José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
El viaje más largo

El viaje más largo

     Última actualizacón: 25 agosto 2017 a las 11:47

Estrenamos una nueva sección en el blog que lleva por título «El viaje más largo». En este nuevo espacio voy a escribir sobre un tema que me ha apasionado desde hace mucho tiempo: la emigración de nuestros antepasados, los humanos modernos, desde la cuna de la humanidad en África hasta llegar a todos los rincones del planeta.

Es una tarea complicada ya que las teorías sobre el poblamiento de la tierra por nuestros más cercanos antepasados aún se están escribiendo en la actualidad.  La información ofrecida por los análisis genéticos se une a la arqueología y la antropología para mostrar un cuadro cada vez más elaborado aunque, a pesar de todo, quedan aún muchas preguntas sin respuesta. Intentaremos desde este modesto blog ofrecer algunas de estas claves para comprender y valorar en su justa medida esta hazaña sin parangón.

Mi interés por estas cuestiones surgió cuando era pequeño y pude leer un libro que aún conservo —aunque no recuerdo bien quién me lo regaló.  Se trata de «Los secretos de la Atlántida» de Andrew Tomas. Ya oigo las quejas de algunos al leer la palabra Atlántida, y debo decir que no sin razón, aunque dejadme que os explique …

Portada del libro de Andrew Tomas

Portada del libro de Andrew Tomas

Cuando leí este libro por primera vez tendría unos diez o doce años.  Estaréis de acuerdo conmigo que es una etapa de madurez intelectual aún incipiente, ya que mi mente se decantaba más por la imaginación y la fantasía que por el pensamiento racional.

Con el paso del tiempo lo he leído varias veces más y lo cierto es que la mayor parte no soporta una lectura crítica (ya de por sí la editorial Plaza y Janés lo incluyó en una serie titulada “realismo fantástico”, un bello oxímoron que no hace sino dejar claro que lo que se cuenta es en su mayor parte fantasía, algo que el propio autor reconoce en el prefacio).  A pesar de todo, no me gustaría menospreciarlo porque guardo muy buenos recuerdos de su lectura, además de conservar casi en perfecto estado ese ejemplar publicado hace más de treinta años (bastante manoseado por cierto).

Todos conocemos la leyenda de la Atlántida descrita por Platón en sus diálogos Timeo y Critias: una isla mítica engullida por el mar en una noche y que borró de la faz de la tierra una civilización técnicamente muy avanzada pero cuyos habitantes alcanzaron grados insoportables de soberbia y ansias de dominación.  Los dioses decidieron actuar y castigar a tan insolentes individuos.  Quienes han sostenido la verosimilitud del relato, y ha habido muchos, afirman que algunos de los supervivientes alcanzaron diferentes lugares donde sentaron las bases para el surgimiento de las grandes civilizaciones de la antigüedad: Mesopotamia, Egipto, Valle del Indo, civilizaciones centroamericanas etc.

El capitán Nemo y Aronax visitan los restos de la Atlántida en esta ilustración de la obra de Julio Verne "20.000 leguas de viaje submarino"

El capitán Nemo y Aronax visitan los restos de la Atlántida en esta ilustración de la obra de Julio Verne «20.000 leguas de viaje submarino»

En cualquier caso, y dejando de lado todo este folclore, la lectura de este libro me hizo cuestionarme muchas cosas, me abrió la mente a nuevas posibilidades y, lo más importante, despertó mi curiosidad en muchos aspectos.

Lo primero que quise fue conocer más sobre las grandes civilizaciones: empecé a leer todo lo que podía sobre estos temas para comprender mejor y saber si lo que había leído era, o podía ser cierto.  Así comencé a interesarme por la arqueología, la historia, la antropología, geografía etc. y es aquí donde quizás radique su valor, incitar a buscar un conocimiento más profundo del pasado, de nuestro pasado como seres humanos y los caminos que seguimos hasta llegar donde nos encontramos.

Creo que es un esfuerzo que merece la pena y espero que contribuyáis con vuestros comentarios, críticas y consejos.

Quizás Joseph Campbell tuviera razón cuando dijo

los sueños son una puerta abierta a los mitos, pues éstos son de la misma naturaleza que aquéllos, y que los mitos surgen, como los sueños, y al igual que la vida, de un mundo interior desconocido para la conciencia despierta.

Publicado por José Luis Moreno en EL VIAJE MÁS LARGO, 5 comentarios
El arca de la sabiduría

El arca de la sabiduría

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 12:45

Hace poco me topé con una imagen que me impactó. Tras un primer vistazo y sin pensar demasiado imaginé que se trataba del decorado de una película, una película que no conocía y que tenía que ver… Sin embargo, tras indagar un poco comprendí que no se trataba de la obra de ningún tramoyista ni de ningún artista digital sino un edificio real, un lugar que existe de verdad, aunque es mucho más que un simple edificio… Me refiero, y muchos ya lo sabréis, a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos.

Se trata del edificio que alberga los libros raros y los manuscritos literarios de la Universidad de Yale (New Haven, Connecticut), y que sirve como centro de investigación para estudiantes, profesores universitarios y otros investigadores, ya estén asociados a la Universidad o no. Dado el valor y la importancia cultural de los objetos que custodia los libros no son objeto de préstamo, aunque pueden ser consultados en la sala de lectura una vez que el investigador se registra en la biblioteca.

La Biblioteca es considerado uno de los edificios más grandes del mundo dedicados exclusivamente a libros raros y manuscritos. Nada más entrar, y tras pasar por una puerta giratoria, sorprende la visión de una inmensa torre de cristal con una estructura de metal que asciende por el núcleo del edificio y custodia un total de 180.000 volúmenes. Dos escaleras permiten subir al nivel del entresuelo.

Además de la torre, los estantes del sótano tienen espacio para unos 600.000 volúmenes más. En la actualidad contiene 500.000 volúmenes y varios millones de manuscritos (entre ellos el Manuscrito Voynich, con la signatura «MS408»). Un control automático de la temperatura y la humedad asegura que todo el material que se conserva esté protegido y a disposición de las futuras generaciones.

El edificio está construido con mármol de Vermont y granito, bronce y cristal a partir del diseño de Gordon Bunshaft. Los trabajos comenzaron en 1960 y finalizaron tres años más tarde. Una característica sobresaliente, y un gran acierto del arquitecto, lo supone la cubierta. Uno de los principales problemas de las bibliotecas que custodian libros de esta antigüedad y rareza es su conservación: luz, temperatura, humedad y otros factores ambientales pueden deteriorar e incluso destruir obras de las que solo existen un ejemplar en todo el mundo. La solución ofrecida por el Sr. Bunshaft fue emplear mármol blanco, veteado de gris, para recubrir el exterior. Estos paneles filtran la luz natural protegiendo de esta forma los libros y ofreciendo una atmósfera visual adecuada.

Bajo rasante se encuentra el centro operativo de la biblioteca: la zona de catálogo, control, almacén y oficinas, así como una sala de lectura iluminada por un patio situado en el centro de la plaza. Junto con el nivel de entrada, el entresuelo sirve como espacio de exhibición donde la Biblioteca ofrece exposiciones rotatorias de las ricas colecciones de la biblioteca. La Biblia Gutenberg (primer libro impreso en una imprenta de tipos móviles) y la obra de John James Audubon The birds of America: from drawings made in the United States and their territories se exhiben de forma permanente.

La Biblioteca está dividida en seis grandes colecciones: la colección general, que se compone de la Colección General de Primeros Libros y Manuscritos y la Colección General de Libros Modernos y Manuscritos; la Colección de Literatura Americana; la Colección del Oeste Americano; la Colección de Literatura Alemana y la Colección Osborn de Manuscritos de Literatura e Historia Inglesa.

El edificio y su dotación fueron donados por Edwin J. Beinecke, Yale 1907; Frederick W. Beinecke, Yale 1909; Walter Beinecke, Yale 1910; y sus familias.

Me gustaría que me dejaran las llaves y pasar algún que otro rato recorriendo esos interminables estantes…

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 6 comentarios
Johannes Kepler.  Pasado y futuro de la astronomía.

Johannes Kepler. Pasado y futuro de la astronomía.

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 12:45

Ayer me despertaba con la noticia de que el telescopio espacial Kepler puede tener los días contados para continuar con su importantísima misión: encontrar planetas terrestres (es decir, aquellos que tienen entre la mitad y dos veces el tamaño de la Tierra), especialmente aquellos que se encuentren en la zona habitable de su estrella donde pueda haber agua líquida y, quizás, vida.  Os invito a todos a leer la magnífica (como siempre) entrada del blog Eureka sobre los recientes informes acerca de los progresos de esta misión.

Hace tiempo que rondaba por mi cabeza la idea de escribir sobre ello, pero la inauguración de la XXXVIII edición del Carnaval de física y de la III edición del Carnaval de Humanidades me han llevado por otro camino.  He preferido remontarme al pasado y recordar la vida de uno de los más importantes astrónomos de la historia.

Johannes Kepler nació el 21 de diciembre de 1571 en el seno de una familia de religión protestante luterana radicada en la ciudad de Weil der Stadt, en Würtemberg (actual Alemania).  Sus dos abuelos gozaban de una buena posición social; tanto Sebald Kepler, un artesano reconocido, como Melchior Guldenmann, que regentaba una hospedería, habían sido alcaldes de sus respectivas ciudades, aunque la familia se encontraba en decadencia.  Su padre, Heinrich, era oficial de bajo rango en el ejército del duque de Würtemberg y tanto él como su madre, Catherine, fueron descritos por un Kepler ya adulto en términos poco favorecedores.

Nació prematuramente a los siete meses y quizás por esta circunstancia no gozó de buena salud.  Tanto es así que a la temprana edad de tres años contrae la viruela (las secuelas de esta enfermedad le provocarán severos problemas de visión).  A pesar de todo y tener una constitución débil, damos las gracias por no haber formado parte de la dura estadística que constata que en el siglo XVI cerca del 20% de los niños morían durante el primer año de vida y casi la mitad no llegaba a los diez años.  En definitiva, su infancia se caracterizó, además de por su debilidad física, por la ausencia de su padres ya que Heinrich marchó en 1576 a combatir en los Países Bajos y su esposa se fue con él.  Ambos decidieron que el pequeño Johannes quedara al cuidado de su abuelo materno en Leonberg.

La participación de Heinrich en los combates no duró demasiado ―según se mire― y al año siguiente pudo regresar a casa pero, por diversos problemas que no han quedado demasiado claros, se vio obligado a vender todas sus posesiones (Kepler afirmó más tarde que su padre era un pendenciero impenitente).  Este revés motivó que toda la familia se estableciera en Leonberg donde se hicieron cargo de la hospedería del abuelo Melchior para poder ganarse la vida.

Para comprender en sus justos términos la mala relación que mantuvo Kepler con sus padres, decir que en una carta a un amigo reconoció que uno de los pocos momentos agradables que pasó junto a su madre y del que guardaba un buen recuerdo fue cuando, en 1577, ésta le animó a observar el cometa que cruzó los cielos.

Ese mismo año Kepler comienza su educación reglada al acceder a la escuela latina de la ciudad.

Debemos tener presente que el acceso a la enseñanza era una actividad voluntaria y muy cara.  Por este motivo la familia constituía una importante instancia educativa al asumir los padres, como parte de sus obligaciones, la formación de sus hijos.  Sin embargo, como es fácil imaginar, la situación variaba en función del estatus social: los miembros más acaudalados podían escoger el futuro de su progenie, mientras que los campesinos lo que necesitaban era ayuda en las labores agrícolas.

Por otro lado, la educación en Alemania, como en otros muchos lugares de Europa, se encontraba bajo el control de las instituciones eclesiásticas ―ya fueran católicas romanas o protestantes― al tiempo que cada gobernante usaba el sistema educativo como un medio para consolidar la lealtad de sus súbditos.  Recordemos que la Europa del siglo XVI se vio sacudida por la fuerte tensión religiosa provocada por la Reforma de Martín Lutero (y que arraigó profundamente en gran parte de Alemania).  Lutero consideraba las clases obligatorias y la creación de escuelas como un complemento esencial para la formación religiosa, y dado que la implantación de esta enseñanza universal fue lenta (en la época en que vivió Kepler sólo la mitad de las parroquias tenían una escuela), se idearon otros medios para fomentar al acceso a la educación, como el establecer un sistema de becas para los pobres.  De esta forma se esperaba que los jóvenes que se graduasen se convirtieran en maestros, religiosos o funcionarios del Estado.

Centroeuropa en el siglo XVI. Geacron.com.

Desde que empezó a estudiar, la idea de Kepler era acceder a la carrera eclesiástica y aunque terminó su primer ciclo de tres años en 1583 (el retraso estuvo motivado por tener que trabajar en el negocio de su padre), al año siguiente entra en el seminario protestante de Adelberg, y dos años más tarde, en la escuela monástica de Maulbronn, para completar el curso preparatorio de acceso a la universidad.  Los años de estudio en Maulbronn se caracterizan por los recurrentes problemas de salud que ya había padecido de niño, así como la pésima situación en el hogar familiar: su padre se marchó de casa tras una fuerte discusión con su madre, muriendo poco después en el extranjero.  Todas estas circunstancias no impidieron que obtuviera su diploma, por lo que en 1589 se matricula en la universidad de Tubinga para comenzar los estudios de teología.

Es en esta universidad donde conoce a quien determinará, en gran medida, su destino como científico: su profesor de matemáticas, Michael Mästlin.  Era, en privado, uno de los muchos partidarios de la teoría copernicana aunque era muy cauto a la hora de exponer sus puntos de vista por escrito, dados los conflictos religiosos que implicaba.  De hecho, en sus clases preparatorias únicamente enseñaba el sistema ptolemaico y reservaba a Copérnico para el curso superior.  Fue Mästlin quien le prestó a Kepler su copia de De revolutionibus orbium coelestium («Sobre las revoluciones de las esferas celestes») ―muy anotada por cierto― y éste rápidamente comprendió las ideas esenciales de la teoría de Copérnico.  De esta forma Kepler se convirtió en un copernicano convencido, manteniendo una relación muy estrecha con su profesor a lo largo de su vida, y a quien no vaciló en pedirle ayuda o consejo para sus trabajos.  Obtiene finalmente la Magister Artium (maestría en artes) en 1591.

Como hemos dicho, Kepler tenía intención de ingresar en la facultad de teología de la universidad de Tubinga tras su graduación, pero dado que en la escuela protestante de Graz había quedado vacante la cátedra de matemáticas, Mästlin le recomienda que acepte el puesto y, de esta forma, con 23 años abandona sus estudios y deja Tubinga para trasladarse a Austria.

Ya en Graz contrajo matrimonio con Bárbara Müller von Mühleck (hija de un rico propietario de molinos) y publicó Mysterium Cosmographicum (1596 – El misterio cosmográfico), al tiempo que obtenía otras ganancias publicando almanaques astrológicos y realizando otras predicciones de este tipo.

Mysterium Cosmographicum.

Esta obra fue la primera decididamente copernicana tras De revolutionibus y le granjeó una fama internacional.  En ella exponía los argumentos geométricos que justificaban que la existencia de seis planetas, así como las distancias entre sus esferas en el sistema copernicano.  Partiendo de los argumentos de la armonía celeste expuestos por Platón en su Timeo, los modificó y empleó los cinco cuerpos regulares, los sólidos platónicos (tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro), situando a cada uno de los planetas entre dos esferas, rodeado por la exterior y rodeando a la interior, de manera que las distancias resultantes entre las esferas coincidían bastante bien con las distancias relativas obtenidas en las mediciones (salvo la órbita de Mercurio):

La Tierra es el patrón de todas las otras esferas.  Circunscribamos un dodecaedro en ella, y la esfera que lo rodea será la de Marte; circunscribamos un tetraedro en la esfera de Marte y la esfera que lo rodea será la de Júpiter, circunscribamos un cubo en la esfera de Júpiter, la esfera que lo rodea será la de Saturno.  Coloquemos ahora un icosaedro dentro de la esfera de la Tierra y entonces su esfera inscrita será la de Venus; coloquemos un octaedro dentro de la esfera de Venus y la esfera en que se inscribe será la de Mercurio.

Siendo un hombre de gran vocación religiosa, Kepler veía en su modelo cosmológico una celebración de la existencia, sabiduría y elegancia de Dios.  Así, escribió en una carta a Mästlin:

yo deseaba ser teólogo, pero ahora me doy cuenta a través de mi esfuerzo de que Dios puede ser celebrado también por la astronomía

Cuando publicó el libro, Kepler envió un ejemplar a varios de los astrónomos más destacados de la época: Galileo rechazó el trabajo debido a su evidente carácter especulativo (tengamos en cuenta que nos movemos en la época pretelescópica de la astronomía: todas las observaciones se hacían a “simple vista”.  La primera exposición de Galileo sobre sus propias observaciones telescópicas, el Sidereus Nuncius, apareció en marzo de 1610).  En cambio, Tycho Brahe se sintió inmediatamente intrigado.  El trabajo de Kepler le pareció nuevo y excitante, y escribió una crítica detallada en apoyo del libro, aunque al final le aconsejaba que adaptara su modelo a su propio sistema más que al de Copérnico.  Es más, le recomendó que le visitara porque sus observaciones podrían ayudarle a precisar más las órbitas que describía.  Esta reacción, escribiría Kepler posteriormente, cambió el curso de toda su vida.

Astrónomo y noble danés, Tyge Ottesen Brahe demostró una capacidad y un tesón insuperables en lo tocante a la astronomía, ciencia que estudió desde su juventud con la intención de reformarla basándola en observaciones muy precisas.  Desde sus años universitarios se dedicó a construir instrumentos medidores de varios tipos.  Brahe tuvo la suerte de encontrar en el rey de Dinamarca, Federico II, un inigualable patrono dispuesto a subvencionarlo más allá de cualquier expectativa razonable: le fue otorgado como feudo la isla de Hven, en Øresund, donde construyó un observatorio ―el más grande de su época― dotado de instrumentos que él mismo había diseñado.  Lo llamó Uranienborg («el castillo de Urania» en honor de Urania, la musa de la astronomía).  Nada más terminarlo, construyó un anexo bajo tierra ―para protegerse a sí mismo y los instrumentos del duro clima― que llamó Stjerneborg.  Sin embargo, tras la muerte del rey de Dinamarca acaecida en 1588, y habiendo perdido el favor de su sucesor el rey Cristian, terminó por abandonar Dinamarca para recalar en la corte del emperador Rodolfo II, quien lo nombró Matemático Imperial.

En septiembre de 1598, el archiduque católico de Graz, que había recibido el encargo de eliminar de Austria el protestantismo, ordenó a quienes profesasen esta creencia herética que se convirtieran al catolicismo o abandonasen la ciudad (según las disposiciones adoptadas en el seno de la Contrarreforma), por lo que Kepler decidió marcharse con su familia a Hungría donde pasaría cerca de un año.  En 1599 fue llamado de nuevo para volver a ocupar su puesto de profesor en Graz, pero dado que la ciudad continuaba dividida entre católicos y protestantes, decidió optar por otra vía.

De esta forma, gracias al contacto epistolar que Kepler venía manteniendo con Brahe y tras una larga negociación, en octubre de 1600 se traslada al castillo de Benatky, próximo a Praga, para trabajar junto a él.  Kepler era un pragmático que se preocupaba, y mucho, por su situación económica, de ahí que no quisiera abandonar su puesto en Graz sin asegurarse el futuro.  Por ello, antes de aceptar la oferta de Brahe, escribió a Mästlin y otros amigos de Tubinga para que intercedieran por él con el duque de Würtemberg y obtener así la cátedra de medicina que había quedado vacante.  Cuando conoció sus planes, Brahe le presionó y ofreció una buena renta a expensas del tesoro del reino, consiguiendo que viajara a Praga.

Al principio el danés le trató como un subalterno, controlando minuciosamente sus tareas y sin darle demasiado acceso a los datos observacionales (mucho más precisos que los empleados por Copérnico).  Kepler anhelaba ser considerado como un igual y tener cierta independencia, pero el receloso Brahe quería utilizarle tan sólo para establecer su propio modelo del sistema solar, un modelo no copernicano que Kepler no soportaba (en este modelo, la Tierra reposaba en el centro del universo, el Sol y la Luna orbitaban en círculos en torno a ella, mientras que el resto de los planetas describían trayectorias circulares alrededor del Sol).  Por su parte, Brahe había hecho acopio de una gran riqueza de datos observacionales, aunque carecía de los instrumentos matemáticos para comprenderlos plenamente.

Al año siguiente, Brahe muere y Kepler lo sustituye en el puesto de matemático y consejero astrológico del emperador Rodolfo II.  El salario que recibió del emperador se vio considerablemente reducido por lo que tuvo que acudir de nuevo a las tablas astrológicas y horóscopos para obtener un sobresueldo.  No creía demasiado en ellas pero, hombre práctico, sabía que era un medio de obtener dinero.  La muerte de Brahe, que parecía ser un problema para nuestro astrónomo, se convierte en una oportunidad inmejorable: consciente de la oportunidad, Kepler se apropia de los anhelados datos de Brahe antes de que pasaran al control de sus herederos que ya habían solicitado que se les entregaran todos los documentos.  El resultado fueron las Tablas Rudolfinas, una compilación de los datos de treinta años de las observaciones de Brahe, que en su lecho de muerte le pidió que terminara y que, sin embargo, no fueron publicadas hasta 1627, porque los datos que iba descubriendo le lanzaban constantemente a direcciones muy diversas (gracias a estos valiosos datos, Kepler logró predecir los tránsitos del Sol por Mercurio y Venus aunque no vivió lo suficiente para verlos).

Tras un estudio concienzudo de las anotaciones, especialmente las relativas al movimiento retrógrado de Marte, se dio cuenta de que el movimiento de los planetas no podía ser explicado por su modelo de los poliedros perfectos y armonía de esferas.  Hombre profundamente religioso, incapaz de aceptar que Dios no hubiera dispuesto que los planetas describieran en su órbita figuras geométricas simples, se dedicó a probar con toda suerte de combinaciones de círculos.  Cuando se convenció de la imposibilidad de lograrlo con círculos, uso óvalos y, al fracasar con ellos, empleó elipses y con ellas sí dio en el clavo.

En 1609 publicó Astronomia nova («Nueva astronomía»), obra dedicada a exponer sus cálculos sobre la órbita de Marte y donde incluye dos de sus tres leyes: los planetas giran en órbitas elípticas con el Sol en uno de sus focos, y lo hacen con mayor velocidad cuanto más cerca del Sol se encuentran (la Tierra, dijo, está más cerca del Sol en enero y más lejos en julio durante su viaje por su órbita).  Su segunda ley, la ley de la igualdad de las áreas, establece una línea trazada desde el Sol a un planeta barre áreas iguales en tiempos iguales.

Primera ley de la elipse y segunda ley de las áreas.

Kepler colocó al Sol en el centro de fuerzas del sistema planetario; con su rotación impulsaba a los planetas mediante una especie de fuerza magnética, a los más cercanos más deprisa, y a los más lejanos más despacio.  Tenía dos ideas principales en mente: la noción pitagórica de una armonía matemática subyacente, y la convicción de que los cuerpos celestes eran objetos físicos cuyos movimientos estaban producidos por causas naturales.

A mediados de marzo de 1610 Kepler recibió la noticia, a través de un amigo, de que Galileo había descubierto con su telescopio cuatro nuevos planetas.  La noticia fue un golpe ya que, de ser cierta la existencia de esos nuevos planetas, su Mysterium quedaba en la cuerda floja ya que el número de seis planetas estaba fundamentado en la existencia de cinco cuerpos platónicos, de manera que un solo planeta de más arruinaría su argumento.  Antes de recibir el texto del Sidereus nuncius («El mensaje o mensajero de las estrellas») se tranquilizó pensando que Galileo había descubierto en realidad las lunas de Saturno, Júpiter, Marte y Venus.  El 8 de abril recibió el libro con el ruego de que expresara su opinión.

Cuando once días después el correo volvió a Italia llevaba la respuesta de Kepler, que en mayo sería publicada con el título Dissertatio cum Nuncio Sidereo («Conversación con el mensajero de las estrellas»).  El Sidereus Nuncius de Galileo y la Dissertatio de Kepler son dos escritos que apenas podrían expresar con mayor claridad la diferente actitud de los dos científicos.  Mientras que para Galileo las cosas sobre las que escribía no solo las había visto él primero con el telescopio que había inventado, sino que las había pensado primero; el escrito de Kepler transmitía la idea de que los descubrimientos de Galileo eran una contribución, esencial, a un vasto debate que en parte provenía de la Antigüedad (aunque no dudó en considerar los descubrimientos de Galileo dignos de crédito mucho antes de que él mismo tuviera la oportunidad de comprobarlos con un telescopio).

Frontispicio de la obra Astronomica institutio.  Se observa a Aristóteles sentado, a su izquierda vemos a Galileo Galilei y Kepler; mientras que a la derecha figuran Brahe, Copérnico y Ptolomeo.

La situación política en Europa y la enfermedad se cruzarán de nuevo en la vida de Kepler en 1611: las revueltas religiosas llegan a Praga y ponen en peligro su nueva patria de adopción;  y es el año en que fallecen su mujer y su hijo predilecto a causa de la peste.  Estos acontecimientos, unidos a la muerte del emperador Rodolfo II en 1612 (a pesar de que su sucesor Matías decidiera mantenerle en su puesto) hicieron que Kepler regresara a Linz donde obtiene un puesto de profesor de matemáticas en la Landschaftsschule.  Al año siguiente se casa con Susanne Reutinger tras estudiar diez candidatas para que, según sus palabras, pudiera cuidar de Susana, su hija de 10 años, y de Ludwig, su otro hijo de 5.  Kepler tendría seis hijos con su nueva esposa, aunque tres de ellos murieron muy pequeños.

En 1615 su madre, que había alcanzado la nada desdeñable edad de 68 años, es acusada de brujería por una mujer que afirmaba que le había intentado envenenar (apuntar que Catherine se había criado con una tía suya que también había sido acusada de brujería y fue quemada en la hoguera).  El abogado que se encargó de la defensa no lo hizo demasiado bien y fue condenada y torturada.  Sin embargo, en 1620 y tras cinco años de batalla legal, Kepler consiguió una remisión de la pena argumentando que el único problema de su madre era su lenguaje y actitud belicosa.  Su madre fue finalmente liberada en septiembre de 1621 aunque murió seis meses más tarde debido al agotamiento físico y mental a que había estado sometida.

Durante esta complicada época de su vida, apartó su atención de las Tablas Rudolfinas (que, como hemos dicho se publicaron en 1627) y empezó a trabajar en un nuevo proyecto.  Este vio la luz en 1619 bajo el título Harmonices Mundi (La armonía de los mundos) y constituye una serie de cinco libros donde extendió su teoría de la armonía a la música, la astrología, la geometría y la astronomía.  Aquí expone su tercera ley: los cuadrados de los periodos orbitales son proporcionales a los cubos de los semidiámetros orbitales.

La guerra de los treinta años que se inició en 1618 diezmó las tierras austríacas y alemanas y obligó a Kepler a abandonar Linz en 1626 tras un decreto impulsado por la Contrarreforma que obligaba a la salida de todos los protestantes.  Finalmente se estableció en la ciudad de Sagan, en Silesia, para entrar al servicio de Albrecht von Wallenstein.

Nos acercamos al final de su vida ya que en 1630 se halló de nuevo en apuros financieros y viajó a Ratisbona donde esperaba cobrar los intereses de algunos bonos que poseía.  También intentaba recuperar un dinero que se le debía por su nombramiento de Matemático Imperial así como por la publicación de las Tablas Rudolfinas.  Sin embargo, poco después de su llegada tuvo un acceso de fiebre y murió el 15 de noviembre a los 59 años de edad.

Fue un hombre enamorado del orden cósmico y la armonía estética, y todo lo que descubrió estuvo inextricablemente entrelazado con su visión de Dios.  En su epitafio, que escribió él mismo, dice:

Medí los cielos; ahora mediré las sombras de la tierra.  Mi alma era del cielo, pero la sombra de mi cuerpo reposa aquí.

Kepler construyó un modelo muy ajustado a la realidad del Sistema Solar y completado un programa científico que había dado comienzo en tiempos de los pitagóricos.  Sus leyes planetarias inspirarían unos sesenta años más tarde a Isaac Newton quien edificó la estructura teórica que proporcionó el marco de la física y la cosmología durante casi tres siglos.  En síntesis, Kepler descubrió cómo orbitan los planetas y, al conseguirlo, allanó el camino para que Newton descubriera el porqué.

Esta es la contribución de Afán por saber al XXXVIII Carnaval de la Física, organizado en esta ocasión por Eureka.

 

Este post también participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades que organiza El Cuaderno de Calpurnia Tate.

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 7 comentarios
Sobre el Polo Norte en dirigible

Sobre el Polo Norte en dirigible

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 15:37

Como sabéis me encantan los libros. Entre mis preferidos están los escritos por aquellos exploradores que se aventuran en lugares antes inexplorados para hacer partícipes al resto de nosotros de sus descubrimientos. Y hete aquí que echando un vistazo en una librería anticuario tuve la oportunidad de adquirir la primera edición en castellano de uno de estos ejemplares: “Sobre el Polo Norte en dirigible” (Espasa-Calpe, 1927).

Editado por Roald Amundsen y Lincoln Ellsworth, el libro nos relata los preparativos y la ejecución del que sería el primer vuelo sobre el Polo Norte que logró unir dos continentes. Aunque todos conocemos las hazañas del noruego Amundsen por tierras polares ―incluso ya hemos tenido alguna ocasión de comentar­las en este blog― lo cierto es que me resultaba desconocida su faceta de aviador.

La obra se compone de distintos informes escritos por algunos miembros de la tripulación, además del relato principal de Amundsen, que logra componer una imagen completa de los pormenores de esta arriesgada empresa.

La expedición tiene sus antecedentes en el año 1925 cuando Amundsen llevó a cabo su propósito de realizar una expedición aérea al Polo Norte. Junto con Lincoln Ellsworth (que financió en gran parte los costes, al igual que haría en la posterior expedición) se fletaron dos aviones con el objetivo de, sobrevolando Alaska, llegar hasta el Polo Norte. Los expedicionarios alcanzaron los 87° 44′ Norte, la latitud más septentrional lograda por un avión en ese tiempo, aunque no consiguieron su objetivo principal. Tildada de fracaso por muchos observadores, Amundsen no se cansó de repetir que esta empresa no era más que la fase preparatoria para el verdadero intento que pretendía unir dos continentes por aire a través del Polo Norte.

Para este segundo intento, Amundsen se decantó por un dirigible como la mejor opción para que la expedición tuviera éxito. Los aeroplanos solían sufrir averías en los momentos más inoportunos, no dejando otra opción a los tripulantes que la de intentar aterrizar sobre el propio hielo: esta era una maniobra demasiado arriesgada que podía costarte fácilmente la vida. En cambio, un dirigible tiene la ventaja de que puede permanecer en el aire con todos sus motores parados, permitiendo realizar cualquier reparación sin mayores inconvenientes.

Para la elección del aparato, Amundsen se puso en contacto con el coronel italiano Umberto Nobile, ingeniero y constructor de dirigibles. Dada la premura exigida por el noruego, Nobile decidió reformar el modelo N-1, que se encontraba en uso, a pesar de que él prefería un aparato más pesado. Finalmente, el dirigible N-1 fue adquirido al Estado italiano con la mediación del coronel Nobile y el Dr. Rolf Thommosen, presidente del Aeroclub de Noruega.

Amundsen y Rissen-Larsen fueron a Roma a firmar el contrato de adquisición y, gracias al interés que mostró Mussolini en la expedición, los detalles fueron arreglados rápidamente. El dirigible estaría listo a principios de 1926 tras la necesaria reforma, momento en que iría una tripulación noruega a Roma para entrenarse bajo la dirección de Nobile.

Para la adaptación al clima polar, la envoltura presurizada del dirigible fue reforzada con enrejados metálicos en la popa y en la proa, conectando ambos extremos a la quilla mediante un tubo flexible de metal. Esta se recubrió de tela y se utilizó como espacio de almacenamiento y para la tripulación. El aparato llevaba tres góndolas para otros tantos motores y una cabina de control separada de ellas, todo en la parte inferior de la quilla.

Previamente a estas gestiones, y dado que el dirigible debería sobrevolar gran parte de Europa y Rusia antes de llegar al punto de partida en Svalbard (recordemos que el aparato estaba en Roma y había que pilotarlo hasta Islandia antes de acometer el tramo final de la expedición), en el otoño de 1925 comenzaron los trabajos de construcción del cobertizo y el poste de amarre que habrían de acoger el dirigible. Estos trabajos se hicieron durante el invierno ártico a fin de que estuvieran terminados a tiempo para la llegada de la aeronave.  El cobertizo, una enorme estructura con cimientos de hormigón y armazón de madera se había construido en completa oscuridad y bajo temperaturas extremas. Un barco italiano llevó piezas de recambio y otros elementos para la realización de las obras, así como los más de 4.500 cilindros de hidrógeno que se emplearían para “alimentar” la aeronave.

El viaje del dirigible Norge (bautizado así tras el traspaso de propiedad) para sobrevolar el Polo Norte se inició en Roma el 29 de marzo de 1926. La primera escala se realizó en Pulham (Inglaterra) donde llegaron a las 3 p.m. del 12 de abril tras 32 horas de vuelo. Había congregadas unas 3.000 personas que les recibieron, entre ellas el príncipe heredero del trono noruego Olave. Allí permanecieron detenidos dos días realizando diversas tareas de mantenimiento antes de retomar vuelo a Oslo el 14 de abril.

A continuación se dirigieron a Leningrado para, volando sobre Vadsø (en cuya isla de Vadsøya sigue en pie hoy en día el mástil de atraque) llegar a Svalbard. El día 7 de mayo tomaron tierra en Svalbard, base de la expedición y punto de partida del “ataque final” al Polo Norte. La tripulación llevaba a sus espaldas 44 horas de vuelo sin dormir, y habían recorrido la distancia de 7.600 km. desde su salida de Roma.

En Svalbard también se encontraba Richard Evelyn Byrd que estaba preparando su avioneta Fokker para realizar un vuelo con la misma intención de alcanzar el Polo Norte desde el aire. En ningún caso supuso una sorpresa para Amundsen la presencia del americano dado que había sido él mismo quien le recomendó el lugar desde donde realizar su intento. Así las cosas, dado que para los noruegos el llegar al Polo era una mera estación de tránsito, decidieron que harían sus preparativos con constancia, pero sin prisas, a fin de evitar toda posibilidad de fracaso causado por la precipitación. Debemos tener presente que el viaje del Norge tenía el objetivo de sobrevolar el mar entre el Polo y Alaska, una parte del globo que aún seguía inexplorado, pues algunos pensaban que en esa zona había tierra aún sin descubrir.

Amundsen, Byrd, Bennet y Ellsworth.

Byrd partió con el Josephine Ford a las 1.50 horas del día 8 de mayo. Bennet pilotaba y la orientación fue asumida por el propio Byrd. Pese a que podían ser considerados unos rivales, en realidad los tenían en alta estima y la única preocupación de los noruegos era que volvieran sanos y salvos. De hecho, si no era así y se encontraban con dificultades, Amundsen tomó la decisión de que saldrían a buscarlos con el Norge pese a que ello podía suponer anular su aventura. Finalmente, los aviadores regresaron a las 17 horas en un viaje que fue todo un éxito (a pesar de todo, hoy en día hay quienes ponen en duda que realmente alcanzaran el Polo Norte).

Finalmente, y tras diversos retrasos debidos al clima cambiante, el día 11 de mayo se dio la orden de partida y a las 8.00 de la mañana se procedió a sacar la aeronave del cobertizo. Un total de 16 tripulantes formaban el equipo:

  • Piloto. Coronel Umberto Nobile.
  • Segundo comandante del Norge y de la misión. Hjalmar Riisen-Larsen (navegante).
  • Timonel (timón lateral) Emil Horgen.
  • Timonel (timón principal) Oskar Wisting.
  • Radio. Capitán Birger Gottwald.
  • Meteorólogo. Dr. Finn Malmgren.
  • Periodista. Fredrik Ramm.
  • Operador de radio. Frithjof Storm-Johnsen.
  • Jefe reparaciones. Oscar Omdal (ingeniero de vuelo).
  • Mecánicos italianos. Ceccioni, Alessandrini, Arduino, Caratti y Pomella.
  • Jefe máximo de la expedición y primer comandante. Roald Amundsen.
  • Ayudante de Amundsen y patrocinador de la expedición. Lincoln Ellsworth

Con todo listo, a las 9.55 horas se dio la orden: “Vámonos”. El termómetro marcaba 4,5 ºC bajo cero.

La primera parte del vuelo fue bastante sencilla dado que clima fue benigno. No se encontraron demasiados bancos de niebla que impidiesen la navegación y a las 1.25 (hora de Greenwich) del 12 de mayo de 1926 alcanzaron su primer objetivo: se encontraban a 200 metros de altitud sobre el Polo. En este punto se lanzaron las banderas noruega, americana e italiana (por este orden): banderas de seda cosidas en doble y atravesadas por una barra, unida a una gran asta de aluminio, que quedaron firmemente clavadas en el hielo polar.

Los problemas comenzaron después de haber superado el Polo, ya que el hielo acumulado sobre el dirigible no sólo aumentaba enorme y peligrosamente su peso (calculado al gramo para maximizar el desplazamiento), sino que al desprenderse y golpear con las hélices, muchos trozos salían despedidos a gran velocidad provocando en la cubierta múltiples agujeros. Además de esto, el clima empeoraba por momentos, creándose enormes bancos de niebla que obligaban a realizar continuos ajustes de altitud y rumbo para conseguir enfilar al punto de destino: la ciudad de Nome, situada al sur de la península de Seward en el Mar de Bering, en el estado de Alaska, Estados Unidos.

Tras muchos esfuerzos y totalmente desorientados debido al clima adverso, decidieron tomar tierra en un pequeño pueblo de esquimales que más tarde supieron que se llamaba Teller, ubicado a 90 kilómetros aproximadamente del sitio previamente designado, Nome. Uno de los motivos que llevaron a Amundsen a descender allí fue que se habían quedado sin reservas de parches para reparar los continuos desgarros en la cubierta del dirigible.

La tripulación llevaba 70 horas de vuelo, y algunos de ellos no habían podido dormir en absoluto. No pocos veían visiones. Además de esto, la hora de las comidas tampoco era muy alegre ya que, a pesar de disponer de una cocina, finalmente no la habían montado por lo que tuvieron que contentarse con té y café de los termos (que se enfriaron poco después del despegue). Amundsen relatará que los sándwiches estaban helados y parecía que mordían madera. Del mismo modo, los pastelillos de carne eran cristales de hielo, aunque intentaran descongelarlos cogiéndolos con la mano y manteniéndolos en los bolsillos del pantalón.

Tras el aterrizaje se sucedieron las recepciones oficiales por distintas ciudades norteamericanas en el recorrido que hicieron los aclamados exploradores desde la costa oeste hasta Nueva York, desde donde estaba previsto que un barco noruego los llevara de vuelta a casa. Una anécdota que cuenta Amundsen es que durante el vuelo todos los tripulantes llevaban la misma ropa ya que, por motivos de peso, no podían llevar ropa de repuesto. Amundsen se molestó y quedó tristemente sorprendido cuando los miembros italianos de la tripulación se presentaron en la primera recepción oficial con uniformes militares completamente limpios.

El colofón de esta aventura fue la constatación de que el primer vuelo de uno a otro continente vía Polo Norte se hizo sin contratiempos graves ni desgracias personales, siendo además la única expedición que goza del honor de haber alcanzado el Polo Norte por aire, siendo verificada esta circunstancia sin dejar lugar a la más mínima duda. Del mismo modo, Wisting, tras llegar al Polo Norte, se convirtió junto con Amundsen, en la primera persona que había estado en ambos polos.

Para finalizar este relato no puedo dejar de llamar la atención del lector acerca de los caprichos del destino. En 1928 Nobile decidió emular el viaje del Norge con otro dirigible, el Italia. Sin embargo, esta vez la suerte no acompañó al recién ascendido general y el dirigible cayó sobre un témpano de hielo cerca de la isla de Carlos XII, en la zona nororiental de las Spitzbergen. Finn Malmgrem, que repetía de nuevo viaje en calidad de meteorólogo murió a consecuencia de este accidente. Los mecánicos Caratti, Pomella y Alessandrini también perdieron la vida.

Pero las desgracias no terminaron aquí porque Amundsen también falleció en junio de ese mismo año al accidentarse el hidroavión en que viajaba (se cree que en el Mar de Barents) en el curso de la expedición de rescate de sus antiguos camaradas.

Terminaré con las palabras con que cerró Amundsen el relato de su aventura:

¡Honor y alabanza a Aquel quien todo honor es debido!  Unidos todos en un solo pensamiento demos gracias a Él, que en diversas ocasiones en el transcurso de esta aventura clara y distintamente extendió Su Mano sobre nosotros.  No discutamos quién fue el mejor: ¡Somos tan infinitamente pequeños sin la ayuda de Dios Omnipotente!

Todas las imágenes pertenecen al archivo del Instituto Polar Noruego.

Publicado por José Luis Moreno en RESEÑAS, 2 comentarios
ENCODE – Enciclopedia de los elementos del ADN

ENCODE – Enciclopedia de los elementos del ADN

     Última actualizacón: 19 marzo 2018 a las 11:00

En 1958, en el simposio de la Sociedad de Biología Experimental, Francis Crick 1 (descubridor junto con James Watson de la estructura molecular del ADN, la famosa “doble hélice”) propuso el dogma central de la biología molecular basado en el flujo unidireccional de información del ADN a la proteína: del ADN la información pasa por transcripción al ARN, y de éste, por traducción, a la proteína, elemento que realiza la acción celular.  Si bien fue reformulado más tarde en la revista Nature 2, no debemos olvidar que la ciencia no es amiga de los dogmas por muy claros que parezcan algunos procesos.

La ciencia ya ha conocido un intento de estudiar a fondo nuestro código genético.  El objetivo del Proyecto Genoma Humano era conocer en profundidad nuestros genes ya que cuando se decidió acometer la empresa, se pensaba que sobre ellos gravitaba la esencia de lo que somos: conociendo los genes ―se afirmaba―, las funciones que desempeña cada uno, se sabría todo lo que se precisa para entender la vida humana o, al menos, sus patologías.

De esta forma, en el año 2000 se presentó con gran bombo político y mediático por el entonces Presidente de los EE.UU. Bill Clinton y el Primer Ministro británico Tony Blair, un borrador de resultados que se completó en 2003 con la secuenciación completa del genoma humano.

Sin embargo, como sucede a menudo, las expectativas fueron más allá de unos hechos que suelen ser muy tozudos una vez se estudian en profundidad.  Cuando se analizaron los resultados, los científicos se toparon con un número inferior de genes de lo previsto: tenemos alrededor de 20.000 genes codificadores de proteínas, una suma muy pequeña para la gran cantidad de información que se les atribuía.  Además de esta circunstancia, nos percatamos de que no hay una relación lineal entre el número de genes y la complejidad del organismo: es cierto que las bacterias tienen alrededor de 5.000 genes, pero el ser humano tiene más o menos el mismo número de genes que los erizos de mar, y una cantidad notablemente inferior que una salamandra, el arroz (que posee 57.000 genes) u otros vegetales.  Para complicar aún más el panorama, estos genes codificadores de proteínas representan únicamente el 1% de los 30.000 millones de nucleótidos que encontramos en el ADN humano.

Introducción. Genética

Para comprender en su justa medida los avances que ha supuesto el Proyecto ENCODE, se hace necesario contar con unos conocimientos genéticos básicos.  Para todos aquellos que ya los posean, pueden continuar leyendo el siguiente bloque.

Para nuestros propósitos, definimos un gen desde el punto de vista molecular como una secuencia de ADN que influye en la función y forma de un organismo al codificar y dirigir la síntesis de una proteína.  Por otro lado, una proteína es una molécula formada por aminoácidos (una proteína de tamaño medio puede tener 150 aminoácidos) con funciones muy variadas y que resultan esenciales para la vida.  A modo de ejemplo, entre ellas se incluyen las enzimas (que actúan como catalizadores), los componentes estructurales de las células, de los tejidos (como las que forman parte de los músculos, del cartílago, el pelo etc.) así como factores controladores de la expresión del gen.

¿Cómo se forma una proteína? Para sintetizar una proteína se hace necesario contar con unas instrucciones: el código genético.  Un gen está constituido por una sucesión de nucleótidos.  El lenguaje genético se distingue de cualquier idioma moderno en que las letras no son nucleótidos únicos, sino combinaciones de tres de ellos.  Ya que el ADN posee cuatro tipos de nucleótidos (A, C, G y T por adenina, citosina, guanina y timina) existen 64 combinaciones distintas de tripletes (que llamamos codones porque codifican aminoácidos).  Estas 64 combinaciones o tripletes forman las 21 letras del alfabeto genético entre las que se incluyen los signos de puntuación (hay algunos tripletes que son redundantes, es decir, sinónimos): 61 tripletes codifican los 20 aminoácidos existentes necesarios para formar una proteína, mientras que los tripletes restantes son señales que indican cuando termina la secuencia.

Como hemos dicho, existen un total de veinte aminoácidos, diez de los cuales se denominan “esenciales” porque el ser humano no los puede sintetizar: debemos obtenerlos a través de la alimentación ya que su ausencia provoca daños graves en el organismo.

Pues bien, Crick definió el mecanismo básico a través del cual la información contenida en la secuencia de un gen pasa a sintetizar una proteína concreta: primero la “transcripción” y luego la “traducción”.  La transcripción es un proceso por el que la información contenida en la secuencia de bases (A, C, G y T) se transforma en una secuencia de ARN complementaria (llamada ARN mensajero).  Acto seguido entra en juego la traducción, que es el proceso por el que una vez formados los ARN mensajeros, éstos se encargan de tomar los aminoácidos que constituirán la proteína (esto sucede así porque el ADN no sale nunca del núcleo celular: las “fábricas” de las proteínas, los ribosomas, se encuentran fuera de él de modo que el ARN mensajero debe llevar ese “mensaje” al exterior).

En resumen, la secuencia de nucleótidos (a través de los codones o grupo de tres nucleótidos) determina el orden de los aminoácidos que formarán la proteína.  El ARN mensajero se encarga de trasladar esa secuencia a los ribosomas que fabricarán la proteína con esa sucesión concreta de aminoácidos.

Para que nos hagamos una idea de lo complejo que resulta nuestro código genético, las alrededor de 30.000 proteínas diferentes del cuerpo humano están constituidas por 20 aminoácidos, y es la molécula de ADN la que debe especificar el orden concreto en que unen esos aminoácidos.

Una vez comprendido el mecanismo básico de síntesis de proteínas, ahondemos un poco más en nuestro genoma.  En los seres humanos, como en otros animales y plantas, solo una fracción del ADN (aproximadamente un 1% en humanos) codifica la síntesis de proteínas: son los llamados genes estructurales.  El resto está implicado en tareas como regular la expresión del ADN, separar unos genes de otros y otras funciones: se trata de los genes reguladores, que determinan en qué tejidos, en qué momento o en qué cantidad se ha de sintetizar una proteína determinada.  Sin embargo, los investigadores observaron que la mayor parte del ADN parecía no tener función ninguna: de ahí que recibiera el nombre de “ADN basura” (“junk DNA” en inglés).

Fue el genetista japonés Susumu Ohno quien acuñó este término en 1972 3.  El llamado ADN basura o ADN no codificante, representa secuencias de nucleótidos que no parecen contener genes o tener ninguna función.  Porqué la evolución había mantenido una gran cantidad de ADN “inútil” era un misterio (llamado enigma o paradoja del valor de C), y parecía un despilfarro, algo que se ha desvelado en parte gracias a este proyecto de investigación que aún sigue en curso.

Proyecto ENCODE

El Proyecto ENCODE (enciclopedia de los elementos del ADN) ha sido diseñado para continuar los trabajos donde terminó el Proyecto Genoma Humano.  Aunque este proyecto reveló el diseño de la biología humana, quedó claro que el manual de instrucciones para leer ese diseño era, en el mejor de los casos,  impreciso.  Los investigadores pudieron identificar en sus treinta mil millones de letras muchas de las regiones que codificaban proteínas, aunque éstas constituyen, como hemos señalado, poco más del 1% del genoma en alrededor de 20.000 genes.

Ya antes de acometerse el proyecto, muchos biólogos sospechaban que la información responsable de la maravillosa complejidad de los humanos estaba en algún lugar de los “desiertos” entre los genes:

Aún hoy, mucho después del descubrimiento de secuencias repetitivas y los intrones, señalar que el 25 por ciento de nuestro genoma consiste en millones de copias de una secuencia aburrida no causa ninguna conmoción.  Todos encuentran convincente el argumento de que si este ADN fuera totalmente inútil, la selección natural ya lo habría eliminado.  En consecuencia, debe de tener una función aún por descubrir.  Algunos incluso piensan que podría estar ahí en previsión de una evolución futura (esto es, para permitir la creación de nuevos genes).  Si así se hizo en el pasado, argumentan ¿por qué no en el futuro?

Brenner, S. (1998), «Refuge of spandrels». Current Biology, vol. 8, núm. 19, p. R669.

Además de para la biología molecular, la especial configuración de nuestro genoma ha supuesto y sigue siendo un reto para la antropología evolutiva:

De los tres mil millones de letras que componen el genoma humano, sólo quince millones, menos de un 1%, han sufrido algún cambio desde que el linaje de los chimpancés y el de los humanos divergieron hace unos seis millones de años.  La teoría evolutiva sostiene que el efecto de la inmensa mayoría de estos cambios es pequeño o nulo en nuestra biología.  Sin embargo, entre estos 15 millones de bases se encuentran las diferencias que nos hacen humanos.  La evolución desde un ancestro de humanos y chimpancés hasta un ser humano no resulta de que se acelere el tic-tac del reloj molecular en su conjunto; el secreto radica en que se den cambios rápidos en lugares donde se producen cambios sustanciales en el funcionamiento del organismo.

Pollard, K. S. (2009), «¿Qué nos hace humanos?». Investigación y Ciencia, núm. 394, p. 24-29.

Por ello, tras una fase piloto entre los años 2003 y 2007, el estudio, financiado con 80 millones de dólares por EE.UU., se propuso como meta cartografiar este terreno que se creía baldío.  El objetivo es catalogar las secuencias funcionales de ADN que están escondidas ahí, enterarse de cuándo y en qué células están activas, y rastrear sus efectos en la forma de empaquetar, regular y leer el genoma.

El proyecto ha combinado los esfuerzos de 442 científicos de 32 laboratorios en Reino Unido, EE.UU., Singapur, Japón, Suiza y España (se incluyen el Centro de Regulación Genómica en Barcelona y el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO, en Madrid).  Los investigadores se han centrado en 24 tipos de experimentos estándar y aunque el genoma es el mismo en la mayoría de las células humanas, la forma en que este actúa no (el ADN contenido en las células de nuestros ojos por ejemplo, no necesita formar pelos o uñas).  Por este motivo, se han llevado a cabo estos experimentos en múltiples tipos celulares ―al menos 147― dando lugar a los 1.648 experimentos que ENCODE ha hecho públicos.

Por este motivo, precisamente porque el ADN se comporta de forma distinta en diferentes tipos de células, el proyecto de investigación continúa en marcha: faltan por estudiar muchas más células y tejidos para conocer mejor cómo funciona nuestro ADN y qué hace para producir unos órganos u otros.

Los resultados obtenidos hasta ahora son, en cualquier caso, sorprendentes: el 80% del genoma contiene elementos vinculados a funciones bioquímicas, dando al traste con la visión generalmente aceptada de que el genoma humano era en su mayor parte “ADN basura”.  Se han detectado más de 70.000 regiones promotoras ―los lugares donde las proteínas se unen para controlar la expresión de los genes― y cerca de 400.000 regiones potenciadoras ―que regulan la expresión de genes distantes (se trata de controladores que no tienen porqué estar localizados cerca de los genes sobre los que actúan, ni siquiera en el mismo cromosoma. La estructura tridimensional de nuestro genoma está formada de un modo que, aunque el controlador esté lejos de los genes si leemos la secuencia linealmente, geométricamente está próximo al promotor y al gen ya que se encuentran envueltos alrededor para contactar con ellos).

Hemos encontrado que una gran parte del genoma ―de hecho, una cantidad sorprendente― está implicada en controlar cuándo y dónde se producen las proteínas más allá de su simple fabricación.

Ewan Birney, coordinador de análisis del proyecto.

La imagen de un interruptor es perfectamente válida para comprender estos mecanismos.  Determinadas secuencias dicen cuándo y dónde deben encenderse o apagarse determinados genes, así como la intensidad del funcionamiento.

Los elementos reguladores son responsables de garantizar que las proteínas del cristalino estén en las lentes de tus ojos y que la hemoglobina esté en tu sangre, y no en cualquier otro lugar. Es muy complejo. El procesamiento de la información y la inteligencia del genoma reside en los elementos reguladores. Con este proyecto, probablemente hemos podido pasar de comprender menos del 5% a cerca del 75% de ellos.

Jim Kent, director del Centro de Coordinación de los Datos (UCSC) de ENCODE.

Con estos datos en la mano comenzamos a entender cómo los relativamente pocos genes que codifican proteínas bastan para proporcionar la complejidad biológica necesaria para hacer crecer y funcionar un ser humano.  Como propugnaba Katherine Pollard, «el secreto radica en que se den cambios rápidos en lugares donde se producen cambios sustanciales en el funcionamiento del organismo».

Gracias a esta visión más completa del funcionamiento de nuestro código genético, se ha creado la oportunidad para comprender cómo afectan las variaciones genéticas a los distintos rasgos humanos y las enfermedades.  Características como la altura y la inteligencia, o enfermedades como el Alzheimer van a poder ser analizadas desde un nuevo paradigma.  Desde 2005, los estudios a gran escala del genoma humano (GWAS, genome-wide association studies) que asocian variaciones en la secuencia del ADN con rasgos específicos y enfermedades han mostrado miles de puntos del genoma donde la diferencia en un simple nucleótido parece estar asociada con el riesgo de padecer una enfermedad.  Pero dado que casi el 90% de estas variaciones caen fuera de los genes que codifican proteínas, hasta ahora los investigadores tenían pocas pistas en la forma en que podían causar o afectar a una enfermedad o rasgo fenotípico.

Pero asociación no es causalidad, y la identificación de estas variantes y la comprensión de la forma en que ejercen esa influencia ha sido difícil.

Por ejemplo, las variantes de ADN asociadas a la diabetes se producen en la parte del genoma ahora estudiada, pero no en cualquier punto, sino en la zona que regula los genes que controlan aspectos del metabolismo del azúcar o de la secreción de insulina. Otro ejemplo son las variantes que se dan en las zonas que regulan en sistema inmunológico y que han podido vincular a enfermedades como la esclerosis múltiple, el asma o el lupus.

El proyecto Genoma Humano fue como viajar a la Luna, se hizo con una tecnología primitiva y a base de mucha fuerza bruta.  Encode, sin embargo, es como un viaje a Marte.

Alfonso Valencia, investigador del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO).

Del mismo modo, la exploración del gran número de elementos reguladores revelados por el proyecto y la comparación de sus secuencias con las de otros mamíferos promete cambiar la forma de pensar de los científicos acerca de la evolución del ser humano.

Esto es así porque uno de los grandes desafíos de la biología evolutiva es comprender cómo las diferencias en la secuencia del ADN entre especies determinan las diferencias en sus fenotipos.  El cambio evolutivo puede tener lugar tanto a través de cambios en las secuencias de codificación de proteínas como por cambios en la secuencia que alteran la regulación genética.

Se ha argumentado que los potenciales cambios adaptativos en las secuencias que codifican proteínas pueden ser impedidos por la selección natural porque, aun cuando pueden ser beneficiosas para un tipo celular u órgano, pueden ser perjudiciales en algún otro lugar del organismo.  Por el contrario, dado que las secuencias reguladoras de genes frecuentemente se hayan asociadas con patrones temporal y espacialmente específicos de expresión, los cambios en estas regiones pueden modificar la función sólo de determinados tipos celulares en momentos concretos, haciendo que sea más probable que confieran una ventaja evolutiva.

En definitiva, costará un gran trabajo identificar los cambios críticos en la secuencia de los nuevos elementos reguladores que han sido identificados y que suponen las diferencias entre los humanos y otras especies.

A pesar de la gran cantidad de información ofrecida por ENCODE, aún estamos lejos del objetivo final: comprender el funcionamiento del genoma en cada célula de cada persona, así como a través del tiempo en esa misma persona.  Serán necesarios muchos años más de investigación para completar el nuevo cuadro que se ha abierto ante nosotros.

Referencias

Maher, B. (2012). ENCODE: The human encyclopaedia Nature, 489 (7414), 46-48 DOI: 10.1038/489046a

Ecker, J., Bickmore, W., Barroso, I., Pritchard, J., Gilad, Y., & Segal, E. (2012). Genomics: ENCODE explained. Nature, 489 (7414), 52-55 DOI: 10.1038/489052a

Frazer, K. (2012). Decoding the human genome. Genome Research, 22 (9), 1599-1601 DOI: 10.1101/gr.146175.112

Para facilitar la labor de los investigadores, la revista Nature ha creado un portal específico para explorar los 30 artículos publicados mediante un sistema que complementa los documentos al poner de relieve los temas que son tratados sólo en las subsecciones de los trabajos individuales. Cada hilo o trama (thread en inglés) consta de los párrafos pertinentes, las figuras y las tablas de todos los artículos, unidos en torno a un tema específico.

Por mi parte, os dejo un listado de los artículos publicados con accesos directos para leer su contenido (su acceso es libre).

Notas

  1. Crick, F. H. (1958), «On protein synthesis». Symposia of the Society for Experimental Biology, vol. 12, p. 138-163.
  2.  Crick, F. H. (1970), «Central dogma of molecular biology». Nature, vol. 227, núm. 5258, p. 561-563.
  3. Ohno, S. (1972), «So much «junk» DNA in our genome». Brookhaven Symposia in Biology, vol. 23, p. 366-370.
Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 8 comentarios