Año: 2010

El muro de Berlín (y II)

El muro de Berlín (y II)

     Última actualizacón: 8 agosto 2017 a las 11:55

John F. Kennedy realizó un viaje en dos etapas en el mes de junio de 1961, tan sólo seis meses tras su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos.  Primero visitó la capital francesa para conversar con su homólogo Charles de Gaulle; para, a continuación, dirigirse a Viena para mantener una reunión con Nikita Kruschev.  Su lista de temas a tratar estaba encabezada por la cuestión berlinesa.

Dwight D. Eisenhower, quien ocupó la presidencia después de Harry S. Truman, legaba a Kennedy el pecado de omisión que él mismo, siendo general y primer gobernador militar de Alemania, endosara a su sucesor Lucius Clay en 1945: haber renunciado a una garantía escrita donde los soviéticos reconocieran el derecho de las potencias occidentales sobre los accesos de Berlín.  En Bonn, el canciller federal Konrad Adenauer sintió una gran preocupación, acuciado por el ultimátum lanzado por Kruschev en 1958 cuando, para detener la salida de la población de Alemania oriental, otorgó un plazo de 6 meses a las potencias occidentales para aceptar que Berlín occidental se convirtiera en una “ciudad libre” y por tanto, fuera de su control.  En caso de una negativa, Moscú otorgaría a la RDA plena soberanía sobre el Berlín oriental y sobre los accesos a la ciudad.  Ante esta amenaza, americanos, británicos y franceses hicieron peligrosas concesiones el 19 de junio de 1959 en la Conferencia de Ginebra: aprobaron el control del tránsito aliado hacia Berlín por la Policía popular (policía de la RDA) mientras los accesos estuviesen abiertos al tráfico, la reducción de los contingentes militares occidentales en Berlín, la limitación de su armamento al tipo convencional (no atómico), y la supresión de los medios propagandísticos (RIAS).

Hay que mencionar que en el mes de septiembre de 1961, la República Federal iba a elegir un nuevo Parlamento, por lo que la incertidumbre respecto a la actitud americana en Berlín iba a influir necesariamente en el curso de las elecciones y podría, incluso, entregar las riendas gubernamentales al SPD.  En este estado de cosas, De Gaulle –que había sido elegido presidente de la República Francesa el 8 de enero de 1959- prometió ayuda y aliento a su amigo Adenauer y lo hizo de una forma particular: dos días antes de que Kennedy recalara en París antes de llegar a Viena, la edición parisiense del New York Herald Tribune publicó la siguiente noticia: “el presidente De Gaulle preguntará esta semana al presidente John F. Kennedy si los Estados Unidos están dispuestos a emprender una guerra por Berlín; asimismo, anunciará que Francia está presta para una prueba de fuerza con los soviéticos”.

En realidad este desafío era absurdo ya que Francia tenía desplegadas únicamente dos divisiones equipadas en el continente, y justamente por aquellos días sus más prestigiosos generales, participantes en el levantamiento de Argelia, comparecían acusados de alta traición ante los tribunales.

Finalmente, quizá movido por la situación creada, Kennedy ratificó un curso de acción a cuyo fin contribuirían los Estados Unidos con más resolución que todos los gabinetes europeos juntos, una garantía que sólo podían dar ellos: la defensa de Berlín.

En Viena, los líderes de las dos principales potencias mundiales se reunieron en la embajada soviética.  Kruschev inició la conversación animadamente, pero sin acaloramiento: la situación alemana era intolerable.  Habían transcurrido 16 años desde la guerra y no existía ningún tratado de paz.  Mientras tanto, Alemania occidental emprendía el rearme y ocupaba una posición predominante dentro de la OTAN, por ello se cernía una tercera guerra mundial.  Según su opinión, los únicos interesados en diferir el tratado de paz eran los militaristas alemanes occidentales, pero él quería llegar a un acuerdo con Occidente sobre ese tratado.  Si los Estados Unidos no quisieran colaborar, Moscú firmaría solo el documento con la RDA, así se pondría fin al estado de guerra y desaparecerían todos los derechos y obligaciones inherentes a la ocupación, incluido el derecho de los aliados occidentales sobre el empleo de las vías hacia Berlín occidental.  Por consiguiente, Berlín sería una “ciudad libre”.  De esta forma, las potencias occidentales deberían negociar con el gobierno de la RDA para regularizar sus visitas a la ciudad.  Bajo ciertas condiciones podrían estacionar tropas en Berlín occidental… pero acompañadas por las fuerzas armadas soviéticas.

Kruschev era de la opinión de que el acuerdo que había puesto fin al bloqueo de Berlín de 1948-1949 era injusto.  Sostenía que el mundo occidental se las había arreglado para explotar la tensión originada por el bloqueo, y para imponer condiciones a Alemania oriental que resultaban mucho más restrictivas que las acordadas en el convenio de Postdam.

Kennedy respondió que Berlín constituía un problema vital para los Estados Unidos (los ejércitos norteamericanos se habían abierto paso hasta Berlín con las armas, resultando un importante número de pérdidas de vidas), por lo que si se dejaban expulsar de la ciudad, el mundo atribuiría a todas las promesas y obligaciones americanas el valor del papel mojado. Entonces se acaloró el jefe del Kremlin : “Una vez concluido el tratado de paz, no reconoceré jamás, bajo ningún concepto, los derechos americanos en Berlín occidental”.  Kennedy repuso sin alterarse: “No he ocupado mi cargo para aceptar reglamentaciones totalmente incompatibles con los intereses americanos”.

Tras la cena, mantuvieron una última conversación en la que Kennedy afirmó que los Estados Unidos no podían ni querían impedir que la Unión Soviética hiciera cuanto estimase conveniente en su esfera de influencia, ahora bien, si Moscú atentara contra Berlín occidental y sus vías de comunicación, dañaría los intereses y derechos de los Estados Unidos, y ellos no podrían aceptar tal cosa.  Kruschev repuso que si una vez firmado el tratado con la RDA, el presidente insistiera en los derechos de ocupación y vulnerara las fronteras de Alemania oriental, se respondería a la fuerza con la fuerza.

-Yo deseo la paz –afirmó Kruschev-. Si a pesar de todo, usted prefiere la guerra, eso es cosa suya.

-Es usted, y no yo, quien quiere introducir modificaciones –respondió Kennedy.

-Guerra o paz… la respuesta está en su mano.  En diciembre se firmará el tratado con la RDA.

Con expresiones glaciales, los jefes de los colosos atómicos abandonaron la embajada.

Nikita Kruschev y John F. Kennedy dialogan en Viena en 1961 sobre el futuro de Alemania.

Kennedy emprendió el regreso con un memorándum donde Kruschev había precisado sus condiciones: desmilitarizar el Berlín occidental para su conversión en una ciudad libre, es decir, desprovista de la protección occidental.  Una de dos: o las potencias beligerantes firman un tratado de paz con ambos gobiernos germanos, o la Unión Soviética lo hará unilateralmente con la RDA.  En el Berlín occidental, enclavado en el territorio de la RDA, deben prescribir los derechos de ocupación.  Contingentes militares simbólicos de las tres potencias occidentales podrán estacionarse en Berlín, siempre y cuando los acompañen tropas soviéticas.  Se debe fomentar entre los alemanes la necesidad de unirse para formar una parte contratante del tratado.  En este documento, el gobierno soviético dio un plazo de seis meses, aunque fijando el mes de diciembre de 1961 como término improrrogable.

Desde Viena se dirigió a Bonn Foy Kohler, encargado del departamento “Europa” dentro del Departamento de Estado norteamericano, para presentar al canciller federal, Konrad Adenauer, una copia del documento soviético sobre las cuestiones alemana y berlinesa.  Kennedy deseaba saber si el jefe del estado alemán aceptaría un encargo de América, Francia e Inglaterra, consistente en ponerse en contacto con el gobierno de la RDA para acordar antes de seis meses una postura común sobre el tratado de paz.  Al mismo tiempo, Moscú sugeriría esa conversación entre alemanes al Berlín oriental.  Si Bonn no quisiera establecer contacto con Walter Ulbricht (presidente del Consejo de la RDA), se podrían firmar tratados de paz bilaterales, es decir, Occidente-Bonn por un lado, y Moscú-Berlín oriental por otro.  Caso de rechazarse también esta propuesta, se podía tener la seguridad de que el Kremlin firmaría por su cuenta el tratado con la RDA.

Kohler había preparado un informe para Kennedy donde sostenía que los soviéticos no escenificarían una crisis sobre Berlín hacia fines de 1961, sino en el mes de agosto.  El porque de esta fecha tenía que ver con Kruschev, que necesitaba acrecentar su prestigio para la XXII Asamblea del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) el 17 de octubre.  De otro lado, los comicios electorales de la República Federal, señalados para mediados de julio, desempeñaban también un destacado papel en el plan cronológico soviético.

En la República Federal se observó cómo se desplazaban los acentos en la política mundial desde el ultimátum de Kruschev planteado el mes de noviembre de 1958 para hacer de Berlín occidental una “ciudad libre”.  Al parecer, Berlín oriental y la RDA habían roto ya toda relación con el Occidente, rescindiendo por tanto las obligaciones anejas al acuerdo de Postdam, así como los pactos de la República Federal, aquellos inicios aprovechables para una futura unificación.

Debemos señalar que en el mes de enero de 1961, el embajador soviético en Berlín oriental, Mijail Fervujin había hecho saber a Ulbricht que el proyecto de “ciudad libre” de Berlín se conservaba aún en hielo.  Era preciso aplazar nuevamente el término asignado (abril de 1961) para la firma del tratado bilateral entre Moscú y Berlín oriental.  Kruschev quería averiguar primero cómo evolucionarían sus relaciones con el nuevo presidente estadounidense, quién había ocupado el cargo hacía poco tiempo como hemos visto.

A mediados de mayo, los aliados de la OTAN volvieron a hacer patente su desinterés por el Berlín oriental.  Durante la Asamblea de Oslo formularon los tres puntos esenciales que estaban dispuestos a defender: la presencia de las tropas aliadas en el Berlín occidental, accesos a la ciudad para los aliados y viabilidad para la población berlinesa occidental.  No se mencionó el Berlín oriental, dando a entender que caía dentro de la órbita soviética y que, por tanto, no tenían derecho a inmiscuirse.

En el Departamento de Estado norteamericano se había creado el “grupo de estudios Berlín” (Berlín Task Force) que estaba “de guardia” las veinticuatro horas.  Hacia principios del mes de junio se había elaborado un informe para responder a una pregunta: ¿podría conducir realmente la crisis de Berlín a una guerra?.  La respuesta fue tajante y clara: “Sí”.  Por su parte, el secretario de defensa McNamara detalló los planes secretos de la OTAN para afrontar un posible conflicto sobre Berlín: caso de que los soviéticos negasen el acceso a las potencias occidentales, se concentrarían en la frontera zonal tropas de la OTAN y, entre ellas, también algunas unidades del ejército de la República Federal.  Un grupo de combate ocuparía seguidamente el punto de control de la RDA en Marienborn, junto con toda la zona circundante, tras lo cual se avanzaría por la autopista camino de Berlín.  Al mismo tiempo, Washington, Londres y París exigirían tajantemente al gobierno soviético que despejara el camino a Berlín y levantara el bloqueo.  Si las tropas rusas o alemanas orientales ofrecieran resistencia, los aliados emplearían armas atómicas tácticas, puesto que eran inferiores al Este en armamento convencional.  El ex Secretario de Estado Dean Acheson apoyó este plan respaldándolo con un análisis político según el cual la Unión Soviética no buscaba Berlín, sino un tanteo de fuerzas y la humillación americana.  Si Kruschev se sintiera suficientemente fuerte intentaría quebrantar la voluntad de occidente ante un mundo expectante.  A decir verdad, el Occidente carecía de unidad ya que los aliados estaban divididos, y de los países neutrales no cabía esperar el menor apoyo.  Puesto que las fuerzas de tierra estadounidenses eran inferiores a las del bloque oriental, Estados Unidos tendría solamente una alternativa para impresionar y frenar a Kruschev: la bomba atómica.

A las tesis de McNamara y Acheson, el presidente opuso su antítesis: la voluntad americana de defensa debe ser convincente.  Mientras que los Estados Unidos se apoyen exclusivamente en la bomba atómica, los soviéticos desestimarán la resolución occidental de luchar por Berlín y defender adecuadamente ese puesto avanzado.  Sólo se les puede convencer mediante el refuerzo de las unidades convencionales en Europa.  Éstas deben tener potencia suficiente para atajar la ocupación de Berlín occidental por los soldados alemanes orientales.

En contra de esta argumentación, Acheson opuso, según lo anotó Sorensen (consejero de Kennedy) que Kruschev sólo se intimidaría cuando tuviese la certeza de que los Estados Unidos desencadenarían una guerra atómica por Berlín si fuera necesario.  Propuso que se decretara inmediatamente el “estado de emergencia nacional”, así los soviéticos no pondrían en duda que Estados Unidos hablaba con seriedad sobre Berlín. El presidente se opuso.  Era mejor esperar a que Moscú concertara un tratado de paz con Ulbricht y atentara de verdad contra los accesos de Berlín para tomar en ese caso una decisión definitiva. Los partidarios del curso inflexible (“halcones”) se enfrentaron en Washington con los defensores del caminar pausado (“palomas”), anticipando el curso futuro de numerosas situaciones.

Los especialistas en el Kremlin, como el embajador americano en Moscú Thompson, y su predecesor Harriman, aconsejaron que se procurara impresionar a los soviéticos mediante acciones rotundas, pero espaciadas que, además, no hiciesen cundir el pánico entre los aliados.  Sorensen apuntó: “según otros asesores, la fanfarria bélica sembraría tal vez el desconcierto entre los soviéticos obligándoles a hacer, por su parte, una enérgica declaración y a adoptar medidas militares para endurecer su postura negociadora”.

El 19 de julio a las 16.00 horas, Kennedy convocó en la sala de conferencias de la Casa Blanca al Consejo Nacional de Seguridad y anunció su decisión: se elevaría el presupuesto militar a 3.200 millones de dólares, se movilizaría a los reservistas, y se proclamaría el estado de alarma en Berlín occidental.  Los Estados Unidos seguirían dispuestos a negociar con Moscú, pero cuadrándose en posición militar.

Entre soviéticos y americanos se enfriaron las relaciones.  Ambas potencias estuvieron a punto de la movilización general.  Kruschev suspendió el licenciamiento ya previsto de 1,2 millones de soldados.  El presupuesto militar soviético se incrementó en un tercio y alrededor de Berlín se concentraron unidades soviéticas y alemanas orientales (sumando un total de 67.500 soldados).  El Pentágono dispuso que se reforzara el ejército hasta su contingente máximo de 1 millón de soldados, se enviaron 3.500 de ellos a Europa por vía aérea para compensar, al menos simbólicamente, la superioridad del Este (165 divisiones del Pacto de Varsovia, frente a 49 divisiones de la OTAN).

Esta situación de tensa espera era vivida por la población alemana con creciente inquietud.  En los campamentos berlineses de tránsito –lugares destinados a recibir los refugiados que escapaban de la RDA- aumentaron las cifras de fugitivos.  Solamente entre los meses de junio y julio de 1961 llegaron 50.000 evadidos.  Entonces cundió un rumor por la RDA: Ulbricht cerrará pronto la puerta hacia el Oeste.  Esta amenaza no hizo sino aumentar la intensidad de la huída.

Este movimiento de evasión preocupó a Kennedy.  Según la CIA, los asuntos estaban al rojo vivo en la RDA, el movimiento de evasión era cada vez mayor y no se excluía la posibilidad de un nuevo levantamiento (recordemos que el 18 de junio de 1953, las tropas soviéticas tuvieron que reprimir violentos disturbios iniciados dos días antes, cuando se decidió el aumento de un 10% de las cuotas de producción impuesto a los obreros de la construcción.  El saldo fue de 21 muertos, 187 heridos y 1.200 detenidos).  En Alemania, el servicio secreto federal, bajo la dirección de Reinhard Gehlen, compartía la misma opinión.  Éste previno al canciller, y la embajada de Estados Unidos en Bonn informó al Departamento de Estado.

El temor de que Estados Unidos pudiera verse envuelto en una guerra con la Unión Soviética a causa de los fugitivos alemanes indujo al senador William Fullbright, presidente de la Comisión de Política Exterior del Senado norteamericano a favorecer los deseos de Kruschev y de Ulbricht.  En un discurso televisado el 30 de julio, Fullbright declaró: “Me parece incomprensible que los alemanes orientales no hayan cerrado todavía sus fronteras; tienen pleno derecho a hacerlo, creo yo.  Nosotros sin embargo, no tenemos derecho a pedirles que autoricen la salida de los fugitivos”.  Cuando se solicitó del presidente su opinión sobre las manifestaciones del senador, Kennedy no lo contradijo: “Nada puedo decir sobre el cierre de las fronteras zonales propuesto por Fullbright.  El gobierno no está interesado en ese problema”.  Más contemporización.

El editor alemán Axel Springer confesó a Ed Murrow que se acusaba de no haber intervenido con la diligencia necesaria para evitar el genocidio de 6 millones de judíos y los subsiguientes cargos contra el pueblo alemán.  Ahora no quería tener que reprocharse otra vez su tardía denuncia de una segunda matanza: “Si los soviéticos echan las compuertas, tendremos una nueva Hungría en la RDA; y el Occidente mirará para otro lado como hizo ya en 1956”.  Springer repitió la advertencia que había hecho llegar al presidente del Parlamento alemán Gerstenmaier: “El alambre de espino dividirá Alemania en dos, y quien pretenda huir será abatido a tiros sobre la alambrada”.

Precisamente por estas fechas (abril de 1961) Kennedy había tomado la nefasta decisión de autorizar la invasión de Cuba por los exiliados cubanos.  Sin el apoyo aéreo estadounidense, que el presidente creyó obligado negarles, los rebeldes sucumbieron luchando contra Castro en la bahía de Cochinos.  Kennedy se consideró responsable de la matanza –no sin razón- y no quiso dejarse arrastrar hacia un nuevo desastre, máxime cuando esta vez podría conducir al enfrentamiento con una potencia universal.  El presidente sólo temía una cosa: provocar una guerra nuclear por una decisión incorrecta.

La situación de los desplazados había sido tratada por la comisión planificadora estatal de la RDA.  En el mes de febrero se le expuso a Ulbricht el balance de fugas correspondiente al año 1960: 199.188 ciudadanos, estudiantes, obreros y campesinos se habían escapado (de estos, 151.291 lo había hecho por los límites entre sectores hacia el Berlín occidental, y el resto a través de la frontera zonal).  La cuestión que se planteaba el presidente de la RDA era cómo podía evitar la emigración de los ciudadanos y su captación por los agentes occidentales, aun cuando el camarada Kruschev desease aplazar la regulación del problema del Berlín occidental (como hemos apuntado, quería esperar conocer a Kennedy para saber cómo reaccionaría).

El 29 de marzo de 1961, a las 9.00 de la mañana, se reunieron en el Kremlin los Jefes de Gobierno y del Partido Comunista de la RDA, Polonia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Checoslovaquia y la Unión Soviética (integrantes del Pacto de Varsovia).  Todos los participantes llevaron a sus economistas dado que la cuestión a debatir tenía que ver con el hecho de que los planes económicos de la RDA no podrían materializarse por falta de fuerza laboral, y el Berlín oriental demoraría sus exportaciones a los países del Pacto de Varsovia, perjudicando con ello la labor de consolidación en el “campo socialista”.  El jefe del partido comunista polaco Wladislaw Gomulka quiso saber cómo pensaba contenerse la evasión.  Ulbricht respondió textualmente: “La pregunta del camarada Gomulka tiene exclusivamente una respuesta, sólo podremos evitar las graves mermas de nuestra producción planificada mediante la rigurosa incomunicación del Berlín occidental con nuestra capital y la RDA.  Es preciso taponar los escapes del Berlín occidental con barreras, centinelas de nuestros cuerpos armados fronterizos y, tal vez, también alambradas”.  Tras una votación de la propuesta, se rechazó con el único voto a favor del propio Ulbricht.

En la primera mitad de 1961, más de 100.000 alemanes orientales escaparon de la RDA, figurando entre ellos muchos especialistas insustituibles de la industria.  En el mes de junio Moscú reaccionó militarmente.  Con el pretexto de equilibrar los refuerzos americanos enviados a Europa, el alto mando soviético destacó nuevas formaciones militares en Polonia, mientras que otras unidades armadas se situaron en viaductos, centrales eléctricas, embalses y almacenes de la RDA.

En julio, John McCloy, nombrado alto comisario estadounidense en Alemania, se encontraba de viaje con su familia recorriendo la Unión Soviética y mantuvo un encuentro con Kruschev en su dacha del mar Negro.  Allí, el mandatario soviético expuso al americano su mayor preocupación: la huída masiva desde la RDA, que preconizaba le riesgo de un levantamiento y el subsiguiente ataque alemán occidental contra la RDA.  McCloy intentó disipar las preocupaciones de su anfitrión: Alemania occidental se hallaba bajo la supervisión estadounidense y encuadrada en la OTAN por lo que Bonn no podía desencadenar unilateralmente una guerra.  Tras su vuelta a Estados Unidos, Kennedy escuchó la crónica de este viaje y comentó: “Yo puedo hacer intervenir a la OTAN si Kruschev realiza alguna maniobra contra Berlín occidental, pero no si limita su acción al Berlín oriental”.

De nuevo en agosto, Kruschev convocó una otra reunión en el Kremlin con los miembros del Pacto de Varsovia:  “Ha llegado el momento de auxiliar al camarada Ulbricht para que pueda salvar sus presentes dificultades.  Los países del sistema federativo de Varsovia deben señalar con un solo dedo a los “revanchistas y conquistadores” de Alemania occidental.  Por ello, propongo que esas fronteras herméticas y guarnecidas de la RDA no sean una responsabilidad exclusiva de su Gobierno y de la URSS.  Tras esa acción deberían figurar los siete confederados”.  De esta forma, Ulbricht consiguió su autorización para edificar el muro, y desde ese momento se ocupo únicamente de los detalles.  Sus militares expertos habían llegado a la conclusión de que una alambrada –como se determinó en un principio- no sería suficiente para asegurar la frontera.  Su sugerencia fue construir un muro a lo largo de 46 kilómetros, la longitud de la línea divisoria entre los sectores berlineses.  Pese a todo, Kruschev sugirió una fórmula de compromiso: aplazar la construcción definitiva de las defensas fronterizas hasta que se supiera a ciencia cierta cómo se comportaría el mundo occidental.  En una primera etapa se debería adoptar cada medida con la mayor elasticidad posible para que el Este pudiera reaccionar con movilidad si el Oeste –contra todo lo esperado- se mostrara agresivo frente a la RDA.

El líder soviético hizo llamar al mariscal Iván Stepánovich Kóniev y le entregó sus órdenes: levantar las barreras fronterizas en Berlín con equipos de la RDA; en caso de una acometida occidental, desplazar dos veces unos cien metros hacia Berlín oriental las barreras y los destacamentos de seguridad de la RDA; y si se acentuara la penetración de los contingentes occidentales hacia Berlín oriental, hacer entrar en posición a las fuerzas armadas soviéticas.  La suerte estaba echada.

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¿Desvelado por fin el secreto de Tutankamon?

¿Desvelado por fin el secreto de Tutankamon?

     Última actualizacón: 2 abril 2018 a las 17:52

El 17 de febrero se publicó en el Journal of the American Medical Association (JAMA) un artículo que ha provocado muy diversas reacciones. Encabezado por el Dr. Zahi Hawass, Secretario General del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, han participado en el estudio 17 personas (entre colaboradores y científicos de diversos campos) que han puesto su empeño en resolver uno de los misterios que más ha llamado la atención del público en general: desvelar la causa de la muerte de Tutankamón. Aunque no era éste el único objetivo del estudio, ha sido el que más titulares ha provocado, así como el centro de diversas críticas provenientes tanto de la comunidad científica, como de otros estudiosos y de algunos medios de comunicación (parte importante de esta reacción ha tenido que ver con la personalidad del propio Dr. Hawass y su desmesurado interés por mediatizar todos los descubrimientos).

Faraón de Egipto durante el Imperio Nuevo (periodo de tiempo comprendido entre los años 1550 a.C. y 1295 a.C. aproximadamente) el rey Tutankamón cobró relevancia mundial por el descubrimiento de su tumba, hallada relativamente intacta, por Howard Carter en 1922. La tumba se identifica con las siglas KV62, que significa la tumba 62 del Valle de los Reyes (King Valley). Poco se conoce acerca de su reinado, salvo que murió relativamente joven, a los 19 años, tras nueve o diez años en el trono (la cronología convencional de la dinastía XVIII establece que reinó entre los años 1345 a.C. y 1335 a.C.).

Tiempo después de su fabuloso descubrimiento, Howard Carter escribió un libro titulado «La tumba de Tutankamón» en el que realizó el siguiente comentario acerca de lo que se conocía de su biografía:

Sabemos que nació, reinó y fue enterrado en el Valle de los Reyes.

Siguiendo a Kuhrt (2000), podemos exponer de forma aproximada la sucesión de los acontecimientos de este periodo: a Amenofis III (1403-1364) le sucedió su hijo, Amenofis IV (1364-1347) quien cambió su nombre por el de Akhenatón en un momento dado (cambio relacionado con lo que ha venido en denominarse la “herejía de Amarna” al suprimir el culto al dios Amón, y sustituirlo por el de Atón). Se casó con Nefertiti, con la que tuvo por lo menos seis hijas. Según parece, al morir Nefertiti poco después del decimocuarto año de su reinado, contrajo matrimonio con una de sus hijas. Tras el fallecimiento de Akhenatón lo sucedió Tutankhatón (posiblemente un hermano), que cambió su nombre por el de Tutankamón y reinó durante unos nueve años (1345-1335); se casó con una de las hijas de Akhenatón, Ankhes-en-pa-atón, quien también cambió su nombre por el de Ankhes-en-amón.

Aunque en la actualidad se ha avanzado algo más en el conocimiento de los detalles de su vida, es cierto que aún siendo el faraón del que más páginas se han escrito, son muy fragmentarios y todavía inciertos algunos de sus aspectos biográficos, lo que es comprensible, teniendo en cuenta el momento turbulento de la historia de Egipto en el que le tocó vivir y reinar.

Los objetivos del artículo titulado «Ancestry and pathology in King Tutankhamun´s family» son avanzar en la egiptología molecular y médica, con la intención de determinar las posibles relaciones familiares entre 11 momias reales del periodo estudiado (Imperio Nuevo), así como buscar rasgos patológicos que puedan determinar la causa de la muerte, consanguinidad, enfermedades hereditarias y enfermedades infecciosas del linaje real. Para lograrlo, se han escaneado mediante un tomógrafo (instalado en un camión) todas las momias, así como se han llevado a cabo estudios de ADN analizando muestras tomadas de los huesos.

Los resultados del análisis genético han determinado que los bisabuelos de Tutankhamón son Yuya (KV46) y Tuya (KV46), sus abuelos Amenhotep (Amenofis) III y Tiy (KV35EL), mientras que sus padres serían Akhenatón (KV55) y la momia denominada KV35YL (que aún no ha sido identificada con certeza).

Hasta ahora se habían planteado varias hipótesis acerca de los posibles progenitores de Tutankamón. La que agrupaba más consenso entre los estudiosos era la que consideraba a Akhenatón y Kiya como sus padres, aunque algunos autores, como Amélie Khurt, se han decantado por Amenofis III, siendo su madre una concubina de su harén (por lo tanto, Tutankamón sería hermano –hermano de padre- de Akhenatón). Esta posibilidad está apoyada por numerosas inscripciones halladas en diversos templos y otros lugares. Sin embargo, dado el largo periodo de reinado de Akhenatón (17 años) y que Tutankamón fue coronado cuando tenía alrededor de 9 años, solo sería posible si Amenofis III hubiera compartido el trono con Akhenatón durante al menos 12 años, hecho que está completamente descartado. En definitiva, lo que la comunidad científica podía afirmar era que no existía una teoría que pudiera considerarse científicamente histórica puesto que no había datos suficientes que permitieran establecer claramente la genealogía de Tutankamón.

Una posibilidad de superar este obstáculo se presentó en 1996 cuando el egiptólogo Alain Zivie descubrió en Saqqara la tumba de Maia, la nodriza de Tutankamón. El arqueólogo pensó que por fin podría desvelar el misterio de la ascendencia del joven faraón con un estudio en profundidad de la tumba, sus frescos e inscripciones, pero sufrió una gran decepción ya que los nombres de los padres de Tutankamón no aparecieron.  De nuevo se hurtaba la posibilidad de desvelar este misterio.

Por lo tanto, ha sido necesario realizar un estudio genético completo a numerosas momias reales, convenientemente autorizado por el Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, para intentar hallar una solución a la cuestión y poder así salir de dudas, ¿o es que aún quedan algunos interrogantes al respecto?

Linaje real Tutankamon.

Hemos de tener en cuenta que los análisis genéticos de este tipo (que deben realizarse a partir de muestras muy antiguas, y en ocasiones muy deterioradas por el propio proceso de momificación) no siempre ofrecen resultados concluyentes. Sin embargo, el estudio confirma que la momia identificada como KV55 es el padre de Tutankamón con una probabilidad del 99,99999981%, mientras que la momia KV55YL (apodada younger lady) es la madre con una probabilidad del 99,99999997%. Queda totalmente descartado que Amenofis III fuera el padre de Tutankamón, mientras que sí lo es de la momia KV55 con una probabilidad del 99,99999999%. Por lo tanto, los análisis confirman que Amenofis III es el padre de la momia KV55, y que ésta es, a su vez, el padre de Tutankamón.

Pero, ¿cómo se ha identificado la momia encontrada en la tumba KV55 con Akhenatón?  Los análisis antropológicos han establecido que esta momia no vivió los 20 años que se pensaba hasta ahora, sino que tenía entre 35 y 45 años cuando murió. Este hecho, unido a la prueba de que Amenofis III y la reina Tiy son los padres de la momia KV55, junto con otros datos arqueológicos, llevan a los autores a afirmar que la momia de la tumba KV55 es casi con total seguridad Akhenatón.

Bien, tras lograr identificar al padre del joven faraón, queda por tanto determinar quién es la momia denominada KV55YL, que con seguridad es la madre de Tutankamón .

A este respecto se puede negar con rotundidad que Nefertiti fuera la madre de Tutankamón. Según los resultados del estudio genético, la momia KV55YL era hermana de Akhenatón (hija de Amenofis III y de Tiy) por lo que se descarta su identificación con Nefertiti o Kiya, ya que no hay constancia alguna de que éstas fueran hijas de Amenofis III. Así, Tutankamón tuvo que ser el descendiente de una de las cinco hijas de Amenofis III y deja por tanto como candidatas más probables a ocupar el puesto a Nebetiah o Beketatón, ambas por tanto hermanas de Akhenatón. Dado que faltan más datos que apoyen esta afirmación, el estudio únicamente deja abierta esta posibilidad y pone un interrogante sobre la momia KV55YL, que permanece por tanto sin identificar de forma concluyente.

Hasta aquí la parte del trabajo destinada a establecer el linaje real de Tutankamón. Sin embargo, hay otros aspectos que han sido tratados en el estudio y que, como ya hemos señalado, tienen que ver con las enfermedades que padeció y con la posible causa de su muerte.

Se descarta que falleciera asesinado. En su lugar, se ha podido establecer que no podía caminar debido a una enfermedad necrótica de los huesos (enfermedad de Köhler) que le obligaba a usar bastones (se encontraron más de 130 en su tumba). Del mismo modo, se afirma que padeció malaria, aunque estos datos no son concluyentes.

De hecho, un artículo publicado en la revista Nature en el que se incluyen aportaciones de numerosos investigadores, cuestiona las conclusiones médicas del estudio acerca de las enfermedades que sufrió Tutankamón y que le pudieron causar la muerte. No se sugiere que el grupo exagerara o malinterpretara los datos, sino que las afirmaciones del estudio acerca de la causa de la muerte del faraón son especulativas.

Evaluar las enfermedades de las momias antiguas es una tarea muy difícil dados los efectos producidos por el proceso de embalsamamiento y el mero transcurso del tiempo, así como por el hecho de que la mayoría de los órganos internos no han podido ser analizados. Por lo tanto, concluyen, las afirmaciones acerca del linaje genético de las momias reales son mucho más convincentes que la determinación de las posibles causas de la muerte de Tutankamón que se sugieren.

En definitiva, podemos congratularnos de que se comiencen a realizar estudios de este tipo en los que se empleen los medios y las tecnologías más modernas para aportar más datos con los que contrastar los descubrimientos arqueológicos realizados sobre el terreno.

Referencias

Hawass, Z. (2010). Ancestry and Pathology in King Tutankhamun’s Family. JAMA: The Journal of the American Medical Association, 303 (7) DOI: 10.1001/jama.2010.121

KUHRT, A. 2000. El Oriente Próximo en la Antigüedad (c. 3000-330 a. C.). Barcelona: Editorial Crítica. 2 vols. 493 p.; 416 p.

TYLDESLEY, J. 2006. Los descubridores del antiguo Egipto. Barcelona: Destino. 293 p., [28] p. de lám.

Publicado por José Luis Moreno en Historia antigua, MEDICINA, 2 comentarios
El muro de Berlín (I)

El muro de Berlín (I)

     Última actualizacón: 8 agosto 2017 a las 11:46

Hace pocos meses se celebró el vigésimo aniversario de la caída del “Muro de Berlín”, esa barrera que dividió durante casi treinta años, tanto la ciudad alemana como la vida de sus ciudadanos y la del mundo, en dos bloques enfrentados.

Quien haya estado interesado, ha podido ver numerosos documentales, especiales informativos y leer numerosas noticias exponiendo los hechos que llevaron al final de la era soviética.  Sin embargo, me parece importante precisamente en estos tiempos que vivimos, recordar cómo se levantó el muro y bajo que condicionantes.

Domingo, 13 de agosto de 1961 en Berlín occidental.  Hora, la 1:11 de la madrugada de una noche de verano.  Una noche aparentemente normal, o eso pensaban los ya acostumbrados ciudadanos berlineses. En ese momento se da publicidad a un comunicado del Pacto de Varsovia:

Los gobiernos de las naciones del Pacto de Varsovia se han dirigido a la Asamblea Popular y al gobierno de la RDA, así como a todos los trabajadores de la República Democrática Alemana proponiéndoles que establezcan un nuevo orden en la frontera occidental de Berlín, con objeto de atajar eficazmente las maquinaciones urdidas contra los países del campo socialista, e implantar una vigilancia segura y un control efectivo en torno a toda la zona del Berlín occidental, incluyendo sus fronteras con el Berlín democrático.

A las tres de la madrugada, las instituciones del sector occidental comienzan a recibir los informes que detallan lo que está sucediendo: a lo largo de los sectores fronterizos se está levantando el adoquinado de las calles y tendiendo alambradas, barreras que están siendo vigiladas por miembros de la policía y militares de la RDA.

El Consejo de Ministros confirma que los ciudadanos de la República democrática alemana no podrán atravesar las fronteras de Alemania a no ser que dispongan de una autorización especial.  En Berlín, únicamente trece de las ochenta y ocho calles y vías que han mantenido unidas hasta ese momento las dos partes de la ciudad continúan todavía abiertas al tránsito fronterizo.

La situación que se vivía en Berlín y en el resto de la Alemania dividida en ese año de 1961, tuvo su origen antes incluso de que finalizase la 2ª Guerra Mundial.  Los planes políticos para el final de la guerra se estaban trazando entre los aliados (americanos, ingleses y soviéticos) desde 1942 cuando se decidió la invasión del continente europeo en el futuro desembarco de Normandía.  A estos efectos se creó una Comisión de Asuntos Europeos que estudió las diferentes posibilidades de actuación en Alemania y Austria cuando el conflicto finalizase.  De esta firma se tomó la decisión de dividir el territorio alemán entre los tres aliados (Francia no había sido incluida aún en el acuerdo), permaneciendo Berlín como una ciudad libre centro de las instituciones, y administrada de forma conjunta por las tres potencias vencedoras.

Tras el desembarco aliado en Francia, el ejército de Stalin tuvo su tan ansiado respiro con la creación del frente occidental, que supuso la retirada de parte de las tropas alemanas que se le enfrentaban en el este, enviadas a reforzar el oeste.  Mientras la invasión prosperaba, el ejército rojo tomó ventaja y se internó en Alemania antes que los aliados occidentales.  Finalmente, en una decisión que puede ser catalogada como de tragedia, se permitió que el ejército soviético por sí solo se encargara de la conquista de Berlín, logrando de esta forma lo que Eisenhower quería evitar a toda costa: la muerte de alrededor de 100.000 solados americanos (coste de la batalla por Berlín según los cálculos realizados por el Estado Mayor).  De hecho, Eisenhower consideraba la toma de la ciudad un objetivo secundario en el esfuerzo bélico aliado.

El mariscal británico Sir Bernard Law Montgomery hizo más tarde este comentario acerca de la cuestión: “los americanos no pudieron comprender que el triunfo estratégico de una guerra reporta pocos beneficios si uno pierde políticamente… La guerra es un instrumento político; tan pronto como se haga perceptible que la estamos ganando, las consideraciones políticas deben determinar su curso posterior.” (siguiendo la doctrina expuesta por Carl von Klausevitz en su magna obra “De la guerra”).

Como hemos apuntado, la llamada Comisión asesora europea había presentado un proyecto de ocupación de Alemania el 12 de septiembre de 1944 en Londres, donde se determinaba que Berlín sería el centro administrativo de las tres zonas de ocupación.  Las tres potencias podrían estacionar allí tropas y personal diplomático, y con tal fin, se dividiría la ciudad en tres sectores.  A nadie pareció importunarle que Berlín estuviera dentro de la zona soviética, a 160 kilómetros de los límites fronterizos de las zonas occidentales, y que no se había previsto ninguna vía de acceso especial para las potencias angloamericanas.  No se había seguido el consejo de dividir el territorio como una “tarta” de forma que todos los sectores tuvieran acceso directo desde sus zonas de ocupación a Berlín.

Tras la caída del régimen nazi, el general Eisenhower, primer gobernador militar americano en Alemania, encargó al general Lucius D. Clay para que recabara de Georgi Zhúkov (comandante supremo soviético en Alemania) el derecho de tránsito sin limitaciones desde, hacia y dentro de Berlín.  Clay, apoyado por el general británico Sir Ronald Weeks, exigió a Zhúkov que garantizara las vías de comunicación, pero el mariscal soviético no quiso comprometerse afirmando que el ejército necesitaba los enlaces para sus propios transportes de tropa.  En definitiva, las potencias occidentales deberían considerar el acceso a Berlín como un privilegio concedido por la Unión Soviética, pero no como un derecho adquirido.  Por el momento, los aliados podrían utilizar la autopista de Hannover a Berlín, pasando por Helmstedt, una línea férrea y dos corredores aéreos.  En Berlín, estarían a su disposición el aeropuerto de Tempelhof (en el sector americano) y el de Gatow (en el sector británico).  El 14 de junio de 1945, el presidente Truman envió un mensaje a Stalin rogándole que confirmara el derecho de libre acceso a Berlín.  Winston Churchill hizo lo propio, pero Stalin se limitó a mantener silencio.  Ante esta actitud, Washington y Londres sobreentendieron que se les concedía el libre acceso a Berlín.

Churchill, el político y estadista más importante del siglo XX, ofreció un discurso en mayo de 1945 tras la rendición incondicional alemana donde afirmó:

Todavía hemos de asegurarnos en el continente europeo de que los fines sencillos y honrados por los que entramos en la guerra no sean echados a un lado o descartados en los meses que sigan a nuestros éxitos, y que las palabras “libertad”, “democracia” y “liberación” no pierdan su verdadero significado, tal y como nosotros lo hemos comprendido.  Sería inútil castigar a los hitlerianos por sus crímenes si no reina la ley, la justicia, y si un Gobierno totalitario o policíaco ha de ocupar el puesto de los invasores alemanes […].

Qué palabras más proféticas de un hombre que se acercaba al final de su mandato político.

Como se venía fraguando, tras diversos desencuentros, el 20 de marzo de 1948 se materializó la ruptura entre los antiguos aliados.  El mariscal Sokolovski se levantó de la mesa del Consejo aliado junto con toda la delegación rusa.  Salvo una breve visita en agosto de ese año, los soviéticos sólo acudieron una vez más a este organismo: en 1954 junto con el ministro de asuntos exteriores Molótov para asistir a la conferencia cuatripartita sobre Alemania.

A partir de este momento se fueron precipitando los acontecimientos.  El 30 de marzo de 1948 los soviéticos anunciaron que harían retroceder todos los transportes militares si las potencias occidentales seguían negándoles la inspección de los pasajeros y sus equipajes.  Los trenes de mercancías necesitarían una autorización rusa para abandonar Berlín.  El general Clay recomendó una reacción firme a Washington: “No podemos tolerar que los representantes de otras potencias inspeccionen nuestros convoyes militares, ello atentaría contra el derecho de acceso libre y sin impedimentos a Berlín, que fue la condición previa para evacuar nuestras fuerzas de Turingia y Sajonia”.

Los rusos siguieron acentuando un bloqueo preliminar contra las potencias occidentales.  Detuvieron todos los trenes de viajeros que abandonaban Berlín.  El 12 de junio de 1948 por parte soviética se cortó el tránsito de la autopista hacia Berlín, alegando reparaciones urgentes en un puente.

Complicando aún más si cabe las ya tensas relaciones, el 23 de junio Sokolovski designó oficialmente el marco alemán como único instrumento de cambio en Berlín, y un día después los gobernadores militares occidentales introdujeron el marco occidental en sus sectores como instrumento legal de cambio.  Entretanto, la Unión Soviética había encontrado un subterfugio para expulsar a los americanos de la ciudad.  El 24 de junio, a las 6 de la madrugada, los rusos paralizaron todo el tránsito ferroviario entre Berlín y las regiones occidentales por “dificultades técnicas”.  Se impidió la circulación en las autopistas así como la navegación fluvial hacia Berlín.  Las centrales eléctricas bajo supervisión soviética cortaron la electricidad al Berlín occidental.   Del mismo modo, se amenazó a los berlineses occidentales con el corte definitivo del agua.  Se produjo el bloque efectivo de la ciudad.

Ante esta situación, el Estado Mayor americano no pudo sugerir una recomendación unánime, los británicos se mostraron escépticos, mientras que los franceses optaron por la necesidad de retirarse de Berlín.  La decisión final recayó por entero en el general Clay.  Este no se achantó ante el bloqueo y el estado de las fuerzas militares americanas y, siendo consciente de lo dramático de la situación para la población, ordenó telefónicamente al jefe de las fuerzas aéreas estadounidenses en Alemania, teniente general Curtis LeMay (con base en Wiesbaden) que dispusiera todos los aparatos de transporte para el despegue y, al día siguiente, enviara provisiones hacia Berlín a través de los tres corredores aéreos autorizados sobre la zona soviética.  El 25 de junio de 1948 el primer C-47 cargado de víveres tomó tierra en el aeropuerto de Tempelhof, lo que supuso el comienzo del puente aéreo para sostener a una población de más de 2 millones y medio de personas.

En lugar de actuar militarmente enviando tropas por vía terrestre hacia Berlín, se había tomado una decisión: las potencias occidentales desistieron de su derecho de acceso a Berlín por vía terrestre y fluvial, hacia los tres pasillos aéreos para transportar de forma continua víveres y materias primas a las zonas occidentales de la ciudad.

Hacia el mes de agosto de 1948, los soviéticos comprendieron que los aliados occidentales se proponían conservar Berlín por encima de todo.  Entonces, Moscú resolvió desmontar la administración conjunta de la ciudad y desmembrar definitivamente la antigua capital del Reich incomunicando el Berlín oriental.  El 30 de noviembre de 1948 se constituyó en el sector soviético una administración municipal manipulada por el SED (partido socialista unificado alemán) con Friedrich Ebert como alcalde.  Cinco días después, los berlineses occidentales eligieron su propio cuerpo parlamentario, convirtiéndose Ernst Reuter en el alcalde gobernador.  Berlín quedó por tanto dividida, si bien aún no de forma física, en un protectorado ruso y un enclave occidental.

La imagen muestra el monumento levantado en el aeropuerto de Tempelhof, donde figuran inscritos los nombres de los 39 pilotos británicos, y 31 americanos, que murieron durante la operación, y que simboliza los tres corredores aéreos.

Tras once meses de puente aéreo, el 12 de mayo de 1949 se levantó oficialmente el bloqueo de Berlín mediante un acuerdo firmado en la sede de Naciones Unidas entre el representante de EE.UU., Philip Jessup, y el delgeado soviético Jacob Malik.  Robert Murphy, embajador y consejero político del presidente norteamericano analizó lo sucedido:

Cuando se levantó el bloqueo al cabo de un año, o poco menos, la prensa y la opinión pública americanas lo celebraron como una resonante victoria de las potencias occidentales… Muy pocos observadores parecieron comprender que nuestro designio de sustentarnos exclusivamente con el puente aéreo equivalía al repudio de los derechos adquiridos en Berlín, una renuncia cuyas consecuencias nos han causado considerables trastornos desde entonces.  El punto débil y crítico en el nuevo acuerdo sobre Berlín (tras el levantamiento del bloqueo) fue que el gobierno americano olvidó hacer confirmar allí sus legítimas prerrogativas para llegar hasta Berlín por carretera y vía fluvial.

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Phreaking van eck: espionaje informático por canales indirectos

Phreaking van eck: espionaje informático por canales indirectos

     Última actualizacón: 8 agosto 2017 a las 14:38

He estado releyendo el magnífico libro de Neal Stephenson titulado Criptonomicón (debo señalar que en España se ha publicado en tres volúmenes, mientras que la edición original en inglés realizada por Avon Books es uno sólo). Además de una sorprendente historia perfectamente construida, con diálogos que pueden ser leídos en diversos niveles, y una bien conformada mezcla de personajes reales y ficticios, constituye lo que muchos han venido a denominar la “biblia” de los hackers. Esto se debe a que ofrece una buena y amena introducción a la historia de la computación y a los diversos desarrollos habidos en tecnología de la información; así como una explicación de lo que supone hoy en día la seguridad informática y, por ende, de los diferentes medios de vulnerarla.

Como sugiere el título de este post, voy a centrarme en explicar lo que Stephenson llama «phreaking Van Eck» y, en general, en el espionaje informático por canales indirectos.

En el segundo libro de la edición en castellano del Criptonomicón titulado «El Código Pontifex», Stephenson nos explica este concepto a través de una apuesta que hacen dos de los personajes. La escena se desarrolla en una habitación de hotel donde Cantrell y Pekka (no entro en más detalles para no desvelar la trama de la historia) intentan acceder al ordenador de Tom Howard que está en la habitación contigua. Para ello no utilizan ningún tipo de programa invasivo.  El autor lo explica así:

Si pones una hoja en blanco sobre una lápida y le pasas la punta de un lápiz por encima, obtienes una línea horizontal, oscura en algunos lugares y tenue en otros, y sin demasiado sentido. Si vas bajando por la página a intervalos cortos, la anchura de una línea de lápiz, y repites el proceso, comienza a aparecer una imagen. El proceso de ir recorriendo la página en una serie de trazos horizontales es lo que un cerebrín llamaría escaneo de barrido, o simplemente barrido. Con un monitor de vídeo convencional -un tubo de rayos catódicos- el rayo de electrones rastrea moviéndose físicamente hacia abajo por el vidrio como sesenta u ochenta veces por segundo. En el caso de una pantalla de portátil, no hay escaneo físico; los píxeles individuales se apagan y encienden directamente. Pero aún así se produce el rastreo; lo que se escanea y se pone de manifiesto en la pantalla es una región de la memoria del ordenador llamado buffer de pantalla. El contenido del buffer de pantalla debe pegarse en la pantalla sesenta u ochenta veces por segundo o (1) la pantalla parpadea y (2) la imagen se mueve bruscamente. La forma en que el ordenador te habla no es controlando la pantalla directamente sino más bien manipulando los bits contenidos en ese buffer, con la seguridad de saber que otros subsistemas en el interior de la máquina se encargan del trabajo rutinario de mandar la información a la pantalla física. Sesenta u ochenta veces por segundo, el sistema de vídeo dice ¡mierda!, es hora de refrescar la pantalla, y va al comienzo del buffer de pantalla -que, recuerda, no es más que una zona en particular de la memoria- y lee los primeros bytes, que indican el color que se supone debe tener el píxel en la esquina superior izquierda de la pantalla. Esa información se envía a lo que sea que actualiza la pantalla, ya sea un rayo de electrones o un sistema de portátil para controlar directamente los píxeles. Se leen los siguientes bytes, normalmente los del píxel a la derecha del primero, y así hasta llegar al extremo derecho de la pantalla. Eso dibuja la primera línea de la lápida. Como ya se ha llegado al extremo derecho de la pantalla, ya no quedan más píxeles en esa dirección. Está implícito que los siguientes bytes a leer de la memoria corresponderán al píxel más a la izquierda en la segunda línea de barrido contando desde arriba. Si se trata de una pantalla de rayos catódicos, se nos produce ahora un pequeño problema de tiempos ya que el rayo de electrones se encuentra ahora en el extremo derecho de la pantalla y se le pide que dibuje un píxel en el extremo izquierdo. Debe retroceder. Eso lleva un poco de tiempo; no demasiado, pero sí mucho más que el intervalo de tiempo entre dibujar dos píxeles que se encuentran mejilla con mejilla. Esa pausa se conoce como intervalo de barrido horizontal. Se produce uno al final de cada línea hasta que el barrido ha llegado al último píxel en la esquina inferior derecha de la pantalla y ha completado un dibujo de la lápida. Pero ya es hora de empezar de nuevo, y por lo tanto el rayo de electrones (si lo hay) debe saltar en diagonal hasta el píxel de la esquina superior izquierda. Eso también lleva un poco de tiempo y se llama intervalo de barrido vertical. Esos problemas surgen de limitaciones físicas inherentes al barrido de rayos de electrones por el espacio en un tubo de rayos catódicos, y básicamente desaparecen en el caso de una pantalla de portátil como la que Tom Howard ha situado a unas pulgadas frente a Pekka, al otro lado de la pared. Pero la temporización de vídeo de la pantalla del portátil sigue el modelo de la de una pantalla de tubo de rayos catódicos. (Esto se debe simplemente a que la vieja tecnología es conocida universalmente por aquellos que necesitan comprenderla, y funciona bien, y se han creado y probado todo tipo de tecnologías y programas para funcionar dentro de ese esquema, y por qué jugar con el éxito, especialmente cuando tus márgenes de beneficios son tan pequeños que sólo se pueden detectar empleando técnicas de la mecánica cuántica, y cualquier fallo de compatibilidad con la tecnología anterior enviará a tu compañía directamente al sumidero). En el portátil de Tom, cada segundo está dividido en setenta y cinco partes perfectamente regulares durante las que se realiza un dibujo completo de la lápida seguido de un intervalo de barrido vertical. Randy puede seguir la conversación entre Pekka y Cantrell lo suficiente para comprender que ya han conseguido deducir, analizando la señal que atraviesa la pared, que Tom Howard tiene configurada la pantalla para ofrecer 768 líneas y 1.024 píxeles por cada línea. Por cada píxel, se leen cuatro bytes del buffer de vídeo y se envían a la pantalla. (Tom está empleando la definición de color más alta posible para la pantalla, lo que significa que se requiere un byte para representar cada una de las intensidades de azul, verde y rojo y otro que básicamente sobra, pero se deja por ahí porque a los ordenadores les gustan las potencias de dos, y ahora los ordenadores son tan ridículamente rápidos y potentes que, aunque todo está sucediendo siguiendo un horario que para un ser humano sería agresivo, los bytes extras no afectan en nada.) Cada byte son ocho dígitos binarios o bits, y por tanto, 1.024 veces por línea, se leen 4 x 8 = 32 bits del buffer de pantalla. Sin saberlo Tom, su ordenador está colocado justo al lado de una antena. Los cables que Pekka pegó a la pared pueden leer las ondas electromagnéticas que radian continuamente los circuitos del ordenador. El portátil de Tom se vende como ordenador no como estación de radio, por lo que podría parecer raro que estuviese emitiendo cosas. En realidad, es un efecto secundario de que los ordenadores sean bichos binarios, lo que significa que todas las comunicaciones chip-a-chip, subsistema-a-sub sistema, que se producen en el interior de la máquina -todo lo que se mueve por esas tiras planas de cables o en las pequeñas trazas metálicas en las placas de circuito consisten en transiciones de cero a uno y de uno a cero.

Siento la cita tan extensa, pero es útil a los efectos de explicar lo que quiero (además de servir para que aquellos que no han leído este libro decidan lanzarse de lleno). En definitiva, cada cable y procesador de un ordenador en funcionamiento son como diminutos emisores de radio, por lo que únicamente es preciso poseer el receptor y decodificador necesario para traducir ese ruido en imágenes y texto. Hasta aquí la teoría explicada en el libro. Pasemos a lo que se puede hacer hoy en día:

Los ataques por medio de canales indirectos se dirigen a los puntos de contacto entre el ordenador y el mundo real, a menudo escasamente protegidos: los aledaños del teclado, de la pantalla o de la impresora, sea durante las fases previas a la encriptación de la información, o una vez traducida a formas inteligibles por nosotros.

Gibbs, W. Wayt. Espionaje informático por canales indirectos, en Investigación y Ciencia, número 394, página 69.

La idea de obtener información por canales indirectos (eavesdropping en inglés) es muy antigua. Ya durante la Primera Guerra Mundial los espías clavaban varillas metálicas en el suelo cerca de las líneas de teléfono para, con la ayuda de un amplificador, captar las conversaciones. Del mismo modo, se descubrió que las ondas de radiofrecuencia que emiten los monitores de los ordenadores pueden ser reconstruidas desde una sala cercana o, incluso, desde un edificio contiguo. Con la finalidad de proteger los equipos, científicos militares estadounidenses crearon el programa “Tempest”: se trataba de establecer un apantallamiento electromagnético que impidiera la “escucha” de las emisiones.

Con la llegada de las pantallas planas se pensó que el problema estaba solucionado. Sin embargo, el doctor Markus Kuhn demostró lo contrario en su tesis doctoral. Corroboró que también este tipo de pantallas emiten señales digitales desde sus cables de vídeo que pueden ser descodificadas a distancia.

Además de esta forma de acceder a la información que se muestra en una pantalla de ordenador, también es posible detectar lo que se escribe, registrando las pulsaciones efectuadas en el propio teclado. De esta forma se pueden conocer las claves secretas, códigos PIN y cualquier otra información clasificada sin necesidad de ejecutar un programa invasivo (tipo troyano) en el equipo objetivo. Martin Vuagnoux y Sylvain Pasini, alumnos de posgrado en el Instituto Federal Suizo de Tecnología (Lausana), no sólo han publicado artículos sobre el tema, sino que han colgado dos vídeos explicativos en internet (grabados en 2008):

 

Creo que las imágenes hablan por sí solas. La captación de las pulsaciones del teclado se puede hacer desde una distancia de 20 metros incluso con paredes interpuestas.

Como hemos apuntado, además de estos medios de obtener información de cualquier usuario, también se pueden captar las imágenes de lo que está haciendo en la pantalla mientras trabaja. Por ejemplo, es posible ver los reflejos de las imágenes de la pantalla que se proyectan sobre determinados objetos (tazas, cristales de las ventanas, las propias gafas de la persona que está trabajando) e incluso, aunque pueda parecer sorprendente, es posible leer la pantalla de un ordenador apuntando un telescopio con una cámara a los ojos del usuario (para ello sería preciso someter la imagen a un proceso de deconvolución).

En definitiva, resulta mucho más difícil protegernos de este tipo de intromisiones que del correo basura, el phishing y los virus. No existen programas para bloquear los canales indirectos.

La escena que se desarrollaba en la novela de Stephenson termina con los protagonistas leyendo lo que Tom Howard estaba escribiendo en su procesador un texto bastante comprometedor:

-¿Significa esto que has ganado la apuesta? –pregunta Randy.

-Sólo si puedo descubrir la forma de cobrarla –dice Cantrell.

Más información

ClearShot – Eavesdropping on Keyboard Input from Video. David Balzarotti, Marco Cova y Giovanni Vigna en Proceedings of the IEEE Symposium on Security and Privacy, págs. 170-183; 12-22 de mayo de 2008.

Compromising Reflections, or, how to read lcd monitors around  the corner.  Michael Backes, Markus Dürmuth y Dominique Unruth en Proceedings of the IEEE Symposium on Security and Privacy, págs. 158-169; 12-22 de mayo de 2008.

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El mensajero de las estrellas

El mensajero de las estrellas

     Última actualizacón: 14 mayo 2018 a las 10:37

El 12 de marzo de 1610 (en unos días se cumplirá el cuadringentésimo aniversario) se publicó la que, a mi entender, es una de las obras más importantes de Galileo Galilei. Se trata del Sidereus Nuncius (“Mensajero o mensaje de las estrellas”), la plasmación escrita de las observaciones telescópicas realizadas por el científico pisano. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos extraer al menos dos conclusiones remarcables:

  • En primer lugar, la importancia que supone para el avance de la ciencia y, por ende, de nuestro conocimiento acerca del mundo, del desarrollo de la técnica. En este sentido, la invención del telescopio, y su “reinvención” por parte de Galileo en 1609, es un hito de enormes consecuencias, cuya relevancia alcanza nuestros días —recordemos que el año 2009 fue declarado Año Internacional de la Astronomía por Naciones Unidas—.
  • De otro lado, y algo sobre lo quiero hacer especial hincapié, es que los descubrimientos deben ser hechos públicos. La publicación del Sidereus Nuncius no sólo supuso que Galileo obtuviera un reconocimiento a nivel global, sino que, más importante aún, puso al alcance del resto de científicos sus conclusiones para su posterior comprobación y, en su caso, refutación o confirmación.

Antes de centrarme en este segundo aspecto, voy a exponer los aspectos más destacados o relevantes de la vida de Galileo Galilei, lo que nos permitirá no sólo satisfacer nuestra natural curiosidad, sino comprender la forma en que comenzaba a desarrollarse la incipiente “revolución científica”:

Galileo - Sustermans

Galileo Galilei (por Sustermans)

Galileo Galilei nació el 15 de febrero de 1564 en la ciudad de Pisa. Era hijo de Guilia Venturi, de los Ammannati de Pescia, y de Vincenzo Galilei. Vicenzo nació en Florencia en 1520 y dedicó su vida a la música como compositor, teórico, cantante y profesor, además de ser un maestro en el arte de tocar el laúd. Guilia y Vincenzo contrajeron matrimonio en 1563, trasladándose en esta fecha de Florencia a Pisa. Galileo fue el mayor de un total de seis o siete hermanos (en la actualidad se discute el número exacto de descendientes del matrimonio). Recibió sus primeros años de educación en casa, donde pasaba el tiempo libre practicando la música, la pintura y el dibujo, llegando además a ser un buen intérprete de laúd como su padre. En 1572 (a los 8 años de edad) su familia vuelve de nuevo a Florencia, quedando Galileo a cargo de Muzio Tebaldi durante dos años, hasta que en 1574 se reúne con ellos. Allí recibe clases del religioso Jacopo Borghini, y más tarde es enviado al monasterio de Santa María de Vallombrosa. En la sede monacal su estancia combinó la vida solitaria del ermitaño con la estricta vida del monje y así Galileo se convierte en novicio, con la intención de unirse a la orden.

Sin embargo, su padre dispuso que volviera a Florencia y abandonara la idea de unirse a la orden. En 1581 Vincenzo envió a Galileo de nuevo a Pisa para que se matriculara en la Universidad para estudiar medicina, ingresando el 5 de noviembre (tenía 17 años). En la Universidad estudió física siguiendo las obras de Aristóteles y asistió a las clases del famoso botánico Andreas Caesalpinus que ocupó la cátedra de medicina entre 1567 y 1592. Al parecer, Galileo no se tomaba los estudios médicos muy en serio ya que, con el interés de profundizar en sus estudios de música y dibujo, asistía principalmente a clases sobre geometría y filosofía natural.

En 1582 Ostilio Ricci da Fermo, matemático de la Corte de La Toscana y discípulo de Niccolò Tartaglia, ofreció un curso sobre los “Elementos” de Euclides en la Universidad de Pisa al que Galileo asistió. Durante el verano de 1583 Galileo regresó a Florencia con su familia donde su padre le animó a leer a Galeno para ampliar sus estudios médicos pero, aún reacio a estudiar medicina, Galileo invitó a Ricci a su casa para que hablara con su padre. De esta forma, Ricci intentó persuadir a Vincenzo de que permitiera a su hijo estudiar matemáticas ya que era lo que más le interesaba. Tras lograr convencer a su padre, alrededor de 1585 Galileo abandonó sus estudios de medicina sin obtener el grado.

Galileo comenzó a enseñar matemáticas, primero de forma privada —dando clases particulares en Florencia— y después durante 1585 y 1586 en Siena donde consiguió un cargo público (tenía 21 años). Durante el verano de 1586 enseñó en Vallombrosa, y escribió «La Billancetta» donde describía la construcción del instrumento, así como el método que había empleado Arquímedes para hallar el peso específico de los cuerpos: una balanza. El año siguiente viajó a Roma para visitar a Christophorus Clavius, profesor de matemáticas en el Collegio Romano (fundado por el jesuita Ignacio de Loyola). A pesar de causar una impresión muy favorable en Clavius, Galileo no consiguió obtener un nombramiento para enseñar matemáticas en la Universidad de Bolonia.

Después de abandonar Roma, Galileo permaneció en contacto con Clavius por correspondencia, y también con Guidobaldo del Monte. Es probable también que Galileo recibiera apuntes de los cursos que se impartían en el Collegio Romano, ya que hizo copias de ese material que aún sobreviven hoy día. En 1588 Galileo recibió una prestigiosa invitación para dar una conferencia en la Academia de Florencia sobre las dimensiones y localización del infierno descrito en la obra de Dante «La divina comedia».

Fantoni abandonó la cátedra de matemáticas en la Universidad de Pisa en 1589 y Galileo fue nombrado por Fernando I de Medicis, Gran Duque de la Toscana, para cubrir su puesto aunque no estuviera bien remunerado (dado que recibía sesenta coronas, debió complementar su salario con clases privadas). No sólo recibió recomendaciones de Clavius y del Cardenal del Monte (cuñado de Guidobaldo), sino que también adquirió una excelente reputación por sus conferencias ofrecidas en la Academia de Florencia el año anterior. Galileo mantuvo este puesto durante tres años en la Universidad de Pisa y durante este tiempo escribió «De Motu», una serie de ensayos manuscritos sobre la teoría del movimiento que nunca publicó y donde criticaba la física aristotélica. Los aristotélicos sostenían que los cuerpos más pesados caían más rápido que los cuerpos ligeros, y que la velocidad a la que lo hacían era proporcional a su masa. Sin embargo, Galileo era de la opinión —tesis inspirada en la obra de Arquímedes— de que todos los cuerpos debían caer a la misma velocidad, siempre que no fueran frenados por la resistencia del aire, sin importar su masa (demostró esta afirmación dejando caer varios objetos del campanario de la torre de la catedral de Pisa). Sin embargo, quizás la idea más importante que contiene «De Motu» es su afirmación de que se pueden probar las teorías llevando a cabo experimentos, es decir, como aprendió de su padre, la teoría está unida a la práctica.

En 1591 Vincenzo Galilei, el padre de Galileo, murió. De esta forma Galileo, al convertirse en el cabeza de familia, tuvo que proporcionar el apoyo económico al resto de los suyos, y en particular, tuvo que hacerse cargo del pago de la dote de sus dos hermanas más jóvenes. Como hemos dicho, ser profesor de matemáticas en Pisa no estaba bien pagado, por lo que buscó un puesto más lucrativo. Con las recomendaciones de Guidobaldo del Monte, Galileo fue nombrado en 1592 profesor de matemáticas en la Universidad de Padua (la universidad de la República de Venecia) con un salario tres veces mayor del que recibía en Pisa (a pesar de que recibía 180 florines, aún pasaba apuros económicos por lo que continuó ofreciendo clases privadas). La duración del nombramiento era de 6 años.

El 7 de diciembre de 1592 expuso su conferencia inaugural y comenzó un periodo de dieciocho años en esta universidad, años que posteriormente describió como los más felices de su vida. En Padua sus obligaciones eran principalmente enseñar la geometría de Euclides y la astronomía convencional (geocéntrica) a los estudiantes de medicina, que necesitaban saber algo de astronomía a fin de usar la astrología en su práctica médica. Del mismo modo, se ocupó de cuestiones técnicas como la arquitectura militar, la construcción de fortificaciones, la topografía y materias afines de las que trató en sus clases. Visitaba asiduamente el Arsenal, la zona donde se construían y reparaban los barcos de la flota veneciana. La gratitud que Galileo sintió hacia los maestros técnicos del Arsenal la expresó en sus Discorsi puesto que sus explicaciones acerca de los problemas que presentaba la construcción de naves cada vez mayores, le sirvieron para recapacitar y adelantar su teoría de la consistencia de la materia (en 1593 se le planteó el problema del determinar cual era el mejor lugar para la colocación de los remos en las galeras, problema que resolvió definiendo los remos como palancas, y el agua como el fulcro, es decir, el punto de apoyo de la palanca). Al año siguiente, patentó un modelo de bomba, que elevaba el agua con la ayuda de un caballo.

En 1597 escribe el texto para sus clases «Tratado de la esfera o Cosmografía» (Se duda de la autenticidad de este trabajo. Fue impreso en Roma en 1656 a partir de un manuscrito encontrado en la biblioteca de Somaschi, en Venecia). Convencido desde tiempo atrás sobre la validez de la teoría heliocéntrica de Copérnico (parece ser que esta “conversión” tuvo lugar entre 1593 y 1597), lo manifestó en una carta personal dirigida a Johannes Kepler en 1597, quien le había enviado una copia de su «Prodomus dissertationum cosmographicarum». Galileo había manifestado que era un copernicano, aunque no había decidido publicar aún sus argumentos a favor de esta teoría, ni la refutación de los argumentos en contra.

La reputación de Galileo se extendió por toda Europa. A sus conferencias acudían miembros de la nobleza como el príncipe Gustavo Adolfo de Suecia, quien recibió clases de matemáticas de Galileo durante su estancia en Italia. De esta forma, cuando terminó su primer periodo de estancia en Padua, fue reelegido para otro periodo de 6 años, con un salario de 320 florines.

Galileo discutió la visión de Aristóteles sobre la astronomía y la filosofía natural en tres conferencias públicas que ofreció en conexión con la aparición de una “nueva estrella” (ahora conocida como la “supernova de Kepler”) en 1604. La creencia por esa época se apoyaba en las afirmaciones de Aristóteles, es decir, que todos los cambios en los cielos tenían que ocurrir en la región lunar cercana a la Tierra, siendo permanentes e inmutables las estrellas, que eran así llamadas “fijas”. Galileo usó argumentos de paralaje para probar que la “nueva estrella” no podía estar cerca de la Tierra y que tampoco se trataba de un cometa.

En Padua, Galileo comenzó una larga relación (que duraría desde 1599 a 1610) con Marina di Andrea Gamba —natural de Venecia—, pero no se casaron, posiblemente debido a que Galileo sentía que su situación financiera no era lo suficientemente buena. En 1600 nació su primera hija Virginia, seguida por la segunda, Livia, en el año siguiente. En 1606 nació su hijo Vincenzo. Ese mismo año Galileo volvió a ser elegido para ocupar la plaza de profesor en la Universidad de Padua con un salario de 520 florines. Su popularidad era tan grande que los oyentes no cabían en su sala cuando daba sus conferencias, lo que motivó que en más de una ocasión tuviera que ofrecerlas al aire libre.

A principios de 1609 Galileo recibió la propuesta de Cosimo II de Medicis (hijo de Fernando I, y sucesor suyo) de volver a la Universidad de Pisa —hemos de señalar que Cosimo había sido pupilo de Galileo durante su menor edad—. A partir de esta fecha comienza una negociación con el Gran Duque en lo tocante a diversos aspectos como salarios, obligaciones académicas etc.

Durante esta negociación, en abril o mayo de 1609 realizó una visita a un amigo en Venecia donde recibió una carta de Paolo Sarpi que le hablaba de un catalejo que un holandés (Hans Lipperhey) había presentado al príncipe Mauricio de Nassau (jefe del ejército holandés). Tras esta presentación, se le encomendó la fabricación de otro instrumento de mejor calidad, así como unos binoculares. La importancia militar de este aparato era evidente aunque, finalmente, Lipperhey no recibió la patente de su instrumento dado que otras dos personas reclamaban para sí su invención, Sacharias Jansen y Jacob Metius.

Sin embargo, a partir de las informaciones que recibió Galileo, y usando sus propias habilidades técnicas como matemático y como artesano, comenzó a fabricar una serie de telescopios (que él llamó perspicillum, puesto que el nombre de “telescopio” no se empleó hasta más tarde por parte de la Accademia dei Lincei) cuyo rendimiento óptico era mucho mejor que el del instrumento holandés. Fabricó su primer instrumento a partir de las lentes disponibles y ofreció un aumento de unas tres veces. Para mejorar éste, y siendo consciente de la importancia de este trabajo, Galileo aprendió a esmerilar y pulir sus propias lentes, logrando en agosto de 1609 un instrumento con un aumento de alrededor de ocho o nueve. Inmediatamente comprendió las aplicaciones comerciales y militares de su telescopio por lo que realizó una demostración para el Senado de Venecia. Quedaron muy impresionados y, a cambio de un gran aumento en su salario (1000 florines) y de otorgarle de por vida su puesto de profesor en Padua, Galileo cedió los derechos exclusivos para la fabricación de telescopios al Senado Veneciano (hecho notable ya que el Senado debía ser conscientes de la dificultad de mantener esa patente dada la amplia difusión que estaba teniendo el instrumento por el resto de Europa).

Portada Sidereus Nuncius

Portada Sidereus Nuncius

De esta forma, a finales de 1609 Galileo había dirigido su telescopio al cielo nocturno y comenzó a hacer importantes descubrimientos. Estos descubrimientos fueron descritos en un breve libro llamado «Sidereus Nuncius» publicado en Venecia el 12 de marzo de 1610. Esta obra causó sensación. Galileo proclamaba haber visto montañas en la Luna, haber probado que la Vía Láctea estaba compuesta de diminutas estrellas, y haber visto cuatro pequeños cuerpos orbitando Júpiter. A estos últimos los llamó “las estrellas de los Médicis” (Medicea Sidera) en honor de Cosimo II de Medicis, el Gran Duque de la Toscana, a quien envió un excelente telescopio.

Galileo dedicó los satélites de Júpiter a los Medici como si fueran una obra de arte que hubiese hecho […] le parecía que le daba derecho a una interpretación de esa creación desde su propia perspectiva. Para Galileo, tal derecho consistía no sólo en que la lectura del libro de la naturaleza escrito en lenguaje matemático se hiciera al margen de la Biblia, sino también en escrutar la imagen del mundo de la filosofía natural aristotélica, que la Iglesia hacía suya, y donde fuere necesario, corregirla, en especial en la cuestión del geocentrismo.

Renn, Jurgen. La revolución de Galileo y la transformación de la ciencia, en Investigación y Ciencia nº 394, pg. 55.

En junio de 1610, sólo un mes después de se publicara esta obra, Cosimo II aceptó las condiciones de Galileo y éste renunció a su puesto en Padua y fue nombrado catedrático en la Universidad de Pisa y “Matemático y Filósofo” del Gran Duque de la Toscana (sin ninguna obligación docente, excepto la de ofrecer ocasionalmente conferencias a los príncipes). Esta circunstancia es muy importante porque sus obligaciones docentes estaban empezando a ser una carga, dado que le impedían dedicarse en profundidad al estudio y elaboración de sus teorías. En un momento en que las instituciones destinadas a la formación e investigación se estaban desarrollando, sólo una vía permitía liberarse de esta forma, el mecenazgo. Así, en 1611 fue elegido miembro de la Accademia dei Lincei (el sexto miembro) por Federico Cesi. Esta academia había sido fundada por el propio Federico Cesi en 1603, y era la primera sociedad científica creada en todo el mundo.

Otras observaciones hechas por Galileo incluyeron las manchas solares. Informó de éstas en el «Discorso intorno alle cose che stanno in su Pacqua, o che in quella si muovono» (Discurso en torno a las cosas que están sobre el agua) que publicó en 1612, y más a fondo en la obra «Istoria e dimostrazione interno alle macchie solari e loro accidenti» que se publicó bajo los auspicios de la Accademia en 1613.

A pesar de su apoyo privado al copernicanismo, Galileo intentó evitar la controversia no haciendo afirmaciones sobre el tema. Sin embargo se vio arrastrado a la discusión por Benedetto Castelli, que había sido nombrado para la cátedra de matemáticas en Pisa en 1613. Castelli había sido alumno de Galileo y era también un defensor de Copérnico. En una reunión en diciembre de 1613 en el palacio de los Medicis en Florencia, con el Gran Duque Cosimo II y su madre la Gran Duquesa Cristina de Lorena, le pidieron a Castelli que explicara las aparentes contradicciones entre la teoría copernicana y las sagradas escrituras. Castelli defendió la posición copernicana vigorosamente y escribió a Galileo más tarde contándole el éxito que había tenido exponiendo sus argumentos. Galileo, menos convencido de que Castelli hubiera ganado la discusión, le escribió una carta argumentando que la Biblia tenía que ser interpretada a la luz de lo que la ciencia había demostrado como verdadero. Galileo tenía varios adversarios en Florencia que se aseguraron de que una copia de la carta a Castelli fuese enviada a la Santa Inquisición en Roma. Sin embargo, tras examinar su contenido encontraron poco a lo que podrían objetar.

En 1616 Galileo escribió la «Carta a la señora Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana» (no publicada hasta 1636) donde atacaba vigorosamente a los seguidores de Aristóteles. En esta misiva defendía con fuerza una interpretación no literal de las Sagradas Escrituras cuando la interpretación literal contradijese los hechos sobre el mundo físico probados por la ciencia matemática. Galileo afirmaba con bastante claridad que para él la teoría copernicana no era solo una herramienta de cálculo matemático, sino una realidad física:

Mantengo que el Sol está situado en el centro de las revoluciones de los orbes celestes y no cambia de lugar, y que la tierra gira sobre sí misma y se mueve alrededor de él. Además… confirmo esta creencia no sólo refutando los argumentos de Tolomeo y Aristóteles, sino también produciendo muchos por el lado opuesto, especialmente algunos pertenecientes a los efectos físicos cuyas causas quizá no puedan ser determinadas de ninguna otra forma, y otros descubrimientos astronómicos; estos descubrimientos cuestionan claramente el sistema Tolemaico y coinciden admirablemente con esta otra postura y la confirman.

El papa Pablo V ordenó al cardenal Roberto Bellarmino que la Sagrada Congregación del Índice decidiera sobre la teoría copernicana. Los cardenales de la Inquisición se reunieron el 24 de febrero de 1616 y recabaron pruebas de los expertos en Teología. Ellos condenaron las enseñanzas de Copérnico, y Bellarmino comunicó su decisión a Galileo (quien no había estado implicado personalmente en el juicio), prohibiéndose a Galileo y a cualquiera enseñar, defender o publicar los puntos de vista copernicanos. El día 26 de febrero, Galileo se presentó ante Bellarmino y acató la orden.

Maffeo Barberini, amigo personal y admirador de Galileo, fue elegido papa bajo el nombre de Urbano VIII. Esto ocurrió justo cuando el libro de Galileo «Il Saggiatore» estaba a punto de ser publicado por la Accademia dei Lincei en 1623, por lo que Galileo se apresuró a dedicar su obra al nuevo papa.

La elección del papa Urbano VIII alegró tanto a Galileo como a sus amigos puesto que lo veían como un suceso favorable para la ciencia. Éste invitó a Galileo a audiencias papales en seis ocasiones (a pesar de que su estado de salud le impedía viajar más que en litera) y le llevó a creer que la Iglesia Católica no daría demasiada importancia a la teoría copernicana. Galileo, por tanto, teniendo en cuenta la nueva situación, decidió publicar sus opiniones creyendo que podría hacerlo sin serias consecuencias por parte de la Iglesia. Debemos señalar que cuando Urbano VIII era cardenal, fue uno de los pocos que se opuso al decreto de 1616 que declaraba herética la teoría copernicana. En esta etapa de su vida, la salud de Galileo era precaria llegando a sufrir frecuentes ataques y por tanto, aunque comenzó a escribir su famoso Diálogo en 1624, le llevó seis años completar la obra.

Galileo intentó obtener permiso de Roma para publicar el Diálogo en 1630. Con este fin, se reunió con Nicolo Riccardi que era el censor papal y, casualmente, antiguo alumno y amigo de Galileo. Éste le pidió que modificara algunos pasajes de la obra y, debido a que llegaba a Roma la temporada de mal tiempo, Galileo decidió regresar a Florencia para terminar el índice y la dedicatoria, y enviar de nuevo el manuscrito a Roma para su impresión por parte de Roberto Cesi. Sin embargo, éste murió en el mes de agosto de 1630, por lo que Galileo decidió imprimirlo en Florencia recibiendo la autorización de Riccardi. De esta forma, en febrero de 1632 vio la luz «Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano» (Diálogo acerca de los dos sistemas principales del mundo, tolemaico y copernicano), que toma la forma de un diálogo entre Salviati, quien argumenta a favor del sistema copernicano, y Simplicio que era un filósofo aristotélico y defendía los puntos de vista tolemaicos. Sagredo actuaba como moderador.

Poco después de la publicación del Diálogo (en agosto de 1632) la Inquisición prohibió su venta y ordenó a Galileo comparecer en Roma ante ellos. La enfermedad, la dificultad del viaje y una cuarentena decretada en la Toscana le impidieron viajar a Roma durante un tiempo, llegando finalmente el 14 de febrero de 1633. La acusación contra Galileo en el juicio que siguió fue la de que había incumplido las condiciones fijadas por la Inquisición en el decreto de 1616. Encontrado culpable, Galileo fue condenado a prisión perpetua, aunque la se le permitió vivir un tiempo con el arzobispo de Siena, y más tarde regresar a su casa en Arcetri, cerca de Florencia. El 2 de abril de 1634 sufrió un duro golpe cuando su hija Virginia murió. Ella había sido un gran apoyo para su padre durante el proceso de su enfermedad y Galileo quedó destrozado, no pudiendo trabajar durante muchos meses (escribió que sentía como ella le llamaba, se le paraba el pulso, tenía palpitaciones, perdió completamente el apetito y sintió que su muerte estaba cercana). Cuando consiguió volver al trabajo, a su indisposición y melancolía se unieron los problemas de artritis y la ceguera, aunque consiguió completar la que sería la última y más importante de sus obras: «Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze attenenti alla meccanica i movimenti locali» (Discursos y demostraciones matemáticas relativos a las dos nuevas ciencias).

Esta obra fue sacada de contrabando de Italia y llevada a Leyden (Holanda) donde fue publicada en 1638 por Louis Elzevir. Fue su más rigurosa obra matemática, que trataba las leyes de los movimientos uniformes y acelerados, así como los momentos y los centros de gravedad de los sólidos. Partiendo de la discusión sobre la estructura y resistencia de los materiales, sentó las bases físicas y matemáticas para un análisis del movimiento, que le permitió demostrar las leyes de caída de los graves en el vacío, y elaborar una teoría completa del disparo de proyectiles. Gran parte de esta obra continuaba las ideas no publicadas en De Motu desde alrededor de 1590 y las mejoras que había realizado entre 1602 y 1604.

Galileo murió en la madrugada del 8 al 9 de enero de 1642 (a los 78 años de edad) en su villa de Arcetri confortado por dos de sus discípulos, Vincenzo Viviani y Evangelista Torricelli, a quienes se había permitido convivir con él los últimos años.

La Luna - Sidereus Nuncius

La Luna – Sidereus Nuncius

De todos los aspectos relativos a la vida de Galileo, quizás los más conocidos tengan que ver con el juicio inquisitorial a que fue sometido. Tanto es así, que ha sido considerado un mártir de la ciencia, un científico que luchó contra las ideas preconcebidas que él entendía erróneas según sus investigaciones, y de las que finalmente debió abjurar ya que iban en contra de la doctrina impuesta por la Iglesia Católica (es famosa la anécdota —falsa según los últimos estudios— que sostiene que, mientras Galileo firmaba su retractación de las ideas copernicanas, negando de esta forma que la tierra girara alrededor del Sol, masculló “eppur si muove” —y sin embargo, se mueve— en referencia a que la Tierra giraba alrededor del Sol y por tanto no era el centro del Universo). Sobre este tema se han publicado numerosos ensayos especializados. Como señalé al principio, quiero destacar la importancia que suponía para la revolución científica que se estaba viviendo, no sólo la publicación de los descubrimientos científicos en libros accesibles que podían ser copiados y distribuidos fácilmente, sino que además, esos descubrimientos fueran compartidos con otros científicos logrando de este modo el avance de la ciencia.

En relación con el Sidereus Nuncius, Kepler recibió la noticia a mediados de marzo de 1610 de la publicación de la obra a través de un amigo. Kepler estaba preocupado por el anunciado descubrimiento de cuatro nuevos planetas, hecho que podría afectar a su propia teoría cosmológica que fundamentaba la existencia de seis planetas en los cincos cuerpos platónicos (por lo que cada planeta de más suponía cuestionar el modelo expuesto en su Mysterium comsmographicum). Fue el 8 de abril de 1610 cuando Kepler recibió una copia de la obra de Galileo con la petición de que le ofreciera su opinión. Once días más tarde, el correo llevó a Italia la respuesta de Kepler que más tarde sería publicada con el título Dissertatio cum Nuncio Sidereo (Conversación con el mensajero de las estrellas). Sin entrar ahora en los detalles del contenido de esta obra, podemos darnos cuenta de la importancia que supone la transmisión (rápida para la época) de los descubrimientos realizados por un científico. Lo que hoy en día es un hecho cotidiano, la publicación de los descubrimientos en revistas especializadas que permiten la revisión de los datos y hallazgos por otros colegas, en el siglo XVII era una relativa novedad. Este afán por buscar las opiniones de otros acerca de los hallazgos realizados, ya sea para apoyar o para cuestionar esos descubrimientos, demuestra un interés real por llegar a comprender el mundo más allá de las ataduras doctrinales impuestas por las instituciones de la época.

Igual importancia ha tenido en este contexto la investigación del Sol. Hemos visto que Galileo era un buen dibujante, habilidad que utilizó asiduamente en sus escritos para mostrar gráficamente sus afirmaciones teóricas, entre otras cuestiones, acerca de las manchas solares. El estudio de este fenómeno lo llevó a sostener discusiones con otros investigadores por lo que la unión de sus conocimientos teóricos y sus habilidades pictóricas le sirvió para llevar a la práctica uno de sus deseos, la implantación de mecanismos impersonales para la comprobación de los fenómenos; en definitiva, objetividad a toda costa.

De esta forma se originó una correspondencia internacional entre investigadores del Sol que, desde distintos lugares, se comunicaban entre sí procedimientos y dibujos para facilitar el seguimiento desde puntos muy distantes. El método ya lo había empleado Kepler: utilizar dispositivos y repetir las observaciones bajo diferentes condiciones y por personas distintas. Y lo amplió Galileo con una red que englobaba a toda Europa. Esta manera de investigar las manchas solares supuso la primera campaña internacional de investigación en tiempo real conocida en la historia de la ciencia.

Bredekamp, Horst. La investigación del Sol en la época de Galileo, en Investigación y Ciencia, nº 399, pg. 73.

Notas:

Imagen Galileo: Cuadro de Justus Sustermans (Amberes 1597-1681), Galileo, 1636, Óleo sobre lienzo, 66 x 56, Florencia, Uffizi (wikimedia commons)

Resto imágenes: Sidereus Nuncius.

Publicado por José Luis Moreno en CIENCIA, Historia de la ciencia, 3 comentarios