José Luis Moreno

Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Doctor en Derecho. Jurista amante de la ciencia y bibliofrénico. Curioso por naturaleza.
Los humanos somos únicos, ¿no? (Parte 2)

Los humanos somos únicos, ¿no? (Parte 2)

     Última actualizacón: 13 agosto 2017 a las 10:43

Continuamos con la serie iniciada en la anterior entrada que analiza el artículo titulado: ¿Qué nos hace humanos? Respuestas desde la antropología evolutiva (What makes us human? Answers from evolutionary anthropologyy que apareció publicado a finales del año pasado en la revista Evolutionary Anthropology.

El niño viene antes de que el hombre: el papel del desarrollo en la producción de variación seleccionable

Sarah Hrdy, profesora de antropología en la Universidad de California en Davis, relata que una concatenación de eventos y adaptaciones llevaron a algunos simios bípedos, inteligentes y fabricantes de herramientas del género Homo a evolucionar hacia cerebros aún mayores con aptitudes especiales para el lenguaje y para transmitir información compleja, incluyendo modelos de comportamiento socialmente admitido («moral»).  Es poco probable que estos simios hubieran evolucionado de la forma que lo hicieron sin una especial “relación con el otro” (other-regarding).  Es la aparición de esta faceta de la naturaleza humana lo que más intriga a la autora.

Afirma que otros simios pueden atribuir estados mentales de otros y, al nacer, tienen el equipamiento neurológico necesario para imitar algunas expresiones faciales de su cuidador, como hacen los humanos recién nacidos.  En algunas circunstancias, los chimpancés identifican la situación de apuro por la que otro pasa, o su necesidad de ayuda.

En cambio, desde una edad temprana, los bebés humanos ofrecen comida a otros de forma voluntaria, eligiendo incluso lo que es más probable que les guste.  Mucho antes de que puedan hablar, observan obsesivamente las intenciones y están deseosos de aprender lo que otra persona piensa y siente, incluso sobre ellos mismos, llevándoles a expresar orgullo o vergüenza.

Hrdy recuerda que desde Darwin, las explicaciones de esta tendencia se han centrado en la necesidad de contar con ayudantes «altruistas» para la caza o los enfrentamientos intergrupales. Pero si las ventajas de la caza eran suficientes, ¿por qué los antepasados cazadores de los chimpancés (que han tenido seis millones de años a su disposición) no evolucionaron para ser también más cooperativos? ¿Por qué es tan rara la ayuda coordinada?  En la naturaleza, el cuidado en común de los jóvenes ha sido un precursor para formas superiores de cooperación.

Encontramos formas elementales de cuidado infantil compartido en todo el orden primate, aunque no entre los grandes simios ya que las madres, muy posesivas, limitan el acceso a las crías.  Su hipótesis, llamada de la cría o crianza cooperativa (Cooperative Breeding Hypothesis) sostiene que los simios bípedos del Plio-Pleistoceno africano, sobrecargados por el costoso amamantamiento de los bebés, difícilmente pudieron permitirse la crianza exclusiva de los hijos. Tanto sus padres como otros miembros del grupo debieron haber ayudado a cuidarlos y alimentarlos.  Sugiere, en definitiva, que aquellos bebés con más capacidad para la observación de los estados mentales de los otros, para conmover y así obtener alimentos, serían los mejor cuidados, los mejor alimentados y, por ende, quienes contaran con mayores probabilidades de sobrevivir y transmitir su acervo genético.

Abuelas y sus consecuencias

Tanto lo que compartimos como lo que no con nuestros primos primates, es lo que nos hace humanos.

Para Hawkes, profesora de antropología en la Universidad de Utah, nuestras vidas más largas, una madurez más tardía, y un destete más temprano podrían haber evolucionado en un antepasado inteligente y extrovertido gracias a la crianza por las abuelas.  Ni la caza cooperativa ni la agresión letal nos distingue de los chimpancés.  La crianza por los abuelos sí.

Aunque una mayor dependencia juvenil pueda parecer que reduce el éxito reproductivo de una madre, ofrece sin embargo una nueva oportunidad adaptativa para las hembras de avanzada edad con la fertilidad en declive.  Esta nueva oportunidad es clave para la hipótesis de la crianza por las abuelas que defiende la autora (Grandmother Hypothesis): al encargarse del cuidado de los nietos, las ancianas permitirían a las hembras más jóvenes dar a luz de nuevo más pronto sin pérdidas netas en la supervivencia de la descendencia.  Así, como las abuelas más activas dejan más descendientes, las tasas de envejecimiento se retrasan.  Esto hizo aumentar la longevidad y los años de vida de las mujeres más allá de la edad fértil.  La reducción de la mortalidad en los adultos redujo el riesgo de morir antes de reproducirse, favoreciendo el retraso de la madurez para obtener las ventajas de un mayor crecimiento corporal.

Aunque la fertilidad femenina termina a edades similares en humanos y en otros grandes simios, la diferencia no está en la menopausa, sino en un envejecimiento somático más lento.  Otros simios se debilitan durante los años fértiles y raras veces viven más allá de esa frontera.  No así los humanos.

Hawkes hace hincapié en que los bebés humanos, a diferencia de otros simios recién nacidos, no pueden contar con toda la atención de su madre.  Por ello, la crianza por las abuelas hace que la supervivencia de los bebés sea más variable en relación a las propias habilidades del bebé para conectar con sus cuidadores.

Cómo damos a luz contribuye a la rica estructura social que subyace en la sociedad humana

La autora, profesora de antropología en la Universidad de Delaware, se centra en dos aspectos de la cooperación que son consecuencia directa del patrón de nacimiento de los seres humanos: la ayuda durante el parto (y, de forma más general, el apoyo a las madres durante el embarazo, el alumbramiento y la lactancia), y el cuidado del recién nacido.

El nacimiento de los seres humanos es complicado porque los neonatos giran mientras pasan a través del canal del parto, como resultado de las adaptaciones pélvicas debido al bipedismo y al aumento craneal que evolucionaron en mosaico hace entre 6 y 4 millones de años, y que motivó la postura en la que nacen los bebés, mirando al lado opuesto de sus madres.  A diferencia del parto del resto de primates, que generalmente es solitario, el parto con rotación humano no pudo evolucionar fuera de un contexto social en el que la mujer tuviera asistencia tanto física como emocional durante el nacimiento.

Rosenberg entiende que la intensificación de los esfuerzos para el éxito reproductivo de las mujeres embarazadas, de las parturientas, y de las madres lactantes, puede ser un aspecto esencial de nuestra adaptación.  Permite que puedan gestar niños de mayor tamaño, con mayor capacidad craneal, con hombros más anchos, y cuidarlos durante períodos prolongados.

Más allá de la ayuda en el parto, la inversión en la infancia también es posible porque los seres humanos se ayudan los unos a los otros, compartiendo la alta demanda de energía, la vigilancia intensiva y el cuidado atento que tanto beneficia a las madres y a sus bebés.

Concluye que esta red de vínculos sociales, y su elaboración en apoyo de la reproducción humana y la crianza de los hijos, están entre los factores críticos que dan forma a la singular adaptación del ser humano y, a pesar de nuestros estrechos vínculos genéticos y de comportamiento con otros primates, establece un patrón de comportamiento social que nos distingue de nuestros parientes primates.

¿A quiénes pertenece la cultura?

Para Mary Stiner y Steven Kuhn, ambos profesores de arqueología en la Universidad de Arizona en Tucson, la “cultura” compleja y un modo lingüístico de comunicación son dos de las cosas más obvias que nos hacen humanos.  A pesar de esto no somos las únicas criaturas que poseen capacidad para la cultura.  De hecho, hay una considerable variedad de opiniones entre los antropólogos acerca de si la cultura, entendida como una adaptación cognitiva y de comportamiento, distingue a los humanos de otros animales o se trata más bien de una cuestión de grado.

Aislar la especie humana del resto de animales, presentes y pasados, es una práctica común al explicar la evolución humana, y también en las narraciones religiosas acerca de la creación del hombre.  Por muy atractiva que pueda ser esta práctica, los intentos de ruptura absoluta con otras formas de vida nos impiden aprender cómo han desarrollado los seres humanos sus habilidades y su dependencia de la cultura.

Los autores ponen de manifiesto que distintos estudios sobre el comportamiento demuestran que otros mamíferos y algunas aves desarrollan prácticas de conocimiento local que se transmiten entre los individuos y a lo largo de las generaciones.  Parece ser que la principal barrera para llamar a estos ejemplos cultura rudimentaria es que los comportamientos se transmiten por medios distintos del lenguaje humano.  Sin embargo, los humanos compartimos nuestra cultura a través de modos de comunicación lingüísticos y no lingüísticos.  El lenguaje corporal, los gestos, y otros comportamientos sencillos son fundamentales para la transmisión de muchas habilidades y otras formas de conocimiento cultural.  ¿Por qué tenemos que admitirlos como canales de transmisión cultural en los seres humanos, pero no en otros organismos sociales?

El lenguaje humano es muy versátil y no hay nada parecido en el resto de animales.  Sin embargo, que los experimentos con primates no humanos o con cetáceos fallen a la hora de producir el lenguaje humano no es la cuestión.  Stiner y Kuhn son tajantes: no podemos esperar que los grandes simios y los delfines imiten nuestros modos de comunicación, como no podemos esperar que las libélulas vuelen como los pájaros.

Ser o no ser (humano), ¿esa es la pregunta?

¿Qué nos hace humanos?  Parece una pregunta perfectamente razonable e interesante sobre la que indagar pero, incluso con un examen superficial, no tiene sentido en absoluto.  Siguiendo el criterio general de que toda afirmación científica debe ser verificable, no queda claro que la respuesta a esa pregunta cumpla con los requisitos.

Para Kenneth Weiss, profesor de antropología y genética en la Universidad Penn State, una respuesta obvia y aparentemente objetiva que rápidamente nos viene a la mente sería poseer “el genoma humano”.  Sin embargo, el autor lo entrecomilla porque para él ¡no existe tal cosa!  Sostiene que una secuencia de ADN configurada por quizás más de una persona (la verdad aún no está clara) que se actualiza y corrige repetidamente es un ideal platónico.  Como toda mezcla, ningún humano (¡signifique lo que signifique!) tuvo nunca esa misma secuencia.  Estrictamente hablando, se trata de una secuencia de referencia arbitraria.  Así que ¿necesitamos una segunda referencia, como por ejemplo la secuencia genética del «chimpancé» (sólo un modelo más), para tener un límite exterior de humanidad?  ¿Y por qué escogemos un chimpancé? ¿Por qué no, por ejemplo, los gorilas, las jirafas, o los gruñones neandertales? ¿O son también humanos y por tanto no un grupo externo?  ¿Deberíamos quizá escoger “el” gen de un rasgo determinado (otro ideal platónico)? ¿Quién decide qué gen? Cuando un nucleótido puede ser la diferencia entre la vida y la muerte por una enfermedad o un fallo en el desarrollo embrionario, ¿cuál tendríamos que considerar?

Esta complejidad sugiere que deberíamos fijarnos en los rasgos más que en los propios genes.  ¿Cuál debería ser, la morfología dental, la forma de la pelvis o la posición del foramen magnun?  Quizás prefiramos escoger nuestra arrogancia, nuestro lenguaje o inteligencia.  Podemos elegir, por ejemplo, los conflictos armados o la religión como «lo que nos hace humanos», aunque esto descalifica a los cuáqueros y a los ateos.  En definitiva, la selección de los rasgos tampoco proporciona una respuesta fácil.

Analicemos la pregunta en sí: «Qué» implica componentes numerables, «nos» implica identidad colectiva y «hace» implica causalidad determinante.  Por último, «humanos» implica vagamente que sabemos la respuesta antes de tiempo, es decir, una definición intrínsecamente circular.  Concluye que por lo general, y después de todo, en realidad esta no es una cuestión científica.  Todos comprenderán la pregunta de una manera diferente y pueden responder sin caer en una contradicción.  Esto, después de todo, es lo que nos hace humanos.

Publicado por José Luis Moreno en ANTROPOLOGÍA, 1 comentario
Siete días … 3 a 9 de junio (La dieta de nuestros antepasados)

Siete días … 3 a 9 de junio (La dieta de nuestros antepasados)

     Última actualizacón: 1 julio 2019 a las 21:26

Antropología

Hace 120.000 años, un humano neandertal que vivía en lo que hoy es Croacia sufrió un tumor de hueso en una de sus costillas.  Ahora, un equipo de científicos ha encontrado sus restos y ha diagnosticado su enfermedad, conocida como displasia fibrosa y que hoy es común en otros humanos, los Homo sapiens.  De hecho, las lesiones del neandertal de Krapina, Croacia, se acaban de convertir en el primer tumor humano del que se tiene constancia.

• Noticia en Materia

• Explicación del descubrimiento en el blog Anthropology.net (inglés)

• Artículo: Fibrous Dysplasia in a 120,000+ Year Old Neandertal from Krapina, Croatia (descarga directa en PDF)

Biología

Científicos se reúnen en Galápagos para debatir sobre evolución.  La tercera Cumbre Mundial de Evolución fue inaugurada el pasado 1 de junio en San Cristóbal, una de las principales islas del archipiélago ecuatoriano.  «El propósito de estas cumbres es promover la ciencia con la comunidad científica y la juventud, que tengamos una generación de investigadores latinoamericanos de la misma calidad que el resto del mundo».

• Noticia en La Estrella de Panama

 ___

“Las tres grandes fronteras de la biología humana” por Francisco J. Ayala.  Artículo originalmente publicado en la revista CICNetwork de 2008, ha sido recuperado en el Cuaderno de Cultura Científica.  De notable interés.

• Enlace al artículo.

Paleontología

Un equipo internacional de investigadores anuncia el descubrimiento del esqueleto de primate más antiguo que se conoce.  La diminuta criatura (de apenas 7,1 centímetros de altura y entre 20 y 30 gramos de peso) ha sido bautizada como Archicebus achilles, vivió en la China central en el Eoceno, hace 55 millones de años, y sus restos fueron recuperados del lecho de un antiguo lago no muy lejos del actual curso del río Yangtze.

• Noticia en ABC

• Artículo: The oldest known primate skeleton and early haplorhine evolution

Evolución humana

Los humanos primitivos se alimentaban casi exclusivamente de hojas y frutos de los árboles, arbustos y hierbas, de forma similar a los gorilas y los chimpancés de hoy en día. Sin embargo, hace unos 3,5 millones de años, las especies humanas primitivas como Australopithecus afarensis y Kenyanthropus platyops comenzaron a comer también pastos, juncos y plantas y, tal vez, algún animal que se alimentaba de esos vegetales.

• Noticia Europa Press

• Artículos:

  1. Diet of Australopithecus afarensis from the Pliocene Hadar Formation, Ethiopia
  2. Diet of Theropithecus from 4 to 1 Ma in Kenya
  3. Stable isotope-based diet reconstructions of Turkana Basin hominins
  4. Isotopic evidence of early hominin diets

Ingeniería

Un helicóptero de control remoto controlado con el pensamiento ha logrado sobrevolar alrededor de un gimnasio de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, según publicó el pasado martes la revista Journal of Neural Engineering.  Sus autores esperan desarrollar robots futuros que pueden ayudar a restablecer la autonomía de las víctimas paralizadas o que sufren enfermedades neurodegenerativas.

• Noticia Europa Press

• Artículo: Quadcopter control in three-dimensional space using a noninvasive motor imagery-based brain–computer interface (descarga directa en PDF)

 

Te puede interesar esta entrada en el blog: Andar con la mente

Geología

Hace 12.800 años el clima en la Tierra sufrió un repentino enfriamiento, que duró 1.300 años, cuyo origen ha estado poco claro para la ciencia. La teoría de que se debió al impacto de un meteorito en Norteamérica vuelve ahora a tomar fuerza, tras haber sido muy discutida, después de que un equipo internacional de investigadores haya logrado identificar el lugar, en México, en el que colisionó un gran meteorito precisamente en esa época.

• Noticia El Mundo

• Artículo: Evidence for deposition of 10 million tonnes of impact spherules across four continents 12,800 y ago

___

La nueva tabla cronoestratigráfica en español acaba de ser oficializada por la Comisión Internacional de Estratigrafía. (descarga directa en PDF)

Publicado por José Luis Moreno en SIETE DÍAS, 1 comentario
Reseña: ¿Qué significa todo eso?  Reflexiones de un científico ciudadano

Reseña: ¿Qué significa todo eso? Reflexiones de un científico ciudadano

     Última actualizacón: 1 agosto 2017 a las 09:04

Ficha Técnica

Título: ¿Qué significa todo eso? Reflexiones de un científico ciudadano
Autor: Richard Feynman
Edita: Crítica, 2004
Encuadernación: Tapa blanda.
Número de páginas: 147 p.
ISBN: 978-8474239222

 

Richard Feynman, que obtuvo el premio Nobel por sus trabajos sobre electrodinámica cuántica, no debe su fama tan sólo a sus importantes aportaciones científicas, sino a su calidad humana y a sus actitudes iconoclastas ante la sociedad y ante la vida, que le convirtieron en una figura legendaria que sigue inspirando hoy a investigadores y a estudiantes.

Los dos aspectos de su personalidad, como científico y como ciudadano, confluyen en estas reflexiones sobre la relación de la ciencia con la política o la religión, que sorprendieron a quienes no sabían que estuviese interesado por el significado de «todo eso». En este libro extraordinario se publican por primera vez las famosas conferencias que dio en la Universidad de Washington, en las que habló de certeza e incertidumbre en la ciencia, del conflicto entre ciencia y religión, de las causas de la desconfianza general hacia los políticos, o de las creencias irracionales que han invadido esta era «acientífica», desde la fascinación por los ovnis hasta la fe en las curaciones milagrosas, pasando por la astrología y la telepatía, sin olvidar los constantes insultos a la inteligencia humana que se hacen cotidianamente a través de la publicidad. Este libro es, como dice su editor norteamericano, «oro puro, pura poesía, puro Feynman».

RESEÑA

¿Qué se puede decir de Richard Feynman? Ha sido uno de los mejores físicos del siglo XX. Pese a fallecer prematuramente a la edad de 70 años tras no lograr superar un cáncer, poseyó una larga trayectoria que le llevó a participar en el Proyecto Manhattan para el desarrollo de la bomba atómica, a conocer a Albert Einstein ―rechazando trabajar en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton donde aquél se encontraba― hasta recalar como profesor en el Instituto de Tecnología de California. Su trabajo en electrodinámica cuántica le valió el Premio Nobel de Física en 1965, galardón que compartió con Julian Schwinger y Sin-Ichiro Tomonaga. Les recomiendo, si tienen la ocasión, que vean el documental presentado por la cadena británica BBC Two acerca de su vida el pasado 14 de mayo.

Incansable divulgador y conferenciante, escribió numerosos libros que se han traducido a varios idiomas y convertido en rotundos éxitos de ventas. Un ejemplo de ello es el libro que les traigo a continuación, a pesar de que la traducción sea farragosa en ocasiones ―nada que ver con la pericia de Joandomènec Ros, entre otros―. Se trata la recopilación de las tres conferencias que pronunció en la Universidad de Washington como parte de las John Danz Lecture Series. En ellas trató temas que, si bien planteados hace exactamente 50 años, siguen de actualidad.

El primero de ellos es la incertidumbre de la ciencia. Expone que la característica más obvia de la ciencia es su aplicación práctica, el poder para hacer cosas. Sin embargo, el poder que se obtiene no incluye las instrucciones sobre cómo utilizarlo: en cierto modo es una llave para las puertas del cielo, y la misma llave abre las puertas del infierno, y no tenemos ninguna instrucción que nos diga qué puerta es la buena.

Todo conocimiento científico es incierto. En este aspecto, podríamos decir que sus planteamientos se acercan bastante a los de Thomas S. Kuhn y sus revoluciones científicas. Para resolver cualquier problema que no haya sido resuelto antes tenemos que dejar la puerta entreabierta a lo desconocido. Si no fuéramos capaces o no deseáramos mirar en una nueva dirección, si no tuviéramos una duda o no reconociéramos la ignorancia, no tendríamos ideas nuevas. Así que lo que llamamos hoy conocimiento científico es un corpus de enunciados con grados de certeza variables. Algunos de ellos son muy inseguros; algunos de ellos son casi seguros; pero ninguno es absolutamente cierto.

Acto seguido se enfrenta al “eterno” conflicto entre ciencia y religión. Propone que analicemos la siguiente experiencia: la gran aventura que significa contemplar el universo, más allá del hombre, contemplar cómo sería sin el hombre. Cuando se ha alcanzado finalmente esta visión objetiva, cuando se ha apreciado por completo el misterio y la majestad de la materia y entonces se dirige de nuevo la mirada objetiva hacia el hombre visto como materia y se percibe la vida como parte de este misterio universal de la mayor profundidad, se experimenta una sensación muy rara y excitante. Normalmente termina en una sonrisa irónica ante la futilidad de tratar de comprender qué es este átomo en el universo, esta cosa ―átomos curiosos― que se mira a sí misma y se pregunta por qué pregunta. Bien, estas ideas científicas terminan en sobrecogimiento y misterio, perdidas en el límite de la incertidumbre, pero parecen ser tan profundas y tan impresionantes que la teoría de que todo está dispuesto como un escenario para que Dios observe la lucha del hombre por el bien y el mal parece insuficiente.

Para él, la civilización occidental ―planteará acto seguido una dura crítica a los sistemas políticos y la situación en la Unión Soviética― se mantiene gracias a dos herencias: el espíritu científico de aventura hacia lo desconocido, la humildad del intelecto y, por otro lado, la ética cristiana, la acción basada en el amor, la fraternidad de todos los hombres, el valor del individuo, la humildad del espíritu. De esta manera, la ciencia debe dedicarse a responder las preguntas acerca de cómo es el mundo que nos rodea, y la religión a proveer un código moral. Estos dos pilares pueden permanecer juntos con pleno vigor sin enfrentarse.

En último término, hace un repaso de las pseudociencias que tanta fama habían alcanzado en su época ―y aún hoy en día― como la telepatía, los ovnis, las curaciones milagrosas y los curanderos etc. Las personas que dan crédito a estas actividades no realizan las preguntas adecuadas y se dejan embaucar. He echado de menos una búsqueda de alguna causa psicológica subyacente a este fenómeno, aunque no se puede reprochar a Feynman que trate estos asuntos de puntillas.

Concluye con una valoración de la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII:

No puedo encontrar mejor expresión de mis creencias sobre moralidad, de los deberes y las responsabilidades de la humanidad, de unas personas hacia otras personas, que la que hay en esta encíclica. No estoy de acuerdo con parte de la maquinaria que apoya alguna de las ideas, que éstas broten de Dios, quizá, personalmente no lo creo, o que algunas de estas ideas sean consecuencia natural de las ideas de Papas anteriores, de una manera natural y perfectamente razonable. No estoy de acuerdo, pero no voy a ridiculizar ni a discutir esto. Estoy de acuerdo con las responsabilidades y los deberes que el Papa representa como las responsabilidades y deberes de la gente. Y reconozco esta encíclica como el comienzo, posiblemente, de un nuevo futuro donde quizá nos olvidemos de las teorías de por qué creemos las cosas cuando, en definitiva, y por lo que respecta a la acción, creemos lo mismo.

Publicado por José Luis Moreno en RESEÑAS, 1 comentario
Humanidades para humanizar

Humanidades para humanizar

     Última actualizacón: 20 marzo 2018 a las 21:54

Casi no llego…  Esta es la última participación de este blog en la quinta edición del Carnaval de Humanidades. Desde que leí la magnífica presentación de nuestra anfitriona, tuve claro que tenía que esforzarme para lograr plasmar algunas de las ideas que rondan mi mente desde hace algún tiempo y que provocaron, en cierta medida, que empezara a escribir esta bitácora.

Y que mejor forma de hacerlo que a través de las preguntas que tan acertadamente se nos han planteado:

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las “Humanidades” ―del latín humanitas― se han venido considerando como el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana. Dicho así, tan genérica definición no sirve para nada, por lo que es más habitual definir las disciplinas humanísticas en contraposición con las disciplinas científicas: de aquí la división curricular de la mayoría de estudios académicos entre “letras” y “ciencias”. En el diccionario de la RAE, el término “humanidades” tiene la acepción de “letras humanas”, esto es, la literatura (especialmente la clásica), por lo que deja de lado otras disciplinas tradicionalmente atribuidas a las “letras” como la historia, la filosofía, el arte, la música etc. Por todo ello, y vista la dificultad de encontrar una definición que sea comúnmente aceptada, no me detendré en esta cuestión y daré por bueno lo que la mayoría de nosotros tenemos en mente cuando hablamos de Humanidades.

Sentada cual es mi intención al escribir esta entrada, no voy a discutir aquellos temas que se han tratado con profundidad en otros lugares como, por ejemplo, la celebérrima obra de Charles Percy Snow titulada “Las dos culturas” —intelectuales de letras por un lado y científicos por otro— porque considero que nos encontramos inmersos, como ha defendido John Brockman, en la “tercera cultura”: una época en la que científicos y otros pensadores del mundo empírico, a través de su trabajo y artículos explicativos, han ocupado el lugar de los intelectuales tradicionales (intelectuales de letras) para hacer visibles los significados más profundos de nuestras vidas, redefinir quién y qué somos. Así, los intelectuales de letras ya no se comunican con los científicos, sino que los propios científicos han pasado a comunicarse directamente con el gran público, haciendo notables esfuerzos por expresar sus pensamientos más profundos de forma que sean accesibles para quienes los leen o escuchan.

¿Qué harías para recuperar/valorar las Humanidades?

El enunciado de esta pregunta ya nos deja entrever que las Humanidades no se encuentran en su mejor momento. Comprobamos que esto es cierto por ejemplo cuando la posibilidad de desarrollar en nuestro país una carrera investigadora en Humanidades depende exclusivamente de la docencia, es decir, no existe en puridad una carrera investigadora ya que sólo se convocan plazas cuando quedan vacantes puestos docentes a los que habitualmente solo pueden optar quienes ya son profesores. Esta situación dificulta enormemente la incorporación de las nuevas generaciones y genera una profunda frustración personal.

Para ilustrar esta situación no hace falta más que examinar la tabla que se muestra a continuación y que recoge las estadísticas de publicación de artículos científicos referidos a las Humanidades en España y su relación con el resto del mundo. Los datos hablan por sí solos.

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

Indicadores bibliométricos de la actividad científica española. Madrid: FECYT, 2004

La situación por tanto no es halagüeña. A pesar de todo, si queremos que las Humanidades recuperen su pasado esplendor, opino que es esencial fomentar el interés de la sociedad por estas disciplinas. Hoy en día se piensa que estudiar Humanidades no es más que recitar con mayor o menor exactitud una larga serie de datos aprendidos de memoria: genealogías de reyes, fechas históricas, datos de las principales obras de arte etc. Nada más lejos de lo que debería ser.

Sinceramente pienso que la sociedad está interesada en conocer nuestra cultura, presente y pasada, aunque es reacia a sumergirse de lleno en ella por la metodología que se emplea en su enseñanza. Por eso debemos fomentar la curiosidad por conocer nuestras raíces, nuestros antepasados, personas como nosotros que se esforzaban por adaptarse a los diferentes tiempos que les tocaron vivir. Como ha expuesto Arturo Leyte:

Hay que reivindicar el estudio de la cultura humana, el cultivo de lenguas, textos y objetos que nos precedieron. No con un fin arqueológico, sino con el de constituir un modelo democrático de ciudadanía

Se hace necesario sacar las clases fuera de las aulas. Por suerte para nosotros vivimos en un país, en un entorno, con un patrimonio artístico, cultural y monumental de primer orden que apenas valoramos. Qué útil sería que la historia se enseñara visitando las ruinas arqueológicas, que los arqueólogos, geógrafos, historiadores y demás humanistas pudieran transmitir con verdadera pasión su quehacer diario, permitir a los jóvenes palpar nuestro pasado y experimentar de primera mano quienes fuimos.

Del mismo modo, estudiar literatura no debería consistir únicamente en aprender la biografía y la lista de obras de los escritores. Como insistía un premio nobel de literatura que escuché hace poco ―perdonadme por no recordar su nombre― la asignatura de literatura debería consistir, simplemente, en enseñar a leer y escribir. Fomentar la visita asidua de las inmejorables bibliotecas españolas, tanto públicas como de nuestro Patrimonio Histórico. Leer libros sin tener que seguir un guión preestablecido a escritores españoles de la Generación del 27 por ejemplo, enseñar a leer profundizando en los textos, haciendo valer la imaginación, la construcción de los personajes, la creación de historias, la descripción, en definitiva, de la concreta realidad que acompaña a cada obra y escritor. Si para ello es preciso acudir a “El Señor de los Anillos”, “20.000 leguas de viaje submarino” o las novelas de Jane Austen, desde luego hay libros peores que estos.

Vista la situación actual, tengo mis dudas de que el estudio de las Humanidades tenga futuro en nuestra sociedad cada vez más tecnificada. Quizás su destino sea desaparecer en el olvido. Desde luego, si la única salida de un estudiante de Humanidades es la enseñanza, y si la forma de medir el éxito en estas disciplinas es ocupar un puesto docente, mejor que dejemos de esforzarnos.

¿Quiere una sociedad, por medio de su Gobierno, formar a sus jóvenes ciudadanos en estudios como la historia, la literatura, el arte, las lenguas clásicas o la filosofía?, ¿o prefiere una educación de la que haya desaparecido la posibilidad de leer, escribir, interpretar, juzgar y decidir cultivadamente?

Hoy por hoy la respuesta es clara.

globo

¿Hay Humanidades en la ciencia? ¿Dónde, cómo, cuándo?

Por supuesto que hay Humanidades en la ciencia.  La ciencia es cultura.

Debemos partir de que el conocimiento científico es un devenir esencialmente histórico, avanza sobre la base de descubrimientos realizados con anterioridad y gracias al continuo afán por saber del ser humano. Ya lo dijo Newton: la ciencia avanza a hombros de gigantes.

El nacimiento del lenguaje articulado, las primeras manifestaciones del arte rupestre, el nacimiento de la agricultura, la ganadería, el sedentarismo, la formación de las primeras ciudades, el nacimiento de la escritura, el surgimiento del primer sistema de gobierno y demás logros del ser humano no son más que pasos en nuestro desarrollo como especie. La filosofía surgió cuando la cultura griega había alcanzado su madurez; la revolución científica de los siglos de oro tuvo sus antecedentes en los trabajos de los pensadores medievales y en la nueva interpretación de los textos clásicos. Podría decirse que es la evolución lógica del pensamiento humano.

La tecnología impregna nuestra vida. En mi opinión, los científicos están cumpliendo con enorme éxito el papel que les otorga la tercera cultura que propone Brockman: divulgar sus descubrimientos y hacerlos accesibles a los legos. Hoy en día hay un apetito voraz por comprender nuestro entorno, saber qué nos depara el futuro, como avanza la tecnología y cómo evolucionaremos como especie: horas de documentales, miles de blogs y páginas de internet así como la edición de cientos de libros anualmente, dan fe de que la ciencia está a nuestro alrededor de forma constante y que es relativamente sencillo informarse con rigurosidad de cualquier tema.

Por ello, quizás el esfuerzo no debamos pedírselo a los científicos sino a los intelectuales de letras para que su mensaje llegue a la sociedad con mayor eficacia. El conocimiento de las Humanidades no debe reducirse a leer algunos libros y saber algo historia, sino profundizar realmente en nuestro pasado, en las diferentes culturas que viven ―y han vivido― en nuestro planeta, aprender a valorar el arte y la música como reflejo de lo que nos hace humanos.

mapamundi

¿Son importantes las Humanidades en el siglo XXI? ¿Por qué?

Las Humanidades son importantes porque desarrollan la imaginación, el espíritu crítico y el juicio ético, así como fomentan la exploración y permiten la conservación y transmisión de nuestra memoria colectiva. Las Humanidades sitúan a la ciencia en su contexto temporal. El ser humano es cultura.

Como he expuesto más arriba, la investigación científica y los avances tecnológicos que lleva aparejada no se pueden entender separados de la sociedad y de su historia, son productos culturales que viajan en paralelo al desarrollo de una capacidad crítica y de unos criterios éticos que son imprescindibles para nuestro desenvolvimiento como sociedad. La ciencia sin humanidad es inútil.

Termino con la explicación del título de este artículo: las Humanidades son imprescindibles para hacernos más humanos, para que comprendamos quiénes somos, de dónde venimos y a dónde debemos ir. La humanidad sin ciencia no tiene futuro.

Este post participa en la V Edición del Carnaval de Humanidades acogido en Pero eso es otra historia

Publicado por José Luis Moreno en FILOSOFÍA, 5 comentarios
Stradivarius y la microbiología, perfecta armonía

Stradivarius y la microbiología, perfecta armonía

     Última actualizacón: 29 agosto 2017 a las 16:32


Acaban de ver la interpretación a cargo de Itzhak Perlman, violinista israelo-estadounidense, del tema principal de la película “La lista de Schlinder” compuesto por John Williams. El violín que toca es obra de Antonio Stradivari y fue fabricado en 1714.

Para la gran mayoría de los expertos, los violines Stradivarius ―nombre latinizado de su fabricante― son los instrumentos mejor fabricados de la historia, no sólo por la belleza intrínseca de cada uno de ellos, sino por su inigualable calidad sonora.  Aunque los cálculos difieren, se estima que Stradivari llegó a producir unos 1.200 instrumentos, pero sólo se conservan alrededor de 600 que han sido autentificados con seguridad. Esto da muestra tanto de su productividad como de su longevidad (vivió más de 90 años). Nadie ha sido capaz de imitar su pericia.

Antonio Stradivari nació en 1644 en la ciudad de Cremona, Italia. Ciudad famosa por la calidad de sus artesanos, comenzó su carrera de lutier en el taller de Nicolò Amati, aunque alrededor de 1665 empezó a aceptar trabajos propios.  Sin embargo, fue a partir de 1680 cuando Stradivari se aleja definitivamente del estilo de su maestro, experimentando con su propio diseño: mejoró la fabricación del arco y del mástil, realizó unos cálculos más exactos de los espesores de la madera y empleó un barniz más coloreado. Sus violines eran más estrechos y alargados, rasgos que se acentuarían progresivamente con los años.

La parte más importante de un violín es su caja de resonancia.  Está formada por dos tablas, la tabla delantera (llamada tapa y elaborada normalmente con madera de abeto) y la trasera (denominada fondo, y fabricada en madera de arce), que son rodeadas por las cubiertas laterales o aros.  La tapa se encuentra horadada simétricamente y casi en el centro por dos aberturas de resonancia llamadas «efes». Todo el conjunto se encola formando una caja hueca.

En el interior de la caja se encuentra el alma del violín, una pequeña barra cilíndrica de madera colocada entre la tapa y el fondo, situada en el lado derecho del eje de simetría de la caja.  Por otro lado, adherido a lo largo de la cara interna de la tapa, se coloca un listón fino de madera llamado barra armónica.  Tanto el alma como la barra armónica cumplen dos funciones: ser soportes estructurales (el violín sufre mucha tensión) y transmitir mejor los sonidos dentro de la caja de resonancia.

Se han propuesto numerosas teorías acerca de por qué los instrumentos fabricados por Stradivari son de una calidad notablemente superior a la de sus contemporáneos o a cualquier otro fabricado en la actualidad (aunque un estudio reciente sostiene que los expertos prefirieron un violín nuevo a un Stradivarius en un experimento de doble ciego, sus conclusiones no han sido aceptadas debido a la metodología empleada). Antes de valorar las hipótesis que se han venido planteando, debemos destacar la maestría del fabricante.  Dada la importancia fundamental de la caja de resonancia, verdadera clave de bóveda del sonido del instrumento, la esencia del buen hacer del lutier está en lograr una homogeneidad en el grosor y en la curvatura de la madera que conforma tanto la tapa como el fondo de la misma.  Es un trabajo que aun hoy se sigue haciendo a mano debido a su delicadeza.

Entre las explicaciones de la calidad sonora de estos violines, una de las más citadas es la relativa al tipo de barniz utilizado una vez terminado el instrumento.  En un principio, los violines se barnizaban con una finalidad estética y para proteger la madera de la suciedad, la humedad y el ataque de insectos.  Precisamente por este motivo, el barniz es uno de los elementos más cambiantes en un instrumento debido a su deterioro, lo que obliga a que se cambie o se mezcle con capas posteriores, impidiendo un análisis adecuado de sus propiedades físicas.  Sin embargo, hay unanimidad entre los expertos: un barniz demasiado plástico atempera el sonido, mientras que uno demasiado elástico puede incrementar los sonidos de baja frecuencia.  No se conoce a ciencia cierta la composición del barniz empleado por Stradivari, lo que ha llevado en ocasiones a conjeturar la intervención de algún alquimista como justificación última de la calidad de los instrumentos.

A pesar de todo, la conclusión más aceptada es que un barniz no puede mejorar las condiciones sonoras del instrumento, pero sí empeorarlas si no es el apropiado.

De esta forma, los intentos de explicar el fenómeno se decantaron por estudiar la cualidad y calidad del tipo de madera utilizado.

A mediados del siglo XVII se vivió en centroeuropa una Pequeña Edad de Hielo (el Mínimo de Maunder) que conllevó un descenso generalizado de las temperaturas. Durante este periodo, la madera de los árboles creció de un modo especialmente lento y uniforme, adquiriendo así una baja densidad y un alto módulo de elasticidad.  Para investigadores como Lloyd Burkle y Henri Grissino-Mayer el empleo de la madera de estos árboles explica las cualidades únicas de los violines Stradivarius.  Sin embargo, se ha comprobado que no todos estos violines tienen anillos de crecimiento estrechos en la madera, por lo que no se advierte una correlación clara entre este crecimiento lento de los árboles y la calidad sonora del violín.

Joseph Nagyvary, profesor emérito de la Universidad A&M de Texas, es quizás quien ha pasado más tiempo analizando y estudiando los violines fabricados por Stradivari y Guarnieri.  En el año 2006 publicó una breve comunicación en la revista Nature ―junto a otros colegas― donde sostenía que la madera empleada en la fabricación de estos instrumentos había sido tratada químicamente.  Concretamente, apuntó que se habían producido cambios en la madera debido a la modificación de alguno de sus componentes a través de la hidrólisis en la celulosa, o la oxidación de sus compuestos (deslignificación de la madera).  Con posterioridad (en el año 2009) los autores hicieron público un estudio más extenso cuyo objetivo era el de identificar los minerales empleados en esos tratamientos químicos: se encontraron trazas de sulfato de bario, fluoruro de calcio, boratos y cristales de silicato de zirconio; ninguno de ellos presentes en la madera natural.

Los resultados indicaron que se habían empleado conservantes minerales para tratar la madera y que éstos podrían haber provocado importantes cambios en su matriz orgánica y haber repercutido en sus propiedades acústicas.  Aventuraron que la intención de los fabricantes pudo ser la de preservar la madera mediante inmersiones en agua hirviendo que contenía esos minerales.  Aunque pueda parecer contraproducente empapar la madera y añadir conservantes minerales por los efectos negativos que provoca en el módulo de elasticidad, también genera una serie de cambios físicos beneficiosos como la reducción de la densidad de la madera y un incremento de la permeabilidad.

Y aquí es donde entra la microbiología.  Analicemos en primer lugar cómo se obtenía la materia prima por los lutiers cremonenses: una vez talada la madera, ésta se transportaba flotando a través de los ríos que descienden de los Alpes.  Acto seguido se almacenaba (probablemente durante mucho tiempo) en la laguna de Venecia.  El agua salada y relativamente estanca de la laguna proporcionaba cantidades moderadas de bacterias y hongos que colonizaban la madera degradándola, proceso que mejora su ductilidad y maleabilidad.

Los componentes principales de la madera son la celulosa, la lignina (aproximadamente un 25%), que proporciona dureza y protección, y la hemicelulosa (otro 25%) cuya función es actuar como unión entre las fibras.  La combinación de ambos polímeros, la celulosa y en especial la lignina, convierten a la madera en un material muy duro y, por lo tanto, difícil de manipular.  Las maderas blandas, por el contrario, tienen la desventaja de su corta vida.  Se ha comprobado que la madera macerada en agua salada ligeramente colonizada por bacterias y hongos degradadores tiene una permeabilidad 50 veces superior a la que se seca en un ambiente aséptico.  Del mismo modo, la presencia de poros evita presiones internas y mejora la conservación, por su menor sensibilidad a los cambios climáticos y la mejor penetración de los barnices. Los análisis por microscopía electrónica llevados a cabo con maderas utilizadas en los talleres cremoneses constatan la presencia de filamentos de hongos y restos de bacterias, así como un alto contenido en sal.

Francis Schwarze, patólogo perteneciente a los Laboratorios Laboratorios Federales Suizos de Ciencia y Tecnología de los Materiales (Swiss Federal Laboratories for Materials Testing and Research ― EMPA) decidió tratar la madera de picea y arce con dos especies de hongos degradadores, Physisporinus vitreus y Xylaria longipes, que actúan de forma natural sobre estos dos tipos de madera usados principalmente para la fabricación de violines. Los resultados de este experimento, publicados en la revista New Phytologist, demostraron que el tratamiento provoca una pérdida considerable de densidad así como una reducción de las paredes celulares, permitiendo que el sonido tenga más espacio para reverberar.  Una mayor ligereza se traduce en tonos más intensos y en una mayor sonoridad.  Pero los hongos no afectan sólo al volumen sino que también duplican la función amortiguadora de la madera, eliminando los sonidos demasiado agudos e irritantes.  Por lo tanto, una baja densidad, una alta velocidad del sonido y un módulo de elasticidad alto son las cualidades esenciales de una madera con la que fabricar violines de gran calidad sonora.

Los violines fabricados con esta madera especialmente tratada logran un sonido tan parecido al de un Stradivarius original que han conseguido engañar a los eruditos.

Un detalle importante: cuando se trata la madera con estos hongos se debe controlar su estado y aplicar un tratamiento químico para matarlos e impedir que acaben arruinando la madera definitivamente.  La pregunta para la que no tenemos respuesta es si Antonio Stradivari conocía la función de estos hongos y bacterias que colonizaban su materia prima y por ese motivo introducía los instrumentos en un baño de agua hirviendo con conservantes minerales. ¿Era microbiólogo?

Este post participa en el Carnaval de Biología edición especial micro-BioCarnaval, en la sección SEM, categoría «Mejor entrada dedicada a la ciencia de la Microbiología y que no participa en las anteriores categorías» que hospeda @ManoloSanchezA en su blog Curiosidades de la Microbiología»

Este post participa en la V Edición del Carnaval de Humanidades acogido en Pero eso es otra historia

Esta entrada participa en el XXV Carnaval de la Química alojado en el blog “ISQCH – Moléculas a reacción”.

Referencias:

Hill, W. H., et al. (1902), Antonio Stradivari, his life and work, 1644-1737. New York: Dover Publications, xxiv, 314 p.

Fritz C, Curtin J, Poitevineau J, Morrel-Samuels P, & Tao FC (2012). Player preferences among new and old violins. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 109 (3), 760-3 PMID: 22215592

Burckle, L., & Grissino-Mayer, H. (2003). Stradivari, violins, tree rings, and the Maunder Minimum: a hypothesis Dendrochronologia, 21 (1), 41-45 DOI: 10.1078/1125-7865-00033

Nagyvary J, DiVerdi JA, Owen NL, & Tolley HD (2006). Wood used by Stradivari and Guarneri. Nature, 444 (7119) PMID: 17136084

Nagyvary J, Guillemette RN, & Spiegelman CH (2009). Mineral preservatives in the wood of Stradivari and Guarneri. PloS one, 4 (1) PMID: 19158950

Schwarze FW, Spycher M, & Fink S (2008). Superior wood for violins–wood decay fungi as a substitute for cold climate. The New phytologist, 179 (4), 1095-104 PMID: 18554266

Me siento enormemente orgulloso de haber obtenido el premio al mejor post de la V Edición del Carnaval de Humanidades.

Gracias a todos por vuestros votos.

2 de julio de 2013

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, 7 comentarios