José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Reseña: El ojo desnudo

Reseña: El ojo desnudo

Ficha Técnica

Título: El ojo desnudo: Si no lo ven, ¿cómo saben que está ahí? El fascinante viaje de la ciencia más allá de lo aparente
Autor: Antonio Martínez Ron
Edita: Editorial Crítica, 2016
Encuadernación: Tapa dura.
Número de páginas: 312 p.
ISBN: 978-8498929812

 

En los sótanos del museo de Ciencia e Industria de Manchester hay una caja de cristal con unas pequeñas virutas que parecen fragmentos de piel seca. Estos restos son lo que queda de los globos oculares de John Dalton, el padre de la teoría atómica y el primer científico en describir la ceguera al color. Dalton dejó encargado a su médico personal que tras su muerte le extrajera los ojos y los «desnudara» para aclarar un misterio que no pudo resolver en vida: ¿por qué él veía el mundo de manera distinta a los demás?

A partir de esta anécdota, y con la vida de Dalton como hilo conductor, El ojo desnudo reconstruye una historia de nuestro conocimiento de la visión y de la luz y nos ofrece la explicación de por qué vemos como vemos y cómo hemos alcanzado a comprender fenómenos que van mucho más allá de lo que nuestros sentidos nos permiten detectar. En sus páginas, el periodista científico Antonio Martínez Ron intenta dar respuesta a cuestiones como qué es el color, qué es la luz y cómo hemos aprendido a mirar el universo. Un viaje desde el ojo de los primeros hombres que observaron el cielo a simple vista hasta el de aquellos que dieron la vuelta a los instrumentos para mirar dentro de nosotros mismos. Y una aventura que nos ha llevado a superar nuestras limitaciones para convertirnos en la especie que todo lo ve.

RESEÑA

La ciencia es la mejor herramienta de que disponemos para comprender cómo funciona el mundo que nos rodea. Representa sin duda un logro fundamental del ser humano, quizás el más importante de todos, ya que nos ha permitido no solo una mejora evidente de nuestra calidad de vida, sino alcanzar cotas de desarrollo impensables hace unas décadas.

Por otro lado, no podemos olvidar que la tecnología es otra parte inseparable de este progreso. La ciencia y la tecnología son dos cosas distintas y, por raro que nos pueda parecer hoy en día, no siempre han estado tan vinculadas como en la actualidad. La tecnología es tan antigua como la humanidad: las herramientas de piedra que empleaban nuestros antepasados hace millones de años son tecnología. Sin embargo, ni esas herramientas de piedra, ni las puntas de lanza que vinieron después, los barcos de vela, las catedrales y otros tantos avances tecnológicos se lograron comprendiendo la ciencia que reside en la base de cada uno (conocimientos de metalurgia, química, mecánica, aerodinámica e hidrodinámica por ejemplo).

Por ese motivo, la historia de la ciencia no se puede comprender sin la historia de la tecnología. En el devenir de ambas disciplinas llegó un momento en que los primeros científicos, los «filósofos naturales», se dieron cuenta de que para comprender de verdad los misterios últimos de la materia, la luz, las estrellas y tantos otros hechos fascinantes debían apoyarse en instrumentos cada vez más complejos e ingeniosos. Se dieron cuenta, en definitiva, que nuestros sentidos no eran suficientes para encontrar las respuestas a las preguntas que se iban acumulando.

Y esto es algo que el apasionante libro de Antonio Martínez Ron logra exponer con maestría. A través de sus páginas seguiremos un camino plagado de historias, anécdotas y datos acerca de cómo descubrimos la naturaleza de la luz y, al mismo tiempo, comprendimos que nuestros sentidos no nos ofrecen una imagen real, una imagen objetiva (sea lo que sea esto) del mundo que nos rodea.

El autor destaca que la investigación acerca de la naturaleza de la luz ha progresado en paralelo a los estudios sobre la visión: «Por un lado, difícilmente podía avanzarse en el conocimiento de los mecanismos de la visión sin tener una idea cabal de las características de la luz y estas, por su parte, difícilmente podían desentrañarse sin recurrir al sentido de la vista como fuente primaria de información».

Como hemos apuntado, el «ojo desnudo» al que alude el título era nuestro único instrumento de observación hasta que se inventaron el telescopio y el microscopio. Gracias a estos aparatos, y la progresiva mejora en las técnicas de su fabricación, pudimos descubrir que la luz visible no es más que una pequeña parte del espectro electromagnético.

Al mismo tiempo, fuimos conscientes de que todo lo que «vemos», o sea, las imágenes que elabora nuestra corteza visual a partir de las señales que recibe del exterior, no son un reflejo «fiel» de la realidad sino interpretaciones de la misma gracias a las cuales nos podemos desenvolver en el entorno. En esas interpretaciones influyen además nuestras vivencias y experiencias pasadas.

Por lo tanto, podemos decir que el profundo interés por saber cómo funciona nuestra visión, por responder a la pregunta de qué es la luz, fue una suerte de catalizador que llevó a plantearse otras cuestiones fundamentales como comprender qué es la materia y cuál es la estructura del universo. Para encontrar las respuestas fue necesario diseñar y fabricar nuevos instrumentos de observación: «Y solo cuando calibraron los instrumentos para poder mirar las estrellas pudieron darles la vuelta y apuntar con ellos al fondo de nuestro propio ojo».

Lo que propone este libro es un viaje para ver la realidad con nuevos ojos y comprender cómo hemos llegado a descubrir lo que ahora sabemos. Un intento de resumir la historia que lleva desde los primeros hombres que miraban el cielo con el «ojo desnudo» hasta el descubrimiento de realidades tan intangibles como el bosón de Higgs o las ondas gravitacionales.

En definitiva, estamos ante un libro muy recomendable con un lenguaje totalmente accesible para cualquiera, y que te engancha desde la primera página gracias a la capacidad del autor de mantenerte en cada momento con ganas de más información.

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Siete días … 24 a 30 de abril (Mastodonte de Cerutti)

Siete días … 24 a 30 de abril (Mastodonte de Cerutti)

     Última actualizacón: 8 octubre 2019 a las 11:43

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ÚLTIMAS ANOTACIONES

América

Nueva página en el blog que se enmarca dentro de «El viaje más largo» y que pretende ser una recopilación del conocimiento actual acerca de la forma y el momento en que se produjo la llegada de nuestros antepasados al continente americano. La página permanecerá estática aunque su contenido irá variando en función de las nuevas aportaciones de la ciencia.

NOTICIAS CIENTÍFICAS

 Se plantea la llegada de nuestros antepasados a América hace 130.000 años

Según sostiene un equipo de científicos del Museo de Historia Natural de San Diego, el territorio que hoy es California ya estaba habitado por homínidos hace 130.000 años. La investigación, publicada en Nature, no aporta pruebas de fósiles ni restos de ADN de ese homínido que habría vivido en América del Norte en tan temprana fecha, sino que su conclusión se basa en pruebas indirectas: el descubrimiento de restos óseos de un mastodonte de esa edad (huesos, molares y colmillos) con evidencias de haber sido manipulados con las piedras que han aparecido junto a los fósiles y que habrían sido utilizadas como martillos y yunques.

Referencia: Holen, Steven R., et al. «A 130,000-year-old archaeological site in southern California, USA«. Nature, núm 544, 479-483.

Lee el artículo aquí.

Noticias:

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Hablemos de la depresión

Hablemos de la depresión

     Última actualizacón: 6 abril 2019 a las 15:48

Esta anotación participa en la convocatoria que han organizado Obertament y la editorial Next Door Publishers para el 7 de abril, con el objetivo de visibilizar la realidad de la depresión y luchar contra el estigma.

La Organización Mundial de la Salud –en adelante OMS–, con ocasión de la celebración del Día Mundial de la Salud el próximo 7 de abril, ha decidido dar visibilidad a la depresión.

Creo que el primer mensaje que tenemos que lanzar cuando hablamos de la depresión es que se trata de una enfermedad que puede afectar a personas de todas las edades y condición social. Si algo hemos aprendido gracias a los avances en el conocimiento y manejo de los trastornos mentales, es que éstos pueden afectarnos a cualquiera de nosotros a lo largo de nuestra vida, sin importar nuestro nivel cultural, socioeconómico o lugar de procedencia. Ser conscientes de esta realidad nos permitirá al mismo tiempo estar alertas y ser capaces de detectar los primeros indicios en cualquier familiar o amigo cercano.

Tal como la define la OMS, «la depresión es una enfermedad que se caracteriza por una tristeza persistente y por la pérdida de interés en las actividades con las que normalmente se disfruta, así como por la incapacidad para llevar a cabo las actividades cotidianas, durante al menos dos semanas». Entre los síntomas más comunes destacaremos la pérdida de energía, cambios en el apetito, necesidad de dormir más o menos de lo normal y disminución de la concentración; llegando en los casos más graves a mostrar sentimientos de inutilidad, culpabilidad o desesperanza y pensamientos de autolesión o suicidio. Y es que en los casos más graves, la depresión puede desembocar en el suicidio, que actualmente es la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años de edad –con alrededor de 800.000 casos contabilizados cada año.

Por eso es tan importante que las personas afectadas, bien sea por ellas mismas o con el apoyo y ayuda de sus familiares y amigos, acudan a los centros sanitarios para ser correctamente diagnosticadas y tratadas. Y digo esto porque, ya sea por falta de recursos o por un diagnóstico equivocado, más de la mitad de los afectados en todo el mundo (y más del 90% en muchos países) no recibe un tratamiento a pesar de que contamos con tratamientos muy eficaces.

Detección precoz

Pero, ¿qué pasaría si contásemos con un método que nos permitiera predecir la aparición de episodios depresivos?

Para responder a esta pregunta se diseñó un estudio multicéntrico 1 denominado «prueba para predecir la respuesta al tratamiento de la depresión» (PReDicT por las siglas en inglés de Predicting Response to Depression Treatment test) cuyo objetivo principal era el de combinar la información genética y la ambiental para intentar predecir la aparición de episodios depresivos en el área de la atención primaria. De este modo, al facilitar a los médicos de familia –que es el primer escalón de los sistemas sanitarios– un sistema eficaz para detectar la posible aparición de la depresión, permitimos que puedan intervenir rápidamente y evitar, en muchos casos, la manifestación de la enfermedad. La idea de este estudio se basaba en tratar de emular los instrumentos con los que actualmente cuentan los médicos de familia para predecir por ejemplo el riesgo de sufrir una enfermedad cardiovascular.

Lo primero que hicieron los investigadores fue estudiar las causas de la depresión: hay factores de tipo social (como bajos ingresos económicos, estrés laboral, experiencias de discriminación o aislamiento social), factores biológicos o genéticos (antecedentes familiares, genes de riesgo), factores psicológicos y factores de tipo bioquímico y hormonal. Todos ellos intervienen en diferentes grados, arrojando un perfil único en cada persona. Así, de 39 factores de riesgo bien conocidos en la literatura médica, los investigadores apuntan a que 12 son los más importantes. En concreto, en la población española los factores de riesgo incluyen eventos personales o vivencias del pasado: edad, sexo (ser mujer), menor nivel de estudios, abusos físicos en la infancia y haber tenido depresión en el pasado. Por otro lado, también se incluyen factores de riesgo actuales: peor calidad de vida física y mental; tomar actualmente medicación para el estrés, ansiedad o depresión; insatisfacción con el trabajo no remunerado; percibir problemas graves en personas cercanas; e insatisfacción con la convivencia en el hogar.

En España, los resultados del estudio se publicaron en 2011 en el Journal of Psychological Medicine 2. Este trabajo ha permitido desarrollar una «calculadora de riesgo de depresión», que ha demostrado tener una excelente validez y precisión en hacer sus pronósticos. Gracias a ello, disponemos de un cuestionario –que podemos realizar en la página web– que informa a los médicos de la posibilidad de que una determinada persona que no padece depresión ahora, la pueda desarrollar dentro del año siguiente. Se trata de una herramienta que está permitiendo afrontar el problema antes incluso de que llegue a manifestarse.

Mejora en los tratamientos

Pero la labor de los investigadores no termina con una detección precoz o un buen diagnóstico. Uno de los pilares fundamentales para lidiar con esta enfermedad es facilitar a los pacientes un tratamiento adecuado y eficaz para lograr revertir la situación.

Dos trabajos publicados recientemente en el American Journal of Psychiatry abordan precisamente esta cuestión.

En el primero de ellos 3, investigadores de la Universidad de Emory han confirmado que los patrones específicos de la actividad cerebral pueden ser útiles a la hora de que los médicos decidan si la psicoterapia o la medicación antidepresiva es el tratamiento más eficaz para lograr una remisión de la depresión. Estamos hablando que un análisis de este tipo permitirá prescribir tratamientos personalizados que serán más eficaces.

Hace unos años se comprobó que algunas personas con depresión que no respondían al tratamiento con antidepresivos veían mejoras en su situación clínica gracias a la estimulación magnética transcraneal (EMT). Los científicos demostraron que la EMT corregía la conectividad neuronal 4. Todos poseemos determinadas regiones en nuestro cerebro que se muestran activas aun estando en reposo (es la llamada «red neuronal por defecto»). Pues bien, en personas con depresión se ha visto que existe una hiperconexión en estas áreas. Dado que estas áreas regulan la atención interna, se cree que la conectividad extra puede tener que ver con los pensamientos reiterativos propias de dicho trastorno.

Para testar esta idea y buscar el tratamiento más adecuado, los investigadores de la Universidad de Emory asignaron aleatoriamente a los pacientes a 12 semanas de tratamiento, bien con medicamentos antidepresivos o con terapia cognitivo-conductual (TCC). Para comprobar si el resultado de la TCC o la medicación dependía del estado del cerebro antes de iniciar el tratamiento, los pacientes se sometieron a una exploración mediante resonancia magnética funcional.

La resonancia magnética se utilizó para establecer el grado de conectividad entre un importante centro de procesamiento de emociones (la corteza cingulada subcallosa) y otras tres áreas del cerebro (tal y como sugerían los trabajos previos). De los 122 participantes, 58 lograron una remisión (una puntuación de ≤ 7 en la escala de evaluación de la depresión de Hamilton) entre las semanas 10 y 12; y 24 experimentaron un fracaso en el tratamiento.

Examinando la conectividad funcional de las regiones cerebrales se demostró que una conectividad positiva lograba una remisión de la depresión gracias a las terapias cognitivo-conductuales, y un fracaso tomando antidepresivos. Por el contrario, la conectividad negativa conseguía una remisión gracias a los antidepresivos y un fracaso con la psicoterapia.

Por lo tanto, los pacientes que presentaban una conectividad positiva entre estas regiones del cerebro eran significativamente más propensos a lograr la remisión de la depresión con TCC, mientras que los pacientes con una conectividad negativa o ausente tenían más probabilidades de mejora con medicamentos antidepresivos.

Lo que sugieren estos resultados es que para afrontar eficazmente el problema y establecer el mejor tratamiento debemos identificar las características biológicas específicas de los pacientes y no confiar tanto en sus síntomas o sus propias preferencias acerca de qué tratamiento seguir.

El segundo estudio aparecido en el American Journal of Psychiatry 5, pensado como un complemento del anterior, evalúa la eficacia de la terapia cognitivo-conductual (TCC) y de dos medicamentos antidepresivos (escitalopram y duloxetina) en pacientes con depresión mayor. Además, analiza el posible efecto moderador que puede tener el que los pacientes elijan uno u otro tipo de tratamiento.

Se sometieron al estudio personas de entre 18 y 65 años con depresión mayor (y sin tratamiento previo) que fueron asignados al azar a 12 semanas de tratamiento bien con escitalopram (10-20 mg/día), duloxetina (30-60 mg/día) o TCC (16 sesiones de 50 minutos de duración). Antes de ser asignados a uno de estos tratamientos, los pacientes manifestaron si preferían la medicación, la TCC o no tenían ninguna preferencia.

Un total de 344 pacientes participaron en el estudio, con una puntuación media en la tabla HAM-D de 19,8. Tras el análisis de los resultados, se comprobó que la media estimada de disminución en la puntuación de Hamilton no difería significativamente entre los diferentes tratamientos (TCC: 10,2; escitalopram: 11,1; duloxetina: 11,2). Del mismo modo se comprobó que los pacientes que recibieron el tratamiento que habían escogido tenían más probabilidades de completar el ensayo, pero no de lograr una remisión.

En definitiva, se ha constatado que las preferencias por un tratamiento que tienen los pacientes no modifican significativamente los síntomas tras someterse al mismo.

Mensajes generales

Para terminar esta anotación me gustaría que tomaran conciencia de los mensajes que la campaña de la OMS pretende hacer llegar a la sociedad. Tomemos conciencia de ellos y apoyemos la investigación científica para que seamos capaces de poner remedio a tanto dolor.

  • La depresión es un trastorno mental común que afecta a personas de todas las edades y condiciones sociales y de todos los países.
  • El riesgo de padecer depresión se ve agravado por la pobreza, el desempleo, acontecimientos vitales como la muerte de un ser querido o la ruptura de una relación, la enfermedad física y los problemas provocados por el alcohol y las drogas.
  • La depresión provoca angustia mental y puede afectar a la capacidad de las personas para llevar a cabo incluso las tareas cotidianas más simples, lo que tiene en ocasiones efectos nefastos sobre las relaciones con los familiares y los amigos.
  • Una depresión no tratada puede impedir que la persona afectada trabaje y participe en la vida familiar y comunitaria.
  • En el peor de los casos, la depresión puede provocar el suicidio.
  • La depresión se puede prevenir y tratar de manera eficaz. El tratamiento suele consistir en terapia de conversación, medicación antidepresiva o una combinación de ambos métodos.
  • La superación de la estigmatización que suele acompañar a la depresión contribuirá a que un número mayor de personas reciba ayuda.
  • Hablar con una persona de su confianza puede ser un primer paso para curarse.

Notas

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Siete días … 13 a 19 de marzo (cerebros y dientes)

Siete días … 13 a 19 de marzo (cerebros y dientes)

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ÚLTIMAS ANOTACIONES

Evolución del tamaño de los dientes y el cerebro en nuestros antepasados.

 

NOTICIAS CIENTÍFICAS

Descubierto un cráneo datado en 400.000 años en Portugal

Un cráneo de unos 400.000 años de antigüedad, descubierto en la gruta de Aroeira, en el centro de Portugal, es «el cráneo del Pleistoceno Medio más occidental de Europa y uno de los fósiles más antiguos de esta región asociado con herramientas achelenses», según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, en el que participan la Universidad de Lisboa, la Universidad de Barcelona y la Universidad Complutense de Madrid. «El fósil Aroeira 3, como ha sido designado, pertenece a la cultura achelense, originada en África hace más de un millón de años, pero los vestigios hallados en Europa tienen menos de 500.000 años. El cráneo de Aroeira representa una de las primeras poblaciones achelenses de Europa, junto con los restos de la Sima de los Huesos de Atapuerca, en España, y de Tautavel, en Francia», afirma João Zilhão, el director de las excavaciones.

Referencia: Daura, J., et al. (2017), «New Middle Pleistocene hominin cranium from Gruta da Aroeira (Portugal)«. Proceedings of the National Academy of Sciences, en prensa.

Aroeira 3: bienvenido a la familia. Blog de José María Bermúdez de Castro.

 

LIBRO DE LA SEMANA

 

FICHA COMPLETA

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Evolución del tamaño de los dientes y el cerebro en nuestros antepasados

Evolución del tamaño de los dientes y el cerebro en nuestros antepasados

     Última actualizacón: 27 febrero 2018 a las 16:36

Dentro de la paleoantropología, como en cualquier disciplina científica, hay algunas hipótesis que han mantenido su vigencia durante décadas. Algunas pueden verse enriquecidas con las aportaciones de las nuevas investigaciones, ganar en detalles por los descubrimientos de nuevos fósiles, o sufrir ligeras modificaciones por estudios más minuciosos, pero es raro encontrar casos en los que los científicos tengan que dar un giro sustancial en sus ideas –algo, por otra parte, que genera no pocas confrontaciones.

En alguna ocasión he comentado que si preguntásemos a un público amplio acerca de cuál es el rasgo «más humano», cuál es la característica que nos define como especie, muchas de las respuestas tendrían como denominador común el tamaño de nuestro cerebro –diríamos mejor el tamaño de nuestro encéfalo–. Y lo cierto es que asociados en mayor o menor medida a la capacidad craneal encontramos algunos de los rasgos definitorios del género humano: el desarrollo de un lenguaje articulado; la estética, el arte y otras manifestaciones culturales; y quizás por encima de todos ellos, deberíamos citar la fabricación y el uso habitual de herramientas complejas (no fue casual en este sentido la elección del término habilis como el nombre específico del primer miembro del género humano que fue descubierto).

Cuando descendemos a los yacimientos y desenterramos los fósiles que luego analizamos para apoyar o descartar este tipo de hipótesis, comprobamos que el volumen cerebral, reflejado por el tamaño del cráneo, supone una diferencia muy marcada entre los humanos y los restantes simios. Por ejemplo, la capacidad craneal que es de 1.350 cm3 de promedio en los humanos modernos desciende a unos 450 cm3 en un simio de tamaño comparable al nuestro como es el chimpancé. Por lo tanto, la idea de que el aumento de la capacidad craneal es un rasgo distintivo de nuestra especie tiene una larga tradición que se ha visto reforzada cada vez que nuevos cráneos salían a la luz.

Parejo a este progresivo aumento del cráneo, el registro fósil ha mostrado una paulatina reducción de los dientes laterales 1. Darwin ya especuló que la reducción progresiva de los grandes caninos de los simios hasta llegar al tamaño que presentan los nuestros fue una consecuencia de la cultura que nos caracteriza: a fuerza del uso de herramientas y de armas y, por tanto, del desuso de los colmillos, éstos disminuyeron. Esto provocó al mismo tiempo una reducción de los músculos necesarios para mover las mandíbulas, con lo que el cráneo tuvo más espacio para crecer y, de paso, también aumentó el cerebro y las facultades mentales que servirían para mejorar la cultura. Podemos leer este argumento expuesto con claridad en «El origen del hombre y la selección en relación al sexo»:

El libre uso de brazos y manos, que parcialmente es causa y parcialmente resultado de la posición erguida del hombre, parece haber llevado indirectamente a otras modificaciones de estructura. Los primitivos antecesores del sexo masculino que tuvo el hombre probablemente se hallaban dotados […] con grandes dientes caninos; pero como gradualmente adquirieron el hábito de emplear piedras, estacas y armas para pelear con sus enemigos y rivales, usaron cada día menos las quijadas y los dientes. Siendo este el caso, las mandíbulas y los dientes se redujeron en tamaño […]. Cuando las distintas facultades mentales iban desarrollándose, también se desarrolló, adquiriendo mayor tamaño, el cerebro.

Tras leer estos argumentos, sería fácil acusar al padre de la teoría evolutiva de mantener un modelo de herencia lamarckiano, ya que el uso –o desuso en nuestro caso– de los dientes que conllevan la aparición de la cultura y la fabricación de herramientas supondría que la función crea el órgano y viceversa. Sin embargo, algunos defienden que no es imprescindible un modelo lamarckiano para sostener la explicación de Darwin de este proceso evolutivo sino que bastaría explicarlo mediante un círculo de retroalimentación cerrado:

La explicación es la siguiente: la cultura exige la bipedia, pero a su vez la apoya. La reducción de los caninos es una consecuencia del empleo de armas, pero esa disminución también favorece el crecimiento cerebral mediante la reestructuración del cráneo. Ese desarrollo mental permite idear, fabricar y utilizar mejores herramientas. El nuevo empuje cerebral facilita tanto un equilibro bípedo mejorado como, a su vez, el desarrollo del lenguaje. Este último ayuda a transmitir la cultura y a llevar a cabo estrategias conjuntas de caza en las que la capacidad comunicativa es una ventaja importante.

Por lo tanto, como se representa en la imagen superior, se trata de un modelo de retroalimentación donde cada factor se apoya en los demás y, a la vez, los promueve. Juan Luis Arsuaga lo ha explicado 2 muy gráficamente: « No tenemos la dentadura de un depredador como un lobo, pero en nosotros esas capacidades no hay que verlas en los huesos, hay que verlas en los utensilios de piedra. Tampoco tenemos alas, pero tenemos aviones. Lo hacemos con la tecnología.»

¿Por qué los dientes son tan importantes evolutivamente hablando?

Se dice que Georges Cuvier, el gran naturalista francés del s. XIX, afirmó lo siguiente: «Enséñame tus dientes y te diré quién eres». Y desde luego, el padre de la anatomía comparada y de la paleontología moderna estaba muy en lo cierto si tenemos presente que los dientes constituyen la parte más dura de nuestro cuerpo, de ahí que perduren y que representen alrededor del 90% del registro fósil de los homininos recuperados en todo el mundo.

Daniel Lieberman da un giro de tuerca a este razonamiento al afirmar que «eres como comes». Llevarse la comida a la boca y masticarla antes de tragar son aspectos de suma importancia de la función craneal que poseen marcadas consecuencias selectivas. Por ejemplo, un chimpancé dedica normalmente alrededor de medio día a alimentarse, lo que significa que también se pasa casi medio día masticando. Si pensamos en nuestra última comida, lo más probable es que no nos haya costado demasiado obtenerla (en términos de esfuerzo), ni tampoco comerla. A diferencia de nuestra forma de alimentarnos, la comida de los simios es mucho menos nutritiva y más difícil de masticar, por lo que deben comer más cantidad y deben masticar más veces con más fuerza para desmenuzar cada bocado antes de tragarlo.

Para comer, los humanos utilizamos primero la incisión, donde usamos los dientes frontales –incisivos y caninos– y la masticación, donde entran en juego los dientes laterales. La incisión sirve para introducir la cantidad adecuada de comida en la boca; mientras que la masticación sirve para romper mecánicamente los alimentos en partes más pequeñas (se trata de un movimiento repetitivo y rítmico). En este sentido, los dientes rompen la comida muy eficazmente porque el esmalte dental es más duro y más resistente que nada de lo que comemos normalmente.

Como decíamos, una de las características distintivas de los humanos es nuestra dentición. Nuestros caninos son muy pequeños en relación con nuestros molares, nuestro esmalte dental es grueso y nuestra arcada dental es ancha y tiene una característica forma parabólica. Por el contrario, los caninos de los chimpancés, por ejemplo, son tan grandes que necesitan que haya un espacio –llamado diastema– entre éstos y los incisivos para que tanto los dientes superiores como los inferiores puedan encajar cuando la boca se cierra. Además su arcada dental es mucho más alargada y tiene una morfología rectangular.

Maxilar y mandíbula de chimpancé. Se destaca la forma rectangular de la arcada dental y la existencia de diastema.

Maxilar y mandíbula de Homo sapiens.

Para nuestros antepasados, que vivieron antes de poder cocinar y procesar los alimentos, perder los dientes podía ser una sentencia de muerte. Por eso la selección natural actúa con fuerza sobre ellos, porque «la forma y estructura de cada uno de ellos determina en buena medida la capacidad de un animal para romper la comida en partículas más pequeñas que pueda digerir después para extraer los nutrientes y la energía».

Además debemos tener en cuenta otro factor, la musculatura. El músculo temporal –que permite la masticación, tiene forma de abanico y se extiende a cada lado de la cabeza– era tan grande en muchos australopitecinos que necesitaba unas crestas óseas en la parte superior del cráneo para permitir su inserción (de ahí que constituyera un importante impedimento para la encefalización, una musculatura temporal hipertrofiada impide el desarrollo de la bóveda craneana).

Cuando masticamos generamos fuerzas de masticación bastante grandes, haciendo que los huesos de la mandíbula y la cara se deformen ligeramente y sufran daños microscópicos. Esto es normal, los huesos se reparan y la tensión provoca que se hagan más gruesos. Además, es la explicación de que las especies que generan grandes fuerzas de masticación tengan unos maxilares y unas mandíbulas más gruesos, altos y anchos, que reducen las tensiones provocadas por cada mordisco.

En definitiva, en paleoantropología se acepta comúnmente que la evolución hacia un cerebro más grande se produjo de forma pareja a la reducción de los dientes. Como hemos apuntado más arriba, la hipótesis clásica de esta coevolución sostiene que los cambios de comportamiento asociados a un aumento del tamaño cerebral permitieron una subsiguiente reducción dental.

Esta correlación negativa se ve claramente cuando comparamos los miembros más antiguos del género (por ejemplo Homo habilis) con los que vinieron después (Homo neanderthalensis y Homo sapiens). Sin embargo, varios estudios recientes han mostrado discrepancias en esta tendencia en algunas especies de homininos ya que, por ejemplo, no se observa entre los australopitecinos.

También se han propuesto otros factores para esta coevolución como por ejemplo los cambios en la dieta. El argumento parte de aceptar que disponer de unos molares bien desarrollados sería menos necesario gracias al procesado de la comida antes de ingerirla (con el uso de herramientas y el empleo del fuego). Esto hubiera permitido a los primeros miembros del género Homo ocupar un nicho hasta entonces no explotado por los australopitecinos u otros primates, como sería el poder consumir las carcasas o restos de otros animales obtenidos mediante carroñeo. Este cambio en la dieta habría permitido una nueva fuente de presiones selectivas para el aumento del tamaño cerebral, y por este camino seguiría el proceso de retroalimentación.

El nuevo estudio

Aida Gómez-Robles, de la Universidad George Washington, encabeza el equipo que ha llevado a cabo la investigación recientemente publicada en PNAS, cuyas conclusiones vienen a corregir en parte las teorías clásicas acerca de la evolución del tamaño del cerebro y los dientes en nuestros antepasados: no existe un vínculo entre la evolución del tamaño y la forma del cerebro y la evolución del tamaño de los dientes en los homininos.

La investigación se ha centrado en el estudio de las tasas evolutivas de ocho especies de homininos. Para analizar la forma del cerebro se emplearon ocho variables lineales medidas sobre modelos endocraneales 3. Por otro lado, la forma de los dientes se analizó mediante morfometría geométrica.

Mediciones tomadas en los dientes y endocráneos. Imagen procedente de Gómez-Robles, A., et al. (2017).

Los datos reflejan que las proporciones y la geometría de los dientes muestran unas tasas de variación similares, lo que significa que han seguido un patrón de evolución neutro y no direccional que comienza antes del género Homo y continúa hasta nuestra especie. Por contra, el tamaño del cerebro sí muestra diferentes tasas de cambio, por lo que la hipótesis que hemos analizado al comienzo de esta anotación que sostenía una correlación recíproca e inversa no es compatible. Así, mientras el tamaño y la forma del cerebro evolucionaron a diferente velocidad en el género Homo, los dientes laterales han evolucionado a una tasa relativamente constante (lo que hace sospechar que han intervenido factores independientes a nivel ambiental o genético).

Estos resultados son consistentes con otros estudios. Por ejemplo, sabemos que el aumento del tamaño del cerebro en los primeros especímenes del género Homo se produjo mucho antes de la reducción del tamaño de los dientes. Por otro lado, entre los neandertales se ha comprobado una enorme reducción dental antes del incremento del tamaño del cerebro que vemos en los últimos miembros de ese grupo.

Además, la existencia de herramientas de piedra con una antigüedad de 3,3 Ma –anteriores por tanto a la aparición del género Homo– apunta a que homininos con un tamaño cerebral reducido fueron capaces de fabricarlas.

Conclusiones

Debemos llamar la atención que en el trabajo del que estamos hablando se han analizado especies cuyas relaciones evolutivas están claras y son aceptadas por la mayoría de la comunidad científica. Es decir, los investigadores han dejado fuera de su análisis aquellas especies cuya posición filogenética es controvertida como Homo ergaster, Homo antecesor y Homo heidelbergensis. En este sentido, según reconocen, la inclusión de nuevos fósiles podría modificar algunas de sus conclusiones.

Por último, el estudio se limita a poner de manifiesto la inexistencia de la pretendida correlación entre el aumento del encéfalo y la reducción de los dientes, y no entra a valorar los posibles motivos que expliquen estos cambios. Sin embargo, se apuntan como posibles explicaciones la «gracilización» general que se observa en el trayecto que desemboca en Homo sapiens, es decir, en la progresiva reducción general del tamaño de la cara y cráneo; o los cambios en la longitud de la gestación que hacen que los bebés humanos sean extremadamente dependientes del cuidado parental al nacer y que tengan un cerebro muy poco desarrollado. «La interacción de todos estos cambios biológicos, sociales y culturales puede estar asociada con el incremento del tamaño cerebral muy rápido que observamos antes de la divergencia de Homo erectus, neandertales y Homo sapiens».

Como sucede habitualmente, serán necesarias más investigaciones para tratar de aclarar una cuestión tan interesante como esta.

Artículo principal:

Gómez-Robles, A., et al. (2017), «Brain enlargement and dental reduction were not linked in hominin evolution«. Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 114, núm. 3, p. 468-473.

Referencias

Cela Conde, C. J. y  Ayala, F. J. (2013), Evolución humana: el camino de nuestra especie. Madrid: Alianza Editorial, 802 p.

Darwin, C. (1966), El origen del hombre y la selección en relación al sexo. Madrid: Ediciones Ibéricas, 2 v.; 402 p., 430 p.

Delson, E. (2000), Encyclopedia of human evolution and prehistory. New York; London: Garland Publishing, xiv, 753 p.

Jiménez Arenas, J. M., et al. (2014), «On the relationships of postcanine tooth size with dietary quality and brain volume in Primates: implications for Hominin evolution». BioMed Research International, vol. 2014, p. 406-507.

Lieberman, D. E. (2011), The evolution of the human head. Cambridge: Belknap Press of Harvard University Press, xi, 756 p.

Lieberman, D. E. (2014), La historia del cuerpo humano: evolución, salud y enfermedad. Barcelona: Pasado y Presente, 506 p.

McHenry, H. M. (1982), «The pattern of human evolution: studies on bipedalism, mastication, and encephalization». Annual Review of Anthropology, vol. 11, p. 151-173.

Pilbeam, D. R. y  Gould, S. J. (1974), «Size and scaling in human evolution». Science, vol. 186, núm. 4167, p. 892-901.

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Notas

  1. En nuestra boca distinguimos dos huesos, el maxilar (parte superior) y la mandíbula (parte inferior). Y en ellos, encontramos los dientes frontales y laterales: los dientes frontales son los incisivos y los caninos; mientras que los laterales están formados por los premolares y los molares.
  2. Puedes leer más detalles en la noticia publicada en Voz Populi.
  3. En este sentido debemos ser cautos: el estudio se basa en mediciones lineales simples y refleja sólo la apariencia externa de la anatomía endocraneal. Además, no se han medido los fósiles originales.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 2 comentarios