ADN

Siete días … 5 a 11 de septiembre (nuevos fósiles)

Siete días … 5 a 11 de septiembre (nuevos fósiles)

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 10:03

sietediascalendario

ÚLTIMAS ANOTACIONES

Mirando con otros ojos … los insectos.

Orígenes. La vida. Introducción.

 

NOTICIAS CIENTÍFICAS

ubicacion-artazu-vii

Se describe un importante yacimiento del Pleistoceno en Guipúzcoa

El pasado año 2012 se localizó un importante yacimiento del Pleistoceno en una cantera de Arrasate (Guipúzcoa), que se ha denominado Artazu VII. Alberga una enorme abundancia de especies, tanto de micro como macrovertebrados, y en un estado de preservación excepcional.

Referencia: Suárez-Bilbao, A., et al. «A new Late Pleistocene non-anthropogenic vertebrate assemblage from the northern Iberian Peninsula: Artazu VII (Arrasate, Basque Country)«. Comptes Rendus Palevol, en prensa.

Noticia en el Cuaderno de Cultura Científica.

 

LIBRO DE LA SEMANA

portadaorigenes

FICHA COMPLETA

Publicado por José Luis Moreno en SIETE DÍAS, 0 comentarios
Orígenes. La vida. Introducción

Orígenes. La vida. Introducción

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 09:59

La segunda sección del volumen Orígenes que estamos comentando lleva por título “La vida” y ha sido escrito por Carlos Briones (aka @brionesci). Como nos explica en la introducción que voy a resumir, el objetivo de esta parte de la obra consiste en:

Exponer lo que la ciencia sabe (y lo mucho que ignora) sobre los acontecimientos que pudieron producirse y combinarse durante [el] lapso de tiempo, de no más de 400 Ma, que cambió para siempre el devenir de nuestro planeta. También mostraremos, más brevemente, los procesos y transiciones fundamentales que se han sucedido durante la evolución de los seres vivos.

Podríamos en suma resumir la finalidad de este bloque en la búsqueda de respuesta a una, aparentemente, sencilla pregunta: ¿Cómo a partir de la química, emergió la biología?

¿Cómo surgió la vida?

En la tarea de obtener respuestas para esta pregunta tan crucial para comprender cómo hemos llegado hasta aquí, los científicos emplean dos estrategias complementarias. La primera línea de trabajo es la que se denomina del pasado hacia el presente o de abajo hacia arriba. Consiste en proponer modelos y realizar experimentos para intentar llegar a la biología a partir de una química que sea progresivamente más compleja e inter-relacionada. Lo más complicado desde este punto de vista es establecer la frontera entre lo vivo y lo inanimado, es decir, a partir de qué momento puede empezar a considerarse como vivo un sistema químico.

La segunda aproximación se conoce como del presente hacia el pasado o de arriba hacia abajo y está basada en la comparación de los organismos actuales entre sí, y de éstos con las especies extintas que conocemos a través de sus fósiles. En la década de los ochenta del siglo pasado, y gracias al análisis de la información de un mismo gen, se demostró que todos los organismos provenimos de un mismo antepasado común: LUCA (del inglés Last Universal Common Ancestor). No sabemos cómo pudo ser LUCA, pero sí que sus características eran las mismas que tenemos en común todos sus descendientes.

A pesar de todos los esfuerzos, quizás nunca sepamos cómo ocurrió el origen de la vida, ya que éste fue un hecho histórico y por tanto irrepetible, pero cada vez tenemos más claro lo que pudo ocurrir.

Fumarolas negras

Fumarolas negras

¿Dónde se produjo el origen de la vida?

Se plantean dos posibilidades: pudo ser endógeno, es decir, haberse iniciado en entornos tan distintos como pequeños charcos, la superficie del mar, las emanaciones hidrotermales submarinas o la atmósfera. Pero también pudo ser exógeno, lo que implicaría que la vida (o alguno de sus constituyentes moleculares) se formó en otros planetas o satélites. Es lo que conocemos como panspermia. Lo más probable que haya un poco de los dos aspectos, y parte de los ingredientes se formaran en la Tierra, y otros llegaran con los meteoritos o cometas. En cualquier caso, la discusión sobre si el origen de la vida se produjo en nuestro planeta o fuera de él no resuelve ningún problema; simplemente lo cambia de lugar.

El azar

Cuando tratamos de comprender un suceso tan complejo, es imposible no pensar en el posible papel que haya podido tener la necesidad y el azar en el surgimiento de la vida. En este sentido, tenemos que hablar de Jaques Monod, un biólogo francés que sostuvo que “la estructura actual de la biosfera no excluye, sino que al contrario apoya, la hipótesis de que el acontecimiento decisivo sólo haya ocurrido una vez. Esto significaría que su probabilidad a priori era casi nula. […] Nuestro número ha salido en el juego de la ruleta del casino de Montecarlo”.

Frente a esta posición, Robert Shapiro (químico) mantiene que “si la vida hubiese surgido en nuestro planeta como resultado del puro azar, la aplicación de la teoría de probabilidades indica que se habría requerido para ello un tiempo mucho mayor que la edad del Universo”.

Por su parte, el también biólogo Christian de Duve afirmó “En mi opinión, la forma en que la vida se originó en la Tierra es, visto con suficiente amplitud, un fenómeno determinista. Por tanto, si se dan las mismas condiciones en otro planeta, debemos esperar que la vida surja en formas químicamente similares a las de la Tierra”.

La conclusión de nuestro autor es que “la vida sería el resultado de las opciones que tiene la materia para, sin dejar de obedecer las leyes de la física y la química, incrementar progresivamente la complejidad de los procesos en los que participa hasta generar una dinámica auto-replicativa que le permite mantenerse alejada del equilibrio termodinámico gracias a un consumo constante de energía. Los intentos frustrados de originar la vida fueron probablemente numerosos, de forma que LUCA y sus descendientes seríamos el resultado de muchas jornadas de suerte en la ruleta de la Tierra primitiva”.

life

Pero, ¿qué es la vida?

Como sucede en cualquier campo de investigación, tratar de comprender el origen de la vida implica llegar a un cierto consenso sobre cuál es su objeto de estudio.

La primera definición racional la encontramos en las obras de Aristóteles quien afirmó que “Vida es aquello por lo cual un ser vivo se nutre, crece y perece por sí mismo”. A partir de aquí, nuestro autor realiza un recorrido histórico a través de las obras de Engels, Oparin, Schrödinger (y su famoso libro “¿Qué es la vida?”) y a los “autómatas auto-reproductores” como definía a los seres vivos el matemático John von Neumann.

Durante el último medio siglo también se han propuesto varias definiciones más cercanas a la química y la biología, como la de John D. Bernal en 1965: “La vida es un sistema de reacciones orgánicas acopladas potencialmente capaces de perpetuarse, catalizadas por etapas y de forma casi isoterma por catalizadores orgánicos específicos y complejos, que son producidos por el propio sistema”.

John Maynard Smith, Christian de Duve y Lynn Margulis ofrecieron cada uno también su punto de vista sobre tan escurridizo concepto, tal y como hicieron ya en España, Ricard Solé, Juan Pérez-Mercader y de forma conjunta, Kepa Ruiz-Mirazo, Juli Peretó y Álvaro Moreno.

Sin embargo, todas estas aproximaciones no han hecho sino mostrar lo complicado de la tarea, ya que hasta qué punto podemos preguntarnos qué es la vida antes de que encontremos otro ejemplo de vida fuera de la Tierra, con el cual podamos comparar las características de los seres vivos que conocemos. Robert Shapiro lo ha expuesto con maestría: “¿Cómo definiríamos lo que es un mamífero si el único mamífero que hemos visto es una cebra?”.

Por lo tanto, una opción alternativa a tratar de ofrecer una definición de este concepto consiste en estudiar las características fundamentales que diferencian a los seres vivos de los inanimados. Y así encontramos tres propiedades comunes a todos los seres vivos: poseen información heredable que transmiten a su progenie, están compartimentados de forma que el ser vivo se diferencia de su entorno, y desarrollan un metabolismo gracias al cual intercambian materia y energía con dicho entorno.

Tenemos que destacar que la replicación de la información genética de los seres vivos no produce copias idénticas del original. Esto es muy importante porque de ahí surgen errores o mutaciones que son la fuente de cierto grado de diversidad. Esta característica es clave para que opere la evolución por selección natural: los individuos que estén mejor preparados para soportar las condiciones del ambiente (mejor adaptados) mostrarán una mayor eficiencia biológica y dejarán más descendientes que los demás.

Por lo tanto, con estos conceptos en mente, podemos tomar como una definición operativa válida la adoptada por el Instituto de Astrobiología de la NASA: “Un ser vivo es un sistema químico auto-mantenido que evoluciona como consecuencia de su interacción con el medio”.

tienesquimicatienesvida

La química de los seres vivos.

En la parte final de la introducción vamos a conocer (aún de forma somera) algunos de los conceptos clave que vamos a necesitar para seguir el desarrollo de la sección.

Si analizamos la composición de los seres vivos al nivel más básico, es decir, estudiando los elementos de los que estamos hechos, tenemos que saber que el 99% de toda la materia viva está constituida únicamente por oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y azufre. El 1% restante se reparte entre otros elementos de la tabla periódica (minoritarios pero imprescindibles). En definitiva, el análisis de la composición elemental de la vida pone de manifiesto que somos fundamentalmente agua y carbono.

Aunque nada impediría que exista algún tipo de vida no basada en agua y/o carbono (y de hecho en ninguna de las definiciones que se manejan se pone como condición dicha composición), resulta evidente que la bioquímica que conocemos utiliza la mejor base química posible.

Por último, no podemos dejar de hablar de las biomoléculas orgánicas: los glúcidos, los lípidos, los aminoácidos y proteínas, los nucleótidos y ácidos nucleicos y distintos tipos de metabolitos.

Los glúcidos: actúan como almacenadores de energía.

Los lípidos: son las principales moléculas que forman las membranas biológicas, y también pueden funcionar como compuestos de reserva energética y como moléculas reguladoras.

Los aminoácidos: son los constituyentes de los péptidos y proteínas, y desempeñan un papel fundamental en el metabolismo.

Los nucleótidos: son los monómeros que constituyen los ácidos nucleicos (ácido ribonucleico o ARN; y ácido desoxirribonucleico o ADN). Por otra parte, algunos ribonucleótidos como el ATP o el GTP son moléculas fundamentales como intercambiadoras de energía en el metabolismo. Se denomina genoma al conjunto de la información genética que posee una célula o un virus. En los organismos celulares, los genomas son de ADN y se estructuran en uno o más cromosomas. Por su parte los genes son regiones del genoma que poseen la información para ser transcritos en forma de ARN mensajero y otros tipos de ARN.

Las proteínas están formadas por cadenas de aminoácidos (generalmente de entre 100 y 600 monómeros) y son las principales responsables de las estructuras y funciones de las células.

Este rápido repaso por la composición química de la vida nos ha llevado desde el agua hasta, por ejemplo, el sistema nervioso central de un ser humano. Con ello se ponen de manifiesto los distintos niveles de complejidad que puede llegar a adquirir la química cuando se organiza en forma de sistemas vivos. Las características químicas y bioquímicas fundamentales de los organismos no han variado desde LUCA hasta hoy, lo que plantea un gran reto: intentar averiguar cómo se produjo la transición o el salto entre la química y la biología hace más de 3500 Ma.

separador2

PARTICIPA EN EL DEBATE SOBRE ESTE CAPÍTULO EN EL BLOG DE LAS

TERTULIAS LITERARIAS DE CIENCIA

Publicado por José Luis Moreno en BREVE, 0 comentarios
Siete días … 25 a 31 de julio (dólmenes y nuevo hominino)

Siete días … 25 a 31 de julio (dólmenes y nuevo hominino)

     Última actualizacón: 21 septiembre 2017 a las 09:54

sietediascalendario

 

NOTICIAS CIENTÍFICAS

Análisis megalitos

Pinturas en megalitos

El primer estudio que vamos a comentar guarda relación con los megalitos, esas imponentes construcciones con enormes piedras que podemos ver repartidas por diferentes partes del mundo. Estamos habituados a ver estos monumentos como una sucesión de piedras desnudas, a lo más, con pequeños relieves tallados en la roca. Sin embargo, hemos de saber que la decoración con pinturas de las cámaras funerarias era una práctica extendida y que éstas formaban parte de los rituales mortuorios durante el Neolítico.

El presente trabajo ha mostrado la presencia de decoraciones pictóricas en construcciones neolíticas de Bretaña, uno de los referentes del megalitismo europeo por la antigüedad y la cantidad de los monumentos que alberga.

La semejanza de técnicas y materiales empleados en distintos lugares (zonas mediterránea y atlántica) refuerzan la hipótesis de posibles conexiones entre grupos humanos geográficamente distantes y revelan la expansión de una cultura funeraria por todo el continente.

Referencia: Hernanz, A., et al. (2016), «Raman microscopy of prehistoric paintings in French megalithic monuments«. Journal of Raman Spectroscopy, vol. 47, núm. 5, p. 571-578. Material complementario aquí.

esquema Andaman

Nuevo antepasado en las islas Andamán

El segundo trabajo que vamos a comentar aparece en la revista Nature genetics y concluye que existió un nuevo tipo de homínido aún no descubierto que vivió en el sureste asiático. Se trataría de nuestro antepasado y, al igual que los neandertales o los denisovanos, se cruzó con los humanos modernos hace decenas de miles de años.

El trabajo parte de un análisis genético de 10 habitantes de las islas Andamán en el océano Índico y su comparación con otras poblaciones. Los resultados han revelado que su ADN contiene fragmentos que no corresponden a los humanos modernos que salieron de África hace unos 80.000 años.

Según las secuencias de ADN obtenidas en este estudio, los investigadores sostienen que la salida de África se produjo en una sola migración, de la que descienden todos los humanos modernos. Por lo tanto, el fenotipo de la baja estatura que vemos en los andamaneses no refleja un antiguo origen africano, sino el resultado de una fuerte presión de la selección natural en los genes relacionados con el tamaño corporal.

Referencia: Mondal, M., et al. (2016), «Genomic analysis of Andamanese provides insights into ancient human migration into Asia and adaptation«. Nature Genetics, advance online publication.

 

LIBRO DE LA SEMANA

laepigenetica

FICHA COMPLETA

Publicado por José Luis Moreno en SIETE DÍAS, 0 comentarios
¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

¿Quiénes fueron los primeros pobladores de América?

     Última actualizacón: 4 marzo 2019 a las 22:02

¿Sabemos quiénes fueron los primeros pobladores de América y de dónde vinieron? Aunque no sean prehistoriadores o arqueólogos, seguro de que les suena esta historia: grupos de cazadores-recolectores que habitaban en lo que hoy es la estepa siberiana se desplazaron a través del llamado puente de Beringia (la porción de tierra bajo el estrecho de Bering que se encontraba por entonces emergida) para llegar a Canadá y, más adelante, a las Grandes Llanuras americanas. Esta explicación es la versión «ortodoxa» que ofrece la ciencia acerca de la forma en que se produjo el primer poblamiento del continente americano.

Sin embargo, desde hace más de diez años, se viene planteando la idea de que poblaciones de Europa y Oriente Medio (algunos apuntan directamente a alguna de las antiguas tribus de Israel) tenían los conocimientos necesarios para fabricar embarcaciones lo suficientemente robustas para salvar la distancia que separa ambos continentes. Se trataría de migraciones transatlánticas cuyas gentes habrían contribuido a poblar América antes de que otros llegaran por la conocida ruta asiática.

Esta teoría, que hoy se considera falsa arqueología o mala ciencia por la mayor parte de la comunidad científica, genera sin embargo mucho interés entre el público en general y ha sido difundida a través de documentales y libros que se han convertido en éxitos de ventas.

Hipotesis solutrense

En un reciente trabajo, Jennifer Raff y Deborah Bolnick, ambas profesoras de antropología (la primera en la Universidad de Kansas y la segunda en la Universidad de Texas) hacen una revisión de los estudios donde se ha analizado el ADN de los nativos americanos —tanto actuales como pasados— así como de otras poblaciones, llegando a la conclusión de que los resultados no son compatibles con una oleada de emigrantes europeos. Su conclusión es que los datos genéticos sólo muestran una migración desde la actual Siberia hacia el continente americano.

Pese a que quienes defienden una migración transatlántica utilizan varios argumentos, las autoras centran la discusión en la validez de las dos líneas principales de pruebas presentadas en apoyo de esa hipótesis: la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en el continente norteamericano, y una señal de ascendencia euroasiática occidental en el genoma de los nativos americanos.

La hipótesis solutrense

Si hacemos caso a las pruebas arqueológicas que se han recuperado hasta el momento, podemos confirmar la presencia del hombre en el continente americano desde hace unos 15.000 años. Quienes sostienen el argumento de una migración transatlántica —conocida como hipótesis solutrense— se apoyan, además de en una comparación de los artefactos arqueológicos de uno y otro lado del océano, en los datos genéticos de diferentes poblaciones. Sus defensores propugnan que la cultura Clovis (que se desarrolló en América del Norte hace entre 13.300 y 12.800 años antes del presente) desciende directamente de la cultura Solutrense del sudoeste europeo (que presenta una antigüedad de entre 23.500 y 18.000 años AP) y más concretamente de la zona de Cantabria. El profesor de prehistoria Bruce Bradley y el arqueólogo Dennis Stanford propusieron inicialmente esta idea a finales de los años noventa, y han sido duramente criticados desde entonces.

Y el motivo es que, más allá de las comparaciones de artefactos líticos —con el matiz de subjetividad que este tipo de comparaciones trae consigo—  lo cierto es que tras varias décadas de estudios que han analizado el genoma de diferentes poblaciones, se ha demostrado que todos los nativos americanos derivan de una población fundadora bastante pequeña que probablemente ocupó Beringia durante el Último Máximo Glacial (hace entre 28.000 y 18.000 años AP).

Analizando genomas

Nuestro genoma es una máquina del tiempo. Empleando las técnicas adecuadas podemos obtener información muy interesante de nuestro pasado evolutivo analizando el ADN de las diferentes poblaciones actuales y de nuestros antepasados (en aquellos casos en que éste se encuentra en buen estado de conservación). Para ello podemos recurrir al haplotipo, una especie de huella digital que se presenta en forma de una combinación de alelos de un cromosoma. Para desentrañar nuestra ascendencia se estudia el ADN mitocondrial (ADNmt) y el ADN del cromosoma Y (heredados por vía materna el primero, y paterna el segundo).

Tenemos que saber que, si bien todos tenemos el mismo código genético, en realidad se dan pequeñas variaciones llamadas polimorfismos. Entre las más comunes se encuentran los polimorfismos de nucleótido simple (o SNP, del inglés single nucleotide polymorphism), es decir, cambios de un único nucleótido en una secuencia dada. La probabilidad de que dos individuos no relacionados entre sí presenten un mismo haplotipo es prácticamente nula.

Del mismo modo, se sabe que es altamente improbable que desaparezca un SNP dado que no hay recombinación. De este modo, los SNPs se irán acumulando a lo largo del tiempo en cada población, lo que nos permite hacer grupos (haplogrupos) unos descendientes de otros, pudiendo remontarnos a los antepasados que dieron origen a la población humana: en el caso de los análisis de ANDmt se llega hasta la denominada «Eva mitocondrial»; y en el caso de los análisis del cromosoma Y, al «Adán cromosoma-Y».

When Did Humans Come to the Americas - Smithsonian magazine

Imagen tomada del artículo When did Humans come to America? publicado en la Smithsonian Magazine, por Guy Gugliotta, ilustrado por Andy Martin. Febrero de 2013.

Como ya hemos apuntado, la presencia del haplogrupo mitocondrial X2a en las poblaciones de nativos americanos se ha utilizado como prueba de la existencia de un flujo genético transatlántico hacia Norteamérica. El haplogrupo X2a es único de América del Norte, y se encuentra con alta frecuencia en las poblaciones de los Grandes Lagos, y frecuencias más bajas en las Grandes Llanuras y el Pacífico noroeste. Del mismo modo, parece estar completamente ausente en las poblaciones de América Central y del Sur. Los linajes intermedios que relacionan el haplogrupo general X2 con el más específico X2a parecen haberse perdido en las poblaciones contemporáneas —o son tan raros que aún no han sido bien estudiados.

Y es precisamente este vacío en nuestro conocimiento del ADN antiguo lo que ha servido a los defensores de la idea de una migración desde Oriente Medio a América del Norte. Sin embargo, esta hipótesis se viene abajo si tenemos en cuenta cuatro hechos clave:

  1. El haplogrupo X2a no se encuentra en Oriente Medio.
  2. Ninguno de los linajes del haplogrupo X2 presentes en Oriente Medio son antepasados directos del haplogrupo X2a. Estos dos datos rompen cualquier posible relación directa entre los pobladores de Oriente Medio y Norteamérica.
  3. La fecha estimada para la separación del haplogrupo X2a del general X2 (hace entre 14.200 y 17.000 años AP) es muy anterior a la fecha propuesta para la hipotética migración desde Oriente Medio.
  4. Por último, y en relación con el punto anterior, el haplogrupo X2a estaba presente en Norteamérica mucho antes que esa supuesta migración.

En segundo lugar, la otra versión de la migración transatlántica postula que el haplogrupo X2a llegó a América del Norte durante el Pleistoceno de la mano de poblaciones solutrenses de Europa occidental. Para ello mencionan específicamente la alta frecuencia del haplogrupo X2 en las Islas Orcadas (presente en un 7,24% de los individuos) como apoyo a la migración transatlántica del haplogrupo X2a —las islas Orcadas constituirían un punto de paso intermedio.

Basan esta hipótesis en dos líneas de razonamiento:

  1. En Siberia no se han encontrado linajes ancestrales al haplogrupo X2a, al contrario de lo que sucede con los otros haplogrupos americanos.
  2. La distribución filogeográfica del haplogrupo X2a en América del Norte sitúa la rama más antigua y más profunda de sus antepasados en el noreste de Canadá (lo que cabría esperar si los pobladores hubiesen llegado a Norteamérica desde Europa).

Montaje Hipotesis solutrense

Además, argumentan que la ausencia de evidencia del haplogrupo X2a en el oeste de Eurasia no es prueba de su ausencia (aunque este argumento lo podemos emplear igualmente para el caso siberiano). En definitiva, no hay ninguna razón de peso para sostener que el haplogrupo X2a tenga más probabilidades de haber venido de Europa que de Siberia. Por eso, hacen falta más muestras de ADN antiguo cuyo análisis permita aclarar la cuestión.

Y aquí entran en escena las recientes investigaciones. Parte de la solución de este rompecabezas ha llegado con la publicación del genoma completo del llamado hombre de Kennewick, de unos 8.500 años de antigüedad. Si bien se ha comprobado que pertenecía al haplogrupo X2a, el resto de su genoma no presenta indicios de que tuviera antepasados europeos. Además, resulta significativo que los restos del hombre de Kennewick se encontraran en la costa oeste norteamericana: este hecho sitúa el haplotipo X2a más antiguo localizado hasta la fecha en la región geográfica que encaja mejor con una migración desde Siberia a través de Beringia.

Curiosamente, antes de la secuenciación de su genoma, el hombre de Kennewick era utilizado como argumento para apoyar su origen no-siberiano dadas las diferencias en la forma de su cráneo en relación con el de los nativos americanos. Si bien es cierto que la comparación de la morfología craneal fue durante mucho tiempo la herramienta predilecta de los antropólogos para estudiar las relaciones genéticas entre poblaciones, durante las últimas décadas hemos desarrollado la tecnología que nos permite evaluar las relaciones biológicas entre los individuos y las poblaciones mediante la comparación de los genomas. Éste es el medio más preciso y directo de evaluar la ascendencia que la morfología ósea, que hoy sabemos puede venir influenciada por factores ambientales, de desarrollo y culturales.

Por último, la mejor prueba hasta la fecha quizás sea la que aporta el estudio que ha llevado a cabo el equipo de Iosif Lazaridis (del departamento de genética de la facultad de medicina de Harvard). Han modelizado las relaciones ancestrales entre las poblaciones euroasiáticas, africanas y de los nativos americanos, concluyendo que el flujo genético se produjo desde las poblaciones del norte de Eurasia hacia las poblaciones nativas americanas. No han encontrado ninguna prueba directa de flujo genético durante el Pleistoceno entre los europeos occidentales y los nativos americanos. Su modelo también es consistente con otros estudios que han demostrado que entre un 62% y un 86% de los antepasados de los nativos americanos provienen de Asia Oriental.

Conclusiones

Raff y Bolnick no creen que vaya a aparecer de repente una prueba que demuestre una ascendencia europea de los nativos americanos, aunque reconocen que ésta sigue siendo una posibilidad formal, remota, pero posible.

¿Qué pasa entonces con la señal de una ascendencia del occidente europeo que se ha encontrado en los genomas de los nativos americanos? ¿Es compatible con una migración transatlántica?

Varios investigadores estudiaron los genomas de un individuo hallado en Siberia denominado Mal’ta y del individuo Anzick-1 (un niño datado hace 12.600 año AP hallado en Montana), y encontraron que una parte de sus antepasados (entre un 14% y un 38%) deriva de una población que también aportó alelos a los habitantes contemporáneos de Eurasia occidental. Cabe destacar que el acervo genético de los europeos contemporáneos parece haber surgido muy recientemente, en los últimos 8.000 años, como resultado de sucesos de migración y de mezcla. No sabemos cómo eran los genomas de los pueblos Solutrenses, ya que hasta la fecha no se ha secuenciado ninguno de ellos, pero a partir de estos resultados podemos predecir que se parecerían más a los cazadores-recolectores pre-neolíticos que a los europeos contemporáneos. Es importante destacar que a partir de los genomas pre-neolíticos que se han estudiado, parece que estos primeros cazadores-recolectores europeos no mostraban afinidades genéticas cercanas a los nativos americanos.

Sentado lo anterior, y como colofón teniendo en cuenta las investigaciones sobre el tema, podemos decir que el posible escenario de la colonización americana sería el siguiente:

  1. Hace unos 32.000 años se produjo el desplazamiento de grupos de cazadores-recolectores desde Siberia al norte de Beringia.
  2. Más adelante, y en una única ola migratoria hace como máximo unos 23.000 años, se expandieron hacia el este de Beringia y comenzó la llamada «evolución genética de las características únicas de los nativos americanos».
  3. Por último, la entrada en el continente americano no pudo verificarse hasta que se produjo el deshielo de la franja costera del Pacífico hace unos 13.000 años y con él, la apertura de rutas de tránsito en el interior de América del Norte. El acervo genético de estos pobladores se diversificó en dos ramas que configuran las diversas poblaciones nativas que vemos hoy en el continente.

Las condiciones que tuvieron que soportar nuestros antepasados aislados en Beringia durante miles de años tuvieron que ser tremendamente duras. Más adelante, hubo al menos otras dos entradas de población siberiana en América que acabaron de conformar las poblaciones indígenas, que hasta la llegada de Cristóbal Colón, no recibieron ningún aporte genético de Europa occidental.

Referencias

Documental del canal Discovery: Ice age Columbus (Acceso abierto).

Lazaridis, I., et al. (2014), «Ancient human genomes suggest three ancestral populations for present-day Europeans«. Nature, vol. 513, núm. 7518, p. 409-413. (Acceso abierto).

Raff, J. A. y Bolnick, D. A. (2015), «Does Mitochondrial Haplogroup X Indicate Ancient Trans-Atlantic Migration to the Americas? A Critical Re-Evaluation«. PaleoAmerica, vol. 1, núm. 4, p. 297-304. (Acceso abierto).

Raghavan, M., et al. (2015), «Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans«. Science, vol. 349, núm. 6250.

Rasmussen, M., et al. (2015), «The ancestry and affiliations of Kennewick Man«. Nature, vol. 523, núm. 7561, p. 455-458. (Acceso abierto).

Skoglund, P., et al. (2015), «Genetic evidence for two founding populations of the Americas«. Nature, vol. 525, núm. 7567, p. 104-108.

Stanford, D. J. y  Bradley, B. A. (2012), Across Atlantic ice: the origin of America’s Clovis culture. Berkeley: University of California Press, xv, 319 p.

Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 4 comentarios
La deuda de la genética con Thomas D. Brock

La deuda de la genética con Thomas D. Brock

     Última actualizacón: 14 marzo 2018 a las 09:49

Quien más quien menos ha experimentado alguna vez un momento “eureka”, ese instante de lucidez que, a modo de fogonazo, nos revela la solución a un problema cuando ya nos habíamos dado por vencidos. Para algunos científicos, desconectar y dejar vagar los pensamientos libremente puede considerarse poco productivo y perjudicial, sin embargo, la realidad es que Arquímedes —si tomamos como verídica su historia— no fue el único que se aprovechó de estos momentos de relajación.

El primer protagonista de nuestra historia experimentó uno de estos destellos de lucidez un viernes por la noche en abril de 1983 1. Kary Mullis, biólogo molecular que trabajaba para Cetus Corporation, tenía una cabaña en el valle de Anderson (en el condado californiano de Mendocino) donde había decidido pasar el fin de semana con una amiga. Todo sucedió mientras se aferraba al volante de su coche que serpenteaba a la luz de la luna por una carretera de montaña que atraviesa un bosque de secuoyas (la famosa ruta 101). La noche estaba saturada de humedad y del aroma de la floración de los castaños.

En ese momento de relajación, propio de la conducción nocturna por carreteras desiertas, fue cuando le llegó la inspiración (aunque algunos afirman, con indudable mala intención, que el LSD también jugó su papel). Mullis llevaba tiempo buscando la forma de evitar el tedioso trabajo de laboratorio necesario para hacer múltiples copias de una secuencia particular de ADN por lo que, intuyendo que había dado con algo importante, paró el coche, cogió papel y lápiz y comenzó a hacer cálculos (la parada repentina molestó tanto a su acompañante que, refunfuñado, se pasó al asiento trasero del coche sin prestar atención al momento de revelación de su compañero). Por fin había dado con un proceso que permitía fabricar un número ilimitado de copias de cualquier gen: la reacción en cadena de la polimerasa (más conocido como PCR, por las siglas en inglés de polymerase chain reaction).

Al principio nadie creyó en su idea, aunque con perseverancia consiguió que el proceso funcionase, recibiendo por ello el Premio Nobel de Química en 1993. Desde ese momento, Mullis se volvió cada vez más excéntrico —por emplear un término suave— convirtiéndose, por ejemplo, en un firme defensor de la teoría de que el VIH no causa el SIDA, una postura que ha dañado tanto su credibilidad como los esfuerzos de la comunidad científica por hacer frente a la enfermedad.

Bien, pero, ¿qué es la PCR?

Esta técnica supuso una auténtica revolución en un campo que a mediados de los ochenta del siglo pasado comenzaba a despegar: la biología molecular. Si queremos saber qué es lo que hace un gen, o cuando necesitamos determinadas proteínas para el tratamiento de una enfermedad genética, o fabricar determinadas vacunas, se emplea una técnica llamada del ADN recombinante. Consiste en tomar una molécula de ADN de un organismo (ya sea un virus, una planta o una bacteria) para manipularla en el laboratorio e introducirla de nuevo en otro organismo para que produzca, por ejemplo, una proteína que le sea totalmente extraña. Es lo que venimos haciendo con la insulina que requieren los diabéticos 2. Pues bien, un requisito previo para aplicar esta técnica es contar con grandes cantidades de un segmento específico de ADN. Y eso es lo que hace precisamente la PCR.

Antes del perfeccionamiento de esta técnica solo podían obtenerse cantidades mínimas de un gen concreto, pero tras su invención, incluso un único gen puede amplificarse hasta obtener 100 billones de moléculas similares en una tarde. De esta forma se evita la clonación y permite emplear la PCR en fragmentos de ADN que estén presentes, inicialmente, en cantidades infinitesimalmente pequeñas.

Aunque parece algo sencillo a primera vista —podemos pensar que no es más que de una mera “fotocopia” de una molécula existente— lo cierto es que resulta bastante complicado de por sí obtener una molécula bien definida de ADN natural de cualquier organismo (con la excepción de algunos virus extremadamente sencillos). La doble cadena de ADN está rodeada y enrollada, dentro de la célula, por muchas proteínas. Cuando los biólogos tratan de aislar una cadena desnuda de ADN, ésta es tan larga y delgada que incluso las suaves fuerzas de corte empleadas la rompen en puntos aleatorios. De esta forma, si tomamos ADN de 1000 células idénticas, habrá 1000 copias de un gen concreto, pero cada copia estará en un fragmento de ADN de diferente longitud. Este proceso es en cualquier caso lento y costoso.

En realidad, lo que hace la PCR es simular lo que sucede en una célula cuando se sintetiza el ADN, aunque en nuestro caso mezclamos todos los ingredientes necesarios en un tubo Eppendorf: una ADN polimerasa, el tramo ADN del organismo que queremos estudiar, los oligonucleótidos (también llamados primers, iniciadores, cebadores, “oligos”, etc.) necesarios para que se inicie la transcripción, y los desoxirribonucleótidos trifosfato (dNTPs, con las cuatro bases nitrogenadas: adenina, timina, guanina y citosina); todo ello en las condiciones precisas para que la ADN polimerasa trabaje adecuadamente (cierto pH, determinadas cantidades de magnesio en forma de MgCl2, KCl, y algunas otras sales o reactivos, en función de cada polimerasa).

¿Cómo funciona?

El método consiste en realizar ciclos repetitivos que comienzan calentando el ADN para lograr que las dos hebras que lo conforman se separen y, al enfriarse, unos cebadores se acoplen en los extremos. La reacción de copia se lleva a cabo en presencia de ADN polimerasa y de los cuatro nucleótidos (A, T, G y C), donde cada hebra hace de plantilla para la síntesis de la nueva cadena. La función de la ADN polimerasa es añadir los nucleótidos libres a los de la cadena original. Una vez concluida la síntesis de las hebras complementarias se acaba el primer ciclo (que puede repetirse cuantas veces sea necesario). Por lo tanto, la cantidad de ADN que podemos obtener sólo está limitada, en teoría, por el número de veces que se repitan estos pasos. Analicémoslos con un poco más de detalle:

En primer lugar, se toma un fragmento de ADN y se calienta a unos 95ºC hasta que se disocia en dos cadenas sencillas (este proceso se denomina desnaturalización y dura normalmente 5 minutos).

Por métodos químicos se han sintetizado e incluido en la “mezcla primaria” dos cebadores 3 —tramos cortos de ADN de una sola cadena, por lo general de una longitud de alrededor de veinte pares de bases—, cuyas secuencias encajan en las regiones que flanquean el fragmento de ADN que nos interesa (por eso es indispensable conocer los dos extremos de la región del ADN que se quiere amplificar para que los cebadores hibriden con cada extremo, es decir, se combinen entre sí las dos cadenas de ácidos nucleicos). De esta forma, los cebadores delimitan nuestro tramo de ADN o gen diana. Se necesitan dos cebadores diferentes, uno para cada una de las cadenas disociadas: uno es idéntico al extremo terminal 5’ de la hebra codificante y el otro idéntico al extremo 3’ de la hebra no codificante. Este paso, conocido como alineamiento o hibridación, es el de menor temperatura de la PCR y el que marca la especificidad de la reacción.

Por último, en el último paso, de extensión, interviene la ADN polimerasa, la enzima que facilita el proceso de replicación del ADN mediante el emparejamiento de los desoxirribonucleótidos trifosfato (dNTP) libres con los desoxirribonucleótidos complementarios del ADN molde. Aquí la temperatura sube a 72ºC porque esa es la temperatura en la cual la polimerasa alcanza su máxima actividad. Debemos tener presente que esta replicación sólo comienza donde el ADN ya es de doble cadena, es decir, en el lugar donde el cebador se ha hibridado en el paso anterior. La polimerasa hace una copia complementaria de la plantilla de ADN a partir de cada cebador, y por lo tanto, copia la región diana. Las ADN polimerasas pueden añadir hasta 1000 nucleótidos por segundo, y el producto final es una molécula de ADN de doble cadena.

Cada grupo de tres pasos (desnaturalización, alineamiento y extensión) se denomina ciclo; y la sucesión de una serie de ciclos en los que tiene lugar la desnaturalización del molde, la hibridación con los cebadores y la extensión de la síntesis por acción de la ADN polimerasa produce un aumento de forma geométrica del ADN resultante. Es decir, partiendo de cantidades mínimas (del orden de femtogramos), tras 30 ciclos se pueden obtener cantidades enormes (microgramos). Esto es así porque los productos de un ciclo se emplean como moldes del ciclo siguiente.

Hoy en día todos estos pasos se llevan a cabo en una máquina llamada termociclador, que calienta o enfría los tubos que contienen todos los “ingredientes” de forma precisa.

¿Qué pinta un microbiólogo en todo esto?

Nuestro segundo protagonista, y parte esencial en esta historia, es el microbiólogo Thomas Dale Brock, conocido por sus trabajos pioneros con bacterias extremófilas, los microorganismos que son capaces de prosperar en condiciones extremas (ya sean de temperatura, acidez, radiación o anoxia). Ha publicado más de 250 artículos y 20 libros, además de haber obtenido numerosos premios científicos 4.

Cuando comenzó a utilizarse la PCR surgió un problema importante con la ADN polimerasa, la enzima que hace el trabajo de copia. El método original empleaba la polimerasa de la bacteria Escherichia coli, pero su temperatura óptima de funcionamiento (37ºC) queda muy por debajo de los 95ºC necesarios para la desnaturalización del ADN, con lo que se destruía en el proceso. Por ese motivo era necesario añadir más enzima a la reacción tras cada ciclo. Si tenemos presente que la polimerasa es cara, comprenderemos que se viera que la PCR, a pesar de su enorme potencial, no era una herramienta económicamente práctica.

Entonces la madre naturaleza, la serendipia y nuestro microbiólogo vinieron al rescate.

Debemos situarnos a comienzos del verano de 1964 y, de nuevo, con un largo trayecto por carretera como telón de fondo. Brock tenía que viajar desde Indiana (donde residía) a los laboratorios Friday Harbor de la Universidad de Washington en Seattle, donde tenía previsto pasar unas semanas llevando a cabo estudios de microbiología marina. Este trayecto, de unos 3.700 kilómetros por carretera, atraviesa Montana, Idaho y Wyoming, estados por donde se extiende el famosísimo Parque Nacional Yellowstone. Al igual que otros muchos norteamericanos, Brock había oído hablar maravillas de este prodigio de la naturaleza pero nunca había tenido ocasión de visitarlo así que esta vez no dejó pasar la oportunidad: el día que tomó ese desvío cambió el rumbo de la biología molecular.

Su primera parada fue en la West Thumb Geyser Basin, una de las cuencas de géiseres más pequeñas de Yellowstone aunque una de las más pintorescas. Allí experimentó un súbito impacto al ver las alfombras de algas de fuertes colores naranja, rojo y verde que tapizaban los manantiales que había por doquier.

A pesar de ser plenamente consciente de que las algas vivían en ambientes termales no estaba preparado para lo que vio. Continuó su viaje a la costa oeste donde pasó el verano en los laboratorios Friday Harbor, aunque no se pudo quitar Yellowstone de la cabeza. En el viaje de regreso a Indiana recaló allí de nuevo, esta vez con un poco más de tiempo, y tomó varias muestras.

En el verano siguiente decidió pasar allí dos semanas intensivas de investigación junto a su mujer antes de un viaje que tenía previsto realizar a Islandia. En Mushroom Spring fue donde se fijó por primera vez en unas masas de bacterias filamentosas rosadas, a partir de cuyas muestras (y gracias a la ayuda de Hudson Freeze) lograron aislar un organismo al que llamaron Thermus aquaticus 5.

Lo cierto es que dos años antes de la publicación de este descubrimiento, Brock ya había llamado la atención de la comunidad científica acerca de la importancia de investigar a fondo las fuentes termales del Parque Nacional Yellowstone. Lo hizo en un artículo que apareció como artículo principal de la revista Science 6, tras cuya publicación un buen número de bioquímicos de diferentes Universidades y de la industria se interesaron por estos microorganismos. Nuestro microbiólogo señaló entonces que una buena vía de investigación sería centrarse en las enzimas que actúan sobre el ADN, como las polimerasas. Su trabajo, sin embargo, continuó por otros derroteros.

Cuando muchos años más tarde se descubrió la reacción en cadena de la polimerasa, el valor de la enzima de Thermus aquaticus se puso de relieve.

La ADN polimerasa de este organismo (Polimerasa Taq) se caracterizó en 1976 en la Universidad de Cincinnati por Alice Chien, David Edgar, y John Trela; pero no fue hasta 1987 cuando se produjo el hito final: en diciembre de ese año se aceptó para la publicación en Science el artículo escrito por Kary Mullis y otros colegas 7 donde se explicaba la trascendencia de utilizar la ADN polimerasa de Thermus aquaticus para la reacción en cadena de la polimerasa 8.

El hecho clave es que esta enzima es activa y estable a altas temperaturas, lo que significa que no pierde su función tras el primer paso de la desnaturalización del ADN, y sólo tiene que añadirse al comienzo de la reacción: su temperatura óptima de funcionamiento se sitúa entre los 70ºC y 80ºC, momento en que la bacteria sintetiza ADN a la velocidad de 35–100 nucleótidos por segundo.

El primer termociclador para la PCR salió al mercado en 1987 y supuso la automatización de todo el proceso. La revista Science eligió la PCR como el desarrollo científico más importante de 1989, y otorgó a la Taq el premio a la molécula del año.

Conclusión

Esta historia nos sirve para traer a colación la importancia de la investigación básica —que la mayoría de las veces se lleva a cabo por científicos individuales o pequeños grupos de científicos en las universidades—. En estos casos es muy difícil predecir cuándo, dónde y a quién beneficiarán los eventuales rendimientos de las diferentes líneas de investigación pero, como hemos visto, incluso un trabajo que puede parecer tedioso o demasiado teórico puede tener un impacto decisivo en el avance de la ciencia.

Artículos principales

Brock, T. D. y Freeze, H. (1969), «Thermus aquaticus gen. n. and sp. n., a nonsporulating extreme thermophile«. Journal of Bacteriology, vol. 98, núm. 1, p. 289-297.

Mullis, K., et al. (1986), «Specific enzymatic amplification of DNA in vitro: The polymerase chain reaction«. Cold Spring Harbor Symposia on Quantitative Biology, vol. 51, p. 263-273.

Saiki, R. K., et al. (1985), «Enzymatic amplification of beta-globin genomic sequences and restriction site analysis for diagnosis of sickle cell anemia». Science, vol. 230, núm. 4732, p. 1350-1354.

Saiki, R. K., et al. (1988), «Primer-directed enzymatic amplification of DNA with a thermostable DNA polymerase«. Science, vol. 239, núm. 4839, p. 487-491.

Más información

Brock, T. D. (1967), «Life at high temperatures». Science, vol. 158, núm. 3804, p. 1012-1019.

─── (1978), Thermophilic microorganisms and life at high temperatures. New York: Springer-Verlag, xi, 465 p.

Brock, T. D. (1997), «The value of basic research: discovery of Thermus aquaticus and other extreme thermophiles». Genetics, vol. 146, núm. 4, p. 1207-1210.

Celada, A. (1994), Inmunología básica. Barcelona: Labor, 654 p.

Eguiarte, L., et al. (2007), Ecología molecular. México D.F.: Instituto Nacional de Ecología, 594 p.

Elliott, W. H., et al. (2002), Bioquímica y biología molecular. Barcelona: Ariel, XXVII, 788 p.

Izquierdo Rojo, M. (1999), Ingeniería genética y transferencia genética. Madrid: Pirámide, 335 p.

Klug, W. S. y Cummings, M. R. (1999), Conceptos de genética. Madrid: Prentice Hall, 840 p.

Mullis, K. B. (1990), «The unusual origin of the polymerase chain reaction». Scientific American, vol. 262, núm. 4, p. 56-65.

Watson, J. D. y Berry, A. (2003), DNA: the secret of life. New York: Alfred A. Knopf, xiv, 446 p.

Notas

  1.  Al menos es lo que ha explicado hasta la saciedad cada vez que le han dado una oportunidad para ello. La versión que se ofrece aquí proviene del artículo escrito por él mismo para Scientific American titulado The unusual origin of the polymerase chain reaction.
  2. Algo que es bueno recordar a quienes rechazan de plano cualquier organismo genéticamente modificado.
  3. También llamados primers.
  4. Pero, sorprendentemente, no el Nobel.
  5. Que fue descrito en un artículo publicado en el Journal of Bacteriology titulado Thermus aquaticus gen. n. and sp. n., a nonsporulating extreme thermophile.
  6.  Life at high temperatures. Este artículo se ha convertido en uno de los más citados en su campo.
  7. El artículo vio la luz en enero de 1988 bajo el título Primer-directed enzymatic amplification of DNA with a thermostable DNA polymerase.
  8. La idea de usar una bacteria termófila como fuente de la ADN polimerasa fue de David Gelfand, coautor de este artículo, aunque John Trela había realizado un trabajo similar en 1975, lo que derivó en una batalla legal entre ambos al discutirse la validez de la patente de la “Taq” presentada por Gelfand.
Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, Historia de la ciencia, 3 comentarios