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Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

Pseudoarqueología no, falsa arqueología (I)

     Última actualizacón: 23 enero 2017 a las 13:30

Esta anotación es la versión escrita —y extendida— de la charla sobre ciencia, arqueología y pensamiento crítico que dí el pasado viernes dentro del segundo ciclo de charlas Hablando de Ciencia en Málaga.

(Puedes ver las diapositivas originales aquí)

¿Qué es la arqueología?

Aunque pueda parecernos raro, si preguntamos a un buen número personas qué hace un arqueólogo, todavía hay muchos que responden —casi sin dudar— con el ejemplo de Indiana Jones: un arqueólogo es un aventurero que busca templos ocultos en la selva y desentierra objetos de valor para exponerlos en un museo. Y aunque lo cierto es que Indiana Jones no era más que un caza tesoros, no hace mucho tiempo los arqueólogos actuaban exactamente de esa forma: el destino de gran parte de sus recursos y, por tanto, la dirección de sus investigaciones, estaban determinados por la demanda de los museos que necesitaban objetos para realizar exposiciones que atrajesen el interés del público.

Sin embargo, la arqueología moderna no tiene como objetivo desenterrar objetos para que acaben expuestos en una vitrina. Intenta reconstruir del modo más completo posible el comportamiento del hombre, las bases de su economía y su vida individual y social. De esta forma, la arqueología podría definirse como el método que estudia las diferentes culturas del pasado y su evolución mediante el análisis de los vestigios materiales que han dejado tras de sí.

Por este motivo se ha llegado a comparar la arqueología con el trabajo de un detective: trata de reconstruir las actividades de nuestros antepasados a partir de las huellas que dejaron, restos que tenemos que ser capaces de encontrar y analizar.

La mayoría de las evidencias que encontramos en los yacimientos son de tipo circunstancial, es decir, se trata de rastros incompletos y en demasiadas ocasiones, muy fragmentarios. Pero recurriendo a las ciencias naturales podemos obtener una información mucho más completa. Es decir, lo que el arqueólogo pueda aprender sobre el pasado dependerá en gran medida de la forma en que utilice los recursos que ponen a su disposición otras disciplinas científicas (como, por ejemplo, los análisis de ADN antiguo, estudios químicos de los suelos, polen y restos de fauna y flora etc.).

En definitiva, los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para lograr sus objetivos, la arqueología cuenta un método que comienza con el planteamiento teórico de la prospección y el proceso de excavación del yacimiento, y continúa con el estudio de los materiales encontrados, su seriación y caracterización cronológica. Esta información permite avanzar una hipótesis de trabajo sobre la época a la que pertenecen, su función etc.

  1. Trabajo de campo. La prospección es el conjunto de trabajos previos que se llevan a cabo en el campo y en el propio laboratorio con la finalidad de encontrar el mayor número de yacimientos. Se trata de conocer el terreno (tanto en términos geográficos como geológicos) por medio del estudio de la cartografía, la fotografía aérea o imágenes vía satélite. Como resulta enormemente costoso hacer prospecciones en un área de investigación extensa, es habitual realizar muestreos en zonas más concretas con el uso de sistemas como el georradar, o los métodos magnéticos, que aprovechan la presencia de partículas férricas en la composición de los diferentes suelos y las alteraciones que han podido sufrir por la alteración humana (especialmente indicado para detectar estructuras de hornos). A partir de esa información se puede tomar la decisión de excavar en el yacimiento que sea más prometedor. En segundo término, la excavación del yacimiento permite conocer las actividades humanas en un periodo determinado del pasado y conocer los cambios experimentados en ese lugar de una época a otra. Para poder analizar y comprender un yacimiento es necesario tener en cuenta la estratigrafía, que no es más que la sucesión de capas u ocupaciones que constituyen una secuencia y que se acumulan a lo largo del tiempo. Destacaremos dos leyes que rigen su funcionamiento. La ley de superposición implica que el sedimento que se depositó hace más tiempo estará en la parte inferior de la secuencia estratigráfica, mientras que el más moderno estará encima de éste (en términos generales, cuanto más profundo excavamos, más lejos en el tiempo llegamos). Por otro lado, y como complemento de la anterior, la ley de horizontalidad original se refiere a que, en condiciones perfectas, los sedimentos se depositan de manera horizontal.
  2. Trabajo de laboratorio. Una vez obtenidos los materiales hay que analizar todas las muestras obtenidas en el yacimiento. Estos trabajos permiten conocer el medio ambiente en el momento de ocupación del yacimiento (gracias al estudio de la microfauna, pólenes, composición del sedimento, carbones, semillas, etc.), las estrategias de caza, los esquemas de obtención de herramientas, así como la identificación de restos humanos.
  3. Trabajo de gabinete. Una vez estudiados y clasificados los materiales, procede la interpretación de los datos obtenidos y su puesta en contexto con los conocimientos previos de la disciplina. De esta forma, el resultado de los estudios de los especialistas en cada materia se verá reflejado en artículos en revistas científicas, monografías o trabajos de divulgación.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a las interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados. Estas interpretaciones emplean los datos arqueológicos fuera de contexto, se utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo o, directamente, presentan datos falsos o falsifican pruebas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión. documentales etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico a pesar de que sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  Disfrazan sus afirmaciones de científicas para gozar de la credibilidad que ésta representa.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, o que nuestros antepasados no pudieron construir sin ayuda las pirámides de Egipto o de Mesoamérica. Sin embargo, la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito.  También debemos reconocer que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como comprobamos con su utilización por el partido nazi en la Alemania de comienzos del siglo XX.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no constituye un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado.  Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.

Debemos hacer un esfuerzo mayor para rechazar sus falsedades. A continuación abordaremos esta tarea con tres ejemplos concretos.

La tumba del rey Pakal.

En 1948, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier realizó un importante descubrimiento en el interior de una pirámide escalonada de casi veintitrés metros de altura en el yacimiento de Palenque ¾conocida como el Templo de las Inscripciones, el edifico ceremonial-funerario más grande del periodo clásico-tardío: halló unas escaleras ocultas que descendían bajo el nivel del suelo. Tras casi cuatro años de duros esfuerzos para limpiar los veinticinco metros de relleno de mampostería con que se había obstruido el paso de forma intencionada, en 1952 accedió a una antecámara funeraria donde se habían inhumado seis personas, aparentemente sacrificados en honor del gobernante. En la habitación contigua estaba la tumba de Pakal, señor de B´aakal, en cuyo interior encontró su cuerpo con una máscara y diversos objetos funerarios de jade.

A pesar del excepcional hallazgo, y su importancia para comprender mejor la historia del pueblo maya y la región, lo que generó más expectación en los círculos pseudoarqueológicos fue la losa rectangular de 3,8 metros que cubría el sarcófago. En lo que supone un maravilloso trabajo artístico, presenta motivos esculpidos en bajorrelieve y una larga inscripción alrededor del borde. Muchos interpretaron esta losa como la representación de un astronauta de la antigüedad.

Todo surgió cuando dos “investigadores” (Millou y Tarade) publicaron en 1966 un artículo en la revista Clypeus de Turín titulado L’enigma di Palenque (El enigma de Palenque) donde hacen esta descripción:

«El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto, lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato. Sus dos manos manipulan unos resortes. La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los coches Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico.

La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios solar. La palabra “energía” sería más apropiada que la de “dios”, ya que en la descomposición de la luz mediante un prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de un papagayo.

En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos diez acumuladores, y también son visibles más condensadores de energía. El motor se halla en cuatro compartimientos en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego».

A pesar de la imaginación que derrochan esos “investigadores”, la escena que vemos recoge en realidad el instante de la muerte de Pakal y su caída al inframundo. Es decir, vemos simbolizada —según las creencias mayas— su muerte y resurrección.

En los mitos recogidos en la época colonial, la imagen del cosmos de los mayas se presenta como una estructura de tres niveles: el cielo; la tierra, vista como una plancha plana cuadrangular; y por último, el inframundo (con nueve niveles). Según la mitología maya, el acceso de los difuntos al inframundo obligaba recorrer los nueve escalones desde el nivel terrestre, por eso la entrada a la tumba está en el suelo del Templo, que corresponde simbólicamente a la superficie de la tierra.

Pakal aparece en el centro de la losa como símbolo del nivel terrestre; sobre él vemos una cruz formada por una serpiente bicéfala (la barra horizontal), y otra cabeza de serpiente remata el eje vertical. Esta cruz es una representación del árbol de la creación que en la mitología maya se encuentra en el centro del mundo. Debajo de éste, en la parte inferior de la losa, vemos las fauces abiertas del inframundo. El esqueleto de dos dragones, unidos por la mandíbula inferior, integran el recipiente en forma de U que representa la entrada al mundo de los muertos.

Y es ahí donde arranca el Árbol del Mundo, centro del Universo. El Pájaro Serpiente, símbolo del reino celeste, está posado sobre la copa del árbol. El Pájaro Serpiente, en este y otros relieves de Palenque, se acompaña de glifos y mascarones solares lo que refuerza la interpretación de que se trata del Sol en el cenit.

Entre las mejores representaciones del Árbol del Mundo están las que encontramos precisamente en Palenque. Formado por serpientes bicéfalas, aparece en las lápidas de los Templos de las Inscripciones y de la Cruz; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se le representa como una planta de maíz. Todas estas cruces presentan al Pájaro Serpiente posado en lo alto; mientras que en la parte inferior vemos los símbolos de la noche, la tierra y el inframundo. Para reforzar la idea de que este pájaro representa el Sol, vemos que en el tablero del Templo de la Cruz y en la lápida del Templo de las Inscripciones, el Pájaro Serpiente tiene a los lados escudos del dios solar; mientras que en el Templo de la Cruz Foliada se posa sobre un mascarón solar que se ubica en la parte superior de la cruz.

En la losa de Pakal, los extremos de las ramas terminan en cabezas de serpiente xiuhcóatl (un animal que simboliza la renovación del fuego y del tiempo); y el tronco tiene sus raíces en una cabeza monstruosa, de mandíbulas descarnadas, símbolo de la Tierra devoradora y engendradora de la Vida. Éste monstruo aparece en un estado de transición entre la vida y la muerte: es esquelético de la boca para abajo, pero sus ojos tienen las pupilas dilatadas de los seres vivos.

Pakal parece tambalearse en una postura incómoda, lo que remarca que también él está en transición de la vida a la muerte: lo vemos con las rodillas flexionadas, las manos relajadas y el rostro sereno, no cae aterrado porque espera vencer a la muerte. El hueso de su nariz significa que incluso en la muerte lleva consigo la simiente del renacimiento.

Lo que esta losa viene a decir es que Pakal fue dios durante su vida, y también es dios al caer en la muerte.

En su libro, Tomas recopila decenas de ejemplos “misteriosos”, sacados de contexto y aportando datos equivocados, para ofrecer un hilo conductor que sirva de apoyo a su visión de nuestro pasado. En este caso concreto, se presenta la iconografía de la losa de la tumba como única y especial, como una señal unívoca de que los mayas querían representar a un astronauta de la antigüedad. Sin embargo, no menciona los datos y pruebas que han ido recopilado arqueólogos, paleógrafos etc. que contradicen esa visión.

Así, basta que nos desplacemos unas decenas de metros desde el Templo de las Inscripciones para encontrar otros paneles que idéntica simbología en los Templos de la Cruz y de la Cruz Foliada.

El 12º planeta

Zecharia Sitchin fue un escritor de origen ruso que nació en 1922. Deberíamos añadir que fue un escritor de éxito que logró vender millones de ejemplares (sus libros fueron traducidos a más de 25 idiomas). Todos ellos tienen un denominador común: nos habla de los orígenes de la humanidad y sostiene que seres extraterrestres han intervenido en la historia de la Tierra. Según afirma, la primera civilización histórica —la sumeria— fue creada por los Anunnaki, una raza de extraterrestres que provenían de un planeta llamado Nibiru, de ahí el título de su primer libro publicado en 1976. Sitchin se apoya en la rica mitología mesopotámica para defender la existencia de un planeta desconocido para la ciencia de donde provienen los Anunnaki (que relaciona con los Nefilim citados en el Antiguo Testamento).

En síntesis, sus argumentos son los siguientes:

  • El origen de la vida en la Tierra hay que buscarlo en otro lugar (lo que hoy en día conocemos como la teoría de la panspermia dirigida).
  • El ser humano moderno, Homo sapiens, es un extraño en la Tierra. Pone en tela de juicio las afirmaciones de la paleoantropología “oficial” al afirmar que la aparición de Homo sapiens fue súbita e inexplicable. El desarrollo de sus herramientas, su capacidad de hablar, y otros rasgos modernos no tienen conexión con los primates anteriores, ni puede explicarse con el lento proceso evolutivo (se apoya en una cita de Theodosius Dobzhansky ―y su obra Mankind evolving― según la cual «el hombre moderno tiene muchos parientes fósiles colaterales, pero no tiene progenitores; de este modo, la aparición del Homo sapiens se convierte en un enigma»). La respuesta que ofrece Sitchin es que, como afirma el Antiguo Testamento y otras fuentes antiguas, fuimos creados por los dioses.
  • En relación con lo anterior, dado el escaso tiempo transcurrido desde su aparición, el hombre debería estar incivilizado: «al hombre le llevó dos millones de años avanzar en su “industria de la herramienta”; sin embargo, desde la utilización de las piedras tal cual las encontraba, […] y menos de 50.000 años después del Hombre de Neanderthal [sic], hemos llevado astronautas a la luna».
  • Refiere que a pesar de que nuestros estudiosos no pueden explicar la aparición de Homo sapiens, al menos no hay duda “por ahora” de que la civilización surgió en Oriente Próximo.
  • Sitúa el origen de la agricultura en Oriente Próximo desde donde se extendió al resto del mundo. El hombre comenzó cultivando y “domesticando” el trigo y la cebada, para luego aparecer en “rápida sucesión” el mijo, el centeno y la escanda; el lino que proporcionaba fibras y aceite comestible; y una amplia variedad de arbustos y árboles frutales: «era como si en Oriente Próximo hubiera existido una especie de laboratorio botánico genético, dirigido por una mano invisible, que producía de vez en cuando una planta domesticada» Siguiendo este argumento, identifica el “Edén” bíblico como este lugar, como el lugar del origen de la vid.
  • Tras la domesticación de plantas y animales, y el origen del culto a los muertos, que comienza en los alrededores del 11000 a.C., tuvo lugar la aparición de la cerámica en las tierras altas de Oriente Próximo en un lapso de no más de 3.600 años ―esta cifra temporal es importante como veremos más adelante― «el descubrimiento de los múltiples usos que se le podía dar a la arcilla tuvo lugar al mismo tiempo que el Hombre dejó sus moradas en las montañas para instalarse en los fangosos valles»
  • Tras esto, el progreso se ralentizó y se produjo una regresión hacia el 4500 a.C., aunque después, «súbita, inesperada e inexplicablemente, el Oriente Próximo presenció el florecimiento de la mayor civilización imaginable».

Estos seres vinieron a la Tierra para obtener recursos minerales, fundamentalmente oro. Los Anunnaki decidieron crear unos “esclavos” para que hicieran el trabajo duro: nosotros. Mediante ingeniería genética, emplearon sus propios genes para modificar el ADN de Homo erectus y así crear una raza lo suficientemente inteligente como para ser capaz de seguir sus órdenes y hacer el trabajo que se le exigía.

En definitiva, argumenta que el resultado de su “investigación” contaba con el respaldo de los textos bíblicos, y que éstos tienen su origen en los textos sumerios. De hecho, se jacta de haber traducido directamente el lenguaje sumerio, confirmando de esta forma que dicha lengua refleja la realidad de sus afirmaciones.

Hoy en día conocemos bien la civilización mesopotámica aunque sólo podamos conocer su historia, en el sentido propio de esta palabra, desde aproximadamente unos 3.000 años antes de la era común. Es decir, somos capaces de conocer su historia desde el momento en que se desarrolló por primera vez un sistema de signos apto para materializar y fijar el pensamiento y la palabra: las lenguas sumeria y acadia.

Los arqueólogos llevan décadas trabajando en los desiertos de lo que actualmente son Irak, Irán, Siria y Líbano, donde han desenterrado alrededor de medio millón de tablillas escritas con signos cuneiformes (nombre que recibe la escritura con forma de cuña empleada en Mesopotamia). Aunque puede parecer que esta información es considerable, en realidad es bastante escasa en comparación con toda la que se debió producir a lo largo de los miles de años que pervivió esa civilización, y ello sin contar todos aquellos datos que no se llegaron a poner por escrito ni los que han desaparecido para siempre en las arenas del tiempo y el desierto. Además debemos tener presente que en Mesopotamia, tanto en la ciencia como en la jurisprudencia, la adivinación o la medicina, no existía más escritura y más literatura que la profesional: sólo los profesionales escribían y leían. De ahí que estos textos circulasen únicamente entre ellos.

Tantos años de estudio han permitido una comprensión bastante completa de la lengua y de la forma de pensar de los antiguos mesopotámicos. Sin embargo, en la época en la que Sitchin escribió su libro, los estudiosos que investigaban la civilización que surgió entre dos ríos formaban un grupo reducido que publicaban sus hallazgos en sesudas revistas especializadas. El desconocimiento de esta cultura entre el público era total.

Y eso lo aprovechó convenientemente nuestro protagonista para dar a su versión de los hechos una apariencia de verdad.

En uno de los capítulos más curiosos de su libro —Los Nefilim: el pueblo de los cohetes ígneos— Sitchin sostiene que los escribas sumerios reflejaron en su escritura un hecho real: existían unos astronautas que surcaban los cielos en naves propulsadas por cohetes.

Para apoyar su argumentación utiliza como ejemplo la palabra DIN.GIR que analiza descomponiéndola en dos. Según afirma, GIR es un término utilizado para describir un objeto de bordes afilados (describe el pictograma como un cohete de dos fases con aletas); mientras que DIN lo traduce como “justo”, “puro”, “brillante”. Por lo tanto, cuando unimos las dos palabras para formar DIN.GIR —una palabra que existe efectivamente y que se traduce como “dioses” o “seres divinos”—, Sitchin defiende que transmitía una idea más profunda: los dioses eran “los justos de los objetos en punta brillantes” o, de forma más explícita, “los puros de los cohetes ardientes”.

Sin embargo la realidad es bien distinta.

Gracias a la labor de los arqueólogos (rescatando las tablillas de barro del desierto) así como a los estudiosos de las lenguas muertas, tenemos un conocimiento bastante completo de las lenguas sumeria y acadia. Además, contamos con muchos diccionarios de lengua sumeria que permiten comprender el significado de los términos —diccionarios que también estaban disponibles cuando Sitchin escribió su libro—. Si tomamos cualquiera de ellos vemos que, efectivamente, existe la palabra GIR y podemos traducirla como “cuchillo” o “espada” (podemos decir que Sitchin acierta porque un cuchillo o una espada encajan perfectamente con su traducción de “objeto de bordes afilados”). La palabra DIN también existe, pero se traduce al castellano como “vida”, “salud”, “vigor”.

Analicemos ahora la forma de los pictogramas. Si seguimos el planteamiento de Sitchin, al unir los pictogramas de las palabras DIN y GIR vemos esto:

¿Se parece a la imagen que ilustra el libro? Hombre, un aire se dan, pero hay un pequeño problema: en este orden, los pictogramas sumerios se leerían GIR.DIN. Si los ponemos en el orden “correcto”, desparece el efecto que buscaba nuestro autor.

Y si utilizamos el signo adecuado para la palabra DIN.GIR vemos claramente que ésta se representa por un pictograma concreto que no es la unión de los dos anteriores.

En definitiva, el 12º Planeta es una colección de textos mal traducidos elegidos únicamente para sostener la argumentación que expone en la obra (de esta forma, lo que en un lugar traduce de una forma, no tiene encaje cuando se traslada a otros textos). Y todo ello con un problema de fondo que el autor no puede (o quiere) solventar: toma de forma literal los mitos sumerios.

Dado el éxito que tuvieron sus textos y las “llamativas” afirmaciones que se hacían en nombre de la ciencia, la comunidad académica no se limitó a ignorar sus afirmaciones. Muy al contrario, podemos encontrar muchas reseñas de sus libros hechas por historiadores, arqueólogos y antropólogos que critican las afirmaciones de Sitchin, haciendo hincapié en su falta de rigor a la hora de traducir e interpretar los textos que cita.

Por su parte, Sitchin se limitaba a contestar que los académicos se negaban a ver la realidad por sus prejuicios y su afán de “quedar por encima” de quien veían como un simple aficionado. Sin embargo, nunca dio una explicación clara y concreta a las evidentes contradicciones y falsedades que se pusieron sobre la mesa.

Continúa

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HETERODOXIA, HISTORIA, 6 comentarios
Las herramientas de piedra más antiguas

Las herramientas de piedra más antiguas

     Última actualizacón: 25 marzo 2018 a las 16:10

Estamos en el verano de 2011 y la arqueóloga Sonia Harmand y su equipo tratan de llegar a Lomekwi, el yacimiento donde se descubrieron, entre 1998 y 1999, los controvertidos fósiles de Kenyanthropus platyops. Situado entre las cuencas de los ríos Lomekwi y Topernawi, en la orilla occidental del lago Turkana, el yacimiento se confunde entre suaves valles y pequeñas colinas pedregosas. Al final de una pista de tierra el equipo se da cuenta de que se han perdido, por lo que Harmand y Jason Lewis deciden subir a una colina para orientarse y continuar su ruta. Al llegar a la cima el impacto es enorme: ante ellos se despliega, ladera abajo, un reguero de inconfundibles herramientas de piedra.

Para finales de 2012, las excavaciones en ese yacimiento —denominado Lomekwi 3, LOM3— habían permitido recuperar 149 artefactos de piedra, la mayor parte de ellos en la misma superficie del terreno. Destaca el conjunto formado por un núcleo y la lasca de piedra que se había desprendido tras golpearlo, un hallazgo que ha permitido reconstruir el bloque original y demostrar que esas herramientas se habían fabricado y luego descartado en el mismo lugar.

Con la publicación de los resultados de este trabajo en la revista Nature 1 (puedes acceder al artículo completo aquí) se ha confirmado que estos artefactos constituyen las herramientas de piedra más antiguas descubiertas hasta el momento: con una antigüedad de 3,3 millones de años (Ma), retrasan en 700.000 años la fecha de las que hasta ahora se consideraban las más antiguas.

El contexto: qué es la cultura lítica

Cuando hablamos de la fabricación de herramientas de piedra nos referimos al trabajo de talla que consiste en golpear una roca con otra para separar uno o varios fragmentos. Éstos se utilizarán en distintas tareas como matar animales, cortar la carne, tratar sus pieles o realizar trabajos con madera, hueso o cuerno.

Hoy sabemos que para realizar el trabajo de talla se utilizaron básicamente dos técnicas: la talla por percusión y la talla por presión (en la imagen de abajo vemos un ejemplo de cada una). La talla por percusión —la técnica más básica— consiste en golpear una roca con un “percutor” o instrumento que golpea a modo de martillo (es el ejemplo marcado con letra a). Para ello, la roca sobre la que se golpea, también llamada “núcleo” o “percusor”, puede estar apoyada bien en la mano, directamente en el suelo, o sobre un “yunque” (ejemplos letras b y c) que no es más que otra piedra más dura. La parte que se desprende de ese núcleo recibe el nombre de lasca y constituye la herramienta propiamente dicha —aunque en ocasiones el núcleo también se puede utilizar como tal—.

Principales técnicas de fabricación de herramientas de piedra: a) percusión con un martillo; b) técnica del yunque; c) técnica bipolar; d) percusión blanda; e) percusión indirecta y f) tallado por presión. Tomado de Delson (2000)

Principales técnicas de fabricación de herramientas de piedra: a) percusión con un martillo; b) técnica del yunque; c) técnica bipolar; d) percusión blanda; e) percusión indirecta y f) tallado por presión. Tomado de Delson (2000).

Hablamos de percusión directa cuando el percutor incide directamente sobre la roca (ejemplo letras a y d); o indirecta cuando se utiliza un instrumento intermediario a modo de punzón o cincel, sobre el que se ejerce la fuerza del golpe para que éste la transmita a la piedra sobre la que se trabaja (ejemplo letra e).

Por último, la talla por presión supone el uso de un instrumento para presionar sobre la piedra, obteniéndose unas láminas. Dado lo delicado de este trabajo, solía emplearse para retocar los artefactos obtenidos por otras técnicas ya que permitía la obtención de productos muy definidos, de gran precisión y con menor esfuerzo y riesgo (ejemplo letra f).

La cultura olduvayense

Las primeras herramientas, y por ende, los primeros signos de la existencia de una cultura de la talla de piedra los encontraron, allá por la década de los cincuenta del siglo pasado, Louis y Mary Leakey en los yacimientos de la garganta de Olduvai, cerca del volcán Serengueti (Tanzania) 2 (el término es Oldowan en inglés). Sin embargo, dado que este tipo de trabajos de piedra también se han localizado en numerosos yacimientos fuera del este de África, los arqueólogos comienzan a denominar esta cultura lítica como Modo 1, aunque en la mayor parte de textos se mantiene la denominación original.

Tan importante como encontrar estos artefactos fue tratar de identificar cuáles de nuestros antepasados los habían fabricado. La suerte quiso que en 1964 se descubrieran en este mismo yacimiento los restos fósiles de un homínido cuyos rasgos eran más parecidos a nuestro género Homo que a los australopitecos 3, y que aparecían asociados con esas herramientas de piedra. En el artículo que publicaron Leakey, Tobías y Napier, llegaron a la conclusión  que era necesario nombrar una nueva especie y eligieron Homo habilis (el hombre hábil) en clara alusión a su capacidad para fabricar esas herramientas 4. Más adelante analizaremos si fue este homínido el primero en utilizar herramientas de piedra.

Pero antes debemos volver la vista a la cultura Olduvayense para comprender mejor el nuevo descubrimiento. Cela-Conde 5 la describe como un conjunto de piedras manipuladas para obtener filos cortantes, núcleos, lascas, lascas retocadas y fragmentos de lascas, que se obtienen al golpear un canto de forma redondeada y de distintos materiales. El tamaño de los núcleos lógicamente varía, pero podemos considerar como típico aquel que cabe cómodamente en la mano, es decir, de un tamaño similar a una pelota de tenis.

En cuanto a la terminología ­—imprescindible para movernos con soltura entre los textos especializados—, apuntaremos que los cantos rodados reciben el nombre en inglés de peeble tool. Si la herramienta de piedra se trabaja sobre una cara se llama chopper (en castellano protobifaz) o chopping tool si se actúa sobre las dos (bifaz o hacha de mano). Las lascas o esquirlas que se obtienen tras la fractura de un núcleo (denominadas flakes, en inglés) se utilizaban, entre otras cosas, para cortar la piel, la carne y los tendones de los animales como paso previo a su consumo. Las raederas (flake scrappers) son lascas retocadas con un filo que recuerda en cierto modo al de nuestros cuchillos dentados, y cuya función podría haber sido la de raspar las pieles para curtirlas. Por último, el término débitage se reserva para aquellas lascas que se desprenden de las piezas más grandes y que no han sido modificadas ni retocadas posteriormente. Se consideran material de desecho —restos de los trabajos de talla— aunque también se usaron como herramientas.

Hemos de saber que también se han catalogado como herramientas líticas los cantos rodados que no tienen un filo cortante pero que presentan señales evidentes de haberse utilizado para golpear otras piedras: se les conoce como martillos (hammer en inglés) y su utilidad es más que evidente.

Como vemos, las herramientas del Modo 1 se caracterizan por su versatilidad, es decir, aún no se puede hablar de útiles especializados (que requerirán un mayor trabajo de desarrollo). Por este motivo, una de las notas características de esta cultura es que las piezas se obtienen mediante muy pocos golpes, uno solo en ocasiones, de ahí que el resultado suela ser el de unas herramientas más bien burdas (sin embargo, si examinamos el conjunto de las colecciones recuperadas en tiempos recientes podemos ver que el olduvayense es algo más que piedras machacadas). Del mismo modo, se ha comprobado que estas herramientas eran de “usar y tirar” y de vida muy corta: dado que su fabricación no implicaba una gran dificultad, podían hacerse cuando era necesario, siempre que hubiera materia prima disponible en el entorno claro.

Piedras talladas encontradas en el yacimiento de Melka Kunture (Etiopía). Creative commons.

Piedras talladas encontradas en el yacimiento de Melka Kunture (Etiopía). Creative commons.

Estado de la cuestión

Como hemos dejado entrever, la idea más aceptada hasta ahora era que la cultura lítica estaba relacionada con el origen del género Homo: se trataría de una respuesta adaptativa al cambio climático y la extensión de las llanuras de sabana. La premisa era que sólo nuestro linaje habría dado el salto cognitivo necesario para golpear unas piedras con otras y obtener láminas afiladas; y que esa conducta constituía el cimiento de nuestro éxito evolutivo.

Ya hemos adelantado que la mayoría de investigadores coincide en apuntar a Homo habilis como el antepasado que fabricó por primera vez herramientas líticas. Sin embargo, hace 1,5 Ma se produjo un cambio significativo en la elaboración de este tipo de artefactos puesto que desde entonces nos encontramos con una mayor variedad tipológica. Este cambio parece coincidir con la aparición de Homo erectus —y coincidiría también con un aumento considerable del tamaño cerebral de nuestros antepasados—. Sin embargo, esta hipótesis choca con una serie de inconvenientes, como el hecho de que los Homo habilis que se supone son los autores de la primera industria Olduvayense desaparecen mucho antes de que entre en escena Homo erectus.

En el yacimiento de Lokalalei 2c (formación Nachukui, Turkana occidental, Kenia), con una antigüedad de 2,34 Ma, se encontraron en 1997 cerca de 3.000 artefactos concentrados en una zona pequeña, de unos 10 metros cuadrados, con gran abundancia de elementos pequeños (menores de un centímetro) 6. Los útiles estaban asociados a algunos restos de animales, aunque no se encontraron marcas de corte que indicaran su manipulación.

La mayor importancia de estos útiles radica en la presencia de numerosos materiales de desecho que han permitido establecer la cadena completa de construcción in situ. Los autores sostienen que la técnica utilizada implica una preparación y utilización de los materiales muy cuidadosa, inimaginable con anterioridad para unos homininos tan antiguos, lo que nos obliga a plantearnos que sus capacidades cognitivas debían estar bastante más desarrolladas de lo que suponíamos hasta ahora. Por ejemplo, se halló un núcleo que había sido golpeado hasta 20 veces para extraer lascas; mientras que la cuidadosa elección de los materiales (lavas volcánicas como el basalto en su mayor parte) implica que quienes los trabajaban conocían sus propiedades mecánicas.

Otras investigaciones previas ya habían hecho retroceder la fecha de aparición de las primeras herramientas de piedra desde, por ejemplo, los 1,8 Ma (millones de años) del yacimiento de Dmanisi (situado en la república de Georgia) o el conjunto argelino de Ain Hanech (también con fechas de 1,8 Ma) —yacimiento que aúna herramientas con restos de diferentes especies animales—; hasta los 2,6 Ma de la región etíope de Afar 7. Si tenemos en cuenta que los primeros fósiles que se atribuyen sin duda al género Homo sólo alcanzan los 2,4—2,3 Ma de antigüedad, se abre la posibilidad de que otros homininos sean quienes fabricaron esas herramientas de piedra.

En este sentido, entre los descubrimientos más relevantes que apuntan a esta posibilidad se encuentran unos huesos que presentan marcas de corte hallados en Dikika (Etiopía). El equipo dirigido por Shannon McPherron y Zeresenay Alemseged 8 halló una costilla y un fémur fosilizados que mostraban lo que parecían ser marcas de corte realizadas con piedras afiladas. Pese a que las conclusiones de los investigadores no dejaban margen a la duda, otros pusieron en tela de juicio que esas marcas tuvieran que ver con herramientas de piedra, atribuyéndolas a efectos puramente naturales (aplastamiento de los huesos, abrasiones etc.). En cualquier caso, McPherron y Alemseged sostenían que el hallazgo demostraba que nuestros antepasados usaron herramientas de piedra al menos 800.000 años antes de lo que se pensaba (en relación a los 2,6 Ma apuntados por Semaw y colaboradores); y que el mejor candidato para ser su autor era Australopithecus afarensis (la ya famosa Lucy). Aunque no se habían encontrado restos de este hominino cerca de los huesos, era la única especie que vivía en esa región en aquel momento.

El yacimiento Lomekwi 3 y las nuevas herramientas

Localización del yacimiento LOM3.

Localización del yacimiento LOM3.

El yacimiento donde han localizado las nuevas herramientas lo constituye una pequeña colina situada en la orilla occidental del lago Turkana (ver imagen superior) y, según todos los indicios, constituye un contexto primario 9.

Un dato muy importante es saber cómo se ha determinado la antigüedad del yacimiento ya que ello implica establecer la antigüedad de los mismos artefactos. El contexto cronológico de LOM3 se ha obtenido gracias a varios métodos distintos: primero, contamos con la datación de las tobas volcánicas que contiene (un método muy fiable para establecer cronologías) 10; en segundo término, se han realizado análisis de los isótopos estables del carbono del suelo, y por último, de la fauna fósil asociada al yacimiento. Todos estos análisis coinciden en arrojar una antigüedad de 3,3 Ma para las herramientas.

Quizás lo más destacado del hallazgo sea el contexto ambiental. Según los resultados de los análisis, los artefactos se han asociado a un ambiente boscoso (explicaremos la importancia de este aspecto en las conclusiones de este artículo).

Se han recuperado un total de 149 artefactos, entre los que se incluyen 83 núcleos, 35 láminas (completas o rotas), siete elementos pasivos o yunques potenciales, siete percutores, tres cantos trabajados, dos cantos escindidos y doce artefactos que se han catalogado como fragmentos indeterminados o piezas que carecen de atributos suficientes para permitir su clasificación.

Muestras de las herramientas encontradas en el yacimiento LOM3.

Muestras de las herramientas encontradas en el yacimiento LOM3.

Estas herramientas destacan porque estamos ante una industria diferente de aquella asociada a los primeros humanos: vemos lascas grandes de doce centímetros y núcleos con un peso promedio de tres kilos. Este tipo de núcleos no permite una manipulación cómoda con una sola mano, por lo que es muy probable que se golpearan utilizando un yunque. Es una técnica menos refinada y menos exigente neurológicamente que aquella en la que cada mano controla una herramienta diferente para coordinar el impacto entre los dos objetos a la vez.

En este sentido, los investigadores han llevado a cabo diversos experimentos para tratar de reproducir, con los mismos materiales, la técnica empleada en la fabricación de estas herramientas (lo que ha permitido al mismo tiempo descartar que tuvieran su origen en una fractura accidental de las rocas). Los resultados han demostrado que nos encontramos sin duda ante unos artefactos fabricados intencionadamente, y que el hominino que los hizo no controlaba con precisión el movimiento del percutor, como demuestra el hecho de que aparezcan repetidas marcas de impacto en el núcleo provocadas por golpes fallidos aplicados demasiado lejos del borde de la plataforma.

¿Quién pudo fabricar estas herramientas?

Una vez determinada con seguridad la antigüedad de las herramientas y su origen intencionado, queda por responder una de las preguntas clave: ¿quién fue el responsable de su fabricación?

Como hemos visto, la antigüedad de este nuevo yacimiento se adelanta en el tiempo a los especímenes fósiles más antiguos del género Homo localizados en Turkana occidental (datados en 2,34 ± 0,04 Ma). Esta diferencia de casi un millón de años deja dos posibilidades a juicio de los autores del estudio: la única especie de hominino que se conoce que vivió en la región en esta época es Kenyanthropus platytops 11 (aunque como también hemos señalado, no todos los investigadores reconocen la validez de esta especie). La segunda hipótesis planteada es que fuera bien Australopithecus afarensis 12, o quizás un tipo aún no descubierto de Homo.

La pregunta sigue en el aire y es preciso continuar con las excavaciones para tratar de obtener una respuesta satisfactoria.

Conclusiones

Hoy en día reconocemos sin ningún complejo que el ser humano no es el único animal que es capaz de utilizar herramientas. Estamos acostumbrados a ver a chimpancés, orangutanes e incluso cuervos, emplear diversos palos, piedras y otros elementos para acceder a determinados alimentos en un comportamiento que no podemos sino calificar de consciente.

Kanzi, un bonobo, fabricando lascas de piedra.

Kanzi, un bonobo, fabricando lascas de piedra.

En un caso bastante llamativo, un bonobo llamado Kanzi aprendió a fabricar herramientas de piedra por medio de la imitación tras años de ensayo y error, logrando de este modo cortar y abrir un contenedor donde había alimentos. Sus habilidades han mejorado considerablemente desde el inicio de este experimento en 1990 y, de hecho, muchos de sus artefactos se parecen a los que podemos encontrar en los yacimientos olduvayenses. Sin embargo, tanto las lascas como los núcleos aún presentan diferencias importantes con los que vemos en los yacimientos del Paleolítico inferior.

Los simios antropomorfos y todos los primates en general pueden utilizar muchas herramientas aunque de forma más automática y sin la capacidad de integración y desarrollo que tenemos los humanos 13.

Esta realidad ha abierto el debate sobre si es posible que exista una cultura material preolduvayense, es decir, una producción lítica a medio camino entre los primeros ensayos de algunos primates y las producciones propias del Olduvayense 14.

El yacimiento LOM3 puede representar esa etapa tecnológica intermedia entre el uso de herramientas de piedra por un hominino primitivo, y la talla de las herramientas Olduvayenses posteriores. Por este motivo se sugirió el término “preolduvayense” para los casos en los que se encuentren piedras modificadas en depósitos de una antigüedad superior a los 2,6 Ma. Sin embargo, Harmand y sus colaboradores reivindican que las diferencias tecnológicas y morfológicas que hay entre los artefactos que se han descubierto en LOM3 y los primeros yacimientos olduvayenses descritos por los Leakey son lo suficientemente significativas para evitar esta agrupación. Defienden que hacerlo así podría enmascarar los importantes cambios culturales y cognitivos que tuvieron lugar entre los homininos en un periodo de cerca de dos millones de años.

De esta forma, como sucede cuando se nombra una nueva especie que presenta notables diferencias con las existentes, los autores proponen un nombre diferente para esta cultura lítica: Lomekviano.

En cualquier caso, aceptemos o no el empleo de este término para designar toda una nueva cultura lítica, resulta evidente que la morfología de los artefactos encontrados en LOM3 apunta a que el control motor de quienes los fabricaron debió ser considerable y, por consiguiente, que la reorganización o la expansión de varias regiones del córtex cerebral, del cerebelo, y de la médula espinal debió producirse antes de esos 3,3 Ma. Por lo tanto, se hace preciso contar con más estudios de la morfología funcional de las extremidades superiores de los homininos del Plioceno, especialmente en términos de adaptación para la fabricación de herramientas, si queremos comprender mejor y extraer todo el significado evolutivo de este sensacional hallazgo.

Más información

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Referencias

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Notas

  1.  3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3, West Turkana, Kenya
  2.  El término Olduvayense lo acuñó formalmente Louis Leakey cuando describió esos materiales.
  3.  Por entonces únicamente se reconocían estos dos géneros dentro de la familia Hominidae.
  4.  Leakey, L. S. B.; Tobias, P. V. y  Napier, J. R. (1964), «A new species of the genus Homo from Olduvai gorge». Nature, vol. 202, núm. 4927, p. 7-9.
  5.  Es un texto esencial —en castellano— para estudiar nuestro pasado: Senderos de la evolución humana.
  6.  El artículo técnico es: Roche, H., et al. (1999), «Early hominid stone tool production and technical skill 2.34 Myr ago in West Turkana, Kenya». Nature, vol. 399, núm. 6731, p. 57-60.
  7.  Nos referimos a los artículos de Semaw y colaboradores: 2.5-million-year-old stone tools from Gona, Ethiopia y 2.6-Million-year-old stone tools and associated bones from OGS-6 and OGS-7, Gona, Afar, Ethiopia.
  8.  «Evidence for stone-tool-assisted consumption of animal tissues before 3.39 million years ago at Dikika, Ethiopia».
  9.  Nos encontramos ante un contexto primario cuando los objetos son abandonados en el lugar en que se realizaba la actividad, sin que se haya producido un transporte, por cualquier agente, antes o después del abandono de la zona. Esto significa que podemos estar seguros que lo que vemos hoy día es la misma situación que tenía la zona hace 3 Ma.
  10.  Concretamente, se ha determinado que las herramientas se depositaron durante el subcrón de polaridad inversa Mammoth C2An.2r, que abarca un margen temporal entre 3,33 y 3,21 Ma.
  11.  Representado por un cráneo de 3,3 Ma de antigüedad encontrado en 1999 a un kilómetro de LOM3. Un diente de este homínido y un hueso craneal se descubrieron a pocos cientos de metros de allí; y aún está pendiente de estudio un diente que se encontró a escasos 100 metros.
  12.  El espécimen más cercano se encuentra en el Awash, con una antigüedad de 3,39 Ma en asociación con los huesos con marcas de corte encontrados en Dikika.
  13.  Es habitual leer la frase de que “sólo los humanos construimos objetos que sirven para construir otros objetos».
  14.  Los últimos trabajos de campo en yacimientos generados por chimpancés, esencialmente en Costa de Marfil, permiten equiparar las primeras evidencias tecnológicas del uso de la piedra con los usos que los chimpancés le dan a este recurso para golpear y conseguir acceder a los frutos que consumen.
Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 1 comentario
El objeto de metal más antiguo de Oriente Próximo

El objeto de metal más antiguo de Oriente Próximo

     Última actualizacón: 7 abril 2017 a las 12:09

Arqueólogos e investigadores de la Universidad de Haifa, de la Universidad Hebrea de Jerusalén y del Instituto Arqueológico Alemán de Berlín han publicado el hallazgo del objeto de metal más antiguo recuperado en Oriente Medio: se trata de un punzón de cobre datado hacia finales del sexto milenio o principios del quinto milenio antes de Cristo (todas las fechas que se citan en esta anotación están calibradas, por lo que se emplea la abreviatura CalBC) 1 descubierto en la tumba de una mujer en Tel Tsaf.

El yacimiento arqueológico de Tel Tsaf, situado en el valle del Jordán, ha sido objeto de cuatro intensas campañas de excavación entre los años 2004 y 2007. A pesar de que se documentó la zona por primera vez en la década de 1950, fue necesario esperar más de veinte años para que se iniciaran las excavaciones propiamente dichas. Los trabajos de investigación han permitido constatar que el principal periodo de ocupación del poblado tuvo lugar durante el Calcolítico medio, en una horquilla de tiempo comprendida entre los años 5100 a 4600 a.C.

Sabemos que los diferentes grupos humanos no han evolucionado de la misma forma y al mismo tiempo en todas las regiones, por lo que cuando utilizamos los términos clásicos de división de la Prehistoria (como Edad del Cobre, Bronce y Hierro) tenemos que hacer algunas precisiones. En este sentido, el término “Calcolítico” es puramente tecnológico y define un periodo en el que los grupos humanos alcanzan un nivel de desarrollo cultural que les permite un aprovechamiento más sistemático y diversificado del medio en el que viven, lo que va unido a una organización social más compleja. Así, se empieza a vislumbrar cierto grado de jerarquización social que irá aumentando y consolidándose con el paso del tiempo. Todos estos cambios van parejos al afianzamiento de la vida en poblados con un modelo protourbano: aumenta la población, se amplía la especialización de los trabajos y se generalizan rasgos comunes de carácter ideológico o religioso.

En el caso de Tel Tsaf, los arqueólogos han constatado la gran riqueza de la comunidad, así como la importancia de los lazos comerciales a larga distancia que mantuvieron tras analizar los grandes edificios construidos y el número de silos de que disponían, donde almacenaban el trigo y la cebada en una escala sin precedentes en la región (cada silo podía almacenar entre 15 y 30 toneladas de grano, muy lejos de las necesidades anuales de una familia media). Además, había muchos hornos en los patios que estaban repletos de huesos quemados de animales, lo que demuestra la celebración de grandes eventos multitudinarios.

Otros hallazgos importantes incluyen diversos artículos fabricados con obsidiana (una roca volcánica vítrea con origen en Anatolia o Armenia), conchas del río Nilo, así como fragmentos de cerámica provenientes de Mesopotamia y de otras zonas de la cuenca mediterránea. Ningún otro yacimiento de este periodo muestra unas conexiones a larga distancia de similares dimensiones.

Detalle de la tumba.

El punzón

Pero el hallazgo más importante hasta la fecha tiene sólo cuatro centímetros de largo. Este punzón de cobre (que se insertaba en un mango de madera) salió a la luz en 2007 en una excavación del yacimiento llevada a cabo por el profesor Yosef Garfinkel de la Universidad Hebrea.

El objeto se encontró en la tumba sellada de una mujer de unos 40 años de edad. El enterramiento, cuyo esqueleto tenía alrededor de su cintura 1.668 cuentas de concha de huevo de avestruz, estaba situado en el interior de un silo para almacenamiento de grano. Mientras que la tumba, el esqueleto de la mujer y el cinturón de cuentas ya se habían hecho públicos en revistas científicas 2, el pequeño punzón tuvo que esperar hasta que finalizase un estudio más profundo y se analizaran sus componentes químicos.

Se trata de un alfiler alargado hecho de metal fundido, con un corte transversal redondeado. Mide 41 mm de largo y su diámetro máximo (cerca de la base y en la mitad de su longitud) es de 5 mm, mientras que cerca de la punta es de 1 mm. El color externo es verde debido a la oxidación y corrosión, mientras que el núcleo es rojizo 3.

Debido a esta corrosión no se ha podido observar la microestructura original, los vestigios visibles del proceso de fabricación ni tampoco las cantidades relativas originales de los diferentes elementos que sí se han conservado. A pesar de todo, los resultados confirman la presencia de cobre con un 6% de estaño, un 0,8% de arsénico y trazas de plomo y hierro.

Si bien las proporciones de los elementos que se han indicado no son las mismas que estaban presentes en el metal original —durante el proceso de corrosión éstas se ven alteradas— la presencia de estaño plantea importantes preguntas. Hasta ahora, los objetos de cobre con esta composición química no se habían encontrado en el Calcolítico final ni en la Edad de Bronce temprana del Levante, ni esa composición encaja con el cobre local.

De hecho, hasta ahora sólo se han documentado en la zona objetos con una composición química similar a partir del segundo milenio y en periodos posteriores. Por lo tanto, el punzón de Tel Tsaf no sólo se adelanta en el tiempo a todos los metales conocidos en Oriente Próximo, sino que también lo hace respecto a todos los objetos de bronce de la región en cerca de 3.000 años.

Fabricando objetos de cobre

Según nuestro conocimiento, el uso del mineral de cobre en Oriente Próximo se ha desarrollado en tres etapas principales. Durante la primera fase se utilizaron trozos de malaquita (que posee un 57% de cobre) para la fabricación de pigmentos y adornos entre hace 10500 y 8800 años. En una segunda fase, alrededor del séptimo milenio, se produjo un desarrollo importante cuando se fabrican cuentas y otros objetos decorativos con cobre nativo martilleado 4. Por último, en una tercera fase (datada en el sexto milenio) se funden y fusionan diferentes menas para extraer el cobre —un proceso mucho más complicado que el uso de cobre nativo— que implica mejor tecnología y unos conocimientos más precisos: un pequeño error en el complejo y largo proceso de fabricación hace que el producto final sea inservible.

Debemos tener presente que los avances tecnológicos en la Prehistoria no se producen de forma súbita sino que podemos reconstruir, con mayor o menor dificultad, una cadena lógica de causa y efecto a través de la experimentación y la observación. Si nos centramos en la metalurgia es importante no olvidar que dado que el conocimiento químico sólo era empírico y la tecnología se iba desarrollando sobre la base de ensayo y error, los objetos que desenterramos en los yacimientos arqueológicos representan —en la inmensa mayoría de los casos— los aciertos, mientras que los errores, desaparecidos en la refundición, no dejan rastro.

Así, podemos rastrear el origen de la metalurgia en la experiencia que a lo largo de los siglos habían acumulado los alfareros, que no habían cesado de innovar y transformar los hornos de cocción de cerámica para mejorar el aporte térmico. De esta forma, con la inclusión de sistemas de oxigenación del foco calorífico y el perfeccionamiento de las estructuras para soportar altas temperaturas, pudieron trabajar el cobre para lo que era preciso alcanzar más de 1000 oC.

No podemos hablar de auténtica metalurgia del cobre en las dos primeras fases que hemos señalado. La extracción de pigmento, y el trabajo de cobre nativo con la técnica del martilleado para obtener pequeños objetos no implican la fundición del metal, sino que tiene que ver más con la orfebrería. Estos inicios han sido denominados por Cyril Stanley Smith, uno de los más renombrados historiadores de la ciencia, como la “metalurgia de la bisutería”, al considerar que la mayor parte de las primeras piezas metálicas tenían una función decorativa, como elementos de prestigio para quienes las poseían. Smith defendía precisamente que el origen de la metalurgia había que buscarlo en las artes decorativas para cubrir necesidades estéticas y de prestigio personal en el seno de unas sociedades en las que comenzaban a aflorar las diferencias sociales.

El primer paso del complejo proceso metalúrgico era la localización y extracción de la materia prima. En un primer momento, antes de que se proyectase la creación de minas, se pudo identificar la existencia de mineral de cobre cuando aparecía en superficie en forma de óxidos, es decir, como malaquita y azurita, gracias a su llamativa apariencia de colores brillantes (verde y azul en este caso). Una vez extraído, había que trocear el mineral y convertir el sulfuro en óxido mediante un simple proceso de tostado en una hoguera al aire libre.

El siguiente paso era la reducción, un proceso para conseguir la reacción química en el mineral: trabajando con un horno de crisol (y altas temperaturas como hemos apuntado), la diferencia del peso específico del cobre y de las impurezas hace que el primero se deposite en el fondo en forma de gotas de cobre puro, quedando el resto en la superficie. Estas impurezas se solidifican en forma de escoria que es tan característica de los lugares antiguos de fundición al ser eliminadas del producto final. El fundente, material que se añade para facilitar la reacción química, era un elemento importante en este proceso: el más habitual era la ceniza procedente del carbón de leña, de modo que a veces no hacía falta añadir nada más.

A partir de aquí se obtenían lingotes que permitían su fácil transporte hasta el lugar definitivo donde se fabricarían los diferentes objetos.

Conclusiones

Los investigadores sostienen que el punzón analizado es importante porque hasta ahora sólo había constancia del uso de metales en esta región durante el Calcolítico tardío (alrededor de la segunda mitad del quinto milenio a.C.), por lo que este descubrimiento adelanta ese uso en varios cientos de años. Pero esta no es la única razón de su importancia: el examen químico del metal muestra que el cobre utilizado puede haber llegado desde el Cáucaso, en una zona situada a unos 1.000 kilómetros de Tel Tsaf.

Mapa de distribución de menas de cobre.

Pero hay que ser precavidos porque la cuestión de la composición del mineral es complicada. La aleación —añadiendo arsénico, estaño o plomo al cobre— implica que la composición de los objetos acabados tendrá diferentes proporciones relativas. Sin embargo, cuando en los análisis se detectan pequeñas cantidades de otro mineral junto al cobre, no podemos saber con seguridad si su presencia responde a una intencionalidad o se trata simplemente de una impureza preexistente.

La metalurgia de extracción más temprana que se conoce en el Levante se relaciona con el periodo Calcolítico tardío (4500-3800 CalBC) y varias dataciones fiables mediante carbono 14 muestran que ya se fabricaban objetos de prestigio en el periodo comprendido entre los años 4350 y 4250 CalBC.

Por lo tanto, el escenario que dibujan los nuevos datos es que, teniendo presente el actual registro arqueológico, podemos situar el pico de la evolución técnica de la metalurgia del cobre en su mismo origen. Esta situación hace que los investigadores lleguen a la conclusión de que gran parte de la evolución tecnológica de la metalurgia no fue descubierta, sino que fue importada de otro lugar. Aunque el alto porcentaje de estaño en el punzón puede ser utilizado para argumentar que el objeto es una “contaminación” de un periodo mucho más tardío, durante la excavación del yacimiento no se documentaron alteraciones y la tumba estaba sellada por ladrillos de barro, losas de piedra y cantos rodados.

Recientemente han surgido nuevos datos sobre artefactos de cobre muy tempranos en la parte noroccidental de Oriente Próximo y los Balcanes que indican que el estaño se encontraba en muchos de los primeros objetos de metal conocidos en esta área (como una cuenta/abalorio hallado en el yacimiento de Aruchlo I en Georgia datado entre 5800-5300 CalBC). Así, la afirmación de que este punzón provenga de una “contaminación” de una fecha posterior es poco plausible ya que no se conocen esos asentamientos; y mientras que una aleación artificial de cobre y estaño sería muy improbable en esa época tan temprana, una aleación natural de ambos es, por el momento, una interpretación que también se considera.

Por lo tanto, los autores sostienen que la tecnología metalúrgica se extendió por difusión desde el norte: los artefactos manufacturados llegaron al principio a través de redes comerciales de intercambio y sólo más tarde se fabricó el metal localmente.

Esto sugiere que la elaborada metalurgia del Calcolítico tardío fue producto de una tradición más larga. Por eso, el hecho de que se haya encontrado en ese contexto un único objeto puede indicar solamente que no se han realizado suficientes prospecciones arqueológicas y que se debe poner más énfasis en el estudio de este periodo. En segundo lugar, el hecho de que el punzón se haya encontrado en el enterramiento más elaborado en todo el Levante de este periodo sugiere que los objetos de metal eran percibidos como raros bienes de prestigio.

Según el Dr. Rosenberg, autor principal del trabajo, varias de las cuestiones planteadas por este artículo serán afrontadas por un proyecto de investigación interdisciplinar que integra arqueólogos e investigadores multinacionales de una variedad de disciplinas científicas. Esperemos que los resultados arrojen más luz sobre este periodo tan interesante de nuestro pasado y podamos comprender mejor el desarrollo posterior de sus comunidades. Sin duda desde aquí comentaremos sus conclusiones.

Artículo principal

Garfinkel, Y., Klimscha, F., Shalev, S., & Rosenberg, D. (2014). The Beginning of Metallurgy in the Southern Levant: A Late 6th Millennium CalBC Copper Awl from Tel Tsaf, Israel PLoS ONE, 9 (3) DOI: 10.1371/journal.pone.0092591

Pueden descargarlo y leerlo aquí.

Más información

Eiroa, J. J. (2006), Nociones de prehistoria general. Barcelona: Ariel, 699 p.

Garfinkel, Y.; Ben-Shlomo, D. y  Kuperman, T. (2009), «Large-scale storage of grain surplus in the sixth millennium BC: the silos of Tel Tsaf«. Antiquity, vol. 83, núm. 320, p. 309-325.

Harding, A. F. (2003), Sociedades europeas en la Edad del Bronce. Barcelona: Ariel, 539 p.

Notas

  1. Sería más correcto indicar las fechas utilizando la expresión “antes del presente” para evitar connotaciones religiosas, pero los investigadores no lo han hecho así en el artículo que analizamos, por lo que se mantendrá la referencia original.
  2. ver Garfinkel, Y.; Ben-Shlomo, D. y  Kuperman, T. (2009), «Large-scale storage of grain surplus in the sixth millennium BC: the silos of Tel Tsaf». Antiquity, vol. 83, núm. 320, p. 309-325.
  3. La corrosión se produce porque el metal de cobre se degrada lentamente, combinándose con elementos del medio ambiente para volver a su estado natural. Como resultado aparece una capa de sales de cobre sobre la superficie que llamamos pátina.
  4. El cobre nativo es el que se encuentra en la naturaleza en su forma metálica, bien puro o mezclado con otros metales.
Publicado por José Luis Moreno en HISTORIA, 2 comentarios
Un museo virtual

Un museo virtual

     Última actualizacón: 25 abril 2018 a las 18:04

La museología, como la ciencia en general, avanza a grandes pasos de la mano de la tecnología. El desarrollo imparable de internet y el enorme potencial que la informática y el procesado de la información ofrecen, están permitiendo una nueva forma de acercarnos a los muesos, lejos ya la clásica imagen de un lugar donde se amontonan objetos sin conexión entre sí. Se abre una ventana que nos permite un acceso privilegiado a los restos del pasado, en cualquier momento y en cualquier lugar.

Felipe V fundó en 1716 la Real Biblioteca o Librería Pública con un pequeño museo, un Gabinete de Antigüedades que, pasado el tiempo, se convertiría en uno de los núcleos fundacionales del Museo Arqueológico Nacional (por cierto, recientemente remodelado y modernizado). Una Orden del rey, puesta en vigor en 1713, dictaba las normas para recoger y surtir de curiosidades de historia natural a la recién creada Librería Pública:

Las antigüedades dan luz de lo que fueron los países en los tiempos más remotos y por ellas se saca el conocimiento del aumento y disminución que han tenido: con este motivo se procura investigar lo conducente a su averigüación, dando noticia de los vestigios que permanezcan en algunos parajes.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces pero aún perdura la misma idea: es necesario preservar y estudiar los vestigios del pasado para saber quiénes somos, para conocer nuestro devenir por la historia.

En este sentido, el Museo de Historia Natural de Idaho se ha embarcado en la compleja misión de acercar y hacer totalmente accesibles sus colecciones al gran público. Para ello han creado una mediateca virtual de objetos arqueológicos y restos fósiles de muy diverso tipo, que han sido escaneados utilizando la más moderna tecnología.

El Laboratorio de Virtualización es una unidad de investigación del Museo de Historia Natural que pertenece al campus de la Universidad Estatal de Idaho. La labor de sus integrantes es documentar cada pieza y obtener una representación digital de sorprendente calidad (las imágenes pueden verse en 360o y ampliarse con una resolución superior a la que puede percibir el ojo humano). Se han propuesto escanear las colecciones del museo, los materiales procedentes de excavaciones arqueológicas y paleontológicas, restos de fauna etc.

Cráneo de coyote.

Los investigadores son conscientes de que muchos de estos objetos son perecederos o muy frágiles debido al daño que sufren por las manipulaciones repetidas. El objetivo por tanto es la creación de unos archivos virtuales de esas colecciones para preservar la integridad de las muestras y proporcionar un acceso global (y gratuito) a las colecciones.

Unido a lo anterior (y no menos importante) el laboratorio permite la aplicación de esta tecnología a la investigación, la docencia y otros proyectos desarrollados por científicos y educadores, permitiendo proyectos de colaboración interdisciplinares. Les dejo con unos vídeos que muestran el proceso de digitalización:

Ya se han escaneado más de 15.000 piezas y el trabajo continúa.

PS: Les recomiendo que curioseen por las bibliotecas digitales porque, estoy seguro, encontraran muchas curiosidades que no podían imaginar. Es lo que me ha pasado a mí cuando he visto el cráneo de la orca que aparece más arriba ya que hace unos días salió el último capítulo del podcast Catástrofe Ultravioleta que gira precisamente en torno a estos espectaculares odontocetos (que no ballenas). No se lo pierdan…

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, CIENCIA, 3 comentarios
Málaga prehistórica: el dolmen de Menga

Málaga prehistórica: el dolmen de Menga

     Última actualizacón: 2 mayo 2018 a las 16:47

Lo primero que tenemos que señalar del monumento megalítico de Menga (popularmente llamado dolmen de Menga) es que su construcción tuvo como fin albergar enterramientos humanos; constituye por tanto un auténtico sepulcro donde se llevaron a cabo inhumaciones colectivas. Sus dimensiones vienen a ser semejantes a las de otras construcciones de este tipo que podemos encontrar en gran parte de la geografía española: tiene una longitud de 27,50 metros, la altura aumenta progresivamente desde la entrada (con 2,70 metros) hasta la cabecera donde alcanza los 3,50 metros, y presenta una anchura máxima de 6 metros.

El megalitismo (de mega, grande; y lithos, piedra) se inició en la parte occidental de Europa en pleno Neolítico. La construcción de monumentos con grandes bloques de piedra constituye un hecho común que comparten diversas culturas en un periodo temporal que abarca desde el quinto hasta el segundo milenio antes del presente (en algunos lugares perduró hasta el primer mileno a.C.).

Determinar las fechas de su construcción es una tarea difícil. Debemos tener presente que las construcciones megalíticas nunca se finalizan ya que es frecuente que a lo largo de su historia se produzcan modificaciones o reestructuraciones (entre los primeros trabajos y el abandono definitivo del lugar pueden pasar miles de años). En cualquier caso, los arqueólogos vienen manejando para el megalitismo en Andalucía el periodo comprendido entre el 4.500 y el 2.500/2.200 a.C.

Entrada al monumento.

Su estructura está formada por grandes losas de piedra verticales (llamadas ortostatos) que conforman un corredor que desemboca en una gran cámara semicircular. Las losas de cierre (llamadas cubiertas) constituyen el techo del monumento y, como las verticales, se unen entre sí a piedra seca, es decir, sin utilizar ningún tipo de argamasa o mortero (más adelante entraremos en detalles sobre su construcción). Este conjunto se halla cubierto por un túmulo o montículo artificial de tierra y piedras que lo cubría casi por completo. De esta forma, la estructura interna no se podía ver desde el exterior.

Se conservan los restos de dos ortostatos semiderruidos en la parte superior ―uno a cada lado de la entrada― que conforman un espacio previo al corredor que recibe el nombre de atrio. Hablando con propiedad se trata de una parte más del corredor aunque, al tener forma trapezoidal y con la base más ancha mirando hacia el exterior, recuerda a una especie de “recibidor”.

El corredor en sí está compuesto por cuatro ortostatos a izquierda y otros tantos a la derecha. Como detalle a destacar, en el segundo ortostato de la izquierda vemos una serie de tallas con forma de cruz, y otra con forma de estrella. Estos motivos o iconos son muy frecuentes en el arte megalítico europeo, aunque sobre estos en concreto se ha discutido mucho y los investigadores están divididos: algunos sostienen que son de época prehistórica; mientras hay quien afirma que son restos de la ocupación posterior que ha tenido el lugar durante muchas fases de la historia más reciente.

 

La cámara ―sin duda el elemento central del monumento― ocupa casi tres cuartas partes del total conservado. Tiene una planta alargada y oval y está formada por siete ortostatos en cada lateral y una gran losa al fondo que constituye la cabecera del sepulcro. Estos ortostatos pueden alcanzar hasta los 4,7 metros de altura, incluido el metro aproximado que queda introducido en la zanja de cimentación, con un grosor en torno al metro y medio. Algunas de las losas de la cubierta ronda las 250 toneladas de peso, motivo por el que se levantaron tres grandes pilares que coinciden con la unión de las cuatro losas que conforman el techo de la cámara. Mucho se ha discutido acerca de la presencia de estos pilares ―su función y significado― ya que es un recurso empleado en muy contadas ocasiones en el megalitismo europeo (estos pilares dan al conjunto un aspecto más habitacional que funerario).

 

 

En las excavaciones arqueológicas del año 2005 se localizó, entre el último pilar y la losa de cierre de la cámara un pozo de 19,50 metros de profundidad que ya fue excavado en 1842 por Rafael Mitjana y se discute sobre su naturaleza, cronología y función.

El conjunto arquitectónico se cubre con un túmulo de 50 metros de diámetro y está orientado hacia el noreste (un acimut de 45o), es decir, al norte de la salida del sol en el solsticio de verano. Esta orientación es totalmente anómala en este contexto cultural (el propio dolmen de Viera, separado unas decenas de metros, se encuentra orientado a levante siguiendo los patrones estándar de la península ibérica). Para encontrar la razón de esta anomalía basta con mirar hacia el exterior del sepulcro desde los pilares: el monumento está perfectamente alineado con La Peña, una montaña que recuerda por su forma un rostro humano surgiendo de la tierra.

Método constructivo

Quizás el aspecto que más nos sorprende cuando visitamos estos monumentos es tratar de entender la forma en que fueron levantados. Estando como estamos acostumbrados a vivir rodeados de múltiples herramientas para cada trabajo concreto, y a depender de máquinas a la hora de construir nuestras viviendas, fábricas, carreteras etc. nos resulta terriblemente difícil comprender la forma en que nuestros antepasados, que no conocían el uso de la rueda, pudieron ser capaces de transportar y colocar en su lugar enormes bloques de piedra, algunos de 250 toneladas de peso.

Los especialistas se debaten entre dos posibles estrategias, considerando que la tecnología no varió en ambos supuestos: o bien intervinieron pocas personas durante un largo periodo de tiempo; o al contrario, mucha gente actuando en periodos mucho más “cortos”. Cualquiera de las dos posibilidades trae consigo profundas connotaciones sociales, como lo son la existencia de poblados más o menos grandes en las inmediaciones, la jerarquización de la sociedad en castas o en función de trabajos especializados, la posibilidad de que hubiera una casta “sacerdotal” que guiara y alentara la construcción etc.

Hoy en día se estima más plausible que no hubiera “arquitectos” o personas que de forma individual atesoraran los conocimientos de las técnicas constructivas sino, al contrario, su edificación debió ser resuelta ―técnicamente hablando― dentro de la tradición del grupo. Los conocimientos se transmitirían de padres a hijos como otras muchas habilidades y destrezas sin requerir especialización de ningún tipo (estamos descartando por tanto la existencia de una división social del trabajo, que no parece que se diera en la Prehistoria europea hasta mucho después del megalitismo).

Las labores de construcción se iniciaban con la realización de ofrendas y sacrificios propiciatorios, como ha constatado la arqueología al observar estos rituales en las labores de  minería, antes de la construcción de una tumba o al fundar un poblado. Acto seguido se procedía a la orientación astronómica de la construcción aunque, como ya hemos comentado en el caso concreto de Menga, debemos destacar su relación visual con La Peña, desconociéndose más detalles de esta particular conducta.

Una vez establecido el lugar y la orientación del monumento darían comienzo los trabajos de desbrozado y la retirada de la tierra hasta alcanzar la base de roca del sustrato. A continuación se excavaría una gran zanja perimetral, lugar donde se colocarían verticalmente los ortostatos.

Al mismo tiempo, o con anterioridad a la realización de estos trabajos, debían de estar preparadas las grandes piedras que conformarían la construcción. Estudios recientes han confirmado que para el dolmen de Menga se emplearon calcarenita y/o calcirudita poco cementada y rudita (brecha) con matriz calcárea obtenida de los alrededores. Con respecto a la propia tarea de extracción de estas losas en las canteras se emplearían picos, hachas y paletas en conjunción con el fuego y el agua. Esta técnica saca partido de los cambios de temperatura y ya era utilizada en la minería por ejemplo: se calentaba mediante hogueras la superficie de la roca para, cuando se alcanzaba la máxima temperatura, enfriarla rápidamente vertiendo agua sobre la zona. Esto provocaba la aparición, por el fuerte contraste térmico, de grietas y fisuras que eran agrandadas con el empleo de herramientas. Una vez extraídas, el labrado posterior de las losas se realizaría mediante el piqueteado de algunas de las caras de las piezas.

El transporte de estas piedras al lugar definitivo posiblemente sea uno de los temas sobre los que existen más dudas. El método más probable ―sin descartar otros― pudo ser el siguiente:

  1. Se construirían unos raíles de madera sobre el terreno que se untarían con grasa animal para facilitar el deslizamiento y evitar el desgaste.
  2. Sobre ellos se colocarían, transversalmente, una serie de troncos sueltos.
  3. Sobre dichos “rodillos” se podrían desplazar las grandes piedras bien directamente o empleando una estructura a modo de trineo que se moviera sobre ellos. Los rodillos que quedaran atrás se irían situando delante, en un movimiento continuo que llevaría las piedras hasta las inmediaciones del lugar donde se construyera el dolmen.

Una vez en el lugar de la edificación, las losas deberían deslizarse, de manera similar a la arriba descrita, pero ahora por rampas o planos inclinados (una vez finalizados los trabajos, estas rampas formarían el arranque del túmulo que cubre todo el sepulcro). Así los ortostatos se deslizarían por ellas hasta caer, inclinados, en el surco o canal que formaba el perímetro de la construcción. Acto seguido serían izados desde el exterior del sepulcro utilizando palancas, y desde el interior tirando mediante cuerdas y correas. Cuando cada piedra alcanzaba la posición vertical se calzaban con cantos de mediano tamaño y se rellenaba también el espacio que quedaba entre su cara exterior y el interior de la zanja hasta conseguir la estabilidad definitiva.

Una vez colocados todos los ortostatos que formaban las “paredes” del sepulcro, así como los tres pilares centrales, se procedería a colmatar todo el espacio interior de tierra y piedras hasta la misma altura de los ortostatos.

Para la finalización de los trabajos solo quedaría desplazar horizontalmente las losas que formarían la cubierta y se vaciaría la tierra del interior del sepulcro quedando definitivamente conformado el espacio arquitectónico. El túmulo que cubre toda la construcción se formaría por simple acarreo de tierra y rocas de menor tamaño.

A pesar de lo que hemos contado hasta ahora, las palabras nunca son suficientes para describir la sensación de viaje al pasado que se experimenta al visitar estos lugares. Por ello la mejor forma de terminar esta anotación es dejarles con un vídeo del interior de la construcción:

 

Nota

Todas las imágenes (salvo las relativas al proceso de construcción del monumento que proceden de la guía oficial) han sido tomadas por el autor.

Más información

Estudio científico de los megalitos. La geoarqueología.

– Estudio petrográfico de los materiales de los Dólmenes de Antequera.

Publicado por José Luis Moreno en HISTORIA, 6 comentarios