, L.; Burke, A. y  Higham, T. (2017), «Earliest human presence in North America dated to the Last Glacial Maximum: new radiocarbon dates from Bluefish Caves, Canada». PLoS ONE, vol. 12, núm. 1, p. e0169486.

Dyke, A. S. (2004), «An outline of North American deglaciation with emphasis on central and northern Canada». En: Ehlers, J. y Gibbard, P. L. (eds.). Developments in Quaternary Sciences. Elsevier, 373-424.

Cinq-Mars, J. (1979), «Bluefish Cave l: a Late Pleistocene Eastern Beringian cave deposit in the Northern Yukon». Canadian Journal of Archaeology / Journal Canadien D’Archéologie, núm. 3, p. 1-32.

Bourgeon, L. (2015), «Bluefish Cave II (Yukon Territory, Canada): taphonomic study of a bone assemblage». PaleoAmerica, vol. 1, núm. 1, p. 105-108.

Cinq-Mars J., Morlan R. E., “Bluefish Caves and Old Crow basin: a new rapport”. En: Bonnichsen R., Turnmire K. L. (eds.). Ice Age Peoples of North America Environments, Origins, and adaptations of the First Americans: Center for the Study of the First Americans. Oregon State University Press; 1999. p. 200-212.

Notas

  1. Earliest human presence in North America dated to the Last Glacial Maximum: new radiocarbon dates from Bluefish Caves, Canada.
  2. La gelifracción, gelivación o crioclastismo es el proceso geológico por el que se produce la fragmentación de una roca cuando el agua que se introduce en sus fisuras o poros se convierte en hielo y aumenta su volumen. La gelifracción es especialmente activa si el proceso hielo/deshielo es frecuente, dando como resultado material de roca anguloso.
  3. Bluefish Cave II (Yukon Territory, Canada): taphonomic study of a bone assemblage.
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¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?

¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?

     Última actualizacón: 11 marzo 2018 a las 14:25

Hace poco hablamos aquí de quiénes habían sido los primeros pobladores de América y cómo habían llegado al “nuevo” continente. Si bien aquella anotación trataba de desmentir la llamada “hipótesis Solutrense” (la idea de que una migración transatlántica fue el punto de origen del poblamiento de América), ya planteaba el escenario de la colonización americana desde Siberia al afirmar que la entrada en el continente “no pudo verificarse hasta que se produjo el deshielo de la franja costera del Pacífico hace unos 13.000 años y con él, la apertura de rutas de tránsito en el interior de América del Norte”. Pues bien, hace unos días se publicó un interesante trabajo en la revista Nature que analiza precisamente esta cuestión y despeja bastantes dudas al respecto.

El contexto

Antes de profundizar en las conclusiones de este estudio debemos saber que se han planteado distintas hipótesis acerca de la forma de entrada al continente americano desde Beringia: hace unos 30.000 años (mientras no se diga lo contrario, emplearemos fechas radiocarbónicas calibradas a lo largo de este artículo) el hielo de los glaciares Laurentino y de la Cordillera cubría gran parte de lo que hoy en día es Canadá, impidiendo el paso tanto de la fauna como de la flora al resto del continente. Sin embargo, diferentes periodos cálidos provocaron la progresiva retirada del hielo y, con ello, la apertura de vías de paso a lo largo tanto de la costa del Pacífico como de las llanuras al este de las Montañas Rocosas. Así, hace aproximadamente 13.500 años, nuestros ancestros desarrollaron un complejo de herramientas de piedra distintivo que hoy conocemos como “cultura Clovis”. Siguiendo la abundante caza representada por los grandes mamuts, bisontes y otros animales —fáciles de cazar debido a que no estaban acostumbrados a la presencia humana— se expandieron rápidamente hacia el sur colonizando todo el continente en un corto plazo de tiempo (alrededor de 1.000 años).

Como vemos, se han venido barajando dos principales rutas como posible acceso de nuestros ancestros desde las estepas siberianas al norte del continente americano: una costera y otra por las llanuras del interior.

La investigación

El estudio que ahora analizamos, encabezado por Mikkel Winther Pedersen de la Universidad de Copenhague, ha analizado restos de polen, macrofósiles y ADN metagenómico 1 de muestras obtenidas en el corredor libre de hielo (ice-free corridor, IFC) que se formó entre las placas de hielo Laurentina y de la Cordillera, es decir, en la ruta que discurrió por el interior de lo que hoy es Canadá.

Evolución glaciares América del Norte. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.

Evolución glaciares América del Norte. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.

Como ya hemos apuntado y podemos ver en esta serie de imágenes, durante el último máximo glaciar enormes masas de hielo mantenían aislada Beringia del resto de América. Sin embargo, hace aproximadamente 15.000 años se abrió un corredor de unos 1.500 km de longitud que permitió el paso entre ambas regiones. Hasta ahora se desconocía a ciencia cierta cuándo se había producido la colonización de dicha franja de terreno por animales y plantas, cuestión de crucial importancia ya que la presencia de caza y vegetación para su recolección es una premisa ineludible para cualquier migración humana (insistamos en que nuestros antepasados tenían que recorrer a pie 1.500 kilómetros). Pedersen y su equipo han encontrado pruebas de la existencia de vegetación esteparia, bisontes y mamuts en dicho corredor desde hace aproximadamente 12.600 años; de ahí que se concluya que antes de esa fecha no fuera posible cruzar por dicha vía (aunque el corredor quedó físicamente libre de hielo hace entre 15.000 y 14.000 años, la deglaciación trajo consigo una inundación de la región que duró unos 2.000 años más).

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Momento en que se abre el corredor libre de hielo (ice-free corridor): a. Hace unos 13.000 años aún quedaba una masa de hielo que conectaba los dos glaciares; b. Hace unos 12.500 años quedó despejado el paso. Tomado de Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum.

La primera consecuencia que podemos extraer de estos resultados es que confirman que el paso a través de las llanuras al este de las Rocosas no estaba disponible para quienes llegaron a Sudamérica hace 14.700 años y se asentaron en lo que hoy conocemos como el yacimiento de Monte Verde. La segunda consecuencia es que el paso se abrió también demasiado tarde para explicar la presencia de la cultura Clovis. De hecho, las pruebas arqueológicas más antiguas encontradas en la región del río de la Paz y la zona del lago Charlie (ambos en la actual Columbia Británica, en pleno corredor libre de hielo), son posteriores a 12.600 años.

Por lo tanto, los investigadores concluyen que nuestros ancestros debieron entrar en América por una ruta diferente a la del corredor libre de hielo: tuvieron que hacerlo por la costa del Pacífico.

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Resumen de las hipótesis barajadas por Pedersen, M. W., et al. (2016), «Postglacial viability and colonization in North America’s ice-free corridor». Nature, En línea.

Profundizando aún más

Tras la publicación de este trabajo aparecieron una serie de noticias (tanto en medios más especializados en tratar noticias científicas como en otros de carácter generalista) cuyos titulares grandilocuentes afirmaban que los libros de historia estaban equivocados y que había que reescribir nuestro conocimiento sobre la colonización de América. Como suele pasar, las cosas no son tan drásticas.

El trabajo de Pedersen y sus colaboradores es muy importante ya que consigue datos cruciales de una región donde el solo hecho llegar a ella es en sí mismo una proeza. Además, tanto las técnicas empleadas como el propio análisis de los datos abren la puerta a nuevas investigaciones ya que es preciso contar con más pruebas como las ofrecidas para completar el cuadro de la colonización del nuevo continente. Sin embargo, hemos de tener presente que la hipótesis de la colonización América a través de las costas de Beringia y del Pacífico por zonas ahora sumergidas debido al ascenso del nivel del mar se planteó por primera vez en 1960 por Calvin Huesser y en 1979 por Kurt Fladmark.

Este modelo de colonización afirma que las poblaciones que vivían a lo largo del margen noroccidental de la costa asiática del Pacífico comenzaron su expansión desde Beringia hacia la costa de América del Norte hace entre 16.800 y 15.600 años. Como hemos apuntado, el nivel del mar durante el final del último máximo glaciar era mucho menor que hoy en día, lo que dejaba expuestas amplias zonas de costa para la habitación humana y donde no alcanzaban los hielos del glaciar de la Cordillera (lo que permitía además la presencia de fuentes de alimento).

En cualquier caso, nuestros antepasados tuvieron que subsistir en el ambiente extremo del ártico siberiano y sabemos que lo lograron porque hace alrededor de 32.000 años dejaron su huella en el yacimiento que hoy conocemos como “Cuerno de rinoceronte” en la cuenca del río Yana (Rhinoceros Horn site – RHS). Este yacimiento se encuentra en el noroeste de Beringia y está formado por varios estratos congelados y bien conservados que albergan artefactos de piedra y restos de animales ya extintos (quien esté interesado en ampliar esta información puede seguir el trabajo del arqueólogo Vladimir Pitulko y su equipo).

Por otro lado, la prueba arqueológica más fiable que poseemos del este de Beringia procede del yacimiento de Swan Point (en Alaska central) datado en 14.000 años, que nos sirve para documentar la dispersión de nuestros antepasados por esa ruta.

(A) En verde claro se muestra la tierra firme cuando los niveles del mar eran más bajos. En verde oscuro, la tierra emergida en la actualidad. Durante el Último Máximo Glacial, las capas de hielo bloqueaban el acceso a América desde Beringia y las poblaciones no pudieron traspasar el cinturón de hielo de las Aleutianas. Los yacimientos Yana Rinoceros Horn (hace 32 ka) y Swan Point (hace 14 ka) ilustran las diferencias temporales y geográficas en el registro arqueológico. (B) Las capas de hielo comenzaron a retirarse hace cerca de 17 ka, y la ruta costera quedó practicable hace cerca de 15 ka. El rápido crecimiento demográfico hace cerca de 16 ka probablemente marca las migraciones hacia el sur.

(A) En verde claro se muestra la tierra firme cuando los niveles del mar eran más bajos. En verde oscuro, la tierra emergida en la actualidad. Durante el Último Máximo Glacial, las capas de hielo bloqueaban el acceso a América desde Beringia y las poblaciones no pudieron traspasar el cinturón de hielo de las Aleutianas. Los yacimientos Yana Rinoceros Horn (hace 32 ka) y Swan Point (hace 14 ka) ilustran las diferencias temporales y geográficas en el registro arqueológico.
(B) Las capas de hielo comenzaron a retirarse hace cerca de 17 ka, y la ruta costera quedó practicable hace cerca de 15 ka. El rápido crecimiento demográfico hace cerca de 16 ka probablemente marca las migraciones hacia el sur.

Por lo tanto, el trabajo de Pedersen y colaboradores nos aporta datos que se esperan desde hace mucho tiempo. Ya en 2004 Madsen apuntaba que los intensos debates dentro de la comunidad científica acerca del momento en que se produjo la apertura tanto del corredor costero como del interior se debían a las dataciones imprecisas y al hecho de que varios de los glaciares de la Cordillera habían reaccionado de forma diferente al cambio climático.  De hecho, defendía que el corredor costero pudo quedar libre de hielo y por tanto abierto a la colonización humana al menos hace 15.000 años. En cambio, el corredor interior (el situado al este de las Rocosas) no se habría abierto hasta hace 14.000 o 13.500 años (fechas no muy lejanas de las que Pedersen refiere en el trabajo que ahora analizamos).

Aunque aún falta encontrar pruebas arqueológicas de la presencia humana en dichas zonas (y es algo que quizás nunca logremos), los restos humanos hallados en Arlington Springs, en la isla Santa Rosa (en la costa de California) y que han sido datados en 13.000 años, demuestran a las claras que los primeros americanos usaban embarcaciones y conocían los rudimentos de la navegación.

Una vez que nuestros antepasados llegaron a la costa noroeste del Pacífico americano, podrían haber continuado su expansión costera hacia el sur hasta Chile, así como hacia el este a lo largo del borde sur de las masas de hielo continentales, posiblemente siguiendo las manadas de mamuts hacia lo que hoy en día es el estado de Wisconsin.

Otras alternativas

Hemos analizado la llegada de nuestros antepasados a América por la costa del Pacífico, pero también se han propuesto otras alternativas. Por ejemplo, el modelo llamado pre-último máximo glaciar (pre-Last Glacial Maximum – pre-LGM) sostiene que las poblaciones que se encontraban en Siberia pudieron cruzar el puente de Beringia hacia América hace entre 29.000 y 23.700 años, es decir, antes de la formación de la barrera de glaciares en lo que hoy es Canadá, y de la barrera ecológica en la parte occidental de Beringia.

Cuando los humanos llegaron a la cuenca del río Yana (el yacimiento RHS que hemos mencionado) hace 32.000 años, las capas de hielo se habían reducido debido al clima cálido, dejando pasillos abiertos a través de los cuales podrían haber pasado hacia América. Ocho mil años después, las capas de hielo habrían crecido lo suficiente como para obstruir esos pasos, debiendo esperar otros ocho mil años más para verlos libres de hielo de nuevo.

Referencias

Artículo principal:

Pedersen, M. W., et al. (2016), «Postglacial viability and colonization in North America’s ice-free corridor«. Nature, En línea.

Más información:

Dyke, A. S. (2004), «An outline of North American deglaciation with emphasis on central and northern Canada». En: Ehlers, J. y Gibbard, P. L. (ed.). Developments in Quaternary Sciences. Elsevier, 373-424.

Ehlers, J. y  Gibbard, P. L. (2004), Quaternary glaciations: extent and chronology. Amsterdam; San Diego: Elsevier.

Erlandson, J. M. y  Braje, T. J. (2011), «From Asia to the Americas by boat? Paleogeography, paleoecology, and stemmed points of the northwest Pacific». Quaternary International, vol. 239, núm. 1–2, p. 28-37.

Fladmark, K. R. (1979), «Routes: alternate migration corridors for early man in North America.». American Antiquity, vol. 44, núm. 1, p. 55-69.

Heusser, Calvin J. (1960), Late-Pleistocene environments of North Pacific North America. An elaboration of late-glacial and postglacial climate, physiographic, and biotic changes. New York: American Geographical Society, Special Publication nº 35, 308 pp.

Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum. Salt Lake City: University of Utah Press, vi, 486 p.

Goebel, T.; Waters, M. R. y  O’Rourke, D. H. (2008), «The Late Pleistocene dispersal of modern humans in the Americas». Science, vol. 319, núm. 5869, p. 1497-1502.

Pitulko, V. V., et al. (2004), «The Yana RHS Site: humans in the arctic before the Last Glacial Maximum». Science, vol. 303, núm. 5654, p. 52-56.

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Notas

  1. El análisis de ADN metagenómico consiste en la aplicación de técnicas genómicas modernas para el estudio directo de comunidades de microorganismos en su entorno natural, evitando la necesidad de aislar y cultivar cada una de las especies que componen la comunidad
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¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

     Última actualizacón: 4 marzo 2019 a las 22:02

¿Sabemos quiénes fueron los primeros pobladores de América y de dónde vinieron? Aunque no sean prehistoriadores o arqueólogos, seguro de que les suena esta historia: grupos de cazadores-recolectores que habitaban en lo que hoy es la estepa siberiana se desplazaron a través del llamado puente de Beringia (la porción de tierra bajo el estrecho de Bering que se encontraba por entonces emergida) para llegar a Canadá y, más adelante, a las Grandes Llanuras americanas. Esta explicación es la versión «ortodoxa» que ofrece la ciencia acerca de la forma en que se produjo el primer poblamiento del continente americano.

Sin embargo, desde hace más de diez años, se viene planteando la idea de que poblaciones de Europa y Oriente Medio (algunos apuntan directamente a alguna de las antiguas tribus de Israel) tenían los conocimientos necesarios para fabricar embarcaciones lo suficientemente robustas para salvar la distancia que separa ambos continentes. Se trataría de migraciones transatlánticas cuyas gentes habrían contribuido a poblar América antes de que otros llegaran por la conocida ruta asiática.

Esta teoría, que hoy se considera falsa arqueología o mala ciencia por la mayor parte de la comunidad científica, genera sin embargo mucho interés entre el público en general y ha sido difundida a través de documentales y libros que se han convertido en éxitos de ventas.

Hipotesis solutrense

En un reciente trabajo, Jennifer Raff y Deborah Bolnick, ambas profesoras de antropología (la primera en la Universidad de Kansas y la segunda en la Universidad de Texas) hacen una revisión de los estudios donde se ha analizado el ADN de los nativos americanos —tanto actuales como pasados— así como de otras poblaciones, llegando a la conclusión de que los resultados no son compatibles con una oleada de emigrantes europeos. Su conclusión es que los datos genéticos sólo muestran una migración desde la actual Siberia hacia el continente americano.

Pese a que quienes defienden una migración transatlántica utilizan varios argumentos, las autoras centran la discusión en la validez de las dos líneas principales de pruebas presentadas en apoyo de esa hipótesis: la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en el continente norteamericano, y una señal de ascendencia euroasiática occidental en el genoma de los nativos americanos.

La hipótesis solutrense

Si hacemos caso a las pruebas arqueológicas que se han recuperado hasta el momento, podemos confirmar la presencia del hombre en el continente americano desde hace unos 15.000 años. Quienes sostienen el argumento de una migración transatlántica —conocida como hipótesis solutrense— se apoyan, además de en una comparación de los artefactos arqueológicos de uno y otro lado del océano, en los datos genéticos de diferentes poblaciones. Sus defensores propugnan que la cultura Clovis (que se desarrolló en América del Norte hace entre 13.300 y 12.800 años antes del presente) desciende directamente de la cultura Solutrense del sudoeste europeo (que presenta una antigüedad de entre 23.500 y 18.000 años AP) y más concretamente de la zona de Cantabria. El profesor de prehistoria Bruce Bradley y el arqueólogo Dennis Stanford propusieron inicialmente esta idea a finales de los años noventa, y han sido duramente criticados desde entonces.

Y el motivo es que, más allá de las comparaciones de artefactos líticos —con el matiz de subjetividad que este tipo de comparaciones trae consigo—  lo cierto es que tras varias décadas de estudios que han analizado el genoma de diferentes poblaciones, se ha demostrado que todos los nativos americanos derivan de una población fundadora bastante pequeña que probablemente ocupó Beringia durante el Último Máximo Glacial (hace entre 28.000 y 18.000 años AP).

Analizando genomas

Nuestro genoma es una máquina del tiempo. Empleando las técnicas adecuadas podemos obtener información muy interesante de nuestro pasado evolutivo analizando el ADN de las diferentes poblaciones actuales y de nuestros antepasados (en aquellos casos en que éste se encuentra en buen estado de conservación). Para ello podemos recurrir al haplotipo, una especie de huella digital que se presenta en forma de una combinación de alelos de un cromosoma. Para desentrañar nuestra ascendencia se estudia el ADN mitocondrial (ADNmt) y el ADN del cromosoma Y (heredados por vía materna el primero, y paterna el segundo).

Tenemos que saber que, si bien todos tenemos el mismo código genético, en realidad se dan pequeñas variaciones llamadas polimorfismos. Entre las más comunes se encuentran los polimorfismos de nucleótido simple (o SNP, del inglés single nucleotide polymorphism), es decir, cambios de un único nucleótido en una secuencia dada. La probabilidad de que dos individuos no relacionados entre sí presenten un mismo haplotipo es prácticamente nula.

Del mismo modo, se sabe que es altamente improbable que desaparezca un SNP dado que no hay recombinación. De este modo, los SNPs se irán acumulando a lo largo del tiempo en cada población, lo que nos permite hacer grupos (haplogrupos) unos descendientes de otros, pudiendo remontarnos a los antepasados que dieron origen a la población humana: en el caso de los análisis de ANDmt se llega hasta la denominada «Eva mitocondrial»; y en el caso de los análisis del cromosoma Y, al «Adán cromosoma-Y».

When Did Humans Come to the Americas - Smithsonian magazine

Imagen tomada del artículo When did Humans come to America? publicado en la Smithsonian Magazine, por Guy Gugliotta, ilustrado por Andy Martin. Febrero de 2013.

Como ya hemos apuntado, la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en las poblaciones de nativos americanos se ha utilizado como prueba de la existencia de un flujo genético transatlántico hacia Norteamérica. El haplogrupo X2a es único de América del Norte, y se encuentra con alta frecuencia en las poblaciones de los Grandes Lagos, y frecuencias más bajas en las Grandes Llanuras y el Pacífico noroeste. Del mismo modo, parece estar completamente ausente en las poblaciones de América Central y del Sur. Los linajes intermedios que relacionan el haplogrupo general X2 con el más específico X2a parecen haberse perdido en las poblaciones contemporáneas —o son tan raros que aún no han sido bien estudiados.

Y es precisamente este vacío en nuestro conocimiento del ADN antiguo lo que ha servido a los defensores de la idea de una migración desde Oriente Medio a América del Norte. Sin embargo, esta hipótesis se viene abajo si tenemos en cuenta cuatro hechos clave:

  1. El haplogrupo X2a no se encuentra en Oriente Medio.
  2. Ninguno de los linajes del haplogrupo X2 presentes en Oriente Medio son antepasados directos del haplogrupo X2a. Estos dos datos rompen cualquier posible relación directa entre los pobladores de Oriente Medio y Norteamérica.
  3. La fecha estimada para la separación del haplogrupo X2a del general X2 (hace entre 14.200 y 17.000 años AP) es muy anterior a la fecha propuesta para la hipotética migración desde Oriente Medio.
  4. Por último, y en relación con el punto anterior, el haplogrupo X2a estaba presente en Norteamérica mucho antes que esa supuesta migración.

En segundo lugar, la otra versión de la migración transatlántica postula que el haplogrupo X2a llegó a América del Norte durante el Pleistoceno de la mano de poblaciones solutrenses de Europa occidental. Para ello mencionan específicamente la alta frecuencia del haplogrupo X2 en las Islas Orcadas (presente en un 7,24% de los individuos) como apoyo a la migración transatlántica del haplogrupo X2a —las islas Orcadas constituirían un punto de paso intermedio.

Basan esta hipótesis en dos líneas de razonamiento:

  1. En Siberia no se han encontrado linajes ancestrales al haplogrupo X2a, al contrario de lo que sucede con los otros haplogrupos americanos.
  2. La distribución filogeográfica del haplogrupo X2a en América del Norte sitúa la rama más antigua y más profunda de sus antepasados en el noreste de Canadá (lo que cabría esperar si los pobladores hubiesen llegado a Norteamérica desde Europa).

Montaje Hipotesis solutrense

Además, argumentan que la ausencia de evidencia del haplogrupo X2a en el oeste de Eurasia no es prueba de su ausencia (aunque este argumento lo podemos emplear igualmente para el caso siberiano). En definitiva, no hay ninguna razón de peso para sostener que el haplogrupo X2a tenga más probabilidades de haber venido de Europa que de Siberia. Por eso, hacen falta más muestras de ADN antiguo cuyo análisis permita aclarar la cuestión.

Y aquí entran en escena las recientes investigaciones. Parte de la solución de este rompecabezas ha llegado con la publicación del genoma completo del llamado hombre de Kennewick, de unos 8.500 años de antigüedad. Si bien se ha comprobado que pertenecía al haplogrupo X2a, el resto de su genoma no presenta indicios de que tuviera antepasados europeos. Además, resulta significativo que los restos del hombre de Kennewick se encontraran en la costa oeste norteamericana: este hecho sitúa el haplotipo X2a más antiguo localizado hasta la fecha en la región geográfica que encaja mejor con una migración desde Siberia a través de Beringia.

Curiosamente, antes de la secuenciación de su genoma, el hombre de Kennewick era utilizado como argumento para apoyar su origen no-siberiano dadas las diferencias en la forma de su cráneo en relación con el de los nativos americanos. Si bien es cierto que la comparación de la morfología craneal fue durante mucho tiempo la herramienta predilecta de los antropólogos para estudiar las relaciones genéticas entre poblaciones, durante las últimas décadas hemos desarrollado la tecnología que nos permite evaluar las relaciones biológicas entre los individuos y las poblaciones mediante la comparación de los genomas. Éste es el medio más preciso y directo de evaluar la ascendencia que la morfología ósea, que hoy sabemos puede venir influenciada por factores ambientales, de desarrollo y culturales.

Por último, la mejor prueba hasta la fecha quizás sea la que aporta el estudio que ha llevado a cabo el equipo de Iosif Lazaridis (del departamento de genética de la facultad de medicina de Harvard). Han modelizado las relaciones ancestrales entre las poblaciones euroasiáticas, africanas y de los nativos americanos, concluyendo que el flujo genético se produjo desde las poblaciones del norte de Eurasia hacia las poblaciones nativas americanas. No han encontrado ninguna prueba directa de flujo genético durante el Pleistoceno entre los europeos occidentales y los nativos americanos. Su modelo también es consistente con otros estudios que han demostrado que entre un 62% y un 86% de los antepasados de los nativos americanos provienen de Asia Oriental.

Conclusiones

Raff y Bolnick no creen que vaya a aparecer de repente una prueba que demuestre una ascendencia europea de los nativos americanos, aunque reconocen que ésta sigue siendo una posibilidad formal, remota, pero posible.

¿Qué pasa entonces con la señal de una ascendencia del occidente europeo que se ha encontrado en los genomas de los nativos americanos? ¿Es compatible con una migración transatlántica?

Varios investigadores estudiaron los genomas de un individuo hallado en Siberia denominado Mal’ta y del individuo Anzick-1 (un niño datado hace 12.600 año AP hallado en Montana), y encontraron que una parte de sus antepasados (entre un 14% y un 38%) deriva de una población que también aportó alelos a los habitantes contemporáneos de Eurasia occidental. Cabe destacar que el acervo genético de los europeos contemporáneos parece haber surgido muy recientemente, en los últimos 8.000 años, como resultado de sucesos de migración y de mezcla. No sabemos cómo eran los genomas de los pueblos Solutrenses, ya que hasta la fecha no se ha secuenciado ninguno de ellos, pero a partir de estos resultados podemos predecir que se parecerían más a los cazadores-recolectores pre-neolíticos que a los europeos contemporáneos. Es importante destacar que a partir de los genomas pre-neolíticos que se han estudiado, parece que estos primeros cazadores-recolectores europeos no mostraban afinidades genéticas cercanas a los nativos americanos.

Sentado lo anterior, y como colofón teniendo en cuenta las investigaciones sobre el tema, podemos decir que el posible escenario de la colonización americana sería el siguiente:

  1. Hace unos 32.000 años se produjo el desplazamiento de grupos de cazadores-recolectores desde Siberia al norte de Beringia.
  2. Más adelante, y en una única ola migratoria hace como máximo unos 23.000 años, se expandieron hacia el este de Beringia y comenzó la llamada «evolución genética de las características únicas de los nativos americanos».
  3. Por último, la entrada en el continente americano no pudo verificarse hasta que se produjo el deshielo de la franja costera del Pacífico hace unos 13.000 años y con él, la apertura de rutas de tránsito en el interior de América del Norte. El acervo genético de estos pobladores se diversificó en dos ramas que configuran las diversas poblaciones nativas que vemos hoy en el continente.

Las condiciones que tuvieron que soportar nuestros antepasados aislados en Beringia durante miles de años tuvieron que ser tremendamente duras. Más adelante, hubo al menos otras dos entradas de población siberiana en América que acabaron de conformar las poblaciones indígenas, que hasta la llegada de Cristóbal Colón, no recibieron ningún aporte genético de Europa occidental.

Referencias

Documental del canal Discovery: Ice age Columbus (Acceso abierto).

Lazaridis, I., et al. (2014), «Ancient human genomes suggest three ancestral populations for present-day Europeans«. Nature, vol. 513, núm. 7518, p. 409-413. (Acceso abierto).

Raff, J. A. y Bolnick, D. A. (2015), «Does Mitochondrial Haplogroup X Indicate Ancient Trans-Atlantic Migration to the Americas? A Critical Re-Evaluation«. PaleoAmerica, vol. 1, núm. 4, p. 297-304. (Acceso abierto).

Raghavan, M., et al. (2015), «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans«. Science, vol. 349, núm. 6250.

Rasmussen, M., et al. (2015), «The ancestry and affiliations of Kennewick Man«. Nature, vol. 523, núm. 7561, p. 455-458. (Acceso abierto).

Skoglund, P., et al. (2015), «Genetic evidence for two founding populations of the Americas«. Nature, vol. 525, núm. 7567, p. 104-108.

Stanford, D. J. y  Bradley, B. A. (2012), Across Atlantic ice: the origin of America’s Clovis culture. Berkeley: University of California Press, xv, 319 p.

Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 4 comentarios
El mapa de Vinlandia (y III)

El mapa de Vinlandia (y III)

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 13:05

Conclusiones y otras suposiciones

Con lo dicho hasta ahora, creo que la mayoría estará de acuerdo en que las pruebas científicas apuntan de forma clara y contundente —pese a algunas reticencias recalcitrantes— a que el mapa de Vinlandia es un dibujo realizado en el siglo XX sobre un pergamino del siglo XV. Por lo tanto, se trata de una mera falsificación.

Por mi parte, tras haber leído casi todo lo que se ha escrito sobre este tema apasionante, creo que también hay argumentos históricos suficientes que confirman, sino de forma fehaciente, sí al menos de forma indiciaria, que el mapa efectivamente nunca formó parte de un mismo volumen con la Relación tártara y el Speculum historiale, sino que se dibujó ex profeso. Llegados a este punto, la cuestión que deberíamos responder es la de la autoría, es decir, tratar de determinar quién o quienes llevaron a cabo esa falsificación y con qué motivos.

Como muchos investigadores han apuntado a lo largo de los años, esa persona (o grupo de personas) debía ser un excelente medievalista, documentalista y cartógrafo, para poder crear un mapa con la suficiente calidad como para que, a simple vista, muchos expertos no fueran capaces de distinguirlo de un original (a pesar de que presenta varios errores que otros sí supieron ver casi de inmediato, como ya hemos explicado).

Mapa de Skálholt. Descripción de Groenlandia y Vinlandia (1570) Cortesía de The Royal Library (Det Kongelige Bibliotek), The National Library (Nationalbibliotek) y Copenhagen University Library (Københavns Universitetsbibliotek). Noruega.

Mapa de Skálholt. Descripción de Groenlandia y Vinlandia (1570) Cortesía de The Royal Library (Det Kongelige Bibliotek), The National Library (Nationalbibliotek) y Copenhagen University Library (Københavns Universitetsbibliotek). Noruega.

Entre los sospechosos habituales encontramos en primer lugar a Joseph Fischer (1858–1944), un sacerdote jesuita alemán de la ciudad austríaca de Feldkirch. Eso es al menos lo que piensa Kirsten Seaver, una historiadora de origen noruego afincada en Estados Unidos, que apunta a esa posibilidad en su libro Maps, myths, and men: the story of the Vinland map.

Fischer era un auténtico especialista en mapas del siglo XV y también había investigado mucho sobre las falsificaciones cartográficas. También fue quien descubrió el mapa Waldseemüller en la biblioteca del príncipe Johannes zu Waldburg-Wolfegg (fechado en 1507, es el primer mapa donde aparece la palabra América). Entre sus otras inquietudes estaba el estudio de la expansión hacia el oeste de los vikingos, tema sobre el que escribió un libro que fue traducido al inglés en 1903 1 donde se interesaba por la representación cartográfica de Norteamérica antes de la llegada de Cristóbal Colón.

De acuerdo con esta hipótesis, el motivo para fabricar este mapa tendría que ver con el intento de Fischer de burlarse de los nazis anticatólicos que defendían que los vikingos habían explorado Norteamérica antes que otros europeos. Desde luego, según la ideología nazi, el Tercer Reich vería con buenos ojos un documento que lograse demostrar que los vikingos (miembros de la raza aria) compartían sus mismas ambiciones territoriales; en concreto, un mapa que probase la conquista de Norteamérica por los vikingos sería una justificación perfecta para su insaciable expansionismo.

La trampa planteada por Fischer sería que si aceptaban este hecho, tendrían que aceptar forzosamente que el descubrimiento de América había sido posible gracias a la intervención de la Iglesia Católica, todo en virtud del párrafo incluido en la esquina superior izquierda del mapa que relata el viaje del obispo de Groenlandia a Vinlandia. En definitiva, si los nazis aceptaban el mapa como auténtico, tendrían que reconocer que la Iglesia Católica también estuvo involucrada en la exploración del Nuevo Mundo.

El otro sospechoso es el fraile franciscano Luka Jelic (1863-1922). Profesor de derecho canónico y de historia de la Iglesia, era un defensor de la idea de la evangelización de Norteamérica antes de la llegada de Cristóbal Colón, tema sobre el que escribió un libro publicado en 1897. Según sus críticos, era propenso a incluir en sus libros y conferencias referencias y documentos que nadie había visto. Sus motivos, utilizar el mapa como un argumento de peso que apoyase sus teorías.

Sin embargo, a pesar que ambas opciones pueden ser correctas, creo que no hay que buscar tan lejos para encontrar la respuesta. Bajo mi punto de vista (y vaya por delante que es una hipótesis muy personal) dos son los verdaderos responsables de tamaña estafa: Enzo Ferrajoli de Ry y Laurence Witten.

Biblioteca Capitular de la Catedral de Pamplona (wikimedia commons) Esta imagen no guarda relación con la Catedral de La Seo, pero se decidido incluirla para mostrar el aspecto que debió tener la biblioteca capitular en su momento.

Biblioteca Capitular de la Catedral de Pamplona (wikimedia commons) Esta imagen no guarda relación con la Catedral de La Seo, pero se decidido incluirla para mostrar el aspecto que debió tener la biblioteca capitular en su momento.

Don José Porter Rovira (1901-1999), uno de los mejores conocedores del mundo del libro de nuestro país y un experto en investigación bibliográfica (además de defensor del origen catalán de Cristóbal Colón), explicó en una entrevista en 1974, año que saltaron las alarmas acerca de la posible falsedad del mapa 2, que Ferrajoli, un napolitano nacido en 1913, había llegado a Barcelona con las tropas nacionales al final de la Guerra Civil. Fue un oficial de alta graduación en el Ejército italiano por lo que, al estallar la II Guerra Mundial, tuvo que volver a su país para luchar contra los aliados. A su regreso a Barcelona en 1945, con el cuerpo lleno de cicatrices por las heridas de guerra, comenzó a visitar las librerías de viejo, un tema que le apasionaba.

Se instaló definitivamente en la ciudad condal y se casó con una señorita de una familia catalana muy prestigiosa, concretamente con Margarita Maristany, hija del presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona. Enzo era un hombre con unas credenciales impecables y, quizás lo más importante como luego veremos, con muchas conexiones dentro del régimen franquista.

A partir de ese momento comenzó a labrarse una reputación dentro del mundo del libro antiguo que le permitió mantener unas relaciones internacionales muy fructíferas. De hecho, Joseph Irving Davis, de Davis y Orioli Ltd. —de quien hablamos en la primera parte de esta serie— fue uno de sus agentes: realizó muchos viajes por Italia y España buscando libros interesantes para él.

Por su parte, Laurence Witten (1926-1995) se graduó en música en la Universidad de Yale. Que sepamos, carecía de los conocimientos técnicos indispensables en historia, literatura, cartografía y paleografía para evaluar los manuscritos con los que comerciaba, a pesar de lo cual, y gracias a la amistad que lo unía con Thomas Marston, bibliotecario de la Universidad de Yale, se convirtió en un reputado librero y anticuario. Aunque Witten trabó contacto profesional con Ferrajoli por primera vez en 1957 con ocasión de los tratos relativos a la compra de este mapa (y cuando llevaba seis años en el negocio de los libros antiguos), su colega suizo Nicolas Rauch ya le había hablado de él un par de años antes.

Analicemos con algo más de detalle la participación de Laurence Witten, reconstruyendo sus declaraciones, puestas en consonancia con las informaciones que han ido ofreciendo a lo largo de los años los demás implicados:

  1. La primera mención de la intervención de Witten en la cuestión del mapa de Vinlandia la encontramos en la publicación de la monografía en 1965: Thomas Marston refiere brevemente en la introducción de la obra que Witten le dijo haberlo adquirido en una colección privada europea.
  2. Como ya apuntamos en la primera parte de esta serie, Eva Taylor pudo ver el mapa en el verano de 1962 cuando Skelton se lo mostró para pedirle su opinión. En ese momento éste le dijo que el mapa provenía de una biblioteca anónima española que estaba desperdigando su colección.
  3. En 1966, en la conferencia de la Smithsonian Institution,Witten fue sometido a un duro interrogatorio por parte de los especialistas y los periodistas para que diera más detalles acerca del origen del manuscrito. Explicó que fue Enzo Ferrajoli quien le habló de la existencia del libro en la oficina de Nicolas Rauch en Ginebra, y también que fue él quien organizó el encuentro con el propietario donde pudo contemplar su biblioteca. Añadió que compró el mapa y la Relación tártara por 3.500 dólares, y que el propietario no conocía la procedencia de los manuscritos pero que creía que llevaban en su familia al menos dos generaciones.
  4. Poco después de la muerte de Ferrajoli por un ataque al corazón (no mucho después de la conferencia de Washington de 1966), Witten dio el nombre de Luis Fortuny a Marston y Vietor para el caso de que quisieran contactar con él. Lo identificó como el bibliófilo europeo (nada sabemos del resultado de estas gestiones, o si se llevaron a cabo siquiera).
  5. En una carta fechada el 8 de mayo de 1974, Alexander Vietor (conservador de mapas de la Universidad de Yale) reconoció expresamente que cuando Witten había hablado de una biblioteca privada lo hizo deliberadamente para generar confusión, y que él pensaba que éste había comprado el mapa a Ferrajoli en Ginebra y que provenía de Madrid. Tres semanas después, Vietor escribió otra carta siendo más concreto: creía que el mapa venía de la colección privada de Luis Fortuny Bieto.
  6. Cuando se publicó la segunda edición de la monografía sobre el mapa de Vinlandia en 1995, Witten escribió un artículo donde reiteró la misma historia aunque dejó de lado el hecho de haber visitado la biblioteca del bibliófilo privado, y negó conocer quién era el propietario porque Ferrajoli había insistido en que quería mantener el anonimato. Daba a entender de forma elusiva que el trato se cerró directamente entre él y Ferrajoli.

¿Por qué tanto misterio acerca de la compra del manuscrito y las personas implicadas? ¿Por qué Witten cambió de versión tantas veces con el paso de los años? ¿Visitó realmente la biblioteca del propietario del libro o se lo compró directamente a Enzo Ferrajoli? Es hora de ir encajando las piezas. La primera tiene que ver con la verdadera actividad de Enzo Ferrajoli de Ry: era un vulgar ladrón —aunque el calificativo “vulgar” quizás sea poco apropiado en este caso—.

Entre mediados de 1952 y mediados de 1953 Ferrajoli había frecuentado la Biblioteca Capitular de la catedral de La Seo de Zaragoza (Catedral de San Salvador) donde se dio perfecta cuenta del nefasto control que se ejercía sobre la misma: había una única llave para acceder tanto a los volúmenes como al fichero (un dato muy importante), y los dos encargados tenían al parecer cosas mejores que hacer que pasar el tiempo custodiando unos «papelajos» antiguos.

Su forma de proceder fue trágicamente sencilla. Cada mañana acudía a la Catedral, conocedor de las horas en que los “supuestos” vigilantes estaban fuera, y se llevaba lo que quería. Al mismo tiempo se llevaba o destruía las fichas del archivo correspondientes a los libros que robaba para que nadie pudiera echar en falta algún ejemplar catalogado.

Actuó en solitario hasta mayo de 1955, cuando el Cabildo catedralicio contrata como portero a Jerónimo Sebastián Menadas, un seglar (corto de luces según algunos) que, durante cinco años, y en la creencia de que Ferrajoli contaba con la debida autorización, le ayuda a transportar grandes paquetes a cambio de suculentas propinas (desde 500 hasta 15.000 pesetas).

El expolio se descubrió cuando un investigador, que había conseguido un permiso para fotografiar un ejemplar, regresó meses después para continuar el estudio. Su sorpresa —y la de todos— fue que el libro había desaparecido junto con su ficha.

Enzo Ferrajoli fue detenido en su casa de Barcelona en 1961 donde la policía encontró algunas obras valiosas procedentes de La Seo, así como tapas y cubiertas de libros, ya desencuadernados y desaparecidos, y una maleta con numerosos papeles, cuentas, cartas, etc. Ingresó en la cárcel zaragozana de Torrero junto con el portero Jerónimo Sebastián, donde permaneció entre los meses de marzo y octubre (momento en el que obtuvo la libertad condicional).

La Audiencia Territorial de Zaragoza dictó sentencia el 13 de octubre de 1964. Entre los hechos probados se constata que habían desaparecido unos 583 libros, códices, incunables y manuscritos, con un valor aproximado de de 13.295.500 pesetas de la época, pero de incalculable valor histórico (110 de ellos a manos de Enzo Ferrajoli). Éste fue condenado a 8 años y 1 día de presidio mayor, así como a abonar al Cabildo cuatro millones y medio de pesetas como compensación por los objetos desaparecidos. Por su parte, los sacerdotes Torrijos y Aína (encargados de la custodia de la biblioteca) fueron condenados a dos años, cuatro meses y un día de prisión. A Jerónimo Sebastián le impusieron cuatro años, dos meses y un día de prisión 3. La sentencia fue confirmada por el Tribunal Supremo.

Ferrajoli no llegó a cumplir la totalidad de su condena debido a cuestiones de salud, logrando salir de prisión aunque murió finalmente en Suiza en 1966 (seguro que sus buenas relaciones con el Régimen facilitaron los trámites de su excarcelación). Por su parte, los sacerdotes recibieron también un trato favorable al quedar libres cuando las aguas se calmaron. Lo curioso es que, como sucede en demasiadas ocasiones, también hoy en día en este país, el único que cumplió la totalidad de su condena fue el pobre Jerónimo Sebastián, el portero. Desde luego no tenía los “contactos” adecuados.

Algunos de libros robados fueron apareciendo con los años en las librerías anticuarias de Davis y Orioli, en la librería Rauch de Ginebra, y en casas de subastas de Gran Bretaña y Estados Unidos. Todos se negaron a devolverlos, argumentando que los habían comprado «de buena fe, por procedimientos habituales y a personas de confianza». Ahí es nada.

Catedral de La Seo.

Catedral de La Seo.

Hagamos un alto en el camino para que les plantee mi hipótesis. Creo (y reitero que lo que voy a exponer a continuación es una apreciación personal) que Enzo Ferrajoli robó de la Catedral de La Seo el volumen que contenía el Speculum historiale y la Relación tártara intactos en su encuadernación del siglo XV. Para venderlos y obtener mayor beneficio, decidió desmembrar la encuadernación (espero que se retuerza en el infierno por cometer tamaña fechoría) y separar ambos textos: dado que había varias copias del Speculum en el mercado y su valor era menor, lo volvió a coser con una encuadernación del siglo XIX; mientras que la Relación tártara, un ejemplar más especial, decidió dejarlo con su encuadernación original.

Cuando Laurence Witten toma contacto con Enzo Ferrajoli, éste lleva robando libros de la Catedral varios años y había colocado muchos de ellos entre sus “amigos”. Al mostrarle el ejemplar, quizás Witten le explicara que la Relación tártara, un librito de menos de 30 páginas, no tenía mucho valor tal y como estaba, así que decidieron “mejorarlo” incluyendo un mapa al comienzo. Desde luego eso aumentaría considerablemente su relevancia y, por ende, su cotización. Para la labor tomaron un pliego de pergamino del siglo XV (con el expolio de Ferrajoli disponían de material en abundancia) y, o bien ellos mismos, o por medio de una tercera persona, se encargaron de limpiar la vitela y dibujar el mapa encima (de ahí el aspecto “difuminado” que Arthur David Baynes-Cope detectó cuando analizó el pergamino, indicando que eran síntomas que apuntaban a un tratamiento químico para eliminar, posiblemente, rastros de una escritura anterior).

El tema de los agujeros de gusano es interesante. Como hemos contado, estos agujeros fueron uno de los aspectos más importantes a la hora de verificar el conjunto, pero en realidad sólo el Speculum y la Relación tártara los tenían (el mapa había sido confeccionado siglos después). Para arreglar este problema decidieron hacerlos ellos mismos. Una vez finalizada la labor, y para  disimular el trabajo, colocaron unos parches de vitela en la parte trasera (de nuevo, otro dato que llamó la atención de los investigadores ante tan inusual “restauración”).

Y llegó el momento de obtener beneficios. Cuando intentaron vender el mapa falsificado se toparon con las lógicas suspicacias de los especialistas, sobre todo por las vaguedades en torno a su procedencia. Era necesario aportar una prueba más de su autenticidad ya que por un error estúpido, quien dibujó el mapa incluyó una leyenda en su reverso que se refería a un libro diferente de la Relación tártara, el Speculum historiale, que ya no formaba parte del conjunto.

De nuevo Witten entra en acción y, por mediación de los ya conocidos Davis y Orioli de Londres, ofrece a George Marston, su amigo íntimo y conservador de mapas de la Universidad de Yale, un ejemplar del Speculum historiale. Como hemos contado, este texto estaba en el catálogo de los libreros británicos y fue el propio Witten quien se dio cuenta de que era la pieza que faltaba en el rompecabezas: ahora los ejemplares podían volver a juntarse y formar el volumen “original”. La autenticidad del mapa estaba garantizada (ilusos ellos al no tener en cuenta el poder de la química analítica).

Volvamos ahora a las declaraciones de Witten:

Cuando vendió el mapa por un millón de dólares a Paul Mellon tuvo que firmar una declaración jurada dando fe de su autenticidad. Para no ofrecer demasiada información, y evitar en lo posible que algún fleco suelto pudiera desvelar el fraude, se limitó a decir que compró el mapa en una colección privada. Más adelante añadió el condimento del bibliófilo europeo aunque, ante las insistencias del mundo académico, en 1966 reconoció la participación de Ferraoli. Ya no importaba ofrecer ese dato porque estaba muerto y Witten necesitaba un escudo ante el que protegerse.

Cuando el nombre de Ferrajoli traspasó las fronteras españolas una vez se hizo pública la sentencia firme por el robo de La Seo (un caso que despertó mucha expectación), Witten volvió a despistar a todos lanzando el nombre del coleccionista madrileño Luis Fortuny: era imprescindible desvincular este escandaloso robo con la intervención de Ferrajoli y la “súbita” aparición del mapa. Tanto es así, que en una entrevista que le hicieron en 1974 4 llegó a negar el rumor de que tanto la Relación tártara como el mapa estaban entre los manuscritos robados de la biblioteca de la Catedral zaragozana. Señaló que el catálogo de libros y manuscritos de la Catedral no contenía ninguna referencia al mapa, la Relación tártara o el Speculum (algo fácil de entender porque la tarea de reconstruir el archivo tras el expolio fue titánica, teniendo en cuenta que muchos incunables no estaban bien catalogados y que el propio Ferrajoli destruyó muchas fichas).

Otro dato que apoyaría la hipótesis que planteo es que, en una reunión que mantuvieron el 23 de septiembre de 1974 George Painter y Derek Weber (editor de la Geographical Magazine), Painter explicó que cuando el mapa llegó al Museo británico en 1957, pensaron que se había comprado en España durante la venta de manuscritos eclesiásticos —indicó expresamente la ciudad de Zaragoza— aunque reconoció que su origen no estaba del todo claro.

Finalmente, con ocasión de la publicación de la segunda edición de la monografía de Skelton, Marston y Painter en 1995, y con la mayoría de las personas que tuvieron algo que ver con el mapa ya fallecidas 5, Witten dio a entender que el trato se formalizó de forma exclusiva con Enzo Ferrajoli. Volvía a cerrar el círculo, dejando para la posteridad únicamente sospechas de su posible implicación.

De nuevo en palabras de Don José Porter y Rovira, «creo que Witten ha hecho una mala faena. Ataca a Ferrajoli porque está muerto y no se puede defender. Me parece que en este asunto el único responsable es él. Witten es un librero de millonarios americanos y sospecho que siempre está a la búsqueda de algo importante y caro».

Para terminar. Tanto Nicolas Rauch como Lauren Witten declararon como testigos en el juicio del robo de La Seo. Sus nombres aparecían en muchos de los papeles que Ferrajoli conservaba en su casa, por lo que la policía y el tribunal requirieron explicaciones. Rauch declaró muy a favor de Enzo, al que consideró «víctima de una maquinación montada contra él por los mismos canónigos». Por su parte, en la declaración jurada entregada a mediados de julio de 1961 al F.B.I. —que se la requería a petición del Gobierno español—, Witten también declaró en favor de Ferrajoli: «internacionalmente goza de reputación de integridad», añadiendo que «[…] es de conocimiento general en el negocio de libros antiguos, que la Catedral de La Seo ha venido vendiendo libros y manuscritos durante un período de largo tiempo, quizás de unos cincuenta o sesenta años… En Yale hay guías de la ciudad de Zaragoza donde se afirma que los turistas pueden comprar artículos de La Seo…».

Hasta aquí la rocambolesca historia del mapa de Vinlandia. Difícilmente podremos encontrar un caso parecido (salvando quizás el tema de la llamada Sábana Santa) en el que la autenticidad de un objeto artístico haya estado en cuestión durante décadas, al tiempo que ha sido sometido a las más modernas técnicas de análisis químico en cada momento.

Aunque, después de todo, aún tengo una duda: ¿llegaron los vikingos realmente al continente americano antes que Cristóbal Colón? Ya me he extendido demasiado así que dejaré la respuesta para una próxima anotación…

 

P.S. Tengo que agradecer a Dolores Bueno (@Ununcuadio) su ayuda para conseguir algunos de los artículos que he utilizado para escribir esta serie.

P.S. (bis) Cuando compré el ejemplar de la primera edición de la tan citada monografía The Vinland map and the Tartar relation, me encontré con la agradable sorpresa de que su anterior propietario había recortado y conservado bastantes noticias aparecidas en periódicos británicos relacionadas con el mapa de Vinlandia (una prueba más de la trascendencia que ha tenido este pergamino). Me han sido muy útiles a la hora de comprender las vicisitudes de la historia, por lo que los pongo a disposición de quien desee echarles un vistazo:

 

Artículos periodísticos:

(1965), «Only norse map of America?«. The Times,  11 de octubre de 1965.

(1966a), «Is the Vinland map a forgery?«. The Sunday Times,  6 de marzo de 1966, p. 12-13.

(1966b), «El «mapa de Yale», hábil patraña moderna». ABC,  21 de abril de 1966, p. 79-80.

(1966c), «Ningún tribunal de país civilizado aceptaría la autenticidad del mapa de Vinlandia». ABC,  12 de octubre de 1966, p. 66-69.

(1974), «Who forged Vinland map?«. The Observer,  27 de enero de 1974.

Blundy, D. (1974), «Mapmaker monk still defended«. The Sunday Times,  27 de enero de 1974.

Escorial, Á. G. (1974), «El falso mapa de Vinlandia». Blanco y Negro,  9 de febrero de 1974, p. 58-61.

Michaelis, A. R. (1967), «Vinland map returns for more tests«. Daily Telegraph,  4 de enero de 1967.

Norris, D. y  Clancy, P. (1974), «Experts not surprised Vinland map is fake«. The Sunday Telegraph,  27 de enero de 1974.

Tena, T. L. d. (1965), «El mapa de Yale, o el descubrimiento insólito». ABC,  13 de octubre de 1965, p. 5, 50-52.

 

Artículos científicos:

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Brown, K. L. y  Clark, R. J. H. (2002), «Analysis of pigmentary materials on the Vinland Map and Tartar Relation by Raman microprobe spectroscopy». Analytical Chemistry, vol. 74, núm. 15, p. 3658-3661.

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Clark, R. J. H. (2004), «The Vinland Map – still a 20th century forgery». Analytical Chemistry, vol. 76, núm. 8, p. 2423.

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Bibliografía general:

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Seaver, K. A. (2004), Maps, myths, and men: the story of the Vinland map. Stanford: Stanford University Press, xx, 480 p.

Skelton, R. A.;Marston, T. E. y  Painter, G. D. (1965), The Vinland map and the Tartar relation. New Haven: Yale University Press, xii, 291 p.

─── (1995), The Vinland map and the Tartar relation. New Haven: Yale University Press, lxiii, 291 p.

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Notas

  1.  The discoveries of the norsemen in America, with special relation to their early cartographical representation.
  2.  Escorial, Á. G. (1974), «El falso mapa de Vinlandia». Blanco y Negro,  9 de febrero de 1974, p. 58-61.
  3.  El quinto procesado, el bibliófilo y farmacéutico Enrique Aubá, fue absuelto.
  4.  Norris, D. y  Clancy, P. (1974), «Experts not surprised Vinland map is fake». The Sunday Telegraph,  27 de enero de 1974.
  5.  Skelton murió en 1970 en un accidente de tráfico, y también habían muerto Davis y Ferrajoli.
Publicado por José Luis Moreno en HISTORIA, 14 comentarios