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¿Acceso libre a los datos de las investigaciones?

¿Acceso libre a los datos de las investigaciones?

     Última actualizacón: 13 marzo 2018 a las 22:02

Desde hace años sigo muy de cerca el trabajo de John Hawks, profesor de antropología de la Universidad de Wisconsin—Madison, tanto a través de su artículos científicos, charlas etc. como del curso MOOC “Evolución humana: pasado y futuro” que tuve la suerte de completar hace poco. Este incansable científico escribe uno de los blogs sobre paleoantropología y evolución humana más leídos de internet (puedes verlo aquí) y acaba de publicar una anotación que me ha parecido muy importante.

Mucho se discute (y se discutirá) acerca de la publicación de los resultados de una investigación en revistas de acceso abierto (open access), pero no tanto sobre la posibilidad de que se acceda a los datos brutos en los que se basan los diferentes artículos que se publican.  Es decir, ¿cómo puede cualquier grupo de investigación replicar los resultados de un prometedor trabajo sobre un nuevo medicamento si no se tiene acceso completo a los datos originales? Está claro que hay muchos intereses enfrentados (lucha por subvenciones, patentes, prioridad en la publicación etc.) pero uno de los pilares fundamentales de la ciencia es la necesidad de corroborar y reproducir los resultados de cualquier investigación. Está claro que un acceso público a los datos que se han manejado a la hora de publicar las conclusiones de un estudio facilitaría enormemente el avance del conocimiento.

Pues bien, algo que es importante en el ámbito biomédico, también es muy relevante en el ámbito de la paleoantropología, un tema que se ha tratado en muy pocas ocasiones.

Los restos fósiles que nos hablan de nuestro pasado son objetos preciosos por su valor intrínseco, lo que hace que sus descubridores y quienes tienen el deber de su custodia y conservación, sean reacios a permitir su examen por el resto de la comunidad científica. A veces resulta simplemente imposible acceder a los restos originales y hay que contentarse con estudiar una réplica. No digamos ya, poder acceder a los datos brutos de los cada vez más frecuentes análisis paleogenéticos (aunque hay honrosas excepciones). Aún no han aparecido los restos originales de Orrorin tugenensis que fueron «robados» hace más de un año, sustraídos al parecer por el encargado de su custodia en un museo local de Kenia. A pesar de que hay réplicas, la pérdida es irreparable.

A raíz de un editorial en Nature genetics sobre este particular, el profesor Hawks lanza una reflexión aplicada a la paleoantropología que he querido traducir al castellano para facilitar su lectura. Es algo que debería hacernos reflexionar. (Puedes leer la entrada original aquí. He mantenido el énfasis de la anotación original y añadido los enlaces más relevantes para ampliar la información).

Las revistas [de investigación] genéticas llevan años exigiendo de forma rutinaria que los datos de las secuencias genéticas sean depositados en una base de datos pública en el momento en que se publica un artículo. Estas revistas han ampliado cada vez más la exigencia de tales depósitos para otros tipos de datos, como la expresión génica, la metilación, o los datos de la asociación genotipo-fenotipo. Algunas revistas pretenden que los datos se depositen en el momento de la remisión del artículo, en lugar de su publicación. En principio, una política de este tipo permite a los evaluadores examinar los datos además de los métodos de análisis y los resultados que se exponen en el artículo. En la práctica, esta política da a los editores más influencia para asegurar que los datos realmente terminan siendo depositados, ya que cuando han tomado la decisión de publicar el artículo, la presentación final del conjunto de los datos puede caer en el olvido.

La revista Nature Genetics publicó en un número reciente un comentario editorial, «No hay impacto sin acceso a los datos«. El editorial acompaña un artículo que revisa las principales características del Archivo Europeo Genoma/Fenoma. Los científicos que están investigando el papel de los genes u otros fenotipos en una enfermedad, pueden depositar sus datos en este archivo y controlar el acceso que se hace de los mismos a largo plazo. El editorial plantea varias cuestiones que me han hecho pensar en la forma en la que el acceso a los datos paleoantropológicos está destinado a cambiar en la próxima década.

Apertura y datos biomédicos

La investigación biomédica plantea una tensión inevitable entre el acceso abierto a los datos y la necesidad de privacidad de los sujetos de investigación, muchos de los cuales son los pacientes sometidos a tratamiento para una enfermedad. Los derechos de los pacientes son una razón clara de por qué no debe permitirse el acceso público a los datos para evitar una distribución generalizada de los mismos.

Al mismo tiempo, la comunidad genética ha reconocido desde hace tiempo, tanto por razones prácticas como morales, por qué el intercambio de datos es imprescindible. Desde un punto de vista práctico, el acceso abierto a los datos permite la replicación de los estudios y la extensión de los resultados de un grupo de pacientes o de una población nacional a otras poblaciones. Tal vez lo más importante, los ensayos pequeños carecen del poder estadístico suficiente para encontrar correlaciones significativas, pero si los datos se archivan y se permite el acceso abierto a otros investigadores, pueden combinarse en metaanálisis de mayor escala que pueden servir de prueba para tamaños de efecto pequeños.

El argumento moral para el intercambio de datos reconoce el enorme regalo que hacen los pacientes al permitir que los mismos sean utilizados para la investigación. Además, los recursos de financiación del gobierno y del sector privado se invierten en la investigación. Los científicos deben ser administradores responsables de ambos para lograr el máximo impacto científico que puedan. La reutilización y una difusión más amplia de los datos son una buena práctica científica.

La generosidad de los sujetos de investigación no es ilimitada: la mayoría de los pacientes que participan en la investigación científica no dan su consentimiento para que se publiquen sus datos médicos, su ADN, o los datos epigenéticos. Algunos participarán en la investigación incluso si sus datos son totalmente públicos, como lo demuestra el Proyecto Genoma Personal. Pero la mayoría prefiere que sus datos se mantengan en privado. Se espera que los científicos mantengan la privacidad del paciente, lo que puede dificultar el compartir esos datos. Aunque es posible eliminar los datos de identificación personal de las bases datos, varios estudios han demostrado lo fácil que es usar esas bases de datos para obtener información personal de los participantes en la investigación. Según el editorial de Nature Genetics:

Además de las variantes comunes, a menudo se necesitan los datos genéticos y fenotípicos a nivel individual, o un resumen de las estadísticas de los proyectos de investigación para la replicación, para los metanálisis y otros muchos usos secundarios, como el desarrollo de métodos o para utilizarlos como muestras de control. Sin embargo, estos datos deben ser procesados, archivados y transferidos de manera que se respeten los acuerdos de consentimiento firmados por los sujetos del estudio. Esto significa a menudo que los datos sólo se pueden proporcionar a los investigadores de buena fe y que se utilicen para fines de investigación específicos.

Las comunidades de investigadores han puesto en marcha una serie de soluciones para permitir el intercambio de datos manteniendo la privacidad. Un ejemplo bien conocido es la dbGaP (la base de datos de genotipos y fenotipos) administrada por los Institutos Nacionales de Salud que, por ejemplo, exige a los investigadores que soliciten el acceso y que acepten un código de conducta. Cuando se juzgan a la luz de la seguridad de los datos, las disposiciones de la dbGaP son en realidad muy débiles, porque dependen del cumplimiento de los acuerdos por parte de los investigadores y las instituciones, en lugar de imponer una protección fuerte a través de la criptografía y el acceso segmentado. Pero las directrices se adecúan con el enfoque normativo general de Estados Unidos en relación con los registros médicos.

El Archivo Europeo Genoma/Fenoma tiene básicamente una función similar pero está sometido a un marco normativo diferente que la dbGaP. Al igual que en EE.UU., hay una tensión entre el acceso a los datos y la privacidad de los pacientes, pero lo que complica las cosas es la variedad de reglamentos nacionales sobre datos e investigación biomédica en los países europeos. Dado que muchos proyectos europeos de investigación biomédica son de alcance internacional, hay enormes diferencias burocráticas que rigen las condiciones por las que puede compartirse cualquier conjunto de datos.

Lo interesante del editorial de la revista Nature Genetics es un pasaje en el que la revista va más allá de las bases de datos de EE.UU. y Europa, para tener en cuenta la responsabilidad reguladora sobre los proyectos locales de investigación en otras partes del mundo:

Aunque reconocemos que estas bases de datos estadounidenses y europeas son adecuadas para la mayoría de la investigación en su campo, las leyes nacionales pueden exigir que se desarrollen bases de datos locales y protocolos de acceso para diferentes comunidades. El verdadero beneficio que se podría obtener de una administración local de los datos sería la fiabilidad, usando el acceso a los datos para reclutar expertos internacionales cualificados para colaborar o trabajar de forma local en los datos. Pero, dado el alcance global de internet y la nube, la fiabilidad se puede obtener por vía electrónica así como en persona, por lo que instamos a los estrategas y legisladores con visión de futuro que tengan en mente estos beneficios en lugar de ser innecesariamente restrictivos.

Algunas ideas: no estoy de acuerdo en que la contratación de expertos internacionales para trabajar a nivel local en los datos sea «el beneficio más positivo» que podría resultar de bases de datos locales. La mayoría de los países querrán desarrollar la capacidad científica local a través de la formación y el aumento de las publicaciones de los investigadores locales. Sería aconsejable que los países desarrollaran áreas locales con ventaja estratégica en las que pudieran liderar en lugar de hacer seguidismo de las colaboraciones internacionales. La variación de la biología humana entre las poblaciones es un área en la que casi todos los países tienen tanto un interés científico local como una importancia global.

La paleoantropología y el acceso a los datos

La paleoantropología tiene en común con la genética humana que muchos de nuestros sujetos de investigación más importantes están fuera de Europa y EE.UU. Los objetos de investigación de la paleoantropología no sólo son partes esenciales del patrimonio de la humanidad, sino también del patrimonio nacional de muchos países de todo el mundo. Las instituciones que tienen asignada la responsabilidad de proteger el patrimonio están preocupadas, con razón, por el hecho de que una colaboración internacional las coloquen en desventaja. El registro fósil de la evolución humana puede ser un recurso estratégico para el desarrollo local, así como el patrimonio biológico de las poblaciones humanas puede ser un recurso estratégico para la obtención de experiencia en investigación biomédica por los investigadores locales.

Leyendo este editorial de Nature Genetics, me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que se escriba un editorial similar sobre los homininos fósiles. Este pasaje se me antoja especialmente cargado de implicaciones (el énfasis es añadido):

Consideramos que un descriptor de datos y un código de acceso directo a un conjunto de datos permanente en un repositorio apoyado por una institución es la condición mínima aceptable de acceso a datos compatible con la publicación en una revista de alto impacto, y por lo tanto mantenemos la opinión de que una legislación restrictiva en materia de acceso a los datos colocará inevitablemente a los investigadores locales en una desventaja internacional en relación a la reputación, la publicación y la colaboración. Sin unas disposiciones específicas para que los solicitantes cualificados puedan utilizar los datos para los fines para los que fueron consentidos originalmente, la gestión mezquina de los mismos también socavará la confianza en la investigación.

Los paleoantropólogos deberían estar familiarizados con ver cuestionados sus resultados de investigación en función de si se puede confiar en sus datos. Algunas comunidades fundan sus creencias en torno al escepticismo acerca de los datos fósiles básicos que forman la base de nuestro conocimiento de la evolución humana. Aunque podemos hacer poco para cambiar las mentes de aquellos que no quieren ver las pruebas, podemos hacer mucho para hacer que las pruebas estén más disponibles para aquellos que si lo harían. Claro que no hay un «consentimiento informado» acerca de los datos paleoantropológicos, pero sí hay reflexiones acerca de la protección del patrimonio y de la educación pública, aspectos que abogan en favor de una distribución de los datos originales más amplia.

Pocos paleoantropólogos o instituciones han adoptado las herramientas para una accesibilidad abierta a los datos que mejore la confianza en sus investigaciones. Esto es un error estratégico. La replicabilidad, la transparencia de los métodos y los resultados, y el acceso a los materiales originales son bases esenciales de la práctica científica. La paleoantropología no gana nada resistiéndose a una plena integración con la ciencia dominante; de hecho, esta integración es esencial para el futuro de un campo de investigación como el nuestro cada vez más interdisciplinario.

Obviamente, las revistas de «alto impacto» pueden preferir servir de guía al exigir el acceso a los datos—no por una idea altruista de una ciencia de calidad, sino porque la accesibilidad a los datos sirve como defensa frente a la creciente avalancha de artículos retractados y que no pueden reproducirse en la investigación biomédica. Al enfrentarse con hallazgos cuestionados, la revista puede señalar la disponibilidad de los datos y fomentar la replicación y un examen independiente; lo ideal es que esto suceda cada vez con más frecuencia antes de la publicación del artículo en lugar de después.

Hasta ahora, la paleoantropología ha sido una excepción a esta tendencia. Durante mucho tiempo ha quedado claro que las principales revistas de «alto impacto» publican más resultados cuestionables y sensacionalistas que las revistas de campos específicos o de acceso abierto. Aún así, hemos visto muy pocas retractaciones o correcciones, incluso en los casos en que los resultados de un artículo han sido anulados por los estudios de replicación. Por supuesto, cuando no se disponen de los datos de una muestra fósil, y cuando no se permite que investigadores independientes examinen esos fósiles, no hay replicación posible. Por lo tanto, las revistas han tenido libertad para buscar estudios que generen bombo mediático sin afrontar un escrutinio real.

Me he sometido al proceso de revisión en revistas de alto impacto (ScienceNature, y PNAS) muchas veces en mi carrera, incluyendo varios artículos publicados y varios que fueron rechazadas en última instancia. Cuando he publicado sobre genética, los revisores han incluido regularmente comentarios solicitando cierta seguridad de que los datos serán accesibles una vez publicado el artículo. Cuando he enviado un artículo paleoantropológico a estas revistas, ningún revisor pidió accesibilidad a los datos en absoluto. Eso no es un problema del campo de la paleoantropología en general: por ejemplo, cuando he editado y revisado artículos, solicito constantemente (como editor) o pido que se proporcionen los datos. Pero al parecer, ni yo ni nadie como yo revisa artículos para Nature o Science.

Esta situación no es sostenible por las razones exactas que el editorial de Nature Genetics menciona para los datos biomédicos, a saber:

Una legislación restrictiva en materia de acceso a los datos, colocará inevitablemente a los investigadores locales en una desventaja internacional en relación a la reputación, la publicación y la colaboración.

Restringir el acceso a los datos de los fósiles puede proporcionar ventajas para un pequeño círculo de investigadores occidentales, pero perjudica a las instituciones locales que son las custodias de esos restos. Las instituciones con visión de futuro están estableciendo colaboraciones con una amplia variedad de investigadores internacionales en cuestiones de interés mutuo, cimentando la importancia científica de su patrimonio fósil.

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SeaOrbiter, la estación marina internacional

SeaOrbiter, la estación marina internacional

     Última actualizacón: 29 junio 2017 a las 17:24

Yo le conozco, señor Aronnax. Si no sus compañeros, usted, al menos, no tendrá tantos motivos de lamentarse del azar que le ha ligado a mi suerte. Entre los libros que sirven a mis estudios favoritos hallará usted el que ha publicado sobre los grandes fondos marinos. Lo he leído a menudo. Ha llevado usted su obra tan lejos como le permitía la ciencia terrestre. Pero no sabe usted todo, no lo ha visto usted todo. Déjeme decirle, señor profesor, que no lamentará usted el tiempo que pase aquí a bordo. Va a viajar usted por el país de las maravillas. El asombro y la estupefacción serán su estado de ánimo habitual de aquí en adelante. No se cansará fácilmente del espectáculo incesantemente ofrecido a sus ojos. Voy a volver a ver, en una nueva vuelta al mundo submarino (que, ¿quién sabe?, quizá sea la última), todo lo que he podido estudiar en los fondos marinos tantas veces recorridos, y usted será mi compañero de estudios. A partir de hoy entra usted en un nuevo elemento, verá usted lo que no ha visto aún hombre alguno (pues yo y los míos ya no contamos), y nuestro planeta, gracias a mí, va a entregarle sus últimos secretos.

Veinte mil leguas de viaje submarino. Julio Verne

Habré leído una docena de veces esta magnífica novela. Creo que al igual que muchos de ustedes porque, a pesar de que muchas editoriales catalogan las novelas del escritor francés como literatura juvenil (algo estupendo porque hacen volar la imaginación de los más jóvenes y los convierte en amantes de la buena literatura) lo cierto es que hace falta algo de madurez y conocimientos para apreciar en profundidad sus textos. En definitiva, es una excusa perfecta para releer nuestro ejemplar cada cierto tiempo, una tarea que tenía pendiente y que he recordado al tener noticias del Aquarius.

Hace pocos días se publicaba en varios medios (Vozpópuli y ABC) que Fabien Cousteau, nieto del genial Jacques Cousteau, va a emular a su abuelo y permanecerá durante 31 días en el laboratorio subacuático «Aquarius» llevando a cabo trabajos de investigación sobre el cambio climático, la contaminación y la sobreexplotación de los recursos marinos. Aunque la duración de su estancia bajo el agua no será la más larga (el récord está en 69 días) ni tampoco es raro que el Aquarius tenga visitantes (la NASA lo utiliza desde hace décadas para el entrenamiento de los astronautas), este tipo de noticias sirven para llamar la atención del gran público, para hacer visible una realidad que a muchos les parecerá extraña: sabemos más, muchísimo más, del espacio exterior que de nuestros mares y océanos. Y los intentos por cambiar esta realidad —que podemos decir que proviene de la cantidad de recursos destinados a la carrera espacial por llegar a la Luna— no han cesado.

Jacques Rougerie es un visionario y un hombre de mar. Vive en un barco anclado en el Sena y con su estudio de arquitectura y diseño se dedica a construir submarinos y barcos vanguardistas, idear barrios residenciales en el lecho marino y levantar edificios en tierra con una idea como denominador común: el agua.

En los años setenta del siglo pasado realizó varios proyectos por encargo de la NASA (Agencia espacial norteamericana) y la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica). En 1973 proyectó la construcción de una aldea submarina situada entre 15 y 30 metros bajo el Mar Caribe que podría acoger hasta 250 personas. Aunque la idea no se llevó a la práctica, en 1976 vio la luz la Galathée (sumergida en el mes de agosto de 1977), una estación habitable y con capacidad de movimiento en la que seis científicos podían vivir y trabajar durante todo un año.

Un proyecto más modesto que los anteriores fue el Aquabulle, un hábitat submarino transparente anclado a 35 metros de profundidad que podía albergar hasta tres personas durante varias horas. Aún hoy se siguen utilizando algunos como laboratorios submarinos.

A la hora de realizar sus diseños, Rougerie no se dedica únicamente a copiar las formas de la naturaleza, sino también sus funciones. Parte de esta filosofía es que la mejor forma de observar la vida submarina es alterando lo menos posible el entorno. Así, con influjos de Verne, fue concretando poco a poco un proyecto que tenía en mente desde hacía mucho tiempo, construir un tipo de estación sumergible tripulada que estaría en funcionamiento las 24 horas del día y atraería a los animales marinos en lugar de espantarlos: el SeaOrbiter. Aunque el diseño ha sufrido importantes modificaciones durante los últimos diez años, tras conseguir en enero de 2014 cerrar una financiación de más de 300.000 € gracias a la microfinanciación colectiva, la construcción del SeaOrbiter por fin ha dado comienzo en Francia.

Como hemos apuntado, el diseño original ha atravesado por numerosos cambios debido sobre todo a los resultados de las incesantes pruebas que se han realizado en los tanques de agua del Instituto Noruego Marintek (uno de los más importantes del mundo en este campo) con un modelo a escala. Gracias a estos ensayos se han desarrollado mejores cualidades de conservación del disco estabilizador y la quilla, el sistema de propulsión y se han ampliado los espacios interiores para acoger una tripulación de entre 18 y 22 personas.

A modo de una gigantesca vela, la estación tiene 58 metros de altura (27 de los cuales se encuentran por encima de la superficie), y se estabiliza gracias a una quilla circular de 10 metros de diámetro. Con diez niveles de trabajo (seis de ellos bajo el mar), imita el desplazamiento del hielo a la deriva ya que no posee un motor convencional para navegar, solo cuenta con dos motores eléctricos que sirven para corregir el rumbo en caso de necesidad. Desplaza un total de 2.600 toneladas y la estructura se construirá a partir de «sealium», una aleación de aluminio que brinda una mayor fuerza mecánica y mejores características frente a la corrosión del mar al tiempo que reduce el peso del conjunto.

La construcción ha comenzado por el llamado “ojo” del SeaOrbiter, una estructura de 18 metros situada sobre la superficie, que constituye el puesto de observación y donde se encuentran todos los sistemas de comunicación. Una vez en funcionamiento, desde aquí se hará el seguimiento de la singladura y se llevarán a cabo las retransmisiones vía satélite para el resto del mundo: conoceremos la vida a bordo, podremos seguir las exploraciones submarinas y participaremos de los descubrimientos y los avances científicos que se vayan produciendo. Para ello cuenta con tres vehículos de exploración diferentes: un vehículo operado por control remoto que puede tomar muestras o realizar grabaciones de audio y vídeo hasta una profundidad de 1.000 metros; un submarino autónomo con capacidad para dos tripulantes (que también puede descender hasta los 1.000 metros); y un vehículo submarino autónomo que puede descender hasta los 6.000 metros y que está especialmente preparado para cartografiar el fondo marino.

En cualquier caso, el verdadero logro del SeaOrbiter es el módulo de alta presión compuesto por varios niveles y que adapta la presión interior de los compartimentos sumergidos a las condiciones de presión del agua que los rodea (el módulo está herméticamente aislado del tercio superior). De esta forma, los miembros de la tripulación que permanezcan bajo el agua podrán salir y regresar a la estación sin necesidad de procesos de descompresión.

Según informa el consorcio que está construyendo la estación ya disponen de un 70% de los 35 millones de euros necesarios para terminar el proyecto. El “ojo” del SeaOrbiter representa el 1% del presupuesto total pero esperan que con la publicidad que se ha generado y gracias al efecto «bola de nieve», encontrarán rápidamente la financiación necesaria para el 30% restante.

Nota: Todas las imágenes han sido tomadas con autorización de la página web del proyecto.

Publicado por José Luis Moreno en NAUTA, 1 comentario
(Des)igualdad en la ciencia

(Des)igualdad en la ciencia

     Última actualizacón: 7 agosto 2017 a las 15:13

Si tuviéramos que elegir un apellido que representara los logros de las mujeres en el ámbito científico, un símbolo que aunara un consenso general, bien podría ser el de Joliot-Curie.

Se han escrito océanos de tinta sobre la vida, los descubrimientos y el talento de Marie Curie (1867-1934): la primera mujer en obtener un Premio Nobel, la primera mujer en dar clases en la Facultad de Ciencias de la Sorbona, la primera mujer francesa en ser doctora en Ciencias, la primera persona a la que se le concedieron dos Premios Nobel en dos campos diferentes (física y química)… En definitiva, una mujer excepcional que rompió moldes y que, además de una pasión irrefrenable por entender los misterios de la naturaleza, destacó por su lucha incansable por lograr un trato igualitario para la mujer en la sociedad francesa de su época (para quienes quieran disfrutar con algunos detalles más de su vida recomiendo la magnífica anotación de Laura Morrón titulada «El diario de Manya»).

Por otro lado, su hija mayor, Irène Joliot-Curie (1897–1956), estudió física y química en la Universidad de París durante la Primera Guerra Mundial. Cuando terminó la conflagración trabajó como ayudante de su madre en el Instituto del Radio de París (más tarde rebautizado como Instituto Curie) donde conoció al asistente personal de ésta, Frédéric Joliot, con quien contrajo matrimonio. De su madre heredó ―entre otras muchas cosas― su combativo espíritu de lucha contra la desigualdad de la mujer. Fruto de este coraje (porque méritos académicos e intelectuales no le faltaban) fue conseguir en 1935 que la nombraran directora de investigación de la Fundación Nacional de Ciencias (necesitó presentarse al puesto hasta en tres ocasiones). Ese mismo año obtuvo el Premio Nobel de Química junto a su marido «por sus trabajos en la síntesis de nuevos elementos radiactivos».

Y llegamos a la tercera generación, Hélène Langevin-Joliot (hija de Irène). Se educó en el Institut de physique nucléaire de Orsay (un laboratorio creado por sus padres) y en la actualidad es profesora de física nuclear en el Instituto de Física Nuclear en la Universidad de París y directora de Investigación del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia. Sin embargo, a sus 86 años, sigue tan combativa como su madre y su abuela y centra sus esfuerzos en fomentar que las mujeres sigan carreras en los campos científicos y lucha porque sean tratadas en condiciones de igualdad.

Porque hoy en día, aunque a algunos les cueste creerlo, el ámbito científico no es un mundo estanco y no es inmune a los mismos comportamientos discriminatorios hacia la mujer que podemos ver en la sociedad.

Lo dicho hasta ahora viene a cuento de una entrevista que Hélène concedió al diario El País y fue publicada hace menos de un mes. En ella nos recordó que hubo una campaña durísima contra su abuela porque era mujer y también polaca:

A ella le afectó mucho y no volvió a presentarse [a un puesto en la Fundación Nacional de Ciencias francesa]. El caso de mi madre fue distinto. Se postuló hasta tres veces. Y no porque le hiciera especial ilusión, sino para defender sus derechos. Creía firmemente que la mujer tenía las mismas capacidades que los hombres para dedicarse a la investigación y debía ser igualmente reconocida.

Respecto a la situación actual de la mujer en la ciencia confirma:

Es un mundo muy competitivo y resulta más duro para las mujeres. Todavía queda mucho por hacer. La igualdad llegará cuando en las academias se elija a científicas de nivel medio, igual que ahora hay muchos hombres que no son especialmente brillantes.

Tengo que reconocer que estos comentarios sobre la situación de la mujer en la ciencia me sorprendieron bastante porque no era plenamente consciente de esta situación, pensaba que eran cosas de pasado. Cualquiera que haya estudiado en la universidad sabrá que las mujeres son más capaces, más constantes y obtienen, en general, mejores calificaciones en sus estudios. El Índice Europeo de Igualdad de Género, en la dimensión educativa, constata que se ha alcanzado la igualdad en el porcentaje de hombres y mujeres con estudios universitarios en España, aunque aún se mantiene una clara división entre “carreras de hombres y carreras de mujeres”. Y aunque según las estadísticas que maneja el Instituto de la Mujer dependiente del Ministerio de Sanidad español, el porcentaje de mujeres empleadas en I+D (en universidades, empresas y otros organismos públicos) no ha dejado de crecer en los últimos años (el último dato disponible del año 2012 arroja un porcentaje del 39,97 %, más información aquí) aún es patente la desigualdad existente ya que las mujeres constituyen una minoría en la profesión científica en España (ver el informe “Científicas en cifras 2011: Estadísticas e indicadores de la (des)igualdad de género en la formación y profesión científica” para un desarrollo más profundo de esta cuestión).

Científicas en cifras 2011: Estadísticas e indicadores de la (des)igualdad de género en la formación y profesión científica. Página 42.

Pues bien, tras leer la entrevista de Hélène Langevin-Joliot me interesé por este tema y decidí analizar por mí mismo el cuadro que había descrito. Fue entonces cuando me topé con una noticia aparecida el año pasado (2013). Se trata de un informe que se hizo público en el simposio de ética de la 82ª reunión anual de la Asociación Americana de Antropología Física y, a pesar de que su objetivo no era verificar la existencia de desigualdad en el ámbito de la ciencia, sacó a la luz una situación mucho más grave que guarda relación con esta cuestión.

Como muchos ya sabrán, la antropología es la ciencia que estudia al ser humano de forma global, combinando en una sola disciplina los enfoques de las ciencias naturales, sociales y humanas. Se trata de un campo de investigación muy amplio que ofrece cientos de posibles especialidades académicas (en la mayoría de las universidades americanas el programa se divide en departamentos de arqueología, antropología biológica ―que incluyen la paleoantropología y el estudio de la evolución humana― y antropología sociocultural). Una parte esencial de esta disciplina consiste en realizar trabajos de campo que, en muchas ocasiones, se llevan a cabo en lugares situados en países remotos de África, Asia o Sudamérica.

Los datos revelados en el informe sacaron a la luz una serie de abusos psicológicos, físicos y sexuales de los estudiantes (en la mayoría de los casos del sexo femenino) mientras realizaban el trabajo de campo necesario para la obtención de sus títulos universitarios, sus tesis doctorales o completar sus currículos. El informe se basa en una encuesta realizada a través de internet y una serie de entrevistas telefónicas por parte de cuatro investigadores encabezados por la profesora de antropología de la Universidad de Illinois Kathryn Clancy (aunque la encuesta está cerrada, puede consultarse aquí el cuestionario completo).

Clancy considera que ningún aspecto de ninguna investigación tiene que primar sobre el apoyo a los científicos jóvenes, proporcionándoles los recursos necesarios para prosperar y protegiéndolos del daño mental, físico y emocional. Sin embargo, señala que estudiantes universitarias, estudiantes de postgrado, investigadoras postdoctorales e incluso profesoras universitarias vienen sufriendo acoso sexual y agresiones no sólo por sus iguales, sino por sus jefes y mentores de investigación.

Se encuestó a un total de 124 personas (el 79% eran mujeres), dieciséis de las cuales accedieron a mantener una conversación telefónica para facilitar información adicional. Del total de entrevistados, más de la mitad reconoció haber experimentado o presenciado acoso sexual, abuso físico o una agresión sexual a manos de los directores de proyectos o compañeros que compartían vivienda y lugar de trabajo en los lugares donde se realizaba la investigación de campo (en el estudio se define la agresión sexual como «cualquier tipo de contacto físico inapropiado, contacto físico no deseado, una agresión o una violación»).
Veamos los datos:

¿Con qué frecuencia has observado o escuchado a otros investigadores y colaboradores hacer comentarios inadecuados o sexuales? (tabla adaptada del estudio publicado).

 

Distribución entre sexos de las víctimas de comentarios inadecuados o sexuales, comentarios sobre la belleza física, las diferencias cognitivas de sexo u otras bromas (tabla adaptada del estudio publicado).

A la pregunta: ¿Alguna vez has experimentado personalmente comentarios inadecuados o sexuales, comentarios sobre la belleza física, las diferencias cognitivas de sexo u otras bromas, durante el trabajo de campo?, el 59% de los entrevistados (73 personas) contestaron afirmativamente. Como vemos en la gráfica superior, el 63% de las víctimas de este tipo de conductas denigrantes fueron mujeres.

A la pregunta: ¿Alguna vez ha sufrido acoso sexual físico o un contacto sexual no deseado?, el 18% de los participantes respondieron que sí (un total de 21 personas), veinte de las cuales eran mujeres.

Tras un análisis de los datos obtenidos se ha comprobado que los lugares de investigación más grandes y mejor organizados tienden a tener un menor número de incidentes de este tipo que los lugares de trabajo más pequeños y menos formales. De igual forma, quienes trabajaron en equipos donde eran mujeres quienes ocupaban las posiciones de liderazgo informaron menos de estos sucesos (se dio el caso de que algunos encuestados indicaron que hubo un aumento de la conducta abusiva cuando las directoras estaban ausentes).

La profesora Clancy se lamenta:

Necesitamos la aprobación de los sujetos humanos [que son objeto de investigación], aprobación para la investigación con animales, planes para la gestión de datos, planes de seguridad en el laboratorio, planes de tutoría postdoctoral para dirigir la investigación. Es hora de exigir algún tipo de código de conducta para los investigadores que realizan trabajos de campo, con mecanismos claros para hacer más fácil que las personas puedan denunciar el acoso.

Los datos hablan por sí solos. La publicación del estudio provocó un notable revuelo que tuvo eco tanto en periódicos generalistas como en revistas científicas como Science, y obligó a la Asociación Antropológica Americana a emitir una declaración en la que dejaba sentado que la Asociación mantenía una política de tolerancia cero con el acoso sexual.

Hasta ahora no se tenían datos sobre esta situación, algo que se comprende perfectamente si tenemos en cuenta cuál es la posición de las víctimas:

Dejar el yacimiento, no completar y publicar la investigación, y/o perder la carta de recomendación puede tener graves consecuencias para la carrera académica. En conjunto, estos factores dan como resultado una población de víctimas particularmente vulnerable, así como testigos impotentes para interponerse. Como disciplina, tenemos que reconocer y remediar que un apreciable número de nuestros colegas más jóvenes, especialmente las mujeres, tienen que soportar el acoso y un entorno de trabajo hostil con el fin de ser científicos.

 

Más información

— I had no power to say ‘that’s not okay”: Reports of harassment and abuse in the field («No tenía poder para decir que esto no está bien»: Informes de acoso y abuso en el trabajo de campo). Anotación de Kathryn Clancy en su blog de Scientific American.

— A can of worms worth opening (una lata de gusanos que merece la pena abrir). Artículo de Robert Muckle para la Asociación Americana de Antropología.

— Survey Finds Sexual Harassment in Anthropology. Artículo de John Bohannon para Science.

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