José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Reseña: Imagen del mito

Reseña: Imagen del mito

     Última actualizacón: 2 abril 2018 a las 17:56

El libro como soporte

Lo primero que nos llama la atención al sostener en las manos esta obra es su tamaño (20,8 x 27 centímetros) y su peso.  Este primer contacto físico ya nos habla a las claras del reto editorial que ha supuesto su publicación (se trata de la primera traducción al idioma castellano) y, al mismo tiempo, justifica su nada desdeñable precio (55 € en España).  La editorial Atalanta nos regala un magnífico volumen en cartoné de 624 páginas, con un papel de gran calidad que sirve de inmejorable soporte a las 423 ilustraciones que se constituyen en el verdadero leitmotiv de la obra como veremos a continuación.

El autor

Joseph Campbell nació en Nueva York en 1904 y falleció en Honolulú a la edad de 83 años.  Comenzó sus investigaciones en la Universidad de Columbia, fue profesor de literatura y más tarde catedrático de mitología comparada en el Sarah Lawrence College de Nueva York.

Con veinte años, Campbell viajó a Europa con su familia y se produjo un encuentro que cambiaría su visión del mundo.  Durante el viaje de regreso en barco, trabó amistad con Jiddu Krishnamurti, conocido escritor y orador indio en materia filosófica y espiritual.  A raíz de sus conversaciones surgió en nuestro autor un gran interés por la filosofía hindú y el pensamiento de la India.  Tras este viaje, Campbell dejó de ser un católico practicante.

Tres años más tarde recibió una beca para estudiar en Europa francés antiguo, provenzal y sánscrito en las Universidades de París y de Múnich.  A su regreso a la Universidad de Columbia, Campbell expresó su deseo de continuar el estudio del sánscrito y del arte moderno además de la literatura medieval.  Como no obtuvo la aprobación por parte de la facultad, decidió abandonar los estudios de posgrado.

En 1956 se produce otro hito relevante en su biografía: sus viajes a la India y al Japón, donde dedicó seis meses a recorrer cada destino.  Este año tuvo una profunda influencia en su pensamiento acerca de la religión y el mito de Asia, y también le convenció de la necesidad de enseñar mitología comparada a una audiencia más amplia, no académica.  En 1972 Campbell se retiró del Sarah Lawrence College, después de haber enseñado allí durante 38 años.

Es imprescindible que mencionemos las influencias que modelaron su pensamiento, comenzando por las de orientalistas como Zimmer, Frazer (y su obra inmortal “La rama dorada”), Rank, Frobenius o Spengler.  Del mismo modo, resultaron cruciales la lectura de los Upanishad (que pudo leer directamente sin necesidad de traducciones), su enorme interés en la historia y cultura de los nativos americanos, el budismo o la lectura del “Bardo Thodol”, el Libro tibetano de los Muertos.

Entre los numerosos libros que escribió merecen destacarse: El héroe de las mil caras: psicoanálisis del mito (1949; Fondo de Cultura Económica, 1959), Las máscaras de Dios (4 volúmenes, 1959-1969; Alianza, 1991), The inner reaches of outer space: metaphor as myth and as religion (1986), The mythic dimension: selected essays (1959-1987), The mythic image (1974), Transformations of myth through time (1990), A Joseph Campbell Companion: reflections on the art of living (1991), Mythic worlds, modern words: on the art of James Joyce (1993), Thou art That: transforming religious metaphor (2001) y Myths of light: eastern metaphors of the eternal (2003).

Imagen del mito

Como el propio autor refiere en el prefacio, su objetivo es hacernos comprender que los sueños son una puerta abierta a los mitos, pues éstos son de la misma naturaleza de aquéllos, y que los mitos surgen, como los sueños, y al igual que la vida, de un mundo interior desconocido para la conciencia despierta.

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A través de sus páginas realizamos un recorrido por la mitología de las culturas de todo el mundo, contemplando al mismo tiempo y de forma inseparable, la representación gráfica del arte de Mesopotamia, Egipto, India, China, Europa, Oceanía o las culturas mesoamericanas.  De esta forma, tomamos conciencia de la relación inseparable entre la mitología y su vehículo expresivo, el arte, que como parte de la cultura, evoluciona en el tiempo y el espacio aunque haya semejanzas que son objeto de un estudio detallado.  Así, las ilustraciones, y no sólo las explicaciones escritas, son las que nos llevan a comprender ese afán de conocimiento absoluto de Campbell, de sincretismo, pues las obras de arte seleccionadas nos van conduciendo de la pintura a la escultura, de las religiones a las costumbres, de las primitivas civilizaciones al siglo XX, en un recorrido ameno y fácil de asimilar por cualquiera de nosotros (aunque he de reconocer que los detalles de la cultura hindú y la religión budista me han supuesto un reto importante al tener que desprenderme de mi mentalidad “occidentalizada”).

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La obra se divide en seis partes o capítulos: el mundo como sueño, la noción de un orden cósmico, el loto y la rosa, transformaciones de la luz interior, el sacrificio y el despertar.  El capítulo I nos hace descender a los sueños como puerta de entrada a la comprensión de los mitos.  En el capítulo II Campbell expone las dos maneras de elaborar los mitos: la de las tradiciones populares de las culturas iletradas, relativamente simples y de transmisión oral; y en segundo término, la de las culturas más complejas que han desarrollado la escritura, y que desembocan en las tres grandes «religiones mundiales»: budismo, cristianismo e islam.  En el capítulo III se ilustran y discuten algunas diferencias importantes entre sus interpretaciones y aplicaciones en Oriente y Occidente.  El capítulo IV nos introduce en la lectura psicológica de la simbología del mito, a través del yoga, que se convierte en el punto culminante de la obra.

Los dos últimos capítulos se destinan al examen comparativo en la literatura y tradiciones populares de la figura ancestral del dios sacrificado (capítulo IV) y a una nueva consideración del mito como sueño y como vida, junto con el paradójico misterio del despertar (capítulo VI). De esta manera, el libro se cierra, fundiendo mito, sueño y realidad, con el estudio de un concepto clave: el de despertar.

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Conclusión

Una obra de relevancia innegable que permite acercarnos a la comprensión del significado profundo que tienen los mitos del pasado, tan ajeno y desconocido para el hombre moderno, que no es capaz de detenerse siquiera a reflexionar pues, si cualquier mitología se muestra en su forma exterior y literal como una serie de cuentos o historias fabulosas, si logramos interiorizarlas y comprender su significado simbólico, se revela como una sucesión de realidades psicológicas llenas de sabiduría espiritual que nos serán útiles para hacer nuestra vida más feliz.

Concluyamos con la idea de Schopenhauer que cierra la obra:

Todo este universo de galaxias y la vía láctea con nosotros en su interior no es sino un vasto sueño, soñado por un solo ser solitario, de tal manera que todos los personajes de su sueño sueñan a su vez.

FICHA COMPLETA

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Confía en mí, tengo una intuición… (y II)

Confía en mí, tengo una intuición… (y II)

     Última actualizacón: 30 octubre 2018 a las 13:23

Continuando la entrada anterior, las preguntas que debemos responder son: ¿erramos siempre que hacemos caso a nuestra “intuición”?, ¿se pueden extrapolar estos resultados a las circunstancias que nos encontramos en nuestra vida cotidiana?, ¿cuál es el motivo de que existan las intuiciones si pueden llevarnos a cometer errores?

Posibles causas

Keith Stanovich (profesor de desarrollo humano y psicología aplicada de la Universidad de Toronto) y Richard West (profesor emérito de psicología de la Universidad James Madison) escribieron hace doce años un extenso artículo sobre este particular que ha sido ampliamente citado y debatido: Individual differences in reasoning: implications for the racionality debate?

En su estudio dan cuenta de lo que numerosas investigaciones han venido destacando: existe una diferencia entre nuestra conducta y lo que se considera un juicio o comportamiento racional.  Hay quien ha planteado que existe una irracionalidad sistemática en nuestro sistema cognitivo o, dicho de otra forma, que el ser humano no puede actuar de forma racional.

Esta afirmación es, cuando menos, controvertida.  Stanovich y West en cambio opinan que el comportamiento y el sistema cognitivo humano son fundamentalmente racionales, por lo que han propuesto cuatro posibles explicaciones para los hechos observados:


La primera explicación contempla los “errores de interpretación”. Son los fallos que cometemos a la hora de aplicar una regla, una estrategia o un conocimiento que ya poseemos, pero que debido a un despiste momentáneo no tenemos en cuenta o no aplicamos (este despiste puede deberse a una falta de atención, un fallo de memoria o, como lo llamamos comúnmente, un lapso mental). Se trata de errores transitorios y aleatorios que sirven para explicar los fallos que cometemos a la hora de resolver, por ejemplo, los problemas que expusimos en el anterior post. Una lectura apresurada del contenido del problema, o de lo que éste nos pide, nos puede llevar a dar una respuesta errónea.

Otra posible explicación implica la existencia de “limitaciones computacionales”.  Es decir, hay que tener en cuenta las limitaciones intrínsecas de nuestro cerebro para llevar a cabo determinadas tareas.  Cada persona tiene una capacidad diferente (lo que comúnmente llamamos inteligencia), por lo que no caben comparaciones globales.  Los autores visualizan esta cuestión sosteniendo que sería perverso juzgar que un sujeto está razonando mal cuando no emplea una estrategia que, para poder aplicar, requeriría en realidad poseer un cerebro del tamaño de un dirigible.

En tercer lugar es posible que se “aplique un modelo normativo incorrecto por parte del experimentador”.  Esto sucede porque los psicólogos, a la hora de interpretar los resultados reflejados en las diferentes pruebas, necesitan modelos de otras disciplinas (como la estadística, la lógica, las matemáticas etc.).  Por lo tanto, es posible que se malinterprete la desviación de lo que se denomina un juicio racional porque se apliquen de forma incorrecta estos modelos que, como hemos visto, son ajenos a la psicología o las neurociencias en general, y pueden no estar bien ajustados.

Por último, es posible que se aplique el modelo correcto pero el sujeto que responde haya interpretado el problema que se le plantea de forma diferente a lo esperado, y esté ofreciendo una respuesta correcta pero a un problema diferente.  Esto sucede cuando hacemos una interpretación diferente a la esperada de la tarea que se nos expone.

Como vemos, las dos últimas explicaciones vienen referidas a los defectos que pueden cometer los encuestadores al plantear las pruebas y al analizar los resultados.  En cambio, los dos primeros argumentos sí nos sirven para explicar las “intuiciones” erróneas.  Si prestáramos más atención al enunciado, y nos tomáramos nuestro tiempo en responder, seguramente obtendríamos mejores resultados.  A pesar de todo, la extendida generalización de estos errores ponen de manifiesto que debe haber un mecanismo subyacente aún no comprendido.  Del mismo modo, hay algo que sigue necesitando una mejor explicación: lo que más me llama la atención de las intuiciones no es tanto el fallo al resolver los problemas (una persona con conocimientos matemáticos puede resolverlos todos rápidamente sin mayores dificultades) sino el hecho de que, cuando damos la respuesta que creemos correcta, nos auto convencemos de que es así, es decir, no nos damos cuenta de nuestro error por mucho que releamos el enunciado.

Dos tipos de procesos cognitivos

Daniel Kahneman, profesor de psicología en la Universidad de Princeton (y primer no economista en ganar el premio Nobel de Economía), ha desarrollado una teoría a lo largo de su carrera según la cual existen dos tipos de procesos cognitivos (que llamamos tradicionalmente pensamiento intuitivo y pensamiento reflexivo): uno de ellos es casi instantáneo e involuntario y apenas requiere atención o deliberación; el otro exige mucha más atención y conlleva cierto grado de computación y reflexión.

El primer tipo de razonamiento, denominado sistema 1, se caracteriza por ser automático y, en gran parte, inconsciente y rápido.  Empleamos esta forma de razonar cuando entramos en una habitación y localizamos los obstáculos para atravesarla, cuando somos capaces de reconocer una cara desde diferentes ángulos, o cuando corremos para coger un objeto en el aire.  Se denomina también inteligencia de interacción.  Por el contrario, el segundo sistema o sistema 2, abarca los procesos de inteligencia analítica.  Éste sirve para descontextualizar y despersonalizar los problemas y requiere un mayor esfuerzo y tiempo.

Kahneman explica su concepción de estos sistemas:

Yo no creo que haya sistemas en nuestro cerebro, en el sentido de partes que interactúan entre sí. Es sólo que nuestra memoria y nuestra mente está diseñada de tal forma que cierto tipo de operaciones son mucho más fáciles de realizar que otras.

¿Cuál de los dos manda?
Aunque nos guste creer que somos seres racionales: los dos sistemas deciden. El 1 hace sugerencias que el 2 suele aceptar. Por eso la respuesta de una pregunta a menudo está muy condicionada por su planteamiento.

Aunque el sistema 1 es más primitivo, evolutivamente hablando, no por ello es peor.  Al contrario, las operaciones cognitivas más complejas cambian eventualmente del sistema 2 al 1 cuando se adquiere una destreza.  Es lo que sucede, por ejemplo, con la habilidad de los maestros de ajedrez que son capaces de percatarse de la fuerza o debilidad de una jugada al instante.

En definitiva, el sistema 1 ―que podemos denominar intuitivo― es el que nos lleva a responder de manera incorrecta problemas como los expuestos en el anterior post.  El segundo es al que debemos recurrir para percatarnos de que la respuesta intuitiva era incorrecta.

Red neuronal por defecto

Sentada la diferencia entre dos tipos de procesos cognitivos, que podemos simplificar en que uno es rápido y el otro más lento, y que el segundo requiere un mayor esfuerzo y concentración, podemos buscar la explicación del fenómeno en la necesidad del cerebro de «ahorrar» energía.

Nuestro cerebro, pese a suponer algo menos del 2% de la masa total de nuestro peso corporal en un adulto medio, consume casi el 20% del oxígeno que respiramos y, por ende, una quinta parte de las calorías producidas por nuestro organismo.

Se podría argumentar que, en aras a reducir ese gran consumo de recursos, la solución podría ser hacer frente de forma rápida y poco costosa energéticamente esos procesos cognitivos.  Sin embargo, recientes estudios han echado por tierra la imagen tradicional que teníamos del funcionamiento de nuestro cerebro: un órgano que permanecía en reposo y sin actividad neuronal hasta que se le reclamaba para llevar a cabo alguna tarea, momento en el que se excitaba, las neuronas se ponían a funcionar y consumía energía para emitir las señales necesarias.

Estas investigaciones, en las que ha sido pionero Marcus Raichle, actualmente profesor de neurobiología y psicología en la universidad de Washington en St. Louis (Missouri), han mostrado que el cerebro mantiene un elevado nivel de actividad incluso “en reposo” (entendiendo reposo como permanecer tumbado con los ojos cerrados).  El estado basal es intensamente activo.  Prueba de ello es que, por ejemplo, leer sólo requiere un aumento del 5% de energía adicional.  Cuando nuestra mente se encuentra en reposo, ciertas áreas dispersas del cerebro mantienen una intensa interacción, y la energía consumida durante ese incesante intercambio de mensajes, al que se ha denominado “modo operativo por defecto” del cerebro (default mode of brain function en inglés), multiplica por 20 la invertida por este órgano cuando responde de manera consciente ante un estímulo externo.

De esta forma, una parte importante (entre el 60 y el 80%) de toda la energía que usa el cerebro se despliega en circuitos sin relación alguna con acontecimientos externos.  En concesión a los astrónomos, los investigadores decidieron llamar a esa actividad intrínseca la “energía oscura” del cerebro, una expresión que remite a la energía invisible que representa la masa de la mayor parte del universo y que también evoca un aspecto importante, se trata de algo desconocido, un aspecto de la realidad que aún no se ha conseguido demostrar fehacientemente.

Conclusión

Tras todo lo dicho me queda un regusto amargo.  No he sido capaz de encontrar una explicación a la pervivencia evolutiva del pensamiento intuitivo salvo quizás la de que, en determinadas ocasiones y bajo ciertas circunstancias, es mejor no pensar demasiado y decidir rápido.  En cualquier caso, tal vez la lección que debamos extraer de los problemas anteriores sea que, a la hora de enfrentarnos a cuestiones importantes, deberíamos reprimir nuestro instinto y reflexionar sobre si la primera respuesta que se nos ocurre es la correcta.

Referencias

Stanovich, K., & West, R. (2000). Individual differences in reasoning: Implications for the rationality debate? Behavioral and Brain Sciences, 23 (5), 645-665 DOI: 10.1017/S0140525X00003435

Raichle, M. (2010). Two views of brain function Trends in Cognitive Sciences, 14 (4), 180-190 DOI: 10.1016/j.tics.2010.01.008

Daniel Kahneman, & Shane Frederick (2002). Representativeness Revisited: Attribute Substitution in Intuitive Judgment Heuristics and Biases. The Psychology of Intuitive Judgment DOI: 10.1017/CBO9780511808098.004

Raichle, M., & Snyder, A. (2007). A default mode of brain function: A brief history of an evolving idea NeuroImage, 37 (4), 1083-1090 DOI: 10.1016/j.neuroimage.2007.02.041

Raichle M. E. (2006). Neuroscience. The brain’s dark energy. Science, 314 (5803), 1249-50 PMID: 17124311

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Confía en mí, tengo una intuición… (I)

Confía en mí, tengo una intuición… (I)

     Última actualizacón: 15 marzo 2018 a las 22:07

El ser humano es un animal racional. Uno de los principales rasgos que nos definen como especie es nuestra capacidad de desarrollar pensamientos abstractos y resolver problemas teóricos. Sin embargo, en ocasiones nuestra mente nos juega una mala pasada y nos hace pensar que tenemos razón cuando en realidad estamos equivocados. En estos casos, la mayoría de nosotros tenemos que hacer un esfuerzo extra para darnos cuenta de nuestro error.

Para comprender mejor lo que digo, os propongo participar en un pequeño experimento.  A continuación os dejo un total de cuatro problemas bastante sencillos que deben resolverse sin utilizar lápiz ni papel.  Una vez resueltos, pasaremos a analizarlos e intentar ofrecer una explicación científica del fenómeno.

Tienes delante veinte interruptores iguales. Diez de ellos —desconocemos cuáles— encienden diez bombillas en la habitación de la izquierda, mientras que los diez restantes encienden otras diez bombillas en la habitación de la derecha. ¿Cuántos interruptores deberemos pulsar para tener la certeza de que hemos encendido al menos dos bombillas en una de las habitaciones?

He comprado un lápiz y una goma de borrar por un total de 1,10 euros.  El lápiz ha costado un euro más que la goma.  ¿Cuánto he pagado por la goma?

Un nenúfar dobla su tamaño cada día.  Si tardó 48 días en cubrir por completo el estanque, ¿cuántos días le llevó ocupar la mitad del estanque?

Cinco máquinas necesitan cinco minutos para fabricar cinco tuercas.  ¿Cuánto tiempo tardarán 100 máquinas en fabricar 100 tuercas?

Las soluciones

Comencemos con el primer problema.  ¿Has respondido 11 interruptores, o tal vez 12?  Salvo que pulsemos 11 interruptores no podremos tener la certeza de haber encendido al menos una bombilla en cada habitación: esto es así porque los 10 primeros siempre podrían corresponder a bombillas situadas en una misma habitación.  Por otra parte, si el objetivo consistiese en encender dos bombillas en la habitación de la izquierda, podríamos tener que pulsar hasta 12 interruptores; de otro modo, siempre existiría la posibilidad de haber encendido una bombilla en la habitación de la izquierda y 10 en la de la derecha.  Aunque tal vez ambas respuestas resulten intuitivas, ninguna de ellas es la correcta.  Volvamos a leer lo que pide el problema con más detenimiento: no preguntaba cuántos interruptores deberíamos accionar para encender al menos una bombilla en cada habitación, ni cuántos para estar seguros de haber encendido dos bombillas en la habitación de la izquierda o en la de la derecha.  En realidad, basta con pulsar tres interruptores para asegurarnos de que hemos encendido dos bombillas en alguna de las habitaciones.  Tres interruptores siempre encenderán tres bombillas, dos de las cuales han de hallarse por fuerza en una misma habitación.

Los tres últimos problemas forman parte de un test (llamado cognitive reflection test ―CRT por sus siglas en inglés y cuya traducción puede ser «prueba de reflexión cognitiva») diseñado por Shane Frederick, profesor de mercadotecnia en la Universidad de Yale.  En el artículo Cognitive reflection and decision making publicado en 2005 muestra los resultados de un experimento: incluyó estos problemas en encuestas planteadas a estudiantes de varias universidades norteamericanas (entre ellas el MIT, la Universidad de Princeton, Carnegie Mellon y Harvard) con el objetivo de averiguar qué tipo de razonamiento sigue una persona al enfrentarse a un problema en su vida cotidiana.  En el estudio, que comenzó en enero de 2003, participaron 3.428 estudiantes durante 26 meses.

Las respuestas 10 céntimos, 24 días y 100 minutos son las respuestas intuitivas ―pero erróneas― que nos vienen a la mente cuando oímos los problemas por primera vez.  De hecho, los resultados del estudio vienen a corroborar el planteamiento inicial: el 33% de los participantes no dio con ninguna solución correcta; el 28% acertó uno de los problemas; el 23% dos y únicamente un 17% acertó las respuestas a los tres problemas.

Analicémoslos uno a uno.  El enunciado del problema del lápiz y la goma (un bate y una pelota en el artículo original) nos hace prestar atención a las cifras 1,10 y 1 que inmediatamente sugieren 0,10 céntimos como respuesta.  Sin embargo, como puede comprobarse con facilidad, si por el lápiz pagué un euro más que por la goma, esta me costó 5 céntimos, y aquel 1,05 euros.

El siguiente problema menciona la cifra 48 y la palabra “mitad”, lo que de manera inconsciente nos hace pensar en el número 24.  Sin embargo, cuando lo estudiamos detenidamente comprendemos que la respuesta correcta es 47: si el nenúfar dobla su tamaño cada día, para que el día 48 cubriese todo el estanque, el día anterior debía ocupar ya la mitad del mismo.

Por último, al oír el número 5 en tres ocasiones diferentes, podemos pensar de manera inconsciente que, al cambiar dos de los parámetros de 5 a 100, lo mismo debería ocurrir con el tercero, lo que nos impulsa a contestar «100 minutos».  Sin embargo volvemos a equivocarnos.  Cuando se multiplica el número de máquinas también lo hace el número de tuercas que estas pueden fabricar, por lo que no necesitan más tiempo para ello.  La respuesta correcta es 5 minutos.

Algunos detalles del estudio

Frederick observó una correlación entre aquellos participantes que tendían a razonar de manera más reflexiva (los que respondían con acierto a los tres problemas) y aquellos que preferían asumir un mayor riesgo en la toma de sus decisiones (también había una  diferencia entre sexos ―los hombres tendían a acertar más que las mujeres― aunque no ofrece una explicación detallada de este sesgo).

Como hemos visto, se trata de problemas que, al oírlos por primera vez, evocan una primera respuesta que podemos llamar intuitiva.  Aunque muchos de nosotros ―si no la mayoría― tendemos a dar por buena esa primera respuesta, hay personas que logran reprimirla y proceden a razonar con mayor detenimiento.  Los tres problemas son sencillos en el sentido de que la solución se comprende fácilmente cuando se explica, aunque alcanzar la respuesta correcta requiera desechar la respuesta errónea ―e intuitiva― que nos viene impulsivamente a la mente.

Los resultados del estudio demostraron que entre todas las posibles respuestas erróneas que podían darse, las respuestas intuitivas antes indicadas (10 céntimos, 24 días y 100 minutos) dominaban.  Del mismo modo, incluso entre aquellos que finalmente acertaron, estas respuestas intuitivas se tuvieron en cuenta en primer lugar.  Por último, y quizás lo más llamativo, cuando se pidió a los entrevistados que juzgaran la dificultad de los problemas, aquellos que fallaron pensaron que eran más sencillos que quienes acertaron (por ejemplo, aquellos que respondieron 10 céntimos en el problema del lápiz y la goma opinaron que el 92% de la gente podría resolverlo, mientras que aquellos que respondieron correctamente 5 céntimos, opinaron que “solo” el 62% podría).

¿A qué obedece esta forma de razonar?, ¿son todas las intuiciones son erróneas?, ¿por qué la evolución ha mantenido este razonamiento intuitivo si, a priori, puede resultar engañoso?.  Frederick no contesta estas preguntas en su estudio, que por otro lado se limita a dar cuenta del fenómeno y analizar los resultados obtenidos.  Por lo tanto, para buscar una explicación ―si la hay― tendremos que adentrarnos en el maravilloso mundo de las neurociencias.  A esto dedicaremos la siguiente parte de esta anotación.

Referencia

Frederick, S. (2005). Cognitive Reflection and Decision Making Journal of Economic Perspectives, 19 (4), 25-42 DOI: 10.1257/089533005775196732

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 7 comentarios
Ernest Shackleton, y el anuncio que no existió

Ernest Shackleton, y el anuncio que no existió

     Última actualizacón: 8 julio 2017 a las 21:15

Ernest Shackleton, que goza de la fama y honor de haber formado parte del glorioso elenco de exploradores polares, tuvo su primera toma de contacto con la Antártida al ser nombrado tercer oficial de la Expedición Discovery (1901-1904) del capitán Robert Falcon Scott. A pesar de haber tenido que abandonar la expedición de forma prematura por motivos de salud, este no fue sino el primero de muchos viajes por estas frías latitudes.

Tras este intento llegó su segundo viaje a la Antártida en 1907 como líder de la Expedición Nimrod, donde él y sus tres compañeros llegaron a pie al punto más al sur hasta ese momento. Sin embargo, en esta ocasión tampoco alcanzaron su objetivo y finalmente se les adelantó Roald Amundsen.

A pesar de todo, su gloria llegó con la  Expedición Imperial Transantártica: el intento de cruzar todo el continente antártico, desembarcando en el mar de Weddell y pasando por el Polo Sur hasta el estrecho de McMurdo. No es mi intención relatar los pormenores de esta aventura, aunque le reservo unas lineas en el futuro porque es fascinante. Lo que me interesa ahora es llamar la atención sobre una anécdota ampliamente difundida y que resulta ser falsa.

No pocos habréis visto u oído hablar del anuncio en el periódico británico The Times que supuestamente publicó Shackleton y que reproduzco sobre estas lineas.  Según se cuenta, y de lo que se han hecho eco numerosos libros, apareció en 1914 para reclutar la que debía ser su tripulación en la aventura.  La traducción del texto es la que sigue:

Se buscan hombres para viaje peligroso.  Salario bajo, frío penetrante, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.

Al parecer contestaron 5.000 personas, de las que finalmente se escogieron los 27 tripulantes del Endurance.

Sin embargo, se ha realizado una búsqueda del original de este anuncio sin que hasta la fecha se haya dado con él. De hecho, The Antarctic Circle, un foro no-comercial de recursos históricos, literarios, bibliográficos, y otros aspectos artísticos y culturales de la Antártida y las regiones del Polo Sur ha convocado un concurso a fin de entregar 100 dólares a quien envíe un original del mismo. Por supuesto, nadie ha ganado aún.

Hay que destacar que el texto, pese a estar escrito por un anglo-irlandés y haber sido publicado en un diario británico, contiene la palabra «honor», término que en realidad forma parte del vocabulario inglés norteamericano.

A pesar de esta anécdota, resulta indiscutible el carisma y liderazgo que demostró Shackleton al lograr mantener con vida a sus hombres pese a los numerosos peligros a que los se enfrentaron aunque, como dice una conocida bloguera, «esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión»…

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 8 comentarios
La ciencia es cultura

La ciencia es cultura

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 12:45

La ciencia es cultura. Esta frase puede parecer trivial por evidente, pero encierra un significado más trascendente que voy a intentar exponer en esta anotación. La ciencia es cultura. Cierto, y la cultura no puede entenderse sin la ciencia, ese conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales según la definición de la RAE.

Una sociedad como la nuestra no puede concebirse sin las explicaciones acerca de la naturaleza, los avances técnicos y el bienestar social que lleva aparejada la ciencia moderna; del mismo modo, la ciencia no puede entenderse fuera del contexto social en que se desarrolla.

Todos conocemos en mayor o menor medida cómo surgió la ciencia o más bien cómo nos lo han explicado. La tradición judía, aceptada tanto por el cristianismo como por el islamismo, de un dios creador separado del mundo que crea se inicia con el relato del Génesis bíblico. En él se pone de manifiesto la trascendencia de Dios, un Dios que no se identifica con el mundo que crea libremente: “en el principio Dios creó el cielo y la tierra”. Se viene a decir que Dios existía ya antes de la creación del mundo permitiendo de esta forma su secularización; un mundo que ahora puede ser observado y estudiado en sí mismo dejando a un lado la confusión entre mundo y divinidad. Así, la desmitificación del mundo es un paso previo y necesario para que pueda ser estudiado racionalmente como ya hicieron, con anterioridad a esta tradición hebrea, los filósofos griegos quienes, ya desde el siglo VI a.C., se embarcaron en la tarea de explicar el mundo desde la razón, sentando las bases de la explicación científica de la realidad.

Sin embargo, para entender en sus justos términos la imbricación entre ciencia y cultura debemos retrotraernos un poco más en el tiempo, alrededor de cinco mil años, y desplazarnos hasta las llanuras fértiles de los ríos Tigris y Éufrates. En esta tierra dura, seca y compleja nace la primera manifestación de la ciencia, la desarrollada por los mesopotámicos.

Para definir el término «ciencia» en este texto, huyendo de convenciones sistemáticas y exhaustivas, me remito a la que empleó Richard Feynman. En las ya famosas John Danz Lecture Series, un total de tres conferencias impartidas por el eminente físico en la Universidad de Washington, expuso que la ciencia posee tres posibles significados o una mezcla de todos ellos: un método especial de descubrir cosas, el cuerpo de conocimientos que surge de las nuevas cosas descubiertas y las nuevas cosas que se pueden hacer cuando se ha descubierto algo (este último campo se denomina tecnología).

Por su parte, el antropólogo inglés Edward B. Tylor ofreció en 1871 en su obra Primitive culture una definición de cultura que, de nuevo sin intención sistemática, considero adecuada para estos propósitos: la cultura es ese todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, costumbres y todas las demás capacidades y hábitos adquiridos por el hombre como miembro de una sociedad.

Siguiendo con el argumento, la cultura tuvo su origen, según el también antropólogo White, cuando nuestros antepasados adquirieron la capacidad de simbolizar, es decir, de crear y dotar de significado una cosa o un hecho y, de esta forma, fueron capaces de captar y apreciar tales significados. Esta capacidad es inseparable de la definición del ser humano, son estas habilidades las que permitieron a nuestros antepasados  distinguirse de sus congéneres y evolucionar hasta quienes somos hoy en día.

Así, durante cientos de miles de años los seres humanos hemos compartido (de ahí la importancia del hombre como miembro de la sociedad) las capacidades sobre las que descansa la cultura: el aprendizaje, el pensamiento simbólico, la manipulación del lenguaje y el uso de herramientas y otros productos culturales. Este bagaje cultural nos ha permitido organizar nuestras vidas y hacer frente a los entornos cambiantes que hemos colonizado.

Pero volvamos al comienzo: Mesopotamia. Siguiendo a Jean-Claude Margueron, arqueólogo que ha dedicado la mayor parte de su vida al estudio de la civilización que surgió alrededor del tercer milenio antes de Cristo en las cuencas hidrográficas de los ríos Tigris y el Éufrates, me referiré a los “mesopotámicos” como un término que engloba a los diferentes pueblos que se asentaron en el lugar: sumerios, hurritas, acadios, asirios, babilonios y otros que habitaron en la zona. Todos ellos pueden ser englobados bajo el paraguas de este término ya que hay más similitudes que los unen que diferencias los separan.

La importancia de Mesopotamia (el País de los Dos Ríos ) no radica únicamente en que fue el lugar donde se inventa la escritura, sino porque allí se mantuvo una larga lucha para domeñar un territorio especialmente inhóspito. Los pueblos se enfrentaron a problemas hasta ese momento desconocidos, y las respuestas originales que hallaron son las que definirán Mesopotamia hasta finales del primer milenio y serán la base del saber transmitido posteriormente a egipcios, griegos etc.

No es extraño que esta gran civilización prosperase a orillas de estos dos ríos. Éstos eran peligrosos pero también la fuente de la vida. Para ello debieron «domesticar» las corrientes inventando los canales de irrigación, que posibilitó la protección frente a las crecidas así como la llegada del agua a territorios cada vez más alejados del curso fluvial. El asentamiento estable, el aseguramiento del abastecimiento de agua, los excedentes alimentarios y la creación de ciudades posibilitó el crecimiento cultural de estos pueblos.

Canales de irrigación.

La ciencia mesopotámica la podemos englobar en dos campos generales: en primer lugar podemos hablar del cálculo o las matemáticas, y el segundo término de los fenómenos naturales (aquí incluiremos los conocimientos en medicina y astronomía). Debemos tener presente desde ahora que la división actual del saber en diferentes disciplinas científicas no se ajusta para nada al mundo que estamos describiendo. El saber acumulado por la civilización mesopotámica tiene sobre todo una vertiente práctica, por ejemplo, empleando el cálculo para determinar la superficie de los campos y el volumen de los recipientes destinados al almacenaje; o la observación astronómica para la fijación de un calendario que rigiese los aspectos de la vida diaria… Y es esta imbricación de la ciencia con la cultura y la vida cotidiana lo que motivó que se redujeran notablemente las posibilidades de desarrollar principios de carácter teórico y abstracto, que es la base para el desarrollo de la ciencia en el sentido moderno del término (tanto es así que no existe en su vocabulario términos para designar “principios”, “leyes” o “conceptos”).

Mapa del mundo según los mesopotámicos. British Museum.

Al mismo tiempo, se trataba además de un saber cerrado, restringido a determinados círculos dada la enorme complejidad que presentaba la escritura cuneiforme. Prácticamente todo lo que conocemos de la ciencia mesopotámica son largas listas de términos que describen el mundo animal, vegetal y mineral, de números dispuestos en diferentes modos, de problemas matemáticos con sus correspondientes soluciones, de listas de estrellas y planetas, y de síntomas y de prescripciones médicas. Como hemos dicho, no existen (o quizás no han llegado hasta nosotros) tratados de carácter teórico, lo que hace suponer que la enseñanza hubiera sido verbal, no quedando por tanto indicios de todo el conjunto de principios que regulaban el funcionamiento de las cosas.

Los lugares de aprendizaje eran los propios templos, remedos de los scriptoria medievales, y como aquéllos, servían como vehículos de transmisión de las copias de los documentos que se empleaban para formar a los distintos profesionales. De esta forma, los sacerdotes dominaban la educación, que descansaría en la memorización, la repetición oral de fórmulas y la copia de textos. Además de los templos, las bibliotecas anejas eran importantes centros educativos, también en manos de los sacerdotes, como la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, principal fuente de textos escritos de esta época.

Algunas de las características de la medicina mesopotámica pueden resultarnos sorprendentes. En primer lugar, se creía que la enfermedad era un castigo que los dioses infligían por la comisión de un delito, por una ofensa moral o por la ruptura, intencionada o no, de un tabú reconocido. Esto sin embargo no impidió que se emplearan las primeras recetas, tratamientos, instrumentos quirúrgicos, e incluso indicaciones concretas para tratar afecciones internas y externas. Había especialistas en el cuerpo humano, a los que podríamos denominar «médicos», que eran capaces de reconocer ciertos agentes como los causantes de la enfermedad, tales como el polvo, la suciedad, la comida y la bebida. Estos médicos observaban los síntomas del paciente, los agrupaban por enfermedades y aplicaban en ocasiones lo que, en definitiva, serían tratamientos farmacológicos. Veamos un ejemplo extraído del Traité akkadien de diagnostics et de pronostics médicaux, obra transcrita y traducida por R. Labat:

Si, al principio de la enfermedad, el enfermo presenta una transpiración y una salivación profusas, sin que, cuando transpira, este sudor, desde las piernas, alcance los tobillos y la planta de los pies: este enfermo tiene para dos o tres días; después de lo cual debe recuperar la salud.

Si un hombre con fiebre, con su epigastrio ardiente; que al mismo tiempo no experimenta placer ni ganas de beber o de comer, y que además su cuerpo está amarillo: este hombre está atacado por una enfermedad venérea.

Si un hombre, en trance de andar, cae de pronto hacia delante, permaneciendo entonces sus ojos dilatados, sin poder volverlos a su estado normal, y si él mismo es incapaz, al propio tiempo, de menear brazos y piernas: es una crisis de «epilepsia» que le empieza.

En lo tocante a las matemáticas, los textos que nos han llegado incluyen listas de problemas acompañados de sus correspondientes soluciones aunque, como ya hemos indicado, no se expone el proceso mental seguido para llegar a ellas. Pero dicho proceso tuvo que existir ya que se trata de un sistema bastante perfeccionado que les permitía resolver problemas para los que los matemáticos modernos emplearían ecuaciones de primero, segundo  y hasta tercer grado. Utilizaban el sistema sexagesimal que adoptaba dicha cifra (el 60) como base de cálculo fundamental, y un sistema de notación posicional en el que el valor de un número dado variaba de acuerdo con la posición que ocupaba dentro de la serie escrita, tal y como sucede ahora.

Conocían el número pi y sabían calcular la superficie del trapecio o el volumen de la pirámide. Los problemas son siempre ejemplos concretos relacionados con los campos de cultivo (superficies), o la capacidad de bodegas, las medidas de zanjas, volúmenes de ladrillos para construir murallas etc.

Los textos matemáticos mesopotámicos resultan oscuros, complicados y extremadamente difíciles de comprender para una mentalidad como la nuestra. Solo la paciente labor de los estudiosos, que eran matemáticos a la vez que orientalistas, como el alemán Otto Neugebauer, nos ha permitido conocer algo mejor este complicado saber cuyas aplicaciones prácticas en el terreno de la tecnología constituyen todavía motivo de debate, como lo demuestra su utlización en la arquitectura.

Prueba de ello son las tumbas abovedadas del Palacio Oriental de Mari. Cada una de ellas emplea procedimientos diferentes para la cubierta, uno más elaborado que el otro y sin embargo, ninguna fuente escrita nos da los conocimientos de la época en la materia. Del mismo modo tampoco se ha encontrado una exposición de los conocimientos hidráulicos que se necesitaron para construir el canal y el acueducto de Jerwan que garantizaban el abastecimiento de agua a Nínive desde un río alejado varias decenas de kilómetros y salvando un valle de casi 300 metros de ancho.

En cualquier caso, los mesopotámicos dejaron un importante legado de su saber con el mencionado cálculo sexagesimal que se utiliza todavía en el cómputo del tiempo y en la división de la esfera terrestre en 360 grados.

Sin embargo, fue en el terreno de la astronomía donde alcanzaron un grado de precisión que no tuvo parangón a lo largo de toda la antigüedad, gracias a la aplicación de sus conocimientos matemáticos. Fueron sobresalientes en sus cálculos y observaciones –algunos de ellos muy exactos– que luego usaban para las predicciones astrológicas (posición del sol, equinoccios, eclipses, etc.)

En el surgimiento y consolidación de la astronomía como disciplina también intervino una necesidad puramente práctica como la determinación y precisión del calendario. A pesar de los escasos medios técnicos con que contaban, alcanzaron logros tales como la determinación de las trayectorias del sol y los planetas y su división en doce estaciones que eran a su vez divididas en treinta grados (origen de nuestro zodíaco), la distinción de cinco planetas (Venus, Júpiter, Saturno, Marte y Mercurio), el establecimiento de las fases de Venus y detallados catálogos de estrellas y constelaciones que serían utilizados por el astrónomo griego Claudio Tolomeo en el siglo II d.C.

Con el paso del tiempo y la acumulación de observaciones pudieron predecir con enorme precisión los eclipses lunares y solares y solventaron el problema del desfase entre los años lunar y solar mediante la intercalación de siete meses extra cada diecinueve años lunares. Esta tradición de estudios astronómicos alcanzó su clímax en el periodo seléucida (siglos IV a I a.C.) cuando el más grande de los astrónomos babilonios, Kidinnu, fijó la duración exacta del año solar con tan solo un error de 4 minutos y 32,65 segundos, mucho menor que el del astrónomo Oppolzer en el siglo XIX.

Podemos decir sin temor a equivocarnos que el racionalismo griego se basó en la aportación de una experiencia oriental milenaria y en un bagaje intelectual mucho más elaborado de lo que a menudo se comenta. Si los mesopotámicos no alcanzaron por sí mismos esa etapa del pensamiento, sí prepararon el camino transmitiendo lo esencial de sus descubrimientos a la cuenca mediterránea.

Como dijimos al comenzar, la ciencia es cultura. No podemos entender la cultura mesopotámica, y las altas cotas de perfección que experimentó, sin tomar en su justa medida la función que la ciencia y la tecnología desempeñaron en la vida cotidiana de sus pueblos. Es un recuerdo que deberíamos tener presente en estos momentos de crisis no sólo económica sino cultural.

Referencias

Bottéro, J. (2004), Mesopotamia: la escritura, la razón y los dioses. Madrid: Cátedra, 358 p.

Margueron, J.-C. (1996), Los mesopotámicos. Madrid: Cátedra, 471 p.

Gómez Espelosín, F. J. (2006), «La ciencia en Mesopotamia». Historia National Geographic, núm. 30, p. 48-59.

 

Este post participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades que organiza El Cuaderno de Calpurnia Tate.

 

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, HISTORIA, 5 comentarios