Evolución humana. Un mapa con información de yacimientos, fósiles y cultura

«the pleasure of the first days partridge shooting or first days hunting

cannot be compared to finding a fine group of fossil bones,

which tell their story of former times with almost a living tongue». 1

«el placer de los primeros días de tiro a la perdiz o de caza

no se puede comparar a encontrar un buen grupo de fósiles,

que cuentan su historia de tiempos pasados casi con lengua viva».

 

La paleoantropología, el estudio de la evolución humana, se centra fundamentalmente en el análisis de los fósiles. Esta afirmación es una simplificación, pero es innegable que a la hora de comprender el proceso y la historia evolutiva de nuestra especie, es necesario contar con testigos del pasado que nos cuenten cómo fue ese camino.

Tras años leyendo libros, artículos y todo tipo de material relacionado con la evolución humana, tengo claro que es necesario organizar adecuadamente la enorme cantidad de información disponible en relación tanto a los fósiles como a los yacimientos donde se han encontrado. Estoy seguro de que cualquiera que se haya interesado en este tema habrá comprobado que llega un momento en que resulta difícil seguir la pista de los nuevos hallazgos que, casi cada semana, se producen en relación a esta disciplina.

En mi caso, confieso que la solución que se me ocurrió fue bastante obvia y al mismo tiempo útil. La imagen que encabeza esta anotación es la del mapa que utilizo para marcar los yacimientos, los fósiles interesantes, dejar notas de artículos que he leído y, en definitiva, toda información relevante para estar al día y no perderme entre la maraña de datos.

Pero está claro que esa solución no es todo lo buena que cabría esperar. De nuevo, llegó un momento en que no cabían físicamente más datos así que tuve que ponerme manos a la obra. La solución, como suele pasar en estos casos, llegó de la mano del mundo digital. Utilizando la herramienta de Google «MyMaps» he creado una versión digital de mi mapa en papel, que ahora pongo a vuestra disposición por si la consideráis de utilidad.

El mapa

Como digo, he utilizado la herramienta de «MyMaps» —gratuita para cualquier usuario con un cuenta en Google— que permite diseñar mapas incluyendo información que es posible organizar en varias capas. Se trata de una herramienta muy interesante y versátil. A día de hoy, el mapa que estoy construyendo cuenta con cinco capas diferentes que pretenden ofrecer información relevante para el estudio de la evolución humana.

En el caso de este mapa sobre «La evolución humana», la primera capa recibe el nombre de «yacimientos»: es la base sobre la que pivotará el resto de información. Lo primero que hago cuando incluyo una nueva referencia (por ejemplo, la publicación de la descripción de un nuevo fósil) es localizar el punto exacto (las coordenadas geográficas) donde se ha encontrado y marcar el lugar como «yacimiento». Acto seguido, cuando he introducido esa información, paso a otra capa (en el ejemplo que estamos viendo sería la de «fósil») y sigo el mismo patrón.

Cada «entrada» en el mapa consta de tres campos: nombre, descripción y artículos. Mi objetivo no es ofrecer solamente una herramienta que permita saber dónde se recuperó tal o cual fósil o dónde están esas pinturas rupestres tan fascinantes, sino facilitar la labor de investigación o el interés por profundizar en cada ejemplo, ofreciendo la información bibliográfica en cada caso. La información contenida en estos apartados es propia salvo que se indique lo contrario. Igualmente, las imágenes provienen en su mayor parte de los propios artículos científicos que se indican.

Leyenda

Como he señalado más arriba, el mapa cuenta ahora mismo con cinco capas diferentes identificadas con los siguientes símbolos 2:

Este icono representa la capa básica del mapa, llamada «yacimientos». Con ella se marca la ubicación exacta de cada yacimiento arqueológico 3 que ha aportado información relevante. Se incluye el nombre, una descripción, y el/los artículos científicos que lo describen.

Este icono representa cada fósil de hominino. Aunque sea la imagen de un cráneo, se refiere a cualquier hueso del esqueleto. En ocasiones he agrupado todo un conjunto de restos (como el caso de Orrorin tugenensis) para simplificar. Actuaré así salvo que sea relevante individualizar más de un fósil de un mismo ejemplar.

Este icono representa cualquier fósil que no pertenezca a un hominino. Se trata, en la mayor parte de los casos, de fósiles que aportan pruebas de manipulación humana y que, por tanto, acreditan la presencia de nuestros antepasados en un yacimiento, época o lugares concretos.

Este icono representa las huellas que han sido identificadas como pertenecientes a homininos. Las más famosas son las huellas de Laetoli, pero cada vez más a menudo se describen nuevos yacimientos con este tipo de restos que permiten dibujar mejor los movimientos de migración de nuestros antepasados.

Este icono representa ejemplos llamativos o destacados por su importancia de industria lítica (herramientas de piedra individualizadas), o bien, conjuntos de este tipo de herramientas. Destacan ejemplos individuales como «Excalibur», un bifaz recuperado en Atapuerca, o el conjunto de herramientas más antiguas hasta ahora localizadas en Lomekwi 3.

Este icono representa objetos artísticos. De nuevo, como en el caso de la industria lítica, puede identificar una única estatuilla o representar un panel de pinturas en una cueva. Soy consciente de lo complicado de catalogar un objeto como «artístico», así que trataré de argumentar en cada caso el porqué de su inclusión en esta categoría.

Por último, utilizaré este icono para identificar cualquier elemento de las categorías anteriores cuando no conozca las coordenadas exactas de su ubicación. Sucede que en los artículos científicos de hace unos años no se consideraba necesario incluir las coordenadas como parte de la descripción de los yacimientos. Agradeceré vuestra ayuda para completar las lagunas.

Utilizando el mapa

He de reconocer que la utilización de la herramienta es bastante sencilla e intuitiva. En cualquier caso, os voy a explicar de forma rápida algunas de sus principales características:

Las capas del mapa se pueden visualizar u ocultar marcando o desmarcando las diferentes casillas de verificación. Dado que, por ejemplo, cada fósil está situado exactamente en el mismo lugar de un yacimiento, si están marcadas todas las capas sólo se verá la última de ellas. Por ese motivo, mi recomendación cuando se visita por primera vez el mapa es desmarcar todas las capas excepto la primera («yacimientos») hasta acostumbrarse a su uso.

En cualquier caso, el mapa cuenta con una magnífica herramienta de búsqueda que permite encontrar fácilmente cualquier elemento. Solo hay que pulsar sobre cada uno para que despliegue el menú de información.

En la imagen superior veis el ejemplo del yacimiento Kara-Bom, las cuevas de Denisova.

Y como os he comentado, en muchos casos incluyo enlaces directos que permiten leer y descargar los artículos científicos recogidos.

 

En definitiva, la mejora de este mapa es un trabajo que no tendrá fin dado que tampoco se detendrán los esfuerzos por la búsqueda de nuestros orígenes. El mapa estará en permanente construcción así que solo me resta deciros tres cosas:

  1. Sed indulgentes porque falta muchísima información. Todos los días trato de añadir nuevos elementos y completar la información que falta en los ya existentes. Creedme si os digo que no es un trabajo sencillo.
  2. Agradeceré cualquier ayuda sobre todo en conseguir coordenadas correctas de los yacimientos. Hay mucha información en internet en diferentes páginas, pero la mayoría de las coordenadas que se facilitan no son exactas (creo que de forma intencionada para evitar «visitas» no queridas en esos lugares). Por ese motivo busco la información en los propios artículos científicos y a veces cuesta bastante dar con el dato concreto.
  3. Espero que os parezca una herramienta útil e interesante. Estoy abierto a cualquier consejo para su mejora.

Notas

Huellas humanas en la isla Calvert

Hemos comentado en varias ocasiones (ver por ejemplo las anotaciones «¿Cómo llegaron nuestros antepasados a América?» o «La ruta costera de entrada en América») que se están haciendo importantes esfuerzos por recuperar restos arqueológicos que permitan conocer con más detalle cuál fue la ruta seguida por nuestros antepasados para entrar en el continente americano.

Los últimos descubrimientos apuntan a que la hipótesis de que los colonizadores emplearon una ruta costera con la ayuda de embarcaciones cobra cada vez mayor fuerza. La utilización de esta ruta no excluye que el llamado «corredor libre de hielo» 1 jugara un papel relevante, pero lo que los investigadores tratan de averiguar es por dónde y cuándo se produjo esa migración.

Hoy traemos a este blog la publicación de un artículo científico 2 en la revista PLoS ONE que describe un total de 29 huellas halladas en la isla Calvert situada en la provincia canadiense de la Columbia Británica. El pasado mes de febrero ya nos hicimos eco de este descubrimiento cuando se anunció en un congreso de arqueología, pero no hemos podido profundizar hasta conocer todos los detalles gracias a este trabajo.

Localización de la isla Calvert. Fuente imagen: Google Earth.

Contexto geológico

Durante el último máximo glaciar, el borde occidental del glaciar de la Cordillera llegó a cubrir casi por completo la costa del Pacífico de América del norte. Sin embargo, algunas porciones de tierra permanecieron libres de hielo durante largos periodos de tiempo, convirtiéndose en refugios donde la vegetación y los grandes mamíferos terrestres pudieron prosperar. Las pruebas geológicas demuestran que hace entre 19.000 y 16.000 años antes del presente 3 estos refugios se hicieron cada vez más grandes y más abundantes a lo largo de la costa.

Por ese motivo, esa región es un lugar ideal para intentar localizar rastros de la presencia humana aunque, hasta ahora, las pruebas arqueológicas recuperadas a lo largo de esta posible ruta de migración han sido escasas. Esta situación se debe en parte al hecho de que pocos de los arqueólogos que están trabajando allí se han planteado sacar adelante proyectos de investigación con el objetivo de probar si esta hipótesis es correcta.

Sin embargo, los yacimientos arqueológicos de la costa noroeste del continente americano demuestran que las poblaciones humanas del Pleistoceno final utilizaron embarcaciones para llegar a las islas donde la mayoría de ellos están localizados. Por eso es muy probable que aprovecharan esos refugios costeros para su subsistencia.

En cualquier caso, lo cierto es que los arqueólogos que trabajan en esta región se enfrentan a numerosos problemas:

  • Es difícil localizar posibles yacimientos porque la erosión que podría facilitar la tarea, dejando al descubierto pistas de la presencia humana, es bastante rara.
  • A lo dicho anteriormente se suma que la acumulación de materia orgánica en el suelo es abundante, lo que complica esa labor.
  • La mayor parte de la línea de costa actual solo es accesible en barco ya que existen un sinnúmero de archipiélagos, canales marinos y vías fluviales. La logística es enormemente compleja.
  • Por último, la línea de costa durante el Pleistoceno final variaba mucho de una región a otra debido a los complejos procesos geológicos relacionados con las masas glaciares.

Por eso, para afrontar estos inconvenientes, las investigaciones arqueológicas que tratan de descifrar cómo se produjo el poblamiento de América comienzan a menudo con estudios para comprender los procesos geomórficos y, en particular, cartografiando cuál era el nivel del mar en diferentes lugares y momentos.

Hemos de tener en cuenta que en la mayor parte del planeta el nivel del mar se encontraba por entonces 120 metros más bajo que hoy en día –ya que las masas glaciares acumulaban una enorme cantidad de agua. Sin embargo, en algunas regiones a altas latitudes, ese descenso se vio contrarrestado por la isostasia mientras los glaciares avanzaban hacia los márgenes continentales (es decir, el peso de los glaciares hundía la masa continental y de esa forma aumentaba el nivel del mar). Por lo tanto había un enorme contraste: en algunas zonas de la costa el nivel del mar se encontraba hasta 200 metros por encima del actual, mientras que en las islas exteriores podía estar 150 metros más bajo.

La isla Calvert se encuentra entre dos de esas áreas de enorme variación de nivel del mar. Concretamente, hace entre 14.000 y 11.000 años el nivel del mar se encontraba 2 o 3 metros más bajo que hoy en día.

Teniendo esos datos en cuenta, los firmantes de este estudio desarrollaron un programa de muestreo en las playas –haciendo pequeñas prospecciones– entre la subida y la bajada de la marea con la intención de localizar depósitos arqueológicos de esa época. La sorpresa para todos fue enorme cuando se encontraron un conjunto de huellas humanas.

Detalle de la zona de excavación en la isla Calvert. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

La excavación arqueológica

La primera huella apareció en 2014 a una profundidad de 60 cm del actual nivel de la playa. Justo debajo de esa huella se encontraron varios trozos de madera, dos de los cuales fueron datados mediante la técnica del radiocarbono arrojando una antigüedad el primero, de entre 13.169 y 13.095 años antes del presente; y el segundo, de entre 13.317 y 13.241 años antes del presente.

Fotografía de la huella #17, correspondiente a un pie derecho. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

En las campañas de 2015 y 2016 se amplió la zona de excavación y así aparecieron 28 huellas adicionales que estaban orientadas en diferentes direcciones. En algunas de ellas se podían distinguir claramente los dedos de los pies, mientras que en otras fue necesario aplicar técnicas digitales para apreciar todas sus características. En realidad se encontraron muchas más huellas que las 29 descritas en el estudio, pero dado que eran parciales y no se podían estudiar en detalle, no fueron incluidas finalmente.

Vista general del yacimiento. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).
Plano general de la zona de excavación (4×2 metros) donde se incluyen las muestras utilizadas para la datación y las fechas que arrojaron los análisis de radiocarbono. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Estratigrafía y datación

La excavación sistemática del yacimiento (denominado Meay Channel I o EjTa-4) ha revelado la existencia de doce (XII) niveles o estratos de deposición. Vamos a centrarnos en los estratos inmediatamente superiores e inferiores a las huellas:

El estrato X es un paleosuelo que conforma la superficie donde quedaron impresas las huellas.

El estrado IX, que es el inmediatamente superior, constituye el relleno superpuesto a las huellas.

Las fechas radiocarbono de este estrato son inconsistentes, es decir, arrojan unas cifras muy dispares, que van desde la horquilla de 12.640 y 12.576 años, a entre 5.706 y 5.608 años antes del presente.

En la parte sudeste de la zona de excavación se halló parte de lo que se ha interpretado como un hogar, aunque no se han recuperado restos de carbón vegetal o de otros materiales que hubieran permitido una datación. Es posible que dado que la zona ha estado sometida a la acción del agua de forma continuada, todo resto de fuego haya desaparecido.

En el estrato VIII se tomaron muestras de madera –restos de los árboles circundantes– que arrojaron una datación con una horquilla que va de los 12.849 a los 12.751 años antes del presente. También se encontraron en esta capa ocho láminas, ocho herramientas líticas. El estrato VIII recubre claramente las huellas, por lo que la fecha indicada permite suponer –de forma conservadora– que el límite temporal superior de las huellas es ese, es decir, al menos son así de antiguas.

Los sedimentos del estrato VII se han datado entre los 2.757 y 2.764 años y los 2.752 y 2.742 años antes del presente.

Niveles estratigráficos. Las zonas marcadas con letras C, D, E, F y G son huellas. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

El estudio de la estratigrafía del yacimiento ha permitido aventurar una hipótesis acerca del proceso de formación del mismo:

Al final del último evento glacial se depositó una arcilla marina (estrato XI) hace entre 14.500 y 14.000 años antes del presente cuando el nivel del mar era superior al actual. Cuando el nivel del mar descendió hace aproximadamente 13.300 años, se formó una capa por encima de esa arcilla (el actual estrato X). Este es el suelo donde quedaron impresas las huellas. De hecho, los trozos de madera y demás restos de los árboles que han permitido las dataciones que se publican en el artículo, quedaron presionados y hundidos por las pisadas de nuestros antepasados.

Las huellas quedaron finalmente cubiertas por arena y guijarros (estrato IX) y después otra capa de arcilla (estrato VIII) en algún momento hace entre 12.850 y 12.750 años antes del presente. Entre estas fechas y hace 11.350 años, la superficie de las huellas quedó en una zona intermareal donde se formaron piscinas de agua que dieron lugar a los hoyos con forma de campana que interrumpen la superficie de las huellas en la parte suroriental del área de excavación.

Procesos de formación del yacimiento. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Huellas humanas

De todos los elementos que pueden encontrarse en una excavación arqueológica las huellas tienen un carácter muy especial. Desde que salieron a la luz las que quizás sean las huellas más famosas de nuestros antepasados –las que posiblemente dejaron miembros de Australopithecus afarensis en Laetoli (Tanzania)– este tipo de restos levantan un enorme interés.

Sin embargo, debemos ser conscientes de que algunos animales pueden dejar unas huellas similares a las nuestras. De todos los grandes mamíferos que viven en la zona de la Columbia Británica hoy en día, sólo las huellas que deja la pata trasera de un oso pardo o un oso grizzli son parecidas a la del ser humano. En este sentido, los investigadores concluyen que se trata de las huellas de seres humanos y no de animales por varias razones:

  • La presencia de un arco plantar y talones claramente definidos.
  • Ausencia de marcas de garras.
  • Las huellas no son triangulares en su forma general.
  • Ausencia de una tercera falange larga (al contrario, las primeras y segundas falanges son más largas).
  • En conjunto son más estrechas que las huellas de oso.

Quizás lo más importante sea que no se han encontrado huellas de las patas delanteras de oso, que son completamente diferentes a las humanas. En cualquier caso, los investigadores son cautos dado que el rastro de huellas se extiende más allá del perímetro de la actual zona de excavación, por lo que es posible que se encuentren otras huellas realizadas por animales cuando la excavación se extienda.

Fotografía de la huella #22, correspondiente a otro pie derecho. Fuente: McLaren, D., et al. (2018).

Conclusiones

Las huellas desenterradas en la isla Calvert demuestran la presencia humana en el margen occidental del glaciar de la Cordillera durante el Pleistoceno final, hace entre 13.300 y 13.000 años antes del presente. Este marco temporal es algo más tardío que la antigüedad atribuida al yacimiento de Manis Mastodon, situado en el borde sur del área sobre la que influyó esa masa de hielo 4.

Las mediciones de las huellas han permitido determinar que al menos tres individuos diferentes dejaron aquellas marcas y que, al contrario de otros yacimientos famosos, las huellas no forman una línea, no indican un camino, sino que más bien representan una congregación. Este tipo de patrón es el que se produce cuando las personas concentran su actividad en un área, centradas quizás alrededor de un punto central. Aquí cobra especial relevancia los rastros de un posible hogar, una zona de cocina, identificado en el estrato IX.

La información paleoambiental del norte de la isla Calvert ofrece un contexto que apoya la afirmación de los investigadores de que las huellas se realizaron en el Pleistoceno final. Las pruebas recopiladas en los sedimentos muestran que la isla no estaba «congelada», no estaba sometida a la acción de masas de hielo hace 15.000 años. Después de ese momento, la parte norte de la isla sí que estuvo sometida a un avance local y corto en el tiempo del glaciar del Monte Buxton, periodo que finalizó hace 14.500 años.

Los datos combinados de la estratigrafía, los paleoambientes y del nivel del mar apoyan la horquilla de fechas conservadoras de entre 13.317 y 12.633 años que se ofrecen en este estudio para la antigüedad de las huellas. Los investigadores sin embargo son conscientes de que existen limitaciones en las pruebas aportadas como la presencia de dataciones que no encajan, concretamente en el estrato IX, que es el que cubre la superficie de las huellas y que ha sufrido una perturbación en algunos puntos debido a la erosión.

Dado que la investigación continúa al haberse decidido ampliar la zona de excavación, más pronto que tarde tendremos nuevos datos que, probablemente, vendrán a confirmar y ajustar en el tiempo las fechas y datos expuestos en este trabajo.

Notas

La evolución humana en «2001: Una odisea del espacio»

El 6 de abril de 1968, en el Cinerama Theatre Broadway de la ciudad de Nueva York, se estrenó la película 2001: a space odyssey 1. Stanley Kubrick no solo dirigió la película, sino que escribió el guion junto al novelista Arthur C. Clarke basándose en un relato corto de este último titulado «El centinela», escrito en 1948 y publicado originalmente en la revista «10 Story Fantasy» en 1951 2.

«2001: Una odisea del espacio» es considerada hoy en día como una de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos.

Tráiler de la película 2001 A Space Odyssey.CC.

Dado que hoy se cumple el 50 aniversario de su estreno en EE.UU., quería aprovechar la ocasión para contaros algunos detalles que quizás no conozcáis de la escena inicial –ya convertida en un icono en sí misma– y que tiene especial relevancia para la paleoantropología.

2001: Una odisea del espacio

Al comienzo de la película, una frase sobreimpresa nos da cuenta de lo que vamos a ver: The dawn of man, que yo traduciría como «Los albores (o el origen) de la humanidad».

Un lento amanecer abre paso a un paisaje agreste, una región semiárida que fácilmente podemos asociar con una región de África, donde vemos a un grupo de animales de aspecto simiesco ­–en posición cuadrúpeda y con el cuerpo completamente cubierto de pelo– alimentándose de lo que encuentran a su alrededor, insectos, bayas y otros frutos.

La siguiente escena nos traslada a una charca donde el grupo está reunido desparasitándose y bebiendo tranquilamente, una conducta comparable a la que hoy en día realizan los chimpancés. Esta imagen apacible se ve alterada cuando otro grupo de «simios» asoma por una pequeña colina. Ambos grupos comienzan a gesticular, hacer aspavientos y gritar en un intento de defender, unos su territorio y otros su derecho a acceder al agua de la charca. La cosa no va más allá y, finalmente, el grupo «invasor» se hace con el acceso al líquido al tiempo que los otros se marchan.

Otra escena. Llega un nuevo día –y suponemos que ha transcurrido una gran cantidad de tiempo– y aparece uno de los personajes más importantes de la película: una piedra de color negro, con forma de paralelepípedo, perfectamente pulimentada y clavada en el suelo en posición vertical. Los simios se sorprenden de su presencia pero tampoco le dan mayor importancia.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

Al siguiente amanecer – ¿un nuevo salto temporal?– y, a la sombra del «monolito», vemos cómo uno de estos antepasados coge el hueso de un animal muerto y comienza a golpear su esqueleto al tiempo que se yergue sobre las dos piernas traseras. De golpear un cráneo a emplear ese hueso como arma para cazar animales transcurren unos pocos fotogramas. Ya tenemos a nuestro antepasado cazador.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

A partir de aquí las cosas comienzan a ir más deprisa: estos primates comienzan a comer carne, a manejar herramientas con las extremidades superiores, vemos a crías «aprendiendo» lo que es una maza 3 y por último, a un grupo rival caminar erguidos sobre dos piernas y a uno de sus miembros matar a golpes a otro de sus congéneres con la nueva arma. Como se suele decir, el resto es historia.

2001: Una odisea del espacio. 1968. Metro-Goldwyn-Mayer

Supongo que pocos de los que estáis leyendo estas líneas no habéis visto o no recordáis esta escena pero, por si acaso, os la dejo completa (podéis agrandar el reproductor):

Lo que Kubrick y Clarke quisieron poner de manifiesto en los primeros minutos de la película es la representación gráfica de la idea dominante en esa época acerca de la evolución de nuestros antepasados, la aparición de un animal que camina sobre dos piernas y es capaz de cazar y matar otros animales para su sustento. Un hueso se convierte «de pronto» en una herramienta para golpear, pero también para matar. Es un salto evolutivo gigantesco y dramático.

La hipótesis del «simio asesino»

Este planteamiento tiene su origen en una hipótesis defendida por uno de los paleoantropólogos pioneros en el estudio de la evolución humana: Raymond Dart. Él sostenía que Australopithecus africanus –que vemos «evolucionando» en los minutos iniciales de la película– eran una especie agresiva que utilizaba huesos y cuernos como armas y los empleaba para matar tanto a sus rivales como a otros animales. Llamada killer ape hypothesis o hipótesis del «simio asesino» tuvo una acogida desigual entre la comunidad científica 4.

El Dr. Dart había llegado a esa conclusión al quedar impresionado por la gran cantidad y diversidad de huesos fosilizados encontrados en Makapansgat, un yacimiento sudafricano que hoy forma parte de lo que conocemos como la Cuna de la Humanidad, donde Dart estuvo gran parte de su carrera realizando excavaciones.

Al recopilar diferentes restos fósiles se dio cuenta de que casi todos los huesos estaban fragmentados, aparecían literalmente destrozados debido a lo que él pensó eran golpes intencionados (como los golpes que vemos en la película). También se encontraron «porras» y «lanzas» hechas con huesos y cuernos de antílope cuyas puntas parecían coincidir con las marcas que presentaban algunos de los fósiles recuperados. Así, esos huesos se convirtieron en la prueba de las primeras «luchas» o «guerras» de la humanidad.

Una visión diferente.

Uno de los discípulos del Dr. Dart, Bob Brain, tenía una versión más «optimista». Brain se preguntó cómo se habían formado los fósiles y cuál era el motivo de que aparecieran incrustados literalmente en los bloques de roca (en brecha). Debemos recordar que el yacimiento de Makapansgat había sido una mina de la que se extraía el mineral empleando explosivos. No es necesario decir que los mineros tenían un nulo interés en el estudio de los restos fósiles. Su única preocupación era recuperar la mayor cantidad de mineral con el menor esfuerzo posible.

En este sentido, Brain se preguntó si las marcas que presentaban los fósiles ­—esas fracturas y marcas características— se debían más bien a la forma en que se había producido la fosilización, que a la manera en que habían muerto nuestros antepasados. Tras años de trabajos, concluyó que los fósiles presentaban esas marcas características porque en realidad eran los restos dejados por carnívoros después de cazarlos y comérselos 5.

Los leopardos, hienas, tigres dientes de sable y gatos gigantes con los que convivían nuestros antepasados, eran uno de nuestros principales depredadores. Literalmente nos daban caza, y conducían sus trofeos a la profundidad de las cuevas para devorarlos tranquilamente. El paso de decenas de miles de año hizo el resto.

The man hunters

 No quería terminar sin contaros otra anécdota en relación con la película. En términos generales, la opinión mayoritaria es que la película mantiene una buena coherencia científica tanto en los efectos especiales como en el argumento en sí mismo.

En lo que respecta a la escena inicial, los realizadores contaron con el asesoramiento científico y colaboración de los paleoantropólogos F. Clark HowellPhillip Tobias. Este último fue el encargado de trabajar con los actores que interpretaban a los «simios» bajo unos pesados y calurosos disfraces para que comprendieran cómo se comportaban y caminaban los australopitecinos. Algunas de las sesiones de trabajo aparecieron en un documental titulado The man hunters 6 emitido por primera vez en 1971. Puedes verlas a continuación:

El documental completo, para quien tenga interés, lo podéis ver aquí.

Notas

Nueva campaña de excavación en la cueva Rising Star

Portada: fotograma del documental de National Geographic «Discovering Homo Naledi: Journey to Find a Human Ancestor, Part 1 | Nat Geo Live»

Hace varios días empezó una nueva campaña de excavación en el complejo de cuevas Rising Star cerca de Johannesburgo. El yacimiento de Rising Star está formado por varias cámaras subterráneas con un acceso enormemente complicado donde se han hallado los restos de Homo naledi, el último miembro del género Homo, que fue descrito por un equipo multidisciplinar de científicos encabezados por el profesor Lee Berger de la universidad de Witwatersrand (te recomiendo que leas una introducción al tema en esta anotación: Una estrella en ascenso para buscar el origen de la humanidad. La cueva Rising Star).

Uno de los aspectos más llamativos e interesantes de este equipo de científicos ha sido su interés en que el público general pueda seguir el día a día de su trabajo desde cualquier parte del mundo. Lo lograron instalando cámaras en el interior de la cueva y desplegando kilómetros de cables, permitiendo incluso que hubiera señal WiFi en la cámara más profunda de donde se han extraído miles de restos fósiles. Creo que merecen nuestro aplauso y reconocimiento ya que gracias a este empeño en favor de la divulgación han conseguido, por ejemplo, que miles de estudiantes en escuelas repartidas por todo el mundo vieran en directo cómo trabajan y pudieran hacerles preguntas a las excavadoras y al resto del equipo mientras se hacían los descubrimientos (si quieres conocer algunos detalles de lo complicado de los trabajos y otras curiosidades, puedes ver la charla que dí sobre este tema: Paleoantropología 2.0).

Como digo, hace unos días se han retomado los trabajos y de nuevo tenemos la oportunidad de conocer no sólo cómo se lleva a cabo la recuperación de los fósiles, sino también otros aspectos interesantes acerca del funcionamiento de una compleja excavación paleoantropológica. Regularmente se hacen conexiones en directo a través de Periscope y Facebook Live, y se publican fotografías en Twitter Instragram que nos hacen sentirnos parte del equipo. Algo nunca visto hasta ahora en este campo de investigación.

Por ejemplo, en el primer vídeo que quiero compartir con vosotros, Lee Berger –director de la excavación– nos muestra cuál es el acceso a la cueva y también cómo son los alrededores del yacimiento –debemos tener presente que se trata de un complejo subterráneo y que desde el exterior sólo se aprecian los árboles que rodean la entrada–. Mucho ha cambiado este paisaje desde que se plantaron las primeras tiendas de campaña allá en 2013. De hecho, parte de la labor realizada en la zona –además de colocar vallas en el perímetro y cerrar con una reja la entrada– ha incluido la retirada de plantas que no eran endémicas de la región y la reintroducción de animales autóctonos.

Otro de los detalles llamativos de este yacimiento es que la entrada a la cueva, cuya importancia para el estudio de la evolución humana se conoció hace 5 años, se encuentra a muy corta distancia de dos de los yacimientos paleoantropológicos más importantes del continente africano: SwartkransSterkfontein (el profesor Berger mantiene varios equipos de espeleólogos inspeccionando las numerosas cuevas de la región en busca de otros posibles lugares donde recuperar más fósiles, por lo que no podemos descartar que pronto tengamos noticias en este sentido).

En el siguiente vídeo, el profesor Berger nos explica cómo es trabajo desde el «centro de control», el lugar donde tienen que permanecer todos aquellos que no poseen la complexión física necesaria para atravesar los estrechos pasajes que llevan a las diferentes cámaras. Allí están los ordenadores y los teléfonos que permiten una comunicación directa con diferentes partes de la cueva, así como la zona donde se dan las últimas instrucciones a las excavadoras, ahora mundialmente conocidas como «astronautas subterráneas».

Para que podáis orientaros mejor, os dejo un esquema de la cueva donde se se aprecian los estrechos pasadizos que hay que atravesar (uno recibe el nombre de «pasadizo de supermán» y otro sencillamente el de «conducto») y la pared que hay que escalar («espalda del dragón»). La mayoría de fósiles se han recuperado en la cámara Dinaledi:

Esquema de Rising Star y la cámara Dinaledi donde se encontraron los primeros restos de Homo naledi.

Precisamente, una de las partes más complicadas para trabajar es el «conducto» (chute en inglés), ya que se trata de un conducto vertical que posee una anchura máxima de 18 centímetros y que desemboca en el suelo de la cámara Dinaledi. Tan complicado es el acceso por este lugar, que la retirada del material fósil de la cámara requiere un enorme trabajo de preparación: los huesos deben estar en todo momento protegidos de cualquier posible daño.

Mathebela Tsikoane, un nuevo miembro del equipo, nos explica en este vídeo cómo se recupera el material ya que ahora mismo se encuentran excavando justo al final del «conducto», en la base:

Y lo que están tratando de hacer es sacar a la superficie un esqueleto (parece que parcial) de un ejemplar de Homo naledi. Una vez retirada la capa superior de sedimento, la labor de las dos astronautas subterráneas, Marina Elliott y Becca Peixotto, es preparar adecuadamente los restos para liberarlos del sustrato.

Una de las hipótesis de trabajo del equipo de investigación es que Homo naledi introducía deliberadamente a sus congéneres muertos en esta cámara arrojándolos por el conducto. De esta forma, ha sido posible encontrar esqueletos casi completos y articulados, es decir, con los huesos aún unidos a pesar de llevar «enterrados» decenas de miles de años. 

La forma de proceder es la misma que la que se hace diariamente en decenas de yacimientos: se cubren los fósiles con una fina cubierta de plástico y luego se refuerza todo con escayola y gasa:

Luego se deja secar,

O se acelera la tarea con ayuda de un secador de pelo (el nivel de humedad en el interior de la cueva es enorme, y los huesos se recuperan literalmente empapados de agua):

 

En fin, una forma apasionante de aprender acerca de nuestro pasado y comprender mejor cómo es la labor que decenas de científicos llevan a cabo en su esfuerzo por responder a las preguntas que la humanidad se lleva planteando desde el origen de los tiempos: quiénes somos y de dónde venimos.

Os dejo por último con una reivindicación del profesor Berger acerca de la labor de las mujeres científicas con ocasión del día internacional de la mujer celebrado el pasado 8 de marzo:

 

Puedes estar al tanto de todo siguiendo a los protagonistas en las redes sociales:

Lee Berger: @LeeRberger (twitter); Lee R. Berger (facebook)

John Hawks: @johnhawks (twitter); John Hawks (facebook); http://www.johnhawks.net/weblog (blog)

Marina Elliott:  @Troglonaut1 (twitter); Marina Elliott (facebook)

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La ruta costera de entrada en América

Se han planteado varias hipótesis acerca de cómo y cuándo llegaron nuestros antepasados por primera vez al continente americano (lo hemos tratado con anterioridad en la anotación titulada ¿Quienes fueron los primeros pobladores de América?). Se trata de una cuestión que genera un intenso –e interesante– debate tanto en la comunidad científica como entre el público en general, debate que se ha visto agudizado porque en los últimos años la hipótesis que más consenso aglutinaba se ha visto ampliamente superada por los resultados de las investigaciones más recientes.

Hace unas décadas pocos dudaban de que los primeros colonizadores del continente americano habían llegado atravesando Beringia —una porción de tierra que hoy en día se encuentra sumergida bajo el actual estrecho de Bering y que en otro tiempo unió los continentes asiático y americano—. Desde ahí siguieron su camino a través de un «corredor libre de hielo» (ice-free corridor) abierto entre dos masas glaciares en retroceso, lo que les permitió alcanzar las llanuras al este de las Montañas Rocosas. De esta manera, hace aproximadamente 13.500 años, estos antepasados desarrollaron un complejo de herramientas de piedra —que hoy conocemos como «cultura Clovis»— y se expandieron rápidamente hacia el sur colonizando todo el continente en un corto plazo de tiempo (alrededor de 1.000 años).

Dado que durante la última glaciación Beringia unía por tierra Asia y América y que, al parecer, los primeros americanos eran nómadas que practicaban la caza mayor, fue fácil concluir que éstos habían seguido a los mamuts y a otras presas desde Asia en dirección sur. La fecha propuesta para la entrada en las llanuras americanas casaba con la ausencia –hasta ese momento– de ningún yacimiento arqueológico con una antigüedad mayor.

Sin embargo, cada vez tenemos más pruebas que apoyan la idea de que los primeros colonizadores siguieron una ruta costera. Según esta hipótesis, la entrada en América desde Beringia se verificó hace aproximadamente 16.000 años utilizando embarcaciones de diferentes tipos. Este flujo migratorio no se interrumpió y se produjo una rápida expansión hacia el sur por la costa del Pacífico, llegando a Chile al menos hace 14.500 años, donde se asentaron en lo que hoy conocemos como el yacimiento arqueológico de Monte Verde 1.

Nuevas dataciones para los yacimientos del interior

Como hemos apuntado, la hipótesis inicial que defendía la migración hacia el sur a través del «corredor libre de hielo» sufrió un primer revés serio cuando la datación del yacimiento de Monte Verde II en Chile arrojó 14.500 años de antigüedad, más de 1.000 años antes de que aparecieran las primeras herramientas de los Clovis. Desde entonces han ido apareciendo muchos yacimientos más antiguos que los primeros artefactos de este complejo cultural.

Por ejemplo, las recientes excavaciones en el yacimiento de Page-Ladson han sacado a la luz huesos de mastodonte y herramientas de piedra datados en 14.550 años 2. Page-Ladson era una dolina con un pequeño estanque en su interior donde se podía encontrar agua dulce. Actualmente forma parte del lecho del río Aucilla. Con esta configuración se trataba de un lugar magnífico donde nuestros antepasados podían conseguir alimento. Los animales acudirían allí para refrescarse y podrían ser cazados con relativa facilidad. De hecho, los restos de mastodontes y las puntas de flecha introducidas entre los huesos son los que acreditan la presencia humana.

Otro yacimiento interesante es el de las cuevas Paisley. En 2008 se publicó el hallazgo de unos coprolitos (término con el que se designan los excrementos fósiles) cuyo estudio de ADN confirmó que se trataba de heces humanas datadas entre hace 14.000 y 15.000 años 3. El yacimiento lo conforman una serie de cuevas poco profundas cercanas a la localidad de Paisley, desde las que se domina un antiguo lecho lacustre. La hipótesis lanzada en aquel momento fue la de que nuestros antepasados se habían adentrado en la región desde el Pacífico remontando el curso de los ríos Columbia o Klamath.

Sin embargo, estos resultados se pusieron en entredicho 4 sobre la base de que los análisis de ADN presentaban defectos metodológicos y que los restos se habían recuperado en un yacimiento alterado (de ahí la sospecha de que las fechas obtenidas mediante radiocarbono no eran fiables). Asimismo, los críticos sostenían que no se habían localizado otros tipos de artefactos que dieran más robustez a los resultados.

La cuestión parece haberse resuelto con la publicación en 2012 5 de un nuevo trabajo donde se analiza con más detalle la estratigrafía del yacimiento y se informa de la recuperación de varias puntas de flecha. Ahora la datación del yacimiento es más fiable y arroja una antigüedad de 14.500 años.

En definitiva, cada vez tienen más aceptación las dataciones de algunos yacimientos que apoyan la presencia humana en el continente americano antes de la aparición de la «cultura Clovis». Por tanto, la hipótesis de la entrada por la ruta costera se ve reforzada ya que por esas fechas el «corredor libre de hielo» aún no existía.

En cualquier caso, debemos tener presente que no fue hasta hace unos 17.000 años cuando la costa del Pacífico se hizo practicable con la retirada de las masas de hielo y se pudo formar un «camino» rico en recursos terrestres y marítimos (especialmente algas marinas) y sin grandes barreras geográficas que complicasen la travesía 6 7.

De lo dicho hasta ahora podría pensarse que la hipótesis de la ruta costera está firmemente confirmada, aunque lo cierto es que necesitamos encontrar pruebas de presencia humana a lo largo de dicha ruta. En esencia, lo ideal sería encontrar varios yacimientos con dataciones precisas superiores a los 15.000 años antes del presente en el sudoeste de Alaska o la Columbia Británica canadiense, y que se extendieran por toda la costa hacia el sur.

Cambiando de paradigma

Sin embargo, no es probable que tengamos tanta suerte. El principal problema a la hora de someter a prueba las diferentes hipótesis acerca de cómo se produjo la entrada en el continente americano tiene mucho que ver con el clima.

Los glaciares comenzaron a derretirse hace aproximadamente 26.500 años (durante el Último Máximo Glacial), permitiendo no sólo el paso a las llanuras americanas a través del «corredor libre de hielo» del que tanto hemos hablado, sino también seguir la ruta por la costa bastante tiempo antes.

Pero éstas no fueron las únicas consecuencias. El masivo aporte de agua tras la fusión de los glaciares hizo que el nivel del mar aumentase globalmente entre 100 y 125 metros 8, inundando grandes porciones de costa. A raíz de esto quedó sumergido bajo el agua cualquier posible yacimiento arqueológico que pudieran albergar y que nosotros pudiéramos investigar.

Aunque sí que hay algo que podemos hacer para resolver este problema. Por ejemplo, estudiar las zonas adyacentes a Beringia para tratar de localizar yacimientos costeros en zonas de escasa profundidad. Otra opción es buscar posibles asentamientos en aquellas islas que no estuvieron conectadas a tierra durante el Pleistoceno o, de forma más indirecta, buscar pruebas de un posible «comercio» de objetos relacionados con el mar –conchas, anzuelos u otros elementos de este tipo– en yacimientos del interior, lo que demostraría una conexión con marineros o ecosistemas marinos. Del mismo modo, la búsqueda de posibles yacimientos en las riberas de ríos como el Columbia podría ofrecer buenos resultados ya que esos cursos de agua eran una fuente fiable de alimento y también se podían remontar fácilmente hacia el interior.

Otra estrategia –que lleva en práctica desde hace unos años– consiste en localizar los lugares de la ruta que pudieron servir como asentamientos para estos antiguos marineros. Esto nos permitiría acotar en gran medida la búsqueda de yacimientos arqueológicos viables. La forma de hacerlo es buscando un recurso insoslayable: el agua dulce. Hoy en día, varios equipos de científicos están escaneando el fondo marino para localizar el curso de los ríos antiguos. Esperemos que estos trabajos den frutos pronto.

En definitiva, debemos tener en cuenta que cualquier planteamiento que sigamos se encontrará con diversas dificultades como la erosión del fondo marino y de la línea de costa. Esto ha provocado el desplazamiento de los yacimientos decenas e incluso centenares de kilómetros desde sus ubicaciones originales. Por lo tanto, se precisa un programa de investigación interdisciplinar. Los avances metodológicos y de análisis nos permitirán comprender mejor cuándo, cómo y porqué se produjo la colonización de América y, para ello, el estudio de las regiones costeras es fundamental.

Yacimientos costeros del norte

Contamos con un buen número de yacimientos arqueológicos en la costa noreste de América. Vamos a analizar algunos de ellos.

Yacimientos arqueológicos en la costa noreste de América.

Comenzaremos por la cueva Shuká Kaa (antes llamada On Your Knees e identificada con el código 49-PET-408) 9. Se trata de una pequeña cueva kárstica situada en la isla del Príncipe de Gales en el sudeste de Alaska. El uso más intensivo de la cueva tuvo lugar entre hace 11.200 y 9.200 años, con la aparición de restos de pequeñas hojas de corte fabricadas con obsidiana, numerosos bifaces y otros tipos de herramientas de piedra 10. También se ha recuperado un esqueleto cuya datación coincide con ese nivel arqueológico y sobre el que se han realizado unos estudios de isótopos que han permitido saber que seguía una dieta rica en alimentos del mar.

Más al sur, la isla Richardson alberga un yacimiento –localizado en la costa sudeste de Haida Gwaii– datado entre hace 10.600 y 9.500 años 11, donde se han recuperado más de 10.000 artefactos líticos, pudiendo distinguir dos componentes culturales: el primero, el nivel basal, con una datación que va desde los 10.600 a los 10.000 años caracterizado por la abundancia de bifaces; y un segundo datado entre los 10.000 y los 9.500 años. El componente 1 coincide con un lugar de habitación ya que se han encontrado pruebas de la existencia de un hogar, agujeros para postes de madera y restos de huesos calcinados (con una notable abundancia de peces de roca).

En las cuevas Gaadu Din 11, situadas en la costa este de la isla Moresby, se hallaron huesos de pequeños animales en superficie, aunque una excavación sistemática permitió que se recuperaran –tras varios años de trabajo– más huesos de nutrias, ratones, murciélagos y, en lo que más nos interesa, osos negros. El yacimiento se convirtió en arqueológicamente interesante cuando se desenterraron los restos de una antigua cacería de osos con puntas de lanzas mezcladas con los huesos. El conjunto ha sido datado en 12.700 años.

Finalmente, durante la celebración del congreso de 2017 de la Sociedad Americana de Arqueólogos, Duncan McLaren y Daryl Fedje hicieron público un hallazgo en la isla Calvert, situada en la costa de la Columbia Británica 13. El equipo de arqueólogos del instituto Hakai ha encontrado un total de 29 huellas que pertenecieron a nuestros antepasados y que han sido datadas de forma provisional en 13.200 años. Aunque hemos de esperar a la publicación formal del trabajo en una revista científica, el anuncio en sí ha generado una enorme expectación.

El clima de nuevo ha jugado un papel fundamental en este descubrimiento: una vez que la tierra se libró del peso de los glaciares en retroceso, partes de la corteza subyacente que estaban hundidas «rebotaron», elevando esta isla (y otras de la zona) lo suficiente para permitir que escaparan a la subida del nivel del mar.

Sin embargo, no todo está resuelto

Hemos realizado un breve recorrido por algunos de los yacimientos costeros más interesantes del continente americano pero, llegados a este punto, es necesario dejar claro que la ruta por el «corredor libre de hielo» fue utilizada con seguridad por nuestros antepasados. Lo que no sabemos a ciencia cierta es cuándo y de qué manera se empleó ese corredor.

En una anotación anterior ya analizamos todos estos escenarios a raíz de la publicación de un trabajo de prospección realizado en el propio «corredor», donde los investigadores concluyeron 14 que la hipótesis más plausible sugería la colonización de América en una oleada a lo largo de la costa, y un movimiento posterior (hace menos de 12.500 años) de norte a sur y viceversa a través del «corredor libre de hielo».

Otra pregunta que hay que responder es si esta colonización se produjo mucho antes de la última desglaciación (que se produjo hace alrededor de 25.000 años) o después. En la actualidad, los abundantes datos arqueológicos y genómicos sugieren que la colonización se produjo en un lapso temporal que va desde los 25.000 a los 15.000 años antes del presente 15, aunque lo más probable es que ocurriera en la mitad final de este rango. Un dato muy relevante en relación a esta cuestión es que, pese al enorme esfuerzo realizado, los investigadores no han encontrado pruebas claras de la presencia de nuestros antepasados en el noroeste de Asia antes de los 50.000 años.

En cualquier caso, no hemos tratado en esta anotación el abundante número de estudios sobre el ADN antiguo que permiten extraer información relevante para comprender cómo y cuándo se produjo la colonización de América. Comprender tanto la metodología como las conclusiones de estos trabajos requiere que les dediquemos una anotación temática que abordaremos en breve para completar el cuadro general acerca de la migración de nuestros antepasados.

En definitiva, seguiremos de cerca los nuevos descubrimientos y profundizaremos en los yacimientos que hemos visto para ofrecer una imagen cada vez más completa de esta migración.

Referencias

Dyke, A. S. (2004), «An outline of North American deglaciation with emphasis on central and northern Canada». En: Ehlers, J. y Gibbard, P. L. (ed.). Developments in Quaternary Sciences. Elsevier, 373-424.

Erlandson, J. M. y Braje, T. J. (2011), «From Asia to the Americas by boat? Paleogeography, paleoecology, and stemmed points of the northwest Pacific». Quaternary International, vol. 239, núm. 1–2, p. 28-37.

Erlandson, J. M. y Braje, T. J. (2015), «Stemmed points, the coastal migration theory, and the peopling of the Americas». En: Frachetti, Michael David y Spengler III, Robert N. (eds.). Mobility and ancient society in Asia and the Americas. Heidelberg, New York, Dordrecht, London: Springer International Publishing, 49-58.

Erlandson, J. M.; Moss, M. L. y Des Lauriers, M. (2008), «Life on the edge: early maritime cultures of the Pacific Coast of North America». Quaternary Science Reviews, vol. 27, núm. 23, p. 2232-2245.

Fiedel, S. J. (2000), «The peopling of the New World: present evidence, new theories, and future directions». Journal of Archaeological Research, vol. 8, núm. 1, p. 39-103.

Llamas, B., et al. (2016), «Ancient mitochondrial DNA provides high-resolution time scale of the peopling of the Americas». Science Advances, vol. 2, núm. 4, p. e1501385.

Madsen, D. B. (2004), Entering America: northeast Asia and Beringia before the last glacial maximum. Salt Lake City: University of Utah Press, vi, 486 p.

Potter, B. A., et al. (2017), «Early colonization of Beringia and Northern North America: chronology, routes, and adaptive strategies». Quaternary International, vol. 444, Parte B, p. 36-55.

Wade, L. (2017), «Relics of the first Americans?». Science, vol. 356, núm. 6333, p. 13-14.

Wade, L. (2017), «On the trail of ancient mariners». Science, vol. 357, núm. 6351, p. 542-545.

Notas

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