Beringia y la entrada en América (I)

Ya hemos hablado en otra anotación acerca de los estudios de ADN antiguo (la paleogenómica), y la forma en que esta nueva tecnología está haciendo que cambie nuestra forma de ver el pasado 1. Esta herramienta provoca admiración y suspicacia a partes iguales ya que, pese a que la arqueología y la genética están ofreciendo una enorme cantidad de información, sus conclusiones no siempre coinciden. Esto es especialmente llamativo en relación a los modelos que se han propuesto, por ejemplo, para explicar cómo y cuándo se produjo el poblamiento del continente americano (uno de los temas que más «pasiones» levanta entre los especialistas).

Los estudios genéticos apuntan a que los primeros pobladores de América fueron descendientes de poblaciones que, a su vez, lo eran de grupos del este y el norte de Asia que permanecieron aislados temporalmente del flujo genético hace alrededor de 23000 años 2. Esto significa que estas poblaciones, en su camino al continente americano, quedaron separadas –genética y geográficamente hablando– durante miles de años antes de entrar efectivamente en América.

En esta serie de anotaciones vamos a tratar de responder varias cuestiones: ¿se produjo ese aislamiento?, ¿dónde?; y por último, ¿los datos arqueológicos apoyan esa interpretación?

Beringia

Datos introductorios

Hace unos 20000 años, mientras que la mayor parte del planeta era un territorio hostil para la vida debido a las duras y frías condiciones climáticas impuestas por el Último Máximo Glacial (UMG, o Last Glacial Maximum, LGM, por sus siglas en inglés), Beringia constituía un «refugio» de tundra y praderas con flores silvestres, charcas y arbustos. Los mamuts y los bisontes deambularon por esta planicie durante miles de años al tiempo que lo hacían sus depredadores: los leones (Panthera leo spelaea), las hienas de las cavernas (Crocuta crocuta spelaea) y, por supuesto, los seres humanos.

Tal y como se define en la actualidad, Beringia se extiende desde la cordillera de Verkhoyansk en Siberia (Rusia) en el oeste, hasta el río Mackenzie en Canadá al este, e incluye la porción de tierra que hoy en día se encuentra bajo el mar entre Alaska y Rusia.

Puedes acceder al mapa interactivo sobre la evolución humana para tener más información de los yacimientos y los fósiles descubiertos.

Para abordar el análisis de las posibles rutas y el momento en que se produjo esa entrada en América, debemos tener en mente algunos datos y fechas esenciales:

  1. El UMG se refiere a la época de máxima extensión de las capas de hielo. Su duración varía según las fuentes que consultemos, aunque el consenso la sitúa entre los 23000 y los 19000 años 3. Debemos tener presente en cualquier caso que este fenómeno no terminó de forma brusca, sino que la fase final de esta glaciación se extendió durante 10000 años más aproximadamente (hasta hace unos 8000 años). De este periodo no debemos quedarnos solamente con las frías condiciones climáticas que se extendieron por el planeta –con las exigencias de adaptación que supusieron para nuestros antepasados– sino con que vinieron acompañadas por un importante descenso del nivel del mar (el agua se concentraba en los glaciares), haciendo que grandes porciones de tierra quedasen emergidas. Este fue el caso de Beringia.
  2. En lo tocante a yacimientos arqueológicos, contamos con el yacimiento Yana RHS en el oeste de Beringia datado de forma fiable en 32000 años.
  3. Por otro lado, en la parte oriental de Beringia contamos también con otros yacimientos como las cuevas Bluefish (24000 años); mientras que en Norteamérica destacan Swan Point (14000 años) y Upward Sun River (11500 años).
  4. Finalmente, en Sudamérica, los yacimientos de Monte Verde en Chile arrojan una antigüedad bien atestiguada de 14600 años.

Con estos datos podemos empezar a dibujar un cuadro general. Podemos afirmar que poblaciones de Homo sapiens habitaron en el oeste de Beringia hace 32000 años, y que continuaron su camino hacia el este, hacia América, y llegaron a la parte oriental de Beringia hace unos 24000 años. Ya habitaban en Norteamérica hace 14000 años, como atestigua el yacimiento de Swan Point, aunque la presencia humana en el continente tuvo que ser mucho más antigua ya que alcanzaron Sudamérica hace 14600 años.

Beringia como punto estratégico

Hoy sabemos que Beringia fue una región clave en la ruta migratoria que llevó a los primeros humanos al continente americano.

Como hemos explicado en otra anotación 4, durante el UMG en América, una enorme masa de hielo formada por los glaciares Laurentino y de la Cordillera cubría la mayor parte de Canadá, bloqueando el acceso a América desde Beringia. Cuando las temperaturas ascendieron hace unos 10000 años, el deshielo provocó un aumento del nivel del mar de unos 120 metros que hizo que las tierras centrales de Beringia quedaran sumergidas bajo el agua. Actualmente, las zonas emergidas –situadas sobre el nivel del mar– son difíciles de alcanzar excepto en helicóptero, por lo que gran parte de Beringia es «tierra desconocida» para los arqueólogos.

Beringia durante el UMG. Fuente: Bond, J. D. (2019), Paleodrainage map of Beringia. Yukon Geological Survey. Open File 2019-2.

La primera vez que alguien se planteó que Beringia había sido el lugar por donde habíamos entrado en América fue en 1590. El español José de Acosta (jesuita, antropólogo y naturalista) argumentó en su obra «Historial natural y moral de las Indias» que dado que Adán había vivido en Oriente Medio, la dispersión de sus descendientes hasta llegar a «Nueva España» se tuvo que producir a través de Asia; y para ello, Asia y América debieron estar unidas.

En cualquier caso, sólo podemos atestiguar la importancia de Beringia en esta cuestión con el análisis de los datos paleoantropológicos. Para ello debemos prestar atención a los estudios genéticos (no solo de poblaciones actuales y de nuestros antepasados, sino también de otras especies animales e, incluso, de los piojos); al estudio de los restos humanos; los objetos y otros utensilios fabricados por el hombre; y también, por ejemplo, a los datos lingüísticos.

En este sentido, los investigadores mantienen dos posturas acerca de la función que cumplió esta región del planeta. Para muchos, Beringia actuó como un mero «pasillo», un «puente» que los grandes mamíferos —así como nuestros antepasados— se apresuraron a cruzar en su camino desde Asia al nuevo continente. Sin embargo, cada vez más datos apuntan a que estas poblaciones pudieron haberse detenido en la región durante miles de años, dejando una impronta genética en las poblaciones de los nativos americanos. Beringia en definitiva pudo haber sido un lugar más cómodo para vivir durante el UMG de lo que se pensaba hasta hace poco.

El problema es que, hasta la fecha, los datos arqueológicos están muy lejos de ser concluyentes ya que las pruebas directas de una estancia prolongada en Beringia son escasas.

Veamos por tanto con más detalle las dos posiciones que mantienen los especialistas, y qué datos manejan para apoyar sus argumentos.

Notas

Ice bridge. Un nuevo documental sobre la «hipótesis solutrense»

Ya hemos hablado en otro lugar acerca de la «hipótesis solutrense», según la cual, poblaciones de Europa tuvieron la capacidad y los conocimientos necesarios para fabricar embarcaciones lo suficientemente robustas, sobrevivir durante meses y salvar la distancia que separa los continentes europeo y americano por mar. Los defensores de esta idea sostienen en definitiva que se produjo el desplazamiento de un importante número de personas a través del Océano Atlántico y que contribuyeron a poblar América antes de que «otros pueblos» llegaran por la conocida ruta asiática que atravesaba Beringia.

La idea de que los primeros habitantes de América habían llegado de Europa –y por lo tanto eran blancos– no es nueva. Ya en el siglo XVIII se especuló que una «tribu perdida de Israel» había colonizado América del Norte. En el siglo XIX, los impresionantes monumentos de tierra de lugares como Cahokia hicieron pensar a muchos que «una raza desaparecida de preindios» habían sido los primeros ocupantes del continente y que éstos habían sido desplazados por una invasión de los antepasados de los pueblos nativos actuales. Y no hace tanto tiempo, el llamado «hombre de Kennewick» se enarboló como prueba de que los primeros habitantes de América tenían «rasgos caucasoides».

El documental «Ice bridge»

El 14 de enero de 2018, la Canadian Broadcasting Corporation (CBC, la televisión pública de Canadá) emitió el documental titulado «Ice bridge» dentro de The nature of things, el programa de divulgación científica más importante del país (lleva en emisión desde 1960).

Esta es la sinopsis del documental que podemos leer en la página web del programa:

Un grupo internacional de científicos cree que ha descubierto pruebas que demostrarían que unos valientes siguieron una ruta desde el continente europeo a través del Océano Atlántico durante la última Edad de Hielo. Se piensa que viajaron a través de un enorme puente de hielo que se extendía miles de millas desde el continente europeo, y que llegaron a América del Norte aproximadamente 6.000 años antes de quienes siguieron la ruta del oeste. Estos descubrimientos podrían cambiar todo lo que sabemos sobre los primeros habitantes humanos del Nuevo Mundo y cómo llegaron aquí.

El documental toma como base las ideas que Dennis Stanford y Bruce Bradley –los proponentes originales de la hipótesis– llevan planteando desde hace años y que consignaron por escrito en su libro «Across the atlantic ice». Como apoyo a su argumento, y para dar mayor «fuerza narrativa» al documental, Louis Lesage –biólogo y represetante de la Nación Huron Wendat– llevó varios dientes a Stephen Oppenheimer para que realizase un estudio de ADN. El contrapunto a la hipótesis solutrense nos llega de la mano de Michael Waters, antropólogo y geólogo de la Universidad Texas A&M; y de Jeniffer Raff, genetista y antropóloga, uno de cuyos trabajos comentamos en la anotación indicada más arriba.

Dado que el documental sólo puede verse en Canadá desde la página de la CBC, os dejo su contenido íntegro (está en inglés, aunque YouTube genera automáticamente unos subtítulos también en inglés que facilitan su comprensión) antes de analizarlo:

Los argumentos planteados en el documental

La principal idea que se expone en este documental es que varios científicos afirman haber encontrado pruebas de la presencia humana en la costa este de Norteamérica –concretamente en la bahía de Chesapeake– hace 20.000 años, esto es, 6.000 años antes de lo que se admite en la actualidad.

Al principio del documental una voz en off nos cuenta que en 2012 se hizo un descubrimiento en una pequeña isla en la costa de Maryland. Concretamente, se recuperaron dos herramientas de piedra (dos bifaces) que asomaban de un sustrato que había sido datado en 20.000 años 1. Los arqueólogos compararon estos bifaces con otras herramientas de piedra de todo el mundo tratando de hallar similitudes en su forma y en la técnica utilizada para su fabricación. Y las encontraron. Estos bifaces coincidían con la industria lítica desarrollada por la cultura solutrense 2 y que son conocidas como «hojas de laurel» (más adelante analizaremos este dato con más detalle).

La pregunta que se plantearon entonces era cómo habían llegado esos artefactos a Norteamérica. Y su conclusión fue que poblaciones solutrenses viajaron miles de kilómetros por mar desde las costas de Francia o España hasta Norteamérica, bien llevando esas herramientas consigo o fabricándolas allí mismo.

Sebastien Lacombe, un experto en industria lítica solutrense, apoya este planteamiento al afirmar que el bifaz recuperado en la bahía de Chesapeake le recordaba a las herramientas solutrenses por su forma y su escaso grosor. Así, vemos que Bruce Bradley viaja a Les Eyzies-de-Tayac-Sireuil, una localidad francesa donde examina las colecciones del Museo Nacional de Prehistoria de Francia. Tanto Bradley como Margaret (Pegi) Jodry (arqueóloga del Museo Nacional de Historia Natural), completan el cuadro al desgranar el estadio cultural avanzado de los solutrenses en lo tocante al arte rupestre, la mejora en las técnicas de caza con el uso de propulsores, así como en su capacidad para coser ropas de abrigo.

Llegados a este punto escuchamos el argumento de uno de los científicos que no apoyan la hipótesis solutrense. Michael Waters afirma que el hecho de que haya similitudes en los bifaces es solo una coincidencia, y pone el ejemplo de las pirámides de Egipto y México: dos construcciones «similares» aunque realizadas por culturas completamente diferentes separadas miles de años. Bradley responde por su parte que la técnica de fabricación de las herramientas solutrenses es «única en el mundo».

Uno de los problemas a los que se enfrentan quienes apoyan la hipótesis solutrense es explicar cómo llegaron a Norteamérica quienes supuestamente hicieron ese viaje. El biólogo Bill Montevecchi defiende que podían haber cazado un ave marina ya extinta, el alca gigante (Pinguinus impennis), así como focas, ballenas y otros animales. «Todo lo que tengo que hacer es seguir la comida», concluye. La idea general es que emplearon barcos para seguir el borde de hielo durante como mínimo 2.000 kilómetros, mientras cazaban todo tipo de animales marinos (debemos recordar que en aquella época tenían que hacer frente al duro clima del último máximo glacial).

En cualquier caso, en el documental se reconoce que hasta ahora Bradley y Stanford han apoyado su hipótesis únicamente en dos herramientas de piedra encontradas en la playa. Así, es preciso realizar una excavación arqueológica «en condiciones» para obtener dataciones fiables de cualquier objeto que encuentren. El objetivo por tanto –y es algo que el documental desarrolla– era encontrar un lugar donde estas poblaciones hubieran cocinado (un hogar), situado en el mismo nivel que algunas herramientas líticas. De esta manera, datando el carbón resultante de la combustión de leña se podrían datar las herramientas y se conseguiría al fin un yacimiento arqueológicamente verificable.

Sin embargo, aunque encontraron una pequeñísima muestra de carbón (nada parecido a un hogar) y que pudo ser datado en unos 22.000 años de antigüedad, no hallaron rastro alguno de herramientas líticas.

Por último, como avanzábamos al comienzo, el documental también valora las pruebas de ADN antiguo. Louis Lesage, biólogo y represetante de la Nación Huron-Wendat, llevó 40 dientes de sus antepasados al laboratorio de Stephen Oppenheimer en Oxford. El estudio genético trataba de localizar un único marcador, el X2a, hallándolo en tres de los dientes (explicaremos esto con algo más de profundidad más abajo).

Jennifer Raff, genetista y conocida crítica de la hipótesis solutrense (ha publicado numerosos trabajos sobre el acervo genético de los pueblos nativos americanos) resta mérito al trabajo de Oppenheimer. Afirma que el estudio se ha basado únicamente en un marcador genético, aunque no vemos en el documental una explicación en profundidad de este argumento.

Profundizando en los detalles

Son dos los principales apoyos a la hipótesis solutrense tal y como Dennis Stanford y Bruce Bradley la han postulado: la similitud de las herramientas de piedra halladas en la costa este de Norteamérica con las realizadas por la cultura solutrense; y la presencia del marcador genético X2a en el este de América.

Analicemos con más detalle cada uno de ellos:

Similitud entre las herramientas de piedra

En su libro «Across the atlantic ice», Stanford y Bradley explican que llegaron a la idea de la hipótesis solutrense por dos vías diferentes después de llevar años estudiando los yacimientos de la cultura Clovis y los objetos recuperados en ellos: A Bruce Bradley se le ocurrió la posibilidad de una migración atlántica cuando observó el parecido de los artefactos del Paleolítico Superior europeo con los de la cultura Clovis; mientras que Stanford se convenció cuando no encontró un antecedente tecnológico de la cultura Clovis mientras investigaba en Alaska. Ambas circunstancias les llevaron a plantear que ese antecedente cultural estaba en el continente europeo dada la semejanza de la industria lítica a ambas orillas del Atlántico.

La industria lítica típica de la cultura solutrense es conocida como «hoja de laurel» 3. Se trata de una punta foliácea bifacial, de sección simétrica, obtenida por retoque. Las hojas de laurel han sido clasificadas en un total de diecinueve tipos. En el yacimiento de Badegoule (Dordoña) se recuperó una hoja de laurel enmangada en una mandíbula de reno, hallazgo que ha permitido sugerir que estas herramientas eran utilizadas como cuchillos.

Muestra de industria lítica solutrense. Merino, J. M. (1994), Tipología lítica.

Para el desarrollo de la hipótesis solutrense, Stanford y Bradley se han apoyado sobre todo en una herramienta lítica concreta: el bifaz de Cinmar, llamada así por el nombre del arrastrero que la recuperó del fondo del mar en 1970 4, junto con restos de mastodonte, en un lugar a 100 km de la costa del estado de Virginia (EE.UU.). En una descripción más «detallada» de este hallazgo 5 nos enteramos de que se izó al barco un cráneo de mastodonte enganchado en las redes. El cráneo fue roto en pedazos para que los tripulantes se repartieran los dientes y algunos trozos de colmillo como recuerdo. Estos trozos de colmillo fueron datados, arrojando una antigüedad de 23.000 años.

Y es de aquí de donde obtenemos los principales elementos que conforman la base de la hipótesis solutrense: una herramienta de piedra recuperada en el mar «parecida» a las fabricadas por la cultura solutrense y «datada» en 23.000 años (recordemos que lo que se dató fue un trozo del colmillo). He puesto las comillas a propósito: cualquiera puede darse cuenta de lo endeble de esta argumentación 6.

Bifaz de Cinmar. Stanford, D., et al. (2014), «New evidence for Paleolithic occupation of the eastern North American outer continental shelf at the Last Glacial Maximum».

Hay dos formas básicas de explicar la similitud morfológica entre los objetos recuperados en diferentes contextos culturales o cronológicos en arqueología: la herencia cultural y la convergencia. La primera es la defendida por Bradley y Stanford para explicar el parecido en las herramientas: las personas llevaron consigo los conocimientos de fabricación de las herramientas a lugares distantes y de ahí su parecido.

Por el contrario, quienes se oponen a esta argumentación apuntan a la convergencia. A veces los objetos de diferentes contextos arqueológicos son similares porque cuando tenemos a seres humanos similares en entornos similares, con recursos similares y problemas similares que resolver, lo más normal es que se den soluciones similares. En este sentido, es más probable que se de la convergencia cuando nos enfrentamos a situaciones que están muy restringidas por la materia prima o por el propósito buscado (cuantas menos opciones disponibles haya para solucionar un problema –el corte de la carne de una presa por ejemplo– es más fácil que se encuentre la misma solución). Es el caso de este tipo de herramientas: unos bifaces muy finos tallados en piedra de alta calidad. Sencillamente no hay muchas técnicas de fabricación que consigan ese objetivo, y tampoco hay una gran variedad de formas que se puedan producir.

Además, para decidir qué herramientas de piedra son similares y en qué medida, hay que hacer algo más que pararse en una playa, mirarlas intensamente y decir que «son iguales» –que es lo que vemos en el documental. Existen métodos bien desarrollados para «medir» la similitud en herramientas de piedra y conjuntos de industria lítica. Por ejemplo, contamos con el estudio donde Briggs Buchanan y Mark Collard 7 emplean un análisis cladístico y de los atributos morfométricos reales de las herramientas de piedra de todo el continente americano para concluir claramente que las tecnologías más tempranas y bien documentadas de Norteamérica tienen su origen en el noroeste (en Beringia), y no en el noreste como exigiría la hipótesis solutrense.

Antepasados genéticos: El haplogrupo X2a

Los cuatro principales haplogrupos de ADNmt de los nativos americanos (A, B, C y D) se establecieron en Asia antes del comienzo del último máximo glacial. Por su parte, el subclado X2a del haplogrupo X es único de Norteamérica y no aparece en Asia; mientras que el grupo del que deriva, el X2, podemos encontrarlo en Eurasia occidental. Esta distribución se emplea como apoyo a la posibilidad de movimientos de migración a través del Atlántico.

Es cierto que el área de mayor frecuencia del haplogrupo X2a está cerca de la bahía de Chesapeake, y que geográficamente, esta zona está más cerca de la región donde se distribuye la cultura solutrense. Pero hay que tener en cuenta un dato importante: no se ha secuenciado ningún genoma de los pueblos solutrenses. La afirmación de que los solutrenses poseían el haplogrupo X se hace sobre la base de estudios genéticos de Europeos de hoy en día.

Varios estudios han puesto de manifiesto que el grupo genético X2 está distribuido por Europa, Asia Central y Occidental, Siberia, la mayor parte de Oriente Próximo y el norte de África 8. El estudio del origen y la difusión del haplogrupo X en su conjunto permite concluir que Oriente Próximo es la fuente geográfica más probable para la propagación del subhaplogrupo X2 (no Europa occidental), y que la dispersión de la población que lo portaba tuvo lugar alrededor de, o después del último máximo glaciar.

El hombre de Kennewick, cuyo ADN ha sido estudiado y es utilizado por algunos defensores de la hipótesis solutrense, permite situar la primera aparición del subclado X2a en la costa oeste de Norteamérica hace 9.000 años (por lo tanto, ni en el momento, ni en el lugar adecuado: no apareció en la costa este como sería de esperar si sus ascendientes hubieran llegado desde Europa); además de no presentar ningún rastro de ascendencia europea en su genoma 9. El estudio del ADN de los nativos americanos actuales y pasados muestra que descienden de poblaciones con raíces en Siberia. Es decir, hay un patrón muy claro de la historia evolutiva registrada en en ADN antiguo que los vincula con regiones como SiberiaBeringia, y Norteamérica, sin que haya pruebas de ningún flujo genético transatlántico.

Como ya hemos dicho, el punto culminante del documental es resultado de un análisis genético de los dientes de miembros de la Nación Huron-Wendat. La presencia del marcador genético X2a en tres de los dientes permite afirmar a Stephen Oppenheimer que estamos ante una prueba de que los antepasados de esos nativos americanos cruzaron el Océano Atlántico.

Sin embargo, hay otra posible explicación a la presencia de ese marcador genético. Este marcador pudo aparecer en el ADN al ser «recogido» por los antepasados de los nativos americanos cuando se encontraron con las poblaciones del norte de Eurasia en su migración hacia Siberia. En otras palabras, estos resultados genéticos concordarían con la teoría aceptada de que los nativos americanos provenían de Asia.

La cuestión clave en todo este tema es la frecuencia. Es cierto que el marcador X2a es más frecuente en ciertas áreas que en otras, pero eso se debe a que las primeras migraciones generalmente involucran a pequeños grupos de personas dando lugar a lo que se denomina efecto fundador: si tomamos un número muy pequeño de individuos de una población grande en la que hay una frecuencia muy baja del marcador X2, es posible que, simplemente por casualidad, el grupo resultante tenga una frecuencia más alta de X2 que la población a la que pertenecen (es cuestión de estadística). Por eso es tan problemático tratar de establecer la relación antepasado/descendiente de las poblaciones tomando en consideración un solo marcador genético –cuantos más se estudian, mejor se eliminan estos problemas.

En otras palabras, una población que llegara a América a través de Beringia hace alrededor de 15.000 años podría haber tenido una frecuencia relativamente alta del haplotipo X2a, sin que eso signifique que vino directamente del sur de Francia. Esta es, al menos, una explicación tan razonable de la presencia se ese marcador genético en el continente americano como la de una migración a través del Océano Atlántico hace 20.000 años en pleno máximo glaciar.

De hecho, es una explicación más convincente porque en realidad sí que tenemos pruebas bien datadas a través de varios yacimientos arqueológicos de una migración a través de Beringia en el entorno del último máximo glaciar. Para respaldar la hipótesis solutrense contamos con datos dispersos e insuficientes.

Conclusiones

La emisión del documental generó una verdadera avalancha de críticas.

No tengo nada que discutir al afán de Stanford y Bradley por defender su idea de la colonización de américa por parte de poblaciones solutrenses. Hemos asistido a suficientes cambios en ideas en principio bien «asentadas» como para no aceptar que quienes se oponen a la hipótesis solutrense puedan equivocarse. Sin embargo, a día de hoy, las pruebas disponibles para defender la hipótesis solutrense son demasiado endebles (algo que tanto Stanford como Bradley llegan a reconocer en el documental, aunque no así en sus escritos, donde son más incisivos). A pesar de esto, no podemos dejar de lado que al realizar el montaje final del documental se dio más peso a la versión «pro» hipótesis solutrense, que a las explicaciones en contra que ofrecían Waters y Raff.

Voy a desgranar algunos de los problemas que plantea la hipótesis solutrense y que no tienen una respuesta:

  • Hay un vacío de tiempo considerable entre la pretendida fecha de llegada de las poblaciones solutrenses (hace 20.000 años) y las primeras herramientas de la cultura Clovis (13.000 años). No hay explicación a que durante más de 7.000 años la técnica de fabricación de esas herramientas no sufriera ningún cambio.
  • No hay ninguna, repito, ninguna prueba de que las poblaciones solutrenses fabricaran barcos. Posibilidades puede haber muchas, pero pruebas ninguna.
  • Los datos paleoclimáticos no apoyan la presencia permanente de un «puente de hielo» entre ambas costas del Océano Atlántico que facilitara la travesía. Además, los datos indican que los vientos soplaban hacia el este desde las masas de hielo canadienses, lo que complicaría, y mucho, el viaje.
  • En el documental se dice que los migrantes pudieron usar aceite animal para conseguir luz y calor dada la total ausencia de combustible vegetal. Sin embargo, una pequeña candela en ningún caso pudo servir para ese objetivo teniendo en cuenta las durísimas condiciones climáticas.

En fin, siguen existiendo más datos en contra que a favor de la hipótesis solutrense, aunque nada impide que se continúe investigando para obtener más información que permita despejar estas dudas.

No quería en cualquier caso dejar de comentar un hecho llamativo. El documental no hace mención alguna a las connotaciones sociales y políticas que trae consigo la idea de que los antepasados de los nativos americanos no fueron los primeros pobladores del continente. No hacerlo basándose en que no es una cuestión relevante es pecar de ingenuo (como poco). La hipótesis solutrense se utiliza hoy en día por grupos de supremacistas blancos para negar a los nativos americanos el derecho a reclamar sus tierras, así como para justificar el colonialismo. Por lo tanto, aunque fuera con una escueta mención, hubiera sido deseable que los productores del documental se posicionaran en contra de estas posturas racistas.

Referencias

Buchanan, B. y Collard, M. (2007), «Investigating the peopling of North America through cladistic analyses of Early Paleoindian projectile points«. Journal of Anthropological Archaeology, vol. 26, núm. 3, p. 366-393.

Eiroa, J. J., et al. (2011), Nociones de tecnología y tipología en Prehistoria. Barcelona: Ariel, 393 p.

Merino, J. M. (1994), Tipología lítica. San Sebastián: Sociedad de Ciencias Aranzadi, 480 p.

Raff, J. A. y Bolnick, D. A. (2015), «Does mitochondrial haplogroup X indicate ancient trans-atlantic migration to the Americas? A critical re-evaluation«. PaleoAmerica, vol. 1, núm. 4, p. 297-304.].

Stanford, D. J. y Bradley, B. A. (2012), Across Atlantic ice: the origin of America’s Clovis culture. Berkeley: University of California Press, xv, 319 p.

The nature of things

Notas

Ética en los estudios genéticos

Los estudios de ADN antiguo

El estudio del ADN antiguo (paleogenómica) está haciendo que cambie completamente la forma en que vemos nuestro pasado.

Desde el año 2010, cuando se secuenció el primer genoma humano antiguo 1, los investigadores han secuenciado el genoma de más de 1.300 individuos. Esta información se ha usado para conocer, por ejemplo, las rutas de migración de nuestros antepasados, el lugar de origen de la agricultura, o la forma en que se diseminaron los idiomas; temas sobre los que los arqueólogos llevan trabajando décadas estudiando los objetos –la cultura material– que hemos ido dejando en nuestro deambular por el mundo.

Sin embargo, esta nueva tecnología no concilia a todos: «La mitad de los arqueólogos piensa que el estudio del ADN antiguo puede resolver todos los interrogantes. La otra mitad piensa que es una pérdida de tiempo» afirma Philip Stockhammer 2, arqueólogo y codirector del Max Planck Harvard Research Center for the Archaeoscience of the Ancient Mediterranean (MHAAM). Lo que deberían hacer los arqueólogos, opinan algunos investigadores, es no dejar que los genetistas asuman solos la tarea de interpretar los resultados. Aquéllos, verdaderos especialistas en el estudio del pasado, deben involucrarse en el proceso de investigación para hacer ver a los «científicos de bata blanca» –calificativo que algunos dispensan a los genetistas– la enorme complejidad de la conducta de nuestros ancestros.

Para muchos, esta «confrontación» es un ejemplo más del choque entre las «dos culturas» que planteó C. P. Snow al lamentarse de la profunda división intelectual que existe entre las ciencias y las humanidades. Son habituales las quejas de que a menudo se da más importancia a los resultados de los análisis genéticos que a la información que la arqueología y la antropología nos brinda del pasado.

David Reich –genetista, y estrella emergente de la paleogenómica– afirma 3 que su papel es similar al de una «matrona» que entrega la tecnología de análisis paleogenómico a los arqueólogos para que éstos la apliquen como les parezca. Está seguro, sostiene, que «los arqueólogos no serán luditas» (en referencia al ludismo, un movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaron contra las nuevas máquinas que destruían el empleo).

Mientras algunos se tiran los trastos a la cabeza por ver quién debe llevar la voz cantante en relación a esta nueva tecnología, todas las semanas aparecen nuevas investigaciones que mejoran nuestra comprensión del pasado.

Denny, hija de una neandertal y un padre denisovano

Para mí, la noticia más importante –y sin duda la más emocionante– en relación con el estudio de ADN antiguo ha sido la secuenciación del genoma de Denny. Se trata de una joven «denisovana» que tenía, al menos, 13 años de edad cuando murió hace unos 90.000 años. Lo realmente extraordinario es que gracias al estudio de su ADN hemos podido comprobar que Denny tenía una madre neandertal y un padre denisovano.

Portada de la revista Nature dedicada al artículo que describe el genoma de Denny, hija de madre neandertal y padre denisovano.
Portada de la revista Nature dedicada al artículo que describe el genoma de Denny, hija de madre neandertal y padre denisovano.

Los resultados de este análisis, prueba palpable del entrecruzamiento entre los denisovanos y los neandertales, trae consigo una pregunta recurrente: ¿Formamos parte de la misma especie? Es decir, ¿Homo sapiens pudo tener descendencia fértil con los neandertales o los denisovanos? La respuesta, a raíz de este trabajo, es un evidente «sí»; aunque el problema está en que bajo esta definición, tanto los neandertales, como los denisovanos y los humanos modernos perteneceríamos la misma especie 4. Este es un tema que provoca no pocas discusiones entre los paleoantropólogos, aunque hay muchos que vienen reclamando no centrarse tanto en las «etiquetas» sino en «comprender los hitos biológicos y culturales que han jalonado la compleja genealogía de la humanidad desde sus inicios hasta el momento presente» 5.

Por ese motivo, Svante Pääbo –autor principal de este trabajo sobre Denny, y pionero en la secuenciación de ADN antiguo– reconoce que no le gusta mucho el término «híbrida» para referirse a esta joven porque eso implicaría que procede de dos especies distintas, cuando la realidad es que los límites taxonómicos entre estos grupos humanos (que podrían ser subespecies de Homo sapiens) todavía son bastante difusos y objeto de debate 6.

La cuestión ética

Más allá de la discusión acerca de cómo deben interpretarse los datos obtenidos tras analizar el ADN antiguo, lo que nadie duda es que esta tecnología ha llegado para quedarse. Se está avanzando a pasos agigantados en varios frentes para mejorar tanto los protocolos de extracción de muestras como la propia técnica empleada con el objetivo de sortear los límites tanto temporales como de precisión que ahora mismo tenemos.

Sin embargo, cada vez surgen más voces que piden tomar en consideración otro aspecto de este desarrollo tecnológico: las cuestiones éticas.

La perspectiva tradicional de los científicos que estudian restos antiguos ha sido considerar los restos humanos como objetos valiosos con un enorme potencial para la investigación. Por el contrario, quienes afirman ser descendientes de las personas cuyos restos son objeto de estudio, los tienen por objetos de veneración que deberían protegerse de «investigaciones indignas». Para éstos, las motivaciones de los científicos son «sospechosas» en el mejor de los casos, o «inmorales» en el peor 7.

Por este motivo, durante las últimas décadas los investigadores se han visto forzados a admitir que ya no tienen el control definitivo, o un acceso libre y sin restricciones a los restos de las antiguas poblaciones nativas de lugares como EE.UU., Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Israel y otros países.

Hay algunas preguntas que debemos responder: ¿Los científicos deberían estudiar restos humanos antiguos a pesar de que haya una oposición a ese trabajo –a veces muy firme– por parte de comunidades nativas que afirman tener una relación ancestral con esos restos? Ya hemos apuntado que la información que podemos obtener gracias a estos estudios es importantísima; pero, ¿la ética tiene algo que decir acerca de cómo debemos usar esta tecnología?

Parece absurdo pedir permiso a los «descendientes» de los neandertales para estudiar su ADN 8. Pero si queremos analizar el ADN de los cuerpos hallados en una fosa común de hace 50 años, ¿hay que pedir permiso? ¿A quién? ¿Y si los restos tienen 1000 años de antigüedad? ¿Y si sabemos que pertenecen a un nativo americano? ¿Es ético, en definitiva, realizar un estudio genético de una población sin su consentimiento?

Todas estas cuestiones se vienen planteando desde hace tiempo y las respuestas varían en función de la normativa del país donde se hallen los restos, de su antigüedad y un sinfín de particularidades. Pero un caso reciente ha espoleado el debate en torno a esta cuestión, y se están dando pasos para establecer un código de conducta que cuente con la implicación de las principales revistas científicas para que los investigadores, antes de ver publicados sus artículos, cumplan esas normas éticas en su investigación.

El caso «Ata»

Introducción

El 24 de abril de 2013 se estrenó en EE.UU. el documental Sirius dirigido por Amar Singh Kaleka. El guion está basado en la vida del Dr. Stephen Greer y sus afirmaciones de que las tecnologías energéticas existentes cambiarán el mundo tal como lo conocemos. Aunque eso es lo que podemos leer en la reseña del documental, en verdad los productores pretenden «desvelar la realidad que se esconde tras el fenómeno OVNI» y su encubrimiento por gobiernos de todo el mundo.

Carátula del documental Sirius.
Carátula del documental Sirius.

En ese documental se presentaba como «exclusiva mundial» la presunta prueba de la presencia de seres extraterrestres en nuestro planeta: un cuerpo momificado recuperado en el desierto de Atacama, Chile 9. Según cuenta Ramón Navia Osorio –el actual «poseedor» del cuerpo– en una entrevista, un «buscador de antigüedades» chileno llamado Óscar Muñoz lo «encontró» en un vertedero de basura de La Noria, un poblado minero abandonado. Éste lo vendió a un residente de la zona de ascendencia catalana, quien finalmente hizo lo propio vendiéndolo a Navia Osorio (no sin que éste se asegurase antes de que no se trataba de un fraude).

El cuerpo momificado se encontró a finales de 2002, y desde el año siguiente, Navia Osorio ha tratado de conseguir que científicos de varios países y especialidades le confirmaran que se trataba de un «ser» desconocido para la ciencia. Sin embargo, quienes tuvieron la ocasión de ver el cuerpo –ya fuera en persona o mediante las radiografías que se habían realizado– manifestaron que en realidad no había ningún «misterio» que resolver: se trataba claramente de un feto humano normal que había fallecido alrededor de las 15 semanas de gestación. Como esa conclusión no casaba con la idea que Ramón Navia tenía del «ser antropomórfico de Atacama» –como él lo llama–, decidió presentar el caso en forma de póster al VI Congreso Mundial de Estudios sobre momias celebrado en Tenerife en 2007.

Allí tuvo la oportunidad de mostrar el cuerpo a varios de los participantes en el congreso, entre los que estaba el Dr. Francisco Etxebarria Gabilondo, especialista en Antropología Forense por la Universidad Complutense de Madrid, a quien Navia pidió que emitiera un informe médico pericial con sus impresiones. El Dr. Etxebarria así lo hizo, y su contundente conclusión fue que, fuera de toda duda, «se trata de un feto humano momificado completamente normal».

El verano de ese mismo año (2007) es la primera vez que Stephen Greer ve el cuerpo momificado en Barcelona. Según explica Navia Osorio, su primera reacción fue la de afirmar que no era humano, pero todo quedó ahí. No fue hasta septiembre de 2012 cuando Greer volvió para examinarlo de nuevo y grabar metraje para la elaboración del documental Sirius (puedes ver el documental completo en YouTube, aunque en este enlace verás el momento a partir del que se habla de «Ata»).

Una vez explicada, brevemente, la historia de cómo se encontró el cuerpo momificado de «Ata», ha llegado el momento de que entre en escena el inmunólogo Garry Nolan, profesor de la facultad de medicina de la Universidad de Stanford, y autor principal del controvertido artículo publicado a principios de 2018 en la revista Genome Research que ha desatado la polémica sobre las cuestiones éticas en los estudios genéticos.

Un inmunólogo estudia el genoma de «Ata»

Durante la grabación del documental Sirius, Garry Nolan se enteró por un amigo de la existencia del cuerpo momificado y decidió ponerse en contacto con la productora para realizar un estudio de ADN completo. Quería ofrecer una explicación científica de su «naturaleza».

Para completar el estudio, y dado que Nolan sospechaba que el cuerpo podía sufrir algún tipo de problema óseo (por su corta estatura y la deformación del cráneo) se puso en contacto con el radiólogo pediátrico Ralph Lachman, un afamado experto en desórdenes pediátricos de los huesos, quien afirmó, según Nolan comentó más tarde a un editor de la revista Science: «Esto es algo que nunca había visto antes».

En el documental se explica que Nolan iba a realizar el estudio de ADN y que luego publicaría los resultados en una revista científica. Nolan cuenta en la pieza periodística publicada en Science que hemos mencionado más arriba, que cuando se comenzó a analizar la muestra pudo comprobar que el ADN era abundante y de alta calidad, lo que indicaba que el espécimen tenía unas pocas décadas de antigüedad. Tras hacer el análisis genético exhaustivo, confirmó que «Ata» era humano sin ninguna duda. Además, el haplotipo B2 detectado indicaba que su madre provenía de la costa oeste de Sudamérica: Chile.

Por su parte, tras el examen de unas radiografías, Lachman había concluido que el desarrollo esquelético de «Ata» era el equivalente a un niño de entre 6 y 8 años de edad. De ahí que Nolan afirmara (recordemos que por aquel entonces aún no se había publicado el artículo científico) que había dos posibilidades: o bien «Ata» sufría un tipo severo de enanismo, o que, dado su tamaño comparable al de un feto de 2 semanas de gestación, sufriera una forma severa de una enfermedad rara llamada progeria, y que muriera en el útero o justo después de un parto prematuro.

En esa misma noticia de Science, William Jungers, paleoantropólogo y anatomista de la Universidad Stony Brook afirmaba que se trata de un feto humano momificado de carácter normal. Según su experiencia profesional, sostenía que las anomalías genéticas no eran evidentes, posiblemente porque no hubiera ninguna.

El artículo en Genome Research

El artículo, publicado el 22 de marzo de 2018, lleva por título «Whole-genome sequencing of Atacama skeleton shows novel mutations linked with displasia» (publicado en acceso abierto, puedes acceder a su contenido completo siguiendo el enlace). Antes de comentar las conclusiones de ese trabajo, me gustaría destacar algunos aspectos del procedimiento que se ha seguido para analizar el ADN y estudiar la anatomía del cuerpo de «Ata».

Como el propio Nolan ha reiterado en varias ocasiones tras las críticas, él nunca tuvo ante sí el cuerpo momificado. No solo no lo examinó, sino que tampoco él, ni nadie de su equipo de Stanford, realizó la extracción de la muestra que finalmente se sometió a análisis.

Entre los autores del artículo figura el de Emery Smith, que pertenece a una institución llamada Ultra Intelligence Corporation, de la que reconozco no haber sido capaz de averiguar absolutamente nada. En cualquier caso, lo que sí sabemos con seguridad es que el Sr. Smith formó parte del equipo de producción del documental Sirius (aparece en el propio documental) y que fue él quien, estando en Barcelona, extrajo la muestra que finalmente llevó en avión a EE.UU. Además, el Sr. Smith ha publicado en su página web personal varias fotografías que «documentan» el proceso, incluso el desmembramiento del cuerpo (su lacónico comentario fue: «Whoops»).

Volviendo a los aspectos puramente «científicos», las principales conclusiones del estudio son las siguientes:

  • «Ata» presenta un fenotipo «extraño»: una talla reducida (poco más de 15 centímetros), sólo 10 pares de costillas (lo normal es tener 12), un cráneo alargado y un crecimiento acelerado de los huesos.
  • En una comunicación previa, que se confirma ahora con este trabajo, se refiere que «Ata» presenta una edad ósea de entre 6 y 8 años al momento de la muerte.
  • Para tratar de explicar esa «extraña» morfología, hacen un estudio de asociación del genoma completo (GWAS por sus siglas en inglés) y lo comparan con el genoma humano de referencia. Es ahí donde dicen haber encontrado una serie de genes mutados que ellos relacionan con enfermedades que provocan baja estatura, anomalías en las costillas, malformaciones craneales y displasia.

Una avalancha de críticas

Una vez publicado el trabajo, y dado el interés mediático despertado por el documental, las conclusiones aparecieron en los medios de comunicación de todo el mundo. Y fue entonces cuando periodistas y científicos alzaron la voz para poner de manifiesto la falta de ética que habían demostrado tanto Nolan como el resto de su equipo, así como los editores de la propia revista científica donde se publicó el estudio, en el tratamiento de los restos de «Ata».

El New York Times, The Conversation, la revista Forbes, por citar los más beligerantes; y un artículo donde expresaron su opinión el Presidente y la Directora de la Sociedad Chilena de Antropología Biológica (Etilmercurio), abrieron el camino de la avalancha de críticas que recibieron los autores del trabajo.

Tanto fue así, que de forma sorpresiva (por ir en contra de las propias normas de publicación de Genome Research) Garry Nolan y Atul Butte decidieron publicar en la misma revista una «nota» de aclaración sobre su trabajo 10.

La respuesta de los autores

Comienzan afirmando que ellos siempre han sostenido que los restos debían ser repatriados a Chile y recibir el respeto debido como restos humanos. Son conscientes de que es necesario incorporar una perspectiva cultural, histórica y política cuando se estudia el ADN antiguo (o moderno), aunque nada de eso hayan hecho en su trabajo.

Pero acto seguido pasan al contraataque incidiendo en que el cuerpo de «Ata» ha sido objeto de discusiones extravagantes y deshumanizantes durante años, tanto en medios chilenos como internacionales, y que se ha utilizado su fotografía para promover el turismo. Sin embargo, a pesar de esa publicidad, nunca hasta ahora se habían puesto de manifiesto preocupaciones éticas.

Y a modo de, ¿exculpación?, reiteran que nadie de su equipo de científicos ni técnicos de laboratorio tuvo nada que ver con el cuerpo: se extrajo 1 mm3 de hueso por parte de un miembro del equipo de rodaje en una visita a España, y esa misma persona llevó en avión la muestra a EE.UU. (hablan de Emery Smith).

Pero para mí, quizás lo más sonrojante de esta explicación sea que reconozcan que «solo a través de un análisis adicional fue posible determinar definitivamente que el ADN que obtuvimos del esqueleto era el de un humano moderno». Lo cierto es que como hemos explicado en lo que llevamos de anotación, no uno sino varios científicos ya habían dejado claro que «Ata» era un feto humano momificado completamente normal. Les bastó echar un vistazo al cuerpo o las radiografías ¿De verdad era necesario un análisis genético exhaustivo para llegar a esa conclusión?

Concluyen:

Esperamos que los restos sean tratados con respeto, y hemos pedido que sean devueltos a su país natal. También nos unimos a la petición de un énfasis renovado en la necesidad de educar a los genetistas y otros investigadores en el tratamiento delicado y ético de los restos humanos.

El editorial de Genome Research

Por su parte, la revista científica explicó en un editorial 11 que no se había incumplido ninguna disposición legal al realizar el análisis de la muestra de ADN.

En cualquier caso, reconocen que esta situación pone de manifiesto la naturaleza cambiante de este campo de investigación (la paleogenómica) y que a raíz de este caso han reforzado su compromiso para iniciar discusiones dirigidas al establecimiento de políticas en las revistas científicas y elaborar guías de obligado cumplimiento por los autores a la hora de la publicación de estudios con muestras históricas y antiguas de ADN.

La réplica a Nolan y colaboradores. El artículo en el International Journal of Paleopathology

Por otro lado, un grupo de científicos quiso publicar en Genome Research un artículo de réplica al estudio dirigido por Garry Nolan 12, pero dado que los editores se negaron, decidieron hacerlo en la revista International Journal of Paleopathology. El texto vio la luz el 28 de junio de 2018 bajo el título: «On engagement with anthropology: A critical evaluation of skeletal and developmental abnormalities in the Atacama preterm baby and issues of forensic and bioarchaeological research ethics» (como el anterior, este artículo también está publicado en acceso abierto).

Los autores examinan la hipótesis de que «Ata» tenga anomalías esqueléticas indicativas de displasia, al tiempo que critican la validez de interpretar una enfermedad basándose únicamente en análisis genéticos. Por último, hacen algunos comentarios sobre la ética de la investigación de este feto humano momificado.

La investigación de Nolan es un caso práctico perfecto para llamar la atención acerca de lo importante que es emplear un enfoque antropológico y una perspectiva más global cuando se analiza el ADN de restos humanos. Los autores defienden que la comprensión de los procesos biológicos del esqueleto –incluidos el crecimiento y el desarrollo normal y anormal– así como los procesos tafonómicos, el contexto ambiental y el deber de prestar atención a las cuestiones éticas relacionadas con los restos humanos, son aspectos vitales para llevar a cabo interpretaciones científicas.

Las críticas al estudio:

  1. No se ha publicado un análisis científico que analice el esqueleto. El informe de un forense español (que hemos mencionado más arriba) determina que «Ata» es un feto humano que murió aproximadamente en la décimo quinta semana de gestación.
  2. Pese a que Nolan insiste en que «Ata» tenía entre 6 y 8 años de edad según un análisis de la densidad ósea, termina por reconocer que nadie de su equipo pudo examinar el esqueleto, únicamente la muestra para el análisis genético y unas radiografías. Es un fallo crucial de metodología.
  3. En lo tocante al fenotipo «extraño», Nolan y sus colaboradores afirman que el esqueleto sólo tenía 10 pares de costillas en lugar de las 12 normales. La explicación para este hecho es sencilla: los pares 11 y 12 comienzan a formarse alrededor de la semana 11 y 12 de gestación. De hecho, la literatura clínica previene frente a la posibilidad de diagnosticar por error una displasia debido a la falta de osificación en los fetos en una fase temprana de gestación.
  4. El cráneo alargado puede explicarse por el propio proceso del parto y también por factores tafonómicos, es decir, por la forma en que el cuerpo quedó enterrado. El cráneo alargado de «Ata» es normal fenotípicamente teniendo en cuenta que se trata de un feto prematuro que ha sido expulsado.
  5. Por último, los autores ponen de manifiesto su escepticismo acerca de que los resultados genéticos apoyen las anomalías morfológicas, que por otro lado ya han comprobado que no existen. Según su criterio, es una casualidad que Nolan haya encontrado algunas mutaciones en los genes de «Ata» asociados con una predisposición a la displasia porque: 1) el impulso en su análisis se ha basado en una mala interpretación de la morfología esquelética; 2) las variantes genéticas específicas que ha descubierto no tienen un efecto funcional conocido sobre la morfología esquelética a esa edad; y 3) las otras variantes que han encontrado son novedosas pero tienen un significado desconocido.

Legislación arqueológica y ética en la investigación:

El otro motivo de crítica al trabajo de Nolan se centra en la forma en que se ha llevado a cabo la propia investigación.

Los autores indican que el análisis y la publicación de los datos de «Ata» en Genome Research no siguen los estándares éticos actuales exigidos en antropología. No hay consentimiento ético ni tampoco un permiso arqueológico de excavación, a pesar de que al menos uno de ellos es imprescindible. Además, el hecho de que el feto fuera vendido a su actual «poseedor» –lo que también es ilegal según la legislación chilena– sitúa a «Ata» en el contexto del tráfico de restos humanos.

Por último, hay una cuestión ética relativa a si «el fin justifica los medios». Es decir, podría darse el caso de que la publicación del trabajo estuviera justificada –pese a haberse hecho sin las consideraciones legales o éticas apropiadas– si ese estudio hubiera resuelto una cuestión antropológica, médica o de investigación genética realmente importante.

Lo que sucede es que vistos los resultados, no hay nada que sugiera que «Ata» tuviera alguna anormalidad esquelética, ni las conclusiones han despejado ninguna cuestión científica fundamental. Dado que Nolan ya realizó en 2013 un análisis preliminar de ADN que confirmó (sin sorpresas) que se trataba de un ser humano, en ese momento debió detenerse la investigación y el cuerpo repatriado a Chile.

Algunos aspectos bioéticos a tener en cuenta

Según han explicado el Presidente y la Directora de la Sociedad Chilena de Antropología Biológica 13, en Chile, la mayoría de los restos humanos de contexto arqueológico e histórico utilizados para la investigación científica están depositados en museos o universidades que se encargan de su conservación.

Como sucede en otros países, para acceder a ellos es preciso contar con una autorización de las instituciones encargadas de su custodia y conservación. En el mismo sentido, no se pueden llevar a cabo excavaciones arqueológicas sin el permiso del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile 14.

Todos estos supuestos están contemplados en la legislación chilena, entre ellas la Ley de Monumentos Nacionales nº 17.288 15, y la Ley nº 19.300 sobre el patrimonio arqueológico y bioantropológico. Además, la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo por parte de Chile ha supuesto la obligación de tener en cuenta el papel de las comunidades indígenas en la protección del patrimonio arqueológico y bioantropológico. Así, se requiere el consentimiento de las comunidades locales «que se consideren descendientes de las personas a quienes pertenecieron los restos».

Tampoco debemos dejar de lado que según el apartado 10 de las Pautas Éticas Internacionales para la Investigación y Experimentación Biomédica en Seres Humanos de la Organización Mundial de la Salud, en relación a la «Investigación en poblaciones y comunidades con recursos limitados», se establece que:

Antes de realizar una investigación en una población o comunidad con recursos limitados, el patrocinador y el investigador deben hacer todos los esfuerzos para garantizar que:

la investigación responde a las necesidades de salud y prioridades de la población o comunidad en que se realizará; y

que cualquier intervención o producto desarrollado, o conocimiento generado, estará disponible razonablemente para beneficio de aquella población comunidad.

En definitiva, dado que el equipo de Nolan desconocía el «origen» concreto de la muestra de ADN que se les entregó, tenían la obligación de buscar más información al respecto y cuestionarse seriamente si tanto el cuerpo como la muestra habían sido obtenidos de forma ilícita.

Conclusiones

El conocimiento que tenemos acerca del pasado se basa, en buena medida, en la información obtenida de los productos de la actividad cultural humana como, por ejemplo, los objetos o fuentes literarias. Estos productos culturales, especialmente aquellos registros escritos que documentan nuestro pasado, pueden interpretarse de muchas formas diferentes, a veces de forma contradictoria entre sí. Este problema se vuelve especialmente importante cuando tratamos de interpretar documentos históricos, ya que a menudo nos dicen más sobre el contexto cultural de sus autores, que de lo que sucedió realmente en el pasado.

De manera similar, los datos que nos aportan los esqueletos o restos humanos también están sujetos a sesgos y problemas de interpretación, pero de una clase distinta. Por ese motivo tienen tanto valor como fuente de información sobre el pasado. Son custodios de información –codificada en su genoma– sobre las relaciones personales y los procesos fisiológicos relacionados con el crecimiento, el desarrollo y la enfermedad, que constituyen un registro único de la vida y la muerte de nuestros antepasados.

La responsabilidad ética de los investigadores que estudian esos restos está en que deben tratarlos con dignidad y respeto; y hay un consenso bastante amplio en que sus descendientes deberían tener la autoridad necesaria para controlar la forma de disponer de los mismos. Por último, dada la importancia que tienen para comprender nuestro pasado común, deben ser conservados para que estén disponibles para la investigación científica, hoy y en el futuro.

Sin embargo, esto genera dos problemas. El primero estriba en que el término «respeto» es un concepto subjetivo que depende de cada cultura. Para un científico, un tratamiento respetuoso de los restos humanos puede consistir en obtener y preservar la información que contienen y que nos permita aprender todo lo posible acerca de la vida y muerte de esa persona. En cambio, un indígena pueda considerar intolerable su manipulación.

El segundo problema que se genera es en relación a la autoridad de las comunidades indígenas que se consideran descendientes de los restos. El dilema ético surge cuando tenemos que saber quién tiene el derecho de controlar la disposición de los restos cuando los individuos están relacionados muy lejanamente en el tiempo. ¿Cómo podemos establecer esa autoridad cuando hay un distancia de cientos, miles o, incluso, millones de años entre los vivos y los muertos? Y una vez establecida la conexión, ¿quién o quiénes deben tener esa autoridad? ¿Cada uno de los individuos, o el ente colectivo?

Hoy en día hay poca estructura legal o guías de conducta ética que ayuden a los investigadores a seguir las mejores prácticas en los estudios paleogenómicos. Sin embargo, hay criterios que sí están disponibles y se llevan aplicando durante años en otras disciplinas.

Parece evidente que en la actuación de Garry Nolan y su equipo en relación al caso de «Ata» ha tenido un peso importante el afán de notoriedad, dada la publicidad que recibió el caso tras la emisión del documental Sirius. Precisamente en casos como este, de tanta trascendencia mediática, es donde más falta hace proceder con cautela, congregar a un equipo multidisciplinar de científicos con conocimientos más amplios que los propiamente genéticos, lo que sin duda llevará a evitar abusos y evitará que se comentan errores y excesos tan gruesos como los que hemos visto en este caso.

Referencias

Notas

Sacar a la luz nuestro pasado en América

Si eres un lector habitual de este blog sabrás que una de mis debilidades es el estudio de las migraciones de nuestros antepasados. En este sentido, es muy importante el trabajo que hacen los arqueólogos para resolver uno de los interrogantes que más debate genera en relación a este tema: cuándo y por dónde se produjo la entrada de Homo sapiens en el continente americano.

He publicado varias anotaciones sobre el particular, muchas de ellas basadas en los trabajos de un equipo de arqueólogos pertenecientes al Instituto Hakai 1 ubicado en la isla Calvert, en la Columbia Británica canadiense.

Hoy me gustaría que vierais un vídeo de corta duración (poco más de 10 minutos) donde vemos el trabajo que están haciendo en una región especialmente interesante para resolver la cuestión que planteábamos arriba.

Durante décadas se ha pensado que la entrada de Homo sapiens en América se produjo cuando los glaciares Laurentino y de la Cordillera se retiraron lo suficiente para dejar un «corredor libre de hielo». Ese espacio abrió la comunicación entre Beringia y el resto del continente americano, permitiendo el paso tanto de nuestros antepasados como del resto de fauna y flora.

Sin embargo, existen tradiciones orales —o leyendas— transmitidos por los pueblos indígenas que cuentan una entrada en el continente mucho más antigua 2. Se refieren a una travesía por la costa —libre de hielo— donde establecían residencias permanentes mientras se expandían hacia otras áreas del sur e interior.

Y lo cierto es que este pequeño equipo de arqueólogos llevan años cartografiando y excavando a lo largo de las islas del Descubrimiento en la costa oriental de la isla Vancouver en la Columbia Británica para tratar de validar esa hipótesis.

Su objetivo es encontrar pruebas de la presencia de nuestros antepasados así como intentar averiguar cómo fueron capaces de adaptarse a ese ambiente —un paisaje que ha cambiado completamente en los últimos 16.000 años— cuando los glaciares comenzaron a retirarse.

El primer paso en esta investigación ha sido obtener núcleos de sedimentos en pantanos y ciénagas. Estos testigos contienen granos de polen, semillas y restos de plantas cuyo estudio permite a los investigadores obtener información sobre el clima y cómo cambió, así como qué tipos de comunidades plantas había en una zona determinada. Y una de los hechos más importantes que ha permitido constatar el estudio de estos sedimentos es que la línea de costa no permaneció estable durante aquellos años.

Hace entre 14.000 y 12.000 años el nivel del mar cayó bastante rápido, a razón de un metro cada diez años aproximadamente, un cambio fácilmente perceptible para los pobladores según su esperanza de vida. Quizás lo más llamativo para estas personas es que el nivel del mar estuvo cambiando constantemente durante unos 2.000 años. Imagina que al nacer tu pueblo estuviese en la costa. Una tasa de cambio del nivel del mar de esta magnitud implicaría que cuando llegues a viejo ese pueblo estará bastante tierra adentro. Además, con una caída tan pronunciada, las islas comenzaron a quedar unidas por lenguas de tierra, mientras que otras se creaban, así como lagos etc. En definitiva, se ha comprobado un importante nivel de cambio ecológico.

Con los datos obtenidos por el estudio de los núcleos de sedimento se pudieron cartografiar las líneas de costa y junto al uso del LIDAR —un  escáner láser aerotransportado que permite cartografiar el terreno y «eliminar» la vegetación que lo cubre— se pudieron hacer una idea bastante aproximada de los lugares por los que estos pobladores se estuvieron moviendo. Esto les permitió trasladar esa información a sistemas de posicionamiento global y poder elegir así los mejores lugares donde realizar excavaciones de prueba.

Y al final esto es lo que le importa a un arqueólogo, excavar para recuperar objetos del pasado. Gracias a la información recabada se pueden excavar pequeños «parches» de terreno de unos 50 centímetros cuadrados a modo de «prueba», es decir, esa pequeña excavación les da una idea de lo que puede haber debajo. En el caso de que encuentren restos arqueológicos de interés, se abre una unidad de excavación mayor (de un metro cuadrado) y de esa forma se va ampliando la zona poco a poco y en sucesivas campañas.

Esta metodología ha sido bastante exitosa puesto que han localizado decenas de yacimientos interesantes y recuperado herramientas de piedra y, como ya comentamos aquí, las huellas de personas más antiguas de todo el continente americano.

Gracias a las sucesivas campañas de excavación (acaba de terminar la quinta temporada) el equipo comienza a hacerse una idea bastante clara de cómo era la vida en la costa de la Columbia Británica hace más de 10.000 años.

Las conclusiones que han sacado por ahora es que los primeros pobladores no solo estaban de paso, sino que fundaron establecimientos permanentes, utilizaban embarcaciones y lograban así sacar todo el partido a los recursos marinos.

Hay pruebas de un número reducido de grandes yacimientos muy complejos en términos de tecnología —cuatro o cinco de estos yacimientos están ubicados en la isla Quadra— con miles y miles de herramientas de piedra de una enorme variedad. Lo que demuestra que sus ocupantes pasaron mucho tiempo allí, quizás miles de años. De allí se desplazarían para obtener recursos que necesitaban, volviendo de nuevo. Es decir, no estamos ante el clásico ejemplo de cazadores-recolectores, aquí debieron de ser bastante estáticos.

Referencias

No, Homo erectus no se extinguió por ser «vago»

Hace algunos días nos «asaltó» una noticia relacionada con la evolución humana que causó una gran impresión. Es cierto que ya estamos acostumbrados a este tipo de anuncios dado que la paleoantropología despierta cada vez más curiosidad entre el público. Sin embargo, los titulares y el contenido de la noticia chocaban tanto con lo que sabemos, que decidí estudiar el trabajo científico original para aclarar la cuestión. Me estoy refiriendo en definitiva al anuncio de que «según una nueva investigación», la especie Homo erectus se había extinguido porque eran «vagos».

Titular peiódico ABC (13/08/2018)

Titular periódico DailyMail (10/08/2018)

Titular medio digital Institución Smithsonian (13/08/2018)

Podemos resumir el contenido de las noticias publicadas en los medios de comunicación de la siguiente manera 1:

  • La conclusión principal es que «la vaguería 2 fue en parte responsable de la extinción de Homo erectus».
  • Tras el estudio de un yacimiento situado en Saffaqah, cerca de Dawadmi (Arabia Saudita), los investigadores comprobaron que Homo erectus optó por una «estrategia del mínimo esfuerzo» a la hora de fabricar herramientas de piedra y obtener recursos.
  • Esta actitud contrasta con la de los «excelentes constructores de herramientas» que eran los neandertales y Homo sapiens.
  • No hubo ningún tipo de progreso por parte de Homo erectus en la fabricación de herramientas.
  • Finalmente, no fueron capaces de adaptarse al cambio climático en la región –que derivaba hacia una mayor aridez– y desparecieron.

El artículo original: Tecnología Achelense y aprovechamiento del paisaje en Dawadmi, Arabia central («Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia»).

El artículo del que estamos hablando apareció publicado en la revista de acceso abierto PLoS ONE el 27 de julio de 2018.

Como su título indica, los investigadores publican los resultados de nuevas investigaciones de campo (realizadas en 2014), así como un nuevo análisis de trabajos de excavación previos llevados a cabo en el yacimiento de Saffaqah (206-76) cerca de Dawadmi, en Arabia central. El objetivo era saber cómo se adaptaron nuestros antepasados a vivir en esta región que hoy en día es una de las más áridas del planeta. Para ello es necesario conocer el comportamiento de esas especies en diferentes lugares de su ámbito de expansión geográfica. La información con la que contamos actualmente proviene de lugares como el Este de África (el Valle del Rift), el Levante y Europa occidental, por lo que es posible establecer comparaciones.

La importancia de realizar trabajos de este tipo en una zona como la península arábiga no es desdeñable. Hemos de tener presente que la colonización de Eurasia por debajo de los 55o de latitud da muestra del éxito evolutivo y de adaptación del género Homo durante el Pleistoceno Inferior y Medio. Sin embargo, hoy en día seguimos sin tener claro de qué eran capaces esos homininos cuando debían hacer frente a los paisajes que se encontraban en las latitudes medias.

Y es que Saffaqah es el lugar en el que sueña trabajar todo arqueólogo. Se trata de uno de los yacimientos Achelenses más grandes de Arabia, y se estima que en la superficie se pueden encontrar cerca de un millón de artefactos. Está situado en la intersección de dos grandes sistemas fluviales que estuvieron activos de forma periódica en el pasado: el Wadi al Batin y el Wadi Sabha, que fluyen hacia el norte y el sur del Golfo Pérsico. Además, es el primero que conserva depósitos estratigráficos con abundantes artefactos, lo que permite un estudio de las fases de ocupación del territorio.

Las dataciones con series de uranio-torio de la capa de nitratos adheridos a las herramientas de piedra arrojan la cifra de 200.000 años, lo que convierte a Saffaqah en el yacimiento arqueológico más antiguo de la península arábiga encontrado hasta el momento.

El estudio de la industria lítica

Ya hemos adelantado que el trabajo de los investigadores se ha centrado fundamentalmente en análisis de la abundante industria lítica recuperada en el yacimiento. Lo primero que podemos decir es que las herramientas eran en general bastante grandes: la gran mayoría de lascas medían más de 5 cm de largo, llegando a alcanzar una longitud máxima de 39 cm (sin embargo, también es posible que algunas de las lascas más pequeñas se hayan destruido o quedado irreconocibles debido a la erosión del viento).

Respecto a la formación del yacimiento en sí, se constata que la deposición de los restos tuvo lugar durante un considerable periodo de tiempo, lo que permitió la acumulación de más de un metro y medio de sedimentos en siete capas claramente diferenciadas (esto demuestra la permanencia prolongada en el lugar de nuestros antepasados).

Por último, otra característica que salta a la vista es el poco refinamiento en los bifaces. No se ha identificado modificaciones en las herramientas ni tampoco diferencias en su fabricación. En pocas palabras, la tecnología empleada a lo largo de la secuencia es la misma.

Muestra de la industria lítica recuperada. Fuente: Shipton, C., et al. (2018), «Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia». PLoS ONE, vol. 13, núm. 7, p. e0200497.

Conclusiones

Yacimientos como el estudiado no son únicos. En otros lugares de la península arábiga poblaciones de homininos fabricaban lascas y hendedores (usando la misma técnica Achelense) en yacimientos como Wadi Fatima, en la costa del Mar Rojo, y en el sur del desierto del Nefud. En Levante encontramos un yacimiento similar: Gesher Benot Ya’aqov. La industria lítica presente en este yacimiento sirve para trazar la ruta que siguieron nuestros antepasados al salir de África durante un periodo húmedo. El Achelense de Dawadmi representa la ocupación de la zona cuando los sistemas fluviales de Arabia permitieron a los homininos penetrar hacia el interior.

Lo que distingue el Achelense de Saffaqah del recuperado en Gesher Benot Ya’aqov es la relativa escasez de hendidores en el primero. Se piensa que los hendidores eran herramientas para trabajar la madera, por lo que su ausencia se podría explicar por la escasez de árboles en el centro de Arabia en comparación con el Levante, no por una falta de conocimientos técnicos.

Del mismo modo, la estabilidad en la tecnología que ya hemos comentado —el modo de fabricar las herramientas— coincide con el conservadurismo documentado en el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov.

Del mismo modo, los investigadores constatan una «estrategia del mínimo esfuerzo» en los pobladores de este yacimiento. Existe una pequeña colina en cuya cima hay material lítico de mejor calidad, pero se ha comprobado el uso sistemático de rocas situadas en la base. La explicación que ofrecen en este trabajo es bastante sensata: andar o correr cuesta arriba incrementa dramáticamente el gasto energético, mientras que el camino de vuelta hacia abajo incrementa el riesgo de sufrir lesiones. De nuevo, este comportamiento se ha documentado en otros yacimientos Achelenses donde los homininos fabricaron de forma preferente bifaces y eligieron lugares donde tenían fácil acceso tanto a la piedra como a fuentes de agua.

Resumiendo

  1. El artículo analiza la industria lítica de un yacimiento concreto para tratar de extraer conclusiones acerca de la forma de aprovechar el paisaje por parte de nuestros antepasados, en una región poco estudiada hasta la fecha.
  2. Dado que no se han hallado restos fósiles, en ningún lugar del trabajo se dice que Saffaqah fuera habitado por una población de Homo erectus (se emplea continuamente la expresión «población Achelense». Lo más probable es que se tratara de Homo erectus, aunque también pudieron llegar allí los neandertales, Homo sapiens u otros (teniendo en cuenta además la antigüedad atribuida al yacimiento). El análisis exclusivo de la cultura material no permite decir con certeza quienes fabricaron esas herramientas.
  3. La densidad de yacimientos alrededor de Saffaqah sugiere que nuestros antepasados florecieron en la región.
  4. La ausencia de características de transición en su tecnología y la baja densidad de artefactos del Paleolítico Medio (más avanzados) sugieren que la zona fue abandonada con la llegada de una fase más severa, árida, a la que no pudieron adaptarse.
  5. Finalmente, Arabia central quedó despoblada probablemente debido a un deterioro de las condiciones climáticas.

Mi crítica a los artículos periodísticos

La primera crítica que podemos hacer de los distintos artículos periodísticos que han «popularizado» el trabajo publicado en PLoS ONE (independientemente de si lo fueron en medios generalistas, en medios especializados en ciencia, e independientemente del idioma), es la burda generalización. Los investigadores exponen sus conclusiones al interpretar los hallazgos de un único yacimiento. Pasar de ahí a que toda una especie —Homo erectus, o cualquier otra— se extinguió por lo que allí vemos es absurdo.

Del mismo modo, argumentar que la «pereza» pudo ser la causante de la extinción de toda una especie carece del más mínimo sentido, no sólo científico, sino común.

Lo que sabemos en cambio de Homo erectus es que se trata con toda probabilidad del primer representante del género humano que salió de África, la cuna de todos nuestros antepasados. Esa primera oleada de migración los llevó a lugares tan distantes del continente africano como el Este de China. Más de 8.000 kilómetros de migración recorriendo los más dispares lugares que se pueda imaginar. Eso los obligó a adaptarse a muy diferentes ambientes. Constatar que un yacimiento situado en la península arábiga fue abandonado cuando el clima se volvió demasiado opresivo es adaptación pura y dura. Nuestros antepasados se marcharon de allí para buscar fortuna en otro lugar.

Por último, los autores explican los motivos por los que no han visto una «evolución» en la técnica empleada para la fabricación de las herramientas. No se trata de una conducta extraña —ni siquiera llamativa— porque ya se ha verificado en otros yacimientos del mismo periodo.

En definitiva, parece que nos encontramos ante un caso más de falta de interés y desconocimiento por parte unos periodistas que tienen mucho trabajo y poco tiempo para publicar. Sin embargo, no creo que debamos culpar en exclusiva a los periodistas de lo sucedido en este caso concreto.

Las notas de prensa

Una cosa importante que debéis saber —si no lo sabéis ya— es que la mayoría de noticias relacionadas con la ciencia están sometidas a «embargo». El embargo significa que cuando se va a publicar un artículo científico lo normal es que tanto la revista especializada donde se va a publicar (Nature, Science, PLoS ONE etc.), como la universidad o centro de investigación del que depende/n el/los científico/s que han llevado a cabo la investigación, emitan una nota de prensa cuyo destino es los profesionales de los medios de comunicación acreditados. Estas notas de prensa, donde se explica de forma «sencilla» el propio artículo, se envían con suficiente antelación a la fecha de publicación del trabajo en la revista científica. El objetivo no es otro que los periodistas dispongan de tiempo suficiente para preparar sus artículos y cuenten con suficiente información de «contexto» con la que producir sus piezas.

No entraremos ahora a valorar este sistema, pero baste decir que ese es el motivo por el que en un mismo día podemos ver la misma noticia publicada en numerosos medios de comunicación con escasos minutos de diferencia. Todos los periodistas han tenido acceso a la misma nota de prensa.

Y de nuevo, ese es el motivo por el que la mayoría 3 de noticias tienen el mismo contenido. Los periodistas no tienen tiempo de leerse en profundidad, por ejemplo, los 36 folios de este artículo científico para redactar algo que se salga de la misma idea común contenida en la nota de prensa; ni tampoco el científico que tiene que atender a los medios puede estar disponible las 24 horas del día.

Volviendo al caso que estamos viendo, mi impresión es que todo el problema con la desastrosa interpretación del artículo publicado en PLoS ONE tiene su origen en la nota de prensa que emitió la Universidad Nacional de Australia (donde el investigador principal de este trabajo, el Dr. Ceri Shipton, desarrolla su labor).

En esa nota de prensa aparecen recogidas las declaraciones textuales del profesor Shipton acerca del trabajo que él y el resto del equipo hicieron en Saffaqah:

  • «They really don’t seem to have been pushing themselves» («No parece que se hayan esforzado»)
  • «I don’t get the sense they were explorers looking over the horizon. They didn’t have that same sense of wonder that we have» («No tengo la sensación de que fueran exploradores que miraran hacia el horizonte. No tenían la misma capacidad de asombro que nosotros»)
  • «Not only were they lazy, but they were also very conservative» («No solo fueron perezosos, sino que también fueron muy conservadores»)

Lo importante es que estas frases (cuya traducción es propia) son textuales.

Creo que, como poco, las palabras del Dr. Shipton han sido poco afortunadas. Básicamente no reflejan la realidad de las conclusiones que él mismo, y el resto del equipo, firman en su trabajo, echando por tierra su credibilidad (esta es mi opinión personal, por supuesto).

Quizás por ese motivo, esta nota de prensa, publicada originalmente en la página web de noticias de la propia universidad, a día de hoy no puede leerse.

Nota de prensa. ANU

No sé si haberla eliminado de su repositorio ha sido un intento de enmendar su error (cosa harto complicada) haciendo que sea más difícil llegar a las declaraciones originales que el Dr. Shipton hizo a Aaron Walker, redactor de la nota de prensa y responsable ante los medios de comunicación. Aunque basta acceder al archivo del WayBackMachine para ver el contenido original de la nota (la página, según la información de ese servicio, debió borrarse entre el 10 de agosto y el 3 de septiembre pasados).

Las declaraciones del Dr. Shipton fueron repetidas textualmente en la nota de prensa emitida por el servicio EurekAlert! (servicio de comunicación de la ciencia de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, AAAS) y, por supuesto, en todos los artículos periodísticos que se nutrieron de ella.

Debemos señalar con justicia que el «culpable» del embrollo en este tema fue el investigador principal del artículo científico.

Referencias

Shipton, C., et al. (2018), «Acheulean technology and landscape use at Dawadmi, central Arabia«. PLoS ONE, vol. 13, núm. 7, p. e0200497.

Notas

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