José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Carta al director El Correo. Falsa arqueología

Carta al director El Correo. Falsa arqueología

     Última actualizacón: 17 septiembre 2017 a las 15:29

El pasado día 19 de abril se publicó un artículo en la edición de Álava del diario El correo titulado «Hay muchos capítulos de la historia que están mal explicados», firmado por Natxo Artundo. En él se explican las afirmaciones de muy dudosa veracidad de Francisco González, redactor jefe de la revista Año Cero, tras la publicación de su último libro «Arqueología imposible».

Artículo El Correo

Haz clic en la imagen y podrás leer el artículo en formato .pdf

En la contraportada del libro escrito por el Sr. González podemos leer:

¿Cómo es posible que encontremos construcciones semejantes en puntos tan alejados del planeta? Como si de un relato de detectives se tratara, el autor va descubriendo asombrosos vínculos entre los maestros constructores de la antigüedad. Escrito por uno de los investigadores más respetados en el ámbito de las civilizaciones desaparecidas, Arqueología Imposible desvela las claves ocultas tras algunos de los más insondables misterios de nuestro pasado.

Pues bien, decidí escribir una carta al director de dicho diario a fin de que fuera publicada, cosa que no sucedió. Por ello la reproduzco a continuación:

Sr. Director:

He leído con interés y atención el artículo aparecido en la sección “Culturas y sociedad” de su periódico el pasado martes día 19. En él se analiza de forma somera el último libro publicado por Francisco González titulado Arqueología imposible. El legado oculto de los maestros constructores.

Creo que es innecesario discutir que un periodista —léase cualquier persona que no ha seguido estudios reglados en historia antigua o arqueología— pueda tratar el tema que Francisco González investiga en su libro. Cualquier persona que sienta interés por un tema concreto, aun cuando carezca de un título oficial, puede profundizar en su estudio y plantear nuevas hipótesis, aunque puedan considerarse “atrevidas”. Lo determinante aquí no es poseer un título, sino qué es lo que se dice y qué argumentos se emplean para defender esa postura. Hay arqueólogos buenos y malos, como también sucede con los periodistas, los abogados o los médicos.

Que el Sr. González afirme que ha leído a Däniken, Kolosimo «y gente así», no lo desacredita para tratar temas históricos —es bien sabido que estos autores gozaron de una enorme popularidad entre el público en general y mucho éxito en la venta de sus libros— pero que acto seguido sostenga que esoteristas como René Guénon plantean cosas más «serias» que aquéllos sí que es preocupante.

Las críticas a los postulados de autores como Dániken Kolosimo, Sitchin y otros se vienen planteando desde hace décadas precisamente con los mismos argumentos que expone el Sr. González: sus libros se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, grandes fotografías, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a afirmar que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que tratan acerca de nuestro pasado real.

Esto sucede porque es más fácil hablar de extraterrestres, ovnis, fantasmas y demás, que dedicar tiempo y esfuerzo a comprender todos los aspectos de una cultura ya desaparecida. De ahí que ninguno de esos libros profundice en las culturas que abordan —es el salto de la “a” a la “z” que refiere el autor, omitiendo todo el abecedario que está en medio. Son una mera recopilación de hechos aislados, sin un contexto adecuado, que están ahí para sostener un argumento preconstituido.

Dicho lo cual, se me antoja que el Sr. González viene a hacer exactamente lo mismo que aquéllos que critica en el libro que está promocionando: como él mismo reconoce «doy unos saltos un poco grandes, en contraste con el arqueólogo de carrera, ortodoxo».

En primer lugar, debemos tener en cuenta que los arqueólogos modernos hacen gala del espíritu inquisitivo de la ciencia: ya no excavan solo para acumular datos, sino para resolver problemas. No se esfuerzan en excavar en monumentos solo porque sean visibles o llamativos, sino que tratan de recuperar las pruebas que necesitan para comprender mejor las sociedades del pasado, en cualquier sitio donde puedan encontrarse.

Para ello, la arqueología cuenta con métodos y análisis científicos generalmente aceptados. En lo que hace referencia a las ciencias históricas, aunque sabemos que las sociedades humanas son sistemas muy complejos, y que las personas no actuamos de acuerdo a unas reglas de comportamiento rígidas, los científicos pueden hacer generalizaciones similares a leyes, que predicen con exactitud cómo reaccionan los grupos humanos a los cambios en su entorno y cómo evolucionan sus culturas a través del tiempo.

Lo que hemos aprendido de las sociedades del pasado nos enseña que la evolución de las grandes civilizaciones parece mostrar unos mismos patrones generales. Aunque se han desarrollado en diferentes ambientes físicos y culturales, podemos señalar unos hitos comunes a todas ellas: el nacimiento de la civilización fue precedido por el desarrollo de una economía agrícola y el surgimiento de sociedades estratificadas; existió un crecimiento de la población, así como un aumento de la densidad de la población en determinadas áreas (el surgimiento de ciudades). También encontramos en cada caso la construcción de monumentos, comercio a larga distancia, y desarrollo de métodos para llevar registros de propiedades, bienes, impuestos etc. Que haya similitudes arquitectónicas en algunos monumentos no debe por tanto sorprendernos.

Por este motivo es importante no dar esos «saltos» tan grandes cuando tratamos de comprender cómo vivieron nuestros antepasados, ya que es fácil que caigamos en la falsa arqueología. Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» —esas que diferencian entre arqueólogos de carrera, ortodoxos, y los llamados arqueólogos populares— encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

El método de investigación estándar en historia y arqueología se basa en la proposición de hipótesis con apoyo en los datos obtenidos gracias a las excavaciones arqueológicas etc. A continuación, éstas se comprueban con otros datos y se someten a escrutinio y a la reconsideración por otros colegas. La clave por tanto está en la capacidad para verificar esas hipótesis. En cierto sentido, la ciencia histórica se vuelve experimental cuando las predicciones basadas en las observaciones iniciales son verificadas, o rechazadas, por observaciones posteriores.

Ahora bien, los arqueólogos reconocen que en ocasiones sus hipótesis se apoyan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado, y que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista si aparecen nuevos datos que así lo aconsejen.  De ahí que al contrario de lo que afirman los defensores de la falsa arqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o una doctrina inmutable.  Son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez aparecen nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos, es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición. Este último paso, la aceptación de explicaciones diferentes cuando hay nuevos datos, es algo que los falsos arqueólogos son incapaces de hacer.

Llega un momento en que hay que ser tajantes. El Sr. González mantiene el manido argumento de que dentro de la arqueología racional hay una frontera más o menos difusa donde podrían tener cabida argumentos como la existencia de la Atlántida, Lemuria, monumentos que no pudieron construirse por seres humanos etc. Para él, son argumentos que formarían parte del conocimiento racional pero alejados del centro, de la postura defendida por «arqueólogos ferozmente ortodoxos», de una visión arcaica y obsoleta de la historia. Esto es un error.

El conocimiento de las grandes culturas ya desaparecidas se construye mediante una cuidadosa recopilación y análisis de numerosos datos. Con ellos se formulan hipótesis que son puestas a prueba continuamente. Quien no sigue este método, quien deja de lado la importancia de reconstruir la imagen de nuestros antepasados de forma racional, no hace sino perpetuar la falsa arqueología y servir a intereses muy diferentes del deseo de aumentar nuestro conocimiento del pasado.

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RedUNE denuncia el intento de acallar su voz crítica contra la bioneuroemoción

RedUNE denuncia el intento de acallar su voz crítica contra la bioneuroemoción

     Última actualizacón: 17 septiembre 2017 a las 15:25

Nos llega la siguiente información de RedUNE, que ofrecemos a nuestros lectores para que aprecien las dificultades de trabajar sobre asuntos tan graves y preocupantes como la bioneuroemoción.

Para más información sobre qué es la bioneuroemoción, pueden ver la grabación de la charla de Emilio Molina en Escépticos en el Pub de Madrid:

 

Reproducimos a continuación la información:

«Hace cinco meses moría Maribel Candelas, una mujer que había renunciado al tratamiento médico para los tumores que padecía, haciéndose adepta a la bioneuroemoción. Durante varios años, la página web de su gurú, Enric Corbera, difundía con orgullo el caso de Maribel como testimonio paradigmático de como la bioneuroemoción podía curar enfermedades tan graves como el cáncer. Tras el aviso de la muerte de Maribel, el vídeo fue rápidamente retirado por Corbera. La asociación RedUNE (red de prevención del sectarismo y abuso de la debilidad) almacenó en ese momento una copia privada de dicho vídeo en su cuenta de YouTube, marcada como «no listada» y con propósitos de documentación para el extenso dossier de denuncia de los desmanes que Corbera y sus acólitos están llevando a cabo impunemente a la vista de todo el mundo. Hasta que, recientemente, ha recibido un aviso por «infringir los derechos de propiedad intelectual del Instituto Español de Bioneuroemoción», en un intento de acallar una de las pocas voces críticas ante el movimiento en la actualidad.

Para evitar que esta voz de denuncia pueda quedar censurada, han contado la historia de esta ignominia en LiveLeak (pulsa sobre la imagen para acceder al contenido):

 

liveleak

Puedes encontrar toda la información sobre esta peligrosa pseudoterapia de alto riesgo sectario en el siguiente dossier:

Google Drive logo

 

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¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

     Última actualizacón: 4 marzo 2019 a las 22:02

¿Sabemos quiénes fueron los primeros pobladores de América y de dónde vinieron? Aunque no sean prehistoriadores o arqueólogos, seguro de que les suena esta historia: grupos de cazadores-recolectores que habitaban en lo que hoy es la estepa siberiana se desplazaron a través del llamado puente de Beringia (la porción de tierra bajo el estrecho de Bering que se encontraba por entonces emergida) para llegar a Canadá y, más adelante, a las Grandes Llanuras americanas. Esta explicación es la versión «ortodoxa» que ofrece la ciencia acerca de la forma en que se produjo el primer poblamiento del continente americano.

Sin embargo, desde hace más de diez años, se viene planteando la idea de que poblaciones de Europa y Oriente Medio (algunos apuntan directamente a alguna de las antiguas tribus de Israel) tenían los conocimientos necesarios para fabricar embarcaciones lo suficientemente robustas para salvar la distancia que separa ambos continentes. Se trataría de migraciones transatlánticas cuyas gentes habrían contribuido a poblar América antes de que otros llegaran por la conocida ruta asiática.

Esta teoría, que hoy se considera falsa arqueología o mala ciencia por la mayor parte de la comunidad científica, genera sin embargo mucho interés entre el público en general y ha sido difundida a través de documentales y libros que se han convertido en éxitos de ventas.

Hipotesis solutrense

En un reciente trabajo, Jennifer Raff y Deborah Bolnick, ambas profesoras de antropología (la primera en la Universidad de Kansas y la segunda en la Universidad de Texas) hacen una revisión de los estudios donde se ha analizado el ADN de los nativos americanos —tanto actuales como pasados— así como de otras poblaciones, llegando a la conclusión de que los resultados no son compatibles con una oleada de emigrantes europeos. Su conclusión es que los datos genéticos sólo muestran una migración desde la actual Siberia hacia el continente americano.

Pese a que quienes defienden una migración transatlántica utilizan varios argumentos, las autoras centran la discusión en la validez de las dos líneas principales de pruebas presentadas en apoyo de esa hipótesis: la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en el continente norteamericano, y una señal de ascendencia euroasiática occidental en el genoma de los nativos americanos.

La hipótesis solutrense

Si hacemos caso a las pruebas arqueológicas que se han recuperado hasta el momento, podemos confirmar la presencia del hombre en el continente americano desde hace unos 15.000 años. Quienes sostienen el argumento de una migración transatlántica —conocida como hipótesis solutrense— se apoyan, además de en una comparación de los artefactos arqueológicos de uno y otro lado del océano, en los datos genéticos de diferentes poblaciones. Sus defensores propugnan que la cultura Clovis (que se desarrolló en América del Norte hace entre 13.300 y 12.800 años antes del presente) desciende directamente de la cultura Solutrense del sudoeste europeo (que presenta una antigüedad de entre 23.500 y 18.000 años AP) y más concretamente de la zona de Cantabria. El profesor de prehistoria Bruce Bradley y el arqueólogo Dennis Stanford propusieron inicialmente esta idea a finales de los años noventa, y han sido duramente criticados desde entonces.

Y el motivo es que, más allá de las comparaciones de artefactos líticos —con el matiz de subjetividad que este tipo de comparaciones trae consigo—  lo cierto es que tras varias décadas de estudios que han analizado el genoma de diferentes poblaciones, se ha demostrado que todos los nativos americanos derivan de una población fundadora bastante pequeña que probablemente ocupó Beringia durante el Último Máximo Glacial (hace entre 28.000 y 18.000 años AP).

Analizando genomas

Nuestro genoma es una máquina del tiempo. Empleando las técnicas adecuadas podemos obtener información muy interesante de nuestro pasado evolutivo analizando el ADN de las diferentes poblaciones actuales y de nuestros antepasados (en aquellos casos en que éste se encuentra en buen estado de conservación). Para ello podemos recurrir al haplotipo, una especie de huella digital que se presenta en forma de una combinación de alelos de un cromosoma. Para desentrañar nuestra ascendencia se estudia el ADN mitocondrial (ADNmt) y el ADN del cromosoma Y (heredados por vía materna el primero, y paterna el segundo).

Tenemos que saber que, si bien todos tenemos el mismo código genético, en realidad se dan pequeñas variaciones llamadas polimorfismos. Entre las más comunes se encuentran los polimorfismos de nucleótido simple (o SNP, del inglés single nucleotide polymorphism), es decir, cambios de un único nucleótido en una secuencia dada. La probabilidad de que dos individuos no relacionados entre sí presenten un mismo haplotipo es prácticamente nula.

Del mismo modo, se sabe que es altamente improbable que desaparezca un SNP dado que no hay recombinación. De este modo, los SNPs se irán acumulando a lo largo del tiempo en cada población, lo que nos permite hacer grupos (haplogrupos) unos descendientes de otros, pudiendo remontarnos a los antepasados que dieron origen a la población humana: en el caso de los análisis de ANDmt se llega hasta la denominada «Eva mitocondrial»; y en el caso de los análisis del cromosoma Y, al «Adán cromosoma-Y».

When Did Humans Come to the Americas - Smithsonian magazine

Imagen tomada del artículo When did Humans come to America? publicado en la Smithsonian Magazine, por Guy Gugliotta, ilustrado por Andy Martin. Febrero de 2013.

Como ya hemos apuntado, la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en las poblaciones de nativos americanos se ha utilizado como prueba de la existencia de un flujo genético transatlántico hacia Norteamérica. El haplogrupo X2a es único de América del Norte, y se encuentra con alta frecuencia en las poblaciones de los Grandes Lagos, y frecuencias más bajas en las Grandes Llanuras y el Pacífico noroeste. Del mismo modo, parece estar completamente ausente en las poblaciones de América Central y del Sur. Los linajes intermedios que relacionan el haplogrupo general X2 con el más específico X2a parecen haberse perdido en las poblaciones contemporáneas —o son tan raros que aún no han sido bien estudiados.

Y es precisamente este vacío en nuestro conocimiento del ADN antiguo lo que ha servido a los defensores de la idea de una migración desde Oriente Medio a América del Norte. Sin embargo, esta hipótesis se viene abajo si tenemos en cuenta cuatro hechos clave:

  1. El haplogrupo X2a no se encuentra en Oriente Medio.
  2. Ninguno de los linajes del haplogrupo X2 presentes en Oriente Medio son antepasados directos del haplogrupo X2a. Estos dos datos rompen cualquier posible relación directa entre los pobladores de Oriente Medio y Norteamérica.
  3. La fecha estimada para la separación del haplogrupo X2a del general X2 (hace entre 14.200 y 17.000 años AP) es muy anterior a la fecha propuesta para la hipotética migración desde Oriente Medio.
  4. Por último, y en relación con el punto anterior, el haplogrupo X2a estaba presente en Norteamérica mucho antes que esa supuesta migración.

En segundo lugar, la otra versión de la migración transatlántica postula que el haplogrupo X2a llegó a América del Norte durante el Pleistoceno de la mano de poblaciones solutrenses de Europa occidental. Para ello mencionan específicamente la alta frecuencia del haplogrupo X2 en las Islas Orcadas (presente en un 7,24% de los individuos) como apoyo a la migración transatlántica del haplogrupo X2a —las islas Orcadas constituirían un punto de paso intermedio.

Basan esta hipótesis en dos líneas de razonamiento:

  1. En Siberia no se han encontrado linajes ancestrales al haplogrupo X2a, al contrario de lo que sucede con los otros haplogrupos americanos.
  2. La distribución filogeográfica del haplogrupo X2a en América del Norte sitúa la rama más antigua y más profunda de sus antepasados en el noreste de Canadá (lo que cabría esperar si los pobladores hubiesen llegado a Norteamérica desde Europa).

Montaje Hipotesis solutrense

Además, argumentan que la ausencia de evidencia del haplogrupo X2a en el oeste de Eurasia no es prueba de su ausencia (aunque este argumento lo podemos emplear igualmente para el caso siberiano). En definitiva, no hay ninguna razón de peso para sostener que el haplogrupo X2a tenga más probabilidades de haber venido de Europa que de Siberia. Por eso, hacen falta más muestras de ADN antiguo cuyo análisis permita aclarar la cuestión.

Y aquí entran en escena las recientes investigaciones. Parte de la solución de este rompecabezas ha llegado con la publicación del genoma completo del llamado hombre de Kennewick, de unos 8.500 años de antigüedad. Si bien se ha comprobado que pertenecía al haplogrupo X2a, el resto de su genoma no presenta indicios de que tuviera antepasados europeos. Además, resulta significativo que los restos del hombre de Kennewick se encontraran en la costa oeste norteamericana: este hecho sitúa el haplotipo X2a más antiguo localizado hasta la fecha en la región geográfica que encaja mejor con una migración desde Siberia a través de Beringia.

Curiosamente, antes de la secuenciación de su genoma, el hombre de Kennewick era utilizado como argumento para apoyar su origen no-siberiano dadas las diferencias en la forma de su cráneo en relación con el de los nativos americanos. Si bien es cierto que la comparación de la morfología craneal fue durante mucho tiempo la herramienta predilecta de los antropólogos para estudiar las relaciones genéticas entre poblaciones, durante las últimas décadas hemos desarrollado la tecnología que nos permite evaluar las relaciones biológicas entre los individuos y las poblaciones mediante la comparación de los genomas. Éste es el medio más preciso y directo de evaluar la ascendencia que la morfología ósea, que hoy sabemos puede venir influenciada por factores ambientales, de desarrollo y culturales.

Por último, la mejor prueba hasta la fecha quizás sea la que aporta el estudio que ha llevado a cabo el equipo de Iosif Lazaridis (del departamento de genética de la facultad de medicina de Harvard). Han modelizado las relaciones ancestrales entre las poblaciones euroasiáticas, africanas y de los nativos americanos, concluyendo que el flujo genético se produjo desde las poblaciones del norte de Eurasia hacia las poblaciones nativas americanas. No han encontrado ninguna prueba directa de flujo genético durante el Pleistoceno entre los europeos occidentales y los nativos americanos. Su modelo también es consistente con otros estudios que han demostrado que entre un 62% y un 86% de los antepasados de los nativos americanos provienen de Asia Oriental.

Conclusiones

Raff y Bolnick no creen que vaya a aparecer de repente una prueba que demuestre una ascendencia europea de los nativos americanos, aunque reconocen que ésta sigue siendo una posibilidad formal, remota, pero posible.

¿Qué pasa entonces con la señal de una ascendencia del occidente europeo que se ha encontrado en los genomas de los nativos americanos? ¿Es compatible con una migración transatlántica?

Varios investigadores estudiaron los genomas de un individuo hallado en Siberia denominado Mal’ta y del individuo Anzick-1 (un niño datado hace 12.600 año AP hallado en Montana), y encontraron que una parte de sus antepasados (entre un 14% y un 38%) deriva de una población que también aportó alelos a los habitantes contemporáneos de Eurasia occidental. Cabe destacar que el acervo genético de los europeos contemporáneos parece haber surgido muy recientemente, en los últimos 8.000 años, como resultado de sucesos de migración y de mezcla. No sabemos cómo eran los genomas de los pueblos Solutrenses, ya que hasta la fecha no se ha secuenciado ninguno de ellos, pero a partir de estos resultados podemos predecir que se parecerían más a los cazadores-recolectores pre-neolíticos que a los europeos contemporáneos. Es importante destacar que a partir de los genomas pre-neolíticos que se han estudiado, parece que estos primeros cazadores-recolectores europeos no mostraban afinidades genéticas cercanas a los nativos americanos.

Sentado lo anterior, y como colofón teniendo en cuenta las investigaciones sobre el tema, podemos decir que el posible escenario de la colonización americana sería el siguiente:

  1. Hace unos 32.000 años se produjo el desplazamiento de grupos de cazadores-recolectores desde Siberia al norte de Beringia.
  2. Más adelante, y en una única ola migratoria hace como máximo unos 23.000 años, se expandieron hacia el este de Beringia y comenzó la llamada «evolución genética de las características únicas de los nativos americanos».
  3. Por último, la entrada en el continente americano no pudo verificarse hasta que se produjo el deshielo de la franja costera del Pacífico hace unos 13.000 años y con él, la apertura de rutas de tránsito en el interior de América del Norte. El acervo genético de estos pobladores se diversificó en dos ramas que configuran las diversas poblaciones nativas que vemos hoy en el continente.

Las condiciones que tuvieron que soportar nuestros antepasados aislados en Beringia durante miles de años tuvieron que ser tremendamente duras. Más adelante, hubo al menos otras dos entradas de población siberiana en América que acabaron de conformar las poblaciones indígenas, que hasta la llegada de Cristóbal Colón, no recibieron ningún aporte genético de Europa occidental.

Referencias

Documental del canal Discovery: Ice age Columbus (Acceso abierto).

Lazaridis, I., et al. (2014), «Ancient human genomes suggest three ancestral populations for present-day Europeans«. Nature, vol. 513, núm. 7518, p. 409-413. (Acceso abierto).

Raff, J. A. y Bolnick, D. A. (2015), «Does Mitochondrial Haplogroup X Indicate Ancient Trans-Atlantic Migration to the Americas? A Critical Re-Evaluation«. PaleoAmerica, vol. 1, núm. 4, p. 297-304. (Acceso abierto).

Raghavan, M., et al. (2015), «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans«. Science, vol. 349, núm. 6250.

Rasmussen, M., et al. (2015), «The ancestry and affiliations of Kennewick Man«. Nature, vol. 523, núm. 7561, p. 455-458. (Acceso abierto).

Skoglund, P., et al. (2015), «Genetic evidence for two founding populations of the Americas«. Nature, vol. 525, núm. 7567, p. 104-108.

Stanford, D. J. y  Bradley, B. A. (2012), Across Atlantic ice: the origin of America’s Clovis culture. Berkeley: University of California Press, xv, 319 p.

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Falsas correlaciones

Falsas correlaciones

     Última actualizacón: 4 mayo 2017 a las 10:52

La correlación perfecta, cuando se basa en la experiencia suficiente, es la causalidad en el sentido científico.

Henry E. Niles en Correlation, causation and Wright´s theory of «Path Coefficients», Genetics, 1922, núm. 7, págs. 259-261.

Todos sabemos que correlación no implica causalidad, ¿no? Cuando nos adentramos en el apasionante mundo de la estadística, decimos que dos variables están correlacionadas (por ejemplo, variable 1= fumar; variable 2= sufrir cáncer) cuando los valores de una de ellas varían sistemáticamente con respecto a los valores de la otra. En nuestro ejemplo, existirá correlación entre las dos variables si al aumentar el número de personas fumadoras, aumenta también el número de personas afectadas por el cáncer.

Pero es muy importante tener en cuenta que, en ciencia, que exista una correlación estadística entre dos variables (o conjunto de datos), no implica por sí mismo que haya una relación de causalidad. Esto es, y volviendo a nuestro ejemplo, el hecho de que al aumentar el número de personas que fuman aumenten los casos de cáncer, no implica —a priori y por sí mismo— que fumar produzca cáncer (hoy en día se ponen unos mensajes en las cajetillas de tabaco tales como «Fumar mata» aunque no tengamos el mismo nivel de evidencia de esta relación de causalidad como el que se exige, por ejemplo, para introducir un medicamento en el mercado).

A continuación os dejo con unas tablas que ha elaborado Tyler Vigen donde correlaciona distintas variables para mostrar gráficamente el tratamiento de diferentes grupos de datos:

 

 

 

 

 

Por ejemplo, por muy malas que sean las películas de Nicolas Cage, no son la causa de que mueran más personas ahogadas al caerse en una piscina.

Estas tablas son una pequeña muestra de las que puedes ver en su blog titulado Falsas correlaciones. Como él mismo cuenta, este proyecto nació con la doble finalidad de estudiar de forma divertida las correlaciones, así como reflexionar acerca de los datos. Para él, la investigación empírica es interesante y por eso le encanta preguntarse acerca de la forma en que las variables se combinan.

Más información:

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Las partes de un microscopio óptico

Las partes de un microscopio óptico

     Última actualizacón: 13 junio 2018 a las 12:27

cartel mikro

By the means of Telescopes, there is nothing so far distant but may be represented to our view; and by the help of Microscopes, there is nothing so small as to escape our inquiry.

Con la ayuda de los Telescopios, no hay nada tan lejano que no podamos visualizar; y con la ayuda de los Microscopios, no hay nada tan pequeño que escape a nuestro análisis.

Robert Hooke, Micrografía, o algunas descripciones fisiológicas de los cuerpos diminutos realizadas con cristales de aumento con observaciones y disquisiciones sobre ellas. 1665. Prefacio.

Hace unos días os comentaba que había comprado un microscopio óptico y que iba a comenzar una nueva serie en este blog para adentrarme en el fascinante mundo de lo más pequeño. Bueno, para ello, lo primero que vamos a hacer es conocer cuáles son las partes y el funcionamiento general del microscopio.

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A rasgos generales, un microscopio óptico consta de las siguientes partes:

Ocular (1): Es la lente donde situamos nuestros ojos para observar y que amplía la imagen que proviene del objetivo (normalmente ofrece un aumento de 10x). En nuestro caso, este microscopio posee tres tubos de observación —uno para cada ojo (1), y un tercero para la inserción de una cámara (2)— por lo que se trata de un microscopio trinocular. El instrumento nos permite ajustar la distancia interpupilar, es decir, la separación entre nuestros ojos (3) (en un rango que va de los 53 a los 75 mm) además de las dioptrías (4). Ajustando la distancia interpupilar logramos que, al mirar por los dos oculares, el campo de visión izquierdo y derecho se fundan en uno solo. Para ajustar las dioptrías elegimos el objetivo de 40 aumentos y observamos la muestra con el ojo derecho, ajustando el enfoque hasta ver una imagen clara (más abajo explico esta operación). Acto seguido observamos con el ojo izquierdo y ajustamos el control de dioptrías (4) hasta ver una imagen clara con ambos ojos.

Los oculares se insertan en el cabezal (que ya hemos comentado que en nuestro caso es trinocular) por medio del tubo óptico. El cabezal por su parte se une a la caja de prismas donde hay un prisma cuya función es la de desviar la imagen que se recibe desde la lente de los diferentes objetivos hacia el ocular formando un ángulo de 120 grados. La caja de prismas se puede girar sin necesidad de mover todo el microscopio para facilitar y hacer más cómoda la observación por varias personas.

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Soporte: Mantiene la parte óptica y está formado a su vez por dos partes: el pie o base (con un peso considerable que garantiza la estabilidad del instrumento, y donde se encuentra, por ejemplo, la fuente de luz) y el brazo (que sirve de ayuda en el transporte del instrumento).

Objetivo: Cada una de las lentes (5) situada cerca de la preparación que sirven para ampliar la imagen de ésta. Su principal función consiste en recoger la luz que proviene de la preparación y proyectar una imagen nítida, real, invertida y aumentada hacia el cuerpo del microscopio. El revólver (6) es la pieza del microscopio que se encuentra bajo la caja de primas que soporta los lentes objetivos. Recibe este nombre porque semeja el tambor circular de un revólver, permitiendo el cambio de objetivo con solo girarlo y que éste quede alineado con el ocular. En nuestro caso, el microscopio posee cuatro objetivos con diferentes aumentos: 4x, 10x, 40x y 100x (objetivo de inmersión en aceite).

Platina: Plataforma horizontal donde se deposita la preparación (7). La platina es una placa metálica con un hueco en el centro sobre el que se coloca la muestra que se va a observar y por donde pasa el rayo de luz generado por la fuente luminosa. Generalmente posee un par de pinzas para sostener la preparación (8) y un sistema mecánico denominado carro, que permite mover la platina y, por lo tanto, desplazar longitudinal y transversalmente la preparación. Estos movimientos se realizan con un par de tornillos (9).

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Condensador: Lente que concentra los rayos luminosos sobre la preparación (10) (en nuestro caso, se trata de un condensador Abbe) con la finalidad de formar conos luminosos grandes, con aperturas mayores, necesarios para ver con los objetivos de mayor aumento. El condensador se localiza debajo de la platina y recoge la luz de la fuente de iluminación (11). Se puede mover hacia arriba o abajo mediante el correspondiente mando (12). Para observaciones con objetivos de gran aumento se requiere que el condensador esté cerca de la platina, concentrando la luz sobre la pequeña porción de la muestra que está siendo magnificada. Sin embargo, trabajando con objetivos de poco aumento es aconsejable retirar el condensador por poder obtener una iluminación en todo el campo observado.

Las dos lentes sin corrección y el diafragma de iris (13) —que regula la cantidad de luz que entra en el condensador y se controla mediante una palanca lateral (14)—, nos permite controlar la brillantez, contraste, profundidad de campo, e iluminación uniforme de la preparación.

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Detalle del condensador Abbe

Detalle del condensador Abbe.

Fuente de luz: El microscopio está dotado con una lámpara halógena de 20W (11). Estas lámparas son radiadores térmicos que emiten una luz continua en un espectro comprendido entre los 300 y los 1200 nm. Este tipo de lámparas permite un control de la intensidad de la luz con una rueda (15) situada en el pie del microscopio. En nuestro caso empleamos la iluminación Köhler, que ilumina la preparación con un campo uniforme de luz del mismo diámetro que el área de captura del objetivo. La utilización adecuada de esta fuente de luz junto con el condensador y el diafragma la analizaremos en próximas anotaciones.

Mecanismo de enfoque: El enfoque se consigue desplazando en sentido vertical, o bien la platina donde se coloca la preparación, o bien el revólver donde están colocados los objetivos. En nuestro caso se desplaza la platina mediante dos mecanismos, uno rápido (de enfoque grueso o aproximado) por medio del tornillo macrométrico (16), y otro lento (de mayor precisión) gracias al tornillo micrométrico (17). El enfoque macrométrico se utiliza con los objetivos de poco aumento, y también para bajar la platina cuando queremos colocar o retirar la preparación.

Por contra, el tornillo micrométrico posee una graduación tal que cada división de la rosca permite un movimiento vertical casi imperceptible en el orden de 0,001 mm. Además de obtener una imagen nítida, nos permite evaluar de manera aproximada el espesor de los objetos, contando el número de vueltas que damos al tornillo desde que enfocamos la parte más superficial del espécimen, hasta la más profunda.

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Si queréis conocer más detalles de la historia de este instrumento esencial para la investigación científica os recomiendo los siguientes artículos de la serie Apparatus escrita por César Tomé en el Cuaderno de Cultura Científica:

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