José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
¿Se ha encontrado el «jardín del Edén»?

¿Se ha encontrado el «jardín del Edén»?

     Última actualizacón: 13 noviembre 2019 a las 12:29

Cuando alguien afirma, como ha hecho la profesora Vanessa Hayes, que han «reescrito nuestra historia humana» gracias a las conclusiones de un estudio, reconozco que se me acelera el corazón. Pero no por la emoción de asistir a un momento clave de la historia de la ciencia, sino porque lo más seguro es que estemos ante otro chasco, uno que hará daño a la comprensión de la evolución humana.

Hoy analizamos un estudio publicado en Nature 1 que sostiene que el origen de Homo sapiens puede localizarse en un lugar concreto, el antiguo lago Makgadikgadi; y en un momento específico, hace 200000 años (este antiguo lago se encontraba en lo que hoy en día es el norte de Botsuana –la región que se extiende entre el delta del Okavango y los salares de Makgadikgadi–).

Ese enorme lago comenzó a desaparecer hace 200000 años debido a una enorme sequía, dejando en su lugar a un enorme humedal. Según las conclusiones de este trabajo, los humanos modernos se establecieron en esta región donde permanecieron unos 70000 años, hasta que un cambio climático los obligó a migrar: primero hacia el noreste, y luego al suroeste. De ahí se desplazaron a otras zonas del continente africano y, llegado el tiempo, al resto del mundo.

Los detalles del estudio

El equipo ha analizado el ADN mitocondrial (ADNmt) de 1217 personas del sur de África; y gracias a la participación de un geólogo y varios climatólogos, los investigadores han podido analizar la existencia del mega-lago, así como el desplazamiento de nuestros antepasados.

El árbol genealógico de todo el mitogenoma humano está enraizado en algún lugar de África, y su base se divide en dos grandes ramas: L0 y L1. La rama L0 se encuentra fundamentalmente en los pobladores del sur de África, como los khoisan que han sido objeto de este trabajo. Dado que los estudios genéticos se han centrado sobre todo en poblaciones occidentales, gran parte de la rama L0 está poco estudiada.

El equipo de Hayes ha tratado de rellenar ese hueco buscando personas que representan las subramas menos estudiadas de L0. Encontraron casi 200, y añadieron los mitogenomas de otros 1000 que ya constaban en bases de datos públicas. Comparando los resultados, Eva Chan estimó que el linaje L0 surgió en Makgadikgadi hace unos 200000 años.

En el último párrafo del artículo, sin embargo, los autores reconocen que las pruebas no descartan que los humanos modernos evolucionaran en fechas similares en otros lugares de África antes de cruzarse entre sí.

La controversia

Ha habido una fuerte reacción por parte de la comunidad científica a las conclusiones de este trabajo. De hecho, pocas veces se ha visto una respuesta tan coincidente a la hora de criticar un artículo de este tipo.

El principal problema es que el estudio se centra en una pequeña porción de ADN de poblaciones actuales, y no se preocupa del resto del genoma. Tampoco analiza ADN antiguo, ni tiene en cuenta los restos fósiles ni las herramientas de piedras u otros artefactos arqueológicos cuyas dataciones y localizaciones contradicen estos resultados.

Lo cierto es que la única forma de establecer con precisión la variación genética en el tiempo y el espacio es a través del análisis del ADN de restos fósiles bien datados mediante radiocarbono, algo bastante complicado. De hecho, si el equipo de Hayes hubiera analizado, en estas mismas poblaciones, el cromosoma Y (heredados por vía paterna), o cualquiera de los genes nucleares heredados de ambos padres, habrían obtenido respuestas diferentes.

En definitiva, este artículo se basa en asumir que los khoisan han permanecido en el mismo lugar durante cientos de miles de años. Algo a todas luces equivocado: la prehistoria ha sido larga, y las poblaciones se desplazaban continuamente. De hecho, aceptar estos resultados significaría aceptar que estos pueblos son «fósiles vivientes» que no solo no han cambiado en un margen tan largo de tiempo, sino que han permanecido en el mismo lugar de forma inexplicable.

Otros estudios genéticos

Este trabajo no solo no ha tenido en cuenta, sino que ni tan siquiera menciona, el resto de estudios genéticos que se han venido publicando los últimos años. Por ejemplo, un estudio de genomas completos 2 sugiere que los antepasados de los actuales khoisan divergieron de los antepasados de otras poblaciones africanas hace entre 350000 y 260000 años. Y otro estudio de genomas completos 3 apunta a una separación aún más antigua, que ronda los 500000 años.

Como hemos señalado, lo más preocupante es que no hay ningún tipo de comentario o discusión en este nuevo artículo sobre esos trabajos.

Los restos fósiles

En un yacimiento de Marruecos (Jebel Ihroud) se han descrito huesos atribuidos a Homo sapiens con una antigüedad de 315000 años 4. Por otra parte, en la cueva de Misliya se dató un maxilar en 180000 años, hecho que demostraba que Homo sapiens habían salido de África mucho antes de lo que se pensaba 5. Por último, este mismo año tenemos el descubrimiento de un cráneo en la cueva de Apidima datado en 210000 años, que también perteneció a Homo sapiens 6.

Todos estos hallazgos sugieren que Homo sapiens no solo surgió antes, sino que se migró más lejos, y más pronto fuera de África, de lo que señala el trabajo de Hayes.

Conclusiones

Hoy en día la mayoría de científicos ha abandonado la idea de que la humanidad tuvo su origen en un solo lugar de África, y en un momento determinado. Al contrario, la hipótesis más aceptada hoy en día es que todo el continente fue nuestro hogar.

Por este motivo aparecen fósiles humanos y las herramientas de piedra avanzadas por todo el continente aproximadamente al mismo tiempo. La misma razón por la que los árboles genealógicos que se basan en diferentes partes del genoma apuntan a un origen en diferentes momentos y lugares. Como indica la profesora Martinón-Torres, la salida de África, que se conoce como Out of Africa, no fue un evento único ni sencillo. Estamos ante movimientos de expansión y contracción de grupos cuando las barreras biogeográficas y climáticas lo permitieron.

Bibliografía recomendada

Groucutt, H. S., et al. (2015), «Rethinking the dispersal of Homo sapiens out of Africa«. Evolutionary Anthropology: Issues, News, and Reviews, vol. 24, núm. 4, p. 149-164.

Los actuales datos fósiles, genéticos y arqueológicos indican que Homo sapiens se originó en África a fines del Pleistoceno Medio. En este artículo se hace una revisión de los datos arqueológicos, fósiles, ambientales y genéticos para evaluar el estado actual del conocimiento sobre la dispersión de Homo sapiens fuera de África. Se constata una variabilidad dinámica del comportamiento, una serie de interacciones complejas entre poblaciones y un complejo legado genético y cultural. Esta complejidad evolutiva desafía las narraciones simples y sugiere que se requieren modelos híbridos para comprender la expansión del Homo sapiens en Eurasia.

Scerri, E. M. L., et al. (2018), «Did our species evolve in subdivided populations across Africa, and why does it matter?«. Trends in Ecology & Evolution, vol. 33, núm. 8, p. 582-594.

La visión de que Homo sapiens evolucionó en una sola región o a partir de una única población dentro de África ha sido la más habitual en los estudios de evolución humana. Aquí, los autores argumentan que Homo sapiens evolucionó dentro de un conjunto de grupos interconectados que vivían en África, cuya conectividad cambió con el tiempo. Por lo tanto, los modelos genéticos deben incorporar una visión más compleja de la migración antigua y la divergencia en África.

Scerri, E. M. L.; Chikhi, L. y Thomas, M. G. (2019), «Beyond multiregional and simple out-of-Africa models of human evolution«. Nature Ecology & Evolution, vol. 3, núm. 10, p. 1370-1372.

Hemos asistido a un cambio desde una visión multirregionalista de los orígenes humanos a una aceptación generalizada de que los humanos modernos surgieron en África. En este trabajo los autores sostienen que un modelo simple de la hipótesis «fuera de África» también está desactualizado, y que la situación actual favorece un modelo estructurado de metapoblación africana para los orígenes de Homo sapiens.

Notas

  1. Chan, E. K. F., et al. (2019), «Human origins in a southern African palaeo-wetland and first migrations«. Nature.
  2. Schlebusch, C. M., et al. (2017), «Southern African ancient genomes estimate modern human divergence to 350,000 to 260,000 years ago«. Science, vol. 358, núm. 6363, p. 652-655.
  3. Insights into human genetic variation and population history from 929 diverse genomes”. Pre-publicado en BiorXiv.
  4. Hublin, J.-J., et al. (2017), «New fossils from Jebel Irhoud, Morocco and the pan-African origin of Homo sapiens«. Nature, vol. 546, núm. 7657, p. 289-292.
  5. Hershkovitz, I., et al. (2018), «The earliest modern humans outside Africa«. Science, vol. 359, núm. 6374, p. 456-459.
  6. Harvati, K., et al. (2019), «Apidima Cave fossils provide earliest evidence of Homo sapiens in Eurasia«. Nature, vol. 571, núm. 7766, p. 500-504.
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Un cuchillo de heces humanas, o como funciona la ciencia

Un cuchillo de heces humanas, o como funciona la ciencia

     Última actualizacón: 18 septiembre 2019 a las 13:09

Hace unos días publiqué un par de fotos en Instagram haciendo un comentario sobre un artículo que acaba de aparecer en la revista Journal of Archaeological Science. El trabajo llevaba por título «Experimental replication shows knives manufactured from frozen human feces do not work» 1, y en él, un equipo de investigadores describe que ha realizado un experimento que demostraba que los cuchillos fabricados a partir de heces humanas congeladas no servían para cortar.

Como imaginarás, el artículo (que puedes descargar a partir del enlace que facilito en las referencias) dio pie a todo tipo de comentarios jocosos. Sin embargo, como me hicieron ver varias personas, el trasfondo de esta investigación no era una broma y tenía más sentido del que yo le había otorgado al principio. Así que, siguiendo el lema informal de los premios Ig Nobel que dice que se premian aquellas investigaciones que «primero hacen reír a la gente, y luego la hacen pensar», he decidido escribir sobre este tema tras reflexionar un poco (y, por cierto, al final este trabajo no recibió ningún Ig Nobel).

La arqueología experimental

El equipo que ha publicado el artículo pertenece al departamento de antropología de la Universidad de Kent State, donde llevan años trabajando en el laboratorio de arqueología experimental.

Su trabajo consiste en tratar de recrear la vida de nuestros antepasados estudiando y analizando la cultura material que dejaron tras de sí: sus artefactos, ropas, los patrones de asentamiento, herramientas etc.

La mejor forma de averiguar cómo se ha fabricado un objeto, o cuál era su funcionamiento, es usarlo. Sin embargo, uno no puede coger una punta de flecha o un raspador recuperado en un yacimiento arqueológico y ponerse a trastear con él. Dado el incalculable valor de todo lo que se obtiene tras una excavación arqueológica, es preciso hacer réplicas de los mismos, lo que a su vez obliga a los investigadores a tratar de reproducir los mismos pasos que se dieron en su fabricación y, por supuesto, usar los mismos materiales. De esta forma, es posible fabricar puntas de flecha exactamente iguales a las originales que pueden disparar y someter a otros tipos de pruebas tantas veces como sea necesario.

En definitiva, gracias a la arqueología experimental somos capaces de saber cómo se fabricaban y usaban las herramientas, se construían las cabañas, se tejía la ropa etc. permitiendo a los especialistas entender cómo se comportaban nuestros antepasados.

En España contamos con el excepcional CAREX de Atapuerca que realiza esta misma labor 2.

Los antecedentes de la investigación

Wade Davis, antropólogo, etnobotánico, y fotógrafo canadiense, ha enfocado su trabajo en el estudio de las culturas indígenas de diferentes partes del mundo, especialmente del continente americano.

En 1998 publicó un libro titulado «Shadows in the sun: Travels to landscapes of spirit and desire» donde contaba esta anécdota:

Hay un relato bien conocido sobre un anciano que se negó a marcharse a un asentamiento. A pesar de las objeciones de su familia, hizo planes para quedarse en el hielo. Para evitarlo, le quitaron todas sus herramientas. Entonces, en medio de un temporal de invierno, salió de su iglú, defecó y le dio a las heces una forma de una hoja congelada, que afiló con un chorro de saliva. Con el cuchillo mató a un perro. Usando su caja torácica como un trineo, y su piel para enganchar a otro perro, desapareció en la oscuridad 3.

«Shadows in the sun: Travels to landscapes of spirit and desire» . Página 20.

Esta historia se ha repetido en innumerables documentales, charlas TED (puedes ver el fragmento concreto más abajo), conferencias, libros e incluso anuncios publicitarios.

Pero Davis no ha sido el único en llamar la atención sobre los cuchillos fabricados con heces. Lorenz Peter Elfred Freuchen, un explorador danés, describe un episodio que le ocurrió mientras estaba en el Ártico en su libro «Vagrant viking: my life and adventures» publicado en 1953: una noche de fuerte ventisca quedó bloqueado en su refugio por la densa capa de hielo y nieve que había caído. Pese al miedo inicial a quedar sepultado para siempre, Freuchen afirma que recordó la historia del cuchillo de heces y finalmente pudo salir fabricando uno y usándolo a modo de cincel para retirar la nieve.

Fabricando un cuchillo de heces

Tomando como base estas anécdotas, lo que hizo el equipo de Metin Eren fue contrastar, ni más ni menos, la veracidad de esas afirmaciones.

El argumento de partida fue que si un cuchillo fabricado con heces humanas no podía cortar la piel, los músculos y los tendones de un cerdo en un ambiente controlado, la posibilidad de que ese tipo de herramienta pudiera servir para descarnar un animal completo tenía que descartarse. Para el caso de que esa primera prueba fuera positiva, se plantearía un segundo experimento para hacerlo con un animal completo.

Lo primero que tenía que hacer el equipo era proveerse del «material» adecuado para fabricar los cuchillos. Tan delicada tarea recayó en dos miembros de equipo, quienes se sometieron a una dieta controlada: por un lado, Eren siguió una dieta rica en proteínas y calorías –similar a la alimentación de los Inuit– durante ocho días 4.; mientras que Michelle R. Bebber siguió una dieta más tradicionalmente «occidental».

Acto seguido se fabricaron dos tipos de cuchillos. En unos casos se usó un molde de arcilla para darles forma; mientras que otros se moldearon con las propias manos, tal y como refieren las historias que hemos descrito más arriba. Una vez completado el proceso, todos los cuchillos se conservaron a -20 ºC hasta el comienzo de los experimentos.

Tanto la piel, como el músculo y los tendones del cerdo se mantuvieron a -20 ºC hasta dos días antes de comenzar el experimento. A partir de ahí se permitió que se calentaran hasta una temperatura de 4 ºC.

Los cuchillos se extrajeron del congelador y se afilaron con una lima. Acto seguido se introdujeron en hielo seco a -50 ºC durante unos minutos para asegurarse de que estaban completamente congelados antes de comenzar los cortes…

Y el resultado fue que ninguno de los cuchillos consiguió hacer el más pequeño corte.

Conclusiones

Este experimento ha demostrado que, aun contando con las mejores condiciones para que el cuchillo pudiera hacer cortes, no fue capaz de hacer un mínimo arañazo en la piel.

Como adelantamos al principio, la publicación de este artículo ha generado una cascada de bromas y chistes de todo tipo. Sin embargo, hubo unos pocos que manifestaron un genuino interés por este estudio ya que el trabajo de un arqueólogo experimental es precisamente este: tratar de comprender cómo vivieron las personas en el pasado, fabricando y usando sus herramientas y objetos. Con este trabajo se ha seguido el método científico de esta disciplina: hacer una réplica del objeto y probar su uso. Y gracias a él, se ha conseguido desmontar una historia falsa, o cuando menos, con unos aderezos que la hacen poco verosímil.

Hoy en día resulta incuestionable que las observaciones etnográficas, arqueológicas y experimentales respaldan la idea de que los indígenas actuales y sus antepasados prehistóricos eran y son personas tecnológicamente ingeniosas, innovadoras y con un profundo conocimiento de su ambiente. Basta que pensemos cuánto tiempo podría sobrevivir cualquiera de nosotros —personas acostumbradas al tipo vida cómoda que nos ofrece nuestra sociedad— en un lugar como Groenlandia sin disponer de herramientas. La verdad es que duraríamos muy poco.

Por este mismo motivo, si una historia como la del cuchillo de heces se difunde sin contrastar, por más que se emplee para apoyar el argumento de que el pueblo Inuit es ingenioso, no estamos haciendo ningún bien. Por más que esta anécdota pueda parecer inocua, estamos abriendo la veda a aceptar cualquier argumento espurio: no habría ninguna razón por la cual no se pueda emplear otra historia falsa en apoyo de proposiciones que sí que puedan ser perjudiciales para esas sociedades.

El artículo que hemos analizado termina así:

Los antropólogos deben recabar de forma activa afirmaciones sin contrastar, suposiciones, rumores y leyendas urbanas, para ponerlas a prueba y asegurarse de que cualquier narrativa que se apoye en ellas sea lo más sólida posible.

Y tú, ¿qué opinas de este tema?

Referencias

  1. Eren, M. I., et al. (2019), «Experimental replication shows knives manufactured from frozen human feces do not work«. Journal of Archaeological Science: Reports, vol. 27, p. 102002.
  2. Te recomiendo que visites la siguiente página web: «Arqueología experimental en el «Diario de Atapuerca».
  3. La traducción es propia, puedes leer aquí el original.
  4. Aparece detallada en la información complementaria publicada junto al estudio
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Un día en el Museo de Altamira

Un día en el Museo de Altamira

Hace unos días se cumplía el 18 aniversario de la inauguración del Museo de Altamira, y dado que pocos días antes tuve la ocasión de visitarlo por primera vez junto a mi familia, quiero ofreceros en esta anotación un pequeño «paseo» por su exposición permanente y el interior de la Neocueva.

Lo primero que debéis saber es que la visita a la cueva original está muy restringida por razones obvias de conservación. Únicamente se permite el acceso a cinco personas cada viernes, elegidas mediante un sorteo entre los visitantes presentes ese día y que deseen participar. Si por cualquier razón no puedes ir un viernes, o no tienes suerte con el sorteo, siempre puedes visitar la Neocueva –una reproducción tridimensional muy rigurosa de la cueva original– que te permitirá comprender, admirar y disfrutar plenamente las pinturas que realizaron sus ocupantes originales. Mi recomendación es que escojas una visita guiada (no supone un incremento del precio de la entrada) ya que tendrás una información mucho más completa de todo lo que vas a ver en su interior; así como de los trabajos arqueológicos que se están llevando a cabo.

Voy a dejar la Neocueva para el final (y no me extenderé demasiado porque creo que las imágenes nunca hacen justicia a toda su belleza) y comenzaré este recorrido por la exposición permanente.

Exposición permanente

Dividida en cuatro bloques temáticos, el recorrido empieza con una introducción acerca de la labor de investigación arqueológica. Podemos contemplar cuál sería la «típica» mesa de trabajo de un prehistoriador (aunque como podéis ver, haría falta actualizar un poco su contenido).

Los diferentes paneles explicativos nos cuentan cómo se lleva a cabo el proceso para clasificar y analizar el material recuperado en las excavaciones; y cuáles son las distintas fuentes de las que podemos obtener información acerca de la vida de nuestros antepasados: el estudio de la macro y micro fauna, análisis de sedimentos, pólenes, tipología de las herramientas de piedra, hueso o asta y un largo etcétera.

El segundo bloque está dedicado a explicar cómo han evolucionado los homininos hasta llegar al Homo sapiens que habitó Altamira; centrándose en el análisis del Pleistoceno, es decir, el periodo de tiempo que comprende los últimos 2,6 millones de años (Ma). Como sin duda sabréis, la mayor parte de este proceso tuvo lugar en África Oriental, que es donde se han recuperado gran parte de los restos de Australopithecus, Homo habilis y Homo erectus.

De una forma muy gráfica, y con la ayuda de grandes paneles expositores, se reconstruyen los paisajes y ambientes, y así podemos hacernos una idea de cómo vivían y se desenvolvían nuestros antepasados, qué comían etc. Algunas de las dataciones que aparecen han sido refinadas gracias a recientes trabajos de investigación, pero en ningún caso supone un inconveniente para obtener una imagen de conjunto de nuestra evolución.

Por último, se analiza cuál es el posible origen de Homo sapiens y cómo migramos por el resto de los continentes.

El tercer bloque temático de la exposición permanente se centra en cómo era la vida en tiempos de Altamira.

Sabemos que los hombres que habitaron la cueva durante el Pleistoceno encontraron un clima más frío que el actual, y por tanto una flora y fauna similares a las que hoy podemos ver en latitudes más altas de Eurasia o América. Nuestros antepasados disponían de los conocimientos, la tecnología y la organización social necesarios para poder adaptarse a las duras condiciones ambientales. Y prosperaron.

En diferentes dioramas a tamaño real, podemos ver cómo se alimentaban: conoceremos tanto las técnicas que emplearon para cazar ciervos y bisontes o la recolección de vegetales, así como  la incorporación de moluscos, truchas y salmones a su dieta.

Hay un espacio dedicado a conocer cómo se fabricaban las herramientas de piedra, lo que conocemos como «industria lítica». Podemos entender, paso a paso, cómo nuestros antepasados fueron capaces de fabricar los útiles que necesitaban para distintas funciones: desde los más primitivos «cuchillos», a las más perfeccionadas herramientas para tratar las pieles, o fabricar otras herramientas. Del mismo modo, vemos la progresiva modificación de estas herramientas con una disminución del uso de la piedra en favor del asta o el hueso, lo que les permitió obtener formas de más precisión, como son los arpones, anzuelos, punzones o las agujas de coser para confeccionar ropa de abrigo.

Además podemos visualizar cómo en el entorno o en el interior de las cuevas se llevaban a cabo las tareas domésticas  como el procesado de alimentos, curtido de pieles, la fabricación de ropa y adornos, así como de las propias herramientas. Por supuesto, los ocupantes de Altamira conocían el uso del fuego.

Como veis en las imágenes, la exposición es muy visual, aunque también hay varios vídeos explicativos donde escuchamos de forma más detallada todos estos procesos. Una parte que me llamó mucho la atención, por lo acertado de su inclusión, fue la posibilidad de reproducir –a elección de los visitantes– una serie de vídeos cortos donde vemos a bosquimanos, esquimales o aborígenes australianos, realizar las tareas que suponemos análogas a las que los hombres de Altamira hicieron, desde la caza y recolección de alimentos, a la confección de prendas de abrigo y un largo etcétera.

Los investigadores suponen que Altamira era un lugar de agregación, un espacio en el que se reunían con cierta periodicidad grupos humanos que normalmente se hallaban dispersos por el territorio, tal vez para realizar algún tipo de ritual. Las investigaciones al respecto siguen su curso.

Y así llegamos a una de las partes que me han resultado más interesantes de toda la exposición: el arte.

Todos sabemos que Altamira es un lugar singular por la calidad de sus pinturas rupestres. Sin embargo, tenemos que saber que el primer problema al que se enfrentan los investigadores para su estudio es establecer su antiguedad. La técnica de datación empleada de forma más habitual para este tipo de pinturas es el método del radiocarbono con el que podemos datar restos orgánicos (hasta un máximo de unos 50000 años) ya que podemos analizar el carbón vegetal usado para la fabricación de los pigmentos.

Gracias a una serie de ejemplos, podemos comprender también cuál fue la técnica empleada para crear las magníficas pinturas de la cueva de Altamira: comenzando con el rayado y estriado para hacer un bosquejo o «modelo» del objeto a representar, y al mismo tiempo dar volumen al interior de una figura; siguiendo por la definición del contorno sobre el que finalmente se aplicarían los distintos pigmentos.

Éstos eran de origen mineral, con la salvedad del carbón vegetal empleado para los trazos negros. Los más habituales eran óxidos de hierro –ocres, hematites– que combinados con otros elementos permitían obtener tonos amarillos, rojos o pardos.

Los pigmentos se aplicaban bien con los dedos, o mediante tampones de cuero, o incluso «soplados» al modo de un aerosol con la boca; y en algunos casos se matizaban mediante raspado o lavado parcial.

Pero en Altamira no todo son pinturas rupestres. Destaca la interesantísima colección de arte mueble: útiles y herramientas (como puntas, arpones, buriles); piezas de adorno (colgantes); bastones perforados y otras piezas de hueso decoradas. Son numerosísimos los ejemplos de este tipo de objetos que podemos admirar en sus vitrinas.

Por último, hay una parte dedicada a la música con la que finaliza el recorrido por la exposición permanente.

Neocueva

Como dije al principio, he querido dejar las imágenes de la Neocueva para el final, aunque no voy a poner muchas por dos motivos:

  1. Por muchas fotografías que veas de este espacio, nunca podrán sustituir a la experiencia que supone entrar en ese lugar y contemplar el techo plagado de maravillosas pinturas. Es un lugar que tienes que visitar y experimentar de primera mano.
  2. Quiero escribir una anotación más en profundidad sobre este tema, que espero tener lista lo antes posible.

En cualquier caso, lo prometido es deuda:

Finalmente, no puedo terminar este texto sin reconocer lo mucho que me impactó un cuadro colgado a las espaldas de la reconstrucción del despacho de D. Marcelino Sanz de Sautuola, el descubridor científico de la cueva de Altamira.

Se trata de una obra de Fernando Vicente titulada «Gran explosión»:

Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)

Con la siguiente explicación

La Humanidad tuvo su origen en África. Somos africanos más o menos despigmentados, todas las personas que actualmente poblamos los cinco continentes formamos una misma y única Humanidad. Este cuadro expresa la idea de nuestro origen común. Además, y al igual que sus primeros colegas paleolíticos, el autor emplea las formas naturales del soporte (la forma del continente africano en este caso), para crear una imagen simbólica, para crear Arte.

Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)
Detalle. Fernando Vicente. «Gran explosión» (2004)

Conclusiones

Puedo aseguraros que la visita al Museo de Altamira es obligada; y aunque no puedas entrar en la cueva de Altamira, te garantizo que la Neocueva no te defraudará lo más mínimo. El personal del Museo es amable y atento; y el trabajo de las guías que explican todos los detalles de la Neocueva impecable.

Además, si vas con niños pequeños no tienes que preocuparte de nada. Hay numerosas actividades y talleres programados a diario para que ellos puedan pasar un rato más lúdico aprendiendo sobre la vida en la prehistoria, mientras lo más mayores podemos sumergirnos plenamente en la exposición. En cualquier caso, te aconsejaría que llevaras a los más pequeños a visitar tanto la exposición permanente como la Neocueva, porque es una experiencia que seguro les encantará.

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Beringia y la entrada en América (II)

Beringia y la entrada en América (II)

     Última actualizacón: 17 mayo 2020 a las 19:18

Dos modelos acerca de la colonización de América

La hipótesis de la «parada en Beringia» (Beringian standstill hypothesis)

Esta versión acerca de la forma en que se colonizó América implica que hubo poblaciones en Beringia hace 30000 años y que dispusieron de recursos suficientes durante el UMG para sobrevivir. Por lo tanto, deberíamos ser capaces de encontrar yacimientos en Siberia a latitudes mayores de los 60º N con una antigüedad de entre 40000 y 30000 años (especialmente en la parte occidental); también tendrían que existir yacimientos en la zona central de Beringia que ronden los 30000 años de antigüedad y que hubieran existido durante todo el UMG; y por último, un registro arqueológico de las herramientas y modos de vida de aquellas poblaciones genéticamente diferenciadas de las que llegaron de Asia y que dieron lugar finalmente a los nativos americanos.

Datos arqueológicos

Como adelantamos en la anotación anterior, las pruebas arqueológicas que apoyarían el modelo de una estancia prolongada en Beringia son limitadas. Contamos con bastantes datos que atestiguan la presencia de grupos humanos antes del UMG en la parte occidental de Beringia –la parte «siberiana» de la región– pero carecemos de pruebas sólidas de esos asentamientos en el resto de Beringia.

Lo primero que debemos tener claro es que nuestros antepasados tuvieron que aprender a subsistir en el clima extremo del ártico siberiano. Y eso es precisamente lo que vemos en los yacimientos paleolíticos del río Yana, situados en la parte occidental de Beringia. Concretamente, el yacimiento Yana RHS (por las siglas en inglés de Rhinoceros Horn site, yacimiento del cuerno de rinoceronte) es el más antiguo encontrado hasta la fecha con una datación de 32000 años 1.

Está formado por varios estratos congelados y bien conservados donde se recuperaron artefactos de piedra (más de 100) y restos de animales con cuyos huesos se habían fabricado distintos objetos: tenemos, por ejemplo, un mango para una lanza hecha con hueso de rinoceronte (de ahí el nombre del yacimiento); lo que parece un punzón de hueso de lobo (con cortes que sirvieron para facilitar el amarre de alguna punta); y también agujas para coser 2. Además, los ocupantes del yacimiento cazaron bisontes, renos, caballos, zorros árticos y pájaros. Algunos de esos objetos han sido datados y arrojan una antigüedad de 24000 y 21000 años 3, lo que demostraría que no abandonaron el lugar incluso a pesar de que el clima se había vuelto mucho más frío y seco. En definitiva, todo apunta a que en Yana RHS se asentó de forma más o menos permanente una población muy bien adaptada a la vida en el Ártico.

Algunos de los objetos recuperados en el yacimiento Yana RHS.

Después de Yana RHS, el registro arqueológico se vuelve más difuso, aunque contamos con otros yacimientos de una antigüedad similar en Siberia central (Nepa, Alekseevsk) y en la parte europea de Rusia (Mamontovaya Kurya, Byzovaia). Estos hallazgos confirman que estas poblaciones estaban bien equipadas y perfectamente adaptadas para soportar un clima de frío intenso poco tiempo después de llegar desde el sur.

Por otro lado, en la parte oriental de Beringia, en unos depósitos junto al río Inmachuk (noroeste de Alaska), se encontró un fragmento de colmillo de mamut con marcas datado en unos 40000 años. Sin embargo, asociar estos restos con una presencia humana antes del UMG en el este de Beringia resulta problemático ya que, como reconocen los autores del artículo donde se analizó el hallazgo 4, lo más probable es que el colmillo fuera recogido aún fresco tras el deshielo y fuera trabajado por habitantes más recientes de la zona.

En cualquier caso, en «el lado canadiense» de Beringia tenemos que mencionar las cuevas Bluefish, donde se han recuperado unos huesos con marcas de corte que demostrarían que nuestros antepasados habitaron –aún de forma ocasional– en el este de Beringia durante el UMG, hace por los menos 24000 años.

Los restos humanos más antiguos hallados en Siberia corresponden al yacimiento de Mal’ta (MA-1 es el nombre del ejemplar estudiado) y han sido datados en 24000 años 5. Por otro lado, los fósiles recuperados en la cueva de Tianyuan y Yamashita-cho (situada en el este de Asia) se han datado en el periodo clave de entre hace 42000 y 36000 años 6.

En definitiva, la escasez de pruebas arqueológicas contundentes ha hecho que la mayoría de investigadores ponga en duda que realmente hubiera pobladores en el centro de Beringia durante el UMG. Sin embargo, y esto es muy importante, debemos tener en cuenta que la ausencia de yacimientos puede deberse a que nadie vivía allí, o a que no hemos sido capaces de encontrarlos debido, entre otras cosas, a la subida del nivel del mar.

Por suerte, aparte de la información que nos aporta la arqueología disponemos de otras fuentes para completar el cuadro.

Información genética

Los datos obtenidos del estudio de los marcadores genéticos, del ADN mitocondrial (ADMmt, o mitogenoma) y del cromosoma Y, indican que todos los nativos americanos actuales provienen de Asia, y que todos ellos descienden de una misma población. Además, su diversidad genética se agrupa en cinco haplogrupos de ADNmt (A, B, C, D y X) y dos del cromosoma Y (C y Q) que encontramos en las poblaciones indígenas del sur de Siberia. Si usamos la tasa de variación actual del ADNmt y del cromosoma Y como un reloj, veremos que los seres humanos (recordar que todos los restos hallados en América pertenecen a nuestra especie Homo sapiens) se dispersaron por Asia central hace alrededor de 40000 años.

Un estudio de ADNmt publicado en 2007 7 planteó por primera vez la hipótesis de la «parada en Beringia» (Beringian standstill hypothesis en inglés) 8. Según esta hipótesis, las poblaciones asiáticas probablemente llegaron a Beringia antes del pico de mayor intensidad del UMG (la máxima extensión de los glaciares duró aproximadamente desde hace 27000 años hasta hace 19000 años). Una vez en Beringia, los migrantes no pudieron continuar debido a que las masas de hielo bloqueaban el acceso al resto de América. Solo pudieron reanudar su camino tras el inicio del deshielo y la apertura de las rutas costeras.

Para llegar a esta conclusión analizaron el mitogenoma de 601 individuos de América (pertenecientes a 20 poblaciones de todo el continente) junto a 3764 muestras de Asia pertenecientes a 26 poblaciones diferentes. Los resultados revelaron que los americanos poseían tres variaciones únicas –identificadas como subclados «C1b», «C1c» y «C1d»– ampliamente distribuidas por el continente americano y que, sin embargo, no estaban presentes en el ADN mitocondrial de los asiáticos, de quienes descendían. Este patrón, junto a la cronología basada en las tasas de mutación 9, les llevó a concluir que los antepasados de los primeros americanos quedaron aislados de sus parientes asiáticos hace unos 25000 años, haciendo que se acumularan unas mutaciones específicas (los tres subclados descubiertos) antes de que entraran definitivamente en América hace unos 15000 años. Acto seguido se distribuyeron por el nuevo continente no de forma gradual, sino rápidamente. Un análisis de la distribución geográfica de estos marcadores genéticos apuntó a que el lugar más probable donde se pudo producir ese aislamiento fue Beringia.

Modelo de la hipótesis de la «parada en Beringia». Tomado de Tamm, E., et al. (2007).

En 2015 10 conocimos un estudio en el que participaron decenas de investigadores que se propuso resolver, en lo que a nos atañe, tres incógnitas:

  1. Determinar el momento en que se produjo la separación de las poblaciones asiáticas y americanas.
  2. Conocer el número de olas migratorias que llegaron a América.
  3. Averiguar si hubo un aislamiento genético en Beringia.

Para ello se analizaron 31 genomas modernos de América, Siberia y Oceanía; y 23 genomas antiguos de tanto de Norteamérica como Sudamérica (de entre 200 y 6000 años). Los autores concluyeron que todos los nativos americanos forman un grupo monofilético (es decir, que todos descienden de una misma población) que se dividió en dos ramas: la primera representada por los Amerindios (que en este estudio engloba poblaciones del sur de Norteamérica, así como de Centro y Sudamérica); y la segunda por los Atabascas (que son los nativos hablantes de las lenguas atabascanas).

Confirmaron este dato tras comprobar que el momento en que los Amerindios y los Atabascas se separaron de las poblaciones del este de Asia fue muy similar, hace alrededor de 23000 años para ambos grupos. La hipótesis que los investigadores plantean es que las duras condiciones climáticas provocaron el aislamiento geográfico de los antepasados de los nativos americanos, aislamiento geográfico que provocó el genético. La fecha más probable para esta separación es la de 22000 años, aunque parece que el flujo genético continuó hasta hace unos 12000 años, momento que coincide con el aumento del nivel del mar y la desaparición bajo las aguas del puente de Beringia.

La cuestión de si ese aislamiento se produjo en Siberia o en Beringia no obtiene respuesta. Los autores se remiten a futuros análisis genéticos y estudios arqueológicos.

Otro trabajo publicado en 2016 11 secuenció 92 mitogenomas de momias sudamericanas con una antigüedad de entre 8.600 y 500 años (por tanto, precolombinas). Los resultados mostraron que:

  1. La divergencia entre los antepasados de los siberianos y de los nativos americanos se produjo hace 24900 años. Es decir, ese es el último momento en que se puede detectar un flujo genético entre la población de Siberia y la población de la que derivan los nativos americanos.
  2. Las dos poblaciones quedaron completamente aisladas hace entre 24900 y 18400 años. Por lo tanto, el flujo genético se interrumpió en el punto álgido del UMG.
  3. De nuevo, como en el caso anterior, los investigadores no pueden saber si esta separación se produjo en Siberia o Beringia. Plantean que las duras condiciones climáticas llevó a las poblaciones que vivían en los márgenes occidentales de Beringia (la región siberiana) a migrar a los refugios del sur, como sugiere la ausencia de yacimientos arqueológicos más jóvenes que el de Yana RHS. Por el contrario, defienden que cualquier población al este de las penínsulas de Kamchatka y Chukotka no habrían sido capaces de retirarse más al sur del cinturón de hielo de las islas Aleutianas y habrían quedado por tanto aisladas en el este de Beringia.
  4. La presencia de grandes mamíferos en el este de Beringia durante el Pleistoceno Superior –incluido el UMG– indica que la población de la que derivan los nativos americanos usó las regiones de lo que hoy son Alaska y el Yukón como un refugio durante el pico más intenso del UMG. Desgraciadamente, los vacíos geográficos y temporales entre los yacimientos arqueológicos de Yana RHS y Swan Point no permiten ofrecer más detalles de este proceso.
  5. El refugio en la parte oriental de Beringia apoya la hipótesis de la «parada en Beringia». El análisis de los mitogenomas muestra una enorme diversificación de linajes que comenzó hace entre 16000 y 13000 años, lo que indicaría que la entrada en América se produjo en esas fechas ya que el crecimiento de población sería compatible con la llegada a un entorno mucho más favorable.

Además, este aumento de población tuvo lugar al mismo tiempo que se produjo el rápido retroceso de los glaciares a lo largo de la costa noroeste del Pacífico; y teniendo en cuenta la existencia del yacimiento arqueológico de Monte Verde (Chile), con una antigüedad de 14600 años, la migración a todo lo largo de las Américas llevó alrededor de 1400 años.

En definitiva, teniendo en cuenta las fechas del aislamiento genético (entre 24900 y 18400 años) y de la entrada en América (16000 años), los datos sugieren que la «parada» en Beringia pudo durar entre 2400 años y 9000 años.

Por último, el año pasado se publicó 12 el resultado del análisis de ADN de dos niños (USR1 y USR2) recuperados en el yacimiento de Upward Sun River en Alaska (región oriental de Beringia) que cuentan con una antigüedad aproximada de 11500 años.

Para los investigadores, la separación de la población de la que derivan los nativos americanos y los antiguos asiáticos se produjo hace unos 36000 años; y lo más probable es que sucediera en el noreste de Asia (ya que no hay pruebas de poblaciones en Beringia o en noroeste de Norteamérica en este periodo). Por otro lado, el aislamiento de la población fundadora de los nativos americanos tuvo lugar hace 24000 años, momento que se corresponde con una disminución de la información arqueológica de la presencia humana en Siberia.

Modelo para la formación de las diferentes poblaciones de nativos americanos. Tomado de Moreno-Mayar, J. V., et al. (2018).

El genoma de USR1 nos proporciona la prueba genética directa de que todos los nativos americanos descienden de una misma población tras un único evento fundador en el Pleistoceno Superior. Los descendientes de esta población estuvieron presentes en la parte oriental de Beringia hasta hace al menos 11500 años. En ese momento, una rama de los nativos americanos se estableció en la zona de Norteamérica libre de hielo y se había separado en dos grupos que se convirtieron finalmente en los antepasados de los indígenas de toda América.

En su afán por encontrar nuevas pistas, un equipo de científicos liderados por la bióloga molecular Meriav Meiri e Ian Barnes pusieron el foco de atención en otro inmigrante que atravesó Beringia en su camino hacia el Nuevo Mundo: el ciervo canadiense (Cervus elaphus canadensis). Algunos estudios anteriores apuntaron a que este animal apareció en Alaska hace unos 15000 años, aproximadamente en el mismo momento en que se suponía que los humanos habían llegado allí. Cuando las temperaturas subieron, los ciervos atravesaron rápidamente Beringia para entrar en el continente americano.

Para someter a prueba este planteamiento, Meiri y sus colaboradores recopilaron 113 huesos, astas, y dientes de ciervos antiguos conservados en museos; junto con 74 especímenes de ciervos modernos de Norteamérica y Asia. Los resultados 13 indicaron que los animales entraron en Beringia hace al menos 50000 años, pero que no avanzaron hacia Norteamérica hasta hace 15200 años. Por lo tanto, si los ciervos permanecieron en Beringia, quizás los humanos lo hicieran también.

Paleoecología

El frío extremo y la aridez del UMG tuvieron un impacto global en la vegetación y la vida animal, forzando a las poblaciones humanas a retirarse a distintos «refugios» 14 tanto en el hemisferio sur como en el norte. Debemos recordar que en esta época el noroeste de Europa estaba en gran medida cubierto por las masas de hielo del glaciar Escandinavo; mientras que en América los glaciares Laurentino y de la Cordillera habían crecido sustancialmente.

Los datos paleoecológicos muestran sin embargo que los «refugios» en Beringia fueron más cálidos y aptos para la vida que en la mayor parte del sur de Siberia. Así, el contacto limitado entre los grupos que habitaban diferentes refugios podría explicar la estructura genética que hemos visto en los genomas de sus descendientes.

El estudio del polen en Beringia había demostrado que la vegetación se componía mayoritariamente de pasto (gramíneas), aunque lo cierto es que este tipo de vegetación genera más polen que otros tipos de plantas, por lo que los resultados podían estar sesgados. Nuevos estudios han confirmado sin embargo que la parte hoy sumergida de Beringia estuvo poblada con mucha seguridad con arbustos, una especie de tundra dominada por pequeñas plantas leñosas que sin duda proporcionaron un valioso combustible.

Tanto el estudio del polen como de los insectos sugieren un ambiente que varió en el tiempo: desde grandes bosques en algunas zonas –como en la cabecera del río Kolyma durante los intervalos más cálidos– a la tundra o una mezcla de ambos hábitats en otros lugares. Por ejemplo, hace unos 32000 años, la región del yacimiento Yana RHS estaba dominada por la tundra. Durante esa época, el ecosistema más productivo era el que actualmente se encuentra en las tierras bajas de Chukotka y en la costa sur de Alaska, debido a los efectos de la humedad proveniente del Pacífico Norte que favorecía un aumento de la vegetación.

Los registros de polen indican que este tipo de vegetación se extendió hacia el este (Alaska y el Yukón) hace unos 16000 años. De nuevo, tanto los ciervos como las personas pudieron haber seguido el cambio de vegetación hacia el Nuevo Mundo.

Notas

  1. Pitulko, V. V., et al. (2004), «The Yana RHS Site: humans in the arctic before the Last Glacial Maximum«. Science, vol. 303, núm. 5654, p. 52-56.
  2. Pitulko, V. V., et al. (2012), «The oldest art of the Eurasian Arctic: personal ornaments and symbolic objects from Yana RHS, Arctic Siberia«. Antiquity, vol. 86, núm. 333, p. 642-659.
  3. Pitulko, V.; Pavlova, E. y Nikolskiy, P. (2017), «Revising the archaeological record of the Upper Pleistocene arctic Siberia: Human dispersal and adaptations in MIS 3 and 2«. Quaternary Science Reviews, vol. 165, p. 127-148.
  4. Gelvin-Reymiller, C., et al. (2006), «Technical aspects of a worked proboscidean tusk from Inmachuk River, Seward Peninsula, Alaska«. Journal of Archaeological Science, vol. 33, núm. 8, p. 1088-1094.
  5. Richards, M. P., et al. (2001), «Stable isotope evidence for increasing dietary breadth in the European mid-Upper Paleolithic«. Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 98, núm. 11, p. 6528-6532.
  6. Shang, H., et al. (2007), «An early modern human from Tianyuan Cave, Zhoukoudian, China«. Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 104, núm. 16, p. 6573-6578.
  7. Tamm, E., et al. (2007), «Beringian standstill and spread of Native American founders«. PLoS ONE, vol. 2, núm. 9, p. e829.
  8. También conocida como el «modelo de incubación en Beringia» (Beringian incubation model).
  9. La estimación de la tasa de mutación fue de 3,5 x 10-8/año/posición; de ahí que el periodo calculado de aislamiento de estas poblaciones antes de su entrada en América fuera de unos 10000 años.
  10. Raghavan, M., et al. (2015), «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans«. Science, vol. 349, núm. 6250, p. aab3884.
  11. Llamas, B., et al. (2016), «Ancient mitochondrial DNA provides high-resolution time scale of the peopling of the Americas«. Science Advances, vol. 2, núm. 4, p. e1501385.
  12. Moreno-Mayar, J. V., et al. (2018), «Terminal Pleistocene Alaskan genome reveals first founding population of Native Americans«. Nature, vol. 553, núm. 7687, p. 203-207.
  13. Meiri, M., et al. (2014), «Faunal record identifies Bering isthmus conditions as constraint to end-Pleistocene migration to the New World«. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, vol. 281, núm. 1776, p. 20132167.
  14. Los «refugios» son áreas que todavía podían ser ocupadas en momentos de aumento de la aridez o de descenso pronunciado de las temperaturas en invierno. Los refugios glaciales eran áreas donde el clima era lo suficientemente suave como para permitir la existencia de recursos con los que hacer frente al clima riguroso.
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Reseña: Atapuerca. Persiguiendo un sueño

Reseña: Atapuerca. Persiguiendo un sueño

Ficha Técnica

Título: Atapuerca. Persiguiendo un sueño
Autor: José María Bermúdez de Castro
Edita: Alianza, 2019
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 184 p.
ISBN: 978-8420647838

Reseña del editor

Persiguiendo un sueño es el niño que juega en los jardines del Museo Nacional de Ciencias Naturales y queda cautivado por el extraordinario realismo del grupo de primates disecados por los hermanos Benedito; el muchacho que lee fascinado «El primer antepasado del hombre», de Donald Johanson, en el que el descubridor de Lucy relata sus peripecias en Tanzania; el joven que realiza su tesis en Canarias y el investigador que llega a Atapuerca de la mano de Emiliano Aguirre.

Es José María Bermúdez de Castro, codirector del equipo de investigación de los yacimientos de Atapuerca, y ha conseguido que en las vitrinas del mejor de los Museos de Evolución Humana están expuestos los fósiles que hacen soñar a otros niños; que sus libros inspiren a otros muchos jóvenes y que los hallazgos realizados en Atapuerca hayan revolucionado los estudios de Evolución Humana.

La búsqueda del sueño incluye una nueva especie, Homo antecesor; la evidencia de que la llegada de los homininos a Europa se produjo casi un millón de años antes de lo que los científicos proclamaban y la excavación de un lugar en el que se puede leer, mirar y sentir nuestra evolución desde hace un millón y medio de años de manera consecutiva: Atapuerca.

Persiguiendo un sueño son las fotografías y los apuntes personales de José María Bermúdez de Castro, es la crónica desde dentro, el relato de una meta cumplida pero no terminada, porque todavía quedan muchos hallazgos por descubrir y muchos sueños por realizar.

Reseña

La ciencia será siempre una búsqueda, jamás un descubrimiento real. Es un viaje, nunca una llegada.

Karl Popper

Los libros son objetos poderosos. Un buen libro, si está escrito con pasión, puede dejar una huella profunda en quien lo lee. No debemos menospreciar el efecto que puede causar en un lector; un libro puede ser determinante, por ejemplo, para que decidamos dedicar nuestra vida a una profesión concreta.

Y justo eso fue lo que le pasó al profesor Bermúdez de Castro. «El primer antepasado del hombre», el libro donde el paleoantropólogo americano Donald Johanson nos cuenta la historia del descubrimiento y posterior estudio de Lucy –la archiconocida Australopithecus afarensis– ha sido fuente de inspiración de toda una generación de estudiosos de la evolución humana 1.

Gran parte de la «culpa» de que esto sea así la tiene la primera idea que nos viene a la cabeza cuando pensamos en qué es lo que hace un paleoantropólogo. Nos imaginamos rápidamente a un aventurero, alguien que viaja a lugares remotos (ya sean tórridos desiertos o profundas cuevas), donde excava en busca de los vestigios de nuestros antepasados. En el imaginario colectivo, un paleoantropólogo es alguien que obtiene fama mundial cuando descubre una nueva pieza del puzle de nuestra historia evolutiva.

Pues bien, siendo cierta (en gran medida) esta idea, la verdad es que el trabajo de estos profesionales va mucho más allá de la recuperación de fósiles. Hoy en día, estas excavaciones aúnan el trabajo de un enorme número de científicos de distintas especialidades que emplean la tecnología más avanzada (y el uso de otras técnicas no tan avanzadas pero igual de eficientes), con el objetivo común de obtener la mayor cantidad posible de información de cada yacimiento. Además, debemos saber que muchos de ellos solo llegan a ver un fósil cuando acuden a un museo. Donald Johanson escribió:

Como paleoantropólogo –persona que estudia los fósiles de los antepasados del hombre– soy supersticioso. Lo somos muchos de nosotros, porque el trabajo que hacemos depende mucho de la suerte. Los fósiles que estudiamos son muy raros y más de un paleoantropólogo eminente ha pasado toda su vida sin descubrir ninguno. Yo soy uno de los más afortunados. Era solo mi tercer año sobre el terreno en Hadar y ya había encontrado varios. Sé que tengo suerte, y no trato de ocultarlo.

«El primer antepasado del hombre». Donald Johanson.

Lo mismo explicaban Stephen Jay Gould y David Pilbeam en un artículo publicado en Sicence en 1974 2 al sostener que la paleoantropología comparte con otras disciplinas, la teología y la exobiología, un rasgo muy singular: hay más estudiosos que objetos de estudio. Así es, son muchos los estudiosos y escasos los fósiles, lo que añade una dimensión muy personalista a esta disciplina –con los problemas de egos que ha generado a lo largo de su historia.

Pero la suerte favorece solo a las mentes preparadas, como dijera el eminente químico Louis Pasteur; y en España debemos mucho al esfuerzo y empeño de unas cuantas de esas «mentes preparadas», como la del profesor Bermúdez de Castro. Nuestro país tiene el privilegio de contar con un enorme número de yacimientos paleoantropológicos que se han convertido en el centro de atención de especialistas de todo el mundo. Aunque no debemos olvidar que, para llegar a esta situación, los investigadores han tenido que hacer frente (y lo siguen haciendo) a no pocas penalidades y dificultades.

 

En «Atapuerca. Persiguiendo un sueño» tenemos la oportunidad de conocer de primera mano las impresiones, vivencias y recuerdos de quien ha estado, desde el principio, explorando y estudiando la enorme riqueza de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca. Y además tenemos la fortuna de hacerlo contemplando las fantásticas fotografías que el propio autor ha tomado in situ desde hace 40 años. En estas imágenes, bastante alejadas de las que suelen ilustrar los artículos científicos o los libros de divulgación, vemos a las personas que han trabajado en los yacimientos y quienes los han apoyado; y apreciamos la relación de camaradería que se forja entre quienes pasan largas horas compartiendo ese objetivo en común que mencionaba más arriba.

Porque si algo hemos de tener claro es que Atapuerca es lo que es gracias a la labor de cientos de personas: empezando por los propios investigadores, pasando por quienes han ayudado y prestado servicios de abastecimiento, de logística y de otro tipo, hasta los vecinos de los pueblos circundantes y toda la sociedad en su conjunto.

Era un equipo con ilusión, en el que te sentías como en familia. […] una convivencia que no siempre es sencilla y el trabajo puede ser exigente. Todo lo tenemos que hacer nosotros. En ocasiones hay que cargar con mucho peso, montar andamios, retirar piedras, limpiar los yacimientos y otras tareas nada sencillas. Todo forma parte de las labores de campo y se asume con naturalidad.

«Atapuerca. Persiguiendo un sueño». José María Bermúdez de Castro.

En las páginas de este libro conocerás anécdotas como los disparos al amanecer en plena Trinchera del Ferrocarril; los viajes del equipo en el «Halcón milenario» de Eudald Carbonell; el sorprendente hallazgo de Excalibur; y otras muchas que no revelo para no truncar la experiencia de disfrute del lector.

Para terminar quería destacar un aspecto esencial de la misión que se impusieron los tres codirectores de los yacimientos de Atapuerca. Junto a los esfuerzos por hacer que la ciencia hecha en España se hiciera un hueco en la paleoantropología mundial, asumieron la «obligación» de contar esos descubrimientos al público en general.

La enorme tarea de divulgación científica de todo el equipo se comprueba con las docenas de libros, guías, exposiciones, documentales y demás material que se ha ido acumulando a lo largo de los años. Es una tarea necesaria, imprescindible diría yo, que todos ellos aceptaron de forma natural desde el comienzo. Este libro se suma al trabajo realizado, y tengo la certeza de que, al igual que sucedió con el texto de Donald Johanson, será la fructífera semilla de la que brotarán nuevas vocaciones científicas que se dedicarán a la noble tarea de desentrañar los misterios que aún rodean nuestro pasado como especie.

No me resta más que dar las gracias al profesor Bermúdez de Castro por su generosidad y bonhomía.

Notas

  1. Lee Berger también ha reconocido que ese libro le llevó a ser paleoantropólogo.
  2. Pilbeam, D. R. y Gould, S. J. (1974), «Size and scaling in human evolution«. Science, vol. 186, núm. 4167, p. 892-901.
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