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Comienza la VII edición del Carnaval de Humanidades

Comienza la VII edición del Carnaval de Humanidades

     Última actualizacón: 3 febrero 2021 a las 12:07

Sean todos bienvenidos a su casa. Es un honor y un privilegio poder organizar la VII Edición del Carnaval de Humanidades. Antes de nada, quiero expresar mi agradecimiento a Ana (@crazy_apotheek), la organizadora de la VI Edición recién concluida, por el esfuerzo y la pasión con que ha llevado a cabo su tarea, bastante complicada debido a las fechas estivales en que se ha desarrollado. Tampoco quería dejar pasar la oportunidad de agradecer a Dolores (@Ununcuadio) su labor en la V Edición, ya que su derroche de ilusión y propuestas para el debate fueron el detonante para que me planteara organizar alguna de las siguientes ediciones.

Permítanme una pequeña digresión. No soy científico, no he estudiado ninguna carrera relacionada con la ciencia, ni tampoco con la historia, la arqueología o la antropología ―aunque estoy embarcado en el estudio de Filosofía en la UNED― y mi profesión está muy lejos de guardar relación con la divulgación científica. Lo que quiero decir es que mi acercamiento a la ciencia, a la búsqueda de respuestas sobre la realidad y el funcionamiento del mundo ha sido autodidacta: cuando sentía curiosidad por algún tema en concreto acudía a algún libro, ya fuera en una biblioteca pública, en las bibliotecas de las diferentes facultades cuando estudiaba en la universidad, o bien, sencillamente, lo compraba en una librería.

De esta manera, con el paso de los años, además de atesorar una modesta biblioteca, me he convertido en un auténtico bibliófilo. Me encanta leer, leo mucho y leo con total concentración (una pena que tenga una memoria malísima) y disfruto viendo las estanterías llenas de libros que me han apasionado, que me han sorprendido y hecho reflexionar y, sobre todo, viendo aquellos que aún esperan pacientes a que tenga un rato libre para abrir sus páginas. Reconozco que reservo un lugar especial para los libros científicos (estoy recopilando una pequeña colección de primeras ediciones), obras que me han permitido entender un poco mejor quiénes somos, cómo es el mundo que nos rodea y, en definitiva, a amar la ciencia y el conocimiento en toda su extensión. Como verán, para mí, la unión de libro y ciencia es una mezcla poderosísima…

Y es aquí donde entra en juego nuestro Carnaval. Propongo como tema de esta edición “LOS LIBROS DE LA CIENCIA”, siglos de estudios, de sabiduría, de respuestas a los secretos del universo y del corazón del hombre preservados en las páginas de innumerables obras, muchas de las cuales se han convertido en esenciales. ¿Cuál es su libro científico preferido?, ¿deberían leerse, íntegra o parcialmente, en los colegios o universidades las obras de mayor relevancia de la historia de la ciencia?, ¿qué impresión les dejó la lectura de cualquiera de ellas?, ¿marcó su vocación?, ¿es importante o necesario que un científico sepa exponer con profundidad y en un lenguaje alejado de tecnicismos los avances en una determinada rama del conocimiento? Son algunas de las preguntas que se me ocurren y que expongo para incitar a la reflexión aunque, como es natural, podrán hablar de cualquier cosa que les interese y esté relacionada con el Carnaval.

Por ejemplo, ¿quién no conoce “El origen de las especies” de Charles Darwin? Creo que es el paradigma de la obra científica y de divulgación ya que su función no fue solamente la de describir una nueva teoría acerca de la evolución de los seres vivos, sino también un libro donde Darwin hizo verdaderos esfuerzos para hacer llegar esa idea al mayor número de personas (a pesar de ser legas en la materia). Y creo que ésta es una labor esencial de todo científico.

Los científicos, tanto en el pasado como en la actualidad ―algunos en mayor medida que otros― han sentido la necesidad de expresar sus ideas con mayor amplitud, con un lenguaje más accesible y, en definitiva, fuera del corsé de los artículos publicados en revistas especializadas. Estos trabajos, escritos de forma más o menos técnica pero, en cualquier caso, con la pretensión de que el público en general comprenda sus fundamentos son, de alguna forma, un regalo a la sociedad que es en definitiva la última depositaria de ese conocimiento.

En este sentido me viene a la memoria la figura inigualable de Stephen Jay Gould, zoólogo, paleontólogo y biólogo de primer nivel cuyo interés y conocimiento de la teoría de la evolución le llevó a plantear una de las propuestas más revolucionarias ―junto con Niles Eldredge― para explicar algunos vacíos en la teoría de la selección natural propuesta por Darwin: el equilibrio puntuado. Junto a su labor docente en la Universidad de Harvard y una mente analítica excepcional, destaca por su monumental labor divulgativa que tiene reflejo material en los cientos de columnas semanales publicadas en la revista Natural History y en decenas libros (prometo que he leído tres veces “La estructura de la teoría de la evolución” —una obra esencial para cualquiera interesado en el estudio de la evolución de las especies— aunque con seguridad necesitaré varias lecturas más comprender en profundidad todas sus implicaciones).

Portada Sidereus Nuncius

He escogido este tema para permitir un amplísimo margen de elección.  Podrían decantarse por la historia de la ciencia: las obras de los filósofos presocráticos, el pitagorismo, los sofistas, Demócrito, Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, o la escolástica hasta la Alta Edad Media.  También es destacable el impulso a la ciencia dado en el Renacimiento y, sobre todo, durante la Ilustración: Francis Bacon; Nicolás Copérnico y su De revolutionibus orbium coelestium “Sobre el movimiento de las esferas celestiales“ (publicado en 1543); Johannes Kepler con Mysterium Cosmographicum “El misterio cosmográfico” (publicado en 1596); Galileo Galilei con, por ejemplo, su Sidereus Nuncius “Mensajero o mensaje de las estrellas” (publicado en 1610); Descartes y tantos otros grandes pensadores que revolucionaron la ciencia.  Destacan sobremanera los trabajos de Newton, como sus Philosophiae naturalis principia mathematica “Principios matemáticos de la filosofía natural” (publicado en 1687), considerada una de las más importantes de la historia de la ciencia; así como las obras de Leibniz o Kant.

O también por los importantes descubrimientos en geología como los realizados por Charles Lyell y expuestos en sus Principles of Geology “Principios de geología” (publicados entre 1830 y 1833), Archibald Geikie y su Textbook of Geology “Libro de texto de geología” (publicado en 1882) o, a comienzos del siglo XX, las ideas de Alfred Wegener recogidas en Thermodynamik der Atmosphäre “Termodinámica de la atmósfera” y Die Entstehung der Kontinente und Ozeane “El origen de los continentes y los océanos” (1929) donde exponía por primera vez la teoría de la deriva continental.  Científicos como Antoine-Laurent de Lavoisier, padre de la química moderna, que escribió Traité élémentaire de chimie “Tratado elemental de química” (publicado en 1789), Humphry Davy, J.J. Thomson o Linus Pauling.

En biología podemos mencionar los trabajos del genetista Theodosius Dobzhansky quien con su Genetics and the origin of species “La genética y el origen de las especies” (publicado en 1937) unió por primera vez la evolución darwiniana y la genética mendeliana (en la llamada síntesis moderna), o las aportaciones del zoólogo Ernst Mayr, el botánico George L. Stebbins o el paleontólogo George G. Simpson.

Desde luego tendrán cabida trabajos recientes con los últimos avances en antropología, arqueología, medicina, genética, física de partículas, matemáticas y un largo etcétera.

Todos estos científicos y sus obras ―y muchas otras que no he citado ya que no habría espacio suficiente para incluirlas todas― han marcado una época, han impresionado y alimentado la curiosidad de otros científicos, el interés de la sociedad y, de esta forma, han abierto el camino a nuevos descubrimientos.

Tampoco quería dejar pasar la oportunidad de comentar la importancia de la labor de revistas como Scientific American (que edita una versión en castellano: Investigación y Ciencia) o National Geographic (que este año cumple su 125 aniversario), que ha sido pionera en llevar a todos los rincones del planeta no sólo imágenes impactantes, sino los relatos de primera mano de exploradores que han desvelado los secretos que guarda nuestro planeta como, por ejemplo, el del arqueólogo Hiram Bingham cuando descubrió la ciudad inca de Machu-Pichu.  Esta forma de enfocar la divulgación, con grandes fotografías y relatos llenos de viveza, ha hecho que muchos de sus lectores hayan decidido dirigir su futuro profesional al estudio de la ciencia: geografía, historia, arqueología, medicina, genética, astronomía etc.

No me extiendo más.  Solamente espero sus aportaciones para comenzar un debate que, sin duda alguna, será instructivo e interesante para todos.

Pueden enviarlas comentando en este post, por correo electrónico a la dirección blog@afanporsaber.es, y a través de twitter en las cuentas de @jlmgarvayo o @CarnavalHumanid. ¡Anímense a participar! Muchas gracias a todos los que hacen que este loco proyecto sea posible.

Las normas de este Carnaval ya son conocidas, pero es oportuno recordarlas aquí:

  1. La participación es libre y no remunerada. Si no tiene un blog, pondremos su post en el blog oficial del Carnaval de Humanidades.  Lo importante es que participe.

  2. Tiene que escribir al final de la entrada participante una frase como esta: «Este post participa en la VII Edición del Carnaval de Humanidades, acogido en el blog Afán por saber«.  Y, si le apetece, puede incluir el logo de esta edición del Carnaval:

  1. El plazo para presentar las entradas participantes comienza el 3 de septiembre y finaliza el 30 del mismo mes 15 de octubre (se amplía el plazo).

  2. La participación de las entradas se hará efectiva una vez que haya mandado un comentario a este post, un correo electrónico a la dirección blog@afanporsaber.es, o un tweet a @jlmgarvayo o @CarnavalHumanid.

  3. La temática es libre, siempre y cuando tenga relación con las Humanidades.  La organización del Carnaval de Humanidades se reserva el derecho de excluir aquellas entradas con contenido inadecuado (pseudocientífico, machista, xenófobo, grosero u ofensivo para cualquier individuo o grupo social).

  4. Al terminar el plazo de presentación de las entradas, se publicará un resumen de ellas. Durante el mes de octubre podrán votar los tres posts que les parezcan los mejores.  La mejor entrada será obviamente aquella que consiga más votos y se anunciará el 15 de noviembre de 2013.  Para fomentar el debate ―una de las asignaturas pendientes de este Carnaval― voy a introducir una nueva norma: cuando se voten los posts, deberán explicar brevemente el motivo de su elección.  Creo que de esta forma podremos abrir un nuevo canal para fomentar la discusión.

  5. El siguiente anfitrión se anunciará también durante el mes de septiembre.  Es su obligación aportar novedades e ideas que traten de mejorar el Carnaval de Humanidades.

Resúmenes de las ediciones anteriores

I Edición alojada en el blog del propio carnaval

II Edición alojada en Leet mi explain

III Edición alojada en El Cuaderno de Calpurnia Tate

IV Edición alojada en Literatura es aprehender a la realidad

V Edición alojada en Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión

VI Edición alojada en Cajón Desastre

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 45 comentarios
Pseudoarqueología, ¿estás de broma?

Pseudoarqueología, ¿estás de broma?

     Última actualizacón: 24 septiembre 2017 a las 13:16

 

  • Stan: Yo quiero ser mujer
  • Reg: ¿Qué?
  • Stan: Quiero ser una mujer. Desde ahora quiero que me llaméis Loreta
  • Reg: ¿¿¡Qué!??
  • Stan/Loreta: Es mi derecho como hombre
  • Judith: ¿Por qué quieres ser Loreta, Stan?
  • Stan/Loreta: Porque quiero tener hijos
  • Reg: ¿¿¡Quieres tener hijos!??
  • Stan/Loreta: Los hombres también tienen derecho a tener hijos si quieren
  • Reg: Pero … ¡tú no puedes parir!
  • Stan/Loreta: No me oprimas
  • Reg: No es que te oprima Stan, ¡es que no tienes matriz! … ¿Dónde vas a gestar el feto? … ¿¡lo vas a meter en un baúl!?

Este maravilloso diálogo de la película “La vida de Brian” nos sirve para explicar, con una fina ironía, lo que supone la pseudociencia.  La conclusión de que Stan no puede tener hijos no tiene nada que ver con la imposición de ninguna clase dominante, no es una cuestión negociable o discutible según se interprete la realidad.  Tiene que ver con hechos reales y observables y con proposiciones que se pueden demostrar materialmente: para gestar y concebir un hijo se necesita una matriz; las hembras tienen matriz y los machos no; Stan es un macho; Stan no puede tener hijos.

¿Podemos considerar el deseo de Stan/Loreta de tener hijos una alternativa válida frente a una visión biológica inflexible impuesta por Reg como consecuencia de un adoctrinamiento científico antidemocrático?, ¿realmente Reg está oprimiendo a Stan/Loreta por decirle que no puede tener hijos?, ¿o no será que, sencillamente, la pretensión de Stan es absurda?

¿Qué es la pseudociencia?

En wikipedia podemos encontrar una definición bastante acertada del término: es una afirmación, creencia o práctica que, a pesar de presentarse como científica, no se basa en un método científico válido, le falta el apoyo de evidencias científicas o no puede ser verificada de forma fiable.  Suele caracterizarse por el uso de afirmaciones exageradas o de imposible verificación, una falta de examen por parte de otros expertos, y una ausencia general de procesos para desarrollar teorías de forma racional.

Para comprender mejor su significado quizás sea conveniente recordar que entendemos por “ciencia” el conocimiento sistemático que se deriva de la observación, el estudio y la experimentación.  Por lo tanto, sólo se ocupa de los fenómenos que se pueden examinar empíricamente y, contrariamente a la opinión popular, no se trata de un conjunto de hechos inmutables, sino una manera racional de hacer preguntas y evaluar las distintas respuestas posibles.

Por este motivo, las observaciones se llevan a cabo bajo condiciones controladas con el fin de reducir al mínimo el impacto de los posibles prejuicios y expectativas de los propios investigadores (es interesante aprender más sobre el sesgo cognitivo), así como las posibles influencias aleatorias del medio ambiente.  La posibilidad de que el público pueda acceder a los métodos empleados y los resultados, así como una evaluación escéptica de los mismos por otros investigadores, son aspectos de suma importancia en la comunidad científica.

Por último deberemos señalar otro aspecto fundamental de la ciencia: su provisionalidad.  Nos referimos a que las leyes pueden ser las mejores de conjeturas que tenemos en la actualidad, pero están sujetas a revisión si se desarrollan mejores herramientas o métodos que hagan generar nuevas conclusiones.

En definitiva, las pseudociencias tratan de apropiarse del prestigio de la verdadera ciencia aunque están muy lejos de cumplir las normas aceptadas de investigación y de verificación que existen en los campos de conocimiento legítimos que tratan de imitar.

La pseudoarqueología

Cuando hablamos de pseudoarqueología nos referimos a aquellas interpretaciones del pasado que se hacen desde fuera de la comunidad académica (aunque esto no siempre sucede así) y que rechazan la aplicación de métodos y análisis científicos generalmente aceptados.  Estas interpretaciones pseudocientíficas emplean los datos históricos y arqueológicos de forma descontextualizada, en ocasiones falsifican pruebas, utilizan citas parciales de textos ampliamente reconocidos para darles un sentido erróneo, y todo ello con la finalidad de construir teorías sobre el pasado que difieren radicalmente de las aceptadas.

En términos generales podemos decir que existe la arqueología porque hay un vivo interés en la sociedad por conocer nuestro pasado.  La gente estudia historia, lee libros sobre el tema (incluso las novelas históricas han incrementado enormemente sus ventas), visita los museos y los monumentos etc.  Del mismo modo, también es incuestionable que existe un gran interés por la pseudoarqueología (que goza de una amplísima difusión en medios de comunicación, series de televisión etc.) y ello se debe a que quienes la practican afirman emplear el método científico aunque al mismo tiempo sus argumentos se sitúan fuera de la ciencia.  No podemos dejar de recordar que la arqueología es una ciencia, sujeta por tanto a unos principios científicos fundamentados como veremos más adelante.

Habitualmente se ha asociado la pseudoarqueología con la afirmación de la existencia de civilizaciones extraterrestres, la Atlántida, la construcción de grandes monumentos como las pirámides de Egipto o Mesoamérica con ayuda de seres superiores etc., aunque también la pseudoarqueología impulsada por el nacionalismo y practicada bajo el disfraz de la arqueología académica es una práctica muy real y, de hecho, es indiscutiblemente más peligrosa para la disciplina que la charlatanería propia de muchos escritores de éxito. Reconozcamos que la propia arqueología académica es una fuente potencial de fraude, como ya sucedió en el pasado con los trágicos ejemplos de la Alemania Nazi.

Por este motivo es importante destacar que la pseudoarqueología, también llamada arqueología “alternativa” por algunos de sus defensores, no se trata de un campo de estudio seguido por gente corriente que tiene un sano interés en conocer su pasado —la llamada arqueología popular—. Mezclados en la panoplia de las arqueologías «alternativas» encontramos una serie de afirmaciones que son irracionales y contrarias a la ciencia, o, lo que es peor, nacionalistas, racistas y radicalmente falsas.

Garrett G. Fagan, profesor de historia antigua en la Universidad de Penn State, y Kenneth L. Feder, profesor de arqueología en Central Connecticut State University, han dedicado gran parte de su tiempo y esfuerzo a desenmascarar el fraude.  Reconocen que su trabajo es difícil porque los libros del género se presentan con el mismo formato que los ensayos académicos, con cuadros, diagramas, notas, apéndices, bibliografías e, incluso, llegan a sostener que utilizan argumentos racionales basados en pruebas.  Se escriben, publicitan, y venden como libros que exponen nuestro pasado real, y se pueden encontrar habitualmente en la sección de arqueología de las librerías.  Es difícil por tanto para una persona poco versada en la historia o arqueología ser capaz de detectar la desinformación.  Sentencian: no se puede justificar la arqueología “alternativa” frente a la arqueología racional, como tampoco se puede justificar el “diseño inteligente” frente la biología evolutiva.

El método de investigación en la arqueología

El objeto de investigación de la arqueología es la sociedad como totalidad histórica concreta, y se rige por regularidades y leyes generales que adquieren particularidades en cada periodo histórico.  Por tanto, la arqueología es una disciplina de las ciencias sociales y su objeto de investigación no es diferente del de la historia, la sociología, la economía o la antropología.  Sin embargo, no es una “rama” de la antropología ni una “ciencia auxiliar” de la historia.

A pesar de ser cierto que las ciencias históricas no pueden emplear el método de experimentación reproducible habitual en las ciencias naturales, el método de investigación estándar en historia y arqueología tiene su fundamento en el procedimiento de proposición de hipótesis mediante ensayo y error, hipótesis que son contrastadas con los datos, sometidas a escrutinio y reconsideración por los especialistas.  Los arqueólogos racionales reconocen que en ocasiones las hipótesis se fundamentan en un conocimiento imperfecto e incompleto del pasado por lo que deben estar preparados para cambiar sus puntos de vista cuando aparecen nuevos datos.  Este último rasgo es algo que los pseudoarqueólogos son incapaces de hacer.

Hay muchas versiones del pasado que son debatidas hasta la saciedad en libros y publicaciones especializadas, y los arqueólogos discuten las diferentes proposiciones sobre los objetos desenterrados, los métodos empleados, las interpretaciones y, de hecho, sobre prácticamente cualquier aspecto de la disciplina.  Lo que subyace a esta forma de proceder es una adhesión al método universal del discurso racional, un respeto por los métodos probados y acreditados que han demostrado su utilidad (y que están sometidos constantemente a mejoras).  Al contrario de lo que afirman los defensores de la pseudoarqueología, la adhesión a los procedimientos de la investigación racional no constituye un dogma o doctrina inmutable.  Al contrario, son la guía básica para alcanzar resultados verificables.  La capacidad para rechazar explicaciones previas una vez se han descubrimiento nuevos datos, así como la constante renovación que supone aplicar nuevos procedimientos metodológicos es el sello del método científico y uno de los medios de distinguir la investigación racional de la religión, la fantasía o la superstición.

Mi intención en este tema

Es curioso que muchas de las afirmaciones de los pseudoarqueólogos se refieran sobre todo a nuestros antepasados de Egipto y Mesoamérica, lo que da muestra de que el racismo es a menudo un factor de motivación (además del más común de todos: el dinero), en el sentido de que dan a entender que personas que no son caucásicos, o extraterrestres, no podrían contar con los medios o la inteligencia necesaria para construir esas estructuras monumentales.  Es una postura intolerable.

Numerosos científicos, periodistas y divulgadores dedican una parte importante de su tiempo a escribir artículos, libros y blogs denunciando las prácticas de quienes pretenden aprovecharse del desconocimiento y la credulidad de la gente para obtener un beneficio.  En la blogosfera son conocidos los nombres de J. M. Mulet con su blog Los productos naturales ¡vaya timo!, Luis Alfonso Gámez con Magonia, José Manuel López Nicolás con Scientia, César Tomé López con Experientia docet, la ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y tantos otros.

Estos grandes divulgadores me han hecho ver lo necesario que es intentar hacer entender a ese público ávido de conocer nuestro pasado que algunas de las afirmaciones de escritores de éxito (no los llamo arqueólogos o historiadores a propósito) son completamente falsas y dan una imagen de nuestros antepasados totalmente errónea. Por este motivo, como ya anuncié cuando me marché de vacaciones, voy a abrir una nueva página temática donde escribiré analizando de forma crítica y concienzuda las obras de algunos autores que se definen a sí mismos como estudiosos de la historia y nuestro pasado.

Espero que sea, como siempre, de vuestro interés.

P.S.  Como habrán comprobado, el logo que abre esta entrada contiene la palabra «heterodoxia».  He escogido este término a propósito pensando en la tercera acepción del adjetivo «heterodoxo» que incluye el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: disconforme con doctrinas o prácticas generalmente admitidas.

En este tipo de debates es fácil caer en el insulto y las agresividad verbal (o escrita).  Por ello, y para demostrar que no abordo la tarea con una idea preconcebida, no juzgaré ninguna de las obras que vamos a analizar hasta haber terminado su lectura y expuesto sus argumentos, contrastándolos con el resto de datos disponibles para comprobar su validez.  Entonces, y sólo entonces, ustedes mismos podrán hacer la valoración.

Referencias

Bate, L. F. (1998), El proceso de investigación en arqueología. Barcelona: Crítica, 275 p.

Brothwell, D. y  Higgs, E. (1980), Ciencia en arqueología. Madrid: Fondo de Cultura Económica España, 768 p.

Fagan, G. G., & Feder, K. L. (2006). Crusading against straw men: an alternative view of alternative archaeologies: response to Holtorf (2005) World Archaeology, 38 (4), 718-729 DOI: 10.1080/00438240600963528

Feder, K. L. (1984). Irrationality and popular archaeology American Antiquity, 49 (3), 525-541 DOI: 10.2307/280358

Holtorf, C. (2005). Beyond crusades: how (not) to engage with alternative archaeologies World Archaeology, 37 (4), 544-551 DOI: 10.1080/00438240500395813

Michlovic, M. G. (1990). Folk archaeology in anthropological perspective Current Anthropology, 31 (1), 103-107 DOI: 10.1086/203813

 

Publicado por José Luis Moreno en HETERODOXIA, HISTORIA, 4 comentarios
Ilustrar la ciencia es un arte

Ilustrar la ciencia es un arte

     Última actualizacón: 3 agosto 2017 a las 18:29

Hoy en día, la comunicación científica formal se realiza mediante la publicación de los descubrimientos o avances científicos en un artículo de una revista especializada, ya sea en el tradicional formato impreso, o bien en soporte digital con acceso a través de internet. De esta forma, publicar en una revista de prestigio internacional y de alto impacto es la aspiración y la necesidad de los científicos que buscan el reconocimiento de sus iguales, la contrastación de sus hallazgos y, sobre todo, fondos para poder seguir investigando.

Los artículos científicos se han convertido en un texto extremadamente reglado en cuanto a forma y estilo, y limitado por cuestiones de espacio (salvo los casos menos exigentes de las revistas digitales). En su propósito de permitir una lectura rápida y efectiva de los resultados de cualquier investigación —lo que además de una obligación se ha convertido en una necesidad dada la enorme cantidad de artículos que hay que leer para estar al tanto de los últimos avances—, el autor debe presentar las ideas y la información de manera objetiva, pre­cisa, clara y uniforme.

Por este motivo, tradicionalmente ha habido cierto rechazo a incluir imágenes en estos artículos por considerarse en muchos casos como algo subjetivo y trivial en contraposición a la objetividad del número y del concepto. El uso de fotografías a color o imágenes más allá de los gráficos se ha aceptado ge­neralmente para fines de divulgación científica y como un medio de reforzar la memorización y la comprensión en los libros de texto, pero no para una comunicación entre pares en revistas serias (a pesar de la importancia de la imagen técnica, sobre todo en las ciencias naturales, gracias a la objetividad que le otorga el hecho de obtenerse mediante instrumentos de precisión).

Desde luego no siempre fue así. En la transmisión del conocimiento a lo largo de la historia, los científicos (en sentido lato) se han servido de las representaciones pictóricas y gráficas para explicar sus descubrimientos y teorías, así como también han buscado la visualización de objetos y fenómenos no perceptibles por el ojo humano para su mejor comprensión y estudio.

Antes de la publicación de las primeras revistas científicas a mediados del siglo XVII, lo más común eran las comunicaciones personales entre científicos mediante el envío de cartas (en otra ocasión analizaremos la importancia del servicio postal en los albores de la revolución científica), o a través de escritos impresos pero con una tirada limitada. La inclusión de imágenes, una práctica habitual, se hacía mediante el grabado, una técnica de impresión consistente en el dibujo sobre una superficie rígida de la imagen deseada que permitía su transferencia al papel tras su entintado.

A continuación expondré algunos ejemplos que me han llamado la atención (más allá del orden cronológico, no existe ningún ánimo de exhaustividad):

La geografía quizás sea una de las ciencias que primero empleó la imagen como medio de transmitir el conocimiento acerca de nuestro planeta. Por ejemplo, Abraham Ortelius, un geógrafo y cartógrafo flamenco, realizó en 1570 una selección de los mejores mapas disponibles que redibujó con un formato uniforme para la edición de su obra «Theatrum Orbis Terrarum» en forma de mapamundi:

En 1667, Niels Stensen publicó «Elementorum Myologiae Specimen, seu Musculi Descriptio Geometrica. Cui accedunt canis carchariae dissectum caput, et dissectus piscis ex canum genere». Este danés, más conocido por Steno (1638-1686) estableció los dos primeros principios de la estratigrafía, el de superposición (los estratos tienen superficies de separación horizontales de modo que los que están más abajo son los más antiguos) y el de secundariedad de la inclinación (los estratos que aparecen inclinados han sufrido necesariamente algún tipo de deformación).

En la obra citada se encuentra la siguiente imagen (que ha sido reproducida en múltiples ocasiones):

Según los estándares actuales puede parecer extraña, pero este grabado de la cabeza disecada de un tiburón blanco ya extinto (Carcharodon megalodon) supuso un notable progreso no solo para la biología marina, sino también para la geología. Durante mucho tiempo se pensó que los dientes de tiburón fosilizados eran lenguas de serpiente (lingue di serpi) convertidas en piedra por San Pablo ―de ahí el nombre por el que se los conoce: glossopetrae o «lenguas de piedra»― y que tenían propiedades médicas, siendo empleadas como antídotos.  Niels Stensen identificó correctamente las glossopetrae como dientes de tiburón, hecho que le permitió comprender que el lugar donde estaban depositados los sedimentos estuvo rodeado de agua en otra época. El grabado fue copiado de una obra inédita del siglo XVI escrita por el médico papal Michele Mercati.

A mediados del siglo XVII, el famoso impresor Matthäus Merian el Viejo publicó una historia natural de los animales en cinco volúmenes escrita por el médico Joannes Jonstonus (John Jonston). El libro copiaba las ilustraciones de otros naturalistas y reproducía los rumores acerca de la existencia de serpientes aladas, dragones y otras bestias de cabeza humana, así como la existencia de unicornios (como los que se muestran en la imagen inferior). La hija del impresor, María Sibylla Merian, se dedicaba a copiar algunas de las ilustraciones para perfeccionar su talento artístico.  María ―que llegaría a ser asimismo impresora y una naturalista de considerable habilidad― prefería pintar las plantas y los animales a partir de modelos vivos, y viajó a las selvas de Surinam para estudiar las orugas. Su pasión marcaría un cambio significativo respecto de los trabajos de los naturalistas que publicó su padre.

Por su parte, Albertus Seba publicó una magna obra bajo el título «Locupletissimi rerum naturalium thesauri accurata descriptio, et iconibus artificiosissimis expressio, per universam physices historiam: Opus, cui, in hoc rerum genere, nullum par exstitit». Dividida en cuatro partes, la obra se compone de 446 grabados de gran tamaño, 175 de ellos dobles. Cada volumen pesa alrededor de 9 kilogramos y mide 51 cm. de alto. El texto del Thesaurus era escueto y fue criticado por no seguir la clasificación binomial de Carl Linnaeus a quien, de hecho, se le invitó a participar en la redacción del catálogo aunque finalmente declinó la oferta.

Los libros no eran los únicos que incluían ilustraciones mediante grabados. Ya en 1830, en las «Transactions of the American Philosophical Society», se incluían también bellas imágenes como estas de Isaac Lea pertenecientes al artículo Observations on the Naïades, and descriptions of new species of that and other families.

Si la geografía fue, como dijimos al comenzar, una de las primeras ramas de la ciencia en emplear ilustraciones, la geología le ha seguido a la zaga. George Fleming Richardson escribió en 1843 un interesantísimo libro titulado The world´s foundations, or geology for beginners donde se ilustran los sustratos geológicos, se recrean ambientes remotos y se describen con minuciosidad los fósiles encontrados (qué lector no dejaría llevar su imaginación ante semejantes paisajes e imágenes):

Y para finalizar llegamos al hombre. Ernst Haeckel fue un gran defensor de la idea de la selección natural aunque ignoró el papel del azar en la teoría darwinista. Su evolucionismo aceptaba muchas de las ideas de Lamarck y la Naturphilosophie, defendiendo que la evolución estaba dirigida hacia una progresiva complejidad que tendría al hombre como meta última y culmen de los seres vivos (claro ejemplo de ello es la cúspide del árbol evolutivo mostrado más abajo donde aparece representado el hombre).

En el transcurso de su carrera, Haeckel produjo en torno a mil grabados en base a sus bocetos y acuarelas. Muchos de los mejores fueron incluidos en la obra «Kunstformen der Natur». Reproducimos a continuación algunos detalles de su obra Anthropogenie publicada en dos volúmenes en 1891:

 

Este post participa en la VI Edición del Carnaval de Humanidades, acogido en el blog Cajón Desastre

 

Todas las imágenes se han tomado de las obras originales, disponibles en formato digital gracias a la labor de Archive.org.

Publicado por José Luis Moreno en ARTE, CIENCIA, 4 comentarios
Einstein, la importancia de la educación

Einstein, la importancia de la educación

     Última actualizacón: 29 agosto 2017 a las 16:41

Ya hemos hablado en otras ocasiones de algunos aspectos del pensamiento de Albert Einstein más allá de sus logros científicos. La última vez reprodujimos una carta donde bosquejaba sus ideas acerca de la educación y la labor de los profesores.

Vaya por delante que no pretendo emplear las opiniones de Einstein como criterio de autoridad ―él mismo dejó claro que no era sociólogo ni educador, sino que sus ideas eran fruto únicamente de su experiencia como alumno y más tarde profesor―. Ahora bien, dada la situación actual de la educación en nuestro país, con la trascendental importancia que tiene para el futuro de nuestros hijos, creo que es ilustrativo conocer qué pensaba el que ha sido considerado como el científico más importante del siglo XX. La claridad de sus argumentos y su perfecto encaje en la sociedad actual, pese a que fueron planteados hace casi cien años, no dejan de admirarme.

He extraído algunos párrafos del discurso que pronunció en Albany, Nueva York, con motivo en la celebración del tricentenario del inicio de la enseñanza superior en Norteamérica, el 15 de octubre de 1936.

Como estudiante, Einstein sufrió la mayor parte del tiempo los efectos de un sistema escolar rígido y autoritario durante sus primeros años, fruto de una tradición que primaba la memorización mecánica de los conceptos. Sin embargo, tuvo ocasión de acceder a una forma diferente de educar cuando ingresó, a los 16 años, en la escuela cantonal de Aarau (Suiza) para preparar su ingreso en el Escuela Politécnica Federal de Zurich, matriculándose en la Escuela de orientación matemática y científica con la idea de estudiar física.

La enseñanza ha sido siempre el medio más importante de transmitir el tesoro de la tradición de una generación a la siguiente. Esto sucede hoy aún en mayor grado que en tiempos anteriores, pues debido al desarrollo moderno de la vida económica se ha debilitado la familia en cuanto portadora de la tradición y de la educación. La continuidad y la salud de la humanidad dependen, en consecuencia, en grado aún mayor que antes, de las instituciones de enseñanza.

Casa de Einstein en Caputh

Casa de Einstein en Caputh

Como hemos dicho, cuando Einstein tenía 16 años (1895) se marchó a vivir a Suiza dejando a su familia atrás (su padre se había marchado a Milán buscando mejor fortuna). Renunció a su lugar de origen y a la nacionalidad alemana quizás con la intención añadida de evitar el servicio militar obligatorio en el ejército del Káiser. En Aarau (en cuya escuela se había construido recientemente un nuevo laboratorio de física) vivió con la familia Winteler, convirtiéndose tanto Jost como Rosa y sus siete hijos en sus amigos el resto su vida (su propia hermana se casó con uno de los hijos Winteler). Finalmente, Einstein adoptó la nacionalidad suiza.

A veces, uno sólo ve la escuela como instrumento para transmitir el máximo de conocimientos a la generación en desarrollo. Pero esto no es correcto. El objetivo ha de ser, por el contrario, formar individuos que actúen y piensen con independencia y que consideren, sin embargo, su interés vital más importante el servir a la humanidad.

A pesar de obtener el título que le permitía ejercer como profesor de matemáticas y de física, no tuvo suerte a la hora de encontrar trabajo. La tan esperada ayuda llegó de la mano de uno de sus compañeros de clase, Marcel Grossmann, quien le ofreció un puesto en en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, en Berna (una oficina de patentes) donde trabajó de 1902 a 1909. Esta estabilidad laboral y, sobre todo, monetaria, posibilitó que contrajera matrimonio en 1903 con Mileva Maric. Un año más tarde nació su primer hijo, Hans Albert y, cuando Einstein obtuvo el puesto de profesor en la Universidad de Berna en 1910, nació su segundo hijo Eduard.

El poder del maestro debe basarse lo menos posible en las medidas coercitivas, de modo que la única fuente del respeto del alumno hacia el profesor sean las cualidades humanas e intelectuales de este.

Durante sus años en Berna, Einstein completó el doctorado y se convirtió en lo que hoy llamaríamos un catedrático. Ya en esta época era reconocido como uno de los físicos teóricos más importantes del mundo ―en 1905 redactó varios trabajos considerados fundamentales en física teórica, uno de los cuales le valió ganar el Premio Nobel de Física― y a la edad de 32 años fue el participante más joven en la primera Conferencia Solvay que se celebró en Bruselas a finales de 1911.

Conferencia Solvay - 1911

Conferencia Solvay – 1911

La motivación más importante del trabajo, en la escuela y en la vida, es el placer que proporciona el trabajo mismo, el placer que proporcionan sus resultados y la certeza del valor que tienen estos resultados para la comunidad. Para mí, la tarea más importante de la enseñanza, es despertar y fortalecer estas fuerzas psicológicas en el joven. Este cimiento psicológico genera por sí solo un deseo gozoso de lograr la posesión más valiosa que pueda alcanzar un ser humano: conocimiento y destreza artística.

[…]

Una escuela así exige que el maestro sea una especie de artista en su campo. ¿Qué puede hacerse para que impere este espíritu en la escuela? En primer lugar, hay que formar a los propios profesores en escuelas así. En segundo, debe darse amplia libertad al profesor para seleccionar el material de enseñanza y los métodos pedagógicos que quiera emplear. Pues también en su caso se aplica lo de que el placer de la organización del propio trabajo se ve asfixiado por la fuerza y presión exteriores.

Más adelante la situación en Alemania se volvió asfixiante. Durante los inviernos de 1930 a 1932 había realizado varios viajes a Estados Unidos, invitado por el Instituto Tecnológico de California, para impartir clases semestrales. Al año siguiente, el 12 de enero, la familia Einstein desembarcó de nuevo a California para otro periodo temporal aunque nunca más regresaron a Alemania. El 30 de enero Hitler había accedido a la Cancillería alemana, los nazis confiscaron todas sus pertenencias y los periódicos pro nazis pusieron un precio a su cabeza equivalente a 50.000 dólares. Finalmente, en octubre de 1933 Einstein se trasladó a Princeton al aceptar un puesto en el recién creado Instituto de Estudios Avanzados. Tras alquilar un apartamento en Princeton por un año, compraron la casa del número 112 de la calle Mercer, donde pasó el resto de su vida.

Pero nada he dicho aún sobre la elección de las disciplinas a enseñar, ni sobre el método de enseñanza. ¿Debe predominar el idioma o la formación técnica en la ciencia? Todo esto es de una importancia secundaria. La escuela debe siempre plantearse como objetivo el que el joven salga de ella con una personalidad armónica, y no como un especialista. Lo primero debería ser, siempre, desarrollar la capacidad general para el pensamiento y el juicio independientes y no la adquisición de conocimientos especializados. Si un individuo domina los fundamentos de su disciplina y ha aprendido a pensar y a trabajar con independencia, hallará sin duda su vía y además será mucho más hábil para adaptarse al progreso y a los cambios, que el individuo cuya formación consista básicamente en la adquisición de unos conocimientos detallados.

Como hemos podido ver, Einstein defendía la idea de que la labor de la escuela debía ser la formación integral del individuo, lograr que las personas fueran capaces de razonar y desarrollar un pensamiento independiente puesto al servicio del bienestar de la sociedad. Además, pensaba que la religión debía jugar un papel relevante, por cuanto es la memoria portadora de los más altos valores éticos que la humanidad ha desarrollado a lo largo de los siglos de su historia.

¿Alguien puede dudar de que adoptar sus proposiciones no serían beneficiosas hoy en día? ¿No se merecen nuestros hijos un futuro mejor?

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 8 comentarios
Reseña: ¿Qué significa todo eso?  Reflexiones de un científico ciudadano

Reseña: ¿Qué significa todo eso? Reflexiones de un científico ciudadano

     Última actualizacón: 1 agosto 2017 a las 09:04

Ficha Técnica

Título: ¿Qué significa todo eso? Reflexiones de un científico ciudadano
Autor: Richard Feynman
Edita: Crítica, 2004
Encuadernación: Tapa blanda.
Número de páginas: 147 p.
ISBN: 978-8474239222

 

Richard Feynman, que obtuvo el premio Nobel por sus trabajos sobre electrodinámica cuántica, no debe su fama tan sólo a sus importantes aportaciones científicas, sino a su calidad humana y a sus actitudes iconoclastas ante la sociedad y ante la vida, que le convirtieron en una figura legendaria que sigue inspirando hoy a investigadores y a estudiantes.

Los dos aspectos de su personalidad, como científico y como ciudadano, confluyen en estas reflexiones sobre la relación de la ciencia con la política o la religión, que sorprendieron a quienes no sabían que estuviese interesado por el significado de «todo eso». En este libro extraordinario se publican por primera vez las famosas conferencias que dio en la Universidad de Washington, en las que habló de certeza e incertidumbre en la ciencia, del conflicto entre ciencia y religión, de las causas de la desconfianza general hacia los políticos, o de las creencias irracionales que han invadido esta era «acientífica», desde la fascinación por los ovnis hasta la fe en las curaciones milagrosas, pasando por la astrología y la telepatía, sin olvidar los constantes insultos a la inteligencia humana que se hacen cotidianamente a través de la publicidad. Este libro es, como dice su editor norteamericano, «oro puro, pura poesía, puro Feynman».

RESEÑA

¿Qué se puede decir de Richard Feynman? Ha sido uno de los mejores físicos del siglo XX. Pese a fallecer prematuramente a la edad de 70 años tras no lograr superar un cáncer, poseyó una larga trayectoria que le llevó a participar en el Proyecto Manhattan para el desarrollo de la bomba atómica, a conocer a Albert Einstein ―rechazando trabajar en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton donde aquél se encontraba― hasta recalar como profesor en el Instituto de Tecnología de California. Su trabajo en electrodinámica cuántica le valió el Premio Nobel de Física en 1965, galardón que compartió con Julian Schwinger y Sin-Ichiro Tomonaga. Les recomiendo, si tienen la ocasión, que vean el documental presentado por la cadena británica BBC Two acerca de su vida el pasado 14 de mayo.

Incansable divulgador y conferenciante, escribió numerosos libros que se han traducido a varios idiomas y convertido en rotundos éxitos de ventas. Un ejemplo de ello es el libro que les traigo a continuación, a pesar de que la traducción sea farragosa en ocasiones ―nada que ver con la pericia de Joandomènec Ros, entre otros―. Se trata la recopilación de las tres conferencias que pronunció en la Universidad de Washington como parte de las John Danz Lecture Series. En ellas trató temas que, si bien planteados hace exactamente 50 años, siguen de actualidad.

El primero de ellos es la incertidumbre de la ciencia. Expone que la característica más obvia de la ciencia es su aplicación práctica, el poder para hacer cosas. Sin embargo, el poder que se obtiene no incluye las instrucciones sobre cómo utilizarlo: en cierto modo es una llave para las puertas del cielo, y la misma llave abre las puertas del infierno, y no tenemos ninguna instrucción que nos diga qué puerta es la buena.

Todo conocimiento científico es incierto. En este aspecto, podríamos decir que sus planteamientos se acercan bastante a los de Thomas S. Kuhn y sus revoluciones científicas. Para resolver cualquier problema que no haya sido resuelto antes tenemos que dejar la puerta entreabierta a lo desconocido. Si no fuéramos capaces o no deseáramos mirar en una nueva dirección, si no tuviéramos una duda o no reconociéramos la ignorancia, no tendríamos ideas nuevas. Así que lo que llamamos hoy conocimiento científico es un corpus de enunciados con grados de certeza variables. Algunos de ellos son muy inseguros; algunos de ellos son casi seguros; pero ninguno es absolutamente cierto.

Acto seguido se enfrenta al “eterno” conflicto entre ciencia y religión. Propone que analicemos la siguiente experiencia: la gran aventura que significa contemplar el universo, más allá del hombre, contemplar cómo sería sin el hombre. Cuando se ha alcanzado finalmente esta visión objetiva, cuando se ha apreciado por completo el misterio y la majestad de la materia y entonces se dirige de nuevo la mirada objetiva hacia el hombre visto como materia y se percibe la vida como parte de este misterio universal de la mayor profundidad, se experimenta una sensación muy rara y excitante. Normalmente termina en una sonrisa irónica ante la futilidad de tratar de comprender qué es este átomo en el universo, esta cosa ―átomos curiosos― que se mira a sí misma y se pregunta por qué pregunta. Bien, estas ideas científicas terminan en sobrecogimiento y misterio, perdidas en el límite de la incertidumbre, pero parecen ser tan profundas y tan impresionantes que la teoría de que todo está dispuesto como un escenario para que Dios observe la lucha del hombre por el bien y el mal parece insuficiente.

Para él, la civilización occidental ―planteará acto seguido una dura crítica a los sistemas políticos y la situación en la Unión Soviética― se mantiene gracias a dos herencias: el espíritu científico de aventura hacia lo desconocido, la humildad del intelecto y, por otro lado, la ética cristiana, la acción basada en el amor, la fraternidad de todos los hombres, el valor del individuo, la humildad del espíritu. De esta manera, la ciencia debe dedicarse a responder las preguntas acerca de cómo es el mundo que nos rodea, y la religión a proveer un código moral. Estos dos pilares pueden permanecer juntos con pleno vigor sin enfrentarse.

En último término, hace un repaso de las pseudociencias que tanta fama habían alcanzado en su época ―y aún hoy en día― como la telepatía, los ovnis, las curaciones milagrosas y los curanderos etc. Las personas que dan crédito a estas actividades no realizan las preguntas adecuadas y se dejan embaucar. He echado de menos una búsqueda de alguna causa psicológica subyacente a este fenómeno, aunque no se puede reprochar a Feynman que trate estos asuntos de puntillas.

Concluye con una valoración de la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII:

No puedo encontrar mejor expresión de mis creencias sobre moralidad, de los deberes y las responsabilidades de la humanidad, de unas personas hacia otras personas, que la que hay en esta encíclica. No estoy de acuerdo con parte de la maquinaria que apoya alguna de las ideas, que éstas broten de Dios, quizá, personalmente no lo creo, o que algunas de estas ideas sean consecuencia natural de las ideas de Papas anteriores, de una manera natural y perfectamente razonable. No estoy de acuerdo, pero no voy a ridiculizar ni a discutir esto. Estoy de acuerdo con las responsabilidades y los deberes que el Papa representa como las responsabilidades y deberes de la gente. Y reconozco esta encíclica como el comienzo, posiblemente, de un nuevo futuro donde quizá nos olvidemos de las teorías de por qué creemos las cosas cuando, en definitiva, y por lo que respecta a la acción, creemos lo mismo.

Publicado por José Luis Moreno en RESEÑAS, 1 comentario